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ArribaAbajoParte II

El impacto lo había empujado en poco tiempo hacia una franca decadencia. Su cuerpo se degradaba al faltarle alimento sentimental y al percibir desbaratada la orientación de su voluntad que había perdido la noción de su último fin. La creencia de que la derrota era definitiva le hacía deslizarse sin gusto por la vida, con una marcada indolencia, modo anticipado de la mayor quietud. Estaba calvo; la frente se le hacía cada vez más tersa y profunda hacia atrás y más cuadriculada de arrugas por delante. Los pelos de las cejas tendían a levantarse tumultuosos, acentuando la honda posición de aquellos ojos celestes que ahora tenían su rasgo de asombro y miedo, como si estuvieran esperando a cada instante el sorpresivo golpe de la vida. Las mejillas le empezaban a colgar y los labios se le hacían excesivos para el corte de la boca que fuera equilibrada. Se estaba poniendo grueso. Su trabajo se había encerrado cada vez más en el pequeño taller, y raras veces salía a vigilar la granja, reducida a unos cuantos animales, restos de los anteriores planteles que al momento le daban insignificante provecho.

Pasado el primer efecto de pasmo y dolores estridentes, en largos intervalos de silencio, o dando la vuelta a su mesa de trabajo, no había cesado de hacer secretos esfuerzos por encontrar alguna especie de fundamento racional al hecho inconcebible de la muerte de su hijo. ¿Por qué había muerto Héctor? Ésta era la cuestión. Tal vez, buscando pacientemente pudiera encontrar un leve indicio que diese sentido comprensible a esta faz absurda del destino.

Había un juego de explicaciones de una simplicidad tosca que no le satisfacía: murió porque le pegaron un tiro, le pegaron un tiro porque había combate, había combate porque las tropas eran sacadas a combatir...

Por ese lado iba encontrado causas que no le interesaban directamente; las respuestas, si sabía darlas, se alejaban más y más de su persona e interés.

Descubrió otra dirección más atrevida, acaso temeraria, pero de mayor íntima relación. Si él estaba sintiendo la muerte como un dolor, era muy posible que se tratase de un castigo. ¿Castigo a quién? ¿A Héctor? Absurdo, puesto que su vida era limpia como un copo de nube levantada sobre el mar.

Luego, el castigo era para él. Mas no encontraba en su propia conducta algo que mereciese un golpe tan brutal... Su relación con la Eleuteria no era santa, pero tampoco escandalosa, y en todo caso él la hubiese normalizado de haber tenido un resquicio de honorable oportunidad.

Si esa conducta recibía castigo tan severo, la población de este país quedaría aniquilada. ¡No! Eran conocidos otros hombres en el mismo pueblo que ostentaban la depravación, y con los cuales el infortunio se mostraba indolente, en razón discorde con los famosos hechos. Esta evidencia revelaba en su caso un ensañamiento particular, la aplicación de una pena desproporcionada, inmerecida. Y si él recibía un castigo injusto, súbito e irreparable, entonces, ¿de qué servía su abogado? Esta tremenda pregunta la veía escrita en su taller, sobre la mesa de trabajo, en la penumbra de sus insomnios y le subía al corazón, amarga, con el rompimiento de los sollozos.

Sus cavilaciones le pusieron ante las siguientes situaciones posibles: San Antonio no pudo evitar la desgracia; San Antonio quiso castigarlo, o simplemente el Santo lo olvidó; ya no tenía interés en su persona.

La primera hipótesis era la menos probable; no se podía concebir que un gran abogado, de fama universal no tuviese la necesaria pericia para contener o enervar una sentencia tan inmerecida, inadecuada y caprichosa. No se trataba de salvar a un viejo decrépito con algún laborioso milagro, ni de sanar a un enfermo roído por tenaces bacterias, ni de restaurar un miembro lisiado, sino simplemente de ejercer la voluntad para que el proyectil se desviara unos centímetros, ¡unos míseros centímetros tan sólo!

Tampoco se persuadía de que hubiese ofendido al Santo hasta el punto de que él mismo le enviase semejante aniquiladora calamidad. Siempre había cumplido sus promesas, había entregado el dinero a los pobres. Cierto que en su intimidad con él, algunas veces era poco respetuoso, pero esas pequeñas familiaridades se arreglaban con mandarle, como máximo, ¡un firme dolor de muelas!

Sólo quedaba la tercera hipótesis: ¡el Santo lo había abandonado! No mantenía sobre él sus ojos protectores. Pero ¿por qué? Ésa era la cuestión, y después de volver a revisar su lista de pecados, convenía en que tal vez estuviese harto de verlo rodar con la Eleuteria, al fin y al cabo, ya sin el justificativo de una gran tentación. Pues sus relaciones con ella, y aún desde antes de la muerte de su hijo, se reflejaban en la siguiente esquela que tenía en las manos:

«Querido Cayetano: ayer conseguí un hermoso pedazo de carne vieja, hoy compré tocino, chorizos, morcilla y con maíz elegido ¡te estoy preparando un locro riquísimo! Para la siesta ya está colgada tu hamaca en la parte más fresca de la enramada. Traé una botella de vino. No vengas tarde. Eleu».



Prolija enumeración de gástricos placeres, en contraste con aquellas otras lacónicas, pero que le encendían la sangre con frenética sed:

«Esta noche. E.»



Ello se había ido pareciendo a una pura inercia, una costumbre, una comodidad. Esta mujer de belleza ordinaria se deterioraba con rapidez. No podía conservar el encanto de sus facciones llenas de carácter, se le hacían duras. El cuerpo, de un estado de prieta opulencia, caía en flacidez. Ya entonces no era la misma... ¡así como ahora ya no era el mismo él! Eso lo sabía con toda seguridad. Desde aquel día que levantó en sus brazos el cadáver de su hijo, había quedado baldado para siempre.

Esas consideraciones eran muchas veces llevadas hasta la sutileza en largas horas de pesaroso retraimiento, que ahora constituían su modo característico de vivir. Tomando mates en la cocina, medio oculto en las penumbras del gran patio, o trabajando silenciosamente seguía con sus obsesivos pensamientos. No buscaba distraerse, ni compañía, y algo como un infinito cansancio le hacía desear como el mayor bien la soledad. Hubiera querido terminar con la Eleuteria y romper también con el Santo que no le demostraba afecto, ni le daba protección. Pero en el estado de apocamiento en el que había caído, su voluntad no tenía el ánimo necesario para ser definitiva. Prefería la paz, aunque estuviera llena de amarguras, pero a la mujer dejaba todo el cargo de tenerlo a su rastra: él se dejaba conducir, y en cuanto al Santo, alguna vez le daba algunos pequeños vueltos poniéndoselos en el bolsillo izquierdo, para que los mendigos no saliesen a propagar que las relaciones se habían interrumpido, y lo peor, a conjeturar razones. Pero él no le pedía más nada, y aún cuando dormían y amanecían juntos en la misma pieza, muchas veces don Cayetano -por semanas- se hacía el distraído al levantarse, no miraba la repisa donde estaba su abogado envuelto en polvo y telarañas, para no verse obligado a saludar.



Mientras don Cayetano había seguido su disputa con el cielo, y se dejaba enervar por la desgracia, el pueblo, el buen pueblo en el cual vivía, continuaba su vegetativo camino hacia alguna cosa que podría llamarse crecimiento. Mas su actividad no tenía impulso en una dirección, sino que se entrecruzaba en complicados círculos, corrientes y contracorrientes, individuales o de pequeños grupos, con el resultado general de que el conjunto saltaba o se estremecía, pero sin ir a ninguna parte, como una bolsa cerrada en cuyo interior hubiese una buena cantidad de gatos. Pero esto no significa que la vida se detuviese; de ninguna manera, la vida seguía brotando, aunque de modo desordenado y rudo, a pura contingencia del azar, que se moderaba a los topetazos de unas cuantas leyes, órdenes, gritos y cárceles, originados en otra categoría del mismo azar.

El pueblo había crecido desde los días lejanos de la llegada de don Cayetano, había crecido lentamente, por lo bajo, como una mancha de humedad. Más gente pobre se había hecho de un lotecito y levantado rancho o algún heroico frente de azotea, desnudo y feo, como la ostentación en la indigencia. Alambradas, cercas, muchas plantas y árboles dejados como reparo del sol, buscando desahogo de techos bajos, humo, y paredes calientes. En las sombras se tendían idílicas hamacas, dulce invención de la pereza tropical. Las calles de tierra y barro, con barrancos e islotes de yuyales en que los chicos gozaban con sus juegos; las menos transitadas se cubrían de hermoso césped bajo, que el ganado suelto conservaba terso, limpio. El pueblo en el centro, igual, los mismos vecinos, las mismas casas, con alguna que otra pared que hacía dudar si era nueva o blanqueada últimamente. Casas de piezas enormes; aquí el espacio es el lujo; desnudez de muebles por escasez y para ventilarse; rejas en las ventanas para tenerlas abiertas a la noche, invitando al viento a colarse por aquí y a salir por la última abertura del otro lado.

Con dos nuevos surtidores de nafta, se probaba que el progreso automotor había irrumpido. Pavimento de firmes piedras en algunas vías conectadas con el camino de acceso. Aceras desiguales, y todo idéntico, muy adecuado para que los viejos pudieran rememorar la infancia, o los inefables amores de la primera juventud. Lo único que solía cambiarse precipitadamente era el juego de las autoridades; se estrenaba un nuevo ajuar, y la cosa volvía a tomar su ritmo lento, perezoso, acomodado a la única esperanza posible, razonable, que permitía soportar todos los pesares... que una buena revolución trajese la fortuna, el dulce desquite, y con el mando, una pletórica copa del embriagador vino de la libertad.

La calle sobre la cual cotidianamente se abría «La Suela», también se había extendido. Jamás llegó el provechoso loteo que debió hacer rico a don Cayetano, pero algo se vendió, y de todo ello, aún quedaban esperanzas de cobrar los saldos tardíos poco a poco, ahora sí, en moneda de mucha fantasía. Sin embargo, como indicio de que alguna vez el barrio tendría desarrollo comercial, a dos cuadras de la zapatería, camino al centro, se instaló un almacén que para atraer clientela, se bautizó a sí mismo con el demagógico nombre: «El obrero». Y a dos cuadras hacia el límite del municipio, como prueba de pujanza industrial, funcionaba un trapiche de propiedad de persona influyente, que no tenía nombre, pero que ciertos individuos agitadores denominaban «La gota», y otros más exaltados «La caña».

A la vuelta, Quispe ya no era un ser solitario; se había enredado con una china que le paría hijos de a dos.

-Para que usted vea, ¡la pelota! -Decía extinguiendo agujas a puntadas- si hubiera buscado vaca para lechera, ¡me salía machorra!

Era pesado para Quispe, pero el barrio se enternecía con los berridos de los angelitos, y, además, acosado por la necesidad, el sastre aguzaba el ingenio para vender trajes en cómodas cuotas, con sorteos mensuales de liberación a modo de estímulo. Lo anunciaba en cada nueva época del periódico local, ¡y eso le daba mucha jerarquía!

La demás gente sin clasificación especial, entraba en la categoría folklórica, lo cual permitía decir cosas encantadoras a propósito de sus penas y miserias. Había, además, un pintor de brocha gorda y albañil; un carpintero y músico, según como cayera; un latero emprendedor que recorría las calles con sus elementos de soldar; empleados y otras personas que recién iniciadas en el duro camino del conchabo mensual, vivían tímidamente entre los árboles del patio, aduciendo que sólo por el calor no se ponían camisa, y que por idéntica razón almorzaban tereré.

En fin, la verdad era que el tiempo había pasado y hasta en «La Suela» se iba notando una mayor actividad, un auspicioso incremento de las ventas en el ramo de zapatos para varón.

Don Cayetano que había perdido la alegría, a medida que realizaba sin interés sus tareas cotidianas, dejaba escapar grandes suspiros por donde salía la presión acumulada por sus penosos pensamientos. Sin embargo, en una forma instintiva, tal vez por hábito del trabajo o por traerlo en la combinación nuclear de los humores, mantenía siempre funcionando en una sección del cerebro, una eficiente máquina registradora que le daba detallados saldos de su movimiento comercial. Las operaciones le salían sin esfuerzo, como al poeta le fluye rimado el pensamiento.

Y esta máquina le indicaba que la gente masculina ligada con «La Suela» andaba caminando más.

Don Primo, que le vendía la materia prima, se quejaba de los tiempos; don Mario, que le encargaba los trabajos para su negocio, no hacía sino llorar la crisis; don Prisco decía que la gente andaba desnuda y descalza por culpa del gobierno, en fin, por todas partes mala atmósfera, pero su caja abriéndose y cerrándose con alegre retintín.

-¡Estercita!

-¿Papá?...

-Aquí el joven quiere ver unos zapatos.

Eso ocurría a la tarde, cuando la chica estaba en casa, ya que de mañana iba al colegio a seguir sus prácticas de la costura, el bordado, y «todas esas cosas de mujeres», como lo llamaba la opinión.

-¿Qué clase de zapato quiere? -entró preguntando Ester, retorciéndose ella misma y la punta del delantal para esconder la risa que le bailoteaba por el cuerpo, desde los ojos hasta los dedos de los pies.

-Este... y... no sé... ¡je, je! -informó el cliente, un muchacho grandote de unos diecinueve años, alto, desgarbado, lleno de ángulos y con una barbita de días que le sombreaba los labios temblorosos, forzados a una sonrisa. Por debajo de la piel curtida por el sol, le subió el rubor hasta la misma mata de los cabellos negros.

-Sentate muchacho, allí -recomendó don Cayetano para darle pausa y tranquilidad en la tarde de bochorno. El mozo le tenía cara conocida... bueno, no sería extraño, en pueblo chico.

-¿Querés un zapato fuerte, para el trabajo, o uno para ir a los bailes, o para ver a la novia?

-Uno para el trabajo -informó precipitadamente el mozo tartajeando.

-Bueno, mostrale de esos, Estercita.

-¿Se prueba estos?

-Bueno... sí.

-¿O estos?

-Claro, ¡lo que le parezca, je, je!

-Estos le van a quedar bien.

-Sí, claro.

El parroquiano adelantándose con precipitación a un movimiento de la vendedora, se sacó los zapatos viejos dejando ver una media de fuertes colores, flamante, aún con etiqueta en la punta, y hasta perfume, podría ser. Removió los dedos dentro del tejido elástico y empezó a forcejear para la prueba. Aquí, ella le tendió el calzador y él lo cogió con la punta de los dedos, suavemente, como si fuera una frágil prenda.

-¿Le quedan bien?

-Sí... claro.

-¿No le aprietan?

-Sí... digo, no, ¡claro! -No sacaba los ojos de la vendedora, mientras ella no le mirase, pero apenas los levantaba, el cliente volvía a sus zapatos con tremendos oleajes de rubor.

Se tuvo que comprar los recios botines que le deparó el destino, y al alejarse unos pasos del negocio, los acariciaba como un juguete delicioso, deseado. ¡Era el tercer par que se compraba sólo en este mes!

Y don Cayetano, que había observado los trajines de la venta por entre los pelos de sus embravecidas cejas, simulando mucha ocupación, tuvo al fin indicios de la razón del incremento de las ventas, pues estaba muy seguro de que parroquianos de esta clase, sin contar los otros, había por lo menos cinco, seis.



