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La obra periodística de Emilia Pardo Bazán

Ana María Freire López






Consideraciones generales

Emilia Pardo Bazán, a la que contamos entre los mejores novelistas españoles de toda nuestra historia literaria, fue en su tiempo conocida por muchísimos lectores, que tal vez no leían sus novelas, a través de sus colaboraciones en la prensa periódica.

La firma de doña Emilia fue habitual durante años en revistas y periódicos, gallegos, de ámbito nacional, y también extranjeros.

Como periodista figura en el Ensayo de un catálogo de periodistas españoles del siglo XIX, de Ossorio y Bernard, que no duda en incluirla por sus muchos méritos, aunque piensa que bastarían para acreditarla su revista Nuevo Teatro Crítico y sus colecciones de crónicas reunidas en volúmenes, como Por la Europa católica o De siglo a siglo1. Y hay que tener en cuenta que este catálogo se publicó en 1903, cuando a doña Emilia le quedaban casi veinte años de vida, y de dilatada e intensa labor periodística.

A su abundantísima obra en prensa se debe el título de polígrafa con que la calificaron sus contemporáneos, hasta el punto de considerarla la primera polígrafa española, si no existiera Menéndez Pelayo.

Podría decirse que sus condiciones personales y su talante la hacían especialmente apta para un trabajo en el que no bastaba poseer una amplia cultura y una gran riqueza de lenguaje, sino además un vivo interés por cuanto la rodeaba, una gran curiosidad intelectual, una enorme agilidad mental, y unos arraigados principios que no le impedían estar abierta a cuanto de bueno aparecía en el horizonte, ver la parte aprovechable de lo que no era tan bueno, y ser flexible con quienes no pensaban como ella en determinadas materias. Al lado de todo esto, poseía una gran capacidad para comunicar, para transmitir, para divulgar sin vulgarizar lo que deseaba compartir.

Sus propias palabras sobre la génesis del cuento pueden aplicarse a su tarea periodística: «Cuento original que no se concibe de súbito no cuaja nunca»2, escribió; y en el periodismo, ese chispazo que engendra y vertebra un artículo o una crónica es fundamental.

Consciente de la creciente influencia de la prensa a lo largo del siglo XIX, haciendo que cualquier noticia llegue a los lugares más remotos, Pardo Bazán no pierde la ocasión de transmitir unos contenidos que ayuden a reflexionar sobre los acontecimientos y a desarrollar la capacidad crítica de los lectores.

No tengo autoridad para enseñar; digo mi parecer, y lo digo allí donde pueden oírlo, en El Imparcial, en El Liberal, en El Español, en La Época, aquí, en diez o doce periódicos donde colaboro.


(La Ilustración Artística, 905, 1-V-1899)                


Conoce bien el medio en que se mueve y los resortes de la profesión, y escribe que «el periodismo [...] es hoy, como el pan, alimento indispensable y diario». Opina que hay «periodistas muy discretos, y muy amenos, y en su esfera competentísimos». Pero sabe distinguir entre aquellos a los que llama «periodistas compañeros míos» de «los barateros menudos de la crítica», a los que alude en una carta al poeta Emilio Ferrari, con motivo de la muerte de Clarín. En este sentido cuando quiere calificar un modo de proceder superficial habla de personas que se dejan «arrastrar a proceder como periodistas, es decir, a hablar de todo ligeramente y sin examen», y critica la prensa amarilla, el sensacionalismo y el exceso de información taurina. Casi al final de su carrera no dudará en romper una lanza a favor de quienes considera sus colegas en una profesión mal retribuida:

Los periodistas no tienen retiros. No disfrutan de derechos pasivos. No les queda más amparo que la solicitud de sus mismos compañeros. Ahora acaban de darse dos casos: uno, el de Martínez Barrionuevo, que antaño fue un novelista conocido, y hasta saboreó algo de popularidad, y que hoy se halla en el lecho de un hospital, y en la miseria su familia; y otro el de don José Loma, revistero taurino famoso, que acaba de morir dejando sin recursos a los suyos, y para el cual organizó la prensa una función de beneficio, que produjo fuerte cantidad; porque la gente de coleta, a quien tanto sirvió la pluma de Loma, pagó sus localidades a precios muy altos. [...] La cesantía, con el haber que por clasificación les corresponde, no está en uso para los remeros de la pluma.


(La Nación, 27-IV-1916)                


Su trabajo en la prensa, sin embargo, no fue de información diaria, aquél al que se refería Teodoro Llorente al presentarse a la escritora en una carta de 1883: «Encadenado [...] por el rigor de la suerte al trabajo intelectual más duro y penoso que existe en estos tiempos -no necesito añadir que soy periodista-»... La firma de doña Emilia aparece por lo general en la hoja literaria de los periódicos diarios, en los suplementos literarios de los mismos, o en revistas, con cadencia semanal, quincenal o mensual.

Ese tipo de periodismo justifica que los artículos o crónicas guarden una relación o lleven títulos de serie («La ciencia amena», «Impresiones santiaguesas», «Estudios literarios», «Crónicas ligeras», «Cartas de la Exposición», «Crónicas de la romería», «La vida contemporánea»...). Ella misma seleccionó sus crónicas para recopilarlas en volúmenes que guardan cierta unidad, ya sean las de los viajes que realizó como corresponsal a exposiciones universales, las relativas a los sucesos en torno al cambio de siglo, o los artículos suscitados por determinadas polémicas literarias (Mi romería, Al pie de la torre Eiffel, Por Francia y por Alemania, Por la España pintoresca, De siglo a siglo, Polémicas y estudios literarios...).

