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El narrador


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Cualidades

Una vez estudiado el público infantil, sujeto pasivo de «La Hora del Cuento», trataremos ahora del principal protagonista y animador de las sesiones, de quien depende el buen éxito de las mismas, que tiene a su cargo la elección de los programas y su realización material: el narrador.

Señalaremos, en primer lugar, las cualidades que distinguen a un buen narrador.

Cierto que la tarea es importante y el hablar a los niños en su propio lenguaje, no tan sencillo como algunos creen, pero estas consideraciones no deben desanimar a quien se proponga, seriamente, iniciarse en la narración oral. Basta sentir una alegre inclinación hacia los niños, estar firmemente convencido de los beneficios que les puede reportar a lo largo de su vida la práctica habitual de la lectura y comprender la importancia que los relatos maravillosos tienen en el desarrollo de su imaginación y en el cultivo de sus sentimientos, para considerarse con muchas posibilidades de llegar a ser un buen narrador de cuentos infantiles.




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Necesidad de la preparación

Será necesaria después la preparación (más minuciosa e intensa al principio, pero imprescindible en todo caso), la práctica constante y la corrección de los defectos que se observen, para ir puliendo y perfeccionando el modo de hacer, hasta llegar a conseguir una narración fácil, sencilla y grata.

Es preciso insistir en la necesidad de la preparación, incluso cuando se trata de un cuento bien aprendido y ya narrado a los niños con anterioridad en varias ocasiones, perfectamente conocido por el narrador.

Hay que contar con un fallo de la memoria, que le lleve a omitir ciertos detalles, al parecer de poca importancia, o tal vez a cambiar el orden de los acontecimientos, estropeando así el efecto del relato.

Se puede repetir varias veces, e incluso muchas, una misma historia en «La Hora del Cuento», siempre que se sepa presentarla cada vez con una nota de actualidad en la introducción. El narrador se verá precisado, por tanto, a repasar el cuento considerándolo ahora única y precisamente con vistas a la determinada actuación que se prepara. Se procurará añadir algún nuevo efecto, ya sea citando al comienzo unos datos de la más palpitante actualidad de la calle; desde la última noticia sobre las pruebas de viajes interplanetarios, hasta un leve comentario sobre el tiempo. Servirá mejor aún a nuestro propósito, que dicha noticia se refiera directamente a la marcha de la biblioteca infantil; un comentario sobre algún acto o exposición recientemente realizado o cosa por el estilo.

Las noticias de actualidad contribuyen de un modo eficacísimo a poner de   -38-   manifiesto ante los niños la estrecha relación que existe entre la realidad cotidiana y los libros, entre la biblioteca y su vivir diario.

Estas noticias son, por otra parte, las que hacen el relato de hoy distinto del de la semana pasada, diferenciado y único.

La referencia a la actualidad difícilmente surgirá de modo espontáneo en el transcurso del relato, si no se ha pensado y preparado previamente.

La preparación de «La Hora del Cuento» por parte del narrador es, por tanto, absolutamente necesaria.




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Plan del curso

El narrador, de acuerdo con el bibliotecario y atendiendo siempre a todas las sugerencias que éste le proponga, proyectará un detallado plan de los temas a tratar dentro de las sesiones de «La Hora del Cuento» correspondiente a un período de tiempo determinado, un curso o un trimestre por lo menos.

Los distintos temas y las historias, reales o fantásticas que en ellas se incluyan, no estarán agrupadas por el capricho momentáneo del seleccionador, sino cuidadosamente elegidas de antemano, de modo que todos contribuyan a poner de manifiesto una bien pensada unidad de propósito -exaltar la fantasía, introducir a los niños en el folklore, apertura de su sentido internacional, etc.- mantenida a lo largo del ciclo.

Un plan bien realizado deberá prever las siguientes partes:


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Cuentos

Agrupados según los temas: Un ciclo que recoja las leyendas populares de la región donde radique la biblioteca; otro basado en cuentos de distintos países, o bien una serie dedicada a presentar las distintas obras de un mismo autor, etc.




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Efemérides

Nada tan fácil como aprovechar la celebración de cualquier efemérides de tipo literario, bien sea del nacimiento o muerte de un escritor famoso, o de la publicación de una obra importante, para actualizar el tema en una sesión de «La Hora del Cuento», presentándolo en forma de narración personalizada.

Además de las conmemoraciones directamente relacionadas con la literatura, se podrán destacar también las de los principales descubrimientos científicos y, en general, todos los hechos que presenten un interés humano, esperanzador y estimulante.




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Fiestas

También deberán considerarse las fiestas del Santoral o del ciclo litúrgico que se celebren al mismo tiempo que las sesiones de «La Hora del Cuento» que se preparan, no sólo para orientar las historias seleccionadas (nada resultaría tan desambientado y falto de interés con el relato de un cuento de Navidad realizado en pleno ambiente de Semana Santa), sino también para destacarlas y explicarlas debidamente.

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El comentario y explicación de las fiestas principales del año litúrgico tendrán su lugar propio dentro de «La Hora del Cuento», así como las historias de los santos, pues si consideramos dignas de consideración y alabanza las vidas de los escritores famosos, de los hombres de ciencia o los exploradores y, como modelo digno de ser imitado se las ofrecemos a los niños en «La Hora del Cuento, con mayor razón les propondremos como ejemplo la vida de los seguidores de la Verdad.

En este caso, se extremará la distinción entre lo supuesto y lo histórico, lo que pertenece a la leyenda piadosa y lo rigurosamente cierto. La diferencia entre lo real y lo imaginario, que siempre será cuidadosamente marcada, deberá destacarse con mayor claridad aún en todo lo referente a cuestiones religiosas.

Este entronque de las actividades de la biblioteca infantil con la actualidad de la calle, por medio de la celebración de efemérides y fiestas principales que se señalarán, no sólo en los temas tratados dentro de «La Hora del Cuento», sino también con los mismos libros de la biblioteca (realizando pequeñas exposiciones de obras relativas a la persona o suceso que se conmemora), tiene la mayor importancia, al poner de manifiesto la íntima relación de los libros y la vida.






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El cuento

El número de novelas, relatos históricos y cuentos ya escritos que pueden ser adaptados para su narración en «La Hora del Cuento», es muy crecido. Si a esto se añaden todos los posibles argumentos que la fértil imaginación del narrador pueda crear y relatar ante los niños, este número se convierte en prácticamente infinito.

La gran abundancia de material que el narrador encuentra a su alcance, facilita por una parte la elección, pues le permite rechazar todos los relatos que considere aburridos o inapropiados sin temor a quedarse sin argumentos, pero también exige un criterio muy formado y un conocimiento claro de las normas que deben regir una acertada selección.

Como premisa previa es de señalar la absoluta necesidad de que el cuento interese y guste personalmente al narrador.

No basta con que presente las características deseadas para que se considere susceptible de agradar a un determinado grupo de oyentes, es preciso que agrade también, y en la misma medida, al narrador.

Un cuento cuya gracia no suscite su hilaridad, cuyo argumento considere inadmisible por demasiado fantástico o muy prosaico, en el que el protagonista le resulte antipático o las incidencias del desarrollo aburridas, no debe ser incluido en el repertorio de ese narrador, pues con mucha dificultad conseguirá relatarlo en el tono de íntimo convencimiento (como si esa historia fuese la más importante del mundo, más aún, la única importante) con que es necesario hacerlo para suscitar el interés del auditorio.

Aunque haya oído contarlo con éxito a otro narrador o aunque sepa con certeza que la historia gustaría a los niños, es preferible no intentar la aventurada empresa, pues a la menor dificultad el relato decaerá rápidamente. ¿Por qué? Porque el narrador tiene que estar compenetrado con su relato, gozar con él,   -40-   como los mismos niños oyentes, «conocer» a los personajes y vivir las incidencias del cuento. Sólo así se consigue una buena narración.

Rechazando de antemano el narrador aquellos cuentos «que no le van», hay unas cuantas ideas que pueden ayudarle para que efectúe una acertada selección.




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Elección del cuento

Se darán preferencia a aquellas historias que presentan valores positivos, donde se exaltan no sólo las virtudes como la bondad o la mutua ayuda, sino también la salud y la belleza. Es preciso valorizar la salud, bastante desprestigiada corrientemente en los cuentos infantiles. El niño débil, enfermizo, abocado a una muerte prematura, dejará de ser el personaje que encarne la bondad, para dar paso al niño fuerte, sano, valiente y generoso, cuyas cualidades se exalten y valoricen en el relato; como un héroe digno de ser imitado.

Se procurará salvar la dignidad de las personas de consideración que rodean al niño, exaltando de un modo destacado el respeto a los padres, sacerdotes, maestros y educadores a los que se podrá presentar en el transcurso del cuento con sus diferentes caracteres e incluso con sus defectos, pero relatando la historia de forma tal que estos defectos queden suficientemente compensados con otras y mayores virtudes, e insistiendo en el respeto que se les debe.

