Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice


 

11

Con tillado ó cubierta.

 

12

Alcornoque portugués (Quercus lusitanica).

 

13

Alerce africano (Callitris quadrivalvis), familia de los cipreses. Su palo, como dice el anónimo, es efectivamente ligero y recio, y además aromático é incorruptible. Empleábanlo los moros africanos y andaluces en la construcción de muebles y en el maderaje de sus viviendas, pero con preferencia en la fábrica de fustas, saetías, cárabos y otras embarcaciones sutiles.

En este árbol precioso consistió la razón fundamental del tenacísimo empeño con que el rey D. Fernando aspiraba á la toma del Peñón de Vélez, sin hacer mucha cuenta de lo pactado solemnemente con su yerno en Arévalo á 2 de Julio de 1494. De Vélez de la Gomera, durante la campaña de Granada, vino en socorro de Coin una hueste escogida, que puso en grave aprieto á D. Fernando, y de allí, después de rendida aquella ciudad, salía la nube de barcos moriscos que infestaba las costas andaluzas. A fin de evitar esta calamidad y escandaloso perjuicio de los intereses cristianos, y por razones políticas que no tardaron en manifestarse, procediendo con su acostumbrada cautela, trató primero el rey de adquirir informes por medio de personas de su confianza acerca de los parajes de la costa africana pertenecientes á su conquista y de sus inmediatos de la jurisdicción portuguesa. Túvolos ya, según parece, en el año de 1493, por boca de su artillero mayor Maese Ramiro y por carta de su secretario Hernando de Zafra, de la importancia estratégica del Peñón de Vélez; pero hacia los años de 1504, y antes de Septiembre de 1505, adquiriólos más ciertos y bastantes, junto con el secreto de la incesante actividad de aquel astillero y fecundísimo nido de cosarios. «A lo que á mi juicio es -aconsejábale un anónimo por su mandato- en lo que toca al acometimiento de destruir á Velez, es que V. Alt. deberia mandallo hacer; pero antes es bien que lo vean personas que lo sepan juzgar, para que se haga lo más sin peligro de la gente que pueda ser, porque esto es lo que V. Alt. querrá; y que quien lo fuere á ver, mire si será bien dejar fuerza en el peñon solamente ó en alguna parte de lo que está poblado, para que una vez destruido no tornen á poblalla; porque no tiene en todo el reino de Fez y Tremecen lugar en la costa de tal aparejo para los navios como en Velez, por cabra de la madera de los alerces, que los hay en Vélez y muchos y no en otra parte de la costa, y quitados los moros de allí, no habran manera como hiciesen navios tan ligeramente como allí los hacen. Y á quien esto V. Alt. mandare sea persona que lo haga y mire como convenga á servicio de V. Alt.» (Villa Amil y Castro. Berbería en tiempo de Cisneros, Ap. III.)

Y en la Relación de la costa de aliende, que el comendador Juan Gaitán envió al cardenal Cisneros antes (no sé si mucho ó poco) de la toma de Mazalquivir (ibid.) se lee: «Velez de la gomera es lugar de cuatrocientos vecinos. La poblacion está asentada al pie de una sierra muy agra donde se recogen cuando se les ofrece necesidad; é puestos en la sierra, no se les puede facer daño, por la aspereza de la sierra. Delante del puerto de Velez está un peñon; dicen algunos que se puede hacer un edificio; é así lo escribió el comendador Martín Galindo [el marido de la Latina] á S. Alt., porque él lo paseó é lo miró, é está en comarca que se podía juntar en su favor en dos dias seis mil hombres. Vélez no es fuerza para que, aunque se ganase, se pueda sostener.»

Casi estoy por creer que D. Fernando tuvo á la vista la relación de Gaitán y los informes de Galindo al mandar escribir en 30 de Junio de 1505 la carta con que inició las negociaciones sobre Vélez con el rey de Portugal, encomendadas á Ochoa de Isasaga, solicitando primero permiso para construir por cuenta suya la fortaleza del Peñón, y después de tomado éste y construida aquélla (en 23 de Julio de 1508), el cambio de la una y del otro con su distrito litoral, por sus derechos á la conquista y posesión de la costa de Berbería desde el cabo de Aguer al de Bojador, salvo la torre de Santa Cruz de Mar Pequeña; solución que no pudo alcanzar Ochoa de Isasaga, pero que, con más habilidad ó más fortuna, logró Gómez de Santillán, corregidor de Jerez, ajustando el tratado de 23 de Septiembre de 1509.

Mármol Carvajal, en su descripción de Vélez de la Gomera, concuerda con los informes del anónimo y de Gaitán y los amplía, diciendo «que los moros de allí, para armar sus fustas y galeotas y hechos cosarios correr las costas de los cristianos y hacer grandes daños, tenían la comodidad de un puerto capaz de treinta bajeles y buen aparejo de madera en las sierras de alrededor, donde hay muchos árboles alcornoques y alerce para hacer navíos, tanto que los beréberes tienen por granjería cortar de aquella madera y llevarla á vender á otras partes... A la marina hay una atarazana donde se solían hacer los navíos que el señor de Vélez y los ciudadanos armaban».

 

14

Charles ó Carlos de Valera, natural de Jerez, hijo del buen caballero, célebre literato y alcaide del Puerto de Santa María Mosén Diego de Valera. Mis buenos amigos, el traductor de las Décadas de Alonso de Palencia, D. Antonio Paz y Melia, en el número 23 de El Centenario, y el Sr. Fernández Duro en su Marina de Castilla, mencionan algunos de los hechos y lances marítimos de Charles allá por los años de 1475-76 en las aguas y costas africanas y andaluzas, cuya noticia se halla ampliada con pormenores muy curiosos en carta-memorial de su padre dirigida en Madrid á la reina Isabel hacia los años de 1483), por términos que merecen en honra de uno y otro recordarse. «Cuando la guerra de Portugal se comenzó, con el deseo que á vuestro servicio tengo, armé dos carabelas y envié con ellas á Charles de Valera, mi fijo, el cual, estando en San Lucar, queriendo navegar, yo fuí certificado que una nao muy grande portoguesa, llamada la Borralla, había de venir muy presto en Portogal cargada de arneses de Milán é cubiertas é brocados é sedas de gran valor; é luego escrebí á Charles mandándole que procurase de haber compañía que bastase para tomar aquella nao, el cual se juntó con las galeas del conde de Pallares é de Mosen Alvaro de Nava é con algunos maestres de carabelas que V. A. mandaba armar para enviar en la Guinea; é yo escrebí á un vizcaíno amigo mío, que era maestre de una nao llamada la Çumaya, rogándole mucho quisiese ir con Charles, al cual plogo de lo así facer, é juntos así los ya dichos, fueron buscar la Borralla, la cual fallaron acompañada del capitán de Portogal con más gruesa armada que la nuestra, é por acuerdo de todos, los portogueses pasáran sin pelea, é solo Charles fué de contraria opinión, á causa de lo cual la batalla se dió é duró por espacio de seis ampolletas [tres horas], en que plogo á Nuestro Señor, en virtud vuestra, los portogueses fueran vencidos é desbaratados é su capitán puesto en tanta necesidad, que se hobo de meter en un copano á la tierra, dejando su nao armada con cuarenta hombres muertos sobre cubierta, la cual le fué tomada aquel día con otras dos carabelas ó con toda la gente que en ellas venía, é fueron muertos de la nao Çumaya el maestre della é otros diez hombres, é feridos más de treinta, á diose caza á los otros navíos, los cuales se fueron á fuerza de velas; é á la nao Borralla siguieron fasta la meter en el puerto de Alcaçar Çaguiel [çeguer], donde encalló; é porque la non pudieron sacar, pusiéronle fuego, é así se perdió con todo lo que en ella estaba; y en este viaje fué tomada la carraca desamparada por los ginoveses.

