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La primera centuria: causas geográficas, políticas y económicas que han detenido el progreso moral y material del Perú en el primer siglo de su vida independiente

Tomo III

Causas políticas y económicas


Pedro Dávalos y Lissón







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Capítulo I

El Imperio y la Colonia


SUMARIO

El misterioso pueblo de los Incas.- Su caída.- La nueva raza.- Conceptos del doctor Lissón: «España no pudo dar lo que no poseía».- Ensayo histórico de Cipriano Coronel Zegarra.- Javier Prado y su Estado social del Perú durante la dominación española.- La organización económica.- Esfuerzos hechos para obtener el más inmediato y el mayor provecho pecuniario.- Casto Rojas y su capítulo «Del comunismo a la esclavitud» en su Historia Financiera de Bolivia.- Entre el Norte y el Sur de América, los medios de colonización fueron diferentes.- Relación entre el Rey y sus vasallos.- La mita.- Cruel y sistemática matanza de indios.- Conceptos que la mita merecieron a los autores de las Noticias Secretas de América.- Las encomiendas.- La agricultura.- La minería, única industria que pudo satisfacer la aspiración económica de la Colonia.- Favorables condiciones en que España desarrolló la explotación de minas en el Perú durante dos siglos y medio.- La decadencia minera y causa que la produjeron.- Comercio colonial.- El privilegio y el exclusivismo.- La codicia y el temor concentró en un solo puerto y en pocas manos el intercambio de productos.- La Casa de Contratación de Sevilla.- Se fomentó el encarecimiento.


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[I]

Un pueblo americano cuya civilización aún no ha sido plenamente estudiada ni comprendida, cuya fuerza avasalladora llegó hasta Quito y el Maule, y cuya grandeza y prosperidad fue el resultado del ensayo comunista más avanzado hecho hasta hoy por la humanidad, repentinamente fue vencido, humillado y esclavizado. El poder y el porvenir de ese pueblo misterioso, hoy todavía con manifestaciones de gran vitalidad, desapareció para siempre. Tras la conquista vino la unión de los vencedores y vencidos. El colono español mezcló su sangre con la india, y la mujer americana sin dejar de ser esclava, se convirtió en la madre de los hijos del conquistador. Hubo así una raza mixta y nueva, que con los siglos fue en aumento y que llegó a formar el núcleo de la población. Su existencia en la época monárquica, complicó el problema social, habiendo vivido en situación parasitaria, a pesar de su número abrumador.

La civilización de los Incas que debió ser rica en brotes espontáneos, desapareció sin dejar rastros en la Colonia. No supo España apreciarlos ni aprovecharlos en su favor. La conquista fue sangrienta, y después de ella sólo quedó una manada de hombres despojados de su carácter autónomo. Sobre este rebaño mustio y apacible se implantó un gobierno vigoroso y absoluto, en el cual, el indio, degradado en el Imperio, fue esclavizado, explotado, embrutecido y aterrorizado. La República algo lo ha emancipado, y el sentimiento de su personalidad empieza a aparecer en su abatido semblante; pero la obra ha sido incompleta y conserva hondas huellas y resabios del régimen en que vivió tres siglos. De ese indio, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en su libro Noticias secretas de América, dijeron lo que sigue:

A vista de lo que se ha referido antes sobre la rapacidad de los corregidores en sus repartimientos injustos, sobre la crueldad de la mita, el despojo de las tierras, la falta de protección en los tribunales de justicia y la rápida disminución del número de indios causada por el excesivo trabajo cuando están sanos, y la falta total de asistencia cuando se enferman, parece que no   -10-   caben más infelicidades en la desgraciada suerte de esta nación, o que sus fuerzas, cansadas con el grave peso de tantas imposiciones tiránicas, deben abatirse antes que soportar el acrecentamiento de la carga. Mas como se halla fortaleza en la necesidad y disposición en la humildad y sencillez de sus genios para desistir y obedecer, no se cansa la codicia ni se satisface el deseo de combatirlos por todas partes, de suerte que hasta aquellos de quienes habían de recibir consuelo, y donde habían de hallar acogida en sus miserias, les aumentan trabajo, los llenan más de congoja y los conducen al último término de la infelicidad.

Todas estas desdichas experimentan los miserables indios con sus curas, los que, debiendo ser sus padres espirituales y sus defensores contra las sinrazones de los corregidores, puestos de conformidad con éstos se emulan a sacar en competencia el usufructo de su incesante trabajo a costa de la sangre y del sudor de una gente tan mísera y desdichada, a quien faltando una escasa ración de pan o maíz por su miserable sustento, sobran riquezas para engrandecer a otros.

Del desorden de los curas, de las extorsiones de los corregidores y del mal trato que reciben generalmente de todos los españoles, nace la infelicidad en que vive aquella gente; siendo tanta, que no pudiendo más, y deseando salir de la esclavitud, se han sublevado muchos, y se han pasado a las tierras no conquistadas para continuar en las bárbaras costumbres de la gentilidad.



Sobre el mismo tema, en su libro La República del Perú, el doctor Lissón, antiguo e insigne Decano de la Facultad de Letras, emitió los siguientes conceptos:

Los colonos españoles que la poblaron, no vinieron huyendo de la tiranía austriaca ni impelidos de una noble aspiración. Vil desecho de los tercios de Isabel la Católica y de Carlos V, después de haber, saqueado a Roma, se lanzaron al Nuevo Mundo en busca de tesoros, con la espada en la mano en vez del arado. Los más distinguidos de ellos, como Cortés y los Pizarros, no pasaron de la categoría de los antiguos Templarios: hacían la guerra a los indios, como lo habían hecho a los moros, animados de un extraviado celo religioso. Sus trabajos fueron hercúleos: en poco tiempo la recorrieron y dominaron en toda su extensión, derrocando con la superioridad de sus armas colosales imperios. Su vida era la de los famosos bandidos de España e Italia: no comían muchos días como los animales carniceros, pasaban meses enteros calada la visera, se batían uno contra doscientos y robaban el oro a manos llenas. Los prodigios de sus riquezas despertaron la codicia de sus compatriotas; y cada cual se vino de su propia cuenta a tomar parte en el saqueo   -11-   y el carneaje de los indios, para enseguida volverse a la Península a disfrutar la parte que le cupiese del botín. ¡Tan antiguo es formar un tesoro en la América a cualquier precio e irse con él a otra parte! Los conquistadores recibían en palmas a estos nuevos compañeros, pues para todos había; con lo que, habiendo crecida su número, organizaron el pillaje, fundando los repartimientos y algunos centros de población, a los que dieron el nombre de colonias; cuyo único objeto era asegurar las comunicaciones con el interior del país para el trasporte del oro a las costas del Pacífico. Entretanto, exhausta España por sus guerras en toda Europa y por los errores económicos en ella dominantes, tendió la vista a estas colonias en las que había tanto oro y para cuya formación no había hecho sacrificio alguno y con la mayor ingratitud e injusticia las arrebató a sus fundadores, incorporándolas a la Corona de Castilla, y estableciendo en ellas el sistema que se llamó colonial, cuyo principio era la exclusiva de la explotación en su favor, y la base, su interdicción absoluta con el Viejo Mundo.

Cuando se medita lo que era la colonia no hace muchos años, el entendimiento se abisma, cae en una completa laxitud, porque no acierta a comprender su manera de ser; y es necesario tender la vista al medio en que hoy se agitan sus descendientes para creerla posible. El principio evangélico de humanidad, traducido en las ideas de justicia, trabajo, igualdad, libertad, propiedad y demás que son base del edificio social, no existía. El Rey, su representante, era una abstracción para ella, que sólo veía y sufría a los Virreyes, altos empleados peninsulares y la nobleza, que eran sus irresponsables personeros. Dios, su origen, también desapareció en su más esencial atributo, descomponiéndose en los santos, cofradías y procesiones; y las miradas de los colonos sólo llegaron a la mitra de los obispos y al bonete de los provinciales de los conventos; y el privilegio, las castas, la degradación del trabajo y la explotación en favor de la Metrópoli fueron erigidos en verdades. Los resultados fueron lógicos. La monarquía no echó raíces porque no tuvo pasado; la religión no formó creencias sino ridiculeces y ni siquiera se alió a aquella; España, en vez de explotadora, fue explotada, sin provecho de ella ni de las colonias, y sólo quedaron de positivo en éstas la ociosidad, la relajación de costumbres y la falta de educación en todo ramo. Llena está la generación viviente de las leyendas de la época. ¡Qué robos en los Virreyes y golillas de la Audiencia! ¡Qué omnipotencia del empeño! ¡Qué bandidos tan afamados en los caminos públicos y que Saturnales! Las colonias por momentos debieron presentar no el aspecto de una sociedad, sino el de una cueva y una orgía.

Tal era el cuadro que ofrecía la raza americana en todo el Nuevo Mundo. En el Perú sus tintes eran más pronunciados, como que por sus antecedentes y constante riqueza, España   -12-   había hecho de él el centro de su dominación; y necesariamente sus Virreyes, nobleza y frailes debían ser los más poderosos y también su sociedad menos escrupulosa. Bajo este aspecto la diferencia era extrema entre el Perú, Buenos Aires, Chile y demás secciones. Éstas estaban todavía en la edad patriarcal, cuando ya Lima era la prostituta de Babilonia. ¡Cuán caro le ha costado el honor de tener en su suelo el solio de oro de los Incas y los ricos veneros de Potosí y Pasco!

Tras este cuadro ¿qué había? ¿qué podía distinguir la celosa vista del Gabinete de Madrid que amenazara su señorío? Nada. Los colonos no meditaban ni discutían su opresión; vivían alegres y contentos en su condición de libertos, planando sobre el indio y el negro con la incuria y el desahogo que dan los goces materiales. Si alguna vez alzaban la cara y se fijaban en la autoridad, era con ocasión de alguna lidia de toros suspendida, o de las reyertas eleccionarias entre criollos y españoles por los provincialatos de los conventos, o de alguna rara ordenanza municipal que prohibía a los mestizos el uso de las telas de oro y plata. ¡Ciega España! Esa nada era precisamente la voraz sima en que debía hundirse su tranquilo e indisputado poderío en un instante.



Con posterioridad a la labor histórica del doctor Lissón, Cipriano Coronel Zegarra, uno de los publicistas más notables que ha tenido el Perú, publicó, en 1878, en la Revista Peruana su célebre ensayo histórico Yo el Rey. De ese importante estudio tomamos para nuestra obra la parte pertinente al asunto que tratamos en este capítulo.

La revolución que experimentó el Perú al caer bajo el Imperio de la España fue violenta y radical, como lo son siempre las convulsiones estupendas que a veces trastornan a las Naciones, destruyendo de un golpe leyes, costumbres y gobiernos.

Una potencia floreciente, cuyos hábitos y administración atraen todavía las investigaciones de los sabios, que ejercía la supremacía sobre todos sus vecinos, cuyas armas jamás habían conocido la derrota y cuya civilización encontrábase extendida hasta lejanas latitudes, se vio convertida repentinamente en colonia tributaria de un monarca desconocido, en virtud de títulos vagos cuya significación no alcanzaban a penetrar sus sencillos moradores. La conquista fue una serie de perfidias, y en la sangre de sus más esforzados varones ahogáronse para siempre el poder y el porvenir de la raza misteriosa que habitaba el país.

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En otras comarcas, el blanco debía buscar en las playas americanas un asilo contra odiosas persecuciones; debía llegar a ellas llevando consigo el culto de grandes ideas y virtudes y la práctica de grandes sacrificios. No debía exhibirse allí el europeo, lanza en mano y cubierto el pecho de acero, sino llevando a su lado la familia, rodeada de los elementos genuinos de la civilización cristiana, y proclamando como dogma cardinal de la asociación política la libertad individual bajo todas sus fases.

Nada de esto aconteció en el Perú. Ningún principio de moral o de política guiaba a los conquistadores; y la avaricia, malamente disfrazada con el velo de la religión, fue el móvil que los impulsó a asaltar los baluartes de un pueblo, después de haber adormecido las sospechas del monarca, y disipado los recelos de sus cortesanos. La lanza y el mosquete fueron los argumentos de los invasores, siendo tanto más inicuas sus proezas, cuanto que para adoptarlas a sus fines adulteraban los preceptos de la más suave y racional de las creencias. La lanza y el mosquete triunfaron al fin; y sobre los huesos de un pueblo manso, noble e inteligente alzose la dominación europea, iniciándose con ella la guerra civil, fruto lógico de la situación del país, del carácter de los dominadores, de la naturaleza de sus hazañas y de la distancia inmensa a que se encontraba la regia autoridad. Surgió la guerra civil, sangrienta implacable, desmoralizadora, como lo es siempre; y no debieron sentir poca satisfacción los indígenas que habían escapado a la furia española, al contemplar desde sus guaridas la feroz iracundia con que unos contra otros se atacaban los extranjeros, bañando con su sangre las mismas campiñas que habían teñido con la suya los príncipes y magnates del Imperio. En medio de sangrientos disturbios principia la época del Coloniaje.

La raza indígena hace un triste papel en la historia del coloniaje. Los errores tiránicos, que en política y comercio sostuvieron los españoles, recayeron con mortal energía sobre los infelices indios, que día a día iban desapareciendo en la tierra misma, testigo antes de su prosperidad y de su dominio. Ya hemos visto la suerte que les cabía en los obrajes; allí no eran trabajadores libres, sino esclavos desgradados. El trabajo, que con otra organización habría redimido verdaderamente a la raza, más pronto y con más eficacia que las prédicas; el trabajo que la habría moralizado, sólo contribuyó a rebajarla, colocándola a merced del látigo del codicioso caporal. Apenas concluida la conquista, los indios fueron tratados como cosas, y los repartimientos constituyeron el premio de los servicios prestados por los aventureros conquistadores; mientras por un lado se decían exageradas las elocuentes palabras de Las Casas, por otro se justificaba no sólo la esclavitud sino la caza de indios, ni más ni menos que si fueran bestias salvajes. Los humanos mandatos del   -14-   Rey y del Papa o no eran obedecidos o lo eran con flojedad y, según la expresión de un virrey, como quien tiene mar de por medio. Las encomiendas, creadas para aliviar a los indios, llegaron a aumentar sus penalidades; la mita y los tributos les arrancaban la libertad y los despojaban del fruto de sus labores. Son tan miserables los indios, dice un virrey, que apenas tienen lengua con que quejarse, y si alguno lo hace el poder y maña de los corregidores los intimidan, de suerte que pocas o ningunas veces verifican su agravio. Envilecidos y ultrajados los indios, no tardaron en exhibir los vicios que nacen de la desgradación; se hicieron alevosos, huían del trabajo y buscaban, a menudo, en los excesos de la embriaguez el pasajero olvido de sus sufrimientos. Los españoles consideraban estos vicios como inherentes a la raza, y así lo proclamaban en justificación de su dura política. Acusaban de naturalmente indolentes, pervertidos y borrachos a pueblos que, antes de la dominación extranjera, habían sabido erigir monumentos que hoy mismo son la admiración de los sabios, y vivir bajo leyes cuyo carácter formaba un penoso contraste con la moralidad social de los vencedores, entre los cuales, hasta los sacerdotes daban el ejemplo más triste, viviendo públicamente en contubernio con las indias que se les adjudicaban.



«Los reyes de España -dice el doctor Javier Prado, en su interesante estudio Estado Social del Perú durante la dominación española- tuvieron que gobernar las Indias en relación con los principios de la política que se hallaba establecida en su patria. Habiendo considerado la América como un venero inagotable de recursos pecuniarios y codiciadas riquezas, tratáronla con severidad y energía, y con la intransigencia de quienes creen cumplir una misión divina. Animados de estos propósitos, emplearon en el gobierno la astucia, manteniendo la competencia entre las potestades política y religiosa y, lo que es más grave, la vigilancia recíproca y el denuncio. Sistema tan degradante provocó viva realidad y disputas que convirtieron las cuestiones de Estado en religiosas y viceversa, dando origen a la relación de vínculos en el poder civil, a resistencias y estrabismos del criterio. No fueron menos penosas para el Virrey las dificultades que le crearon el Real Consejo de Indias y la autoridad de las audiencias. Residía el primero en España   -15-   y tuvo la suprema jurisdicción de las Indias. Más inmediata era la acción de la Audiencia, residiendo ésta en Lima y gozando sus miembros de gran rango y honor. Siendo contradictorias muchas de las ordenanzas, fueron graves los conflictos que surgieron entre una y otra autoridad. Por lo que toca el Virrey érale necesario moderar sus exigencias y soportar agravios a fin de evitar responsabilidades personales. Conveníale estar en paz con sus iguales y superiores para que quedaran ocultas sus arbitrariedades y extravíos, habiendo procedido la mayoría de ellos con excesivo rigor y despotismo, y no pocos habiendo manchado su nombre con abusos irritantes en sus actos de gobierno y con costumbres torpes y viciosas en su vida privada. Todo esto era un apéndice de la indigna y general conducta de atesorar riquezas sin reparar en medios. Los presentes que, conforme a la práctica obligada, debían hacerse al Virrey el día de su natalicio solían llegar y exceder de la suma de ochenta a noventa mil pesos. Juan y Ulloa en las Noticias Secretas, Cobo, en la Historia de la fundación de Lima, y el abate Nuix; en sus Reflexiones imparciales sobre la humanidad de los españoles en las Indias, citan casos repugnantes de la manera como eran cohechados los Virreyes».

Comentando en un discurso el doctor Deustua, Catedrático de la Facultad de Letras, las ideas hábilmente emitidas por el doctor Prado, en el estudio sociológico del que hemos tomado los conceptos que anteceden, dijo, poniendo entre comillas muchos de estos conceptos, lo que sigue:

El coloniaje sólo legó a la República elementos opuestos a su unidad y a su constitución vigorosa.

En el régimen político trasmitió los resabios del absolutismo, enemigo de toda libertad social, que había secado la fuente de la dignidad ciudadana, debilitando el organismo colonial con las rivalidades, desconfianzas, celos, discordias y apartamientos fomentados por el soberano, sistemáticamente.

En administración pública, el abuso incorregible de los funcionarios; el cohecho alimentado por la avaricia y la impunidad, hasta en los más elevados cargos públicos: «una verdadera   -16-   hidropesía de riquezas bien o muy mal habidas, como enfermedad dominante e incurable», en una sociedad heterogénea y relajada.

En el orden económico, «la explotación pronta de lo más valioso, por su inmediato resultado, con exclusión de extraños»; es decir, el más pernicioso sistema, que ha producido en el Perú tan serios quebrantos y tan abominables hábitos, mantenidos hasta hoy por la ineludible ley de la herencia psicológica.

En el orden eclesiástico, una desmedida ambición de gobierno en sus directores, que se extendía aun sobre los poderes temporales, y una intransigencia fanática, llevada hasta la más refinada crueldad por el Santo Oficio de la Inquisición; una desmoralización espantosa en el clero, acariciado por los abundantes placeres debidos a su posición; y en la sociedad peruana, un amor sensual por las ceremonias del culto, que embriagaba su fantasía con magnificencias halagadoras de los sentidos y propicias para la molicie americana.

«No eran por cierto el distintivo esencial, del clero, dice el doctor Prado, ni el fervor, ni la humanidad, ni la abnegación evangélica. No se creían en el caso de solicitar, ni de ejemplarizar, los que contaban con el poder bastante para imponer y amordazar». Pudieron en tres siglos emplear su inmenso poder en derramar beneficios por todas partes; pero no hicieron más que abusar de ese poder durante tres siglos, ahogando las fuerzas del espíritu como maestros de la ciencia, relajando los vínculos de la moral social como directores de la vida práctica y peligrosos modelos del hombre perfecto, y empozoñando la existencia con la superstición, el orgullo, la ira, la impureza y el terrible cortejo de sus consecuencias, envueltas en una doctrina primitivamente de paz y castidad y convertida en una propaganda de odio y exterminio, en medio de una sociedad desmoralizada por las tendencias de razas sensuales y por las emanaciones enloquecedoras de un mundo exuberante de riquezas.

Tales fueron los elementos morales recibidos por la república; espectáculo horroroso de ignorancia, de egoísmo y perversión de ideas y costumbres, que la naturaleza del suelo, las condiciones del medio ambiente y la fisiología de las razas envueltas en él, no hicieron más que acentuar sus sombríos colores.

«Con semejantes factores sociológicos; con un sistema social que favorecía en religión el fanatismo, en gobierno una mezcla funesta de debilitamiento y extralimitación del poder civil; en política la intriga y las denuncias secretas; en el orden moral la perversión de costumbres y en el orden económico la más absurda práctica de exclusivismo, monopolio y privilegio ruinoso; con una raza privilegiada, sin espíritu civilizador, ignorante y codiciosa, gobernando un pueblo vilmente explotado; con una clase de criollos, ricos, perezosos y viciosos como sus padres, odiando a éstos y despreciando a las clases   -17-   inferiores; con clases intermedias llenas de los vicios de sus progenitoras; y abajo en el fondo, completamente segregados, eliminados del reparto provechoso, los negros y los indios, que en su condición de esclavos y tributarios, representaban en aquel cuerpo una influencia negativa y entorpecedora del mecanismo social, con todos estos factores en un organismo naturalmente enfermo, como lo fue el régimen español en América», ¿cómo no concluir afirmando, con el doctor Prado, que el régimen republicano actual, no obstante la superioridad incontestable de sus formas sobre el régimen colonial y monárquico, es igualmente enfermizo y ocasionado a sacudimientos fatales?

La revolución y la independencia, en ese amontonamiento de instituciones y hombres sin vínculos, que se llama coloniaje, fueron ciertamente hechos fatales, ineludibles, que se explican por leyes científicas y filosóficas, como se explican, también, del mismo modo, los fenómenos subsiguientes, las guerras civiles generadoras de tiranías militares produciendo a su vez nuevas discordias intestinas. Se alcanzó la emancipación, como la obra de disolución de un organismo imperfecto; pero el Perú quedaba en fatales condiciones para establecer y aprovechar de la era de libertad y del régimen republicano y democrático.






II

Si así andaba todo en lo político y en lo social en este mundo americano que por Bula Pontificia pertenecía a la Corona de Castilla, no era mejor la organización económica. Ella ha sido estudiada por algunos escritores nacionales, y todos están de acuerdo en afirmar que la mayoría de los males de carácter financiero que azotaron a la República en los primeros años de su vida, tuvieron origen, no tanto en la extralimitación del poder civil y la perversión de costumbres, sino en la práctica del exclusivismo absurdo y del privilegio ruinoso que caracterizó el modo de ser de los tiempos anteriores a la independencia. Deslumbrados los monarcas españoles por las riquezas mineras del Perú y sin acierto para manejarlas, creyeron encontrar en los tesoros de América la salvación del paupérrimo estado en que se hallaba su erario nacional. Dueños de un mundo, dedicaron sus esfuerzos a obtener de sus posesiones el más inmediato y el mayor provecho pecuniario. Comenzaron por destruir   -18-   el comunismo agrario que constituye el régimen económico de los Incas, y de esta manera dejaron a la población casi sin subsistencias.

En su capítulo «Del Comunismo a la esclavitud», Casto Rojas, en su famoso libro Historia Financiera de Bolivia, con admirable precisión delinea la organización social de los hijos del Sol. Son de él los conceptos que van a continuación:

Las tierras pertenecían al Inca por derecho divino. Él las mandaba distribuir equitativamente cada año entre los jefes de familia, y nadie quedaba sin parcela. La prestación personal era la principal forma del impuesto. Los súbditos cultivaban las tierras del Trono y del Sol, y contribuían a los trabajos públicos, recibiendo en cambio ropa y alimentos de los almacenes principales. En ellos se guardaban las cosechas para el consumo de la Corte, de los sacerdotes y del ejército. De allí se distribuían los víveres al pueblo cuando la producción había sido menguada, y también las semillas que necesitaban los nuevos jefes de familias en las reparticiones anuales que seguían a los matrimonios.

Las comarcas productoras de oro, plata y cobre daban tributo al Inca en especie. No era conocida la moneda y las transacciones se hacían mediante el trueque directo, a cuyo fin se realizaban ferias periódicas, única forma en que podía satisfacer las escasas necesidades del cambio aquella sociedad de cultura embrionaria y sin aspiraciones.

Este comunismo patriarcal, cuya moral privada y pública estaba condensada en la fórmula negativa de salutación, no seas mentiroso, perezoso ni ladrón, había asegurado la vida material del pueblo, que libre de cuidados se entregaba a la faena de la tierra con mansedumbre de acémila, pero que había anulado el desarrollo de las fuerzas creadoras del individuo, imposibilitando todo progreso político, social y económico.

Del comunismo se pasó a la esclavitud, como consecuencia inevitable de la conquista. La tierra fue declarada propiedad absoluta de los Reyes Católicos, y los comuneros del Tahuantisuyo fueron convertidos en siervos y repartidos juntamente con las tierras.

Después ha venido el histórico proceso del feudalismo. Los repartimientos, las encomiendas, el tributo, la mita, el postillonaje, los jamenes, la composición no han sido sino las mismas cargas y modalidades del feudalismo, empeoradas por la diferencia de raza y cultura.

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Se mantuvo a los caciques y curacas, autoridades incaicas, en calidad de jefes hereditarios de determinadas circunscripciones, asegurándoles a cambio de servicios que prestaban a la Corona en el reclutamiento de mitayos, etc., etc., algunas extensiones territoriales que poseían a título gracioso del Rey.

Los indios fueron establecidos en comunidades por el virrey Toledo para evitar el decaimiento de la agricultura [...] A cada comunidad estaba vinculado un grupo familiar llamado ayllo, (la parentela) cuyo patrimonio común era indivisible e inalienable, en cambio de tributos, en dinero y en especie. La comunidad, a pesar de las razones económicas y jurídicas que pudieran aducirse en su contra, fue una institución salvadora y humanitaria. Sin ella la suerte de los indios hubiera sido más cruel, la miseria más espantosa y la ganadería y la agricultura habrían desaparecido [...] Y la explotación de minas habría sufrido graves consecuencias por falta de recursos y la rápida desaparición de la raza indígena [...] El grado ínfimo de cultura de los indios, y su escasa o ninguna preparación para el régimen de la propiedad libre, impusieron la comunidad como la única forma compatible con el estado social de aquellos tiempos, evitándose por los conquistadores la apropiación fraudulenta de las tierras mediante usurpaciones o especulaciones fáciles.






III

La diferencia de anhelos y sistemas que existió entre los colonos y las colonias americanas del Norte y del Sur, produjo los resultados que la Historia consigna en las páginas concernientes a la vida de ambos pueblos. Mientras los unos descuajaban pinos y cedros eternos, reemplazándolos con trigo, lino y café, fomentando con su trabajo la simiente de la moral y de una riqueza segura para sus sucesores, los otros arreaban manadas de indios a los lavaderos y entrañas de la cordillera en busca de oro y plata, pasando al acaso de una veta a otra en persecución de la fortuna. Mientras aquellos vivían olvidados de su metrópoli, dedicados a las faenas del campo y a la oración, éstos estaban bajo el ojo avizor de un amo que los desgradaba por sistema. Faltó en la parte meridional el propósito de colonizar en el verdadero sentido de la palabra. Hacer fortuna en el menor tiempo posible y regresar pronto a la   -20-   tierra castellana llenos los bolsillos de oro, fue el único aliciente que atrajo a los aventureros del siglo XVI y a los que continuaron viniendo en los años posteriores.

Perteneciendo la América por derecho divino a la Corona de Castilla, no fue permitido a los vasallos del Monarca entrar a la Real privada propiedad sin permiso del Señor, el que sólo era concedido para fines provechosos a la Real Persona. La misma relación que existe entre el arrendatario eventual de tierras o de minas y el propietario de ellas, era el acomodo que existía entre el Rey y sus súbditos. Cuidaba aquel de la seguridad de la propiedad, interesado en que la renta fuera perpetua, y para el caso dictó numerosas ordenanzas. No hallándose en igual condición el vasallo, hacía su explotación en forma sumaria, consultando únicamente el pronto enriquecimiento.

Dueño el Rey del suelo y de sus habitantes, y estando comprobado que hubiera sido imposible explotar las minas pagando jornales correspondientes a tan penosa labor, se inventó la mita. Ella, que -como dice Castro Rojas- tomó su nombre de los montones de mineral extraídos en determinado tiempo, era una prestación personal que los indígenas tenían que satisfacer forzosamente por turnos que resultaron nominales, no habiéndose hecho el relevo por tercio de año, lo que correspondía a cuatro meses de trabajo forzado sino en forma adecuada para que la mayoría de los mitayos jamás regresaran a sus aíllos.

No hay nada más triste en la historia de la esclavitud que la manera cruel y sistemáticamente mortífera como los industriales españoles de los tiempos coloniales trataron a los indios congregados por medio de la mita. Las bestias de carga fueron tratadas con más conmiseración. La mula tenía un precio y sólo con dinero era posible reemplazar a la que se moría. La vida del indio no tenía ninguno. Hombre muerto era hombre sustituido por el cacique sin ningún   -21-   costo para el minero. No solamente se les hacía trabajar en sitios de gran peligro y siempre por horas que nunca bajaban de doce, todo esto bajo la acción del látigo, sino que hasta la vivienda, el alimento y el vestido fueron deficientes.

Por causa de esta forzosa servidumbre, la mortalidad de indios fue tan espantosa, que al comenzar el siglo XIX su número llegaba apenas a 800000 individuos, no obstante que en la revisita que se mandó hacer por el virrey Marqués de Toledo, en 1572, su totalidad ascendió a 8255000.

Tadeo Haenke, cuyo espíritu analítico fue notable, y que se hizo célebre por sus diez monografías, consiguió con gran acierto, en su libro Descripción del Reino del Perú, dar una idea general de sus minas. En ese estudio, bastante extenso y muy nutrido de datos, hay mucho correspondiente al rol económico de la época especialmente en lo que concierne a la mita.

Las mitas no fueron únicamente para las minas, sino también para el servicio de postas, el transporte de azogue y la manufactura de tejidos. Proveía ésta de telas a los mineros, al ejército y a la mayoría de las personas que no podían comprar los géneros ultramarinos. Si terrible fue la crueldad con que se trató a los indios en las minas, incomparablemente más indigna y más inicua fueron la esclavitud y la tiranía que se les dio en la manufactura de tejidos.