Los cuentos populares de distintos países, o bien aquellos que estén ambientados en lugares exóticos, que reflejan en el marco y el argumento los paisajes, costumbres y formas de vida distintas al medio ambiente del auditorio, tendrán como resultado inmediato el de favorecer la comprensión con respecto a los extranjeros, contribuyendo a qué el niño se forme un recto sentido internacional, basado en el conocimiento y mutua estima. Se procederá, al final de estos relatos, a facilitar a los niños una completa información geográfica, procurando que todos los detalles materiales y de descripción ambiental que se presenten sean lo más exactos y amplios posibles.

Interesará también a los niños la narración de los descubrimientos científicos o geográficos, historias verídicas o bien relatos imaginarios basados en temas científicos. En este momento se está produciendo una literatura muy abundante, la llamada «ficciones de la ciencia» y relatos de «anticipaciones del futuro», en algunas de las cuales se mezclan, con acierto, los adelantos de la ciencia con la imaginación del novelista, razonando y explicando los hechos con arreglo a las leyes de la física, mientras que, en la mayoría, impera la más dislocada fantasía. Hay que procurar en estos tipos de narraciones no perder el contacto de la realidad y partir de datos científicamente ciertos.

También en los cuentos realistas, lo cotidiano servirá de punto de partida para elevar la imaginación del niño oyente hacia otros estratos superiores, donde tenga cabida lo ideal y fantástico.

Se rechazarán totalmente los cuentos basados en el dinero. Con frecuencia se propone a los niños una serie de historias que pretenden fomentar en él la generosidad y el desprendimiento, pero que tienen el efecto contrario, al poner de manifiesto la importancia del dinero.

Después de oír durante largo rato las alabanzas del niño rico que da una peseta al pobre, los niños sacan la impresión de que se trata de un hecho insólito, digno del mayor elogio, pues la posesión de esa peseta es cosa muy deseable, y el dinero objeto de la mayor estima.

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Las ideas de los niños con respecto a los bienes materiales están basadas en unos criterios de valoración distintos que los de los adultos. Un niño puede considerarse muy rico por el hecho de poseer una bola de cristal más grande que la de sus amigos, o sentirse enormemente empobrecido cuando se le pierde el sacapuntas.

Desconoce el valor del dinero y sólo comienza a entenderlo cuando las personas mayores y, en general, el ambiente materialista que le rodea de un modo insistente, se lo muestran. Así, se acostumbra decir al niño que debe aplicarse en los estudios, pues la instrucción le proporcionará una base para conseguir el día de mañana el puesto de trabajo más cómodo y mejor retribuido, pero se olvida valorar la parte espiritual de la cultura, que en la lectura puede encontrar una experiencia para la vida que redundará más adelante en su posición económica, y otra serie de argumentos por el estilo.

El niño se encuentra hoy día sumergido en un mar de razonamientos y aspiraciones de tipo material, que pueden deformar su criterio y secar sus sentimientos. Puede muy bien ser la biblioteca infantil el sitio donde respire aires más puros y se nutra de más elevados ideales.

Se procurará, por tanto, evitar aquellos cuentos que terminen con la adquisición de grandes fortunas, o donde la recompensa de una buena acción esté fijada precisamente en bienes materiales. Otros serán los móviles que ofreceremos a la consideración de los oyentes: la amistad, el valor o la lealtad, encarnados en el héroe que no espera más recompensa que la alegría del bien realizado.

Es peligroso fomentar en el niño la idea, falsa por otra parte, de que el hecho de realizar una buena acción de cualquier tipo que sea, tiene, como resultado inmediato e infalible, la recepción de una recompensa, de una paga muy superior incluso al esfuerzo, el riesgo o el vencimiento propio que fue preciso desarrollar para llevarla a buen fin. Todos sabemos, por experiencia, que la recompensa se recibe en muy contadas ocasiones y no debe nunca ser la razón que decida los actos, buenos o malos, de una persona. Se exaltará, por el contrario, el héroe desconocido, aquel cuyas acciones permanecen ignoradas para los demás, que no recibe premio alguno por ellas, ni siquiera el reconocimiento y alabanza de sus méritos.

También se rechazarán aquellos cuentos de tendencias clasistas, en los que el carácter del protagonista aparezca determinado por la categoría económica a la que pertenece, pues no existen en la realidad virtudes ni defectos exclusivos de una misma clase social. En estos relatos, con el deseo de exaltar una, se menosprecia a las otras, fomentando la incomprensión e incluso el odio, en vez de favorecer las cordiales relaciones que deben reinar entre los distintos estamentos de la vida social.

Todas estas consideraciones son más dignas de tenerse en cuenta y se aplicarán con mayor rigor en aquellos cuentos que se presenten ambientados en un marco realista, situados en la época contemporánea y donde se relaten situaciones e incidencias pertenecientes a la vida real.

Los cuentos fantásticos, más idealistas por lo general, suelen estar libres de estos defectos, pues incluso las recompensas que en ocasiones reciben sus héroes (un cofre de oro, una esmeralda, un saco de perlas) están tan alejados de las valoraciones materiales de un niño de nuestros días, que adquieren a sus ojos una categoría mítica, que nada tiene que ver con el dinero.

Con mayor rigor se rechazarán aquellas historias que se refieran al amor sexual y que están basadas en el relato de la intimidad de los adultos. Estos   -42-   temas resultan impropios para la edad de los oyentes y, además, no interesan a los niños, si no están acuciados por ya precoces y malsanas curiosidades.

Un ejemplo bastará para demostrar cuán alejada está esta tal clase de amor de los centros de interés de nuestro auditorio infantil.

Después de oír el relato de un fragmento de Don Quijote de la Mancha, un niño de ocho años comentó: «¿Y todo lo hacía Don Quijote por esa Dulcinea? ¡Qué loco estaba!» Demostrando con estas palabras que, para él, la locura de Don Quijote no radicaba en su absoluta y constante ausencia de la realidad, que le hacía cometer desatino tras desatino, sino en su amor por Dulcinea.

Los niños se identifican perfectamente con el héroe de un cuento que se bata hasta la muerte por defender a su patria, ayudar a un amigo o conquistar el mundo, pero les parece incomprensible y hasta ridículo que alguien quiera pasar peligros o penalidades por el amor de su dama.

Estos son algunos de los criterios que pueden orientar la elección de los temas apropiados para «La Hora del Cuento».




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Estudio del cuento

Una vez elegido el tema, se procederá al estudio de la parte formal de la historia.

Un cuento está formado por las siguientes partes esenciales:

1º Presentación de los personajes y del argumento.

2º Desarrollo.

3º Desenlace.

Estas tres partes, que se definen evidentemente con sólo enunciarlas, forman la estructura interna del cuento.

Cierto es que en algunos relatos literarios nos encontramos con un orden distinto en el modo de presentarlo, resultando en ocasiones que es precisamente el desenlace lo que sirve de comienzo e introducción al relato (como en las novelas policíacas, que presentan en primer lugar el crimen que se investigará y tratará de reconstruirse a lo largo de toda la historia) y en otras parece omitirse la presentación de personajes, a los que nos vamos encontrando en pleno desarrollo del argumento. Todas estas licencias, permitidas y apreciadas por su posible novedad en los relatos escritos, no son recomendables en la práctica de la forma oral.

Un cuento, para ser narrado en viva voz, precisa tener sus tres partes muy bien definidas y concretas. El niño, lejos de sentirse deseoso de novedades, gusta de comprender y seguir perfectamente el relato y, para conseguirlo, le sirve de eficaz ayuda una presentación clara y ordenada del cuento.

La palabra hablada se desvanece en el aire en el mismo instante de ser pronunciada y el oyente se encuentra en la imposibilidad de consultar de nuevo los datos anteriores del relato, cuando el desarrollo del argumento se preste a confusión, como puede hacer el lector de un libro.

El narrador tratará de compensar esta aparente desventaja extremando la claridad en la exposición.

El relato oral no permite licencias literarias en su forma ni fantasías arquitectónicas en su estructura, pues el cuento se derrumbaría con facilidad, alcanzando a todos, oyentes y narrador, bajo los cascotes. Tiene que estar bien cimentado   -43-   en la introducción, correctamente elevado en el desarrollo y rematado de modo completo en su desenlace, para que pueda resistir los embates del viento de la curiosidad o la lenta comprensión infantil.




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Adaptación

Son muchas las condiciones especiales que precisa un cuento para su narración oral, y no siempre se encontrarán todas contenidas en historias procedentes de la literatura escrita. Será preciso modificarlas y adaptarlas, hasta conseguir una perfecta adecuación en la forma al modo como van a ser presentadas ante el auditorio infantil.

