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La historia hecha novela: «La batalla de Los Arapiles» (1875), por Benito Pérez Galdós

Germán Gullón



La batalla de Los Arapiles se puede decir que constituye el final de la Guerra de la Independencia (que comenzó con la batalla de Bailén, el 19 de julio de 1808), librada por los españoles contra las fuerzas enviadas a la Península por el emperador Napoleón Bonaparte. Allí, a ocho kilómetros de la ciudad de Salamanca, fue derrotado el ejército francés al mando de Marmont, por un cuerpo militar combinado, español, inglés y portugués, bajo la dirección del duque de Wellington, el 22 de julio de 1812. Me toca en este conjunto de trabajos ofrecer la perspectiva literaria, el analizar el paso de aquel suceso histórico, clave para el entendimiento de nuestro destino patrio, a su configuración novelesca.

Cabe abordar la tarea de dos maneras, fijándonos en lo dicho por Galdós (Las Palmas, 1843; Madrid, 1920) sobre lo acaecido en aquella jornada, o bien analizando la manera de contarla, el procedimiento utilizado para historiar/narrar aquel acontecimiento. El primer acercamiento parece que no resulta demasiado relevante para un crítico literario, pues carezco de datos nuevos y tampoco puedo aclarar nada sobre los sucesos históricos. Únicamente serviría para decir que Galdós supo de tal aspecto de la batalla y no de tal otro. Sin embargo, hay un componente del estudio histórico, el de la forma en que los historiadores proceden a historiar, digamos el diseño con que dotan a sus historias, que sí podemos explorar en Galdós, y que, en mi opinión, puede ser la contribución más sólida a este conjunto de estudios: la perspectiva desde la que un intelectual (la palabra todavía no existía en español) burgués y progresista evalúa la historia patria de su inmediato pasado.

La historia militar, a la que compete estudiar la batalla de los Arapiles, se redacta de dos formas (1), una, determinando los sucesos ocurridos, reuniendo datos sobre los hombres implicados en el combate, las municiones, la intendencia, la táctica militar y demás; y (2) otra, la del entendimiento de modo de organizar, ordenar, esos sucesos en hechos que son contados. La forma en que los ordenemos influirá definitivamente en cómo los entenderemos. Por ello, el episodio nacional del escritor canario puede servirnos para interpretar la percepción y el modo de entender la batalla tenido por aquel entonces.






ArribaAbajoHistoria y novela

Quisiera por lo tanto hacer una sucinta reflexión cultural sobre el papel que la literatura, la lectura de novelas en particular, ejerció en el último tercio del XIX, durante el período comprendido entre la Revolución de Septiembre (1868), cuando Isabel II pierde el trono, al comienzo de la Restauración (1874), momento en que su hijo Alfonso XII lo recupera, para que podamos entender cómo una persona culta, un burgués, comprendía e interpretaba la historia de España. Muchas de las ciencias que hoy auxilian al historiador, la estadística, la sociología o la sicología, estaban todavía en mantillas. La historia permanecía bastante cercana a la literatura.

Centraré las siguientes observaciones en un episodio nacional de Benito Pérez Galdós, La batalla de los Arapiles (1875), la última entrega de la primera serie de los Episodios nacionales1, que no es una novela de entretenimiento, sino histórica2. Pero comenzaré, como adelanté, identificando a los lectores de la novela galdosiana, para después contrastar sus modos de lectura con lo ofrecido por la novela, y así obtendremos una ajustada visión de cómo los españoles entendían su historia cercana.

Recuerdo que en el XIX la historia era considerada un arte y una ciencia a la vez. Los datos, el componente objetivo la acercaba a las ciencias positivas, mientras que su aspecto de historia contada la aproximaba a la literatura. Cuando Galdós escribe un episodio nacional está haciendo un poco lo mismo, intenta mezclar el arte con lo objetivo, con lo positivo.