Alabo esta buena costumbre de reunir y conservar las crónicas periodísticas. ¡Cuántas veces cogemos un diario, leemos en él, con interés sumo, una crónica que guarda conexión con otras y forma parte de una serie, y nos queda el apetito abierto e insaciado, porque no volvemos nunca a encontrar ocasión de echar la vista encima a las crónicas restantes!


(La Ilustración Artística, 1.005, I-IV-1901)3                


La crónica es una de las modalidades periodísticas que con más asiduidad cultivó. Sus libros de viajes, cuyo origen está en las crónicas de diversos acontecimientos, enviadas a una publicación periódica, recogen no sólo en la práctica sino teóricamente su modo de concebir lo que han de ser las crónicas periodísticas4, que en palabras suyas, «tienen que parecerse más a conversación chispeante, a grato discreteo, a discurso inflamado, que a demostración didáctica. Están más cerca de la palabra hablada que de la escrita». De ahí la amenidad de su lectura, todavía hoy.

Del ingente número de colaboraciones de Emilia Pardo Bazán en la prensa periódica se han elaborado hasta el momento diversos repertorios. El primero fue el de Carmen Bravo-Villasante, como apéndice a su Vida y obra de Emilia Pardo Bazán, ampliado por Nelly Clémessy en su trabajo Emilia Pardo Bazán como novelista. A finales de 1999, Emilia Pérez Romero defendió su tesis de doctorado, dirigida por Marina Mayoral, sobre Los artículos periodísticos de Emilia Pardo Bazán, donde, dejando a un lado las colaboraciones estrictamente literarias, como los cuentos y las novelas, engrosaba la relación de las colaboraciones de doña Emilia en la prensa. Pero ninguno de los repertorios es completo, y me temo que ninguno lo será en bastante tiempo. El año pasado apareció, publicada por la Diputación de A Coruña la recopilación exhaustiva, realizada por Juliana Sinovas, de La obra periodística completa en «La Nación», de Buenos Aires (1879-1921), donde reúne 284 crónicas, que amplían sensiblemente las aportadas por Cyrus DeCoster5. Pero es que este verano tuve ocasión de hablar con la autora de esta obra, y me comentó que actualmente está trabajando sobre los artículos de doña Emilia en una publicación filipina, hecho del que hasta ahora no había noticia.

Sabemos que fue invitada a colaborar en publicaciones portuguesas, como el Diário Ilustrado de Lisboa, y que en 1883 empezó a escribir para las Matinées Espagnoles, de París, donde también colaboró en la Revue des Revues. En la Fortnightly Review británica, en Las Novedades, revista neoyorquina, y en la Revista Ilustrada de Nueva York hay colaboraciones suyas, así como en la Revista Católica que se editaba en Nuevo México, y en Littell's Living Age, revista de Boston6.

Esto no hace más que confirmar que doña Emilia colaboró en muchas más publicaciones periódicas de las que hoy recogen los repertorios de que disponemos -yo misma los he ido enriqueciendo al preparar esta conferencia-, no porque se hayan hecho con poco esmero, sino porque la abundantísima producción de Pardo Bazán exigirá una revisión total de la prensa del XIX y comienzos del XX, española y extranjera, si se quiere hacer un catálogo exhaustivo7.




Los comienzos

Las primeras colaboraciones en prensa de Emilia Pardo Bazán se remontan además, a una época muy temprana de su vida. En un primer momento, el periódico fue para ella, como para todo escritor del siglo XIX que quisiera darse a conocer, un mero cauce de su creación literaria. Los periódicos y revistas, a veces de vida muy efímera, se llenaban de colaboraciones espontáneas de tipo literario, a las que el director de la publicación no siempre podía sustraerse. Jesús Muruáis, en una carta de 1880 a doña Emilia, le hablaba de los temibles enemigos con que tenían que luchar entonces en Galicia las publicaciones literarias:

[...] la avalancha de versos que inundan la redacción apenas abre sus puertas, destinados a referir cuitas más o menos lastimosas y que por lo común sólo causan lástima a los que ven gastar tanta tinta y papel para manifestar cosas tan trascendentales, como la de que, verbi-gratia, la novia del vate se ha marchado de La Cañiza, de donde es natural y vecino el que escribe, a tomar las aguas de Cortegada, dejando a su infeliz amante «¡Ay! Presa del dolor que a los ausentes/desgarra con sus dientes...» &ª &ª8.



También las poesías juveniles de Emilia aparecieron con frecuencia en la prensa periódica, pues anhelaba desde bien pequeña dar publicidad a sus trabajos. En sus Apuntes autobiográficos confiesa que, cuando tenía unos nueve años, garrapateó unas quintillas con motivo del regreso de las tropas de la guerra de África, y recordando sus sentimientos de entonces exclama: «¡Ah! ¡Si yo pudiese entonces soñar con la dicha y el honor inexplicable de que me las publicase un periódico local!». La prensa era, en efecto, el escaparate y el altavoz para quien quisiera abrirse camino como escritor en el siglo XIX.

Sin embargo, la publicación más antigua que se conoce de doña Emilia en la prensa fue un texto en prosa, como presagiando el futuro de la escritora. Se trata de la novela corta Aficiones peligrosas, que comenzó a ver la luz en El Progreso, de Pontevedra, en agosto de 1866, cuando Emilia no había cumplido aún los quince años.