El narrador se encontrará con frecuencia frente a la necesidad de adaptar un cuento determinado, procurando que, en su forma externa y en su estructura interna, sea apto para la narración oral.

Mucho se ha hablado y discutido entre los educadores y literatos sobre las posibles ventajas y desventajas que supone el ofrecer a los niños los grandes temas de la literatura universal en versiones reducidas y adaptadas a la mentalidad infantil, antes de que el desarrollo de su inteligencia, la apetencia de su gusto literario o la formación de su criterio moral, les permita enfrentarse con las versiones íntegras, tal y como salieron de la imaginación creadora de sus geniales autores.

Los defensores de la adaptación afirman que un primer conocimiento parcial de las grandes obras literarias, recibido durante los años infantiles, es muy beneficioso, pues llevará más tarde al lector, adulto ya, a realizar su lectura completa, movido por el deseo que despertó en él la parcial.

Los detractores, por el contrario, sustentan la teoría de que la adaptación mata el deseo de una posterior lectura.

Pero el efecto depende del acierto o desacierto con que se realice la versión dedicada a los niños, y no en el mismo hecho de la adaptación. Dediquémosla, por tanto, el debido cuidado.

Antes de iniciar esta labor, es preciso recordar que la palabra adaptación no supone, en modo alguno, variación o cambio.

No se debe cambiar, por tanto:

Ni el espíritu de la historia.

Ni el nombre de los personajes.

Ni el argumento.

Ni el desenlace.

Una correcta adaptación impide desvirtuar el espíritu de la obra, modificar el argumento o mutilar con exceso las incidencias del desarrollo. Esto exige que las partes esenciales de la historia elegida sean apropiadas para los niños.

Más vale renunciar a un argumento determinado que contarlo deformado.

Daría un resultado desastroso intentar la adaptación de «Otelo», impropio para los niños, por el mismo espíritu de su tema -los celos conyugales-, a los que no llegaría a interesar, por otra parte, mientras que «El mercader de Venecia», con su exaltación de amistad (que llega hasta el sacrificio en defensa del amigo ausente), se ajusta perfectamente en su esencia para su adaptación y posterior relato ante un público infantil.

Se puede, sí, simplificar el texto, incluyendo en el plan de la narración oral   -44-   unas incidencias del argumento y rechazando otras, para evitar la excesiva longitud o facilitar la comprensión, cuidando en este caso de que los acontecimientos elegidos sean los que expresan, con más intensidad y mayor exactitud, el espíritu de la historia.

Asimismo, podrán suprimirse las descripciones excesivamente largas, para no cansar al niño, distrayendo su atención del mismo argumento.

Los vestidos de los personajes, comidas, fiestas y, en general, todo lo referente a la ambientación de la historia, no se presentarán con una profusión tal de detalles materiales que puedan llegar hasta cegar la imaginación creadora del niño. No es más que uno el paisaje minuciosamente descrito por el narrador, mientras la imaginación de los niños puede crear muy distintos cuadros, uno por cada oyente.




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Las palabras

Una vez preparado el cuento es preciso vestirlo con las palabras adecuadas, procurando mantener el tono del cuento original (poético, popular, burlesco) y conservando en lo posible sus mismas frases.

Frecuentemente, sobre todo en los relatos exóticos, o en los que se refieren a épocas pasadas, se encontrarán palabras poco corrientes en la conversación, cuyo significado desconocen los niños. A veces, precisamente sobre esta palabra desconocida está basado el argumento de la historia («El valiente samurai», «El búfalo blanco») y es preciso explicar su significado, para que pueda asimilar el sentido del cuento.

Será éste un buen momento para explicar al niño la importancia de las palabras con algún ejemplo sencillo:

«Las palabras tienen un gran valor y hemos de aprenderlas y usarlas siempre bien. A veces los niños dicen: «Total ¡una palabra no tiene importancia!» ¡Ya lo creo que sí!

Si yo digo: Esta niña es guapa, ella sonríe satisfecha.

Si yo digo: Esta niña es fea, ella se pone seria y hasta se enfada o llora.

Y todo ¿por qué?, por una palabra, por sólo una palabra de diferencia.

¿Lo comprendéis ahora? Las palabras tienen mucha importancia...»

Y, junto con las palabras, es preciso cuidar también de que las imágenes literarias o las comparaciones que se propongan a lo largo de una narración puedan ser fácilmente asimiladas por los oyentes.

Las metáforas sacadas de la vida campesina son completamente incomprensibles para el niño ciudadano, que no ha visto jamás ponerse el sol detrás de las colinas ni crecer el trigo. Los árboles, el río, el bosque, las montañas nevadas son cosas que no pertenecen a su experiencia, y no deben, por tanto, citarse constantemente en las narraciones orales.

No valen como referencia y punto de acercamiento del relato a la vida cotidiana, razón por la que fueron introducidos en el cuento por su autor, y en puestos días, por inútiles, deben suprimirse o modificarse por otras comparaciones y metáforas que sean de verdad familiares al oyente.

El caso contrario, el de las referencias a la vida de la ciudad ofrecidas al niño campesino, deben también evitarse, aunque es menos frecuente, pues la mayoría de los cuentos literarios y populares están ambientados en el campo.





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La narración


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Actitud del narrador

El narrador se presentará ante el auditorio con actitud sencilla y amable, con una sencillez que no será, en ninguna ocasión, descuido, sino que, por el contrario, demostrará atención y respeto hacia el niño.

Valorará la importancia del acto que dirige y logrará transmitir esta misma sensación a su auditorio, demostrando en todo momento interés y cuidado; interés hacia su público infantil y también hacia las mismas narraciones, materia y forma de «La Hora del Cuento»; cuidado en su correcta realización.

Los niños tienen un gran sentido de la intuición y observan muy cuidadosamente a las personas que los rodean, adivinando sus valores y sentimientos. Un sincero interés por el acto que se va a realizar, transmitido en gestos y palabras al auditorio infantil, será la mejor presentación del narrador.


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Dominio

El narrador deberá moverse y actuar con seguridad, disimulando su nerviosismo, si es que sintiera alguno, y ocultando a su auditorio la inquietud que el hablar en público pueda producirle.

Tiene que demostrar que domina absolutamente la situación y dirige el acto con completa seguridad.

La seguridad del narrador tranquiliza al oyente, poniéndole en una actitud propicia a la aceptación de cuanto escuche de sus labios.

Por otra parte, el seguro dominio demostrado en todo momento por el narrador, impide al niño obrar por propia iniciativa, hablar con sus compañeros, interrumpir al narrador o reír fuera de las preguntas y bromas iniciadas y dirigidas por éste.

Un narrador tranquilo, que inicie su relato una vez conseguido el silencio y que lo conduzca en todo momento con seguridad y dominio, tiene garantizado el éxito de su actuación.




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La voz

La voz es el máximo, casi el único medio de que dispone el narrador de cuentos para llevar el interés y la emoción del relato hasta sus oyentes. Procurará, por tanto, aprovecharla hasta el máximo.

Deberá hablar sin forzar la voz, con claridad, pronunciando bien las palabras y con un ritmo ligeramente más lento que el usado en las conversaciones corrientes.

Nunca gritará y sólo elevará el volumen de la voz en algún momento determinado, cuando las incidencias del relato lo exijan así. No se trata de gritar, y   -46-   menos aún de superar una sola persona, a fuerza de gritos, todos los diálogos en voz baja mantenidos por su auditorio. El narrador esperará unos segundos antes de comenzar su relato hasta que se haga el más completo silencio y, solamente una vez conseguido éste, empezará a hablar.

Puede darse alguna circunstancia, ajena al narrador y su historia, que provoque comentarios en voz baja. La lluvia, que entra por una ventana mal cerrada mojando a los que están cerca de ella, o un grupo de niños, recién llegados a la biblioteca, que no encuentran donde sentarse. El narrador procurará enterarse y solucionar el asunto cortando durante el tiempo preciso el relato. Es preferible interrumpir la más apasionante de las historias en su punto crucial y reanudarla a los pocos minutos en medio del más completo silencio, que permitir que se estropee su efecto por una serie de ruidos y cuchicheos.

Durante los diálogos del cuento, el narrador procurará diferenciar a los distintos personajes, prestando a cada uno una voz propia y característica, hasta lograr que los niños puedan reconocerlos sólo por el tono.




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Las pausas

Y, junto con la voz, dará el narrador la debida importancia alas pausas. Una correcta narración oral está formada a partes iguales de palabras y de silencios.

Una pausa breve marcará el final de cada frase y, otra más larga, la terminación de cada parlamento. Una pausa cerrará las descripciones, y otra aumentará la intriga ante el desenlace.