ArribaAbajoEl lector burgués

Hasta bien pasada la mitad del siglo XIX la novela no empezó a ser lectura para hombres; durante la época romántica la audiencia era predominantemente femenina. Los lectores eran la alta burguesía y la nobleza. Los obreros, dados los horarios laborales vigentes, trabajaban de sol a sol, el tipo de vivienda sin luz en que habitaban, su escaso nivel de escolarización y la pobreza de las casas, les negaba la posibilidad de dedicar sus horas de asueto a la lectura. Los burgueses sí tenían tiempo sobrado, pues no necesitaban ganarse la vida trabajando3. Había tiempo para el ocio, para ir al teatro, a comprar láminas, que llevaban un pie escrito en francés, objetos de adorno variados, trapos de moda, novedades y caprichos, como la pluma estilográfica, y, por supuesto, libros, novelas. Todo ello llevó a que la exquisitez adquirida gracias al dinero se convirtiera en una característica del buen gusto.

La lectura además ofrecía al ciudadano de la clase media una oportunidad única, la de crecer hacia dentro, disfrutando de las experiencias llevadas a la página por los escritores4. Los libros ofrecían un doble atractivo, entretenían y enseñaban a la vez. Daba la impresión de que leyendo uno se ilustraba, poniéndose al día. La lectura de novelas tenía un no sé qué de cosmopolita, se aprendía como en un viaje, mediante la experiencia. Era una forma de aprender en la que no jugaba ningún papel la voluntad, ni exigía una especial preparación, fuera de la capacidad económica y la sensibilidad.

Esta manera pasiva de conocer la vida, la lectura de novelas, no estaba exenta de peligros, pues los escritores se empeñaban en llevar a los lectores por derroteros variados, algunos ignotos, otros incluso peligrosos. Ya en el diecinueve y al mismo borde del veinte, escritores como José María de Pereda y Marcelino Menéndez Pelayo no cesaron de avisar a unos y otros que andaban mal, que siguieran mejor ejemplo, que dejaran de fotografiar la realidad, que la mejoraran. Tenían la obsesión de que la literatura debía moverse por los ámbitos del ideal. Y predicaban con el ejemplo, inventando mundos ideales el uno e historias literarias el otro. Los empecinados, Benito Pérez Galdós o Leopoldo Alas «Clarín», hicieron lo contrario de lo que pedían sus sabios y prudentes amigos, publicar apuntes de la realidad, lo que les valió toda clase de vejámenes, sufridos por ellos mismos y por sus descendientes. Insistieron en contar a los miembros de la clase media la verdad, les hablaron, entre otras cosas, de las dificultades que entraña el domar al ser que llevamos dentro, al tú, al otro. La literatura romántica que había nacido como una forma de evasión de la realidad se cruzó con el realismo y se convirtió en algo punzante, que hurgaba en las entrañas del mundo. Charles Dickens en Inglaterra abrirá el camino, mientras al otro lado del Canal de la Mancha Víctor Hugo en Los miserables (1862) abrirá una herida social, que Balzac en Francia hará sangrar. Este espectáculo ofrecido por los escritores realistas fascinará a los burgueses al tiempo que les asusta.

Ellos disfrutaban de los atrevimientos, siempre y cuando su autora no fuera del sexo débil, como la marimacho, decía algún deslenguado de la Emilia Pardo Bazán, porque todos gustamos de saber de los entresijos de la vida, y de confirmar que los peores instintos no son únicamente nuestros. El resto de los mortales sienten inclinaciones parecidas. La hipocresía, tan burguesa, resulta una careta demasiado asfixiante, y la lectura permitía estar sin ella en la intimidad, mientras se visitaban en el sillón los odiados barrios bajos, en fin, se auscultaba la vida llevada a los libros.

