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ArribaAbajoActo III


Escena I

 

MUNUZA, HORMESINDA.

 
MUNUZA
Segunda vez mi enamorado pecho
quiere, bella Hormesinda, repetiros
las pruebas de su ardor y su fineza.
Vos me habéis irritado y ofendido,
pagando con desdenes mis bondades.5
Yo pudiera vengarme; en este sitio
ninguno lo estorbara; vuestro hermano
en un clima distante está tranquilo;
suspira entre cadenas vuestro amante
en lo interior del fuerte; sus amigos10
confiesan mi poder, y en Gijón nadie
es capaz de oponerse a mis designios.
Sin embargo, resuelvo perdonaroS;
yo os amo tiernamente, y este fino
exceso de bondad lo persüade.15
Únicamente atento a vuestro hechizo,
vos sola me ocupáis. Cuantos proyectos
la ambición y el amor me han sugerido,
todos han conspirado a vuestra gloria;
mis ideas promueve el cielo mismo,20
y la fortuna, la ocasión y el tiempo
van de acuerdo con todos mis designios.
Vos sabéis que los moros, ocupados
en llevar el furor y el exterminio
al fondo de las Galias, penetraron 25
los Pirineos; que el furor activo
de innumerables tropas sarracenas
inunda aquel país; que divertido
el africano en esta heroica empresa,
abandona la España al desperdicio30
de las tropas, y en tanto que sus huestes
asuelan la Gascuña, los castillos
y las plazas de Asturias se confían
a unos viles soldados, que vendidos
con oro y con promesas, están prontos35
a seguir mi estandarte. En fin, yo aspiro
a hacerme proclamar por rey de Asturias
y a elevar mi fortuna y vuestro hechizo
al trono de Gijón. Pero, no obstante,
no creáis que el orgullo ha dirigido40
mis ideas y altivas ambiciones:
sólo el amor constante que os dedico
las pudo sugerir. ¡Qué dulce gozo
inundará mi pecho, si consigo
ceñiros en Gijón la real diadema,45
poniendo en vuestra frente el distinguido
adorno, a que los cielos os destinan!
De vuestra amable mano y vuestro arbitrio
penderán desde hoy los intereses
del español, los vuestros y los míos.50
Por paga de una oferta tan ilustre
sólo exijo un pequeño sacrificio:
olvidad a Rogundo. Él será siempre
víctima de mis celos, y si digno
se cree aún de vos y vuestra mano,55
sola esta presunción es un delito
que le hará triste objeto de mi enojo.
Él morirá celoso o preferido...
¿Pero yo he de deber esta victoria
a la venganza? Sé que a un rival digno60
no vence otro rival, aunque le oprima;
sólo triunfa en amor el más querido,
y yo espero que arranquen esta dicha
de vuestra gratitud mis beneficios.
HORMESINDA
En vano lo esperáis. La fe obligada,65
la virtud, el honor y el cielo mismo
me mandan que no acepte vuestros dones;
el corazón los mira agradecido,
pero aquellos sagrados intereses
conducen ciegamente mi albedrío70
al legítimo lecho de Rogundo.
El trono, vuestra mano y los partidos
que me acabáis de hacer, llegarán nunca
a vencer mi constancia; los estimo,
señor, y al mismo tiempo los renuncio.75
Veo también que vuestros beneficios
me harían infeliz. En fin, ¿qué gloria
podrá adquirirme el trono conseguido
al precio de una infamia, si ceñida
del augusto diadema, entre sus brillos80
se dejase observar todo el oprobio
de una alma infiel en mi semblante escrito?
La ambición vive siempre muy distante
de los pechos virtuosos, y así el mío,
bien lejos de aceptar un trono injusto,85
irá a ofrecer contento en sacrificio
al templo del honor los dones vuestros.
Pero, ¿por qué os persuado, si vos mismo
quizá me hacéis justicia interiormente?
Vos conocéis muy bien que sólo sigo90
las leyes del honor y la decencia.
¿Y podré presumir que vuestro brío,
esclavo de un afecto pasajero,
que es hijo del acaso u del capricho,
las quiere atropellar indignamente?95
Rogundo es ya mi esposo. Si los ritos
no han confirmado aÚn tan dulce nombre,
no por eso estará nuestro albedrío
más libre de las leyes que se ha impuesto.
Vos no las ignoráis, y yo confío100
que sabréis respetarlas.
MUNUZA
Y entretanto,
¿queréis que de Munuza el nombre altivo
sea un objeto de burla al universo?
¿Queréis que sobre el trono a que yo aspiro
oscurezca mis glorias el recuerdo105
de un público desaire, repetido
por el mismo rumor que las divulgue?
¿Queréis, en fin, que un pueblo que os ha visto
traer a mi palacio, y que conoce
mi amor, mis inquietudes y suspiros, 110
ose menospreciarme a vuestro ejemplo
y se oponga orgulloso a mis designios?
No, señora. Primero en su venganza
será Munuza escándalo del siglo
que se humille al extremo vergonzoso115
de apreciar un estorbo tan indigno.
Rogundo morirá, y el mismo acero
que corte su cerviz tendrá otro filo
para romper, señora, el lazo odioso
con que se unen el vuestro y su destino:120
tal debe ser su suerte si me ofende.
Pero si él mismo os cede habré cumplido
con el honor que me alegáis en vano.
Para evitar el triste precipicio
que preparo a sus locas esperanzas125
es forzoso que elija este camino.
Y en fin, pues sus derechos nos estorban,
que él venga y que decida por sí mismo
de su suerte y la mía. Guardias, hola.