Desde esa fecha es posible hallar con cierta frecuencia colaboraciones suyas en periódicos gallegos. Hasta finales de la década de los setenta y primeros años de la de los ochenta aparece su firma en el Almanaque de Galicia (Lugo), El Heraldo Gallego (Orense), la Revista Galaica (Coruña); el diario Aurora de Galicia (Coruña), el Diario de Lugo, La Gaceta de Galicia (Santiago), el Faro de Vigo, El Lérez9. En la mayoría de los casos se trata sólo de poesías, pero en la Revista Compostelana encontramos, ya en 1876, una serie de artículos de carácter divulgativo sobre «La ciencia amena». Todas son publicaciones de Galicia; todavía se siente insegura para enviar sus trabajos a la prensa de ámbito nacional, aunque ya piensa en ello. De esta etapa cuenta en sus Apuntes autobiográficos:

A causa del nacimiento de mi hijo nos habíamos establecido en la Coruña, y corrieron casi tres años en que no interrumpí mis estudios sino para emborronar artículos sueltos, pues seguía teniendo un miedo vago a la publicidad arrostrada en forma de libro, y como el niño que da titubeando los primeros pasos, me ensayaba en escribir de varios asuntos, sin conceder la menor importancia a aquellas páginas sueltas. Fácil me hubiera sido enviarlas a la corte: preferí la discreta penumbra de las revistas regionales. Hice sin embargo una excepción con La Ciencia Cristiana, revista que en Madrid dirigía el sabio filósofo don Juan Manuel Ortí, y en la cual salieron mis artículos sobre el Darwinismo y los Poetas épicos cristianos.



Aquella revista mensual, que en palabras de Emilia «tenía un carácter más apologético que literario, le sirvió, según confiesa, para ejercitarse en el uso del lenguaje, y para afianzarse en su camino como escritora, por el celo con que se velaba por la ortodoxia y por la pureza del lenguaje:

Todo escrito se revisaba y acendraba en el crisol teológico antes de hacer gemir la prensa, y sus ideas y frases se pesaban en la balanza más sensible del mundo, no dándoles cabida si discrepaban un átomo. De arte no se podía escribir directamente, sino refiriéndolo a la edificación y ejemplaridad; y hasta las imágenes y colores vivos del estilo se hacían sospechosos. Con esto ya se deja entender que un temperamento literario curioso, desenfadado y libre como el mío, tenía que derramarse fuera de las medidas angostas de La Ciencia Cristiana, por muy buenos propósitos que de no traspasarlas alimentase [...] No por eso dejo de reconocer que me fueron muy provechosos mis trabajos para La Ciencia Cristiana, por lo mismo que eran difícil gimnasia del pensamiento y de la frase, y había que mirar cada renglón de frente y de perfil y pedirle a cada vocablo fe de bautismo y cédula de vecindad. Tales ejercicios me adiestraron indudablemente para el San Francisco de Asís. Y por cierto que el capítulo de este libro que trata de los Filósofos franciscanos dio ocasión a mi definitivo desacuerdo con el respetable Sr. Ortí. Tomista hasta la médula, el traductor de Jungmann desaprobó mi adhesión a la filosofía místico-crítica representada por San Buenaventura, Escoto, Ockam y Rogerio Bacon.



Es la primera vez que Emilia tropieza con un escollo a su libertad de expresión, y el abandono de la revista es un gesto que apunta lo que en adelante será su modo de proceder. No obstante, ve ampliado su público en Madrid, cuando El Siglo Futuro, de ideología afín a la revista de Ortí, reproduce Las epopeyas cristianas.

Por estas fechas, algunas publicaciones ya solicitan colaboraciones de doña Emilia, que, iniciándose en un método de trabajo que practicaría toda su vida, esboza y guarda argumentos de cuentos y leyendas, «para el primer compromiso que tenga de un trabajo literario corto»10. También por entonces publica en La Niñez, de Barcelona, el que sería su único cuento infantil. Se encuentra todavía en un período de tanteos, buscando su propio camino.

El salto a un medio de comunicación de ámbito nacional lo da en 1879, con la publicación de su novela Pascual López. Autobiografía de un estudiante de Medicina, en la Revista de España, de carácter tan diferente del de La Ciencia Cristiana. La Revista de España respiraba el ambiente de la joven Institución Libre de Enseñanza, con varios de cuyos miembros -Giner de los Ríos, Rodríguez Mourelo, González de Linares, los hermanos Calderón...- tenía Emilia buena amistad. Cualquiera de ellos pudo ser ese amigo del que habla en sus Apuntes autobiográficos como portador del manuscrito de la novela:

Lo envié a Madrid por conducto de un amigo que lo recomendase a la Revista de España, prevención no excusada, pues mi nombre apenas era conocido fuera de la región gallega, a no ser entre el reducido círculo de lectores de La Ciencia Cristiana, y aun muchos de éstos lo creían seudónimo de un escritor barbudo y hasta tonsurado.



En los años siguientes, la Revista de España daría cabida a dos cuentos, a un extracto de San Francisco de Asís, a la novela corta Bucólica y a alguna otra colaboración de asunto literario. Pero quién le iba a decir a doña Emilia que la revista rechazaría su estudio sobre Galdós, tachándolo nada menos que de «ultramontano»11.

Ocurrió esto poco antes de que se viera involucrada en un proyecto, que, aunque no se debió a iniciativa suya, la iba a introducir de lleno en el periodismo profesional. Me refiero a la fundación de la Revista de Galicia, y al ofrecimiento que le hicieron sus promotores de ser la directora de la publicación.