No obstante, la moral decimonónica les llevaba a ocultar a sus mujeres e hilos los volúmenes vetados, para evitar cualquier contaminación. Resultaba difícil ponerle puertas a la vida, y muchas almas inocentes acababan corrompidas a pesar de las prohibiciones. La religión actuaba de freno, y Galdós lo noveló en su obra dramática Electra (1901). Así la novela vivía una existencia escindida. La mitad de sus practicantes preferían una ficción idealista, que embellecía la realidad; la otra mitad se enfrentaba con la innovadora manera de novelar que pedía decir del mundo y de la existencia tal y como ellos la experimentaban. La crítica permanecía igualmente escindida, los lectores también. Por eso, cuando hablamos de la novela del siglo diecinueve hay que matizar con cuidado, pues no era un género admitido y vanagloriado por todos, dependía mucho del quién y del cuándo.

Los modernistas entraron al mundo cultural manifestando un enconado desprecio hacia los novelistas decimonónicos, juntaban en un mismo saco a los tradicionalistas y a los liberales, y les disparaban con su mejor arma, el literalismo, sin distinguir que en ese grupo de escritores figuraban escritores de la talla de Galdós, Clarín o la Pardo Bazán, que no son menos en nada a Azorín o Baroja. De hecho, novelas como Tristana o Misericordia son el paso necesario y genial que da la novela española hacia el siglo XX.

La historia literaria no es, por supuesto, el lugar donde se tratan los géneros literarios con la matización que merecen, con el resultado de que pagan justos por pecadores, y a los realistas liberales se les colgó el sambenito de su tradicionalismo, bien injusto. En una cultura psicológicamente tan estrecha como la española, resulta casi imposible desligarse de los lugares comunes falsos.

Decíamos que los burgueses, el lector medio de la novela de la segunda mitad del XIX, eran ambivalentes con respecto a su valor, bueno para ellos, peligroso para su familia. Los novelistas menos progresistas, como Pedro Antonio de Alarcón o José María de Pereda, sí eran recomendables, pero pasaba con ellos lo mismo que con los caballitos y la montaña rusa, que la segunda ofrece una verdadera aventura, mientras la primera un balanceo agradable.

El burgués acabará haciéndose adicto a la novela, a efectuar ese viaje al corazón de la realidad vital que las buenas ficciones ofrecen. Acaba comprendiendo mejor el mundo en que vive, a las gentes a su alrededor. Le permite crecer hacia adentro, ir guardando sus impresiones en la conciencia lectorial, en un hueco especial que denominaremos la conciencia individual. Cuando salen a pasear a la calle o van al Ateneo o al café ya no necesitan poner cara de saber cosas, sino que las saben de verdad, las leídas en las novelas.

El defecto de la lectura es que se trata de un acto individual, personal, que aísla, que deja solo, que niega el contacto con los demás. Y se trata de algo que va unido a la clase social, a quienes disponen de tiempo para el ocio, dinero para comprar el libro, y un espacio adecuado para leerlo. Actividad, pues, propia de una minoría. La minoría burguesa ilustrada.

Al mismo tiempo la literatura cambiaba de posición en el ámbito cultural, las nacientes artes visuales, la fotografía y el cine, le iban quitando un terreno que antes consideraba propio: el de plasmar la realidad. La literatura podía disputarle a la pintura el puesto de quién la reflejaba mejor. El pincel más puntilloso y fino nunca consigue reflejar la realidad con detalle, pero la fotografía pone fin a esa posible disputa. Las palabras pueden decir mejor o peor, pero jamás como una buena fotografía. La literatura tuvo que ceder territorio, autoridad. Los novelistas tampoco necesitan ser tan precisos, minuciosos como antaño. No se necesita ir por las calles anotando los detalles, viendo las distancias, el qué está dónde. De hecho, la habilidad del escritor ofrece mayores recompensas cuando explora otras áreas, en especial la que conoce mejor: el rico mundo de los sentidos.




