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Véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 44, 65 y 70.



 

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«Lo que motivó a los españoles a embarcarse en la gran aventura, lo que animaba -daba ánimo y ánima- a la muchedumbre alucinada que de las Antillas partió a todos los extremos de la tierra firme, fue el elemento mágico de los libros de caballerías que seguía operando en un pueblo enamorado de las hazañas descomunales.... La vida de Amadís de Gaula empuja al pueblo a meterse en las caravelas» (Germán Arciniegas, El continente de los siete colores [Madrid: Aguilar, 1989], pág. 170). Sobre el tema, véanse Irving Leonard, Los libros del conquistador, trad. de Mario Monteforte Toledo (México: Fondo de Cultura Económica, 1953) y Ida Rodríguez Prampolini, Amadises de América. La hazaña de Indias como empresa caballeresca, 2.ª edición revisada (Caracas: Centro de Estudios Latinoamericanos «Rómulo Gallegos», 1977).



 

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Ruth Putnam y Herbert I. Priestley, California: The Name, University of California Publications in History, 4.4 (Berkeley: University of California Press, 1917), págs. 293-365, y María Rosa Lida de Malkiel, «Para la toponimia argentina: Patagonia», Hispanic Review, 20 (1952), 321-23, comentado por Marcel Bataillon, «Acerca de los patagones: Retractatio», Filología, 8 (1962 [1964]), 27-45.



 

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Consta de las fiestas caballerescas celebradas durante su reinado, de su desafío a Francisco I de Francia (véase nota 77, supra), y del prólogo a Belianís de Grecia III-IV, que comenta el interés de Carlos V (véase nota 114, infra). También, Valladolid, donde se publicaban muchos libros (supra, nota 58), era la capital de Carlos V.

Mientras que se ha estudiado bastante ampliamente la caballería en la cultura hispánica del siglo XV (por ejemplo los estudios de Martín de Riquer, citados en mi Castilian Romances of Chivalry in the Sixteenth Century. A Bibliography, págs. 98-99; Jole Scuderi Ruggieri, Cavalleria e cortesia nella vita e nella cultura di Spagna [Modena: STEM Mucchi, 1980]) no hay ninguna visión de conjunto de lo caballeresco en la España del siglo XVI. He citado algunas fuentes en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 40-42, 70 nota 28, y 113; Tubino tiene otras fuentes, págs. 192-195, y véase la nota 77, supra, y Francisco López Estrada, «Fiestas y literatura en los Siglos de Oro: la Edad Media como asunto festivo (el caso del Quijote)», Bulletin hispanique, 84 (1982), 291-327, en la pág. 298, nota 16. Es casi seguro que los diez años que Juan de Valdés dijo que había pasado en «palacios y cortes» leyendo libros de caballerías (Diálogo de la lengua, ed. Cristina Barbolani de García [Firenze: D'Anna, 1967], pág. 96) incluyen el tiempo que pasó en la corte de Carlos V. R. O. Jones ha sugerido, en una conferencia inédita, que la abdicación de Carlos y su retiro al monasterio de Yuste pudo haberse inspirado en la abdicación de Lisuarte y su retiro al castillo de Miraflores, en Sergas de Esplandián. (Mis intentos para localizar esta conferencia han fracasado; véase D. W. Cruickshank, «Some Aspects of Spanish Book-Production in the Golden Age», The Library, 5.ª serie, 31 [1976], 1-19, en la pág. 19, y R. O. Jones, A Literary History of Spain. The Golden Age: Prose and Poetry (London: Benn, [1971], pág. 56.)



 

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Véase II, 212, 22-25; Persiles, I, 320, 9-12; los poemas celebrando a Carlos alabados durante el escrutinio de la librería (I, 106, 12-18). Cervantes rara vez menciona a otro soberano, aunque Felipe II es alabado en una de sus primeras obras, Cerco de Numancia (Comedias y entremeses, V, 124, 32).



 

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«Una reacción contra el fondo y contra la forma de esos libros se observa en el florecer que ahora inicia la prosa, principalmente en manos de los historiadores de las cosas de Indias (maravillas reales opuestas a las fantasías caballerescas)», dijo Ramón Menéndez Pidal, «El lenguaje del siglo XVI», en su La lengua de Cristóbal Colón, Colección austral, 280, 3.ª edición (Buenos Aires: Espasa-Calpe Argentina, 1947), págs. 49-87, en la pág. 65. Stephanie Merrim, en «"Un mare magno e oculto": Anatomy of Fernández de Oviedo's Historia general y natural de las Indias», Revista de Estudios Hispánicos [Puerto Rico], 11 (1984), 101-119, examina un ejemplo de una crónica que es en parte una respuesta y una sustitución de los libros de caballerías. Sebastián de Covarrubias (s.v. «fábula») establece una comparación entre los libros de caballerías y las crónicas de Indias: «Los que avéys leydo las Corónicas de las Indias, cosa que passó ayer, tan cierta y tan sabida, mirad quántas cosas ay en su descubrimiento y en su conquista, que exceden a quanto han imaginado las plumas de los vanos mentirosos que han escrito libros de cavallerías, pues éstas vendrá tiempo que les llamen fábulas y aun las tengan por tales los que fueren poco aficionados a la nación Española y para evitar ese peligro, se avía de aver defendido que ninguno las escriviera poéticamente en verso, sino conservarlas en la pureza de la verdad con que están escritas, por hombres tan graves y tan dignos de fe, sin atavío, afeyte, ni adorno ninguno». (Tesoro de la lengua castellana o española, ed. Martín de Riquer [Barcelona: Horta, 1943]).



