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La lozana andaluza / Francisco Delicado

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La lozana andaluza

Francisco Delicado


[Nota preliminar: presentamos una edición modernizada de La lozana andaluza de Francisco Delicado, Venecia, 1528, (edición facsímil de Antonio Pérez Gómez, Valencia, Tipografía Moderna 1950), basándonos en la edición de Bruno M. Damiani (Delicado, Francisco La lozana andaluza, Madrid, Castalia, 1984), cuya consulta recomendamos. Con el objetivo de facilitar la lectura del texto al público no especializado se opta por ofrecer una edición modernizada y eliminar las marcas de editor, asumiendo, cuando lo creemos oportuno, las correcciones, reconstrucciones y enmiendas propuestas por Damiani.]


ArribaAbajoDedicatoria

Ilustre Señor:

Sabiendo yo que vuestra señoría toma placer cuando oye hablar en cosas de amor, que deleitan a todo hombre, y máxime cuando siente decir de personas que mejor se supieron dar la manera para administrar las cosas a él pertenecientes, y porque en vuestros tiempos podéis gozar de persona que para sí y para sus contemporáneas, que en su tiempo florido fueron de esta alma ciudad, con ingenio mirable y arte muy sagaz, diligencia grande, vergüenza y conciencia, «por el cerro de Úbeda» ha administrado ella y un su pretérito criado, como abajo diremos, el arte de aquella mujer que fue en Salamanca en tiempo de Celestino segundo; por tanto he dirigido este retrato a vuestra señoría para que su muy virtuoso semblante me dé favor para publicar el retrato de la señora Lozana. Y mire vuestra señoría que solamente diré lo que oí y vi, con menos culpa que Juvenal, pues escribió lo que en su tiempo pasaba; y si, por tiempo, alguno se maravillare que me puse a escribir semejante materia, respondo por entonces que epistola enim non erubescit, y asimismo que es pasado el tiempo que estimaban los que trabajaban en cosas meritorias. Y como dice el cronista Fernando del Pulgar, «así daré olvido al dolor», y también por traer a la memoria muchas cosas que en nuestros tiempos pasan, que no son laude a los presentes ni espejo a los a venir. Y así vi que mi intención fue mezclar natura con bemol, pues los santos hombres por más saber, y otras veces por desenojarse, leían libros fabulosos y cogían entre las flores las mejores. Y pues todo retrato tiene necesidad de barniz, suplico a vuestra señoría se lo mande dar, favoreciendo mi voluntad, encomendando a los discretos lectores el placer y gasajo que de leer a la señora Lozana les podrá suceder.




ArribaAbajoArgumento en el cual se contienen todas las particularidades que ha de haber en la presente obra

Decirse ha primero la ciudad, patria y linaje, ventura, desgracia y fortuna, su modo, manera y conversación, su trato, plática y fin, porque solamente gozará de este retrato quien todo lo leyere.

Protesta el autor que ninguno quite ni añada palabra ni razón ni lenguaje, porque aquí no compuse modo de hermoso decir, ni saqué de otros libros, ni hurté elocuencia, porque: para decir la verdad, poca elocuencia basta, como dice Séneca; ni quise nombre, sino que quise retraer muchas cosas retrayendo una, y retraje lo que vi que se debería retraer, y por esta comparación que se sigue verán que tengo razón.

Todos los artífices que en este mundo trabajan desean que sus obras sean más perfectas que ningunas otras que jamás fuesen. Y vese mejor esto en los pintores que no en otros artífices, porque cuando hacen un retrato procuran sacarlo del natural, y a esto se esfuerzan, y no solamente se contentan de mirarlo y cotejarlo, mas quieren que sea mirado por los transeúntes y circunstantes, y cada uno dice su parecer, mas ninguno toma el pincel y emienda, salvo el pintor que oye y ve la razón de cada uno, y así emienda, cotejando también lo que ve más que lo que oye; lo que muchos artífices no pueden hacer, porque después de haber cortado la materia y dádole forma, no pueden sin pérdida emendar. Y porque este retrato es tan natural, que no hay persona que haya conocido la señora Lozana en Roma o fuera de Roma que no vea claro ser sacado de sus actos y meneos y palabras; y asimismo porque yo he trabajado de no escribir cosa que primero no sacase en mi dechado la labor, mirando en ella o a ella. Y viendo, vi mucho mejor que yo ni otro podrá escribir, y diré lo que dijo Eschines, filósofo, leyendo una oración o proceso que Demóstenes había hecho contra él; no pudiendo exprimir la mucha más elocuencia que había en el dicho Demóstenes, dijo: «¿Qué haría si oyerais a él?», Quid si ipsam audissetis bestiam? Y por eso vendrá en fábula mucho más sabia la Lozana que no mostraba, y viendo yo en ella muchas veces manera y saber que bastaba para cazar sin red, y enfrenar a quien mucho pensaba saber, sacaba lo que podía, para reducir a memoria, que en otra parte más alta que una picota fuera mejor retraída que en la presente obra; y porque no le pude dar mejor matiz, no quiero que ninguno añada ni quite; que si miran en ello, lo que al principio falta se hallará al fin, de modo que, por lo poco, entiendan lo mucho más ser como deducción de canto llano; y quien al contrario hiciere, sea siempre enamorado y no querido, amén.






ArribaAbajoParte I

Comienza la historia o retrato sacado del jure cevil1 natural de la señora Lozana; compuesto en el año mil quinientos veinticuatro, a treinta días del mes de junio, en Roma, alma ciudad; y como había de ser partido en capítulos, va por mamotretos, porque en semejante obra mejor conviene



ArribaAbajoMamotreto I

La señora Lozana fue natural compatriota de Séneca, y no menos en su inteligencia y resaber, la cual desde su niñez tuvo ingenio y memoria y vivez grande, y fue muy querida de sus padres por ser aguda en servirlos y contentarlos. Y muerto su padre, fue necesario que acompañase a su madre fuera de su natural, y esta fue la causa que supo y vio muchas ciudades, villas y lugares de España, que ahora se le recuerdan de casi el todo, y tenía tanto intelecto, que casi excusaba a su madre procurador para sus negocios. Siempre que su madre le mandaba ir o venir, era presta, y como pleiteaba su madre, ella fue en Granada mirada y tenida por solicitadora perfecta y pronosticada futura. Acabado el pleito, y no queriendo tornar a su propia ciudad, acordaron de morar en Jerez y pasar por Carmona. Aquí la madre quiso mostrarle tejer, el cual oficio no se le dio así como el urdir y tramar, que le quedaron tanto en la cabeza, que no se le han podido olvidar. Aquí conversó con personas que la amaban por su hermosura y gracia; asimismo, saltando una pared sin licencia de su madre, se le derramó la primera sangre que del natural tenía. Y muerta su madre, y ella quedando huérfana, vino a Sevilla, donde halló una su parienta, la cual le decía: «Hija, sed buena, que ventura no os faltará»; y asimismo le demandaba de su niñez, en qué era estada criada, y qué sabía hacer, y de qué la podía loar a los que a ella conocían. Entonces respondíale de esta manera: «Señora tía, yo quiero que vuestra merced vea lo que sé hacer, que cuando era vivo mi señor padre, yo le guisaba guisadicos que le placían, y no solamente a él, mas a todo el parentado, que, como estábamos en prosperidad, teníamos las cosas necesarias, no como ahora, que la pobreza hace comer sin guisar, y entonces las especias, y ahora el apetito; entonces estaba ocupada en agradar a los míos, y ahora a los extraños».




ArribaAbajoMamotreto II

Responde la tía y prosigue


[TÍA.-]  Sobrina, más ha de los años treinta que yo no vi a vuestro padre, porque se fue niño, y después me dijeron que se casó por amores con vuestra madre, y en vos veo yo que vuestra madre era hermosa.

