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Capítulo V

La Mar


SUMARIO

Resentimientos que dejó la dominación colombiana.- Pobre concepto que se tuvo de la libertad.- Monteagudo y sus propósitos.- Faltaron educación y virtud para llevar a la práctica el dogma de la soberanía.- No supo plantificarse la República.- Necesidad en que se encontró el poder público de inmiscuirse en todo.- Causas políticas, y sociales que a juicio del doctor Lissón provocaron la inestabilidad de la vida nacional.- Congreso de 1827.- La Mar, Presidente del Perú.- Hubo error en esta elección, la que debió haber sido a favor de Santa Cruz.- La Mar tuvo la obsesión del Norte; Santa Cruz, la del Sur.- Favorables condiciones en que el Perú y Bolivia estuvieron en 1827 para realizar el pacto federativo.- Guerra con Colombia.- Su origen.- Situación desfavorable para el Perú en que quedó la antigua Audiencia de Charcas.- Sucre, en La Paz, se hallaba perfectamente preparado para contener la invasión peruana.- Difícil situación de La Mar.- Motín de Chuquisaca.- Sus causas.- Las tropas peruanas pasan el Desaguadero. Narración de Vargas.- Política vacilante de Urdaninea en Bolivia.- Gamarra entra a Chuquisaca.- Tratado de Piquiza.- El enojo de Bolívar al saber lo hecho con Sucre llega a su colmo.- La Mar,   -220-   que esperaba la guerra, puso al Perú en condiciones de invadir el Ecuador.- Misión Villa.- Causas de su fracaso.- Bolívar, en un proclama, declara la guerra al Perú.- La Mar ocupa la provincia de Loja.- Capitulación de Guayaquil.- Proposiciones de paz.- Exigencias, de uno y de otro lado.- Se renuevan las hostilidades.- Acción del Portete.- Causas del desastre.- La Mar con su ejército se retira a Piura.- Deslealtad de Gamarra y de la Fuente.- La Mar es desterrado a Costa Rica.- Larrea, en nombre de Gamarra, firma la paz en Guayaquil.- Reflexiones que sugiere la guerra con Colombia.- Ella acabó con los liberales y los hombres de más prestigio que tuvo el Perú y fomentó el militarismo.- Juicio del doctor Lissón.



I

Con la salida de las tropas colombianas, el Perú recuperó la autonomía que le dio la Constituyente de 1823 y que dimitió ante Bolívar hasta el año de 1827. Su vida propia principia en ese año, siendo sensible que tan fausto acontecimiento se hubiera iniciado bajo la animosidad de los partidos denominados persas y liberales y con los resentimientos que dejó la dominación colombiana. Hubo por esos años algo más grave y más profundo, y fue lo mal preparado que se encontraba el Perú para adoptar el sistema republicano.

El deseo de independencia fue general en las clases populares, especialmente en las de provincias; pero este deseo se inspiraba tan sólo en el odio contra todo lo que era español. Este pobre concepto de lo que era la libertad, favoreció el personalismo. Y como hasta los hombres más conspicuos de la revolución participaron de tales ideas, Torre Tagle y Riva Agüero, viendo fácil la herencia de Abascal, extemporáneamente la codiciaron.

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Los generosos auxiliares que de tan apartadas tierras vinieron a dar independencia al Perú -dice el doctor Lissón en su obra citada- lejos de variar la dirección del movimiento personalista, lo encarrilaron más. San Martín se sentó en la dorada silla de Pezuela y para que nada faltase estableció la Orden del Sol, conservando los títulos y cruces de Castilla [...] Éste, a quien no es preciso nombrar, (Bolívar) llegó más adelante. El vencedor de Carabobo aspiró a la Corona. Se la hizo ofrecer por las mujeres de Lima y murió bien desgraciado. De la cohorte de probados patriotas que rodeaban a tan insignes campeones, uno solo, el célebre Monteagudo, parece que tenía ideas fijas sobre lo que debía ser la revolución en el Perú. Algunos pasos acertados le hizo dar en este sentido, pero no teniendo quien le ayudara y sostuviera, fue vencido por la reacción, que contra él operó la clase privilegiada; y luego, su misterioso asesinato vino a cortar los planes que sin duda germinaban en su poderosa cabeza. De esta manera, en rápida pendiente constituyose en el Perú la República-Estado, más unitario y despótico que en el resto de América. Sus consecuencias debían ser también para él más funestas.



Proclamados por la Constitución de 1823 el dogma de la soberanía nacional y el principio republicano, faltaron educación y virtud para llevar a la práctica tan avanzados principios. Falseada la justicia, que es la base de la soberanía, sólo pudo levantarse un edificio deleznable y extraño a su origen. Contribuyeron a ello la lectura y la aplicación de las obras francesas, cuyas seductoras formas diéronles preponderancia en aquella época. Los hombres de la revolución se empaparon en ellas y las acomodaron a los resabios y tradiciones del sistema vencido.

Tampoco supo plantificarse la República. Ninguno de los rudos y victoriosos guerreros de América que tomaron parte en el gobierno de los pueblos libertados supo destruir el absolutismo creado por España, ni repartir las usurpadas funciones del Estado entre todos los ciudadanos, a fin de que el gobierno fuera de todos, o por mejor decir de todos y de cada uno. Tomando por base la doctrina, por esos tiempos muy en boga en Europa, de que el hombre no puede vivir   -222-   en sociedad sino desprendiéndose de una parte de sus derechos y delegándolos en un poder moderador y regulador que arregle las relaciones jurídicas entre ellos, el individuo y, junto con él, la nación entera, fueron despojados de sus más preciosas garantías. Con el pretexto de encontrar algo que garantizara la marcha y la existencia de la sociedad y un vínculo que uniera las relaciones jurídicas entre gobernantes y gobernados, se creó y se organizó un poder exótico y absorbente, el cual, con el nombre de Ejecutivo, tuvo bajo su férula al legislativo y al judicial.

Esto, que ocurrió en toda América, se realizó también en el Perú, aunque en más alto grado, en razón de haber sido anteriormente el emporio del coloniaje y de haber recibido su libertad de manos de dos caudillos extranjeros. Estas influencias no podían tener otro correctivo que la aplicación de un sistema democrático. Se necesitaba algo que lo conmoviera fuertemente, que lo sacara del marasmo en que yacía, y le hiciera sentir y comprender la dignidad de gobernarse a sí mismo. Víctima de añejas preocupaciones y sin haber experimentado todavía la dura mano de la experiencia, difícil le fue caminar por el nuevo sendero.

La necesidad en que se encontró el poder público de inmiscuirse en todo, de reglamentarlo todo y de cuidarlo todo, sin exceptuar la seguridad social ni la policía de los caminos, puso al pueblo en situación de verlo en todas partes, de ocurrir a él en todos los actos de su vida, y, por causa de esta delegación de sus principios democráticos, de considerarlo responsable único de las desgracias consiguientes a la vida política y económica. El gobernante, ansioso de llenar bien su misión y más aún de no ser acusado, hasta en épocas normales se vio obligado a realizar una tarea superior al esfuerzo humano. Estar en todo punto, moverlo e impulsarlo todo sin tocar los derechos de los individuos, que cuando   -223-   los sienten menoscabados olvidan el desapropio que han hecho de ellos, fue un imposible físico y moral.

Estos conceptos se hallan confirmados por las opiniones muy acertadas y muy concretas que fueron emitidas por el doctor Lissón, en su citado libro La República en el Perú. Ellas, que merecieron la luz pública en 1865, revelan un profundo conocimiento de las causas políticas y sociales que provocaron la inestabilidad de la vida nacional.

¡Nobilísimo propósito, digno de tan claros varones! ¡Qué grandes habrían sido en el terreno de la verdad; y qué pequeños fueron con ese mandato que era la clava de Hércules en sus manos, y con esa ley que, en vez de dirigir su acción, vino a ser un obstáculo a todos sus movimientos!

La guerra con la España había dejado a la América pobre en capitales de todo género; y era menester darle vida económica. El armazón colonial se había derrumbado y era menester reemplazarlo; en fin, era un montón de ruinas en que habitaban los restos que quedaban de su raza, en las que había necesidad de rehacerlo todo para que pudiesen vivir al abrigo de la intemperie, tuviesen una ocupación y se compaginasen en sociedad. Y esta obra titánica estaba confiada al sofisma del estado desperdiciando y estancando las fuerzas y el interés individual, comunal y nacional, únicas que tenían derecho y los medios de llevarla a cabo satisfaciendo oportunamente las exigencias que fuesen mostrándose y constituyendo gradualmente la nueva faz que debía asumir con arreglo a los principios proclamados. Los hombres de aquellos años que habían pasado tan inauditos trabajos para destruir la dominación peninsular, y que tan probada tenían su constancia, no se arredraron y la emprendieron con una decisión que sólo puede medirse por la grandeza de su patriotismo y del entusiasmo que los animaba para concluir la obra cuya mitad tenían vencida; ¡pronto gobernantes y gobernados experimentaron la más amarga decepción y desengaño!

Señor el ejecutivo de un poder propio delegado, y en cumplimiento de las prescripciones de la ley, empezó sus trabajos con el febril ardor que inspira la idea de su pronta terminación. ¡Cuán feliz habría sido la América si sus primeros presidentes hubieran olvidado y desechado esa delegación omnipotente, dando lugar a que la acción individual tomara la iniciativa en reemplazo de su inercia! Desde los primeros pasos tuvo que herir necesariamente los derechos de los ciudadanos: ya porque en   -224-   sus altas medidas de administración en todo ramo, no tenía ni podía tenerlos a la vista para hacerlos a un lado sin atropellarlos, cuanto porque es inherente a la dignidad del hombre no recibir gracia alguna si antes no ha sido consultado. El ataque trajo inmediatamente la resistencia; y ésta el cumplimiento del primero de sus deberes: la conservación del orden, para lo que fue indispensable recurrir a la fuerza y hacer uso de esa autoridad delegada y discrecional ante la cual tenía aquella que desaparecer. Pero no sucedió así: la energía del poder aumentó la resistencia; y colocados en este declive gobierno y gobernados, caminaron cada uno por su lado sin una norma que viniese a ajustar sus acciones, y a definir y conciliar sus pretensiones, hasta llegar al más lastimoso e inmoral extremo.

El gobierno no vio otro medio de salvación que los golpes de estado, haciendo enmudecer la ley; y los gobernados oprimidos, tiranizados y sin medio de contener sus avances se lanzaron a las conspiraciones.

En la organización absurda y contradictoria que se dio la América la marcha normal de ésta era imposible; las revoluciones tenían indispensablemente que entrabarla a cada paso y en cada uno de ellos; haciendo los Congresos el rol de gobernistas, muchas veces no por deber sino por soborno, y teniendo que apañar siempre los quebrantamientos de las leyes, han traicionado su propia obra, y merecido los epítetos de serviles, perdidos e inútiles. La conciencia pública no ha visto en sus atribuciones un título de existencia, y han desaparecido en su antigua forma, en los países que han comprendido la verdadera República.

Con ellos, sin ellos y a pesar de ellos, rompiose pues la unión entre los Presidentes y ciudadanos desde el primer día en que empezaron a regir las nuevas constituciones. Rota esta unión, ya se ha dicho, los unos tuvieron que apelar a los golpes de Estado y los otros a las conspiraciones. Las pasiones se exaltaron, prodigáronse mutuamente los apodos y recriminaciones más injuriosas, atribuyéndose cada cual la justicia entera por su parte. Los Presidentes trataban a los ciudadanos de infractores de las leyes, sediciosos y alborotadores del orden; y éstos a ellos de iguales delitos, denominándolos tiranos; y ambos tenían razón. Los unos se quejaban de que no se les dejaba gobernar ni hacer la felicidad del país; los otros les inculpaban que nada hacían en este sentido; y hasta de todo accidente desgraciado, peste, incendio, terremoto etc., que afligiera a la Nación; y ambos también tenían razón. Viéndose el Gobierno apurado recurría a los últimos medios: las prisiones, fusilamientos y hasta confiscaciones, rodeándose de sus adictos entre los que repartía los destinos, distrayendo los fondos públicos de su legítima inversión   -225-   a fin de sostenerse. Con estas medidas la conspiración tomaba vuelo; se hacía universal; la voluntad de un prefecto lo hacía bambolear y la cuestión se hacía personal. Todos veían entonces en el Presidente de la República la causa exclusiva de los males de la patria: por él no se pagaban los empleados; por él no había industria ni comercio, y por él el país estaba arruinado y corría a su pérdida. El remedio era quitarlo. El más ambicioso daba el grito en cualquier oscuro rincón, muchas veces sin elemento alguno, y en el instante toda la República se ponía en pie. En uno o dos encuentros de armas insignificantes, y muchas veces por la simple repulsión de la opinión, el Presidente era vencido y feliz si lograba escapar su vida y refugiarse en el extranjero. Todos caían abrumados bajo el peso de la reprobación universal y víctimas de la conspiración que formaba y fomentaba la marcha natural del sistema de Gobierno. A este sucedía otro guerrero elevado sobre el pavés de sus soldados, que prometía de buena fe una era de ventura para la patria, jurando no incurrir en las faltas de su tirano antecesor, con lo que una aclamación unísona respondía a su palabra. La ilusión duraba pocos momentos. El cumplimiento de su deber lo hacía caer en las mismas faltas; y pronto otra revolución le daba un reemplazo; siendo digno de notarse, que después de tanta algazara y promesas, al fin cada uno de los caídos venía a santificar y rehabilitar a ese tirano antecesor, el que le sucedía no pocas veces.

Así fracasó y vino a tierra desde su primer ensayo el edificio elevado por los patricios de la América. Viose en la práctica que la división e independencia de poderes no existía ni podía existir en las funciones del poder público; que las garantías individuales desaparecían ante él; que la elección, alternabilidad y responsabilidad de los Presidentes y altos empleados se encontraba trasportada de la ánfora popular y los tribunales de justicia a los campos de batalla; y que el soñado contrapeso que estas lucubraciones políticas debían hacer a la supremacía del ejecutivo, se desvanecía, en la polvareda de los combates.

Si tal cosa no sucedía, y por un raro evento los Presidentes lograban domar las conspiraciones con las armas auxiliados del cohecho y las traiciones; en lo que invertían no sólo las rentas del fisco sino más de lo que estas producían, comprometiéndolas por un tiempo indefinido y en condiciones usurarias; entonces, apoyados en el lustre y predominio que da la victoria, dependía de su voluntad esa alternabilidad y responsabilidad tan principal en la democracia.

Cuando después de desaforados debates intestinos uno de los Presidentes se ha resignado a dejarlo, aparte de cuidar darse un sucesor que no lo moleste, esta dejación ha sido considerada un acto de pura gracia que el pueblo ha recibido de rodillas   -226-   a pesar de su conocida soberanía; y todo se ha olvidado ante su magnanimidad. ¡Cómo demandar responsabilidad alguna a personas que acataban su derecho tan voluntariamente y que se presentaban con la paz pública en mano, para responder de todos sus actos! Los fusilamientos y proscripciones que habían decretado, ¿no quedaban por ella relegados al olvido? Los más de ellos, profundamente odiados y cubiertos de crímenes han dejado el puesto; y como Sila, paseádose insolentemente en el foro, a vista del pueblo, que enjugando sus lágrimas y comprimiendo sus gemidos, los ha saludado con el más humilde gesto de respeto.

¡Cuán asombrados no quedarían esos próceres y ese pueblo de los primeros días de la Independencia, con el espectáculo de la extraña e inexplicable anomalía que se realizaba entre ellos! Todos habían peleado por la libertad; y apenas conseguida y que el nuevo orden colocaba a los unos de gobernantes y a los otros de gobernados, se encontraban de mortales enemigos. Los próceres elevados al poder se convertían repentinamente en godos y tiranos; y el pueblo en un montón de anarquistas ingobernables e indignos de ser libres. Naturalmente unos y otros no se entendieron y se devoraron sin reposo, cual animales carniceros.

¡Ilustres víctimas de viejos errores! Ninguno de vosotros que moristeis en el patíbulo o en las soledades del destierro; ni tú, nobilísimo pueblo americano, cuyos huesos blanquean los asolados campos de la América, faltasteis a vuestro alto renombre, ni fuisteis traidores a la buena causa a que habíais consagrado vuestra existencia. ¡El polvo que levanta la agitada planta de vuestros hijos jamás sepultará en el olvido vuestras tumbas! ¡Capillas miliarias del martirio, elocuentes tribunas del patriotismo, ellas recibirán la última plegaria, y oirán la última palabra de los que se aprestan a morir en cualquier punto a donde las llame la defensa de esta patria común que le legasteis!

Así corrieron los tiempos. A los primeros Presidentes sucedieron otros en fugitiva corriente; justificándose unos a otros, dando lugar con este inmoral y continuo cambio a que se produjeran las pasiones bastardas e intereses mezquinos, con su secuela de vicios y desmanes. Los Presidentes no fueron ya esos francos y severos soldados formados en la rudeza y lealtad de los campamentos, enemigos mortales de los reyes; sino jefes crecidos en las licencias de las revueltas civiles, sin las virtudes de los primeros y sin más diploma de mando que el número de soldados de que disponían a su voluntad. El poder público pasó del civil al militar; la sociedad se militarizó, el ejército se hizo todo; se corrompió, y no fue raro el día en que por falta   -227-   de pre, o por cualquier motivo insignificante se sublevó, proclamando en uno solo dos o tres jefes supremos a los que después abandonaba, vendiéndose al mejor postor; con lo que se hizo mercenario y perdió hasta el valor. Esos afamados batallones, terror de los españoles, salían corriendo a los primeros disparos o se abrazaban al empezar la lid: iguales en todo a los antiguos condotieros de la Italia que en la guerra de los Señores se dividían en dos bandas a fin de poder ganar todos un sueldo, y al encontrarse se daban la mano y se separaban para ir a saquear los pueblos, cada uno por su lado, o peleaban todo el día sin más accidente que un soldado muerto por su caballo o en las sofocaciones de las carreras. El feliz vencedor de estas farsas de batallas, que con sus promesas, intrigas y dinero, lograba reunir todo el ejército y quedar único soberano de la República, procuraba siempre reunir un Congreso que lo reconciliara con el poder civil, aprobando sus actos, y dándole un derecho que no fuese el del sable y lo librase de la tutela de sus parciales. Con este efímero expediente y con repartir los destinos, los honores y los fondos fiscales, entre sus soldados y amigos, creía asegurada su dominación; y anunciaba al pueblo pomposamente, que la anarquía había terminado y que iba a comenzar el reinado de las leyes. Muchos lo dijeron de buena fe; ¡pero cuánto se equivocaban! Érales imposible gobernar. Depositarios absolutos del poder público, encontrábanse solos, sin el apoyo del civil que habían solicitado, a pesar de cuantos Congresos reunían. La necesidad les imponía un círculo militar, porque para tomar parte en el Gobierno vino a ser indispensable tener un grado en el ejército; y siendo éste su único sostén, tuvieron que contraer a él toda su atención, porque veían en todo general o jefe de influencia un ansioso heredero. No merecía esa dominación los desvelos y fatigas que les costaba: el más leve rumor de revolución, la más insignificante resistencia a sus órdenes del gobernador de un pueblo la conmovía seriamente y desmentía sus anuncios de paz eterna; paralizaba todo el movimiento administrativo, y para contenerlo, tenían que desplegar todos los recursos de la nación, y apelar a los golpes de Estado y la suspensión de las garantías individuales. Aun así nada conseguían; y la revolución y la anarquía volvían a hacerse paso de una manera incontenible, con todos los elementos de disolución que habían dejado los anteriores, los que la hacían más fácil y segura en su éxito; y volvía también a repetirse la inmunda escena de los Presidentes fusilados, desterrados y traicionados; y de saqueos y atentados de toda especie. En medio de este desgobierno e inseguridad el numerario desapareció; la industria y el comercio, puestos continuamente a rescate por las facciones, cayeron en una postración mayor   -228-   que en tiempo del coloniaje; las costumbres retempladas en la guerra de la Independencia se relajaron más; la moralidad desapareció; el resultado se convirtió en ley; se asaltaron los destinos, sin más mérito que el favor de las banderías personales; se forzaron las cajas fiscales; se gozó del robo público sin pudor y el talento se prostituyó. Las distinguidas inteligencias que debían ser el nervio de la patria, se dedicaron todas a la política cual entonces se entendía: es decir a la falsía, el engaño y la intriga; y sin convicciones, sin el sentimiento del deber, ni más amor que el de sus personas, sirvieron todas las administraciones que les dieron un lucrativo empleo, y por la conservación de éste, a todos traicionaron; formando el almácigo de lo que después se ha querido apellidar partido conservador: llegando a tal extremo el trastorno de las ideas y significado de las palabras, que mirose de más talento y temible en política, al que había cometido mayor número de maldades en el recinto de Palacio. El pueblo que veía todo esto y que se había batido por tantos programas liberales de los aspirantes a la Presidencia, ninguno de los cuales se había cumplido, terminó con su buen sentido por decir: «Todos son iguales», y se tendió en su lecho de muerte. Y en esta senda llegó a tal grado la fetidez social, que los hombres honrados huyeron de los empleos por no hacerse cómplices de los delitos que se perpetraban; creyeron que el mal no tenía remedio; y los que pudieron huyeron de su país, diciéndose felices de abandonarlo y escapar de ellos con vida y hacienda. A este increíble, repugnante y vergonzoso estado había conducido a la América el desacertado y funesto sistema republicano que adoptó en su emancipación.






II

Antes de partir Bolívar para Colombia, delegó la autoridad suprema de que había sido investido, en un Consejo de Gobierno. Santa Cruz, como presidente de ese Consejo, gobernó el Perú desde el 1.º de septiembre de 1826 hasta el 10 de agosto de 1827. Su labor en la administración pública en todo el año de 1826 fue tan meritoria, que se le permitió continuar en los meses posteriores y hasta el momento en que se puso término a la dictadura del Libertador.

Un Congreso, que fue convocado y reunido por Santa Cruz, el 4 de junio de 1827, declaró nula la constitución vitalicia y vigente la del año de 1823 fue este Congreso el que   -229-   confirmó la labor de los colegios electorales a favor de La Mar y de Salazar y Baquijano, respectivamente, como Presidente y Vicepresidente de la República. Sus funciones se prolongaron hasta el 26 de junio de 1828, en que se clausuró, después de haber discutido y dictado la Constitución que lleva el nombre de ese año.

Ilustran la parte histórica de nuestro relato y sirven de apoyo al estudio que estamos haciendo los siguientes acápites de la Historia del Perú, por Lorente:

Libre el espíritu público de la presión extranjera, ostentó los sentimientos liberales, que hasta ese día había reprimido a duras penas. El 27 de enero se pidió en cabildo abierto la abolición del código impuesto por la violencia y el fraude, la separación de los ministros, el restablecimiento, de la constitución nacional y la convocación de un congreso, que hiciera las convenientes reformas y nombrase un Presidente de la República peruana en vez de Bolívar, quien no podía serlo, ejerciendo la presidencia de Colombia. La extinguida municipalidad se dio por restablecida; la tropa peruana se dispuso a sostener una revolución tan incruenta como trascendental, y no hallando por el momento los liberales otro hombre, que pudiera regir interinamente al Perú independiente, convinieron en conservar en la presidencia de la república al presidente del consejo de gobierno.

Santa Cruz, cuya ambición se prestaba fácilmente a los cambios de política, y cuya fidelidad no estaba a prueba de los grandes sacrificios, observó una conducta irresoluta: absteniéndose por de pronto de tomar una parte activa en pro ni en contra de la revolución, vaciló entre los que le aconsejaban apoyarla y los que le propusieron ir a Jauja o embarcarse para el norte con el objeto de preparar los medios de sofocarla. Había resuelto marchar al interior, cuando, recibida una diputación de Lima, dijo que era de su agrado lo que se estaba practicando; un puntillo de honor únicamente le había detenido. Ya en camino para la capital, regresaba a Chorrillos a instancias de Pando para emprender el viaje marítimo; pero, frustrado éste por la enérgica actitud de los patriotas, que dueños del Callao, amenazaban cañonear el buque, en que había de embarcarse, vino a sostener la causa del pueblo, que le recibió con aclamaciones y repiques de campanas.

El 28 de enero fueron admitidas las renuncias de Pando y Heres, aplazándose por algunos días la admisión de la presentada   -230-   por Larrea, quien era menos impopular y podía prestar importantes servicios. A la cabeza del nuevo ministerio fue colocado Vidaurre, presidente de la Corte Suprema y agente principal del cambio: tuvo por colaboradores a Salazar en la guerra y a Galdeano en el despacho de hacienda, ambos patriotas de honradez acreditada.

El nuevo ministerio decretó la reunión del Congreso para el 1.º de mayo, y el cuerpo electoral de Lima corroboró la política liberal protestando contra la opresión sufrida el 16 de agosto último. La revolución halló eco en todos los ángulos de la República, y dondequiera triunfó sin lucha y con general satisfacción. Los Prefectos, más adictos al Presidente vitalicio, siguieron con muestras de la mejor voluntad la corriente republicana: el de Ayacucho, que había mostrado cierta vacilación, fue remitido preso a Lima. A las primeras noticias del cambio se anticipó Gamarra a las órdenes superiores, ofreciendo, apoyarlo con su tropa y su ascendiente en el Cuzco. La Fuente sostenido por la decisión de los arequipeños, hizo salir la guarnición colombiana, que al tránsito por Puno saqueó la caja fiscal y otras varias.

Sucre no obstante su moderación conocida y los deseos que manifestaba de conservar la paz y el orden no dejaba de inspirar serios recelos: entre otras expresiones alarmantes había dicho, que estaba pronto a ir con su ejército, donde el gobierno del Perú lo quisiera para sofocar la conjuración, sólo en el caso de que la novedad fuera obra de algunos facciosos; que observaría, tranquilo, cuanto sucediera, mientras no se insultara a Colombia, o a Bolivia, ni se ultrajara a su Gobierno o al Libertador. En ese caso, añadía, ya me obligarían al desagravio; y hemos justificado, que nuestros corazones y pocos medios bastan para alcanzarlo.

La caída del gobierno vitalicio era ya un hecho consumado. Todavía no desesperaban sus partidarios de levantarlo, determinando en la división de Bustamante una reacción, que favorecería abiertamente el Representante de Colombia, y para la que se creía que Sucre no tardaría en enviar a Córdova y otros jefes de toda su confianza. A fin de conjurar semejantes riesgos se hicieron los mayores esfuerzos, y se logró que la división regresara a su país, conforme a los deseos de jefes y soldados. A principios de marzo, con el gasto de 260000 pesos, pudieron darse a la vela, satisfechos la mayor parte de sus ajustes, bien vestidos y equipados. Bustamante se internó con algunos cuerpos por Paita a Cuenca, donde entró sin oposición; otros expedicionarios, entre los que iba el guayaquileño Elizalde, prosiguieron la navegación hasta las costas del Ecuador,   -231-   y desembarcando en ellas, pudieron apoderarse de Guayaquil por el apoyo que encontraron en la población.

Entretanto el Perú, saboreando los placeres de su completa emancipación, verificaba con la mayor calma las elecciones de diputados al congreso constituyente. El gobierno dejaba a los electores completa libertad; y la oposición triunfante, si bien censuraba con vehemencia el gobierno vitalicio, no excluía de las urnas electorales a sus antiguos defensores. La Prensa gozaba también de extraordinaria libertad: el hábil Pando publicaba una elocuente defensa de su conducta, que otros periódicos atacaban; el ministro Vidaurre se contentaba con dar a luz en el periódico oficial con su propio nombre, o en publicaciones eventuales, los doctos discursos, que había pronunciado e intentaba pronunciar, un proyecto de constitución y las mil inspiraciones de su ingenio, más literario, que político. Todos se agitaban en la órbita constitucional, prevaleciendo, como era consiguiente después de la violenta y larga represión, las teorías más avanzadas y los republicanos de reputación más pura. Luna Pizarro, que regresaba del destierro, obtuvo una ovación espléndida, a la que cooperaron igualmente el público y el gobierno.

Superadas las dificultades de movilidad, y salvados los trámites eleccionarios, principiaron las sesiones preparatorias el 15 de mayo, y calificados los diputados con escrupulosa sujeción a la ley, se instaló solemnemente el congreso el 4 de junio. El Perú tuvo la satisfacción de que se le declarara en plena posesión de su soberanía, y de que en ejercicio de ella nombraran los representantes de la nación Presidente de la República al General La Mar y vicepresidente a Salazar y Baquijano, su compañero en la Junta Gubernativa. Otra resolución declaraba abolida la constitución vitalicia y en vigor la del 23, excepto los artículos incompatibles con la nueva situación. El Congreso decretó también, que se dieran gracias a Santa Cruz por sus esfuerzos para reunir la representación nacional, y que se participara a Bolívar la resolución concerniente a su obra. La independencia de España y de cualquier otra dominación extranjera, proclamada el 28 de julio de 1821, estaba conseguida poco antes de cumplirse los seis años; y una constitución republicana garantizaba la libertad de la patria.



La Mar subió al poder el 24 de agosto de 1827. Su elección fue legal, buena y justa. Ningún hombre en esos años alcanzó su prestigio y su gloria. Sin embargo, no fue a él sino a Santa Cruz a quien los pueblos debieron haber elegido.   -232-   La situación le impuso, pero también ella misma lo trajo abajo. Dividido el Perú en esos tiempos en dos partidos, uno, bolivariano, conocido con el nombre de vitalicios o de los persas, y otro denominado liberal, fue lógico que los pueblos hubieran dado sus votos al candidato proclamado por el partido que acababa de ser víctima de los atropellos de Bolívar. La valentía con que sus afiliados sufrieron las deportaciones y hasta los fusilamientos decretados por el Libertador, le dio realce y prestigio. Entre esos deportados estuvo Luna Pizarro, y la manera como Lima le recibió, el 6 de mayo, puso de manifiesto la preponderancia que sobre los persas adquirió en esos días de elección el partido liberal. A la cabeza de ese partido se encontraba este ilustre ciudadano, y fue él, quien ayudado de sus copartidarios Tudela, Mariátegui, Vidaurre y otros, contribuyó a unificar la opinión del Congreso a favor de La Mar.

La Mar era un hombre superior a Santa Cruz en modestia, desinterés y abnegación, pero éste aventajaba a su competidor en facultades para el comando de hombres, en tino administrativo y en sus geniales orientaciones políticas. Si el primero tuvo la obsesión del Norte, y con ella la reincorporación de Guayaquil, de Loja y de Cuenca, Santa Cruz, con un espíritu en el que sólo cabían las conveniencias del Alto y del Bajo Perú, con visión clara y acierto estupendo, intentó unir lo que los colombianos desunieron. Para conseguir lo primero (Guayaquil, etc.) era necesario combatir con Bolívar, que, todavía en gran preponderancia en 1828 y 1829, opondría la fuerza, como efectivamente la opuso, y que hubiera hecho eterna la guerra si el Perú hubiera persistido en su propósito de desmembrar el Sur de la Gran Colombia. No así lo segundo, no habiendo podido ser posible al Libertador, sin ofensa al Perú y a Bolivia, mantener por mucho tiempo en el Altiplano tropas colombianas mandadas por Sucre.

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No obstante que Guayaquil colonialmente había pertenecido al Perú y que fue incorporado a Colombia contra la voluntad de sus pobladores, las orientaciones políticas de sus habitantes habían cambiado mucho en 1828. Este estado de cosas en 1828 nos induce a creer que si efectivamente estuvo en los planes de La Mar, al declarar la guerra a Bolívar, incorporar Guayaquil al Perú (lo que todavía no está probado), esta incorporación hubiera significado un atropello a la voluntad de ese pueblo, cuyos hombres públicos ya no vacilaban entre la federación, el bolivarismo o su contacto con el Perú, hallándose decididos por la independencia. Si tal deseo de incorporar Guayaquil no pasó por la mente de La Mar, hay que admitir, al menos con los razonamientos fríos y desprovistos de acaloramiento que vienen a la mente cien años después de los sucesos, que fue sensible que un cúmulo de circunstancias desfavorables, pero ninguna de ellas con gravedad para la guerra, hubieran provocado el rompimiento que se verificó el año citado.

Indudablemente que nada de esto hubiera ocurrido si Santa Cruz hubiera tomado el mando supremo que se confirió a La Mar. Orientado hacia el Sur, donde estaba su patria, y no hacia el Norte, donde estaba Cuenca, la ciudad en que nació La Mar, y siendo amigo de Bolívar, amistad que con lealtad conservó hasta la muerte del Libertador, Santa Cruz, en la presidencia del Perú en 1827, en todo hubiera pensado menos en declarar la guerra a Colombia. Si su único propósito era el unir el Perú con Bolivia, ¿cómo es posible suponer que hubiera escuchado las recriminaciones de los liberales?

Libre Santa Cruz del estado de ánimo que provocó en La Mar y los suyos el rompimiento con Colombia, todos sus esfuerzos hubiéranse concentrado, siendo presidente del Perú, en unir los pueblos que Bolívar separó. Más peruano que   -234-   boliviano, aludiendo a la hegemonía que ya germinaba en su mente en los tiempos en que era presidente del Consejo de Gobierno, en sus documentos oficiales daba a Bolivia el nombre de Provincias Altas. Ningún prócer americano en los tiempos en que La Mar gobernaba el Perú tuvo las condiciones que reunió Santa Cruz para realizar la obra unitaria que su talento ideó. Firme, de mucho carácter, poseyendo todas las cualidades que acompañan al gran político, al guerrero audaz y al ambicioso caudillo, en nombre de la fraternidad y evocando las tradiciones coloniales hubiera puesto en evidencia a peruanos y bolivianos la necesidad de formar una sola nación sobre la base de la estricta igualdad política.

No solamente había en Santa Cruz las cualidades de prestigio que se necesitan para la obra de unión, sino que a su propósito, si en esos días de 1828 lo hubiera puesto en práctica, hubiéranse unido circunstancias favorables que nunca volvieron a presentarse. Por esos tiempos, la nacionalidad boliviana estaba por constituirse; gobierno propio no existía, tampoco tropas, y en forma perfectamente definida nada se había hecho. Sucre y sus colombianos eran dueños del país.

En su anhelo de unir ambos pueblos, Santa Cruz, como presidente del Perú y con su doble prestigio de boliviano y jefe de la nación peruana, habría convencido a sus conciudadanos (los bolivianos) de la necesidad de restablecer los límites del antiguo Virreinato. Posiblemente los hubiera convencido también de lo provechoso que era para borrar fronteras y evitar divisiones, adoptar la forma unitaria con igualdad de derechos y deberes políticos.

Así como en los cuerpos simples minerales es el estado naciente el más favorable para las reacciones y las amalgamaciones, así, también los pueblos del Perú y Bolivia en ningún   -235-   tiempo de su vida pública en todo el siglo XIX estuvieron en mejores condiciones de unión que en aquel que siguió a la época en que las tropas colombianas evacuaron sus territorios. Pudo esta circunstancia haber estado unida a otra de más fuerza, la de estar la presidencia del Perú en manos de un boliviano, el que, no siendo extranjero en Bolivia, tenía el derecho de ser creído por sus conciudadanos.

Otra cosa que no pudo hacer La Mar por la intransigencia de sus partidarios, fue el haber inaugurado su gobierno con una ley de amnistía. Habiendo estado Santa Cruz en buenas relaciones con los persas, por haber gobernado con ellos, y también con los liberales, por haber favorecido la reunión del Congreso y la libre elección, su primer paso como gobernante hubiera sido poner los medios adecuados para conseguir la reconciliación de los peruanos, o sea buscar los medios de gobernar con todos.

El Congreso del año de 1827, por cincuenta y ocho votos, confirmó la elección popular hecha a favor de La Mar. Santa Cruz sólo obtuvo veintisiete. La República le dio las gracias por su buen gobierno y por la convocatoria a elecciones. Deseando los liberales verle lejos, consiguieron que La Mar le enviara de ministro a Chile y a la Argentina. Elegido presidente provisional de Bolivia a la caída de Sucre y a la expulsión de las tropas colombianas, presentó al Perú la renuncia de su misión diplomática, dejó Santiago y regresó a La Paz.

Una sucinta relación de lo acontecido en el Perú durante el primer año del gobierno de La Mar la encontramos en los acápites que a continuación copiamos de la Historia del Perú, de Vargas.

Informado La Mar de su nombramiento se embarcó en Guayaquil, dejando en orden la administración, pero sospechando el ruidoso recibimiento que se le haría en Lima, ofensivo a su modestia, le ordenó al capitán que le dejara en Chancay. Le recibió   -236-   la comisión presidida por Luna Pizarro que había nombrado el congreso, compuesta de Tellería, Aparicio, Moscoso, Bermúdez, Figuerola y Pacheco, y el domingo 19 de agosto, a las 7 de la noche, entró en Lima.

Aunque no se le recibió con la pompa y solemnidad empleada con los caudillos anteriores, las fiestas y regocijos del hogar reemplazaron a las manifestaciones populares. Hombre bueno, honesto, religioso, ilustrado, de finos modales, se le quería, se le idolatraba, y cuando pasaba por la calle los padres de familia lo mostraban a sus hijos como el tipo del caballero. Cierto aire de tristeza que se traslucía en él desde la pérdida de su esposa, hermana de don Vicente Rocafuerte, le hacía más atrayente por la simpatía que inspiraba.

La Mar había venido muy disgustado de Guayaquil. Sus amigos más adictos le habían abandonado: otros, entusiastas al principio, comenzaron a vacilar; muchos de los partidarios optaron por la indiferencia, y entre los independientes, bolivaristas y federales, no era posible conocer a punto fijo la opinión del país.

La presidencia del Perú le hizo concebir el proyecto de anexarle Guayaquil; pero siendo el Ecuador parte integrante de Colombia, Bolívar no se dejaría quitar por uno de sus subalternos la base de su grandeza sin derramamiento de sangre.

Además, mientras Bolivia estuviera en mano de los colombianos, el plan era irrealizable. Era menester armarse hasta los dientes antes de ponerlo en ejecución; y, no obstante haber encontrado La Mar empeñada la aduana, vacíos los arsenales, el parque sin útiles y una deuda de medio millón de pesos, en cinco meses, sin desatender al pago de la lista civil y del congreso, compró armamentos, vestido y equipo para 12000 hombres; creó dos divisiones, la del Sur de 5000 infantes y 800 caballos, y la del Norte de 4000, la mayor parte en la frontera, y además estuvo en condición de socorrer a ésta con 10000 pesos mensuales. Véase lo que son las finanzas en manos de la honradez.

Desgraciadamente el Perú no estaba unido. Viles intrigas para apoderarse del mando, y de las que daremos cuenta más tarde, trajeron la incertidumbre y el desorden, por lo que era menester unificar las opiniones antes de lanzarse por el Sur y por el Norte contra el gobierno de Bogotá.

El decreto expedido por éste relegando al olvido todo lo pasado desde el 27 de abril de 1827, no era para inspirar confianza al gobierno del Perú, porque los actos de Flores, de Peres y Obando estaban muy lejos de corresponder a esa prudente determinación.

  -237-  

En Lima encontró La Mar un terreno preparado para la lucha.

Bolívar nos tenía agraviados con la mala opinión que se había formado de nuestro carácter y de nuestro modo de ser. Sus injusticias públicas, sus preferencias para los venezolanos, postergando a los nuestros y también a los colombianos, obligó al congreso a ordenar que se pagara a los vencedores insolutos, y que se ascendiera a los postergados (1828. Enero 24). Su deseo vehemente de dominar, puesto en evidencia con la constitución vitalicia; el crimen de haber dividido al Perú por celos internacionales; crearon de Tarija a Tumbes una atmósfera propicia para desbaratar fácilmente las obras del absolutismo.

Encabezaban la oposición a Bolívar dos hombres notables, el doctor Manuel Lorenzo Vidaurre y el doctor José María Pando, cuyos escritos en la prensa eran leídos con avidez y reproducidos en Chile, Caracas y Buenos Aires.

El estado violento en que se encontraban los ánimos, fue exacerbado por la prensa tanto del Perú como de Colombia; y así mientras El Garrote, órgano del General Flores, nos aplicaba tremendas palizas, El Peruano se las propinaba a Bolívar y a su patria no menos contundentes.

A la expulsión de Armero, siguió en Piura la de los señores Valencia, Zorro y Alzuri, por sus continuas reyertas con los vecinos y autoridades.

Contribuyó también a indisponer los ánimos, el hecho de que en la Pascua de Resurrección la efigie de Bolívar fue quemada por el populacho con gran algazara en la plaza mayor de Tacna, y la de Sucre en la de Arequipa. Trujillo pidió y obtuvo que se le permitiera usar su nombre antiguo, quitándole el de ciudad Bolívar.

Colombia por su parte propuso a Bolívar una Alianza defensiva (Nov. 1827), y el congreso del Perú expidió dos leyes que acabaron de poner término a las buenas relaciones. Se ordenó al ejecutivo que reclamase los soldados peruanos enrolados en el ejército colombiano; y habiendo dicho Luna Pizarro, en sesión secreta, que no era posible tratar con un estado regido por un extranjero, se dispuso no entrar en relaciones con Bolivia hasta que no tuviera un gobierno propio e hiciera retirar a las tropas colombianas (Nov. 3).

El doctor Mariano Serrano, ministro de Bolivia que había reemplazado al doctor José María Mendizábal, contestó que los auxiliares saldrían en breve de su país, y que éste se había organizado libre y espontáneamente sin coacción externa. Días después, considerando injuriosa la resolución del congreso, pidió sus pasaportes.

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Dos revueltas intestinas y algunos procesos y denuncias, distrajeron por el momento la atención del gobierno.

En 23 de abril de 1828, Huavique intentó sublevar al batallón Granaderos N.º 8 que mandaba Allende y proclamar a Gamarra. Al frente de la segunda compañía se encaminó a prender al sargento Mayor Salaverry, y éste, que era un león, sin arredrarse por el número, le acometió espada en mano, le hirió gravemente, y le puso en fuga. Gran parte de la tropa se dispersó. Huavique murió de la herida recibida y su cadáver fue expuesto en hospital de Santa Ana. Los principales conjurados fueron los tenientes Alzamora y Andrade, y los sargentos primeros Merino, Pellón, Pastrana y Polo. Estos dos últimos, condenados a muerte, fueron indultados.

En 28 de mayo debió estallar otra con el mismo objeto encabezada por don Bernardo Codecido: estaban comprometidos Soyer, Raulet, Miguel Delgado, Escobedo y el Coronel Larenas que mandaba la artillería. Debía tomarse la fortaleza del Callao y echar a pique la fragata Prueba.

El plan era organizar un ministerio con Lavalle de hacienda, Pío Tristán de guerra y marina, y Pardo de gobierno. La Mar visitó los cuarteles: llenó Lima de patrullas; mandó a Escobedo a Arequipa, y quedó restablecido el orden.

Por esta época, Gamarra, Santa Cruz y La Fuente que hacía tiempo habían concebido la idea de apoyarse recíprocamente para asumir el mando y transmitírselo por su orden, se coligaron ahora más estrechamente para destruir al elegido, sin pararse en medios, no obstante que los peligros internacionales del Sur y Norte imponían al patriotismo la unificación del país.

El año 28 le escribía el General Heres a Bolívar las frases siguientes que pasman por su exactitud: «Santa Cruz, Gamarra y La Fuente son opuestos a La Mar: jamás obrarán de buena fe a sus órdenes, y aunque rivales entre sí, se unirán siempre contra él».

La Mar sabía todo esto: él los conocía pero no perfectamente: su bondad le impedía imaginarse que, por la ambición de mandar, estuvieran dispuestos hasta sacrificar su patria. Si lo hubiera sospechado, no sólo les hubiera dejado el puesto, sino que hubiera cogido un rifle para servir a sus órdenes.

Luna Pizarro y otros aconsejaron a La Mar que le pidiera a Gamarra dos o tres mil hombres para debilitarlo. Gamarra que no quería romper todavía, vio el peligro de la negativa, y para evitarla, destacó un expreso con encargo de decirle al enviado, donde lo encontrase, que si daba un solo paso adelante se le fusilaría.