»É fechas las dichas cosas, yo envié suplicar al Rey, nuestra señor, le pluguiese dar la capitanía de la Guinea á Charles de Valera, mi fijo, la cual le dió por me facer merced, en que llevó treinta carabelas é tres naos, é tóvolas siete meses; en el cual tiempo barajó trece islas de la Guinea, é prendió al capitán que el rey de Portogal en ellas tenía, por el cual mercaderes ginoveses se obligaban de le dar dende en cuatro meses mill doblas puestas en el Puerto; el cual no las quiso recebir, é trójolo consigo y enviolo á Vuestra Serenidad estando en la villa de Madrid; é trajo de allá cuatrocientos esclavos, de los cuales cupieron á su parte diez é seis, los cuales le tomó el marqués de Cális; y el duque de Medina Cidonia le fizo pagar cincuenta mil maravedís por los daños que fizo en la Isla de Antonio [Antoniotto da Nolla ó Usodimare], diciendo ser suya.» (Tratado de las epístolas enviadas por Mosén Diego de Valera en diversos tiempos á diversas personas. Bibl. Nac., ms. F 108. Publicado con algunas variantes por la Soc. de Biblióf. españoles, 1878.)

Hernando del Pulgar (á quien siguen el Sr. Lafuente Alcántara en su Historia de Granada y el Sr. Guillén Robles en su Historia de Málaga), nombra á Carlos de Valera entre los tres capitanes de armada encargados por los reyes D. Fernando y doña Isabel en 1482 de la continua vigilancia del Estrecho de Gibraltar y de impedir la llegada de gente y mantenimientos solicitados con urgencia por los moros granadíes de sus hermanos de allende, al comenzar los asedios de Loja, atacando los puertos berberiscos y apresando ó echando á pique las naves que de allí saliesen con dicho socorro ó cualesquiera otras que se ocuparan en facilitarlo. Posible es que fuera en esta campaña cuando la carabela ó carabelas de Charles lucieron su gallardía y empuje; pero presuponiendo que los aprestos navales para ella, la elección de jefes y aun las operaciones ofensivas comenzaron con bastante antelación al primer sitio de Loja (Julio de 1482) y principios de la guerra de Granada (Diciembre de 1481). En otro caso habría que trasladar las referencias del anónimo á expediciones ó correrías navales anteriores á dicha campaña, emprendidas también por orden de los reyes.

Nacen mis dudas del siguiente pasaje de la citada epístola-memorial, que, por desgracia, como sucede con casi todos los documentos de esa clase y de su tiempo, y aun muy posteriores, carece de fecha, y ésta no puede calcularse por el epistolario original, compilado sin atención á la cronología:

«E agora tres años -dice Mosén Diego- Charles é yo, por vuestro mandado, tomamos el cargo de vuestra armada, en el cual perdimos más de doscientos mill maravedís é recebimos grande agravio en ser tomada una carabela de Portogal, que por todo derecho no solamente era nuestra, más por la capitulación con nosotros fecha; é V. A. la mandó tornar al rey de Portogal con todo lo que en ella se tomó. Y en todos estos tiempos no se hallará que Charles ni yo hayamos habido solo un maravedí ni merced ni ayuda de costa, como es costumbre de se dar á los que tales cargos llevan, salvo diez mill maravedís que V. A. me mandó dar en Tarazona. E yo, deseando más libremente poder servir á V. A., me despedí del duque de Medinaceli, mi señor, del cual había ciento é veinte mill maravedís cada año pagados en mi casa, é vine á Madrid, etc.»



Leídos estos renglones á derechas, parece resultar que la despedida fué después del ruinoso negocio de la armada. Ahora bien; según consta por documentos que guardaba hace años el archivo de la casa de Medinaceli, en 1481 «Charles de Valera, su fijo de Mosen Diego de Valera y alcaide de la villa del Puerto de Santa María, hizo pleito homenaje de la fortaleza... á doña Leonor, hija de D. Luis de la Cerda, duque de Medinaceli y conde del Puerto de Santa María.» Es decir, que en 1481 había ya dejado Mosén Diego la alcaldía (que aun desempeñaba en 1478), y con ella el servicio del duque ó más bien de la casa del duque, logrando, empero, que el cargo pasara á su hijo y conservando su vecindad ó morada en el Puerto, donde fechaba algunas de sus cartas en años muy posteriores.

El pasaje copiado, además, induce á la sospecha de que la armada que padre é hijo tuvieron á cargo, se aprestó y empleó, no contra moros, sino contra portugueses, y que la devolución de la carabela apresada se hizo á consecuencia del convenio de paces entre Portugal y Castilla, ratificado en Toledo á 6 de Marzo de 1480. En cuyo caso la epistola-memorial podría tenerse por escrita en el año de 1483, durante el cual pasó la reina Isabel á quien exclusivamente va dirigida) una gran temporada en Madrid lejos de su marido, ocupado por aquel entonces en aplacar los alborotos de Galicia.

En año que según las mis razonables conjeturas y autorizadas noticias debió ser el de 1482, hubo de acreditarse Charles de Valera de buen camarada y además de generoso servidor del duque de Medina Sidonia, émulo por no decir obligado enemigo de su señor el de Medinaceli, ayudando á Pedro de Vargas, alcaide de Gibraltar, en un lance que refiero en la nota 14 y excuso de repetir aquí.