LOZANA.-  ¿Yo, señora? Pues más parezco a mi abuela que a mi señora madre, y por amor de mi abuela me llamaron a mí Aldonza, y si esta mi abuela vivía, sabía yo más que no sé, que ella me mostró guisar, que en su poder aprendí hacer fideos empanadillas, alcuzcuz con garbanzos, arroz entero, seco, graso, albondiguillas redondas y apretadas con culantro verde, que se conocían las que yo hacía entre ciento. Mirá, señora tía, que su padre de mi padre decía: «¡Éstas son de mano de mi hija Aldonza!» Pues, ¿adobado no hacía? Sobre que cuantos traperos había en la cal de la Heria querían probarlo, y máxime cuando era un buen pecho de carnero. Y ¡qué miel! Pensá, señora, que la teníamos de Adamuz, y zafrán de Peñafiel, y lo mejor del Andalucía venía en casa de esta mi abuela. Sabía hacer hojuelas, prestiños, rosquillas de alfajor, testones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, sopaipas, hojaldres, hormigos torcidos con aceite, talvinas, zahínas y nabos sin tocino y con comino; col murciana con alcaravea, y «olla reposada no la comía tal ninguna barba». Pues boronía ¿no sabía hacer?: ¡por maravilla! Y cazuela de berenjenas mojíes en perfección; cazuela con su ajico y cominico, y saborcico de vinagre, esta hacía yo sin que me la vezasen. Rellenos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado con limón ceutí. Y cazuelas de pescado cecial con oruga, y cazuelas moriscas por maravilla, y de otros pescados que serían luengo de contar. Letuarios de arrope para en casa, y con miel para presentar, como eran de membrillos, de cantueso, de uvas, de berenjenas, de nueces y de la flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y de hierbabuena, para quien pierde el apetito. Pues ¿ollas en tiempo de ayuno? Estas y las otras ponía yo tanta hemencia en ellas, que sobrepujaba a Platina, De voluptatibus, y a Apicio Romano, De re coquinaria, y decía esta madre de mi madre: «Hija Aldonza, la olla sin cebolla es boda sin tamborín». Y si ella me viviera, por mi saber y limpieza (dejemos estar hermosura), me casaba, y no salía yo acá por tierras ajenas con mi madre, pues me quedé sin dote, que mi madre me dejó solamente una añora con su huerto, y saber tramar, y esta lanzadera para tejer cuando tenga premideras.

TÍA.-  Sobrina, esto que vos tenéis y lo que sabéis será dote para vos, y vuestra hermosura hallará ajuar cosido y zurcido, que no os tiene Dios olvidada, que aquel mercader que vino aquí ayer me dijo que, cuando torne, que va a Cádiz, me dará remedio para que vos seáis casada y honrada, mas querría él que supieses labrar.

LOZANA.-  Señora tía, yo aquí traigo el alfiletero, mas ni tengo aguja ni alfiler, que dedal no faltaría para apretar, y por eso, señora tía, si vos queréis, yo le hablaré antes que se parta, porque no pierda mi ventura, siendo huérfana.



ArribaAbajoMamotreto III

Prosigue la Lozana y pregunta a la tía


[LOZANA.-]  ¿Señora tía, es aquel que está paseándose con aquel que suena los órganos? ¡Por su vida, que lo llame! ¡Ay, cómo es dispuesto! ¡Y qué ojos tan lindos! ¡Qué ceja partida! ¡Qué pierna tan seca y enjuta! ¿Chinelas trae? ¡Qué pie para galochas y zapatilla zeyena! Querría que se quitase los guantes por verle qué mano tiene. Acá mira. ¿Quiere vuestra merced que me asome?

TÍA.-  No, hija, que yo quiero ir abajo, y él me vendrá a hablar, y cuando él estará abajo, vos vendréis. Si os hablare, abajá la cabeza y pasaos y, si yo os dijere que le habléis, vos llegá cortés y hacé una reverencia y, si os tomare la mano retraeos hacia atrás, porque, como dicen: «muestra a tu marido el copo, mas no del todo». Y de esta manera él dará de sí, y veremos qué quiere hacer.

LOZANA.-  ¿Veislo? Viene acá.

MERCADER.-  Señora, ¿qué se hace?

TÍA.-  Señor, serviros, y mirar en vuestra merced la lindeza de Diomedes el Raveñano.

MERCADER.-  Señora, ¡pues así me llamo yo, madre mía! Yo querría ver aquella vuestra sobrina. Y por mi vida que será su ventura, y vos no perderéis nada.

TÍA.-  Señor, está revuelta y mal aliñada, mas porque vea vuestra merced cómo es dotada de hermosura, quiero que pase aquí abajo su telar y verala cómo teje.

DIOMEDES.-  Señora mía, pues sea luego.

TÍA.-  ¡Aldonza! ¡Sobrina! ¡Descíos2 acá, y veréis mejor!

LOZANA.-  Señora tía, aquí veo muy bien, aunque tengo la vista cordobesa, salvo que no tengo premideras.

TÍA.-  Descí3, sobrina, que este gentilhombre quiere que le tejáis un tejillo, que proveeremos de premideras. Vení aquí, hacé una reverencia a este señor.

DIOMEDES.-  ¡Oh, qué gentil dama! Mi señora madre, no la deje ir, y suplícole que le mande que me hable.

TÍA.-  Sobrina, respondé a ese señor, que luego torno.

DIOMEDES.-  Señora, su nombre me diga.

LOZANA.-  Señor, sea vuestra merced de quien mal lo quiere. Yo me llamo Aldonza, a servicio y mandado de nuestra merced.

DIOMEDES.-  ¡Ay, ay! ¡Qué herida! Que de vuestra parte cualque vuestro servidor me ha dado en el corazón con una saeta dorada de amor.

LOZANA.-  No se maraville vuestra merced, que cuando me llamó que viniese abajo, me parece que vi un muchacho, atado un paño por la frente, y me tiró no sé con qué. En la teta izquierda me tocó.

DIOMEDES.-  Señora, es tal ballestero, que de un mismo golpe nos hirió a los dos. Ecco adonque due anime in uno core. ¡Oh, Diana! ¡Oh, Cupido! ¡Socorred el vuestro siervo! Señora, si no remediamos con socorro de médicos sabios, dudo la sanidad, y pues yo voy a Cádiz, suplico a vuestra merced se venga conmigo.

LOZANA.-  Yo, señor, vendré a la fin del mundo, mas deje subir a mi tía arriba y, pues quiso mi ventura, seré siempre vuestra más que mía.

TÍA.-  ¡Aldonza! ¡Sobrina! ¿Qué hacéis? ¿Dónde estáis? ¡Oh, pecadora de mí! El hombre deja el padre y la madre por la mujer, y la mujer olvida por el hombre su nido. ¡Ay, sobrina! Y si mirara bien en vos, viera que me habíais de burlar, mas no tenéis vos la culpa, sino yo, que teniendo la yesca, busqué el eslabón. ¡Mirá qué pago, que si miro en ello, ella misma me hizo alcahueta! ¡Va, va, que en tal pararás!



ArribaAbajoMamotreto IV

Prosigue el autor


[AUTOR.-]  Juntos a Cádiz, y sabido por Diomedes a qué sabía su señora, si era concho o veramente asado, comenzó a imponerla según que para luengos tiempos durasen juntos; y viendo sus lindas carnes y lindeza de persona, y notando en ella la agudeza que la patria y parentado le habían prestado, de cada día le crecía el amor en su corazón, y así determinó que no dejarla. Y pasando él en Levante con mercancía4, que su padre era uno de los primos mercaderes de Italia, llevó consigo a su muy amada Aldonza, y de todo cuanto tenía la hacía partícipe; y ella muy contenta, viendo en su caro amador Diomedes todos los géneros y partes de gentilhombre, y de hermosura en todos sus miembros, que le parecía a ella que la natura no se había reservado nada que en su caro amante no hubiese puesto. Y por esta causa, miraba de ser ella presta a toda su voluntad, y como él era único entre los otros mercadantes, siempre en su casa había concurso de personas gentiles y bien criadas, y como veían que a la señora Aldonza no le faltaba nada, que sin maestro tenía ingenio y saber, y notaba las cosas mínimas por saber y entender las grandes y arduas, holgaban de ver su elocuencia; y a todos sobrepujaba, de modo que ya no había otra en aquellas partes que en más fuese tenida, y era dicho entre todos de su lozanía, así en la cara como en todos sus miembros. Y viendo que esta lozanía era de su natural, quedoles en fábula que ya no entendían por su nombre Aldonza, salvo la Lozana; y no solamente entre ellos, mas entre las gentes de aquellas tierras decían la Lozana por cosa muy nombrada. Y si mucho sabía en estas partes, mucho más supo en aquellas provincias, y procuraba de ver y saber cuanto a su facultad pertenecía. Siendo en Rodas, su caro Diomedes le preguntó:

Mi señora, no querría se os hiciese de mal venir a Levante, porque yo me tengo de disponer a servir y obedecer a mi padre, el cual manda que vaya en Levante, y andaré toda la Berbería, y principalmente donde tenemos trato, que me será fuerza de demorar y no tornar tan presto como yo querría, porque solamente en estas ciudades que ahora oiréis tengo de estar años, y no meses, como será en Alejandría, en Damasco, Damiata, en Barut, en parte de la Soria, en Chiple, en el Caire y en el Chío, en Constantinópoli, en Corintio, en Tesalia, en Boecia, en Candía, a Venecia y Flandes, y en otras partes que vos, mi señora, veréis si queréis tenerme compañía.

LOZANA.-  ¿Y cuándo quiere vuestra merced que partamos? ¡Porque yo no delibro de volver a casa por el mantillo!