Llamábanse obrajes estas fábricas, y de ellas dicen los autores de las Noticias Secretas de América lo siguiente:

Aquí es donde se ejecutan todos los colmos de la infelicidad y donde se encuentran las mayores lástimas que puede producir la más bárbara inhumanidad. Varios Ministros de V. M. han conocido esto y han procurado dar las más serías providencias que les ha dictado la razón, pero la lástima ha sido que en aquellos países nunca se observan las disposiciones del gobierno, como se verá después. Los obrajes son un conjunto de las otras tres clases de haciendas; son las fábricas en donde se hacen los paños, bayetas, sargas y otras telas de lana, conocidas en todo el Perú con la voz de ropa de la tierra. El trabajo de los obrajes   -22-   empieza antes que aclare el día, a cuya hora acude cada indio a la pieza que le corresponde según su ejercicio, y en ella se reparten las tareas que le pertenecen, y luego que se concluye esta diligencia, cierra la puerta el maestro del obraje y los deja encerrados. A medio día abre la puerta para que entren las mujeres a darles la pobre y reducida ración de alimento, lo cual dura muy poco tiempo y vuelven a quedar encerrados. Cuando la oscuridad de la noche no les permite trabajar, entra el maestro del obraje a recoger las tareas: aquellos que no las han podido concluir, sin oír excusas o razones, son castigados con tanta crueldad, que es inexplicable; y hechos verdugos insensibles aquellos hombres impíos descargan sobre los miserables indios azotes a cientos, porque no saben contarlos de otro modo y para conclusión del castigo los dejan encerrados en la misma pieza por prisión, y aunque toda la casa lo es, hay un lugar determinado en cormas o cepos para castigarlos más indignamente que, lo que pudiera hacerse con los esclavos más culpables. Durante el día hacen varias visitas en cada pieza el maestro del obraje, su ayudante y el mayordomo; y el indio que se ha descuidado en algo es inmediatamente castigado en la misma forma con azotes y prosigue después su trabajo, hasta que es hora dar de mano y entonces se suele repetir el castigo.



Junto con las mitas se establecieron las reducciones y las encomiendas. Creadas con el objeto de que los indios fueran doctrinados en la Santa Fe Católica, y amparados y protegidos por la persona a quien se encomendaba su cuidado, en la práctica fueron motivo de inaudita explotación y de insaciable avaricia. «Los encomenderos -dice Torres Saldamando en sus Apuntes históricos sobre las encomiendas del Perú- trataron a los indios con menos consideración que a las bestias».

Los españoles menos crueles que los ingleses y los holandeses, no exterminaron al indio en su totalidad. Dominados por la avaricia pretendieron dejarlo vivo para explotarlo. Habiendo sido dócil, sufrido, infatigable, de espíritu ingenioso, obediente y de hábitos tranquilos y perseverantes, lo abatieron, lo degradaron, lo martirizaron, lo envilecieron con el alcohol y lo diezmaron. Juan de Ulloa, en su célebre libro, dice de los indios: «Crecido número de hombres nacidos y reputados por libres, son arrancados de sus   -23-   pueblos y conducidos a distancias de más de cien leguas para forzarlos al trabajo nocivo de las minas, al de las fábricas y otros ejercicios violentos de los cuales apenas sobrevive una décima parte para volver a sus casas».

Y no se crea que esa décima parte que volvía al hogar, quedaba libre de la ferocidad del blanco. En el aíllo le aguardaba el corregidor para cobrarle el tributo y para que le pagara el absurdo precio a que le vendía artículos ridículos o inservibles. Allí también le aguardaba el cura para despojarle de sus humildes bienes en forma de diezmos, primicias, colectas para jolgorios y procesiones, y lo que era inevitable por derechos de bautizos y entierros.




IV

Como el Perú remitía a España a cambio de sus productos casi únicamente metales preciosos, la agricultura, que durante el período precolombino tuvo un adelanto y una producción que no ha vuelto a tener cotejo, quedó reducida al suministro de frutos para la vida de la población existente. La costa dedicó escasos terrenos al cultivo de la caña de azúcar y del maíz. En la sierra, la escasa población y la falta de mercado limitaron las explotaciones de los campos agrícolas. Seguramente en tiempo de Abascal, el sembrío era diez veces menor de lo que había sido dos siglos antes. Haenke en su Descripción del Perú, cita como únicos cultivos en la costa la alfalfa, la caña de azúcar y algo de maíz para la cría de cerdos y su consiguiente beneficio. En Piura el algodón y en Ica y Moquegua cultivo de viñas para vinos y aguardientes. En la sierra, ocas, maíz, trigo y en las punas, al pie de la nieve, cría de ganados vacuno y lanar en corto número. Su juicio sobre la agricultura es el siguiente:

Pero, aunque con sentimiento, es preciso confesar que la agricultura no merece en el Perú el distinguido lugar que ocupa en las demás naciones. Así es que en ningún país de Europa se   -24-   observa el descuido y falta de conocimientos en los agricultores como el que hay, no sólo en este partido, sino en lo restante del Perú. Ésta se halla confiada en lo general a los indios, y ya sea por el abandono de éstos, ya por su irresistible pasión a seguir en todo las huellas de sus antepasados, en lo poco que, cultivan, se les ve a los trescientos años de la conquista, sin adelantamiento sustancial en todas las operaciones agrarias, y sin que ningún esfuerzo haya sido bastante para apartarlos de las prácticas toscas y groseras heredadas de sus mayores. Por esto la mayor parte de las tierras se cultivan a la ventura, y aunque logran con todo dobles cosechas de las que ofrecen el riego y continuo afán entre las naciones laboriosas, es más bien debido a la feracidad natural del terreno que a los efectos de la industria.



La única industria que pudo satisfacer la aspiración económica de la metrópoli fue la minería, y a ella quedó ligada toda la administración pública. Un enorme tren de empleados, que en modo jerárquico principiaba con el Virrey para terminar con el más humilde corregidor, no hacía otra cosa que vigilar la renta del Rey, de la cual los quintos reales eran la más productiva de las contribuciones.

Los Incas, por la limitación que dieron al uso de los metales preciosos, extrajeron poco oro y poca plata. Esta circunstancia favoreció la explotación de las minas por el Rey y sus vasallos, quienes tuvieron la suerte de encontrar intactas la mayor parte de las vetas. Algunas, como las del Cerro y las de Potosí, ni siquiera estuvieron descubiertas. No solamente las encontraron intactas, sino en estado de producir minerales en cantidad y calidad. La estadística es incompleta, y posiblemente nunca se sabrán los productos obtenidos en los diferentes reales o asientos de minas que tuvo el virreinato. Según el Mercurio Peruano, las minas de Potosí dieron 2400 millones de pesos, y 67629396 de pesos fue el valor del azogue extraído de Huancavelica. Afirma Odriozola que fueron nueve mil noventa millones de pesos los que exportó América en tiempos del coloniaje que terminaron con el reinado de Felipe V. Hay motivos para suponer que el promedio de los minerales dedicados al beneficio   -25-   por amalgamación, debió haber sido de 30 marcos de plata en cada 60 quintales. En la estadística no está incluida la plata que se exportó de contrabando, ni tampoco la que se usó para el servicio doméstico y moneda de circulación interior.

Si el primer factor favorable a la industria minera durante el coloniaje fue la riqueza de las minas, estuvo en segundo término el sistema de beneficio ideado por Bartolomé Medina. No hay nada más grandioso en la historia de la metalurgia de la plata que la previa cloruración de los minerales para su tratamiento por el mercurio. De muy poco hubieran servido la abundancia de los metales preciosos y la esclavitud de los indios dedicados a las labores subterráneas, si esos minerales de composición compleja no hubieran tenido para su beneficio el método sencillo, económico y de fácil aplicación en vasta escala que inventó Medina e introdujo en el Perú, en 1571, Fernando de Velasco. Por ese mismo tiempo, comprendiendo el virrey Toledo que sin azogue barato y abundante no podía haber amalgamación posible, tomó posesión, a nombre de la Corona, de la importante mina de cinabrio, conocida con el nombre de Mina Grande o de Santa Bárbara y situada en Huancavelica.

Habiendo encontrado los mineros españoles las vetas argentíferas totalmente inexplotadas, pudieron extraer desde la superficie ingentes cantidades de mineral y realizar el laboreo de sus minas sin los inconvenientes del agua y de la falta de ventilación que dificultan la explotación en profundidad. Dio esto por resultado un trabajo de extracción fácil; pero la mayor ventaja de lo superficial de las labores estuvo en la docilidad con que se podían beneficiar los minerales que se sacaban, los que por haber estado oxidados tenían su plata al estado nativo y podían amalgamarse directamente sin tostado cloruranto.

No habiéndole faltado nada a la industria minera para haber tomado el gran incremento que tuvo, contó también   -26-   con la abundancia de brazos y con una buena legislación de minas. Se obtuvo lo primero por medio de la mita, conscripción temporal de la cual ya hemos hablado. La segunda, con el nombre de Ordenanzas de Minería, es un documento notable por el absolutismo y sistema patriarcal que estableció la Corona para beneficio de sus vasallos. Fueron dictadas en 1572 por el virrey Toledo. Las sabias ordenanzas de Méjico se aplicaron al Perú en 1785.

El autor de este libro, en su monografía La Industria Minera del Perú durante el siglo XIX, contrayéndose al coloniaje, emitió algunos conceptos acerca de la explotación de minas por los españoles. De ellos extractamos los siguientes:

Dedúcese de todo lo expuesto, y a juzgar por los factores que se han citado, que el vasto territorio del Perú fue convertido a partir desde el siglo XVI, en una enorme factoría minera, con todas las dependencias y ramificaciones de transporte y comercio, como puede tener hoy día cualquiera empresa de aquellas que trabajan con millones de capital y miles de operarios. El propietario de las minas era el Rey de España, quien tomaba el 20 por ciento de los productos brutos. El directorio estaba constituido por el Supremo Concejo de Indias. Los virreyes hacían las veces de los gerentes, los intendentes, de administradores; y los españoles mineros eran lo que son hoy día los contratistas en las grandes empresas. Sin embargo, entre la explotación del Rey y las que hoy se hacen bajo las leyes industriales, había la diferencia que marcan el monopolio y la libre explotación. El monarca español era dueño absoluto y único de todas las riquezas de sus dominios; y a la vez, patrón, juez y soberano de sus administradores y de sus vasallos mineros. Para trabajar minas en el coloniaje, se necesitaba en primer término no ser extranjero; y después reunir numerosos requisitos de moralidad y religiosidad. Algo parecido a la investigación que se hace hoy día por el gerente de una empresa para tomar a su servicio a un empleado. Si el vasallo minero era pendenciero o peligroso en un asiento de minas, se le sacaba incontinenti de su residencia. Y se le mandaba a otra parte, llegando a ser tan paternal el gobierno de la colonia, que había lugar a intervenir oficialmente en lo que gastaba el minero, si, estando en boya, se volvía jugador, extravagante o disipado.

Así como ahora se habilita al contratista, la Corona proporcionaba a los vasallos que explotaban sus minas, toda la   -27-   tropa de esclavos que necesitaban, ciertas prerrogativas de nobleza, y algunas veces dinero y azogue. A su vez, el minero que tenía buena parte en el negocio celebrado indirectamente con el Rey, era laborioso, perseverante, sufrido y emprendedor. Generalmente terminaba por ser rico; pero junto con las canas de la vejez le llegaban insufribles remordimientos de conciencia, al recordar las crueldades y crímenes que había cometido con los pobres indios. La religión, al verle en tan lastimoso estado, se hacía cargo de su alma, y le sacaba en limosnas, obras piadosas y construcciones de nuevos templos, a cambio de consuelos espirituales, otro quinto de su fortuna, casi la misma cantidad que le había llevado el Rey.

En esta vasta explotación del Nuevo Mundo, el único beneficio realengo correspondía al monarca, cuya situación era siempre tirante; lo cual se explica desde que toda la nación española, directa o indirectamente gravaba al gobierno. Ésta difícil situación de los monarcas españoles, obligaba de continuo a sus consejeros a dedicar toda su atención al incremento de la real hacienda; lo que en verdad no era tan fácil, no tanto por los inadecuados medios de explotar la riqueza minera colonial, cuanto por la avaricia y la rapacidad de los administradores reales.

Naturalmente, la agricultura, el comercio, la navegación y las pequeñas industrias, tenían limitado su desarrollo a la industria principal, a la que daba mayor y más inmediata utilidad pecuniaria.

Sólo un factor de trabajo, un elemento indispensable para la labor minera, representado por el indio, quedó sin participación en ese reparto de riquezas, que sociablemente se hacían el Rey, sus consejeros y administradores, sus nobles vasallos los mineros y la rica y poderosa iglesia de la colonia. Para el indio, para el dueño del suelo, para aquel que había descubierto los principales filones de plata, sólo hubo la esclavitud y el exterminio. ¡Pobre raza! Entre ella, vencida y humillada, y la dominadora, rica, ignorante y orgullosa, no podía haber alianza posible. Por esto se la condenó a una esclavitud salvaje y mortífera. Sólo así se explica la barbarie a que llegó el indio en los últimos días del coloniaje. Y sin embargo, tres siglos antes, esa misma raza salvajizada y envilecida, había formado un pueblo laborioso, de costumbres casi civilizadas, que cantaba sus desgracias y sus glorias en dulces yaravíes, y que conservaba su historia en sus misteriosos quipus [...].

Este modo de ser en la explotación minera, tuvo forzosamente su término; siendo de admirar que hubiera durado cerca de tres siglos, y hubiera producido en el orden material tan óptimos frutos. En verdad que se necesita gran esfuerzo de imaginación para seguir la marcha pesada del gobierno colonial, en su favorable explotación minera, bajo un sistema tan opuesto al libre cambio y a las libertades individual e industrial que hoy   -28-   dominan. Sólo es explicable este estado de cosas y su largo curso, por esa fanática veneración de los vasallos españoles por su monarca, «a cuya voz cedían como por ensalmo todas las resistencias, y desaparecían todos los obstáculos». También se encuentra la causa de esta larga grandeza, en el carácter del indio, que aterrorizado ante la muerte del monarca por los conquistadores, se dejó esclavizar, «sin resistir, sin protestar, sin quejarse». Por último, hay, una causa real, tangible, e igual para todos los tiempos y para todas las civilizaciones, y fue la abundancia de los minerales y su facilidad para beneficiarlos. Esta causa explica, junto con las anteriores, la riqueza minera del coloniaje en el Perú en los siglos XVI, XVII y parte del XVIII, en cuyo último tercio se modifican tan sustancialmente todos estos factores de grandeza, que la decadencia se hizo inevitable.






V

Deseosa España de conservar la América para su propio y único provecho, y temiendo que la influencia política de otras naciones trajera a las Indias gérmenes contrarios a su exclusivismo, mantuvo sus posesiones en la más absoluta incomunicación. Establecido el aislamiento como sistema general de gobierno, no solamente fue prohibida la entrada de extranjeros, sino también la de españoles que no hubieran tenido las numerosas recomendaciones que exigía el Soberano en su deseo de interceptar todo elemento de progreso. Ya es de suponer que las ideas habladas o escritas sufrieron terrible persecución.

Como en la práctica lo que buscaba la Metrópoli no era únicamente la seguridad de sus dominios, sino también el privilegio exclusivo de negocios con sus colonias, el comercio de Indias quedó cerrado para las demás naciones y legalmente monopolizado por un número reducido de negociantes ricos. Circunscrito en su principio a los paños de Castilla, sombreros y pieles adobadas de Córdoba, aceite y vinos de Sevilla y armas de Toledo, adquirió después importancia considerable. No produciendo el Perú como artículos de exportación sino oro y plata y un poco de cascarilla y cacao, estas riquezas constituyeron el retorno.

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La codicia y el temor concentró el comercio marítimo en pocas manos y, lo que fue más importante a la Metrópoli, en un solo puerto, que primero fue el de Cádiz y después la ciudad de Sevilla. Las manufacturas que España enviaba a Indias debían ir precisamente a la Casa de Contratación de Sevilla, y como el contrabando tomó incremento, los que trataban con extranjeros o enviaban sus productos por otro lugar que no fuera el de Sevilla perdían la vida y sus bienes.

La Casa de Contratación de Sevilla -dice Casto Rojas en su obra citada- fue un organismo especial y, más que una simple repartición fiscal, una entidad económica y financiera de primer orden. Si en lo político y en lo administrativo el Consejo Supremo de Indias era el poder centralizador de la jerarquía colonial, en el económico y lo financiero, la suprema directora de la gran explotación de los reinos del Nuevo Mundo estuvo en la Casa de Contratación de Sevilla. Nada podía expedirse sin la venia del citado establecimiento. Barcos, personas, géneros, todo tenía que pasar por los ojos de ella. Vendía mapas de navegación, tenía escuela de pilotos y timoneles, cobraba derechos de Aduana y almojarifazgo, recibía y leía la correspondencia dirigida al Rey, suspendía órdenes que estimaba perjudiciales y en sus manos estaba el poder financiero de las colonias.

Restringidos los elementos del cambio, también los puntos de salida y de entrada y hasta las materias negociables, el comercio de Indias no pudo ser próspero. Se fomentó el encarecimiento de la vida y la despoblación. Bastaba a los privilegiados abastecedores reducir la remesa para que los precios subiesen y las ganancias fueran mayores. Consecuencia fatal de este absolutismo mercantil fue el contrabando y la hostilidad de las demás naciones europeas, cuyos productos fueron excluidos del mercado de Indias.

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El tráfico comercial interior del Virreinato no estuvo en mejores condiciones. Sistemáticamente se consiguió aislar los diversos centros de producción colonial. Consiguiose con esta prohibición, favorecer el monopolio de Sevilla, habiéndose establecido la vigilancia en aduanas interiores, que fueron conocidos con el nombre de puertos secos. Esta disposición, de carácter fiscal, restringió el comercio entre uno y otro virreinato.

Consiguió España con su exclusivismo fomentar las manufacturas extranjeras, especialmente las de Lubens, Betif, Aquisgrán y otras, siendo lo original en el comercio que se hacía con las Indias, que aquellas mercaderías extranjeras no pagaban fuerte derecho de aduana al entrar a la Península; lo volvían a satisfacer en Sevilla al ser reembarcadas para América. Estos impuestos, bajo el nombre de almojarifazgo, tenían en su principio una tasa uniforme de 10%. Posteriormente, las mercaderías de procedencia extranjera pagaban al ser enviadas a Indias en la Aduana de Sevilla un 5% y las manufacturadas en España un 3%. Junto con el impuesto de almojarifazgo pagábanse también el uno por ciento de Avería de Escuadra, una contribución de tonelaje y el derecho de almirantazgo. La primera correspondía a la custodia de las naves, la segunda al derecho de registro, siendo la última para el único y propio provecho del jefe de las fragatas de guerra que amparaban los trasportes en su viaje a América.

Uno de los inevitables resultados del exclusivismo económico y de las pingües ganancias que proporcionó a los concesionarios el monopolio comercial, fue el establecimiento del contrabando. Sus proporciones y la forma cínica y sistemática como se hacía, son algo que pone de manifiesto el estado de corrupción en que estaban los empleados fiscales encargados de resguardar los dineros del Rey.

Fueron muchas las noticias que Juan y Ulloa dieron al Rey acerca del ilícito comercio que se hacía en los reinos   -31-   de Nueva Granada, Tierra Firme y el Perú, tanto con los géneros de Europa como también con los de China. En la descripción hecha por ellos, se relatan el modo como este comercio se practicaba, las vías escogidas para la introducción del contrabando, las causas que impedían su extinción, la defraudación y las pérdidas que ocasionaron a la Real Hacienda. De cuanto dijeron sobre la materia, copiamos lo más sugerente del relato.

Para tratar del comercio ilícito en las Indias, de cuyo mal no hay puerto, ciudad o población que no adolezca en mayor o menor exceso, daremos principio con Cartagena, siendo éste el primer puerto que se nos ofrece para hablar de este asunto, y adonde parece que, conjurada la malicia contra la legalidad, convierte en fraude aun aquellas mismas providencias y recursos que lo debían destruir y aniquilar; pues las que se han tomado con tanta prudencia y sagacidad, y que prometían desarraigar de las costas todos los motivos del trato ilícito, son las que en los tiempos presentes sirven de solapa para que se frecuenten aquellas vías prohibidas con mayor desahogo y seguridad.

A este modo de consentir y aun patrocinar los contrabandos llaman generalmente en aquellos países comer y dejar comer, y los jueces que lo consienten por el soborno que reciben son llamados hombres de buena índole, que no hacen mal a nadie; sin considerar lo mucho que perjudican a la Real Hacienda, y que la defraudan de tal manera, que lo que el Soberano prohíbe absolutamente ellos lo dispensan, y los derechos que sólo pertenecen al Príncipe, ellos se lo apropian a sí mismos. Otro mal que se sigue del contrabando es que el comercio lícito se destruye con lo que se minora, y viciándose los ánimos de aquella gente lo dejan y se aplican al que les está prohibido.

Es digno de observarse que pudiendo aquellos jueces apoderarse de toda la carga de una embarcación que lleva géneros prohibidos y quedar muy interesados con la parte que les toca o con toda ella, no lo ejecuten y se contenten con una cosa moderada dejando que pase libre el introductor, cuando haciéndolo de aquella forma cumplen con las obligaciones de sus empleos, sirven al Soberano, al bien público y quedarían con una utilidad considerable; pero ellos tienen muy buenas razones para no hacerlo así; pues si decomisaran alguna cantidad de géneros una vez, no volverían más contrabandistas a aquel puerto, y entonces ni tendrían ocasión de hacer segundo decomiso, ni oportunidad de que les diesen dinero alguno por su disimulo; y como estas ocasiones se repiten con tanta frecuencia, tienen una   -32-   renta muy considerable en no interceptar los contrabandos, de la cual se privarían si cumplieran con su obligación. Los corregidores y oficiales reales conocen mejor lo que les hace más cuenta, y es por esto que cuando llegan a sus puertos algunos contrabandos, no sólo no ponen mala cara a los introductores, más al contrario, los obsequian y congratulan para obligarlos a que vuelvan a sus puertos seguros de su amistad. Con esta máxima dirigida a que no cesen las contribuciones de los introductores se deshacen todas las providencias que se puedan imaginar para extinguir el comercio ilícito; y lo mismo que sucede con las mercaderías de la China pasa con las de Europa, que llevan a aquellas costas las embarcaciones extranjeras.

En presencia de uno de nosotros sucedió en cierto puerto que hallándose varios comerciantes con designio de pasar a Panamá para emplear en ropa de contrabando, y si no la hubiese pronta allí pasar a la costa de Nueva España a comprar géneros de China el mismo gobernador, después de haberlos obsequiado y asegurado que hallarían firme su amistad, les dijo que esperaba se dignasen preferir aquel puerto a otro cualquiera, que él les haría la misma equidad que la que podían esperar en ninguna otra parte. La causa de esta escandalosa prostitución era que acababa de tomar posesión de su empleo, y como los contrabandistas no conocían todavía su genio o inclinación, quería hacerse conocer para que corriese la voz y acudiesen muchos al paraje donde él gobernaba.

Una parte de este comercio ilícito que se hace en Guayaquil se consume en aquella jurisdicción, otra en la provincia de Quito, y repartida entre los corregimientos pertenecientes a la Audiencia tiene en ellos su expendio, y otra parte se interna al Perú, donde también se reparte, y cuando la cantidad es grande alcanza hasta Lima.

Es muy regular imaginar que aquel paraje donde los virreyes tienen su asiento debe estar exento de estos desórdenes a causa de su inmediata presencia, o que a lo menos fuese menor el fraude en el comercio, a vista de tanto tribunal, de tantos ministros, de tantos jueces y tan crecido número de guardias como hay para impedirlo: pero exactamente llega aquí este abuso a su mayor punto. Los géneros de contrabando se introducen en la mitad del día sin el menor recelo ni empacho, y aun son los mismos guardas los que los convoyan hasta dejarlos en lugar seguro, libres del peligro que pudieran tener en poder de su mismo dueño. En una palabra, los mismos empleados por el Gobierno son los introductores; y no es extraño que suceda esto con los géneros de contrabando, pues aún aquellos géneros de lícito comercio son permitidos entrar en la capital sin guías para aprovecharse de la mitad de los derechos, y que el dueño quede interesado en la otra mitad perdiéndolo todo el Rey; esto es tan público   -33-   y corriente que no hay ninguno que lo ignore, ni que deje de aprovecharse de la ocasión.

Nos parece necesario referir aquí lo que el marqués de Villa García nos insinuó al tiempo de ir a tomar sus últimas órdenes para restituirnos a España.

Sucedió una vez que habiendo dado noticia al virrey extrajudicialmente algunos sujetos que conocían su buen celo, de que llegaban incesantemente navíos con géneros de contrabando a cierto puerto, y que el corregidor y oficiales reales los dejaban entrar libremente, y aun daban guías corrientes para que los pudiesen conducir con seguridad, eligió una persona que le pareció de celo y desinterés para que fuese al tal puerto a contener el fraude y hacer pesquisas contra los que habían permitido hasta entonces. Este sujeto llegó a su destino, pero conviniéndose con los mismos contra quienes iba a informarse, le daban una tercera parte del dinero que recibían, y siguió el contrabando como antes. Súpolo el virrey y nombró a otro en su lugar, quien hizo lo mismo; hasta que informado ciertamente de que un navío procedente de la costa de Nueva España y sumamente interesado en ropas de la China estaba para llegar a aquel puerto, dio comisión de juez de decomisos y pesquisidor a uno de los alcaldes de corte de aquella Audiencia, el cual confiscó el navío luego que llegó porque ya no era disimulable el caso; procesó al corregidor y a los oficiales reales y los envió presos a Lima; pero habiendo entrado la causa en la Audiencia, aunque había sido remitida jurídicamente, se desfiguraron todas las declaraciones de tal suerte, que los que eran merecedores de castigos muy severos fueron declarados inocentes, o cuando más, reos de un ligero descuido.

Tal era la libertad con que se comerciaba en el Perú con toda suerte de géneros prohibidos, que parecía haberse borrado la idea de que era trato ilícito ni que estaba sujeto a castigo; al contrario, este negocio se hacía como una cosa establecida, y los jueces que lo disimulaban recibían una grande suma de dinero, como si fueran emolumentos anejos a su empleo.

Otra prueba clara del estado tan considerable en que se hallaba este comercio ilícito, y la facilidad o seguridad con que se hacía en Paita, fue la grande cantidad de dinero que halló en aquel puerto el vicealmirante Anson cuando lo saqueó. Este comandante, así como las tripulaciones de sus navíos, se admiraron al ver tantas riquezas en una población tan reducida y miserable en la apariencia, sin embargo de que no la cogió toda, porque la lentitud con que se hicieron el desembarco dio tiempo y oportunidad a los vecinos de Paita y a los comerciantes que allí se hallaban para que con el auxilio de sus esclavos, pusiesen en libertad mucha parte sacándola del pueblo y enterrándola en la arena.

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El día 19 de noviembre, haciendo viaje de Quito a Lima, salimos de Piura, donde se incorporaron en nuestra compañía dos mercaderes que llevaban empleos de ropas, parte de Panamá y parte de China. Estos habían desembarcado sus mercaderías en el modo ordinario y, no contentos con esto, no quisieron llevar guías de Piura para Lima, por ahorrarse en esta ciudad el importe de la mitad de los derechos.

Cuando llegamos a una jornada de Lima, ellos hicieron alto en el paraje donde estaban apostados los primeros guardas de Lima, los cuales tienen obligación de reconocer las guías y dar pase a los arrieros. Los dos comerciantes dieron noticia a estos guardas de que sus géneros eran de contrabando y que no llevaban guías, y que las cargas se detendrían allí dos días, ínterin que el uno de ellos pasaba, a la ciudad a ver al guarda mayor; así se ejecutó, y nosotros continuamos nuestro viaje.

Después de algunos días nos informamos cómo se había efectuado la introducción de los géneros prohibidos. El comerciante que se adelantó a la capital no tenía amistad ni conocimiento con el actual guarda mayor, pero no obstante se fue derechamente a él y le descubrió todo el negocio, informándole que en el camino había dejado tantas cargas de mercaderías que deberían llegar a Lima tal día y a tal hora, que no llevaban guías ni despachos, y que así se sirviese disponer su entrada, ínterin que él iba a tal posada, donde había de venir su compañero con su equipaje y algunas otras cosas que no contenían fraude, y concluyó diciéndole que se sirviese remitirle sus cargas cuando fuese tiempo, y lo hallaría puntual a satisfacerle lo que pidiese. El guarda mayor despachó otro guarda cuando le pareció era tiempo para que saliera a encontrarlas en el camino, y entre dos y tres de la tarde entraron en Lima y fueron depositadas en casa de uno de los mismos guardas, y el otro interesado se dirigió a la posada con las que no contenían cosa ilícita. Pasados dos o tres días fue el mismo guarda mayor con su escribano y ministros a registrar la habitación de estos comerciantes, diciendo que habían recibido aviso de que eran recién llegados y que habían traído géneros de contrabando; registraron todos sus baúles, y no encontraron en sus cuartos lo que fingían que buscaban, pusieron esta diligencia por escrito, y por este medio desvanecieron totalmente todas las falsas noticias que ellos mismos habían esparcido. Luego remitieron a los oficiales reales estas diligencias jurídicas para que quedasen satisfechos, y después de dos días remitieron a la posada puntualmente todas las mercaderías prohibidas, tomando para sí mismos la mitad de lo que habían de pagar por derechos reales y alcabalas, y dejando la otra mitad en beneficio de los dueños. Éstas empezaron a vender sus géneros públicamente desde aquel día sin riesgo ni reserva.

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Lo mismo que se experimenta por tierra, sucede con el comercio marítimo, de modo que la embarcación que llega al Callao cargada de aguardiente, vino, aceite y otros frutos de los que se producen en Pisco, Nasca y otros distritos de la costa; las que llegan de Chile con jarcias, suelas, cordobanes, sebo, etc., las que vienen de Nueva España con tintas, alquitrán y brea, o las de Guayaquil con maderas, traen registrada solamente la mitad de la carga, y la otra mitad, o a lo menos un tercio de ella, viene fuera del registro para introducirla libre de derechos pagando al guarda mayor del Callao la mitad de su importe. Esto es allí tan público y corriente, que ya no se hace extraño ni notable a los que conocen aquel país.