No ha de ser todo combates, cruceros y cazas de fustas moriscas ó naos lusitanas en la historia de Charles de Valera. Las actas del cabildo de Jerez correspondientes á los años 1489, 1495 y 1496 (Gutiérrez) nos instruyen de algunos sucesos que, si no atañen precisamente á su vida íntima, revelan ciertas genialidades del alcaide porteño y la manera que tenía de ejercer las funciones de su cargo, al paso que dan á conocer las relaciones administrativas y de buen gobierno de estos jefes absolutos dentro sus fortalezas y obedientes criados de magnates tal vez mis poderosos que sus reyes, con los municipios ó ciudades realengas comarcanas; origen de continuos conflictos.

La villa del Puerto de Santa María estaba facultada por mandato real y por derecho consuetudinario para sacar de la ciudad de Jerez el pan que necesitase. Hubo el cabildo jerezano de oponer en el año de 1489 algunas dificultades á la saca. Presentóse ante él Charles de Valera con carta del concejo de aquella villa, en 7 de Agosto, á pedir su justicia; y aunque ésta parecía asistirle, con todo eso, el cabildante y 24 Juan de Herrera, se opuso resueltamente á que la petición se otorgara, si antes los porteños no desagraviaban á los vecinos de Jerez de «las injurias que les hacían en llevarles la dobla castellana por las embarcaciones á monte, y medio real por el pasaje, siendo lo estipulado seis maravedís, y también pedían pagar por el anclaje, cosa jamás vista y usada.» A nuestro alcaide no le traía cuenta romper abiertamente con sus paisanos, pues tenía en Jerez su caudal ó patrimonio. Disculpóse con que lo del anclaje, monteo ó carena y demás era cosa del duque de Medinaceli, y regresó á su casa.

Su segunda cuestión con el cabildo jerezano le afecta más personalmente. Con licencia de esta corporación y bajo ciertas condiciones y obligación estipuladas en escrituras públicas, había el alcaide fabricado un molino á la boca del río Guadalete, y construído una barca exclusivamente destinada á llevar y traer la molienda y los molineros; mas, al poco tiempo, y faltando á lo solemnemente estipulado, pretendió adjudicarse la entera propiedad del molino, y empleó su barca en el transporte de pasajeros, con lo cual atentaba á un privilegio del municipio de Jerez, haciendo competencia á la barca de sus propios, destinada á granjear el pasaje y paseo por el río Guadalete, que desde que empieza á correr á la altura de aquella ciudad hasta salir al mar, entraba en sus términos jurisdiccionales. Recurrieron al rey los ofendidos, y cédula al canto, donde se hace constar todo lo expuesto y se da la razón al rico é influyente cabildo jerezano con fecha 24 de Diciembre de 1495.

Al abrigo de esta real disposición, los de Jerez se echaron sobre la barca pecadora y se la apropiaron, sin duda para sus propios. Valera reclamó del atropello ante el cabildo agresor en 12 de Diciembre de 1546, por medio de Pedro Fernández, escribano del Puerto de Santa María. Respondiósele con razones concluyentes y el apoderado se volvió como vino.

Consta por una cédula que publica el Sr. D. Diego Ignacio Parada en sus Hombres ilustres de Jerez de la Frontera, etc., y por otro documento que toma de la Historia de Jerez del P. Rallón (que no he logrado ver), la primera de Granada y 14 de Octubre de 1526 y el segundo de Arcilla y 8 de Marzo de 1527, que hallándose Charles de Valera con otros dos caballeros jerezanos en aquella ciudad de Berbería, sobre palabras que tuvieron con un moro llamado Bengalí, hicieron un desafio contra él y otros dos compañeros. Aceptado por Bengalí, nuestros caballeros los estuvieron esperando en Arcilla durante cinco meses; y no habiendo acudido los moros al lance, los jerezanos volviéronse á sus casas. Hacia la fecha de la cédula, quisieron el Bengalí y otros dos (quizá los mismos de antes), llamados Ebuhema y Benhalla, que se efectuara el desafío, y enviaron á un alfaquí con un cartel á sus contrarios, quienes después de bien avituallados trataron de embarcarse para tener el reto; pero el Emperador les impidió la pasada, y aunque solicitaron el permiso para hacerla, se la negó de nuevo, por cuanto Charles de Valera y sus dos compañeros habían cumplido como debían y no eran obligados á más como caballeros, y él con su cédula los daba por satisfechos en sus honras y personas. Esto no obstante y la pena de perdimiento de bienes y de las personas con que el Emperador les amenazaba, Gonzalo Pérez de Gallegos, uno de los retados con Valera, se presentaba en Arcilia á mantener el reto por los tres, á los seis días de expedida la cédula imperial.

Mármol llama á Charles de Valera Pedro de Charles, é incurre en esta extraña equivocación al tratar de la gente que en 1516 salió de Andalucía al socorro de Arcilla, con la cual fueron dos hijos de Charles por capitanes de cuatro compañías de infantes castellanos, que se reclutaron á petición y expensas de los portugueses.

Charles de Valera casó con Doña Elvira Spínola, y dejó larga descendendia enlazada con las principales familias de Jerez. La suya ocupaba también distinguido lugar en la ciudad, y á ella pertenecía Diego de Valera, jurado de la ciudad y gobernador de sus muros en 1520. (Parada, 1. c.)

 

15

Pedro de Vargas, caballero jerezano, al servicio de Don Juan de Guzmán, primer duque de Medina Sidonia, cuando este gran señor, por la persona de su hijo D. Enrique, se apoderó de Gibraltar á fines de Junio de 1467. Defendía la plaza con heróico tesón Esteban de Villacreces, su alcaide por D. Beltran de la Cueva y casado con Doña Leonor de la Cueva, hermana de éste. Prolongábase el cerco en demasía; menudeaban los ataques y escaladas sin gran ventaja de los sitiadores, y acaso D. Enrique hubiera tenido que levantar el sitio y retirarse, si por consejo de Vargas, dejando los asaltos y baterías, no hubiera estrechado á Villacreces con la sed y el hambre. El consejo merecía señalada recompensa. Diósela D. Enrique primeramente con el honor de encargarle la conducción á Sevilla del rico botín ganado en Gibraltar, y luego el duque D. Juan con la tenencia de esta ciudad y su fortaleza. Y aquí empiezan á discrepar las historias (Historia de Gibraltar, por D. I. López de Ayala, pág. 199.- Historia de Cádiz, por D. Adolfo de Castro, lib. V, cap. III); porque unas dicen que cierta traidora acometida que sufrió Pedro de Vargas de su paisano Pedro de Vera de Mendoza, alcaide de Jimena, muy amigo de Villacreces, en venganza de la conducta observada con éste por el duque de Medina, fué camino de Gibraltar á Sevilla al conducir el botín; y en otras se afirma que Vera le atacó yendo de Sevilla á Gibraltar á tomar posesión de su alcaidía. Pero concuerdan en que Vargas salió del lance derrotado, herido y prisionero; que fué conducido á Jimena, donde continuó su prisión hasta que el duque de Medina Sidonia á todo su poder lo puso en libertad, cobrándose los gastos del desquite y los daños y perjuicios ocasionados al alcaide de Gibraltar, con la agregación á sus señoríos de la villa de Jimena, que al fin compró á su dueño D. Beltrán de la Cueva.