Vista por Diomedes la respuesta y voluntad tan sucinta que le dio con palabras antipensadas, mucho se alegró y suplicola que se esforzase a no dejarlo por otro hombre, que él se esforzaría a no tomar otra por mujer que a ella. Y todos dos, muy contentos, se fueron en Levante y por todas las partidas que él tenía sus tratos, y fue de él muy bien tratada y de sus servidores y siervas muy bien servida y acatada. Pues ¿de sus amigos no era acatada y mirada? Vengamos a que, andando por estas tierras que arriba dijimos, ella señoreaba y pensaba que jamás le había de faltar lo que al presente tenía y, mirando su lozanía, no estimaba a nadie en su ser y en su hermosura y pensó que, en tener hijos de su amador Diomedes, había de ser banco perpetuo para no faltar a su fantasía y triunfo, y que aquello no le faltaría en ningún tiempo. Y siendo ya en Candía, Diomedes le dijo:

[DIOMEDES.-]  Mi señora Aldonza, ya vos veis que mi padre me manda que me vaya en Italia. Y como mi corazón se ha partido en dos partes, la una en vos, que no quise así bien a criatura, y la otra en vuestros hijos, los cuales envié a mi padre; y el deseo me tira, que a vos amo, y a ellos deseo ver; a mí me fuerza la obediencia suya, y a vos no tengo de faltar, yo determino de ir a Marsella, y de allí ir a dar cuenta a mi padre y hacer que sea contento que yo vaya otra vez en España, y allí me entiendo casar con vos. Si vos sois contenta, vení conmigo a Marsella, y allí quedaréis hasta que yo torne; y vista la voluntad de mi padre y el amor que tiene a vuestros hijos, haré que sea contento con lo que yo le dijere. Y así veremos en nuestro fin deseado.

LOZANA.-  Mi señor, yo iré de muy buena voluntad donde vos, mi señor, me mandareis; que no pienso en hijos, ni en otra cosa que dé fin a mi esperanza, sino en vos, que sois aquélla; y por esto os demando de merced que dispongáis de mí a vuestro talento, que yo tengo siempre de obedecer.

Así vinieron en Marsella y, como su padre de Diomedes supo, por sus espías, que venía con su hijo Diomedes Aldonza, madre de sus hijos, vino él en persona, muy disimulado, amenazando a la señora Aldonza. Mas ya Diomedes le había rogado que fuese su nombre Lozana, pues que Dios se lo había puesto en su formación, que mucho más le convenía que no Aldonza, que aquel nombre, Lozana, sería su ventura para el tiempo por venir. Ella consintió en todo cuanto Diomedes ordenó. Y estando un día Diomedes para se partir a su padre, fue llevado en prisión a instancia de su padre, y ella, madona Lozana, fue despojada en camisa, que no salvó sino un anillo en la boca. Y así fue dada a un barquero que la echase en la mar, al cual dio cien ducados el padre de Diomedes, porque ella no pareciese; el cual, visto que era mujer, la echó en tierra y, movido a piedad, le dio un su vestido que se cubriese. Y viéndose sola y pobre, y a qué la había traído su desgracia, pensar puede cada uno lo que podía hacer y decir de su boca, encendida de mucha pasión. Y sobre todo se daba de cabezadas, de modo que se le siguió una gran jaqueca, que fue causa que le viniese a la frente una estrella, como abajo diremos. Finalmente, su fortuna fue tal, que vio venir una nao que venía a Liorna y, siendo en Liorna, vendió su anillo, y con él fue hasta que entró en Roma.



ArribaAbajoMamotreto V

Cómo se supo dar la manera para vivir, que fue menester que usase audacia pro sapientia


Entrada la señora Lozana en la alma ciudad y proveída de súbito consejo, pensó: «Yo sé mucho; si ahora no me ayudo en que sepan todos, mi saber será ninguno». Y siendo ella hermosa y habladera, y decía a tiempo, y tenía gracia en cuanto hablaba, de modo que embaía a los que la oían. Y como era plática y de gran conversación, y habiendo siempre sido en compañía de personas gentiles, y en mucha abundancia, y viéndose que siempre fue en grandes riquezas y convites y gastos, que la hacían triunfar, decía entre sí: «Si esto me falta seré muerta, que siempre oí decir que el cebo usado es el provechoso». Y como ella tenía gran ver e ingenio diabólico y gran conocer, y en ver un hombre sabía cuánto valía, y qué tenía, y qué la podía dar, y qué le podía ella sacar. Y miraba también cómo hacían aquellas que entonces eran en la ciudad, y notaba lo que le parecía a ella que le había de aprovechar, para ser siempre libre y no sujeta a ninguno, como después veremos. Y, acordándose de su patria, quiso saber luego quién estaba aquí de aquella tierra y, aunque fuesen de Castilla, se hacía ella de allá por parte de un su tío, y si era andaluz, mejor, y si de Turquía, mejor, por el tiempo y señas que de aquella tierra daba, y embaucaba a todos con su gran memoria. Halló aquí de Alcalá la Real, y allí tenía ella una prima, y en Baena otra, en Luque y en la Peña de Martos, natural parentela. Halló aquí de Arjona y Arjonilla y de Montoro, y en todas estas partes tenía parientas y primas, salvo que en la Torredonjimeno que tenía una entenada, y pasando con su madre a Jaén, posó en su casa, y allí fueron los primeros grañones que comió con huesos de tocino. Pues, como daba señal de la tierra, halló luego quien la favoreció, y diéronle una cámara en compañía de unas buenas mujeres españolas. Y otro día hizo quistión con ellas sobre un jarillo, y echó las cuatro las escaleras abajo; y fuese fuera, y demandaba por Pozo Blanco, y procuró entre aquellas camiseras castellanas cualque estancia o cualque buena compañía. Y como en aquel tiempo estuviese en Pozo Blanco una mujer napolitana con un hijo y dos hijas, que tenía por oficio hacer solimán y blanduras y afeites y cerillas, y quitar cejas y afeitar novias, y hacer mudas de azúcar candi y agua de azofaifas y, cualque vuelta, apretaduras, y todo lo que pertenecía a su arte tenían sin falta, y lo que no sabían se lo hacían enseñar de las judías, que también vivían con esta plática, como fue Mira, la judía que fue de Murcia, Engracia, Perla, Jamila, Rosa, Cufa, Cintia y Alfarutia, y otra que se decía la judía del vulgo, que era más plática y tenía más conversación. Y habéis de notar que pasó a todas éstas en este oficio, y supo más que todas, y diole mejor la manera, de tal modo, que en nuestros tiempos podemos decir que no hay quien use el oficio mejor ni gane más que la señora Lozana, como abajo diremos, que fue entre las otras como Avicena entre los médicos. Non est mirum acutissima patria.




ArribaAbajoMamotreto VI

Cómo en Pozo Blanco, en casa de una camisera, la llamaron


 

Una sevillana, mujer viuda, la llamó a su casa, viéndola pasar, y le demandó:

 

[SEVILLANA.-]  Señora mía, ¿sois española? ¿Qué buscáis?

LOZANA.-  Señora, aunque vengo vestida a la ginovesa, soy española y de Córdoba.

SEVILLANA.-  ¿De Córdoba? ¡Por vuestra vida, ahí tenemos todas parientes! ¿Y a qué parte morabais?

LOZANA.-  Señora, a la Cortiduría.

SEVILLANA.-  ¡Por vida vuestra, que una mi prima casó ahí con un cortidor rico! ¡Así goce de vos, que quiero llamar a mi prima Teresa de Córdoba, que os vea!

¡Mencía, hija! Va, llama a tu tía y a Beatriz de Baeza y Marina Hernández, que traigan sus costuras y se vengan acá.

Decime, señora, ¿cuánto ha que viniste?

LOZANA.-  Señora, ayer de mañana.

SEVILLANA.-  Y ¿dónde dormiste?

LOZANA.-  Señora, demandando de algunas de la tierra, me fue mostrada una casa donde están siete o ocho españolas. Y como fui allá, no me querían acoger, y yo venía cansada, que me dijeron que el Santo Padre iba a encoronarse. Yo, por verlo, no me curé de comer.

SEVILLANA.-  ¿Y vístelo, por mi vida?

LOZANA.-  Tan lindo es, y bien se llama León décimo, que así tiene la cara.

SEVILLANA.-  Y bien, ¿diéronnos algo aquellas españolas a comer?

LOZANA.-  Mirá qué bellacas, que ni me quisieron ir a demostrar la plaza. Y en esto vino una que, como yo dije que era de los buenos de su tierra, fueme por de comer, y después fue conmigo a enseñarme los señores. Y como supieron quién yo y los míos eran, que mi tío fue muy conocido, que cuando murió le hallaron en las manos los callos tamaños, de la vara de la justicia, luego me mandaron dar aposento. Y envió conmigo su mozo, y Dios sabe que no osaba sacar las manos afuera por no ser vista, que traigo estos guantes, cortadas las cabezas de los dedos, por las encubrir.