 

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Sobre la influencia de los libros de caballerías en Montemayor, véase Maxime Chevalier, «La Diana de Montemayor y su público en la España del siglo XVI», en Creación y público en la literatura española, ed. J.-F. Botrel y S. Salaün (Madrid: Castalia, 1974), págs. 40-55.



 

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Véase mi «Does the Picaresque Novel Exist?», Kentucky Romance Quarterly, 26 (1979), 203-219.



 

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Es un tema muy amplio. Lazarillo de Tormes como héroe anticaballeresco es ahora un tópico (para referencias, Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, pág. 47, nota 31). El prolífico Feliciano de Silva desempeñó un papel importante en la introducción de elementos pastoriles en la novela (véase Sydney P. Cravens, Feliciano de Silva y los antecedentes de la novela pastoril en sus libros de caballerías [Chapel Hill: Estudios de Hispanófila, 1976]). La poesía épica del Siglo de Oro español es un tema tan amplio que su relación con los libros de caballerías está casi sin examinar (se ofrecen unas pocas notas en la tesis de Charles Philip Johnson, «Lope de Vega's Contribution to the Spanish Golden Age Epic: An Evaluation», Florida State, 1974; resumen en Dissertation Abstracts International, 35 [1974], 2993A).



 

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Citado de su Autobiografía (dictada), ed. Cándido de Dalmases, S. I., en sus Obras completas, 4.ª edición (Madrid: Católica, 1952), pág. 92. El elemento caballeresco en la juventud de Loyola es tan importante que se propuso en una ocasión que Cervantes pensaba en Loyola al crear Don Quijote (Bowle, A Letter to Dr. Percy, pág. 50). El pasaje entero de la autobiografía de Loyola, explicando el origen de su llamada religiosa, dice: «y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suelen llamar de caballerías, sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos dellos para pasar el tiempo; mas en aquella casa no se halló ninguno de los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi y un libro de la vida de los Santos en romance»,

El amor de Loyola era evidentemente caballeresco. (No se sabe a quién iba dirigido su afecto; sin embargo, las tres personas propuestas, según las anotaciones de Dalmases, pág. 92, nota 7, son mujeres que en otras ocasiones se han asociado a los libros de caballerías; véase Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 42 y 114-117.) A pesar de leer Vita Christi y la Vida de los santos, todavía pensaba «en las cosas del mundo que antes solía pensar. Y de muchas cosas vanas que se le ofrecían, una tenía tanto poseído su corazón, que se estaba luego embebido en pensar en ella dos y tres y cuatro horas sin sentirlo, imaginando lo que había de hacer en servicio de una señora, los medios que tomaría para poder ir a la tierra donde ella estaba, los motes, las palabras que le diría, los hechos de armas que haría en su servicio. Y estaba con esto tan envanecido, que no miraba cuán imposible era poderlo alcanzar; porque la señora no era de vulgar nobleza: no condesa, ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno destas» (Autobiografía, pág. 92).