Después de haberse ido el cliente, don Cayetano continuó trabajando silenciosamente, si bien prestaba una insignificante atención a lo que hacía, tanto que siguió el corte de una devastadora cantidad de capelladas para la inmensa horma cuarenta y cuatro. Cuando se percató del grave perjuicio que se había inferido, se dijo dos o tres cosas graves, pero sin equivalente reacción interior, pues su descubrimiento le preocupaba de modo más intenso cada vez.

-¡Pero si es una chiquilina!... ¡Si no tiene más de catorce años! -exclamó, arguyendo consigo mismo. Pero le acometió la duda-. ¿Catorce?... porque catorce, no podía ser... -Ella había nacido el mismo año de la muerte de Francisca. ¿Pero, cuánto hacía que había muerto su pobre mujer?

Aquí engranaba la máquina registradora del cerebro; no podía contar el tiempo porque las unidades no eran uniformes. El crecimiento de su hija se había realizado a su lado deslizándose silencioso como un manantial que nace y crece acostado sobre arena, disimulado entre la hierba baja, sin una sola piedra que lo hiciera murmurar y oír. Otros hechos más dramáticos e intensos habían hecho olvidar muchas veces, y hasta por largos periodos, la existencia simple y cotidiana del agua que fluía.

Pero al fin, no era eso lo más importante, sino que esta chica estaba atrayendo a su alrededor todo un enjambre de moscardones...

-A ver, a ver -se puso a pasar lista de sospechosos, tomando como referencia los más asiduos clientes de «La Suela»-: el de esta tarde, no sé como se llama; después, ayer vino Críspulo, el del surtidor; también ese Regalado, el telegrafista... Pastor González que vive al lado de la escuela; ese morocho que usa botitas... ¡Y ha de haber otros que no compran aquí! -convino disgustado- «¡pero cómo es posible, si es una niña!» -volvió a repetir, mas a poco su buen sentido le advirtió que si todos estos galanes se surtían en su casa, no sería por sentir ternura por la partida de nacimiento.

Suspendió el trabajo y casi subrepticiamente se asomó a la puerta del comedor sobre cuya mesa Ester cortaba moldes para un vestido. Al instante se dio cuenta de que estaba atrasado, muy por detrás del cambiante sentido de la realidad; ¡aquí había mucho más que una criatura, por Dios! Descubrió los cabellos rubios y opulentos que recogidos al descuido atrás, daban al corte de cara un acento clásico. La frente saliente, recta, sobre cejas pintadas con un trazo firme; la nariz, de exquisita forma, al terminar, recogiendo un poco la opulencia del labio superior. La boca carnosa y equilibrada, no sensual, pero profunda, capaz de expresar todo el secreto femenino hasta agotar la castidad; la barbilla redondeada, dejando completamente definida la conformación del generoso labio inferior. Los ojos eran verdes, inmensos, brillantes, de pestañas muy visibles. Las formas, aún bajo el vestido casero de cuatro costurones sobre género duro, se presentaban largas y curvadas, no completamente llenas, pero en plena pujanza hacia su perfección. Y para más, ¡había gracia! Una escondida sonrisa apenas dibujada, le bajaba de los ojos a la comisura de los labios, y de allí muchas veces parecía revolotearle entre las manos. No iba a haber en ella nada de la fragilidad de su madre, sino una lozanía completa que lograba trascender hacia una encantadora seguridad y audacia.

Don Cayetano quedó asombrado, sin querer se le abría la boca de dientes ennegrecidos, con deterioros, y el anteojo ordinario de montura de plata se le resbalaba hacia la punta de la nariz. ¿Sería posible que uno pudiera cerrarse el alma entre fantasmas y quedar ciego ante tan estupenda realidad?

-Belleza -dijo suavemente por lo bajo, y lo decía con toda la sensibilidad de su fulgente mundo de origen, de refinamiento estético multisecular-. No, criatura no es... ¡Cierto, qué cabeza! Si nació siete años después que Héctor; ahora tiene dieciséis.

Volvió a su taller; no quería admitirlo, pero se acordaba de su propia experiencia: «le llega su tiempo». Sí, había que afrontar la realidad. Claro que él no iba a dejar que las cosas sucediesen a la buena de Dios, mas si quería evitarlo, tendría que intervenir pronto, dando eficaces pasos. La chica era aún joven, podía esperar; pero esperar actuando, pues el sol, la lluvia, la tierra y los ojos de los hombres, estaban llevando a su perfección este fruto de la naturaleza, y no había manera de hacer caminar la máquina hacia atrás. Éste era el hecho, y don Cayetano, según su hábito se lo puso a rumiar.

Nunca se había hecho proyectos ni acariciado ilusiones sobre el porvenir de su hija. Conocía el destino sacrificado y opaco de las mujeres en este país: casarse y tener hijos, el mejor de ellos; no se podía esperar que una mujer tuviese triunfos en otra suerte de actividad. Ni los había buscado, en su caso, pues la chica estaba justamente preparada para acompañar a un hombre común, no exigente, nada más.

Pero si bien era cierto que nunca formó proyectos acerca del matrimonio de su hija, ahora, ante la nueva situación, ni se le ocurrió pensar que debía mantenerse apartado, tener quietas las manos, ni mucho menos los ojos. ¡De ninguna manera! A pesar de todos sus malos humores, de su actual inercia y pesimismo, comprendía su responsabilidad, y más aún considerando que no podría pedir ayuda a los cielos, dado el enfriamiento de sus relaciones con San Antonio.



Estercita había ido a la escuela, y a los doce años se le acabaron los grados. La Iluminada preguntó a la niña:

-¿Qué vas a hacer ahora?

-No sé -contestó, como era de esperar.

La buena mujer se sintió desconcertada. Jamás había tenido un problema de esta clase; para ella la vida se reducía a hacer justamente lo que había hecho el día anterior, conformarse, dar hijos, sufrir abandono, y seguir viviendo. ¿Cómo? Pues estando ahí, un poco apartada del camino del peligro visible e inminente, y si fuera posible, también del dolor.

Fueron pasando los días y Ester quedaba ociosa en casa en las sagradas horas destinadas a la escuela. La Iluminada no pudo soportar esta alteración de las costumbres y una mañana fue a plantársele al patrón, con las manos cruzadas, frente al mostrador de trabajo. Él la miró dos o tres veces esperando el habitual pedido de dinero para los gastos de la casa, que solía comenzar en esta forma. Por principio jamás tomaba la iniciativa para dar dinero, quien necesitaba debía pedir; pero esta vez la mujer no abría la boca, no decía: «la plata para el mercado», ni «la plata para el almacén», permanecía callada; sentía la perturbación, pero no sabía cómo explicarla. Por fin, viendo que ello se hacía largo, don Cayetano preguntó:

-¿Qué querés?

-Nada.

Alivio del amo, mas la conocía. Siguió preguntando:

-¿Qué pasa?

-Estercita.

-¿Qué le sucede a Estercita?

-No se va a la escuela.

-¿Por qué?

-Porque ya salvó todo.

-¡Ah, cierto! -Frunció las cejas sorprendido por el problema. Después agregó sencillamente-: ¿Por qué no va al colegio para aprender esas costuras y esas cosas que enseñan?

-¿Se va a ir allí?

-Sí, que vaya.

-Está bien.

Y sin dudar un segundo, al día siguiente por la mañana Ester fue mandada de nuevo al colegio, donde la Hermana Superiora viéndola así, tan sola, linda y dispuesta, la tomó bajo su protección.

Así intervenía don Cayetano en la educación de su hija, y por su parte la Iluminada se mantenía firme en la rutina. Como resultado de esta combinación, la niña crecía según su propia voluntad, con espíritu de gran independencia. Las compañeras con las cuales se trataba, que tenían un hogar mejor constituido, le envidiaban su libertad, aunque la influencia educativa que ellas mismas recibían no fuera de calidad muy diferente.

En el colegio, las buenas hermanas trataban de tenerlas ocupadas las manos y, con menos éxito, alguna parte del pensamiento, en esta complicada época de la pubertad en que nuevas características buscan su equilibrio. Había abundancia de consejos, amenazas de irrevocables infiernos, pero todo ello apenas comprendido pues las palabras suenan mucho, pero significan poco en la juventud. Puntadas, oraciones, cantos, disciplina, penitencias y una traviesa vena de malicia que alteraba el sentido de la más santa intención.

Por lo general, ése era el ambiente en el cual crecía Ester buena y libre, no inocente, pero limpia; voluntariosa, no aturdida, inteligente, sabiendo de la vida mucho más de lo que pudiera hacer suponer su edad. Aprendía a defenderse sola, porque llegó a entender que si recibía un golpe, la buena Iluminada le traería una aspirina, y la dejaría llorar en paz.

De todas maneras, su extraña belleza muy pronto le puso adoradores en el camino, aunque no le presentó la suerte ninguno que llegara a conmover sus sentimientos, y tal vez ésta fue su salvación. El primero que se hizo notorio fue un muchacho llamado Tito, granujiento y de voz en pleno templar y cambio. A la hora de su regreso del colegio, invariablemente estaba jugando con una pelota de trapo entre arcos que se marcaban en las aceras. Pero lo singular era que Tito, para este inocente y barato juego entre vecinos pobres, generalmente rotosos y descalzos, se ponía camiseta del Olimpia y zapatos de fútbol cuyas taquillas chispeaban contra las piedras. Al ver tomar la calle a la colegiala, súbitamente parecía descontrolado pegando unos «tapones» y llevando avances que atemorizaban a los compañeros. Al pasar ella, todo se interrumpía:

-Adiós -saludaba.

-Adiós -le contestaban los jugadores, y en ese momento Tito, pálido a pesar de su agitación, se quedaba de piedra, y si osaba decir algo, le salía la voz en dúo, hablando su hermanito y su papá.

Pero un día ella oyó que uno de los muchachos decía: «es la chica de Tito», y no le gustó. No sólo porque Tito tuviese pantalón corto, muchos granos y le saliera el habla en dos tonos, sino porque le sublevaba que la hicieran «de» alguien. Así, cuando al fin un día el pobre muchacho pudo persuadir a su madre que le pusiera unos pasables pantalones largos, una camisa de colores contrastados, y desde el fondo de su alma extrajo el saludo: «¡adiós!», ella no le contestó, y todavía lo miró fríamente con sus grandes ojos verdes, que enojados, se hacían grises con reflejos de metal. El pobre Tito cayó en la desesperación, por largo tiempo dejó la pelota, y ¡¡se hizo poeta!!

Aún antes de tener el incidente con el librero don Nicario, se destacó otro admirador en el conscripto Celedonio Estigarribia, alias Celé, que ejercía su servicio militar como auxiliar del Juzgado de Paz por ser hijo de un caudillo de los cercanos andurriales. El tal Celé como ya tenía experiencia con las campesinas de su padre, demostraba más atrevimiento en sus empeños de conquista, y a pesar de que le habían dado un uniforme dos o tres números menor que aquél correspondiente, además de que no hacía mucho le habían rapado la cabeza, se paraba frente a la puerta de su oficina con un cigarrillo en la boca a saludarla con tono insinuante. Le echaba flores, le decía: «cómo quisiera ser tu cartera, para estar en tu mano», «cómo quisiera ser tu hebilla, para tocarte el pelo», pero cuando un día le dijo: «cómo quisiera ser tu media...» ella se paró en seco y le contestó:

-Si querés ser mi media, andá a bañarte porque yo no me pongo media sucia.

El pobre Celé quedó corrido, y empezó a decir que ella era una engreída, una mala, ingrata, pero al poco tiempo, a pedido de Su Señoría, lo enviaron a una guarnición más estricta pues el conscripto del Juzgado se hacía difícil de tratar. Empezó a rondar bailongos, boliches, y como consecuencia, a cobrar precipitadas costas, «aceites» y a mal vender su influencia con el señor Juez, además de su propio saber jurídico.

Decididamente Estercita entraba en la vida hiriendo jóvenes corazones. Pero éstas eran consecuencias involuntarias del hecho de ser hermosa; de ocasionar un daño, no lo quería inferir. No era igual la intención con que la trataban: varias veces había sentido sobre sí una garra más artera, la de aquellas personas mayores que buscaban simplemente su perversión.

En algunas tiendas le ofrecían inesperadas rebajas, facilidades para el pago, dar por un metro tres, pagar lo que tuviera, o lo que quisiera, por ser ella, «sin interés», sólo por tener una cliente tan requetelinda.

Hasta el viejito don Nicario, dueño de modesto bazar y librería, tenía con ella paternales condescendencias. Solía darle consejos, le regalaba revistas y le hablaba con una dosificada mezcla de ternura y protección: «Yo puedo decirte estas cosas Estercita porque tanto cariño te tengo, que me considero un poco tu papá, y hasta podría ser tu abuelo... ¿verdad mi hijita linda?». Y a medida que le decía estas cosas, le acariciaba «el brazo de terciopelo», «la mejilla de seda», conteniendo a duras penas los chillidos de su asma que se le excitaba con la emoción.

Pero una tarde cuando ella estaba sentada, mirando un figurín, don Nicario se le aproximó de atrás a sumar sus comentarios.

-¡Qué lindo este vestidito, Estercita... qué bien te quedaría con esta figura que vos tenés! Así, con el talle ajustado y el corpiño con estos adornos que resaltan la feminidad... -el viejito le arrimaba la cara; con una mano señalaba el modelo y con la otra indicaba por donde caería la confección-. ¡Cuando uno tiene lo que tiene, hay que hacerlo valer je, je, je!...

Ella, que ya venía sospechando de los revuelos de su amistad, se sintió irritada por la treta. Sin pensarlo dos veces, le tomó suavemente la palpadora mano y le mordió un dedo con tal sorpresiva fuerza que el viejito pegó un grito y un salto que casi lo desvencija.

-¡Qué hacés criatura! -Se lamentó mirándose el índice reciamente machucado y tratando de recomponerse las sacudidas articulaciones.

Ella no contestó, sino que salió de la casa con una sombra de enojo y burla que don Nicario tuvo el buen sentido de aceptar para siempre.

Después le decía:

-¿Estercita, no me vas a morder más el dedo?

-¡Cómo le voy a morder, don Nicario, si usted no me lo acerca! -Le respondía apretando los labios para no reír.

-¡Je, je... qué criatura más traviesa! -Terminaba el viejito acariciándose el dedo que ya no le dolía, sino por el vago signo marcado en él, de negación definitiva, de helado «nunca más».



Entre todos esos seres conmovidos por la hermosa niña había un muchacho verdulero que le dedicaba una adoración silenciosa y tímida, dolorosamente constante, como ese follaje duro que resiste el invierno. Distribuía los productos de la pequeña granja de su anciano padre en un carrito de altas ruedas y techo, que andaba tirado por un fuerte, bien cuidado y hasta pretensioso mulo, llamado Atilano. De la granja vendía principalmente verduras, alguna fruta, huevos, aves y leche, pero como hacía sus viajes diarios a la ciudad, agregaba compras de lo que allá le pedían, con lo cual diversificaba su carga, llevando desde tierno vegetal, hasta algún barullento lechón destinado a las fauces de bodas o cumpleaños.