Los actos de La Fuente en Arequipa también tendían a desconocer al nuevo mandatario, y de acuerdo con el Doctor   -239-   Benito Lazo, a la sazón en Puno, trabajó activamente para agregar ambos departamentos a Bolivia, esperando que se le pusiera al frente del territorio anexado. Ya sea que la llegada de Estenós, mandado por La Mar, le recordase el peligro, o que la próxima guerra con Bolivia, que es lo más probable, le hicieran cambiar de planes, lo cierto es que, como Gamarra, tuvo que someterse y obedecer al gobierno de Lima.

El otro caudillo Santa Cruz, era mirado de reojo en Lima y con resentimiento en su patria. Más peruano que boliviano, hubiera preferido un ministerio en la primera que la presidencia de la segunda. En los actos y documentos oficiales llamaba a ésta las Provincias Altas, aludiendo a la hegemonía que ya germinaba en su mente y que reveló su genio administrativo después.

Sus amigos referían que protestaba contra la elección de La Mar, y que fue el que reveló al país las intrigas de Luna Pizarro para hacer a éste presidente.

Disgustado, pero siempre deseoso de mandar, pasó a Bolivia, y aquí trató de sublevar el batallón N.º 1 que mandaba el Comandante peruano Gómez. Descubierta la trama tuvo que fugar y regresó a Lima.

En Lima le ofrecieron las legaciones en Chile y Buenos Aires, que aceptó, dándose a la vela en la goleta Arequipeña para Valparaíso, al que llegó 20 días después. Antes de partir le escribió a La Fuente diciéndole, que él conocía cuál era la mente del gobierno al alejarle: que en Lima no aguantaban sino al que apoyara a éste; que pronto harían otro tanto con él y con Gamarra, con el que le aconsejaba no tuviera el menor disgusto.

Estas ambiciones eran tan añejas, que desde muy antes, el General Córdova, hablando de Santa Cruz y Gamarra, solía decir: estos hombres, no encontrando compadres ¿con quién han de bailar?

El triunvirato había dispuesto de los destinos del Perú y Bolivia; si en ésta se abrió la vida independiente con un asesinato atroz, en el Perú se apeló al engaño, a la traición y al ostracismo.






III

Un hecho culminante, adverso a la paz y a la prosperidad de la República, caracterizó el corto gobierno del presidente La Mar. Fue éste la guerra con Colombia. Tuvo ella su origen en el desaire que se infirió a Bolívar en la época   -240-   en que pretendió la dictadura vitalicia. La sublevación de Bustamante, general en jefe de las tropas colombianas en el Perú, fue atribuida a los peruanos, y como éstos, en realidad tomaron parte principal en dicho movimiento, y, lo que fue más grave, obligaron a Sucre a salir con sus tropas de Bolivia, el encono del Libertador contra La Mar fue manifiesto.

Asunto muy complicado para el Perú y en especial para La Mar que lo gobernaba, fue la situación en que quedó después de la batalla de Ayacucho la antigua Audiencia de Charcas. Mientras ella fuera, como efectivamente lo era en ese año, una dependencia de Bogotá, cuyo gobernante recibía instrucciones directamente de Bolívar, y que para el cumplimiento de esas órdenes disponía de tropas colombianas, la independencia y la libertad del Perú estaban a merced del Libertador, que, en cualquier momento y después de aumentar sus tropas en el Altiplano, podía obligarlas a que cruzaran el Desaguadero e invadieran Cuzco y Arequipa. Bolívar nunca renunció a su pretendida presidencia vitalicia. Fue por esto, que, a pesar de la lucha estéril que sostenía en Bogotá para unificar y consolidar su absolutismo en el Ecuador, Nueva Granada y Venezuela, mantuvo guarniciones colombianas en Chuquisaca, y, lo que era más grave para La Mar, a Sucre de Presidente de aquella República. Una intervención franca del Perú en los asuntos de Bolivia hubiera provocado la guerra con Colombia y el simultáneo ataque de sus tropas por el Norte y por el Sur. No debe olvidarse que Sucre se hallaba en La Paz perfectamente preparado para resistir a las tropas peruanas que estaban en Lima, y que Bolívar disponía también de fuerzas en el Sur de Colombia.

Situación tan difícil y peligrosa como la que hemos pintado obligó a La Mar a manejarse con prudencia y a esperar que fuera la misma Bolivia, imitando lo que había pasado en el Perú, la que pidiera la salida de las tropas colombianas. Esta esperanza se convirtió en realidad. Pasado el fervor de la gratitud, los políticos bolivianos se dieron cuenta de que era un teniente de Bolívar quien ejercía la primera autoridad de su país, y que raro era el prefecto o   -241-   empleado público que no era nacido en Venezuela. Un comandante Galindo, venezolano, fue ascendido a general de división; otro de la misma nacionalidad, apellidado Fernández, por recomendación de Bolívar, sin haber estado en Junín ni en Ayacucho, recibió una gratificación de cuarenta mil pesos. Sucedió esto en los mismos días en que el general Blanco con su división se moría de hambre en Tarija. Sucre hacía un excelente gobierno, pero, siendo un subordinado del Libertador, su política carecía de nacionalismo y de independencia. La cancillería de Chuquisaca no tomaba resolución alguna en los asuntos internacionales hasta después de recibir los correos de Caracas y de Bogotá.

Un partido boliviano llamado independiente y que tenía a su frente a Olañeta, propagaba las ideas de Santander entre las tropas colombianas y repartía los numerosos papeles y pasquines que venían de Lima y que redactaban Pando y Vidaurre. El descontento no era contra Sucre, cuya administración era buena, sino contra la política bolivariana, de la que Sucre era ejecutor con el apoyo de las fuerzas colombianas. Este descontento provocó el motín de Chuquisaca y la inmediata intervención de las fuerzas del Perú, que sólo buscaban una buena y razonable oportunidad para cruzar el Desaguadero, y que la encontraron en la prisión de Sucre.

Vargas, en su Historia del Perú, da cuenta del suceso en los términos que hemos extractado de algunos de sus acápites.

Sin despejar la incógnita de Chuquisaca el Perú no era libre.

Santa Cruz y Gamarra simpatizaban con este plan. Boliviano el uno y peruano el otro, ambos deseaban gobernar el Perú, con esta diferencia; que el segundo no aspiraba sino al mando, sin cuidarse del bien del país; al paso que el primero unía al egoísmo la idea de conseguir su grandeza.

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Ambos querían unificar al Perú y Bolivia, ligándolos con estrechos vínculos de conveniencia y afecto, pero mientras Santa Cruz se proponía formar una nación con estricta igualdad política, Gamarra ponía en la obra cierta superioridad, o mejor diré, invocaba la primogenitura; aquel evocaba las tradiciones coloniales y recuerdos de familia, y éste la imponía para satisfacer celos políticos: el primero hablaba a los pueblos en nombre de la fraternidad; y el segundo con la arrogancia del que pide lo que es suyo; y al paso que el boliviano se apoyaba en grandes razones de estado, nuestro compatriota opinaba que se debía ir hasta emplear la fuerza.

Sucre, entretanto, veía venir tranquilo la tormenta que se preparaba. Conocía a fondo los planes del congreso y de nuestros hombres políticos, y aunque estimaba la noble aspiración de Santa Cruz y despreciaba el egoísmo de Gamarra, sabía que las pretensiones de ambos eran tragarse a Bolivia.

Pero la dolencia no era externa sino intestina: el rayo no partiría de Lima sino que estallaría en Chuquisaca; y no se trataba tanto de que los nuestros intentaran apoderarse de Bolivia, como de que los bolivianos querían disponer y adjudicarse los mejores puestos de la administración.

Como ya hemos sugerido, estos planes no se hubieran podido llevar a cabo sin el apoyo de los principales hombres de Bolivia, estimulados a ello no sólo por propia conveniencia, sino también por el deseo noble de ver a su patria libre e independiente.

Error grave de Sucre fue prestarse a servir las ideas dominadoras de Bolívar, y el no comprender que era más glorioso y augusto ser padre de un pueblo que teniente de un libertador. La gratitud vino a empañar los laureles del valor: por acrecentar el poderío del jefe, aceptó sin vacilar el papel nada grato de ser instrumento del absolutismo.

Tamaña debilidad debía pagarla primero con un brazo y después con la vida.

Gamarra en Puno, al frente de un ejército aguerrido y bien disciplinado, era árbitro de los destinos de Bolivia, con el apoyo que le prestarían los mismos bolivianos.

Creyendo Sucre que Gamarra procedía de acuerdo con su gobierno, cuya última nota exigía el retiro de las tropas colombianas, le llamó a una conferencia al Desaguadero, a principios de marzo, y allí le mostró las notas de Bolívar, en las que pedía que se las remitiera. También le enseñó la del 12 de septiembre del mismo año, en la que le aconsejaba que mantuviera buenas relaciones con los estados limítrofes. En vista de estos documentos, Gamarra aparentó sorprenderse; no dejó traslucir que   -243-   procedía por cuenta propia; sostuvo por el contrario que el gobierno de Lima le engañaba, o no tenía conocimiento de las verdaderas miras del Libertador; afirmó que la reunión de tropas en Puno no era con el propósito de invadir Bolivia, y celebró un arreglo en mayo 5, por el que se comprometía a retirarlas escalanándolas de Puno a Cuzco.

Estas promesas no llegaron a engañar a Sucre. Sabía con quién trataba, y no desconocía la difícil situación en que le había colocado su condescendencia.

Efectivamente, pronto principiaron las recriminaciones. Gamarra se quejó de que se estuviese reclutando tropas, mientras él retiraba las suyas a Lampa y Pucará, nueve leguas más al norte. Conminó a Sucre a que licenciara a los conscriptos, y que en caso de no hacerlo tendría por roto el pacto celebrado.

El viernes 18 de abril a las seis de la mañana, el médico español Luna informó a Sucre, que se hallaba en Chuquisaca, que se había sublevado el cuartel de la Guardia. Sucre mandó al Coronel José Escolástico Andrade, mientras se vestía, y poco después, acompañado de sus ayudantes, del ministro Infante y del bravo Comandante colombiano. Escalona, se encaminó al cuartel, encontrando al paso a Andrade que había sido recibido a balazos.

El motín no era para él una novedad: días antes le denunciaron el día y hora en que se verificaría; pero no se había atrevido a sorprender a los conjurados y prenderlos, por no faltar al art. 147 de la Constitución que declaraba que el domicilio era inviolable, y que no se podía entrar en él sin orden escrita de la autoridad competente.

Al estrépito de los disparos se enardeció, y aplicando las espuelas al caballo entró a escape en el cuartel seguido de Escalona, el que al pasar la puerta atravesó con su lanza al centinela de la guardia.

Aún no había concluido Sucre la frase, «Granaderos, ¿qué hay? ¿qué queréis?», cuando tres descargas cerradas de orden del oficial argentino Cainzo, le hirieron en la frente y en el brazo derecho, al mismo tiempo que sentía no poder mover el izquierdo el valiente Escalona. El caballo que montaba Sucre se encabritó al recibir un balazo, y no pudiendo manejarle con brazo firme, el animal dio media vuelta y se lanzó a escape por las calles hasta la caballeriza de palacio, donde habría partido al jinete al pasar la pequeña puerta de entrada, si uno de los asistentes no lo hubiese desviado, con presteza oportuna, tomándolo de la rienda.

Llevado Sucre al lecho y reconocido, se vio que tenía roto el brazo y una herida en la cabeza pero sin lesión mortal.

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La ciudad se llenó de consternación. El pueblo amaba a Sucre, y los hombres de bien habían llegado a apreciar lo que valía su política franca y su honrada administración.

La revolución no era popular; los cabecillas querían ejercer el poder; las sugestiones de Gamarra y Santa Cruz halagaban a los ambiciosos, y se buscaba en la caserna lo que no se hubiera podido conseguir en las urnas electorales. La alta clase de Chuquisaca, pasó a verle.

Entretanto, Infante quiso llamar a las tropas colombianas que estaban en La Paz. Sucre se opuso, alegando que ellas no podían mezclarse en luchas intestinas, y que para sofocar la presente bastaba con las que tenía el General López en Potosí, a quien había mandado llamar. Más tarde el mismo ministro le escribió a Bolívar, por tres veces, que atacara al Perú por el Norte, según carta de junio 2 a Urdaninea que se descubrió después.

Para asegurar el éxito de la revuelta, los motinistas quisieron llevarse a Sucre al cuartel, pero éste les contestó con entereza que podían fusilarlo, pero que sólo muerto le sacarían de Palacio. Entonces se limitaron a ponerle un centinela de vista, dejándole al cuidado de los practicantes de medicina.

En la noche, los ministros y edecanes de Sucre fueron detenidos; y al día siguiente se convocó al pueblo y se eligió de presidente provisional de la república a don José Antonio Acebey hasta que se reuniera el congreso.

Al saber Gamarra el motín de Chuquisaca, dirigió un oficio a Sucre (Zepita 30 Ab.), ofreciéndole sus fuerzas para conservar el orden; le invitaba a una reconciliación nacional con la garantía de las tropas peruanas; le protestaba que el Perú no consentiría jamás que se atentara contra la vida del vencedor de Ayacucho, y que venía a interponerse entre la víctima y sus asesinos.

Si la oferta hubiese sido sincera, ella habría bastado para darle una reputación histórica superior a sus otros hechos militares, pero este alarde de generosidad no se acordaba con sus incitaciones a los motinistas para botar a Sucre y librar a Bolivia de los colombianos.

Sucre le contestó algunos días después (Mayo 10), agradeciéndole la cortesía, pero rechazó de plano el auxilio. No era hombre a quien se pudiera engañar. Con el talento no hay más recurso que la franqueza y la sinceridad.

«Se trata, le decía en la respuesta, de una revolución intestina y para sofocarla tengo fuerzas suficientes, pero prefiero entregar el cuello a la cuchilla de mis asesinos, antes que convenir que quede sancionado en América el principio de intervención».

  -245-  

Con arreglo a la constitución, Sucre entregó el mando al Consejo de Ministros, y en ausencia del vicepresidente, tuvo que encargarse de él, el presidente del Consejo, General D. José María Pérez Urdaninea, quedando el país dividido en dos bandos opuestos.

El primero de mayo, sin esperar respuesta, Gamarra cruzó el Desaguadero a la cabeza de 5000 hombres, siendo Jefe de Estado mayor el General Aparicio, a quien dejó guardando el paso del río.



Teniendo Gamarra un pretexto para inmiscuirse en los asuntos de Bolivia, publicó una proclama que encontró eco. En ella criticó la política del Libertador e hizo la indicación de que el Alto y el Bajo Perú debían formar una nación. Habiendo en esos días de abril del año 1827, dos presidentes en Bolivia, uno de ellos, el doctor Acebey, elegido por los insurrectos de Chuquisaca, le autorizó para cruzar el Desaguadero. Urdaninea, que por estar herido Sucre le sustituía en sus funciones públicas, observó con Gamarra una política vacilante. Debido a ella sus pasos fueron inciertos y sin objeto definido sus avances y retiradas ante el ejército peruano, movimientos que más tarde provocaron el reproche de Sucre en su mensaje al Congreso de Chuquisaca.

En Mayo, Urdaninea, sabiendo que el general Blanco y otros bolivianos estaban al habla y en buenos términos con Gamarra, reunió una junta de guerra en Oruro. Se resolvió en ella enviar al general López contra Blanco, que estaba en Chichas, y dejar libre el camino del invasor. Posteriormente, habiendo abandonado los bolivianos fieles a Sucre la ciudad de Oruro, ésta fue ocupada por Gamarra, quien más tarde entró también en Potosí y Chuquisaca. Los habitantes de las tres ciudades le recibieron con los honores de un libertador. Al aproximarse Blanco a Chuquisaca, mandó un piquete de sus tropas a Nucho para que aprehendieran a Sucre, que se hallaba convaleciente en dicho lugar. Gamarra   -246-   le hizo poner en libertad y el Gran Mariscal se retiró a Mojotoro.

Con la ocupación de Cochabamba por las fuerzas del general Cerdeña, que estaba a órdenes de Gamarra, toda Bolivia con excepción de Santa Cruz y Tarija quedó dominada por las fuerzas peruanas.

Viendo Sucre que la opinión del país estaba pronunciada por la salida de las tropas colombianas, y que toda resistencia era inútil, insinuó la conveniencia de entablar negociaciones entre Gamarra y Urdaninea. Insinuación tan patriótica encontró eco en la voluntad de ambos jefes, quienes enviaron sus representantes a Piquiza, en donde, el 7 de marzo de 1828, se canjearon las ratificaciones del tratado firmado en días anteriores y que lleva el susodicho nombre de Piquiza. En él se convino la salida de las tropas colombianas por el puerto de Arica, en transportes que proporcionaría el gobierno del Perú, debiendo Bolivia pagar los gastos del viaje.

En cumplimiento del tratado de Piquiza -dice Vargas en su historia citada- se convocó para el 1.º de agosto el congreso constituyente, no obstante haber caducado los poderes de los representantes, quedando sin efecto la convocatoria extraordinaria del congreso constitucional, hecha por el Consejo de Gobierno ante el cual había resignado Sucre la presidencia.

Antes de la instalación del congreso, para disipar la menor idea de coacción, Gamarra hizo contramarchar al General Cerdeña con su división a La Paz, la cual se componía de los batallones Pichincha, Callao, Zepita y los escuadrones Húsares de Junín y Dragones de Arequipa. Cerdeña restableció la paz entre los partidos que dividían la ciudad, uno que quería reponer a Loayza en la prefectura, y otro que sostenía a Alquiza puesto por Brown.

Urdaninea dirigió una proclama a sus compatriotas y otra al ejército, en las que los felicitaba por la emancipación y por haber llegado a conseguir patria en su propia patria. Prometió publicar un manifiesto para acreditar que el tratado de Piquiza había sido firmado a fin de evitar a Bolivia pérdidas de vida e inútiles derramamientos de sangre.

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Sucre a fines de julio se presentó en Chuquisaca, resuelto a leer personalmente su mensaje ante el congreso.

Llegado el día designado para la instalación no hubo quorum, sin embargo de estar en Chuquisaca casi todos los representantes, y al día siguiente sucedió lo mismo; y como no faltaron gritos ni agrupaciones tumultuosas en las que se pedía su cabeza, Sucre comprendió que se trataba de una intriga infame, y que sólo se esperaba su salida para que la augusta ceremonia tuviera lugar. Al partir, le encargó a Calvimonte la lectura de su mensaje, y dejó tres pliegos que contenían su renuncia, la organización del gobierno y la propuesta que debía hacer para la vicepresidencia de la república.

El 2 de agosto en la tarde, por calles extraviadas, para no llamar la atención, tres horas antes de la entrada de Gamarra, salió de Chuquisaca seguido de numerosa comitiva que le acompañó muy lejos de la ciudad. El 25 llegó a Cobija y en la fragata inglesa Porcupine se embarcó para el Callao el 4 de septiembre, con los Tenientes coroneles Estanislao Andrade, Juan Antonio Azaldeburo, el capitán José Valero y el capitán cirujano Santiago Zavala.

«Llevo, dijo, al partir, la señal de la ingratitud de los hombres en un brazo roto, cuando hasta en la guerra de la independencia pude salir sano».

Gamarra ascendido a Gran Mariscal por el tratado de Piquiza, remitió 10000 pesos a Brown para que salieran las tropas, encargó al General Aparicio que vigilara su marcha, y el 27 y 28 de julio partieron de La Paz para Arica, por la ruta de Tacora, los escuadrones Dragones y Húsares de Colombia. El Mayor Zubiaga fue mandado de Oruro con anticipación para buscar y preparar trasportes que los condujeran a su patria.

En 3 de septiembre se despidió Gamarra del Ministro de Relaciones Exteriores, y el 8 declaró que Bolivia era libre para constituirse y que la Asamblea nacional quedaba encargada de regir sus destinos. En seguida dictó las disposiciones necesarias para que el ejército peruano siguiendo la ruta designada en el tratado, cruzara el Desaguadero.

El regocijo que produjo esta declaración es indescriptible. Chuquisaca se vistió de gala; los bailes y banquetes se sucedieron sin cesar, y cuando Gamarra cruzaba por las calles el pueblo no se cansaba de vivarle, ni las bellas de arrojarle flores de los balcones. La independencia de Bolivia era una realidad.

Gamarra y su ejército se pusieron en marcha para su patria, y llegó a Arequipa el 17 de octubre, donde fue recibido en palmas por el pueblo y las autoridades, movidos y estimulados   -248-   por el prefecto La Fuente, y también por el entusiasmo que siempre despiertan los hechos militares.

La falta de apoyo del gobierno del Perú, y no la altivez del General Velasco, como dicen con jactancia los historiadores bolivianos, fue la que obligó a Gamarra a salir de Bolivia, pues este país no estaba en condiciones de resistir a un vecino poderoso, que ya había llegado a introducir un ejército aguerrido y bien armado en el corazón del estado.

Es indudable, que Bolivia no estaba en condiciones de constituirse por sí misma sin el auxilio de una invasión extranjera, pues el gobierno de Sucre sólidamente establecido, contaba con las simpatías que éste célebre adalid había logrado conquistarse tanto en el bajo pueblo como en la alta sociedad.

Los historiadores bolivianos que opinan que Gamarra tuvo que salir de ese país, una vez instalado el congreso, temeroso de ofender la soberbia y altivez del General Velasco, merecen el simple título de romanceros.

Es un hecho evidente que si Bolívar separó a Bolivia del yugo español, fue el general peruano el que la arrancó de su mano férrea para que se constituyera independiente y libre.

El Perú se complació en la empresa, porque mientras los colombianos no salieran de la república vecina podía el Libertador volver a dominarlo.

En definitiva, para concluir sobre este punto tan importante, así como la América Meridional no fue verdaderamente libre sino después de Ayacucho, pues caso de haberla perdido no se podría calcular cuántos años más hubiéramos gemido bajo la España, de la misma manera sin la rebelión de Gamarra, contra lo dispuesto en Lima, ni Bolivia sería libre, ni el Perú se hubiera sacudido del despotismo del Libertador.






IV

El enojo del Libertador, ya bastante intenso por causa de la insurrección de Bustamante y el rechazo de la constitución vitalicia, llegó a su colmo cuando supo que Gamarra había invadido Bolivia. Todo esto, unido a las aspiraciones de La Mar, que deseaba libertar a Loja, Cuenca y Guayaquil del absolutismo de Bogotá y que mantenía relaciones con los generales colombianos Obando y López para convulsionar el Ecuador, produjo la guerra con Colombia. Bolívar,   -249-   no solamente imputó al Perú la acción de haberle insurreccionado sus tropas en Lima, sino también el hecho no comprobado de remitir a los sublevados a Colombia sin su previo consentimiento, a decir de él, con el propósito de subvertir el orden público en Nueva Granada. Acontecimientos tan desagradables como fatales, que principiaron a desvanecer en Bolívar el ensueño de su dominación continental, exaltaron los ánimos en Lima y en Bogotá, habiendo sido la prensa en esos lugares la que más acreció el encono.

La Mar, que, desde antes de que Gamarra invadiera Bolivia, vio con seguridad que la guerra era inevitable, tuvo el buen juicio de prepararse para ella; y desde que subió al poder puso al ejército y a la escuadra en condiciones de invadir el Ecuador y de bloquear la costa occidental de Colombia.

Bajo su responsabilidad -dice Vargas en su historia citada-, La Mar suspendió los artículos constitucionales que impedían levantar las contribuciones, y ordenó a los prefectos que, por medio de erogaciones voluntarias o empréstitos forzosos, le remitieran fondos para sostener al ejército.

Como medida de hostilidad, prohibió que se introdujeran las harinas del norte, y desde entonces nos habituamos a buscar el trigo únicamente en los puertos de Chile.

Ya hemos dado cuenta de la fuerza del ejército: pasemos a hablar de la escuadra. La fragata Presidente (antes Prueba) fue reparada y armada en guerra por suscripción particular. Poco después se alistó la corbeta velera General Salom, propia para establecer bloqueos y capturar presas. Teníamos además la corbeta Libertad, el bergantín Congreso, las goletas Macedonia, Arequipeña, Peruviana, Ayacucho y la Quintanilla de 6 cañones.

Con estos elementos, la pericia de los jefes, el denuedo de las tropas, un erario no escaso y la justicia de la causa, el entusiasmo no conoció límites, y todos los ciudadanos se presentaron voluntariamente a tomar las armas sin tener el gobierno que apelar al reclutamiento.

Aparte los esfuerzos particulares de que ya he dado cuenta para engrosar el ejército, la provincia de Chota se levantó en masa, distinguiéndose el Coronel José Gabriel Velarde   -250-   y el Comandante D. Juan Felipe Gálvez del escuadrón que levantaron en el pueblo de Llama, el cual equiparon y proveyeron de lanzas con su propio peculio.

Este ejemplo laudable y las erogaciones voluntarias de los pueblos y ciudades, pusieron al Perú en condiciones de inspirarle respeto no digo a Colombia, sino a cualquiera de los otros estados de este continente.

Ese entusiasmo viril y el amor por el redentor faltaban en Colombia. La impopularidad de la guerra era general. Se la miraba como una nueva imposición del despotismo, y los liberales decían a voz en grito que el dinero y la sangre del pueblo tenían que derramarse a torrentes por las pasiones privadas de su primer mandatario. Sin ciertas citas históricas este juicio parecería exagerado.

Poco después de haber regresado de Bolivia, Sucre le escribe a Bolívar, que la guerra con el Perú es contra el gusto de todos. Al día siguiente le escribió al General O'Leary de Quito: «El sur de Colombia no podría soportar la guerra del Perú»: y más convincente que todo esto, es, que después de Tarqui, concluida la campaña, y, según él, obtenido el triunfo, le anunció a Bolívar del cuartel general, marzo 15, «que todo el país de Loja se había pronunciado con descaro contra él y los colombianos».

Fíjese el lector en que ni el éxito, ni el buen nombre de Sucre, ni la simpatía general que a todos inspiraba, habían podido hacer la guerra popular.

El general Mosquera le escribe a Bolívar: «La guerra con el Perú tiene enemigos en Nueva Granada y es desaprobada en todo el Ecuador» y más tarde (28 mar 1829) «El General Córdova cree que en ningún caso debemos hacer guerra al Perú».

El mismo Libertador en carta a Mosquera le confiesa que la ocupación de Bolívar le había exasperado, y que era positivo que en Colombia no había entusiasmo para entrar en guerra con el Perú.

Fuertes lazos de familia ligaban a ambas naciones, y los triunfos que pudiera obtener uno de los beligerantes, tenían que cubrir de luto muchos hogares del vencedor.

Para el mismo La Mar era doloroso tener que oprimir a sus comprovincianos y tener que invadir con un poderoso ejército su patria. Él no ignoraba que a la sola noticia de la guerra, toda la provincia de Loja y los departamentos meridionales, que servirían de teatro de las operaciones se habían llenado de terror y consternación.

Tampoco era favorable la situación de Colombia, políticamente hablando, para sostener una guerra externa con una nación que podía talar sus costas, que disponía de mayores recursos   -251-   y de un ejército más numeroso. Santander, lejos de apoyar los planes del Libertador, se oponía a ellos con tenacidad; y ya el Dr. Agüero había pedido con loable entereza la separación de Venezuela de Colombia, encontrando en el pueblo y la alta clase social numerosos partidarios.



Hallándose La Mar en posesión de elementos para hacer respetar los derechos del Perú, y en el deseo de satisfacer a Bolívar, para de esta manera hacer imposible la guerra, envió a Colombia, en misión especial, al plenipotenciario José Villa, quien después de un largo viaje llegó a Bogotá el 9 de febrero. Villa había sido secretario de Berindoaga, y por esta circunstancia y otras más fue el hombre que menos condiciones tuvo para calmar la efervescencia de Bolívar. Éste ni siquiera le recibió.

Vargas expone la misión de Villa en los siguientes términos:

En 9 de febrero arribó a Bogotá, y habiéndosele indicado que para abreviar trámites sería conveniente celebrar conferencias privadas hasta que se fijara por Bolívar el día de la recepción oficial, sin darse cuenta del lazo que se le tendía, accedió a la exigencia con ingenuidad deplorable.

Este error, como siempre sucede, trajo otros consigo. Se le habló con cierto aire de superioridad que tuvo que soportar. No habiendo sido aceptado como ministro plenipotenciario, mal podía expresarse con la altivez propia de potencia a potencia, y esta disparidad de estilo en las notas, se hizo más visible cuando Revenga dejó la cartera a don Estanislao Vergara.

Inició las conferencias dando satisfacción por el pronunciamiento de Bustamante, asumiendo de hecho la personería de su patria, y de esta incorrección se prevalió el ministro para presentarle innumerables exigencias que, acogidas, humillarían al Perú, y rechazadas, no sentarían mal precedente contra Colombia por haber sido hechas en una correspondencia sin carácter oficial.

En cuanto al fondo de la discusión, no se puede negar que Villa desbarató los principales cargos que se le presentaron, dejando dilucidado ante la historia este punto capital: que no se trataba de agravios reales hechos a Colombia sino de disgustos y contrariedades del Libertador.

  -252-  

Sobre la prisión del Comandante Machuca dijo Villa, que habiéndose denunciado en Huacho que la goleta Sirena era portadora de un contrabando, se la remitió al Callao, y que al entrar a este puerto, Machuca arrojó unos papeles al mar, sin saberse si éstos justificaban la sospecha del delito imputado, o eran documentos oficiales que comprometían a la cancillería de Colombia.

En la cuestión de los reemplazos no estuvo feliz Villa. Dijo que Riva Agüero había sido un gobierno de circunstancias; que por simple carta a Bolívar había autorizado a Portocarrero; que éste sólo fue mero agente y no ministro diplomático; que hubo falta de requisitos legales, y otros alegatos que Vergara refutó victoriosamente, con el hecho de haber recibido el Perú a los auxiliares, sin que ni la prensa, ni el gobierno, ni el congreso que estaba reunido, hubiesen hecho observación alguna a las condiciones de su remisión, y que a esos auxiliares debía el Perú el bien de estar emancipado.

La causa verdadera la indicó Villa, pero no supo aislarla, sino que la confundió con las demás, motivo por el que no pudo desarrollarla como debiera haciendo resaltar su fuerza abrumadora.

Sobre los límites se dijo que el Perú había rehusado fijarlos: que el año 23 Colombia comisionó con este objeto al General Mosquera: Galdiano y Berindoaga fueron nombrados para tratar con él, y que habiendo alegado el último que era menester buscar los documentos relativos a la erección del obispado de Mainas, se remitió el asunto al congreso que lo dejó dormir indifinidamente.

Villa contestó que el año 23, Colombia había desaprobado el tratado preliminar de límites celebrado por su plenipotenciario, y que habiendo estado Bolívar al frente del Perú y Colombia, él debía culparse a sí mismo de que la cuestión de límites no estuviese arreglada. En esa posición y con el poder omnímodo que ejercía, nada hubiera sido más fácil que someter el asunto al congreso de Panamá, que, inspirándose en el bien de este continente, hubiera trazado la línea divisoria de ambos territorios.

Jamás había dejado el Perú de reconocer la deuda a Colombia. Ésta no había presentado sus cuentas aún, y sin embargo, en 1826, el primero había prometido pagar dos millones de pesos al año siguiente, que no había podido entregar por los conflictos internacionales. El allanamiento del deudor solvente excusa la menor observación.

La expulsión de Armero, la bajada de la bandera de Colombia, los lanzamientos de Piura, la remisión de la tropa de Bustamante, los motines de Bolivia y los otros cargos, los explicó   -253-   Villa, exceptuando el último, que lo negó rotundamente; y en cuanto al tránsito de las tropas colombianas por nuestro territorio, puso de manifiesto la exigencia de retirarlas y de vigilar su marcha, por haber pretendido Sucre segregar a Puno, Cuzco y Arequipa y unirlos a Bolivia, según las cartas que había escrito a los prefectos de estos departamentos y a D. Cristóbal Armero, por lo que se temía que durante la marcha practicaran actos de hostilidad.

Villa sin estar autorizado, y sin darse cuenta que aún no tenía carácter oficial, llevado del deseo de arribar a un avenimiento, propuso que los límites del Perú y Colombia se fijaran por una comisión nombrada por ambos gobiernos que funcionaría en Guayaquil: que los ejércitos se redujeran al pie que tenían en 1827; que este tratado se ratificaría lo más pronto posible; y que una vez ratificado, se daría cumplimiento en el acto a las dos primeras estipulaciones.

Vergara le contestó con el ultimatum siguiente: que en el término de 6 meses devolviera el Perú la provincia de Jaén y parte de la de Mainas; que se pagasen los tres millones 595747 pesos 89 céntimos que se debían a Colombia; que se redujeran las tropas de la frontera al número que tenían en marzo de 1827: que el Perú declarase que estaba dispuesto a dar los reemplazos por los colombianos que habían fallecido en la guerra; que se volviera a recibir a Armero, y que en caso de no accederse a estas exigencias, el gobierno de Colombia creería que el Perú lo hostilizaba y que se proponía dejar la decisión a la suerte de las armas.

Aquí terminaron las gestiones de Villa, que ni siquiera mereció la atención de tener una conferencia privada con Bolívar. En 29 de mayo pidió su pasaporte, y el gobierno se apresuró a concedérselo como si fuera un simple particular, señalándole la ruta de Ibagüe a San Buenaventura; siendo digno de consignarse, que mientras duraron las negociaciones La Gaceta Ministerial de Bogotá se deshizo en insultos y denuestos contra el Perú.

Algún tiempo después Villa publicó una Memoria dando cuenta minuciosa de su misión; y a ella contestó Vergara con una Contramemoria en las que se sientan y rebaten cargos recíprocos.

Uno y otro documento es menester estudiarlos con detención e imparcialidad, pues si por parte del enviado peruano hemos tenido que rechazar algunas réplicas, en la Contramemoria del otro figuran muchas inexactitudes y hay frases y párrafos enteros que revelan acaloramiento. En ambos se emplea un estilo irónico, reticente, satírico y destemplado, más propio para exaltar   -254-   los ánimos que para inducir a las partes a entrar en la vía de la conciliación.

El mal hizo crisis: las plumas se cayeron de las manos: cesaron los razonamientos, y ya no se escuchó sino el estrépito de las armas.



Un mes después de haber salido Villa de Bogotá, o sea el 3 de julio de 1828, Bolívar, que por esa fecha tuvo noticia de la ocupación de Chuquisaca por Gamarra, lanzó la siguiente proclama:

A los pueblos del Sur:

La perfidia del gobierno del Perú ha pasado todos los límites y hollado todos los derechos de sus vecinos de Bolivia y de Colombia. Después de mil ultrajes sufridos con una paciencia heroica, nos hemos visto al fin obligados a repeler la injusticia con la fuerza. Las tropas peruanas se han introducido en el corazón de Bolivia sin previa declaración de guerra y sin causa para ello. Tan abominable conducta nos dice lo que debemos esperar de un gobierno que no conoce ni las leyes de las naciones, ni las de gratitud, ni siquiera el miramiento que se debe a los pueblos amigos y hermanos. Referir el catálogo de los crímenes del gobierno del Perú, sería demasiado, y nuestro sufrimiento no podría escucharlo sin un horrible grito de venganza; pero yo no quiero excitar vuestra indignación, ni avivar vuestras dolorosas heridas. Os convido solamente a armaros contra esos miserables que ya han violado el suelo de nuestra hija, y que intentan aún profanar el seno de la madre de los héroes. Armaos colombianos del Sur. Volad a las fronteras del Perú y esperad allí la hora de la vindicta. Mi presencia entre vosotros, será la señal del combate.



Estos cargos y agravios obligaron al Perú a movilizar sus fuerzas. El 9 de septiembre, el Vicepresidente Salazar y Baquijano decretó el bloqueo de la costa desde Tumbes hasta Panamá, y el 18 del mismo mes La Mar dejó la capital y en Piura se puso al frente de sus tropas. Bolívar, que no estaba preparado para la guerra y que por motivo de los desaires inferidos a Villa había colocado a Colombia en mala situación, ansioso de calmar los ánimos en Bogotá y ganar tiempo, envió a Lima, en misión especial, al general   -255-   O'Leary. Sucedió esto cuando ya las flotas de ambas naciones se habían batido delante de la isla del Muerto, y en momentos en que nada podía detener el curso de los sucesos. Sucre, que llegó al Callao el 10 de septiembre de 1828, en viaje de Cobija a Guayaquil, sin ningún resultado hizo gestiones en favor de la paz. Sus esfuerzos fueron sinceros, convencido como estaba de que la guerra era impopular en Colombia y de ningún provecho para su patria.

La Mar ocupó la provincia de Loja en los últimos días de diciembre (1828), y hallándose al frente de 4000 soldados resolvió no moverse de las posiciones que ocupaba hasta que no se le unieran los 3000 hombres que comandaba el Mariscal Gamarra.

La capitulación de Guayaquil, hecho que ocurrió en enero y que puso la plaza incondicionalmente a órdenes de los jefes peruanos que la bloqueaban, mejoró la situación de los invasores.

Sucre, que sólo contaba con un ejército de 4000 hombres escasos de municiones y que se hallaba en un país pobre y opuesto a la guerra, comprendió, después de la caída de Guayaquil y del bloqueo de la costa colombiana del Pacífico, que únicamente un avenimiento o una sorpresa podían salvarle de la difícil situación en que se encontraba. Por esto, y para ganar tiempo, antes de abrir hostilidades propuso un avenimiento. Fueron sus bases un arreglo de límites por una comisión mixta, la liquidación de la deuda de Colombia dentro de 18 meses, mutuas satisfacciones por las desatenciones en Bogotá y Lima a los ministros Villa y Armero, entrega de europeos para reemplazar a los que el Perú debía al ejército auxiliar colombiano y promesa recíproca de no intervenir en los negocios de Bolivia, cuya independencia y soberanía pactarían respetar. Reconocidas estas bases y firmado el tratado de paz, el ejército peruano debía retirarse a la orilla izquierda   -256-   del río Santa y el de Colombia, al Norte del departamento de Azuay.

La Mar pidió la devolución de los individuos que el Libertador había sacado del Perú después de la batalla de Ayacucho en reemplazo de las bajas del ejército auxiliar, o en su defecto una indemnización pecuniaria por los que faltasen. Pidió también que Colombia pagara los gastos hechos por el Perú para invadir el Sur del Ecuador y que Guayaquil con todo el departamento de su nombre volviera al estado en que se hallaba cuando en 1822 Bolívar lo anexó a Colombia. En los demás puntos no hubo contradicción. Exigencias tan extremas de una y otra parte hicieron difícil el avenimiento solicitado por Sucre.

Siendo imposible la paz las hostilidades volvieron a comenzar, y el 12 de febrero la tercera división peruana fue derrotada en las orillas del río Saraguro, perdiéndose gran parte de los pertrechos de guerra. Ventaja tan manifiesta obtenida por Colombia, puso a Sucre en condición de tomar la ofensiva, la que comenzó el día 26, cuando se movió sobre Oña y Nabón, con el objeto de encontrar a la vanguardia peruana. Este avance detuvo a La Mar en Leula y le obligó a cortar los puentes de Rircay y Ayabamba. Poco después Sucre ocupó la llanura de Tarqui, para observar al enemigo. Más tarde, viendo que éste concentraba sus fuerzas en San Fernando y que amenazaba Girón y Cuenca, retrocedió a Naraucai. Siguiendo el plan de La Mar, la división de vanguardia, comandada por el general Plaza, continuó su marcha sobre el Portete, adonde llegó sin contratiempo.

Impuesto Sucre de la posición desventajosa en que quedaba Plaza, por haber ocupado un sitio inadecuado para mover toda su fuerza, regresó a Tarqui en la noche del 26, y al siguiente día, a las cuatro de la mañana, sorprendió a la vanguardia peruana, cuyas avanzadas fueron vencidas por el escuadrón   -257-   del comandante Cedeño. Plaza desplegó entonces el resto de su división, la que peleó desventajosamente, siendo sus flancos arrollados por las fuerzas de Sucre. En este estado se encontraba la batalla cuando llegó Gamarra, quien en su deseo de cubrir la izquierda con dos compañías del «Callao» a las que ordenó una carga a la bayoneta, fue rechazado también por los colombianos. Ya la tropa de ese costado, el izquierdo, estaba vencida en su valerosa defensa, cuando apareció La Mar con una columna de cazadores y con el resto del ejército que le seguía. Su presencia detuvo el avance de Sucre, que se mantuvo a la defensiva hasta el momento en que recibió el auxilio de la segunda división de su ejército. Renovada la ofensiva colombiana con este valioso contingente, consiguió Sucre arrollar a las fuerzas peruanas que hacían esfuerzos extraordinarios para entrar de lleno en la batalla. La mala disposición de Gamarra produjo el fraccionamiento de sus fuerzas y que sólo una parte de ellas pudiera batirse.

La Mar, que se portó como un héroe, peleando como un simple oficial al frente de la columna de cazadores, se vio obligado a retirarse sobre Girón, en su deseo de reorganizar sus fuerzas y contener el progreso de sus enemigos. Algunos días después, a propuesta de Sucre, firmó una capitulación. A mérito de ella se comprometió a devolver Guayaquil, entregar la corbeta Pichincha y pagar la cantidad de ciento cincuenta mil pesos para cancelar las deudas contraídas por la guerra. En dicho convenio, que se llamó de Girón, se incluyeron también las proposiciones hechas en Saraguro.

La Mar se retiró a Piura y en esa ciudad estableció su cuartel general, dejando en Guayaquil una división. Preparábase para continuar la guerra, teniendo para ello fuerzas, recursos y el apoyo de la opinión, cuando la deslealtad de Gamarra   -258-   cambió la faz de los sucesos. Puesto preso el 7 de junio de 1829, se le deportó a Centro América.

Con anterioridad a este atropello, La Fuente, que tenía a sus órdenes, en la Magdalena (Lima), el comando de la tercera división, el 4 de junio se proclamó Jefe Supremo del Perú.

El usurpador Gamarra, ansioso de hacer la paz para regresar a Lima, entró en tratos con Bolívar. Sin embargo, habiendo reorganizado el ejército y disponiendo en julio de once batallones y cuatro regimientos de caballería, exigió que el tratado de Girón fuera modificado, que se revocaran los decretos injuriosos de Tarqui y que se devolvieran los prisioneros peruanos enrolados en el ejército colombiano. No teniendo el Libertador fuerzas para recuperar Guayaquil ni tampoco recursos para continuar la guerra, y habiendo sabido por su edecán Demerquet, a quien envió a Lima para felicitar a La Fuente, que además de los ejércitos de Piura y Guayaquil existían dos más, uno en Lambayeque, comandado por Raygada, y otro en la capital, a las órdenes de Otero, resolvió hacer la paz sin exigencias ofensivas para el Perú y, por consiguiente, haciendo renuncia de las ventajas que le dio el suceso de Tarqui.

Sobre la base de estos propósitos, en septiembre 22 del mismo año de 1829, el representante de Colombia y Loredo y Larrea, en representación del ya presidente del Perú, Agustín Gamarra, firmaron en Guayaquil un tratado, cuyas principales cláusulas fueron: paz perpetua y amistad entre las altas partes contratantes, reducción de ejércitos, canje de prisioneros, aceptación de los límites que se tenían antes de la independencia y devolución de Guayaquil.

El bergantín Congreso -dice Vargas- trajo a Lima el tratado el 23 de septiembre. Las Cámaras lo ratificaron al cuarto día de haber sido remitido, y el 16 de octubre se publicó por   -259-   bando, al que siguieron tres días de fiestas, repiques, iluminaciones, cañonazos, proclamas y fuegos artificiales.

Ese mismo día (16) salió el bergantín llevando el tratado a Guayaquil.