Lo que se hace más sensible en este particular es que ni el honor, ni la conciencia, ni el temor, ni el reconocimiento de verse mantenidos por el Soberano con salarios muy crecidos, sirven de estímulo en aquellos países para celar lo que es de la obligación de cada uno, y así está manteniendo el Rey muy liberalmente a sus mayores enemigos, que no cesan de usurparle sus derechos y menoscabar su Real Hacienda.



No solamente existía el contrabando en la importación, sino también en la exportación. Fue cuantiosa la cantidad de oro y plata que salió clandestinamente del Perú. Cuenta Haenke, que en el navío Buen Consejo, que salió del Callao en 1779 con dos millones y medio de pesos registrados y que cayó en manos de los ingleses por hallarse éstos en guerra con España, se encontraron cinco millones de pesos. Como la mitad de esta suma estaba sin registro y pertenecía a particulares, el suceso ocasionó quiebras en Cádiz y Sevilla. Este hecho, mejor dicho, este contrabando que existía en los retornos, explica satisfactoriamente la deuda y balanza contraria a Lima que arrojaba el comercio del Perú con la Metrópoli. ¿Cómo es posible imaginar que España fuera tributaria del Perú, recibiendo él de la Península menos de lo que enviaba? Fue también causa de este desequilibrio, el precio exageradamente subido que en Sevilla se dio a los artículos de exportación para las Indias. Si en la estadística se consignaba por dos lo que valía uno, el dato tenía que conducir a error.

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Según Haenke, el comercio general correspondiente a la importación y exportación de frutas, plata, oro y manufacturas, girado entre los puertos de Cádiz y el Callao, durante dos quinquenios, arroja la siguiente deuda contra el Perú:

QUINQUENIO IMPORTACIÓN EXPORTACIÓN DEUDA
Desde 1785 a 1789 42099,313 6.5/8 35979,339 6.7/8 6119,973 7.6/8
De 1790 a 1794 29091,290 5.1/2 31889,500 6.1/8 2789,210 1.1/8

El comercio exterior, que por muchos años se hizo por la ruta de Cartagena, se encaminó después por el Cabo de Hornos. Penosa y mortífera la primera vía, tuvo además en el giro comercial vicios capitales. Transportábanse por tierra los cargamentos de Paita hasta Lima, siendo obligación de los comerciantes del Perú ir hasta Panamá a comprar las mercaderías que se vendían en las famosas ferias del Istmo. El contrabando, la envidia de los ingleses que también deseaban tomar parte en las ferias, y la mortalidad de los negros españoles en los pantanos de Panamá, provocaron el cambio de ruta, la cual en su principio estuvo limitada por el Soberano a un determinado número de embarcaciones. Lo que se llamó libre comercio y la navegación en escala ilimitada por cuantos quisieron emprenderla, sólo tuvieron principio en 1778.

Con las restricciones debidas de que hemos hablado al hacer mención de los puertos secos, comerciaba también Lima durante los tiempos coloniales con Buenos Aires, Santa Fe, Méjico y Chile. A Lima llegaba y de ella salía todo lo que era lícito comerciar. El Perú no solamente proveía de plata acuñada a la Metrópoli, sino también la   -37-   enviaba a todo el continente sudamericano. La falta de numerario por el agotamiento de las minas o por otras causas, habría dificultado y a lo último suspendido el intercambio comercial.

Haenke, en su notable trabajo Descripción del Perú, nos da una idea completa de lo que era el comercio recíproco, de Lima con los otros virreinatos en los últimos años del siglo XVIII. Leyéndolo es fácil formarse idea del singular aprecio que los habitantes de Lima tenían por la compra y venta de productos. «Puede decirse -afirmó el célebre viajero- que nadie se exceptúa de comerciar, ya sea con su dinero, ya con los géneros de España o con los de la tierra».

Hemos hecho una síntesis de su trabajo a fin de que su lectura no canse al lector.

Empezando por el N concurren a Lima de los países que allí llaman de Valles, y se comprenden desde Trujillo hasta Paita con tráfico de muchos arrieros con jabón, arroz, tollos, cordobanes, tocuyos, añil de Piura, mantelería, algodón, zapatos hechos, alguna azúcar, cajetas de varios dulces, borricos y algunas mulas, tabaco de Saña y Lambayeque, etc.

Siendo todos estos géneros de consumo, su acarreo es continuo, y se venden a plata de contado cuando los trae algún particular. Siendo por comisión, vuelven en retorno géneros de Castilla. En cuanto a la balanza de este comercio, parece que se halla a favor de Lima, pues se nota que envían siempre alguna plata aquellas provincias, prueba evidente que excede en los efectos europeos que en ellos se gastan a lo que remiten de sus frutos e industria.

De las provincias confinantes a Valles, pertenecientes al obispado de Trujillo, que son Huamachuco, Pataz, Cajamarca, Chachapoyas, Moyobamba y Jaén de Bracamoros y la de Loja, pertenecientes estas dos últimas al obispado de Cuenca, remiten parte de la cascarilla que allí se consume, y se remite a España, tabaco, frazadas, ponchos, bayetas, pañetes e hilados de algodón; y de Cajamarca, alguna mantelería fina, tocuyos, lanas y otros géneros de los que se fabrican en los obrajes.

De las provincias confinantes con estas partes de los Valles, que son Conchucos, Guamalíes, Guailas, Cajatambo y Canta, remiten igualmente frazadas, ponchos, bayetas, pañetes, lonas, dulces, quesos, la mejor azúcar, lana para colchones y casi todo el carnero que se consume en Lima.

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De Huánuco envían también algunos de estos artículos y cascarilla muy estimada. De Tarma remiten carneros, lanas y varios hilados de algodón; pero especialmente la mucha plata que da el Cerro de Paseo. Jauja da buenos tocinos y jamones, y harinas, que remite a Pasco, Tarma y otros parajes, jergas, pañetes negros, muchos carneros y semilla de alfalfa y papas. La provincia de Huarochirí da plata de sus minas, frutas, legumbres, carbón, quesos, y otras menudencias que le proporciona la inmediación a Lima.

Habiendo en la mayor parte de esta provincia, particularmente en Conchucos y Huamalíes, minerales de plata y oro, se forma del producto de éstos y de los frutos que manufacturan en todas ellas, un cúmulo en el mismo Lima, donde residen ordinariamente los dueños de minas, vinos, aguardientes y mucha ropa de Castilla. La balanza de este comercio es favorable a dichas provincias, porque sin duda producen y remiten más de lo que se les retorna; pero ha de notarse que, como residen en Lima los dueños de obrajes, queda en la capital todo aquel sobrante, y aún quedan alcanzados los serranos (como se llaman allí a los de aquellas provincias); porque regularmente están debiendo a los dueños o habilitadores. Entran también en Lima los productos de los curas y de las haciendas de manos muertas. Aquellos envían todas las rentas de sus curatos, y de éstas vienen los frutos para la manutención de sus dueños. A todo lo cual debe añadirse el diezmo de los frutos y el producto de la cuarta funeral que también han de parar en Lima, ya sea para el Arzobispo o mesa Capitular, o bien para la Real Hacienda, igualmente que el producto de bolsa y papel sellado y los censos de la Inquisición. Otro ramo, y de los más principales, es el dinero que remiten de aquellas provincias a sus apoderados, abogados y protectores, ya para sus dependencias en Lima, ya para remitir a la Corte por sus pretensiones. Últimamente piden negros para las haciendas o su servicio, y en esto viene a invertirse finalmente el sobrante de los hacendados de todo el Reino. Réstanos sólo advertir que todas estas provincias tienen su comercio recíproco entre sí, y particularmente con los minerales, a donde acuden con sus efectos; pero no siendo posible fijar exactamente su valor, y siendo además éste en tan corta cantidad que nada influye en la balanza de comercio, dejaremos de hablar de él para cuando lo hagamos particularmente de cada provincia.

Dirigiéndonos ahora hacia el Sur empezaremos por el Cuzco. Éste no tiene otros efectos que pellones, alfombras y alpacas; y de estos ramos, el de pellones es de más consideración. De Huamanga vienen alguna suela, vaquetas y vaquetillas, tapices dorados para espaldares de sillas y canapés, baúles forrados en lo mismo, papeleras, frontales y algunas pinturas. Huancavelica produce sus azogues; y Arequipa y sus partidos remiten algún aceite, vino de Moquegua y botijas de aceitunas.

  -39-  

Las provincias de Chincha y Cañete surten la mayor parte del azúcar que se gasta en Lima y se embarca para Chile, y toda ella pertenece a gente acaudalada que reside en Lima, o a comunidades en la misma ciudad. Los indios de estas provincias llevan pescado y sal de Chilca, y suelen remitir algún fríjol, garbanzo, maíz y otras semillas o frutas; pero en poca cantidad, por la pobreza y corto número de los indios. Sucede lo mismo a la provincia de Yauyos, que envía queso y chalonas, siendo pobrísima y de terreno tan fragoso que apenas hay uno que otro pueblecito de cría de ganados.

Hecha ya la enumeración de los principales artículos que constituye el comercio recíproco de la capital con las provincias del Virreinato, falta ahora determinar el monto total de la cantidad a que asciende el valor de cada uno.

Resumiendo el todo, se halla que, en el quinquenio de 1775 a 79, entraron a Lima por aquellas tres sendas:

En efectos del país conducidos a Lima pesos 7504,393-7 1/2 reales
En lo amonedado y pastas, en el quinquenio pesos 20939,459-3 reales
Total pesos 28448,853-2 1/2 reales

Y por las mismas vías salieron:

En efecto de Castilla, en el quinquenio dicho 19420,342 -6 reales
En efectos del país 3439,478 3/4
________
22859,820 63/4

Para este tráfico salen, habilitadas por los principales comerciantes de Lima, diferentes personas que bajan con su dinero y crédito a comprar las mercaderías de Europa, licores y otras del país. De este modo se abastecen las plazas principales del interior, y de ellas, por lo común, se surten luego de cuanto necesitan los demás pueblos, según su situación. Algunos individuos se ocupan de hacer viajes a la Sierra con géneros; allí los venden como pueden, y se restituyen a Lima; y a esto se reduce el método que tienen los comerciantes de la capital para proveer sus propias provincias y las ajenas.

Procediendo del mismo modo que anteriormente, vamos ahora a manifestar el mutuo tráfico que tiene Lima con las provincias y reinos de Chile. Santa Fe y Méjico. Verifícalo con el primero por los puertos de Valparaíso, Concepción y Coquimbo; pero como de estos puertos, igualmente que de su   -40-   comercio hablaremos en otro libro con la extensión correspondiente cuando tratemos de aquel Reino, omitiremos por tanto extendernos ahora en materia, contentándonos con hacer una breve enumeración de los artículos que remiten y reciben, manifestando igualmente la balanza de aquel giro a fines del año de 1789. Remite Chile trigo en abundancia, charquis, sebo en bruto y labrado, cobre de Coquimbo, algunos ponchos, jarcias y cáñamos, vinos, nueces, orejones, dulces de varias frutas, lenguas, bacalao, rejas de hierro para ventanas, romanas, quesos, mantequillas, grasa, estribos, cordobanes, algodón, canarios y alpiste. De estos artículos los principales son el trigo, sebo y cobre, y además envía otros de menos consideración.

Recibe en cambio mucha azúcar y miel, bastante ropa de tierra y de Castilla, añil, arroz, piedras de sal, zapatos pintados para mujeres, estaño, todo el tabaco que consume y varios otros artículos de poca importancia.

En el estado siguiente se manifiesta el monto total del valor de estos ramos de importación y exportación, en cada uno de estos años comprendidos en el quinquenio corrido desde 1785 a 1789, y hecho el resumen correspondiente resulta:

Importación total pesos 5537,775-1 real
Exportación pesos 4686,423-3 reales
__________________________
Diferencia en favor del Reino de Chile pesos 847,351-6 reales

Hacen este comercio los buques de aquellas costas que van, tres veces al año, a los puertos referidos. Regúlase para cada expedición el tiempo de tres meses; y los tres restantes, que son de invierno, paran en el Callao.

Los puertos de la mar del Sur, con que comercia Lima y pertenecen al Reino de Santa Fe, son Guayaquil y Panamá.

De Guayaquil recibe Lima el cacao, cuyo artículo es bien sabido constituye el principal fruto de aquella ciudad y su provincia. Provéela también de toda la madera que se gasta en Lima y sus contornos, parte de ella manufacturada en taburetes, papeleras, mesas pequeñas y balaustres, baúles, sillas, catres, molinillos, carena de buques, etc. Envían también mucha suela, pita torcida y floja, cordelillos, sombreros de jipijapa, cera, cocos, hamacas, mantequilla de cacao, café, alguna cascarilla de sus inmediaciones; y en suma, pasan de doscientos renglones los que regularmente envía a Lima, sin incluir el mucho tabaco que remite a aquella factoría por cuenta de su Real Renta, que puede valuarse en el quinquenio a 120000 pesos, cuyo artículo, aunque producto de su suelo, no debe comprenderse en la balanza, por no ser ramo de comercio.

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Quito, perteneciente también al dicho reino, envía paños azules, trencilla de todas clases, puntos de rengo de la tierra, sencillos y labrados, cortes de alba de Latacumga, y trae de allí mismo tocuyos, bayetas, sayales azules, ordinarios, finos; y superfinos, para los frailes de San Francisco; pita torcida blanca, rosarios, y cedazos finos y ordinarios.

Para dar una idea clara y expresiva de la cantidad y valor de los ramos de importación y exportación, cuyo total está señalado en cada año respectivo, extractaremos a continuación lo perteneciente a los artículos más principales.

IMPORTACIÓN
En 210610 cargas de cacao de 68
libras
pesos 977,210
En maderas pesos 507,106
En 85100 suelas pesos 124,330
En otros diferentes frutos y efectos
menudos, café, cocos, ropas de
Quito, ajonjolí, muebles, etc.
computados a los precios de plata
en Lima
pesos 652,341
________________
Suma total de la importación pesos 2260,987

EXPORTACIÓN
En efectos de Europa pesos 2235,719
En 1107 botijas de aguardiente pesos 22,146
En 6377 ídem de vino pesos 66,770
En 644 ídem de vinagre pesos 3,220
En 1822 arrobas de aceite pesos 4,489
En 3516 arrobas de azúcar pesos 9,230 -6 reales
En 64323 arrobas de harina pesos 96,485 -2 reales
En otras especies menudas, de costos y
derechos hasta aquella plaza
pesos 471,280 -7 reales
________________
Balanza a favor de Lima en dicho quinquenio 358,661 -7 reales

El comercio con la Nueva España se practica por los dos puertos de Sonsonante y Realejo; pero no sólo es de poca importancia sino que tampoco es anual, por el corto consumo que pide su población y porque lo que pudiera remitirle Lima se lo proporcionan más cómodamente otros países.

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Consiste la importación en el añil, palo del Brasil, cedros, alquitrán, algún poco de cacao de Soconusco, pimienta de Chiapa, petates, sombreros y batea. En el quinquenio de 1785 a 1789 (en el cual se cuentan tres años de vacío) han ascendido estos artículos a

210,295 pesos 7 reales
y la exportación en efectos, aumentados
un 13% por costo y derechos, a
29,416 pesos 4 reales
Resulta diferencia contra Lima 180,879 pesos 3 reales

Este exceso que hacen los productos naturales de Guatemala a las exportaciones de Lima se compensa con continuas remesas de plata.

Resumiendo el todo hallaremos que ha ascendido la importación en Lima, en el quinquenio de 1785 a 1789, procedente del mutuo comercio entre el Callao y los reinos de Chile, Santa Fe y Méjico a

8350,749 pesos 6 reales
Y la exportación en la misma época a 7823,776 pesos 6 reales
De que resulta diferencia contra el
comercio de Lima
526,973 pesos

Los puertos frecuentados son al Sur de Lima: Arica, Ilo, Iquique, que se llaman de intermedios, correspondientes a la Intendencia de Arequipa; y Pisco del partido de Ica.

Por la parte del Norte están los puertos de Chancay y Huacho, e inmediatos a ellos los puertos de Huanchaco, Pacasmayo y Paita de la Intendencia de Trujillo. Éstos llevan azúcar y sal de Chancay, y de los demás crecida porción de cascarilla; de Jaén y Quito, ropas de la tierra, lana, pabilo y otras hilazas de algodón y en rama, cordobanes, jabones, arroz y varias legumbres, pescado salado, cacao y diversas obras de mimbres, con otras especies de corta entidad.

De todos los artículos, el principal es el de la cascarilla, cuya importación subió a 2106 arrobas, toda ella se remite a la Península, igualmente que el plomo y el estaño.

El segundo artículo de más crecido valor consiste en los licores que importan del Sur, y también los que se extraen para el Norte.

Para este continuo y extendido tráfico tiene el comercio una respetable marina mercante. En el día se compone, de diez navíos, once fragatas, diecinueve paquebotes y una balandra, que todos cargan 351500 quintales, y los tripulan 1460 hombres.



Deslumbrada la Metrópoli con el resplandor de las riquezas de que fue poseedor el antiguo Imperio de las Incas, consagrose desde los primeros años de su dominación en   -43-   América, a obtener la mayor y la más inmediata utilidad pecuniaria. Creyose encontrar en los tesoros de Indias la salvación del deplorable estado en que se hallaba el erario nacional, y como por ese entonces, España en materias económicas era tal vez la nación más atrasada de Europa, su administración financiera en el Virreinato del Perú, no solamente tuvo grandes defectos, sino que fue contraria al bienestar general.

Dice Casto Rojas en su obra citada:

Por lo mismo que las finanzas coloniales no obedecían a plan alguno -si se ha de excluir el sacar provecho de ellas-, el reconstruirlo es poco menos que imposible. En este ramo como en todos los de la administración colonial, reinaba el caos más completo.

Leyes contradictorias, atribuciones diversas, recaudaciones variadas, unas veces en tal cuantía, otras en mayor proporción, inversiones variables y especialización de servicios causaban confusión y desfalco. Unas veces, las cajas reales y la dirección de las rentas estaban bajo la autoridad del Virrey, superintendente nato de la Real Hacienda, otras, había un intendente general que manejaba con absoluta independencia [...] La jerarquía funcionaria y el derecho presupuestal era el siguiente: en el Monarca residía el supremo poder absoluto. Le asesoraba el Consejo Supremo de Indias, que a nombre del Rey expedía leyes, pragmáticas, ordenanzas y provisiones [...] Al mismo Consejo de Indias le correspondía la alta administración de la Real Hacienda. Los Virreyes presidentes de audiencias y gobernadores dependían directamente de dicho consejo, que cada año dictaba los presupuestos [...] Ningún dinero debía gastarse sino conforme al presupuesto, excepciones extraordinarias en que el Virrey procedía de acuerdo con un consejo de notables.

Antes de la creación de intendencias, en 1782, la fijación de las contribuciones sobre custodia corría a cargo de funcionarios especiales en cada provincia, denominados Ministros de la Real Hacienda [...] Los servicios de un año no podían pagarse sino con lo recaudado ese año. Con los excedentes de una caja no se podían pagar déficit de otra caja. Todo sobrante iba a la Península.

La ordenanza de Intendencias en 1782, modificó la planta de recaudadoras y pagadores, quitando al Virrey sus anteriores atribuciones. Esto obedeció a las revelaciones dadas en las Noticias Secretas de América acerca de los malos manejos hacendarios [...] Los intendentes y subdelegados fueron los únicos   -44-   encargados de recaudar y pagar. Los virreyes se molestaron y las órdenes se modificaron.






VI

Tomaron parte en este desconcierto económico y en él se apropiaron riquezas y rentas iguales a las del Rey, los representantes de la Iglesia en América. Durante la conquista, el clero fue el brazo derecho del conquistador y el depositario de la austeridad. Este clero comunicó a Pizarro la fuerza moral indispensable y sin la cual hubiera sido imposible la masacre que se hizo del Inca y de los suyos. Con posterioridad, el ambiente virreinal le fue desfavorable, y por su causa, perdió algo del espíritu evangélico que la trajo a Indias, buena parte de su piedad y abnegación, como también lo fundamental de la misericordia y de la humildad. El clero secular buscaba beneficios y capellanías: los regulares, pingües curatos.

Habiendo dispuesto el sacerdocio de poderes sobrehumanos y de las prominencias que da la sagrada investidura, consiguió establecer gabelas extraordinarias que no existían en España. Esto, sin contar con las donaciones. Raro era el creyente envilecido en el tráfico de negros y de indios, que en los últimos momentos de su vida no se acordaba de la iglesia en forma de legados, limosnas y capellanías.

Para que se conciba -dicen los autores de las «Noticias Secretas»- el estado en que están aquellos reinos por lo mucho que va entrando en las religiones continuamente, no es menester más que hacer juicio de las sumas cuantiosas que con el motivo de los curatos entran en los religiosos. Supóngase que la mitad de ellas o las dos terceras partes las expenden en la manutención de las concubinas e hijos; que la otra mitad o por lo menos una tercera parte queda a beneficio del convento. Ésta se ha de suponer empleada en fincas y por precisión han de ser tantas que con el trascurso del tiempo no ha de haber ninguna que no recaiga en los conventos. Esto es lo que ya se experimenta, pues a excepción de los mayorazgos o vínculos que no son en crecido número, todas las demás fincas son feudos de las comunidades,   -45-   con la sola diferencia de ser mayores en unas que en otras la pensión. Esta estrechez en que ya se hallan los seglares forzados a vivir y mantenerse de lo que sobra a las religiosas, o de lo que éstas desperdician, tiene tan dispuestos los ánimos de aquellas gentes contra ellas que es de temer el que con algún motivo produzca novedades desgraciadas. Así lo dan a entender siempre que la ocasión rodea la coyuntura de tratar de este asunto, y así lo declararon bastantemente, cuando empezó la guerra contra Inglaterra, no recelándose de decir aún los más prudentes, los más capaces, y aún lo oímos de boca de varios eclesiásticos seculares, que con tal que los ingleses los dejasen vivir en la religión católica sería felicidad para aquellos países, y la mayor que sus moradores podían apetecer, que esta nación se apoderase de ellos, porque por este medio podrían salir de la sujeción de pechar a las religiones. Estas proposiciones dan bastante indicio de lo que sienten los ánimos, y no deben despreciarse mayormente cuando en ellos se interesan la quietud y la seguridad de las provincias y la ordenada proporción con que deben estar los miembros de una república.



Cipriano Coronel Zegarra, en su citada monografía, tuvo felices frases para exponer el predominio que alcanzó el poder eclesiástico durante la Colonia. Fue él el que dijo:

Al lado de la autoridad política levantábase el imponente poder de la iglesia, con su numerosa jerarquía y sus multiplicados resortes de dominación. Es increíble el predominio que alcanzó el poder eclesiástico durante el coloniaje; era un Estado en el Estado; una potencia que al aspirar continuamente a un ensanche más vasto, chocaba día a día con la autoridad real que siempre le cerraba el paso. Las relaciones de las dos potestades no estaban bien definidas. En medio de las más pomposas y respetuosas reservas a pesar de proveer con regia magnificencia a las necesidades del culto, no dejaba el Monarca al mismo tiempo de arrogarse derechos y preeminencias que difícilmente tienen justificación en principios. El Monarca solía legislar sobre materias religiosas, y sin detenerse en el umbral del templo, dejábase sentir su acción hasta al pie de los altares y arreglaba ceremonias y etiquetas, ora confirmando, ora derogando las disposiciones del ritual. El clero por su parte intervenía en asuntos puramente temporales, y gozaba de mil privilegios y atribuciones que no correspondían al orden eclesiástico.

El pueblo obedecía al Rey y al Papa; y el clero, al Papa y al Rey, y fácil es presumir los graves tropiezos que para la marcha tranquila de los negocios públicos debían surgir de semejante confusión que la ley lejos de remediar, agravaba a menudo con su silencio o su ambigüedad. Llenos están los anales de la   -46-   colonia de las controversias entre las autoridades civiles y las eclesiásticas; ya es un Arzobispo que disputa al Virrey la facultad de corregir a los curas que cobraban con indebido exceso los derechos parroquiales, ya es un Virrey que defiende su derecho de decidir sobre el fuero de los dependientes de la Inquisición. El clero que con su dominio sobre las conciencias habría podido extender su influencia de una manera rápida y segura, no vacilaba en aceptar la supremacía real cuando podía aprovecharle, y no era raro que un eclesiástico apelase de las decisiones del Ordinario, llevando su queja ante la autoridad secular. «Se hallará V. E. cada día, dice el Duque de la Palata a su sucesor, pon quexas de Eclesiásticos y Religiosos contra sus Prelados, y excussándose de su remedio, porque no le toca, le recombendrán con que son vasallos del Rey, que no tienen a quien recurrir, y formarán quexa de que no los ampara y defiende con sus Prelados: de manera que cuando el Virrey pone la mano en un negocio eclesiástico en los casos que debe hacerlo, salta la quexa de la inmunidad violada; cuando no lo hace, porque no debe hacerlo, se quexan del desamparo, porque son vasallos del Rey; con que es muy difícil tener sastifecha y contenta esta gran parte de la república, y la más peligrosa, por la libertad que se toman en la esención que les asegura su estado».

Los favores de que gozaba el clero, la posición ventajosa que ocupaba tanto ante la autoridad como ante los individuos de todas las clases sociales, a la vez que la falta absoluta de carreras aceptables a los orgullosos colonos contribuyeron a aumentar de un modo rápido y excesivo el número de las vocaciones religiosas. «La mayor parte de los españoles nacidos en esta ciudad -dice Castel Fuerte-, por falta de otras sendas por donde encaminar la vida se aplican a la del estado eclesiástico, que es la más ancha para el concurso y la más segura para la conveniencia». «No hay más trabajo útil que las minas -escribía posteriormente el Virrey Amat-, lo demás es para vivir. Las familias no encuentran otra ocupación útil que dedicarse al altar, porque aborrecen las minas y esto no por vocación sino por término de necesidad; el que nació noble más quiere morir de hambre que trabajar». En 1687, había en Lima seiscientos clérigos, «pero no se juzga -dice el Duque de la Palata-, que de los seiscientos pudieran exponerse los ciento a examen». Algunos años después florecían en Lima, treinta y cuatro conventos, diecinueve de religiosos y quince de monjas, sin incluir beaterios, casas de recogimiento y otras instituciones piadosas. «Este exceso -añade Castel Fuerte-, es hijo de una grande falta, como lo es la de exercicios a que pueden aplicarse los hombres y consecuentemente la de los casamientos con que puedan lograr este estado las mujeres». En fin, el Virrey Amat escribe: «el excesivo número de conventos de Religiosos y beaterios   -47-   que componen esta ciudad, mucho más allá de lo que se pedía su extensión, y la gran multitud de monjas niñas y criadas que encierran los monasterios que llaman grandes, para distinguirlos de los más pequeños observantes y recoletos podrían dar más que hacer de lo que se juzga, y aun de lo que se dice haber sucedido en tiempos pasados».



La existencia en el Perú de un poder tan rico y dominante, produjo males económicos de no poca consideración. El autor de El Estado Político del Reino del Perú en 1742, manifiesta que: «de diez a doce mil casas que forman una capital de provincia, no se hallan veinte que no estén exentas del fuero eclesiástico, porque todas son de monasterios y religiones, de patronatos y aniversarios que se lo arrastran todo, y lo mismo las haciendas y las granjas de la campaña». Este estancamiento de la propiedad en poder de manos muertas aminoró el valor de los bienes raíces, anuló las compraventas y produjo el desmejoramiento de la propiedad.

«La mera posesión por personas que al no ejercer los derechos del dominio no tenían mayor cuidado por la propiedad arrendada -dice el doctor Prado en su citada monografía-, hacía desmerecer muchísimo la conservación, mejora y precio de la propiedad. Los otros privilegios de que gozaban los eclesiásticos, como la exoneración del impuesto de alcabala, aumentaban su riqueza con desmedro de los intereses fiscales y en especial de los privados».

Paz Soldán, en su Historia del Perú Independiente, afirma que en 1796 había en el Perú 5946 personas entre clérigos, frailes, monjas, sin contar con el número de otras personas que en calidad de criados, alojados y educandos vivían en los conventos. En tiempo del virrey Gil, el total de las rentas de las diócesis de Lima, Cuzco, Arequipa, Trujillo y Huamanga subía a 2294944,00 pesos.

No fue esta absorción de riquezas por la iglesia, la única causa de orden económico que hizo daño al virreinato   -48-   y consecuentemente por herencia a la República. La labor cotidiana también sufrió desmedro, no tanto por los días de guarda que para suntuosidad del culto fueron consagrados a la devoción y al descanso, sino por el esplendor que se dio a las fiestas, las que por lo general fueron celebradas a expensas de los seglares.

Entre días de riguroso precepto, medias fiestas, en que se podía trabajar, y feriados para funcionarios públicos -dice el ilustre General Mendiburu- se encuentra casi medio año, con inclusión de domingos; y poco cuesta inferir que este fomento del ocio y del abandono, en un país en que todo abundaba y en donde era tan fácil subsistir sin fatiga, contribuyó, eficazmente, a arraigar malas costumbres y dar incremento a los vicios. De aquí los desórdenes de la plebe y su perniciosa holganza, a ejemplo de la conducta de los demás habitantes; y para esto cada cual descuidaba sus atenciones, contraía onerosos empeños, malgastaba el dinero y el tiempo, y ponía en riesgo su salud con los demás. Estas fiestas fomentaban el desafecto al trabajo, y traían consigo una general inquietud y distracción, que no necesitamos empeñarnos en probar, desde que aún quedan restos y muchos recuerdos de las innumerables procesiones, vísperas, novenarios, fiestas de patriarcas y hermandades. Agrégase la práctica general, no sólo entre los señores, sino entre la plebe, de ir a la iglesia diariamente; las largas horas que, en los templos, duraban las ceremonias religiosas, especialmente los interminables sermones; júntense, en fin, las fiestas civiles a las religiosas, y se podrá formar siquiera un vago concepto de todo el tiempo que se empleaba en ellas.






VII

Cimentada la política financiera de la colonia en un régimen de carácter patrimonial, la tributación no tuvo por base las relaciones de derecho público que hoy median entre la colectividad y sus órganos representativos. Un absolutismo, cuyo fundamento hay que encontrarlo en las manifestaciones de vasallaje que los pobladores de América rindieron a su Rey y Señor, fue el eje de aquel original y anodino sistema.