No alcanzaba los veinte de edad; para su altura de un metro ochenta y pico, y aquellos grandes huesos, le faltaban urgentemente carnes. Su madre decía que estaba en las puertas de la tuberculosis, pero todo se debía al trabajo fuerte, al sol que tostaba secándole las grasas, a su alimentación de vitaminas y al amor sorbido en grandes dosis. De todas maneras no carecía de colores, ni fuerza, ni energía para el trabajo, lo que según los conceptos morales del padre, era lo principal. No había hecho el servicio militar porque tenía una fractura doble en un brazo, como consecuencia del vuelco de su carro durante una emocionante carrera con un carrito panadero, con cuyo conductor se habían desafiado como en un circo romano. El perjuicio para el negocio fue grave, pero al fin, al ser examinado para la conscripción, el accidente le dio derecho a quedarse en casa, con gran contento de los afligidos padres.

Cuando la madrugada estaba aún en su más negro pozo de tinieblas y frío, él se levantaba a uncir su carro y a emprender el viaje para llegar antes de la salida del sol a los puestos de venta, y hacer después un recorrido por las casas y hoteles que le habían pedido servicio especial. A media mañana llegaba de regreso luego de una escondida jornada de labor, que en sí misma no era muy dura, pero sí irrevocable; había que ir todos los días de Dios, así lloviese o resbalase el carro sobre escarcha, cualquiera fuese el ánimo o el problema.

Mas, pese a su rigor, la jornada tenía su lado de regalo por el buen espacio de tiempo que dejaba para ir soñando en las cosas más lindas que tiene la vida. Atilano conocía tan perfectamente el camino que no tenía para qué preocuparse en conducirlo: diestramente evitaba los baches, conservaba su lado y en caso de obstáculo difícil, se paraba a tomarse un filosófico descanso hasta que el amo asumiese la responsabilidad. Pasado el inconveniente volvía a un trotecito igual y constante, y Pedrito, envuelto en la obscuridad familiar de la ruta conocida, se daba al prosaico ronquido, o últimamente, a soñar las inefables venturas del amor.

Y en el centro de estas delicias, de una manera idolátrica, siempre estaba Ester condescendiendo de algún modo cautivante a sus rendidos requerimientos y rehusando airada, con desprecio, aquellos otros que venían de parte de odiados rivales.

En estos soñados episodios, el bueno de Pedrito actuaba como un ser arrogante, decidido, lleno de seguridad y aplomo: daba aquí la mano, allá ofrecía una flor, más allá -pirotecnia de placer y ondas de mágica laxitud le corrían por los nervios- requería con fortuna una caricia. ¡Hechizos y perfumes, ebriedad de color y armonía, miradas llenas de potencia e infinito, dulzura, ilusión, eternidad! ¿Era la madrugada, hacía frío, por dónde iba el carrito de verdura, hacia el mercado? Eso tal vez lo sabría el pedestre mulo, pero su dueño y presunto conductor sólo podía sentir inenarrable deleite en su vapor de felicidad.

Mas también soñaba el caso en que llegaba en el preciso momento en que un atrevido se propasaba con Ester. Pues allí mismo caía un huracán de puñetazos y puntapiés sobre el desgraciado y a medida que se hacía la demolición, el mulo que la sufría en sus lomos, se daba al camino en una carrera furiosa poniendo al carro y su carga en tremendo peligro de terminar en pedazos disgregados.

-¡Quieto, Atilano!... ¡No seas animal! -gritaba tirando las riendas, en tanto que él salía de los últimos trances de su heroica intervención.

De todas maneras, Atilano ya había aprendido a hacer su propia composición de lugar, y así, cuando en el parpadeo de la madrugada advertía que el amo, en lugar de estarse suave, quieto y suspirando, empezaba a dar tirones, a contorsionarse y acaso a decir: «¡Retírese usted de acá!» o «¿Por qué usted molesta a la señorita?... o invirtiendo términos: «¿Le molesta este individuo, Estercita?», cuando oía algunas de estas irritadas expresiones, el talentoso mulo salía de estampía porque la experiencia le enseñaba lo que venía después, y, además, llegó a observar que el único método posible de evitarlo, era dar una drástica sacudida al soñador.

Pero el sólo ser que escuchaba las palabras dulces o soportaba las iras del amor de Pedrito, era el bueno de Atilano. La real inspiradora de las fantasías, el hada de los suspiros, tenía muy poca parte en las apasionadas expansiones que se producían en el secreto de las albas. El ardido amante pocas veces se atrevió a acercarse a menos de un ancho de calle, ni hasta ese momento atinó a cambiar una mirada, ni la mitad de una palabra significativa; al estar frente a sus ojos, su voluntad se quebrantaba, ya no era el batallador Pedrito que empuñaba el látigo para vapulear atrevidos, era un ser que se agotaba en adoración, abrumado por su inmenso apetito de amor.

Cuando llegaba de vuelta al hogar, desenganchaba el mulo, le daba su ganado pienso e iba a su pequeña habitación después de rendir brevemente cuentas del dinero recogido. Antes de ahora, solía limpiarse y comer algo fuerte para iniciar una prolongada siesta que le compensase el madrugón, pero sus hábitos cambiaban. Desde hacía un tiempo, de vuelta del trabajo, en lugar de reposar durmiendo, se encerraba en su cuarto, tomaba de debajo de la cama un paquete cuidadosamente liado y oculto, miraba acá y allá para asegurarse de que nadie estuviese atisbando y con la mayor devoción se ponía frente a su tesoro: ¡cuatro pares de zapatos! Recordaba enternecido las emociones de cada una de sus compras, cada uno tenía historia peculiar; eran los dramáticos momentos en que había osado acercarse más a su idolatrada Estercita, aunque, preciso era admitirlo, de un modo completamente profesional.

Mas, continuar en esta forma era estar metido en un callejón sin salida, eso lo sabía perfectamente bien: la congoja de su incapacidad le dolía, pero no daba con medio alguno que la remediase. De la dulce contemplación de los zapatos sacaba alientos, nuevas fuerzas y se hacía la firme resolución de que debía ocurrir alguna cosa. Después, sin darse el descanso habitual, buscaba un justificativo aceptable para llegarse hasta el pueblo. Se vestía con el mayor decoro compatible con el día y la hora de trabajo, y desde mucho antes, fuera de la vista de los de la casa, tenía escondido el más primoroso par «La Suela» para lucirlo en la ocasión.

Ya en el pueblo, cualquiera fuese la supuesta faena o diligencia, la principal de todas era esperar la salida de las niñas del colegio. Se apostaba en la acera opuesta tratando de moderar la creciente nerviosidad a medida que la hora se aproximaba. Las manos se le ponían destructoras: le retorcían el sombrero, empujaban como para desfondar los bolsillos, se sobaban frenéticamente o apuñaban un árbol, una cercana pared; hasta los zapatos, por una razón incomprensible, estando quieto, ¡se le ponían a chillar!

Al sonar la campana y empezar la salida de las niñas, él ya estaba agotado por aquella agitación, hasta que de repente, todo parecía calmarse y concentrarse alrededor de una fuerza incontrastable que le hacía ir, alejarse del encuentro inminente. Aparentaba caminar despreocupado para acallar ante sí mismo su protesta ante la ingobernable timidez. Sabía que obraba mal retrocediendo, aún sabía que en otros casos había tenido más audacia, ¡pero todas puras palabras! Iba a resguardarse tras un árbol de paraíso que daba sombra a la vereda, y desde allí la veía venir: el lujo de sus cabellos y cejas pintadas sobre el cutis blanco, ¡y aquellos ojos que se hacían puro brillo y color de luz mezclada con hojas frescas! La miraba con mansedumbre y después bajaba los ojos. Repetía el éxtasis todas las veces que no arriesgase un encuentro de la mirada. El delantal y los zapatos blancos la presentaban alegre, pero la aniñaban. No había aprendido a destacar lo que tenía como se lo había aconsejado el viejito don Nicario, pero de todas maneras, no era atracción lo que le iba a faltar. La contemplaba arrobado, aunque lleno de temor por aquella vaga sonrisa que en cualquier momento podría adquirir su quemante matiz de burla.

La seguía de lejos arrastrado y sintiéndose también su protector. Allá en el fondo tenía la secretísima esperanza de que le sucediera alguna cosa que le permitiese acudir en su ayuda con el mismo frenético ardor que ensayaba con Atilano en las madrugadas. Veía con odio la forma descarada con que algunos se atrevían a mirarla, y las exclamaciones, los gestos, la mímica muchas veces cargada de impudicia.

La verdad, dos veces pasó de la intención al hecho, aunque sin manifestar el motivo encubierto. Cierta mañana de bochorno le fue imposible soportar la vista de un árabe peludo y sensual que se la estaba desvistiendo con los ojos. Mascullaba palabras ininteligibles, las pupilas encendidas, las manos que trazaban formas; parecía que la estuviera pidiendo para su concubina al comprensivo Alá. Lo volvió sorpresivamente de un manotazo, al tiempo que le empujaba el vientre con un puñalito mordedor y ácido. El otro le vio tal fiera determinación en la actitud que se zambulló en su tienda de un salto descomunal arrastrando consigo cortes, confecciones, piezas y chirriantes vitrinas. Sólo cuando se sintió más seguro se puso a gritar primero en árabe y después a traducir al castellano y guaraní que un borracho había intentado asesinarlo.

-¡Bárbaro, bara qué bebe si no sabe beber!

La otra vía de hecho ocurrió en una cancha de fútbol. Por una pequeña diferencia deportiva se produjo una gresca fenomenal entre el público que deseaba ver de una manera u otra lo que había sucedido. Al principio la cosa tuvo ordenado desarrollo: los de una tesis embestían contra los de la otra, intercambiando recias verdades, pero al terciar la policía los frentes se desordenaron y confundieron, y la refriega perdió su primitiva alta contraposición para caer en una riña «Paraguay» de todos contra todos.

Pedrito se había limitado a permanecer en grupos de remolinos, empujones y zafarranchos hasta que ya bastante enardecido a gritos, ejemplos y pisotones, vio aproximarse a un sujeto larguirucho, sumamente caradura, que de un modo insistente molestaba a Ester diciéndole cosas que, desde lejos, le causaban a él gran enojo, y que de ninguna manera podría ser conveniente para los castos oídos de la niña, según lo tenía decidido.

¡Pues ésta era la suya! El individuo venía revolviéndose aquí y allá para cubrir todos los frentes, manteniendo a pleno grito encendidos insultos de aplicación poco discriminativa. Se puso pues más o menos en la trayectoria calculada y en son de guerra le gritó:

-¡Viva el Clu!

Y sin darle tiempo de hacer otras indagaciones le aplicó un golpe brutal por debajo de las costillas que le sacó hasta la última burbuja de aire a toda presión. Mucho antes de que volviera a recobrar compostura de combate, Pedrito le estaba aplicando un correctivo de gran calidad y ello hubiera seguido quién sabe hasta dónde, si un amigo no lo hubiese sujetado firmemente de atrás, al tiempo que le decía:

-¡No seas salvaje, si ese es vocal de nuestro Clu!



Él creía que todo quedaba enterrado en su corazón, que nadie en el mundo se podría imaginar que se estaba sublimando en secretos suspiros. Vivía ocultándolo todo, y aún cuando concediese a su mulo categoría racional, no iba a sospechar que propagase indiscreciones.

Pero eso era pura simplicidad. Desde el primer día una atención alerta lo había advertido, creándose la incógnita: «¿Por quién vendrá?». Y muy pronto las chicas lo calaron: «Es por Ester», pues no se fijaba en otra.

Todas lo miraban libremente, sin riesgo de ser vistas puesto que el candidato se encerraba en sí mismo, poniendo los ojos en tierra, como un culpable avergonzado. La única que se guardaba, y sólo para no alentar al pretendiente, era Ester, mas no por ello dejaba de estar informada de sus movimientos.

-¿Está? -Preguntaba a su amiga Lolita, una morena insignificante y vivaracha.

-Sí, atrás del árbol, se le ve el sombrero y el zapato colorado.

-¡Qué tonto! -Y sonreía divertida.

¿Por qué tonto? Pues porque la amaba profundamente desde antes que ella lo hubiese computado en su percepción de seres inteligibles. Pero sólo por eso, pues su falta de osadía, lejos de perjudicarle, lo ponía fuera de su alcance; como no pedía absolutamente nada, como no hacía nada que requiriese una respuesta, no había modo de hacerle desistir. Hace falta ser muy cruel o tener una determinación muy precisa para herir a quien se entrega sin condiciones. Ella no era de esas, y al cabo de algún tiempo, sin pensarlo, ya estaba diciendo:

-¿Qué le habrá pasado que no vino hoy?

Se sentía halagada, divertida y excitada cuando veía hacia un lado del árbol las firmes puntas de los zapatos, hasta un ojo y el ala del sombrero, y por el otro, la curvatura de la espalda. Había llegado a saber de un modo tan indudable que su verdulerito no se atrevería a salirle al paso, que las miradas, al principio subrepticias, fueron derivando hacia un completo desenfado. Y de éstas, pasaban ahora a un juego: con la amiga Lolita cruzaban sorpresivamente a la otra vereda para divertirse con las contorsiones de Pedrito sacado atolondradamente de su refugio.

De ese modo vino a consentirse un estado: Pedrito era número en muchas andanzas de Ester, su no pedida escolta, y aunque ella no se consideraba en lo mínimo obligada por una devoción no requerida ni aceptada, sin motivo legítimo, no lo iba a hacer sufrir.



El mundo de Ester era un poco más amplio; chico y simple, pero, aún así, adecuado para que viva en él una muchacha de pueblo en quien las tentaciones no se habían complicado con los refinamientos del lujo. Tenía sus amistades de la edad, las compañeras del colegio con su círculo de reglas más ingenuas que la otra presidida por los mayores, no tan interesados en divertirse, como satisfacer una ambición.

Se reunían con motivo de fiestas de familia, y los hermanos y primos con acceso, hablaban de fútbol, de los viajes a la capital o de chismes políticos, para eludir los contactos muy prolongados con las niñas, quienes por su parte hacían lo propio permaneciendo juntas, y comunicándose con disimuladas señas el tono de picardía especial. De estas algunas ya iban a bailes «oficiales» -aquellos que realiza el pueblo con motivo de las grandes fechas- y seguramente Ester ya hubiera debido estar entre éstas de haber tenido una madre que se ocupara de ello. Pero la Iluminada, ¿cómo la iba a presentar en sociedad? De todas maneras, tenía el natural encanto de animar las reuniones y se ayudaba con una guitarra apretando cuerdas aquí y allá, para acompañarse alguna cosa que quisiera cantar.

Por su parte Pedrito sabía que estaba en un remanso. De la contemplación de los zapatos y de los ensueños de la madrugada, emergía urgiéndose a hacer alguna cosa; su relación no progresaba, se parecía a esos árboles que han tomado una faja de tierra estéril, y allí se están, sin morir ni crecer; viendo gozar de la vida a los otros.

Pero le era mortalmente imposible; algo se le cortaba en la orden del cerebro al músculo y a poco sentía la vergüenza del fracaso. Le quedaba sólo esperar que sucediese alguna cosa, que otro poder hiciera lo que el brazo no podía. Una casualidad benevolente... Cada fracción del mundo en su andar apetecía algo ocasionando una anarquía de tensiones, de resultados inesperados, absurdos. En una de esas podría surgir la deseada solución. Pero ni se imaginaba que el resultado adverso también era posible, y por ello no pudo entender cómo, de pronto, vino a caer en el más negro infortunio. El pobre estaba sumergido en un mar que ebullía a presión de tantas influencias que resultaba impracticable predecir.