Estos espacios de silencios sirven, no sólo para contribuir al buen orden de la narración, sino para cumplir un cometido más importante aún. Ofrecen al niño la oportunidad y el tiempo necesarios para asimilar lo ya escuchado, e incluso para hacerle desear lo venidero. Proporcionan al narrador la oportunidad de observar a su auditorio. Si el silencio es profundo, le aseguran que la narración avanza por buenos cauces; si se oyen toses, movimientos de pies, palabras en voz baja y ruido de sillas, le advierten que debe cambiar el ritmo del relato, haciéndole más rápido y trepidante.

También hay que darle tiempo al niño para que pueda reírse de un dicho gracioso o comentar un incidente sensacional. En todo momento se procurará no agobiarle con nuevos hechos, cuando aún no han podido asimilar los anteriores.




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El gesto

La magnitud de los gestos con los que el narrador acompañará su relato, está en proporción directa con el número de los oyentes. A un auditorio muy numeroso corresponde una dramatización más acentuada.

Para mantener el interés de un centenar de niños, sentados en una sala espaciosa, el narrador, de pie en medio de los oyentes, o paseándose entre las filas de sillas, subrayará la acción hablando, actuando y accionando, de modo que el impacto del relato pueda llegar hasta los más alejados.

Aun en este caso de gran concurrencia, no se exagerarán los gestos, de modo que se llegue a confundir la biblioteca infantil con el escenario de un teatro. El narrador de un cuento debe sugerir la acción, no representarla.

Con un auditorio poco numeroso, por debajo de los veinte niños, el narrador poda permanecer sentado, en el mismo corro de sus oyentes. Todos podrán   -47-   verle y oírle perfectamente, sin necesidad de paseos ni cambios de posición, y se mantendrá la dramatización del cuento sólo con el tono de voz.






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Presentación

La primera vez que el narrador se presente ante un determinado auditorio, procurará dar una sensación de cordial amistad, con unas sencillas palabras de presentación:

«Como vamos a pasar un rato juntos, debemos ser amigos. A mí me gusta tener muchos amigos, lo mismo que a vosotros, ¿verdad que sí? Amigos de la escuela, amigos de jugar en la plaza, amigos de ir a pasear. Nosotros vamos a ser amigos de la biblioteca infantil. Yo me llamo... (el narrador dice su nombre), y como no me da tiempo esta tarde de aprender el nombre de todos, vamos a ver, tú mismo, ¿cómo te llamas?... (La niña interrogada dice su nombre y el narrador le da la mano, ceremoniosamente). Encantado de conocerte. Y ahora, como ya somos amigos, vamos a empezar».

O bien por unas frases, medio en serio, medio en broma, que tiendan a dar importancia a los niños:

«Antes de salir de casa me preguntaba yo: «¿Tengo los zapatos bien limpios? ¿Y las manos recién lavadas? ¿Y me he peinado lo mejor que sé? A todo fui contestando que sí. ¿Y sabéis para qué eran tantos preparativos? Para una cosa muy importante. Para venir aquí, a la biblioteca, a hablaros a vosotros, los lectores».

Al dar comienzo a «La Hora del Cuento» se hará una presentación verbal del programa que sigue. Esta introducción tiene como fin crear en los niños un clima de expectación, una actitud propicia a la maravilla.

La presentación tiene una gran importancia en las narraciones orales, pues puede captar la atención de los niños desde el primer momento.

El cuento dramático, de acción rápida y mucho movimiento, se relatará sin previas aclaraciones. Pero hay otro tipo de relatos que precisan de una cierta presentación. Los cuentos de humor, por ejemplo. Los niños, y de un modo especial los más pequeños, carecen de sentido del humor, son incapaces de comprender la burla y, mucho menos, la ironía. No basta señalar durante el relato, de un modo destacado, los incidentes humorísticos del argumento, sino que es preciso advertirlo previamente al auditorio: «Vamos a contar ahora un cuento de risa. Se trata de un niño muy despistado que todo lo entiende al revés». Además, el mismo narrador iniciará la risa, en el momento oportuno, haciendo una pausa para que los niños se rían libremente. Así, poco a poco, se les irá enseñando a los niños ese sentido de la proporción que, cuando se quiebra, provoca la risa y es la base del sano humor.

También los relatos de viajes, en los que se desea introducir abundancia de descripciones, se precederá de una advertencia:

«Este es el relato de un viaje que hicieron Juanita y Manuel por el Japón, que ahora nos cuentan todo lo que vieron». Así los niños comprenden que las descripciones son la base del relato y escuchan atentos sin impacientarse por el desenlace.




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La atención

Hay una serie de medios que ayudan eficazmente a mantener la atención del auditorio y que es conveniente aplicar sobre todo cuando éste es muy numeroso.   -48-   Se trata de conseguir que los niños abandonen su actitud meramente pasiva de oyentes para adoptar otra, activa y nueva, de participantes en el relato, invitándoles a intervenir en la narración por medio de preguntas.

Pero ¡cuidado!, pues las preguntas pueden lo mismo animar el cuento que destruirlo por completo, si el narrador no sabe formularlas debidamente o si no consigue dominar a su auditorio. En el primer caso, sembrará la confusión y, en el segundo, servirán de pretexto para alborotar.

Las preguntas tienen que ser muy concretas y formuladas de modo que los niños puedan contestarlas sin vacilar.

El narrador nunca deberá preguntar: «¿A que no sabéis quién es el protagonista de la historia que os voy a contar ahora?» Se trata de una pregunta demasiado amplia. Los niños no lo saben, y es muy difícil que acierten a descubrirlo. Pero lejos de reconocerlo se lanzarán a las más insospechadas suposiciones, proponiendo como protagonista de la historia de hoy, desde un rey hasta un elefante, pasando por un ratón y una princesa. Nadie ha logrado aproximarse ni remotamente a la verdad y, después de un rato de inútiles diálogos, el narrador comienza su historia. Se trata de un guerrero, pero éste no se aparece ya a los niños como el único protagonista deseable para la única historia interesante, sino uno de tantos, arbitrariamente escogido entre un montón de posibles personajes. Por mucho que se esfuerce el narrador en procurar un relato perfecto, no faltará el niño que, aferrado a su idea, comente al final del cuento: «Está bien, pero hubiera sido mejor un cuento de un elefante».

Si resulta peligroso lanzar una pregunta vaga al comienzo de un relato, mucho más lo es cuando ya está iniciado el argumento. Interrumpir de pronto el relato con un: «¿Y sabéis lo que pasó entonces?», seguido de una larga pausa, que invita a los niños a intervenir; equivale tanto como entregar el cuento al más completo de los fracasos.

Por el contrario, las preguntas concretas que puedan ser contestadas con seguridad y acierto por cualquiera de los circunstantes, o por todos en común, contribuyen a mantener la atención de los oyentes.

Los niños suelen dar mucha importancia a su propio nombre. Es lo primero que aprenden a decir, y están dispuestos a repetirlo con orgullo en cualquier momento. Por eso, se puede utilizar el nombre de alguno de los niños presentes para bautizar con él al protagonista de la historia narrada:

«Esta era una niña que se llamaba..., ¿cómo te llamas tú? (el narrador se dirige a una de las asistentes, que responde sin titubear: Isabelita López) ...que se llamaba Isabel, igualito que esta niña tan guapa de las coletas que tenemos aquí...»

También se puede «vestir» al personaje con las mismas ropas de los niños asistentes.

«Isabelita llevaba un abrigo... (Se hace una pausa, señalando el de alguno de los asistentes, cuidando siempre de elegir uno de color bien definido y se comienza en voz baja la palabra. Inmediatamente todos dicen a coro). ¡Azul!... Una blusa... ¡blanca!... Una falda... ¡roja!... Y un lazo... ¡rosa!... en el pelo...»

Este sistema surte efecto en el auditorio numeroso, pues sirve de pretexto al narrador para pasearse entre las sillas donde están sentados los niños, destacar a varios e interrogar a todos. Se puede repetir el vestuario de la protagonista dos o tres veces, siguiendo el mismo método, durante el transcurso del argumento.

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Biblioteca de Gothenburg, Suecia

Las ilustraciones de la obra que se narra sirven para despertar mayor atención en los niños y crear un ambiente más logrado en la hora del cuento. Véase la expresión de los niños de la Biblioteca de Gothenburg, Suecia. (Foto cortesía de la Unesco.)

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Otras preguntas del mismo tipo son el día de la semana, la hora que es, los años del protagonista...

«Un pescador se levantó un... ¿Qué día es hoy?... (Todos). ¡Jueves!... un jueves por la mañana...»




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Las preguntas

Si el narrador no se marcha inmediatamente después de terminada la narración se verá rodeado por un grupo de oyentes que le formulan diversas preguntas.

Uno quiere saber si «esa historia es verdad»; el otro, «¿qué le pasó al niño después?»; el de más allá, «¿dónde vive ese rey tan valiente?».

