Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente



  —39→  

ArribaAbajo- III -

Editores y libros catalanes en México


El amor al libro y a la lectura, así como la experiencia de haber trabajado previamente en una industria editorial consolidada, hicieron que destacaran en México cuatro catalanes cuya dedicación, esfuerzo y voluntad permitió la publicación de más de la mitad de la producción total de las ediciones en catalán. Bartomeu Costa-Amic, el iniciador de Biblioteca Catalana; Avel·lí Artís, creador de Catalònia; Ramon Fabregat, el fundador de Xaloc y Edicions Catalanes de Mèxic; y Miquel Ferrer, el animador del Club del Llibre Català, compartieron por igual el propósito de mantenimiento y difusión cultural, como se refleja en lo heterogéneo de sus catálogos, determinados no tanto por una estricta selección cualitativa de los volúmenes editados, cuanto por los gustos y la sensibilidad del editor o del grupo de catalanes más próximo, en muchas ocasiones alejados del entorno cultural mexicano e, incluso, de otros círculos intelectuales del exilio.


ArribaAbajoBartomeu Costa-Amic66

Cuando Bartomeu Costa-Amic llegó a México a bordo de la embarcación Cuba, en noviembre de 1940, con el propósito de instalarse en el país, sólo contaba con una vaga experiencia editorial, proveniente del contacto con el trabajo de su tío Josep Costa Ferrer, el «Picarol» de revistas satíricas barcelonesas como L'Esquetlla de la Torratxa o La Campana de Gràcia. También de joven, Costa-Amic había participado en la elaboración de alguna revista, si bien en Barcelona su futuro profesional se encaminaba hacia la administración pública. La   —40→   guerra y el posterior exilio trastocaron, como tantos otros proyectos de vida, las expectativas de trabajo de este antiguo militante del POUM67.

Una vez instalado en la ciudad de México, después de una muy breve estancia en la ciudad de San Andrés Tuxtla y con un conocimiento previo del país y su gente que le resultó de gran utilidad68, se dio cuenta de la existencia de un público lector cada vez más extenso cuyas necesidades no podía satisfacer plenamente una industria editorial aún en gestación. Esto lo hizo decidirse a iniciar diversos proyectos relacionados con el mundo del libro, los cuales, a la vez que pretendían convertirse en negocios autosuficientes, querían servir como órganos de promoción cultural e incorporar a los autores inéditos en el mundo cultural mexicano. A lo largo de los años, Costa ha llevado a cabo en buena parte este ambicioso propósito, y hoy puede enorgullecerse de haber editado casi dos mil títulos:

A lo largo de los años hemos tratado de impulsar la cultura de México. Hemos procurado poner el libro al alcance del hombre común. Por desgracia entre nosotros el libro no es visto como un artículo de primera necesidad, sino de quinta, de última... Los editores debemos procurar que para ese hombre común el libro se convierta en un elemento indispensable, ofreciéndole una lectura amena, que le permita desarrollar el gusto por leer... Si no se trata de autores consagrados o de temas políticos, económicos o sociales que se ubiquen en un momento determinado y que exijan una publicidad inmediata, es muy difícil la publicación de libros en nuestro medio. El verdadero editor hace su trabajo por amor al libro y a la cultura69.



Esta extensa cita muestra el propósito de difusión cultural que movió a Costa desde el principio y, también, cómo el editor estaba más preocupado por iniciar colecciones de su preferencia que por obtener un beneficio económico   —41→   inmediato; razón esta que explica por qué Costa se ha mantenido en el siempre difícil mundo de la edición mexicana y, sobre todo, ayuda a entender su ininterrumpida labor de editor en catalán en un país de habla española.


ArribaAbajoLa obra editorial previa

El primer proyecto editorial de Bartomeu Costa-Amic fue colectivo y en él participaron, además del catalán, el también exiliado Julián Gorkín (pseudónimo de Julián Gómez García), los mexicanos Ermilo Abreu Gómez, José Muñoz Cota -yerno del general Múgica- y David Castañeda. Junto a ellos, colaboraron Marceau Pivert (líder del Parti Socialiste et Paysen de Francia), y Víctor Serge, padre del pintor Vlady. Llevó como nombre Ediciones Libres y, por falta de medios económicos, sólo publicó tres volúmenes, el primero de los cuales fue Retrato de Stalin de Víctor Serge (1940)70.

Por segunda vez, intentó iniciar una colección de libros con su amigo Gorkín, en esta ocasión gracias a la ayuda económica de dos hermanos judíos de origen polaco, los Kluger. La nueva editorial se denominó Publicaciones Panamericanas. Editó algunos libros relacionados con la situación política mundial -tal fue el caso de la traducción de ¿A dónde va Francia? de M. Pivert-, pero también fracasó: como no producía beneficios, los socios capitalistas dejaron de invertir en ella71.