La vela de las armas de Loyola, inspirada en la de Esplandián en el Libro IV de Amadís de Gaula, es su acción caballeresca más conocida: «Y fuese su camino de Monserrate, pensando, como siempre solía, en las hazañas que había de hacer por amor de Dios. Y como tenía todo el entendimiento lleno de aquellas cosas, Amadís de Gaula y de semejantes libros, veníanle algunas cosas al pensamiento semejantes a aquéllas; y así se determinó de velar sus armas toda una noche, sin sentarse ni acostarse, mas a ratos en pie y a ratos de rodillas, delante el altar de Nuestra Señora de Monserrate, adonde tenía determinado dejar sus vestidos y vestirse las armas de Cristo» (Autobiografía, pág. 100). El dejar a su montura escoger la dirección del viaje es otro ejemplo de conducta caballeresca (véase Don Quijote, I, 58, 10-11; I, 83, 11-13; I, 323, 14-15; y Espejo de príncipes y caballeros, III, 41, 12, nota): «Un moro [dijo] tales cosas de Nuestra Señora... que... le venían deseos de ir a buscar el moro y darle de puñaladas por lo que había dicho; y perseverando mucho en el combate destos deseos, a la fin quedó dubio, sin saber lo que era obligado hacer.... Y así, después de cansado de examinar lo que sería bueno hacer, no hallando cosa cierta a que se determinase, se determinó en esto, scilicet, de dejar ir a la mula con la rienda suelta hasta el lugar donde se dividían los caminos; y que si la mula fuese por el camino de la villa, él buscaría el moro y le daría de puñaladas; y si no fuese hacia la villa, sino por el camino real, dejarlo quedar» (Autobiografía, págs. 99-100). (La misma información, ocasionalmente con algún detalle adicional, en la vida de Loyola de Pedro de Rivadeneyra, en Obras escogidas de Rivadeneyra, Biblioteca de Autores Españoles, 60 [1868; reimpreso en Madrid: Hernando, 1927], págs. 14b, 17a y 18a.)

Según Pedro de Leturia, S.J., Ignacio en sus Memorias declaraba que tenía «todo el entendimiento lleno» de Amadís y semejantes libros («Loyola y Castilla», según nota un extracto de su libro El Gentilhombre Íñigo López de Mendoza en su patria y en su siglo [Barcelona: Labor, 1949], en Ignacio de Loyola en Castilla. Juventud, formación, espiritualidad, ed. Pedro de Leturia, S.J., et al. [Valladolid: Caja de Ahorros Popular de Valladolid y Provincia de Castilla de la Compañía de Jesús, 1989], págs. 11-43, en la pág. 31). También señala Leturia, págs. 16-19, la penetración de los libros de caballerías en Guipúzcoa en las postrimerías del siglo XV y primeros decenios del XVI, y en las págs. 31-34 la influencia del ambiente religioso de Amadís sobre él. Rogelio García Mateo, S.J., comenta «el ideal caballeresco en la espiritualidad de Ignacio de Loyola», y los vínculos entre la familia de los Loyola y la Orden de la Banda (capítulo 4, nota 35), en «El mundo caballeresco de Ignacio de Loyola», Archivum Historicum Societatis Iesu, 60 (1991), 5-28, y en «Orígenes del "más" ignaciano», en Ignacio de Loyola en Castilla. Juventud, formación, espiritualidad, ed. Pedro de Leturia, S.J., et al. (Valladolid: Caja de Ahorros Popular de Valladolid y Provincia de Castilla de la Compañía de Jesús, 1989), págs. 115-127. El mismo autor analiza «Ignacio de Loyola y el Amadís» en «Ignacio de Loyola y el mundo caballeresco», en Ignacio de Loyola, Magister Artium en París 1528-1535. Libro-homenaje de las Universidades del País Vasco y de la Sorbonne a Ignacio de Loyola en el V Centenario de su Nacimiento, ed. Julio Caro Baroja y Antonio Beristain (Donostia-San Sebastián: Sociedad Gipuzkoana de Ediciones y Publicaciones, 1991), págs. 293-302.

Rafael Lapesa comenta el origen militar y caballeresco de los jesuitas, llamando a Loyola «caballero andante a lo divino» (pág. 195) en «La Vida de San Ignacio del P. Ribadeneyra», Revista de Filología Española, 21 (1934), 29-50; he usado la reimpresión que figura en De la Edad Media a nuestros días de Lapesa, (Madrid: Gredos, 1967), págs. 193-211. Según el P. Sabino Sola, S.J., «En torno al castellano de San Ignacio», en El centenario ignaciano, 1556-1956, número extraordinario de Razón y fe (enero-febrero, 1956), 243-274 (que conozco sólo por medio de Robert Ricard, «Anexo sobre el lenguaje y estilo de San Ignacio», en sus Estudios de literatura religiosa española, traducido por Manuel Muñoz Cortés [Madrid: Gredos, 1964], págs. 168-172, en la pág. 168), Loyola, que era vasco, aprendió el castellano correcto leyendo libros de caballerías. Puede tener alguna utilidad el comentario de Rogelio García Mateo, S.J., «La formación cortesano-caballeresca de Ignacio de Loyola y su espiritualidad», publicado primero (según nota) en Manresa, 58 (1986), en el ya citado tomo Ignacio de Loyola en Castilla, págs. 103-114. Según el resumen publicado en Dissertation Abstracts International, 49 (1989), 3052A-3053A, la tesis de Harry Wells Fogarty, «Approaches to the Process of Personal Transformation: The Spiritual Exercises of Ignatius Loyola and Jung's Method of Active Imagination», Union Theological Seminary, 1987, analiza el influjo de Amadís de Gaula en la personalidad y visión del mundo de Loyola.



 
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