Hasta ese momento Ester nunca había concurrido a la gran peregrinación de Kaacupé, pero ciertas familias del mismo pueblo hacían su especial celebración, y hasta algunas sostenían que la imagen venerada en el propio domicilio tenía alguna suerte de poder delegado con facultades milagrosas.

La gente de Lolita, la pequeña compañera de Ester, era justamente una de esas. Custodiaba en casa una imagen de la venerada Virgencita en un buen nicho con campana de cristal y naftalina para evitar iconoclastas interferencias del bichaje. La imagen tenía su alcancía donde los dueños de casa y otros piadosos vecinos depositaban sus óbolos, cuya suma global se disipaba en un alegre convite el 8 de diciembre, día de la Virgen de Caacupé.

Lolita había insistido siempre pidiendo a Ester que concurriera a esta fiesta. Desde mucho antes ya hablaba de los preparativos: del arreglo de la enramada, del cerdo que engordaba en el chiquero, de los pollos calculados, de los músicos fervorosos que tocarían gratis, o cuando menos por precio moderado, y en fin, si quién sería la rezadora, quien la despertadora de la Virgen en ese santo día.

Mas, inesperadamente todo el programa se vino abajo por culpa del sujeto Casiano Chaves, un negrazo de evidente origen guaicurú, completamente degenerado por la bebida. Habitaba en la vecindad de la familia Cáceres, a la cual pertenecía Lolita, en una calle suburbana, cubierta de zanjas y arenales, donde había mucha mezcla en la categoría social y moral de los habitantes.

No se podía decir del Chaves que fuera de constantes malos hábitos; mas bien era sujeto silencioso y triste que vivía aislado en un ranchito lleno de averías, con una mujercita de porte también aindiado. Trabajaba de peón en las chacras y muchas veces quedaba a dormir por allí dos o tres noches seguidas haciéndose olvidar hasta de los inmediatos vecinos. Pero cuando se ponía a beber enloquecía. Toda su habitual humildad y sufrida mansedumbre era sobrepujada por un ser arbitrario, agresivo, aunque, en última instancia, no valeroso.

Pues esta vez le había dado la locura contra la devota familia de los Cáceres, que justamente ultimaba los preparativos para la gran solemnidad de la Virgen y que en modo alguno hubiera deseado conflictos en las proximidades de la gran ocasión. Así pues, apenas pasaba la mañana y ardía el sol en un cielo gris metálico, cuando el Chaves, reverberando caña, sin sombrero, el pelo duro espinoso, vestido con una vieja camiseta manchada de agujeros, el pantalón corrido hasta debajo del vientre, salía a desafiar a gritos a los varones de la casa de la Virgen, los devotos Cáceres: el canoso padre de Lolita, y el hermano de veinte y pocos años pleno de ardores juveniles. El borracho, descalzo, chorreando sudor, con los ojos desorbitados, empuñaba un cuchillito -no tan chico- y gritaba el desafío:

-Que salgan aquí los Cáceres, ¡la aña memby!... ¡Que salgan aquí si son hombres!

Así vociferaba plantado en la calle calcinada de vegetación amarillenta y arenas ardientes. Los aludidos guardaban un silencio abnegado y tolerante.

-¡Cáceres!... vení pue, ¡ndé aña memby! -Volvía a bramar el Chaves dándole una asentada a su luciente puñalito contra la blanca palma de la mano.

Los Cáceres tascaban el freno entre pacíficos y prudentes, pues, con un indio de esta clase, ¡vaya uno a saber! Entonces, el otro, envalentonado, se llegaba hasta la misma entrada de la casa, y seguía gritando:

-¡Ya pues Cáceres! ¡Jha, jha! -Y volvía a pulir el filo contra el poste del portón.

Como se mezquinaba la respuesta, Chaves, jadeando con dificultad como una bestia atontada, tenía, sin embargo, juicio para maquinar un inaudito insulto: cortaba una generosa astilla de madera del propio portón de los Cáceres y se ponía a labrar un palillo de dientes para uso y agasajo de su misma boca que les escupía los insultos. Pero aunque de hecho refinaba la actitud, no por ello moderaba la lengua, que en jerga horrenda de castellano y guaraní babeado, enunciaba el miserable concepto que le merecía la familia, sobre todo en cuanto a decisión y valentía.

Al principio el padre y el hijo se dejaron persuadir por las mujeres de que lo soportaran todo con resignación, puesto que el individuo era un borracho. Y ya que sus vías de hecho nunca pasaban de la entrada, cuando urgía salir de casa, padre o hijo, por turnos transitaban por el fondo, a través del patio de un vecino. Mas como la cosa se iba poniendo larga y Chaves daba ahora en grabar figuras obscenas en los lugares más visibles del portón, el padre se presentó a la comisaría a hacer la denuncia y a pedir «garantías».

Allí le dijeron que harían citar a Chaves, pero parece que los agentes andaban escasos o muy ocupados, lo cierto es que el borracho seguía frenético, proporcionando diversión a los ligadores y envidiosos de la calle que esperaban cada día con mayor suspensión el espectáculo pues a la larga era fatal que se llegase a un desenlace.

En efecto, los Cáceres, hombres devotos y pacíficos, al sentirse sin protección legal, resolvieron buscarse sus propios yuyos medicinales. Con ese objeto, de entre un enorme montón de leña destinado a la venta por metros en la ciudad, escogieron con gran conciencia un par de estacas fuertes, con algo de nudos hacia una parte, de madera fibrosa, resistente y algo flexible. Con ellas se fueron dispuestos a conseguirse, si no una enmienda, por lo menos un desagravio de aquellos que lavan y curten.

El Chaves al verlos venir sañudos y decididos, allí no más se dio un reculón hasta la entrada de la propia casa, pues todavía medio atontado por el alcohol, juzgó prudente tener a mano la retirada. Pero, aún así, le faltó consejo, pues allí donde estaba persistió en la actitud de zafarrancho y desafío, pretendiendo tal vez una transacción: ceder la entrada del domicilio ajeno, pero conservarse en posición de perdonavidas.

-¡Cáceres, no entres en tu casa como mujer!, ¡vení aquí, jiiipu!

Los aludidos, bien concertados y dispuestos, allí se fueron. El borracho apenas tuvo ocasión de hacer con el arma un par de amagos cuando ya tenía en la cabeza un garrotazo capaz de hacer recapacitar a un buey. Por los pelos duros le caía la sangre, e instintivamente retrocedió hasta el propio alero. Los Cáceres, a pesar de ser devotos, no se contuvieron. Ignorando los gritos de la mujer del indio, se le metieron atrás y siguieron con la faena. Con tanta eficacia, que cuando Cáceres, padre, dijo: «bueno, dejalo, ya está bien», el pobre Chaves, estaba positivamente mal.

Al volverse se encontraron con una calle moteada de mirones, algunas mujeres con sus sombrillas para mayor comodidad. Pero, ¡oh mundo incomprensible, en aquellos ojos había censura! Algo en la zurra había ofendido la sensibilidad del pueblo, y al retirarse los vindicadores para reponerse con un refrigerio, los vecinos se dieron a la asistencia del molido Chaves y de su afligida china para expresarles solidaridad.

Apenas se estaban sosegando los fatigados Cáceres, cuando un par de agentes de policía vino a confirmarles el general disgusto urgiéndoles con la culata y la trompetilla a marchar con ellos. El comisario se mostró indignado.

-¡Qué bárbaro, garrotear de esa manera a un pobre borracho... y en su propia casa! Qué joder, ¡aquí no hay más garantías!

Cuando ellos se pusieron a explicarle lo de la denuncia previa, las provocaciones, los gritos, las «llamadas» y desafíos, de actitud, de palabra, la destrucción del portón convertido en materia prima de escarbadientes, el Comisario desechó razones:

-No me vengan con macanada, Chaves es un borracho güeno, que apoya a la autoridá.

Fueron condenados a pagar todos los gastos de reparación, reconstitución y engorde. Soportaron dos registros, en los cuales se encontraron apetecibles y sospechosos un reloj despertador, un machete, tres pantalones, una hamaca, dos ponchos y una bombilla de plata, como elementos relacionados de cerca o de lejos con el delito y, por tanto, presa de los detectives. Y lo peor, ¡no hubo permiso para hacer la fiesta a Nuestra Señora!

En este aluvión de desgracias, la familia consideró de la mayor importancia esta última, porque interrumpía la tradición, porque afectaba el prestigio de la Sagrada Imagen, porque en medio de la caída, éste hubiera sido un medio de rescate, y porque era la quiebra del único lujo y boato que podían lograr para esa profundidad del alma que alienta la propia estima, en ciertos casos, mal llamada vanidad.

Para salvar esta situación, y para conformar a los vecinos que presumían cierto derecho por óbolos sobre la fiesta, recurrieron a un compadre de posición no tan afligida para pedirle en préstamo un local. No hubo inconvenientes, salvo que la casa quedaba a un buen par de kilómetros fuera de la población. Venciendo dificultades, la familia Cáceres realizó los mayores esfuerzos porque todo fuera un éxito y que la concurrencia fuese a la vez numerosa y calificada.

La amiga Lolita insistió en que Ester no faltase y todos los obstáculos de ida y vuelta, los permisos y horarios fueron empeñosamente arreglados por ella. Cuando estuvo en el lugar, se vio en una función de categoría. Bajo una enramada generosamente embanderillada con papeles de color, y contando con los amplios corredores de la casa, sobre el piso de tierra reiteradamente regado se bailaba con lentitud pausadas guaranias y polcas, y aún más pausados boleros y tangos. Una orquesta con violín, acordeón, guitarra y batería hacía oír a regular distancia el aplomado golpe del bombo como compás maestro y punto de cita de los demás extraviados instrumentos. Y cuando el violín o acordeón al fantasear por sus melodías iban demasiado lejos, y si el bombo no lograba convocarlos a reunión, entonces intervenía el platillo que con dos o tres restallantes chasquidos, lo incluía todo en su bruñido seno. Pero tampoco había que exagerar la importancia del compás; cuando las parejas habían progresado en entendimiento, acaso apoyando cabeza contra cabeza, o flácida mano corrida hasta la cadera, entonces resultaba indiferente una marcha militar o alguna lánguida serenata; los interesados hacían por su cuenta la función.

Alrededor de las pistas, sentadas en recias tablas de madera, reposaban pacíficamente las matronas que habían aportado la flor del elemento femenino al baile. Algunas fumaban en estado de abstracción enérgicos poguazús por sí solos suficientes para eliminar del mundo a los hijos no viriles. De vez en cuando un galán desprendido les hacía llegar unas roscas de buen chipá que se comían chupando con la boca desdentada, o un puñado de caramelos que iban al amplio almacén del seno para aprovechar poco a poco del regalo. A ratos un jarro de lata bien cargado alegraba el ruedo, inspirando un amplio clocleo de satisfacción; una que no podía tener tranquilo a su nene, se tomó unos tragos, y después dio de mamar al inocente. No volvió a incomodarse el angelito. El lugar en que se realizaba la función daba a la concurrencia gran heterogeneidad puesto que asistían desde el adusto peón de chacra, de pie descalzo, sombrero de paja y pañuelo negro en el cuello, hasta la última edición del cajetillo rural, con zapato de taquito alto, pantalón estrecho y camisas de nylon transparentes que dejaban ver ceñidas camisetas, o una maraña de pelos en el pecho. Con las mujeres ocurría algo igual: chinas de uñas pintadas, peinados permanentes y estrechas faldas, y también las anticuadas de trenza, blusa, polleras amplias y una flor en el pelo. Y así como el bombo reunía en su seno acogedor las anarquías de la orquesta, así la Virgencita reunía a la variada gente del valle que no había ido a Caacupé, cualquiera fuese la condición de su pelaje.

La sagrada Imagen era la dueña de casa. Ocupaba, muy paqueta, con manto nuevo y limpia la corona de crisólito, un pequeño altar arreglado sobre una mesa, en una habitación contigua a la pista de baile. Un mantel blanquísimo y muchas flores constituían el fondo; las velas estaban encendidas en forma de íntima oración, y al frente, una bandeja grande recordaba a los visitantes piadosos que la Virgencita esperaba un voluntario y espontáneo aporte para el mejor lucimiento de su celebración.

Ester, Lolita y otras compañeras de la edad, que no estaban en su ambiente, se mantenían haciendo grupo bajo los árboles, mirando la pista de baile, ayudando los trajines de la dueña de casa, sirviendo y bebiendo refrescos, caloríferos y estimulantes en caprichosa proporción. Unos cuantos jovencitos hablaban con ellas y uno o dos ya pasados hacían por mezclarse con la juventud.

Había transcurrido alegremente la hora de comer a costa de una mansa oveja y de un cerdo gordo que cubrían la necesidad; pasó la siesta con cara de sueño, congestión de rostros, grasa en los labios y un palillo en la boca para postre final; llegó la tarde con su reanimación de nuevas visitas, nuevos aportes; la pista se regaba y se regaba para aplacar el polvo, los bailarines sudaban sobre todo en los chopís; el perfume Luna Olorosa, Juventud Florida e Inquietud de Amor resultaban completamente ineficaces para competir con los vahos humanos agriados con el alcohol, lo cual daba de nuevo la razón a las sabias fumadoras de poguazú.

Ya obscurecía, las jovencitas tenían que volver a sus hogares trajinando en grupo por las complicadas sendas y pasos por entre alambradas; ya se anunciaban los preparativos, para ellas el día estaba terminando, cuando se produjo el revuelo: recostado a un horcón de la casa, con sus zapatos colorados cubiertos de polvo y barro, los pantalones llenos de sucias salpicaduras y la camisa empapada de sudor y tierra, y aún más, con el ceño agriamente fruncido, allí estaba él, un Pedrito agresivo, retobado, ¡desconocido!



Para llegar hasta el horcón al cual estaba recostado había recorrido también un caminito cruzado por multitud de fuerzas que actuaban caprichosamente. A la vuelta del reparto quedó sin saber qué hacer. Como el día era de gran solemnidad, no había colegio, luego, no podía esperar la salida de las niñas. Quiso ocuparse de trabajos habituales, pero su madre se opuso pidiendo descanso y respeto a la religión.

La gente en grandes grupos había ido al santuario de Caacupé; por esa misma razón se habían suspendido los partidos de fútbol; ni el cine «Porvenir» ni «El Adelanto» tendrían secciones hasta después de haberse puesto el sol; la feria de calesita, loterías, bolos, la chica y la grande, suerte y etc., había emigrado con la multitud peregrinante.

A la siesta, ¡oh juventud!, le picaba la impaciencia por la planta de los pies, y meticulosamente vestido, se fue a dar una vuelta para ver si la casualidad o el instinto lo ponían donde en realidad quería ir. En algunos patios, bajo los árboles se habían organizado barullentas partidas de truco, mas el pueblo estaba triste y vacío, despojado de su actividad habitual, aún sin las organizadas formas del tedio dominguero.

En una casa lo invitaron con un cordial vaso de cerveza, pero todo para tratar de lanzarlo a un trascuarto caluroso y chico donde se tallaba al «monte». Como no era eso lo que buscaba salió de allí, sin entrever las esperanzas de un encuentro afortunado. Decididamente el día no iba a tener su cuota de felicidad... por eso, ya descorazonado, se dejó llevar por un grupo de muchachones de una compañía cercana a quienes había conocido en encuentros y excursiones deportivas. Le invitaron a presenciar un sensacional combate entre un gallito venido de Tembetary y otro famoso mbatará, de mucha reputación en el valle, que sin sufrir mayor avería se había pasado por la espuela como a dieciséis rivales del lugar.