El último intento de Costa antes de establecerse por su cuenta fueron las Ediciones Quetzal, empresa con la que buscó hacer revivir la editorial homónima creada por el aragonés R. J. Sender, quien la había cedido antes de viajar hacia los Estados Unidos, a mediados de 1941. Junto con Costa, la impulsaron Michel Berveiller, quien se convertiría en el primer director de la editorial, y también Gorkín, jefe de esta desde 1942 hasta 1944. Los apoyaban económicamente algunos hombres de negocios franceses establecidos en México y otros mexicanos que vivían en Francia. Tal como lo explica el mismo Costa, un   —42→   grupo de amigos convenció al que había sido director del Liceo Francés, para que colaborara en esta empresa editorial. Este, en un gesto de patriotismo, había renunciado a su puesto de director del centro cultural francés en la ciudad de México para poder regresar a Francia, pero como no pudo salir de la capital, se dedicó a impulsar todo tipo de actividades pro-galas. Sus contactos con una buena parte de la comunidad francesa adinerada (empresarios en su mayoría), le facilitaron formar una sociedad integrada por ocho franceses y dos mexicanos -uno era director de una fábrica importadora de vino y el otro, Villaseñor, director del Banco de México y gran admirador de Francia-.

La empresa, en gran parte dedicada a las ediciones bilingües francés-español, funcionó durante unos cuantos años, sobre todo gracias a sus exportaciones a la región francófona del Canadá, donde la casa Valiquette no satisfacía ya toda la demanda de libros en francés, incrementada considerablemente a consecuencia de la segunda guerra mundial y la consiguiente anulación de las exportaciones francesas. Ediciones Quetzal publicó, tanto para este mercado canadiense como para el nacional, una colección de más de quince clásicos franceses, cuyos primeros títulos fueron la edición original y la traducción, en volúmenes distintos, de Le misanthrope de Molière (en traducción de Florisel), Candide ou l'optimisme traducido por F. G. Ascot (1942), Le petit bois de Jules Supervielle (1942) y La faiseur de prestiges de Michel Berveiller (1943). Además, mantuvo varias colecciones económicas paralelas tituladas genéricamente Un hombre y Una Época, Nuestro Tiempo y Cuentos y Novelas, donde se siguieron vendiendo las obras de Sender y otras nuevas: en la colección de biografías aparecieron Cervantes de Jean Cassou y Darwin de Marcel Prenant; en Nuestro Tiempo salieron, entre otros, Páginas del destierro de Álvaro de Albornoz, Caníbales políticos de Gorkín, Hombres contra Hitler de Fritz Max Cahen, Hitler contra Stalin de Víctor Serge, Advertencia contra Francia de Paul Reynaud, Torbellino de Alejandro Gómez Maganda72. En la de Cuentos y Novelas, en 1944, salió el más grande éxito de Quetzal: Clochemerle, de Gabriel   —43→   Chevallier, «un libro francés muy cachondo, muy divertido... Este libro fue un éxito porque pronto se agotó una edición... Nunca habíamos visto esto en México, los libros se vendían máximo 100 y los demás se tiraban en bodega»73.

De manera paralela a la creación de la editorial, los socios habían dado inicio a una librería homónima, en el paseo Iturbide número 18 del centro histórico de la ciudad de México, donde aparte de vender las propias publicaciones, se recibían muchos libros en francés:

[a la librería] -recuerda Costa- había llegado la flor y nata de la emigración europea, porque teníamos la librería francesa con todo lo que podíamos obtener vía Canadá en francés. Entre otros personajes que venían a comprar recuerdo a María Félix, el Rey Carlo de Rumania con su señora Madame Lupescu [sic] y un perro dálmata muy grande y hermoso. También venía mucha gente de línea republicana de la emigración española. Esto se convirtió en un centro de cultura y fue el primer ejemplo que se dio de internacionalización de México en cuestión de la cultura74.



Cuando fracasa la editorial, Berveiller y Gorkín vuelven a Francia y Costa disuelve la sociedad. Editó todavía un par de libros más con el pie de Ediciones Quetzal: la obra de Baudelaire, Mon coeur mis à nu, Fusées, Choix de maximes consolantes sur l'amour, con prefacio de M. Mespoulet (1945) y una antología de Mallarmé, Poesies (1944), realizada a partir de una edición de la mujer de Josep Carner, Émilie Noulet. Se dio todavía un intento más de editar con la mujer de Villaseñor -quien le proporcionó dinero para comprar maquinaria-, pero el proyecto fracasó antes de comenzar.