Todas las preguntas que sugiere la narración de un cuento se reducen a ésta. ¿Es verdad, o mentira, esa historia? ¿Ha pasado realmente? ¿Tal y como se relató anteriormente? El niño pide y merece una respuesta clara. Vamos a dársela.

En «La Hora del Cuento» se relatan también hechos históricos, cosas que son verdad, que han pasado realmente. En este caso, el narrador lo advierte así antes de relatarlo. Sobre esos hechos no hay duda posible. Son del todo verdad.

Pero ¿y los cuentos? En todos, incluso en los más fantásticos, hay una parte de verdad. Cierto que las circunstancias, las palabras, las aventuras y los protagonistas son imaginarios, pero el fondo del cuento, su alma, eso que se llama «la moraleja», eso sí que es verdad.

«El jalmeso». (Véase pág. 59.) Es cierto que podemos recibir ayuda en un momento dado, incluso de aquellos que nos parecen más pobres y menos poderosos.

«Los tres hijos del rey». (Véase pág. 70.) La diligencia y el sentido común del hijo menor son dignos de imitación.

«El labrador y su hijo». (Véase pág. 69.) Se debe obrar bien, sin atender demasiado a las críticas o alabanzas de los demás.

No es necesario mentir al niño para que conserve la ilusión, basta explicarle la realidad, haciéndole notar el mensaje poético que todas las cosas encierran.




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Los niños narradores

Los mismos niños pueden ser magníficos narradores, ya sea de cuentos leídos por ellos mismos en la biblioteca, o de los escuchados en «La Hora del Cuento».

El narrador debe fomentar, en lo posible, esta afición hasta llegar a formar un círculo de narradores, donde se estudien y ensayen los relatos. Pero no se debe animar, ni menos proponer a un niño que repita una historia, inmediatamente después de que la haya contado el narrador. El niño se encontraría en una evidente desventaja, desanimándose ante la pobreza de sus resultados.




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Efectos

El narrador, con ayuda del bibliotecario, estudiará los efectos producidos por «La Hora del Cuento», para comprobar que se consigue aquello propuesto por la biblioteca y, principalmente, el fomento de la lectura, para continuar el plan preparado o modificarlo en caso contrario.





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Otras formas de la narración oral

Además de la narración de cuentos, que tiene como resultado inmediato y fácilmente comprobable el de estimular hacia una lectura más frecuente y atenta y, en muchos casos, el de iniciar a los niños en el mundo de los libros, el bibliotecario o narrador tiene a su alcance otros medios de comunicación con su auditorio infantil: las lecturas colectivas y las narraciones personalizadas.

Estas dos modalidades pueden ponerse en práctica con éxito solicitando la colaboración de los niños que ya hayan dominado por completo la mecánica de la lectura, y sean capaces de aportar su contribución personal, con gusto y eficacia, a «La Hora del Cuento».


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La lectura colectiva

Llamaremos «lecturas colectivas» a las que se realicen en voz alta, dentro de una sesión de «La Hora del Cuento» y a cargo de un grupo de lectores que representan, cada uno de ellos, un personaje determinado de la acción, estando dirigidos por otro lector, que orienta los diálogos y narra las circunstancias del argumento.

La lectura colectiva tiene un ritmo más lento que el de la narración oral. Esto es preciso tenerlo en cuenta para no poner a prueba la paciencia del auditorio, presentándole una acción rápida y emocionante por un medio de forzada lentitud. Será mejor, por tanto, reservar los argumentos trepidantes para narrarlos oralmente y elegir cuentos más poéticos y sencillos y en los que el interés literario del estilo tenga mayor importancia que la intriga del argumento, para real izar una lectura colectiva. También las historias cuyo final ya es conocido por los niños, ya porque haya sido previamente contado de forma oral, o porque pertenezcan a los cuentos populares y universalmente sabidos, serán muy convenientes para presentarlos ahora como lectura. El oyente no se impacienta buscando el desenlace, puesto que ya lo conoce, y esto le permite gozar de las descripciones, contenido poético y estila literario en que se van exponiendo los acontecimientos.

No es de temer que los niños rechacen una historia, por conocida, si no que, al contrario, gustan de las repeticiones de un mismo cuento, saboreándolo más y más en cada sesión. Una vez elegido el tema, y para preparar la lectura colectiva de un cuento o texto de cualquier tipo que sea, es preciso disponer de varios ejemplares o copias mecanografiadas de dicho texto completo, en número igual al de los niños que vayan a intervenir en la sesión. Es muy conveniente, para el buen éxito de la lectura, que cada niño tenga a su disposición, no sólo las frases   -52-   que le corresponden leer a él en voz alta, sino también las que corresponden a los demás lectores, tanto los que intervienen en diálogos, como el que actúa de narrador.

Si se dispone de un poco de tiempo, es muy conveniente ensayar- de antemano esta actuación, convocando a los niños para una lectura previa.

Una vez solicitada la ayuda voluntaria de un grupo de niños, se eligen aquéllos que, después de comprobada su facilidad en la lectura y clara dicción, se consideran más apropiados para prestar su voz a los personajes que se les designen.

Reunidos en privado, el narrador leerá en voz alta el cuento ante el grupo de lectores, procurando destacar las distintas voces, exagerando la entonación e, incluso, interrumpiendo el texto, para explicar algún matiz especial, que pudiera pasar desapercibido en una simple lectura, y sea fundamental para la completa comprensión del argumento, señalando las partes fundamentales de la historia y aclarando la enseñanza que encierra, si la hubiera.

Esta previa lectura comentada tendrá también el valor de una auténtica iniciación a la crítica literaria, que llegará a ser tan profunda y completa como la curiosidad de los lectores y la preparación del narrador lo permitan, pues en torno a las cuestiones puramente literarias de estilo, originalidad, fuerza argumental o tesis que sustenta el cuento de que se trata, surgirán otros temas de cultura general, como biografía del autor, modos de vida y acontecimientos históricos principales de la época en que se desarrolla la acción, detalles geográficos o científicos relacionados con el argumento y un sin fin de cuestiones más.

Una vez terminada esta primera lectura y contestadas las preguntas con la mayor claridad posible, se procederá al reparto de papeles, iniciándose seguidamente el primer ensayo de lectura colectiva.

El oficio de narrador es el más importante del reparto y deberá encomendarse a un niño o niña elegido entre los mayores y que sea capaz, no sólo de leer correctamente el texto que le corresponda, sino de orientar y dirigir a los demás lectores. En caso de no encontrarse la persona indicada, y durante las primeras lecturas colectivas, que servirán de pauta y enseñanza para otras muchas siguientes, es preferible que el mismo narrador se reserve este puesto directivo.

El modo más claro y eficaz de señalar las frases que corresponden a cada niño, es el de subrayar con lápices de colores la primer palabra de los distintos párrafos que deben leer los lectores, conservando un color determinado para cada uno. Así, la lectora-princesa verá todas sus intervenciones iniciadas con un trazo de color azul, mientras que los parlamentos del rey-lector estarán señalados en rojo, los del guerrero-lector en verde y así los de todos los personajes lectores que intervengan en la sesión.

Bastará repetir un par de veces el ensayo, para que la lectura se lleve a cabo con toda facilidad, dentro del espacio que se le asigne en «La Hora del Cuento».

Este medio de la lectura colectiva es especialmente apropiado para iniciar a los niños el gusto por la poesía, eligiéndose textos como el cuento poético «A Margarita Debayle» y «La niña Rosa», de Rubén Darío; «La nana para dormir a un negrito», de Emilio Ballagas, y otros.



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La narración personalizada

Otro método que puede ser utilizado con éxito en «La Hora del Cuento» de las bibliotecas infantiles, que ofrece grandes posibilidades dentro de sus características propias, es la narración personalizada.

La narración personalizada presenta una posición intermedia entre el cuento expuesto verbalmente por una sola persona, ante un auditorio que sólo interviene de modo pasivo en el transcurso de la historia, y la representación escénica de una obra teatral, con toda la complicación de preparaciones y ensayos que esto supone.

Como ya hemos apuntado, en la narración de cuentos es preciso buscar y conseguir la participación del auditorio infantil, pues sólo haciéndole participar de alguna manera, se logrará mantener su atención. Pero en los cuentos fantásticos el interés del argumento, la intriga de la trama, la atracción del final, de «saber cómo termina», es tan fuerte que resultaría insoportable para los niños se retrasase el conocimiento del desenlace con cualquier clase de pretextos. El cuento será siempre contado con un ritmo rápido, que se irá acelerando a medida que se acerque al final, la culminación del relato. No se presta, por tanto, a la escenificación.

Por otra parte, el montaje de una obra de teatro, sobre todo cuando los actores han de ser niños, exige una preparación larga y difícil.