Para el canje que tuvo lugar el 27 del mismo mes, el Perú autorizó al mismo Larrea, y Colombia al general Flores por impedimento de Gual. Bolívar mandó que se devolviera al Perú la goleta Carmen y el bote Jesús Nazareno que se habían dedicado al contrabando en la costa de Manabí.

La ejecución del tratado exigía la presencia de un plenipotenciario en Lima, y Colombia designó al general Tomás C. Mosquera, que se embarcó con Larrea y Loredo en el bergantín Congreso, que se dio a la vela de Guayaquil para el Callao el 5 de diciembre.

No dejó el gobierno de encomiar de palabra y por la prensa los beneficios de la paz para acreditar sus actos y atenuar sus crímenes políticos, y por su orden, El espíritu decretó 7 días de fiesta del 4 al 10 de noviembre, en los que hubo Te Deum bando, fuegos artificiales, revistas militares, proclamas al Perú y al ejército, seis corridas de toros en la plaza principal, convites privados y oficiales, terminando el regocijo público con un banquete en palacio en conmemoración del cumpleaños del Libertador.

Larrea y Loredo fue declarado Benemérito a la patria en grado heroico y eminente por el congreso. (Nov. 13).



¿No fue una temeridad haber batallado un año para llegar a las conclusiones pactadas en Guayaquil por Larrea?

Los términos equitativos y respetuosos de ese tratado ponen de manifiesto que la lucha de 1829 fue innecesaria y que ella fue causada por la situación indefinida en que por la fuerza se mantuvo el territorio del Altiplano. Así como la América en el siglo de su descubrimiento no pertenecía a España, sino a la Corona de Castilla, así también Bolivia en 1827 no era una nación independiente ni tampoco la continuación de la república de Colombia, sino una propiedad del Libertador. Sucre, que a nombre de Bolívar la gobernaba, recibía órdenes de él, y su presidencia duró dos años porque en todo ese tiempo tuvo el apoyo de las tropas colombianas. Su lealtad y devoción le ocasionaron numerosas desazones y   -260-   a lo último la pérdida de la vida. Sucre fue opuesto a la guerra contra La Mar, como fueron opuestos a ella el Ecuador y Nueva Granada. En el Perú el rompimiento tampoco fue popular.

Rendido Guayaquil y ocupado Loja -dice Vargas- La Mar debió abandonar la ofensiva, asumir el papel del Libertador, levantar el espíritu de los ecuatorianos, convocando una Asamblea constituyente que organizara un gobierno libre de la presión colombiana con el apoyo de sus bayonetas, y ofrecerles que las retiraría luego que lo viera sólidamente establecido.

Esta medida prudente nos habría conseguido un aliado perenne, que habríamos opuesto como antemural a los peligros del norte, y La Mar hubiese conquistado para sí la no pequeña gloria de ser el verdadero emancipador de su patria.

El error fue tanto más imperdonable, cuanto que no hacía mucho que Gamarra había dado el ejemplo en Bolivia, de manera que la falta no fue sólo de La Mar sino de los que le rodeaban, entre los que estaba Villa, que de Buenaventura se había venido a Paita, llegando al cuartel general el 24 de enero.

Las fuerzas nuestras comprendiendo las que ocupaban Guayaquil ascendían a más de 7500 hombres, con municiones para dos años y cuatro piezas de artillería de montaña. Sucre no contaba sino con seis batallones, otros tantos escuadrones con 600 caballos, total 4000 hombres, sin instrucción ni disciplina, faltos de recursos, vestidos y municiones. Además, siendo el país pobre y estando dividido por las facciones, no es difícil comprender que, ni aun venciendo como sucedió realmente, se podía abrigar la esperanza de imponer al Perú.

Jamás creyó el veterano Mariscal que hubiéramos podido poner en pie un ejército de esa magnitud, y al verlo desplegado comprendió que no le quedaba sino buscar un avenimiento o intentar una sorpresa, porque una batalla campal, con semejante disparidad de fuerzas, importaba un desatino.

Aquí debió detenerse La Mar y dejar al tiempo la decisión final.

Continuar la ofensiva era exponerse a perder cuando se tenía la seguridad de ganar. Con Guayaquil teníamos la principal renta del enemigo. La opinión de Loja y Cuenca nos era favorable porque de allí eran los parientes y amigos de La Mar. Dueños del mar podíamos recorrer la costa de Tumbes a Panamá. El ejército viviría a costa del país ocupado; teníamos asegurada la retaguardia; poderosa reserva; y, en último extremo,   -261-   aunque nada sacáramos del Ecuador, sostener 8000 hombres no era para el Perú una carga insoportable.

Bolívar no podía sostener la guerra. El ejército costaba lágrimas y sangre, según decía el General Heres, y la revolución de Pasto no le inquietaba tanto como la anarquía que reinaba en Caracas. En breve tendría que crear un tercer ejército para defender la costa del Pacífico de las correrías de la escuadra.

Contemporizar era vencer. La tardanza es el jaque perenne del indigente y el baluarte firme del poderoso.



Fue una suerte para Colombia la conducta de Gamarra. Perdiéronse con la insurrección de Piura el entusiasmo y la unidad necesarios para la victoria, y con ella el triunfo de los ideales de La Mar, a juzgar por lo que afirman sus contemporáneos, orientados hacia la división en dos partes de lo que es hoy el Ecuador, quedando una para el vecino del Norte, y la otra, compuesta de las provincias de Loja, Cuenca y Guayaquil, para el del Sur.

No fue para el Perú un hecho desfavorable para su ventura que la guerra con Colombia le hubiera sido adversa, ni tampoco no haber incorporado a su territorio, se entiende voluntariamente, tres provincias de las cuales una sólo es rica. Lo triste, lo sensible, lo contrario a la estabilidad interna y al prestigio externo estuvo en la guerra en sí; guerra que sólo produjo ruina y puso fuera del gobierno a los liberales y a los hombres de mejor preparación que tenía la República. En ella se inició en forma alarmante y depresiva el militarismo y consiguientemente la tiranía y el desconcierto. Hombres como Luna Pizarro, Rodríguez, León, Tudela, y generales como Plaza, Necochea y Miller quedaron excluidos hasta de la facultad de pensar en las necesidades nacionales. Con el destierro y la muerte de La Mar, la nación quedó en manos de Gamarra, Bermúdez y La Fuente. Quedó también a merced de Santa Cruz, hombre superior que por esos días gobernaba Bolivia como presidente constitucional, y que desde el momento en que vio desaparecer de la escena   -262-   política a un militar que tenía la grandeza de La Mar, principió a buscar los medios de ser el jefe del Perú en la forma fastuosa, estupenda y vitalicia en que la hubo soñado Bolívar.

Dice el doctor Lissón en su libro La República del Perú:

Después de Ayacucho todas las Repúblicas eran independientes y libres; el Perú lo era del dominio español, pero libertado de él por las tropas colombianas, gemía bajo el yugo de Bolívar, que se había sentado en el holgado trono de La Serna degradando a la Nación con la constitución vitalicia que le impuso por la fuerza. Este yugo trajo la división en los partidos de persas y liberales; y perseguidos estos últimos y desterrados por sus rivales, tuvieron que volver a conspirar para reivindicar sus usurpados derechos. La guerra civil estuvo a punto de estallar. Felizmente Colombia dio el ejemplo, rechazando la tiranía de su hijo predilecto, por lo que obligado a marchar a contenerla, fue fácil a los liberales hacerle la revolución con sus mismas tropas, y desvanecer sus sueños de monarquía. La vida propia del Perú empezó entonces; pero fue una desgracia que se iniciara bajo la animosidad de los partidos que habían estado próximos a entrar en contienda, y con los resentimientos que dejara la dominación colombiana. Subió al poder el partido liberal compuesto de esforzados patriotas que imbuidos de las ideas francesas, dieron al país una constitución semejante a la de las otras Repúblicas; la que se estimó, no obstante, como un modelo. Dueños del campo e inexpertos de la política, creyeron en la eternidad de su obra y persiguieron a los persas, sin recordar que toda situación nueva requiere el concurso de todos los ciudadanos para que pueda cimentarse; que en este caso una completa amnistía es el principio sine qua non de su duración; y faltos de magnanimidad, desafiaron los tiempos fomentando los odios contra Bolívar. Con ellos subió a la primera magistratura el General La Mar que representaba este partido; y al que daba un ascendiente indisputable en la opinión el triunfo de Ayacucho. Ninguno de los primeros mandatarios que tuvo la América reunió en sí más dotes personales para ejercer ese poder público organizador de la sociedad, que debía echar las bases del nuevo orden de cosas, y ninguno lo gozó menos tiempo. Inteligente, honrado y virtuoso, empezó su obra con la buena fe y rectitud que movía su acendrado civismo; pero como a todos los Presidentes sus contemporáneos le fue imposible alcanzarla sin herir y rozar los intereses y derechos   -263-   de los particulares; y además, las influencias que lo rodearon no le permitieron hacerse superior a las mezquindades de su partido; y éste lo arrastró a la ruina. A los pocos meses de haber tomado el mando, con aplauso universal, era el blanco de los odios, y causa de la pobreza, atraso y de todas las desgracias que desde tiempo inmemorial afligían al país. El partido persa conspiró contra él; y cuando sus ciegos partidarios lo llevaron a la negra campaña del Portete, ya estaba perdido en la opinión y minada su autoridad en el ejército. ¡Feliz mil veces si una bala enemiga le hubiera atravesado el corazón cuando combatía bizarramente en el Tarqui a la cabeza de la columna de cazadores, dejándola formada en el campo de batalla en ordenadas hileras de muertos! ¡La fortuna adversa le concedió la vida porque faltaba a su santidad la corona del martirio! Un motín militar, criminal ante la ley y cobarde ante un enemigo victorioso, lo depuso de la Presidencia arrojándolo sin piedad a las insalubres playas de Centro-América en las que pronto acabó sus días. Con él cayó el partido liberal que lo había elevado; y cayó para siempre. Partido teórico de la libertad, inconsecuente en la práctica con sus principios y perseguidor, no pudo ni supo gobernar. Estas faltas lo precipitaron del poder, del cual descendió con la nota de inhábil y vengativo; con la imborrable mancha de la guerra de Colombia que promovió. Guerra fratricida, impía, en la cual se degollaron entre sí los héroes de Ayacucho con menoscabo de su nombre y de esa fraternidad continental jurada y sellada con su sangre; y que escandalizó a la América y regocijó a sus tiranos. La historia debe esta verdad a su memoria; pero también le debe el tributo de admiración que merecen su incontrastable fe en la libertad, gloriosos hechos y esclarecida virtud. Hombres de acción, incontrastables en el sentimiento de la Independencia, pugnaron por ella en los diferentes períodos de su vida con la mayor abnegación y constancia, repeliendo toda dominación extranjera y protestando enérgicamente contra toda tiranía doméstica. Elevados al poder bajaron de él pobres y honrados; y una vez caídos, aceptaron noblemente su infortunio sin pretender recobrarlo con el indigno medio de las conspiraciones; y no volvieron a tomar la palabra sino para arrojarse entre los partidos militares y moderar sus demasías. Rodríguez, León, Tudela y otros mil ínclitos patriotas, honor y gloria del Perú, ¡cuánta falta hacéis en estos tiempos!

Así principió y terminó bruscamente el primer período constitucional de la República, para no reanudarse con los que debían seguirle, hasta que una catástrofe volviese al pueblo su soberanía y que su voluntad diese origen a otra legalidad. El aciago día en que el ejército sublevado en Piura depuso al   -264-   General La Mar y le dio un sucesor entre sus cabos, el poder militar se sobrepuso al civil; el crimen se hizo la fuente del derecho; y desde entonces el número de bayonetas vino a calificar la mayoría de votos, aunque un simulacro de sufragio y otro de Congreso llegaran después a sancionar sus actos. ¡Dos años duró este primer período! ¿Por qué tan poco tiempo? ¿Por qué no voló el pueblo en defensa de su legítimo mandatario, como lo hizo al principio en los demás puntos de América, y se dejó imponer la voluntad de un ejército derrotado? Estas reflexiones, que saltan de por sí mismas, traen una bien triste explicación. Ya se ha dicho: el deseo de Independencia era universal en el Perú; pero no ese deseo que vive de los sentimientos de libertad e igualdad que no le permite sufrir amo alguno, sino el de zafar a cualquier precio de la coyunda peninsular que se le había hecho insoportable; y la fatalidad quiso que este deseo no se purificase y arraigase en el pueblo, y que no se estimase en su justo valor el bien de la independencia. En su frágil vida quedaba únicamente la acción de la ley que viniera a animarlo; pero los desviados legisladores del Perú dejaron al pueblo acostado en el muelle lecho de rosas que le armara la colonia; y triunfador éste de la España juzgó concluido su trabajo y se abandonó al que quisiera mandarlo. De aquí esa criminal indiferencia política causa principal de todos sus males. Así, desde el primer instante de su ser, con todo el paramento que se llamaba República, no había en el Perú más fuerza viva que el ejército; y éste tenía precisamente que dominarlo. Si hubiera reunido las cualidades de los ejércitos colombianos formados en las hazañas, puestos a prueba en las virtudes cívicas y mandados por grandes capitanes que se hacían contrapeso, quizá hubiera durado más tiempo este período constitucional; pero nuevo, nacido en la victoria, sin relaciones con el pueblo, ni hábitos de obediencia, sin altas categorías en sus filas y conocedor de sus fuerzas, tuvo que ser el instrumento del único General que por su nacimiento, costumbres y pericia militar tenía en él profundo eco. Colocado el General La Mar en estas circunstancias ¿podía durar mucho tiempo? ¿Era de esperarse que el pueblo volase a su defensa en obsequio de una libertad que veía escrita en la Constitución, pero que conocía era impracticable?







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Capítulo VI

Primer gobierno de Gamarra


SUMARIO

Acusaciones que Gamarra hizo al presidente La Mar para levantarse contra él.- La Fuente desconoce en Lima la autoridad de Salazar y Baquijano y convoca un congreso el que concede a Gamarra la presidencia provisional de la República.- Acción conjunta de Gamarra, La Fuente y Santa Cruz contra La Mar. -El triunfo de Gamarra y La Fuente les indispone con Santa Cruz.- Reveladoras cartas de Santa Cruz.- Relato de Vargas.- Se hace la paz con Colombia en la forma favorable que el Perú deseaba.- Movimiento revolucionario del Cuzco, encabezado por el Coronel Gregorio Escobedo.- -Gamarra sale para el Sur y hallándolo tranquilo pasa el Desaguadero, donde tiene una entrevista con Santa Cruz.- Resultados obtenidos en la conferencia de Arequipa entre los plenipotenciarios Olañeta y Ferreyros.- Se acordó limitar las fuerzas de ambas repúblicas y restablecer las relaciones comerciales.- La Fuente es acusado de conspirar contra Gamarra y obligado a salir del Perú, donde ejercía la vicepresidencia.- Gamarra regresa a la capital y goza de un corto y relativo sosiego.- Juicio emitido por Bilbao acerca de Gamarra.- Su deslealtad con La Mar fue la causa de todos sus infortunios.- Detalles tomados de la obra de Vargas.-   -266-   Viviendo en continua vigilia y ocupado únicamente en sofocar y contener conspiraciones, Gamarra gobernó cuatro años.- El hombre fue patriota y honrado, pero su deslealtad con La Mar le fue fatal.- Relación de Bilbao acerca de los sucesos de 1833.- Finanzas del Perú en los años que gobernaron La Mar y Gamarra.- Memoria presentada por el Ministro Pando.- Daño que hizo a las rentas la rebaja de un peso en la contribución de indígenas.- Causas que aminoraron las entradas de Aduanas.- Efectos de la famosa ley prohibitiva de 1828.- Supresión en las casas de Moneda de los diezmos y cobos que pagaban los mineros.- Esta supresión ocasiona un déficit de S. 400000.- Ruina económica en que se encontraba la República.- Contratos ruinosos que hacía el Fisco con los comerciantes para recibir adelantos sobre los derechos de Aduana.



I

Hemos dicho que el presidente La Mar fue preso en Piura, el 7 de junio de 1829, y deportado a Costa Rica. Esta revolución innecesaria, de carácter puramente militar, y cuyas consecuencias el mismo Gamarra las sufrió más tarde y en sus horas de infortunio, que fueron muchas, le proporcionó muy amargos recuerdos. Fue fundada en la no instalación del Congreso, el cual, según la Constitución, debió haberse reunido el 29 de julio de 1828; en la ciudadanía extranjera de La Mar, quien, desgraciadamente para el Perú, nació en la provincia de Guayaquil, y, por último, en haber rechazado en dos ocasiones la paz pedida por Colombia.

Ya hemos dicho también, que, en junio de 1829, La Fuente, cómplice de Gamarra, se había negado a salir de Lima con su división en auxilio de las que combatían en el Ecuador; y que siendo dueño de la situación, pues el vicepresidente, Salazar y Baquijano, no tenía fuerzas, se aprovechó   -267-   de las circunstancias para deponerlo y proclamarse Jefe supremo. Posteriormente, faltándole el apoyo de la opinión y sin valor ni fuerza para oponerse a la ambición de Gamarra, convocó al Congreso. Concediole éste la Vicepresidencia de la República, y a Gamarra la Presidencia Provisional. Mediante estos nombramientos, los legisladores consiguieron poner término a la anarquía en que estaba la República desde la deportación de La Mar y tranquilizar las provincias del Sur, todas ellas en gran inquietud por la propaganda anexionista que Santa Cruz hacía. Unidos Gamarra, La Fuente y Santa Cruz, desde 1827, con el propósito de traer abajo a La Mar, fueron intensos los trabajos que realizaron en Cuzco, Puno y Arequipa. Consiguieron, mediante sus activas gestiones, hacer impopular la lucha contra Bolívar y crearon a La Mar las dificultades que dieron el triunfo a Colombia.

Como era de suponer, la unión de estos tres caudillos terminó el mismo día en que Gamarra insurreccionó sus tropas en Piura. Santa Cruz, para quien el Perú o Bolivia resultaban pequeños para su ambición, y que siempre pensó en unirlos para gobernarlos conjuntamente, encontró en la presidencia de Gamarra el mismo obstáculo que anteriormente vio en el triunfo eleccionario de La Mar. Estando todavía en completa unión con sus asociados, sin permiso de ellos intentó en los días anárquicos de junio invadir el Perú. El 11 de ese mes decía al deán Córdova, en su comunicación: «Estoy dispuesto a pasar el Desaguadero tan pronto como sea necesario. Son ustedes (los arequipeños) los que deben darme la señal».

A su amigo don Atanasio Hernández, peruano, desde La Paz, en 21 de julio, o sean 45 días después de haberse insurreccionado La Fuente, le dijo en carta privada: «La revolución empieza. Que los generales Gamarra y La Fuente obren bien o mal, que se adulen entre sí o no, nada importa;   -268-   porque yo tengo mis pensamientos adelantados para todos los casos. Con ellos se puede hacer mucho: sin ellos, o con alguno de ellos si se desunen, se puede realizar el más bello y seguro proyecto. El objeto que ambos se proponen es muy diferente al mío. Ellos mandan en Lima; y yo quiero hacer el bien de ambas repúblicas y espero conseguirlo con ellos o sin ellos».

Vargas dice en su Historia:

Santa Cruz era un político consumado para no comprender que las cartas que había escrito a sus amigos, disgustarían al gobierno por ser altamente subversivas.

En 11 de julio le escribe al deán Córdova: «Una fusión general, o los límites en el Pampas sólo pueden salvarnos: lo demás es precario e insubsistente». Más abajo añade: «Puno me ha mandado una comisión sometiéndome sus votos con el acta que firmó, y en la que consta la cualidad esencial de que yo he de mandar la república». Poco después: «Confórmese con Puno en todo. Si La Fuente falta, o el Congreso, o Gamarra no se adhieren, declárense federados baja la protección del Jefe de Bolivia».

Corroborando estas ideas le escribe a La Fuente el 12 del mismo mes, desarrollando por primera vez el plan político base de su fama histórica como gran estadista.

Helo aquí:

«Sólo me ocurre un arbitrio que nos puede salvar y ahorrar al país la anarquía que cada día será más cruel. Reunir ambos pueblos y reunir estrechamente nuestros esfuerzos para sostenerlos. U. sabe que trabajando con un interés común, nuestros comunes amigos han hecho algo bueno, pero todo se malograría si creyéndonos separados, ellos se dividieran y adoptasen diferentes intereses y objetos. Nosotros debemos formar el manojo de flechas que aconsejaba el Rey de los Escitas a sus hijos. Cada una por sí se rompía a su vista, pero eran muy fuertes estando juntas. En esa fusión creo no habría inconveniente para el Perú. Bolivia puede repugnarla, pero yo me encargo de facilitarla, y el modo podría también allanar el fin. Además que conviene hacer las cosas que se consideren útiles con un poco de resolución y firmeza. Sobre todo deseo las opiniones de U. muy francamente, y es con este objeto que marcha Concha. Cualesquiera que ellas sean no impedirán el paso dado por U. Si Gamarra no está allí que pase también a alcanzarlo, y escríbale U. como le parezca, porque creo que somos   -269-   los tres que podemos y estamos destinados a hacer el bien de estos pueblos. Que no se pierda el tiempo y la mejor ocasión de estar los tres en el poder, y de legalizar y afirmar nuestras posiciones que siempre serán precarias como las de una paja expuesta al viento. Es preciso pensar, combinar y obrar sin perder el tiempo en hablar».

Ratificando, le escribe más tarde de Oruro (Ag. 8): «Es incuestionable que el gobierno debe componerse de Ud. y de Gamarra reunidos y muy unidos para que pueda tener alguna consistencia. De ese modo podremos uniformar nuestra política, y adelantar muchos útiles proyectos. Estoy persuadido que las bases del Perú deben estar en Bolivia, y al contrario, para poder fijar un orden estable».

Si antes de ahora los aliados del triunvirato eran necesarios, ahora ya no eran indispensables, pues la unión de ambas repúblicas se verificaría aun contra su voluntad.

He aquí el origen de la Confederación Perú-Boliviana: la refutación más elocuente del error político de Bolívar de dividir al Perú, para que Colombia no tuviera rival en el continente sudamericano que pudiera dominarla. Por primera vez el progenitor protestó de la enorme hijuela que le tocaría a uno de sus hijos, y con celo vituperable, temiendo que el primogénito fuera vencido por el hermano menor, dispuso que la herencia de éste la dividiera con otro hermano más pequeño, de manera que la paternidad sembró la discordia en la descendencia, creando un antagonismo que ni el tiempo, ni los tratados, ni las alianzas, ni los desastres comunes han podido extinguir.

Felizmente no siempre ha de ser así. La política del momento y los celos egoístas de un caudillo no han de contrariar las relaciones y lazos naturales. Las aspiraciones de raza, las conveniencias comerciales, las exigencias topográficas, la igualdad de usos y costumbres, harán del Alto y Bajo Perú de la colonia un solo pueblo soberano, con una carta, una bandera, un idioma, un ideal y una creencia, precursor de la confraternidad latino-americana que se resolverá después en la Confederación más gigantesca que habrá visto el universo.



Hecha la paz con Colombia en la forma favorable que el Perú deseaba, Gamarra, que estaba en Piura, regresó a Lima, y el 25 de noviembre de 1829 asumió el mando supremo de la República. Hallábase consagrado a él y era su deseo organizar sobre buenas bases la administración, cuando se vio obligado a salir el 6 de septiembre de 1829, en su   -270-   deseo de sofocar la revolución que había estallado en el Cuzco, el 26 de agosto, y que encabezada por el Coronel Gregorio Escobedo tenía propósitos federalistas. Gamarra llegó al Cuzco el 11 de octubre. Habiéndolo encontrado tranquilo pasó el Desaguadero, invitado por Santa Cruz, con el objeto de arreglar sobre bases firmes la armonía peruano-boliviana. Se realizó la reunión de ambos presidentes en los días 15, 16 y 17 de diciembre, y sus acuerdos dieron lugar a las conferencias de Arequipa entre Olañeta y Manuel Ferreyros. Pidió el primero una alianza sudamericana. Ferreyros la limitó a las dos repúblicas. La prensa de Bolivia se opuso a ella, y exigió como base del tratado la previa entrega del puerto de Arica. En ambos países el espíritu público se exaltó y por algún tiempo hubo el temor de que la guerra pusiera término a las conferencias diplomáticas. Bolivia, que se hallaba escarmentada de la invasión de Gamarra en 1828, detuvo sus movimientos militares en la frontera, y reabriendo las conferencias que se hallaban paralizadas desde febrero de 1831, aceptó el tratado de Arequipa, en el que sólo se pactó limitar las fuerzas de ambas repúblicas y restablecer las relaciones comerciales. Hiciéronse los canjes en noviembre de ese mismo año de 1831.

Vargas, en su Historia del Perú, da cuenta de estos sucesos en los acápites que copiamos:

No habían trascurrido ocho meses del gobierno de Gamarra, y ya se sentía un malestar general.

Los rumores del Portete comenzaban a circular: cada nuevo detalle hería el patriotismo: se comentaban con acritud los incidentes y se magnificaban los errores: la prensa muda, el congreso hostil, dejaban al gobierno aislado, expuestos a los dardos de la crítica, de la sátira y hasta de la calumnia.

La reforma le enajenó la voluntad de muchos militares: el desarme de la escuadra, la de los marinos: las disposiciones sobre las personas y bienes eclesiásticos, la del clero: la matrícula de contribuciones, la de los indígenas; el decreto sobre las casas de martillo, la de los malos comerciantes, que son los   -271-   más; y la declaratoria de nulidad de los actos del gobierno anterior, hasta la de su cómplice el General La Fuente y la de sus partidarios.

Agregaré a esto, que la falta de seguridad de los caminos de la costa por la abundancia de malhechores obligaba a los hacendados y traficantes a viajar en convoy, armados hasta los dientes; cuando no hacía mucho que se había podido caminar de un lugar a otro sin temor alguno. Ferreyros había hecho algo en este sentido y logró hacerse respetar, pero separado de la prefectura volvieron los asaltos y tropelías.

Se suspiraba al recuerdo del justo y benigno gobierno de La Mar.

No se necesitaba mucha previsión para deducir que la revolución estaba tocando a las puertas.

El 26 de agosto estalló una en el Cuzco.

Gamarra recibió en Lima la noticia del levantamiento a principios de septiembre, y resolvió ir en persona a sofocarlo, dejando la presidencia a La Puente. Le encargó a Pedemonte que pusiera el hecho en conocimiento del gobierno de Bolivia para no alarmarle, e impedir así que se hicieran más tirantes las relaciones. No se dejó de aludir en este documento, al proyecto tan acariciado de querer desmembrar los departamentos del Sur del Perú, y se recordó el antecedente favorable que no podía inspirar recelos a Bolivia, el que había estado en el corazón de ella, no hacía mucho, al frente de 5000 soldados veteranos, con los que se la había hecho verdaderamente libre.

Por tierra mandó un propio para que la fuerza de Arequipa marchara al Cuzco, y el 5 de septiembre, seguido únicamente de su escolta, salió de Lima, camino de Chaclacayo. El 6 recibió en este pueblo la noticia que el orden se había restablecido en el Cuzco, pero resolvió seguir adelante, para reformar el batallón Callao y descubrir si el levantamiento había tenido lugar por los antiguos planes anárquicos de Santa Cruz, o era una calaverada de Escobedo.

No estando despejados los problemas con Bolivia, atormentado por la idea que Escobedo había sido instrumento de Santa Cruz, Gamarra creyó que era llegado el momento de hacerle abandonar a éste el proyecto de ensanchamiento reuniendo fuerzas en el sur, y por esto le escribió a La Fuente diciéndole que: «Esto de hablar con columnas a retaguardia vale mucho».

El 11 de octubre entró en el Cuzco y fue bien recibido. Dirigió una proclama a los cuzqueños; a los cívicos y Dragones les dio las gracias a nombre de la patria por su buen comportamiento, y disolvió el batallón Callao que contaba con 700   -272-   plazas: lo puso en depósito al mando de Negrón, y a Escobedo le condenó a diez años de presidio, previa degradación.

Gamarra se propuso hacer una reforma radical después de arreglarse con Santa Cruz, y para no crearse nuevos tropiezos en situación tan delicada, aprobó todo lo hecho, y nombró de su secretario privado al Dr. Galdós, vocal de la corte, para que le recordase las alteraciones y cambios proyectados.

En seguida le escribió a Santa Cruz proponiéndole olvido de lo pasado; fijar los límites; tráfico franco y libre, y consolidarse y protegerse recíprocamente para hacer la felicidad del Perú y Bolivia.

Al mismo tiempo que pasaba esta comunicación, pedía instrucciones a Lima para invadir Bolivia, y que se le facultara para nombrar al sustituto de Álvarez. A lo primero se negó el Consejo de Ministros; y en cuanto a lo segundo, el Consejo de Estado rechazó el nombramiento de D. Dionisio Vizcarra, candidato de Gamarra.

Santa Cruz no era menos solapado. Con el pretexto de cohonestar las desavenencias con Álvarez, y manifestarse pronto a celebrar tratados de alianza, amistad y comercio, mandó en misión especial al Cuzco al Dr. Olañeta, llevando de secretario al Dr. Calvimonti, los que en realidad debían vigilar de cerca a Gamarra, y dar parte en el acto de lo que ocurriera.

Santa Cruz acercó sus tropas a la frontera; colocó un batallón en Pucarán, frente a Huancané; otro en Guaqui y la caballería en Viacha.

Se recordaba, y con razón, que el año 28, Gamarra desobedeciendo a La Mar, había invadido Bolivia; y que era más probable que renovara ahora la hazaña, estando al frente del Perú y disponiendo de mayores fuerzas.

Santa Cruz no se había equivocado en sus apreciaciones. Conocía a su contendor, y éste le conocía a él, como que eran dos amigos de la infancia, tan íntimos que se tuteaban. Era la lucha sempiterna y cómica del codicioso con el tramposo. Debía vencer el que supiera engañar mejor.

Olañeta invitó entonces a Gamarra, en nombre de Santa Cruz, a tener una entrevista en el Desaguadero, donde los viejos amigos y compañeros de armas arreglarían personalmente, y en un momento, cuestiones complicadas de cancillería.

Gamarra aceptó la entrevista pero rechazó el lugar, alegando que era muy frío, y propuso el pueblo de Zepita, donde todos los concurrentes tendrían el honor de brindar por el héroe que llevaba con orgullo ese nombre. Se le contestó que se había designado el Desaguadero por ser límite de ambos estados, donde terminaba su soberanía. Ante ese argumento tuvo que ceder.

  -273-  

El 1.º de diciembre salió del Cuzco, dejando la Comandancia general a Cerdeña, acompañado de ambas legaciones, pero algunos días antes había remitido, en secreto, a Pacará, cuanta ropa sobrante de tropa había en la ciudad.

El 6 pernoctaron en el último punto, y al día siguiente pasó revista a los cívicos, sin armas, pero perfectamente uniformados, ascendentes, poco más o menos, a 2000 hombres. Grande fue la sorpresa de todos, y no menor fue la que produjo en La Paz el propio que despachó Olañeta después de la parada.

En Puno se fijó la conferencia para el 24 de diciembre. A las once y media de ese día se encontraron los dos viejos amigos y se abrazaron. Pasaron luego a tratar en presencia de ambas legaciones. Ferreyros tomó la palabra y encareció la necesidad y conveniencia de celebrar un tratado de amistad y alianza.

Santa Cruz se manifestó dispuesto a entrar en él, siempre que se le cediera el puerto de Arica, y no tan pronto emitió la idea, cuando se levantó Gamarra y rechazó de plano la proposición con frases acaloradas que moderó después para evitar un rompimiento. Al retirarse el resfrío era general.

Un banquete los volvió a reunir en la tarde, y los brindis tradujeron fielmente la inquietud e incertidumbre que los embargaba.

El 26 Gamarra convidó o comer a Santa Cruz, el que pretextó una enfermedad para no asistir. Al mediodía del 27, el segundo mandó llamar a Ferreyros y le dio las quejas por el acaloramiento de Gamarra.

En esa disposición, decía, hubiera sido mejor no venir. Le suplicó que le dispusiera a una conferencia privada.

Gamarra no tuvo inconveniente en acceder, y al día siguiente, después de una ligera explicación para borrar la mala impresión de la primera entrevista, Gamarra principió deplorando que se perdiera una oportunidad tan brillante para celebrar tratados de amistad y comercio, que serían de tanto provecho para ambos países; luego descendió a fijar los puntos principales en que debía apoyarse el segundo. Santa Cruz comvino en reabrir las negociaciones con tal que continuaran en La Paz, pero en cuanto a las bases propuestas las rechazó por considerarlas ruinosas para el comercio de Bolivia. Gamarra le aseguró entonces que una vez que vinieran de Lima las instrucciones pedidas por Ferreyros, pasaría la legación a La Paz a celebrar los tratados.

Restablecida así la buena armonía se abrazaron, se hicieron recíprocas protestas de marchar de acuerdo con todo y se separaron.





  -274-  
II

Hallándose Gamarra en el Sur, La Fuente, que como vicepresidente del Perú tenía a su cargo la administración pública, fue acusado de conspirar contra el mismo gobierno de que formaba parte. Tal acusación motivó el que se le sustituyera en el mando con el presidente del Senado, don Andrés Reyes. Fue autora del atentado cometido contra él, la noche del 16 de abril de 1831, la esposa del mariscal Gamarra. Convencida de que a ella correspondía el mando supremo de la República por hallarse ausente su marido, y estando en malos términos con La Fuente, por la forma obstinada y dura con que éste se oponía a sus pretensiones, le obligó a fugar de su casa y a huir de Lima.

Bilbao, en su Historia de Salaverry, afirma que la acusación hecha por la esposa de Gamarra no fue cierta y que se cometió un atropello con La Fuente. Son de él los siguientes acápites:

Durante la atención del Gobierno se fijaba en arreglar los asuntos con Bolivia, sucedía en Lima un incidente raro y quizá excepcional en los fastos históricos del mundo. Era la conspiración del Ejecutivo contra el Ejecutivo.

El general La Fuente proclamado vicepresidente del Perú, como hemos dicho, estaba al frente de la administración a causa de hallarse el Presidente Gamarra en el Sur al mando del ejército. Como en aquel tiempo, la autoridad suprema era acechada y ambicionada, y como la fuerza moral del poder no había echado raíces en el corazón de los ciudadanos, los hombres se vigilaban y desconfiaban unos de otros por la facilidad que se presentaba para llegar al mando supremo, derribar autoridades, sustituir constituciones y dictar leyes a merced de la voluntad del que se llamaba Presidente. La irresponsabilidad de los que habían mandado; la poca formalidad para observar la carta fundamental que se dictaba al realizarse un cambio político; la excitación aún no calmada de los hombres que se habían elevado en la revolución, y sobre todo, la ambición a mandar, habían dado por resultado esa desconfianza   -275-   continua del hombre contra el hombre a quien se consideraba audaz.

Estos antecedentes que han tenido un desarrollo extenso en el Perú, obraron en aquel tiempo produciendo la conspiración del 16 de abril de 1831.

Se creía que La Fuente procuraba en ausencia de Gamarra, hacerse Presidente; al menos éste fue el motivo aparente que se dio para llevar a efecto el atentado que produjo la caída del vicepresidente; pero las personas sensatas de hoy han demostrado lo contrario, haciendo ver que razones de una distinta especie fueron la verdadera causa, tal como el haberse prohibido por la autoridad a la esposa del mariscal Gamarra, el uso de un poder que creía tener, considerándose la delegada del marido en lo político. La obstinación y justa oposición de La Fuente a tan extraña pretensión, dio alas a la Presidenta para forjar que el vicepresidente procuraba sublevarse contra Gamarra. Algunos hombres de la administración creyeron en la farsa, creyeron algunos militares y animados por el espíritu varonil de la conspiradora se resolvieron a derribar a La Fuente. En efecto, la noche del 16 de abril, cayó repentinamente una partida de tropa a la casa del vicepresidente preguntando por él. La señora de este general logró contener un momento al oficial que la mandaba, mientras su esposo se libraba saliendo por los techos. La partida rodeó la casa y saliendo uno de los oficiales a las azoteas, la tropa creyó que era La Fuente y en el acto gritaron: ¡ahí va! ¡ahí va! y le descargaron algunos fusilazos que produjeron la muerte del oficial.

Este último episodio, comprueba que el espíritu de la conspiración, era hacer morir al vicepresidente. A este paso sucedió otro bastante singular. Como La Fuente se había ocultado por temor de ser asesinado, el Congreso en sesión del 17 se manifestó sorprendido de la ausencia del vicepresidente haciéndose ignorante de lo acaecido la noche anterior, y en el acto, sin atender al parte que remitió éste, ni a la oferta que mandó hacer de comparecer a dar cuenta de su conducta, confirió el poder a D. Andrés Reyes que era Presidente del Senado. Esto es lo que se quería por último resultado, la caída del general La Fuente, y ello se consiguió mediante la aprobación que dio a tan escandalosos procederes, el Presidente de la República, que a la sazón se hallaba en el Cuzco.



Fatigado el país de tanta lucha, agobiado por la miseria consiguiente a dos guerras, la última con Colombia, y contenido por el momento el peligro santacrucino, por unos meses gozó de relativa calma. Es lo curioso en aquellos tiempos,   -276-   que todos invocaban la paz, que todos la anhelaban, habiendo sido la prensa la que más se esforzaba en contribuir a que se consiguiera el reposo necesario para rehabilitar las fuerzas perdidas en la inseguridad y en la anarquía. Por desgracia, tal reposo era imposible. Conspiraban contra él el hambre y la miseria de los que no estaban en el poder, y las arbitrariedades del gobierno, arbitrariedades de todo punto necesarias para sofocar y contener las conspiraciones. Si cada uno de los jefes trataba de suplantar a la primera autoridad, ¿cómo podía gobernarse con la constitución y las leyes?

Gamarra -dice Bilbao- dominando la República, olvidó la conservación de las garantías individuales; y en vez de afianzar la autoridad que ejercía en la libertad, se entregó ciego al afianzamiento del poder en el absolutismo. Sin juicios legales arrancó a ciudadanos ilustrados del seno de sus familias y los desterró; sin juicios legales fusiló en el Cuzco; sin juicios legales quitó empleos a personas que no merecían su adhesión para favorecer a sus adictos. Las contribuciones se doblaron sin anuencia del Congreso y la prensa recibió la persecución de las acusaciones con jurados que eran un bostezo de Gamarra. Proceder tan irregular con un país que se había entregado inocente, en brazos de la autoridad para que la hiciera feliz, hizo cambiar la opinión que se tenía de Gamarra, y en vez de mirársele como un ciudadano se le miró como a un tirano.



Es interesante la pintura que hace Vargas de los principales hechos ocurridos en Lima en los trágicos años del Gobierno de Gamarra. Siendo ellos concernientes al propósito que perseguimos de evidenciar los males que dichos hechos causaron a la República, impidiéndole su progreso, necesario nos es copiar algo de lo mucho que el citado Vargas en su Historia dijo:

Gamarra al imponerse del estado de Lima por las cartas de su esposa, le escribió a Eléspuru que se dejara de cumplimientos y de compromisos políticos; admiró el talento singular de su esposa que con una inserción había derribado al nuevo candidato, Riva Agüero, y se apresuró a hacer sus últimos arreglos para dirigirse a Lima. En ésta entró el 14 de diciembre   -277-   de 1831 y aunque se le recibió con los cohetes, repiques y discursos de costumbre, la indiferencia de la alta clase social fue manifiesta. Reasumió el poder el 19 del mismo mes.

No se atrevía a salir a la calle sino seguido de numerosa escolta. En palacio, rodeado de guardias, no se creía seguro; las puertas se cerraban a las cinco de la tarde, hora en que se dirigía al Callao, temiendo que le asaltaran en la noche. Gobernaba el castillo el Coronel Echenique y no inspirándole confianza, le obligó a presentar su renuncia y le dio el puesto al Coronel Guillén.

No estaba por cierto Gamarra satisfecho de los efectos de sus crímenes y de sus diabólicas intrigas. El cuadro que presentaba el Perú era desgarrador: dividido por enconadas facciones, recelos y desconfianzas en los gobernantes; miedo y terror en los gobernados; burlada la carta; falta absoluta de garantías, y el gobierno sin el apoyo de la opinión; rotos los lazos del patriotismo; hombres eminentes de todas las profesiones y clases sociales confabulados con el extranjero para invadir o desmembrar el territorio nacional. Otros de carácter templado como Castilla y Nieto, disfrazaban con la necesidad de la reforma el odio al usurpador; diplomáticos intrigantes que no habrían hecho mal papel en la corte de los Borgias, tratando de encender la tea de la guerra civil; altos dignatarios del clero, del ejército y de la magistratura postrados ante una mujer viril que así presidía el Consejo de Ministros, visitaba la caserna como violaba la santidad del claustro; mujer a la que sus enemigos rendían tributo de admiración, y para combatirla, apelaban cobardemente a la caricatura obscena, a la imputación falaz y a la calumnia vil: he aquí las funestas consecuencias de la falta de nervio del congreso de 1829 al permitir que la canalla infame derrocase a la virtud para arrancarle el cetro del poder.

La presencia de Gamarra en Lima avivó el encono de la oposición, alarmó al vecindario y reduplicó el espionaje. Le acusaba la prensa que estando al frente del ejército había conferido ascensos, despedido a empleados públicos, demorado el cumplimiento de las disposiciones gubernativas; pero lo que más irritaba a sus adversarios era la hipocresía de aparentar respeto a la ley, que sus decretos y actos gubernativos se encargaban de desmentir.

La desconfianza era general: no se tenían datos sobre conspiración alguna, pero se sentía que algo grave iba a suceder.

Lima parecía una ciudad sitiada: las calles estaban desiertas, y de noche reinaba la oscuridad y el silencio, interrumpido de vez en cuando por el paso lento de las patrullas o el trotecito de los piquetes de caballería.

  -278-  

Un capitán Marcos Antesana denunció a sus cómplices.

Según él, unos querían deshacerse de Gamarra y llamar a La Fuente; otros pedían que se despidiera a los militares y capitulados españoles que constituían un apoyo principal, y a los que el público singularizó con el apodo de suizos.

En 1.º de enero de 1832 mandó Gamarra prender al Coronel Ramón Castilla, que fue encerrado en el castillo y al día siguiente se allanaron las casas del diputado José Félix Iguaín, del Comandante don Bernardo Soffia, editor de El Colaborador, y que escribía también en El Penitente y El Telégrafo, del mayor Ríos, del Coronel Francisco Valle Riestra y del capitán reformado Uriarte.

Basta leer las cartas de Castilla y la que de Valparaíso (Noviembre, 1831) le escribió La Fuente a Iguaín, para convencerse que realmente todos ellos conspiraban contra el gobierno y que había bastante motivo para enjuiciarlos y condenarlos; pero era tal el desprestigio de Gamarra, que hasta su sobrino el Coronel Romualdo Gamarra, publicó una serie de escritos virulentos en La Miscelánea contra los suizos que dieron lugar a que se le destituyera. No es pues extraño que el Consejo, apoyado en la opinión general, se manifestara indulgente con Iguaín.

La 2.ª compañía del batallón ligero Piquiza, Coronel San Román, capitán Rosell, natural del Cuzco, debía prender y matar a Gamarra, por lo que éste, a la denuncia de Antezana, voló al cuartel e hizo prender al capitán. Al llevarle a la prevención, logró desprenderse y corrió a la cuadra de su compañía; la sacó armada, y hubiera acabado con Gamarra y su escolta, si en ese momento no hubiera llegado el Sargento Mayor Rufino Echenique quien le habló a la tropa, prendió a Rosell y restableció el orden. En el acto fueron presos los Sargentos Mayores Pezet, Altaza y Lerzundi, y los capitanes Bermúdez, Vivero, Mendoza y otro del batallón Callao.

Rosell, sin fórmula de juicio, fue fusilado en la plaza de Armas de Lima, dando muestras de aquel valor con el que conquistó sus grados en el campo de batalla. Era un oficial distinguido; amante de la carrera y vencedor de Ayacucho en el batallón N.º 1.