Paralelamente a todos estos negocios, Costa-Amic había empezado a establecerse por su cuenta con el nombre bajo el cual había ya publicado algunos libros previamente: Bartomeu Costa-Amic, editor-impresor. La empresa no resultaba nada sencilla, sobre todo si se tiene en cuenta la experiencia de los últimos negocios, acabados en la quiebra todos ellos; pero es que Costa ya había decidido cuál sería su profesión.

  —44→  

Esta posibilidad de independizarse se la dio Jesús Sánchez, al ayudarlo a conseguir un linotipo excelente y una persona para salir de máquinas. Costa se instaló entonces en la calle de El Salvador (más adelante se trasladaría hacia la calle López y, años después, a Mesones, donde permaneció hasta mediados de los setenta). «Las condiciones iniciales de trabajo son duras -comentaba años después-. Edito libros buenos y vivo en un 'cuarto de sirvienta' en la azotea de un edificio, sin tener un centavo. Una habitación de 2.5 por 1.70 metros como única vivienda»75. En este primer momento, Costa se dedicó fundamentalmente a editar libros en español, de carácter comercial, y a preparar ediciones de autor. También aceptaba encargos de otras editoriales mexicanas como UTEHA76, o extranjeras (de Guatemala, Cuba, Venezuela, etc.)77, compensando de esta manera las pérdidas que le producían algunas colecciones propias como por ejemplo la Biblioteca Catalana, que inició en 1942.

Los primeros libros de Costa-Amic, editor-impresor fueron una breve antología de García Lorca, a cargo de Agustí Bartra, y la obra que con el tiempo se convertiría en uno de los éxitos de la editorial: El libro del té, de Okakura Kakuzo, en la versión de Ángel Samblancat. Muy pronto, Costa se especializó en temas y autores mexicanos: literatura (especialmente novela y cuento), ensayo y sociología. No obstante, continuó publicando, si bien cada vez menos, traducciones y obras originales en francés y portugués78. Con altibajos, la empresa se mantuvo hasta 1948, año en que Costa fue contratado para organizar la editorial de la Secretaría de Educación de Guatemala, y salió dejando la sociedad en manos de otros exiliados catalanes (Antoni Raluy, Bohigas y su hermano menor,   —45→   Josep Costa), quienes se dedicaron, fundamentalmente, a la reimpresión de libros79.

A su regreso de Guatemala, en 1954, Costa liquidó este negocio que, de hecho, no había crecido prácticamente, y después de repensarse la idea original de ir a Ecuador para hacerse cargo de la imprenta de Alejandro Finisterre, se instaló de nuevo en la ciudad de México:

A mi llegada aproveché para ir a pagarle una nota de tinta a don Jesús Sánchez, porque yo era el representante en Guatemala de la tinta que él vendía. Él, entonces, me dijo que estaba loco, que qué tenía que hacer yo en el Ecuador, que me quedara, y me dio un linotipo sin enganche, por segunda vez. Después de esto fui a ver a unos señores que vendían el material necesario para la imprenta, y a pagar como se pudiese. En cuatro días estuve de nuevo instalado80.



Recomenzó con nuevo ímpetu la edición de libros mexicanos y creó la Biblioteca Mínima Mexicana, que llegaría a ser muy popular. Puso en marcha un sistema de ediciones mancomunadas que, a juicio de Costa, pretendía responder a las nuevas necesidades del auge intelectual mexicano de los años sesenta y la casi inexistente resonancia de los autores noveles entre las editoriales. Costa ofrecía un presupuesto más barato que el propuesto por otra editorial, sobre 1000 ejemplares; a cambio, la editorial editaba a su cargo un millar más y pagaba los derechos de autor en especie: ofrecía a los autores 100 de estos libros realizados para la propia editorial. Además, Costa-Amic se encargaba de la distribución, habitualmente a través de los negocios dirigidos por Fidel Miró.

Los criterios de selección fueron, como se deduce, muy laxos -por no decir inexistentes-, de ahí que la editorial de Costa haya sido criticada muchas veces por su calidad tan desigual y el mínimo riesgo económico que implicaba al editor esta práctica «mancomunada». Al parecer de Costa, sin embargo, la necesidad de crear una cultura nacional resultaba tan urgente que no se podían   —46→   imponer unos parámetros muy estrictos de calidad. Gracias a este criterio, de las prensas de Costa han salido, año tras año, desde obras estrictamente comerciales como la Picardía mexicana de A. Jiménez -que ya sobrepasa la sexagésima edición-, hasta colecciones tan significativas para la literatura latinoamericana como, por ejemplo, los cuidados volúmenes de la colección Lunes, comenzados a editar en los años cuarenta bajo la dirección de Pablo y Henrique González-Casanova81.

