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ArribaAbajoSemanas del jardín

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|2 Selanio-Cilenia

|3 Selanio. Con grandísimo deseo he vivido, discreta y hermosa señora mía, de saber cómo |4 os habéis hallado con la verdad, y lo que della os ha parecido. Que pues de oídas |5 la teníades tanta afición, de creer es que habrá hecho en vos diferente operación |6 la vista, trato y comunicación que con ella habéis tenido, y que os habrá movido |7 a compasión y lástima ver la persecución que del todo el mundo ha tenido, y cuán |8 desfavorecida y maltratada se ha la pobre verdad visto, sin hallar cabida ni |9 acogimiento en nadie. Pero con todo esto, se podrá gloriar de que al fin halló lo que |10 buscaba, teniendo conocimiento de vos y aposento en vuestra alma y corazón, de |11 donde nunca salió cosa que no fuese digna dél y de la generosidad de vuestro ánimo |12 y pecho. Dichoso, por cierto, por mil razones, y principalmente por la presente, de |13 merecer tener encerrado en él el dichoso tesoro que por su mucha bondad no ha |14 podido sufrir la malicia humana consigo. Y no sé cuál más dichosa, la verdad o |15 vos, ella por tener tal aposento, o vos por tener tal huéspeda. Y mal digo, que sí sé; |16 que mucho más lo es ella en teneros por posada, que no vos en tenerla por huésped[a], |17 y es la razón, porque la verdad es tan bien contentadiza y afable, que de quienquiera |18 que la busque se deja hallar, y por esto no se puede tener en tanto que se tenga por |19 bien acomodada con quien, con el buen celo que vos, la busca y desea. Pero puede |20 tener y estimar la verdad en mucho que la busque y meta dentro en su cora|21zón y cuerpo quien, como   —146→   vos, le tiene entapizada de hermosura, honestidad, dis|22creción y donaire, mansedumbre, templanza, caridad y misericordia, y adonde |23 todas las virtudes en sumo grado resplandecen con tanto extremo cuanto os ex|24tremó Dios entre todas las demás, para que fuésedes verdadero depósito y archivo |25 de todo lo bueno del mundo, y ejemplar y dechado de donde pueden sacar |26 muestra y labores los que quisiesen seguir el camino derecho de la virtud, como |27 trasunto fiel della. Y así, con razón os digo que puede sin comparación tenerse |28 por más feliz la verdad en haberos hallado a vos, que vos en haber topado con ella.

|29 Cilenia. Un poco más blanda la mano, señor Selanio. No me deis ocasión que pueda decirse |30 de vos que se empieza a echar de ver que habéis echado la verdad de vuestra casa y |31 compañía. Y mirad que es tan grande que se extiende a mucho, aunque parezca im|32posible, y que no porque yo la tenga en mi pecho esencialmente, no la podéis vos |1 tener [pág. 2] en el vuestro por ejercicio, y todos los que quisieren aprovecharse della y de |2 su virtud. Por vuestra vida, que vais con tiento en este caso, que como conozco el poco |3 caudal mío, os ponéis a muy conocido riesgo de perder conmigo, y aun con los demás, |4 el crédito que tenéis de verdadero.

Selanio. El verdadero perderle sería, discreta señora mía, |5 callar lo que a voces publican vuestras palabras y obras. Que lo que yo digo, pongo por |6 testigo a la misma verdad que tenéis dentro de vos, que os certifique lo que de mí |7 sabe, pues no puede mentir. Pero dejando esto, que sé al cierto que no puedo ganar |8 con vos más de lo que quisiéredes que gane, os suplico me respondáis a lo que os pre|9gunté.