SEVILLANA.-  ¡Mostrad, por mi vida, quitad los guantes! ¡Viváis vos en el mundo y aquel Criador que tal crió! ¡Lograda y engüerada seáis, y la bendición de vuestros pasados os venga! Cubridlas, no las vea mi hijo, y acabáme de contar cómo os fue.

LOZANA.-  Señora mía, aquel mozo mandó a la madre que me acogiese y me diese buen lugar, y la puta vieja barbuda, estrellera, dijo: «¿No veis que tiene grañimón?» Y ella, que es estada mundaria toda su vida, y ahora que se vio harta y quita de pecado, pensó que, porque yo traigo la toca baja y ligada a la ginovesa, y son tantas las cabezadas que me he dado yo misma, de un enojo que he habido, que me maravillo cómo soy viva; que como en la nao no tenía médico ni bien ninguno, me ha tocado entre ceja y ceja, y creo que me quedará señal.

SEVILLANA.-  No será nada, por mi vida. Llamaremos aquí un médico que la vea, que parece una estrellica.



ArribaAbajoMamotreto VII

Cómo vienen las parientas y les dice la Sevillana


[SEVILLANA.-]  Norabuena vengáis. Así goce yo de todas, que os asentéis y oiréis a esta señora que ayer vino y es de nuestra tierra.

BEATRIZ.-  Bien se le parece, que así son todas frescas, graciosas y lindas, como ella, y en su lozanía se ve que es de nuestra tierra.

¿Cuánto ha, señora mía, que saliste de Córdoba?

LOZANA.-  Señora, de once años fui con mi señora a Granada, que mi padre nos dejó una casa en pleito por ser él muy putañero y jugador, que jugara el sol en la pared.

SEVILLANA.-  ¡Y duelos le vinieron! ¿Teniendo hijas doncellas, jugaba?

LOZANA.-  ¡Y qué hijas! Tres éramos y traíamos zarcillos de plata. Y yo era la mayor; fui festejada de cuantos hijos de caballeros hubo en Córdoba, que de aquéllos me holgaba yo. Y esto puedo jurar, que desde chiquita me comía lo mío, y en ver hombre se me desperezaba y me quisiera ir con alguno, sino que no me lo daba la edad; que un hijo de un caballero nos dio unas arracadas muy lindas, y mi señora se las escondió porque no se las jugase, y después las vendió ella para vezar a las otras a labrar, que yo ni sé labrar ni coser y el filar se me ha olvidado.

CAMISERA.-  Pues, ¡guayas de mi casa!, ¿de qué vivís?

LOZANA.-  ¿De qué, señora? Sé hacer alheña y mudas y tez de cara, que aprendí en Levante, sin lo que mi madre me mostró.

CAMISERA.-  ¿Que sois estada en Levante? ¡Por mi vida, yo pensé que veníais de Génova!

LOZANA.-  ¡Ay, señoras! Os contaré maravillas. Dejame ir a verter aguas que, como eché aquellas putas viejas alcoholadas por las escaleras abajo, no me paré a mis necesidades. Y estaba allí una beata de Lara, el coño puto y el ojo ladrón, que creo hizo pasto a cuantos brunetes van por el mar Océano.

CAMISERA.-  ¿Y qué os hizo?

LOZANA.-  No quería que me lavase con el agua de su jarrillo. Y estaba allí otra abacera, que de su tierra acá no vino mayor rabanera, villana, tragasantos, que dice que viene aquí por una bula para una ermita, y trae consigo un hermano fraile de la Merced que tiene una nariz como asa de cántaro y el pie como remo de galera, que anoche la vino a acompañar, ya tarde, y esta mañana, en siendo de día, la demandaba; y enviésela lo más presto que pude, rodando. Y, por el Dios que me hizo, que, si me hablara, que estaba determinada comerle las sonaderas porque me pareciera. Y viniéndome para acá, estaban cuatro españoles allí, cabe una grande plaza, y tenían muchos dineros de plata en la mano, y díjome el uno: «Señora, ¿quereisnos contentar a todos y tomá?» Yo presto les respondí. ¡Sí me entendieron!

CAMISERA.-  ¿Qué, por mi vida? ¡Así gocéis!

LOZANA.-  Díjeles: «Hermanos, no hay cebada para tantos asnos». Y perdoname, que luego torno, que me meo toda.

BEATRIZ.-  Hermana, ¿viste tal hermosura de cara y tez? ¡Si tuviese asiento para los antojos! Mas creo que, si se cura, que sanará.

TERESA HERNÁNDEZ.-  ¡Andá ya, por vuestra vida, no digáis! Súbele más de mitad de la frente; quedará señala para cuanto viviere. ¿Sabéis qué podía ella hacer? Que aquí hay en Campo de Flor muchos de aquellos charlatanes que sabrían medicarla por abajo de la banda izquierda.

CAMISERA.-  ¡Por vida de vuestros hijos, que bien decís! Mas, ¿quién se lo osará decir?

TERESA.-  Eso de quién, yo hablando, hablando, se lo diré.

BEATRIZ.-  ¡Ay, prima Hernández, no lo hagáis, que nos deshonrará como a mal pan! ¿No veis qué labia y qué osadía que tiene y qué decir? Ella se hará a la usanza de la tierra, que verá lo que le cumple. No querría sino saber de ella si es confesa, porque hablaríamos sin miedo.

TERESA.-  ¿Y eso me decís? Aunque lo sea, se hará cristiana linda.

BEATRIZ.-  Dejemos hablar a Teresa de Córdoba, que ella es burlona y se lo sacará.

TERESA.-  Mirá en qué estáis. Digamos que queremos torcer hormigos o hacer alcuzcuz, y si los sabe torcer, ahí veremos si es de nobis, y si los tuerce con agua o con aceite.

BEATRIZ.-  Viváis vos, que más sabéis que todas. No hay peor cosa que confesa necia.

SEVILLANA.-  Los cabellos os sé decir que tiene buenos.

BEATRIZ.-  ¿Pues no veis que dice que había doce años que jamás le pusieron garvín ni albanega, sino una princeta labrada, de seda verde, a usanza de Jaén?

TERESA.-  Hermana, Dios me acuerde para bien, que por sus cabellos me he acordado, que cien veces os lo he querido decir: ¿Acordaisos el otro día, cuando fuimos a ver la parida, si viste aquélla que la servía, que es madre de una que vos bien sabéis?

CAMISERA.-  Ya os entiendo: mi hijo le dio una camisa de oro labrada, y las bocas de las mangas con oro y azul. ¿Y es aquélla su madre? Más moza parece que la hija. ¡Y qué cabellos rubios que tenía!

TERESA.-  ¡Hi, hi! ¡Por el paraíso de quien acá os dejó, que son alheñados por cubrir la nieve de las navidades! Y las cejas se tiñe cada mañana, ya que el lunar postizo es porque, si miráis en él, es negro y unos días más grande que otros; y los pechos, llenos de paños para hacer tetas; y, cuando sale, lleva más dijes que una negra, y el tocado muy plegado por henchir la cara, y piensa que todos la miran, y a cada palabra su reverencia; y, cuando se asienta, no parece sino depósito mal pintado. Y siempre va con ella la otra Marijorríquez, la regatera, y la cabrera, que tiene aquella boca que no parece sino tragacaramillos, que es más vieja que Satanás; y sálense de noche de dos en dos, con sombreros, por festejadas, y no se osan descubrir, que no vean el ataúd carcomido.

BEATRIZ.-  Decime, prima, ¡mucho sabéis vos!, que yo soy una boba que no paro mientes en nada de todo eso.

TERESA.-  Dejame decir, que así dicen ellas de nosotras cuando nos ven que vamos a la estufa o veníamos: «¡Veis las camiseras, son de Pozo Blanco, y batículo llevan!» Osadas, que no van tan espeso a misa, y no se miran a ellas, que son putas públicas. ¿Y cuándo vieron ellas confesas putas y devotas? Ciento entre una.

CAMISERA.-  Dejá eso y notá que me dijo esta forastera que tenía un tío que murió con los callos en las manos, de la vara de la justicia, y debía de ser que sería cortidor.

TERESA.-  Callá, que viene; si no, será peor que con las otras que echó a rodar.



ArribaAbajoMamotreto VIII

Cómo torna la Lozana y pregunta


[LOZANA.-]  Señoras, ¿en qué habláis, por mi vida?

TERESA.-  En que, para mañana, querríamos hacer unos hormigos torcidos.

LOZANA.-  ¿Y tenéis culantro verde? Pues dejá hacer a quien, de un puño de buen harina y tanto aceite, si lo tenéis bueno, os hará una almofía llena, que no los olvidéis aunque muráis.