La Revista de Galicia

En la elección pesarían, sin duda, su posición en la sociedad coruñesa, sus colaboraciones en la prensa gallega, y tal vez, el hecho de ser mujer. En otro lugar he hablado con amplitud de la Revista de Galicia, y a ese estudio remito a los interesados en la historia y contenidos de la revista12. En este momento prefiero destacar lo que este proyecto supuso en la trayectoria de doña Emilia, que de mera colaboradora en publicaciones ajenas, pasa a conocer desde dentro una empresa periodística, ejerciendo no sólo de directora, sino de redactora y traductora.

Sus anteriores contactos con la prensa gallega y madrileña, y sus relaciones familiares, le resultaron muy útiles a la hora de utilizar su influencia, solicitando la colaboración de importantes firmas de Galicia y del resto de España. En la Revista de Galicia encontramos textos de Curros Enríquez y de Rosalía Castro, de Emilia Calé y de Alfredo Brañas, de Salvador Golpe y de los hermanos de la Iglesia, y de los Muruáis, y de Pérez Ballesteros, y de Juan Antonio Saco y Arce, así como de Valera, Menéndez Pelayo, Salvador Rueda, Ventura Ruiz Aguilera o Rodríguez Mourelo que, al parecer, fue quien la introdujo en los círculos periodísticos madrileños.

Las palabras de presentación que Emilia firma en el primer número de la revista revelan que el nuevo proyecto le ha obligado a reflexionar sobre el papel de la prensa. Las revistas, a medio camino entre el libro y la prensa diaria, permiten a sus redactores una mayor reflexión que en ésta sobre los asuntos de que tratan, y tienen, de algún modo, un fin didáctico. Las publicaciones periódicas no son mero soporte de la creación literaria, sino un poderoso medio para elevar el nivel cultural, orientando la opinión pública. Sus propias reflexiones ayudan a Emilia Pardo Bazán a perfilar la idea de lo que será su quehacer periodístico en adelante.

La Revista de Galicia tuvo una corta vida, entre marzo y octubre de 1880. Sus veinte números, semanales en un primer momento, pasaron a ser quincenales y más extensos a partir del número 9. El cese de la publicación -más bien el abandono- vino marcado por el viaje que la escritora emprendió en el mes de septiembre, para tomar las aguas de Vichy, debido a una dolencia hepática. Sin hacer referencia expresa a la revista, cuenta en sus Apuntes autobiográficos: «Por no comprometer el éxito de mi cura termal, no me dediqué a trabajar seguido en los primeros meses de mi vuelta a España, limitándome a terminar el Viaje de novios».

Sus circunstancias personales y familiares de esa época, que conocemos a través de su epistolario, nos hacen pensar que se sintió aliviada con la desaparición de la revista. Al regreso de Francia, donde se ha familiarizado con los nuevos rumbos que sigue la novela fuera de nuestro país, emprende nuevos proyectos literarios y reanuda la redacción de su trabajo sobre San Francisco de Asís.




Primer contacto con La Época

Sin embargo, animada por el éxito de Pascual López, ya publicado como libro, aprovechando las propias cajas de la Revista de España donde había aparecido, envía a La Época su novela Un viaje de novios. Era su primer contacto con aquel periódico de solera, de ideología liberal-conservadora, en el que iba a colaborar durante toda su vida. Lo dirigía entonces el marqués de Valdeiglesias, y escribían en él las mejores plumas del momento.

En la hoja literaria de La Época comenzó a publicar, el 7 de noviembre de 1882 los artículos de un texto crítico, La cuestión palpitante, en entregas semanales hasta el 16 de abril de 1883. Su planteamiento de este trabajo era conscientemente divulgativo, periodístico, como explica en sus Apuntes autobiográficos.

Mi objeto era decir algo, en forma clara y amena, sobre el realismo y naturalismo, cosas de que se hablaba mucho, pero con ligereza y sin que nadie hubiese tratado el asunto de propósito. Creí pues conveniente acudir a la prensa y salir al palenque sin más armas que una delgada coraza de erudición anecdótica, que no asustase a los profanos, antes bien les sirviese de cebo, y no me estorbase los movimientos a mí.


La polémica que suscitó la cuestión palpitante es bien conocida, y también las consecuencias que tuvo en la vida privada de doña Emilia13. El tema del naturalismo se venía debatiendo en la prensa desde hacía algún tiempo, pero el detonante para que estallara la polémica fueron los artículos de doña Emilia, con aquel título verdaderamente periodístico y acertado14. En el debate intervinieron conocidos periodistas del momento, como Luis Alfonso, y escritores como Núñez de Arce, Campoamor, y otros autores hoy olvidados. Valera publicaría más adelante en la Revista de España sus Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas (1886-1887). En el debate, apoyaron a doña Emilia Clarín -que prologó La cuestión palpitante cuando se publicó en tomo-, Narciso Oller, Galdós y otros notables escritores. Doña Emilia no salía de su asombro, mientras empezaba a conocer por experiencia el alcance y la repercusión de la prensa periódica. Incluso antes de terminar de publicar los artículos en La Época recibía una carta desde Italia, en la que Salvatore Farina, uno de los fundadores del Corriere della Sera, y en aquel momento director de la Rivista Minima di Scienze, Lettere ed Arti, de Milán, le pedía permiso para traducir y reproducir en su revista uno de los artículos de La cuestión palpitante.