-Vamo, Pedrito, riña jycueva. Hay plata a ponchada por el mbatará.

-¿Cuál te gusta a vos?

-¡Eh!, El mbatará de don Domingue.

-Seguro, el gallo del pueblo.

-Pero dice que también el otro es formidable, châ... -Comentó uno bajito desdentado, con sombrero de fieltro molde espoleta-. Dice que es seguro y que salta muy bien.

Na hombréna, Lembú, y quién le va a ganar a don Domingue! -Proclamó un arrierito pálido, de bigote ralo como siembra de seca.

-No, eso ya se sabe, don Domingue campeón. ¿Pero qué va a remediar también si le matan al mbatará?

-Güeno, si le matan, ya está grave... pero vo no le conocé a don Domingue, si le sopla atrá y le reza a lo mejor se levanta otra ve.

Ya serían más de las tres cuando salieron del pueblo para meterse en complicadas sendas por entre chacras y cercos, apaciguando enfurecidos perros que irrumpían desde ranchos bajos y ocultos en los vericuetos. Cuando iban llegando encontraban otros pequeños grupos de dos o tres individuos que entraban en fila para seguir el sendero. Algunos de ellos sudando la gota gorda, iban de riguroso poncho bajo el tremendo sol de diciembre. Los entendidos se hacían señales de complicidad pues sabían que estos prójimos pasaban su pequeño infierno para disimular el ejemplar de gallo fino que iba para el combate. Debían ir por estos caminos llevando el animal debajo del poncho porque nunca faltaba «un infelí que se entremete con la diversión del pueblo».

Cuando llegaron al lugar, bajo una plantación de frondosos mangos, había una concurrencia casi totalmente masculina de hasta doscientos individuos, llenos de risa, alegres, comentando excitadamente las anécdotas de la afición, la mayoría de ellos campesinos, gente ruda, de epidermis gruesa, que no se emociona con trucos de celuloide. Vestían el traje limpio de los feriados y aunque muchos iban descalzos y en sombrero pirí, todos traían los últimos patacones para ponerlos debajo de las espuelas de sus favoritos. Estaban también los otros, los más pudientes que habían concurrido a caballo, con la ropa, apero y montado correspondientes a la propia importancia y oportunidad. Posados en los antebrazos, sobre la mano, los hombros, por todas partes lucían estilizados gallos de pura raza de riña, largos, delgados, de ágiles músculos y criminales espuelas aguzadas con alevosía, completamente inhábiles para otra cosa que no fuera riña, algunos tuertos o con tremendos desgarrones en las crestas y peladuras de plumaje, pero todos arrogantes con un orgullo que les llevaba sin más motivos hasta la muerte.

Para garantizar el delito y a sus participantes, allí también estaba de incógnito la autoridad. De todo su normal atuendo se le conocía apenas por el pantalón color de uniforme, y el descomunal trabuco que osaba bajo el saquito pijama; pero, había que reconocerlo, actuaba con mucha moderación. A pesar de que varios individuos hacían correr cuartos y cuartos de caña comprados de una derrengada camioneta que hacía de cantina rodante, cuando alguno se propasaba, no venía la explosión del trueno:

-Eh, julano, ¡hij'una gran, respete la autoridá!

Si no, mucho más suave, como comprensivos compañeros inclinados por la misma debilidad:

-¡No me comprometa pué, châ!

Pero pocas cosas salían de la línea normal que todos esperaban pues nadie se iba a atrever a faltar al respeto al poderoso caudillo, padre y compadre de la mitad de la comarca, el mentado don Ramón de la Cruz Domínguez, allí presente por ser su gallo el mbatará.

Hombre de proporciones gruesas, de unos cincuenta años, ciento diez kilos de peso, y bajo. Por lo tanto rellenadito, no con exceso, sin preocuparse por tonterías de cebo de más o de menos, comía feliz, pues siempre tenía a mano quien le prendiera los zapatos y le calzase las espuelas. El sol le ponía colorado el cutis, pero no le obscurecía las redondeadas mejillas; la boca ancha y carnosa ya perdía su forma a pesar de hallarse sostenida por un amplio cerco de pulidos postizos, y cuando echaba la cabeza para atrás para dar salida a grandes carcajadas, dejaba entrever la sólida construcción de puentes, coronas y otros decorados en la completa y eficaz armazón de muelas. Llevaba puesto un sombrero de fieltro castaño, medio alerudo, que empujaba para atrás exhibiendo una poca frente tersa y blanca y un par de sagaces ojos azules. Al cuello un pañuelo de seda blanco, pues él, aunque indoblegable caudillo de partido, se permitía libertades y tolerancias. Vestía un saco listado, liviano, de buena seda, pantalones rectos, a pesar de haber venido a caballo, y los pies en botines con firmes espuelas.

Estaba sentado en una amplia silla de cuero especialmente traída para él, e instalada al borde mismo del ruedo. Una porción de individuos le rodeaban, proponiéndole lances, consultándole sobre propuestas recibidas e, incluso, insinuando cuestiones completamente alejadas de la ocasión.

-¿Sabe alguna cosa del asunto de mi hermano, don Domingue?

-Ya va a salir en libertá. Mandame eso que sabemos.

Un mozo largo y limpio, de cutis claro, ondulada cabellera, se abrió camino hasta él. Se le puso enfrente sosteniendo un gallo posado sobre el antebrazo, y descubierto, con el sombrero de paja entre ambas encallecidas manos, pidió la bendición.

-¡Eh!, cómo estás, mi hijo -exclamó don Ramón al verle, terminando con una chupada y chupaditas el contenido de un lujoso mate que sostenía en la mano regordeta, enjoyada con anillos de variado porte. Y sin más, con la misma mano, concedió rápidamente un esquema de bendición-. ¿Cómo está tu mamá, mi hijo? -preguntó en guaraní.

-Bien, paino. Le hace decir si por qué hace tanto tiempo que no va más a visitarla.

-Sí, por ahora ando muy ocupado... -e insertó un agregado obsceno en guaraní que tuvo su ruidoso festejo- pero decile a tu mamá que me tenga lista una chinita entre 15 y 16, que estos días me voy a ir. -Terminó riendo alegremente con el corro, dejando la cosa en un malicioso estado de incertidumbre.

Pero el ahijado no lo quiso dejar así, y con una definitiva cara de estupidez, continuó en guaraní:

-Dice mamá que no te ha de haber gustado la que te puso la otra vez por que apenas una sola vez la usaste.

Esto hizo explotar la carcajada. Hasta los gallos aletearon alarmados tomando disposiciones para el salto pues sus dueños se contorsionaban convulsivamente.

-¡Se descubrió don Ramón! ¡Se pilló todo!

Si la cosa era broma, podría ser completa verdad, y la mayoría no dudaba que lo fuera. El ahijado también reía, pero como contagiado por la risa general, con un aire de cretinismo, que no confirmaba ningún sentido.

Don Ramón no se corrió de ningún modo, lo festejaba con gran alegría haciendo saltar la barriguita.

-¡Sos un jodido, Manu... un gran mentiroso! Seguro que compai Quelé te enseñó ese cuento -y reía echando la cabeza para atrás contra el respaldo de la guapa silla que crujía, mostrando los metálicos encajes de sus trituradoras, hacia el fondo sonoro y negro de la garganta-. ¿Qué tal anda tu quemado? -preguntó cuando pudo sosegarse.

-¡De primera, paino! -Lo afirmó poniendo más a la vista el gallo objeto de la consulta.

Don Ramón lo sopesó con ojos astutos y expertos:

-Podemos ponerle con ese gallito negro de Toma-í, el otro Domingo.

El aludido, también ahijado de don Ramón, no opuso objeción. Una riña en familia, de poca «polla», tal vez con topes en las espuelas para que el daño no sea mayor.

Don Ramón se levantó de su privilegiado sitial para ir a vigilar los últimos detalles del gran encuentro. Había mucha plata de por medio; la afición de todo el pueblo, todos sus hijos, ahijados y compadres apostaban por él. El gallo podía ser o no bueno, la verdad es que esas consideraciones quedaban a cargo exclusivo de don Ramón. La fe y la seguridad estaban depositadas en él. No se concebía que «don Domingue» fuera a meterse con su familia en un negocio de resultado incierto. En los días anteriores habían ido a preguntarle los más allegados.

-¿Cómo está nuestro gallo, compadre?

-Jugale hasta el calzoncillo -les había respondido con la esquina próxima de la boca, dejando caer el dato en forma confidencial.

Por eso el riñero clandestino estaba lleno de gente adicta: amigos, parientes, hasta media docena larga de los hijos desparramados en la región, quienes tenían instrucciones de echar el resto. Los contrarios estaban completamente sobrepasados, apabullados. Los del pueblo les fregaban los billetes por las narices «llamándoles» para más apuestas, pero, o ya estaban en seco o esperaban que a último momento los más aturdidos mejorasen las condiciones.

-¡Tre a uno por el crédito del pueblo, la aña memby! -Decía uno levantando un puñado de billetes agresivamente exhibidos.

-¡Pelada la cría del Tembetary! ¡Puro tocoroó!

Los visitantes que no serían más de cincuenta, unos pocos mejor vestidos y otros en camperas o raídos trajes de ciudad, se sabían en corral ajeno y con menos posibilidades. Pero astutamente lo reconocían, achicándose humildes a medida que los otros crecían en número y excitación.

-No, ya se sabe que el mbatará tiene más plata -decía alguno de ellos-. ¡Nosotro no tenemo padrino como don Domingue!... ¡Si nosotro tuviéramo uno que juera la mitá de don Domingue, entonce hubiéramo venido con banda y cohete para traer nuestro gallo!

-No, don Domingue, ya se sabe...

-Don Domingue é don Domingue, no hay en treinta legua a la redonda uno que tiene que salir por él... ni poniendo todo eso cajetillo de la Asunción. Eso ministro mimí, le trae su señora para que le conozca y su hijo para que le arce, para ser su compadre.

Entre tanto don Ramón, seguido por media docena de asistentes, algunos de ellos con ostensibles armas en la cintura, había estado dando los últimos toques. Fue a mirar su gallo mantenido a distancia del gentío para evitarle incomodidades, dentro de una amplia jaula, con buena sombra, ventilación y silencio, guardado por un par de individuos dispuestos a cortar el paso a quien quiera fuese a perturbar, sea hombre, mujer o gallina. Informaron que el animal estaba en perfecto estado.

-Durmió bien, compadre. Cantó dos vece: la primera cuando entró la luna, y la otra cuando subió sobre el alero del rancho la estrella del alba. Güena seña. Comió bien, a la medida, y hizo bien su necesidá, de güén color y de güén olor... ¿Queré pa ver, compadre? Aquí guardé para mostrarte.

Don Ramón sonrió satisfecho. Estaba de primera su animal. Le pasó despacio un dedo por la punta afilada, lustrada de la espuela y sintió esa suave atracción que produce el filo cuando penetra más de lo que la vista advierte. El pico perfecto, recio, la mirada dura y atenta. La corta cresta con heridas cicatrizadas, como prueba de su experiencia de gladiador. Le gustó su gallo.

-Está bien, compai. Si todo sale bien, la vaquillona malacara servida por mi toro mocho, es para vos.

Tomó del bolsillo dinero y se lo entregó a uno de sus acompañantes para que hiciera más apuestas, si aún se podía. Se paró en el camino para servirse de un mate que le alcanzaba la chiquilina que le servía siguiéndolo por todas partes, y después de rematarlo con varios chupetones, fue a conversar con los adversarios para nombrar Juez y llevar a cabo la riña. No hubo dificultad; todo se hacía siguiendo sus rápidas y oportunas disposiciones. Con un medio limón, a la vista del Juez, el público y las partes, se limpió las espuelas y el pico de cada uno de los gallos. Lo que quedaba de la fruta, bien resobada y sucia, se exprimió en la boca de los dueños, para evidenciar de ese modo que no había veneno untado. Por don Ramón se tomó el amargo trago uno que le había hecho compadre de todos sus siete hijos, es decir, un pariente muy allegado.

-¡Careo! -Ordenó el Juez, y los padrinos pusieron sus gallos pico a pico, listos para la pelea. Se cruzaron las últimas apuestas y a la voz del Juez, largaron los animales que de inmediato se embistieron con saña mortal.

Todo prometía ser grande, excitante y bravo. El público inmediato al ruedo, estaba sentado en troncos, piedras, sillas o sencillamente, sobre los talones. Venían luego dos o más filas de pie y el resto subido a una especie de gradería hecha de costaneras o en tablones tendidos sobre tambores, y los que conservaban aún algo de agilidad, se habían trepado a los inmediatos árboles formando racimos humanos sobre crujientes ramas. Todos gritaban en confusión haciendo fuerza para inspirar a sus predilectas aves.

Y así, al principio, en forma inesperada, súbita, cuando por definición aún se estaba en las primeras fintas y prolegómenos, con los animales frescos; cuando nada era de presumir y los ánimos empezaban a enardecerse, el gallo visitante de un salto feliz atravesó la cabeza al mbatará de un soberbio espolazo que resonó crujiente como un huevo que se parte.

Creció un silencio helado. Ni aún los mismos ganadores podían reponerse de la sorpresa. Don Ramón y sus parciales, de pie, estaban absorbiendo la noción de que ocurría una catástrofe. Pasmada, la gente se miraba sin atinar lo que iría a suceder. En ese momento, don Ramón, solemnemente rompió el silencio para dirigirse al Juez:

-Señor Juez, esperamos el fallo.

El Juez se puso lívido. Miró ansiosamente al caudillo todopoderoso, implorando que le dispensase de dictar esta sentencia; los labios le temblaban y el sudor le moteó las facciones espasmódicamente contraídas.

Pero don Ramón se mostró inflexible:

-El fallo, señor Juez.

Para entonces, ya algunos por puro instinto gregario, se ponían a gritar: «¡el fallo, el fallo! ¡Na pue, señor Jué!». En el ruedo, ahí estaban el animal muerto y su matador.

Entonces el Juez, un individuo larguirucho y enclenque, evidentemente empujado por los de atrás, se adelantó un paso, y tratando de dominar el pánico, sentenció gritando con voz ascendente quebrada por un gallo:

-¡Ganó el muerto!

Se produjo un momento de vacilación, tal vez nadie esperaba una sentencia tan categórica. Don Ramón, con astucia, salvó el instante recurriendo al nacionalismo como última reserva frente al desastre. Levantó el sombrero y gritó con fuerza: «¡Tres hurra a los hijos del pueblo... jip, jip!...», y tonificó a su gente desconcertada. El Juez inició un solapado movimiento para situarse en medio de la facción beneficiada cuando una garra poderosa se le clavó en la cintura recogiendo en una piel, cinto, camisa y calzón. Lanzó un aterrorizado chillido de rata pues ya anticipaba la fría sensación del hierro entre las costillas, cuando otras manos acudieron en su ayuda tironeándolo en sentido contrario con brutal fuerza y sin contemplaciones, para zafarlo de la ruda sentencia que ahora pesaba sobre él.