La imprenta de La Miscelánea fue asaltada y saqueada por el populacho. Al fraile agustino Juan de Dios Uria, se le extrajo de su celda y se le encerró en un calabozo.

Los extranjeros Fabián Gómez, Domingo Vallarino y Mariano Castilla, fueron expulsados del país.

También fue víctima de las pasiones políticas Luna Pizarro, con no pequeño perjuicio de la Iglesia y del Estado.

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Indignación popular perenne; sublevaciones repetidas; oposición sistemática del cómplice y de los subalternos; descrédito general; he aquí las consecuencias funestas de haberse aceptado por el congreso, sin decir palabra, la traición del Portete.

En abril dimitió la cartera el General Salas y la aceptó el General Bermúdez, haciéndose sordo al rumor general, que se premiaba con el portafolio el haber escoltado a La Mar a Costa Rica.

Vidaurre renunció y se encargó de las relaciones exteriores el Dr. Pando. (1.º junio).






III

Viviendo en continua vigilia y ocupado únicamente en sofocar y contener conspiraciones, Gamarra gobernó cuatro años. Habiendo puesto la República a merced de los jefes de cuerpo y de los prefectos de los departamentos por el mal ejemplo dado por él, imposible le fue contar con la lealtad de sus camaradas y servidores. Sin ningún apoyo en la opinión ni tampoco en el elemento civil, su permanencia en el poder hasta fines de 1833 pone de manifiesto la superioridad moral de su persona en lo que toca a inteligencia y a carácter. Este hombre, que indudablemente fue patriota y también honesto, si no hubiera sido desleal con La Mar, indudablemente que le hubiera sucedido legalmente en 1832 y con el apoyo de todos hubiera subido al poder. La ambición le cegó, y su castigo hubo de hallarlo en las amargas horas que debió pasar al verse reducido al ímprobo, cruento y estéril trabajo de sostenerse en la silla presidencial a fuerza de atropellos y de arbitrariedades. Cuando en 1833 quiso buscar apoyo en el poder civil, que en años anteriores había puesto a las plantas de sus soldados, éste, en la Convención Nacional, le volteó la espalda. Con anterioridad a este hecho, el diputado por Tacna, Francisco de Paula Vigil, el 7 de noviembre de 1832, le acusó en el congreso de haber infringido la constitución. Notable fue el discurso de Vigil y por muchos conceptos sus palabras han pasado a la posteridad.

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Pudo Gamarra al término de su período legal haber respetado la voluntad popular, adversa al candidato Bermúdez. Tal decisión hubiera evitado los hechos adversos y dolorosos que pusieron a la República a merced de Santa Cruz.




IV

El único documento que con abundancia de datos evidencia el estado en que se hallaban las finanzas del Perú en los años en que gobernaron La Mar y Gamarra, es a nuestro juicio la Memoria publicada por el Ministro José María Pando el 31 de diciembre de 1830. Su lectura pone de manifiesto el espíritu analítico de su autor, su gran cultura y hasta su buen estilo y conocimiento del idioma castellano, del cual es una prueba la bella forma literaria del documento aludido.

Equilibrar los gastos públicos -dice Pando- de manera que resulten sobrantes para atender al fomento gradual de todos los ramos que concurren a la prosperidad interior de la nación; y establecer con este fin aquel sistema de contribuciones que menos se oponga al desarrollo de la riqueza pública, y que resulte menos pesado para la generalidad de los contribuyentes: parece que éste sea uno de los principales problemas cuya resolución debían constantemente proponerse los que regían la suerte de los pueblos. No es ciertamente extraño que entre nosotros no hayan podido lograrse todavía estos objetos interesantísimos, si se atiende a la confusión, al trastorno, a la dilapidación de capitales, a la espantosa miseria que dejó en pos de sí la guerra de la independencia; a las vicisitudes políticas que después hemos experimentado; a la dolorosa contienda que se suscitó con una república hermana, cuyas consecuencias fueron muy funestas para la Hacienda pública; y a la perjudicial variación que ha habido en toda época, de planes económicos, de medidas y de funcionarios encargados de plantearlos y hacerlas ejecutar.



Hecha esta exposición de carácter general, en la que se detallan los hechos que entorpecieron la buena marcha política,   -281-   Pando enumera y comenta numerosos puntos de Hacienda. De ellos son pertinentes a nuestro trabajo, como causantes de males nacionales, los relativos a las contribuciones y a otros diversos tópicos. Hizo daño a las primeras la rebaja de un peso en la tasa que pagaban los indígenas, rebaja que produjo un déficit sin beneficio para nadie. Reducido por tal causa el producto de las contribuciones directas a 1600000 pesos, no fue ni siquiera esta suma la que entró en arcas. La imposibilidad de castigar a los morosos y prevaricadores, mermó en un quinto el importe de esa suma. En ese mismo año de 1830, se hizo el ensayo de dar en arrendamiento la colecta del impuesto sobre predios en la provincia de Lima (lo que hace hoy la Compañía de Recaudación). El resultado fue desfavorable.

También sufrieron notable menoscabo las rentas indirectas, especialmente las que provenían de los impuestos de Aduana. Eran estos impuestos los más saneados de los ingresos públicos, y tres fueron las causas de su disminución. Escasez relativa de plata en barra o en moneda, por esos años el único producto de retorno para pagar la importación que venía del extranjero. Franquicias comerciales a los países vecinos especialmente a Chile, y en tercer lugar, vigencia de la ley prohibitiva de 11 de junio de 1828. Expedida con el propósito de favorecer a la industria peruana, negando la introducción de artículos que se manufacturaban o que podían manufacturarse en el país, sus efectos fueron contraproducentes. No solamente las entradas de Aduana mermaron en forma alarmante y el contrabando tomó proporciones estupendas, sino que la industria peruana quedó tan pobre y lánguida como antes. Es notable la argumentación con que Pando combatió la ley prohibitiva de 1828. Sus conceptos son adecuados aún a nuestra época y es por esto que les damos publicidad.

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Hay cierto término medio sugerido por la razón, entre una extrema liberalidad de principios, que sólo puede adoptarse con pulso y pausada dirección, y el sistema de restricciones y prohibiciones que hemos establecido. El Perú es esencialmente minero; en este ramo de industria debe fijar su principal conato, y no pensar en distraer de la minería los brazos que no pueden todavía servirle con ventaja en el ramo de manufacturas. Medio siglo cuentan ya de independencia los intrépidos norteamericanos; en comunicación tan inmediata con Europa, han podido fácilmente adquirir de ella los medios de rivalizar en industria artes y ciencias; esto no obstante, cuando han querido hacerse independientes de las fábricas y manufacturas inglesas, el resultado ha sido un desengaño. Poco faltó para que estallase una guerra civil entre las provincias del Sur y las del Norte; y el presidente Adams perdió en este choque la silla presidencial, a la que tal vez hubiera sido por segunda vez llamado. Se perdieron también grandes capitales que se habían convertido en casas y edificios propios para manufacturas o fábricas. Se tocó el desengaño de lo expuesto e impolítico que era todavía semejante innovación, y se trató de acallar más bien, desistiendo, el grito que en todas las provincias centrales y meridionales se había levantado con motivo del aumento de derechos en el «nuevo arancel», siendo así que los mayores derechos no excedían de 25 a 30 por ciento con este aumento, y esto sobre factura original, no sobre avalúos y aforos como se hace entre nosotros. Se reconoció en fin que el capitalista y fabricante americano no podía competir todavía con los capitalistas y fabricantes ingleses, y que valla más ocupar muchos y grandes buques americanos en conducir a Inglaterra algodón, tabaco, potasa, pallazón, harinas, salazones etc., nutriendo así las producciones agrícolas, y formando un semillero de robustos y capaces marineros para la hora de la guerra, que hallarse con los puertos ingleses cerrados a sus producciones, que son en el continente del Atlántico lo que las minas del Perú en el del Pacífico.

¿Y nosotros tan distantes todavía del puesto a que han llegado aquellos felices republicanos en la carrera de la civilización y de la industria, pretenderíamos recoger el fruto antes de plantar el árbol? ¿Fomentaríamos indirectamente la inmoralidad de un doble tráfico clandestino que nos devorase? ¿Privaríamos al erario de la porción más saneada de sus recursos? Según los datos que he recogido, puedo asegurar al Congreso que en las Aduanas de Lima, Islay, Trujillo y Arica han ascendido los derechos sobre los artículos cuya introducción se halla ahora prohibida, durante el año de 1830, a la cantidad   -283-   de 600000 pesos próximamente. ¿Con qué arbitrios suplimos un déficit tan considerable para las rentas nacionales?



Trata también Pando del abandono en que se encontraba el puerto del Callao y del contrabando que por él y otros puertos se hacía, todo por causa de la famosa ley prohibitiva de 1828, por las facilidades que Chile y Bolivia daban al comercio y por el absurdo sistema empleado por el Fisco de obligar a los agricultores de la costa a enviar primero sus productos al Callao, para que después salieran del Callao para el extranjero. Dice Pando:

La libertad es el alma del comercio como de las sociedades humanas: sus agentes acuden donde encuentran más facilidades para las operaciones complicadas que requiere el giro dilatado de las mercaderías; huyen de los parajes donde estas operaciones están sujetas a trabas y formalidades caras y embarazosas. Mientras los puertos del Perú se hallan casi desiertos, los buques de todas las naciones abundan en Valparaíso y hasta llegan a preferir el yermo de Cobija; reina allí una actividad mercantil que tiene grande influjo sobre el progreso de la riqueza pública y de la civilización; se forma un mercado abierto para los compradores de Méjico y de Centro América, que van olvidando enteramente el camino de las costas peruanas.

Y el mal llega hasta el extremo de que los puertos de Huanchaco y Paita se surten en Valparaíso con preferencia al Callao. Esto proviene en mi entender, de que nos faltan los puertos de depósito y tránsito tan necesarios a un tráfico lejano como es con respecto a nosotros el europeo y norteamericano. En el actual estado de cosas, atemorizados los especuladores, no envían ya al Perú más que aquella corta porción de efectos que juzgan tendrán salida, meramente proporcionada al consumo del país; en tan grande distancia padecen equivocaciones, y ya sobreabundan, ya faltan enteramente las principales mercaderías; perdemos el beneficio que resultaría de la grande concurrencia de vendedores; nos privamos de las ventajas que necesariamente produce la afluencia de buques y de especuladores extranjeros; y renunciamos al fomento de nuestras poblaciones litorales que gradualmente se difundiría hasta los puntos más interiores, permaneciendo fríos espectadores del que reciben los Estados vecinos que siguen un sistema más liberal.

  -284-  

La naturaleza entretanto nos convida a disfrutar de sus beneficios. La central y ventajosa posición del Callao, benignidad de su clima, la mansedumbre de sus aguas, parece le destinan a ser el mercado general del Mar Pacífico. Sólo bastaría en mi concepto, modificar nuestro reglamento de comercio declarando al Callao puerto franco. Me hallo persuadido de que se convertiría en un emporio de riqueza, población e industria; se daría ocupación y subsistencia a una porción de individuos sumidos ahora en miserable ociosidad; se estimularía al trabajo a la masa de nuestra población interna mediante el aguijón de los goces que hubiesen una vez saboreado; se acrecentaría el producto de las contribuciones indirectas que en nuestra situación presente, son de más fácil recaudación sin excitar el descontento de los contribuyentes: se protegería eficazmente el comercio de cabotaje y el aumento de la marina mercante, sin más que conceder rebaja de derechos a los navieros peruanos que extrajesen efectos del puerto franco; en fin se daría un grande impulso -no sólo a la prosperidad parcial de un departamento- sino a la general de los habitantes de la República. Mencionaré con este motivo que muchas veces los frutos del país no logran salida porque no costean su transporte, en buques peruanos, desde los puntos donde se producen hasta los puertos mayores, ni los gastos de desembarco y trasbordo. Hasta ahora el Ejecutivo ha concedido con parsimonia, y a petición de los agricultores, licencias particulares para que buques extranjeros pudiesen abordar en lastre a algunos puertos menores con el objeto de exportar dichos frutos: ésta es una modificación provisional del reglamento de comercio que el interés público ha hecho necesaria.

Si estas ideas, brevísimamente bosquejadas, mereciesen ser favorablemente acogidas por el Congreso, me atrevería a proponerle que reformase la ley prohibitiva de 11 de junio de 1828. No todos los artículos prohibidos por ella son perjudiciales a la industria peruana, y además, la razón y el ejemplo de las naciones más adelantadas persuaden de consuno que es posible proteger la producción de los que tenemos en el país, cargando a los extranjeros con fuertes derechos, sin imponer privaciones a la gran masa de consumidores. Por otra parte mientras existan Aduanas y comerciantes ha de durar la guerra que en todos tiempos se han estado haciendo: aquellas rechazando o gravando con subidos derechos, y éstos trabajando para eludirlos, haciendo el contrabando. Las ventajas de esta guerra han estado siempre de parte de los contrabandistas en los países en que son ayudados por la naturaleza, o en que los favorece la posición topográfica. Así es que la Francia, con un ejército de empleados en resguardos, montados bajo un pie y sistema   -285-   el más militar, no ha podido hasta ahora cortar el contrabando que sostenido por Casas de Seguro, se hace por la montañosa frontera de Suiza, y por el Rhin; y así también la España, por más que se afana, no puede impedir el que se hace por los Pirineos y Gibraltar, ni el poder judicial de la Gran Bretaña es bastante para suprimir el audaz contrabando, que se burla de la más rigurosa vigilancia. Hay ciertas leyes y principios que, cual posiciones o plazas fuertes fijadas por la naturaleza, se hacen inexpugnables; violentarlas es pretender hacer correr los ríos hacia su origen; es lucha en que se pierde y no se vence jamás.

Bañadas las costas dilatadas del Perú por el mar más pacífico del globo, sembradas de innumerables puertos, calas, bahías y fondeaderos, encerrando desiertos arenosos que sirven de almacenes, libres de aguacero y humedad, no es posible (ni lo fuera al flotante resguardo que sostiene la Gran Bretaña) cortar el contrabando, siempre que las leyes fiscales graviten demasiado sobre el interés individual, estimulando su ambición: es decir dejando campo o ganancias, que son las que tanto o más que la inmoralidad, conducen al contrabando. Así es como durante el Gobierno Español se cerraban los puertos, abriendo sólo el del Callao a los efectos que venían de Jamaica por la vía de Panamá. ¿Y cuál era el resultado? Que los cargamentos enteros aportaban a los despoblados de Máncora, Piura, Sechura, Santa, Samanco, Ferrol, Chilea y aun Arica. Allí acudían los compradores, se abrían ferias, se armaban tiendas y se surtían mercados, que abundaban en toda clase de provisiones. Allí caía sobre los introductores, en medio de la esterilidad del terreno, un rocío abundante de lucro, goces y comodidades, mientras que el Virrey y sus fiscales consejeros, petrificados e inmóviles, en medio de la marcha general del mundo, creían que sólo por el Callao se introducían los efectos de Jamaica, sin adelantar un paso en la escuela de la experiencia. No así los ingleses en el vasto país de Bengala, tan parecido al nuestro en la extensión de sus costas y en la facilidad de ser abordado. Ellos siguieron desde muy temprano el orden trazado por la naturaleza, y franquearon los puertos a todas las naciones con muy cortos derechos, ya que vieron que ni con guardacostas podían reprimir el contrabando.



Si manifiesto fue el déficit que la Hacienda Pública experimentó en los años en que gobernaba Gamarra, por el menor recaudo en aduanas y contribuciones provenientes de la baja tasa que pagaban los indígenas, visible también fue el   -286-   que ocasionó a la Casa de Moneda la supresión de los derechos de diezmos y cobos que pagaron anteriormente a la Corona de pastas de plata. Este déficit ascendió a 400000 pesos, cantidad con la cual se benefició la minería, industria que por esos años contaba con muy pocos elementos favorables a su prosperidad. La escasez de moneda y su alto tipo de interés evidenciaron que el mal tenía su origen en la decadencia en que estaba la industria extractiva de plata, y obligaron al Congreso a dar la ley de 15 de diciembre 1829, que puso término al derecho de diezmos y cobos. Dice Pando en su Memoria:

Aunque de ella ha resultado al tesoro un déficit anual de cerca de 400000 pesos, este sacrificio ha sido enterrar una semilla que hace falta, con la fundada esperanza de recoger después abundantes cosechas. Sus buenos efectos se han hecho ya sentir en el aumento de la producción de pastas en toda la extensión de la República; pero no todavía en aquel grado que requieren las necesidades del giro interno, y las exigencias del tráfico exterior. Por desgracia la mayor parte de las pastas han salido del país por medios clandestinos; este desorden que se ha hecho indudablemente habitual no ha podido ser contenido por el decreto de 16 de agosto de 1830 que facultó a los subprefectos para recibir en plata piña al precio de 8 pesos por marco, el importe de las contribuciones: por el de 31 de agosto relativo a las guías con que deben extraerse las pastas de los minerales, por otras medidas de esta especie ni por las duras leyes penales de que se ha hecho mención. La penuria de fondos que no ha permitido todavía se lleve a efecto el útil establecimiento de Bancos de rescate; la insuficiencia de las dos Casas de Moneda relativamente a la extensión del territorio, y la lejanía de los minerales, particularmente con respecto a la del Cuzco; la imposibilidad de poner barreras bastante fuertes a un tráfico oculto, arraigado por la costumbre y favorecido por las circunstancias locales, concurren a perpetuar este desorden.

Por otra parte, la falta de capitales para emprender trabajos de alguna consideración en los asientos de minas, la inercia en que yace aún entre nosotros el útil espíritu de asociación, la inevitable lentitud con que consiguientemente caminan las costosas obras subterráneas emprendidas para verificar los desagües; la insuficiencia de la única máquina de vapor que tenemos destinada a este objeto; la escasez de algunos necesarios   -287-   artículos producida por falta de acémilas de transporte; el mayor costo del trabajo después de abolida la inhumana gabela de las mitas, acaso también algún resto de preocupaciones envejecidas que traen consigo oposiciones y disidencias harto perjudiciales: son algunas de las causas que han paralizado hasta aquí el interesantísimo progreso de la grande industria peruana e influido indirectamente contra los ingresos de las Aduanas. La cantidad ingente suplida por el Erario a la Compañía de desagüe del mineral de Paseo no ha producido efecto alguno ventajoso; sin embargo el Ejecutivo no ha desmayado en sus conatos para proteger a una empresa de tamaña importancia: a pesar de los apuros que le cercan, ha creído de su obligación continuar prestando sus auxilios a la nueva Compañía que va a dar principio a sus labores bajo mejores auspicios y con más legítimas esperanzas.



Tiene la Memoria de Pando observaciones y datos estadísticos de notable valor. Ellas no solamente confirman la existencia de la crisis monetaria de que hemos hablado, sino que también ponen de manifiesto la situación de ruina en que económicamente se encontraba la República por causa de las doctrinas liberales introducidas en las finanzas y en el comercio y que pusieron término al monopolio y al exclusivismo español. Puestas en práctica en momentos en que el Perú no estaba preparado para el cambio, los resultados inmediatos fueron adversos. Si en política las cosas andaban mal, mucho peor era la manera como se conducía la acción económica, la que únicamente no era un reflejo de las doctrinas y ensayos de la época, sino también del empobrecimiento que siguió a la salida de los virreyes españoles. Pando hace una comparación -por cierto muy desfavorable- de lo que se amonedó en dos quinquenios diferentes: uno colonial, de 1790 a 1794, y otro republicano, de 1825 a 1829.

Creo oportuno presentar a las Cámaras las siguientes observaciones. 1.ª En el quinquenio corrido desde 1790 hasta 1794, por término medio, se amonedaron en el Perú en cada año cinco millones trescientos mil pesos; pero en los últimos años la amonedación ha disminuido considerablemente: la de la Casa   -288-   de esta capital ha ascendido (suprimiendo los quebrados) -en 1826 a cerca de dos millones ochocientos mil pesos -en 1828 a casi dos millones trescientos mil pesos -en 1829 a un millón doscientos treinta mil pesos -en 1830 a más de un millón seiscientos mil pesos a las cantidades mencionadas: siempre resultará que la acuñación anual es muy inferior a la que se hacía en la época de la administración española. 2.ª ¿Probaría acaso esta baja, que ha habido disminución proporcional en el producto que rinden las minas? Me inclino a creer lo contrario; primero, porque si bien no hay en el día asientos famosos que ofrezcan las decantadas riquezas de los Salcedos y los Ijurras, esta falta se halla casi compensada con multitud de minerales de mediana o corta producción que se explotan en la vasta extensión de nuestro territorio; segundo, porque cerrados los puertos al comercio extranjero en aquel tiempo, las pastas no tenían otro destino que ser introducidas en las Casas de Moneda, por lejanos de ellas que estuviesen situados los minerales, tercero, porque el ingreso fiscal de cobos y diezmos percibidos en los últimos años ha sido poco inferior al que se percibía en tiempo de los españoles; cuarto, porque las introducciones de efectos extranjeros no pueden calcularse en menos de 6 a 7 millones por año, y es incuestionable que, excepto una pequeña fracción, hemos pagado con plata estos valores; quinto, porque agotados los capitales acumulados anteriormente a la guerra de la independencia, claro es que no hemos tenido otros metales preciosos para saldar nuestras cuentas con el extranjero que los producidos anualmente por las minas. Este raciocinio, unido al hecho de que durante los cuatro últimos años el impuesto que se ha recaudado relativamente a la salida de un numerario no corresponde sino a una extracción de poco más de dos millones de pesos por año, y a otras muchas pruebas que suministra la triste experiencia, demuestran que sale del país, habitual y clandestinamente, la cantidad de cuatro o cinco millones, principalmente en plata piña.



Consecuencia proveniente de la disminución de las entradas de Aduana fue la necesidad de recibir adelantos de numerario, adelantos que fueron proporcionados al Fisco por los comerciantes introductores de mercaderías extranjeras, y que, como es natural, fueron hechos en un cincuenta por ciento en billetes fiscales que casi no tenían valor.

Acumulación tan manifiesta de circunstancias desfavorables a la Hacienda Pública ocasionó, no sólo notable   -289-   merma en la recaudación y sensible déficit en el presupuesto, sino también la falta de pago, (intereses y amortización) de numerosas deudas extranjeras e internas. Dice Pando:

Y éste déficit no es más que parcial: hay otro que proviene de los dividendos e intereses acumulados de los empréstitos levantados en Inglaterra -de la deuda contraída con la República de Colombia, cuya liquidación se está concluyendo, y de los intereses que deben pagarse ínterin se reembolsa -de los intereses señalados a la deuda interna reconocida, por decreto de 1.º de abril de 1827 -de los capitales de esta misma deuda (que cada día se aumenta) cuyo pago se reclama a cada momento con una insistencia harto natural, sin que pueda desentenderse el Ejecutivo de satisfacer a las demandas más urgentes y privilegiadas. Esta masa enorme se engrosará más aún con los capitales que durante la dominación española gravaban sobre los fondos del Cabildo de Lima, Consulado, Minería, Tesorería general, Dirección de tabacos, etc., cuyo reconocimiento propuso al Congreso el Ejecutivo con fecha 14 de septiembre de 1829.

Con respecto a la deuda inglesa debo decir en este lugar que don Manuel Vidaurre ha presentado una contrata celebrada por él con una casa de Banco en Londres, cuyo objeto es la reducción por cierto número -de años del interés que devengan los empréstitos de 1822 y 1825. Por separado tendré, el honor de pasar este documento a la Cámara de Diputados, a quien corresponde su conocimiento, con arreglo al artículo 21 de la Constitución.

Desconsuela sin duda este cuadro; pero séame lícito decir que es forzoso contemplar con firmeza, proscribiendo para siempre aquella indolencia fatal que rehúsa examinar los males que afligen a la Nación, por no tener el trabajo de curarlos; aquella indolencia que ha intentado alguna vez disfrazarlos por medio de pinturas lisonjeras, y de promesas ilusorias que nos han conducido casi al borde del precipicio. ¿Qué medios adoptar para hacer que se minore sucesivamente este déficit? Aumentar las contribuciones directas es casi imposible; la miseria de los pueblos es extrema, y con suma dificultad se pagan las existentes; el producto de las indirectas sería susceptible de acrecentamiento; pero este efecto necesariamente había de ser lento y progresivo. El simple sentido común dicta que no hay otro arbitrio que cercenar gastos y hacer grandes reformas, con mano vigorosa y ánimo inflexible. El Ejército, la Marina, la lista civil, deben ponerse en aquel pie de reducción que invoca a gritos el interés   -290-   público; la economía más austera debe imperar en todos los ángulos de la República; todos debemos someternos a los sacrificios que exige el bien de la Patria del modo más enérgico e inequívoco, de otro modo expondríamos infaliblemente al Perú a sufrir horribles calamidades y sería menester renunciar dolorosamente a la esperanza de elevarle al rango político que le corresponde, y de consolidar en su seno el orden, el reposo y la libertad.







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Capítulo VII

Orbegoso, Bermúdez y Salaverry


SUMARIO

Célebres palabras con que Vidaurre felicitó al presidente electo. Era Orbegoso un hombre bueno y con prestigio en la alta clase social.- Gamarra se levantó en armas el 4 de enero de 1834.- Las tropas expulsan a los miembros de la Convención.- Sitio del Callao.- La reacción.- Bermúdez y Gamarra se retiran a Jauja.- El Presidente Orbegoso abandona el Callao y entra a Lima con honores iguales a los que se hicieron a San Martín y Bolívar.- Orbegoso sale en persecución de Bermúdez y es derrotado en Huaylacucho.- Abrazo de Maquinhuayo.- Orbegoso vuelve a Lima y a los pocos días sale para el Sur.- Salazar y Baquijano queda al frente del Gobierno.- Insurrección de los sargentos del Callao el 1.º de enero.- La Fuente niégase a prestarles auxilio.- Salaverry sofoca el movimiento, fusila a los cabecillas, depone al delegado Salazar y Baquijano y el 25 de febrero se proclama Jefe Supremo.- Frialdad de las autoridades y corporaciones en el acto del reconocimiento.- Salaverry fue el hombre de su época.- La conjunción que se verificó en las órbitas de Salaverry y Santa Cruz fue fatal para el Perú.- Lopera e Iriarte se pronuncian por la federación.- Fusilamiento de Valle Riestra.- -Lo que dijo Bilbao sobre este hecho.-   -292-   Salaverry consigue dominar el Norte y el Centro de la República.- Causas que favorecieron y determinaron la invasión de Santa Cruz.- Arreglos hechos entre Gamarra y Santa Cruz en Bolivia.- Orbegoso solicita y obtiene auxilio de los bolivianos. -Gamarra se entiende con Pardo y con Bujanda, representantes de Salaverry.- Motivos que indujeron a Gamarra a presentar batalla en Yanacocha.- Su derrota y su fuga.- Santa Cruz ocupa Cuzco y Ayacucho.- Salaverry sale a campaña y ocupa Ica.- Su avance sobre Ayacucho para interceptar a Morán.- Regresa a la costa y ocupa Arequipa.- Socabaya.- Narración hecha por Markham.



I

A pesar del prestigio que a Orbegoso le dieron el apoyo de la opinión, su buen nombre y sus vinculaciones sociales, su gobierno, por causa de la anarquía en que vivió el Perú en los años de 1834 y 1835, fue corto y de ningún provecho. Vidaurre, presidente de la Corte Suprema, le pintó la situación, cuando le dijo, al felicitarlo por su exaltación al mando, en diciembre de 1833, lo que sigue:

Hasta ahora hemos descendido en un plano inclinado. No todas fueron culpas de los gobernadores; hubo delito en los gobernados, defectos en la Carta y en las leyes. No se te entrega un estado tranquilo y en prosperidad. Un pueblo dividido en fracciones, un pueblo en miserias es el que recibes. El Perú agonizante, con una deuda interior y exterior inmensa; moribunda su agricultura, finalizada su industria, paralizado su comercio, copia de pretendientes, enjambre de hombres que hoy adulan, mañana vituperan, según se despachan sus solicitudes. Jefes departamentales cuyos atentados reducidos a su raíz cúbica exceden en arbitrariedad y despotismo a los bajáes y visires, ciudadanos virtuosos y dignos oscurecidos, parásitos que deshonran las insignias con que creen distinguirse, descontento general, clamor incesante. ¡Qué pintura! ¿No lo es? No, no lo es, porque disminuye, dista mucho de los males que nos agobian.



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Era Orbegoso un hombre bueno, un militar querido y con prestigio en la alta clase social. No siendo un caudillo, mucho menos un guerrero, ni siquiera un político dotado de energía, faltáronle condiciones para mantenerse en el poder. Gamarra propúsose arrebatarle la presidencia, y para conseguir su propósito sublevó la guarnición de la capital el 4 de enero de 1834. Sus soldados invadieron el local de la Convención, expulsaron a los representantes y proclamaron a Bermúdez Jefe Supremo provisional de la República. Días después, el mismo Gamarra, que continuó de general en Jefe del ejército, con 1200 soldados puso sitio a las fortalezas del Callao, lugar en el que habíase asilado el presidente Orbegoso con 600 hombres del batallón Pichincha y 120 del Cuzco.

Los sitiadores se mantuvieron fuera del alcance de los cañones de las fortalezas, y el sitio, que fue establecido con timidez, lejos de perjudicar a Orbegoso, incrementó su ejército. Como la escuadra desconoció la autoridad de Bermúdez y la opinión general en Lima y en el Callao se pronunció contra el Jefe Supremo y sus tropas, éstas perdieron buena parte de su moral. La deserción comenzó a presagiar la disolución del ejército si las cosas continuaban así, y la alarma llegó a su colmo cuando Mendiburu, uno de los jefes en quien Gamarra tenía gran confianza, tornó la resolución de unirse a Orbegoso. Viendo Bermúdez y su asociado que la actitud de la capital les era resueltamente hostil, resolvieron retirarse hacia la sierra. El ejemplo de lo hecho por La Serna estaba muy vivo para que no tuviera imitadores.

El sitio del Callao fue levantado, y el 28 Gamarra entró a Lima con sus fuerzas. Alojado en Palacio, salió de él a las dos de la madrugada del día siguiente, después de una lucha desesperada con el pueblo, lucha que le causó desprestigio y aniquilamiento.

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El deán Valdivia dice:

Eran las cinco y media de la tarde cuando se veía toda la ciudad en movimiento; y saliendo 30 hombres de palacio, rompieron el fuego a bala, de orden del Prefecto Vivanco, contra las gentes de la plaza, y contra las que estaban en las azoteas. El pueblo, que se hallaba desarmado, huyó velozmente a buscar armas; y regresaban poco a poco a la plaza y calles circunvecinas, contestando al fuego de los soldados como podían en los portales, ventanas y azoteas. Aumentaron el número de soldados para que hicieran fuego; pero de ellos se pasaron cinco armados; y algunos otros arrojaban los fusiles.

Como a las ocho de la noche llegó Bermúdez de La Legua, con 550 hombres de infantería y caballería, y pasó las calles haciendo fuego, y sufriéndolo, hasta la plaza donde distribuyó su fuerza, haciendo fuego sobre las calles y protegiendo la salida de sus cargas. El fuego por ambas partes duró hasta las doce y media de la noche; y antes que terminase se oyó un repique general de las campanas, que habían enmudecido tantos días. Llegaron en esos momentos los montoneros del Callao que persiguieron a los que huían.

A la misma hora forzó el pueblo las puertas de Palacio, destrozó las habitaciones, los ministerios y los archivos. El pueblo y los montoneros destrozaron también la casa de Gamarra, el Colegio Militar y la habitación de Vivanco.

Sólo se contaron al día siguiente catorce muertos. Hubo muchos heridos, fuera de los que habían recogido en la noche de las calles. Entre los heridos se hallaba el Dr. D. Santiago García Paredes, que murió poco después.



Desocupada la capital, Orbegoso tomó posesión de ella. Hizo su entrada el 29 de enero llevando de escolta a los Sagrados, columna de honor que estuvo formada por jóvenes aristócratas, que en ese día vistieron de frac. Junto con el Presidente Provisional volvieron a Lima los miembros de la Convención, la que invistió al Ejecutivo de facultades extraordinarias para organizar fuerzas y con ellas combatir al ejército de Gamarra. Ocupó este ejército las ciudades de Ayacucho, Huanta y Acobamba, y como San Román logró derrotar a Nieto, que en Arequipa obedecía a la Convención, Orbegoso se vio obligado a dejar Lima y a emprender   -295-   campaña contra Bermúdez, quien le derrotó en Huaylacucho.

Manuel Bilbao, en su Historia de Salaverry, da cuenta de la derrota de Huaylacucho y del abrazo de Maquinhuayo, en los acápites que copiamos de su libro.

El ejército de Bermúdez se había colocado en las ciudades de Ayacucho, Huanta y Acobamba. Miller le había tomado la vanguardia, teniendo a su frente al general Frías que mandaba la vanguardia enemiga.

Bermúdez principiaba a robustecer sus fuerzas y San Román amenazaba tomarse a Arequipa, defendida por Nieto como partidario de la Convención. Se hacía necesario acudir con celeridad a cortar los progresos de Bermúdez. Con este objeto, Orbegoso salió a campaña el 10 de marzo, con el ejército que había formado, dejando las riendas del gobierno en manos de D. Manuel Salazar y Baquijano, con el título de Supremo Delegado. El 9 de abril pasó revista en el valle de Jauja y de allí continuó sobre Huancavelica, que estaba ocupada por Miller. A esta ciudad entró el 16 del mismo mes. Allí se recibió la noticia de que el general Nieto había sido batido por San Román en Cangallo y Miraflores, el 2 y 6 de abril, y que Gamarra se acababa de separar de Bermúdez para ir a tomar el mando de la división vencedora de San Román.

El general Miller, sabiendo la llegada de Orbegoso a Huancavelica, dejó la división a corta distancia y se presentó solo a informar al Presidente del estado de la guerra. Desde luego le hizo presente, que el enemigo había reunido sus tropas y venía en su persecución: que él había llegado hasta el lugar que llaman los Molinos y desde allí había emprendido la retirada hasta colocar sus fuerzas en un puesto ventajoso distante una legua de Huancavelica, llamado Huaylacucho.

Orbegoso no era militar ni práctico, y aun cuando le acompañaban los Generales La Fuente, Necochea y otros jefes de la independencia, no por eso dejaba de caer en errores criticables. Se tenía gran confianza en los conocimientos de Miller y esta circunstancia contribuyó a aceptarse sin discusión las medidas que había tomado y los consejos que daba, de ir a tomar la posición de Huaylacucho.

Se resolvió, pues, que el ejército saliese a aquel lugar y en la tarde del mismo día 16 se emprendió la marcha después de haber tomado rancho la tropa. A las siete de la noche llegó al punto designado en medio de una oscuridad, aumentada por una espesa neblina.

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El lugar es quebrado y montuoso. El ejército dio la espalda a un cerro alto que impedía la subida de él una rápida pendiente. El frente lo dio al Este, por donde debía venir el enemigo.

Luego que hubo un poco de claridad, los jefes, los oficiales y aun la tropa comprendieron que el hoyo en que estaban no era posición militar, por estar dominada por los cerros que la rodeaban; sin embargo el ejército quedó en el puesto que había ocupado.

A las 5 de la mañana, el corneta del estado mayor principió a tocar diana; siguió el Pichincha y luego siguieron los otros cuerpos. El teniente coronel del Pichincha D. Lorenzo R. Gonzales observó que tal toque era imprudente, porque equivalía a dar un aviso al enemigo, el cual si se presentaba en las alturas de los cerros, podía arrollarlos sin trabajo: la opinión fue desatendida y el toque continuó.

Puestos los batallones sobre las armas, permanecieron sin moverse hasta las seis de la mañana, en que apareció el enemigo flanqueando el ala derecha. Orbegoso al divisar las fuerzas contrarias, que en vez de atacar por el frente, corrían a colocarse a la espalda de su línea, pensó en atacarla por la retaguardia; mas no fue posible por lo escarpado de la subida.

Al hacer esta operación bajo los fuegos enemigos, se introdujo el desorden. Desde ese momento la derrota fue completa. Las tropas de Bermúdez colocadas en las alturas, mataban sin ser molestadas.

El ejército de Orbegoso, envuelto en la confusión, se precipitó al río que corre cerca del pueblecito, perdiendo gran parte de su gente en la travesía.

Bermúdez se contentó con el triunfo que acababa de conseguir y no se cuidó de perseguir al enemigo, pudiendo haber hecho prisionero allí mismo, a todo el ejército, si obraba con celeridad, puesto que el Zepita no habría resistido mucho tiempo a la carga de todo un ejército vencedor. Esta falta de Bermúdez dio lugar a Orbegoso para reunir sus fuerzas dispersas, en la hacienda de Acobambilla.

En aquel mismo día Orbegoso emprendió su retirada sobre el valle de Jauja. Bermúdez principió a perseguirlo al día siguiente.

Al llegar a Jauja, Orbegoso encontró un escuadrón de caballería y cuatro piezas de campaña que venían en su protección, al mando del mariscal D. José de la Riva Agüero. Con este refuerzo se principió a organizar el ejército.

Se preparaban las cosas para un nuevo encuentro. Bermúdez se hallaba en Huancayo en marcha sobre Jauja. Parecía inevitable la ruina de Orbegoso. Así lo anunciaba el estado del   -297-   ejército; mas el día 22 de abril, a los cinco días de la derrota de Huaylacucho, el capitán D. Manuel Saldías se presentó de parlamentario al general Orbegoso. Los que le acompañaban repartían cartas de puño y letra de Bermúdez para los jefes y oficiales del ejército, en las que les aconsejaba se pasasen a él. El parlamentario se retiró sin resultado alguno público y desde ese momento se corrió la voz de que el ejército que obedecía a Bermúdez trataba de reconocer la autoridad del general Orbegoso.

Al día siguiente 23 el ejército salió de Jauja a encontrar al enemigo y se acampó como a 8 cuadras de la ciudad, en un llano llamado Maquinhuayo. Eran las doce de la noche cuando se presentó el coronel Sierra (prisionero hecho por Bermúdez) acompañado del capitán Carabantes, dando parte a S. E. que el ejército de Bermúdez se había pronunciado por el gobierno de Orbegoso y que Bermúdez había fugado. En el acto se mandó al general D. Antonio La Fuente que marchase a hacerse cargo de las tropas pasadas.

Un suceso tan extraño como este, nacía de la revolución que el coronel Echenique había hecho en el ejército vencedor a que servía; los motivos que a ello le impulsaron tenían por origen el deseo de establecer el orden, según se expresa en oficio del 24 de abril. El ejército se había pronunciado por Orbegoso, había hecho saber su determinación al general Bermúdez, quien dejado en entera libertad, se retiró al Sur de la República, para no volver a aparecer en la presente lucha.

Pronunciadas las fuerzas enemigas, marcharon a unirse con las de Orbegoso que estaban en el llano de Maquinhuayo. Allí llegaron a las once del día y formaron en batalla al frente de las fuerzas con quienes debían haber combatido. S. E. les arengó de un modo conforme a las circunstancias. Las tropas formaron pabellones y ambas líneas corrieron a abrazarse. Unidos ambos ejércitos emprendieron su marcha hacia el pueblo de Jauja, en donde se acamparon a festejar el titulado abrazo de Maquinhuayo.

El día 25 S. E. expidió el siguiente decreto que resume la importancia del episodio que acababa de tener lugar:

«En el sitio nombrado Maquinhuayo en que se reunieron los dos ejércitos se levantará una columna con esta inscripción: El amor a la patria unió aquí a los que en el mismo sitio y en la misma hora se iban a batir y convirtió en campo de amistad el que iba a ser de sangre.

Abril 24 de 1834».



A este paso de conciliación sucedieron otros de igual naturaleza de los departamentos del Sur. Entre ellos es notable el que tuvo lugar en Chilota el 22 de mayo del mismo año.

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San Román perseguía a Nieto, y las tropas vencedoras del primero, al saber lo ocurrido el 24 de abril, se pronunciaron del mismo modo que Orbegoso. El coronel D. Eleuterio Aramburú, fue el agente y jefe de este último hecho.

Gamarra que había marchado a tomar el mando de San Román, antes de unirse a ellas tuvo noticia de los pronunciamientos que consolidaban el poder de Orbegoso y privado de fuerzas, fugó a asilarse en Bolivia, donde Santa Cruz mandaba.

Orbegoso regresó a la capital y reasumió el mando supremo el 6 de marzo, dejando el ejército en el Sur para completar la pacificación que tuvo lugar después.

La Convención seguía entretanto discutiendo la nueva Constitución del Perú, Constitución que concluyó y fue promulgada y jurada en los días 19 y 20 de junio. Con este motivo, la Constituyente cesó en sus funciones y se disolvió.






II

Hallábase la República en relativa paz, cuando a fines de 1834 Orbegoso, teniendo noticias de la intranquilidad en que se hallaban los departamentos del Sur, salió para Arequipa, el 9 de noviembre. Quedó al frente del gobierno en Lima, el presidente del Consejo, don Manuel Salazar y Baquijano, a quien el general La Fuente, que se hallaba desterrado y que llegó al Callao el 29 de diciembre, indirectamente le hizo daño al inmiscuirse en una revolución de sargentos, la que dio oportunidad a Salaverry para derrocarle. Ocurrieron los hechos que fueron causa de este suceso en los primeros días del año 35, no habiendo quedado pruebas para afirmar que fue La Fuente el iniciador de lo sucedido en las fortalezas del Callao. La insurrección ocurrida en dichas fortalezas principió en la mañana del 1.º de enero y como ella tuvo por únicos autores a los sargentos de la guarnición, éstos proclamaron como jefe al general La Fuente, que a bordo de un buque extranjero se hallaba en la bahía.

Salaverry, que por entonces al servicio de Orbegoso era Inspector General de la Guardia Nacional, con muy poca   -299-   tropa entró al Callao en su propósito de sofocar el movimiento. Acompañado de un corneta llegó a las inmediaciones de los Castillos y a tiro de pistola solicitó una entrevista con el sargento Becerra, jefe de los amotinados. No habiéndole sido satisfactoria la entrevista, y habiendo advertido en su retirada que salían tropas para tomarlo, regresó con una columna de infantería y un piquete de caballería, y a sangre y fuego, arrollándolo todo, penetró por la puerta principal de las fortalezas. Tamaña hazaña intimidó a los amotinados, cuyos jefes después de rendidos fueron condenados a muerte. Dueño Salaverry del Callao y en posesión de su guarnición, el 25 de febrero, a las doce de la noche, se proclamó Jefe Supremo del Perú.

Obligadas las autoridades y las corporaciones a reconocerle en su carácter de Jefe Supremo, todas ellas concurrieron a Palacio el 4 de marzo. Salaverry les expuso las causas de la revolución. Sus palabras fueron oídas con el más profundo silencio. Después de haberle contestado Vidaurre, como Presidente del Tribunal Supremo, «Quedamos enterados», nadie añadió una palabra más.

Ansioso Bilbao, el conocido panegirista de nuestro héroe, de encontrar razones para justificar la revolución de Salaverry, con mucha verosimilitud pintó el estado político social y económico del Perú en 1834. Cierto y muy cierto es lo que nuestra vista alcanza a contemplar en su descripción; pero lo que no es verdad es que ese estado de cosas hubiera facultado al insigne soldado para querer componer la República en la forma en que lo hizo. Había tres caudillos en acción y no era aumentando su número con uno más, como el país podía salvarse.

Esta opinión nuestra, que sólo tiene el carácter de personal, no se halla en contradicción con el convencimiento que tenemos de que Salaverry fue el hombre nacido para su época. Así lo prueba la facilidad con que se impuso y la obediencia   -300-   que logró obtener de todos los que estaban en armas. Parece evidente que por ese tiempo no cabía en el Perú otro gobierno que el dictatorial, siendo sensible la conjunción que se verificó en las órbitas correspondientes a la de Salaverry y a la de Santa Cruz. Con una diferencia de diez años entre la acción de uno y la del otro, o con un pacto de unión igual al que en Bolivia firmó Gamarra, los sucesos que después se realizaron hubieran sido favorables al Perú.