El bibliotecario y los niños que en ella intervengan, tendrían que dedicar muchas horas de trabajo al estudio y ensayo de la obra, horas que, en definitiva, se roban a la lectura, fin principal de la existencia de una biblioteca.

La dificultad del montaje impide que puedan representarse nuevas obras con la frecuencia que exige la ávida curiosidad de los niños, e incluso la repetición de una obra ya montada, pocas veces se puede llevar a cabo, ya que la ausencia de uno de los niños-actores obliga a frecuentes sustituciones, que exigen nuevos ensayos, necesarios también por olvido de los papeles u otros motivos.

Por otra parte, y aunque todas las dificultades anteriormente expuestas pudieran salvarse, el hecho de montar y representar frecuentemente en una biblioteca obras teatrales, desviaría la atención de los niños del tema que constituye la más deseada aspiración de un bibliotecario, fomentar y orientar la lectura de los niños, formando verdaderos lectores con todas las características de dedicación personal y realización individual que tiene esta tarea, para distraerlos con otros temas que cultivarían su afición hacia un espectáculo público, que se realiza y contempla en común.

Por eso, todas las actividades que se llevan a cabo en una biblioteca, han de conducir directamente al niño hacía la lectura, rechazando por completo, o al menos usando con mesura, las que puedan distraerle de este fin.

La narración personalizada consiste en intercalar, dentro de una trama narrativa a cargo del narrador, una serie de frases o comentarios previamente preparados, que leen unos niños, elegidos en ese mismo momento entre el auditorio infantil, sin que medie ensayo ni previa preparación de ninguna clase, considerando como uno de sus mayores atractivos el de la espontaneidad.



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Elección del tema

La narración personalizada sirve de modo especial para intercalar en las sesiones semanales de «La Hora del Cuento» otros temas que no son precisamente cuentos de imaginación, sino conmemoraciones importantes, cuyo eco quiera recogerse en la biblioteca infantil, efemérides literarias, biografías de personajes célebres, impacto de sucesos de actualidad mundial, nacional o local de excepcional interés y, en general, toda clase de temas que puedan ampliar la visión literaria y vital de los pequeños lectores.

Las narraciones personalizadas son el cauce más apropiado para introducir el eco de la actualidad en la marcha de la biblioteca infantil. Marcar la narración entre la vida y la literatura, entre las lecturas y los acontecimientos de la actualidad cotidiana, nos parece el mejor medio de conseguir y mantener una estrecha unión entre la experiencia personal del niño y el acervo cultural de los libros.

La conmemoración del centenario de alguno de nuestros autores del Siglo de Oro, la celebración anual de la Fiesta del Libro o la publicación de un libro premiado en un concurso literario infantil, son hechos, que, entre otros muchos, pueden y deben recogerse y ampliarse durante «La Hora del Cuento» por medio de una narración personalizada.

Una vez elegido el tema y preparado el material, será muy conveniente escribir por completo la narración no sólo en las partes destinadas a ser leídas por los niños en sus intervenciones improvisadas, sino también en todo lo que explicará y contará el narrador.




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Preparación previa

Este tipo de relatos exige una preparación más concienzuda y paciente que la narración oral de un cuento, donde la fuerza del argumento ayuda siempre a recordar el encadenamiento de los hechos, facilitando la labor del narrador.

En este caso es conveniente escribir la historia, para poder estudiarla hasta en sus más pequeños detalles, procurando exista el debido equilibrio entre las distintas partes, presentación del tema, desarrollo y desenlace, hasta lograr que la parte de explicación sea escueta y suficiente, las intervenciones de los niños breves y claras, bien repartidas a lo largo de la narración y la enseñanza final que se quiera sacar de la sesión, quede bien destacada.

Una vez conseguido el texto apropiado, se hará un breve guión donde están consignados los puntos fundamentales, repitiendo en voz alta el relato hasta que pueda recordarse en todos sus detalles, sin tener que consultar el guión. En todos sus detalles de contenido, no formales, pues ocurre en ocasiones que la recitación de un texto previamente aprendido de memoria, suele restar espontaneidad al relato, con mengua de interés por parte de los oyentes. Basta conocer a fondo el asunto a tratar, para poder expresarlo con sencillez, a lo que pronto se añade la creciente facilidad que proporciona la costumbre. Es preferible correr el riesgo de titubear durante la narración, que llega a aburrir a los niños con un tono monótono y un estilo rígido, producidos por la exacta memorización del texto escrito en frases, muy distintos del lenguaje hablado usual.

Además de dominar el relato, el narrador tiene que vigilar y orientar las intervenciones de los niños, facilitándoles lo más posible su labor, a fin de evitar las confusiones y los titubeos.

Es necesario tener en cuenta los siguientes puntos:

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1º No entablar diálogos entre ellos, sino que todas las intervenciones de los actores improvisados estén precedidas y seguidas por una frase del narrador. Un diálogo exigiría un ensayo previo para que llegue a desarrollarse con fluidez y precisamente el interés de este tipo de narraciones estriba en el hecho de poder llevarlas a cabo sin preparación previa alguna.

2º No importa que en las frases que corren a cargo de los niños se encuentren palabras arcaicas, giros gramaticales en desuso o conceptos de difícil comprensión para el auditorio infantil, pues el narrador puede explicarlos seguidamente, y el mismo hecho de no ser él quien lanzó el concepto oscuro, hace más aceptable su explicación.

3º Es preferible que sea una sola la intervención de cada niño o, en caso de que la índole del relato exija que sean varias, es necesario que éstas vayan seguidas dentro de la narración general.

Al preparar los papeles que deberán entregarse a los niños para su lectura, se procederá de la siguiente manera.

1º Se copiará el texto a máquina, sobre papel grueso, poniendo en cada línea -bastante espaciadas- las frases que deban leer seguidas. Al entregar los papeles, se indicará a los niños que han de hacer una pausa al final de cada línea.

2º El papel no llevará el nombre del personaje que represente, sino únicamente un número, que corresponde al orden en que se van produciendo las intervenciones dentro de la narración. Se escribirá la cifra en buen tamaño y en la margen izquierdo del papel, para que los niños no lo tapen al cogerlo con la mano derecha.




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Preparación inmediata

La narración dará, pues, comienzo en este orden.

Anuncio del tema a tratar, sin añadir nada más que pueda quitar interés a la narración que se anuncia e inmediatamente reparto de papeles.

Es preferible pedir voluntarios, sobre todo cuando no se conoce bien el auditorio. Así se evita el escoger por inadvertencia a algún niño excesivamente tímido, de esos que, llegado el momento, se niegan a leer su papel o tartamudean, poniendo en peligro la buena marcha de la narración.

Pronto contaremos con un buen grupo de voluntarios, dispuestos a prestar su colaboración en el relato. El narrador simulará ahora que realiza entre ellos una cuidadosa elección, anunciando los nombres y características de los personajes que han de representar cada uno y los motivos que tiene para preferir unos u otros niños para interpretarlos por razones de sexo, edad o determinadas características físicas. Se utilizará un tono ligero y humorístico, cuidando siempre el narrador de no decir nada que pueda ser utilizado como motivo de burla entre los niños, una vez terminada la sesión, pues los niños son, por una parte, muy fáciles a la burla y, por otra, muy sensibles al ridículo.

Este rato dedicado a la elección de personajes sirve también para adelantar los acontecimientos, ofreciendo al auditorio un avance e introducción al tema que será tratado, lo que crea ya un clima de expectación entre intérpretes y auditorio. Cuando se trata de narrar un hecho histórico o comentar un acontecimiento que los niños conocen en parte, en vez de perjudicar la futura atención de los niños la acrecienta. El nombre de los personajes presentados pertenece ya seguramente a la parte conocida de la historia. No se descubren más datos de los ya   -56-   sabidos por los niños, simplemente se los recuerda, facilitando de este modo la comprensión de la historia. Ya no se trata tanto de «qué se dice», sino «de cómo se dice». Todo el aparato un poco solemne de preparación y reparto de papeles sirve perfectamente para dirigir la atención de los niños hacia el fin propuesto.

Es aconsejable comenzar con narraciones en las que intervengan pocos personajes, ampliando el número de éstos a medida que el narrador y su auditorio se vayan entrenando en el método, permitiéndoles un mayor movimiento y agilidad en las intervenciones.

A los niños elegidos, que se procurará escoger entre los mayores y más inteligentes, se les situará en pie, frente al auditorio.

En este momento en que ya están separados de los demás niños, se les repartirá los papeles con la seguridad de que ya no pueden ser leídos más que por ellos, evitando que puedan pasar de mano en mano por todo el público, y se les explica en voz baja cómo han de leerlos, despacio, con voz clara y fuerte, y haciendo una pausa al final de cada línea. Se les tranquilizará también sobre su cometido, asegurándoles el narrador que él mismo señalará claramente el momento preciso de cada intervención.