ArribaAbajoGaldós y la novela histórica

Ahora volveremos nuestra atención hacia Galdós y hacia el episodio nacional que nos interesa. Apenas había escrito Benito Pérez Galdós sus tres primeras novelas, La sombra (1870), La Fontana de Oro (1870), y El audaz (1871), cuando eligió la novela histórica como el medio apropiado para traer la verdad sobre el pasado nacional a los españoles. Y lo quiere hacer con la idea de reflejar la realidad de lo sucedido, de ser veraz. En consecuencia tiene que reinventar la novela histórica, cuyo único modelo en España era el de la novela histórica romántica, plagada de exageraciones y de absurdos. Era un tipo de novela que pretendía reflejar aconteceres procedentes de la leyenda en el devenir histórico, mientras que Galdós tiene la intención de indagar cómo sucedió. Por lo tanto, escribirá la historia siguiendo «la técnica realista de los novelistas franceses e ingleses»5.

El total de los Episodios nacionales son cuarenta y seis novelas, divididas en seis series, de la que la última quedó incompleta, donde se novela la historia de España del siglo diecinueve. La primera serie se inaugura con Trafalgar (1873) y se cierra con nuestro episodio, La batalla de los Arapiles (1875). Estos diez volúmenes de la primera serie cubren los acontecimientos de la lucha de los españoles contra la invasión napoleónica, «años en que las energías todas del país se galvanizan y unifican en un fervor común» (Del Río, p. 71).

Desde su salida constituyeron un enorme éxito, la crítica se deshizo en alabanzas, y se cuenta la anécdota de que los estudiantes de medicina de San Carlos, que no podían comprar los episodios por su precio, dos pesetas, formaban clubes para comprarlos. Y que entraban en las clases con ellos bajo el brazo, y que allí los leían6.

Los episodios de la primera serie comparten diversas características con las novelas que el autor escribía por entonces, con la excepción de que la clase media no juega en las novelas históricas el mismo papel, porque apenas figura, ni tratarán el tema de la religión.




ArribaAbajo¿Cómo historia Galdós?

Voy a dividir mi presentación en tres aspectos de la composición o diseño del episodio, para ofrecer una idea de cómo Galdós presenta los hechos, lo que a su vez nos indicará la manera, como antes dije, de pensar la historia, que nada tiene que ver con la presente.


ArribaAbajoEl concepto decimonónico de vida

La primera es que la forma general en que se piensa la vida y la guerra es muy distinta de la presente, y esto lo debemos de entender, pues, esencial para comprender el alcance de la historia y de la literatura.

En el siglo diecinueve la vida tenía un significado totalmente diferente al de hoy. Los ideales, las ideologías, eran consideradas sumamente importantes, tanto que a veces se denomina al siglo del vapor como la edad de las ideologías, más digamos que la vida misma. Precisamente lo opuesto del momento actual, cuando la vida prima sobre cualquier aspecto ideológico. Entonces, el que un hombre se sacrificase por una idea, la de libertad o la de patria, era bastante normal, y aceptada por la sociedad civil. Los duelos en defensa del honor eran un exponente habitual de tal entendimiento de la existencia humana. Vivir sin honor era lo mismo que no vivir. Se esperaba del ciudadano que supiera comportarse con honor en todo momento, lo que quería decir que debía sacrificarse por sus ideas e ideales. Este tipo de hombre es el protagonista, Gabriel Araceli, de la primera serie de los Episodios nacionales, del que La batalla, es el último.

Cuanto hace lo realiza por amor, y rehúsa disfrutar de la vida. Un ejemplo lo tenemos en su relación con Miss Fly. Desde luego Gabriel cae prisionero de los encantos de un tipo nuevo de mujer7, uno desconocido para él, y bastante atractivo además. Es la mujer que prefigura la profesional independiente del futuro inmediato, muy distinto de la mujer amada por él, el ideal de la sociedad española, un ángel de hogar. La mujer que no corre ninguna aventura, ni tiene opiniones propias. La inglesa le atrae físicamente, pero Gabriel se recata incluso de correr una aventura. Ni se le ocurre semejante idea.