Obligado Salaverry a batir a la división que Salazar y Baquijano sacó de Lima y que en Jauja estaba en buen pie, envió contra ella fuerzas que fueron derrotadas en la Oroya. De nada sirvió esta victoria al delegado Salazar. Lopera, en Lampa, y el prefecto Concha, en el Cuzco, obedeciendo órdenes de Gamarra, reconocieron a Salaverry. En Huancayo, el subprefecto Iriarte se pronunció por la federación, y lo mismo hicieron los capitanes Picoaga y Valcárcel, quienes después de reconocer al Jefe Supremo pusieron medios para aprisionar al delegado Salazar. Viéndose éste sin apoyo, al fin se vio obligado a dimitir el cargo político que ejercía, y con permiso de Salaverry se radicó en Lima. El esfuerzo más importante hecho por Orbegoso para mantener su autoridad, estuvo en la campaña que para él terminó desgraciadamente por la traición de sus jefes Lanao y Luján, traición que dio origen al fusilamiento de Valle Riestra. El suceso ha sido referido por Vargas, con verosimilitud, en la siguiente admirable narración que copiamos:

Cuando la noticia del levantamiento de Salaverry llegó a Arequipa, Orbegoso quedó anonadado, tanto por el crimen político del caudillo como por su ingratitud. En menos de un año le había puesto las palas de Coronel y de General, y, considerándole caballero, no había querido dar oídos a las repetidas denuncias, públicas y privadas, que se le hicieron sobre sus pretensiones al mando supremo.

Pasado el estupor del primer momento, hizo que de Islay se diera a la vela para el puerto de Pisco (16 Mar.) el General   -301-   Valle Riestra con una división, que debía operar sobre Lima de acuerdo con Necochea, el que dejaría en Jauja al general Otero, mientras que unido con Miller, que disponía del Pichincha y el escuadrón 13 de enero, ocuparía Ayacucho y extendería la vista al valle de Jauja.

Al saber en Lima Salaverry que el Gral. Nieto había desembarcado en el norte y se dirigía al interior, resolvió ocupar el centro, y al efecto avanzó hasta Matucana, y al informarse allí de la aproximación de Valle Riestra, que era su enemigo personal, varió de dirección y por una de las quebradas laterales cayó sobre Lurín. No contaba entonces sino con el batallón Victoria y el escuadrón Coraceros, pero en su vivacidad, en el conocimiento de los hombres que figuraban, fáciles de ganar con la intriga y el cohecho, tenía elementos más poderosos que un gran ejército, almacenes y parques bien abastecidos.

Al llegar a Pisco (21 Marz.) Valle Riestra, dejándose llevar de la aversión personal, lanzó una proclama terrorista en la que se leía la siguiente frase: «Limeños; si es llegada la hora de borrar con sangre tan horrible crimen, borrémosle. Pisemos los cadáveres de nuestros mismos hermanos, amigos y compatriotas». Digna de ella fue la no menos sangrienta respuesta: «De las canillas de los enemigos haremos clarines para la guerra». Con frases parecidas se enardecían para el combate en los campos Cataláunicos las feroces huestes de Teodorico y de Atila.

El General Salas, compadre de Valle Riestra, vino de Ica a ponerse a sus órdenes, y, debiendo proporcionarle las bestias necesarias para moverse, pudo entretenerle fácilmente, mientras pergeñaba con Coloma, Lanao y Luján el plan de prenderle y pronunciarse por Salaverry. Coloma fue encargado de vigilar a Morán y no separarse de su lado; Lanao seduciría a los oficiales de su batallón, y una vez que lo consiguiera sorprendería al escuadrón de Luján y se pronunciarían ambos por Salaverry. El 28 de marzo a las 4 a. m. se dio el grito, y se mandaron dos partidas donde Valle Riestra y Morán, con orden de prenderlos si no querían adherirse al movimiento. Al primero le entregaron un papel firmado por Coloma, Lanao y Luján en el que le garantizaban que iría a unirse con su familia.

Al General le remitieron al Callao con el capitán Arellano. A Morán le ordenaron que siguiera a Lima por tierra, y él se aprovechó de la confusión del primer momento para escaparse a Arequipa con la caballada.

Al llegar al Callao se pasó el parte respectivo a Bujanda, el que con el fin de ocultar su plan siniestro, había mandado arreglar una casa para alojar al General. Bujanda mandó a bordo al español San Julián para que le trajese, y éste regresó   -302-   diciendo que el General se negaba y que no desembarcaría si no obligado por la fuerza; imputación que resultó falsa después.

Se mandó entonces al Sr. Rivero, y con él vino a tierra Valle Riestra y pasó al castillo. Bujanda le invitó a almorzar; estuvo atento con él y le aseguró que se le permitiría ir a Chile. Levantados los manteles, le condujo a la casa preparada, donde pasaron a verle su esposa, hijos y su hermana, no habiendo quedado en Lima sino su anciana madre en la mayor consternación, no obstante asegurarle Bujanda que no esperaba sino encontrar buque para Valparaíso que llevase al General.

Aunque en la casa había un oficial de guardia, entraban y salían los llamados por el detenido para conseguir letras sobre Chile. ¡Cuánta ingenuidad! Al anochecer del 1.º de abril, expidió Salaverry la sentencia de muerte, entre dos luces, que entregó a Soffia.

La esposa de Salaverry que era una matrona voló a echarse a sus pies: pidió encarecidamente la contraorden; ruegos, súplicas ardientes, caricias, lágrimas, todo fue inútil; le habló de su hijo, y obtuvo lo que deseaba. Un propio bien montado a todo escape partió al Callao.

Bujanda recibió a Soffia, y, creyéndose exento de la imputación de malicia por sus atenciones, no esperó que amaneciera, sino que le ordenó a Garrido que le fusilara en el acto, poniendo al desdichado entre dos faroles.

El General fue arrancado de los brazos de su esposa, diciéndole que pasaba a un pontón -«Me parece, hija, le dijo el desdichado, al despedirse, que esto es más que ir a un pontón».

Al salir se dirigieron a la puerta del Socorro de la fortaleza, y observando el General que ése no era el camino para el muelle, Garrido tuvo al fin que confesarle la verdad -«Hombre, replicó aquél con sangre fría ¡qué comisión tan fuerte le han dado a Ud.!».

En la puerta encontraron a un español Larrar y al capellán del castillo Olleregui, con los que pasaron al reducto de Santa Rosa, donde lo esperaba el pelotón ejecutor al mando del oficial Vivanco.

Valle Riestra pidió permiso para escribir algunas líneas: arrancó una hoja de su cartera, y escribió, que no tenía bienes; que dejaba tres hijos vivos, uno por nacer; agregando que jamás había traicionado a su patria, habiéndola servido siempre con amor y fidelidad. El papel se lo entregó a Vivanco: su capa y sombrero se los obsequió a la tropa, y a Garrido le confió la cartera para que la pusiera en manos de su esposa. Llamó al capellán y se confesó.

Creyendo hacerle un favor, se le dijo que se le iba a fusilar por la espalda, a lo que protestó con energía, suplicando que le   -303-   tirasen a la cabeza. Larrar dio la orden de fuego, y una bala le partió el corazón. Cuando llegó el propio, el español y el oficial le sepultaban en las bóvedas del castillo.

Al día siguiente, el Sr. Caso, cuñado de Valle Riestra, muchas personas de influencia y aún el mismo Bujanda se empeñaron con Salaverry para hacerle exequias solemnes. El cadáver fue traído a la Iglesia de San Agustín, y el 3 de abril, con asistencia de la alta sociedad de Lima y de un gentío inmenso, se celebraron los oficios, predicando la oración fúnebre el afamado fraile agustino Reverendo Padre Urías.

Los restos fueron sepultados en el Cementerio General, nicho 11, de los destinados a la plana mayor del ejército.

Se ha querido disculpar al revolucionario que en sus proclamas sangrientas hacía prever que pasaría por toda clase de atropellos, violencias y delitos, alegando que ese día funesto estaba exaltado con los ataques de los montoneros a palacio; con las noticias del desembarco de Nieto en Huanchaco, el destrozo de los Torricos en Trujillo, la pérdida del batallón Legión en Cajamarca (que resultaron falsas), y otras más pergeñadas para atenuar el fallo severo de la historia; pero el fusilamiento en guerra civil, sin previo juicio, afronta al reo su crimen y deshonra al audaz que le defiende.

La ejecución de Valle Riestra consternó a toda la república, y un murmullo profundo de reprobación atronó los oídos de Salaverry. La desdichada esposa quedó como aletargada: la de Salaverry enferma.

En los libros de la tesorería aparece una partida de entrega de 6000 pesos al General Salas para gastos secretos.

¡Parecía que el destino estaba aglomerando paliativos que atenuasen la responsabilidad de otros crímenes más grandes!



El fusilamiento de Valle Riestra, de todo punto injustificable, tuvo origen en la exaltación y apasionamiento de Salaverry.

La opinión se conmovió, dice Bilbao, el panegirista del jefe supremo; hubo terror en cada hombre, la seguridad pareció desaparecer y un grito de acusación se levantó contra Salaverry. Más le hubiera valido haber sido derrotado, que haber cometido la injusticia de fusilar a un general prisionero por un delito político. Esta ejecución fue la causa de la pérdida de la revolución. Las represalias sangrientas en las guerras civiles sólo conducen a la ruina. Un revolucionario para triunfar debe conquistar la opinión, y la opinión no se conquista con arbitrariedades. El fusilamiento de Valle Riestra fue un medio erróneo   -304-   de combatir a los enemigos... El partido de Orbegoso no era el que iba a criticar esta ejecución. Era el país entero, la generalidad, que deseaba un gobierno republicano y fuerte; y para la generalidad fue para quien Salaverry perdió crédito y brillantez.



El pronunciamiento de la división de Valle Riestra y el de la provincia de Ica suministraron al gobierno armas y tropas. Por de pronto, el ejército de Salaverry contó con 2000 hombres más. A este hecho siguió la adhesión de Jauja y la desbandada de la división Necochea, que obedecía al delegado Salazar. Lo del Norte también tuvo igual fin. El general Nieto, que se había levantado en armas contra Salaverry y que ocupó el departamento de la Libertad, emprendió retirada sobre la sierra en su deseo de unirse con Necochea, a quien todavía creía con fuerzas en Jauja. Salaverry, hallándose en Trujillo, salió en su persecución, le alcanzó en Recuay y estando para batirle consiguió que la división enemiga se levantara contra Nieto y le hiciera prisionero.

El Jefe Supremo regresó a Lima. En ella, hallándose poseído de la satisfacción de ver la revolución triunfante en casi todo el país, dedicó su atención a reorganizar la República. Dio un decreto de amnistía, creó un Consejo de Estado y hubiera conseguido moralizar y prestigiar la administración, si los sucesos del Sur, donde Orbegoso, con 200 hombres en Arequipa, y Gamarra, con 1800 en Puno, ambos sin prestigio y a merced de Santa Cruz, no hubieran puesto en peligro su estabilidad.




III

Sin conocer el origen de los acontecimientos no es posible hacer historia, y como las causas que determinaron y favorecieron la invasión de Santa Cruz están admirablemente   -305-   precisadas por Bilbao, el estudio que hizo del citado tópico no pudo faltar en nuestra obra.

Cuando Bolívar marchó a Colombia, quedó un consejo de Gobierno a cargo del país y de presidente de ese consejo Santa Cruz. En ese entonces se reunió una Constituyente que declaró nula la Constitución de Bolívar y erigió el nombramiento de un presidente para la República. La misma Constituyente nombró para desempeñar tan alto puesto al Mariscal La Mar. Esto sucedía en 1827. Santa Cruz se sintió ofendido por este nombramiento, porque veía en él una postergación y un desaire, y en consecuencia de esta postergación fue enviado a Chile en calidad de Ministro Plenipotenciario. De allí volvió a Arequipa a consecuencia de los disturbios de Bolivia y en seguida entró el 9 de mayo de 1829 a ocupar la presidencia de aquella república. Mientras estuvo en Arequipa emprendió poner en ejercicio su plan de volver a ser presidente omnímodo del Perú y para el efecto dejó comisionados que extendiesen sus ideas y le creasen partido. El plan era que el Cuzco, Puno y Arequipa se pronunciasen por la federación, formasen un estado y éste se uniese a Bolivia.

La confederación de estos departamentos encerraba la dominación total del Perú. El pensamiento de Santa Cruz al quitar a la República esos tres pueblos era debilitar la fuerza del país, hacer preponderante a Bolivia unida al nuevo estado y luego imponerse al estado débil que quedase, después de segregar la parte a que se ha hecho referencia. De este modo le era fácil hacerse jefe absoluto del Perú y Bolivia.

Un plan como éste tenía en su apoyo la situación topográfica de Bolivia, la armonía de carácter, de costumbres, de necesidades, de nacionalismo que era natural se conservase entre pueblos que poco tiempo hacía se habían separado.

Los comisionados de Santa Cruz no perdieron tiempo en preparar el campo a un cambio como el que deseaban. Principiaron por hacer presente la necesidad de un hombre que contuviese la anarquía del Perú y para ello desacreditaban a los que aparecían como caudillos de la Nación, a Gamarra y La Fuente. No dejando reputación parada, presentaban a Santa Cruz como el hombre llamado por la necesidad y por las circunstancias. Para ello les favorecía la anarquía en que estaba el Perú y la guerra que sostenía a la sazón con Colombia. Los pueblos que positivamente sufrían por el efecto inmediato de la guerra, escuchaban a los comisionados con interés. Se les hacía presente además que aún no era tiempo de establecer un gobierno representativo, que la proclamación de él era la   -306-   causa del malestar. Se les presentaba al propio tiempo lo conveniente que sería para el adelanto de esos departamentos que tuviesen el gobierno inmediato y no a la larga distancia en que se hallaba estando en Lima; que la lejanía de la administración central y la vasta extensión del territorio peruano no permitían que los gobernantes se consagrasen a atender las necesidades de los pueblos situados en los confines.

Para fomento de estas ideas, Santa Cruz escribía desde Bolivia a sus agentes: «que él era el único capaz de presidir los negocios del Perú y Bolivia; que ya había visto su estrella tan clara como el Sol: que los pueblos no estaban en estado de congresos». En atención a estos principios se atacaba el sistema liberal. Parecía que todo estaba preparado a principios de agosto de 1829, porque el general Santa Cruz exigía de sus comisionados la realización del plan, prometiéndoles auxiliarlos en el acto con su ejército.

Y en verdad, todo parecía marchar a un pronto desenlace. Colombia tenía entretenido al ejército del Perú en el Norte y apenas se encontraban cortos piquetes de tropa en el Sur. La federación de los tres departamentos iba a estallar; se habían hecho los preparativos para la revolución. En tal estado se encontraban las cosas, cuando el 8 de agosto del año 29, los SS. jefes, coronel D. Manuel Amat y León, el coronel graduado D. Mateo Estrada, los tenientes coroneles D. Ramón Castilla, Narciso Bonifaz, Juan Cárdenas, el sargento mayor D. José Palma y el de igual clase D. Manuel Valdivia se reunieron para poner un dique al elemento que amenazaba destruir la integridad nacional. Se convencieron de la efectividad y carácter de la revolución y al amanecer del día 9 procedieron a apresar al general Aparicio, coronel Escobedo, id. prefecto Reyes, al teniente coronel Gregorio Guillén, al Deán Córdova, al romano Valdez, a D. Pedro Barriga y al comandante D. Fernando Rivero, que aparecían de jefes de la revolución en combinación con el Sr. Macedo, prefecto de Puno. Se recogieron las comunicaciones justificativas del hecho y los reos fueron remitidos a Lima. El Congreso tributó una acción de gracias a los salvadores de la integridad territorial, la guerra con Colombia cesó, se puso atención sobre Santa Cruz y el plan se frustró por entonces; pero Santa Cruz no era un ser que se arredrase a la presencia de los peligros lejanos cuando la fantasía de un poder singular, creado en su imaginación para surgir a un grado que le acarrease un renombre digno de Bolívar en lo tocante al fausto y omnipotencia gubernativa, la tenía delante. Bolivia era para él cosa muy pequeña; los generales extranjeros y muchos particulares que por aquel entonces surgían en la política, tenían ambiciones crecidas, querían poderío,   -307-   grandezas, lujo, ostentación y todo ello no lo encontraban sino en la confederación del Perú con Bolivia que equivalía a la conquista del primero. Así fue, que la frustración de la primera tentativa hizo desistir a Santa Cruz y sus adictos de continuar trabajando en el plan comenzado.

Al año siguiente se vio estallar en el Cuzco la revolución combinada por el coronel Escobedo proclamando la federación. Felizmente ese motín no alcanzó a durar 48 horas. Del mismo modo se vieron otras conspiraciones nacidas de los secretos trabajos de Santa Cruz en el Sur del Perú que acabaron por esquilmar a los pueblos. Por esta razón tuvo fundamento Gamarra para decir que la anarquía del Perú nacía de las maquinaciones del jefe de Bolivia.

En 1833 apareció otra tentativa de confederación, y para ello Santa Cruz mandó ofrecer al general Nieto el mando de uno de los estados nuevos que se formasen, con tal que él la proclamase al frente de una tropa que mandaba. Nieto rechazó la invitación y por tercera vez se vio públicamente la tentativa de Santa Cruz.

La guerra civil entre Orbegoso y Bermúdez vino a suministrar otro dato más claro y terminante que los demás.

A medida que los partidos debilitaban al Perú, Bolivia se robustecía a grandes pasos con la actividad y preparación que de ella hacía Santa Cruz para lanzarse a cara descubierta a realizar con las bayonetas lo que no había podido conseguir de la espontaneidad de los departamentos. Al efecto se procuraba disponer los ánimos a la recepción del nuevo señor. Con este motivo se derramaban publicaciones por los pueblos que ponderaban el progreso de Bolivia, la paz de Bolivia, la grandeza de Bolivia y en seguida se hacía ver que sólo Santa Cruz había podido obrar tales prodigios en un país sin puertos marítimos y salido apenas seis años de una guerra asoladora. Los pueblos del Sur, cansados hasta lo sumo de la anarquía, de la pobreza y de cuantos males producen las contiendas civiles, suscitadas por ambiciones, que no presentaban término, no se fijaron en el fondo de la idea de confederación sino que se sintieron alucinados por el ejemplo de la república hermana y por el hombre que creían un coloso para volver la quietud a los pueblos. Por esta causa, la opinión de que era necesaria una confederación, tomó un incremento desmedido y quizá general; opinión que cundió y fue a tener partidarios más allí del Sur, en la capital y Norte de la república.

Orbegoso sintió estas opiniones en su viaje por el Cuzco, Ayacucho y Arequipa y convencido de la necesidad que esos pueblos demostraban, aceptó de un modo indirecto la confederación,   -308-   prometiendo que al efecto sería convocado un congreso para que resolviese las dificultades que pudieran presentarse.



Tal como la describe Bilbao era la situación del Perú en 1834, cuando Salaverry en enero de 1835 se proclamó Jefe Supremo. Sus triunfos y su consolidación en el poder alarmaron a Santa Cruz, quien auxiliado por Orbegoso y Gamarra encontró los medios que buscaba para realizar su invasión. Asilado Gamarra en Bolivia y hallándose a merced del hombre que gobernaba el Altiplano, convino en formar del Perú y Bolivia una confederación de tres estados, Norte, Centro y Sur, los que serían gobernados por una sola persona.

Santa Cruz, que conocía muy bien a Gamarra y que tuvo miedo de que le disputara la jefatura de la confederación si su asilado vencía a Salaverry, conjuntamente con él trató también con Orbegoso. Diole al primero armas, municiones y dinero para que pasara a Puno, donde Lopera le entregó su división, y al segundo la promesa de auxiliarlo con sus tropas.

De acuerdo con el Presidente de Bolivia, Gamarra, sin reconocer el gobierno de Orbegoso, marchó al Cuzco con el propósito de atacar la división Larenas, enviada al Sur por Salaverry. Larenas fue traicionado, y Gamarra, mediante la adhesión de las tropas de aquel jefe, consiguió dominar el Perú desde el Apurímac hasta Puno. Orbegoso, que no se movió de Arequipa, que contaba con poca fuerza y que vio en peligro su gobierno, solicitó el auxilio extranjero. Su representante, el general Quiroz, pactó con Santa Cruz, en La Paz, el tratado de junio de 1835. Mediante él, el gobierno de Bolivia se comprometió, entre otras cosas, a restablecer con el auxilio de sus tropas el orden y la pacificación del Perú. En virtud de lo acordado y antes de que el pacto fuese ratificado, la vanguardia del ejército boliviano ocupó Puno. La presencia de tropas extranjeras en territorio   -309-   peruano alarmó a Gamarra, que por esos días daba oído a las proposiciones que Bujanda y Felipe Pardo le hacían en el Cuzco para que traicionara a Santa Cruz y reconociera a Salaverry. Impuesto más tarde de que el ejército boliviano avanzaba sobre el Cuzco y que Orbegoso había sido designado para gobernar el estado Sud-Perú, considerándose ofendido y engañado reconoció la autoridad de Lima.

Enterado Salaverry, primero de la unión de Gamarra con Santa Cruz para federar el Perú y después de la invasión boliviana, dedicó su tiempo y energía al único propósito de salvar su gobierno. En una proclama publicada el 7 de junio, en la que trató de traidores y de ávidos aventureros a los que auxiliaban las «incansables aspiraciones de un extranjero obstinado», declaró guerra a muerte al ejército boliviano. Gamarra, que, como ya hemos dicho, le reconoció como Jefe Supremo el 27 de julio, convino en cederle el mando político y militar y aun abandonar el territorio de la República. Convino también en no atacar ni dejarse atacar por Santa Cruz y en retirar sus tropas hacia el Norte, para unirlas a las de Salaverry que avanzaba hacia el Sur por el camino de Jauja y Ayacucho. Gamarra, a quien faltaron abnegación y grandeza de alma para someterse a las conveniencias nacionales, desobedeciendo las órdenes del Jefe Supremo y los consejos de sus propios oficiales, decidió arriesgar su suerte en una batalla. Pensó, y con acierto, que si dicha batalla le era adversa, personalmente no perdía nada, desde que ya había convenido con el representante de Salaverry en retirarse del país. Pero pensó también, que si vencía a Santa Cruz, que a marchas forzadas trataba de alcanzarle, su triunfo y el número de sus tropas le darían oportunidad para acabar con el gobierno del Jefe Supremo, y con estos dos triunfos proclamarse árbitro de los destinos del Perú y de Bolivia. Desgraciadamente para él, la acción de Yanacocha le fue adversa. Su ejército, el 13 de agosto, día en   -310-   que presentó batalla a Santa Cruz, no tenía más de 2600 hombres armados. Su vanguardia tenía cuatro paquetes de municiones por plaza y el resto de la tropa sólo dos. El combate fue sangriento. Quinientos muertos quedaron en el campo, y como la victoria boliviana fue completa, Gamarra huyó hacia Ayacucho y después hasta Lima, donde fue tomado prisionero y poco después desterrado a Costa Rica.

La acción de Yanacocha dio a los bolivianos la posesión del Cuzco y de Ayacucho, y puso al gobierno de Lima en alarmante situación. Santa Cruz disponía de 8000 veteranos, cuatro mil de los cuales ocupaban ya el Perú. Todo lo que Salaverry pudo oponer a estas tropas, fueron 3500 hombres. Confiando en la calidad de ellas más que en su número, tomó la resolución de situarse en Ica y desde allí operar personalmente contra el ejército invasor que ya había situado su cuartel general en el Cuzco y que tenía su vanguardia, a las órdenes de Morán, en Huancavelica. Siendo escasas las fuerzas de Morán y su intención la de avanzar hasta Jauja, creyó el Jefe Supremo llegado el momento de cortarle y sorprenderle. Para realizar su plan, movilizó al general Valle por Cañete, Lunahuaná y Viñas; destacó a los coroneles Ríos y Montoya por Huamaní, y él, con el resto de las fuerzas, avanzó sobre Ayacucho para interceptar a Morán. Todo esto ocurría en el mes de octubre, y con toda seguridad Morán hubiera sido batido en detal, si a tiempo no se retira hacia el Sur, y si, con posterioridad, el mismo Santa Cruz en persona no hubiera venido con sus tropas y ocupado Ayacucho.

Salaverry dividió su ejército en tres divisiones. Una, a órdenes de Porras, capituló por causa de haber sido sorprendida, y las otras dos ocuparon Arequipa. Santa Cruz quedó en Ayacucho, y la lentitud con que hizo su viaje al Sur dio tiempo al Jefe Supremo para proveerse de armas, municiones,   -311-   vestuario y dinero, provisión que se hizo por medios violentos y que ocasionó la hostilidad del pueblo arequipeño.

Escaso de tropas, falto de apoyo, sin más territorio que reconociera su autoridad que aquel que sus soldados pisaban, el término de Salaverry fue un hecho lógico y una consecuencia de lo débil que fueron las raíces que su gobierno tuvo en la opinión. La manera como asaltó el poder y la crueldad con que trató a los vencidos, fueron cosas fatales para él. La historia de Salaverry es casi un romance, pero un romance trágico, cuyas páginas tristes, salpicadas de sangre, narran uno de los sucesos más conmovedores de la historia del Perú. Nadie como Bilbao conoció mejor su vida, sus triunfos, su caída. Socabaya es el más sentido capítulo de su libro. Obligados a ser concisos en la narración de los hechos, ya que nuestro propósito no es describir batallas sino estudiar las consecuencias adversas a la República que fueron derivadas de esas batallas, no repetiremos lo que sobre Socabaya y el fusilamiento de Salaverry dijo Bilbao, sino lo que Markham en forma muy concreta expuso sobre ambos hechos.

Viendo Salaverry que Santa Cruz había abandonado el Cuzco y que avanzaba con todas sus tropas, adoptó distinto plan de campaña; dividió su ejército en tres cuerpos, los que debían en un tiempo dado reunirse en Arequipa. Fernandini y Vivanco tomaron el camino por sobre los cerros de Parinacochas a Vitor, Salaverry por la costa a Pisco para reforzarse con las tropas de Medina, mientras que una pequeña división a órdenes del coronel Porras, quedó en la sierra observando los movimientos de Santa Cruz, y después debía unirse con el resto del ejército. Salaverry marchó a Lima en donde permaneció unos pocos días y pasando a Pisco se embarcó para Ocoña, el puerto de Vitor, cerca de Arequipa.

Morán recibió órdenes de contramarchar sobre las pampas, y caer sobre la división de Porras, quien se retiró a Cangalto, seguido muy de cerca. Le escasearon las provisiones y tuvo que rendirse, bajo condición de que se les respetase la vida a él y a todos los suyos. Santa Cruz ordenó su fusilamiento, pero Morán   -312-   dijo que si se llevaba a cabo la orden, se retiraría del ejército. Por esta circunstancia se salvó Porras, y el 25 de noviembre pasó Santa Cruz revista a sus tropas en Ayacucho.

Salaverry se unió a Fernandini en Siguas, y pocos días después con la caballería que había llegado a órdenes del coronel Mendiburu por los desiertos de la costa. El general Brown con las tropas bolivianas evacuó Arequipa y se retiró a Moquegua, Salaverry la ocupó el 31 de diciembre.

Después de la salida del jefe supremo, Lima quedó sumida en un estado de anarquía completa. Desgraciadamente, quedó al cargo del gobierno una junta incompetente para ello, y el coronel Solar había quedado como jefe de las fuerzas. Los miembros de la junta renunciaron sus puestos, y el coronel Solar se retiró a la fortaleza del Callao. Los alrededores de Lima estaban infestados por partidas de negros bandoleros, que llegaron a cometer sus depravaciones hasta las mismas puertas de la ciudad; y hubo día en que una partida de malhechores, llegó a entrar a la capital y saquear las casas, hasta que fueron detenidos por ciento cincuenta extranjeros de los buques surtos en el Callao. El general Vidal que se había sublevado en Huacho contra Salaverry, entró a Lima el 30 de diciembre y restableció la tranquilidad. El 8 de enero de 1836 llegó el presidente Orbegoso seguido del General Morán, con seiscientos hombres. Así fue como Salaverry perdió Lima el día antes de que entrara en Arequipa. Solar se rindió en el Castillo, el día 21.

Salaverry impuso una contribución de cien mil pesos a los habitantes de Arequipa, hizo el servicio militar forzoso y obligó a los artesanos a que trabajasen para el ejército. Con estas medidas violentas, perdió su popularidad. Se estableció con su ejército en Challampampa, y al coronel Mendiburu lo nombró prefecto de la ciudad. Santa Cruz ordenó que todas sus tropas se concentrasen en Puno. El General Quiroz, con una división, costeó la falda del Misti en cuya base está edificada la ciudad de Arequipa. Salaverry lo atacó aquí por uno de los flancos; pero consiguió el fin que se proponía, cual era el de unirse con el grueso de las fuerzas bolivianas y aún le tomó algunos prisioneros, entre ellos el General Vivanco y una compañía íntegra. El presidente de Bolivia tenía 10000 hombres organizados en cuatro divisiones, mandadas respectivamente por los Generales Anglada, Brown, O'Connor y Ballivián. Marchó sobre Arequipa y la ocupó el 30 de enero de 1836, a las diez de la mañana. Salaverry a su aproximación abandonó la ciudad. El jefe supremo formó a la entrada del puente, sobre el río Chili, unas trincheras, montándolas con dos cañones. Las tropas bolivianas marcharon de frente sin detenerse, contra los que defendían el puente; pero fueron rechazadas. El tiroteo se mantuvo con bastante   -313-   viveza de ambos lados. El General Cerdeña que formó trincheras con fardos de lana y animaba a los bolivianos con su ejemplo, avanzó sólo hasta cerca del puente; pero recibiendo un balazo en la boca, hubo que sacarlo del campo de batalla. Con esto terminó el combate por ese día. Al día siguiente, se renovó el combate a todo lo largo de la línea a orillas del río; mas habiendo tenido Salaverry fuertes pérdidas, se retiró al pueblo de Uchumayo, como a veinte millas de Arequipa. La campiña de Arequipa es fértil y floreciente, tiene como treinta millas de largo por diez de ancho y está rodeada de desiertos; los nevados picos de la cordillera se limitan por la parte Este, y el volcán Misti, que se eleva a 19000 pies sobre el nivel del mar, se halla a las puertas de la ciudad; al Sudoeste la limitan una serie de montañas escarpadas y desiertas, llamadas de La Caldera. El torrentoso río Chili, que nace de la ladera Norte del volcán, pasa por la parte Noroeste de la ciudad; aquí lo atraviesa un puente, corre a través del llano y rodeando la cadena de cerros, entra en Uchumayo. A las faldas de estos cerros se le une otro riachuelo, llamado el Huasacachi, que también rodea la cadena Sudoeste. El clima de la campiña es templado, y su nivel es de 8000 pies sobre el nivel del mar, hay en ella varias pequeñas aldeas, gran variedad de árboles frutales y se cultiva en abundancia el maíz y la cebada.

El 4 de febrero de 1836 Salaverry se atrincheró en Uchumayo, por donde el puente cruza el río. Pronto aparecieron los bolivianos por las alturas circunvecinas, y el General Ballivián avanzó a tomar el puente por asalto, pero fue rechazado por un nutrido fuego de fusilería. El General Santa Cruz mandó a Anglada que atravesase el río, como a una legua más al Norte del puente, en tanto que ordenó un nuevo ataque. Salaverry, anticipándose a su plan, ordenó al General Cárdenas que atacase al enemigo de frente y lo obligó a abandonar el campo; de modo que cuando Anglada hubo verificado su larga marcha y llegado a atacar la retaguardia de los peruanos, fue rechazado con facilidad. Con esto quedaron terminadas las batallas del 4 de febrero, las que dieron a Salaverry tres victorias sucesivas habiendo perdido su enemigo trescientos cincuenta muertos y doscientos ochenta y cuatro prisioneros.

El día cinco, a las ocho de la mañana, se presentó en el campamento peruano el coronel Sagarnaga de parlamento, e hizo propuestas para regularizar los procedimientos de la guerra y para el canje de prisioneros. Salaverry consintió en ello, declaró que jamás estuvo en su ánimo hacer una guerra sangrienta, y que si en Lima él había declarado guerra a muerte fue obligado a ello, por el modo como procedió Santa Cruz   -314-   con los prisioneros tomados en la batalla de Yanacocha. Santa Cruz regresó a Arequipa en la tarde.

Salaverry resolvió hacer una contramarcha por Congata, Tingo Grande y Socabaya, hacia las alturas de Paucarpata, con el objeto de cortarle la retirada a Santa Cruz e impedir la comunicación con su base de operaciones en Puno. Lo peligroso de este movimiento estaba en el gran rodeo que había que dar al pasar cerca de Arequipa; pues en cualquier punto de este gran semicírculo podía ser atacado por Santa Cruz. El ejército peruano ascendía ahora a 1893 hombres, los enemigos eran casi en el mismo número, pero contaban con 700 hombres de caballería. El jefe supremo principió la marcha el 5 de febrero y pasó la noche en Congata. A las dos de la mañana del día 6 marchó a Tingo Grande, y en la madrugada del siete continuó su peligroso flanqueo. Santa Cruz tuvo noticia de esto el día 6 y dio órdenes para que se le detuviese; destacó al mismo tiempo una división para que ocupase las alturas de Paucarpata. Los bolivianos avanzaron con Ballivián a la izquierda, Anglada a la derecha, y O'Connor mandaba la reserva. Los peruanos en este momento cruzaban un campo sembrado de maíz atravesado por muchos muros y tapias. Cuando principió la batalla, Salaverry se encontraba en el lugar llamado «Tres Tetas»; a su vanguardia había un pequeño llano, al que se llegaba por una colina conocida por el nombre de «Alto de la Puna». El General destacó una división para ocuparla; pero los bolivianos ya se habían adelantado y cuando los peruanos avanzaron precipitadamente, rompieron sus fuegos contra ellos.

Dos batallones dio los bolivianos habían ya sido rechazados, cuando Lagomarsino cargó a la cabeza de «Húsares de Junín» y derrotó a la división de Sagarnaga y otra que ocupaba la retaguardia. Los peruanos perdieron como la mitad de su gente en esta valiente carga; pero este triunfo quedaba compensado con la derrota que sufrieron los cuatro batallones peruanos que se hallaban en los maizales. Después la caballería boliviana cargó contra los «Dragones del Callao» y mataron a su comandante Zavala. En tanto, Santa Cruz ganaba terreno en toda la extensión de la línea. La batalla de Socabaya comenzó a las once y media de la mañana, quedando victoriosos los bolivianos. Perdieron en ese día doscientos cuarenta y dos muertos y ciento ochenta y ocho heridos; y los peruanos tuvieron trescientos cincuenta muertos y seiscientos prisioneros.

La última carga fue dada por Salaverry en persona, que en vano trataba de reorganizar a los fugitivos. Santa Cruz envió una pequeña fuerza a órdenes de Miller para que ocupase las alturas de Vitor y Tambo en la costa, y para que les cortase la retirada a los peruanos. El día 7 ocupó Miller la garganta   -315-   de Guerreros, cinco millas de Islay. La caballería fugitiva formó en el valle Tambo y emprendió la retirada por la costa en dirección al Norte. El coronel Solar que venía a la cabeza se quedó dormido sobre la silla y fue hecho prisionero. El resto de su tropa, unos noventa oficiales y como doscientos hombres, llegaron a Guerreros rodeados de una densa neblina, cuando fueron sorprendidos por una voz que les gritaban «¡Alto, no avancen! ¡aquí está el enemigo!». Era la voz de Miller. El coronel Mendiburu la reconoció; pero siguió avanzando hasta que estuvo delante del General. Convino en rendirse con tal que se les perdonase la vida y que se les franquease pasaporte a los oficiales para retirarse. Sólo los coroneles Coloma e Iguaín rehusaron rendirse y fugaron. Miller envió a sus prisioneros a los olivares de Catarindo, en donde pasaron la noche, y después los trasladaron a Arequipa.

Salaverry y tres coroneles más, uno de ellos Cárdenas, se dirigieron a Islay por distinto camino, marcharon durante todo el día bebiendo continuamente de una cantimplora de agua, y una vez concluida, los devoraba la sed. Al fin después de atravesar el desierto llegaron a un pequeño manantial en el valle de Tambo. El jefe vencido desmontó de su caballo, y después de haber concluido de beber, dijo a uno de sus compañeros, con las lágrimas en los ojos: «¿Cree Ud. que la batalla se hubiese perdido si no es por mis calaveradas?». El día 9 llegaron a una casucha a seis millas de Islay. Miller lo supo y mandó comunicarles el arreglo que había hecho con Mendiburu, y conforme a las condiciones de este mismo arreglo se sometieron Salaverry y Cárdenas. El almirante Postigo desembarcó a su gente para rescatar a Salaverry; pero éste, confiado en el arreglo hecho con Miller, lo autorizó para que rindiese la escuadra en el Callao a Orbegoso. A Salaverry se le envió a Arequipa. Su segundo en mando había sido hecho prisionero en el campo de batalla. Santa Cruz mandó una comisión para que juzgara a los prisioneros, de conformidad con el decreto sanguinario de guerra a muerte suscrito en agosto de 1835; los prisioneros protestaron contra tal modo de proceder, alegando que no debía quitárseles la vida según la convención hecha con Miller, y que aquel decreto sanguinario quedaba abolido por el acuerdo habido en Uchumayo. Anglada que presidía el consejo de guerra suspendió los procedimientos a fin de consultar con Santa Cruz. Éste hizo pedazos el expediente, y simplemente ordenó que se les aplicara la pena de muerte. El nombre del coronel Baltasar Caravedo merece recordarse con honor; pues fue el único miembro del consejo que se negó a firmar la sentencia de muerte, y por tan noble procedimiento fue separado del servicio.

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El 18 de febrero Santa Cruz confirmó la sentencia condenando al jefe supremo, al general Fernandini y a los coroneles Solar, Cárdenas, Rivas, Carrillo, Valdivia, Moya y Picoaga a la pena capital; y a los demás prisioneros, los condenó a largos años de prisión. Cuatro horas después de firmada la sentencia salían los condenados para ser fusilados en la plaza de Arequipa. Salaverry protestó solemnemente contra estos asesinatos. Vestía el uniforme de la «Legión Peruana» y apoyábase en un bastón, pues se encontraba algo cojo, debido a una caída que sufrió. Rayaba en los treinta años. En su testamento dejó por heredera universal a su esposa, y fue su voluntad que se le enterrase en el Panteón de Lima. Además escribió a su esposa una carta bastante patética recomendándole que sólo viviera para sus hijos, que los educase en los principios de la virtud y que les hiciese saber lo inmerecida de su muerte. Durante la ejecución, Santa Cruz se hallaba comiendo en su residencia, en las afueras de la ciudad. Esta medida violenta hacia imposible el buen resultado de su propósito. El país entero aunque subyugado y oprimido estaba en contra de él, y le huían mirándolo como a un hombre sanguinario. Los principales y mejores oficiales del Perú se convirtieron en sus más encarnizados enemigos.

El General Miller le manifestó que había garantizado la vida a sus prisioneros y ofrecido facilidades para regresar a sus hogares; pero le respondió que había hecho mal en ofrecer tales garantías, pues no tenía tal facultad. El General protestó e hizo todo cuanto estuvo en su poder para salvar a Salaverry; pero todo fue en vano.

La biografía de Salaverry la ha escrito Manuel Bilbao. Preparaba éste, su segunda edición, cuando consultó a Santa Cruz, que se encontraba a la sazón desterrado en Versalles, y aunque tarde, pero confesó su error y manifestó gran sentimiento por la manera como había procedido con Salaverry. Carlos Augusto Salaverry, hijo del jefe supremo, llegó a ser un hábil literato y uno de los primeros poetas del Perú.

Ha sido necesario escribir este capítulo dándole la forma de una biografía, por cuanto la vida de Salaverry es típica y representa al joven entusiasta y generoso de aquel período turbulento de la historia del Perú. Los peruanos de aquella época eran hombres instruidos y dotados de gran inteligencia, de claro discernimiento y recto criterio, cuando procedían de conformidad con sus principios; pero a menudo se dejaban llevar por impulsos ambiciosos. En Salaverry el asalto al poder, no fue sino un impulso del momento, opuesto a sus principios y modo de pensar. La ejecución de Valle Riestra fue un arranque de genio, que tan luego como se hubo consumado le pesó profundamente.   -317-   Ningún otro acto de su vida ha pesado sobre su conciencia, pues por lo general fueron de valor y generosidad, sino sabios y juiciosos. Las buenas, así como las malas cualidades del joven peruano, están estereotipadas en la historia de la generosa y entusiasta víctima de Santa Cruz. El Perú siempre recordará con orgullo el nombre y honrará la memoria de Felipe Santiago Salaverry, por haber sido el valiente entre los valientes, el patriota entre los patriotas y a quien sólo impulsaban ideas magnánimas y los más nobles sentimientos.







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Capítulo VIII

La Confederación


SUMARIO

Es la herencia un vínculo irrenunciable.- La ley que hace depender nuestro destino de las acciones remotas nos fue fatal.- Mirada retrospectiva sobre lo que era en 1836 la vida política, social y económica en el Perú.- Los componentes sociales para conseguir la ventura nacional después de la emancipación, fueron malos.- La vida pública que siguió al coloniaje fue raquítica.- Bilbao confirma nuestra tesis y sus conceptos, que son notables, son hoy de extraordinario valor.- El desquiciamiento social que con tanto colorido y precisión nos pinta Bilbao originó el predominio de la fuerza brutal.- En tan caótica situación apareció Santa Cruz.- Condiciones personales que favorecieron su obra.- Conceptuosa opinión emitida por Riva Agüero.- Establecida la confederación, por primera vez en el Perú la paz fue un hecho.- Lo que dijo Santa Cruz en una de sus cartas.- Cimientos que sirvieron de base para levantar la confederación.- Asambleas de Sicuani y Huaura.- Paz Soldán, que en forma muy extensa y admirablemente documentada estudió apasionadamente la política de Santa Cruz, comenta, escandalizado, cuanto en esas asambleas ocurrió.- Cuando la opinión no está formada y las orientaciones   -319-   del caudillo son nuevas, el poder legislativo sólo puede ser un instrumento del que manda.- Relato de Paz Soldán.- Acogida favorable que el plan santacrucino tuvo en el exterior.- Formidable poder que en población y en rentas tenían los tres estados confederados.- Desilusiones y recelos contra el Perú que la obra de la Confederación causó en Bolivia.- Entrometimiento de Chile en los asuntos peruano-bolivianos.- Él fue fatal para la Confederación.- La intervención de Chile no tuvo origen en un propósito verdaderamente nacionalista.- Fue inventada por un hombre superior y se llevó a cabo porque un grupo de peruanos la pidieron, la prestigiaron y pusieron a órdenes de Chile sus fortunas y sus personas.- Vicuña Mackenna puso de manifiesto, en 1878, el origen de la guerra santacrucina.- La consideró como una gran calaverada política y sólo de provecho para Gamarra.- Algunos acápites de su artículo, en los que también evidencia las miras pacifistas de Santa Cruz.- Necesidad de conocer los sucesos de la Confederación antes de comentarlos.- Relato hecho por Paz Soldán en todo lo relativo a la expedición de Blanco Encalada.- El tratado de Paucarpata fue desaprobado por Chile.- Santa Cruz se prepara otra vez para la guerra y lanza su célebre proclama.- El ejército invasor desembarca en Ancón.- Orbegoso aprovecha el apoyo chileno para separarse de la Confederación.- No fue el ejército de Chile lo que causó el temor de Santa Cruz, sino la deslealtad de los que le habían ayudado a consolidar su gobierno.- Esta deslealtad trajo por consecuencia la anarquía que se produjo en el Perú.- Estudio que Bulnes hace de ella en su libro La campaña de 1838.- Encuentro de Matucana.- Bulnes y Gamarra evacuan la capital.- Santa Cruz pierde la oportunidad de vencer a los chilenos en su retirada.- Infructuosas negociaciones de paz entre Wilson, Ministro de S. M. B., que representaba a Santa Cruz, y Egaña por parte de Chile.- Batalla de Yungay.- Descripción que hace de ella el deán Valdivia.- Crítica de O'Connor.- La obra de Santa Cruz fue grandiosa y las consecuencias de su caída repercute dolorosamente y alcanzan hasta nuestros días.- Bolívar tuvo a Sucre, San Martín, a Monteagudo y Arenales; Salaverry, a Felipe Pardo, Santa Cruz no tuvo a nadie, trabajó sin colaboradores,   -320-   sin que su obra fuera comprendida ni apreciada, y esto le fue fatal.- La verdadera oportunidad de la Confederación se perdió en 1827.- La inconsciencia del Perú en su crítica sobre la Confederación fue y continuó siendo tan general que todavía en 1879, antes de comenzar la guerra en Chile, una inmensa mayoría de peruanos maldecían la obra de Santa Cruz.- Lo que dice Riva Agüero.- La historia financiera del Perú en los años que corrieron de 1833 a 1839 está caracterizada por la más completa falta de datos y documentos.- Las rentas públicas fueron dedicadas únicamente al sostenimiento de los ejércitos beligerantes.- Durante la guerra del año 1838, el Perú mantuvo dos ejércitos, uno confederado de 30000 hombres y otro invasor de 10000.- Presupuesto del año 1830.- Lima, que en 1820 tenía una población de 34587 varones, la vio reducir en 1836 a 26415.- Datos aislados tomados del libro segundo de Dancuart.- Mala voluntad que el pueblo y la aristocracia tenían hacia los europeos que no eran españoles.