  -49-  

Los principales impuestos y los que más dinero proporcionaron a la Corona, fueron los siguientes:

El tributo de indios, que resultó una de las más saneadas rentas del virreinato. Su recaudación exigía el empadronamiento, y las revistas en las cuales se fijaba la tasa. Ésta variaba entre 8 y 10 pesos para los indígenas con tierras, y entre 4 y 6 pesos para los que carecían de ellas. Los forasteros y los urus, tres pesos en consideración a su estado miserable. Los jamenes, que tenían obligación de conducir a espaldas cargas del Rey o de los mineros, no pagaban nada. Comenzaba el indio a pagar tributo a los 18 años y terminaba a los 50. Esta obligación era personal, estando exenta de ellas las viudas, aunque quedasen con bienes. La cobranza se hacía por medio de los caciques, quienes entregaban la colecta a los subdelegados y éstos la empozaban en las cajas reales. El resumen general del ramo de tributos en 1792 fue el siguiente:

Número de indios 314863
Número de indias 304327
619190
Exentos por edad y privilegios, destinos
de alcaldes, lisiados, etc.
173615
CONTRIBUCIÓN
Tributos 885586 pesos
Hospital 25892 pesos 7 reales
___________________
911478 pesos 7 reales

Esta carga -dice Haenke-, lejos de ser gravosa al indio, es la más suave que pueden tener los vasallos que se hallen más aliviados en todo el mundo. No hay indio que trabajando un par de semanas, no tenga ya completo su tributo. Compárense, pues, con los tributarios de Europa y Asia, y véase si hay nación más aliviada. Siendo lo más que aquellos tienen siempre trabajo seguro y donde quieran, proporción que no logran fácilmente los jornaleros de Europa más deseosos de trabajar. Los indios pagan un solo tributo, que sin embargo de haber variado   -50-   tanto los tiempos, el comercio y las proporciones de adquirir permanece todavía, según la cuota señalada por el virrey don Francisco de Toledo, ha más de doscientos años; y siendo así que el español, y el negro, y las demás castas secundarias contribuyen con la alcabala de los efectos que labran y comercian, los indios se hallan exceptuados por la real piedad de satisfacerla en todo lo que es de su cría, labranza e industria. De forma que en todas las ferias en donde concurren unas y otras castas, con sus especies y frutos, son éstos los beneficiados por dejar de pagar lo que aquellos hacen, trastornándose con esto el equilibrio tan preciso en el comercio. El diezmo no es tal en ellos sino veinteno, por manera que en sólo alcabala y diezmo, ahorran más de lo que importa el tributo.

Lo más a que asciende éste en cada individuo es a nueve pesos; los hay a ocho y a siete y medio, conforme a la más o menos feracidad y producto de las tierras en que se impusieron los repartimientos por el señor Toledo. Los indios que no tienen tierras sólo pagan cinco pesos y medio; pero, así éstos como los de nueve, quedan todos iguales en los derechos de funeral cuando fallecen, y es otro ahorro que también logran en cuanto a tributarios, de que carecen mestizos y españoles.

A estos indios sin tierra se les da el nombre de forasteros, a diferencia de los originarios. Aclaremos esto. Hace un siglo, por ejemplo, que se estableció un indio en otro pueblo distinto del de su nacimiento; los hijos de éste, sus nietos, bisnietos, etc. todos se llaman forasteros en las matrículas, y sólo pagan cinco pesos y medio; distinción ridícula que sólo tiene por apoyo la costumbre, y debería a nuestro entender igualarse ya en el tributo, pues en el día son tan originarios como los que llevan este nombre, y tal vez más acomodados.

Otras reflexiones se ofrecen a primera vista sobre este método que se observa con orden a los tributarios. Es verdad que ninguno, ni el más ínfimo y pobre, es perjudicado, y que a todos les es fácil pagar su tributo; pero hay muchos a quienes se puede imponer el de veinte, el de treinta y aún el de cuarenta pesos, sin que pudieran reputarlo por una carga pesada. El indio acomodado y el jornalero salen ahora iguales en el tributo, lo que no parece justo.



Los quintos reales afectaban la minería con el 20% de sus productos, sin haberse tenido en cuenta para el pago del impuesto el costo de la producción. Habiendo rendido la América hasta fines del reinado de Felipe V nueve mil millones de pesos, el quinto real en esa cifra representó 1800 millones. Comenzó a pagarse el impuesto desde los   -51-   tiempos del virrey Toledo y subsistió en todo vigor por cerca de 200 años. El agotamiento de las minas impuso la rebaja del quinto, el que por real cédula de 1735 quedó limitado a un diez por ciento.

Además del quinto, pagaban los metales preciosos y también el azogue, el estaño, el hierro, el plomo y el salitre el uno y medio por ciento de Cobos, derecho que correspondía al ensayador y después a la Corona.

El Señoraje fue establecido en 1603, y se puso en práctica para atender a los gastos de amonedación. Cada marco de plata, que daba 65 reales, pagaba un derecho de tres reales. Los productos de la Casa de Moneda por concepto de este impuesto dieron un promedio de 400000 pesos por año, habiéndose amonedado un mínimo de seis millones de pesos por año.

La Alcabala fue otra importante renta de la Corona. Por real cédula, de 1576, se estableció este impuesto en América con un gravamen de 2%, el que después, en 1596, se aumentó al 4%, al 6% en 1776, habiendo llegado en los últimos tiempos del virreinato al 10%. El gravamen fue general en todo objeto de comercio. Lo pagaban también las profesiones y los gremios, las enajenaciones de inmuebles y las sucesiones, siendo muy poco lo que quedó libre de tan exigente y duro impuesto.

Aunque indirecta, fue una contribución odiosa como que pesaba principalmente sobre el consumo. Afectó a las clases desvalidas, y en las épocas de escasez de alimentos fue motivo de protestas y motines. Iniciada en 1576, con un 2% subió después hasta el 10%, y en los últimos años del coloniaje daba al fisco 800000 pesos, los cuales eran recaudados por la Administración general del Ramo de Alcabalas.

Los empleos públicos se otorgaban por simple merced o a título oneroso. Estos últimos denominados oficios vendibles, eran objeto de comercio y se colocaban en remate   -52-   público. La vara de Alguacil Mayor de Potosí, valía cien mil pesos. Dancuart, en sus Anales de la Hacienda Pública del Perú, dice al respecto lo que sigue:

Una de las prácticas más censurables de la administración pública en la época que revistamos, era la de vender los cargos y empleos oficiales, las más veces en remate o al mejor postor.

A trueque de dar un ingreso al Tesoro real se conferían los empleos públicos, no a la competencia, laboriosidad, honradez y mérito, sino al que más dinero pudiese poner en la subasta. Es verdad que no se declaraban expeditos para entrar en la licitación, sino a los que de antemano ofrecían ciertas pruebas de suficiencia, pero éstas, obtenidas muchas veces por favor, no servían para impedir que fuese cuando menos negligente y omiso en el cumplimiento de sus deberes, el empleado inamovible en el puesto por el cual había pagado su dinero.

Se compraban así una Contaduría o una Tesorería en oficinas fiscales, como una plaza en los Tribunales privativos o una vara de Alcalde en el Cabildo de la ciudad, de alférez real, de alguacil mayor, etc.; en lo cual, según la ley del caso, «se equiparan los oficios seculares y los beneficios eclesiásticos, según las observaciones y reglas de la Cancelaria Apostólica de Inocencio VIII y de Paulo II».

Los derechos que adquiría el comprador de un empleo a juro de heredad, comprendían el de renunciarlo a disposición del Gobierno o ante éste, pero a favor de persona determinada, en cuyo último caso dejaba de ser válida la renuncia, si el que la hacía no sobrevivía a ella cuando menos veinte días, y además el de transmitir dicha propiedad a sus herederos.

Cuando por renuncia o cualquier otro motivo de vacancia se sacaba a remate el empleo, el precio correspondía, parte al propietario que lo había renunciado y parte al fisco real. La de este último era en algunos casos el quinto, en otros la tercera parte, y en algunos la mitad.

El capital que los particulares pagaban al fisco por compra en remate de empleos públicos fueran rentados o concejiles, se entregaba a las Cajas Reales de contado o a plazos, según lo convenido antes, y se consideraba como un depósito de particulares que había que devolverles, dado el caso, en todo o en parte.



Estuvieron estancados, los naipes, el tabaco, las pastas del plata, el azogue, la lana de vicuña, el salitre y la perfumería.

  -53-  

El estado de los valores y gastos ordinarios y extraordinarios que tuvo la Real Hacienda, en el quinquenio corrido de 1790 a 1795, en el virreinato del Perú fue el siguiente:

RAMOS DE REAL HACIENDA
Cobos y diezmos reales pesos 368232 6 reales
Diezmos de plata labrada pesos 31685 0 1/2 reales
Tres por ciento de oro pesos 75839 6 reales
Derechos de fundición y ensaye pesos 106052 6 reales
Venta de minas pesos 1092 reales
Venta y composición de tierras pesos 106093 6 1/2 reales
Comisos pesos 10100 2 1/2 reales
Estanco de nieve pesos 69200 reales
Composición de pulperías pesos 46001 reales
Multas pesos 344 3 reales
Tributos pesos 4495984 3 3/4 reales
Arrendamiento de Cajones de Palacio pesos 9759 3 1/2 reales
Coliseo de gallos pesos 34605 5 reales
Lanzas y títulos pesos 18872 4 1/2 reales
Media anata secular pesos 54178 4 reales
Productos de Cruzada pesos 288608 7 reales
Alcances de cuentas pesos 55899 7 reales
Oficios vendibles y renunciables pesos 112402 0 1/2 reales
Azogue de Huancavelica pesos 829398 5 1/2 reales
Reales novenos pesos 222267 4 1/2 reales
Donativo ordinario pesos 18658 7 1/2 reales
Derechos de toma de razón pesos 3175 6 reales
Aprovechamientos pesos 20343 1 1/2 reales
Productos de la Casa de Moneda pesos 2268027 5 1/2 reales
Mitas de Huancavelica pesos 92802 5 1/2 reales
Almojarifazgos pesos 1234654 1 reales
Alcabalas pesos 4047030 3 1/2 reales
Nuevo impuesto sobre el aguardiente pesos 683819 4 1/2 reales
Almacenajes pesos 15262 4 1/2 reales
Fábrica de cuarteles pesos 10114 6 reales
Inválidos pesos 87590 5 1/2 reales
Imposición de principales pesos 287216 reales
Real Hacienda en común pesos 408533 6 1/2 reales
______________________
Suma 18123864 6 reales   -54-  
RAMOS PARTICULARES
Vacantes mayores pesos 40496 7 reales
Vacantes menores pesos 69787 7 1/2 reales
Mesada eclesiástica pesos 35087 2 1/2 reales
Azogue de Europa pesos 1134399 7 1/2 reales
Ferretería pesos 155 4 reales
Asignaciones y reintegros para España pesos 244473 1 1/2 reales
Donativo para la guerra pesos 22384 4 reales
______________________
Suma 1546785 5 reales
RAMOS AJENOS
Productos del ramo de suertes pesos 16420 reales
Media anata eclesiástica pesos 37827 4 reales
Montepío militar pesos 49011 1/2 reales
Subsidio eclesiástico pesos 136168 3 reales
Real Orden de Carlos III pesos 47229 4 reales
Sisa pesos 111023 reales
Contribución a Hospitales pesos 139852 5 1/2 reales
Cuarta parte de Comisos del
Supremos Consejo y Ministerio de
Indias
pesos 19076 1 reales
______________________
Suma 564608 2 1/2 reales
RESUMEN DE LAS ENTRADAS
Por los ramos de Real Hacienda pesos 18123864 6 reales
Por los ramos de particulares pesos 1546785 5 reales
Por los ramos de ajenos pesos 556608 2 3/4 reales
______________________
Suma 20227258 5 3/4 reales





VIII

Una disminución general en calidad y cantidad de riquezas mineras y un cúmulo de circunstancias adversas a   -55-   su fácil explotación, precedieron la revolución emancipadora del Perú y posiblemente fueron causa de ella, entre las muchas que contribuyeron al magno suceso. Los minerales ricos de los afloramientos al fin tuvieron su agotamiento. La riqueza continuó en profundidad, pero las inundaciones y la falta de conocimientos técnicos dificultaron la explotación.

Los primeros años del último tercio del siglo XVIII encuentran la minería en el principio de su decadencia. Las minas, abiertas ya en gran extensión y profundidad, necesitaron obras de verdadera ingeniería y trabajos de muy larga duración y costo. Se impusieron el socavón y las bombas para la ventilación y el desagüe, la maquinaria para la extracción, y la fortificación científica para la seguridad. Presentáronse también por estos tiempos algunas fallas, y su presencia ocasionó el salto y la consiguiente pérdida de la veta, como sucedió en Potosí, donde el mal no se pudo remediar por la ignorancia de los mineros. Todo esto ocurrió en la explotación. Por lo que toca a la metalurgia, las dificultades no fueron menos. La composición química de los minerales, todos al estado de sulfuro y asociados al cobre, al zinc, al plomo y al arsénico, ocasionaron en la amalgamación fuertes pérdidas en plata y en azogue.

Contribuyeron también a esta decadencia industrial los abusos de las autoridades, los numerosos impuestos, la excesiva subdivisión de la propiedad minera, la esclavitud y el engaño, y hasta la reglamentación pesada, propia para gente sin libertad, que contenían las disposiciones del Virrey Toledo. Las ordenanzas de Méjico entraron en vigor en el Perú en 1785.

Sin buen éxito se trató de ilustrar a los vasallos mineros y de acabar con la rutina, creando en Lima un centro científico de profesores alemanes contratados en Sajonia. Un personal científico, presidido por el Barón de Nordreflich y del que formaban parte los profesores Weber, Helms,   -56-   Mothes y otros, fue contratado para el Perú e ingresó en él en 1789. Sus resultados no fueron satisfactorios, y a ello contribuyó el modo de ser social de la Colonia, tan opuesto a las costumbres, a la religión y a la moral de los extranjeros contratados. Sus estudios fueron hechos en Huancavelica, Potosí, Cerro de Paseo, en el Laboratorio Químico Metalúrgico de Lima y en otros reales de minas.

Nadie podrá negar -dice Haenke- que el desordenado trabajo de los indios, sus primeros artífices, es origen de los pocos progresos en este ramo. El exceso contingente que les reportan tareas tan penosas, la opresión y el engaño que regularmente nace de los dueños de minas, hacen que tengan aquellos poca dedicación a su laboreo. No hay horas de ordenanza ni regla que fije sus labores, y de aquí se derivan los gastos superfluos. También se notan abandonados minerales útiles, otros inundados, y muchos con escombros que dimanan de la falta de fortificación, estando en práctica la maquinaria y la hidráulica para convertir en útil lo que se mira con dolor abandonado. Se carece igualmente de los conocimientos necesarios para dirigir en regla los socavones de aquellos que lo requieren, y finalmente, la explotación de minas es otro artículo que gira sobre principios nada científicos ni fundamentales.

Estas consideraciones movieron sin duda el real ánimo de nuestro soberano a solicitar de Sajonia diestros profesores de la ciencia mineralógica, haciéndolos conducir a costa de su real patrimonio, con el propósito de que instruyesen a los mineros de estas regiones en el modo de beneficiar los metales, y otros útiles conocimientos análogos a la ciencia.

Tocó la suerte al Barón de Nordenflicht, concejero íntimo del Rey de Polonia, de ser nombrado jefe de esta comisión, con el tiempo de su servicio, se esmerase en promover y fomentar esta regia confianza; y en 1.º de abril de 1788 se le despachó su título en Aranjuez, con el objeto y condición de que, durante el tiempo de su servicio, se esmerase en proveer y fomentar el cultivo de las minas, perfeccionar las labores y operaciones de cada una de ellas, en cuanto pudiesen necesitarlo, bajo las órdenes superiores del Gobierno.

Comprendiendo el Señor Barón los envejecidos males de aquella minería quería propagar cuanto es consiguiente a la Mineralogía y ensaye de metales, aspirando también a enseñar radicalmente el discernimiento y calificación de cada real de minas, por sus apariencias interiores, punto ignorado por los prácticos de aquellos dominios, igualmente que la exacta designación de la ley de ellos y de las partes útiles con que están mezclados.

  -57-  

Este facultativo y autorizado extranjero había ya dado principio a su comisión en Potosí, procediendo a laborear por el beneficio de barriles, que, como ignorado en aquellas regiones, tuvo la mayor aceptación por su novedad.

El resultado por el nuevo beneficio de barriles fue más ventajoso que el de los del país por buitrón; pero este exceso no correspondió a la ventaja que resultó en el primer experimento por el beneficio de los cuarenta y un quintales ya expuesto.

Por semejante antecedente, sale en claro que en el cotejo de ambos beneficios no hubo diferencia alguna en el mayor costo de las máquinas de barriles que necesitan igual clase de magistral a los de buitrón, con más el cobre y el hierro en piezas, que es un gasto de aumento al que tiene el método antiguo establecido en el Reino.



Sobre todas estas dificultades, algunas de ellas subsanables como la instrucción y las ordenanzas, se presentó una de carácter muy grave y que tuvo su origen en la notable disminución de esclavos para el trabajo de las minas. Dos causas la ocasionaron: el exterminio de los mitayos en una labor que ya duraba más de dos siglos, y las insurrecciones de los indios contra la metrópoli en los tiempos en que gobernaron el Marqués de Castel Fuerte, el Marqués de Villagarcía y el Conde de Superunda. Fue la más sangrienta de estas insurrecciones, la iniciada por Tupac Amaru. Propúsose este caudillo terminar con la raza blanca y restablecer el Imperio de los Incas. Por causa de estos alzamientos, el trabajo quedó paralizado, las vías de comunicación interrumpidas, muchos españoles degollados y los mitayos en fuga. Es cierto que los virreyes ahogaron en sangre estos conatos de independencia, pero fueron tan crueles los castigos que se aplicaron, que los indios para librarse de ellos se refugiaron en las montañas o en las breñas de las cordilleras, lugares de donde fue imposible sacarlos para conducirlos nuevamente a las minas.

Si esto pasaba con la minería, que, como hemos dicho era la primera riqueza que poseía el Perú, no fueron más felices los medios que se emplearon para reformar el desconcierto   -58-   que en el orden administrativo reinaba en las Indias. Las ordenanzas de Intendentes, promulgadas en 1773, no fueron sino un extenso y complicado reglamento, todo él destituido de mérito y criterio político. Es cierto que mediante sus disposiciones quedaron al fin suprimidos los empleos de corregidores, tenientes alcaldes y alcaldes mayores: pero los propósitos saludables que decidieron al gobierno español a promulgarlo, en la práctica no dieron buenos resultados. Creadas dos autoridades rivales e independientes, como fueron la del Virrey y la del superintendente de la Real Hacienda, la dualidad de poderes hizo tanto daño, que fue necesario suprimir al último. Fue también motivo de conflicto y causa de confusión, la extraña autoridad conferida a los intendentes, la que muchas veces se extendía también al orden judicial, creando conflictos con las Audiencias y el mismo Virrey. Por lo demás, como el mal estaba en los hombres, las autoridades, por llamarse intendentes y subdelegados, no cambiaron su condición moral, y su corrupción en el manejo de los negocios públicos fue tan escandalosa como lo había sido entre los corregidores y los alcaldes mayores.

Consecuencia manifiesta del mal estado de las minas y del desconcierto económico, fue, en lo que toca al comercio, el descenso de la exportación, la cual en la balanza estadística de 1785 a 1790 produjo una deuda contra el virreinato del Perú de 12230879 pesos, y cuatro reales. Ya hemos manifestado las causas de esa deuda, en realidad ficticia, pero en la práctica contraria a las rentas del Rey. Con posterioridad a las fechas citadas, la exportación no sólo fue menor que la importación, sino también reducida. Si en el quinquenio de 1790 a 1794, la remesa a España llegó a 27908224 pesos, en los años de 1802 a 1804, o sea, en tres años sólo alcanzó a 8489961 pesos siete reales.

Estos datos y estas cifras evidencian que el grito de libertad en el Perú en los albores del siglo XIX coincidió   -59-   con la decadencia de España, y que tuvo razón Casto Rojas al decir, en su libro citado, que la bancarrota de la Corona iba a precipitarse cuando la revolución y la independencia le dieron el golpe de gracia.

Sobre estas ruinas morales y materiales se fundó la República. No fue únicamente un poder político el que terminó en 1824, sino también un poder económico. Ese poder económico anteriormente formidable y que produjo al Rey y a sus vasallos privilegiados, cuantiosas fortunas, hallándose terriblemente debilitado en los comienzos del siglo XIX, por las causas naturales ya expuestas, no pudo resistir la magnitud del esfuerzo financiero que para su triunfo necesitó la Revolución, y sin estrépito ni protestas cayó para siempre. De los centenares de millones de marcos de plata sacados de las minas, sólo quedaron para España y para el Perú míseras y dispersas fortunas, ninguna de ellas en condiciones de reaccionar ni hacer fructífera la industria.

Al régimen financiero de la Colonia, sucedió durante la guerra separatista el sistema de las violentas exacciones. Se impusieron la confiscación, el saqueo, el cupo, la requisición y el empréstito. Esta guerra duró quince años. Durante ella, las fuentes productoras quedaron cegadas, y la recaudación encontró invencibles tropiezos para su marcha regular. Las cajas militares de los ejércitos beligerantes consiguieron sostener miles de soldados con el dinero de la Iglesia, con el ahorro del pueblo y la fortuna de los ricos. La liquidación fue completa. Al día siguiente de Ayacucho, ni las tropas del Rey, ni las fuerzas de los patriotas tenían un maravedí. Esto fue lo que heredó la República.





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Capítulo II

La emancipación iniciada por San Martín


SUMARIO

Un sistema de rentas y de poder que por lo absoluto en lo político y erróneo en lo económico avasallaba y empobrecía a la mayor parte de los propios gobernados, no podía ser imperecedero.- Fueron los países que pobló la emigración anglosajona los primeros en independizarse.- Manera, como se inició el movimiento revolucionario en la América Española.- Tupac Amaru y el movimiento indígena iniciado en 1770.- Su acción ahondó aún más el odio del indio contra el blanco y dejó arruinados la minería, el comercio y las industrias textiles.- Comentarios de Félix Coronel Zegarra.- Siguen 30 años de tranquilidad.- Principió de nuevo la lucha en 1810.- Conceptos del doctor Lissón.- Movimiento revolucionario de 1814.- Cómo lo narra Sebastián Lorente.- Fue el glorioso alzamiento de 1814 uno de los más importantes. de la guerra separatista de América.- Saturnino Castro y Francisco de Paula Quirós.- Viluma y Rancagua.- Abascal se retira del Virreinato del Perú y le sucede Pezuela.- Con la llegada de Lord Cochrane al Callao, en septiembre de 1819, se inicia en el Perú el primer esfuerzo que los gobiernos americanos hicieron en favor de su independencia.- San Martín.- Conferencia de Miraflores.- Triunfo de Arenales en el Cerro.- Famosa carta del brigadier Ramírez.- Conferencia de Punchauca.- Era un rey   -61-   y no un presidente demócrata lo que el Perú necesitaba en los días en que por primera vez inició su aspiraciones autónomas.- La monarquía peruana hubiera tenido el apoyo de la opinión, su fuerza hubiera sido real, su estabilidad, inconmovible.- Fue la reconcentración de Arenales sobre Lima, en julio de 1821, un movimiento fatal e inconsulto.- Destruir o por lo menos hostilizar e impedir la reorganización tranquila de los ejércitos realistas salidos de Lima en fuga, debió haber sido el anhelo de San Martín.- El plan de Arenales fue grandioso y en él se combinaba la acción de sus fuerzas con las de Lima.- Opiniones de Paz Soldán y García Cambo al respecto.- San Martín sale del Perú dejando inconclusa la gloriosa labor comenzada por él.- Ingrata participación que le tocó en el despliegue militar de Canterac y en la derrota de Macacona.- Sus convicciones monárquicas fueron sinceras y bien fundadas, pero contrarias a las aspiraciones de las gentes que luchaban a su lado.- La orden del Sol.- Entre otras causas, la preponderancia de Bolívar ocasionó la retirada de San Martín.- Coincidieron el prestigio y la gloria cada vez más crecientes del Libertador con el ocaso de la buena estrella de San Martín.- Conferencia de Guayaquil.- La verdad y el arte hipotético la han reconstruido.- En septiembre de 1822 todo le era adverso al Protector.- La deportación de Monteagudo fue un desacato más a su persona que al Ministro.- La retirada de San Martín fue un hecho adverso a la naciente nacionalidad peruana.- Tuvo el prócer visión clara de la clase de libertad que necesitaba el Perú.- Conceptos de Basilio Hall.- La guerra duró algunos años, su costo ascendió a varios millones de pesos y sobre la bancarrota fiscal que ella produjo se fundó la República.- San Martín suprimió las contribuciones realistas de guerra y el secular tributo que pagaba el indio.- El empréstito forzoso, el papel moneda y la acuñación de cobre suplieron en parte el déficit.- Secuestro de los bienes españoles.- Ocultación de caudales.- Memoria presentada al Congreso por el doctor Unanue en 1822.- Situación económica en Lima en 1821, descrita por Basilio Hall.


  -62-  
I

Organización tan original como la expuesta, fundada con el único propósito de enriquecer a la Corona y a su Real Erario y que funcionaba con detrimento de las Indias, sólo pudo tener estabilidad limitada. Un sistema de rentas y de poder que por lo absoluto en lo político y erróneo en lo económico avasallaba y empobrecía a la mayor parte de los propios gobernados, no podía ser imperecedero. Duró tres siglos el coloniaje, porque fueron continuos y extraordinarios los esfuerzos de la Metrópoli para conservar paralizados en América los gérmenes de progreso consiguientes a toda asociación humana, y porque ese tiempo necesitó el Nuevo Mundo para que se formara la raza americana. Bastarda y débil en su principio, por mucho tiempo se la consideró advenediza en su propio suelo, en la misma tierra que la viera nacer. Tratada con desdén por los peninsulares, se le negó la igualdad que ella pretendía, y a cambio de sumisión y obediencia absolutas se le permitió hasta cierto punto colaborar en la política del Rey. Mirada con desconfianza por los virreyes y a la vez odiada por el indio, muy lentamente creció y se desarrolló, hasta que el número y la interdicción en que vivía con sus opresores la obligaron a reaccionar por sí misma, a detenerse ante el abismo de su propia disolución y a pensar en la idea de Patria.

Fueron los países del Norte, aquellos que pobló la emigración, anglosajona, los primeros en constituirse bajo la forma independiente. Viéndose fuertes, palpando en sus ciudades e industrias su propia labor, y habiéndose opuesto a ser sometidos por Inglaterra a un régimen depresivo, proclamaron su libertad. No fue la misma causa, la que ocasionó en la América española el movimiento separatista. Faltándoles a los sudamericanos la experiencia y la civilización   -63-   que ya poseía el pueblo septentrional de origen sajón, su camino emancipador no fue tan recto ni tan radical. Sin embargo, en sus propósitos libertadores fue tan lejos como fueron los patriotas de Washington, cuando rompió con la España Napoleónica. Pueblo, nobleza y clero, reuniéndose en los cabildos y protestando adhesión a la Corona representada por Fernando VII, que se hallaba prisionero en Bayona, negaron obediencia a las juntas de Madrid y de Cádiz. De esta manera, sin saber adónde iban, dieron el paso que más tarde los condujo a la independencia. La labor revolucionaria fue gigantesca. Todo fue creado, porque nada existía. Por causa de la incomunicación faltaron obras y ejemplos que imitar. La Gaceta de Madrid, único periódico que se leía en Lima, no hizo otra cosa que mixtificar el pensamiento. Según las noticias llegadas al Perú, Napoleón era el Antecristo; Fernando VII, un santo, y Carlos I y Luis XVI, dos mártires.

Cuando los colonos empuñaron la lanza y se arrojaron sobre los godos -dice el doctor Lissón en su citado libro-, no lo hicieron movidos por el Contrato Social y el Espíritu de las Leyes; ni registraron la declaración de los derechos del hombre de la Convención francesa, para justificar su insurrección y echar los cimientos de los nuevos Gobiernos. El tiempo que los había fortalecido, el desbarato en que estaban, que era llegado a su colmo, y la insolencia española, les pusieron únicamente las armas en la mano. Si de la conflagración salió la República, fue porque otra cosa no podía salir de donde nada existía, pues donde nada existe tiene que aparecer la verdad. La guerra fue tenaz y sangrienta porque se hizo de ella una guerra social. Los españoles creían que aunque Napoleón o la Inglaterra los conquistara, mientras uno solo de ellos respirase, este solo hombre tenía el derecho de mandar en la América. Bolívar y San Martín eran para ellos lo que Espartaco para los romanos; y sus soldados una horda de esclavos para los que no había piedad ni derecho de gentes. Fue menester que el talión hiciese rodar sus cabezas; y que los superiores bríos e inteligencia de la raza americana les hicieran doblar la cerviz para que llegaran a reconocer en sus contrarios la calidad de   -64-   hombres. Allí están las Repúblicas Americanas imperturbables en su fe al través de los cruentos dolores que los han afligido y las afligen para llegar al alumbramiento de la libertad evangélica.



Los males sociales y económicos que al Perú ocasionó la lucha por la independencia, principian con la revolución de Tupac Amaru. El movimiento indígena de 1770 es el primer grito de libertad dado en la América Española. Iniciado por un hombre superior a su ambiente y a los medios de que dispuso, no fue tanto la falta de un programa lo que le venció, como el espíritu feroz y vengativo de los insurrectos. Las cartas y edictos del caudillo, lanzados a la publicidad en noviembre, después de ahorcado en Tinta el corregidor Arriaga, anuncian únicamente el propósito de abolir la mita y extirpar los corregimientos. Más tarde, habiendo obtenido una brillante victoria en Sanganara, Tupac Amaru intenta enaltecer la religión y el sacerdocio y crear en el Cuzco un virreinato, con su audiencia, para ser gobernado por los hijos del país. La lucha desde su principio tomó un aspecto feroz, y más que una contienda de carácter político, fue una guerra de razas, habiendo sido los curas y vecinos notables los que con más empeño combatieron a los alzados.