Escena II

 

(KERIM entra, recibe el orden y se va con los soldados.)

 
Traed aquí a Rogundo del castillo.130


Escena III

 

(A HORMESINDA.)

 
Sus labios van a ser en este instante
árbitros de su vida y su destino,
y una palabra inclinará el decreto
hacia su libertad o su castigo.
HORMESINDA
Pero ¡cruel! Después de tantos males135
con que se halla mi pecho combatido,
y cuando estoy cercada de aflicciones,
¿me obligaréis también a ser testigo
de esta prueba cruel? ¿Podré tranquila
ver turbado a mi esposo e indeciso140
entre la muerte y el rubor? Dejadme
a lo menos que huya de este sitio,
donde va a ser mi mano desgraciada
triste asunto de horrores y peligros.
Permitid...

 (De rodillas.) 

MUNUZA
Deteneos.
HORMESINDA
¡Cielo santo!
145
Rogundo viene.


Escena IV

ROGUNDO
¡Oh Dios! ¿qué es lo que miro?
¡Así triunfa el traidor de la inocencia!
MUNUZA

 (A ROGUNDO.) 

Acercaos, señor; vuestro enemigo
no ha resuelto del todo vuestra ruina.
Si queréis, aún os queda algún partido150
para salvar la vida; aprovechadle,
y respetad la fuerza del destino.
ROGUNDO
Para las almas nobles no es la vida
el más sublime don. Son harto indignos
los que al buen nombre y fama la prefieren.155
Creedlo así, y hablad.
MUNUZA
De mi cariño
bien podéis prometeros uno y otro.
Un próximo himeneo debe unirnos
a mí y a la princesa. Ya están prontos
el aparato, el templo y el ministro,160
y antes de mucho tiempo un lazo augusto
del todo habrá enervado y destruido
unos derechos que oponéis en vano;
y pues debe la fuerza suprimirlos,
creedme, y renunciadlos desde luego.165
Sólo para esto os llamo. Si vencido
a mi razón, cedéis el nombre inútil
de esposo de Hormesinda, yo me olvido
de todos mis disgustos; mas si acaso
os empeñáis tenaz en producirnos170
un título ideal e imaginario...
Si opuesto nuevamente a mis designios,
os obstináis en disputarme el logro
de un corazón a quien mi fe dedico,
temed... Pero no quiero recordaros175
hasta dónde pudiera, resentido,
llevar mi justo enojo sus extremos.
Contemplad mi pasión para inferirlos.
ROGUNDO
¡Idea vil, proposición infame!
¡Ay, infeliz princesa! Ya el destino180
envidia nuestra dicha y la combate.
Munuza, en un discurso tan indigno
ya no debo admirar vuestra malicia;
este último rasgo dirigido
a sobornar o amedrentar mi afecto,185
esa falsa bondad y ese artificio,
son un objeto vil, pero forzoso,
de vuestra tiranía. Sólo admiro
que el más sagaz de todos los tiranos,
que el impostor más diestro haya querido190
fiar a una experiencia tan inútil
el suceso de todos sus designios.
Yo penetro hasta el fondo vuestras viles
intenciones. Conozco que un suplicio
será efecto fatal de mi respuesta.195
Pero, ¿cuándo han logrado los peligros
turbar a un corazón enamorado?
¡Ved si a vuestro furor cederá el mío
unos derechos santos e inviolables,
de que a mi vista os reputáis indigno!200
Dejo aparte los medios indecentes
por que aspiráis, amante poco fino,
a un sublime favor que se conquista
sólo con rendimientos y suspiros.
Dejo aparte también una promesa205
establecida sobre el nombre altivo
del ilustre Pelayo, y confirmada
con el voto común de los patricios
de esta noble provincia. No recuerdo
mis grandes ascendientes, confundidos210
en la real prosapia. Pero, cuando
no tuviese mi amor estos precisos
y sublimes apoyos de su parte,
¿sería yo un amante tan indigno
que abandonase el campo y la victoria215
a un rival orgulloso y mal nacido?
¿Os podéis prometer de mi constancia
una acción tan infame? No, yo estimo
con demasiado ardor esa esperanza
que os tiene tan celoso, y los castigos220
no me harán renunciarla en ningún tiempo.
Sé que voy a morir; vuestro artificio
para usurpar un pecho que idolatro
me expone a dos mortales precipicios.
Pero antes de feriar la amistad vuestra225
al precio de una infamia, determino
comprar con una muerte heroica y grande
la gloria de triunfar y resistiros.