Ahora sólo falta colocarlos a la derecha del narrador y siguiendo el orden de las intervenciones, señalado también con un número en cada papel, y se comienza el relato.




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Durante la narración

Ya hemos dicho que no se trata de recitar un texto de memoria, lo que presenta graves inconvenientes. Es preferible usar en las primeras actuaciones un guión tan extenso como la frágil memoria o la inexperiencia del narrador lo aconseje, que muy pronto podrá sustituirse por una simple lista de, personajes, y al final bastará una mirada en caso de duda al número de cada papel para recordar la marcha del relato y dar las debidas entradas sin olvidar ninguna de las intervenciones.

Para que este método resulte de un modo perfecto, es muy conveniente indicar con absoluta claridad el momento justo de cada lectura, para que no se produzcan interrupciones ni titubeos, con una señal acordada antes del comienzo, una mano del narrador apoyada en el hombro del personaje al que le corresponda hablar, o algo parecido. Además, el narrador debe decir siempre el nombre de este personaje, prefiriendo la machaconería en la repetición a la posibilidad de una duda en sus oyentes.

Una vez leído su papel, el niño pasará a la izquierda del narrador para evitar posibles confusiones.




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Después de la narración

Terminada la historia, puede el narrador extenderse en el comentario preguntando a los niños si alguno ha leído la biografía del personaje, destacando el libro de que se trata o algún texto sobre el asunto comentado. También sería conveniente animarlos a visitar una sección de la biblioteca, previamente preparada y que habrá permanecido oculta para los niños hasta este momento, donde se muestren libros seleccionados en relación con el tema que haya sido objeto de la narración personalizada.





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Selección de textos adaptados para su narración oral

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El jalmeso


Introducción

La historia que vamos a narrar ahora es un cuento popular de Ceilán, una isla que está muy lejos, al sur de la India, en medio del Océano Índico. Es un sitio precioso, lleno de palmeras, y en sus playas se pescan perlas de verdad.

Las mujeres trabajan en las plantaciones de té. Recogen las hojitas verdes y las van echando, por encima del hombro, en un cesto que llevan colgado a la espalda. Después, las ponen a secar al sol.

A la noche, sentadas a las puertas de las casas, bajo las palmeras, les cuentan a sus hijos la maravillosa historia del jalmeso.

Igualito que os la voy a contar ahora:



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El jalmeso

Un niño estaba pescando en las orillas del mar.

Como no tenía barca ni redes, ni siquiera una lanchita de troncos con la que adentrarse en el mar, tenía que contentarse con utilizar una caña de bambú y un hilo de cáñamo, echando el anzuelo desde la orilla. Algunas veces conseguía así muy buenas piezas, pero hoy no estaba de suerte. Nada había logrado pescar en toda la mañana. El niño, cansado y hambriento, estaba a punto de marcharse a su choza, donde le aguardaba un puñado de arroz y una taza de té, cuando de pronto, ¡zas!, ¿qué es esto? ¡Un tirón en el hilo! ¡Algún pez que acaba de picar!

Muy contento y con mucho cuidado para que no se le escapara la pieza, fue tirando, tirando hasta conseguir sacarlo del agua. ¡Menuda pesca acababa de hacer! ¿Y para eso tantas horas en la playa, con la caña entre las manos esperando? Enganchado en el anzuelo sólo había un jalmeso, un pececillo del tamaño de un boquerón, que se pesca en las costas de Ceilán.

-Menos es nada -pensó el pescadorcito en voz alta-. Bien asado sobre unas brasas me servirá de comida.

-No hagas eso, te lo ruego -dijo una vocecita muy fina.

-¿Quién acaba de hablar? -preguntó el pescador muy sorprendido, mirando de un lado a otro, pues la playa parecía desierta.

-Soy yo, el jalmeso que acabas de pescar. Te suplico que no me hagas daño. Échame otra vez al mar, y algún día te pagaré el favor que me haces.

El pescador lo pensó un momento. La verdad es que el jalmeso era tan pequeño que apenas tenía nada que comer. Daba lástima matarle. Con mucho cuidado le quitó el anzuelo y lo tiró al mar.

Y aún creyó oír la voz del jalmeso que le gritaba entre las olas:

-¡Gracias!

Aquella misma noche, el pescador se sentó a la orilla del mar. Estaba muy triste y se puso a llorar.

-¿Por qué lloras? -oyó que le decían.

El pescador se secó las lágrimas y miró hacia atrás. No había nadie.

-Soy yo, tu amigo el jalmeso -continuó la voz. ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras?

-Estamos muy tristes porque acaba de llegar la noticia de que el rey de la India se dirige hacia aquí con sus barcos llenos de guerreros, para atacar la isla. Nos vencerá y nos matará a todos.

-No te apenes -dijo el jalmeso- yo te ayudaré:

Entonces el jalmeso habló con la sardina, la sardina habló con el bacalao, el bacalao habló con el calamar, el calamar habló con el pulpo, el pulpo habló con   -62-   la merluza, la merluza habló con el delfín, el delfín habló con el tiburón, el tiburón habló con la ballena y la ballena dijo a todos lo que tenían que hacer.

Y aquella misma noche, cuando el rey de la India llegó con sus barcos llenos de guerreros para conquistar la isla de Ceilán, no pudo llegar a sus playas, porque un inmenso ejército de ballenas, tiburones, delfines, merluzas, pulpos, calamares, bacalaos, sardinas y jalmesos les impedían el paso.

Y el jalmeso fue muy contento a decírselo a su amigo el pescador.

-El rey de la India ha sido derrotado.

Y así, por un jalmeso, se salvó la isla de Ceilán.

(Versión libre de un cuento cingalés de tradición oral).





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Calila y Dimna


Introducción

Los cuentos que vamos a relatar hoy, los inventaron los persas, hace muchísimo tiempo. Los persas se los contaron a los árabes; y los árabes los trajeron a España. Están escritos en un libro que se llama Calila y Dimna. Calila y Dimna son los nombres de dos lobos muy listos, que se fueron al palacio del rey, el león, y le contaban historias.

Al comienzo del libro, se dice que estas historias son como nueces, que es preciso cascarlas primero, para poderlas comer. Así, oyendo bien las palabras del cuento, que son como la cáscara, se saca después la enseñanza que tienen dentro.



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El mono y las lentejas

Un hombre tenía que llevar un saco de lentejas a un pueblo vecino. Se lo cargó a cuestas y echó a andar.

En el camino cruzaba un bosque y, como hacía mucho calor y la carga pesaba mucho, apenas llegó el hombre a la sombra de los árboles, decidió descansar un ratito. Dejó el saco de lentejas, se tumbó en la hierba, cerró los ojos... y pronto quedó dormido.

En el bosque vivía un mono, tan curioso como todos los monos, y apenas vio el saco desde lo alto del árbol donde vivía, quiso ver de qué estaba tan lleno. Bajó en cuatro saltos y metió la mano, sacando un puñado de lentejas. ¡Lentejas! ¡Con lo que al mono le gustaban!

Muy contento volvió a subir al árbol, buscó una rama buena y allí sentado cómodamente empezó a comerlas. ¡Estaban riquísimas!

Entonces se le escurrió una, la más chiquitita de todas, que era justo como el punto de una i, y no queriendo perderla, bajó del árbol en seguida. Con las prisas se le enredó el rabo en una rama y, para no caerse, tuvo que sujetarse bien al tronco y, para sujetarse mejor, abrió las manos y entonces se le cayeron todas las lentejas que le quedaban.

El hombre, al sentir la lluvia de lentejas en la cara, se despertó, ató bien el saco y, cargándoselo a la espalda, continuó su camino.

Y el mono ambicioso, por no resignarse a perder una sola lenteja, las perdió todas.

(Adaptación libre de un cuento de «Calila y Dimna»). (Cap. XI.)




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El lobo hambriento

Un hombre salió de caza. Cogió su escopeta, se puso el morral y pian pianito subió al monte.

Como era muy buen cazador y de una puntería magnífica, hizo ¡pin! ¡pan! ¡pin! ¡pan! y en un momento cazó una perdiz y cuatro conejos.

Ya tenía el morral repleto, pero el estómago vacío. Como estaba cansado de tanto andar, se sentó al lado de una fuente, sacó el bocadillo y se puso a comer con mucho apetito.

Lo malo es que por el monte andaba también un lobo y también sentía mucho apetito. ¿Qué digo apetito? Lo que tenía era hambre atrasada de seis semanas, así que, en cuanto vio la perdiz, los conejos, el bocadillo y el cazador se le hizo la boca agua.

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Relamiéndose, pensó el lobo:

-Hoy sí que voy a comer hasta hartarme.

Y se fue acercando, acercando hasta donde estaba el cazador. ¡Menudo susto se llevó el pobre! Se levantó corriendo y, sin pararse siquiera a coger la escopeta, se subió a un árbol.