La publicidad de la casa editora se llevaba a cabo por medio de las revistas del exilio y de los suplementos de la prensa donde Costa-Amic tuvo una presencia bastante continua gracias a la relación personal del editor con muchos periodistas-creadores, como el ya citado Jiménez o Blanco Moheno. Además, hacia los años sesenta, Costa comenzó a colaborar en la revista Siempre!, donde habitualmente se prestaba atención a sus ediciones.

Bartomeu Costa, junto con el exiliado Fidel Miró y, durante un corto tiempo también con el mexicano Pedro Frank de Andrea, colaboró en la creación de dos negocios editoriales muy conocidos en México: Libro Mex Editores, S. de R. L. y Editores Unidos Mexicanos, S. A. El primero se inició en 1954 con el propósito de publicar fundamentalmente autores mexicanos, aunque también contribuyó de manera decisiva a la reflexión histórica sobre la guerra civil y sus antecedentes. La impresión se llevaba a cabo en los talleres de Costa, quien recibía a cambio una amplia distribución de sus propios libros por medio de esta nueva editorial. Buena parte de las obras iniciales de Editores Unidos Mexicanos también se imprimieron en dichos talleres.

Costa ha sido, además, el impresor de incontables ediciones de exiliados y mexicanos, algunas de ellas realizadas bajo los sellos de la Editorial Hispano-Mexicana, Ediciones de la C. N. T. de España ligadas a Fidel Miró, el Centro de Estudios y Documentación Social dirigido por Víctor Alba, Ediciones Libertad, Editorial Iberia, Editora del Continente, etcétera.



  —47→  

ArribaAbajoCosta-Amic, editor en catalán

Costa asumió las pérdidas económicas que sabía muy bien le había de causar esta empresa82, y fundó la Biblioteca Catalana, dedicada casi exclusivamente a la publicación de obras en esta lengua. Con un financiamiento de mil pesos iniciales otorgado por el entonces presidente del Orfeó Català de Mèxic, Enric Botey, Costa dio comienzo a estas ediciones en el año 1942:

Cuando quise empezar a publicar en catalán, fui a ver imprentas de México pero nadie tenía los signos para hacer las cosas en ese idioma, quizás tenían alguno pero muy poca cosa. Entonces yo tenía unos amigos con los cuales estuve en Nueva York, cuando iba de regreso a Barcelona por lo de la cosa de Trotsky, ellos eran los dirigentes del Sindicato Dress Makers, donde hice un mitin en el 37, de regreso a España; ellos tenían muchas facilidades para publicar. Entonces les mandé una carta urgente diciendo que necesitábamos ciertos tipos para linotipo. Y a los ocho días o nueve recibí todas las matrices para publicar en catalán83.



Bajo la denominación de Biblioteca Catalana he contabilizado la publicación de 37 títulos (aparte de otros once en catalán, fuera de la colección, que suman el máximo número de libros alcanzado por cualquier editorial en el exilio)84, los primeros años en una progresión verdaderamente asombrosa: en julio de 1945, la Biblioteca Catalana ya llevaba editados 12 títulos; en abril de 1947, eran ya 25 los libros publicados:

De pocos emigrados se podrá decir -comentaba Joan Sales en el número de diciembre de 1943 de Quaderns de l'Exili-, cuando volvamos a casa, que hayan hecho tanto por mantener, en tierras exóticas, un poco de calor de patria, como del editor Costa-Amic. Cinco libros en menos de dos años lleva publicados en catalán en México; de valor desigual, sea la verdad dicha; pero como esto no es imputable al editor, no resta nada de significado a su esfuerzo. Con escasísimos recursos ha lanzado su Biblioteca Catalana en medio de la indiferencia de muchos de sus compatriotas -hombres de negocios unos, políticos otros, dos tipos de gente poco interesados en las cosas de la república literaria85.