Siempre me sorprenderá -escribió años después doña Emilia- el extraordinario dinamismo de aquel librejo trazado al correr de la pluma, en que lo único calculado es la impremeditación y espontaneidad, que procuré para quitarle todo sabor didáctico. Al ver que unos artículos ligeros, batalladores e improvisados han dado origen a tantas polémicas, provocado tantas adhesiones entusiastas, tanta contradicción, tanto alboroto, y son traducidos y analizados seriamente por la prensa extranjera, y hasta consiguen, al cabo de los años mil, volver a poner en manos de Valera su nunca oxidada pluma, yo, que debo a Dios la discreción necesaria para no cegarme acerca de mis propios méritos, y los veo tan insignificantes como son, explico la fortuna del libro por su oportunidad, y me aplico aquello de que más vale llegar a tiempo que rondar un año.


(Apuntes autobiográficos)                


Efectivamente, doña Emilia da en la diana tratando un tema de candente actualidad, algo para lo que tenía una capacidad especial, que tanto le ayudaría en su labor periodística. En consecuencia, la polémica le consigue una fama inesperada, y su firma interesa a los periódicos, en donde tiene las puertas abiertas.

Una carta de su pariente, el marqués de Figueroa, de marzo del 83, es reveladora en este sentido. Don Juan acaba de publicar una novela, El último estudiante, y varios amigos le han prometido publicar reseñas: Juan Reina en El Progreso, el marqués de Rivadulla en El Correo Catalán, y Alfredo Vicenti, y Mariano de Cavia... Sin embargo, escribe a doña Emilia unas palabras que no son un mero cumplido:

Pero lo que más me interesa y lo que con ansia más viva deseo es tu artículo. ¿Dónde ha de publicarse? Sitio muy ad hoc paréceme el lunes literario de El Imparcial, por lo mucho que se lee. Pero, en fin, allá tú. Supongo dirigirás el trabajo a la dirección del periódico en que haya de publicarse, directamente, dado que los trabajos tuyos, recibidos por todos con grandísimo gusto, aparecen siempre sin que hayan menester el refuerzo de las recomendaciones15.


Por las mismas fechas, Valentín Valero de Tornos pone a su disposición las columnas de La Raza Latina, de la que es director, «por si gusta honrarlas con su firma». Y Pereda se sentiría muy halagado si ella publicara una reseña de su Pedro Sánchez en La Época, aunque no se atreve a pedírselo directamente16. Y a Polo y Peyrolón, que se lamenta de tener vedados todos los periódicos liberales, doña Emilia le asegura que ella mediará para que le permitan escribir en alguno.

La firma de Emilia Pardo Bazán aparece a mediados de los ochenta, además de en La Época, en El Imparcial, y en revistas de la capital, como La Ilustración Gallega y Asturiana, la Revista de España, La Vida Alegre, o la Revista Contemporánea, e incluso la Nouvelle Revue Internationale, que también se edita en París, mientras continúa colaborando en la Gaceta de Galicia, de Santiago. Además, amplía su radio de acción con envíos ocasionales a publicaciones barcelonesas, como La Ilustración, El Museo Popular, La Ilustración Ibérica, o La Ilustración Artística, de la que años después será asidua colaboradora.




El Imparcial

En agosto de 1887, Emilia Pardo Bazán comienza a escribir con continuidad para El Imparcial, fundado por el gallego Eduardo Gasset y Artime en 1867, y dirigido por él durante muchos años. Era el periódico más leído de Madrid, con gran peso en la opinión pública. A este propósito solía contarse que a Sagasta, cuando era presidente del Consejo de Ministros, le preguntaron en una ocasión si había alguna novedad política. Y respondió: «Pues no le puedo contestar. Todavía no he leído El Imparcial»17.

En la década que va de mediados de los ochenta a mediados de los noventa, el periódico contaba con un equipo de redactores que lo llevaron a la cima del prestigio y de la tirada. Fue además el primer periódico que tuvo un suplemento literario independiente, Los Lunes de El Imparcial, después imitado por muchos otros. El Imparcial contaba entre sus colaboradores a Valera, Clarín, Campoamor, Federico Balart, Castro Serrano, Manuel del Palacio, Ortega Munilla... Junto a ellos, solo una mujer, Emilia Pardo Bazán, que desde el comienzo de su carrera entendió que la desigual igualdad entre el hombre y la mujer no consistía en que ésta limitara su campo de acción a las revistas femeninas -ella no figura entre los colaboradores de revistas de ese tipo18-, sino en compartir los mismos foros, tribunas y columnas de las publicaciones periódicas19. Para El Imparcial escribirá doña Emilia crónicas de viajes, artículos de opinión sobre temas de actualidad, cuentos. Y además, en El Imparcial se iniciará en una nueva práctica periodística, que nunca antes había ejercido: la de enviada especial para cubrir la información de un acontecimiento de alcance internacional.

En diciembre de 1887 se traslada a Roma, para informar de los actos en torno al jubileo sacerdotal del papa León XIII. También viaja a Roma otro periodista de El Imparcial, José Ortega Munilla, y ambos, una vez terminada la romería vaticana, visitan en Venecia a don Carlos, el pretendiente carlista, antes de regresar a España. Las crónicas de Pardo Bazán serán más tarde reunidas en un volumen titulado Mi romería, con la particularidad de que contiene dos crónicas relativas a esa visita que no llegaron a ver la luz en El Imparcial. Si Emilia había dejado de colaborar en La Ciencia Cristiana por disparidad de criterio con su director en el campo teológico, ahora son razones de tipo político las que impiden a El Imparcial insertar estas dos crónicas, que aparecen en el periódico carlista La Fe. En este caso Emilia lo comprende y escribe:

Consideraciones que están al alcance de todo el mundo vedaron a El Imparcial la inserción de mis artículos, lloviendo sobre mojado del de Ortega Munilla relativo al mismo tema. Es ya bastante heroísmo e imparcialidad sobrada en un periódico liberal el hablar con decoro y respeto de la única persona para la cual en España no existe justicia, ni equidad, ni siquiera tolerancia20.