El lobo no se ocupó en perseguirle con tantas cosas buenas como tenía para comer:

-¿Por dónde empezaré? -se preguntaba, mientras olía la perdiz, los conejos, el bocadillo y hasta la escopeta.

-¿Comeré primero la perdiz? Debe estar muy tierna.

Todavía no la había hincado el diente, cuando pensó:

-Mejor será empezar por los conejos. Están diciendo comedme.

Aún no había comenzado los conejos, y dijo:

-El bocadillo tal vez debería tomar primero, no se vaya a poner duro el pan. Pero de pronto decidió:

-Conviene guardar lo más posible, pues el que no guarda es un tonto. Haré provisión de toda esta comida. Hoy, para quitar el hambre, me basta con comerme la correa de la escopeta.

Dicho y hecho. Apenas había dado el primer mordisco a la correa, cuando se disparó la escopeta y le mató.

Y así, por la codicia de guardar, murió el lobo, hambriento junto a tanta comida, con gran alegría del cazador y nuestra también, que oímos la historia.

(Adaptación libre de un fragmento del capítulo V de «Calila y Dimna»)





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El conde Lucanor


Introducción

La historia de hoy, la contó hace mucho tiempo un escritor castellano que se llamó el infante don Juan Manuel. Fue guerrero, ganó batallas a los moros durante la Reconquista y también era un fino escritor que le gustaba decir las cosas «por muy buenas palabras».

Su obra más conocida es «El conde Lucanor». Su título completo es muy largo: «Libro de los ejemplos del conde Lucanor y de Patronio». Recoge los consejos que da Patronio a su amo, el conde Lucanor. Para que mejor los comprendiera, se los decía en forma de cuentos como éste que vais a oír ahora.



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El labrador y su hijo

El labrador dijo a su hijo.

-Hoy es día de mercado en el pueblo. Vamos a ir tú y yo a comprar unas cosas que nos hacen falta, así que llevaremos la mula para cargarla a la vuelta con todo lo que hayamos comprado.

Comenzaron el camino y dijo el padre:

-Iremos tú y yo andando, para no cansar a la mula, hasta el regreso.

Y el hijo respondió:

-Tienes razón, padre, en lo que dices.

Así que iban el padre y el hijo andando por el camino, y la mula detrás, sin ninguna carga, cuando se cruzaron con unos hombres, que dijeron entre sí.

-Mira esos, llevan la mula descargada y ellos van los dos a pie.

El hijo, que los había oído, dijo:

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-Tienen razón, padre, en lo que dicen. Es tonto cansarnos nosotros, yendo la mula descargada.

-Está bien, hijo, monta tú.

Así que se montó el chico en la mula y el padre continuó el camino a pie, hasta que se cruzaron con unos hombres que dijeron entre sí:

-Mira esos, el hijo, que es fuerte y joven, va montado, mientras que el padre, ya viejo, camina a pie.

El hijo, que los había oído, dijo:

-Tienen razón, padre, en lo que dicen, que yo bien puedo caminar sin cansarme.

-Está bien, hijo, montaré yo.

Así que el hijo bajó de la mula y cabalgó el padre, hasta que se cruzaron con unos hombres que dijeron entre sí.

-Mira esos, el padre, acostumbrado a andar y fuerte todavía, va montado, mientras el hijo, casi un niño, camina a pie.

El hijo, que los había oído, dijo:

-Tienen razón, padre, en lo que dicen. Mejor será que nos montemos los dos.

-Está bien, hijo.

Así que se montó el hijo también en la mula y continuaron el camino hasta que se cruzaron con unos hombres que dijeron entre sí:

-Mira ésos, van a matar a la mula con tanto peso, con lo flaca que está. Ya podían ir andando los dos.

El hijo, que los había oído, empezó a decir:

-Tienen razón, padre, en lo que dicen, porque...

Pero antes de que pudiera seguir, el padre dijo:

-Hijo, cuando salimos de casa, íbamos los dos andando y la mula descargada, y tú dijiste que te parecía bien. Después encontramos hombres que nos criticaron y tú montaste en la mula y dijiste que eso te parecía bien. Otros hombres volvieron a criticarnos y descendiste tú de la mula, monté yo y dijiste que te parecía bien. Hasta que nos criticaron de nuevo y montamos los dos.

Ahora dicen que hacemos mal en cargar a la mula con tanto peso y tú dices que tienen razón. Dime, ¿cómo haremos ahora para obrar a gusto de todos?

El hijo agachó la cabeza y no supo qué responder.

El padre continuó diciendo:

-Cuida de hacer siempre lo que te parezca lo mejor, sin preocuparte lo que digan los demás, que suelen hablar sin razón y sin motivo.

(Adaptación libre del ejemplo II de «El conde Lucanor», del infante don Juan Manuel).




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Los tres hijos del rey

Esto era un rey moro que tenía tres hijos. Como era ya viejo quería elegir al más listo de los tres para nombrarle su heredero.

Entonces dijo el rey moro al hijo mayor.

-Mañana, al amanecer, saldré cabalgando por mi reino. Quiero que me acompañes.

Al día siguiente se presentó el mayor en la cámara real, pero no tan temprano como le había mandado.

-Quiero vestirme -dijo el rey.

El hijo mayor buscó al criado, pero el criado no sabía qué vestido quería ponerse el rey. El mayor volvió a la cámara real y lo preguntó.

-El verde -dijo el rey.

El hijo mayor dijo al criado que el rey quería el vestido verde, pero el criado no sabía qué manto quería ponerse el rey, así que el mayor volvió a la cámara real y lo preguntó.

-El blanco -dijo el rey.

Lo mismo pasó con los pantalones y las babuchas, hasta que el criado trajo toda la ropa y ayudó a vestirse al rey. Y cuando estaba ya vestido y calzado:

-Quiero un caballo -dijo el rey.

El hijo mayor fue a las cuadras y dijo al caballerizo que preparara un caballo para el rey, pero el caballerizo no sabía qué caballo debía preparar, así que el mayor volvió a la cámara real y lo preguntó.

-El negro -dijo el rey.

El hijo mayor dijo al caballerizo que el rey quería el caballo negro, pero el caballerizo no sabía qué montura debía colocarle, así que el mayor volvió a la cámara real y lo preguntó.

-La de oro -dijo el rey.

Lo mismo pasó con las espuelas y las riendas, con la espada y el escudo.

  -71-  

Cuando ya estuvo todo dispuesto:

-Cabalga tú -dijo el rey-, recorre la ciudad y dime a la vuelta lo que hayas visto.

El hijo mayor salió de palacio, montado en el caballo negro, y acompañado por muchos caballeros y guerreros que tocaban tambores y trompetas.

-¿Qué te ha parecido? -le preguntó el rey a su regreso.

Y el hijo mayor le respondió que las trompetas y tambores que le acompañaban, metían mucho ruido.

Al día siguiente mandó llamar al hijo segundo y le hizo todas las pruebas que le había hecho al mayor, y el mediano a todo respondió lo mismo.

Al otro día mandó al hijo menor que fuese a su cuarto muy de mañana.

Y el menor madrugó y entró en la cámara real cuando el rey dormía aún y estuvo muy callado esperando hasta que despertase.

-Quiero vestirme -dijo el rey.

El hijo menor preguntó entonces por el traje que deseaba ponerse, y también por el manto, los pantalones y las babuchas y fue a buscarlos y él mismo lo trajo todo, de un solo viaje. No quiso llamar a ningún criado, sino que él también le ayudó a arreglarse.

Y cuando estaba ya vestido y calzado.

-Quiero un caballo -dijo el rey.

El hijo menor preguntó qué caballo quería que le preparase y con qué montura. También se informó del freno, las riendas, la espada y el escudo y hasta qué caballeros y soldados debían escoltarle. Y así, de una sola vez, lo preparó todo.

-Cabalga tú -dijo el rey- recorre la ciudad y dime a la vuelta lo que has visto.

El hijo menor salió de palacio, montado en un caballo blanco y acompañado por muchos caballeros y soldados, que tocaban tambores y trompetas. Hizo callar la música y vio toda la ciudad, recorriendo sus calles, visitando las murallas y subiendo a sus torres.

Cuando volvió era muy tarde.

-¿Qué te ha parecido? -le preguntó el rey.

-La ciudad es fuerte y muy rica, pero la muralla está derrumbada por la parte del río y por allí podrían entrar los enemigos... Además...

El hijo menor fue contando todo lo que había visto y oído, durante su visita a la ciudad.

El rey eligió al hijo menor como su heredero, después de comparar las señales que vio en los otros y en éste. Y, cuando subió al trono, fue un gran rey. El más poderoso de todos los reinos moros.

(Adaptación libre del ejemplo XXIV de «El conde Lucanor», del infante don Juan Manuel).





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