I

Siguiendo nuestro plan y enfocando nuestras narraciones hacia un solo objeto, hemos puesto en evidencia las desfavorables circunstancias bajo las cuales el Perú inauguró su vida independiente. Ellas tuvieron origen en un pasado de errores y en un despotismo que duró tres siglos y que nos lanzó a la vida republicana sin luz y sin experiencia.

Hemos puesto también de manifiesto los males fundamentales que a nuestra constitución y a nuestra integridad territorial causó la dictadura de Bolívar. Réstanos ahora volver al campo de los sucesos ocurridos en los años posteriores, y en alas de esa nueva ciencia que se llama la Sociología penetrar con espíritu analítico en las profundidades de la Historia. Deteniéndonos en la lectura de ella en la parte que principia con La Mar y termina con el fusilamiento de   -321-   Salaverry, encontramos el origen de muchos de nuestros infortunios posteriores y la causa del desorden que sólo vino a terminar con la subida de Castilla al poder el año 1845. La herencia es un vínculo irrenunciable, y la ley que hace depender nuestros destinos de las acciones remotas, a menudo se nos revela en forma que pone de manifiesto toda su trágica inflexibilidad. Esa ley exige estudiar y exponer las causas que produjeron los sucesos posteriores, y este estudio nos obliga a detener nuestras narraciones, a entrar en el terreno de la observación, a fin de analizar el estado en que se hallaba el Perú en esos años que terminaron en 1836. Una mirada retrospectiva sobre lo que era en esos tiempos la vida política, social y económica del Perú, nos explica los motivos que por entonces nos condujeron al fracaso. La emancipación buscó la libertad y con ella el progreso y la ventura públicas, mas desgraciadamente fueron malos los componentes sociales con que se contó para alcanzar tan plausible fin. Relajada la moral, viciados los hábitos, desacreditado el trabajo con la esclavitud y, arraigados en lo más íntimo de la sociedad el privilegio y el monopolio, la democracia que se quiso implantar no pudo adquirir raíz, y la vida pública que siguió al coloniaje resultó raquítica y en todo orden inferior a lo que había sido en la época anterior.

Bilbao confirma nuestra tesis. Sus conceptos, que son notables y que revelan en él todas las condiciones del sociólogo, son hoy de extraordinario valor. Contemporáneo de los sucesos que relata y de nacionalidad chilena, sus opiniones tienen el mérito de ser desapasionadas, no habiendo estado afiliado a los partidos políticos de su tiempo, ni tampoco a merced de las dádivas de los gobernantes. Dice:

La revolución de la independencia había quedado reducida al cambio de personas; había venido a ser una burla de la república y sin aventurarnos mucho, podemos asegurar que   -322-   había empeorado la condición material del país y aún las garantías del individuo.

¿Qué se necesitaba para completar el resultado de la emancipación? Llevar adelante la reforma en todos sus ramos: sustituir las leyes monárquicas por las leyes democráticas; nuevos códigos; nueva política que hiciese efectiva la vida civil del ciudadano: igualdad en la aplicación de la ley; garantías para el uso de las libertades públicas: prosperidad e incremento de la riqueza nacional. Se necesitaba todo y sin embargo nada existía.

Éramos una monarquía en el fondo con el traje indeciso de la república.

El ciudadano, por la ley, estaba condenado a no intervenir en los negocios públicos; no podía pues tener interés en la organización de los poderes porque su existencia era cero. Y en esta posición, la generalidad quedó después de la independencia en situación azarosa porque la emancipación vino a ser un bien para cierta clase del país y de ningún resultado físico y moral para todos. Era preciso hacer que los poderes del Estado naciesen del corazón del Perú; que todos interviniesen en la formación de ellos porque todos tenían el derecho de soberanía. Lo contrario era remedar el sistema monárquico, concretado al desconocimiento del poder civil y al reconocimiento del derecho absoluto que los déspotas han apellidado divino.

Existían los mayorazgos que formaban una clase privilegiada, con opción al patrimonio de los ascendientes excluyendo al resto de la familia. Existían los impuestos sobre el individuo que gravaba a los ciudadanos desproporcionalmente al haber de cada uno. Existía la contribución del indígena que les obligaba a pagar el tributo del suelo que pisaban, sin que tal gravamen recayese en los demás habitantes del Perú. Existía la esclavitud a pesar de haber sido abolida por la ley. El pobre no podía ser ni diputado, ni elector, ni ciudadano; mientras que el rico podía serlo todo.

Ante la ley eran todos iguales, según la Constitución; pero ¿ante qué ley? La ley que regía era la ley de la monarquía y esa ley establecía el privilegio, autorizaba el monopolio: la ley era desde luego el fundamento de la desigualdad y al sentarse un principio como el que la carta sentaba, no se hacía más que ridiculizar, crear expectativas, garantir derechos que iban a morir en la aplicación del él.

La igualdad ante la ley era una mentira.

Como resultado de la emancipación se esperaba que la riqueza del país tomase un desarrollo extraordinario; que duplicara los ingresos del estado y al mismo tiempo extendiese   -323-   la riqueza en los individuos. Esta esperanza nacía de una verdad matemática que la ciencia ha establecido y la práctica corroborado. Si el Perú, dotado por el Creador de las producciones más necesarias para el consumo; de granos, de lanas, de algodones, de minerales etc., etc. suministró a la España tan enormes cantidades que sobraban después de satisfechos los gastos de una Corte; si el Perú, que era una de las más ricas colonias de la América, estando dominado por el monopolio, era la fuente de recursos para la Metrópoli; emancipado, es claro que debía dar el doble y aún más, comprendiendo que la abundancia y la prosperidad serían más que suficientes para engrandecer al país.

La industria agrícola y minera sujeta a trabas por los reglamentos españoles y ahogada por las contribuciones directas e indirectas, producía lucro para los particulares.

Las aduanas limitadas a la recolección de los derechos de importación y exportación, del comercio que se hacía con la Metrópoli, dejaban sumas crecidas al erario.

La minería a pesar de tener sobre sí el peso de los derechos que se reservaba la Corona, era también próspera.

Los particulares hacían capitales y el gobierno nadaba en oro. Todos sus gastos satisfechos y siempre con sobrantes para remitir a España.

El Perú, durante el coloniaje, no hay que dudarlo, subía en sus entradas a más de un tercio que cuando fue independiente.

Hecha la revolución, el Perú cayó en la miseria; se abrieron las puertas al extranjero y el monopolio de las industrias decayó algún tanto. Desde entonces las riquezas del país no fueron a aumentar las arcas de una potencia extranjera. Todos sus productos quedaron para servir al país mismo. Había, pues, un hecho que pronosticaba la opulencia, pero ese hecho fue desmentido por otro hecho: la decadencia del Perú, el pauperismo público y privado.

El erario nacional se encontraba exhausto; las industrias anonadadas; las aduanas sin entradas que compensasen sus gastos. ¿Qué era esto? Los partidarios del coloniaje decían: esos son los frutos de la independencia. Presentaban el hecho de la anonadación del país, echaban su vista al pasado y volvían a declamar: ¡la independencia fue un mal! Blasfemia que encontraba eco en los seres que se alimentaban de la degradación nacional, de los que ciegos al honor cifraban el porvenir en cálculos numéricos, en la reaparición del despotismo que les hacía llevadera la vida porque les quitaba el peso de ser libres, de manejarse por sí. Así era que la blasfemia era atendida. ¡Pero no! El choque de la prosperidad con el pauperismo no   -324-   era la consecuencia de la revolución, era el encadenamiento que esa revolución tenía para realizar la reforma, en la educación, en las costumbres, en las ideas absolutistas y atrasadas de los que habían dejado de ser colonos.

Después de la emancipación, el Perú cayó en manos de los que habían trabajado por la independencia. La mayor parte eran hombres de edad, formados y constituidos para existir en la atmósfera política de los conquistadores. Habían comprendido el derecho de la independencia, pero no habían comprendido que ese derecho estaba ligado al de libertad y que al echar fuera las huestes españolas era preciso innovar el espíritu que les había hecho vivir en la esclavitud. De ahí nació que la educación no se basó en principios contrarios a los que antes se difundían; que la reforma quedó sin efecto; que la revolución se detuvo en su primer paso. No hicieron el bien de sacarnos del pupilaje, en gran parte, nos dañaron también en haberse arrogado la dirección de los Estados. La generalidad de ellos han sido el cimiento y apoyo de los despotismos que se entronizaron en la América.

Así fue, que el Perú, como los demás Estados, debiendo haber presentado el aspecto más grandioso, vino a presentar el aspecto más triste. Su riqueza no podía engrandecerse porque no podía desarrollarse.

Se abrieron las puertas al comercio extranjero pero coartando los efectos que debiera haber producido por los crecidos impuestos que se crearon para sus mercaderías, impuestos que insensiblemente iban menoscabando la riqueza particular, porque tal es el efecto de las contribuciones indirectas.

La industria no recibió alivio alguno y las leyes que se dictaron con relación a ella, fueron siempre imponiendo nuevas cargas. La exportación fue al mismo tiempo perjudicada con gravámenes de distinta especie. A título de crear rentas para el Estado, el Estado se perdió.

El extranjero no vio aparecer en su favor leyes protectoras. Siempre la exclusión de cultos; siempre mirándose al hombre como extraño de la especie humana.

En el sistema económico no se había dado un paso. Imperaba el sistema de las trabas. Las leyes de monopolio continuaban rigiendo.

Así era, que el pauperismo era el resultado de lo que se conservaba del coloniaje, no de la revolución de la Independencia.

Hemos recorrido el estado de las instituciones del Perú y de esa rápida ojeada podemos deducir, que nada se había adelantado en el programa de la revolución. Echemos ahora una ojeada sobre el estado social del país, y sin que se nos crea por un momento   -325-   exagerados, los hombres desprendidos de las sutilezas mezquinas que obscurecen la inteligencia, aprecien y comparen si no era aún peor que el que existía desde tiempo atrás.

La corrupción se había apoderado de los poderes civiles. Si en tiempo del coloniaje los caudales públicos iban en aumento, en tiempo de los independientes iban en decadencia. A más de los defectos que se apercibían en las instituciones económicas, vicios más poderosos se dejaban notar. Era la falta de honradez en la administración de la hacienda; era el fomento del contrabando por los empleados encargados de perseguirlo; era, por fin, el desorden en el manejo de las rentas nacionales. Los presidentes Gamarra y Orbegoso, es verdad que, no se enriquecían, que no tomaban para su patrimonio, pero consentían, toleraban y aún facultaban el despilfarro del erario público.

En los puertos se establecían compañías de contrabandistas que en unión con empleados del Ejecutivo introducían mercaderías gravadas con fuertes derechos por los reglamentos de aduana. Resultaba de aquí que el erario dejaba de percibir el impuesto, gravaba a los particulares por cuanto las mercaderías se vendían al precio de plaza y sólo unos pocos eran los lucradores.

En los departamentos se dejaban impunes los abusos de los gobernadores y subalternos que imponían contribuciones arbitrarias y rara vez rendían cuenta de las entradas fiscales. Se veía a hombres que de la noche a la mañana improvisaban fortunas sin tener otras entradas conocidas que el sueldo.

Los presupuestos públicos eran desconocidos y a título de gratificaciones se dilapidaban, se repartían las rentas nacionales entre los adictos al partido dominante.

Así era, que por especulación se entraba muchas veces en la política. Al Estado lo juzgaron una fuente inagotable de oro, destinada a ser la presa de los ambiciosos.

Echar una ojeada en la recolección de los impuestos y penetrar en las maniobras que se hacían para repartirse parte del producto entre el recolector y el depositario, era abismarse en el desenfreno del latrocinio.

La falta de honradez en el manejo de la hacienda nacional, que disminuía las entradas del tesoro, se dejaba ver en que el gobierno en vez de contraerse a crear arbitrios se contraía a aumentar los egresos de él. Diariamente se leían decretos que creaban nuevos destinos, que aumentaban sueldos a clases determinadas del Estado. De improviso se vio aparecer un ejército de oficiales innecesarios, que proporcionalmente era superior al número de tropa que existía. Había una revolución, y al día siguiente los alféreces subían a capitanes, y los capitanes   -326-   a tenientes-coroneles. Los viejos soldados de la independencia tenían que ir a ocultar sus galones chamuscados por la pólvora, en la multitud de bordados e insignias que acababan de salir de las fábricas.

¿Y quién desconoce que se reconocieron créditos por el erario nacional, que en su mayor parte eran nominales? ¿quién no tuvo noticia que los encargados de proveer las necesidades del ejército, de la marina etc., etc., se quedaban con la mitad del dinero que recibían, y aumentaban sus cuentas con precios imaginarios.

Los españoles tenían sobrantes porque eran honrados. He aquí la diferencia que deslindaba la cuestión de la decadencia en la riqueza del Perú.

Es cierto que las guerras y la anarquía habían esterilizado el territorio, pero también es cierto que los abusos existían y que la opulencia acopilada en trescientos años de abundancia, casi desapareció en diez años de despilfarros.

Los presidentes, los encargados del Poder Ejecutivo conocían estos males; los conocía el pueblo y contra ellos clamaba, pero el gobierno no se atrevía a remediarlos porque tenía necesidad de sostener adictos que lo sostuviesen y esos adictos pedían oro, oro que se les daba por no disgustarles. Prueba elocuente de la impopularidad de esas administraciones que necesitaban ser criminales y rodearse de tales, para conservarse.

Arrastrados por estos abusos los gobernantes, precipitaron el crédito nacional a la nulidad. Se procuró crear el papel moneda en el país de la plata; se levantaron empréstitos con trabajos increíbles, porque el crédito público estaba postrado. Se vendieron propiedades fiscales malbaratando el precio de ellas; las contribuciones se multiplicaban a más de los cupos que se imponían a particulares; los empleados llegaron a ser condenados a no percibir sus sueldos; la bancarrota se declaró.

Esta situación parecía ir en aumento; los ministros de hacienda confesaban que no encontraban arbitrios para salir de ella. En sus esfuerzos no hacían más que secar las fuentes de producción.

Ante ejemplos de esta especie los individuos se entregaban a los vicios. El juego regenteaba como una especie de industria y a pesar de palparse las ruinas de las familias, la desmoralización del pueblo se consentía.

No hablemos de la educación pública, porque esa educación destinada a reformar y afianzar la República, a más de que era onerosa y exclusiva para el rico, era la continuación de la que antes existía: la educación calculada para combatir los derechos individuales y perpetuar el dominio de la arbitrariedad.

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Faltaba el pan para el cuerpo y el pan para el espíritu. Pauperismo material y pauperismo espiritual.

El mismo fanatismo religioso llevado al extremo de servir de pantalla a la prostitución. La razón y la conciencia sujetas a la conciencia y a la razón de los dogmáticos del error. El absolutismo santificado como emanación del derecho divino. Existentes los abusos del catolicismo que lanza anatemas contra la libertad del pensamiento. Odio al extranjero que se creía estar en contra de las creencias del país.

La misma superstición religiosa.

El trabajo del hombre yacía vilipendiado. Considerado como una degradación del individuo, el trabajo necesitaba mantener una especie de hombres sujetos a la infamia. Por eso se conservaba la esclavitud, porque la esclavitud era la degradación y su destino servir al trabajo que equivalía a un vilipendio. De ahí nacía la carencia de operarios para los campos; de ahí la existencia de esa clase noble que pretendía ser destinada a los placeres y nunca al trabajo. De allí por fin, esa multitud de holgazanes que preferían pedir limosna antes que descender a la humillación de ganar el pan con sus esfuerzos.

La falta de nivelación entre las clases del país, no dejaba de contribuir al mal aspecto social de la república. Los nobles, los adictos al partido que imperaba, hacían estable el respeto al más fuerte. Contribuía a ello la impunidad y la desigualdad en la imposición de las penas. El infeliz estaba sujeto a los castigos infamantes y el noble no. Para el primero no se titubeaba el condenarle a una prisión, a trabajos públicos, etc.; para el segundo se consideraba a la familia, las relaciones, el caudal que poseía. De este modo el abatimiento servil del pobre tomaba vuelo ante el orgullo cruel del señor. La idea de superioridad de origen en el derecho, venía a consolidarse cada vez más y más y por consecuencia, el principio de la desigualdad, el abatimiento del proletario venía a fortificar el imperio de unos para decidir, intervenir y hacer juzgar a los otros.

Monopolio de la libertad y de la dignidad; justificación del crimen; fomento de la corrupción.

Deducción lógica de tal situación era la anarquía de ideas que había en todos los peruanos. La no existencia fija de los principios y por consiguiente la falta de unidad en las opiniones.

La ignorancia en que se encontraban las masas de sus derechos, les había hecho caer en la indiferencia por la vida pública, en el abandono de la fe por llegar a ese término que creyeron vislumbrar en el tiempo de la independencia. Se levantaban déspotas y se les sumergía en la miseria; se derramaban   -328-   los tesoros del país y a la par la sangre de hermanos. Hoy combatían por uno que prometía la libertad, mañana por otro que presagiaba la tiranía. Se les engañaba desde las gradas del poder y se les diezmaba desde las cavernas de los ambiciosos. Hoy aparecía un demagogo deslumbrando con palabras huecas y mañana ese demagogo se apoyaba en el pueblo para vengar pasiones, mas nunca para sacarle de la postración en que estaba.

Los mandatarios ni eran tiranos que imprimiesen el sello del genio a la administración, ni hombres que trazasen un plan fijo de política. Algunos pensaban en que el sistema monárquico sería el remedio para estos males, otros confiaban en la consolidación de un gobierno fuerte por las bayonetas; quienes ponían sus ojos en el hombre que mandaba en Bolivia; pocos pensaban en la verdadera república y la mayoría estaba por lo que sucediese.

Esta indiferencia hacía cerrar los oídos a la palabra regeneradora que salía de los labios de Vigil y de la pluma de Vidaurre. Se sentía la necesidad de mejorar, de salir de esa incertidumbre; pero había desmayo en el espíritu y se esperaba que otro hiciera por uno; ¡egoísmo infernal que arrastra plagas para purgar los vicios de los pueblos!

He aquí el estado social del Perú en la época que historiamos.

Si tal era el desorden público y privado, la autoridad civil venía a ser la expresión de él. Sin reformar las leyes abusaba de las leyes despóticas que nos quedaron de la monarquía. Sin reformar el sistema económico, en vez de arreglar la distribución de las rentas, dilapidaba. Sin procurar la educación pública, prostituía con el ejemplo de la impunidad, de la inseguridad, del robo y de cuantos vicios se practicaban con el escándalo más inaudito.

¿Qué se esperaba para reformar? La palabra que debía producir la educación de las masas estaba monopolizada por dos poderes: el púlpito y la prensa. Los curas desde sus cátedras la hacían llegar a los oídos de los ignorantes, preñadas de los errores y del fastidio de repetir lo que no entra por la razón. ¡Siempre declamando y amenazando! La prensa, la prostituía, empleándola para dilucidar cuestiones personales, en que los vicios privados se ventilaban como cuestiones de vital importancia, relajando de este modo el sentimiento honesto que fortifica el respeto del hombre para con el hombre; pervirtiendo lo pulcro del corazón que forma uno de sus adornos y distrayéndole totalmente de la vida pública, mientras las langostas del Estado se absorbían al Estado.





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II

Este desquiciamiento social, que con tanto colorido y precisión pinta Bilbao, originó el dominio de la fuerza bruta. El país quedó a merced de los prefectos y de los jefes de cuerpo, cuyos batallones, arma al brazo, a su placer pasearon la República haciéndose la guerra entre ellos. En esos tiempos de Gamarra y Salaverry, llegó un día en que figuraron en la escena cuatro presidentes que se titulaban legítimos. Era éste el estado del Perú, cuando apareció Santa Cruz.

Ciudadano de la República por la ley, vencedor de Pichincha, patriota antiguo, conocido ventajosamente por todos, relacionado con las clases distinguidas de la sociedad, como también con las tropas libertadoras en las que había servido, y llamado por uno de los Presidentes que tenía más apariencias de legalidad, exhibiose en el Perú al frente de un poderoso ejército. Sus muchos amigos pronto le hicieron un partido que pudo nombrarse nacional. Los hombres de trabajo, para los que es una condición la estabilidad, vieron en él garantizadas la vida y la propiedad. Los especuladores políticos que lo encontraron poderoso y con diez mil soldados se apresuraron también a rodearlo, temerosos de llegar tarde, y el pueblo, que no veía en él a un español y que estaba desilusionado, permaneció quieto. Sólo los viejos patricios, enemigos implacables de toda tiranía, y un puñado de valientes salieron en defensa de la patria; pero pobres, sin recursos y desacreditados por los horrores de la guerra civil, cayeron vencidos en la lucha. El valor sucumbió bajo el peso del número, y la que se llamó Confederación peruano-boliviana fue un régimen aceptado, si no por el voto popular, al menos por la opinión, que reaccionó contra las teorías liberales de la República, cuya falsedad todos presentían en vista de su impracticabilidad.

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Dice Riva Agüero en su notable libro La Historia del Perú:

El plan de federación concebido por Bolívar resucitó con Santa Cruz, limitado, concretado, reducido a proporciones posibles y razonables. Lo que para Bolívar era simple fragmento de una especie de poema heroico de unificación hispano-americana, parcial preparación para la deslumbrante y dorada quimera de la dictadura continental, elemento secundario y accesorio de sus proyectos gigantescos, se convirtió para Santa Cruz en objeto único, absorbente, en propósito vasto pero realizable y práctico. La misma inferioridad del discípulo respecto del maestro podía redundar en provecho de la obra de aquél; porque en vez de los raptos y visiones a menudo perjudiciales del genio, traía las soluciones metódicas de un talento normal aunque atrevido, más apropiado para adaptarse a la complejidad de las cosas. La federación ideada por Bolívar era opuesta a las conveniencias del Perú y de Bolivia, ya que subordinando estos dos países a Colombia, haciéndolos satélites de Nueva Granada y Venezuela, los sacaba de su órbita natural y de hecho los reducía nuevamente a la condición de colonias. Pero la mera reunión del Perú y Bolivia, fuera de la tutela colombiana, era cosa muy distinta, muy justificada y eminentemente útil a la sazón para entrambos estados. Prescíndase si se quiere de las tendencias históricas, de la confraternidad indígena, de las tradiciones incaicas, de la prolongada comunidad en el régimen español antes de la artificial división de 1776; que por más que todo esto no carezca de valor, era lo menos importante para el caso. Las verdaderas razones que militaban en favor de la confederación, eran de índole internacional y comercial. Frente a la energía y a las ambiciosas miras de Chile que ya había dado de sí claras muestras; junto a nacionalidades tan extensas como el Brasil y la Argentina, que indispensablemente habían de hacerse algún día formidables; ante la amenaza de que alguna vez reviviera la Gran Colombia, o a lo menos la parte más restaurable de ella, a saber, la alianza íntima entre Nueva Granada y el Ecuador, que es una posibilidad constante en la política sudamericana; el Perú y Bolivia necesitaban unirse para formar un gran estado, si querían mantener el verdadero equilibrio de la América Meridional, y si no se resignaban de antemano a la vida oscura y subalterna que hoy llevan. La confederación era el único camino por el que los dos países podían alcanzar el respeto externo y hasta la hegemonía. No se olvide que el Perú en esos tiempos aún no poseía la efímera riqueza del guano, que fue lo   -331-   que le permitió llegar por sí solo a la fugaz prepotencia diplomática que logró a mediados del siglo. Y a estas condiciones de política externa venían a sumarse importantísimos, intereses económicos que abogaban en pro de la unión. La constitución del Perú y de Bolivia en naciones independientes y separadas, en la forma en que quedaron establecidas en 1826, era un desgarramiento tal que producía incalculables daños y trastornos mercantiles. Los departamentos peruanos del Sur palpaban entorpecido su desenvolvimiento, limitado su tráfico, y sufrían la acción de un contrabando espantoso; y Bolivia, sin más puerto propio que el ilusorio de Cobija, se asfixiaba en su encierro andino y padecía el duro yugo de la aduana de Arica. En esta condición, sólo dos soluciones definitivas se presentaban en aquel tiempo, la una favorabilísima al Perú, y la otra funesta: o la Confederación Perú-Boliviana, o la adquisición por Bolivia del litoral comprendido entre el Sama y el Loa. Santa Cruz intentó sucesivamente realizar las dos, la primera de 1825 a 1838, la segunda de 1838 a 1841; y las dos fracasaron. Con la intervención armada de Chile, que destruyó la Confederación, se presentó la solución tercera, la que por desdicha había de prevalecer: la ingerencia de un tercer país, que se interponía entre las dos repúblicas hermanas, Perú y Bolivia, imposibilitaba su unión, se aprovechaba de sus conflictos y se preparaba a rematar algún día la empresa con la desmembración violenta de ambas.



Por primera vez la paz fue un hecho. Ninguno de los sempiternos conspiradores tuvo elementos ni valor para destruir el nuevo gobierno.

Tan persuadido estoy -decía Santa Cruz en una de sus cartas-, de cuáles han sido las causas de la anarquía y el continuo desorden, que no puedo equivocarme en esperar que la destrucción de Gamarra, Salaverry y de las tropas que les servían, sea bastante para extirparlas. Los militares no han sido sino los ejecutores de un espíritu de rebelión diseminado, y los agentes para contrariar todo Gobierno y todo orden que no se sometiera a su influencia... Ya he mandado juzgar aquí a todos los jefes principales, y aprobadas sentencias, se han fusilado esta tarde nueve. Este ejemplo confirma la política que yo creo precisa... Ahora es posible que se arregle el Perú sin sus conspiradores de costumbre, estando amenazados igualmente los que intenten seguir su ejemplo.



Consolidado el sistema comenzó el saneamiento administrativo. Antes de tratar de él necesario nos es poner la   -332-   vista en los cimientos que sirvieron de base a la obra unionista. Esto exige decir algo acerca de lo que fueron las Asambleas de Sicuani y Huaura. Paz Soldán, que en forma muy extensa y admirablemente documentado, aunque con notable pasión, estudió la política de Santa Cruz, comenta escandalizado cuanto en esas Asambleas ocurrió. Ansioso Santa Cruz de crear un régimen nuevo, régimen que nadie estimaba ni deseaba, tuvo que hacer las cosas en forma impositiva. Cuando la opinión no está formada, cuando reina la anarquía, y las orientaciones del caudillo son nuevas, el poder legislativo sólo puede ser un instrumento del que manda. San Martín, Bolívar y Salaverry dieron el ejemplo a Santa Cruz. Dice Paz Soldán:

Frescos estaban los cadáveres de los que perecieron en el campo de Socabaya, y en la plaza de Arequipa, cuando se reunió la Asamblea en Sicuani (Marzo 16 de 1836), pueblo miserable del Departamento del Cuzco, de cuya Capital dista 25 leguas. Componían esta Asamblea Diputados en cuya elección no tuvo parte el pueblo; farsas de elecciones bastaron para que aparecieran electos individuos escogidos a propósito para servir de instrumento a los planes preconcebidos y calculados de tiempo atrás. En el decreto de convocatoria se limitó a veintitrés el número de Diputados, a fin de dominarlos con mayor facilidad, cuando los que sancionaron la Constitución de 1834, que representaron esos Departamentos, fueron 37. El 16 de marzo de 1835 Santa Cruz en persona instaló la Asamblea, por encargo y delegación de Orbegoso. Se felicitaba de reunirlos bajo los auspicios de la victoria y de la paz.

El día de la instalación nada se discutió, pero se acordó que en el siguiente se presentara algún proyecto para discutirlo en consecuencia la Comisión, compuesta de los Diputados Infantas, Mato, Pacheco, Cosío y Flores, presentó un proyecto de ley declarando que los Departamentos de Ayacucho, Cuzco, Puno y Arequipa se erigían y constituían en un Estado Sud-Peruano, con la adición del Dr. Flores que decía así: «Adoptando para su Gobierno la forma popular, representativa». Esta adición que al parecer no admitía discusión por ser un dogma político conquistado en los campos de Ayacucho, y reconocido por Santa Cruz, dio a conocer las siniestras intenciones de éste y las de sus serviles instrumentos, entre ellos el Dr. Mariano Campero,   -333-   que abogó en favor de la monarquía bajo el falso nombre de Gobierno republicano moderado.

La discusión tomaba cuerpo y calor, cuando se presentó en la Asamblea el Secretario General de Santa Cruz, tomó asiento, y sin que pidiera la palabra, que a ella no tenía derecho un extranjero, y menos el Secretario General del vencedor de Yanacocha y Socabaya, en una Asamblea Peruana en la que se trataba de los intereses más vitales de la patria, el Presidente de la Asamblea, como el más servil, se la brindó; el Secretario Torrico pidió, apoyado en sofismas, que no se admitiera la adición.

Lo que pasó en el seno de la Asamblea, en su primera sesión, la insolente intervención del Boliviano Torrico, Secretario del Dictador, y el discurso de éste apagaron del todo los ligeros destellos de libertad y dignidad que quedaban en el corazón de unos pocos Diputados; así que en las siguientes sesiones se aprobó sin discusión y por unanimidad cuanto se les presentó formulado. Sin discusión se declaró también que los Departamentos de Arequipa, Ayacucho, Cuzco y Puno se erigían y constituían en un estado libre e independiente bajo la denominación de Estado Sud-Peruano, comprometiéndose a celebrar con el Estado que se formara en el Norte y con Bolivia vínculos de Federación, cuyas bases las acordaría un Congreso de Plenipotenciarios nombrados por cada uno de los tres Estados. Se confió el ejercicio de toda la suma del poder a Santa Cruz, bajo el título de Supremo Protector del Estado Sud-Peruano (Sicuani, Marzo 17).

Si Santa Cruz revestido con sólo las facultades que le transfirió Orbegoso limitadas a lo relativo a la guerra, se consideró autorizado para dictar decretos en lo civil y político, cuando recibió la amplia autoridad de la espuria Asamblea de Sicuani, ya se creyó un soberano absoluto, dueño del Sud del Perú: no otra cosa significa el decreto en que creaba un Ministerio encargado de la administración pública, en caso de su enfermedad o muerte (de Santa Cruz), sin limitar el término (decreto de marzo 21 de 1836). Este solo acto debió indicar a los peruanos del Sud que el nuevo Gobernante estaba resuelto a imponerles su autoridad, hasta después de su muerte. Orbegoso bien lo comprendió en el fondo de su corazón, pero no tuvo el arrojo bastante para manifestarlo en público.

Santa Cruz, en el atolondramiento de su elevado puesto, dictó Reglamentos detallando las atribuciones de los Prefectos y Sub-Prefectos; el de Policía y el del Ceremonial y tratamientos; en todos ellos se descubría su tendencia autocrática. También declaró puerto de Depósito la Aduana de Arica, y puerto común con Bolivia y del Estado Sud-Peruano; pero ningún   -334-   decreto causó mayor indignación que el dictado en el Cuzco el 22 de junio, cuatro meses después de fusilado Salaverry y sus compañeros (Febrero 18). Por este decreto echó abajo toda la antigua legislación civil y penal, reemplazándola con los Códigos Civil, Penal y de Procedimientos de Bolivia, que debían regir en el Estado Sud-Peruano, después de promulgados el 13 de agosto.

Santa Cruz se encontraba en el Sur, intranquilo al ver que Orbegoso no convocaba la Asamblea del Norte; pero días después que obtuvo el triunfo de Socabaya, y quizá en los momentos en que oía las descargas de fusilería que daban muerte cruenta a Salaverry y sus infortunados compañeros, escribió a Orbegoso una carta, que demuestra su sanguinario plan de política y la dureza de su corazón.

Esta Asamblea, más servil que la de Sicuani, remachó las cadenas que destrozaban la unidad del Perú; confió a Santa Cruz un poder ilimitado, en duración y facultades, desde que lo autorizaba para nombrar sucesor y Plenipotenciarios para el Congreso General. La Asamblea se reservaba el derecho perpetuo de nombrar el Jefe del Estado (art. 6.º), privando a los peruanos del derecho de elegir su mandatario. No satisfechos con aprobar los actos de Santa Cruz y los de la Asamblea de Sicuani, decretaron gracias a Bolivia y a Santa Cruz, le ratificaron el título de Invicto Pacificador, mandando que sus retratos, orlados, se colocaran en las salas principales de los Congresos, Tribunales y Casas de Gobierno; que se acuñaran monedas con su busto, que se colocara su estatua, sobre un arco triunfal, en uno de los monumentos que existían en Lima desde tiempo de los Virreyes; que el día 3 de mayo, de su natalicio, de todos los años venideros, se consagrara a fiestas cívicas con Te Deum, en honor y por la prosperidad del Invicto Pacificador, durante su vida, y después de su muerte, por el bien de su alma; y coronaron sus bajezas obsequiando, a nombre de la Nación cien mil pesos a la consorte del Invicto Pacificador (Agosto 9).

Lo que fue la Asamblea de Huaura y lo que hizo Santa Cruz en los primeros días de su mando, lo dice Orbegoso con aquella ingenuidad y sencillez que prueba que si cometió grandes errores políticos, su corazón fue puro. Oigámosle: «No puedo hablar de la Asamblea de Sicuani por no haberme hallado a su instalación, habiéndome conducido al Norte la campaña de la pacificación. La de Huaura, que instalé personalmente, fue, como todos lo saben, coartada de un modo público por el General D. Ramón Herrera, agente del General Santa Cruz, que con el carácter de Ministro Plenipotenciario de Bolivia, fue a Huaura,   -335-   empleó todos los resortes imaginables para arrancar la ley orgánica de 11 de agosto...».

Santa Cruz, que esperaba en Tarma, a la cabeza de un ejército, las resoluciones de la Asamblea, tan luego como le llegó la noticia de su primer decreto, se puso en marcha sobre Lima; en donde hizo su entrada triunfal el 15 de agosto, para tomar posesión del mando al siguiente día, como lo verificó prestando, con todo el aparato posible, el juramento, ante una Comisión especial nombrada por la Asamblea.

De Bolivia nada tenía que temer. El Congreso de 1835, por ley de 22 de julio, se adhirió a la Federación iniciada por la Asamblea de Sicuani; y el Congreso extraordinario reunido en Tapacari lo había autorizado, por ley de 20 de junio de 1836, para arreglar y resolver cuanto concerniera al objeto de complementar la Federación.

Cuando vio que todo estaba preparado y asegurado, dictó el célebre decreto de 28 de octubre (1836) declarando que: «Quedaba establecida la Confederación Perú-Boliviana, compuesta de los Estados Nor y Sud-Peruanos, y de la República de Bolivia». El Congreso de Plenipotenciarios, encargado de fijar las bases de la Confederación, se compondría de tres individuos por cada uno de los tres Estados, y se reuniría en la ciudad de Tacna, el 25 de enero de 1837. Desde entonces se creyó Santa Cruz omnipotente; mandó que en el Estado Nor-Peruano rigiera el Código de Procedimientos en lo Civil, el mismo día en que declaraba establecida la Confederación.

Después que Santa Cruz propuso a Chile arreglar las cuestiones por medio de un arbitraje, y mientras recibía la contestación, sin inquietarse por el Ecuador, pues ya tenía celebrado el tratado, y contaba con la verdadera amistad del Presidente Rocafuerte, pensó en dar la última mano a su magna obra de la Confederación, hija predilecta de sus ensueños desde el año 1829. El Congreso de Plenipotenciarios estaba encargado, según lo resuelto en las Asambleas de Sicuani, Huaura y Tapacari, de arreglar las bases de la Confederación, y se autorizó a Santa Cruz para que eligiera esos Plenipotenciarios. De este modo los pueblos del Perú y Bolivia perdieron su inalienable derecho de nombrar sus representantes para el acto más augusto del ejercicio de la soberanía, y cuando se iba a resolver sobre su suerte futura: Santa Cruz nombró tres Plenipotenciarios, por cada uno de los tres Estados, y cuidó de escogerlos entre los hombres de más alta jerarquía, pero de notorio y muy probado servilismo.

El titulado Congreso de Plenipotenciarios se instaló el 18 de abril. Aquello no podía merecer tal nombre, porque carecían de los verdaderos poderes de los pueblos que pretendían   -336-   representar. Bastaron pocos días para que tres Obispos, tres hombres astutos, avezados en las intrigas de la política, y tres hombres desconocidos en la vida pública, resolvieran sobre la suerte de dos naciones y dispusieran de sus más sagrados intereses. En 45 artículos fijaron la Constitución política de los tres Estados, Nor y Sur Perú y Bolivia. En ella se señalaba al Protector de la Confederación el largo período de diez años, pudiendo ser relecto indefinidamente. Se le daba, entre otras muchas extensas atribuciones, la de nombrar a los Presidentes de los tres Estados, a los Senadores del Congreso General, a éstos de las ternas que se le presentaran por el Senado y a los primeros de las ternas formadas por el Congreso; la de ejercer el Poder Ejecutivo de la Confederación y el del Estado en que se hallare; podía disolver el Congreso General cuando creyere que en su seno había espíritu de discordia; era el Generalísimo de las fuerzas de mar y tierra; nombraba a los altos funcionarios del Poder Ejecutivo y Judicial, en fin, se le dio más poder que a un Rey Constitucional.

Si antes de dictarse esta Constitución por nueve hombres que, como hemos dicho, no podían representar la voluntad de más de cuatro millones de habitantes, hubo disgusto por la nueva forma de Gobierno, una vez conocidos los finales propósitos de Santa Cruz, el descontento creció. Bolivia ya palpaba que de República soberana e independiente se había convertido de hecho, en Provincia dependiente del Perú, y que los ejércitos sacados de ella, a la vez que debilitaban su poder interior, servían para contener en el Perú el descontento, ya manifestado en hechos en los movimientos revolucionarios en Islay (Marzo 9) y en Oruro (Septiembre 25).

Tales son los hechos que dieron, origen a la Confederación Perú-Boliviana, y el estado en que se encontraba el Perú en sus relaciones interiores y exteriores. ¿Podía subsistir un Gobierno fundado sobre cadáveres que sirvieron de escala a Santa Cruz? Los peruanos que perdieron patria, honores y fortuna ¿se resignarían tranquilos, a ver, desde el extranjero, la ruina del país de su nacimiento y a vivir mendigando el pan? La narración de los sucesos dará la contestación.



Aceptado por la opinión, como ya lo hemos dicho, el plan santacrucino, su grandiosidad le dio favorable acogida en el exterior. Cayetano Baluffi, Delegado Apostólico en la América Meridional, a nombre de S. S. Gregorio XVI, felicitó a Santa Cruz por haber abatido la anarquía y consolidado la paz. Francia, no solamente reconoció el gobierno   -337-   Protectoral, sino que envió a su jefe las insignias de Gran Oficial de la Legión de Honor. Igual reconocimiento hizo Inglaterra, habiendo sido cordialísimas las relaciones de Santa Cruz con el representante Belford Hinton Wilson. El vizconde Palmerston, en su calidad de jefe del Gabinete de Saint James, encargó a Wilson «expresara al gobierno, peruano-boliviano y personalmente a S. E., el general Santa Cruz, el alto aprecio que ha merecido del gobierno de S. M. la ilustrada política que es norte de la administración de S. E.».

Méjico, Brasil, Norte América y Nueva Granada entraron en relaciones amistosas con la Confederación. Santander, presidente de Nueva Granada, contestó en los siguientes términos la autógrafa de Santa Cruz: «A los hombres notables de esos países, que por antiguos e importantes servicios han adquirido popularidad, e influencia y más que nadie a V. E., está reservada la parte principal y más gloriosa de esta obra benéfica de regeneración social y política para un gran pueblo... V. E. hará imperecedero su nombre, si consigue, como lo procurará sin duda, salvar para siempre al Perú de la anarquía y el despotismo».

No fue únicamente la política sagaz y la plausible administración del Protector lo que fomentó esta inteligencia y cordialidad. Influyeron otras circunstancias, entre ellas el formidable poder de los tres Estados confederados, cuya población en esa época pasaba de 4000000 de habitantes, cuando Chile y la Argentina reunidos no tenían sino tres. En 1837, la renta ordinaria de los Estados peruanos alcanzó a 5300000 pesos, y la de Bolivia a 1800000; haciendo en todo un total de 7000000. Las entradas de Chile en 1830 ascendían a 2532462 pesos.

Hallábanse la prosperidad y la riqueza de la Confederación en la cúspide de su poder, cuando Chile propúsose traerla   -338-   abajo. La posibilidad de semejante propósito conmovió los cimientos de la obra realizada. Los peruanos descontentos, que no eran muchos, tuvieron una esperanza. También Bolivia, que desde 1837 comenzó a sentir los efectos desfavorables de la unión. Durante la campaña pacificadora los triunfos de Santa Cruz lisonjearon su amor propio. No pocos de sus hijos se imaginaron que la patria aumentaría en territorio, población y poder con la conquista de Arequipa y Puno. Se creyó también que la división política del Perú en dos estados favorecería la grandeza del pueblo boliviano. Estas esperanzas quedaron frustradas cuando se supo que el Congreso general de la confederación estaría compuesto de igual número de miembros por cada Estado, o sea que el Perú daría dos tercios y Bolivia uno. Dice Sotomayor Valdez en su libro Confederación Perú Boliviana:

Los estados nor y sud peruanos y Bolivia debían, según la ley fundamental, tener derechos completamente iguales y en consecuencia hacerse representar por igual número de diputados en el Congreso General de la Confederación. Esta disposición justísima en el fondo, sobre todo tratándose de naciones que ni en su población ni en sus recursos respectivos tenían diferencias dignas de nota, no podía menos, sin embargo, de suscitar la desconfianza de los bolivianos, que comprendían que los dos Estados peruanos, llevados del espíritu de nacionalidad, procederían siempre de acuerdo en todo negocio que comprometiera el interés o el amor propio nacional. Bolivia, la vencedora, la pacificadora del Perú, iba a ser condenada a una eterna minoría legal y una constante derrota en todos los asuntos que hubieran de resolverse por el voto de los tres Estados.