 (A HORMESINDA.) 

Sí, señora, yo sé que la vil rabia
inspira a los tiranos abatidos230
la venganza de todos sus desprecios.
No es el que nos oprime más benigno,
y sé que he de morir, pues le disgusto.
Pero, en fin, si yo muero honrado y digno
de vuestro tierno amor, muero gustoso.235
¡Ojalá que la muerte y los suplicios
hagan en vos eterna mi memoria!
HORMESINDA
¡Qué terrible dolor!
MUNUZA
¿Habrá nacido
hombre más insolente? ¿Conque, ingrato,
no os basta despreciar con pecho altivo240
vuestra vida, mi gloria y mis favores,
sino que osáis, soberbio y atrevido,
insultar mi bondad? Y cuando puedo

 (A HORMESINDA.) 

con sola una palabra destruirlo,
cuando al favor de mi piedad respira,245
¿debo vivir expuesto a los indignos
y groseros baldones del ingrato?

 (A KERIM.) 

Hola, que le preparen un suplicio.
HORMESINDA
Bárbaro, ¿qué intentáis?
MUNUZA
Kerim, llevadle.
HORMESINDA

 (De rodillas.) 

Señor...
ROGUNDO

 (A HORMESINDA.) 

No le roguéis. Yo os lo suplico.
250
Dejadme ir a morir, que pues no puedo
vivir en vuestros brazos, determino
perpetuar con mi muerte el dulce nombre
de esposo vuestro.

 (A MUNUZA.) 

Sí, cruel, sí, impío,
por más que suspiráis por esta dicha,255
no sabéis su valor ni sus hechizos,
y vuestro corazón es muy pequeño
para poder juzgar cuánto la estimo;
pero venid a verlo en mi constancia:
destrozadme, saciad vuestro apetito.260
Hiere, cruel, embriágate en mi sangre,
sea yo desde ahora objeto fijo
de tu vil rabia; pero ten por cierto
que a vista del horror de tus suplicios,
cercado de las sombras de la muerte,265
lleno de sus angustias, y en el mismo
umbral del hondo reino del espanto,
se ocupará mi corazón tranquilo
en la apacible y venturosa idea
de un nombre tan augusto, nombre digno270
de conservarse al precio de mil vidas.
Título santo que el favor divino
concedió a mis legítimos deseos,
tú serás en el último conflicto
mi gloria y mi consuelo.

 (A MUNUZA.) 

Sí, tirano,
275
y será al mismo tiempo tu martirio.
Vamos, Kerim.

 (A HORMESINDA.) 