Cilenia. Paréceme a mí que de suyo está respondida una cosa tan clara. Y si no, |10 decidme vos: si lo que con mucho cuidado largo tiempo hubiésedes andado a bu[s]|11car, estando muy de veras enamorado dello de oídas y por relación, donde y cuando |12 no pensábades ni podíades imaginar, y al tiempo que más desconfiado estába|13des, lo viniésedes a hallar y poder tener en vuestra misma casa y aposento, ¿no re|14cibiríades tan nuevo y crecido contentamiento que con dificultad podría vuestra |15 capacidad y juicio gozarle del todo?

Selanio. Sí, por cierto, señora mía, cuando le tuviera |16 tan entero   —147→   como el vuestro. Mas estoy tan lejos de hallar este bien, y le he visto tan |17 pocas veces por mi casa, que no osaría ni podría afirmar el contento que me da|18ría ni lo que me duraría, porque si entre tanto mal y tan poca esperanza de bien le |19 viese en mi aposento, no tengo duda sino que mi poca capacidad no podría sus|20tentarse con tanto bien, y pienso que me ahogaría, y sería necesario, como a los que |21 han pasado larga y peligrosa enfermedad, y della quedan flacos y debilitados |22 los estómagos, que les van dando poco a poco el alimento, porque la mucha ca[n]|23tidad no les ahogue el calor natural y se mueran, irme a mí dando |24 a adarmes el bien, paladeándome con él, y habituando mi estómago a |25 manjar tan nuevo para él, no me le dando de golpe, porque no me acabe.

|26 Cilenia. Pues entended, señor Selanio, que casi de la misma manera me |27 ha sucedido a mí, y digo de la misma manera en cuanto a tener tan |28 crecido contentamiento y gusto de ver la verdad en mi compañía, en |29 tiempo que tan lejos entendí que estaba della, como se puede creer de |30 quien la deseaba tan entrañablemente ver en la tierra y presente, habiendo |31 sido su aficionadísima cuando la imaginaba en el cielo. |1 Lo que della me ha parecido es lo [pág. 3] que se puede creer, sabiendo quien es e hij[a] |2 de quien es. La operación y efecto que en mí ha hecho es dejarme escandalizada |3 y espantada, como a vos os dejó, de ver el engaño en que hasta aquí había |4 vivido, teniendo por gente sencilla, verdadera y casi santa a quien dentro |5 de sí encerraba tan enormes fraudes y engaños como la verdad descubre. |6 Y sobre todo me ha dejado con doblada y más verdadera afición a sus cosas |7 haber visto su virtud, su sinceridad y limpieza y verdadera sencillez de |8 su trato, y con fe cierta que los que no siguen sus pisadas, es por estar faltos |9 del conocimiento de sus obras, ni haber gustado de la dulzura de su conversación. |10 Y hame hecho grandísima lástima la narración de sus persecuciones y ma|11los tratamientos que el mundo y los que en él viven la han hecho, habiendo ba|12jado del cielo para guiarlos a ellos allá, sin consideración de quien es.

Selanio. Por eso, |13 bien discreta y hermosa Cilenia, que la servirán las persecuciones y calamida|14des que ha padecido, para estimar en más la felicidad en que, con vuestra compañía, se |15 halla. Y tanto más le será agradable su descanso cuanto mayor ha sido su   —148→   des|16ventura, tomándole muy grande las veces que con vos se pusiere en pláticas |17 de referir sus trabajos, estando desengolfada y en puerto tan seguro, y con |18 certidumbre de tener en vos las espaldas seguras. Y pues quien la envió |19 al mundo os crió a vos para que os compadeciésedes de sus desastres y desco|20modidades que él la ha causado, y para que estiméis, deseéis y procuréis |21 conservar su compañía, la verdad goce de tan buena ocasión muchos |22 años en paz y felicidad. Y vos, por me hacer merced, me decid |23 cómo os habéis hallado en el campo. Que se puede sospechar que ha sido bien |24 y agradable el entretenimiento que en él habéis tenido, pues tanto tiempo |25 habéis dejado el poblado desierto, que podríamos llorar los que en él y |26 en esta ciudad vivimos con Jeremías, y decir: «¡Cómo está sola esta ciudad |27 llena de pueblo, y se ha hecho como viuda la que era señora d e las gentes!» |28 Porque las que en ella viven, que reciben calidad y ser con la nobleza y cali|29dad de vuestra persona, faltándoles su lustre, luz y resplandor, que lo puede ser |30 de toda la tierra, quedan en tierra estéril y desierta, y sin su claro y provechoso |31 cielo, y mientras más acompañados de pueblo, más solos de contentamiento |32 y regalo.