A la cabeza del movimiento reaccionario púsose el obispo Moscoso, del Cuzco. Debiose a su valentía y serenidad el acuerdo de no abandonar la ciudad después del desastre de Sanganara. Tupac Amaru, que anteriormente había estado en buenas relaciones con el Prelado, trató de conseguir su tolerancia, pero no solamente se vio excomulgado, sino atacado por el valeroso Mateo Pumacagua, quien, movido por la palabra del Obispo, se convirtió en su formidable rival. Su Ilustrísima colectó entre sus feligreses para los primeros gastos 24000 pesos, formó batallones sagrados y levantó el fervor de los vecinos con misiones, ayunos,   -65-   procesiones y otras penitencias. Sus esfuerzos tuvieron buen éxito. Reforzados más tarde sus tres mil milicianos con doscientos mulatos, cuatrocientos nueve fusiles, quinientas espadas y doce mil cartuchos, que desde Lima le envió el Virrey y que llegaron el 1.º de enero de 1781, fácil le fue resistir el sitio que Tupac Amaru puso al Cuzco y conseguir que se retirara sin presentar batalla formal.

Las hostilidades continuaron en las provincias después de la retirada del Cuzco, hasta que muerto el caudillo quedaron en armas su hijo Mariano, su hermano Diego Cristóbal y otros allegados, quienes causaron el espanto y la desolación en las cumbres del Vilcanota, donde se habían refugiado, y en las cuales al fin fueron vencidos.

La revolución de Tupac Amaru ahondó aún más el odio del indio contra el blanco, y dejó semiarruinados la minería, el comercio y las industrias textiles. Se calcula en ochenta mil el número de víctimas. Los pueblos quedaron desiertos, las haciendas sin cosechas y sin ganados. El desencadenamiento de venganzas llegó a lo inverosímil. Los indios no supieron moderar sus iras y deshonraron su causa con toda clase de horrores. Algunos de sus caciques decían que para no caer otra vez bajo el yugo español era necesario exterminar a todos los que no fueran de raza india. En Calca, hasta los niños españoles o mestizos fueron ahogados o estrellados contra las piedras. En Chucuito, los vencedores no perdonaron a los eclesiásticos; tampoco a las mujeres más o menos blancas, pero ni aun las indias que usaban el traje de los españoles. Poblaciones enteras, como la de Puno, se vieron obligadas a emprender la retirada; esta última en número de 5000 personas, con riesgo de no tener qué comer en el camino y andar a pie y ser atacadas en su retaguardia, como sucedió en Ayaviri. El pueblo de Sorata, que pasaba de diez mil almas y que había resistido todos los asaltos detrás de su metralla de tierra, fue anegado   -66-   echando de intento el agua de las represas sobre el pueblo y su población exterminada sin distinción de edad ni sexo. La Paz, defendida por don Sebastián de Segurola, soportó el asedio terrible del feroz Nina Catari, y salvó de la inminente catástrofe del asalto, en el momento en que todas las provisiones estaban consumidas, debido al auxilio que le prestó el valiente Roseguin. Los vecinos de San Pedro de Bellavista, extenuados por el hambre y la fatiga, se refugiaron en la Iglesia y en número de mil fueron degollados, sin que alcanzaran perdón los sacerdotes, las mujeres ni los niños. En Caracoto pasó algo igual, lo mismo que en Tapacare.

Félix Coronel Zegarra, en su ensayo histórico Yo, el Rey, comentó la revolución de Tupac Amaru, en los siguientes términos:

La última tentativa de independencia la hicieron los indios, bajo la dirección de un caudillo, que adoptó el nombre de Tupac Amaru. Era éste un indio que había recibido de los españoles su educación y principios religiosos; pero a pesar de esto, indignado al contemplar los vejámenes de la mita y de los repartimientos, levantó el estandarte de la rebelión contra todos los españoles, ya fuesen criollos, ya peninsulares. Esta revolución, que era una guerra de razas más que una conmoción política, y que había surgido envuelta en olas de sangre, fue al principio exclusivamente dirigida contra las autoridades del Virreinato. Tupac Amaru, al resistir a los corregidores y a las tropas del Rey, invocaba el nombre del Soberano, exactamente como había sucedido con Guillermo el Taciturno en la guerra de Flandes. Al dar la orden de extinguir Corregidores, añadía Tupac Amaru: esta orden no es contra Dios ni contra el Rey, sino contra las malas instituciones.

La revolución de Tupac Amaru tenía por principal objeto el exterminio de los españoles europeos y la restauración del imperio de los Incas. Éste era el sueño favorito del caudillo, a quien habían calentado el cerebro, la educación y doctrina que entre los españoles mismos recibiera; y lo que realmente sorprende es que hubiese podido encontrar en su raza, por largos años envilecida y humillada, tantos para quienes no fue tocada en vano la delicada cuerda de su antigua grandeza y de su primitivo esplendor. Mas no se mostró astuto político. Lanzándose   -67-   de improviso en la vía de los hechos, sin haber procurado antes atraerse a los criollos y extender el descontento a todo el virreinato, todos sus esfuerzos se estrellaron en un cadalso, sin haber producido más efecto positivo, que algunas ligeras reformas en el sistema de los repartimientos. Pero al mismo tiempo, las iniquidades de los corregidores fueron reconocidas de todos, y se había dado la prueba de que era posible resistir, y resistir por mucho tiempo, la tiranía de los funcionarios peninsulares. Por lo demás, difícil sería calcular cuáles hubiesen sido los efectos del triunfo del audaz indígena; pero por completo que hubiese sido el éxito, sólo habría podido establecer un vano y efímero remedo del antiguo imperio, pues no hay duda que el caudillo habría sido al fin víctima de la educación política y religiosa que había adquirido, con harta imperfección, de los mismos españoles.



Al movimiento indígena iniciado por Tupac Amaru siguieron 30 años de tranquilidad. Principia de nuevo la lucha en 1810. En esta vez no son los descendientes de los Incas quienes desean independizarse de España, sino la nueva raza americana, por ese año ya muy vigorosa y entrometida en los asuntos públicos, con motivo de lo acontecido al Rey, en 1809, a causa de la invasión francesa en España. La nueva regencia creada en la Península para gobernar el país durante la prisión del Monarca, sin quererlo favoreció el movimiento colonial. Su proclama fue eminentemente revolucionaria. «Desde este momento -díjoles a los nacidos en América-, os veis elevados a la dignidad de hombres libres. No sois ya los mismos que antes, encorvados bajo el yugo más duro, mientras más distantes estabais del Poder, mirados con indiferencia, vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia».

Hablando el doctor Lissón de lo que fue la guerra de la independencia, de la situación especial del Perú por causa de la solidaridad americana y de su triunfo y consecuencias, dice en su ya citada obra La República en el Perú.

Rechazada la raza americana por la insociabilidad y arrogancia castellana y fuerte por su número como queda apuntado,   -68-   viose obligada a pensar en su destino, pesar sus cadenas y crearse una patria en su cuna, uniendo a ella su suerte. Desde entonces su independencia fue cuestión de tiempo. Éste transcurrió venciendo lentamente los artificiales obstáculos que se oponían a su incubación, y siendo llegado, casi en un mismo día y hora, brotó simultáneamente en Caracas, Quito, La Paz y todas las grandes poblaciones. Tan universal movimiento se hizo al principio de la manera más sencilla y pacífica, sin que una gota de sangre anunciara los torrentes que debían verterse después. Bajo el pretexto de que Fernando VII se hallaba prisionero en Bayona, el pueblo, la nobleza y el clero se reunieron en los Cabildos que hasta entonces habían sido una vana sombra del poder municipal; y allí a vista de los Virreyes y autoridades españolas, declararon paladinamente, no se consideraban obligados a obedecer a las juntas de Madrid y Cádiz, porque éstas no personificaban a la Corona. Los españoles que veían en la América no una propiedad de la monarquía, sino de ellos, quedaron espantados de tanta osadía; y creyendo la insurrección hija de la que había devastado la Francia y efímera como aquella, con la ferocidad que marca su carácter se propusieron vencerla con el terror, empezando por dar muerte a cuantos insurgentes tomaban. Las represalias fueron terribles: la población se dividió en dos porciones individualmente enemigas mortales que donde se encontraban se degollaban sin piedad. La criolla, que hasta entonces había vivido aislada, separada entre sí por las largas distancias, experimentó al principio rudos desastres. La desgracia la obligó a unirse, la hizo sentir su hermandad; y en medio de esas matanzas sin número, formose el gran pacto de la solidaridad americana en la democracia; y formáronse también esos caudillos ante cuyo valor y sufrimiento no había imposible para luchar y vencer a los godos. Hombres de hierro, generación fabulosa, que montaban a caballo a las márgenes del Plata y el Orinoco y venían a apearse en la nevada cima del Potosí.

En el Perú la raza criolla se había preparado también para la Independencia; pero su situación particular hizo que se retardase, que la guerra tomase en ella diferente aspecto, y que las consecuencias no fueren las mismas que en la demás Repúblicas.

Centro el poder peninsular por sus riquezas, y también del sistema colonial en su más vasta aplicación; con una nobleza rica y algo considerada por la España, y con clases que sacaban abundante lucro del privilegio, tenía necesariamente que haber un crecido número de personas interesadas en sostener ese poder. Además, continuamente amagado por corsarios, era el punto más fortificado de sus posesiones, el depósito   -69-   de sus municiones, la escuela de sus soldados y el núcleo de su ejército; con lo que vino a ser el campamento español en la lucha de la Independencia. De él salían las expediciones contra los insurgentes: de otras partes; y a él volvían en sus derrotas por dinero y hombres para continuarla, en lo que se mostró inagotable, armando para ello a los indios y dando una lección a los criollos peruanos que los despreciaban. Bajo la presión de estas circunstancias, el Perú no podía estar en el mismo rango que sus hermanas, en el deseo, fuerzas y trabajo preparatorio para romper sus prisiones. Así, las primeras tentativas que hizo salieron desgraciadas; por lo que, conociendo aquellas su debilidad y el peligro que corría su reciente libertad, mientras dominase en él la España, se resolvieron a auxiliarlo formando una cruzada americana de sus más afamados guerreros. La lid fue corta, y sin el séquito de desafueros que en Colombia, Chile y Buenos Aires: San Martín y Bolívar habían enseñado a los españoles a reconocer la calidad de hombres en los criollos; y en dos batallas quedó afianzada la Independencia del Perú. Sin duda fue una fortuna para él conseguir tan grandioso bien, sin que sus hijos ni su suelo se manchasen con los atentados de lesa humanidad que se habían cometido en otras partes; pero en cambio fue una desgracia, y muy grande, que las virtudes, trabajos y sacrificios que exige una contienda de esta especie, no hubiesen venido a depurar las costumbres públicas y privadas; a elevar con las tradiciones de gloria y la atmósfera de los combates, la altivez del carácter nacional; a formar hombres de elevado temple que principiaran y dieran el tipo a la nueva generación republicana que surgía; y a crear los sentimientos profundos, que sólo se producen en el tamiz de los triunfos y derrotas, en los insomnios de la lucha y en los esfuerzos que hace la naturaleza humana para alcanzar un fin moral a través de las terrestres desgracias. La independencia del Perú se consumó; pero no dejó tras de sí ni grandes nombres que sirvieran de bandera en la nueva senda que iba a recorrer, ni convicciones arraigadas que la pusieran en primer término, ni dolorosos recuerdos que la hicieran adorada. Fue un regalo que no se apreció en sus valiosos quilates y que hasta lo humilló.



Si estos desastres a que alude el doctor Lissón tuvieron consecuencias adversas para la buena marcha política del Perú independiente, no fueron menores las que por iguales causas se experimentaron en el orden social y económico. En poco más de un año, Monteagudo sacó de Lima a   -70-   diez mil españoles. La fuga, el destierro, los fusilamientos, las prisiones, la salida voluntaria de ellos hacia Chile o hacia España, acabaron con un elemento que, a más de ser blanco, representaba la buena alcurnia, la riqueza, la minería y el comercio. Se hizo en el Perú con los españoles lo que sus monarcas en el siglo XVI hicieron con los judíos que vivían en la Península. Pasaron cosas más graves en lo económico; pero antes de referirlas se hace necesario hacer historia y seguir sistemáticamente la narración de los hechos, a fin de que la crítica no preceda a los sucesos, sino que sea consecuencia de ellos.

Los primeros pasos hacia el movimiento separatista americano comenzaron en el Perú con las intentonas de Aguilar, en el Cuzco, y Pardo de Zela, en Tacna. Ambos esfuerzos abortaron, y los dos héroes pagaron con su vida su patriótico anhelo. Lo más importante por aquella época fue el movimiento revolucionario del Cuzco, en 1814. Abarcó las provincias de Huamanga, Cuzco, Puno y La Paz. Dominó Arequipa y aun en Lima tuvo numerosos agitadores. Sus caudillos tuvieron relación con las autoridades patriotas del Río de la Plata y con numerosos agentes secretos que los favorecieron con simpatías y hasta con dinero. Sebastián Lorente, en su libro Historia del Perú bajo los Borbones, lo describe así:

El 3 de agosto de 1814 estalló en el Cuzco un movimiento lentamente preparado, que tomó en breve grandiosas proporciones. El cacique D. Mateo Pumacahua, que tantos servicios había prestado al gobierno colonial en la revolución de Tupac Amaru, y que por los prestados recientemente había sido elevado a brigadier; los hermanos José y Vicente Angulo, de los que el primero estaba preso por conspirador; los curas Béjar y Muñecas, el Dr. Astete, el coronel Moscoso, Mendoza, Pinelo y otros hombres entusiastas se apoderaron, por un bien concertado plan, de las autoridades, guarnición y recursos, sin la menor efusión de sangre, y con tan feliz éxito, que al decir del Obispo: «Si Dios pone una mano en las cosas   -71-   del mundo, en aquella revolución había puesto las dos». Formada una Junta gobernadora, compuesta del ilustrado José Angulo, Pumacahua, Astete y Moscoso, dispuso la salida de tres divisiones para propagar el movimiento a todas las provincias. Mendoza y Béjar marcharon sobre Huamanga, donde el pronunciamiento fue secundado por las milicias acuarteladas, teniendo que lamentarse algunos excesos. Pinelo y Muñecas se dirigieron a Puno, que ya estaba pronunciado, y de allí a La Paz, la que, no obstante la esforzada defensa del Marqués de Valdehoyos, cayó en su poder. El incendio casual de las municiones, que tenían en el cuartel, y de cuya explosión fueron víctimas algunos presos y sus guardas, enfureció a la irritable plebe, la que inmoló bárbaramente 57 presuntos culpables, ejerciendo sobre los cadáveres salvajes venganzas. En dirección de Arequipa salieron Pumacahua y Angulo, y el 10 de noviembre derrotaron completamente en la Pacheta, cerca de Arequipa, la reducida fuerza con que el intendente Moscoso y el brigadier Picoaga quisieron resistirles. Los vencedores entraron en la ciudad, que, si bien estaba todavía inclinada al bando del Rey, no pudo menos de admirar la moderación de aquella hueste, sin disciplina, mal vestida y desprovista de recursos. Esta victoria determinó el pronunciamiento de Moquegua y Chuquibamba, causó cierta agitación así en Ica, como en Jauja, y Lima estuvo muy inquieta. Abascal, que se veía casi desprovisto de fuerzas, entretuvo hábilmente la expectación pública, ya apoyándose en el restablecimiento de Fernando VII, ya obteniendo del venerado Arzobispo una pastoral en favor de la autoridad regia, ocupando a la gente frívola con las diversiones habituales, e inspirando a los demás serios recelos de que los alzados, trayendo consigo de 7000 a 8000 esclavos de la costa, repitieran en la benigna capital los horrores de La Paz. En el campamento mismo de Pezuela pudo ocurrir una sublevación formidable; porque la mayor parte de los jefes y soldados tenían sus parientes y amigos entre los cuzqueños, y el valiente coronel de dragones D. Saturnino Castro quería poner todo aquel ejército a disposición del argentino.

Un plan tan vasto y coronado con sucesos tan rápidos, hubo de fracasar por toda especie de contrastes. Descubierto Castro la víspera de su pronunciamiento, y teniendo que precipitarlo por haberse librado contra él la orden de arresto, fue preso por los mismos oficiales a quienes intentaba atraer, y sufrió la sentencia de muerte, ejecutada por la tropa con que contaba. Ésta manifestó vivos deseos de marchar contra sus paisanos, comprometidos en la revolución, y puesta a las órdenes del valeroso cuanto severo Ramírez, precipitó su marcha   -72-   a La Paz, que ya había caído en poder de los contrarios, pero que él ocupó a fines de octubre, después de haberlos derrotado en los altos. El vencedor, haciendo sentir duramente su mano vengadora, y habiendo extraído cien mil pesos para satisfacer a sus soldados, se avanzó hasta Arequipa, sin encontrar oposición seria. En aquella ciudad se detuvo hasta el 13 de febrero de 1815, reparando sus fatigas, mejorando el armamento y recibiendo importantes refuerzos del vecindario, al que había exasperado el suplicio infligido por los azados a intendente Moscoso y al coronel Picoaga, prisioneros en la Pacheta. La revolución estaba desconcertada, falta de buena dirección y de los auxilios esperados. Muchos comprometidos del Cuzco se retraían, retirándose a sus casas y haciendas; en Tinta se había intentado una contrarrevolución, que fue necesario sofocar con violencia; Pumacahua y Angulo, en vez de intentar excursiones de provecho, perdían el tiempo en correrías hacia Lampa y Cailloma. El comandante González, enviado por el Virrey con unos 120 hombres de Talavera, había derrotado a Mendoza en Huanta y Matará. El pronunciamiento, estallado en Huancavelica, creyendo favorable el encuentro de Huanta, se sofocó en breve al saberse el desastre.

Ramírez fue, sin vacilar, al encuentro de las fuerzas enemigas, que se habían concentrado entre los pueblos de Ayaviri y Pucará, despreciando la intimidación de sus caudillos para que rindieran las armas, y el 11 de marzo los alcanzó a las orillas del río Cupi, en el camino de Humachiri. Tenían una regular posición. 40 piezas de artillería y unos 20000 hombres; pero sólo había unos 800 con fusil, y algunos montados con pistola y sable; sobrábales el arrojo, pero junto con las armas, les faltaban la disciplina y pericia, sin las cuales el heroísmo de la numerosa muchedumbre se convierte en su propia ruina. Por esa causa no pudieron resistir a un ataque en regla, aunque después de desordenados en el campo quisieron probar la suerte de las armas en la escabrosa altura.



Fue el glorioso alzamiento de 1814 uno de los más importantes de la guerra separatista de América. Sus episodios ofrecen vivo interés por la unidad, el patriotismo de sus caudillos y la acción, tan rápida para la efímera victoria como también para la definitiva derrota. Sus pormenores ponen en evidencia la posibilidad del triunfo, y, como consecuencia, la completa y definitiva independencia del Perú diez años antes de que se diera la batalla de Ayacucho.

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Coincidió el movimiento del Cuzco en esos años ya citados de 1810 con dos planes de vastas proyecciones: uno, intentado en el mismo ejército del Perú acantonado en Suipacha, y el otro, proyectado, pero no ejecutado, en la misma capital del Virreinato. Fue el héroe de la primera acción el valiente coronel de dragones don Saturnino Castro, en su intento de poner el ejército de Pezuela, acantonado en Suipacha, en manos del ejército argentino. Casimiro Ulloa, en su monografía La Revolución de 1814 cuenta el hecho en todos sus detalles.

Era el ejército de Pezuela, en la lucha con el argentino en el Alto Perú, el único que existía en el Virreinato en esos años en que aconteció la revolución del Cuzco, no siendo necesario gran esfuerzo de imaginación para figurarse la suerte que hubiera cabido al poder colonial en el Perú, si el Regimiento N.º 1, compuesto casi todo de cuzqueños, y el Escuadrón de Amcacato hubieran obedecido las sugestiones del audaz como infortunado Castro. La batalla de Humachiri no hubiera tenido lugar, y extendido el movimiento a Jauja e Ica, Lima hubiera sido abandonada por Abascal casi sin disparar un tiro.

Esta intentona del Alto Perú fue precedida por otra de tanta o mayor magnitud. La tentativa tuvo por autor al abogado don Francisco de Paula Quiroz, quien, en combinación con los patriotas del Cuzco, tuvo la audacia de minar el poder colonial en la propia capital del Virreinato. Su plan iba dirigido contra el virrey Abascal, y no habiéndose realizado por vacilaciones y dudas, Lima quedó en poder de los realistas hasta 1821, en que la ocupó San Martín. Los pormenores del osado y vasto plan ideado por doctor Quiroz lo conocemos por el escritor americano don Benjamín Vicuña Mackenna, quien da cuenta del hecho en los siguientes términos:

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El Dr. Quiroz, joven de alta alcurnia, con poderosas relaciones, vino a establecerse en Lima en 1803, después de haber hecho sus estudios en Guamanga y recibido allí el grado de Doctor.

Dotado de un carácter impetuoso y ardiente, fue en 1812 desterrado a Arequipa, por sus desmanes contra las autoridades en las elecciones para Diputados a las Cortes de Cádiz que tuvieran lugar aquel año.

Sospechando el Intendente entonces de Arequipa D. José Gabriel Moscoso de que Quiroz había tomado alguna participación en el movimiento revolucionario de Tacna que, a mediados de 1813, encabezó el desgraciado Pallardelli, lo remitió al virrey, quien lo encerró en las Casamatas del Callao, de la que lo sacaron pocos días después las influencias de su familia.

Consagrado al ejercicio de su profesión no había olvidado sus patrióticos proyectos y en relación sin duda con los del Cuzco, puso en servicio de su causa y ejecución de sus propios designios todas sus extraordinarias dotes.

Merced a ello pudo ganarse la cooperación del afamado Conde de la Vega, D. Matías Vázquez de Acuña, jefe del batallón de cívicos El Número, única fuerza que guarnecía en esos momentos Lima, por consecuencia de los refuerzos enviados al Alto Perú después de las derrotas del ejército real en Tucumán y Salta.

Otro de sus cooperadores fue el joven oficial peninsular, general después de la República, D. Juan Pardo de Zela, que al servicio del ejército argentino y habiendo sido hecho prisionero en Ayohuma, se encontraba a la sazón en uno de los calabozos de la Inquisición, en donde y en Casamatas sufrió siete años del más penoso cautiverio, junto con seis oficiales más, compañeros de su infortunio.

Bajo su dirección lograron éstos ganarse la voluntad de los oficiales y clases del Número que cubría constantemente las guardias de los prisioneros; siendo ayudados por el pardo Francisco Vélez y por un noble patriota, muerto desgraciadamente en edad temprana, D. Tomás Menéndez, hermano del que como Presidente del Consejo de Estado rigió en dos distintas ocasiones los destinos de la República.

El plan de Quiroz y sus compañeros era proclamar la independencia con el apoyo de los soldados del Número, única guarnición de Lima, antes de que llegase el regimiento Talavera, que se esperaba de un día a otro de España, enviado como un azote a las desgraciadas poblaciones del Perú y Chile, que aterrorizaran los oficiales y soldados de ese regimiento con sus espantosas iniquidades.

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Desgraciadamente, entre vacilaciones y dudas, se dejó pasar el tiempo, y el día menos pensado se anunció la llegada al Callao de las tropas peninsulares, que desbarató completamente los proyectos de Quiroz y del infortunado conde de la Vega.

El Virrey Abascal no debió ser extraño a ellos, pues inmediatamente después de la llegada del regimiento Talavera ordenó la disolución del Número y la prisión del referido Conde, transportando a los prisioneros sus cómplices de los calabozos de la Inquisición a los horrorosos de las Casamatas del Callao.

El conde de la Vega fue puesto, a los tres meses, en libertad, por los influjos de la aristocracia de Lima y de sus poderosas relaciones en la misma Corte.

El actor principal de la conspiración, el Dr. Quiroz, tal vez a esta causa debió salvar de esta persecución y encontrarse en 1819, cuando se preparaba la expedición de San Martín, en estado de cooperar a los preparativos de su desembarque, no teniendo la fortuna de presenciarlo; pues falleció a fines de dicho año, de resultas de una estocada casual que recibió en los ejercicios de esgrima, a los que tenía particular afición.

Al sentirse morir Quiroz, decía con amarga y patriótica resignación, que él era el vivo ejemplo del caudillo israelita que murió antes de pisar la tierra prometida.

Así salvó el régimen colonial del golpe poderoso proyectado en su más formidable fortaleza del Perú; pero que no paralizó la realización de sus vastas combinaciones en el Alto Perú y el Cuzco que debiera desarrollarse sucesivamente, aunque con un éxito todavía más trágico y desgraciado; pero por lo mismo más glorioso.



Ahogado en sangre el movimiento separatista del Cuzco, Abascal, que por esos años gobernaba el Perú y que continuó en el poder hasta 1816, obtuvo sobre los argentinos en el Alto Perú la victoria de Viluma, y en Chile el sometimiento de aquella capitanía general. Comandó Pezuela las tropas en Viluma, y Osorio las que dieron el triunfo de Rancagua. Con donativos y empréstitos obtuvo Abascal en Lima todo el dinero que necesitó para armar los ejércitos que recuperaron ambos territorios, y por esta causa, éstos y otros triunfos fueron motivo principalísimo del empobrecimiento iniciado en el Perú desde 1814 y que culminó en la ruina de 1924, al terminar con la batalla de Ayacucho la guerra de la Independencia. La deuda pública   -76-   en 1816, época en que Abascal dejó el poder, llegaba a once millones de pesos. Con don Joaquín de la Pezuela, que le sucedió en el mando, esta deuda fue aumentada en algo más.

Comprendiendo el nuevo gobernante que sólo luchando en las fronteras del Virreinato le era posible mantener la sumisión en que se encontraba el Perú, y siendo necesario dinero para armar numerosos batallones, repartió entre los capitalistas de Lima un empréstito forzoso de un millón de pesos. Con esta suma y medio millón más que obtuvo por entradas extraordinarias, alistó veintitrés mil soldados, de los cuales seis mil situó en el Alto Perú.

Con Joaquín de la Pezuela volvió la reacción absolutista. La monarquía española, teniendo ya en el trono, al intransigente Fernando VII y apoyada en la Santa Alianza, enemiga de cuantos invocaban la soberanía del pueblo, trató de pacificar el continente por medio del exterminio, aunque para ello hubiera sido necesario reducirlo a un inmenso desierto. Animada de este propósito, la Corte de Madrid despachó para Chile, a fines del año de 1818, una expedición de dos mil hombres, la que vino al Pacífico escoltada por la fragata de guerra María Isabel. Separada del convoy la Trinidad, que era uno de los transportes y asesinados los jefes por dos sargentos que sublevaron la tripulación, el 30 de junio, el buque y la tropa fueron puestos a órdenes del gobierno de Buenos Aires. Sabedor el Almirante chileno Manuel Blanco Encalada de lo que ocurría, por noticias que le dieron los argentinos, logró apoderarse de la fragata María Isabel y de las tropas que sucesivamente fueron llegando a Chile en los demás transportes, con excepción de uno que, con doscientos cincuenta hombres, arribó al Callao.

No mejor suerte tuvo la expedición de veinte mil hombres, que con destino a América acampó en las inmediaciones   -77-   de Cádiz a principios de 1820. Detenida, primero por la extrema penuria del tesoro español y después por la revolución ocurrida en aquel año en la península, nunca pudo salir para las colonias.

Hemos citado el fracaso de estas dos expediciones militares con el objeto de considerar las consecuencias adversas que un esfuerzo tan poderoso hubiera ocasionado a la causa de la independencia americana. Dicho esfuerzo no hubiera impedido el triunfo de los patriotas, pero sí el progreso rápido de la revolución y económicamente habría ocasionado un costo mayor.

Con la llegada de Lord Cochrane al Callao, el 30 de septiembre de 1819 se inicia en el Perú el primer esfuerzo que los gobiernos americanos hicieron en favor de la independencia nacional. El éxito de Chacabuco alentó a los patriotas peruanos. Muchos de ellos entraron en relaciones con los independientes de Chile, y recibidos en Lima con entusiasmo los emisarios enviados por San Martín, las nuevas ideas principiaron a germinar y a difundirse entre las masas. El virrey, conociendo la opinión dominante, redobló su vigilancia y evitó que la guerra tomara las proporciones que alcanzó después. Sorprendió en 1819 la conspiración iniciada por Gómez, Alcázar y Espejo, para poner los castillos del Callao en poder de Lord Cochrane, y sin mucho trámite los condenó al patíbulo. El convictorio de San Carlos fue cerrado. La exaltación de los alumnos y la influencia de algunos maestros hicieron necesaria la medida. La victoria de Boyacá aumentó la fe de los patriotas peruanos.

San Martín, cuyo vehemente anhelo, allá por los años de 1819, era el de expedicionar sobre el Perú, mostrose hábil político y superior hombre al no tomar parte en la lucha fratricida que tenía anarquizadas a las provincias del Río de la Plata. Sus enemigos políticos atentaron contra su vida y le obligaron a tomar medidas extremas. Una grave   -78-   enfermedad le obligó a pasar la cordillera en angarillas. Estando en Chile al frente de sus tropas, y faltando recursos para principiar la campaña sobre el Perú, mediante su sagacidad e inteligencia consiguió que los comerciantes Solar, Sarratea y Peña hicieran los gastos a razón de 160 pesos por plaza, pagaderos al terminar la guerra. Vencidas las dificultades económicas y las que puso Cochrane, quien al fin cedió en sus pretensiones de ser el jefe de las tropas chileno-argentinas, la expedición libertadora salió de Valparaíso el 21 de agosto de 1820. Ocho buques de guerra, dieciocho transportes y cuatro mil setecientos dieciocho hombres la constituían. Lorente dice:

El 21 de agosto, al ponerse el sol, salía de Valparaíso la escuadra libertadora, y después de haber tocado en Coquimbo para sacar los dragones de Chile, se presentó en la entrada de Pisco el 7 de setiembre, a las tres y cuarto de la tarde. A las seis y media fondeó a dos leguas del puerto, junto a la playa de Paracas, en un punto indicado de antemano a los patriotas del Perú, que lleva hoy el glorioso nombre de Bahía de la Independencia. Al amanecer del siguiente día plantó San Martín el árbol de la libertad en la vecina tierra, solemnizando aquel acto con las salvas, que hacían los buques. En el mismo 8 de setiembre, que llamó primer día de la libertad del Perú, dirigió de Pisco, a los soldados, un elocuente bando, amenazando con las más graves penas a cuantos se hiciesen culpables de robos, violencias personales, insultos a los habitantes del país, fuesen europeos o americanos, o de atentados contra las buenas costumbres. También proclamó a los peruanos, insistiendo en que no debían dejarse seducir por la Constitución española de 1812, y procurando tranquilizar a la nobleza sobre la conservación de sus legítimos privilegios. Ni en el desembarco, ni en la ocupación de Pisco, se experimentó ninguna oposición de parte del coronel español Quimper, que pudiera haber hostilizado con ventaja, y que sin combate se retiró a Ica. El caudillo libertador, no obstante la inferioridad de sus fuerzas, veía sonreírle el porvenir, ya porque la opinión pública le ofrecía el más poderoso apoyo, ya porque en el campo enemigo faltaban la decisión y el concierto.

