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11

De los nombres de Cristo, ed. C. Cuevas, Madrid, Cátedra, 1977, p. 227.

 

12

Id., p. 241.

 

13

Cfr. San Buenaventura: «Ascendit iterum ante eos ad hospituin praparandum» (BAC, 9, p. 581). San Bernardo señala también que, al separarse de los fieles en la Ascensión, Cristo «iba a prepararles lugar, y les convenía que retirase de sus sentidos su corporal presencia» (ed. cit., p. 537). San Agustín precisa: «Sicut enim ille ascendit, nec necessit a nobis: sic et nos cum illo ibi iam sumus, quamvis nondum in corpore nostro factum sit quod promittitur nobis» (ed. cit., p. 351). Volvemos a encontrar la idea en un poemita de Damián de Vegas que acaba con estos versos: «Irse y quedarse bien puede, / porque quien lo hinche todo / muy bien puede hacer de modo / que se vaya y que se quede. / De manera, que irse al cielo / bien pudo sobre la nube; / mas aunque al cielo se sube, / también se queda en el suelo» (BAE, XXXV, p. 543 a).

 

14

Cfr. San Bernardo (ed. cit., p. 1085): «Subió una vez Cristo corporalmente sobre la altura de los cielos [...]. Si queremos también subir nosotros con Él, debemos subir de los valles de los vicios a los montes de las virtudes. Dos son las clases de vicios. Hay unos que nos dañan a nosotros, otros que dañan al prójimo; ésos se llaman torpezas, éstos crímenes; y todos, valle de lágrimas, porque con ríos de llanto se debe llorar la vida de los pecadores». La imagen acaba por invadir la literatura religiosa más trivial, a manera de socorrido lugar común. Cfr. algunos ejemplos espigados en el vol. XXXV de la BAE: «Sospiramos con gemido, / llorando; que no hay quien calle / en este lloroso valle / de dolor muy dolorido» (p. 243 a; se trata de una Salve glosada); Alonso de Ledesma escribe: «Finalmente, en esta vida, / todos mueren y padecen / [...] / Valle de lágrimas es...» (p. 176 a); y Damián de Vegas: «En el destierro penoso / de aqueste lloroso valle, / imposible es que se halle / firme y perfecto reposo» (p. 553 b). A veces encontramos ligeras variantes, como en estos versos de Pedro de Padilla: «Y que se acuerde, si es tiempo, / de llevarla a descansar / deste valle de amargura / do vive con soledad, / en la prisión detenida / de un pobre cuerpo mortal» (p. 99 b). Por lo que se refiere al texto de fray Luis, hay en él muy probablemente un recuerdo de la égloga I de Garcilaso: «El cielo en mis dolores / cargó la mano tanto / que a sempiterno llanto / ya triste soledad me ha condenado».

 

15

Acerca de la oposición luz /oscuridad, cfr. supra, pp. 66 ss. de este volumen.

 

16

Cfr. los ejemplos aducidos supra, pp. 49 ss.

 

17

No recogido, sin embargo, entre los casos que registra R. Lapesa en su trabajo: «El cultismo en la poesía de fray Luis de León», incluido en el volumen Poetas y prosistas de ayer y de hoy, Madrid, Gredos, 1977, pp. 110-145.

 

18

Cfr. R. Lapesa: ob. cit., p. 123.

 

19

La cohesión de la estrofa se refuerza, en ocasiones, merced a la aparición de estructuras similares con rima interna, cuya función en la poesía luisiana está por estudiar. Así, en la estrofa tercera, qué mirarán (v. 11) / qué no tendrá (v. 15); o, si se prefiere: qué mirarán los ojos / qué no tendrá por sordo. En la estrofa cuarta, y en dos versos sucesivos (17 y 18), hallamos freno, concierto, viento, fiero; si el v. 18 concluye con airado, el siguiente se inicia con estando. Estas asonancias desarrollan con cierta frecuencia -y no sólo en la presente oda- núcleos y segmentos isosilábicos. Todo esto requeriría un estudio que aquí debe quedar forzosamente al margen.

 

20

San Bernardo, ed. cit., p. 925.

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