Cilenia. Creído tenía, señor Selanio, que la comunicación con la verdad |1 y el tiempo os había quitado de la fantasía [pág. 4] esos términos y encarecimi|2entos poéticos que el afición os hacía decir de mí, y todavía me parece que |3 duran.

Selanio. Como la verdad, el tiempo ni el movimiento de los cielos no |4 han quitado el conocimiento del bien, sino antes, con el mismo, descubierto mayo|5res y más suficientes causas con que puedan conocerse los subidos y perfec|6tísimos quilates de vuestro valor y merecimiento, no solamente pueden qu[i]|7tarme de la fantasía lo que siempre tuve en ella, mas antes ha sido confirm[ar]|8me y asentar con más profundas y arraigadas raíces en el alma lo que desde el punto |9 que os conocí se imprimió en ella. Porque como las perfecciones que el autor de |10 la naturaleza y ella misma pusieron en vos tan a manos llenas halla|11ron mi alma dispuesta como blanda cera, recibió la impresión en ella con |12 tanta fuerza que   —149→   es imposible viviendo ni después de muerto borrarse, por|13que como inmortal, conservará eternamente el carácter que recibió para |14 no poder borrarle. Ansí que, señora mía, quedando en esta parte vuestro pensamient[o] |15 confundido, y cierta de que no se puede acabar en mí lo que fuere cumpli|16miento, en cuanto mis flacas fuerzas alcanzaren, de vuestro servicio y gusto, |17 podréis responderme a lo que os dije, de cómo os habéis hallado con la vida |18 del campo, que debe de ser bien, por lo que digo.

Cilenia. Si tenéis de mí, señor Se|19lanio, la satisfacción que yo tengo de vuestro amor y buena voluntad, por el mismo |20 caso que he estado ausente, donde no pueda gozar de vuestra compañía, que tan agrada|21ble es para mí, os podríades tener por respondido, y entender que me habré ha|22llado mal, y que ningún entretenimiento puedo haber tenido que, como vos |23 decís, me sea dulce, antes amargo como la hiel. Y si vos queréis, con Jeremías, |24 llorar la ciudad sola llena de pueblo, ¿qué os parece, o con qué lágrimas, aunq[ue] |25 fuesen irremediables, como las con que lloraba Ana a su hijo Tobías, que |26 podría yo llorar en el despoblado, desierto de todo bien, adonde faltaba quien |27 pudiera hacerle sabroso y dar gusto a sus asperezas, acompañando su soledad? Es|28pecialmente, señor Selanio, que nunca yo he tenido por buena la vivienda del camp[o], |29 y siempre me ha parecido mejor, sin comparación, la de la ciudad. Y si es verdad, |30 como realmente lo es, que la sabrosa y discreta compañía de un amigo tal como |31 vos, y de tan dulce y regalada conversación, hace la vida solitaria pasadera, |32 la misma fuerza del vocablo nos da claro a entender que, siendo |1 [pág. 5] pasadera, no puede ser del todo buena. Y si esta misma compañía se puede tener |2 en poblado, con diferente sentimiento y en mejores ocasiones se gozará della. |3 Y aunque yo tengo esta opinión, y es casi común entre la mayor parte de l[as] |4 mujeres, y que la tengo de sustentar con todas mis fuerzas, porque nunca f[ui] |5 tan amiga ni sujeta a mi parecer que no me huelgo y deseo oír el de qu[ien] |6 puede darle mejor, y, satisfaciéndome, seguirle en lo posible, holgaré que vo[s] |7 me digáis las causas y razones que vos halláis para elegir y tener por mejor [la] |8 vida solitaria y no la civil y cortesana, como estotro día en la conversación d[e] |9 la huerta nos distes a entender, que no solamente a mí, mas a las damas qu[e] |10 allí se hallaron, les pareció novedad en un hombre cortesano y criado toda la |11 vida en la corte como vos.