Adiós, infeliz dueño.
 

(HORMESINDA cae como desmayada en los brazos de INGUNDA. MUNUZA se arroja en un sitial que habrá prevenido a un lado del teatro; KERIM y la guardia conducen a ROGUNDO; al tiempo de salir entra ACMETH apresurado, los detiene, y va en busca de MUNUZA.)

 
MUNUZA
¡Qué osadía! No sé cómo reprimo
mi cólera...

 (A KERIM.) 

Quitadle de mis ojos
y que expire al momento en el suplicio.280


Escena V

ACMETH

 (A KERIM.) 

Deteneos, señor.

 (A MUNUZA.) 

Señor.
MUNUZA
¿Qué es esto?
ACMETH
Yo daba en este instante los precisos
órdenes en el templo, cuando escucho
por todas partes tumultuosos gritos
de alegría. Pregunto, receloso,285
cuál de esta conmoción es el motivo,
y acabo de saber que cuando todos
estaban en Gijón desprevenidos
vieron llegar al duque de Cantabria.
MUNUZA
¿A Pelayo?
ROGUNDO
¡Oh, gran Dios!
HORMESINDA
Cielo propicio,
290
¡en qué forzoso instante nos le vuelves!
MUNUZA
Yo no sé dónde estoy... Un repentino
furor...

 (Levantándose con susto.) 

¡Ah, vil fortuna!

 (A ACMETH.) 

Pero ¿adónde...?
ACMETH
Luego que tuve tan extraño aviso
me encaminé, señor, hasta su casa;295
allí le pude ver entre el bullicio
de inmensa gente que le rodeaba,
y por no perder tiempo, hacia este sitio
vuelvo...
MUNUZA
¡Qué triste acaso!

 (Volviendo a ACMETH.) 

Escucha: al punto
haz que a Rogundo lleven al castillo300
y a Hormesinda a su cuarto.
 

(MUNUZA se vuelve a arrojar en el sitial, donde guarda por un rato un profundo silencio. Entretanto KERIM entra por la puerta del castillo con ROGUNDO, y ACMETH por otra parte con HORMESINDA, y este último vuelve y se acerca a la silla con silencio, sin que MUNUZA repare en él.)

 


Escena VI

En fin, Fortuna,
tú has logrado abatirme. Tus caprichos
han agotado toda mi constancia.
¡Mujer inexorable! Fiero hechizo
de un corazón que adora tus desdenes, 305
yo cedo a tu rigor y a mi destino

 (Se levanta.) 

Pero, ¡cruel, el tuyo está en mi mano
y me quiero vengar!

 (A ACMETH.) 

Querido amigo,
tú ves las confusiones que me cercan;
dirige mi razón, muestra un camino310
de mitigar mis ansias.
ACMETH
Sólo es tiempo,
señor, de que penséis en preveniros
para sufrir la vista de Pelayo.
Él vendrá aquí quejoso y ofendido;
vos le debéis templar y proponerle,315
antes que él os descubra, los designios
que, una vez declarados, ya es forzoso
sostener con vigor. Pero imagino
que él se acerca a nosotros.
MUNUZA
Pues bien, marcha,
y no te alejes.


Escena VII

 

MUNUZA, PELAYO.

 
MUNUZA
Bárbaro destino,
320
tú me humillas aun al que aborrezco.

 (A PELAYO.) 