De la expedición de Pedro de Vargas á que nuestro anónimo alude, dice Gutiérrez, que hallándose en Diciembre de 1479 de alcaide de Gibraltar, «queriendo hacer alguna entrada en el África, para traer bastimentos y algunas riquezas, previno algunos bajelillos, y embarcados varios caballeros y soldados, pasaron allende y tomaron una aldea de moros, la saquearon y robaron cuanto tenían; pero al embarcarse, acudieron tantos moros, que les costó la retirada la muerte de un yerno de Pedro de Vargas, llamado D. Pedro, la de un pagador del duque de Medina [Sidonia], y muchos peones.»

El Comendador Juan Gaitán (Relación de la costa de aliende) describe así la población barajada por el alcaide de Gibraltar: «Desde Tutuan hasta Tarraga hay siete leguas... Taraga (sic) es un lugar á casamuro. Está cabe la mar y es de población de ciento et cincuenta vecinos.- La fortaleza de allí es una torre principal con su barrera, sin cava et apartada del lugar un tiro de ballesta; de la mar dos tiros de ballesta».

En el interesante libro de caballería de W. Irving, que corre con el título de Crónica de la conquista de Granada, hay un capitulo de los de más color (IX del t. I, trad. de Montgomeri, 1831), donde suena el nombre de Pedro de Vargas á propósito de un lance ó ardid, que no sé si lo llame militar ó pecuario, acaecido en 1482. Precisado á encerrarse en Gibraltar por disponer tan solamente de la gente necesaria para su defensa, consumíase de aflicción y despecho nuestro alcaide, al ver que Abú-l-hasan, rey destronado de Granada y á la sazón dueño y señor de Málaga, al frente de 1.500 caballos y 6.000 infantes, robaba y asolaba á mansalva los desamparados campos de Gibraltar y Medina Sidonia, y reunía un hato de ganado vacuno de 5.000 cabezas, con el cual se retiraba vencedor y rico á la ciudad de Málaga. Á este tiempo, Charles de Valera (V. nota 13), con sus carabelas y algunos barcos moriscos apresados en el Estrecho, anclaba en la bahía gibraltareña, y enterado de todo por boca del alcaide, brindóse (ignoro si generosa ó interesadamente) á guarnecer la plaza con sus marineros, dejando á Pedro de Vargas en disposición de procurarse un desahogo, y á la par el desquite del pillaje y tropelías que cometiera Abú-l-hasan en el territorio de su jurisdicción. Aceptada la oferta, salió Vargas de noche con 60 caballos; pasó á la inmediata fortaleza del Castellar á reunirse con su alcaide, Cristobal de Mesa, y llamar desde allí con ahumadas gente de socorro. Advertidos por ellas los moros de la vigilancia y prevención de los cristianos, ordenaron con más precauciones la conducción del botín, disponiendo el ganado en larguísima fila con buen refuerzo á vanguardia y retaguardia. Vargas y Mesa, que espiaban desde las torres de Castellar la cáfila vacuna y estaban muy al tanto de los breñales y desfiladeros por donde necesariamente había de pasar, se emboscaron con 60 jinetes en una angostura, y acometiendo á la vanguardia, la desconcertaron y rompieron la línea. Acudieron refuerzos; á su empuje tuvo que ceder el temerario arrojo de los agresores, y nuestros dos alcaides   —197→   sanaron el Castellar á uña de caballo, no sin mojar antes sus lanzas en la sangre de algunos moros de cuenta.

Admirado el rey Abú-l-hasan de aquella valentía, como era tan caballeresco como fogoso, al pasar en su retirada á Málaga por aquella fortaleza, «llamó á un cautivo cristiano y le preguntó en qué consistían las rentas del alcaide de Gibraltar, y habiendo sabido que en el derecho de una res de cada rebaño que pasaba, dijo con mucha gravedad: 'No seré yo quien defraude á un caballero tan cumplido'.» Inmediatamente mandó recoger algunas reses muy lucidas y las dió á un alfaquí para que en nombre suyo las ofreciese á Pedro de Vargas, «y decille (añadió al emisario), que perdone si no satisfice antes sus derechos, para mí desconocidos; pero que ya con mejores noticias, me apresuro á pagar con puntualidad, y que no sabía yo fuese el señor alcaide tan vigilante en la cobranza de sus alcabalas». No dejó de sonreirse Pedro de Vargas con la ocurrencia del rey de Granada ni de contestar con el mismo espíritu. Al regalar al alfaquí un vestido de seda y en manto de escarlata, y al despedirle con la mayor cortesía, le habló de esta manera: «Decid al rey vuestro señor, que siento no haber tenido las necesarias fuerzas para que su entrada en mi territorio hubiese sido según mis deseos, pero que si se digna detenerse, espero esta noche trescientas lanzas de Jerez y podré saludar dignamente á su excelsa persona en la madrugada próxima.» Al recibir esta respuesta, dijo Abú-l-hasan meneando la cabeza: «Líbrenos Alá de una visita de estos campeadores de Jerez, que si nos atacan, embarazados como vamos con esta cabalgada y empeñados en un país tan áspero y fragoso, no les será difícil efectuar nuestra destrucción». Con este cuidado aceleró su marcha, y pasó con tal precipitación aquellas montañas, que se lo descarrió una gran parte del ganado y se volvieron cinco mil cabezas, que fueron recogidas por los cristianos; con lo demás llegó Abú-l-hasan á Málaga, donde entró ufano y glorioso por el daño que había causado en las tierras del duque de Medina Sidonia.

Realmente, da gusto leer estas caballerescas cortesías y arrogantes parlamentos entre moros y cristianos; pero es lástima que se hayan inventado las de Castellar tan tarde y para adorno de un suceso que se redujo en realidad á un apartado de vacas, como se deja ver bien claramente en el Cura de los Palacios (cap. LIX), el cual, con sencillez, sobriedad y más sentido histórico pone las cosas en su punto.