III

Así como entre los hechos que iniciaron el atraso político y económico del Perú, no pueden dejarse de mencionar la dictadura de Bolívar, la guerra con Colombia y las conspiraciones de Gamarra, así también es imposible omitir entre   -339-   esos hechos el entrometimiento de Chile en los asuntos peruano-bolivianos. Él fue fatal a la Confederación, y como esa actitud sólo fue de provecho para los peruanos enemigos de Santa Cruz, hay que considerarla, históricamente, de resultados negativos para la felicidad de América. Si el Protector, como está probado con toda evidencia, no sólo deseaba tener paz con aquella república, sino que para satisfacerla le ofreció la preponderancia naval del Pacífico y la riqueza consiguiente a un liberal intercambio de productos, ¿para qué Chile le venció y le puso en fuga? Han pasado muchos años desde aquellos en que Blanco y Bulnes invadieron el Perú, y el hecho de que hasta ahora los historiadores chilenos no se pongan de acuerdo en determinar causas, ni precisar propósitos, ni siquiera derivar consecuencias, pone de manifiesto que toda la labor de Chile en lo relativo a su invasión, no tuvo origen verdaderamente nacionalista, no fue un acto necesario para salvar, no diremos su independencia ni integridad, que esto sería afirmar un disparate, pero ni siquiera su vida comercial y agrícola. Inventada aquella invasión por un hombre superior, de indomable voluntad, que odiaba al Perú donde había trabajado en el comercio y que llegó a imponerse a sus conciudadanos, ella se efectuó porque hubo un grupo de peruanos que la pidieron, la prestigiaron, y a órdenes de Chile todos ellos pusieron sus fortunas y sus personas. Fueron esos peruanos, en su mayoría residentes en Santiago, quienes pusieron en evidencia lo factible y nada gravoso que podía ser para el gobierno chileno la aventura de una guerra con Santa Cruz, siendo parte sustantiva del pacto de auxilios solicitados el pago de todos los gastos que ocasionara la expedición al Perú.

Vicuña Mackenna, notable publicista chileno, en 1878 puso de manifiesto en un opúsculo publicado en El Ferrocarril de Santiago, el origen de la guerra santacrucina. No   -340-   sólo la consideró una gran calaverada política y de ningún provecho para su país, sino de gran beneficio para Gamarra, a quien Chile proporcionó un gran ejército para que se sentara en la silla que ocupaba Santa Cruz. Algunos acápites que copiamos de ese opúsculo apoyan el criterio que nos hemos formado de lo innecesario para Chile y lo perjudicial para el Perú que fue esa invasión.

El fin de las campañas de la restauración ha sido ya analizado, no sólo en un compendio brillante como el que ha publicado el hijo de su protagonista, y por nosotros mismos en un escaso artículo analítico. Es ése un hecho consumado de alta importancia militar para Chile y de levantado honor para los soldados que pelearon en Guía y en Matucana, en Buin y en Yungay bajo su bandera. Sobre eso no hay, por tanto, para qué volver. El juicio de la gloria, está fallado sin apelación ante la posteridad.

Pero sobre el origen, causales, intenciones íntimas o propósitos de hombre de Estado, sobre el principio, en una palabra, de esas campañas, ¿se ha pronunciado irrevocablemente la historia?

Muy lejos de eso. El proceso se halla todavía en laboriosa tramitación, y ni se han oído siquiera por entero los alegatos de las partes interesadas.

Ahora bien, y entrando en materia, nosotros en el bosquejo que hace quince años publicamos sobre la vida de D. Diego Portales, autor exclusivo de la guerra del Perú en su origen, dijimos que los móviles de aquel eminente hombre de Estado, si bien indudablemente patrióticos en el fondo, habían tenido por base, por origen, por principio verdadero, aspiraciones de interés comercial y las tendencias acentuadas y despóticas del personalismo que aquél imprimió a todos los actos de su política en el país y fuera de él.

Pero precisemos todavía los hechos para explicar mejor sus consecuencias. El alza en los derechos de la azúcar fue mal recibida en el país productor como era inevitable también, y el gobierno de Gamarra nos amenazó inmediatamente con la retaliación sobre los trigos.

No había nada más natural ni más justo, no sólo considerada la cuestión como de régimen interno sino como de derecho internacional.

¿Cuál era el gran artículo de producción y de cambio del Perú? La azúcar de sus cálidos valles.

  -341-  

¿Cuál era nuestro tipo de exportación, entonces como ahora? Los cereales de nuestros valles templados.

Pues bien, si Chile, por razones de economía interna, atacaba la internación en sus puertos del producto forastero, llamásese el de su procedencia Perú, Acapulco o la Gran China, tenía el más cabal derecho para dictar esa ley de restricción, el Perú tenía el mismísimo derecho soberano para gravar nuestros artículos propios o de simple tránsito.

Mas D. Diego Portales, hombre autoritario, violento, antiguo comerciante en Lima, enemigo por temperamento y por recuerdos de la sociabilidad especial de aquella ciudad (porque para Portales el Perú era sólo Lima), no vio las cosas de esa tranquila y desapasionada manera, sino al contrario con la irritación de un dictador airado. El Congreso Chileno dictó la ley sobre azúcares en julio de 1832, y ya en agosto de ese mismo año, D. Diego Portales, que era negociante y Gobernador en Valparaíso, hablaba en cartas íntimas, pero destinadas a los consejos de gobierno, de «irnos sobre los Peruanos con un ejército».

Y en virtud de esto, preguntamos: ¿fue o no mercantil en su origen la serie de complicaciones que nos obligó a llevar nuestras armas a la aldea de Paucarpata, al pie del Misti, y a la aldea de Yungay, al pie del Punyan?

Hemos hablado de planes belicosos derivados de la acción comercial, a mediados de 1832. Pero ya desde 1831 corrían en Lima rumores de que Portales, en razón de los intereses económicos de Chile, estaba en Valparaíso ocupado en preparar medios hostiles contra el Perú (carta de José Joaquín de Mora, desde Lima, al General O'Higgins, en la hacienda de Montalván, con fecha de diciembre 23 de 1831).

Y en vista de todo esto, ¿sería posible negar que el origen primordial, la causa antigua y eficiente, el principio, en fin, de la guerra que llevamos al Perú fue una cuestión comercial, como lo afirmamos en 1863 y volvemos a afirmarlo hoy con el mismo convencimiento de esa época?

Porque entiéndase que nosotros no dijimos más que eso, y que si bien pudieron surgir más tarde cuestiones que complicaron y precipitaron los hechos y consecuencias de la guerra, como la expedición del General Freire a Chile en 1836 y la organización de la Confederación Perú-Boliviana en ese mismo año, la causa, que es lo que antes tratamos históricamente y defendemos ahora, es siempre originada y exclusivamente mercantil.

Larguísima cuestión sería la de debatir aquí si era en realidad más conveniente a Chile la organización tripartita que Santa Cruz imprimió al antiguo virreinato del Perú, dividiéndolo en tres estados independientes bajo su protectorado supremo,   -342-   sacándolo del caos de sangre, desaciertos y ambiciones en que una insondable discordia lo había sumergido.

Mas una vez conseguido eso por la espada del autócrata boliviano, ¿estaba o no en el interés de Chile que reinase el orden en las tres pequeñas Repúblicas del vecino litoral?

Y en ese caso, ¿la organización laboriosa que Santa Cruz impuso a su administración era o no una garantía de orden? ¿Sentaba bien a nuestro desarrollo la prosperidad de esos países que son nuestros más inmediatos cambistas y consumidores?

Otra vez, el espíritu metódico, enérgico y proteccionista del Protector ¿no daba testimonio de que el Perú, bajo la inspiración, en 1837, como diez años antes lo había sido bajo su presidencia del Consejo de Bolívar, se lanzaría en las vías de la producción y del trabajo fecundo de sus hijos, de la cual el mismo, trabajador infatigable, daba el mejor ejemplo?

Ahora, con respecto al ponderado desequilibrio americano, teoría mal aplicada del régimen europeo en estos países sin población, sin intereses, sin marina, sin ejércitos, de lujo sin cambios recíprocos, sin fronteras bien definidas, ¿podía aquella teoría de simple copia, por no decir de simple parodia, importar una amenaza seria para nuestro país?

¿Era el Perú, a la verdad, más fuerte contra nosotros dividido en dos trozos, otorgado el uno a Orbegoso y el otro a Riva Agüero, que lo que lo había sido el Perú único y compacto bajo Gamarra, a quien sentamos en su solio tiñéndolo antes con nuestra más rica sangre? Y puesta la orgullosa Lima bajo la dependencia de La Paz, como lo estuvo después de Yanacocha y Socabaya, ¿daba más prendas de reposo y sumisión al Protector, que antes cuando se gobernaba y desgobernaba a sí misma?

Pero el autor mismo de la historia militar de la intervención chilena en el Perú acepta paladinamente estos hechos cuando estampa textualmente en su interesante libro el párrafo siguiente:

«La Confederación Perú-Boliviana era una creación fastuosa, pero sin base. Faltábale lo único que puede dar estabilidad a las instituciones: el apoyo y la simpatía popular. Considerada bajo el punto de vista político, era una forma de gobierno verdaderamente monstruosa, concebida para servir a un solo hombre, a cuyos pies debía agitarse sin libertad, un pueblo de siervos».



Y si a esa creación deleznable y monstruosa faltábale hasta la base, ¿con qué objeto y en nombre de qué intereses iría Chile a desbaratar a cañonazos, lo que por su propio peso habría de desplomarse al suelo?

¿Y precisamente no sucedió de esa manera?

  -343-  

¿No se sublevó el Presidente Orbegoso contra el Protectorado antes de llegar la segunda expedición de Chile a las costas del Perú, desbarajustando así la Confederación, sin nuestro concurso tan solicitado por los caudillos vencidos en la guerra civil? ¿Y no aconteció que los mismos que habían dado la espalda a Santa Cruz, cuando nos vieron llegar llevando a Gamarra envuelto en nuestra bandera, como mercadería de contrabando, volvieron sus pechos y sus fusiles contra nosotros, recibiéndonos a balazos en las calles de Lima, a donde llegábamos como libertadores?

Es una cosa que no se discute que la sangre y la gloria de Yungay precipitó la caída del Protectorado. Pero sin la intervención Chilena ¿no habría caldo de la misma manera, ahorrándonos a nosotros el presupuesto horrible que esa guerra americana nos costó?

Se habla tan sólo de una suma de 105 mil pesos en dinero, y así tal vez aconteció como cuestión de caja y de comisaría; pero aquí entra de lleno aquella cuestión famosa que planteó Bastiat de lo que se ve y lo que no se ve.

Ahora, con relación a la otra gran causa aparente de la guerra, la invasión de Freire en dos miserables buques podridos y desarmados, y de la cual el joven autor de la campaña de Yungay culpa exclusivamente a Santa Cruz, ¿se ha alegado alguna vez prueba suficiente de que un hombre tan astuto, tan pensador y receloso, y sobre todo esto, tan obstinado y permanentemente interesado en vivir en paz con Chile, autorizó y ayudó en tan pueril y descabellada empresa?

El señor Bulnes dice textualmente:

«Santa Cruz, que conocía las disposiciones del gobierno y Prieto respecto de su obra, trabajó secretamente con los emigrados chilenos del Perú para incitarlos a invadir a Chile y debilitarlo por la anarquía. Con este objeto explotó la irritación del General Freire contra el gobierno que lo mantenía en el destierro, y trajo la guerra a Chile sin previa notificación, enviando los buques de su escuadra, para fomentar la discordia civil».



Pero a esta aseveración del joven escritor podríamos oponer la denegación enérgica y sostenida que el mismo Santa Cruz hizo siempre de esa complicidad en todo género de documentos públicos y especialmente en su Manifiesto de Quito, cuando desterrado y caído no tenía para qué ocultar la verdad. Él asegura que ausente en Huancayo, jamás ni supo ni sospechó los planes del General Chileno, que atribuye exclusivamente a agiotistas del Callao, quienes complotados con empleados subalternos, lograron zafar los buques de la rada, sin armas, sin tripulaciones y sin dinero, para ir a entregarse miserablemente al mismo gobierno que iban a combatir. ¿Si hubiera andado en ello la mano   -344-   del cauto Santa Cruz, o siquiera la del veleidoso Orbegoso, que se hallaba en Lima, habría salido esa expedición como salió? Eso era lo que afirmaba Santa Cruz bajo juramento, y eso es lo que en Chile hace trece años (Septiembre de 1865) nos asegura el General en jefe del ejército de Santa Cruz, don Ramón Herrera, cuando, poco antes de morir, vino a Chile, empeñándonos su palabra de honor en ese relato, destinado fríamente a la historia.

¿No se culpa también a Santa Cruz de haber coadyuvado al motín de Quillota y aun al asesinato de Portales? ¿Y cuándo se ha probado ni traslucido siquiera la trama de ese invento? ¿Y no lo refuta Santa Cruz con el mismo calor que el de la expedición de Freire, que no fue sino un motín marítimo y de marineros?

Pero sobre el verdadero carácter de la participación de Chile en las querellas intestinas del Perú, el mismo autor de que nos ocupamos publica preciosos documentos que ponen en claro toda la cuestión y la concluyen. Porque allí está demostrado hasta la evidencia que el gobierno de Chile fue arrastrado por el engaño y por el sofisma, desde que don Diego Portales se puso al habla con el primer emigrado que vino a solicitar interesadamente nuestra intervención.

Medite el lector desapasionado el siguiente sincero y honrado párrafo de carta del Presidente Prieto al General en jefe del Ejército Restaurador, y encontrará la más leal, justa y durable definición de esa gran calaverada política, que no porque la gloria militar la haya amortajado con su resplandeciente manto, deja de ser en el fondo uno de los acontecimientos políticos más deplorables de nuestra historia de pueblo.

«Dios te saque bien, mi amado Manuel, de ese infierno en que nuestra credulidad y patriotismo te ha metido, de que te juro me arrepentiré eternamente, pues cada día me arrepiento más de este chasco, del cual no veo la hora de verte libre con honor, como te lo he anunciado desde mi primera carta, después de la acción del 21 de agosto».



Pero concluyamos. La verdad útil y digna de tomarse como ejemplo futuro que desentrañará la historia de los móviles políticos e internacionales de la guerra de 1837-39 es la de que cedimos con nuestra incurable docilidad e inercia más incurable aún, primero a la voluntad despótica de un hombre alto pero fiero y orgulloso, y en seguida a los afanes, promesas y llantos de un cuerpo de emigrados más o menos prestigiosos.

La historia de la campaña de Yungay, bajo el punto de vista político e internacional, es la misma historia de Yanacocha y Socabaya.

  -345-  

En las revueltas de Gamarra, Orbegoso y Nieto, dividiéronse los vencidos en dos grupos que marcharon, los unos, a lomo de mula, por la sierra a pedir la intervención de Santa Cruz en La Paz, y los otros, por mar, a solicitar la intervención de Portales en Santiago.

Ambos consiguieron pasajeramente su objeto, sentando Santa Cruz a Orbegoso en la silla presidencial de Lima y quitándolo nosotros en seguida a bayonetazos, a fin de poner en el asiento desocupado a Gamarra.

Y para conseguir este objeto nimio, casi ridículo y contraproducente, privamos al país durante tres largos años de todas sus libertades políticas y civiles; levantamos el patíbulo político en Curicó; dimos lugar al siniestro motín de Quillota; despoblamos nuestros campos de sus mejores brazos en la época de las mieses; llevamos a morir por el plomo y por las fiebres tres mil de nuestros compatriotas; ajustamos el pacto de salvación misericordiosa de Paucarpata, vendiendo a la Confederación los caballos en que habíamos ido a derrotarla, y sobre todo esto, atravesando en la puerta de dos repúblicas medianamente gobernadas el cadáver del ilustre organizador de nuestra propia autonomía; dimos suelta a las pasiones más feroces de la venganza en los países que habíamos libertado, lanzando a Gamarra como fiera brava contra Orbegoso en el Perú, y en Bolivia al General Velasco contra Santa Cruz, e inmediatamente después al «insigne traidor» Ballivián contra Velasco, todo a un tiempo y a la vista y paciencia del ejército generoso y del caudillo magnánimo que les había dado ocasión de respetarse, de corregirse y de perdonarse.

Y sucedió por último para completar este cuadro triste y verdadero, que mientras recibíamos bajo arcos triunfales a los bravos que habían ido a derramar su sangre por aquella causa completamente estéril, el país repleto de gloria, se moría de hambre, poblándose nuestras más ricas provincias de hordas de pordioseros que era necesario sostener a ración con los escasos dineros que la voracidad de la guerra no había aniquilado.



El mismo Vicuña Mackenna, en otro opúsculo, publicado también en 1878, evidenció con numerosas cartas políticas las miras pacíficas de Santa Cruz en sus relaciones con Chile. Pertenecen a este trabajo los siguientes acápites:

Santa Cruz, en efecto, no tenía sino dos grandes miras políticas durante su efímero Gobierno protectoral, a saber: La dominación y organización de la Confederación de los tres Estados   -346-   que componían el Protectorado y la paz con Chile, que le era tan indispensable como el orden interno para consumar sus fines.

Así, no hay documento de esa época que no respire el anhelo, íbamos a decir, el ansia de la paz, el respeto y la deferencia por el Gobierno de Chile y aun por la persona de don Diego Portales, sobre cuyos manes llora, el ex-Protector en su Manifiesto de 1840 varias veces citado.

En el Eco del Protectorado, que era su diario oficial, en la correspondencia diplomática de Olañeta con Portales, es decir, con Bello, en sus cartas íntimas, el Protector no habla sino de la mutua conveniencia de los dos países para vivir en perfecta quietud y amistad, desarrollando sus pacíficos y recíprocos intereses.

Sin disparar un fusilazo, sin sacrificar la vida de un solo soldado, Santa Cruz, o más bien su Generalísimo el bravo Cerdeña, pudo hacer rendirse por hambre al caballeresco pero confiado General Blanco, sin más que rodearlo con sus ágiles batallones como «en un corral de buitres», desde las alturas que coronan e interceptan en todas direcciones la campiña de Arequipa, oasis engañoso del desierto. Pero no sólo no la quiso, a trueque de obtener una paz durable, sino que otorgó a Chile franquicias y ventajas, que éste no alcanzó o no quiso solicitar más tarde después de su espléndida, completa y milagrosa victoria.

Pero no fue esto sólo; porque desairados los tratados de Paucarpata y acometido Santa Cruz de hecho por la escuadra Chilena, compuesta en gran parte de los propios buques de aquél, y casi sin notificación de la reapertura de las hostilidades, le vemos aparecer insistiendo siempre en llamamientos de paz. Y por esto, al día siguiente de su entrada triunfal a Lima, abandonada por los Chilenos, escribe su conocida carta al General O'Higgins que el señor Bulnes publica en la página 177 y que nosotros tenemos original en nuestras colecciones. Y en ella, casi en la víspera de Yungay, como al día siguiente de Paucarpata, el Protector sólo pide una cosa al General invasor -¡paz! ¡paz! ¡paz!- «Si yo lograse, además, exclamaba, que el pueblo Chileno se persuada de que nunca fui ni soy su enemigo, quedaría más satisfecha, mi ambición que con victorias sangrientas que no deseo y que desdeño».

Hemos citado en efecto lo que el Jefe del Protectorado escribía al General Chileno dos meses antes de Yungay. Pero convertida en sangrienta derrota su soñada victoria, vuelve a Lima galopando cien leguas en su famoso caballo bayo para no implorar otra vez de la magnanimidad del vencedor sino una sola cosa: la paz.





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IV

No siendo posible comentar los sucesos de la Confederación sin conocerlos, o mejor dicho sin referir su historia, indispensable se nos hace su relato. Bulnes, Sotomayor Valdez y Paz Soldán son autores de muy documentadas monografías, y es tomando la parte narrativa con exclusión de apreciaciones, todas ellas muy apasionadas, como podemos realizar nuestro deseo. Dice Paz Soldán:

Es difícil que un Gobierno se encontrara más decidido a provocar la guerra a su vecino como lo estuvo Chile a principios del año de 1836, así como también sería difícil hallar un Gobernante más resuelto a aceptar un tratado de paz, como lo estuvo Santa Cruz, con tal que se le conservara en el Protectorado. Pero la resolución de Chile, o mejor dicho de Portales, era inquebrantable, y sólo faltaba un pretexto que encubriera las apariencias, y disminuyera, en lo posible, el escándalo que había de producir ante las Naciones. Por desgracia, nunca faltan motivos de queja, sobre todo entre Naciones vecinas; porque si las une el interés recíproco del comercio, por la necesidad de cambiar sus productos, también es asilo seguro de los que se asilan en el torbellino de la política.

Dijimos que el General Chileno Freire salió del Callao, en buques fletados del Perú; conviene narrar detalladamente lo que pasó, apoyados en documentos ignorados hasta hoy.

Residía en Lima, hacía algún tiempo, el General Chileno Don Ramón Freire, proscripto de su patria como caudillo de revolución, con otros que le acompañaron en sus aventuras políticas: a la vez residían en Chile muchos peruanos que tomaron parte activa en las guerras civiles de 1834 y 1835, y los vencidos en Yanacocha y Socabaya.

El General Freire acechaba la ocasión de regresar a Chile, a la cabeza de una expedición filibustera, que creía suficiente para derrocar al Gobierno de Prieto, cada día más odiado, porque era el maniquí de D. Diego Portales, hombre detestado, entonces, por su despotismo y falta de probidad, desde que su política, la reducía a operaciones mercantiles.

En esas circunstancias Freire, que aprovechaba de todo, vio en el periódico oficial los avisos del Gobierno del Perú ofreciendo en venta el bergantín Orbegoso. Días después (Mayo 4) se anunció   -348-   que se daban en venta o arrendamiento la corbeta Libertad y la fragata Monteagudo, desarmadas.

Mientras secretamente preparaban los conjurados sus elementos de invasión, sin que de esto se apercibiera el indolente Cónsul Chileno D. Ventura Lavalle, Chile se manifestaba más hostil al Perú; y aunque Orbegoso sabía que tenía un medio de evitar todo ataque, no quería emplearlo sin hablar antes con Santa Cruz.

Freire no cesó de trabajar por obtener el apoyo del Perú, y asociado con el General O'Higgins manifestaron sin embozo, al Presidente, que deseaban una variación en el Gobierno de Chile, la que sin duda tendría lugar muy pronto. Freire le aseguró que tenía todos los medios, y que el éxito sería seguro si le proporcionaba un buque con municiones, algunos cañones en la bodega y algunos fusiles; la contestación de Orbegoso fue idéntica a la anterior, agregándole que aunque deseaba la caída del Gobierno de Chile, que causaba tantos males al Perú, no daría ningún paso, en asunto de tanta gravedad, sin previo acuerdo con Santa Cruz. Igual contestación le había dado, cuantas veces le habló sobre esta materia.

Pero el astuto y activo Freire no esperó más contestación ni acuerdo; y cuando el Presidente Orbegoso creía (en 30 de julio) que Freire estaría en el Callao esperando su acuerdo para realizar su proyecto, ya había zarpado 28 días antes (el 2 de julio) el bergantín Orbegoso, y el 7 por la noche la fragata Monteagudo, en lastre, con dirección aparente, el primero a Costa Rica, y la segunda para Guayaquil.

Desde el día en que Freire se apoderó de los buques fletados, preparó su expedición, con tanta actividad como cautela, puesto que el Cónsul de Chile, Lavalle, nada sospechó ni supo hasta el día siguiente (8 de julio), en que partió la expedición; y con un celo y actividad que pudo y debió emplear para evitarla, fletó la goleta Flor del Mar y la despachó a Valparaíso, con el aviso de la partida de Freire. Este no fue tan feliz en su aventurada empresa, que duró lo que él tardó en llegar a Chile.

Todos los escritores Chilenos reconocen uniformemente que Santa Cruz no tuvo la menor participación en la loca aventura de Freire.

El General Freire cayó prisionero con todos los que lo acompañaron en su expedición, con los dos buques, y cuantas cartas y papeles tenían; fueron sometidos a juicio, y de éste no resultó comprobada, en lo más mínimo, la intervención del Gobierno del Perú.

Portales, que desde 1831 deseaba la guerra contra el Perú, que en 1832 aconsejaba no disolver batallones para irse sobre esta Nación; que en 1833 propuso a Olañeta, cuando estuvo de   -349-   pago para Europa, una alianza con Bolivia para hacer la guerra al Perú; que tan luego como se notificó a su gobierno la desaprobación del tratado de 1835 levantó un empréstito de 400000 pesos (Mayo 27 de 1836), para poner la marina en pie de guerra, aprovechó favorablemente, y sin perder momentos, la ocasión que lo prestaba la aparente complicidad del Perú en la expedición de Freire, para hacer inevitable la guerra, ejecutando una de aquellas infames acciones que dejan eternamente la marca de ignominia sobre una nación.

Al efecto ordenó que el bergantín de guerra Aquiles, al mando del Comandante Victorino Garrido, saliera al Callao con instrucciones terminantes sobre lo que allí debiera ejecutar.

El flamante Protector se ocupaba en los arreglos del nuevo Gobierno cuando fondeó en el puerto del Callao el Aquiles, a las 9 de la mañana del 21 de agosto. Después de ser visitado por el Capitán del puerto, desembarcó el Comandante del Aquiles con su Ayudante, y pasó gran parte del día, en casa del Comandante General de Marina, quien lo obsequió con cordialidad y franqueza. El Cónsul General de Chile, Lavalle, después de una larga entrevista, en su casa de Lima, con un Oficial del Aquiles, pasó a su bordo, y allí permaneció hasta las cinco de la tarde. Se acordó que al día siguiente el Aquiles saludaría la plaza. Nada ocurría que hiciera presumir el más remoto peligro; los buques de guerra Peruanos quedaban al cuidado de dos Oficiales, y de su reducida tripulación. Sonaron las doce de la noche del mismo día 21 de agosto, cuando se desprendieron del Aquiles varios botes armados y bien tripulados, y abordaron, sin encontrar la más pequeña resistencia, al bergantín Arequipeño, la corbeta Santa Cruz y la goleta Peruviana, los tripularon con su gente, y los llevaron fuera del puerto al lado del Aquiles; allí se mantuvieron todo el siguiente día.

Al saber Santa Cruz la felonía del Comandante del Aquiles no se irritó, como era de suponerse:

Limitó su acción a poner preso al Cónsul Chileno Lavalle, considerándolo cómplice y quizá aconsejador del atentado; pero vuelta la reflexión se le puso inmediatamente en libertad y se le enviaron sus pasaportes.

Creyó conjurar el peligro entablando, seis días después, con humillante cobardía, una Convención o no sabemos qué nombre dar al arreglo promovido por orden del Supremo Protector con el Comandante del Aquiles.

La infame misión de Garrido quedó cumplida, y en vez de llevar la declaratoria de guerra por parte de la Confederación, regresó con los tres buques asaltados y el humillante convenio que tácitamente aprobaba sus hechos. Si Chile, o, mejor dicho, Portales, no hubiera tenido el inquebrantable propósito de hacer   -350-   la guerra, habría bastado el convenio celebrado en el Talbot para darse por plenamente satisfecho de cualquiera participación que el Gobierno de Orbegoso o Santa Cruz hubieran tenido en la expedición de Freire; «pero la guerra no consistía ni en el interés, ni en la gloria, ni en el honor de Chile, sino en la voluntad única y exclusiva de D. Diego Portales».

Santa Cruz deseaba tan vehementemente impedir o evitar la guerra con Chile, que a pesar de la negativa de Portales para continuar entendiéndose, en Santiago, con el Encargado de Negocios de Bolivia, D. Manuel de la Cruz Méndez, no creyó obstáculo D. Casimiro Olañeta para presentar sus credenciales de Ministro Plenipotenciario de los Estados del Perú, o sea, de la Confederación.

A Santa Cruz no le quedaba otro partido que prepararse a la defensiva y esperar que cualquiera propuesta partiera de aquel Gobierno, siempre deseoso de resolver por las armas lo que con buen derecho no podía defenderse

Dijimos que Chile mandó al Perú una Legación acompañada de su Escuadra; conviene dar a conocer este interesante episodio.

Chile, o mejor dicho, Portales, no tenía deseo de celebrar la paz con Santa Cruz, porque conocía el estado violento en que se encontraba el Perú, y bastaba el amago de ataque de Chile, para que desapareciera la Confederación: contaba además con la influencia y el poder de todos los Peruanos asilados en Chile y en el Ecuador. La misión confiada al Diplomático Egaña no tenía más objeto que ganar tiempo para concluir los aprestos del ejército de operaciones, y cubrir las apariencias diplomáticas, aunque el Plenipotenciario pareciera más un General en Jefe, que un Enviado de paz.

La falsía Chilena no podía durar más tiempo y en apurada situación confesó el Plenipotenciario Chileno que «no estaba en su mano dar una garantía llana y sin condiciones de que la Escuadra Chilena no impediría la reunión de los buques de guerra del Perú, y el aumento de sus fuerzas navales»; sin embargo, aunque estaba muy satisfecho de la sinceridad con que procedía Chile para conseguir la paz, se retiraba «anunciando que podía mirarse ya como declarada la guerra entre Chile y el Gobierno de los Estados Nor y Sud Peruanos».

Desde que Egaña salió de Valparaíso hasta su regreso no tuvo su Gobierno deseo ni pensamiento de paz; su misión no fue más que una farsa. Egaña lo sabía por sus mismas instrucciones; Portales juró hacer la guerra, y sus actos posteriores le sirvieron para trazarla y preparar acechanzas, sirviendo de escudo la Legación y la Escuadra. Lo que entonces pasó debió servir de regla a todas las Repúblicas de Sudamérica en sus cuestiones internacionales   -351-   con Chile, cuya política artera no ha variado y sí aumentado su vanidad y su insolencia.

Los peruanos asilados en Chile trabajaban por su parte con el mismo objeto. Por la prensa atizaban la guerra entre Chile y la Confederación, apoyándose también en sus relaciones particulares. Tenían gran influencia con el Presidente Prieto y el Ministro Portales, D. Felipe Pardo, Exministro Plenipotenciario del Gobierno de Salaverry, y el entonces Coronel D. Manuel Ignacio Vivanco; el primero redactaba los documentos más notables de la Cancillería Chilena que se referían a los negocios con el Perú, y del segundo consultaban su opinión en lo relativo a la guerra; pero ni Pardo ni Vivanco contaban en el Perú con crédito e influencia política suficientes para servir de auxiliares al ejército Chileno. También residía en Valparaíso el General Antonio Gutiérrez de La Fuente, hombre muy conocido en Chile desde 1822 y después por los altos puestos que ocupó en el Perú, hasta llegar a gobernarlo como Vicepresidente.

Creyendo Portales más que suficiente la cooperación de La Fuente, acordó con éste el plan de operaciones, sobre las siguientes bases oficiales:

Bases. -1.ª Reconocimiento de la deuda que Chile reclama al Perú, y pago por éste de todos los gastos de la guerra actual. -2.ª Cesión completa y reconocida de todos los buques de la Escuadra apresados por el Aquiles, y obligación por parte del Perú de no tener fuerzas navales, bajo el pretexto de equilibrar por este medio el exceso de fuerzas de tierra. -3.ª Abolición del Reglamento de comercio, y restablecimiento del tratado de Salaverry. -4.ª Ocupación de los puertos del Callao y de Islay, con facultades de armar el primero, por las tropas Chilenas, hasta el pago completo de la deuda y de los gastos de la guerra.

La exclusión de Gamarra como Jefe de la expedición Peruana que debía salir de Chile, causó descontento entre los Peruanos que reconocían su mérito militar y desconocían el del General La Fuente, que nunca había mandado como General en Jefe, pues sus distinguidos servicios en la guerra de la Independencia los prestó en otros ramos de la política y administración.

Además esa exclusión se hizo cuando ya estaba formada en Valparaíso una columna Peruana de 500 hombres enganchados con fondos que facilitaron Gamara, La Fuente, Bujanda y otros. Algunos Peruanos se retiraron, otros, aunque sentían la separación de Gamara, se resignaron, porque su principal deseo consistía en que desapareciera el Gobierno de Santa Cruz. El General Castilla y otros pensaban así. Portales satisfacía su odio a Gamara y alejaba el peligro de que éste sirviera de estorbo a las futuras pretensiones de Chile.

  -352-  

Arreglado el cuadro Peruano, Portales no pensó sino en activar la salida de la expedición sobre el Perú, aumentar el ejército y disciplinarlo; pero en Chile se consideraba la guerra como injusta, como una empresa temeraria, y sin más objeto que satisfacer la ambición de Portales y afianzar su omnipotencia. El disgusto se manifestaba en todos los círculos de la sociedad; el comercio se quejaba de los daños y pérdidas que sufría; en el mismo ejército se hablaba contra la guerra sin ningún miramiento; los Peruanos eran odiados porque los consideraban como instigadores de la guerra por su beneficio personal, y los mismos Jefes del ejército Chileno que eran opuestos a la guerra, participaban de este odio. En distintos pueblos, y por repetidas veces se procuró un levantamiento contra el Gobierno, que pudo reprimirse derramando sangre y expulsando de su patria a muchas personas notables. Se intentó asesinar al mismo Portales; sin embargo, los aprestos militares seguían sin interrupción. El ejército ya estaba reunido en Quillota, esperando los últimos arreglos para embarcarse, cuando tuvo lugar la revolución encabezada por el Coronel José Antonio Vidaurre, el día 3 de junio (1837), que dio por resultado el asesinato del Ministro Portales (Junio 6), cuya memoria será eterna por sus talentos, su audacia, su despotismo y su odio contra el Perú. El caudillo Vidaurre fue derrotado en el encuentro del Barón, en el cual el escuadrón «Húsares de Junín», formado de los enganchados por el General La Fuente, y al mando del General Castilla, hizo prodigios de valor, que admiró el ejército Chileno.

La revolución encabezada por Vidaurre tuvo por causa fundamental impedir la guerra contra la Confederación.

Por consecuencia de esta revolución se suspendió la salida del ejército que debía embarcarse a mediados de junio. De pronto se creyó que terminaría la guerra con el Perú, desde que desapareció, aunque de un modo lamentable, el único hombre que la predicó desde el año 1832, y la fomentó e hizo inevitable cuatro años después.

La noticia de la revolución de Quillota, y muerte de Portales, llegó a Lima el 17 de julio; se creyó que este suceso, haría variar por completo el mal estado de las relaciones con el Perú.

Restablecido el orden turbado por la revolución de Vidaurre, se activaron los preparativos para emprender la campaña; todo quedó terminado el 11 de septiembre (de 1837), día en que zarpó de Valparaíso la Escuadra Chilena, conduciendo al Ejército bajo las órdenes del Almirante D. Manuel Blanco Encalada, llamado entonces Blanco Cicerón, como Teniente General y General en Jefe del Ejército Restaurador del Perú.

  -353-  

El ejército invasor Chileno constaba de 2790 plazas de tropa Chilena, y 402 hombres, de la División Peruana, 210 caballos, 3000 fusiles y 2000 vestuarios, al mando del General La Fuente.

El 20 continuó la Escuadra su viaje, tocó en Islay el 29 y ancló en el antiguo puerto de Quilca el 30; desembarcó tranquilamente el ejército con todos sus elementos de guerra y se puso en marcha para Arequipa, adonde llegó sin haber encontrado la menor resistencia en el momento del desembarco, si bien en él se perdió la fragata Carmen, con parte de la caballada, municiones y otros elementos de guerra.

Al siguiente día de ocupada la ciudad (Octubre 12) por el Ejército Chileno, el General en Jefe convocó al pueblo para que resolviera lo que estimase conveniente en las circunstancias en que se encontraba el Perú.

La inacción del General Blanco Encalada fue perjudicial, y efecto de su impericia militar; todas sus operaciones se limitaron a enviar una pequeña fuerza avanzada, al inmediato pueblo de Mollebaya (Octubre 29), de donde se retiró la avanzada del Ejército de Santa Cruz, dejando tres Oficiales y cinco soldados prisioneros.

Los días pasaban, y el Ejército Chileno no se atrevía a dar un paso adelante, ni aun para atacar a una columna situada en el pueblo de Pocsi, distante 6 leguas de Arequipa, que se encontraba separada del resto del Ejército de Santa Cruz, y fácil de ser batida; pero el desaliento había cundido en el Ejército Chileno al ver que los pueblos no se levantaban en su favor, como se lo habían imaginado, y confiaban en ello como base fundamental de su futura campaña.

Por el contrario, la actividad reinaba en el Ejército de la Confederación, que hallándose escalonado y repartido en una gran extensión de territorio, por ignorarse el punto de desembarco del enemigo, se concentró en Usuña, diez o doce leguas al SE. de Arequipa.

Mientras se acercaban y aumentaban las fuerzas confederadas, algo de singular pasaba en los salones del General en Jefe del Ejército Restaurador; iban y venían del campamento Confederado, secretos mensajeros. Pocos días después (4 de noviembre), se presentó en persona en público, el General Ramón Herrera, uno de los de mayor crédito y confianza personal de Santa Cruz; tuvo con Blanco Encalada y su Ministro José Antonio de Irrisari una conferencia en la misma casa de aquél. Al segundo día, cediendo a las indicaciones de Irrisari, se le comisionó para celebrar un armisticio de cuatro días, mientras se arreglaban las bases de un tratado de paz, a la vez que se aprovechara de ese tiempo para buscar elementos de movilidad   -354-   con qué poder retirarse al puerto de Quilca con todo el Ejército.

Interrumpidas las negociaciones y concluido el término del armisticio, propuso el General Blanco Encalada que terminara la guerra con un combate parcial entre 800 hombres, 200 de caballería y 600 de infantería, que escogieran los beligerantes.

Rechazada la propuesta, avanzó el Ejército Confederado sobre el pueblo de Paucarpata (Noviembre 15), distante poco más de una legua de Arequipa. El General Blanco Encalada, viéndose cada momento en situación más crítica, desde que ya no podía retirarse, teniendo al enemigo tan cerca; ni batirlo por la inferioridad de su Ejército, en número y calidad, propuso a Santa Cruz una entrevista para allanar las dificultades que se presentaran en las negociaciones de Sabandia.

Conociendo Encalada, mejor que nadie su crítica posición, y convencido de que los términos del tratado que le proponía Santa Cruz eran honoríficos a Chile, aunque no fuesen los que la exageración de las pasiones había dictado desde el palacio de Santiago, se decidió a aceptarlo; pero antes convocó una Junta de guerra (Noviembre 16), en la que unánimes reconocieron todos los Jefes que en la crítica situación en que se encontraba el Ejército, la transacción o tratados propuestos salvaban el Ejército, el honor y los intereses de Chile.

El Ejército Chileno se retiró de Arequipa antes de expirar los seis días convenidos (artículo 4.º). Atravesó el desierto, humillado y peor que derrotado; porque las derrotas no deshonran cuando se ha peleado con valor, que sin duda faltó tanto a su General en Jefe como a los Jefes de los Cuerpos. Se embarcó en Quilca en número de 2500 hombres escasos, habiendo dejado en Arequipa, entre desertores y bajas por enfermedades, como 500; ninguno tuvo el glorioso consuelo de recibir la muerte de manos del enemigo. La Escuadra llegó a Valparaíso; los capitulados fueron recibidos con desprecio, aun por los mismos enemigos de la guerra, y con razón. Lo fundamental de la defensa del General en Jefe consistía en el reducido número de tropa, carencia de elementos de movilidad y en la falta de cooperación de los pueblos del Perú, la de las Provincias Argentinas y de Bolivia.

Mientras la Escuadra Chilena ocupaba el Litoral, la de la Confederación se dirigió a hostilizar los pueblos de Chile (Octubre) con la Socabaya, la Confederación, el Fundador y la Junín, al mando del General Morán. El 14 de noviembre fondeó en la Isla de Juan Fernández e intimó rendición el Gobernador, quien, sin la menor resistencia, me entregó con toda su guarnición.

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Así terminó la primera campaña de Chile contra la Confederación Perú-Boliviana.






V

Habiendo regresado a Valparaíso en magníficas condiciones las fuerzas chilenas que condujo Blanco Encalada, y no siendo ruinoso para el gobierno de Santiago continuar la guerra contra Santa Cruz desde que el Perú se comprometía a pagar los gastos de ella, el tratado de Paucarpata fue desaprobado. Sostuvo Chile que el tratado «no satisfacía las justas reclamaciones de la Nación Chilena, no reparaba debidamente los agravios que se habían inferido, y, lo que es más, no precavía los males a que se veían expuestos los pueblos vecinos al Perú y Bolivia, cuya seguridad e independencia permanecían amenazadas».

Santa Cruz, cuya liberalidad en Paucarpata no tuvo límites y que en verdad deseaba la paz con Chile, se preparó nuevamente para la guerra. Antes de comenzarla, lanzó a los pueblos de los tres Estados una proclama, de la que copiamos la parte más interesante:

Por la cuarta vez aparece en la bahía del Callao la escuadrilla Chilena a ostentar su absoluta nulidad, a ejercer aquellos actos, de piratería de que abunda el Gobierno de Chile. En la primera cometió el robo inaudito de nuestros buques; en la segunda no hizo más que atacar chozas indefensas y, sin declararse la guerra, hostilizar a pueblos inocentes; en la tercera se cubrió de infamia, asaltando la corbeta Confederación antes de notificarse la ruptura, y en esta vez los veremos siguiendo el sistema de alevosía y perfidia que caracterizan todos los actos del Gobierno de Santiago. Todo lo que sea valor, nobleza, generosidad, respetos a las leyes que venera el mundo, son desconocidos en esos hombres, que han renunciado la decencia, y para quienes es extranjera la delicadeza y el honor. Lo villano y traidor, lo más indigno e infame parece que se busca por ellos, para manifestarlo en oposición a cuanto hay de más sagrado en las sociedades humanas. No será, pues, extraño que los jefes de la escuadra que bloquea nuestros puertos,   -356-   traigan las mismas órdenes de piratería para continuar la táctica del robo y del crimen que ya están habituados a perpetrar con escándalo del mundo, aunque sea mereciendo la animadversión universal.



El nuevo ejército invasor, compuesto de 5400 combatientes y que fue conducido al Perú en 23 transportes, desembarcó en Ancón. Orbegoso, que se hallaba en Lima como presidente del Estado Nor-Peruano y que contaba con 2600 hombres a las órdenes de Nieto, aprovechó el apoyo chileno para declarar terminado el pacto de la Confederación, siendo lo curioso de su política que habiéndose separado de Santa Cruz quiso vivir independiente y también separado de Bulnes. Uno y otro le declararon traidor, y el ejército de Chile que pasó sobre él y sobre sus tropas entró a Lima después de la batalla de Guía.

Teniendo Santa Cruz un ejército de 12000 hombres, no fueron las escasas tropas chilenas las que le pusieron en sobresalto, sino la deslealtad de los peruanos y bolivianos que le habían ayudado a consolidar su gobierno. Orbegoso y Nieto, iniciadores de la desbandada que culminó un año después en Arequipa y en La Paz al conocerse la derrota de Yungay, fueron los mejores aliados que contra Santa Cruz encontraron las tropas chilenas que condujeron hasta Lima Gamarra y Castilla y tal vez los únicos causantes de lo ocurrido a la Confederación. La acción desleal de estos hombres puso al Perú en la más completa anarquía, anarquía que Bulnes, en su libro La Campaña de 1838, describe así:

La situación del Perú era, a la sazón, mucho más crítica que en ningún otro momento de su borrascosa historia; destrozado por las facciones, soportando sobre sus hombros extenuados el peso de dos ejércitos formidables; disputado por cinco presidentes que le exigían alternativamente el concurso de su sangre y de su fortuna. Nieto, con el carácter de presidente provisional, recorría las provincias del Norte en demanda de soldados y de dinero: Orbegoso, encerrado en el Callao, separaba   -357-   de la gran unidad nacional ese puerto industrioso e importante: el mariscal Riva Agüero, nombrado por Santa Cruz presidente del Estado Nor-Perú, permanecía en Jauja, dominando con las divisiones bolivianas la sierra, sus pueblos y riquezas: Gamarra, dueño de Lima, tenía que atender a las necesidades de su propio puesto y del ejército chileno: el general Tristán desempeñaba la presidencia del Estado Sur-Perú, y dominando a todos, excepto a Gamarra, el general Santa Cruz, que estaba en el Cuzco haciendo desfilar los batallones que marchaban a Tarma, donde iba a situarse el cuartel general boliviano. Pusimos a una de estas raquíticas autoridades (Orbegoso) fuera de la escena; pero sin que las provincias que lo arrojaron de sí abandonasen su antigua desconfianza por la causa de Chile. Tal era la situación del Perú al día siguiente de la batalla de Guía.