BEATRIZ.-  Prima, así gocéis, que no son de perder. Toda cosa es bueno probar, cuanto más pues que es de tan buena maestra, que, como dicen: «la que las sabe las tañe». (¡Por tu vida, que es de nostris!)

Señora, sentaos, y decinos vuestra fortuna cómo os ha corrido por allá por Levante.

LOZANA.-  Bien, señoras, si el fin fuera como el principio; mas no quiso mi desdicha, que podía yo parecer delante a otra que fuera en todo el mundo de belleza y bienquista, delante a cuantos grandes señores me conocían, querida de mis esclavas, de los de mi casa toda, que a la maravilla me querían ver cuantos de acá iban. Pues oírme hablar, no digo nada; que ahora este duelo de la cara me afea, y por maravilla venían a ver mis dientes, que creo que mujer nacida tales los tuvo, porque es cosa que podéis ver, bien que me veis así muy cubierta de vergüenza, que pienso que todos me conocen. Y cuando sabréis cómo ha pasado la cosa, os maravillaréis, que no me faltaba nada, y ahora no es por mi culpa, sino por mi desventura. Su padre de un mi amante, que me tenía tan honrada, vino a Marsella, donde me tenía para enviarme a Barcelona, a que lo esperase allí en tanto que él iba a dar la cuenta a su padre; y por mis duelos grandes, vino el padre primero, y a él echó en prisión, y a mi me tomó y me desnudó fin a la camisa, y me quitó los anillos, salvo uno, que yo me metí en la boca, y mandome echar en la mar a un marinero, el cual me salvó la vida viéndome mujer, y posome en tierra, y así vinieron unos de una nao, y me vistieron y me trajeron a Liorna.

CAMISERA.-  ¡Y mala entrada le entre al padre de ese vuestro amigo! ¿Y si mató vuestros hijos también, que le habíais enviado?

LOZANA.-  Señora, no, que los quiere mucho; mas porque lo quería casar a este su hijo, a mí me mandó de aquella manera.

BEATRIZ.-  ¡Ay, lóbrega de vos, amiga mía! ¿Y todo eso habéis pasado?

LOZANA.-  Pues no es la mitad de lo que os diré, que tomé tanta malenconía, que daba con mi cabeza por tierra, y porrazos me he dado en esta cara que me maravillo que esta jaqueca no me ha cegado.

CAMISERA.-  ¡Ay, ay! ¡Guayosa de vos! ¿Cómo no sois muerta?

LOZANA.-  No quiero deciros más porque el llorar me mata, pues que soy venida a tierra que no faltará de qué vivir, que ya he vendido el anillo en nueve ducados, y di dos al harriero, y con estos otros me remediaré si supiese hacer melcochas o mantequillas.



ArribaAbajoMamotreto IX

Una pregunta que hace la Lozana para informarse


[LOZANA.-]  Decime, señoras mías, ¿sois casadas?

BEATRIZ.-  Señora, sí.

LOZANA.-  Y vuestros maridos, ¿en qué entienden?

TERESA.-  El mío es cambiador, y el de mi prima, lencero, y el de esa señora que está cabo vos, es borceguinero.

LOZANA.-  ¡Vivan en el mundo! ¿Y casaste aquí o en España?

BEATRIZ.-  Señora, aquí. Mi hermana la viuda vino casada con un trapero rico.

LOZANA.-  ¿Y cuánto ha que estáis aquí?

BEATRIZ.-  Señora mía, desde el año que se puso la Inquisición.

LOZANA.-  Decime, señoras mías, ¿hay aquí judíos?

BEATRIZ.-  Muchos, y amigos nuestros; si hubiereis menester algo de ellos, por amor de nosotras os harán honra y cortesía.

LOZANA.-  ¿Y tratan con los cristianos?

BEATRIZ.-  Pues, ¿no los sentís?

LOZANA.-  ¿Y cuáles son?

BEATRIZ.-  Aquellos que llevan aquella señal colorada.

LOZANA.-  ¿Y ellas llevan señal?

BEATRIZ.-  Señora, no; que van por Roma adobando novias y vendiendo solimán labrado y aguas para la cara.

LOZANA.-  Eso querría yo ver.

BEATRIZ.-  Pues id vos allí a casa de una Napolitana, mujer de Jumilla, que mora aquí arriba en Calabraga, que ella y sus hijas lo tienen por oficio y aun creo que os dará ella recaudo, porque saben muchas cosas de señores que os tomarán para guarda de casa y compañía a sus mujeres.

LOZANA.-  Eso querría yo, si me mostrase este niño la casa.

CAMISERA.-  Sí hará.

Ven acá, Aguilarico.

LOZANA.-  ¡Ay, señora mía! ¿Aguilarico se llama? Mi pariente debe ser.

BEATRIZ.-  Ya podría ser, pues ahí junto mora su madre.

LOZANA.-  Beso las manos de vuestras mercedes, y si supieren algún buen partido para mí, como si fuese estar con algunas doncellas, en tal que yo lo sirva, me avisen.

BEATRIZ.-  Señora, sí; andad con bendición.

¿Habéis visto? ¡Qué lengua, qué saber! Si a ésta le faltaran partidos, decí mal de mí; mas beato el que le fiara su mujer.

TERESA.-  Pues andaos, a decir gracias no, sino gobernar doncellas; mas no mis hijas. ¿Qué pensáis que sería?: dar carne al lobo. Antes de ocho días sabrá toda Roma, que ésta en son la veo yo que con los cristianos será cristiana, y con los jodíos, jodía, y con los turcos, turca, y con los hidalgos, hidalga, y con los ginoveses, ginovesa, y con los franceses, francesa, que para todos tiene salida.

CAMISERA.-  No veía la hora que la enviaseis de aquí, que si viniera mi hijo, no la dejara partir.

TERESA.-  Eso quisiera yo ver, cómo hablaba y los gestos que hiciera, y por ver si se cubriera. Mas no curéis, que presto dará de sí como casa vieja, pues a casa va que no podría mejor hallar a su propósito, y endemás la patrona, que parece a la judía de Zaragoza, que la llevará consigo y a todos contará sus duelos y fortuna.



ArribaAbajoMamotreto X

El modo que tuvo yendo con Aguilarico, espantándose que le hablaban en catalán, y dice un barbero, Mosén Sorolla


[SOROLLA.-]  Ven ací, mon cosín Aguilaret. Veniu ací, mon fill. ¿On seu estat? Que ton pare te'n demana.

AGUILARET.-  No vul venir, que vaig con aquesta dona.

SOROLLA.-  ¡Ma comare! Feu-vos ací, veureu vostron fill.

SOGORBESA.-  Vens ací, tacanyet.

AGUILARET.-  ¿Què voleu ma mare?, ara vinc.

SOGORBESA.-  ¡No et cures, penjat, traidoret! Aqueixa dona, ¿on t'ha tingut tot hui?

LOZANA.-  Yo, señora, ahora lo vi, y le rogaron unas señoras que me enseñase aquí junto a una casa.

SOGORBESA.-  Aneu al burdell, i deixeu estar mon fill.

LOZANA.-  Id vos, y besadlo donde sabéis.

SOROLLA.-  ¡Mirá la cejijunta con qué me salió!

MALLORQUINA.-  Veniu ací, bona dona. No us prengau amb aqueixa dona, ma veïna. ¿On aneu?

LOZANA.-  Por mi vida, señora, que no sé el nombre del dueño de una casa por aquí que aquel niño me quería mostrar.

MALLORQUINA.-  ¿Deveu de fer labors o res? Que ací ma filla vos farà tot quan vos li comenareu.

LOZANA.-  Señora, no busco eso, y siempre halla el hombre lo que no busca, máxime en esta tierra. Decime, así viváis, ¿quién es aquella hija de corcovado, y catalana que, no conociéndome, me deshonró? Pues ¡guay de ella si soltaba yo la maldita! Ni vi su hijo, ni quisiera ver a ella.

MALLORQUINA.-  No us cureu, filla; aneu vostron viatge, i si vos maneu res, lo farem nosaltres de bon cor.

LOZANA.-  Señora, no quiero nada de vos, que yo busco una mujer que quita cejas.

MALLORQUINA.-  ¡Aneu en mal guany! ¿I això volíeu? Cerqueu-la.

LOZANA.-  ¡Válgalas el diablo, y locas son estas mallorquinas! ¡En Valencia os ligarían a vosotras! ¡Y herraduras han menester como bestias! Pues no me la irán a pagar a la pellejería de Burgos. ¡Cul de sant Arnau, som segurs! ¡Quina gent de Déu!



ArribaAbajoMamotreto XI

Cómo llamó a la Lozana la Napolitana que ella buscaba, y dice a su marido que la llame


[NAPOLITANA.-]  Oíslo, ¿quién es aquella mujer que anda por allí? Ginovesa me parece. Mirá si quiere nada de la botica; salí allá, quizá que trae guadaño.