Con dicho capítulo y el de Irving compuso el Sr. Lafuente Alcántara el de su Historia de Granada, pero cortando por lo sano; de otro modo le hubiera sido muy difícil compaginarlos;, porque, según Bernáldez, los cautivos cornígeros huyeron con el desbarajuste y alboroto de la arremetida de los alcaides, y según Irving, se descarriaron á causa de la precipitación con que Abú-l-hasan se tornó á Málaga, y el primero dice que fueron dos mil y el segundo cinco mil. Además, el Sr. Lafuente Alcántara trueca el nombre del alcaide de Gibraltar y le llama Pedro de Vera, no Pedro de Vargas, sin duda por corregir á Irving con Bernáldez; pero no tuvo en cuenta que al llamarle así incurrió este cronista en una distracción, olvidándose de que en el capítulo XXXV de su Historia ha despedido á Pedro de Vera en Jerez en Julio de 1480, próximo á partir para su gobierno y conquista de la Gran Canaria, cuya fecha confirma Jerónimo de Zurita (An. lib. XX, cap. XXXIX), al referir que se embarcó en el Puerto de Santa María á 18 de Agosto de aquel mismo año, y e l caso del alcaide de Gibraltar sucedió, tanto para Irving como para Lafuente Alcántara, en 1482. No creo que el Cura de los Palacios haya querido referirse á uno de otros dos Pedro de Vera, deudos y coetáneos del alcaide de Arcos y homicida de Bartolomé de Basurto (v. nota 18), apodados el Bermejo y el Negrillo, aquél caballero de Santiago y regidor de Jerez, y éste caballero esforzado y rico y regidor de la misma ciudad (Carasa Zapico, Nobiliario ms.); me parece que la intención de Bernáldez fué designar al conquistador de la Gran Canaria.

Pero lo más notable de la amalgamación de los textos de Bernáldez é Irving, es un quid pro quo ó así como enredillo histórico, debido á la cita de Alonso de Palencia con que autoriza su relato el escritor anglo-americano y que el Sr. Lafuente acepta, por lo menos en parte, al declarar al comienzo del párrafo acerca del arrogante coloquio de Abú-l-hasan con Vargas, que «el cronista Palencia añade á este suceso [el combate del Castellar] un episodio que la pluma de W. Irving ha revestido de formas galanas.» Pues acudamos, como es natural, á comprobar la cita, que lo es del cap. III del lib. XXVIII de las Décadas de aquel célebre y casi inexplorado cronista, y nos encontraremos con que, en efecto, algo tiene que ver con Abú-l-hasan y Pedro de Vargas, pero nada, absolutamente nada con su encuentro en Castellar; el asunto es otro, y tan interesante, en mi concepto, que no sólo por lo que importa á esta descabalada biografía, sino también porque descubre una página inédita de nuestra historia en los últimos años de la Reconquista, merece ser conocido, siquiera sea en extracto ceñido á las condiciones de estas notas; y yo espero merecer indulgencia al extenderlas demasiado en gracia de mi buena intención. Los hallazgos históricos no están generalmente al cabo de un atajo, si no al fin de un rodeo como el que doy ahora con Pedro de Vargas. Dice así Palencia, aunque temo que mi traducción no ha de reflejar la soltura y genial desenfado del cronista de D. Enrique el Impotente.

«Por los años de 1476, aprovechando la negligencia del alcaide de Alcalá la Real en la custodia de sus esclavos granadíes, de acuerdo con algunos de ellos, el rey Muley Hacen ó Abu-l-hassan trató de apoderarse de aquella inexpugnable fortaleza, amenaza continua de la capital de su reino. Concertada la entrega por medio de terceros de toda confianza, para ocultar más fácilmente su designio, pretextó sus algaradas de costumbre por tierras del señor de Montilla, Alonso de Aguilar, á quien odiaba sobre todos los nobles cordobeses; pero frustrósele su plan por un acaso que parece cuento. Vivía á la sazón en la ciudad del Darro una hermosísima mujer, en otro tiempo cautiva cristiana y que había trocado su fe por la libertad y un marido tan obsequioso y tan amante, que le confiaba todos sus secretos; el cual, habiendo averiguado, no se sabe cómo, el que escondían las cabalgadas en proyecto de Muley Hacen, lo reveló á su mujer, y ésta, á impulsos de recónditas simpatías por los cristianos alcalaínos, cuyo inminente infortunio deseaba evitar, persuadió á su amable consorte á que cuanto antes lo pusiese en noticia del alcaide de Alcalá. Cumplióse su deseo. El alcaide se apresuró á encerrar á sus cautivos en mazmorras, y puso desde entonces tan exquisita diligencia y tanto esmero en la guarda de su fortaleza, que Abú-l-hasan hubo de renunciar á su proyecto, y de Moclin, donde estaba esperando la ocasión convenida con los cautivos moros, retiróse desalentado y triste á su ciudad de Granada».



A este descalabro del soberbio y cruel monarca nazarita, Alonso de Aguilar y sus secuaces quisieron que consiguiese otro conflicto, procurando para ello incitar á dos hijos de uno de los abencerrajes, enemicísimos del rey Abú-l-hasan, que después de la muerte de su padre habían, por fortuna, escapado de las manos del rey y se hallaban expatriados en la Mauritania Sitifense [reino de Fez], donde lograron inducir á cierto moro de estirpe real á que pasase á las costas de Málaga, para atraer á sí, con el favor de la mayor parte de los andaluces, la mucha gente agraviada y ofendida de aquel rey; á lo cual asimismo le excitaban con empeño las guarniciones lusitanas de Tánger, Ceuta, Arcilla y Alcázar Seguer por orden de su príncipe D. Juan, pues tanto los portugueses como Alonso de Aguilar y Fernand Arias de Sayavedra, ocupador de Tarifa ú Oretania, vivamente deseaban arrojar esta chispa de futura guerra en los confines de Andalucía; porque, mientras los moros del reino de Granada se combatían en rivales partidos, los nobles, protectores ó mandones de la otra parte de la provincia bética podían infestarla con sus correrías y otras hostilidades, de manera que no se diese tregua á los disturbios, que es lo que principalmente deseaban Alonso de Aguilar y los dañados como él de perdurable é incorregible tiranía.