En fin, señor, el cielo se ha movido
a mis frecuentes ruegos, pues os trae
tan presto a mi presencia. Los avisos
que Suero en vuestro nombre me había dado325
suponen a Tarif muy indeciso
sobre mis pretensiones.
PELAYO
Mis instancias
y el amor que os profesa le han vencido.
Mi celo, acelerando los tratados,
los concluyó por fin, y con un vivo330
deseo de llegar... Pero, Munuza,
perdonad si dilato el instruiros
de vuestros intereses, y entretanto
que cesa mi zozobra, cuanto miro,
cuanto escucho y advierto me sorprende.335
Arrestado Rogundo en el castillo,
reclusa en el palacio la princesa,
turbado vos, el pueblo conmovido,
mudos y misteriosos los semblantes,
todo me hace temer algún designio340
en que quizás se ofende mi decoro.
A la verdad, después de mis servicios
y pruebas de amistad, yo no debiera
recelar que Munuza ha perseguido
el honor puro de un amigo ausente;345
pero mil conjeturas, mil indicios
me llenan de zozobras, y os acusan.
MUNUZA
Señor, pues me hacéis cargo de un delito,
hijo de una sospecha, sin dar tiempo
a que me justifique, ya es preciso350
enteraros de todos mis intentos;
pero antes permitid a mi cariño
que os recuerde las gracias singulares
hechas a vuestra patria y a vos mismo.
Cuando Asturias yacía sepultada355
debajo de sus ruinas, y el pie altivo
del africano hollaba este terreno
como su vencedor, los beneficios
que repartió la diestra de Munuza
templaron de un despótico dominio360
y un cautiverio el insufrible yugo;
colocado en Gijón, a sus vecinos
y a los próximos pueblos dicté leyes,
no como sustituto de un altivo
conquistador, sino como un patriota365
que sentía mirarlos oprimidos.
La nobleza de España y de los godos,
a quien la guerra retiró a estos riscos,
halló bajo el amparo de Munuza
un inviolable y natural asilo;370
vuestros altares, leyes y costumbres
tuvieron un pacífico ejercicio,
y de esta capital los moradores
lograron mi amistad. Muy buen testigo
sois vos de la blandura de un gobierno375
que en mano menos suave hubiera sido
un ejemplo quizás de las miserias
que suelen oprimir a los vencidos.
Pero nadie de todas mis bondades
en este clima pareció más digno380
que el hijo de Favila; a mi confianza
os admití, tratándoos como amigo,
y despreciando la razón de estado,
que os hacía temible al berberisco;
el presuntivo sucesor del trono385
que perdieron los godos, distinguido
se vio con la privanza de Munuza.
Para afianzar más bien nuestro cariño
os pedí a vuestra hermana; mi ternura
os creyó favorable a este designio.390
Sin desdeñar la súplica mi labio
imploró vuestra alianza, y vuestro oído
escuchó con asombro el ruego humilde
del que era a pesar vuestro en este sitio
árbitro soberano de las vidas;395
pero vos, inflexible, mis suspiros
apreciasteis tan poco que un desaire
selló vuestra respuesta. En los principios
resolví con las armas en la mano
vengarme de esta ofensa, y el castigo400
en el primer arranque de mi enojo
igual con el agravio hubiera sido.
Pero amor y amistad me contuvieron.
Yo esperaba encontraros más propicio
con el tiempo, y que fuese vuestra hermana405
menos fiera algún día a mis suspiros.
¡Ah, cuánto me engañaba! ¡Cuán en vano
luchaba con la fuerza del destino!
¡Cuán sin fruto formaba un alto intento,
cuya ruina trazaban mis amigos!410
En fin, para quitar todo recurso
a mi ardiente esperanza, habéis querido
acelerar la dicha de Rogundo.
Mi fe vio con horror que en este sitio
se iba a encender la antorcha de Himeneo;415
la amistad y el honor desatendidos
me irritaron contra un odioso enlace,
y disponiendo un desagravio digno
de tan atroz ofensa cuando todos
respetaban mi voz, ahora mismo420
Munuza va a ser dueño de Hormesinda.
PELAYO
¿De mi hermana? ¡Gran Dios! ¿Qué me habéis dicho?
¿Sois vos el que me habláis? ¿Estoy acaso
soñando lo que escucho? ¡Intento impío,
idea atroz, proyecto abominable!425
En fin, tu amistad falsa me ha vencido,
tu vil labio confirma mis sospechas
y tu mismo rubor era un indicio
de esta traición... Pero Rogundo acaso...
MUNUZA
Insolente Rogundo se ha atrevido430