Sabedores el 11 de setiembre los patriotas de Lima de que tenían tan cerca a sus deseados libertadores, se llenaron   -79-   de júbilo y entusiasmo; enviaron a San Martín, entre otros avisos de importancia, la lisonjera noticia de que el batallón Numancia estaba dispuesto a pasarse a sus filas, y se prepararon a ejecutar sus órdenes. Algunos querían, que intentase, sin pérdida de tiempo, un temerario ataque, muy ajeno de su prudencia y de sus planes, fundados principalmente en la cooperación de los pueblos y en el abatimiento gradual de los contrarios.

Lo que entre los patriotas producía júbilo y entusiasmo, se convertía entre los españoles en causa de furor y abatimiento. Estaban celebrando con música y copas la próxima jura de la Constitución política, cuando las noticias enviadas por Quimper fueron para ellos, como la inscripción fatídica interpretada por Daniel en el festín de Baltasar. Su desconsuelo se acrecentó al contestar Pezuela, a los que iban a festejarle, que hallándose el enemigo al frente, sería mejor pensar en derrotarle, y después alegrarse bien. La alegría y confianza no pudieron renacer entre ellos, aunque el día 15 se promulgó el Código político con la mayor solemnidad, levantando en las plazas tablados entapizados, tocando música en las calles y cafés, tendiéndose las tropas por la carrera, saliendo las corporaciones con lujoso aparato, haciendo la promulgación en presencia de las autoridades superiores, y colocando la lápida constitucional en la puerta del Consulado, con buenas decoraciones y abundancia de luces. Lo que parecía gozo en los semblantes, ocultaba el luto en los corazones; no se oían los animados vivas, que alientan la esperanza, y entre los partidarios del Rey y su representante reinaba la mayor desconfianza. Pezuela se hallaba en una falsa posición, como absolutista y rodeado de enemigos o falsos defensores. La mayoría de los realistas dudaba de su capacidad, y los más influyentes hacían comparaciones desfavorables con el general Laserna, del partido liberal y de superiores talentos militares, que, habiendo renunciado el cargo de general en jefe por serios desacuerdos con el Virrey, y aceptada en España su renuncia, se hallaba detenido en Lima por influencia de sus amigos.



El primer anhelo de conciliación para poner término a la guerra iniciada motivó la conferencia de Miraflores, en las cercanías de Lima, el 21 de septiembre de 1820. En ella representaban al ejército patriota don Tomás Guido y don Juan García del Río. Al Rey, el conde Villar de Fuente, don Dionisio Capaz y don Hipólito Unanue. Propusieron   -80-   los primeros la desocupación de Chile y del Alto Perú por las fuerzas españolas, la abstención de enviar fuerzas de la Península, el reembarque de la expedición libertadora y su permanencia en La Paz, el restablecimiento de las relaciones de Chile con Lima y el envío a Madrid de comisionados para arreglar definitivamente la situación política de América. Los españoles exigieron: reembarco de la expedición libertadora, suspensión de hostilidades, devolución de presas, restablecimiento del comercio con Chile, conservación del estado político en que se encontraba Chile y la Argentina; todo esto bajo la condición de remitir a España comisionados para pedir lo que se tuviera por conveniente.

Terminadas sin fruto dichas negociaciones y declaradas rotas de nuevo las hostilidades, el día 30 de septiembre, San Martín principió la guerra. Comenzó por enviar a Ica, el 15 de octubre, al General Arenales, quien hostilizó a dos mil realistas mandados por O'Reilly, el Marqués de Valle Umbroso y el Coronel Quimper. Este último huyó precipitadamente a la vista de los patriotas y perdió casi toda su división en una sorpresa que le dieron cerca de Nazca. Estas ventajas obtenidas por Arenales fueron seguidas por otras de mayor magnitud. Lord Cochrane apresó en el Callao, el 4 de noviembre, la fragata Esmeralda, y el 3 de diciembre, el batallón realista Numancia, de seiscientos cincuenta plazas que estaba en brillante pie de militarización ingresó al ejército patriota. Esta decepción fue seguida por la de numerosos oficiales y soldados del ejército español. En un solo día, el 24 de enero de 1821, pasaron a las filas de los patriotas más de cien individuos, y el desbande hubiera sido mayor si desde la llegada de San Martín a Ancón, (en octubre de 1820) los realistas no hubieran acampado en Aznapuquio, hacienda que por estar aislada de Lima y el Callao permitía ejercer severa vigilancia.

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El triunfo en el Cerro de Pasco, de Arenales, el 6 de diciembre, sobre mil realistas comandados por O'Reilly, consolidó la adhesión de Huánuco, Cerro, Tarma, Jauja, Huancayo, Huancavelica y Huamanga a favor de la independencia. Casi al mismo tiempo se pronunciaron por la patria Guayaquil, Piura, Lambayeque, Trujillo, Chachapoyas, Moyobamba y Huarás. Guayaquil juró su independencia el 9 de octubre. Lambayeque, el 27 de diciembre. Asaltada la guarnición y libre de enemigos, esta ciudad envió al ejército libertador seiscientos voluntarios, recursos cuantiosos y doscientos mil pesos. En Piura fue necesario neutralizar un batallón realista de seiscientas plazas con cuatro piezas de artillería que guarnecía la ciudad. Dada la importancia de Trujillo, la jura de la independencia, el 29 de diciembre, hecha por Torre Tagle y todos los vecinos notables de la ciudad con excepción del obispo Marfil, fue para San Martín el hecho patriótico más notable ocurrido en el Norte del Perú.

Los españoles comenzaban el nuevo año de 1821 con todo el Norte perdido, el Centro declarado contra ellos, Arequipa, Sicasica y Oruro en plena efervescencia y en las puertas de la misma Lima hostigados por intrépidos montoneros. Quirós, Vidal, Huanvique, Ninavilca, Dávalos, Ayulo y Elguera bajaban desde la provincia de Canta y llegaban hasta las portadas de la ciudad.

Es un deber mío -decía el brigadier Ramírez, en su nota al Ministro de la Guerra de Madrid, el 2 de enero de 1821-, manifestar a V. E. el estado de esta parte de Sud-América, y el inminente peligro que se divisa con certeza, si con la velocidad del rayo no se acude con el pronto remedio.

De día en día van creciendo nuestros cuidados y recelos, al paso que desaparecen los recursos por la preponderancia que adquiere el enemigo en la fuerza física y mucho más en la moral, es doble el apoyo que da mi pulso a mi débil pluma, para manifestar a V. E. aunque en bosquejo, la crítica y terrible situación del Perú. Después que San Martín hizo sus correrías   -82-   en Pisco con la conocida idea de aumentar sus fuerzas, ganar la voluntad de los pueblos, proporcionarse recursos de toda especie para ponerse en aptitud de garantir su empresa, se reembarcó llevándose más de 500000 pesos en azúcares y aguardientes de las haciendas circunvecinas a aquel puerto, con más de mil negros.

Por la vía de Arequipa y con referencia a algunas cartas que se han recibido allí de Lima, sé de positivo la desagradable ocurrencia de que el batallón de Numancia se pasó a los enemigos en la noche del 2 de diciembre último. Este contraste tan considerable y tan trascendental en las tropas del Perú, unido a la pérdida de la fragata de guerra Esmeralda, y la toma de Guayaquil por intriga y contrarevolución de la guarnición, ha influido en los habitantes fieles de la América un descontento general, un vivo disgusto y una desconfianza de perder para siempre la esperanza del buen éxito de las armas nacionales. Agrégase a esto la fuerza moral que San Martín ha conseguido con tamañas ventajas y lo predispuesto que está el espíritu público a oponerse a todo esfuerzo, ya por el temor que a muchos les asiste, ya por la propensión de la mayor parte al sistema revolucionario, y ya por el recelo que casi todos generalmente tienen de considerar infructuoso todo sacrificio que parta de la posibilidad de nuestros actuales recursos. No son Exmo. Sr. a San Martín y sus satélites los únicos enemigos a los que tememos; son mayores y de más consideración los que por desgracia de esta guerra abundan ya en todas las capitales, pueblos, y aun en las más pequeñas aldeas.

Es indudable que el plan de los enemigos es combinado y general, y que no solo por las armas sino por la intriga y seducción, que en todas partes introducen con fruto, garantizan su proyecto. Hasta ahora no me es dado opinar con cabal acierto sobre el sistema principal de operaciones de San Martín; mas por los movimientos parciales que ha ejecutado comprendo que sus miras son revolver todos los pueblos y apoderarse de sus recursos, ponerse en comunicación con Bolívar desde Guayaquil; por la facilidad que le presta el reino de Quito, que a la fecha debe haber quizá perdido su equilibrio, tanto por las pocas tropas del Rey que lo guarnecían, como por la acreditada adhesión de aquellos habitantes al sistema disidente; engrosar sus fuerzas hasta el grado que necesite para dar una batalla con toda seguridad, y entre tanto hostilizar la capital del Perú obligándola y privándola de toda clase de recursos; hacer correrías por todas partes y sacar el fruto del pillaje y de la desolación. Estos movimientos los hace San Martín con provecho y sin la menor resistencia, sin que puedan evitarse a causa de nuestra débil e impotente escuadra para   -83-   conducir tropas y contrarrestar sus reembarcos y desembarcos, único auxilio de exposición. De aquí es que no podemos contar con otros sucesos que los que nos ofrece la suerte de las armas por tierra; y como estos han de ser cuando San Martín quiera, en fuerza de la latitud del territorio y de una costa abierta, es visto que nada, nada en grande podemos hacer con utilidad, y que por el contrario nos vamos debilitando cada día, faltos de recursos, y llegamos por pasos cabales al término de la ruina.

Por lo expuesto formará V. E. un concepto bastante exacto de la crítica, lastimosa y peligrosa situación del Perú; los progresos de nuestros enemigos y decadencia de nuestros medios para contrarrestarlos, especialmente la falta de fuerzas sutiles: que el estado actual de cosas no tiene remedio si luego, luego y cuanto antes no se envían auxilios peninsulares, y entre estos seis buques de guerra, de ellos tres navíos, aumento que doy por haberse agravado nuestra situación y ser indispensable reconquistar los puertos que nos tienen los enemigos, y cubrir las grandes atenciones de la costa que no serán pocas cuando lleguen a Lima: todo esto sin perjuicio de remitir las tropas y demás socorros sobre Buenos Aires y Chile; si se ha de poner término a esta desastrosa y desoladora guerra, que ya se abomina hasta el nombre. Este es, Exmo. Sr. el estado del Perú; y aunque no puedo dudar que el Exmo. Sr. Virrey lo haya manifestado a V. E. con más datos y fundamentos, he creído sin embargo hacer a V. E. las observaciones indicadas, a fin de que se sirva elevarlas al conocimiento de S. M. para que se remitan con la mayor exigencia y prontitud los auxilios que se necesitan, sin los cuales se pierde irremisiblemente la América. Los enemigos están muy decididos y muy obstinados en llevar adelante el sistema de sus inicuas ideas. No quieren ni apetecen más que su independencia: rehúsan toda otra ventaja; comprueban sus miras la oposición y negativa que han manifestado a las propuestas de transacción racional que hizo a San Martín el Exmo. Sr. Virey en cumplimiento de las benéficas y piadosas intenciones de S. M. Así pues repito que solo el inmediato envío de auxilios es la salvaguardia de la conservación de estos países.



Crítica tan admirable como la que hizo el brigadier Ramírez, y que en sus puntos resaltantes hemos copiado, nos da completa idea del estado político y militar del Perú al terminar el año 1820, y la clave de los sucesos que culminaron en la gloriosa Jura de 1821. Indudablemente   -84-   que todo estuvo preparado para la emancipación, siendo de sentir que el movimiento militar de Aznapuquio hubiera sustituido al virrey Pezuela con otro que, como Laserna, tuvo más energía y prestigio que su antecesor. Si tal cambio no se hubiera verificado, las exigencias de los españoles en Punchauca hubieran sido menores y un acuerdo conveniente para las dos partes se hubiera realizado.

Significó la conferencia de Punchauca el segundo anhelo de conciliación para poner término a la guerra en que estaban empeñados patriotas y realistas, y tuvo como punto de cita una hacienda situada cinco leguas al Norte de Lima. Reuniéronse en la casa de dicha hacienda por parte de San Martín el Coronel Tomás Guido, don Juan García del Río y don Juan Ignacio La Rosa. Por la del Virrey don Manuel Llano y Nájara, don Mariano Galdeano y Mendoza y don Francisco Moar. Aceptado por los negociadores un armisticio provisional de veinte días, que después se extendió a mayor tiempo, se acordó también en dichas negociaciones que San Martín y Laserna tuvieran una entrevista. Ocurrió ésta en la misma hacienda Punchauca, el 2 de junio. García Gamba, que asistió a ella, nos da el siguiente relato:

El día prefijado al efecto salió el Virrey temprano de Lima, acompañado del segundo cabo, el General La Mar, de los Brigadieres Canterac y Monet, y de los Tenientes Coroneles Landázuri, Camba y Ortega, quedando el Coronel Jefe de E. M. G. Valdés con el mando de las armas en Aznapuquio. El Virrey halló ya en Punchauca al General San Martín con su segundo Las Heras, otros Jefes de su ejército y los comisionados pacificadores de ambas partes. Unos y otros tardaron poco en hacer objeto de conversación sus respectivas proposiciones, que cada cual procuraba presentar como más convenía a sus miras. Los realistas notaron pronto en sus adversarios un vivo deseo, verdadero y aparente, de pedir a la España un Príncipe de la familia real para que gobernara al Perú en calidad de monarca independiente, pero constitucional; y los nuestros le contestaron, que si las Cortes con el Rey así lo acordasen, no era   -85-   otra la obligación del ejército que obedecer, y que por lo tanto era preciso reconocer la conveniencia de una suspensión leal de hostilidades por el tiempo necesario para poder recibir instrucciones de la Corte, lo que también permitían las órdenes del Gobierno de S. M. De este modo se pasó el día hasta la hora de comer, mezclando los independientes algunas expresiones irónicas y alusivas a la persona y representación del comisionado regio Abeu. Durante la comida la conversación fue general, y reinó entre los circunstantes bastante franqueza y buen humor. El Virey brindó por el feliz éxito de la reunión en Punchauca: San Martín brindó luego por la prosperidad de la España y de la América; y después se propusieron otros brindis alusivos al restablecimiento de la unión y fraternidad entre los españoles europeos y americanos.

Concluida la comida, San Martín, que no había podido adelantar para que se admitiese la independencia por base de la negociación, propuso al Virey una conferencia particular, a la que asistieron los comisionados pacificadores, el General La Mar, el segundo de San Martín, Las Heras y el Brigadier Canterac; y usando San Martín de la palabra, como cumplía a sus fines, concluyó por presentar una proposición sustancialmente en estos términos: «Que se nombrase una regencia compuesta de tres individuos, cuya presidencia había de ser el general La Serna, con facultad de nombrar uno de los co-regentes y el otro lo eligiría San Martín; que esta regencia gobernaría independientemente el Perú hasta la llegada de un Príncipe de la familia real de España y que, para pedir ese Príncipe el mismo San Martín se embarcaría para la Península, dejando las tropas de su mando a las órdenes de la regencia. Tan inesperada proposición, apoyada por el comisionado regio y sus dos socios Llano y Galdiano, en contravención de un artículo de las instrucciones reales, puso al Virey en embarazo para salir con habilidad de aquella verdadera zalagarda: al efecto prudentemente respondió: que siendo lo que proponía el General San Martín, no sólo asunto de suyo gravísimo sino contradictorio a las instrucciones del gobierno de S. M. origen de aquella negociación, no podía por sí resolver sin tomarse tiempo para consultar y meditar lo más conveniente. El Virey se comprometió a dar su contestación dentro de dos días lo más tarde, y San Martín ofreció esperarla a bordo de uno de sus buques en la bahía del Callao. Vuelto el Virey a Lima no dudó en desechar le referida propuesta, a pesar de los partidarios que contaba, porque contravenía a las reales órdenes que, si bien autorizaban ilimitadamente para poner coto a la efusión de sangre, prohibían expresamente el que sirviese de base la independencia y el que interviniera en los tratados ninguna nación extranjera; pero contestó a   -86-   San Martín con otra harto generosa, y cometió al Coronel Valdés y al Teniente Coronel Camba el encargo de ponerla en sus manos. El Virey decía: Que se acordase una suspensión de hostilidades por el tiempo necesario para obtener una resolución definitiva de la Corte: que en tanto, tirando una línea de Oeste a Este por el río Chancay, gobernasen al Norte los independientes el país que ocupaban: que el resto del Perú sería regido por nuestra Constitución, nombrando S. E. al intento una Junta de Gobierno: que el mismo Virey se embarcaría para Europa a instruir a S. M. de lo que pasaba; y que si San Martín quería llevar a cabo su proyecto de pedir un Príncipe de la familia real de España, podrían hacer el viaje juntos.

»Esta proposición fue a su vez desechada por San Martín, no obstante la conocida buena fe del Virey La Serna y las probables ventajas que ofrecía a los independientes, máxime si las Cortes con el Rey accedían a remitir al Perú un Príncipe, como Valdés y Camba significaron a San Martín en la larga conferencia que tuvieron con él a bordo de la goleta Moctezuma. El caudillo enemigo se mostraba decidido por el establecimiento de una monarquía constitucional en los Andes, con un príncipe de la familia real de España, y los delegados del Virey nada le objetaban en contrario más que la resolución pertenecía exclusivamente al gobierno de la nación. Discurriendo sobre la buena fe con que procedía el Virey, el Coronel Valdés hizo notar a San Martín las contingencias a que estaba expuesta, en caso contrario su primera proposición, contando los españoles con dos votos en la regencia y un ejército todavía superior al suyo. San Martín reconoció la fuerza de la franca observación que se le hacía; pero lo satisfizo diciendo que tenía muy elevado concepto de la nobleza de los Jefes del ejército real y que fiaba además en el carácter caballeroso del General La Serna, de quien tenía la convicción de que si empeñaba su palabra no faltaría a su honor; y preciso es confesar que San Martín juzgaba con exactitud».



San Martín, que sólo quería la independencia del Perú y que con sinceridad y patriotismo aspiraba a que se estableciera un gobierno monárquico en Lima, procedió en la conferencia de Punchauca con la más perfecta buena fe. Su Ministro, Bernardo de Monteagudo, que participaba de sus ideas, fue su más asiduo colaborador. La capacidad intelectual de Laserna y la de los jefes realistas de Aznapuquio era inferior a la de San Martín. Éste decidía la suerte   -87-   de un continente, sin tener para nada en cuenta la opinión de Buenos Aires ni tampoco la de Chile. El Virrey, no obstante el eco favorable que las ideas sanmartinianas tuvieron en el comisionado regio Abreu y en toda la nobleza limeña, negose a suscribir las proposiciones que se le presentaron. Dominado por un espíritu guerrero no exento de vanidad, no quiso meditar en los verdaderos intereses de su patria, intereses que eran valiosos para el Rey y para todos los españoles residentes en el Perú.

Como causa política de las desventuras del Perú en el primer tercio de su vida republicana, ninguna entre otras muchas tiene las proyecciones que marcó sobre nuestra historia en el siglo XIX el fracaso de la conferencia de Punchauca. País eminentemente monárquico, como lo era el Perú en 1821, con todos los elementos sociales, políticos y económicos para obedecer a un príncipe, con la subordinación, disciplina, y hasta con los privilegios necesarios para la graduación de clases indispensables a todo gobierno aristocrático, era un rey y no un presidente demócrata lo que la nación necesitaba en esos días de iniciativas autónomas. Descansando la monarquía peruana sobre la opinión y con el apoyo de España y de Inglaterra, que, según las negociaciones de San Martín, debían prestarles cooperación y garantía, su fuerza hubiera sido real, su estabilidad, inconmovible. Prestigiado el monarca por su título de rey constitucional, como lo exigía San Martín, con un cuerpo de ministros, con otro de consejeros de estado, con dos cámaras legislativas y otras muchas dependencias, donde los criollos hubieran tenido oportunidad de ejercer el gobierno propio que siempre España les negó, con un ejército mitad español mitad peruano, con un indio que todavía hubiera seguido pagando tributo, sin ese revuelco que ya en 1814 había puesto inconvenientemente en la superficie capas sociales inferiores no preparadas para el comando, la transición de un   -88-   gobierno a otro hubiera sido suave, realizable, natural en todos sus conceptos y de consecuencias benéficas extraordinarias en el terreno político y también en el social. Por lo que respecta al campo económico, tal vez las derivaciones hubieran sido superiores. Los españoles ricos, los que trabajaban, los que producían, no hubieran sido deportados o reducidos a la miseria con la confiscación de sus bienes ocurrida en meses posteriores. Los campos no hubieran sido talados, tampoco la industria y el comercio paralizados hasta 1826, en que vino la paz definitiva con la capitulación de Rodil. Ya tendremos oportunidad de precisar las depredaciones cometidas por los ejércitos de ambos bandos y poner de manifiesto en los capítulos posteriores lo mucho que perdió el Perú por causa de la guerra de la independencia y la ruina general en que se encontraron todos al día siguiente de Ayacucho.




II

Si el pacto de Punchauca, en forma pacífica pudo haber puesto término a la campaña emancipadora iniciada en 1820 por San Martín, la acción militar de Arenales, si ella se hubiera realizado en la sierra en los días de julio de 1821, según toda probabilidad habría alcanzado igual fin. Preparado para el triunfo y en circunstancias que no volvieron más a repetirse, fue la reconcentración de Arenales sobre Lima un movimiento fatal e inconsulto. La retirada de Sucre por disposiciones de Bolívar y su marcha sobre Lima en los días que precedieron a la batalla de Ayacucho, hubiera tenido más fundamento y mayor razón de ser que la orden dada por San Martín a su teniente Arenales en los momentos en que Canterac y el Virrey salían de Lima en fuga hacia la sierra. Poseía Arenales 4000 hombres admirablemente aclimatados y militarizados. No tenían las tropas del Virrey   -89-   igual número, igual disciplina ni la misma aclimatación. El paso de la cordillera por los realistas en esa época fue un desastre. La deserción, el hambre, las enfermedades y el miedo fueron estupendos. Sólo atribuyendo a San Martín y a sus consejeros no prudencia ni ofuscación, sino engreimiento y confianza por el triunfo obtenido con la entrada a Lima, es como la posteridad pudiera explicarse el criterio que se tuvo en julio de 1821 para ordenar el retiro de las tropas patriotas de la sierra sobre Lima, cabalmente en el momento en que Lima no las necesitaba y hacían mucha falta en la sierra. Contando Arenales con la opinión de los pueblos que había ocupado, posible le hubiera sido escoger sitios para sus batallas y para triunfar sucesivamente en tres ataques, que la situación del enemigo, que se hallaba dividido e incomunicado, exigían. Destruir o por lo menos hostilizar e impedir la reorganización tranquila de los ejércitos realistas salidos en fuga de Lima debió haber sido el anhelo de San Martín. En esos días, Carratalá estaba en el puente de Izcuchaca, Canterac, en Jauja, y el Virrey, atravesando la cordillera por Yauyos. Estos últimos, incomunicados, sin recursos y con la gente enferma por el frío y la altura.

«¿Qué ganará nuestro ejército -preguntaba Arenales al Generalísimo el 12 de julio, en carta privada-, con entrar a Lima y en esa capital apestarse y acabar de destruirse, cuando con progreso y grande utilidad podía ya estar convalecido en las inmediaciones de la sierra? ¿Qué sucederá de las tropas de esta división, con 500 reclutas ya instruidos y disciplinados, si, como según se me presenta el caso, forzosamente tienen que hacer una deshonrosa retirada a un lugar de costa donde se les esperan los hospitales con el sepulcro? ¡Ah, señor, qué doloroso es hablar a Ud. en estos términos!».

Más adelante en su carta decía Arenales:

  -90-  

¿Qué será de los habitantes de este territorio, tan sumamente comprometidos? ¿qué de la opinión que habían formado de nosotros? ¿qué de sus frutos y recursos, y qué por fin al querer nosotros echar de aquí a los enemigos ya fortalecidos y bien fijados en el país? Pero para qué es explicar a U. otras infinitas y poderosas reflexiones que no se deben ocultar a su conocimiento. Repito señor que no soy capaz de explicar el sentimiento que me causa las circustancias que sobrevienen por nuestra imprecaución.

Evacuar yo la Sierra por cualquier parte que haya de tener que atravesar la Cordillera, trae el preciso resultado de perder la opinión, perder la caballería, estropear la tropa, perder 1500 reclutas, todos los recursos, y por último esta división, sabe Dios cuando podría ponerse en estado de expedicionar nuevamente sobre la Sierra en circunstancias que substancialmente nada nos importaría haber tomado la Capital, desolada como lo deja entender, perdiendo la mejor parte del país.

Vamos claro, ha llegado el caso en que es de extrema necesidad que obremos con todo nuestro poder sobre la Sierra. Abandonada la Capital por los enemigos, ya no se necesita fuerza para tomarla y poseerla, pues ella misma pediría protección, y para su guarnición basta solamente un cuerpo.

El objeto principal y más interesante que en el día se nos presenta parece ser sin duda el de impedir la reunión de las dos divisiones enemigas y cortar su comunicación, mientras no se pueda batir con probabilidad de buen éxito una de ellas; pero para esto es indispensable y de urgente necesidad que toda la fuerza de que V. M. pueda disponer en concepto de necesitarse muy poca en Lima la haga venir sin pérdida de momentos y con la mayor aceleración, a reunirse por Lunahuaná y otras direcciones; para entonces daría mis repetidas instrucciones para sus marchas y de tal manera a mi parecer que, aun en el caso de serme preciso ponerme por la parte hacia Huamanga entre el General Ramírez y todas las fuerzas de Lima, sería conveniente; pues cortada la comunicación de aquel y éstas, quedarían aisladas y nuestro término se hacía más probable y seguro.



A juzgar por los conceptos de Arenales que hemos copiado, su plan tuvo por base la acción combinada de sus fuerzas radicadas en Huancayo con las de Lima, que a su parecer debieron haber subido a la sierra por Lunahuaná. Favorecido dicho plan por la situación y el entusiasmo de las tropas patriotas, sus movimientos y ataques hubieran significado el triunfo y el término de la guerra. Independizado   -91-   el Perú, la venida de Bolívar no se hubiera realizado, tampoco los dolorosos y adversos sucesos que antes y después de su gobierno causaron inmensos males en el orden político y también en el económico y en el social. Conseguida la libertad, así en forma rápida, el Perú desde 1821 hubiera sido gobernado únicamente por peruanos.

Paz Soldán, en los párrafos que copiamos de su Historia del Perú Independiente, corrobora cuanto decimos.

El calor de la estación aumentaba la insalubridad del campamento de Huaura y llenaba de enfermos sus hospitales; se hacía necesario separar de allí al ejército, pero de modo que esta separación o disminución del número fuera ventajosa. Al mismo tiempo se sabía que los españoles reconcentraban parte de sus tropas sobre la Sierra, pues Ricafort regresó el 25 de enero a reunirse con Canterac, que quedó en esos pueblos, y Monet salió el 2 de febrero al mando del batallón del Infante.

Estos desacertados movimientos de los realistas, que extendían demasiado el círculo de sus operaciones, agregados a la necesidad que tenía San Martín de conservar la Sierra, de donde podía aumentar su ejército y quitar los recursos a la Capital, lo decidieron a que el General Arenales emprendiera una segunda campaña en el mismo territorio en que se había distinguido por su valor como guerrero, y por su sagacidad como político, llevando una división que, unida con la de Gamarra, maniobrara contra Valdés y Ricafort, mientras el resto del ejército emprendía otros movimientos en las cercanías de Lima.

Para la campaña fueron destinados el escuadrón Granaderos de a caballo de los Andes, Coronel D. Rudesindo Alvarado; batallón Numancia, Coronel D. Tomás Heres; batallón Número 7 de los Andes, Coronel D. Pedro Conde; batallón Cazadores del Ejército, Teniente Coronel D. José M. Aguirre, cuatro piezas de artillería con un destacamento del arma: esta división salió de Huaura el 21 de abril. Los Coroneles Heres y Conde tuvieron que dejar sus cuerpos por una grave enfermedad. El 6 de Mayo llegó Arenales al pueblo de Oyón en donde encontró a Gamarra que acababa de pasar la cordillera con el resto que le quedaba de la división que consistía de la caballería.

En este pueblo Arenales mejoraba la disciplina de su división y la arreglaba como para una formal campaña; nombró a Gamarra Jefe de Estado Mayor; a Alvarado, segundo Jefe de la división, y él tomó el mando de la vanguardia. La tropa   -92-   del recomendable Aldao recibió algunas armas y útiles de guerra.

Mientras se celebraban las negociaciones de Punchauca, el General Arenales se movía desde Oyón, creyendo encontrar en Pasco a los realistas. El 9 de mayo emprendió la marcha, sin permitir que los oficiales ni tropa llevaran más equipaje que el que pudieran cargar en sus mochilas. Lo más terrible de la cordillera, por lo escarpado de los caminos, las rígidas nevadas y la escasez de recursos, fueron vencidas con admirable constancia, caminando por día 18 millas; ya estaba en terreno y temperamento suave cuando tuvo noticia de la retirada de Valdés y Ricafort sobre Lima y no le fue posible perseguirlos; pero como Carratalá continuaba en esos pueblos, Arenales siguió de frente. Las avanzadas, al mando del valiente Aldao, hostilizaban con ventaja a las de Carratalá, y éste sabiendo la superioridad de su enemigo se retiró a Pasco. La Caballería mandada por Alvarado avanzó, pero felizmente para Carratalá una de aquellas nevadas, que imposibilitan los caminos e impiden toda marcha, no permitió avanzar mucho, así es que cuando Alvarado llegó a Pasco, tres horas antes el enemigo había huido. Este vecindario que había sufrido horrorosas amenazas de Valdés y positivas extorsiones de Carratalá, proporcionó movilidad para perseguirlo hasta el pueblo de Reyes, doce leguas al Sur de Pasco. Alvarado marchó toda la noche; las fatigas del viaje y el frío obligaron a sus tropas a descansar dos leguas antes de Reyes, hasta las diez de la mañana; esta circunstancia también libró a Carratalá, quien al retirarse entregó a las llamas a ese desgraciado pueblo sin más delito que su patriotismo.