JUMILLA.-  Salí vos, que en ver hombre se espantará.

NAPOLITANA.-  Dame acá ese morteruelo de azófar.

Decí, hija, ¿echaste aquí el atanquía y las pepitas de pepino?

HIJA.-  Señora, sí.

NAPOLITANA.-  ¿Qué miráis, señora? ¡Con esa tez de cara no ganaríamos nosotros nada!

LOZANA.-  Señora, no os maravilléis que solamente en oíros hablar me alegré.

NAPOLITANA.-  Así es, que no en balde se dijo: «por donde fueres, de los tuyos halles». Quizá la sangre os tira. Entrá, mi señora, y quitaos de ese sol.

¡Ven acá, tu! Sácale aquí a esta señora con qué se refresque.

LOZANA.-  No hace menester que, si ahora comiese, me ahogaría del enojo que traigo de aquesas vuestras vecinas. Mas, si vivimos y no nos morimos, a tiempo seremos. La una porque su hijo me venía a mostrar a vuestra casa, y la otra porque demandé de vuestra merced.

NAPOLITANA.-  ¡Hi, hi!, son envidiosas y por eso mirá cuál va su hija el domingo afeitada de mano de Mira, la jodía, o como las que nosotras afeitamos, ni más ni ál5. Señora mía, «el tiempo os doy por testigo». La una es de Sogorbe y la otra mallorquina y, como dijo Juan del Encina, que «cul y cap y feje y cos echan fuera a voto a Dios».

LOZANA.-  ¡Mirá si las conocí yo! Señora mía, ¿son doncellas estas vuestras hijas?

NAPOLITANA.-  Son y no son; sería largo de contar. Y vos, señora, ¿sois casada?

LOZANA.-  Señora sí; y mi marido será ahora aquí, de aquí a pocos días, y en este medio querría no ser conocida y empezar a ganar para la costa. Querría estar con personas honestas por la honra, y quiero primero pagaros que me sirváis. Yo, señora, vengo de Levante y traigo secretos maravillosos que, máxime en Grecia, se usan mucho las mujeres, que no son hermosas, procurar de sello y, porque lo veáis, póngase aquesto vuestra hija, la más morena.

NAPOLITANA.-  Señora, yo quiero que vos misma se lo pongáis y, si eso es, no habíais vos menester padre ni madre en esta tierra, y ese vuestro marido que decís, será rey. ¡Ojalá fuera uno de mis dos hijos!

LOZANA.-  ¿Qué, también tenéis hijos?

NAPOLITANA.-  Como dos pimpollos de oro; traviesos son, mas no me curo, que para eso son los hombres. El uno es rubio como unas candelas, y el otro crespo. Señora, quedaos aquí y dormiréis con las doncellas y, si algo quisiereis hacer para ganar, aquí a mi casa vienen moros y jodíos que, si os conocen, todos os ayudarán; y mi marido va vendiendo cada día dos, tres y cuatro cestillas de esto que hacemos, y «lo que basta para una persona, basta para dos».

LOZANA.-  Señora, yo lo doy por recibido. Dad acá si queréis que os ayude a eso que hacéis.

NAPOLITANA.-  Quitaos primero el paño y mirá si traéis ninguna cosa que dar a guardar.

LOZANA.-  Señora, no, sino un espejo para mirarme; y ahora veo que tengo mi pago, que solía tener diez espejos en mi cámara para mirarme, que de mí misma estaba como Narciso, y ahora como Tisbe a la fontana, y si no me miraba cien veces, no me miraba una, y he habido el pago de mi propia merced. ¿Quién son estos que vienen aquí?

NAPOLITANA.-  Así goce de vos, que son mis hijos.

LOZANA.-  Bien parecen a su padre, y si son éstos los pinos de oro, a sus ojos.

NAPOLITANA.-  ¿Qué decís?

LOZANA.-  Señora, que parecen hijos de rey, nacidos en Badajoz. Que veáis nietos de ellos.

NAPOLITANA.-  Así veáis vos de lo que pariste.

LOZANA.-  Mancebo de bien, llegaos acá y mostrame la mano. Mirá que señal tenéis en el monte de Mercurio y uñas de rapina. Guardaos de tomar lo ajeno, que peligraréis.

NAPOLITANA.-  A este otro bizarro me mirá.

LOZANA.-  Ese barbitaheño, ¿cómo se llama?

Vení, vení. Este monte de Venus está muy alto. Vuestro peligro está señalado en Saturno, de una prisión, y en el monte de la Luna, peligro por mar.

RAMPÍN.-  «Caminar por donde va el buey».

LOZANA.-  Mostrá esa otra mano.

RAMPÍN.-  ¿Qué queréis ver?, que mi ventura ya la sé. Decime vos, ¿dónde dormiré esta noche?

LOZANA.-  ¿Dónde? Donde no soñaste.

RAMPÍN.-  No sea en la prisión, y venga lo que viniere.

LOZANA.-  Señora, este vuestro hijo más es venturoso que no pensáis. ¿Qué edad tiene?

NAPOLITANA.-  De diez años le sacamos los bracicos y tomó fuerza en los lomos.

LOZANA.-  Suplícoos que le deis licencia que vaya conmigo y me muestre esta ciudad.

NAPOLITANA.-  Sí hará, que es muy servidor de quien lo merece.

Andá, meteos esa camisa y serví a esa señora honrada.



ArribaAbajoMamotreto XII

Cómo Rampín le va mostrando la ciudad y le da ella un ducado que busque donde cenen y duerman, y lo que pasaron con una lavandera


LOZANA.-  Pues hacé una cosa, mi hijo, que, por donde fuéramos, que me digáis cada cosa qué es y cómo se llaman las calles.

RAMPÍN.-  Esta es la Ceca, donde se hace la moneda, y por aquí se va a Campo de Flor y al Coliseo, y acá es el puente, y éstos son los banqueros.

LOZANA.-  ¡Ay, ay! No querría que me conociesen, porque siempre fui mirada.

RAMPÍN.-  Vení por acá y mirá. Aquí se venden muchas cosas, y lo mejor que en Roma y fuera de Roma nace se trae aquí.

LOZANA.-  Por tu vida, que tomes este ducado y que compres lo mejor que te pareciere, que aquí jardín me parece más que otra cosa.

RAMPÍN.-  Pues adelante lo veréis.

LOZANA.-  ¿Qué me dices? Por tu vida, que compres aquellas tres perdices, que cenemos.

RAMPÍN.-  ¿Cuáles, aquéstas? Estarnas son, que el otro día me dieron a comer de una en casa de una cortesana, que mi madre fue a quitar las cejas y yo le llevé los afeites.

LOZANA.-  ¿Y dónde vive?

RAMPÍN.-  Aquí abajo, que por allí habemos de pasar.

LOZANA.-  Pues todo eso quiero que vos me mostréis.

RAMPÍN.-  Sí haré.

LOZANA.-  Quiero que vos seáis mi hijo, y dormiréis conmigo. Y mirá no me lo hagáis, que ese bozo de encima demuestra que ya sois capón.

RAMPÍN.-  Si vos me probaseis, no sería capón.

LOZANA.-  ¡Por mi vida! ¡Hi, hi! Pues comprá de aquellas hostias un par de julios, y acordá dónde iremos a dormir.

RAMPÍN.-  En casa de una mi tía

LOZANA.-  ¿Y vuestra madre?

RAMPÍN.-  ¡Que la quemen!

LOZANA.-  Llevemos un cardo.

RAMPÍN.-  Son todos grandes.

LOZANA.-  ¿Pues qué se nos da? Cueste lo que costare, que, como dicen: «ayunar o comer trucha».

RAMPÍN.-  Por esta calle hallaremos tantas cortesanas juntas como colmenas.

LOZANA.-  ¿Y cuáles son?

RAMPÍN.-  Ya las veremos a las celosías. Aquí se dice el Urso. Más arriba veréis muchas más.

LOZANA.-  ¿Quién es éste? ¿Es el obispo de Córdoba?

RAMPÍN.-  ¡Así viva mi padre! Es un obispo espigacensis de mala muerte.

LOZANA.-  Más triunfo lleva un mameluco.

RAMPÍN.-  Los cardenales son aquí como los mamelucos.

LOZANA.-  Aquéllos se hacen adorar.

RAMPÍN.-  Y éstos también.

LOZANA.-  Gran soberbia llevan.

RAMPÍN.-  El año de veintisiete me lo dirán.

LOZANA.-  Por ellos padeceremos todos.

RAMPÍN.-  «Mal de muchos, gozo es». Alzá los ojos arriba, y veréis la manifactura de Dios en la señora Clarina. Allí me mirá vos. ¡Aquélla es gentil mujer!

LOZANA.-  Hermano, «hermosura en puta y fuerza en bastajo».

RAMPÍN.-  Mirá esta otra.