Pero los dos artículos, de talante conciliador, el primero titulado «Don Carlos», y el segundo «Confesión política», publicados en La Fe, darán origen a la segunda gran polémica de prensa en la que se ve envuelta Emilia Pardo Bazán. El periódico, también carlista, La España Católica, apoya a La Fe, pero El Siglo Futuro, que representa al sector más intransigente de ese partido, emprende una verdadera campaña contra Emilia Pardo Bazán por la tolerancia que respiran sus artículos. El Imparcial analiza el enfrentamiento entre La Fe y El Siglo Futuro, en su editorial del 21 de junio titulado «La pena del talión», sin que los ánimos se calmen. Hasta que el Pretendiente se ve obligado a expulsar de su partido a El Siglo Futuro, más carlista que el propio don Carlos, y a otros periódicos afines a él. Doña Emilia nunca pudo imaginar que sus dos artículos acabarían contribuyendo de tal modo a las disensiones internas del partido carlista, y experimenta una vez más el poder de la escritura y del instrumento que tiene en sus manos.

Todavía en otra ocasión ejercería Pardo Bazán de enviada especial de El Imparcial, trasladándose a París en 1900 para informar de la Exposición Universal del cambio de siglo. Y se ve que el periódico era generoso con sus corresponsales: sus crónicas, reunidas en un volumen, llevan por título nada menos que Cuarenta días en la Exposición.




La España Moderna

No era la primera vez que Emilia Pardo Bazán visitaba una Exposición Universal. Poco después de su matrimonio había asistido a la de Viena de 1873, con su marido y con sus padres, y en 1889 cubrió por primera vez la información de una Exposición Universal, que también se celebró en París, publicando sus crónicas en La España Moderna.

Esta revista, en cuya fundación tuvo tanta parte doña Emilia, había comenzado en enero de 1889. La escritora había conocido al que sería su fundador en Barcelona, el año anterior, precisamente con motivo de otra Exposición, a la que había acudido para descansar -así lo escribe- del viaje que acababa de hacer a Roma como corresponsal. Narciso Oller, novelista catalán con el que doña Emilia venía manteniendo una amistad epistolar, le presentó a Lázaro Galdiano, que, once años menor que ella, quedó deslumbrado por su personalidad. Tanto es así que poco después se trasladaba a Madrid, con intención de fundar una revista, contando con el asesoramiento y la experiencia de la escritora. La correspondencia revela que en un primer momento ella trató de disuadirle, pero una vez que él se hubo reafirmado en su propósito, le ofreció -confiesa- «mi cooperación decidida y completa, que no he escatimado».

Lázaro, preocupado por el nivel cultural del país, deseaba ayudar a elevarlo con los medios a su alcance, y es ella quien escribe recabando la colaboración de algunos escritores de primera fila. A doña Emilia le hubiera gustado poder hacer la revista entre un grupo de íntimos, pero entiende que eso no es posible, y así se lo cuenta a Galdós en una carta:

Dos palabras no más sobre la Revista. No sé si es buena o mala, pero no se me ocurre cómo podría hacerse mejor. Si la redactásemos entre tres o cuatro (Pereda, Clarín y estos dos nenes) naturalmente que iría muy bien. Sólo que eso es casi imposible, y no es tampoco muy revistiforme. En fin, si se te ocurre algo salvador, dímelo, que yo me apresuraré a sugerirlo21.


Por cierto, que un incidente entre Lázaro y Clarín, a propósito de un artículo de éste para La España Moderna, fue la causa de su ruptura con doña Emilia, a la que entrevé tras las decisiones del director, y el comienzo, por parte de Clarín, de una encarnizada campaña, que duró varios años, contra la escritora22.

La España Moderna era un tipo de publicación inexistente entonces en España, exquisita en el aspecto material, y desde luego en el de las colaboraciones, que habrían de ser inéditas y escritas por los mejores. La finalidad cultural era prioritaria, y Lázaro no se había planteado la revista como negocio, por lo que pagaba bien y puntualmente a los colaboradores. Emilia le expone las condiciones a Menéndez Pelayo, cuando le escribe para solicitar un trabajo suyo:

No puede esta Revista ofrecer a las plumas más famosas arriba de 75 a 100 pesetas por trabajo, según la extensión, pues Vd. conoce lo que se gana con las letras; pero ese estipendio lo abonará sin tropiezos ni baches, al contado; y además, anunciará los libros de sus colaboradores y dedicará estudios a sus obras.


(La Coruña, 8-XII-88)23                


El precio era verdaderamente tentador, y para los planes de independencia económica que doña Emilia acariciaba por aquellas fechas una estupenda oportunidad. Sin embargo no quiere intervenir en absoluto en La España Moderna como empresa, y sólo está dispuesta a cobrar por lo que escriba para ella:

Respecto a intereses, -escribe a Galdós- ¡ni una palabra se habló! Creo firmemente que en el pensamiento de él hay una cláusula no estipulada en el contrato, y que se alegraría mucho de ganar mucho también, para poner a mi disposición lo que ganase. Pero como yo no había de admitir sino el precio de mi trabajo, en concepto de colaboradora, y en otro concepto las delicadezas y obsequios que prescribe la galantería tratándose de una mujer, y nada más, de ahí que toda esta cuestión de la Revista sea aparte de la de mi emancipación y no tenga nada que ver con ella24.