a ultrajar mi respeto; ya le aguardan
por paga de esta ofensa otros castigos;
y pues debe morir, ninguna causa
os debe hacer contrario a mis designios.
PELAYO
Y qué, ¿no hay más estorbos que resistan 435
vuestra ambiciosa idea? ¿Os creéis digno
de que mi honor consienta en este enlace?
¿Y os parece tan fácil que el sobrino
del último rey godo, a cuyas sienes
se debe la corona de Rodrigo,440
quiera entregar la mano de su hermana
a un partidario infiel del berberisco?
Sin duda el cielo próspero da vuelta
para estorbar tan pérfido designio.
Y en vano alegarás en favor tuyo445
una falsa amistad, cuyos principios
fueron el interés y la perfidia;
amistad vergonzosa, que abomino,
lejos de agradecerla...
MUNUZA
Sin embargo,
aún os es favorable, pues reprimo 450
mis justas iras y sufro estos baldones.
Vos estáis en Gijón, y yo me humillo
a implorar nuevamente vuestro agrado.
A esta atención me obliga mi cariño;
pero advertid que sin el gusto vuestro455
puedo llevar a efecto mis designios
y poneros con sola una palabra
en situación de ser menos temido.
No obstante, desde hoy los intereses
de vuestra casa van a ser los míos,460
si aprobáis este enlace; y desde luego
la corona de Asturias será digno
adorno de las sienes de Hormesinda.
Con mi amistad, mi alianza y mis auxilios
podréis asegurar unos estados 465
cuyo derecho está muy indeciso.
Estas y otras brillantes esperanzas
os pueden lisonjear, si más benigno
mi súplica otorgáis. Pero si ingrato
ajáis con un desaire repetido470
mi decoro, temed que a la blandura
sucedan el estrago y los cuchillos.
PELAYO
Así vuestra política perversa
usa de los más viles artificios
para lograr sus pérfidas ideas.475
Pero en vano intentáis a mi honor limpio
poner ese borrón abominable.
Pues, ¿qué, vos aspiráis desvanecido
a usurpar de Gijón el cetro augusto?
¿Esta nueva traición será un motivo480
que me obligue a cederos a mi hermana?
Vos pretendéis por medio de un delito
comprar una injusticia, y muy ufano
me ofrecéis de Vizcaya el señorío
para empeñarme en una acción infame.485
Tal es vuestra amistad, y estos designios
sediciosos descubren su carácter.
Poco contento con haber vendido
la religión, las leyes y la patria
al interés soez de ser caudillo490
de un ejército infiel, y muy soberbio
con un poder infame, conseguido
a fuerza de delitos y traiciones,
queréis con este enlace esclarecido
cubrir todo el oprobio que os humilla.495
Así las consecuencias de un delito
son siempre otros delitos más odiosos;
y así por la ancha senda de los vicios
quien dejó a la virtud va deslumbrado,
cayendo de un abismo en otro abismo.500
¿Hasta cuándo estaréis, oh Dios eterno,
sordo al clamor, inmóvil al gemido
de vuestro triste y humillado pueblo?
Ved cómo contra él enfurecidos
se elevan los tiranos. Pues, ¿qué, España505
no podrá sacudir el yugo indigno
sin doblar la cerviz a otro más duro?
No lo esperéis, traidor; entre estos riscos
conserva nuestra patria muchos brazos
que en este trance lucharán altivos510
hasta romper los vergonzosos hierros.
Aún viven españoles; tiembla, impío;
persiguiendo a mi ejemplo a sus tiranos,
ellos sabrán matarlos, destruirlos.
 

(Se va PELAYO.)

 


Escena VIII

MUNUZA
¿Aún faltaba esta prueba a mi constancia?515
¡Con qué fiero tesón, astro enemigo,
desconciertas y turbas mis proyectos!
Pero el fatal influjo del destino,
¿podrá más que mi rabia? Hola, soldados.


Escena IX

ACMETH
Señor.
MUNUZA
Querido Acmeth, yo estoy perdido;
520
anda, busca a Pelayo, y con secreto
procura asegurarle en el castillo;
contigo irá mi guardia.

 (ACMETH se retira y vuelve.) 

Pero, escucha,
este paso quizás será un motivo
de sedición para los mal contentos;525
el golpe es arriesgado... Sí... Es preciso
seguir un rumbo menos peligroso.
Esto ha de ser. Ve al templo; que el ministro,
la pompa y los altares estén prontos
para esta noche. ¡Ingrato y fiero amigo!530
Mi intento y mi venganza están seguros.
La esposa y el rival tengo a mi arbitrio:
búrlate de mi alianza y mis favores,
que yo haré que respetes mis designios.