Por ende, de propósito y de común acuerdo, enviaron á decir los portugueses al príncipe moro y á los dos hijos del Abencerraje, que concurriesen en Alcázar Seguer (el lugar de las costas berberiscas más próximo á las de España) y de allí, según aviso de Fernand Arias de Sayavedra, se dirigiesen á Tarifa, para esconder al joven soberano en esta plaza. Pero le molestaba sumamente á Cacim Abencerraje [Abú-l-Cásim ben-Asserrach], hombre pequeño de cuerpo pero de grandes ánimos, gastar el tiempo en balde, y como antes Fernand Arias le hubiera tenido de huésped (utilizando las ventajas de conocer ya el país), quiso ser el primero en provocar á la guerra á los alcaides de las fortalezas y lugares inmediatos de la serranía de Ronda, porque casi todos aquellos montañeses se mostraron en otro tiempo inclinados al partido de los Abencerrajes y del malagueño Quirzot [Alquizot], los cuales, muchos años atrás, después de derrotados, fueron muertos por el rey vencedor. Así, pues, dejando al príncipe al cuidado de su hermano [Mohámed-ben-Asserrach], conducido por un adalid ó guía práctico de aquellos caminos, y en compañía de siete caballeros, por sitios desviados y bosques espesos, y para mayor seguridad, de noche, enderezó sus pasos á uno de los pueblos de la serranía, y de preferencia, según dicen, á Gaucín ó Casares, por tener á sus alcaides por muy amigos. Pero al tocar el logro de su intento, tornósele contraria la fortuna; porque, como ya estuviesen cerca de Casares y no les pareciese muy prudente entrar en la población ó solicitar una entrevista con el alcaide siendo aun de día, determinaron dirigirse á un bosque próximo y apartado del camino, donde, escondidos y en silencio, los nueve caballeros y sus caballos restaurasen sus fuerzas esperando la puesta del sol.

Mas aquel día, por casualidad, como las treguas permitiesen á los caballeros cristianos traspasar seguramente los límites de sus territorios, Pedro de Vargas, alcaide de Gibraltar, por mostrarse obsequioso con Pedro de Estúñiga, caballero sevillano, su huésped, llevóle de caza por aquellos parajes, y habiéndoles salido un jabalí, persiguiéndole, se entraron por el mismo monte donde los moros se ocultaban. Los cuales poco antes mucho habían temido caer en manos de los caballeros de D. Enrique, duque de Medina Sidonia, pues no ignoraban que su intención, desde que supo de su pasada del Estrecho, era sorprenderlos. Y Pedro de Vargas, en particular, por mandado del Duque, había tratado de prepararles asechanzas, en razón de ser cosa averiguada y cierta que su venida de allende era á la nueva de la guerra. Sin embargo, el alcaide de Gibraltar, varón diligente y peritísimo adalid, jamás hasta aquel día pudo conseguir nada de provecho: la larga permanencia de aquellos moros en Tarifa hizo inútiles su activa solicitud y vigilancia. Pero lo que no pudieron acabar la pericia y el ingenio lo llevó á efecto la casualidad; porque el jabalí dió en los escondidos y les forzó á coger las lanzas y cabalgar á toda prisa; y acudiendo con no menos presteza los del alcaide en número superior al de los tarifeños, que impedidos de la espesura del boscaje no podían valerse, se apoderaron de ellos fácilmente, salvo del animoso Abu-l-Cásim, que abandonando su caballo, escapó, y por un rato pudo burlar á sus perseguidores; y los burlara del todo, si con la misma mala suerte de antes, un ciervo, al saltar de su segundo escondrijo, no hubiera denunciado su presencia. Hecho prisionero, condújosele á Sevilla para ser entregado á D. Enrique, el cual dispuso que la prisión fuese en su propia casa y en lugar preparado convenientemente, y con abundancia de provisiones, para que, excepto en la falta de libertad, en ninguna otra cosa, ni por escasez ni por rigor, pudiera hallar motivo de aflicción ó amargura.»

En vista de la absoluta incompatibilidad que los dos textos aducidos ofrecen, así en el fondo como en los pormenores y en la fecha (1476-1482), creo que sin el menor escrúpulo pueden admitirse como narraciones de dos hechos enteramente distintos, realizados por Pedro de Vargas siendo alcaide de Gibraltar.

Ignoro basta qué año conservó la alcaldía; según Gutiérrez, en los de 1490, 91 y 94 era jurado de Jerez un Pedro de Vargas. Hernández del Portillo (Hist. de Gibraltar, lib. IV) dice que el alcaide «Pedro de Vargas está enterrado con su mujer Teresa de Torres en la cartuja y monasterio de Xerez, en el claustro de una capilla, junto al refectorio.»

 

16

Sería en la ocasión referida por Mariz en el 4.º de sus Diál. de varia hist.: «En el año del Señor de 1490, D. Fernando de Meneses, hijo del primer conde de Villa Real D. Pedro, y su hermano D. Antonio de Meneses, que entonces era capitán de Ceuta, fueron á conquistar la villa de Targa, en aquella costa marítima situada, y después de entrada, la saquearon.»

 

17

El ardid y el asalto de las islas de Bucima, y la sorpresa y toma de Tagaça son sucesos de que no hallo la más ligera mención en las memorias y obras históricas tocantes á las regiones costeñas andaluzas y sus fronteras de África.

Las islas de Bucima, de copiosa sinonimia, son las hoy llamadas de Alhucemas [El Mezemma]; Mozena y Mozlena, en el Lib. del conosc. de los reinos é señorios, etc. (1350); Mosmer, de los Pizzigani (1367); Motzema, del Mapa catalán (1375); Motzumar, de Andrea Bianco (1436); Monçemar, de And. Benincasa (1476); Buzema, de Juan de la Cosa (1500); Alzema, de D. Ribeiro (1527 y 1529); Bozemie, de Jaques de Vaulx (1533); Mozuma, de Marmol; Busema, de Blaew, etc.

El comendador Juan Gaitán se extiende más de lo que acostumbra en la descripción de estas islas y litoral cercano, atribuyéndoles gran importancia estratégica y considerando su posesión por España de mucho interés en la guerra que en su tiempo se preparaba.

«Desde el Cabo de Vicento -dice- hay una legua á las Islas de Buzema, que son las tres islas questan en la mar, las cuales estan de la tierra á dos tiros de ballesta et algo más, y son del tamaño de la iglesia de Nuestra Señora Santa Maria de la O de la cibdad de Granada. Tienen puerto las dichas islas de todas partes para carracas el mejor que puede ser.

»Está [á] la tierra en el paraje de las islas un edificio antiguo en que hay cimientos, donde hubo una villa [Nkor ó Nekur] algo menos que Talamanca, e un valle llano de dos leguas de ancho é cuatro en largo, donde hay poblacion mucha de caserias pequeñas é grandes labranzas é pastos de ganados. Viene allí el rey de Velez con sus caballos á dar verde, porque no tiene disposicion de dar en otra parte, porque todo lo otro es sierra en la comarca de Velez. La gente que socorre á Velez es principal (sic) la deste valle.