Cuando la gresca general era evidente, cada cual tomaba posición de apronte, y en el zafarrancho habían cedido estrepitosamente dos tablones de las graderías con su secuela de caídos, revueltos, pisoteados; y la gente trepada a los árboles se lanzaba a tierra sin consideraciones para evitar ser cogida en lo alto por un tiroteo, y los gallos espantados volaban sobre la concurrencia tratando de salvarse de los fieros manotazos y apretujones, don Ramón, de pie sobre su silla, puso en juego toda su autoridad.

-¡Alto, quieto todo el mundo!... ¡Cállese usted!, Ceferino, ¡guarde esa arma, carajo!

Calmó el tumulto y habló el patriarca:

-No hay que ser bruto -empezó sentenciando con notable sabiduría-. ¡Por cualquier zoncera ustedes ya se van a pelear!...

-No es cualquier cosa, don Domingue, es la acción puerca...

-Ustedes los de Tembetary, no se vayan a hacer los tobá-taby, no sean tontos... de aquí van a salir picadillo si no se sujetan... -rugió amenazante, lo cual fue corroborado por un bufido colectivo y gritos de fea significación.

-Pero nosotro...

-¡Silencio!... -atajó autoritariamente don Ramón-. Aquí, en primer lugar, hay que respetar el fallo de aquí, el señor Juez... -Y señaló con la mano la bola informe, desgarrada, pateada y escupida que representaba la majestad de la justicia-. El señor Juez es la máxima autoridá de la riña... -siguió sentenciando-. Pero -insinuó y dejó correr un refrigerio- los hombres pueden fallar. El fallo es irrevocable, pero eso no quiere decir que no pueda ser una falla. -Perplejidad, admiración, esperanzas-. Por eso, para transar, y para que no haya queja, que las apuestas se devuelvan y, sin desconocer el fallo del señor Juez, nosotros los ganadores declaramos la pelea puesta en homenaje a los visitantes.

-Qué hacemo con el gallo muerto, don... -gritó uno.

-Se lo lleva de mi parte a la que te parió, ¡hij'una gran!

Y para corroborar el dicho, alguien le tiró el animal muerto a la cara.

Los visitantes obraron con juicio. Con paciencia aceptaron la restitución del dinero y ya se volvían con sus desengaños y maquinaciones de venganzas, cuando el cantinero de la camioneta vino a reclamar apuestas en especie, tomadas y consumidas, que ahora resultaba imposible devolver.

Uno de ellos, más afectado, viendo al tipejo argüir ruidosamente, sin hacerse cargo de la situación que él alegaba no afectarle y que le importaba un pito, acaso con la buena intención de demostrarle lo contrario, le aplicó un revés que lo puso patas arriba. Otro remató la acción con un par de puntapiés que estarían destinados por lo menos al señor Juez. Los del pueblo relajaron la tensión festejando también con carcajadas los revolcones del acreedor común, y a poco, unos y otros, se unieron para el fraternal despojo y rápido y eficaz saqueo de las mercaderías sobrantes de la consumición. Unos se alzaban alegremente con dos o tres botellas de caña, con gruesas de cigarros o cigarrillos, aquél con fósforos y salchichones, éste con una tibia cerveza o pastillas de menta y anís.

Pedrito, que en todo este excitante lío, había actuado de entretenido mirón, de pronto fue urgido por sus compañeros para escapar rápidamente.

Tomaron un caminito entre mandiocales, posturas de maíz y otras zonas aradas y en barbecho. De pronto uno de ellos descubrió la razón de la huida. Habían logrado en la acción unas botellas y comestibles que traían apenas disimulados entre las ropas. Ya seguros, alguien propuso llegarse hasta la casa de un conocido para comerse alegremente los requechos.

Concertados echaron por una senda hasta salir a un ranchito de paja y barro metido entre una arboleda. El amigo los recibió afable, después que hubieron pasado una fogosa avanzada de perros, y mucho más cuando advirtió el avío. El Lembú hasta distribuyó pastillas entre los desnudos chiquilines y a la mujer regaló una robusta media salchicha para animarla a soportar las molestias de la hospitalidad.

Tomaron asiento alrededor de una desvencijada mesa, donde la abundancia de bebida imponía unos tragos como cuestión de prestigio, pues jóvenes como eran, no habían adquirido aún el deseo de beber. Se destapó una botella y el huésped y su mujer pidieron más detalles del reciente acontecimiento.

-Pero ese don Domingue, ¡es formidable, te dije luego! Nunca va a perder, es de varde que se quieren poner por él...

-Cierto, si no te convence a la güena, te convence con la mala.

-O en úrtimo caso, cuando ya va demasiado mal, ha de empatar; pero perder, eso nunca.

-¡Cierto, nadie le gana en po-caré, es formidable!

-Pero así co es -dijo la mujer con la boca deteriorada y aspecto obscuro por raído, sucio, más que por el pelo, acercándose con un plato de mandioca para acompañar el fiambre- con razón la gente quiere su cría... ¡Sálai, Jitler!... -gritó a un perro más apremiado que ponía el anhelante hocico a una distancia tremendamente peligrosa del salchichón-. ¡Pero este perro, ello si que se presentan!

-¿Quién anda queriendo su cría por acá? -Preguntó uno pegándole una dentellada demoledora al pedazo de fiambre que empuñaba, empujándose después un trozo de mandioca hasta completar la hornada.

-Ña Eme.

-¿Quién e'esa, ña?

-Ña Emeteria, allí donde hay junción de la Virgen.

Intervino Lembú con la boca atascada levantando en cada mano trozos de comida, pero las palabras se le quedaron entre los inflados carrillos.

-¿Cómo sabé que quiere la cría de don Domingue?

-Porque dijo aquí cuando vino a buscar mi yuyo para la sangre y el tacurú. Dijo que a su compadre Cácere le perseguían de varde, por una zoncerita que le hizo a un borracho zafado, pero que a ella no le han de hacer eso porque va poner una de su familia para tener la sangre de don Domingue.

-Tiene que hacerle pasar nomá -comentó uno riendo.

Por fin Lembú consiguió desembarazar el paso.

-¿Por qué no vamo a esa junción de la Virgen?

Ya los árboles aumentaban su sombra en el día anchuroso de insectos, fatiga y polvo, cuando los alegres compañeros, con unos cuantos tragos no asimilados, tomaban en fila los vericuetos y atajos que habría de llevarlos al lugar del homenaje a Nuestra Señora de Caacupé.



Con la sucesión de tragos al pacífico Pedrito se le iba levantando la gasificación de la sangre hasta puntos de efervescencia. Ya no era un ser pasivo en el conjunto, se le desataba la parla y la gana de aventuras. A una gran distancia, el bombo hacía vibrar el renaciente espíritu de la tarde, apaciguada de ardores con la suave extensión de las sombras. Iban sumidos en un paisaje llano y corto, interrumpido por cercas y la baja vegetación de los matorrales. Los árboles mayores quedaban solitarios como un último lujo de la tierra forzada a desnudarse. Había polvo suspendido, hojas y flores cansadas, vueltas sobre sí mismas después de un día de vibrante connubio con un exceso de luz. Cuando llegaron, seguía con gran animación el baile.

Pedrito estaba lleno de brío, pero, aún así, no se atrevió más adentro del primer horcón que se le ofreció para su apoyo. Allí se detuvo a mirar, desde una discreta retaguardia, si cómo se desarrollaba la diversión. No tenía un propósito, ni quería nada: pero estaba animado, contento de ver gente contenta, y si alguien le miraba con una sonrisa, era probable que se atreviera a dar salida a la alegría del corazón.

Pero en lugar de encontrarse con algo de su gusto que lo alentara a seguir la fiesta, allí, a pocos pasos, vio repentinamente a Estercita, a su propia Estercita, rodeada de gente indeseable, sudorosos arrieros, flacos cajetillos, ¡gente de mala traza y mala cara, en vergonzosa y desaprensiva promiscuidad! ¡El alma se le cayó a la pista de tierra, patas y escupitajos!

No se le ocurrió que ésta sería la oportunidad de aproximarse a ella, porque él tenía a diario estas ocasiones. Lo que pensó, con malhumor de propietario, fue que su diáfana Estercita, el ser ideal que flotaba en la nube de sus sueños, había dado un paso peligroso, poco recomendable. No le gustó, y como tenía sus tragos encima, dejó llegar la reprobación hasta quedar bien patente en la actitud y el rostro.

Hasta aquí eran puras metamorfosis, sin consecuencias, pero el cambio de situación se produjo cuando en una de esas, alguien del grupo se percató e hizo el revuelo. Ester miró, y pudo verlo de cuerpo entero, a este lado del horcón, sin rehuirle la mirada. ¡Fue una agradable sorpresa! No se esperaba que pusiese tanto afán y éxito en dar con ella; se imaginó que el pobrecito al no encontrarla en el pueblo se había lanzado a una acuciosa búsqueda, ¡oh, vanidad! Se sintió dispuesta y tentada a concederle un premio; alguna sonrisa, o un saludo muy especial... Pero el galán sostuvo y devolvió la mirada con el ceño fruncido, gesto de reproche y evidente enojo. ¡Nunca se había visto nada igual!

«¿Ajá, conque está enojado ese estúpido... y conmigo, por qué?... pues ahora lo va a ver». Y allí mismo decidió jugársela mal, hacerle sufrir el atrevimiento, la insolencia de manifestarle una censura. Sin pensarlo dos veces, ni comunicárselo a nadie, se aproximó a la esforzada orquesta, pidió la guitarra al hastiado guitarrista y sin tomar en cuenta tonos, ni concertar partidas, sin más trámites se puso a cantar:



Ya soy una mujercita
a quien la gente la mira.
No me opongo, no me enojo,
si no viene tan cerquita.

Que me miren con los ojos,
no me miren con las manos.
Con luz son ciegas las manos,
de noche cierre los ojos.

Tengo el cuerpo con curvas
lomitas y sus bajadas.
Compito con las aguadas
donde se bebe el amor.

No se arrime usted señor
ni me regale más chipas,
con lo visto usted ya tiene
lo que tiene que tener.

Cada palabra llevaba subrayada la intención con toda esa cantidad de gracia que le había dado Dios, sumada a la sabiduría que tienen las mujeres para hacer sufrir al infeliz que está enamorado de ellas. Cuando dejó el canto y la guitarra, había un nuevo nivel de animación y regocijo.

-¡Que cante, que cante otra!

Iba a hacerlo, pero se le aproximó un hombre decidido, quien sin pararse en venias ni chirimbolos, le puso un brazo de hachero alrededor de la cintura y se la llevó a bailar con la misma fuerza irresistible de un golpe de mar sobre un barquito de papel.

-Pero yo no bailo... -empezó a protestar cuando estaba por recorrer toda la pista.

El otro, sin cuidarse de esa minucia que le importaba un cuerno, empezó de inmediato su tarea: «Virgencita, desde que te vi ya no tengo luego ni un poco de sosiego en mi corazón; esos tus canto me parecían luego de un ángel del cielo que estaba cantando; esa tu boquita con esos diente tan blanco y esa tu voz que me entraba por el oído como jugo de azúcar y miel, y esos tus ojos pará, ¡mi color luego, ¡chichúlina!... Desde ahora ya no voy a vivir tranquilo, ya se acabó, pobrecito, todo mi sosiego, ahora solamente ya puedo pensar en vos, mi palomita...»

Ester no comprendía bien lo que estaba pasando. El sujeto éste no le daba tiempo de reponerse de su sorpresa; le seguía soltando cosas y más cosas en el oído en tanto que la arrastraba irrevocablemente en sus vueltas, empinándose sobre ella como si se estuviera cayendo y obligándola a adoptar una postura desde la cual le era completamente imposible resistir. Nada de preguntas; nada de dar pie a una respuesta o una conversación. Él estaba en tren de monguetá, y su camino era decir cosas... Después le contaron que se trataba nada menos que de Cachí, el más dulce galanteador de la comarca, con palabra de gusto a caramelo, sujeto que derretía corazones con sólo hablar y hablar.

E indudablemente tenía su don, Ester lo reconocía avergonzándose en secreto. Las cositas que había oído, en cierto momento la habían llevado a través de una embriaguez ligera y agradable. Tanto, que sólo cuando se soltaron las parejas ella se percató de que había roto sus resoluciones previas de mantenerse al margen de la fiesta.

Y apenas volvió a sonar el primer bombaso, media docena de pretendientes le pasaron la mano, haciendo el medio quiebro característico. Se fue con uno menos eficaz en el galanteo, pero no por eso con más torpeza para ceñirla; ése usaba del tacto para enamorar. Le pasaba la mano muy suavemente por la cintura. No era grosero, por el contrario discreto y disimulado, pero bastante, bastante intencionado.

¿Y Pedrito? ¡Pobre Pedrito! Siguió mostrándose bravo durante una o dos piezas, pero como era evidente que no le dedicaban la mitad de una mirada, y que los sólidos puñetazos que daba al horcón no ablandaban el corazón a la ingrata, empezó a ponerse cada vez más pálido. Todo ocurrió por grados: primero enojo, luego seriedad, y de aquí fue cayendo más y más hasta una mortal agonía que lo enajenaba aislándolo en sí mismo de todos con su tremendo drama. Los compañeros que habían venido con él, seguían el ritmo alegre de la borrachera y con las botellas aportadas ampliaban el círculo de las amistades.

-¡Vení a meterle un trago! -Le urgió Lembú colgándosele con todo el peso de su precario equilibrio.

-Enseguida, enseguida.

-No, vamo pué ahora.

-Esperá un poco... aquí está un arriero que no me gusta.

-¿Tú contrario -preguntó el otro muy interesado-, estás amenazado?

-No... quiero ver una cosa no más -contestó sin ofrecer otra información.

Eso de ver «una cosa» en un arriero desconcertó completamente a Lembú. ¡Todavía si estuviera pendiente una buena amenaza de muerte! Se volvió, salivó abundante y copiosamente, y se tambaleó como todo un hombre: haciendo fuerza por disimular.

-Está bien, si hace falta compí, me avisá. Avisame no má -y antes de irse a trastrabillazos, lo miró intensamente para trasmitirle parte de la heroica fe que se tenía.

Había un sujeto rubio y pecoso que insistía con notable falta de vergüenza. Cualquier ciudadano de respeto, deja a la dama en su asiento y se retira a los sitios donde se agrupan los demás, hasta que suene el primer golpe indicador de que la orquesta de nuevo vuelve a romper. En ese momento todos tienen una oportunidad igual para invitar a una pareja; es cuestión de recorrer la distancia e ir a ofrecer graciosamente la mano, luego el brazo para unos pasos iniciales, hasta empezar. ¡Pero este individuo no tenía reparo en quedar a mitad de camino, en medio de la pista, y aún del mismo lado de «la mujer»! Con su procedimiento rompía todas las reglas del juego limpio, era un vulgar ventajero, un po-caré.

Cierto que hablaba poco y tomaba a la compañera muy fino, empleando sólo el índice y el pulgar de cada mano, con ambos meñiques y los adyacentes de largas uñas, irrevocablemente izados; pero de todas maneras tenía tendencia a los firuletes muy sospechosos. Por suerte otros hacían señas a la muchacha desde lejos... caso contrario el rubio agringado se la acaparaba.

En una de esas en que le falló el programa, vino a quedar cerca del horcón que sostenía a Pedrito. Miraba solitario el baile, sin juntarse con ningún amigo, dando largas chupadas a un jarrito de aluminio que parecía contener una mezcla especial que no se dignó convidar a los circundantes, haciendo correr el trago, como es lo correcto y habitual. Por el contrario, cuando debió volver para reiniciar su juego, escondió el jarrito sobre la viga del alero para reservárselo en exclusividad.