LOZANA.-  ¡Qué presente para triunfar! Por eso se dijo: «¿Quién te hizo puta? El vino y la fruta».

RAMPÍN.-  Es favorida de un perlado. Aquí mora la Galán portuguesa.

LOZANA.-  ¿Qué es, amiga de algún ginovés?

RAMPÍN.-  «Mi abuelo es mi pariente, de ciento y otros veinte».

LOZANA.-  ¿Y quién es aquella andorra que va con sombrero tapada, que va culeando y dos mozas lleva?

RAMPÍN.-  ¿Ésa? Cualque cortesanilla por ahí. ¡Mirá qué traquinada de ellas van por allá, que parecen enjambre, y los galanes tras ellas! A estas horas salen ellas disfrazadas.

LOZANA.-  ¿Y dónde van?

RAMPÍN.-  A perdones.

LOZANA.-  ¿Sí? Por demás lo tenían. ¿Putas y perdoneras?

RAMPÍN.-  Van por recoger para la noche.

LOZANA.-  ¿Qué es aquello? ¿Qué es aquello?

RAMPÍN.-  Llévalas la justicia.

LOZANA.-  Esperá, no os envolváis con esa gente.

RAMPÍN.-  No haré. Luego vengo.

LOZANA.-  ¡Mira ahora dónde va Braguillas! ¡Guayas si la sacó Perico el Bravo!

¿Qué era, por mi vida, hijo?

RAMPÍN.-  No, nada, sino el tributo que les demandaban, y ellas han dado, por no ser vistas, quién anillo, quién cadena, y después enviará cada una cualque litigante por lo que dio, y es una cosa, que pagan cada una un ducado al año al capitán de Torre Sabela.

LOZANA.-  ¿Todas?

RAMPÍN.-  Salvo las casadas.

LOZANA.-  Mal hacen, que no habían de pagar sino las que están al burdel.

RAMPÍN.-  Pues por eso es la mayor parte de Roma burdel, y le dicen: «Roma putana».

LOZANA.-  ¿Y aquéllas qué son, moriscas?

RAMPÍN.-  ¡No, cuerpo del mundo, son romanas!

LOZANA.-  ¿Y por qué van con aquellas almalafas?

RAMPÍN.-  No son almalafas; son batículo o batirrabo, y paños listados.

LOZANA.-  ¿Y qué quiere decir que en toda la Italia llevan delante sus paños listados o velos?

RAMPÍN.-  Después acá de Rodriguillo español van ellas así.

LOZANA.-  Eso quería yo saber.

RAMPÍN.-  No sé más de cuanto lo oí así, y os puedo mostrar al Rodriguillo españolo de bronzo, hecha su estatua en Campidolio, que se saca una espina del pie y está desnudo.

LOZANA.-  ¡Por mi vida, que es cosa de saber y ver, que dicen que en aquel tiempo no había dos españoles en Roma, y ahora hay tantos! Vendrá tiempo que no habrá ninguno, y dirán «Roma mísera», como dicen «España mísera».

RAMPÍN.-  ¿Veis allí la estufa donde salieron las romanas?

LOZANA.-  ¡Por vida de tu padre que vamos allá!

RAMPÍN.-  Pues dejame llevar esto en casa de mi tía, que cerca estamos, y hallarlo hemos aparejado.

LOZANA.-  Pues ¿dónde me entraré?

RAMPÍN.-  Aquí, con esta lavandera milagrosa.

LOZANA.-  Bueno será.

RAMPÍN.-  Señora mía, esta señora se quede aquí, así Dios os guarde, a reservirlo hasta que torno.

LAVANDERA.-  Intrate, madona; seate bien venuta.

LOZANA.-  Beso las manos.

LAVANDERA.-  ¿De dove siate?

LOZANA.-  Señora, soy española; mas todo mi bien lo he habido de un ginovés que estaba para ser mi marido y, por mi desgracia, se murió; y ahora vengo aquí porque tengo de haber de sus parientes gran dinero que me ha dejado para que me case.

LAVANDERA.-  ¡Ánima mía, Dios os dé mejor ventura que a mí, que aunque me veis aquí, soy española!

LOZANA.-  ¿Y de dónde?

LAVANDERA.-  Señora, de Nájara. Y soy estada dama de grandes señoras, y un traidor me sacó, que se había de casar conmigo, y burlome.

LOZANA.-  No hay que fiar. Decime, ¿cuánto ha que estáis en Roma?

LAVANDERA.-  Cuando vino el mal de Francia, y ésta fue la causa que yo quedase burlada. Y si estoy aquí lavando y fatigándome, es para me casar, que no tengo otro deseo, sino verme casada y honrada.

LOZANA.-  ¿Y los aladares de pez?

LAVANDERA.-  ¿Qué decís, señora?

LOZANA.-  Que gran pena tenéis en mascar.

LAVANDERA.-  ¡Ay, señora! La humildad de esta casa me ha hecho pelar la cabeza, que tenía unos cabellos como hebras de oro, y en un solo cabello tenía añudadas sesenta navidades.

LOZANA.-  ¿Y la humildad os hace hundir tanto la boca?

LAVANDERA.-  Es de mío, que todo mi parentado lo tiene, que cuando comen parece que mamillan.

LOZANA.-  Mucho ganaréis a este lavar.

LAVANDERA.-  ¡Ay, señora!, que cuando pienso pagar la casa, y comer, y leña, y ceniza, y jabón, y caldera, y tinas, y canastas, y agua, y cuerdas para tender, y mantener la casa de cuantas cosas son menester, ¿qué esperáis? Ningún amigo que tengáis os querrá bien si no le dais, cuándo la camisa, cuándo la capa, cuándo la gorra, cuándo los huevos frescos, y así de mano en mano, «donde pensáis que hay tocinos no hay estacas». Y con todo esto, a mala pena quieren venir cada noche a teneros compañía, y por esto tengo dos, porque lo que el uno no puede, supla el otro.

LOZANA.-  Para tornar los gañivetes, éste que se va de aquí ¿quién es?

LAVANDERA.-  Italiano es, canavario o botiller de un señor; siempre me viene cargado.

LOZANA.-  ¿Y sábelo su señor?

LAVANDERA.-  No, que es casa abastada. ¡Pues estaría fresca si comprase el pan para mí, y para todas esas gallinas, y para quien me viene a lavar, que son dos mujeres, y doyles un carlín, o un real y la despensa, que beben más que hilan! Y vino, que en otra casa beberían lo que yo derramo porque me lo traigan fresco, que en esta tierra se quiere beber como sale de la bota. ¿Veis aquí donde viene el otro mi amigo, y es español?

LOZANA.-  A él veo engañado.

LAVANDERA.-  ¿Qué decís?

LOZANA.-  Que este tal mancebo quienquiera se lo tomaría para sí. ¡Y sobre mi cabeza, que no ayuna!

LAVANDERA.-  No, a osados, señora, que tiene buen señor.

LOZANA.-  No lo digo por eso, sino a pan y vos.

LAVANDERA.-  Es como un ángel; ni me toma ni me da.

¿Qué quieres, a qué vienes, dónde eres estado hoy?

¡Guarda, no quiebres esos huevos!

ESPAÑOL.-  ¿Quién era esa señora?

LAVANDERA.-  Es quien es.

ESPAÑOL.-  ¡Oh, pese a la grulla, si lo sabía, callaba, por mi honra! ¡Esa fruta no se vende al Puente!

LOZANA.-  No, por mi vida, señor, que ahora pasé yo por allí y no la vi.

ESPAÑOL.-  «Bofetón en cara ajena».

LAVANDERA.-  ¿No te quieres ir de ahí? ¡Si salgo allá! ¿Qué os parece, señora? Otro fuera que se enojara. Es la misma bondad, y mirad que me ha traído cebada, que no tiene otra cosa, la que le dan a él para la mula de su amo.

LOZANA.-  Otra cosa mejor pensé que os traía.

LAVANDERA.-  ¡Andá, señora, «harto da quien da lo que tiene»!

LOZANA.-  Sí, verdad es, mas no lo que hurta.

LAVANDERA.-  Hablame alto, que me duele este oído.

LOZANA.-  Digo que si laváis a españoles solamente.

LAVANDERA.-  A todo hago por ganar, y también porque está aquí otra española, que me ha tomado muchas casas de señores, y lava ella a la italiana, y no hace tanta espesa como yo.

LOZANA.-  ¿Qué diferencia tiene el lavar italiano?

LAVANDERA.-  ¿Qué? ¡Grande! Nosotras remojamos y damos una mano de jabón y después encanastamos, y colamos, y se quedan los paños allí la noche, que cuele la lejía, porque de otra manera serían los paños de color de la lejía; y ellas al remojar no meten jabón y dejan salir la lejía, que dicen que come las manchas, y tornan la ceniza al fuego a requemar, y después no tiene virtud.