Araceli vive según un patrón de conducta inamovible, la vida puede ofrecerle oportunidades de gozarla de otras maneras, digamos más picantes, pero el no se digna valorarlas. Insisto, la vida con sus mil insinuaciones le dice poco, no es su prioridad, la suya es seguir fiel a un patrón de conducta filo.

En cierta manera, se asocia aquí Galdós con la ideología conservadora, con las ideas del Antiguo Régimen frente a las pertenecientes al naciente liberalismo. Hay un cierto apego a lo usual, a la sangre, a lo propio, que le separa de toda innovación, de lo posible.




ArribaAbajo La novela tendenciosa

Parece necesario recordar también que cuando Galdós redacta el episodio en cuestión tiene treinta y dos o treinta y tres años. Es todavía un hombre joven, y piensa que los asuntos sociopolíticos cabía resolverlos con un cambio rápido de circunstancias, lo que hoy es negro se puede hacer blanco rápidamente. Además son aquéllos los tiempos en que llegó del extranjero un tipo de literatura, lo que los críticos alemanes denominaban tendenziöse Literatur, literatura tendenciosa, en la que el desarrollo del tema central resulta subordinado a un fin. Lo primordial es la tesis. Francisco Giner de los Ríos en un comentario dedicado a La familia de León Roch (1878) se pregunta si es legítimo el ordenar «a un fin extraño una obra poética (contando a la novela en este género)»8, como ocurre con esta novela, en opinión de Giner, lo cual nos indica a las claras que percibía en las obras de esa época que el escritor canario ponía sus obras una cierta carga ideológica. Nosotros podemos añadir que era liberal y no muy favorable a la iglesia; Giner la condena porque lo tendencioso podía restar del componente artístico.

Efectivamente, las obras de la primera manera de don Benito son más ideológicas, tendenciosas, que las pertenecientes a la segunda época9, y, por supuesto, los Episodios nacionales. Lo que esta característica concede a las novelas es una perspectiva liberal, según acabo de indicar, y una fuerza expresiva y de convicción fuertes.

Lo que en última instancia constatamos es que el Galdós de La batalla de los Arapiles resulta un novelista tendencioso, y esto se nota en la manera de pintar a los vencedores, los ingleses, los portugueses y los españoles, y a los perdedores, los franceses. Los últimos tienden a ser un poco borrachos, descuidados, masones, etcétera, mientras los ingleses y españoles defienden la nación con mejores medios y una conducta intachable.

Esto viene a constatar algo sabido, que la versión galdosiana de los hechos tiene poco de objetiva, porque viene coloreada ideológicamente. Y una de las consecuencias de este cambio en la forma de literaturizar, de hacer literatura, es que la acción imaginada dejó de tener el peso que tenía hasta entonces y lo importante van a ser las personalidades que allí se representan10. Por ello buscar en La batalla los datos, intentar sacar conclusiones sobre qué investigó Galdós, si usó números fiables resulta una pérdida de tiempo. Lo que sacamos de su relato es la fuerza de la personalidad, de la ligazón que establece entre los seres de ficción y los sucesos en que se ven inmersos, y esto nos viene a decir mucho sobre la manera en que los hombres de aquel momento pensaban de sí mismos.




ArribaAbajoLa vertebración del texto

Deseo de entrada caracterizar el tipo de novela escrito por Galdós en su primera época. Hay muchos tipos de novela, según el diseño que se le quiera dar. El preferido por Galdós, que luego será continuado por Pío Baroja y por Camilo José Cela, es el de la novela que gira en torno a un personaje, muy a lo novela española del siglo XVII, al que se remiten todas las acciones. El protagonista es una especie de actor que toma parte en muchas escenas, que se suceden unas a otras, aunque no tengan que ver entre sí. La escena cambia a cada momento, y varían los personajes. Únicamente el protagonista, que quizás sólo es la voz que cuenta, permanece estable. El modelo moderno de este tipo de novela aparece con una enorme fuerza en Charles Dickens, muy en particular en los Pickwick Papers. Ofrecía una importante variante al tipo de novela de Goethe, el Willem Meister, o sea la novela del hacerse del personaje. Galdós, por elemplo, alternará los dos tipos de novela, y, a veces, las conjugará. Este diseño es el apropiado cuando se quiere «pintar una sociedad, una nacionalidad entera, en una época determinada»11.