Pedrito ya lo odiaba con encarnizamiento, pero no veía cómo hacérselo saber. En cuanto a poderle, tal vez al sujeto le podría si actuaba rápido, sin darle tiempo de disponer de la energía de sus firmes músculos. Todo eso lo calculaba sintiéndose desvalido, amparado únicamente por la consistencia lampiña del horcón. Pero de pronto, como iluminado, con rara decisión fue a pedirle prestado su fuego a una ancha vieja deteriorada, que mantenía a un costado de la boca un pucho cortón de rabo bien mascado. La otra se lo dio con toda buena fe, esperando que usado le devolviese, más el mozo, sin gastar inútiles palabras, trajo el cigarro y lo tiró en el jarrito del alero.

-¡Josú, dónde poné mi cigarro, che memby! -Se quejó en alta voz la anciana, mas advirtiendo que el otro se le escurría, escupió en la pista levantando polvareda y sacándose del seno otro cigarro negro, nudoso y tremendo, lo encendió con todas las señas de la delectación.

La noche ya anidaba por debajo de los árboles y del sol quedaba apenas un trazo rojo en el poniente. Había nuevos llegados, pero muchos se disponían a volver a sus hogares y entre estos Estercita, toda arrebolada del último sacudimiento de la aventura. Regresaban en grupo y pronto se perdieron alegremente en las vueltas del camino, alejándose de la nube de polvo en cuyo blando seno se veneraba a Nuestra Señora. A cincuenta pasos detrás, caminaba cabizbajo el simple de Pedrito, quien por causas completamente extrañas e independientes había llegado a encontrar esa tarde a su dulce amada, y le había fruncido el ceño con estúpida osadía, en lugar de rendirle las cándidas flores de su timidez, cuyo suave perfume le halagaba el sentimiento.



Después de haber meditado varias noches y de haberse dado unos preocupados martillazos en el dedo, don Cayetano llegó a comprender que su responsabilidad le imponía una más activa atención hacia su hija que estaba llegando a la crítica edad en que se escoge marido. Hasta aquí no había mayor cambio en los planes admitidos desde siempre: alguna vez la chica se había de casar. La novedad radicaba en el paso siguiente: se había de casar con el mejor candidato posible. Nunca fue ambicioso para con el destino de su hija; desde temprano la resignó a la tarea de criar una familia, con algún compañero honesto y sin aspiraciones que se aviniese a tomar por esposa a la hija de un inmigrante pobre.

Pero ahora surgía una novedad que alteraba la equivalencia de las fuerzas, y ésta era la belleza esplendorosa de Estercita. La belleza es una fuerza que afecta el mismo centro del poder, el corazón, y bien administrada, dirigida, podía aun ser más eficaz que el mismo título del malogrado Héctor y acaso llevarle por un camino extraño a la realización de su acallado anhelo de triunfar, de ser y alcanzar alguna cosa perdurable en la vida; no acabarse en el olvido: constituirse en cimiento, tronco de una agradecida posteridad.

Admitido esto, no se le ocurrió ni por un momento que los Epifanios, lecheros, Tanís, jornaleros, ni Cipriano o Teófilo, o el otro verdulero podrían ser admitidos como pretendientes, ¡puf, de ninguna manera! Ahora él estaba de nuevo en situación de escalar, y había que hacerlo con inteligencia y resolución, sin detenerse a considerar el sufrimiento que podría causar a los voluntariosos clientes de «La Suela».

Y decidido a buscar y encontrar un buen novio para su hija, creyó que en este trance era esencial mejorar sus estropeadas relaciones con San Antonio. Así, desde el mismo día en que lo hubo resuelto, empezó a saludar de nuevo con creciente cortesía a su santo patrono, que en verdad estaba hecho una lástima de telarañas, decadencia y polvo. Cada vez lo agasajaba más sonriente, pero guardando aún cierto recelo, ¡caramba, le tenía vergüenza por eso de volver a él justamente en trance de necesidad! Pero al último, venciendo escrúpulos, se le plantó y le dijo:

-¡Pero San Antonio!... cómo estás de arruinado y sucio... ¡pero esta Iluminada no es capaz de pasarte nunca el plumero!

Decidido a reparar la falta de su fámula, trajo una silla, bajó la imagen y se dedicó a efectuar en ella una prolija limpieza, lustre y adorno que le hiciera tolerar los años en que la había relegado a un intencionado olvido, en coincidencia con su largo periodo de depresiva desesperación. Y apenas se había conseguido reconstituir el decoro en la oficina del letrado, cuando rápidamente, y sin mediar promesa alguna, sólo a título de buena voluntad desinteresada, le puso cincuenta guaraníes en su bolsillo izquierdo que por largas temporadas no había conocido más que pálidos níqueles o algún resobado billete de un guaraní.

Puesto ya en trance de reiniciar sus vínculos con el cielo, encontró que desde arriba siempre podrían objetarle los restos de sus relaciones con la Eleuteria. Pero aún dispuesto a dar el paso de rompimiento definitivo, le pareció absurdo creer a su santo abogado tan fanático e incomprensivo. En efecto, hubiera sido sólo crueldad terminar con ella; sus amores ya estaban en la mera faz del recuerdo y de los trabajosos disimulos, puesto que ni la morena ni el gringo lograban encenderse recíprocamente la inspiración. Plantado pues frente a la imagen, le preguntó:

-¿Querés de veras que la deje?

Y San Antonio no le respondió nada en su intimidad. Por lo cual la Eleuteria siguió cocinando esmerados platos para alimentar los últimos rescoldos de lo que fue un tumultuoso amor.

Adoptadas las resoluciones previas, decidió que la niña había de lograr algunos retoques y refinamientos que la hicieran apta para actuar en círculos más elevados. En el pueblo, un colegio mejor no había, y como sus relaciones eran sumamente populares, resultaba difícil resolver este problema. Determinado a lograr lo que pudiese, esa misma tarde, sin consultarlo con la interesada, fue a ver a Madame, una austríaca viuda que tenía en el pueblo una academia de canto, anexa a otra academia de corte y confección. Embutido en su viejo traje de paño de las grandes ocasiones, golpeó la sección canto en la pausa de un par de escalas de alumnos soñadores.

Lo recibió Madame, una rubia flaca y encorvada, pura llama, que evidentemente a su pesar había transado con la olla aviniéndose al pedestre anexo de corte y confección. En un pequeño vestíbulo con esquemáticas y duras sillas pintadas, se realizó la conferencia.

-¿En qué puedo servir al Señor?

-Madame, yo tengo una hija a quien le gusta cantar, pero no tiene ningún conocimiento de buena música...

-¡Oh!

-Quisiera que le enseñe un poco... música y canto, que conozca otra cosa que no sea solamente boleros, tangos y polcas.

-¡Oh, ta, ta, ta! El canto popular tiene espontaneidad, pero no tiene profundidad... gusta cuando es nuevo, como un sombrero, un vestido, o una mujer joven, pero la música, la música, ¡oh, ésa gusta siempre!

-Claro, y yo quiero que la chica aprenda como un adorno, usted sabe...

-Oh, señor, la música no hay que aprender para adorno, eso está mal. El arte es la forma más alta de expresar el sentimiento. Con el arte una persona puede revelar su alma. -Sentenció aparatosamente con un artístico movimiento de las manos flacas que se posaron sobre el pecho plano reordenando el cierre del escote. Una voz masculina lanzó un rugido de carrero torturado en una habitación contigua. Madame no tomó en cuenta esos sentimientos y siguió preguntando impasible con precisión profesional:

-¿La pequeña nunca ha estudiado?

-No.

-Bueno, que venga desde mañana; si es su hija, con sangre de Italia, ha de saber naturalmente...

-Desgraciadamente, yo nunca pude cantar, Madame... Antes, cuando joven, un poquito...

-Oh, ya le decía yo.

-Pero muy poquito. El tabaco, uno anda trabajando por todas partes, no puede cuidarse. Para cantar, hay que trabajar duro.

-¡Oh!

Y todo quedó concertado.

El próximo paso le atemorizaba más. Anochecía rápidamente y las voluntariosas luces de la calle, con su aureola de insectos, ya estaban pálidamente encendidas. La gente caminaba sin prisa por las desiguales veredas, la mayoría bañadita y perfumada con jabón de olor en busca del encuentro romántico, o la charla amistosa en las aceras pobladas de tertulias. El desvencijado altoparlante de la calesita seguía llamando a la gente para participar en la inocente lotería familiar con premios especiales al ambo y sus combinaciones. Un locutor de dicción bilingüe recomendaba jugar y consumir caña «Piribebuy» como fórmula de salud y felicidad.

-Buenas tardes, don Nicanor.

-Buenas tardes, don Cayetano.

-¿Cómo anda usted?

-Bien de salud.

-¿Y de lo otro?

-Ya se imagina usted

O al cruzar una puerta, a cuyo frente la familia había sacado todas las sillas de la casa para tomar el fresco que venía galopando alegre por las calles desde los sembrados adyacentes, decía:

-Permiso.

-Acción tiene. -Contestaban en coro, pero no dejaban al viandante más que una senda entre la sillita de la nena, el caballo de palo, la botella, la jarra o el tereré de papá, y, desde luego, las perezosas y sillones.

Allí había animado ruedo para jóvenes, maduros y viejos; personas de la casa, festejantes y desinteresadas visitas. El considerado transeúnte daba un rodeo por entre los baches de la calle, y aún saludaba ceremoniosamente, buscando el camino a tropezones, urgido por el par de simpáticos perros de la familia.

Don Cayetano salió del centro internándose por vías laterales más silenciosas, y entonces le fue fácil arrimarse a una pared a buscar un desahogo para no tener preocupaciones ni apremios durante la importante visita que iba a realizar.

Su amigo don Primo Estanislao estaba pacíficamente sentado frente a su casa en una silla de lona, en pantalón pijama y camisilla, gozando regaladamente del fresco del espacio y la belleza de la inmensidad, con un buen vaso de aliciente al alcance de la mano. La mujer le acompañaba en una chilladora silla de mimbre que crujía dolorosa cuando ella acomodaba sus pesadas grasitudes. Don primo se levantó a recibirlo, y aunque apenas se le distinguía en la noche, era fácil advertir que su visita era recibida con agasajo y cordialidad. Era su proveedor de suelas, hombre raramente instruido, consciente, bueno y muy serio, en quien confiaba para pedirle un consejo. Cuando la pesada señora, discretamente los hubo dejado solos, y se puso una buena toma de caña con soda y limón al alcance del recién llegado, éste empezó por el floreo del encabezamiento:

-Usted sabe, don Primo, la chica se me pone grande. Hasta ahora yo no me había ocupado mucho de ella, pero es sola, no tiene mamá y hay que sacarla adelante. Es mi responsabilidad.

-Seguro.

-Pues como le decía, las amistades de la chica no me gustan mucho. Pero qué culpa tiene ella si yo no la junto con las mejores familias.

-Claro, siempre hay que mirar cómo son las amigas de las mujeres. Un varón tiene menos delicadeza. -Corroboró don Primo con un sonoro trago.

-A mí no me gusta nada andar en eso, pero, ¡qué le voy a hacer!

-Seguro.

Este condenado don Primo lo consentía todo, pero no ayudaba a desembuchar. Se estaba empezando a sentir realmente molesto. Le faltaba una buena pregunta que le diera pie para dar el paso y poder pedir.

-Si la chica no tiene madre, entonces hay que hacer de papá, mamá, hermano... de todo. «San Antonio, dame una mano... te pongo veinte».

-Amigo, en este mundo hay que hacer de todo... ¡Salud! -Y volvió a darle a su copa de espiritualidad.

-¡Salud! -«San Antonio, veinte, pero ayudame», y se dio una vivificante dosis de alcohol. Eso le puso en buen camino, sin descartar la influencia del poderoso Santo-. Por eso, don Primo, yo le quería pedir un favor.

-¡Claro, hombre, diga no más!

-Usted que está bien relacionado, que es hijo del país, puede darme una mano.

-Cómo no, ¿qué quiere que haga?

-Vea -lo dijo de seguido- yo quisiera hacerme socio del Club Social, por la chica, ¿no?... para llevarla a los bailes. -Y luego empezó a retirarse-. Claro, es difícil, un simple trabajador como yo, pero con algunas propiedades... Yo soy inmigrante, pero con todos estos años que tengo del país, soy más paraguayo que muchos.

-Pero si eso no tiene ninguna importancia... mañana mismo presentamos la solicitud.

-¿Cree usted que no ha de haber alguno de esos engreídos que se oponga?

-No, hombre, de ninguna manera.

-Como yo no tengo aquí familia, usted sabe...

-No se preocupe don Cayetano, aquí no existe libertad ni fraternidad, pero rige ampliamente la igualdad. Si usted no está en la cárcel, se viste con algún decoro y no choca a la gente, usted puede entrar donde quiera; nadie le pregunta de dónde ha salido...

-¡Así es América!

-Con sus ventajas y desventajas.

Allí mismo, en la obscuridad, entre trago y trago, don Cayetano le contó a San Antonio sus veinte guaraníes, y ya desparramado, sin saco, con la camisa desabrochada y las mangas arriba, siguió la profunda plática sobre las bellezas de la igualdad.



Desde esa misma noche el pobre de Pedrito empezó a sufrir todas las torturas del amor desdichado. Se tendió en su cama a no dormir, al día siguiente inició el trabajo machucado y mustio como una ensalada amanecida y en consecuencia todo lo hizo mal: entregó la carne de cerdo en la cocina del rabino, leche en la destilería oficial de alcoholes, las zanahorias en varias reparticiones públicas, y metió hojas de lechuga en el buzón del correo central.

Llegó de vuelta balbuceando explicaciones enrevesadas, con los bolsillos sin el dinero correspondiente pero con las espaldas cargadas de insultos. A pesar de que su madre se alarmó por sus ojeras y general estado, recomendándole descanso, sueño y mucha alimentación, apenas puso en su sitio las cosas que tenía a su cargo, se largó hacia el pueblo dispuesto a arrastrarse como un gusano con tal que le extendieran de nuevo los beneficios de la tolerancia y del perdón.

¡Pero Estercita no salió con las otras niñas! No salió ese día, ni el otro, y cuando Pedrito ya la creía gravemente enferma y por su parte estaba en el colapso del abatimiento, una mañana en que regresaba de nuevo, frustrado de su espera inútil, repentinamente la vio surgir de la academia de canto, airosa y grácil como el beso de una ilusión. Hubiera querido correr a ponérsele enfrente para que pudiese constatar toda la humildad de su rendido sentimiento, pero como siempre, le fue imposible atreverse a tanto. La siguió desde lejos, igual que antes, contento tan sólo con verla, compensado de toda su pena de amor.

Desgraciadamente aún los más humildes amores son ambiciosos, se mueven siempre, más despacio o más ligeros, hacia una posesión complicada y absoluta. Por eso, aún la dicha de Pedrito era imposible, no podía mantenerse en un estado de simple adoración pasiva, ¡y el pobre ni lograba hacerse perdonar! ¡No conseguía ni por limosna una mirada buena! Y la verdad, en algunas ocasiones, el desvío era tan intencionado, con tal fruncimiento de cejas y mohín de boca, que el cuitado verdulero sentía que el corazón se le ponía chico y mustio como un rabanito arrancado la semana anterior.