Resulta interesante analizar los aspectos económicos del quehacer periodístico de doña Emilia, aunque sea brevemente. Unas pinceladas bastarán para mostrar cómo se había ido incrementando la cotización de su firma, y lo consciente que era del valor de su trabajo. Cuando en junio de 1883, José Yxart la invitaba a colaborar en la revista Arte y Letras, de Barcelona, ella le respondía entre otras cosas:

No sé lo que esa Revista paga por columna; yo suelo cobrar (a las Revistas, no a los editores) 25 pesetas por cada 10 cuartillas, reservándome el derecho de reimprimir después en libro.


(La Coruña, Julio 9 de 1883)25                


Y en cartas posteriores demuestra conocer bien lo que llama textualmente «el importe de mi prosa» (Carta a Yxart, La Coruña 1 de octubre de 1883). A la hora de ofrecer recopilados en un volumen una serie de trabajos suyos, se inclina por los cuentos, porque, en palabras suyas, «los Cuentos en general se venden bien» (Carta 27-XII-83). Y cuando seis años después le hable a Yxart de su proyecto de publicar una Historia de las Letras Españolas, le comentará que, si no le pagan lo que pide, no le compensa ese trabajo, porque le resulta más rentable escribir novelas (Carta: Madrid, 24-1-89). A través de Yxart intentará que la casa Ramírez publique el primer tomo de las Cartas sobre la Exposición Universal de 1889 -lo que sería su libro Al pie de la torre Eiffel-, y le pregunta: «¿Qué me darían esos Sres. por un tomo de 300 a 400 páginas?».

El periodismo fue, pues, para ella, una buena fuente de ingresos. En 1898, a propósito de una colaboración para la Revista Internacional, le hace notar a Rafael Altamira, que «mi precio general es a dos duros o poco más la cuartilla mía, y para que V. se forme idea le diré que siete u ocho cuartillas son los cuentos que publican El Liberal y El Imparcial» (Madrid, 22-IV-1898). En 1905 (carta de 17-V) Lázaro le pagaba a doña Emilia «cien pesetas por artículo, aunque sólo tenga ocho cuartillas cada uno».




La Ilustración Artística

No mucho después de la fundación de La España Moderna, La Ilustración Artística, de Barcelona, incorporaba a doña Emilia a sus colaboradores habituales26. En varias ocasiones habían aparecido en sus páginas textos de Pardo Bazán, pero es en 1895 cuando sus colaboraciones adquieren carácter periódico. La revista, en gran folio, con texto a tres columnas y preciosos grabados, recuerda a La Ilustración Española y Americana. La Ilustración Artística había nacido en 1882, como obsequio para los suscriptores de la Biblioteca Universal Ilustrada, de Montaner y Simón, y se publicaba semanalmente. Con la excepción de algún cuento y una novela corta, el trabajo de Emilia Pardo Bazán en La Ilustración Artística es de carácter periodístico. Su sección «La vida contemporánea», que redactó hasta el cese de la revista, en diciembre de 1916, supone un repaso a la actualidad española y extranjera a todos los niveles. Escribe de literatura y de moda, de costumbres y de crímenes, de políticos contemporáneos y de personajes pretéritos, de viajes y de cocina, y de muchísimos otros asuntos. Una selección de crónicas publicadas en La Ilustración Artística entre 1896 y 1901 fueron recogidas por ella en el volumen XXIV de sus Obras completas, con el título De siglo a siglo, y en ellas aborda, entre otros temas, los sucesos de 98. Y en una crónica de «La vida contemporánea» anuncia a sus lectores, el 8 de junio de 1908, que desde ese momento su firma ya no será Emilia Pardo Bazán, sino La Condesa de Pardo Bazán, porque el rey Alfonso XIII acaba de concederle ese título de Castilla -su padre ostentaba el mismo, pero otorgado por la Santa Sede-, en atención a sus méritos literarios.

Las crónicas de doña Emilia, amenísimas, se publicaban cada quince días, alternando con las que, en las semanas intermedias escribía Emilio Castelar en su sección «De Europa». Cuando en 1899 fallece Castelar, la revista pide a doña Emilia que se ocupe también de las columnas que redactaba el político, y lo hace con verdadero acierto, aunque durante poco tiempo. Es posible que, colaborando en un sinfín de periódicos y revistas, no pudiera hacer frente a una entrega semanal para La Ilustración Artística.




El Nuevo Teatro Crítico

Desde hacía años colaboraba simultáneamente en diez o doce publicaciones periódicas, además de escribir novelas. La firma de doña Emilia era tan habitual, que en febrero de 1891, defendiéndose de unas acusaciones de Pereda, escribía en El Imparcial:

Me achaca que obro como si el público no pudiese pasarse un día sin mí. Si se refiere a que escribo y produzco con regularidad y en cantidad, acepto el cargo: escribo cuanto me viene en gana, y no temo ser molesta, porque muy dueños son los lectores de no atenderme ni comprarme, de echar a un lado el artículo o el libro.


(El Imparcial, 21-II-1891)                


Ese año había comenzado la edición de sus Obras completas, y por segunda vez emprendía la fundación y dirección de una revista, ahora completamente sola. Su Nuevo Teatro Crítico, redactado exclusivamente por ella, quería ser, desde el título, un homenaje a su admirado Feijoo, a quien consideraba pionero en el quehacer periodístico: «Feijoo fue realmente algo cronista, y no hay que decir si lo fueron otros periodistas españoles de la primera época de la prensa». (La Ilustración Artística, 948, 26-II-1900).