LOZANA.-  Ahora sé lo que no pensé. ¿Quién es ésta que viene acá?

LAVANDERA.-  Aquí junto mora, mi vecina.

VECINA.-  Española, ¿por qué no atas aquel puerco? No te cures, será muerto.

LAVANDERA.-  ¡Anda, vete, bésalo en el buz de la hierba!

VECINA.-  Bien, yo te aviso.

LAVANDERA.-  Pues mira, si tú me lo miras o tocas, quizá no seré puerco por ti. ¿Pensa tú que ho paura del tu esbirro? ¡A ti y a él os lo haré comer crudo!

VECINA.-  Bien, espera.

LAVANDERA.-  ¡Va de aquí, borracha, y aun como tú he lavado yo la cara con cuajares!

LOZANA.-  ¿Qué, también tenéis cochino?

LAVANDERA.-  Pues iré yo a llevar toda esta ropa a sus dueños y traeré la sucia. Y de cada casa, sin lo que me pagan los amos, me vale más lo que me dan los mozos: carne, pan, vino, fruta, aceitunas sevillanas, alcaparras, pedazos de queso, candelas de sebo, sal, presuto, ventresca, vinagre (que yo lo doy a toda esta calle), carbón, ceniza, y más lo que traigo en el cuerpo y lo que puedo garbear, como platos y escudillas, picheles, y cosas que el hombre no haya de comprar.

LOZANA.-  De esa manera no hay galera tan proveída como las casas de las lavanderas de esta tierra.

LAVANDERA.-  Pues no os maravilléis, que todo es menester; que cuando los mozos se parten de sus amos, bien se lo pagamos, que nos lo ayudan a comer. Que este bien hay en esta tierra, que cada mes hay nuevos mozos en casa, y nosotras los avisamos que no han de durar más ellos que los otros, que no sean ruines, que cuando el mundo les faltare, nosotras somos buenas por dos meses. Y también los enviamos en casa del tal, que se partió un mozo, mas no sabe el amo que lo toma que yo se lo encaminé, y por esto ya el mozo me tiene puesto detrás de la puerta el frasco lleno, y el resto, y si viene el amo que me lo ve tomar, digo que yo lo dejé allí cuando subí. ¿Veis?, aquí viene aquel mozuelo que os dejó aquí.

RAMPÍN.-  ¿Qué se hace? ¡Sus, vamos! A vos muchas gracias, señora.

LAVANDERA.-  Esta casa está a vuestro servicio. Gana me viene de cantar:


Andá, puta, no será buena.
No seré, no, que soy de Llerena.

Yo te lo veo en esa piel nueva; yo te he mirado en ojo que no mentirá: que tú ruecas de husos harás.

LOZANA.-  Por mi vida, hermano, que he tomado placer con esta borracha, amenguada como hilado de beoda. ¿Qué quiere decir estrega, vos que lo sabéis? ¿Santochada?

RAMPÍN.-  Quiere decir bruja, como ella.

LOZANA.-  ¿Qué es aquello que dice aquél?

RAMPÍN.-  Son chambelas que va vendiendo.

LOZANA.-  ¿Y de qué se hacen estas rosquitas?

RAMPÍN.-  De harina y agua caliente, y sal, y matalahúva, y poco azúcar, y danles un bulle en agua y después mételas en el horno.

LOZANA.-  Si en España se comiesen dirían que es pan cenceño.

RAMPÍN.-  Porque allá sobra la levadura.

LOZANA.-  Entrá vos y mirá si está ninguno allá dentro.



ArribaAbajoMamotreto XIII

Cómo entran en la estufa Rampín y la Lozana y preguntan


[RAMPÍN.-]  ¿Está gente dentro, hermano?

ESTUFERO.-  Andás aquí, andás; no hay más que dos.

RAMPÍN.-  Veislas, aquí salen.

LOZANA.-  ¡Caliente está, por mi vida! Tráeme agua fría, y presto salgamos de aquí.

RAMPÍN.-  También había bragas para vos.

LOZANA.-  Poco sabéis, hermano; «al hombre braga de hierro, a la mujer de carne». Gana me viene de os azotar. Tomá esta navaja, tornásela, que ya veo que vos no la tenéis menester. ¡Vamos fuera, que me muero! Dame mi camisa.

RAMPÍN.-  Vení, vení, tomá una chambela.

¡Va tú, haz venir del vino! ¡Toma, págalo, ven presto! ¿Eres venido?

ESTUFERO.-  Ecome que vengo. Señora, tomad, bebed, bebé más.

LOZANA.-  Bebe tú, que torrontés parece.

RAMPÍN.-  Vamos fuera prestamente, que ya son pagados estos borrachos.

ESTUFERO.-  Señora, das aquí la mancha.

LOZANA.-  Si tú no me la has echado, no tenía yo mancha ninguna.

RAMPÍN.-  No dice eso el beodo, sino que llama el aguinaldo mancha, que es usanza.

LOZANA.-  Pues dadle lo que se suele dar, que gran bellaco parece.

RAMPÍN.-  Adío.

ESTUFERO.-  ¡Adío, caballeros de castillos!

LOZANA.-  ¿Por dónde hemos de ir?

RAMPÍN.-  Por acá, que aquí cerca está mi tía. ¿Veisla a la puerta?

LOZANA.-  ¿Y qué es aquello que compra? ¿Son rábanos, y negros son?

RAMPÍN.-  No son sino remolachas, que son como rábanos, y dicen en esta tierra que «quien come la remolacha y va en Nagona, torna otra vez a Roma».

LOZANA.-  ¿Tan dulce cosa es?

RAMPÍN.-  No sé, así se dice; es refrán.

TÍA.-  ¡Caminá, sobrino, préstame un cuatrín!

RAMPÍN.-  De buena gana, y un julio.

TÍA.-  ¡Norabuena vengáis, reina mía! ¡Toda venís sudada y fresca como una rosa!

¿Qué buscáis, sobrino? Todo está aparejado sino el vino; id por ello y vení. Cenaremos, que vuestro tío está volviendo el asador.

RAMPÍN.-  Pues lavame esa calabaza en que lo traiga, que en dos saltos vengo.

TÍA.-  ¿Qué os parece, señora, de este mi sobrino Rampín? que así fue siempre servicial.

LOZANA.-  Señora, que querría que fuese venido mi marido, para que lo tomase y le hiciese bien.

TÍA.-  ¡Ay, señora mía, que merced ganaréis, que son pobres!

LOZANA.-  No curéis, señora; mi marido les dará en qué ganen.

TÍA.-  Por mi vida, y a mi marido también, que bien sabe de todo y es persona sabida, aunque todos lo tienen por un asno, y es porque no es malicioso. Y por su bondad, no es él ahora cambiador, que está esperando unas recetas y un estuche para ser médico. No se cura de honras demasiadas, que aquí se está ayudándome a repulgar y echar caireles a lo que yo coso.

¿Venís, sobrino? Asentaos aquí cabe mí.

Comed, señora.

LOZANA.-  Si haré, que hambre tengo.

TÍA.-  ¿Oíslo? Vení, asentaos junto a esa señora, que os tiene amor, y quiere que os sentéis cabe ella.

VIEJO.-  Sí haré de buen grado.

RAMPÍN.-  ¡Paso, tío, cuerpo de sant, que echáis la mesa en tierra! ¡Alzá el brazo, mirá que derramaréis! ¿Quién me lo dijo a mí que lo habíais de hacer?

TÍA.-  Así, así veis caído el banco, y la señora se habrá hecho mal.

LOZANA.-  No he, sino que todo el vino me cayó encima. Buen señal.

TÍA.-  Id por más y veislo hecho. ¡Pasaos aquí, que siempre hacéis vuestras cosas pesadas! ¡No cortés, que vuestro sobrino cortará! ¿Veis? ¡Ay, zape, zape! ¡Allá va, lo mejor se lleva el gato! ¿Por qué no esperáis? ¡Que parece que no habéis comido!

VIEJO.-  Dejame hacer, y tendré mejor aliento para beber.

TÍA.-  ¿Venís, sobrino?

RAMPÍN.-  Vengo por alguna cosa en que lo traiga.

TÍA.-  ¿Y las dos garrafas?

RAMPÍN.-  Caí y quebrelas.

TÍA.-  Pues tomá este jarro.

RAMPÍN.-  Éste es bueno y, si me dice algo el tabernero, le daré con él.

TÍA.-  Así lo hacé.

Señora mía, yo me querría meter en un agujero y no ver esto cuando hay gente forastera en casa; mas vos, señora, habéis de mirar que esta casa es vuestra.

LOZANA.-  Más gana tengo de dormir que de otra cosa.

TÍA.-  Sobrino, cená vosotros, en tanto que voy y la ayudo a desnudar.

RAMPÍN.-  Señora, sí.


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