Para peor, ya ni podía verla a horario; de la famosa academia salía más tarde o más temprano según fuera el flujo del humor de Madame, o sus preocupaciones por el anexo de corte y confección. Muchas veces la esperaba inútilmente: ya había salido, y nunca en realidad podía saber si aún estaba o no. Pero había algo aún peor: los absurdos compañeros que ahora surgían con el maldito canto. Tipos raramente acicalados que adoptaban poses artísticas. Había uno mayorcito, de unos treinta años, de calvicie incipiente y colorados cachetes que siempre estaba haciendo sonar la boca entrecerrada como un sordo trombón. Este individuo le causó muchas ansiedades, hasta que descubrió que Ester, le llamaba «el pelado». Entonces sintió que le corría la caricia de un tibio aceite perfumado alrededor de su pobre corazón convertido en rabanito.

Pero lo peor de lo peor sucedía porque ahora la fama de su buena voz se había extendido. La invitaban aquí y allá, a todas las fiestecitas de las relaciones; la hacían cantar en las tertulias de las tardes, y donde había un regocijo, allí estaba ella, haciéndose centro, punto de mira, atracción. ¿Y Pedrito? Pues el pobre, cuando lograba localizarla, sufría desde la vereda, desde la esquina, apoyado a un poste o lo que fuese, todas y cada una de las mordeduras de los celos, de las solapadas burlas, y en conjunto, el triste ocaso de sus cortas esperanzas.

Volvía a su casa a no poder dormir; se le hundían los ojos en la palidez de la mejilla, y aún contando con el metódico comportamiento de Atilano que normalmente no necesitaba de guía para hacer su camino, salvo las pocas veces que se paraba ante obstáculos difíciles, su trabajo se le embrollaba cada vez más: omitía encargos, confundía pedidos, con el grave resultado de que estaba disgustando a la clientela.

Entonces tomó la resolución heroica: renunciar. Y como todo ser tímido, era terminante, brusco en sus decisiones, radical para abandonar. Dejó de ir un día, y otro, y el siguiente. Sufrió el infierno; en la crisis tenía perdida la cabeza, pero demostró poseer carácter firme. La rutina del trabajo se salvó por Atilano, quien prácticamente hacía el reparto. Y cuando el mulo se paraba ante alguna cosa que no podía resolver, muchas veces pasaba largo tiempo antes de que el amo advirtiese que el sabio animal estaba aguardando que volviera a la realidad.

Pero el domingo correspondiente a la tercera semana, persistiendo en su propósito de no ir al pueblo por razón alguna y deseando por otra parte calmar las expresiones alarmadas de sus ancianos padres quienes, aún olfateándose lo que sucedía, no dejaban de temer por lo menos una tuberculosis como consecuencia; por la tarde, ensilló a su compañero el mulo y se largó hacia una cercana compañía donde un Comisario emprendedor organizaba una función de carreras, sortijas, palo enjabonado y otros lucrativos juegos de azar, con el objeto de sumarse a la obra del gobierno, ampliando el local de la policía.

A un costado de la gran plazoleta de la aldea, se destacaba una armadura de madera que hacía de torre y sostén a la pequeña campana de la capilla; y al frente, plaza de por medio, un mástil de tacuara sostenía la bandera de la comisaría, instalada en un ranchito pajizo blanqueado por los presos, notoriamente insuficiente para sustentar el poder de semejante autoridad. Formando un cuadrado irregular con estos edificios, el vecindario había plantado raleadas sus viviendas, unas casitas de paja y adobes, con aleros, y hasta alguna de ladrillos y frente de azotea. Todo se desarrollaba en esta gran plaza cubierta de fino césped, entrecruzada de senderitos por donde trajinaban los comedidos pies descalzos de sus habitantes. Empezando en el mismo campo, allí terminaba la cancha de carreras, allí estaba instalado el arco de la sortija, y al otro costado, la calesita, el palo enjabonado, y varias tiendas donde marchaban los juegos de feria a porcentaje con la benemérita obra policial. Una banda de ocho o diez individuos, vestidos con sudados trajes desiguales, algunas prendas de uniformes militares, gangas de sus servicios en funciones como éstas, le daba a marchas y polcas, con aburrida inspiración, ritmo y seriedad. Un público bastante numeroso de campesinos extasiados se agrupaba alrededor, y para definitivo toque de entusiasmo, un cabo policial, con regularidad juiciosa, hacía estallar bombas y cohetes que eran muy apreciados por la concurrencia como principalísimo elemento decorativo de la atracción.

Comentaba la gente:

-Todos los caballo lindo son de lo arribeños.

-Seguro, de los troperos y los carreristos. Aquí los caballo son para el trabajo, no hay jaragán.

Porque efectivamente, los caballeros del pueblo y de las otras compañías más prósperas se estaban poniendo los pañuelos ganados en la sortija, ¡hasta en las gruperas! Pero esto era justamente lo querido por el señor Comisario, quién deseaba tener contento al turismo, pues sabía que de sus «valles» no se sacaba más contribuciones, ni en extrema necesidad.

-Mi Comí, aquí lo mitá dicen a ver si no se puede bajar un poco má el palo para saltar en la sortija.

El Comisario de botas, pantalón de montar, saquito civil sobre la camisa, era un individuo escuálido, de ojos desconfiados y un pequeño bigotito pretensioso y ralo. Presidía la función rodeado por los representantes de las fuerzas vivas: un turco tendero y comprador de frutos, un paraguayo concesionario de la carnicería local, un camionero y acopiador de leña, y un dirigente político y acaparador de cupos. De todas maneras, la autoridad, acompañada de personas pudientes y arribeños importantes, no iba a condescender con «esa gente».

-¿Para qué quieren que baje el palo? -Preguntó endureciendo el labio bajo la sombra del bigotito.

-Para que puedan saltar también los parejero de los pobre y clavar la sortija.

El humilde pedido levantó una rechifla entre los beneficiarios de la dificultad y sus instintivos adherentes.

-¡Denle de comer a sus caballo, si quieren después chusquear encima!

El sarcasmo rompió una carcajada.

-¡Si no tiene pingo que juegue en la calesita!

-¡Que se suba en el palo enjabonado!

-¡Que corra en la carrera de bolsa!

-Decile a eso arruinado que le meta espuela al matungo si quiere premio -sentenció el Comisario contoneándose al volverse alrededor, para recibir los agasajos de la risa aprobatoria.

En eso pasó por frente a la concurrencia un caballejo de pelo ceniciento, lleno de carachas y mataduras, flaco, de lomo curvado, cabeza caída y cara de viejo infeliz. Lo montaba en pelo un chico, pasándole una correa de cuero crudo del cuello al hocico, a modo de rienda.

-¡Aquí va el parejero! -Gritó uno montado en un alazán de sangre.

Todos rieron, pero el Comisario se acercó al chico, preguntándole en guaraní:

-¿Para qué viniste?

-Para llevar el güey de don Polí, me mandó madrina.

-¿Cómo anda Palomita? -Preguntó, mirando cariñosamente el caballo viejo.

-Ya no oye más y apenas ve -dijo el mitá'í.

El Comisario fue a tomar un pañuelo de premio y lo ató al cuero crudo de la rienda. El público festejó la ocurrencia con una gran carcajada y rechiflas. El otro le dio unas palmaditas en el anca y lo hizo ir.

-¡Pero esto sí que está gracioso! ¡Premio de regalo para el viejo matungo!... ¡ja, ja, ja! Le dio premio por viejo y por feo, ¿verdá, mi Comí?

-No.

-¿Por qué entonce?

-Porque en ese caballo me iba yo a la escuela.

-¡Ja, ja, ja!... es un caballo escuelero, entonce. -Siguió riendo ruidosamente el carnicero y algunos del coro, pero el Comisario lo ojeó de costado, con dureza, y se prometió apresarlo por bruto e insensible, en la primera oportunidad.

Pedrito, triste, con su aburrido mulo, estaba entre el público de mirones pobres, de pelechados matungos de todo servicio, de hombres descalzos y de calzones en pelo, entre los que no probaban la suerte a la sortija y que podían regocijarse únicamente con los aires de la banda, la caña suelta, las mujeres de segunda y la carrera de bolsas. Los jinetes venían a tomar la cancha por ese lado. Los más diestros y mejor montados eran bien conocidos, no sólo por la asiduidad en la prueba, sino por los trofeos de todo color atados a sus monturas que flotaban con ellos en sus carreras.

De pronto, alguien dijo:

-¡Eh! ¿Ahora también las mujeres van a jugar a la sortija?

Lo normal había sido siempre que se limitaran a recibir el obsequio que les ganaban sus galanes. Pero ahora, desde el lado del sol, venían siete u ocho jinetes, bien montados, con un chusco galope corto de briosos caballos. Entre estos venían mujeres, no con el atuendo habitual, ni montadas como lo manda el dogma, sino con pantalones, a horcajadas, con la única nota peculiar de grandes sombreros de paja o pañuelos atados a la cabeza.

-¡Qué escándalo!... no tiene gracia. -Comentó una matrona pobre, pero delicada.

Y Pedrito, antes, mucho antes de verla en detalle, supo que allí venía su ingrata Ester. Montaba un zaino, vestía blusa blanca, pantalones largos, sombrero de paja y un gran pañuelo de seda alrededor del cuello. Con el cutis sonrosado y fino, brillaba neta su belleza excepcional entre aquella gente ajada en la pobreza y el trabajo.

Quedó rígido, frío por dentro, con los puños crispados, las rodillas tiesas, pálido y descompuesto; era una aparición que le conmovía cada juntura del cuerpo y del alma. Vaciló con el golpe, pero no tenía a mano un árbol, un horcón al cual apoyarse. Atilano percibió alarmado la inquietud: levantó las orejas y volvió dos veces la cabeza para mirarle con sumo interés. ¡Conocía las consecuencias arrolladoras de las emociones y ensueños del amo!

Ella vino hacia él sin fijarse. Estaba arrebolada, excitada por el paseo. Aunque no hubiese hecho personales pruebas de habilidad en la sortija, las riendas de su caballo también se adornaban con pañuelos que le habían regalado. Al advertir que uno de sus compañeros volvía a emprender la carrera, exclamó comentándolo con otra muchacha que venía detrás:

-¡Por Dios, cuándo se va a cansar ése!

Y en el mismo momento en que se iba a volver para formar grupo con sus amigos, lo vio. Lo vio lívido, con parches rojos que le caminaban como pintura que no se pega. Lo miró un momento logrando involuntariamente abatirlo aún más, y entonces, con un movimiento sencillo y espontáneo, y brotándole una amistosa sonrisa en los labios que portaban una callada oferta de reconciliación, se acercó a él, lentamente se desató el pañuelo del cuello y se lo tendió:

-Para vos.

Él lo aceptó temblando, y fue entonces cuando se produjo el tremendo accidente. Después, él le echaba la culpa a Atilano, pero es muy probable que Atilano le echase la culpa a él. Sea como fuere, el caso es que sin decir agua va, mulo y jinete partieron de estampía, de entre la espantada concurrencia y mujerío.

Al correr el campo, Pedrito lanzó un grito descontrolado que debía venirle por vía de una estricta ascendencia salvaje; un grito que erizó todos los pelos del aterrorizado Atilano quien sabía perfectamente que en casos como éstos, los desahogos, las fantasías y los sueños del amo, terminaban sobre sus lomos como una lluvia absurda de palos. Así pues, sin explicarse cómo, entre gritos de sorpresa, de festejo, medio burla, medio aliento de la alborozada concurrencia que inesperadamente veía competir un humilde mulo; allá se fueron por el carril de la sortija a todo correr, convertidos en un revoltijo de polvo, ardor, y... beatífica alegría.

Pero no hay que olvidar que Atilano era esencialmente un mulo de principios, y así como en las madrugadas cuando encontraba un obstáculo se detenía a esperar que su amo despertase, ahora, al darse con la barrera de saltar, se detuvo en seco. Hundió sus filosos remos en la tierra, y su jinete salió por las orejas como un bólido angelical manoteando el aire que no le prestaba su asidero. Pero al ir hacia los cielos, se encontró casualmente en el camino con el arco de la sortija. A él se abrazó con instintiva fuerza, y allá dio con todo en tierra, entre espantosos ruidos de descuajamientos, porrazos y rompeduras. Cuando la gente terminó su primer grito, el lugar del suceso estaba todo mezclado en una espesa columna de polvo que de allí se levantaba.

-¡Se rompió todo!

-¡Socorro Virgen Santísima!

-¡Ya ve, por capricho, por poner el palo demasiado alto!

Y al mismo tiempo que se comentaba esto, desde los cuatro puntos cardinales, avanzaba un fluido frente, ansioso de llegar al lugar para contemplar los restos desparramados de Pedrito, o lo que fuese. Claro que los de a caballo tenían ventajas, y así, aún antes de que aclarase la nube del porrazo, un segundo torbellino vino a confundirlo nuevamente, y antes de que esto se empezara a sosegar, el tupido pataleo de los peatones, con sus gritos aportaba nueva variedad. La única que demostró una calma digna de su abolengo heroico, fue la banda: aunque todos se dieron la vuelta a mirar, e incluso algunos se adelantaron hasta unos treinta o cincuenta metros, o se subieron a los postes de un cercano alambrado, no por ello nadie dejó de tocar con el máximo rigor profesional.

Evidentemente, si Pedrito hubiese seguido sin obstáculos a tierra por el camino de las orejas, aquel era el momento en que estaba convertido en abono, mezclado y esparcido para fertilizar la plazoleta; pero como encontró en el camino el arco del juego de sortija, en el impacto de rotura y descuaje quedó gran parte del impulso primitivo, y con el resto, el porrazo se hizo harto razonable. Así, cuando llegaron a toda carrera los primeros jinetes en su auxilio, tuvo noción y manera de esquivar la rudeza de sus humanitarios impulsos, que de haber estado caído, con toda seguridad, lo aplastan y rematan.

En medio del tumulto de voces, gritos, galopes y chillidos de atropellados, la primera voz que logró abrirse camino a la inteligibilidad, fue la del enérgico señor Comisario:

-¿Está herido -preguntó-, cómo se siente?

Pedrito se palpaba y por cierto se encontraba completo.

-No, no me pasó nada. Estoy bien... estoy bien.

Constatado el hecho de que no tuviera agujero importante, la atención de la autoridad se desvió hacia el estropicio causado y la perturbación del programa:

-Y dígame, ¿por qué arrancó usted el arco de la sortija? -Le preguntó haciéndole cargo con seriedad.

-Este... no sé, me atajé, señor Comisario -declaró Pedrito bastante amilanado.

-Y... -prosiguió la autoridad ante el expectante silencio, golpeándose la bota con el rebenque- ¿no sabe usted que no hay que arrancar el arco de la sortija?

-Se le espantó la mula, mi Comisario -dijo uno que conocía a la víctima, para ayudarla.

Ester que se había abierto camino hasta el lugar de la audiencia, viendo entero al galán, empezó a sentir que se le derretía el susto, y que todo se le iba convirtiendo en risa, en gracia, en una profunda y tierna alegría, pues de sobra había entendido que hay estrepitosos ridículos y escándalos que son homenajes muy delicados cuando ellos nacen de una ingenua y pura substancia de amor.