»Está tras el edificio un pozo é un rio bueno [Nkor] á cuarto de legua.

»Los que han visto la tierra dicen que este es buen sitio para edificar una villa, porque se cobraria buen puerto y se pornia frontera á Velez y se les haria mucho daño en quitalles las labranzas é pastos é hacelles despoblar el valle; é desde allí hay buen camino llano, et aun dicen algunos que los moros se temen que allí se les haga fuerza.»



Componen el grupo de las Alhucemas el peñón de este nombre ó Hayrat en Nekur y las isletas bajas y escabrosas llamadas Isla de Mar é Isla de Tierra. (Derrotero general del Mediterráneo, por los SS. Bayo y Ferreiro, 1893.)

La descripción de Tagaza [ó Fagasa], del mismo Gaitán, dice así:

«Dende Tarraga (V. nota 14) á Tagaza hay cinco leguas, et en este camino hay dos rios de agua duce: el uno se nombra Teguccez y el otro de Tagaza. Son rios de agua duce que llegan á la mar. Puédese dellos tomar agua con las pipas de los navios.

»Tagaza es de fasta trescientos vecinos. Está en dos poblaciones, la una á la lengua del agua y la otra dos tiros de ballesta de la mar. Y estas poblaciones no tienen fuerza ni fortaleza. La poblacion de cada parte es igual la una de la otra; et la que esta para de la mar (sic) es llana. Tiene un valle bien poblado, que se podia recoger en un dia mill hombres. Tiene dispusicion para gente de caballo é de pié. Es costa brava sin puerto.»



Convendría consultar la descripción de Gaitán con el citado Derrotero y con la Reseña general de El Rif por el Excmo. señor D. Francisco Coello. (Revista de Geografía comercial, números de Enero á Abril de 1894.)

 

18

No tengo la menor noticia de esta expedición, una de las más importantes de las apuntadas por el anónimo.

 

19

Tampoco hallo documento alguno que hable de estas dos cabalgadas de Pedro de Vera por los aduares é islas de Fadala, ni sé si las corrió antes ó después de su conquista de la Gran Canaria, aunque me inclino á lo primero.

La extensión y minuciosidad con que Viera y Clavijo trata de la persona y hechos de este famoso jerezano en sus Noticias de la historia general de las islas de Canaria, me ahorra muchos renglones de este apunte; pero no me exime de tal cual rectificación de fechas, y principalmente de la obligación de atenuar encomios excesivos, achaque endémico de las historias locales, porque hay que ensalzar la patria chica (ó mezquina) á toda costa. Y no digo esto por el discretísimo historiador canario, cuyo juicio con semejanzas de epitafio sobre Pedro de Vera es tan sobrio como imparcial y exacto: «El conquistador de la Gran Canaria, el vengador y opresor de la Gomera, murió lleno de méritos y con un nombre que deberá ser inmortal en estas islas, teatro de sus brillantes acciones, sus buenas cualidades y sus grandes defectos.». Mis alusiones se dirigen, en primer término, á D. Bartolomé Gutiérrez y á D. Ignacio de Parada, para quienes por haber nacido Vera en Jerez y de abolengo jerezano, es tan noble como cumplido caballero, y sobre esto, y callando lo que pudiera deslustrarle, le apellidan el Valeroso y Gloria de la patria (jericiense, por supuesto). Mas los autores forasteros, por ejemplo Bernáldez, no le juzgan de igual modo, y alguno otro (Carasa Zapico) le aplica el mote de el Izquierdo, ó digamos el Zurdo, defecto físico que en concepto de sabios de muchísima fama, se relaciona ocultamente con las cualidades morales del sujeto.

Yo no dudo que fué un valentísimo y experto capitán de mar y tierra; muy adicto, devoto y ciego servidor de la casa de los marqueses de Cádiz, donde comía su pan y cobraba sus salarios de alcaide de Jimena (desde 1467 , por lo menos), y después de Arcos de la Frontera, oficios que le proporcionaron más de una ocasión de engrandecer el señorío de su amo, y prosperar su propia hacienda, como el haber echado á fondo en 1471, por orden de D. Rodrigo Ponce de León, corregidor entonces de Jerez, con barcos de esta ciudad, la armada del duque de Medina Sidonia surta en el río Guadalquivir; y la toma de la torre de Lopera, siendo alcaide de Arcos, en 1474; y paso por que, en efecto, dió pruebas de lealtad en cierto lance tan quijotesco como bárbaro, arrancando la lengua, después de matarlo, á uno que murmuró de D. Enrique el Impotente, aunque lea que en 1464 fué expulsado de Jerez con su familia y casa, por sospechoso de maquinaciones y conjuras con el Maestre de Calatrava, en cuya casa vivía, contra aquel desdichado monarca (Gutiérrez). Lo que dudo, y por lo que no paso, es porque su amistad con Esteban de Villacreces explique la traidora celada que tendió á Pedro de Vargas (V. nota 14); ni que la gratitud y fidelidad á su amo y señor disculpen el alevoso homicidio del alcaide de Medina Sidonia Bartolomé de Basurto, crimen innecesario, una vez ganadas, como ya lo estaban, si bien á traición, villa y fortaleza (dic. de 1473); si no es que Vera lo necesitase para heredar el cuento que montaron los bienes de su víctima, despojando de ellos á su mujer y á su madre, á quien puso en prisiones. (Barrantes Maldonado, Castro y otros.)

Digan lo que quieran los apologistas del alcaide de Arcos (éralo cuando el hurto, como Bernáldez le llama, de Medina Sidonia), los reyes le condenaron por aquellas fechorías á devolver la hacienda de Basurto á su familia y á destierro de España en la Gran Canaria, si bien con el encargo de gobernar la isla. Cierto que la pena no correspondo muy estrictamente que digamos con aquellos delitos, y da en cierto modo pretexto á Viera y Clavijo para convertirla en protección y premio; pero algo había de influir en la lenidad de los reyes los señalados servicios que habían recibido, recibían y esperaban recibir del amo de Pedro de Vera; y además hay que hacerse cargo de que en aquella sazón y para ciertas empresas, Doña Isabel y su marido, más que de hombres rectos y de conciencia depurada y exquisita, necesitaban de gente osada, de bríos y de mucho pecho.