  —48→  

Biblioteca Catalana supuso el relanzamiento de escritores tan importantes como Agustí Bartra y la oportunidad de presentar Cataluña como un país con historia y cultura propias; propósitos estos de gran importancia si se recuerda cómo en la Península se prohibía cualquier manifestación de los rasgos distintivos catalanes. Biblioteca Catalana se convirtió en el espacio de los jóvenes escritores que se estaban gestando y, sobre todo, ofreció la posibilidad a la comunidad catalana en el extranjero de releer a los clásicos de su literatura. Esta última supuso, sin duda, una de las realizaciones principales de la obra cultural del exilio catalán y, si alguna crítica se le hizo a Costa-Amic, fue la de no publicar tantos clásicos como autores contemporáneos. Para Sales, colaborador destacado de Costa, «si la Biblioteca Catalana se hubiera orientado siempre en este sentido, su labor, con todo y el exilio, habría podido tener un gran interés»86. Joan Sales, como tantos escritores republicanos, defendía la necesidad de reconocerse en una tradición propia; esta, sin duda, debía ayudar a las nuevas generaciones de exiliados a trabajar con rigor y convicción, impidiendo así que las obras de creación cayeran en la ramplonería o el más folclórico memorialismo.

Al mismo tiempo que Costa-Amic editaba libros en catalán, llevaba a cabo una importante labor de difusión editando e imprimiendo revistas, como por ejemplo Cròniques (1948), impulsada por Víctor Alba y Vicenç Riera Llorca; Senyera (1950-1976), boletín mensual de la Casa Regional de València; Enllà (Per Catalunya i el Socialisme); Síntesis, y Catalonia, esta última editada personalmente por Costa en castellano con la intención de «dar a conocer en América la personalidad nacional de los Países de Lengua Catalana».




ArribaAbajoEl catálogo de la Biblioteca Catalana

La primera obra publicada en la Biblioteca Catalana fue la reedición de El comte Arnau de Josep Maria de Sagarra. Esta elección ejemplificaba muy bien el propósito de continuidad característico de la obra cultural catalana en el exilio:

Publicamos El Comte Arnau de Josep Maria de Sagarra, porque lo considerarnos como una de las mejores obras poéticas de nuestra literatura moderna. No hemos escogido un nombre de autor, sino que hemos escogido una obra en consideración a su valor literario, lingüístico y humano,   —[49]→     —50→   sin tener en cuenta la posición política que el autor pueda mantener en la España franquista.



Jacint Verdaguer. Canigó

Jacint Verdaguer. Canigó. México: Biblioteca Catalana, 1948.

[Página 49]

El libro, tal como recordaba Costa, era muy admirado por Fabra, quien lo consideraba una obra capital, sobre todo por su aportación léxica a una lengua en proceso de normalización87. La obra fue recibida por un amplio público, en su mayoría más interesado por la política que por la literatura, y obtuvo un considerable éxito, tal como reseñan los redactores de Quaderns de l'Exili88. Su alcance, sin embargo, se limitó una vez más a la pequeña comunidad catalana ligada al Orfeó y a la de otros centros catalanes de América Latina, prendidos aún de la fe en el retorno y la voluntad de unión.

El propósito, desde esta primera obra, resulta evidente: se había perdido la guerra pero no se tenía que renunciar a la propia historia ni, mucho menos, a la lengua. Ambas, aunque fueran perseguidas en su misma tierra, debían mantenerse en México, y labor de todos los catalanes era el preservarlas. En este sentido, se aplaudió la tarea de Costa-Amic como ejemplo de la resistencia cultural necesaria mientras no se concretara el retorno: «La iniciativa de Costa-Amic en México», comentaba Joan Sales, «no debería ser más que el esbozo de una obra editorial muy vasta que habrá de emprenderse en el momento del regreso: la obra de divulgar entre los catalanes la literatura catalana de todas las épocas»89.

Esta misma voluntad se mantuvo en los volúmenes publicados los años siguientes bajo la denominación genérica de Biblioteca Catalana. Una ojeada rápida a sus títulos muestra la presencia de escritores noveles, como Agustí Bartra, Pere Matalonga o Josep Maria Murià; de autores guías (Frederic Mistral); de sindicalistas vueltos historiadores (Pere Foix); de catalanes que, sin ser creadores de oficio, desean dejar testimonio de sus vivencias y pensamientos (Josep Maria Poblet, Roc d'Almenara o Artur Bladé); de los políticos de antaño y de la actualidad (Jordi Arquer y Enric Prat de la Riba); de los especialistas en diferentes   —51→   ramas de las ciencias y las letras (Maria Solà y Antoni Raluy); de los críticos literarios improvisados (Jordi Vallès); de historiadores neófitos (J. Carner-Ribalta) y los ya consagrados (Lluís Nicolau d'Olwer); así como de los clásicos de nuestra historia literaria, como Jacint Verdaguer. De este último, Costa editó Canigó con un tiraje limitado de 200 ejemplares:

completamente identificado con el espíritu de la «Comissió Abat Oliva» -comentaba el mismo Costa con motivo de la Feria del Libro de 1947-, he creído que una manera apropiada de celebrar el noveno centenario de la muerte de aquel gran padre de la Patria es lanzar una edición de lujo del Canigó, el poema inmortal de Verdaguer, que tiene por héroes principales al arzobispo Oliva, a sus hermanos Tallaferro y Guifré y a su sobrino Gentil90.