Galdós, retomó un aspecto olvidado del arte de contar, lo que podemos denominar el hacer crónica del relato. Es digamos un estadio anterior, todavía contaminado por la literatura oral, con un tipo de ficción que no obliga al lector a conectar, sino a vivir el momento de la lectura como si asistiese a una representación única de una obra. El relato crónica no elabora una sucesión de hechos, de episodios, que conforman el argumento al modo de la novela tradicional, sino que acumula episodios sin conectarlos de manera definitiva, fija.




ArribaAbajo La forma de organizar los hechos

Hace años que Hayden White, el mejor estudioso de la metahistoria, del análisis de cómo pensamos sobre la historia, de cómo la estudiamos, publicó un libro esencial donde estudiaba la manera de escribir, de organizar los hechos históricos en los estudiosos del XIX12. Allí encontramos explicado el modelo seguido por Galdós, que yo propongo es el utilizado para organizar su argumento por el historiador francés Michelet.

Un punto base de esta manera de organizar los hechos es que el narrador presente los hechos conectados siguiendo un argumento que desemboque en una meta, el objetivo a conseguir. Caso que ejemplifica a la perfección La batalla de los Arapiles, tanto a nivel del personaje y al de la acción en general, el choque entre las tropas napoleónicas y las hispano-inglesas. En el caso del protagonista, Gabriel Araceli está a punto de conseguir algo que muestra la posición ideológica de Galdós. El joven se halla a la puerta de casarse con Inés, y así lo hará tras mil dificultades y obstáculos al final de la obra. Lo significativo del matrimonio es que él pertenece a una clase social inferior. Es decir, que Galdós manifiesta una actitud poco conservadora, al hacer que una noble se case con un plebeyo. Esto trasgrede una norma esencial del ideario conservador, que defiende el status quo, lo conocido, y renuncia a que se efectúen cambios en la estructura social, porque cada individuo debe quedarse donde le corresponde por nacimiento. «Todo marcha de la mejor manera posible»13. La ideología liberal, por el contrario, sí acepta modificaciones en la sociedad, sin llegar a trastornos, porque las convulsiones acaban siempre en revolución.

También, la historia narrada, la derrota francesa, tiene un componente de buenos contra malos. Los libertarios y masones están del lado de los franceses, y al final acabarán perdiendo la batalla. Si bien Galdós nunca acaba de robar el honor a los derrotados, porque tiene una alta conciencia del valor de la sangre derramada.

O sea, que don Benito organiza el Episodio nacional de acuerdo con una forma de organizar el tema frecuente en la historia de la época, y concretamente empleada con gran éxito por Michelet. La historia es concebida a modo de un enfrentamiento de los buenos contra los malos, que, a su vez, encarnan la virtud y el vicio. Un punto importante es que todas las divisiones sociales han sido borradas, como muy bien explica White en el libro citado (p. 151), no hay hombres ni mujeres, ricos ni pobres, ni aristócratas y pobres.

Se ha borrado en lo posible la huella que en la sociedad deja el Antiguo Régimen, para dejar que los impulsos naturales dominen la historia. Por ello es posible que Gabriel se case con Inés, porque el amor sostenido justifica de sobra el que una muchacha de origen noble se case con un hombre de la clase baja. Así le reprocha el padre a la madre de Inés:

- «Señora, hoy mismo ha consentido usted que usted que su hija única y heredera se case con un chico de las playas de la Caleta. ¡Bravo abolengo, por cierto!