Vino después de esta batalla el encuentro de Matucana, desfavorable para la Confederación, y por último la entrada de Santa Cruz a Lima al frente de un poderoso ejército. Días antes de que esto aconteciera, Gamarra y Bulnes con todas las tropas de Chile evacuaron la capital y emprendieron su retirada al Norte.

Sostiene Paz Soldán que los movimientos de ambos ejércitos fueron favorables a las tropas de Santa Cruz las que pudieron haber atacado con muchísima ventaja a las fuerzas chilenas, en los movimientos que hacían su forzosa retirada. Al respecto dice:

Santa Cruz antes de entrar a Lima mandó al Callao al General Necochea para que dijera a Orbegoso que si le mandaba de auxilio el batallón Ayacucho que guarnecía el castillo y ocho piezas de artillería con su respectiva dotación, estaba resuelto a dar la batalla en la hacienda de Infantas, a dos leguas de la capital, en donde el enemigo lo esperaba, y fue tal la exigencia, que poco después mandó dos oficiales asegurando que sólo esperaba el auxilio para dar la batalla. Orbegoso, confiado en las solemnes promesas de Santa Cruz hechas en repetidas cartas y documentos, no trepidó un instante, y le mandó el auxilio que pedía al mando del General Guarda, y a poco a García del Río para arreglar definitivamente los asuntos convenidos en cartas privadas. Una vez que Santa Cruz tuvo en su poder esa fuerza, y seguro de que el resto de la poca   -358-   guarnición que quedó en el Callao, le obedecería, entró a Lima y allí permaneció hasta el día siguiente en que se movió con su ejército sobre el enemigo, que ya estaba embarcado con su artillería e infantería en Ancón, y la caballería seguía su marcha tranquila hasta Chancay, perdiendo con tan inmotivada demora el tiempo más oportuno para batir al ejército enemigo, pues veinte horas antes lo hubiera encontrado en el desorden que causa todo embarque a vista del enemigo, que además contaba con superioridad numérica y mejor disciplina. Esta gravísima falta no puede atribuirse a ignorancia en el arte de la guerra, que Santa Cruz no desconocía, ni menos a falta de noticias de los movimientos del enemigo, porque hora a hora las recibía por distintos conductos. Santa Cruz descuidó perseguir al enemigo extranjero, tanto porque concibió la idea de un tratado de paz, como luego se verá, cuanto porque, creyendo fácil derrotarlo, se preocupó más de quitar a Orbegoso los elementos con que contaba para obligarlo por la fuerza a cumplir sus compromisos.



Esta oportunidad que tuvo Santa Cruz de vencer a los chilenos, y de que trata Paz Soldán en los párrafos copiados, está confirmada por Bulnes y por O'Connor. Dice Bulnes:

¿Qué se proponía Santa Cruz al permitir que el ejército chileno se embarcase libremente en Ancón, y al no obligarle a aceptar un combate en condiciones desfavorables? Es difícil contestar con exactitud a esta pregunta.

Según dijo más tarde el general Herrera, el Protector, desde que tomó en Santa Eulalia el mando de su ejército, manifestó la resolución de empeñar en las puertas de Lima una batalla decisiva. Sin embargo, noticiado el mismo día 8 de noviembre de que el ejército chileno salía de la capital por el puente del Rímac, Santa Cruz, lejos de precipitar la marcha, acampó en el mismo sitio en que había recibido la noticia.

Puede ser también, y esto nos parece más probable, que el Protector, abrumado con las dificultades de la empresa, creyera más posible en ese momento llegar a una negociación de paz por medio de negociaciones a que lo invitaba el general O'Higgins, que no por medio de las armas.



Como el ejército chileno en su retirada al Norte no iba de fuga sino en busca de posiciones: no fue posible a Santa Cruz imponer condiciones en las conferencias de paz que   -359-   se realizaron en noviembre. En ellas representó al Protector el Ministro de S. M. B., Wilson, y a Chile el Ministro Egaña. Propuso Wilson las siguientes condiciones: 1.ª.- Chile y la Confederación se comprometen a igualar sus fuerzas navales y terrestres, como también a aumentarlas y disminuirlas en proporción recíproca; 2.ª.- Chile se obliga a restablecer en sus aduanas el sistema de los derechos diferenciales.

El ministro Egaña exigió la disolución temporal de la Confederación y el retiro de su ejército a Bolivia, mientras se consultaba al Perú la subsistencia del régimen, debiendo regresar a su país el ejército de Chile.

Wilson sostuvo que el Protector no podía derogar acuerdos soberanos de las asambleas de Huaura y Sicuani, proponiendo en transacción que Chile retirara su ejército del Perú y la Confederación sus tropas bolivianas, y que las autoridades confederadas subsistieran hasta que el Perú hubiera expresado su voluntad.

Dice Paz Soldán:

Nada prueba mejor el desconocimiento intelectual de Santa Cruz, en lo relativo a la guerra con Chile, que aquel constante deseo que manifestaba por entrar en negociaciones que le dieran la paz; no se necesitaba gran perspicacia política para conocer que no cabía otra solución que la de una gran batalla. Chile había derramado, alguna sangre de sus hijos y todos sus caudales en esas dos guerras; necesitaba indemnizárselos, asegurar su porvenir mercantil y su honor militar comprometido. Los Peruanos que formaban notable parte en ese ejército no podían quedar desterrados perpetuamente de su patria; en ella contaban con el apoyo de algunos pueblos que ya daban su contingente de hombres para la guerra y recursos para sostenerla. Chile tomó por pretexto el poder amenazante de la Confederación Perú-Boliviana y la persona de Santa Cruz, autor de todo; el honor le obligaba a no ceder en esos dos puntos. En ningún caso dejaría de cobrar los gastos que había hecho so pretexto de dar libertad al Perú esclavizado por Santa Cruz, falso y ridículo motivo que enmascaraba su verdadero objeto. Si las causales en que se fundaba hubieran sido verdaderas,   -360-   pudo y debió arreglarse con Orbegoso, autoridad Peruana que desconoció a Santa Cruz, que declaró roto el pacto de la Confederación y ofreció hacerle la guerra si se obstinaba en desconocer estos principios; pero Chile no podía ni quería perder los gastos hechos y exigió su pago; la negativa causó el rompimiento y dio por resultado el combate de Guía. Sin estos antecedentes es probable que Santa Cruz hubiera convenido en pagar los gastos de la expedición, encubriéndolos con uno de los muchos velos con que se cubren las debilidades o intrigas de la política; pero en este caso los pueblos del Perú, que acababan de ver la absoluta negativa de Orbegoso y su digna y firme actitud, se habrían levantado en masa para derribarlo y cubrirlo de ignominia.

En todo convenía Santa Cruz, menos en declarar por sí mismo roto el pacto de la Confederación y que los pueblos representados en un congreso compuesto de diputados de todos ellos resolvieran sobre su futura suerte. Las bases propuestas por Wilson, en términos claros, equivalían a decir que Chile, superior en poder marítimo, único elemento con que contaba para hostilizar a su enemigo, igualara sus fuerzas, quedando en pie la Confederación, que bajo el influjo de las autoridades serviles de Santa Cruz y apoyadas por la fuerza, es indudable que en los fantasmas de nuevas Asambleas, se habrían repetido las mismas ignominiosas escenas que en las de Sicuani y Huaura. El Ministro Egaña no necesitaba de su talento para descubrir el plan, y sin trepidar lo rechazó en absoluto. Sin embargo, en una segunda conferencia, éste fijó como base de toda negociación; «Que se disolviese de hecho la Confederación Perú-Boliviana, y como consecuencia de esto, que Santa Cruz con el ejército Boliviano se retirara al Desaguadero; que el Perú no tuviera jamás fuerza marítima igual a la de Chile, para que éste conservara su prepotencia naval, en razón de estar llamado a ser el primer Estado marítimo del Pacífico, y que no existieran en las Aduanas del Perú derechos diferenciales». En esta negociación se desenmascararon Chile y Santa Cruz; aquél manifestando su soñado deseo de preponderancia y señorío marítimo en el Pacífico y de protección comercial a sus puertos, y éste su firme propósito de sostener la Confederación y el Protectorado. Entonces debió Santa Cruz dar por terminada toda esperanza de sostenerse por medio de las intrigas de la diplomacia, y quizá lloró al ver que por esas fascinadoras ilusiones había perdido la más ventajosa oportunidad que se le presentó para destruir a su enemigo en los momentos en que intentaba o principiaba su embarque y su retirada; no necesitaba dar una gran batalla; con sólo perseguirlo habría conseguido su objeto, o cuando menos le habría destruido la   -361-   caballería. Vemos, pues, que la esperanza en las negociaciones de paz lo adormecieron en Lima más que las delicias de Capua; por esto a pesar de la malograda negociación de Wilson, días después el Dr. D. Benito Laso, Ministro de Gamarra, que con acuerdo de éste quedó en Lima oculto y fue descubierto y apresado, fue enviado en comisión por Santa Cruz para que propusiera a Gamarra y Bulnes, que si las tropas Chilenas desocupaban el territorio Peruano, él haría lo mismo con el ejército Boliviano, dejando así completamente libre al Perú a fin de que dispusiera de sus destinos como mejor le pareciera. Por supuesto no se dio oídos a semejante propuesta.



De común acuerdo se suspendieron las negociaciones, y frustradas las esperanzas pacíficas que se vincularon a ellas, ya no se pensó sino en la guerra. Ésta terminó en la batalla de Yungay, adversa a las armas de Santa Cruz y de la cual Valdivia, en su Historia de las Revoluciones de Arequipa, nos hace la siguiente descripción:

El General Castilla en el Norte había hecho esfuerzos increíbles para organizar cuerpos peruanos; y lo había conseguido; haciendo pasar revista al principio de enero a una fuerza casi igual a la del ejército chileno.

Castilla había dirigido y ejecutado el ataque de Buin el 6 de enero contra el ejército de Santa Cruz. En ese ataque salió herido el General Guarda, de parte de Santa Cruz.

Después del ataque de Buin, hubo una junta de guerra en 19 de enero de 1839, en el cuartel general de San Miguel, para decidir si era más conveniente esperar en esa posición al General Santa Cruz, que iba en busca de ellos, o si sería mejor buscar a Santa Cruz, y sorprenderlo en Yungay donde se encontraba. Castilla pudo obtener la confianza de Gamarra y su opinión; y como Gamarra era el director de la guerra, Bulnes cedió gustoso, y se preparó el ejército para buscar a Santa Cruz en sus posiciones.

Santa Cruz ocupaba un llano elevado, cortado en su frente por una quebrada que no daba subida sino por un camino estrecho a su izquierda. Esa quebrada tenía su origen en los elevados cerros de la derecha, que sólo con gran dificultad podrían ser practicados. A la izquierda terminaba el llano con una pendiente desigual; y a su término se hallaba el río de Yungay muy cargado de agua.

Santa Cruz colocó a su derecha el batallón N.º 5 mandado por el Comandante Magariños. En el centro, un batallón muy   -362-   fuerte, con una cerca de piedras por delante; y a la izquierda dos buenos batallones a orden del General D. Trinidad Morán.

La izquierda era la única que podía dar acceso, por el camino cortado que al pie de la torrentera o la quebrada se dirigía tortuosamente al llano alto. En el término de este llano el camino era de descenso y ascenso difícil.

Santa Cruz con su guardia de caballería se colocó a retaguardia del centro, en un punto desde donde se veían ambos ejércitos. Dejó en reserva, a retaguardia del centro, el número 1, que era el más fuerte de todo el ejército en número y disciplina, mandado por su sobrino Comandante Fructuoso Peña, y el batallón número 2, a las órdenes del Comandante Valdez.

La caballería fuerte de más de cuatrocientas plazas, quedó a la izquierda de la reserva, a órdenes de un General boliviano.

Esta colocación estaba ya acordada; y luego que se tuvo noticia de la aproximación del ejército enemigo, se colocaron los cuerpos en buen orden en los respectivos lugares.

La toma de Pan de Azúcar fue como a las diez y media de la mañana del 20 de enero de 1839; y en su consecuencia se empeñó la gran batalla, sostenida con gran valor y tenacidad por ambas partes.

Cerca de la una del día había obtenido ya Santa Cruz grandes ventajas, especialmente en el centro, pues había vuelto caras en gran desorden sobre su izquierda el regimiento de cazadores de los Andes, que fue mandado en apoyo del Regimiento Portales y del batallón Huailas que se hallaba muy diezmado.

En tan peligrosa situación, el General en Jefe del ejército unido, Bulnes, mandó suspender el ataque, ordenando la retirada sobre la posición de San Miguel, legua y media a retaguardia del campo de batalla.

En tales circunstancias encontró el General Castilla a los Coroneles Sesé, del batallón chileno Santiago, y Vivero, del batallón peruano Huailas en retirada; y les ordenó con imperio volviesen a la pelea. El Coronel Sesé obedeció, y retrocedió audazmente a sostener el puesto que había dejado. El Coronel D. Mariano Vivero, que sólo tenía ya parte del batallón Huailas, dijo a Castilla: -la orden de retirarnos ha sido del General en Jefe del ejército. Castilla insistió en que retrocediera a pago de trote; y Vivero lo verificó.

Momentos después se encontraron Castilla y Bulnes. Castilla le dio parte de lo que había ordenado. El General Bulnes después de una interjección militar, le dijo: -nos han sobado: retirémonos a San Miguel, donde podremos continuar el ataque, Castilla con el ímpetu de su genio y contestándole con igual interjección, le dijo: -ya no estamos en ese caso; y la pampa es muy ancha para que pudiéramos llegar a San Miguel sin ser   -363-   destrozados. No nos queda otro recurso que formar aquí un charco de sangre, para que se ahogue en él, juntamente con nosotros, el ejército de la Confederación.

El General Bulnes no dijo palabra; y Castilla dejándolo, corrió velozmente en busca del General Gamarra, le contó lo sucedido y le preguntó si podría sostener su puesto un cuarto de hora más; añadiéndole: -me basta ese tiempo para llevar a cabo la maniobra atrevida que me he propuesto verificar. Gamarra le contestó con una energía que jamás se le había notado: -Vaya Ud. y ejecute su maniobra, que yo sostendré este puesto una hora, si fuere necesario.

Castilla corrió a donde el General Eléspuru, Comandante de la primera división, que principiaba también su retirada, y lo hizo regresar hasta el punto que había dejado, apoyándolo con el batallón y escuadrón de carabineros, que se hallaban en reserva a las órdenes del Coronel peruano Frisancho. Éste también marchó al trote, de orden de Castilla.

Dejado en arreglo todo lo dicho; y tomando Castilla el batallón Santiago y el escuadrón Lanceros, y colocado a su cabeza, forzó la posición de Santa Cruz por la boca de la quebrada de Ancahs.

El General Morán, viéndose flanqueado tan audazmente, pidió caballería a Santa Cruz. Éste dio orden a la de reserva para que auxiliase inmediatamente; y como ésta no se movió, Santa Cruz le mandó a Morán su guardia. Morán se puso a la cabeza del escuadrón; y el choque fue terrible, como entre dos leones. Como Castilla no pudo subir en completa formación, tuvo que replegarse por momentos: se rehízo, y acometió con tal ímpetu, que deshizo completamente la división Morán.

La caballería de reserva de Santa Cruz no obedeció la orden ni los batallones 1.º y 2.º. El 5.º se puso en retirada, lo mismo que los batallones 1.º y 2.º. El fuerte batallón del centro quedó tendido con su Jefe. Los batallones que se retiraron, lo hicieron en desorden, dispersándose. La victoria se declaró en favor del ejército unido Restaurador, a las dos y media de la tarde del 20 de enero de 1839.

La caballería de Santa Cruz, que fue la que se retiró primero, fue a saquear la caja militar y todo el parque en Yungay. Pocos fueron los derrotados que se salvaron, porque atorado el puente con los prófugos, se descompuso; y de los que atravesaron el río se perdieron los más, y la inmensa mayoría fue prisionera.



O'Connor hace la crítica de los movimientos de Santa Cruz desde el Cuzco hasta Yungay. Habiendo sido un leal   -364-   amigo del Protector y un general irlandés, sus conceptos pesan en los juicios militares que merece la campaña de 1838. En algunos de sus acápites se lee lo siguiente:

El marquesado de Yavi se había adherido hacía ya mucho tiempo a Bolivia, y los diezmos de ese lugar se remataban en Tarija; pero el General Velasco tuvo a bien devolverlo a la Confederación Argentina, con el objeto, sin duda, de quedar bien con los vecinos del Sur y del Norte.

Los jefes y oficiales del ejército boliviano derrotados en Yungay, fueron mirados y tratados por el presidente Velasco como si fueran unos delincuentes. No se les atendía en nada. Antes de su arribo a la patria, ya el general Velasco había formado jefes y oficiales nuevos, escogiéndolos principalmente de Tarija y de chischas, y en número suficiente para un pequeño ejército.

Nos llegaban ya los pormenores de la acción de Yungay, y se hablaba de la incapacidad del general Santa Cruz para disponer de un ejército frente al enemigo. Realmente no era un militar táctico, pero era un gran diplomático y un inmejorable comisario. Él cuidaba con escrúpulo de que nada faltase al soldado en cuanto a alimentación, como en vestuario, pago exacto, disciplina y moralidad ejemplar.

Seguramente se acordaría después del desastre de Yungay de la carta que yo le escribí desde Tupiza incluyéndole el itinerario que había formado desde ese punto hasta Copiapó, y diciéndole con la franqueza de leal y verdadero amigo que si se volvía a meter con los chilenos con su filosofía, como en Pancarpata, lo volvería a echar todo a perder. Pues así lo hizo, y todo se perdió como se lo había pronosticado. En lugar de quedarse en el Cuzco a enviar recursos a sus valientes y aguerridos generales Ramón Herrera y Trinidad Morán, que se hallaban en Tarma con el ejército de la Confederación, y de dejar que ellos le dieran cuenta de los invasores que se hallaban en posesión de Lima, se dirigió a Tarma, se puso a la cabeza del ejército e hizo su entrada a la capital del Perú, al mismo tiempo que las fuerzas chilenas salían de ella para el puerto de Ancón, en donde estaban los buques en que habían venido.

La entrada del ejército de la Confederación Perú-Boliviana en la ciudad de Lima, fue solemne y verdaderamente triunfal. La polvareda del ejército enemigo en su marcha para sus buques, en menos de medio camino del puerto, se levantaba como una densa nube.

El general Morán, soldado impertérrito, inteligente, sagaz y afortunado en la guerra, se exaltó al ver lo que pasaba, y   -365-   saliendo de la formación, alcanzó al general Santa Cruz y le grito: «Mi general, mientras usted está recibiendo los inciensos de esas mujeres, déjeme ir con mi división a arrollar a los chilenos antes que ganen sus buques; si no, ellos se embarcan y nos hacen marchar y contramarchar por la costa todo el tiempo que se les antoje, mientras nosotros no tenemos un solo buque».

-«¡Oh!, mañana, Morán, mañana» -le contestó el general Santa Cruz.

Los chilenos se embarcaron esa misma tarde, y nuestro ejército pernoctó en la ciudad de Lima.

Se dirigieron los enemigos hacia el Norte, desembarcaron y siguieron en la misma dirección por tierra, y nuestro ejército detrás de ellos.

Una tarde llegó el ejército de la Confederación a la quebrada de Buin, que se hallaba de creciente, y hubo allí un corto tiroteo con el enemigo, en el que el general Guarda, de los nuestros, salió levemente herido. Estaba lloviznando, y el capitán general mandó armar su tienda de campaña y se echó a descansar; no así el general Morán, que empezó a reconocer la quebrada arriba y abajo, y descubrió con los indios del lugar que había tres puentes, dos de ellos de piedra. Le avisaron los mismos indios, que los generales chileno y peruano habían pasado ese día temprano con sus dos mejores batallones y su caballería, que siguieron marchando para Huaraz, y que el resto de su ejército estaba echado detrás de un cerro inmediato, sin poder continuar la marcha por estar todos los soldados despeados.

Corrió el intrépido Morán a la tienda del capitán general, le halló durmiendo, le despertó, le avisó todo y le instó a pasar la quebrada, tomar a los despeados y concluir la campaña con esa sola operación. Morán recibió de Santa Cruz la misma contestación que en Lima: «Mañana, Morán, mañana». Y se dejó pasar también esa magnífica ocasión.

Esa misma noche los despeados trasnocharon en alcance de los generales Bulnes y Gamarra.






VI

Fue Santa Cruz el primer político de su época (1836 a 1839), y no sólo lo fue del Perú y de Bolivia, sino de toda la América latina. Su obra es grandiosa, y las consecuencias de su caída repercuten dolorosamente y alcanzan hasta nuestros días. Sus orientaciones no fueron comprendidas   -366-   ni apreciadas por sus contemporáneos. Trabajó sin colaboradores, y ninguno de sus tenientes tuvo el prestigio y la inteligencia de un Sucre, de un Arenales, de un Monteagudo, ni siquiera de un Luna Pizarro, de un Castilla o de un Felipe Pardo. Por temor a Gamarra, cometió la falta de traicionarlo y de entenderse con Orbegoso. Con menos ambición, con más lealtad, con un propósito más dirigido a convencer que a imponer, su obra, a la larga hubiera sido estimada. Su presidencia vitalicia, que otra cosa no significaba la reelección cada diez años, le causó daño.

Para que don Andrés Santa Cruz estableciese su dominación sobre la nación peruana -dice el doctor Barriga Álvarez en un opúsculo que publicó sobre los sucesos de su época en 1855-, le fue necesario vencerla en las batallas de Yanacocha y Socabaya y en otros muchos encuentros donde la más noble sangre de nuestras venas corrió abundantemente. Fue necesario que después de la victoria sacrificase en el patíbulo y desterrase a todos los peruanos que le resistieron. En los efectos materiales de la guerra, la pérdida de aquellas batallas trajo consigo la consumación de la conquista; pero en los efectos morales, en la espiritual esfera de las ideas y de los principios a donde no llegan ni las violencias, ni las hipocresías del poder, cada tiro que se disparó en aquella guerra, cada gota de sangre que se derramó, cada suspiro que los peruanos exhalaron en el destierro, fueron otras tantas protestas del Perú contra la usurpación.



Tuvo Santa Cruz la desgracia de tener de enemigo a Salaverry y la fatalidad de haberlo fusilado. Asociado a él -lo que fue imposible a su política- hubiera tenido en su fiereza y valor el colaborador que le faltó. Sus procedimientos tuvieron que ser absolutistas, y su política, no obstante lo grande de su idea y las proyecciones gigantescas de su programa, fue estrecha y exclusivista. Sus servidores fueron hombres de tercera y hasta de cuarta línea. La presencia de los chilenos modificó en algo sus rumbos. Sustituyó a Orbegoso y a Herrera con personas de gran renombre,   -367-   como fueron Riva Agüero y Tristán. Prometió también modificar los acuerdos de Tacna.

Como ya lo hemos dicho, la verdadera oportunidad de la Confederación se perdió en 1827, con la elección de La Mar. En ese año, Gamarra era un personaje de segunda categoría, Salaverry un teniente coronel, y aunque La Mar era estrella de primera magnitud, su conducta y su nobleza no le hubieran llevado al terreno de la conspiración si Santa Cruz hubiera sido elegido presidente y si después de elegido hubiera impuesto la Confederación.

Todo lo que en prestigio internacional ganó Chile con el triunfo de Yungay, lo perdió el Perú en esa batalla, causa de la disolución del sistema santacrucino. Cuando se piensa que todo esto tuvo origen en la conducta observada por los mismos peruanos, y que fueron ellos los que comandaron las tropas chilenas y las condujeron a la victoria, no es dolor ni tristeza sino desesperación y rabia lo que atormenta el sentimiento patriótico. La inconsciencia de la nacionalidad en este tópico de la Confederación, fue y continuó siendo tan general, que todavía en 1879, o sea, antes de comenzar la guerra del Pacífico, una inmensa mayoría de peruanos maldecía la obra de Santa Cruz.

Si Chile hubiera sido vencido en Yungay, como anteriormente lo fue en Paucarpata, su impotencia le hubiera impuesto la quietud. Libre Santa Cruz de su tenaz enemigo y en posesión de los productos que ya desde 1842 principió a dar el guano, su poder en América no hubiera tenido rival. La pobreza de Bolivia y su deseo de gozar de la riqueza del providencial fertilizante la hubieran mantenido unido al Perú. Sin los recursos de los Estados Nor y Sud Perú y viviendo de los contingentes que se le hubieran enviado de Lima, su tranquilidad y sometimiento hubieran sido completos. Defendida por el poder de la Confederación, que después   -368-   de Yungay se hubiera armado en el mar, su litoral no hubiera sido invadido por Chile en 1842, nación que por ley de Congreso se declaró dueña de las guaneras existentes en el litoral de Atacama, y que se burló de las protestas de la Cancillería de Chuquisaca.

Ninguna de las causas políticas desfavorables que hemos estudiado y a las que hemos pasado revista desde 1821, tiene la importancia y la manifiesta adversidad que encontramos en la que trajo abajo la Confederación peruano-boliviana. La desunión de estos pueblos después de unidos, causó la pérdida de las comarcas de Oriente que nos legó el tratado de 1777 y, lo que fue más grave, la derrota en la guerra del Pacífico.

Dice Riva Agüero con mucho acierto en su libro citado:

El Norte fue la única región que se mostró siempre hostil al sistema confederado. Pero en la capital y en todo el Sur, Santa Cruz contó con numerosas simpatías. Si Santa Cruz hubiera limitado la federación a los departamentos meridionales, abandonando los del Norte a su propia suerte, como por un momento se lo sugirió una tentación menguada, su dominación habría sido inconmovible, y no habría despertado los recelos de Chile y la Argentina; mas aunque conocía la debilidad que provenía del desafecto del Norte, no quiso prescindir de él y dejar de incorporarlo en la Federación, no sólo por el deseo de ensanchar los términos de su poder, sino porque Santa Cruz amaba de veras el Perú en el fondo de su alma, y le repugnaba ejecutar aquel impío y abominable despedazamiento de una patria que era también la suya. Ninguna acusación, en efecto, más injusta contra Santa Cruz que la de extranjero, tan repetida por Paz Soldán.

Hubo, es cierto, en la administración de Santa Cruz algún exceso de bolivianismo; hubo una que otra medida que podía lastimar el amor propio de los bajo-peruanos; pero ni la actitud del Protector ni la de sus soldados, se asemejaron a la de los colombianos de 1823 a 1826. Entre la intervención de Colombia en los indicados años y la de Bolivia en el 35, hay además una substancial y radical diferencia, que debe tener en cuenta todo historiador que no se detenga en las menudencias y en la corteza de los hechos, y que atienda a los supremos   -369-   fines nacionales. El sometimiento y la incorporación virtual a Colombia -que eso y no otra cosa significaba el predominio de Bolívar- envolvía el vasallaje de los dos Perúes, su mediatización en exclusiva ventaja de intereses extraños y aun antagónicos. La reintegración del Perú con el Alto Perú o Bolivia, que, fue el objeto del gobierno de Santa Cruz, constituía la realización de un genuino y entonces salvador ideal peruano. Ciego será quien no advierta esta esencial distinción.

Natural era que a los principios de la confederación, en el establecimiento y primeros instantes de ella, se marcara una notable influencia boliviana, desde que Bolivia había encabezado el movimiento, y bajo la dirección de su mandatario y con la principal garantía de sus fuerzas se efectuaba; pero a la larga la supremacía en la nueva nacionalidad habría correspondido, no solamente a Bolivia, sino a toda la Sierra. Mera prolongación de la serranía peruana de la alto-peruana o boliviana en lo geográfico y étnico, idénticas ambas en necesidades y condiciones sociales, robustecidas tanto la una como la otra con la recomposición de su primitiva unidad, el poderoso y vasto cuerpo que su reunión hubiera formado, habría tenido que asumir forzosamente la dirección y preponderancia de la Confederación. Los beneficios de ésta iban a pagarse por necesidad con la subordinación de la Costa y el destronamiento de Lima, lo que aun siendo doloroso para los bajo-peruanos y momentáneamente desfavorable para el refinamiento de la cultura, no podía carecer, ante los patriotas previsores, de grandes compensaciones y ventajas intrínsecas en el orden militar y hasta en lo político y moral.

Innegables son los lados adversos del régimen santacrucino: la vergonzosa sumisión de las asambleas constituyentes de Sicuani y Huaura, el carácter cesarista y autocrático que el Congreso de Tacna imprimió a las instituciones federales, la implacable y contraproducente crueldad de que Santa Cruz hizo gala con los vencidos, etc.

Casi todos estos errores eran legados del plan de Bolívar. En tal caso se halla la creación del Estado Sur-peruano, ya imaginada por el Libertador en 1826, y que fue de las innovaciones de Santa Cruz la que con más justo motivo despertó los recelos y las resistencias de los buenos peruanos. Separados los departamentos meridionales de los restantes del Perú y erigidos en tercer estado de la Federación, había el peligro, si ésta se deshacía, de que resistieran, reintegrarse al Perú y subsistieran como república independiente, que en tal caso habría sido en verdad súbdita y apéndice de Bolivia. Para evitar tan grave daño, sin duda que hubiera sido más conveniente y patriótico realizar la reunión del Perú y Bolivia no por confederación   -370-   de tres vastos estados, medio algo laxo y frágil siempre, sino por la organización de una república federal compuesta de varias provincias autónomas pero en número no muy inferior al de los departamentos peruanos y bolivianos de entonces, y que por la pequeñez y la exigüidad de recursos de cada una de ellas, no habría podido jamás separarse de la nacionalidad común; el procedimiento en suma de la proyectada unión de 1880. Mas lo que nos parece fácil y óptimo en teoría, estaba subordinado a consideraciones especiales de esa época. No el régimen de federación en estados-unidos, sino el de confederación de repúblicas era el que a la sazón en el Perú se conocía más, popularizado y prestigiado por los recuerdos recientes de Bolívar. Los departamentos del Sur tenían una tradición y una aspiración de unidad entre sí, derivadas del antecedente colonial de la Audiencia del Cuzco; mantenidas por la prolongada ocupación del ejército español en la guerra de la Independencia, cuando el Perú se dividió en dos porciones, una mitad poseída por los patriotas y la otra por los realistas; y fomentadas por la mancomunidad de utilidades comerciales entre el Cuzco, Puno y Arequipa. Y finalmente, para asegurarse Santa Cruz la fidelidad de los que consideraba sus principales colaboradores, como Gamarra, que entró en la primitiva combinación, y como Orbegoso y Velasco, creyó que necesitaba, a fin de satisfacerlos, colocarlos al frente, no de reducidas provincias, sino de muy extensas regiones.






VII

La historia financiera del Perú en los años que corrieron de 1833 a 1839, está caracterizada por la más completa falta de datos y documentos. Es cierto también que por esos años nada nuevo en lo económico alteró la rutina establecida por San Martín y Bolívar. En ellos no se hicieron nuevos empréstitos, no habiendo sido posible conseguirlos en el extranjero, donde no se pagaba nada por amortización e intereses de los que ya estaban colocados. Las rentas provenientes de los derechos que se cobraban por importación y exportación en aduanas, por la contribución personal, por la de patentes de industria y por predios rústicos y urbanos, continuaron sin la menor alteración.

  -371-  

Tudela, en 1832, fue el último de los ministros de aquellos tiempos que en un documento oficial expuso el estado de la Hacienda Nacional. Anarquizada la República por la acción disolvente de los caudillos, y dedicadas las rentas públicas de preferencia al sostenimiento de las fuerzas militares, el empobrecimiento en todas las esferas tuvo que haber sido general. Sujetas las industrias y el comercio a cupos y a empréstitos forzosos, y obligado el mismo gobierno a pedir adelantos, recibiendo en títulos de deudas incobrables la mitad del efectivo que se le daba en derechos de aduana, el estado económico general fue ciertamente desastroso. Este estado de cosas pone de manifiesto la riqueza colonial, y lo mucho que sus rezagos favorecieron a la República durante los veinticinco años que precedieron a la explotación del guano. Un país rico no se empobrece de golpe, y esto, que ocurrió en el Perú, impidió la ruina de sus finanzas. Debiendo haber sido la importación inferior a la exportación, es de suponer que el saldo deudor se salvaba remesando a Europa onzas de oro y monedas de plata.

El hecho que más prueba la vitalidad económica de aquella época, en que se consumía más de lo que se producía, es la facilidad con que los caudillos improvisaban ejércitos que no solamente alimentaban y movilizaban, sino que también armaban y vestían sin grandes sacrificios. Esta movilización militar tuvo proporciones extraordinarias en los tiempos de la Confederación, especialmente en el año 1838. Santa Cruz llegó a tener un ejército que muchos elevan a 30000 hombres. Los chilenos, con las fuerzas peruanas, alcanzaban a 10000 soldados. Todas estas tropas eran sostenidas por el Perú y en una mísera parte por Bolivia. Más tarde, terminada la lucha, hubo que pagar a Chile los gastos de la cooperación, y las indemnizaciones consiguientes   -372-   a ese estado de guerra que no fue nacional sino civil y que por consiguiente económicamente costó mucho más.

En 1830, año en que gobernaba Gamarra y en el que ya había terminado la guerra con Colombia, el presupuesto de egresos de la República ascendía a 4973550 pesos. De esta suma, 2579164 se gastaban en lo que entonces se llamaba el Departamento de Guerra. Haciéndose este gasto de preferencia a los otros, aun en los años en que el presupuesto arrojaba déficit, lo que quedaba por los demás egresos debió haber sido poco. Hay motivos para suponer que el déficit no faltó en ninguno de los años económicos. Santa Cruz, con cargo de devolución, rebajó notablemente el importe de los sueldos de los civiles; y en 1832, Tudela, en una de sus memorias, decía lo siguiente: «Los gastos mensuales de Tesorería no bajan de 140000 pesos. Los ingresos son sólo 90000 pesos. Reducidos éstos al único producto de la aduana y a los envíos de tesorerías, no pueden considerarse más de 60000 pesos y éstos nunca superaron de 30000. En este conflicto, el Gobierno no puede atender una falta como la presente».

Fue tan grande la caída que en todo orden causaron la guerra de la Independencia y las posteriores civiles, que en 1836 Lima tenía un total de pobladores no mayor de 54000, cuando en 1820 ese total de pobladores llegó a 64000. Un hecho bien sugerente y que prueba que esa disminución de habitantes fue causada por la guerra y no por la miseria ni por epidemias (que no existieron), es que en uno y otro año la población femenina fue de 29000 personas, no así la masculina, que en 1820 era de 34587 al paso que en 1836 sólo alcanzaba a 26415.

Dancuart, en sus anales ya citados, sostiene que la actuación fiscal del Perú en los años que terminaron en 1839 es una de las más accidentadas en la historia de las finanzas   -373-   y que, aunque no faltaron en la Hacienda pública hombres de «ciencia, probidad y contracción» como Tudela, Morales, García del Río, Paredes, Larrea, Pando, Unanue y otros, sus esfuerzos fueron estériles ante la imposibilidad de establecer un buen sistema de rentas, y de implantar el orden y la regularidad en la percepción y distribución de los ingresos públicos. En algunos de sus capítulos leemos lo siguiente:

Las ideas económicas dominantes eran las que traduce el Reglamento de Comercio de 1826 y la famosa ley de prohibiciones de 1828, que proscribió en lo absoluto la importación de mercaderías y aun de artículos de subsistencia, más o menos similares a los de producción nacional.

La minería, el comercio y la agricultura languidecían, entrabadas por las prohibiciones y por las revueltas, sin que llegase a aprovecharles uno que otro decreto que expedían los gobiernos al inaugurarse, que olvidaban durante tu cortísimo período y que, necesariamente, derogaba el sucesor.

El guano, llamado más tarde a sustituir a los metales de oro y plata, en el rol de las exportaciones valiosas del Perú, no había entrado aún en explotación.

Por primera vez en 1827, supo el Perú, por medio del sabio naturalista D. Mariano Eduardo de Rivero, que tenía algún valor el guano acumulado por las aves marinas en sus islas y costas.

Pequeñas cantidades de sal de Huacho y de salitre de Iquique y las lanas, cueros de res y de lobo, y otros productos en pequeñas proporciones servían de retorno a una importación cuádruple, que por consiguiente, tenía que saldarse con el caudal metálico y aun con las piedras preciosas que conservaban las familias.

Esta situación económica, como es fácil deducir, afectaba en gran manera las rentas del Estado, cada día más reducidas, y, al mismo tiempo, más exigidas por los gastos ordinarios de la Administración Pública y por las necesidades extraordinarias de una vida anormal.

La deuda externa, cuyo monto se manifiesta en la parte respectiva de este título, quedó de hecho olvidada con daño del crédito del país en el extranjero; y la interna, para cuyo servicio se emitieron billetes y se enajenaron los cuantiosos bienes de los conventos supresos, no alcanzó a mejorar la condición de los acreedores originarios, cuyos derechos fueron, en su   -374-   mayor parte, transmitidos y realizados por compradores privilegiados.

El desorden y el abuso que trae consigo la constante amovilidad del personal de empleados de las oficinas, fueron también parte a producir las penurias del Estado, que, dividido, anarquizado y casi arruinado durante este período, comenzó el de su restauración el año 1839.

Como resultado de estas operaciones la Aduana del Callao obtuvo en los años 1834, 35, 36, 37 y 9 meses de 1838 los productos siguientes:

1834 $ 1089,950 5
1835 1265,509
1836 859,251
1837 1298,022
9 meses de 1838 776,806 6
___________
$ 5289,539 3

Es decir, un promedio anual de 1096,748.

La importación estaba constituida por los artículos extranjeros de ingreso permitido a la República, y la exportación por los productos siguientes:

Oro y plata en diversas formas.
Antigüedades incaicas.
Lana.
Cueros de res.
Id. de lobo.
Miel de chancaca.

Como detalle de la Exportación de productos del país para el extranjero que tuvo lugar en 1838, encontramos en los trabajos estadísticos del señor Córdoba y Urrutia lo siguiente:

Oro en diversas formas $ 76,418
Plata en idem id. 1415,770
Perlas y esmeraldas 53,054
Lana 10,183 4
Cueros de vaca 19,910
Id. de lobo 900
Miel 135
___________
Suma $ 1576,370 4
  -375-  

La agricultura no obstante estos esfuerzos no pudo convalecer del mal que le había causado la supresión de la trata de negros y la declaratoria de que nadie nacía esclavo, contenida en la Constitución de 1823 y en todas las que le siguieron.



Dancuart dedica un párrafo a la situación de los extranjeros europeos en el Perú en los años anteriores a 1839. Poco dice en él de la situación social en que se encontraban, la que no les fue tan favorable como ya por esos años les era en Chile. La aristocracia los trató con desdén, y el pueblo miraba con desconfianza y aun con hostilidad a quienes hablaban en extraño idioma. Inglaterra se vio obligada a tener casi siempre en aguas peruanas una poderosa fragata de guerra para el resguardo de sus súbditos, habiendo sido necesario en algunas ocasiones, como sucedió en tiempo de Orbegoso cuando un famoso negro ladrón entró a Lima y quiso ocupar Palacio, que fuerzas de marina inglesa desembarcaran para guardar el orden público. Bulnes, en su Historia de 1838, cuenta lo ocurrido con el doctor Maclean, de nacionalidad escocesa, y la actitud del buque de S. M. B. en el Callao contra la escuadra de Chile. Este distanciamiento en que se tenía a los extranjeros hizo daño a la industria y al comercio nacionales. Dice Dancuart:

Los hombres de estado que guiaban a la nueva República, habíanse educado en época y principios francamente exclusivistas y no era extraño que impusiesen restricciones a los extranjeros, contrariando el espíritu y letra de las constituciones que por entonces regían.

El general San Martín, sin embargo del espíritu liberal de que dio frecuentes pruebas, estableció por decreto de 4 de octubre de 1821, que ningún extranjero podía entrar ni residir en el país sin jurar la independencia y obtener carta de naturaleza, la que había de expedírsele en papel sellado de a 25 pesos, les prohibió el ejercicio del comercio, según el artículo 3.º del Reglamento de 23 de septiembre del mismo año, y aun el desembarcar en territorio de la República sin permiso del Gobierno, por decreto de 4 de marzo de 1822.

  -376-  

El libertador Bolívar modificó estas dos últimas disposiciones por decretos de 19 de abril de 1822 y 28 de marzo de 1825, permitiendo a los extranjeros la entrada al país e importar mercaderías, pero recargando éstas con un derecho adicional de 5 % en vía de compensación a las cargas que sufrían los comerciantes peruanos y de las que estaban libres los extranjeros (decreto 17 de agosto de 1825). Sólo quedó subsistente la prohibición de que hicieran el comercio al por menor al de cabotaje y todo tráfico comercial en el interior.

La Constitución de 1823 permitió a los extranjeros naturalizarse en el país, excepto a los que traficasen en la trata de esclavos; la de 1828 suprimió las condiciones para que los extranjeros se avecindasen y naturalizasen en el país, reservándolas para el caso de concederles el derecho de ciudadanía, y la de 1834 declaró este derecho «a los extranjeros casados con peruana, que profesen alguna ciencia, arte o industria y hubiesen residido dos años en la República» (inciso 4.º art. 3.º de dicha Constitución).

Sin embargo de estas liberales concesiones que llevan firmas tan respetables como la de Luna Pizarro, Campo Redondo, Vigil, Piérola, Quiroz, Valdivieso y otras eminencias de esa época, los gobiernos dictaron diversos decretos que contrastan con el espíritu y tenor de la ley fundamental.

Lejos de entenderse derogados los artículos 48 a 51 del Reglamento de Comercio de 6 de octubre de 1826, que prohibían a los extranjeros el ejercicio del comercio en el interior, dictáronse reiterados decretos para mantener esta prohibición, en términos cada vez más rigurosos, como los de 10 de octubre de 1828, 4 de enero, 11 de febrero y 6 de abril de 1830; 12 de enero y 6 de noviembre de 1833 y 30 de agosto de 1838.

Estábales prohibido además extraer cascarilla (ley de 18 de abril de 1828) y pescar anfibios y cetáceos (Dec. de 6 de sept. de 1833).

Las leyes de 30 de septiembre de 1829 y 22 de diciembre de 1832 establecieron muchos requisitos para otorgarles carta de ciudadanía y un decreto de 3 de agosto del mismo año fijó otros más que debían llenar para contraer matrimonio.

Otra disposición de la mayor trascendencia se dictó entonces, y que aun cuando sin referirse a la persona ni a los derechos de los extranjeros, produjo perturbaciones serias en el comercio exterior. Tal fue la que contuvo la famosa ley llamada prohibiciones, la que, con el intento de favorecer las industrias del país, cerró en lo absoluto los puertos a toda mercadería extranjera más o menos similar a las de producción nacional y a varios artículos de subsistencia.

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Dicha ley expedida en 11 de junio de 1828, aunque suspendida por el Gobierno revolucionario de 1829, volvió a vigencia, comprendido este decreto entre los actos que declaró nulos el Congreso en 12 de octubre del mismo año.

Todas estas disposiciones realizaban pues un efecto contrapuesto al interés de la Nación: invalidaban para determinadas aplicaciones a fuerzas sociales que debían concurrir a la riqueza pública, aumentaban las penurias del pueblo, privándolo de recibir del extranjero artículos que el país no producía aún en proporción a las necesidades del consumo; y por uno y otro medio, perjudicaban al desarrollo de elementos de progreso, al incremento de las rentas fiscales y a la satisfacción de las necesidades del Estado.







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