Dice Viera que el vencedor de los últimos reyes canarios tuvo graves diferencias con el obispo Frías, y hacia fines de 1489 fué absuelto del empleo de gobernador y llamado á la Corte; y que esto, más que por castigo, fué para aprovechar su valor y pericia en la guerra de Granada; pues le nombraron Proveedor general de los ejércitos (pruébalo con A. de Haro), y sirvió toda la campaña hasta la rendición de aquella ciudad. Añade que los reyes quisieron premiarlo estos servicios enviándole otra vez á Canaria, pero que él rehusó por sus achaques, trabajos y edad.

Al año de la absolución y llamada á la Corte, tengo que oponer un texto de Garibay (Comp. Historial, cap. XXXIII), por donde consta que anduvo con armada en el cerco de Málaga (1487); y lo del premio de mandarle otra vez á Canaria, me recuerda el siguiente pasaje de la Historia de Jerez, por Gutiérrez: «Año 1491 (precisamente el anterior de la toma de Granada). El crimen de [Bartolomé] Maya [escribano de Jerez], se sabe que fué haber consentido leer en su oficio unas coplas satíricas que se habían hecho por algunos malcontentos en agravio de los reyes; y estos escritos fueron causa de la ruina de muchos hombres distinguidos de esta ciudad, como el referido Bartolomé Maya y el valeroso Pedro Vera de Mendoza, gloria de esta patria y uno de los conquistadores y primer gobernador de las islas de Canaria, el cual estuvo en disgusto de los Reyes Católicos por este hecho, no habiendo tenido parte en ello, como no la tuvo Maya, que sólo se leyó en su oficio, y el otro lo oyó, el libelo contra los reyes». Extraña coincidencia es que Viera y Clavijo (lib. VIII, § VII) cuente de Fernando de Vera, hijo segundo del gobernador, un caso tan parecido al de su padre, que parece el mismo, pues dice que Fernando tuvo la ligereza de componer y publicar ciertas coplas satíricas contra el gobierno; y que verificada la consiguiente pesquisa, algunos de los cómplices fueron extrañados del reino; el bachiller Trujillo degollado, y Fernando de Vera, que había escapado á Portugal, condenado á muerte. Y siguen las aventuras del libelista, que no hacen á nuestro propósito.

Pedro Vera de Mendoza falleció en Jerez hacia los años de 1496, ó poco después (Parada). Refiriéndose á las Constituciones sinodales de Cámara y Murga y al cronista Núñez de la Peña, partidarios sin duda del obispo Frías, aunque considerando el hecho pura fábula, dice el historiador de las Canarias que Pedro Vera de Mendoza murió en prisión lleno de lepra y con grandes dolores, en castigo de las maldades que había cometido. Yo opino también como Viera; el castigo me parece algún tanto judáico.

Acerca de su sepultura, escribe Mesa Ginete (Hist. sag. y polít. de Xerez de la F., 1754): «... y el entierro de dicha capilla, mayor [de la iglesia y convento de Santo Domingo] se dice ser de los caballeros Veras de Mendoza, por 10.000 marav. que dieron de renta los descendientes de Pedro de Vera, á quien los había dado el marqués de Cádiz, que cobra dicho convento, etc.»

Según Viera (que lo toma de A. de Haro), Pedro de Vera fué hijo de Doña María de Vera y de Diego Gómez de Mendoza, noble caballero de la casa de Hita y Buitrago. Según Parada, de García de Vera y de Doña Aldonza de Vera, y advierte que no es verdad lo de su descendencia de la casa de Hita y Buitrago.

No sé atar estos cabos; pero notan; que había por aquel tiempo una Doña María de Vera, mujer de Lorenzo de Padilla. (V. nota 20).

Ambos autores convienen, no obstante, en que Pedro de Vera casó con Doña Beatriz de Hinojosa, que le hizo padre de cinco hijos, nombrados: Diego Gómez de Vera, Fernando de Vera, Francisco de Vera, del orden de Santiago y capitán del Río de la Plata, Rodrigo de Vera y Martín de Vera (Haro).

Mosén Diego de Valera (Mem. de div. haz.) dice que Pedro de Vera tenía un hermano llamado Martín Gómez, á quien el marqués de Cádiz puso en la alcaidía de Medina después de tomada y muerto Bartolomé de Basurto.

Los parajes marítimos de Berbería de Poniente que atacó y barajó Pedro de Vera, demoran al S. y cerca de Salé á los 33º,40º latitud N.- Fadala y las islas de Fadala, se marcan con esos nombres en el mapa de Andrea Bianco (1436), en el de Juan de la Cosa (1500) y en el de Joan Martínez (1577), que pinta sólo una isla grande. Islas de Fedales se lee en la carta de Varela y Ulloa (1787); Kasbah Fdalah en el atlas de J. Perthes, sin señalar las islas (hoja 10.ª de África). Mármol Carvajal (Desc. de Afr.) nombra únicamente á Marsa-Fadala.

 

20

Mariz (l. c.) da noticia bastante de la correría del prior lusitano. Fué el año de 1486 sobre ciertos aduares de la jurisdicción y dependencia de la ciudad de Azamor, que se negaban á contribuir al tributo de sábalos ofrecido por dicha ciudad en señal de vasallaje á D. Juan II de Portugal. El sábalo de los ríos de la Berbería occidental era utilísima especie: con ella, el abadejo de la misma costa más al Sur y la pescada, salados y secos, supliamos entonces españoles y portugueses el bacalao de nuestros días. D. Juan encargó el castigo y sujeción de los rebeldes á D. Diego Gonzalvez de Almeida, que aun no era Prior do Crato, poniendo á sus órdenes 1.000 infantes y 150 de caballo. Castigólos rudamente á pesar de su número y valentía. «E airada que hum delles [aduares] -dice Mariz- em que os portuguezes primero deirão Santiago, se achava então muito forte e bem armado con muita gente e bons cavalheiros, todavia depois de grande resistencia e perigo de muitas mortes, forão desbaratados e mortos novecentos mouros e cuatrocentos cativos. E em tudo o mais causarão tanto espanto naquelles barbaros, que o seu rey mandou agradecer aquella obra por merce particular a elle feita; porque aquelles aduares erão tan bellicosos e inquietos, que nem elle mesmo podia con elles; mas que dali em diante ficavão ensinados a saber que cousa era morte e cativeiro».

La carta por la cual la Alcabilla [cobeyla, cabila], da Beurave y toda la república de Azamor se sujetan á D. Juan II y le reconocen por señor (año de 1486), existe original en la Torre do Tombo, y se publicó en Lisboa en 1892.

Los sábalos del tributo eran 10.000 en cada año libres de toda gabela y derecho.

Indice