- Mejor sería -repuso la condesa- decir con un joven honrado, digno, generoso, de mérito verdadero y de porvenir»



(p. 447)14

Más todavía, y esto ya viendo la acción desde el punto de vista del final de la acción histórica, podemos decir que Galdós intentaba, liberar la identidad de España, de lo español, prisionero de Napoleón, y así la derrota de nuestros vecinos del norte se puede interpretar como la liberación de las fuerzas del mal que impiden a la nación alcanzar su destino, uno diferente del francés, que está corrompido por las fuerzas oscuras de la revolución.








ArribaConclusión

Como proponíamos al principio de este trabajo, queda claro que Pérez Saldos elige unas formas innovadoras para contar un episodio de la historia nacional, ocurrido antes de su nacimiento. Sus fuentes de información sobre aquel evento fueron ciertamente librescas, podría haber escuchado algún episodio de boca de algún superviviente pero no parece ser el caso. Aunque la afición por la historia militar la adquirió en su casa, ya que su padre era militar, y su hermano Ignacio llegaría a ser capitán general de las Islas Canarias.

No obstante, lo que a nosotros nos interesó era la manera en que Galdós novelaba estos episodios, y hemos visto que siguiendo un patrón de la novela tendenciosa, es decir que toma partido y adopta unos convencimientos ideológicos liberales, para luego ordenar la acción siguiendo un patrón en que hay dos partidos, los buenos y los malos. Finalmente, esta forma tendenciosa se complementa con una manera de contar en que la personalidad de los personajes, sean de ficción, como Gabriel, o históricos, como lord Wellington, que su personalidad encarne el bien de la obra, y que ellos sean los encargados de efectuar, de permitir un cambio social. En el caso de los ingleses, que eran quienes habían hundido nuestra flota en Trafalgar (1872), en el primer episodio, que ahora representen el cambio, la victoria, el triunfo del bien. Este cambio de posición histórica viene complementado por el efectuado por Gabrielillo, que se casa con una mujer noble.

Todo ello viene a confirmarnos que Galdós escribe la historia aceptando la dinámica social, el progreso. No pedía trasformaciones sociales radicales. Su pensamiento se acomodaba al sentir liberal propio de los intelectuales de la Institución Libre de Enseñanza, donde el progreso se logra mediante el cambio prudente.

Vemos, pues, que la batalla de Los Arapiles en la pluma de Galdós es una historia en que el francés nunca es demonizado. Sí es presentado como diferente, como el malo de la ecuación, pero la batalla final lo redime. Y así gracias a Galdós los españoles pudieron leer la historia sin ahondar en los extremos propios de la época. No olvidemos que el escritor en este episodio sabe hacer algo muy importante, obviar los conflictos políticos en que estaba envuelta la Monarquía española en aquel momento, y se centra en lo que era lo esencial de la historia: el entender qué clase de sociedad surgió en España al concluir el conflicto bélico. Esta tarea la desempeña con extraordinario talento.

Enlazando, para terminar el trabajo, con lo que dijimos al comienzo referente al lector burgués, me permito afirmar que el escritor puso en consonancia los ideales de la historia de España con los de la clase social a la que pertenecía y a la que se dirigía, la clase media. Uno de sus ideales era el vivir como la nobleza, y la novela por medio de su protagonista confirma la posibilidad de validar esas aspiraciones. La guerra, la batalla, ayudaba al progreso de la sociedad, no a destruirla, pues según vemos algunos de los vencidos resultan perdonados y pueden vivir entre los vencedores.

Quizás la visión de esta batalla la podamos denominar krausista, porque viene a ser interpretada como la vuelta a la armonía nacional. Una meta que era ansiada por todos los institucionistas Años después Galdós novelará en otros episodios subsiguientes la contienda civil que fue la guerra carlista, que todavía y por fortuna no asoma en estas páginas.



 
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