Las otras colecciones91 se denominaron La Nostra Llengua, Antologies Poètiques Mínimes, Documents, Els Infants Catalans a Mèxic y Monografies d'Art, dentro de la cual se editaron el muy cuidado libro Gravat català, al boix, de Pompeu Audivert (1946) y Deu Gravats, una carpeta en homenaje al mismo autor que contenía diez originales (seis en negro, cuatro en color) y de la que se hizo una tirada limitada de 100 ejemplares numerados y firmados por el autor92.

Muchos de los volúmenes se publicaron en dos ediciones: una de bibliófilo de 200 ejemplares -los suscriptores tuvieron el privilegio de recibir una edición especial, encuadernada en piel, con grabados y documentos de la época, numerada, con el nombre del suscriptor impreso en el interior del libro y con las iniciales doradas en el lomo- y otra popular. Su difusión, aunque reducida, se mantuvo constante: de la colección Clàssics Catalans, por ejemplo, se vendieron los ejemplares de bibliófilo, haciendo necesaria su reimpresión en volúmenes separados:

los libros impresos últimamente por Costa-Amic han volado de las prensas a las casas de la colonia catalana como enjambre con prisa. Y resulta consolador ver que el espíritu que suele informar a ciertas revistas, entidades, publicaciones, etc., está muy por debajo del nivel medio de nuestros exiliados93.



  —52→  

Algunos de los colaboradores más cercanos a Costa fueron Joan Vila, quien fungió como secretario de la Biblioteca Catalana, y Joan Sales, que aprendió en México el oficio de linotipista y, por su conocimiento de la lengua, se convirtió -hasta su regreso a Cataluña en 1948- en un excelente corrector: «Son los tiempos heroicos de la emigración. Con tal de hacer libros en catalán -y muy bien hechos, bien corregidos, como si se tratara de una empresa de gran importancia- hace falta... un linotipista que sea también un buen lingüista»94.




ArribaAbajoDe la continuidad como propósito

La colección Clàssics Catalans resulta paradigmática del propósito continuador de la cultura catalana que impulsa la obra editorial en catalán de Costa-Amic, puesto que nace como rechazo y, a la vez, como afirmación. Rechazo al exilio inmóvil y a la posguerra peninsular castrante; afirmación de vida, de comunidad y de pervivencia a pesar de las dificultades del destierro. La importancia que revistió esta colección, en un momento en que las circunstancias fácilmente podían llevar a olvidar el valor intrínseco de la literatura catalana en beneficio de una mera supervivencia lingüística, la destacó Ferran de Pol, en su habitual tono irónico:

El editor Bartomeu Costa-Amic acaba de publicar tres obras antológicas de una patente oportunidad. En primer lugar, vienen a recordar a los catalanes exiliados que no todos son poetas y prosistas de flor natural, viola y copa artística en nuestra literatura -cosa que, si para muchos estará de sobra, no dejará de hacer bien a otros95.



El acicate que impulsó la colección fue -según explica el propio Costa- la noticia de una quema en Barcelona de 18000 libros, todos ellos obras clásicas de la literatura catalana. De inmediato, Costa decidió movilizarse contra este renacimiento de la Inquisición y pidió a la Biblioteca del Congreso de Washington cinco microfilms de los primeros monumentos de las letras catalanas. De esta manera conseguía luchar contra el poder franquista, recordar a los compatriotas sus raíces y, además, difundir por doquier la literatura catalana y con ella, la misma Cataluña. En este sentido, Albert Manent cuenta una anécdota   —[53]→     —54→   muy significativa: cuando el mexicano Alfonso Reyes conoció algunos de los libros editados por Costa, aplazó una conferencia ya programada sobre cultura española de la Edad Media: «primero quiso enterarse de toda una rama de grandes clásicos hispánicos, que desconocía», comenta Manent96.

Pompeu Audiver. Gravat català, al boix

Pompeu Audiver. Gravat català, al boix, México: Biblioteca Catalana, 1946.