Los pueblos adonde entraba la división de Arenales se esforzaban por manifestar su contento, facilitando recursos y llenando de obsequios y halagos a sus libertadores, y este entusiasmo era tanto más sincero, cuanto mayores habían sido las hostilidades de Valdés y después las de Carratalá. La división continuó su marcha tranquila hasta Tarma, a donde llegó el 21 de mayo, y descansando un día, continuó hasta Jauja. Carratalá se retiraba en orden y con serenidad. Si este jefe no hubiera ejecutado tantos actos de crueldad, contra poblaciones indefensas, sin más provecho que aumentar el odio contra los españoles, su conducta en esta campaña le serviría de honra, y sería quizá una de las páginas más brillantes de su historia militar.

Al ocupar el Ejército Patriota la Villa de Jauja, Carratalá se retiró al pueblo de Concepción, cinco leguas más al Sur. Arenales acordó sorprenderlo allí, montando 200 cazadores y 500 de Caballería. Esta pequeña división se puso a las órdenes   -93-   del Coronel Gamarra, que lo solicitó con empeño. Dicha fuerza llegó al amanecer del 25 de mayo sobre la barranca de un pequeño río que termina el arrabal del Norte de Concepción; y sin hacer ningún amago, esperó la salida del Sol, dando sobrado tiempo a que Carratalá se retirara por la banda opuesta, sin que se le hostilizara en esta peligrosa operación. Gamarra regresó a Jauja frustrando así una de las mejores ocasiones de haber aniquilado la pequeña fuerza de Carratalá.

Arenales continuaba ocupando todo el territorio que abandonaba el enemigo; de este modo no sólo se recuperó los valles de Jauja y Huancayo, sino también todo el territorio oriental del río grande hacia la montaña, comprendiendo las provincias de Pampas que se comunican con Huanta por el puente de Mayoc, y dejando libre su comunicación con las provincias de Yauyos y Huarochirí.

El Coronel Alvarado recibió orden de atacar el flanco izquierdo de Carratalá quien sólo pensaba en sostener el puente de Izcuchaca. La vanguardia logró pasar el río de noche y remontar hasta Chupaca por caminos que se suponían impracticables. Alvarado estaba en los momentos de dar el golpe; pero llegada la noticia del armisticio celebrado en Punchauca, se suspendió esta operación y las demás de Arenales.

No fueron perdidos estos días porque se ocuparon ventajosamente en disciplinar la tropa, organizarla y establecer una maestranza para construir monturas y demás equipo, y reparar el aniquilado armamento. Al mismo tiempo se aumentaba la correspondencia con los patriotas de las provincias vecinas, propagando en lo posible las ideas de libertad, y preparándolas para que en un levantamiento, quedara aislada la división de Carratalá y la del mismo Virrey en Lima. Estas ideas, los reveses continuos que sufría Carratalá y las noticias que llegaban exageradas como sucede de continuo, de las ventajas y correrías del astuto Miller que obraba sobre la Costa, aumentaban naturalmente el crédito a favor de los patriotas; a esto se agregaba las hostilidades continuas y los triunfos obtenidos por muchas partidas de guerrillas que rodeaban al ejército Español en Lima y en la Sierra.

Arenales estaba al corriente de la marcha y aspecto que tenían las lentas negociaciones de Punchauca, y conociendo que en caso de verificarse el arreglo, los beligerantes conservarían el territorio en cuya posesión se encontraban, tan pronto como terminaron los veinte días del armisticio, y de acuerdo con las órdenes de San Martín procuró ensanchar el terreno que poseía. El Coronel Alvarado volvió a ejecutar el movimiento emprendido antes sobre Huando y logró tomar prisionera una compañía del batallón Imperial Alejandro que constaba de   -94-   120 plazas. Se continuó persiguiendo a Carratalá y se estaba casi en estado de dar alcance a su retaguardia, cuando se recibió la noticia de la prórroga del armisticio, y Carratalá aprovechó de ello para continuar su marcha hasta Huancavelica.

Sabedor Arenales de que el Virrey se preparaba a abandonar la Capital, consideró que le llegaba la vez de sacar ventaja de toda su posición, haciendo los últimos esfuerzos para terminar una lucha que aseguraba nuestra independencia. El objeto de su campaña sobre la Sierra no fue otro que el de privar de recursos al ejército español y preparar una fuerte división para el caso en que intentaran retirarse al interior del Perú a prolongar una lucha que ya no podían sostener en la Costa. Tenía 4300 hombres bien organizados y provistos de todos los recursos; y lo que valía más que un ejército, se hallaban entusiasmados y sostenidos por esos pueblos que detestaban el nombre español por las violencias y crueldades que habían cometido contra poblaciones enteras. Los cuerpos de guerrillas al mando del valiente Villar, tenían orden de hostilizar al ejército realista en caso de que abandonara la Capital, persiguiéndolo por sus flancos y retaguardia, e imposibilitándole los caminos, especialmente los desfiladeros y puntos estrechos, hasta la cumbre de los Andes no debía darle aliento ni reposo; y si a pesar de esto lograba pasar adelante, las guerrillas de Villar debían unirse a la división de Arenales, para ocupar de otro modo a esa gente valerosa. También era de suponerse que San Martín hostilizaría la retirada de los españoles; de tal modo que éstos se verían rodeados de enemigos y sin otro recurso que comprometer un choque contra fuerzas superiores en número, engreídas con notables triunfos y apoyadas por la opinión de todos los pueblos. Nunca se presentó mejor ocasión para aniquilar el poder Español con más probabilidades de triunfo; y es inconcebible cómo San Martín no supo aprovecharse de momentos tan preciosos y que hubieran inmortalizado más su nombre, economizando sangre, caudales y tiempo.

Tan luego como Arenales supo que el General Canterac había salido de la Capital con una fuerza de 4000 hombres en dirección según se decía hacia Huancavelica, después de reunir una Junta de Guerra en Jauja el 8 de julio, dispuso sus fuerzas de modo que podía caer sobre el enemigo cuando bajara la Cordillera, o sobre las faldas de Huancavelica, aprovechando así del cansancio natural y de las fatigas y desorden que ocasiona en el ejército y aun en los animales, lo áspero de los caminos, lo frío de las cordilleras y la escasez de recursos. Sin prejuicio le manifestaba a San Martín su plan de operaciones.

No podían ser más claras y convincentes las razones que tenía Arenales para continuar en la Sierra y emprender el ataque   -95-   a fin de evitar la reunión de los realistas; y estaba tan convencido de que sus argumentos decidirían a San Martín a enviarle más tropa, aprobándole su plan de campaña que no dudó de ponerlo en ejecución: el 10 de julio salió la vanguardia a las órdenes del Coronel Alvarado, y al siguiente día le siguió toda la división. Sabiendo positivamente que Canterac pasaba la cordillera con dirección a Huancavelica y que el Virrey había abandonado la Capital con el resto de sus tropas, dispuso un movimiento general. Todo el ejército estaba en marcha en la mañana del 13 y había probabilidad de encontrar a Canterac antes de las 48 horas y de batirlo con todas las esperanzas de buen éxito. El General mismo estaba con el pie en el estribo (12 de julio 5 de la mañana) cuando recibió pliegos del General San Martín, anunciándole haber ocupado la Capital de un modo pacífico. El contento que esto produjo fue contrapesado con el tenor de una carta particular del mismo San Martín, en la que le encarecía terminantemente, y le encargaba que no comprometiera ningún combate, sin tener completa seguridad de la victoria y en caso de ser buscado por el enemigo que se retirara hacia el Norte por Pasco y bajara a Lima por la quebrada de San Mateo. Esta simple carta, que podía estimarse como orden privada, no indicaba los proyectos del General en Jefe sobre su futura conducta; tampoco le decía el camino que tomaba el Virrey, ni sus planes y proyectos; todo era duda e incertidumbre.

Halagado San Martín con la toma de Lima olvidó completamente el objeto principal de la campaña emprendida por Arenales: no solo dejó de enviarle los auxilios que con tanto ahínco pedía, sino también le ordenó abandonar esas provincias, comprometiendo a sus patriotas vecinos, el honor del ejército y el resultado feliz que hubiera obtenido. Este viejo y fiel amigo, por su parte hubiera callado si no conociera bien como diestro General el mal resultado que debía producir su retirada, le observaba con toda franqueza de amigo y la vehemencia de su patriotismo los males y peligros a que se exponía: le rogaba que suspendiera sus órdenes y las meditara, haciéndole presente que la ocupación de Lima era insignificante si se dejaba al enemigo retirarse pacíficamente al interior del país en donde podía reforzarse mientras le llegaban auxilios de la Península. Al mismo tiempo que como amigo, oficialmente le recordaba como General, el solemne compromiso que, tanto San Martín como él, habían contraído con esas provincias de no abandonarlas hasta que su libertad y existencia quedaran al abrigo de la opresión española y que confiando en ello se habían sacrificado, entregando recursos de toda clase, hombres y hasta su juventud más lucida; y el abandonarlos equivalía a   -96-   entregarlos a un sacrificio seguro, imposibilitando para después todo apoyo, desde que perdían la fe en la palabra ofrecida; además le hacía presente que la deserción se haría general y el resto del ejército, después de atravesar la cordillera perecería con la peste en Lima y la moral se relajaría; que el enemigo quedaba poseyendo ricas y saludables provincias; mientras que todo se salvaba reforzándolo con tropas y recursos, según lo había manifestado antes. Pero San Martín estaba embriagado en Lima al verse poseyendo la ciudad que tanto tiempo ha deseaba dominar.

Llegaron nuevas órdenes conminatorias para la retirada y fue preciso obedecer; pocas órdenes se habrán cumplido con más pesar: lleno de dolor, se preparó la marcha, pero de modo que pudiera encontrarse y sorprenderse al Virrey que a la sazón debía estar pasando la cordillera: con esto, al mismo tiempo que se cumplía lo mandado por San Martín podía aprovechar de un momento favorable para batir al Virrey enemigo; con tal intento tomó el camino que conduce al puente de la Oroya por la quebrada de Yauli y aun cuando no era este el señalado para retirarse, según las instrucciones de San Martín, se satisfacía el objeto principal que era retirarse. Pero todo esfuerzo era inútil desde que recibió órdenes terminantes de bajar a la costa y tenía que obedecer; al efecto puso en movimiento su división al amanecer el 20 de julio para unirse con el ejército de San Martín. Arenales y San Martín tenían muy distinto modo de llevar a cabo la independencia del Perú; el primero creía que con operaciones militares y un ejército numeroso debía resolverse todo en un combate, aprovechando de las ocasiones favorables que ofreciera el enemigo; el segundo lo esperaba todo del entusiasmo de los pueblos, de la desorganización en que se hallaban los españoles y de la guerra de recursos y estratagemas con que los hostilizaba; este plan aunque lento, lo consideraba más seguro para coronar el éxito de su misión y asegurar los resultados: el uno esperaba conseguirlo todo como guerrero, el otro como político; sin embargo las circunstancias y el atraso en que se hallaban los pueblos aconsejaban valerse de las armas, pues era el único medio posible para desbaratar al enemigo. Los resultados justificaron el parecer de Arenales. De cuantos cargos se pueden hacer a San Martín en su conducta como guerrero en el Perú, ninguno es más grave y fundado que el haber ordenado la retirada tan anticipadamente.



Habiendo sido García Camba, no solamente un prestigioso jefe del ejército realista, sino también un buen historiador, y conteniendo su libro datos importantes sobre la   -97-   retirada del Virrey, en 1821, se hace necesario buscar el apoyo de su opinión. Los párrafos de su narración, que aquí copiamos, ponen en evidencia la superioridad que las fuerzas de Arenales tuvieron sobre las del Virrey cuando éste pasó la cordillera.

El 4 de julio anunció el virrey su salida de Lima por medio de una filantrópica proclama, que consolidó la buena opinión de que gozaba en el país, y excitó la admiración de los mismos enemigos: al siguiente día ofició al general San Martín haciéndole saber que el mariscal de campo, marqués de Montemira, vecino e hijo de la misma ciudad, quedaba encargado de conservar la tranquilidad hasta que entrando él con sus tropas diese las órdenes necesarias para que aquella no se alterase; y recomendándole la observancia de las leyes generales de la guerra en cuanto comprendían a 1000 soldados enfermos, que quedaban en los hospitales, y una porción de familias sobre las que de ningún modo debía de recaer el odio y persecución de los independientes por haber sido fieles al gobierno legítimo.

Puesto el virrey a la cabeza de su débil ejército, compuesto, en gran parte, de convalecientes, se dirigió por el partido de Yauyos al valle de Jauja, adonde llegó el 4 de agosto, habiendo experimentado tan considerables bajas en el difícil y penoso paso de los Andes, que reunido con las tropas de Canterac, se contaban, escasamente, 4000 hombres, inclusos los enfermos.

La división de Canterac, que llevaba igualmente muchos oficiales y tropa convalecientes, de que tanto abundaban entonces los cuerpos, había tomado el camino llamado real de Huancavelica por Lunahuaná, y desde la posta o tambo de Turpo, en la cumbre de la cordillera, varió un poco a la izquierda, para tomar una dirección media entre Huancavelica y Huancayo. La absoluta carencia de noticias sobre la verdadera situación de Arenales, y sobre la suerte del coronel Carratalá, el compasivo estado en que parte de la tropa marchaba por los rígidos Andes y sus estériles faldas, y la falta, en fin, de carnes, único alimento del soldado, ponían a Canterac en el mayor compromiso, caso de que Arenales, advertido, supiese sacar partido de su superioridad de fuerza y de su ventajosa posición con tropas descansadas y bien mantenidas.

Noticioso Arenales de la proximidad de las tropas españolas, cuyo número y verdadero estado ignoraba, emprendió su retirada sobre Lima, ocupada ya por San Martín. Canterac avanzó sin embargo hasta la Oroya; mas convencido de la imposibilidad de dar alcance al enemigo, que montaba la cordillera por Yauli,   -98-   retrocedió al fértil y poblado valle de Jauja, asegurando de este modo la abundante manutención de su tropa y la comunicación con las provincias del interior que tan fundados temores inspiraban al gobierno. El 26 de julio llegó Arenales con su fuerte división a las inmediaciones de Lima, lo que dio ocasión a Miller para decir: «De este modo, los patriotas abandonaron las importantes provincias de la sierra, de las cuales tomaron posesión tranquila los realistas en divisiones aisladas; y este incomprensible error de parte de los patriotas compensó a sus enemigos de la pérdida de Lima».

El virrey La Serna que había tomado la dirección de Yauyos para trasladarse al lado oriental de los Andes, entró en el valle de Jauja a principios de agosto, habiendo tenido que superar los mayores obstáculos en su penosa travesía, en la que el jefe de E. M., Valdés se excedió asimismo en celo y en actividad. Verdad es que muchos leales y valientes veteranos perecieron en el tránsito de la costa a la sierra, y más por efecto del mal estado de su salud que por las hostilidades del enemigo; pero aunque fue considerable la pérdida de los españoles en estas desconsoladoras marchas, nunca llegó al extremo que los adversarios han supuesto contra el interés de su ponderada valía, pues que no sería fácil explicar la inacción en que se mantuvieron.






III

Debemos ver también en el regreso de San Martín a Chile, mejor dicho en su salida definitiva del Perú, una causa más de las muchas que prolongaron nuestro movimiento emancipador hasta el año de 1826. Varios motivos obligaron al Protector a retirarse de Lima y a dejar, con su salida, inconclusa la grandiosa labor por él comenzada. En playas peruanas fueron numerosos sus días de prosperidad, y la fortuna supo pagarle con creces sus esfuerzos en pro de nuestra emancipación. Para su desgracia y la nuestra también, con su entrada a Lima cesaron los pronunciamientos a favor de la libertad, los triunfos sin batallas, el completo, potente e incondicional apoyo de la opinión. La adversidad, que tan amargas horas proporcionó a los españoles desde los días en que Cochrane por primera vez llegó al Callao, cansose   -99-   de hacer infelices a las gentes adictas a la causa del Rey, y con la bajada de Canterac a Lima, en septiembre de 1821, y posteriormente con la derrota de Tristán, en Macacona en abril del siguiente año, se inician las primeras victorias de aquel ejército que más tarde, en 1824, por su número y disciplina llegó a parecer invencible.

Tocole a San Martín ingrata participación en ambos sucesos, y aunque el despliegue militar de Canterac sobre Lima no fue una derrota para las armas de la patria, ni lo de Macacona un hecho definitivo, ambos sucesos menoscabaron su prestigio. Hizo bien San Martín, en esos memorables días de septiembre, en mantenerse a la defensiva y en dejar a Canterac expedito el camino para su entrada a los Castillos del Callao y para su retirada a la sierra. ¿Qué hubiera ganado con vencerlo? Nada. En cambio, en derrota habría sido la pérdida total de todo lo ganado con la entrada a Lima. Sin embargo, a pesar de tanta prudencia, nadie, ni sus mismas tropas, quisieron reconocerle sabiduría y acierto en sus decisiones. Tan injusto juicio le trajo desprestigio, mucho más que la derrota de Macacona, que en verdad fue un verdadero desastre. Fue culpado el generalísimo de haber puesto las fuerzas a órdenes de Tristán y Gamarra, nombramientos que hizo en su anhelo de prestigiar a los jefes peruanos y darles oportunidad para ocuparse en sus propios asuntos. El éxito militar no le fue propicio, y sus buenos deseos en la crítica que se le hizo quedaron en un segundo plano.

La prudencia con que procedió el protector en no comprometer una batalla contra Canterac -dice Paz Soldán- fue interpretada por muchos de cobardía o ineptitud, y en especial por los principales Jefes Argentinos: estos se hallaban también resentidos al ver que no sacaban de la generosidad de San Martín y de la Municipalidad de Lima, tantas ventajas como otros a quienes consideraban ser menos dignos. Parece que esto dio lugar a que se formara una conspiración, a fines de diciembre (1821), en la cual aparecían como Jefes Las Heras, Necochea, Martínez, Correa (D. Cirilo) Alvarado y otros. El objeto era   -100-   separar a San Martín del mando, y aun asesinarlo, según lo propuso uno de los conspiradores. Se habló al Coronel de Numancia D. Tomás Heres, porque si su batallón se oponía nada avanzarían, éste denunció el plan a San Martín; y como se resistiera a dar crédito a tan infame proyecto, para desvanecerlo o comprobarlo, los llamó y con serenidad y firmeza les dijo que estaba al corriente de su conjuración: los conjurados negaban todo, protestando su fidelidad; mas Heres que estaba oculto en la habitación inmediata salió a sustentarles la verdad de sus intentos, aunque sin poder probarlo, como sucede con los crímenes que se fraguan en la obscuridad y el misterio: no quiso pues San Martín ir adelante en averiguaciones deshonrosas para sus Jefes de más nombradía; pero creyó la realidad del plan, y su corazón se llenó de amargura al ver conspirados en su contra a Jefes que había colmado de honores y distinciones, y en cuya compañía había adquirido tantas glorias. Le faltó valor para tomar medidas vigorosas, tanto por las circunstancias críticas del país, cuanto porque los más de ellos pertenecían a la célebre Logia Lautarina, pues según su riguroso reglamento, no podía castigarlos sin su previo acuerdo.

Desde este momento tomó la resolución definitiva e irrevocable de abandonar la vida pública. Su corazón estaba dilacerado con tantos desengaños, traiciones, ingratitudes y bajezas.

Para librar a Heres de la furia y venganza de los Jefes delatados lo mandó oculto a Lurín, y allí se embarcó poco después para Guayaquil. Este Jefe denunciante sirvió también para sembrar la discordia con Colombia, reclamando por el regreso del batallón Numancia, como luego lo veremos.

Algunos aseguran que cuando Heres hizo la denuncia, estaban los conspiradores reunidos en el palacio Arzobispal, ocupado entonces por el Estado Mayor: San Martín se presentó solo y desarmado, y con aire lleno de confianza y amistad les dijo: ¡cuánto gusto tengo de ver reunidos a todos mis compañeros de Chacabuco y Maypú; bebamos una copa por estos recuerdos! Esta franqueza los desarmó y avergonzados de sus traidoras intenciones, se arrepintieron y no volvieron a pensar en ello. Necochea se retiró a Trujillo y pasó después a Guayaquil; Las Heras regresó a Buenos Aires, y los otros ocultaban su vergüenza y su resentimiento para ser después instrumentos de otras intrigas.

San Martín escribía a O'Higgins en 31 de diciembre de 1821: «Las Heras, Enrique Martínez y Necochea me han pedido su separación y marchan creo que para esa. No me acusa la conciencia haberles faltado en lo más mínimo, a menos que se quejen de haber hecho partícipes a todos los jefes del ejército y marina en el reparto de los quinientos mil pesos, y según he sabido   -101-   no les ha gustado que los no tan rancios veteranos, como ellos se creen, fuesen igualados a Sánchez, Miler, Adunate, Borgoño, Foster, Guisse, Dehesa y otros jefes, cuya comportación: ha sido lo más satisfactorio. En fin estos antiguos jefes se van disgustados, paciencia».



No solamente hicieron daño a San Martín en el Perú las acciones militares que adversas le fueron, sino también sus ideas monárquicas, y entre otros hechos la preponderancia de Bolívar en Colombia. Tocante a lo primero, sus convicciones antidemocráticas fueron sinceras y bien fundadas, pero contrarias a las aspiraciones republicanas de las gentes que luchaban a su lado. Sólo Monteagudo tuvo concepto claro de lo que debió ser la revolución en el Perú. Torre Tagle, Berindoaga, Riva Agüero y otros más, de noble abolengo, eran republicanos por conveniencia, y es que todos ellos y hasta los mismos palurdos que se habían distinguido en los campos de batalla se creían con prestigio y dotes administrativas para llevar la insignia presidencial. La Orden del Sol mereció críticas adversas, y lo efímero de su existencia manifiesta la mala disposición de ánimo con que fue recibida. Viose en ella un ensayo de tendencias aristocráticas, y en su esencia una orientación a los principios monárquicos. El recuerdo de la opresión colonial estaba vivo en aquellos hombres que combatían por la libertad, y su oposición a las ideas monárquicas hizo daño al prestigio de San Martín.

Leyendo a Paz Soldán, es fácil formarse concepto de cuanto se hizo para restringir las ideas democráticas, y de todo lo que se ejecutó para traer un príncipe europeo que reinara en el Perú.




IV

Fue la preponderancia de Bolívar, como ya lo hemos dicho, otra de las causas que prepararon la retirada de San   -102-   Martín. El Libertador entraba al pináculo de su gloria y de su prestigio, en los mismos momentos, año de 1822, en que la buena estrella de San Martín descendía hasta el ocaso. La misma batalla de Pichincha, no obstante la gloriosa participación del Perú, y la rendición de los pastusos, como consecuencia de ese triunfo, colocaron a Bolívar en situación de poder abandonar la parte septentrional de América para venir al mediodía de ella. Sus soldados no tuvieron en su propio suelo enemigos a quienes combatir, y el genio de Bolívar encontró estrechos los linderos de su república, habiendo en el Alto y Bajo Perú 19000 realistas militarizados. San Martín comprendió, desde los últimos tiempos del año de 1821, que ninguno de sus planes militares y políticos tendría buen éxito y duradera estabilidad, si el apoyo que Bolívar quisiera dar a esos planes no era sincero y absoluto. Convencido de que sólo teniendo una entrevista con él sus ideas y propósitos serían ampliamente discutidos, dejó, el 19 de enero, el mando Protectoral al Gran Mariscal, Marqués de Torre Tagle, y el 8 de febrero se embarcó con dirección a Guayaquil. En Huanchaco supo que el Libertador estaba en Quito, organizando nuevamente una expedición guerrera contra los pastusos, y, no siendo posible verlo, regresó al Callao.

San Martín volvió a embarcarse en el Callao, con rumbo a Guayaquil, el 14 de julio, o sean cinco meses después. De febrero a julio en ese año de 1822 ocurrieron en el Perú numerosos hechos adversos a la causa de la Patria, siendo posible que todos ellos dieran al Protector el convencimiento de que sin Bolívar y sus aguerridas tropas nadie concluiría la guerra con los españoles. Esta hipótesis nos conduce a otra nueva suposición, y es la de que San Martín fue a Guayaquil, más con el propósito de implorar la cooperación personal de Bolívar, que con el fin de tratar puntos de controversia, que por ese entonces eran la posesión de   -103-   Guayaquil, la de Mainas, Quijos y Canelos, la necesidad de traer un príncipe para el Perú y las condiciones bajo las cuales las tropas colombianas vendrían al Perú.

Por propio decoro y por convenir así a los intereses patriotas del momento, ninguno de los dos héroes reveló lo que a solas discutieron. La Historia dice que se separaron en buena armonía, pero no afirma, que datos no tiene para ello, lo que la verosimilitud, que siempre se abre paso, y el arte hipotético han reconstruido. Todo hace suponer que considerada la anexión de Guayaquil como un hecho consumado, no fue necesario darle atención, y que sólo se discutieron la forma de sustituir las bajas de la división santacrucina, el punto de la monarquía americana y la necesidad de que Colombia diera reciprocidad, enviando al Perú, no una división sino dos o tres para terminar la guerra. Habiendo sido Bolívar un hombre superior y que siempre tuvo el concepto de que el gobierno de las naciones libertadas le correspondía a él, con toda seguridad combatió las razones que el Protector le dio para traer un príncipe que reinara en el Perú. Respecto a su presencia en Lima, posiblemente le dio a entender que la guerra exigía unidad de acción y que no sería la asociación de los dos grandes capitanes el medio que diera al Perú la libertad todavía no conseguida.

En fin, mi General -decíale San Martín al Libertador, en su carta de 22 de agosto de 1822-, mi partido está irrevocablemente tomado; para el 20 del mes entrante he convocado el primer Congreso del Perú y al siguiente día de su instalación me embarcaré para Chile, convencido de que solo mi presencia es el solo obstáculo que le impide a Ud. venir al Perú con el ejército de su mando: para mí hubiera sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un General a quien la América del Sur debe su libertad: el destino lo dispone de otro modo, y es preciso conformarse.

No dudando que después de mi salida del Perú, el gobierno que establezca reclamará la activa cooperación de Colombia, y que U. no podrá negarse a tan justa petición, antes de partir remitiré   -104-   a U. una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada, puede ser a U. de utilidad su conocimiento.

El general Arenales quedará encargado del mando de las fuerzas argentinas; su honradez, coraje y conocimientos, estoy seguro lo harán acreedor a que U. le dispense toda consideración.



En otro párrafo de su citada carta decía: «Estoy íntimamente convencido de que sean cuales fueran las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de América es irrevocable; pero también lo estoy de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos y es deber sagrado para los hombres a quienes estén confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males».

Fueron estos males los que San Martín quiso y pudo haber evitado si hubiera seguido gobernando el Perú hasta la fecha en que los españoles hubieran sido obligados a salir. Desgraciadamente, en septiembre de 1822 todo le era adverso, y para que ni siquiera faltara la nota sentimental, se encontró a su regreso a Lima, después de haber conferenciado con Bolívar, con que Tagle y Riva Agüero habían deportado a su ministro Monteagudo. Este desacato, más a su persona que al ministro, le llegó al alma. Monteagudo era su consejero, su verdadero secretario, su leal, abnegado y muy querido amigo. Su amargura en esos días se exterioriza en la comunicación que dirigió a O'Higgins. «Ud. me reconvendrá -le dice- por no concluir la obra empezada. Ud. tiene mucha razón, pero más la tengo yo. Créame, mi amigo, ya estoy cansado de que me llamen tirano y que en todas partes digan que quiero ser rey, emperador y hasta demonio. Por otra parte, mi salud está muy deteriorada, el temperamento de este país me lleva a la tumba. En fin, mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles y mi edad media al servicio de mi patria. Creo que tengo derecho a disponer de mi vejez».

No fueron únicamente las causas apuntadas las que le decidieron a dejar el mando. Hubo otra también grave: el   -105-   abandono en que lo dejaron Chile y las provincias del Plata. Ninguno de los dos quiso mandarle un solo soldado.




V

Para los peruanos, la retirada de San Martín fue un hecho adverso. Si él hubiera conseguido nacionalizar el Perú en forma monárquica o republicana, su permanencia en Lima, respectivamente, como primer ministro del Príncipe o como jefe del Estado, habría sido fuente de innumerables bienes. Entre ellos, la recuperación de Guayaquil sin haber acudido a la guerra con Colombia y el no menos importante beneficio de haber acatado la voluntad de los habitantes del Alto Perú, cuyas aspiraciones en ese entonces fueron las de formar con el Bajo Perú, un pueblo gobernado por el vínculo federal. En las instrucciones que dio al general Alvarado, teniendo la esperanza de que sus tropas llegaran al Alto Perú, le recomienda San Martín que en caso de libertarlo convoque un congreso, por lo menos una convención preparatoria, para que sus hombres resuelvan con independencia y libertad la suerte de su territorio.

Teniendo San Martín una naturaleza equilibrada, un espíritu sereno, siendo hombre de ideas propias y concentradas, valiente sin ser audaz, procedió siempre con método, no habiendo dejado nunca sus planes a la inspiración, mucho menos a la temeridad. Tuvo visión clara de la libertad que necesitaba el Perú, y fue por esto y porque nunca quiso nada para sí, que se inclinó hacia el absolutismo y la monarquía. Vencido por el espíritu americano de su tiempo, persiguiendo ideas vagas y peligrosas y transformaciones internas de carácter radical, tuvo el tino y la rara virtud de ser un abnegado y ceder el puesto a los que querían el poder. Honesto y sin aspiraciones personales,   -106-   gobernó el Perú como si hubiera sido un peruano. Siendo más americanista que argentino, no trató de menguarle integridad, ni de hacer nada que le hiciera inferior a las provincias del Río de la Plata. La fuerza de las circunstancias y no sus culpas le obligaron a salir del Perú en los momentos en que más falta hacía en él. Desde el mismo día en que entregó el poder al Congreso constituido, su genio militar y político comenzó a echarse de menos. Todo esto lo veremos en los párrafos siguientes, pues antes de seguir con lo político debemos exponer todo lo que en el terreno económico perdió el Perú por causa de la conmoción que produjo el cambio de lo que entonces se llamaba «el sistema», término que ahora corresponde a la palabra «régimen».