No pretende imitar a Feijoo, pero comparte su propósito de escribir «para desengaño de errores comunes». Su realismo, sin embargo, le hace ver que los errores comunes no son ya los mismos de los tiempos de Feijoo, ni basta una sola persona para contrarrestar las «herejías intelectuales, defendidas por muy graves sujetos y hasta preconizadas como base y fundamento del orden social». Se propone, por tanto, hacer lo que está a su alcance, porque echa de menos en el panorama periodístico español una revista de crítica, que se ocupe de obras y autores, españoles y extranjeros, y de la vida cultural. Una revista que entronque, en el espíritu, ya que no en la realización, con aquellas «menestras poligráficas» del siglo XVIII que se llamaron El Espectador, El Pensador Matritense, el Diario de los Literatos o el Cajón de Sastre. Y en efecto, sorprende su capacidad de trabajo, tanto como la enorme variedad de registros que tiene su pluma, pues sacaba mensualmente un número de alrededor de cien páginas, que contenía cuentos y artículos de crítica literaria, semblanzas de personajes y reseñas de acontecimientos literarios, históricos o culturales, extractos de conferencias y noticia de estrenos teatrales, etc.

Y hay que tener en cuenta que en los años del Nuevo Teatro Crítico continuaba colaborando en La Época, en La España Moderna, en la Gaceta de Galicia, en el Heraldo de Madrid, en el semanario barcelonés La Ilustración, en La Ilustración Artística, en La Ilustración Moderna, en El Imparcial, en El Liberal y en la Nouvelle Revue Internationale, con ocasionales colaboraciones en revistas como La Caricatura o La Velada.

El proyecto del Nuevo Teatro Crítico, emprendido con la herencia de su padre, duró tres años. Desde el primer número advirtió doña Emilia a los lectores que abandonaría la publicación si ésta no diera los resultados que esperaba. Y en efecto, en diciembre de 1893, con treinta números en su haber, la daba por terminada, esta vez no sin antes avisar a sus lectores.




Blanco y Negro y ABC

Poco antes había comenzado a colaborar, de vez en cuando, en una revista nacida el mismo año que la suya, aunque de muy diferentes características, y que tendría una vida mucho más larga. Se llamaba Blanco y Negro. Emilia Pardo Bazán publicaría con continuidad en Blanco y Negro, desde 1896 hasta su muerte, numerosos cuentos, además de una serie de semblanzas hagiográficas de santas, que recopilaría y publicaría su hija Carmen en 1925, en un volumen titulado Cuadros religiosos.

Desde 1918 escribió, además, quincenalmente, en el diario de la misma empresa, ABC, hasta el final de su vida. Suele decirse que el último artículo de la escritora, dedicado a don Juan Valera, vio la luz en el ABC del 13 de mayo de 1921, al día siguiente de la muerte de doña Emilia. Y sería exacto si no hubiera que tener en cuenta la prensa americana.




La Nación de Buenos Aires

Porque durante los últimos once años de su vida, doña Emilia fue colaboradora habitual de La Nación, de Buenos Aires. Aunque antes había aparecido su firma en este periódico, se trataba de la reimpresión de artículos ya publicados en otros medios. Su compromiso con La Nación, como corresponsal, comenzaba el 1 de marzo de 1909, ocupando el hueco que había dejado la muerte del español José Nogales. Un artículo anónimo anunciaba aquel día la incorporación de doña Emilia al equipo de colaboradores, entre los cuales, aunque no simultáneamente, encontramos a Pedro Antonio de Alarcón, Juan Valera, Rubén Darío, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Ramón Gómez de la Serna, Unamuno, Valle-Inclán o Baroja.

En las páginas de La Nación publicó doña Emilia desde 1909 doscientas sesenta y una crónicas periodísticas, sobre todo tipo de asuntos de actualidad, ya de Madrid, de España o de Europa, alternando estos encabezamientos sin un orden prefijado. Con un promedio de dos mensuales, terminan el 3 de julio de 1921, siendo esa, por tanto, la fecha del último texto periodístico que se publicó de la escritora, que siguió hablando a sus lectores desde las páginas del periódico aún después de fallecida27.




Conclusiones

Aunque los límites de lo que es una conferencia me han obligado a «nadar a flor de agua», como diría doña Emilia, creo haber puesto de manifiesto el gran interés que tiene internarse en su obra periodística. Tanto para el mejor conocimiento de la persona que fue Emilia Pardo Bazán, como de su maduración literaria como escritora, el estudio de su trabajo en la prensa periódica es fundamental. Desde sus primeros textos periodísticos, con frecuencia condicionados por el tipo de publicación en la que aparecen, hasta los últimos, cuando La Condesa de Pardo Bazán es una firma cotizada, que escribe lo que quiere, como quiere y donde quiere, es posible advertir una evolución muy notable. Y no tiene menos interés el cotejo de las variantes entre algunos artículos publicados en la prensa, y esos mismos artículos cuando los recoge posteriormente en un volumen; o la relación existente entre los argumentos de algunos de sus cuentos y noticias que previamente ha tratado en sus crónicas periodísticas; o la capacidad de adaptación de su discurso al tipo de lectores -españoles o americanos, por ejemplo-, que late en sus crónicas.

Su obra estrictamente periodística tiene una calidad literaria en absoluto desdeñable. Como para muchos de sus contemporáneos, la prensa fue vehículo para su creación literaria, pero fue mucho más. Y los periódicos y revistas -La Época, El Imparcial, La España Moderna, La Ilustración Española y Americana, La Ilustración Artística, Blanco y Negro, La Nación, y tantísimos más, fueron mejores porque contaron con firmas como la de Emilia Pardo Bazán.





 
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