[Página 53]

La colección dio a conocer, entre 1946 y 1947, cinco títulos prologados por destacados prohombres catalanes: La conquesta de Mallorca, de Jaume I, con reducción y notas de Lluís Nicolau d'Olwer; El somni, de Bernat Metge, también con reducción y notas del mismo Nicolau; Poesies de Ausiàs March; Regiment de la Cosa Pública, de Francesc Eiximenis, prologado por Antoni M. Sbert; y El Llibre d'amic i amat, de Ramon Llull, con prólogo del mismo Sbert. De los cinco, se hizo una primera edición especial de 200 ejemplares, de lujo, para bibliófilo. El primer volumen de esta serie, editado en 1946, incluyó La conquesta de Mallorca, Lo somni y las Poesies de March; el otro lo conformaron el Regiment de la Cosa Pública y el Llibre d'amic i amat, subvencionado directamente por la Fundació Ramon Llull. Todos ellos reproducían ediciones barcelonesas como las de la editorial Minerva. Una vez agotado el primer volumen de la serie, y aprovechando la Feria del Libro, se inició una segunda edición de cada título en volúmenes separados, más económica -costaba sólo cinco pesos-, pero con los mismos grabados y documentos que la edición de lujo97. Resultó todo un éxito de ventas, ya que se suscribió a la colección una buena parte de la comunidad catalana, cada vez más acomodada y no siempre solidaria con las empresas culturales. El mismo Costa-Amic se ufanaba al respecto:

El éxito inesperado de los tres primeros títulos de la Colección Clàssics Catalans nos ha decidido a hacer rápidamente una reimpresión de mil ejemplares, presentada cuidadosamente y con los mismos grabados, documentos y miniaturas de la edición de lujo e impresa sobre papel Biblos. Esta segunda edición, que se publica en el transcurso de la Feria del Libro, a los veinte días de aparecer la primera, queremos creer que ha de merecer una excelente acogida entre las Colonias de Catalanes de toda América.



La misma edición económica se hizo del resto de los títulos, en 1947.

  —55→  

Clàssics Catalans contribuyó a mantener la tradición, al otorgar a los escritores desterrados la seguridad de continuar una obra colectiva de muchos siglos, muy necesaria durante los primeros años de destierro. De la misma manera, la colección denominada Petites Antologies Catalanes, que según el proyecto iba a constar de once volúmenes98, fijó con claridad a los poetas clásicos más cercanos, aquellos que servirían de guía durante los difíciles tiempos de la posguerra:

Una batalla será dada en el exilio, y por obra de Costa-Amic, contra esta ineptitud de los catalanes para asimilar y apreciar la propia poesía y el propio genio. En una serie de volúmenes sucesivos, los catalanes emigrados podrán encontrar poesías escogidas de todos nuestros grandes poetas de los siglos XIX y XX, desde los primeros románticos hasta el desastre nacional de 193999.



Josep M. Miquel i Vergés, Joan Sales y Ferran de Pol fueron los encargados de realizar estas breves selecciones de carácter popular -iban a compilar respectivamente, Els primers romàntics dels països de llengua catalana, Cent anys de poesia a València i les Illes y Guimerà-, de las que, desafortunadamente, sólo llegó a las prensas la editada por Miquel i Vergés. Su recepción fue similar a la de la colección de Clásicos, y en la Feria en que se presentó Els primers romàntics... se agotaron todos los ejemplares en venta100.

Otra colección divulgativa denominada Antologies Poètiques Mínimes -más centrada en la poesía contemporánea, pero igualmente revivificadora de la tradición- recupera la presencia de los poetas fundamentales del siglo XX. La formaban pequeños volúmenes de entre 16 y 32 páginas, y tenía una tirada de 500 ejemplares que, en su mayoría, se regalaban a los suscriptores de la Biblioteca Catalana. Las selecciones corrieron a cargo casi siempre de Miquel i Vergès. Se publicaron las dedicadas a Joan M. Guasch (1945), Joan Maragall (1945), Joan Alcover (1947), Josep Carner (1946), Teodor Llorente (1947) y Salvat-Papasseit (1947), este último volumen al cuidado de Carles Sala.

  —[56]→  

Antologies Poètiques Mínimes

Colección completa de las «Antologies Poètiques Mínimes».

  —57→  

Como corolario de todo este planteamiento, hay que entender el papel protagónico de los escritores exiliados y su importancia en la persistencia de una tradición que no se dejaba morir al garantizar la continuidad de la cultura catalana. Tal como expresaba Josep Carner en el prólogo de El pensament i la vida, de Jaume Serra Hunter:

es necesario que la patria le asegure otra perennidad, para que su nombre sea estímulo perdurable del amor de la sabiduría de nuestra más bella tradición, la que quiere que el árbol solariego sea de raíz tan firme, tan penetrante en tierra nuestra, como de colina abierta a todos los vientos101.



Bien consciente de ello, Costa proporcionó una tribuna privilegiada a quien quería publicar su última obra (o la primera, en el caso de los más jóvenes), sin importar a qué género literario perteneciese.