Antes de concluir con este capítulo y en apoyo de nuestras observaciones debemos reproducir los conceptos del capitán Basilio Hall, de la Real Marina de S. M. Británica, cuya manera de ver los sucesos en 1821 y 1822, épocas en que estuvo en Lima y escribió su Diario, tienen hoy extraordinario valor histórico. Este hombre presenció la jura de julio, la salida de San Martín para Chile, conversó con el héroe, tenía entrada en los salones de la aristocracia y a más de poseer un espíritu analítico y estar dotado de acierto en sus observaciones, siendo inglés fue imparcial y estuvo al decir la verdad en el justo medio.

Como el carácter y conducta de San Martín han sido tema de controversia en que, por muchas razones, no deseo tomar parte, simplemente estableceré cuáles son los puntos principales de esta discusión, cuyos méritos reales, actualmente, como se concibe, no pueden comprenderse acabadamente a esta distancia del lugar de los sucesos.

El primer cargo que se le hace es su falta de actividad y energía para hacer la guerra del Perú; segundo, su despótica expulsión de los españoles de Lima; y, por último, su deserción a la causa independiente en momentos de gran peligro y vacilación.

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Respecto al primero de estos cargos, quizás se ha dicho bastante, tanto a señalar sus defectos como a explicar los principios de su cauto y dilatorio sistema de revolucionar al Perú, más bien que de conquistar el país.

El destierro y ruina de los españoles se justifican por los amigos de San Martín, a causa de la obstinada conducta de aquellos mismos individuos que, se asegura, resistían todo intento de comprometerlos a cooperar cordialmente con los patriotas y que persistieron siempre intrigando por la restauración de las antiguas autoridades. Se arguye también por sus adherentes, que en Colombia y México se encontró indispensable para seguridad de los nuevos gobiernos, adoptar igual grado de severidad con los españoles; en Chile ocurrió lo mismo, y en Buenos Aires se había considerado necesaria la misma política, aunque, como sus revoluciones se verificaron más gradualmente, el destierro de los españoles habíase adoptado con mayor moderación.

Respecto a la razón o sin razón con que San Martín había dejado que los peruanos fuesen gobernados por el Congreso, sin ayudarlo él, es difícil hablar decididamente sin más exacta y completa información sobre el punto que la hecha pública. Nunca ocultó su deseo de retirarse y no perdía oportunidad de declarar, pública y privadamente, su intención de dar gusto a sus inclinaciones tan pronto se estableciese la independencia del Perú. La cuestión, por tanto, parece ser, no si está justificado por haber salido del Perú, sino de haberlo abandonado en momento propicio. Es cierto que intentó sostener y proteger al Perú, cuando la autoridad estaba solamente en sus manos; pero cuando los habitantes, después de reflexionar un año, creyeron oportuno reclamarle el derecho de gobernarse mediante representantes elegidos de entre ellos mismos, no se sintió justificado para desestimar esa exigencia; sin embargo, al mismo tiempo puede no haberse considerado llamado, como ciudadano de otro Estado, para servir un país que ya no buscaba su protección, sino que por el contrario, sentía bastarse para su propia defensa y con derecho a un gobierno no influenciado; que él concebía ser imposible, mientras estuviese presente.

Considerando los asuntos, entonces, como están ahora, o parecen estarlo, y reflexionando sobre el carácter de San Martín, es del todo evidente que es hombre no solamente de aptitudes muy notables, como soldado y estadista, sino que posee un grado sobresaliente de la grande e importante cualidad de conquistar el respeto y atraer los servicios de otros hombres. A estos atributos superiores debe la celebridad adquirida por la conquista de Chile y su organización sólida como estado libre; y cualquiera sea su conducta posterior en el Perú, puede seguramente reclamar   -108-   el honor de haber preparado el camino para la liberación de aquel país.

Estos no son servicios insignificantes que un solo hombre puede prestar; y si creemos a San Martín sincero en su anhelo de retiro, tendremos también mayor razón para respetar aquel espíritu público desinteresado y amor de la libertad, que, por muchos años, pudieron sobrepujar a todas las consideraciones de orden privado. Es tan raro ver tales facultades como él indudablemente posee, unidas con una vida doméstica y retirada, que somos tardos para tomarlo en serio. Sin embargo, si se desecha aquella duda, y se supone justamente trazado su carácter, llegaremos a explicarnos su conducta, suponiéndole que haya imaginado, al retirarse, haber hecho bastante, y que, conforme con su carácter y sentimientos, no podía prestar más servicios a los peruanos.

Esto no se escribe en elogio o vituperio, sino simplemente para dar alguna explicación de un curiosísimo acontecimiento histórico. Si hubiera sido mejor o no, para la causa de la independencia sudamericana, que el principal actor hubiese sido hombre de índole más inflexible, es enteramente otra cuestión; mi único objeto en este esbozo ha sido trazar un retrato tan fiel e imparcial como me fuera posible, de lo que efectivamente sucedió.






VI

El espíritu de solidaridad que los españoles mantuvieron entre sí durante la guerra de la independencia, obligó a los virreyes del Perú a combatir fuera de sus genuinas fronteras. Abascal y Pezuela, desde 1812, llevaron la guerra por medio de sus generales a Chile, al Alto Perú y al Reino de Quito, donde las vicisitudes de la lucha nunca tuvieron situaciones verdaderamente definidas. Por ésta y otras causas, la contienda duró algunos años y su costo ascendió a varios millones de pesos.

Paz Soldán en su obra citada dice:

El comercio, en 1821, estaba sin dinero, porque el Gobierno español agotó sus recursos con la guerra que sostenía desde el año 1819 contra las secciones americanas: en este corto período había entregado 689248 pesos, y el Consulado 986173 aniquilando así los recursos de los particulares. La deuda del Consulado   -109-   subía entonces (noviembre de 1820) a siete millones setecientos noventa y siete mil, ochocientos tres pesos, no incluyendo ciento cincuenta mil pesos, del último impuesto que ganaba un interés anual de tres al seis por ciento. Además reconocía el Erario del Perú la enorme suma de 18161636 pesos, cuyos intereses casi llegaban a medio millón al año.



Como San Martín, por un acto generoso y de extraordinaria liberalidad, suprimió con un solo decreto el cobro de las contribuciones de guerra establecidas por el gobierno español desde el año de 1812, materialmente intentó gobernar sin recursos. Pero no solamente suprimió las recaudaciones extraordinarias, sino también las que tenían carácter secular, y entre ellas el tributo que pagaba el indio. Esta contribución, la más saneada de la Colonia, era crecida y la primera de todas las que formaban el sistema tributario de la Metrópoli. En 1799 produjo sobre un total de $ 3014640, la no despreciable suma de $ 899177, o sea, algo más de la cuarta parte de los ingresos comunes, y en esta proporción, aunque no hay datos, debió haberse cobrado en los años posteriores. Es cierto que la mayor parte de la sierra estaba en poder del virrey, y que la Patria, que sólo gobernó medio Bajo Perú y las provincias menos pobladas, no podía recaudar un considerable tributo. Con todo, la merma fue sentida, y el empréstito forzoso, el papel moneda y la acuñación de la moneda de cobre en parte suplieron el déficit.

Un estudio hipotético, ya que no hay cifras para confirmar nada, pudiera llevarnos a la convicción de que, económicamente, poco daño hicieron la emisión de billetes, la moneda de cobre y aun los empréstitos, comparados con las confiscaciones. Un decreto supremo, disponiendo el secuestro de la mitad de los bienes de los españoles que salieron del país, dice:

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EL SUPREMO DELEGADO

He acordado y decreto:

1. La mitad de los bienes de todos los españoles que en virtud de los decretos anteriores deben salir del territorio del Estado, formará una sola masa, que se pondrá en depósito a disposición del Juez privativo de secuestros.

2. Estos fondos serán sagrados, y no podrán tener otra aplicación, que para el pago de los intereses de los capitales que tengan en el Consulado las comunidades religiosas, las viudas, huérfanos, y otras personas que por su distinguido patriotismo tengan derecho a igual gracia.

3. También podrán aplicarse estos fondos a redimir los capitales de los accionistas comprendidos en el artículo anterior, previo el informe del juez de secuestros, sobre el mérito de los interesados.

4. Los comisarios de barrio pasarán en el término de ocho días una razón circunstanciada al presidente del departamento, para que éste la remita al juez de secuestros, de los españoles que deben salir, y de los bienes que posean, exigiéndola de cada uno de ellos bajo de juramento, y haciéndoles observar las penas en que incurren, en caso de la menor ocultación.

5. Ningún español obtendrá pasaporte, sin acreditar previamente haber entregado la mitad de sus bienes, para que entre en el fondo indicado.

6. El Ministro de Hacienda queda encargado de formar un reglamento, para la pronta reunión, y mejor administración de los fondos a que se refiere este decreto, y entre tanto el juez de secuestros los depositará en personas seguras, que respondan de su conservación.

7. Todo ciudadano tiene derecho a denunciar los bienes que ocultasen los españoles comprendidos en este decreto y el gobierno apreciará su celo muy particularmente; pero si algún comisario, o individuo de cualquiera clase abusase de esta declaración, exigiendo de los españoles más de la mitad de sus bienes, o cooperando a la ocultación de parte de los que deben entregar, incurrirán en la pena de expatriación, como reos de atentado contra el honor nacional, que se halla interesado en que las medidas administrativas se ejecuten inexorablemente, sin faltar jamás a la justicia. El presidente y fiscal del departamento quedan encargados, de velar, con una actividad extraordinaria, la puntual observancia de este decreto. Insértese en la gaceta oficial. Dado en palacio del supremo gobierno en Lima a 1.º de febrero de 1822.- 3.º Firmado.- Torre Tagle.- Por orden de S. E.- B. Monteagudo.



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Habiendo estado la riqueza casi toda en manos de los españoles, y siendo un hecho comprobado que la emigración, con pocas excepciones, fue casi general, la salida de capitales en esos años de 1821 y 1822 debió haber tenido proporciones estupendas. El número de talegas de oro y plata que los españoles embarcaron con sus personas en los navíos que les condujeron a España ha debido sumarse por centenares. Es cierto que los bienes raíces no pudieron moverse del Perú, pero sobre este punto no hay que olvidar que todos ellos quedaron abandonados o confiscados, especialmente los rústicos, en los que la descapitalización fue completa por el abandono de la labranza, la fuga de los esclavos y la matanza de los bueyes para la alimentación de los ejércitos.

Una de las consecuencias de la confiscación debió haber sido el entierro de los caudales acumulados en forma de oro y plata labrados o amonedados. El patriotismo español y la codicia, fuera de toda duda, impusieron la ocultación, habiendo motivos para creer que muchos de aquellos llamados entierros posiblemente continúan hoy en Lima y otros lugares del Perú todavía bajo tierra.

Casto Rojas estima en cien millones el costo de la guerra separatista en el Alto Perú. Si tan gruesa suma corresponde a un pueblo que no pasó en ese entonces de 9000000 habitantes, y que económicamente vivía en la miseria, creemos que no es exagerado, en proporción al cálculo del autor boliviano, estimar en 400000000 lo que gastó el Bajo Perú en los quince años que necesitó para emanciparse.

Los hombres que han hecho historia de los sucesos ocurridos durante la guerra separatista, están de acuerdo en que nunca en época colonial anterior se vio un desastre social y económico tan completo como el que principió en 1820 y terminó en 1824. Paz Soldán, refiriéndose a los hechos de Monteagudo, dice:

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Su política era hostilizar a los españoles y proceder con energía; «empleó todos los medios que estaban a su alcance para inflamar el odio contra los españoles; sugirió medidas de severidad, y siempre estuvo pronto para apoyar las que tenían por objeto disminuir su número y debilitar su influjo público y privado».

Algunas medidas de persecución se dictaron antes de que Torre Tagle se hiciera cargo del mando supremo; posteriormente continuaron con más vigor las confiscaciones, prisiones y destierros. Diariamente salían del Callao con destino a Río de Janeiro y otros puntos, multitud de españoles expulsados con sus mujeres e hijos; en el buque de guerra Monteagudo existían para ser deportados más de quinientos treinta y ocho.

Cuando el ejército libertador llegó a Pisco, existían en Lima más de diez mil españoles, y en julio de 1822 no llegaban a 600 los que quedaban en la capital. Los unos se habían refugiado en el interior, y los más habían salido de grado o por fuerza: al ver este resultado exclamaba Monteagudo ¡esto es hacer revolución! Se permitió el embarcarse en buques particulares a los que pagaban mil pesos: treinta de estos, contrataron su pasaje en el buque inglés Pacífico, para que los trasportara a Río de Janeiro; pero se les prohibió que tocaran, y mucho menos el que desembarcaran en ningún punto del Perú.

Otro de los decretos que aterró a la sociedad fue el de 20 de abril de 1822, por el cual se prohibía a todo español usar capa o capote, el reunirse más de cinco o tener armas bajo pena de confiscación de bienes y destierros, y si salían después del toque de oración (6 de la tarde) se les condenaba a muerte. Para juzgar de estas causas y de las infidencias se formó un Tribunal especial de tres vocales y un fiscal; y sus procedimientos eran breves y sumarios. Las razones para ello las exponía el Ministro en el mismo decreto, diciendo:

«La frecuencia y gravedad de las causas que diariamente ocurren, y a que da mérito el carácter feroz e indomable de los españoles, exigen se tome una medida extraordinaria, tanto para no distraer a los jueces de sus respectivas funciones, como para que el castigo de los delincuentes o su absolución, si no lo son, se ejecute inmediatamente. El gobierno y el pueblo peruano, están muy distantes, por la suavidad de su carácter, de autorizar el rigor y la violencia: los mismos españoles provocan diariamente la cólera de esta tierra cansada de su opresión: en adelante impútense a sí mismos las consecuencias de su despecho; tiemblen los malvados, pero consuélese el corto número de los que no lo son, con saber que el gobierno es justo, y que nunca será confundido el inocente con el culpado».

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Tales motivos podían ser fundados para proceder con rigor contra los infractores, pero ante los jueces ordinarios; porque la historia enseña con amargas lecciones que no ha existido nunca un Tribunal especial o jueces de comisión que no se hayan convertido en tribunal de sangre, de odios y de pasiones; esos deben llamarse verdugos disfrazados con el ropaje de jueces. Este Tribunal confiscó los bienes de unos, porque se probó que tenían en el interior de su casa una pistola, aunque fuera vieja e inservible, desterró a otros y mandó ejecutar a algunos; tantas lágrimas y sangre debían caer sobre la cabeza del autor de tan tremendo decreto, Torre-Tagle, y Monteagudo; el primero pudo de pronto eludir el golpe, haciendo víctima a su Ministro.



La memoria presentada por el doctor Unanue al Congreso de 1822 contiene datos y apreciaciones muy útiles para la historia económica del Perú. Unanue tuvo a su cargo la Hacienda Nacional desde 1821, en que se fundó la República, hasta septiembre de 1822. Su tarea fue intensa y prodigiosos los resultados de su acción. Fue un hombre preparado para su cargo, y las luces (como se decía ahora cien años) que adquirió en los últimos tiempos del siglo XVIII, cuando se dedicó a calcular los fondos fiscales, le fueron de gran utilidad en el ejercicio de sus funciones públicas. La memoria aludida es un documento extenso, de pesada lectura y fiel reflejo de la literatura del siglo XVIII. Conceptos que pudieron expresarse en cortas y sentidas palabras, como el que se refiere a la esperanza de mejores días, y a la tristeza con que el autor mira la guerra civil entre españoles y americanos, dieron motivo a Unanue para recordar a Júpiter, a Troya y a Plutón.

Copiamos de dicha memoria los párrafos consiguientes a nuestro propósito, que, como ya hemos manifestado, es el de señalar las causas que hicieron daño a la riqueza nacional y que produjeron la ruina que culminó en 1824, en que terminó la guerra separatista. Entre esos párrafos hay uno de mucha importancia, y es aquel en que el ministro rememora los embarques de numerario que los comerciantes hicieran   -114-   desde el año de 1812 con el consentimiento del gobierno. Este dato pone de manifiesto la prudencia y el acierto que tuvieron esos comerciantes para remitir sus fondos a Europa, y el motivo por el cual la desmonetización y la pobreza en 1821 eran ya hechos consumados. He aquí los párrafos escogidos de la predicha memoria.

A mi ingreso en el ministerio estaban exhaustos los fondos de la tesorería. La agricultura al rededor de treinta leguas de la capital, no ofrecía más que un vasto y lastimoso desierto: el enemigo ocupaba las minas: la plaza del Callao en poder del mismo impedía todo comercio; los recursos de los habitantes habían sido agotados por los multiplicados impuestos de todo género y reducidos al hambre por el estrecho sitio que acababan de sufrir, se presentaba por todas partes la imagen de la desolación y la miseria.

A pesar de tanto contratiempo, por una especie de prodigio, el ejército se ha pagado, vestido con decencia, equipado, asistido en sus hospitales; y puesto en un pie numeroso y brillante. Se ha costeado una marina muy dispendiosa, en que la adquisición de las fragatas Prueba y Venganza fueron de inapreciable importancia. La lista civil ha sido satisfecha, y sumas crecidísimas empleadas en cubrir las deudas que originó el trasporte del ejército libertador de Valparaíso a Pisco. Sin que con tantos rasgos se haya puesto la menor pensión sobre el pueblo; siquiera para reemplazar alguna de tantas, que la generosidad del fundador hizo suspender a su ingreso.

El plan de la tesorería general que presento al Soberano Congreso, manifiesta que se han gastado en el año, en los importantes objetos de que he tratado, 2747070 pesos 4 reales, y no habiendo producido los ramos de ella, inclusos los donativos extraordinarios, sino la cantidad de 1302464 pesos 31/2 reales, es visto que ha habido un déficit de 1444606 pesos 31/2 reales. Para compensarlo era preciso ocurriesen, como acaeció, algunos recursos extraordinarios, y se tomasen los que dictaba la previsión y prudencia. Las oficinas que servían a todo el virreynato se redujeron al pie correspondiente a la parte que existe libre: se minoraron los empleados, se pagaron puntualmente, y se les obligó al trabajo con reglamentos severos. Se suprimieron establecimientos que solo servían para consumir dinero; y se reunieron otros bajo una sola mano. Más de 500000 pesos quedaron ahorrados por esta reforma. El Congreso sabrá proporcionárselo. El Estado no es rico porque tenga más o menos rentas;   -115-   eso sí por la sagaz economía de manejarlas. De manera que las salidas del haber no sobrepujen a las entradas.

Ni las rentas públicas, ni la economía en los sueldos de hacienda, ni los recursos extraordinarios que se presentaron, fueron suficientes para satisfacer los gastos que crecían de día en día. Nuevos impuestos sobre el pueblo son los que ocurren en casos iguales; pero nuestros conciudadanos estaban incapaces de sufrirlos. Treinta mil pesos se les pidieron de donativo al entrar el ejército libertador, para atender a sus necesidades; y siendo esta cantidad pequeña, comparada con la población, y habiendo corrido un año, no ha sido cubierta en su totalidad. En tales circunstancias no quedaba otro camino que seguir, que el que nos han señalado las naciones ilustradas en iguales apuros. Es decir, la creación de un banco de papel moneda, que supliese el dinero efectivo que faltaba. Estableciose en enero del presente año.

Incalculables eran las utilidades, que además debían esperarse de semejante establecimiento, luego que terminada la guerra, girara en grande por las provincias. Los planes estaban con anticipación trazados, para ponerle fondos en todos los puertos y lugares de mayor comercio. Mas este pueblo no acostumbrado a otras monedas, que las de oro y plata que nos dan los cerros, clamó por su extinción, cuando aun no pasaban del valor de 400000 pesos los billetes, que de cuenta del Estado y particulares corrían en este numeroso vecindario. S. E. el Supremo Delegado, se vio en la necesidad de oír sus clamores, y de ordenar, por suprema resolución de 13 de agosto, se suprimiera el papel-moneda, sacrificando a este objeto los pocos ingresos de la renta del Tabaco, y parte de los de la Aduana.

Son bien perceptibles las consecuencias que deben seguirse a la hacienda pública. Tributos, comercio y minas han formado siempre sus principales ingresos, como que de cerca de cinco millones a que ascendía el total de ellos, los tres se deducían de los ramos indicados, rindiendo cada uno un millón de pesos con poca diferencia.

S. E. el Fundador de la libertad del Perú mandó abolir los primeros desde su ingreso en el Perú. Era en verdad un impuesto que humillaba a los beneméritos indígenas.

La Aduana, como aparece del estado de la tesorería general, ha entregado 552166 pesos 53/4 reales que no corresponden a 50000 pesos mensuales.

En el año de que tratamos la Casa de Moneda no ha sellado arriba de un millón de pesos de producto de nuestras minas, porque el resto de su escasa amonedación es de plata labrada que el banco ha comprado. Se han exportado por el Callao cuatro millones, once mil doscientos setenta pesos seis reales. Resulta que   -116-   faltan tres millones, que han salido de los capitales acopiados de años atrasados en Lima. Y como desde el año de 1812, los comerciantes europeos, que han sido dueños del numerario, no han cesado por todos los medios posibles, con consentimiento de su gobierno, de transportarlos a Europa, es indispensable hayan quedado aniquilados los fondos que huían su riqueza peculiar.

Tenía otra en las alhajas de oro y plata, que adornaban las antiguas casas de los propietarios del país; pero en las indigencias de estos dos años, no han parado de malbaratarlas, o llevarlas a la Moneda. Mucha gratitud debe el público en esta parte a S. E. el fundador de la libertad. Enterado luego que entró en Lima del quebranto que sufrían los necesitados, que vendían sus vajillas, por la codicia de los compradores, mandó establecer un banco de rescate en la Casa de Moneda, donde se pagara su justo valor.

Acaso con gran utilidad del Perú, y ahorro de gastos, podría formarse una Cámara reunida de comercio y minas. Precisamente éstas necesitan de los auxilios, que solo aquel puede proporcionarles y él por su parte no puede florecer sin la explotación de ellas, y beneficio de sus metales.

Reducido a contencioso el tribunal que se eligió para adelantarlas, fue indispensable suprimirlo como inútil, y sin relación con su verdadero objeto. Sustituyose un Director con el fin de establecer bancos de habilitación y rescate de piña en los asientos principales de Pasco, Chota, etc., etc.

Nada se ha ejecutado porque el primero está en poder del enemigo, y no hay fondos para verificarlo en el segundo. Sin embargo debe ser de los primeros y más importantes pasos del gobierno, para abrir de nuevo y con mejores luces las fuentes fecundas que por tres siglos han rendido a la España y naciones europeas, más de 2600 millones de pesos en oro y plata.

Ambos metales se han conducido en diferente proporción en los tiempos pasados a las Casas de Moneda de Potosí y Lima, para imponerles el sello, que a fines del siglo anterior tomó su mayor aumento. La de Lima de 1800 a 1820 acuñó un año con otro cuatro millones y medio de pesos. En el de 821 solo selló 1611133 pesos dos reales. Por consiguiente ha habido una rebaja de cerca de tres millones.

Los rendimientos de la casa han sido muy cortos y se han consumido en su propio sostén. Verdad es que los españoles al retirarse barrieron con sus existencias y fondos y que con su intempestivo regreso en el mes de setiembre se perdieron, con los caudales conducidos al puerto de Ancón, los que de nuevo se habían acopiado.



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Volvemos a reproducir del libro de Basilio Hall, dos párrafos muy importantes sobre la situación económica de Lima en 1821 y sobre la alarma que reinaba ese año entre los españoles, alarma que les era causada por la incertidumbre en que se vivía, la que, entre otras cosas, originó la ruina económica de todos.

El contraste entre los dos países, Chile y el Perú, como lo encontraron nuestras miradas, era de lo más sorprendente, y si se hiciera la debida justicia a la descripción de cada uno, se sacaría inferencia agradable para todo inglés, favorable al lado popular de la cuestión.

El contraste entre un país en estado de guerra, y otro en paz, quizás nunca se manifestó más palpablemente que en esta ocasión; de modo que, además del interés emergente de tal contraste, como aplicable a los estados de paz o guerra, el examen era curioso, en cuanto al despliegue del efecto rápido producido por el cambio de gobierno en uno de los dos países. Mientras los dos fueron administrados de modo semejante, el Perú estaba infinitamente adelante de Chile, en riqueza e importancia, pero así que Chile se independizó, inmediatamente tomó la delantera.

Dejamos el puerto de Valparaíso lleno de barcos, sus muelles de la Aduana con altas pilas de mercaderías, demasiado voluminosas y numerosas para los antiguos depósitos; el camino entre el puerto y la capital estaba siempre atestado de arrias de mulas hipando bajo el peso de toda clase de manufacturas extranjeras, mientras numerosos buques se ocupaban en cargar vinos, cereales y otros productos del país; e ingentes sumas de dinero se embarcaban diariamente para Europa, en retorno de mercaderías ya distribuidas en el país. Un espíritu de inteligencia e información animaba a la sociedad entera; se multiplicaban las escuelas en todos los pueblos; se establecían bibliotecas y se daba todo impulso a la literatura y artes, y, como era libre viajar, no se necesitaban pasaportes.

En las maneras y aun en el paso de todos los hombres, se podía distinguir aire de libertad e independencia conscientes.

En la indumentaria también se había efectuado recientemente un cambio total: el traje antiguo y casi salvaje de las damas y las capas sucias invariablemente usadas por los hombres, habían cedido a la moda europea y aunque parezcan detalles casi insignificantes para mencionar, no carecen de importancia cuando se les relaciona con los sentimientos de orgullo nacional hasta entonces desconocidos. Es por éstos y otra multitud de pequeños   -118-   cambios que la gente recuerda siempre de su pasado comparado con el presente, y es de utilidad esencial para su causa que experimenten placer en asimilarse, por poco que sea a otras naciones independientes del mundo.

No se encontraba todavía en el Perú ninguno de aquellos cambios y sentimientos. En el puerto del Callao, los barcos estaban amontonados en un rincón, rodeados por cañoneras, cerca del fuerte, circundados por una cadena de berlingas. La aduana vacía y la puerta con llave; no se levantaban pirámides de fardos de mercaderías en los muelles; no cubrían el camino de Callao a Lima mulas cargadas ni en toda la gradiente se veía un individuo, con excepción quizá de algún chasque solitario galopando hacia la fortaleza. En la misma Lima la diferencia era más sorprendente: la sospecha y desconfianza recíprocas y aun más de los extranjeros, llenaba todos los pechos; el disgusto y miedo agravados por la incomodidad y privación personal, dispersaban toda reunión agradable, haciendo de esta sociedad, antes grande, lujosa y feliz, uno de los sitios más desdichados de la tierra.

Lima, sin embargo, por esta razón no era menos interesante para el extranjero, y aunque a menudo lamentábamos no haberla visto en sus días de gloria, no podíamos menos de considerarnos afortunados en tener oportunidad de presenciar los efectos de una continuidad de circunstancias que no se volverían a presentar. La causa inmediata de este desgraciado estado de cosas era el espíritu de independencia que recientemente había reventado en Sud América, y puede observarse que ninguno de los estados libres completó su independencia sin pasar primero por una serie similar de sufrimientos, especie de prueba de fuego para purificarlos de la contaminación de su anterior degradación.

Hasta este tiempo, Lima había sido exceptuada de los sufrimientos de los países que la rodeaban. Ciertamente, había habido guerras de carácter revolucionario, en el interior del Perú, pero su efecto desolador no había llegado hasta ahora a la capital, cuyos habitantes continuaban su acostumbrada manera de lujo espléndido, en quietud y seguridad negligente, hasta que vino el enemigo y llamó «a las puertas de plata de la ciudad de los reyes», como llamaban orgullosamente a Lima en los días de su magnificencia. La expedición de San Martín sorprendió completamente a los limeños; porque siempre habían despreciado a Chile, como mero apéndice del Perú, del que no había que temer ningún ataque. El ataque se producía, no obstante, por mar y tierra; y mientras San Martín hacía frente firmemente con sus tropas, acercándose más y más a la capital, cortándole las provisiones y ganando para su causa todos los distritos por donde pasaba, el lord Cochrane barría el mar de barcos españoles, bloqueaba   -119-   los puertos peruanos, y arrebataba sus mejores fragatas bajo los cañones de su fortaleza más formidable.

La violenta irritación producida en Lima por estas operaciones del enemigo era completamente natural, pues los destinos de habitantes, acostumbrados durante siglos a despertar en el lujo y riqueza, estaban ahora reducidos al reflujo máximo, y los españoles, orgullosos por nacimiento y educación, estaban heridos en el alma por reveses tan humillantes, de que solamente los hacían más sensibles estas desacostumbradas privaciones.

Entretanto, Lima estaba en un extraño grado de confusión. Los efectos del choque que había recibido la sociedad, por la naturaleza abrupta de la revolución, no podía esperarse desaparecieran por algún tiempo, mientras la incongruencia de los materiales de que estaba compuesta, presentaba una barra eficaz para la cordialidad verdadera. Los españoles, sintiéndose objeto de sospecha y desconfianza, de buena gana se habrían retirado de un lugar donde se les consideraba intrusos; pero esto no era tan fácilmente hacedero, sin incurrir en pérdidas tales que superaban al peligro e incomodidad de permanecer. La mayor parte tenían grandes capitales comprometidos en el comercio; muchos tenían bienes considerables en el campo; muchos también tenían esposas y familias en Lima, o estaban ligados al suelo de otra manera; y se convertía en gran sacrificio dejar sus presentes satisfacciones, por la incierta seguridad que ofrecía España, a la sazón en situación no mucho más tranquila que las colonias. Su política mejor y más segura hubiera sido seguir la suerte del país y comprometerse cordialmente con la nueva causa. Pero esto era esperar demasiado de hombres criados en la era del monopolio y prejuicio; y, por consiguiente, eran poquísimos los españoles que no esperasen con gran ansiedad el regreso del ejército realista, y aún menos los que tuviesen confianza efectiva en San Martín o se tomaran la pena de ocultar su desagrado. Esto trajo después una serie de disposiciones tomadas por el Protector, que arruinaron a casi todos los españoles, y prácticamente fueron desterrados del país.







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