Costa no solía hacer casi nunca una selección previa, pero un repaso del catálogo de la Biblioteca Catalana muestra cómo predominó la prosa narrativa no imaginativa, dirigida, en muchos casos, a continuar la reflexión en torno de la Cataluña contemporánea. Junto con estos textos, se imprimieron las primeras novelas y poemarios escritos en el exilio. Agustí Bartra, Pere Matalonga, Rafael Tasis y Pere Foix son algunos de los creadores literarios que dan a conocer su primera obra americana en las prensas de Costa-Amic.

Las otras colecciones se fundamentan también en esta idea de continuidad ligada a la resistencia política. Continuidad concretada en el mantenimiento de la lengua propia, como lo testimonian los dos libros de Pompeu Fabra impresos bajo el genérico La Nostra Llengua: el Diccionari ortogràfic abreujat (1946) y Les principals faltes de gramàtica (1946). Ambos nacidos, como explica Costa-Amic, de la necesidad de proporcionar herramientas de trabajo, sobre todo a los jóvenes.

Afán de continuidad, pedagógico en este caso, aparece también como acicate de la colección Els Infants Catalans a Mèxic, que ofrecía cuentos inéditos para quienes habrían de mantener en el futuro la savia de la catalanidad: «Biblioteca Catalana ha editado este primer libro de cuentos -se refiere a Els pollets de colors de Jordi Vallès, donde se imprime este colofón-, pensando en nuestros niños exiliados, huérfanos de la más simple hoja de papel impreso   —58→   donde aprender a leer en su lengua materna»102. Dentro de la serie se publicó, junto al texto de Vallès, El nen blanc i el nen negre, de Anna Murià. Cinc contes per a infants, de Josep M. Murià, se editó muchos años después de concluida la Biblioteca Catalana, con este mismo propósito formativo, aunque las condiciones políticas resultaran ya muy distintas.

La amplia gama de escritos, tanto si son de creación como si no, muestra una preocupación común a todos los desterrados catalanes: la necesidad de afirmación como comunidad de cultura; el reconocimiento, por tanto, de unos rasgos genéricos propios y una evolución histórica particular. Quiero hacer mención, ya hacia el final del repaso de la obra editorial de Costa-Amic, de los libros aparecidos en la colección Documents, dirigidos a explicar la historia de la Cataluña contemporánea y, especialmente, la guerra civil y el exilio. A la vez, Documents quiere iniciar un proceso reflexivo sobre la significación del destierro al presentar los testimonios iniciales de los desterrados por medio de memorias, autobiografías, dietarios, libros de viaje e, incluso, retratos literarios103, referidos tanto al paso por los campos de concentración franceses (Diari d'un refugiat de Roc d'Almenara)104, como a las primeras vivencias de un largo periplo (Terres d'Amèrica de Josep M. Poblet). El exiliado catalán no podía obviar el planteamiento de líneas de actuación de cara al regreso a su tierra y la integración en su nuevo país; en este sentido, Costa-Amic reeditó textos capitales para el nacionalismo (La nacionalitat catalana de Enric Prat de la Riba) y estudios inéditos sobre la presencia de los catalanes en el descubrimiento y colonización de California, la etimología de la palabra «Catalunya», el futuro de los llamados «Països Catalans» o los deberes políticos de la emigración.

Finalmente, cabe citar la colección Temas Ibéricos, iniciada en 1944 con una clara finalidad: dar a conocer la realidad del país por América, y más aún, tal como Costa señalaba en la introducción del primer volumen de la colección: «presentar al lector latinoamericano los antecedentes y las fases de la lucha que   —59→   Cataluña viene sosteniendo contra el Estado español en su firme propósito de liberarse de la dominación castellana»105. Propósito que consiguió en buena medida, como demuestra el éxito de libros como España frente a Cataluña, de A. Sieberer, traducido del francés por Jordi Arquer, que se convierte en un best-seller y ocupa las páginas culturales de los principales diarios del país, reviviendo la eterna polémica española entre los centralistas, federalistas y separatistas106. A este título, siguieron la Breve historia de Cataluña de J. Pineda i Fargas, Senderos espirituales de Albéniz y Debussy y Un ensayo sobre la intimidad española de J. Serra Crespo, así como el librito Pau Casals. Un hombre solitario contra Franco. Para alguien tan implicado en la vida mexicana y a la vez tan genuinamente catalán, esta proyección catalana en el exterior resultaba fundamental y, todavía hoy, el editor se enorgullece de haber hecho suscribir a un presidente de México a su Biblioteca Catalana107.





Anterior Indice Siguiente