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Selanio. Es tan conforme a mi naturaleza y al gusto y |12 contento de mi alma, discreta y hermosa Cilenia, conformarme en todas las |13 cosas con vuestra voluntad y acertado parecer, que por el mismo caso que vos os |14 habéis declarado en favor de la vida cortesana me hallaré mudo y atad[a la] |15 lengua para saber ni poder decir cosa en contrario, pero por esta misma |16 conformidad, y también por ver que tenéis o mostráis gusto de saber las cau|17sas que yo hallo y me mueven para estimar la vida del campo y solitaria, [se]|18rá puerta para sacar a luz mis razones. Y si no lo fueren ni satisficieren a |19 vuestro claro entendimiento, como no son leyes de Dios ni del rey, que pueden ob[li]garnos a la guarda y cumplimiento dellas, sino opiniones y muy varias, podéis segu[ir] |20 la que más os agradare. Y tras esto, holgaré que vos justifiquéis la vuestra, no por |21 mí, que sólo quererlo vos trae justificación consigo sin mirar más de que es vuestra, |22 sino para los demás, y para que descubráis parte de vuestro discreto y claro juicio. Y |23 porque para venir al punto de lo que mandáis se vayan acortando envites, |24 y se dé más presto en él, por la diversidad de vidas solitarias y de campo que hay, |25 me decid de cuál os parece y mandáis que se trate.

Cilenia. No me parece que es|26táis bien en lo que es mi intento, ni es tan poco el placer que recibo de oír v[uestras] |27 agradables razones, más dulces para mis oídos que las que un po|28eta decía salían de la boca del viejo Néstor, que las compara al divino néctar y |29 ambrosía que comen y beben los dioses, que quiero que acortéis envites; antes, |30 para que tengáis más espacioso campo donde se extienda vuestro buen entendi|31miento, ha de quedar a vuestro albedrío el tratar las alabanzas de la vida d[el] |32 campo que más os cuadra. Y primero que deis en el punto de vuestro intento, |1 podréis proponer de las demás, así [pág. 6] del campo como de poblado, ya que no en parti|2cular, porque no sea proceder en infinito, de los intentos de algunos en general, |3 para que dejándolos de aprobar, eche yo más claramente de ver vuestro intento. |4 Que conforme a lo que dél entendiere proseguiré yo con el mío, si el tiempo nos diere lu|5gar, y diré lo que me mueve a tener por mejor la vida cortesana y civil.

Selanio. Qui|6en tiene sacrificada la voluntad y el alma, hermosísima y discreta señora mía, al |7 cumplimiento de la vuestra, no   —151→   puede hacer contradicción ni poner inconveniente ni |8 excusa a nada de lo que mandáredes; antes yo, como el obediente Isaac, llevaré al |9 monte la leña para que se haga el sacrificio, y con ella, después de encendido el |10 fuego de mi corazón y con los carbones encendidos en que se convirtiere, puri|11ficar mis labios para más pura y sencillamente hacer y decir lo que mandáis. |12 Y aunque lo que ahora mandáis tiene dificultad, por ser tan varias las vo|13luntades y diferentes los gustos de los hombres, y tirar cada uno por su ca|14mino, guiados de su inclinación, con tan contrarios intentos unos de otros, |15 refiriendo primero las trazas y designios que mucha parte de la gente lleva, para |16 de todos ellos elegir el que más me cuadrare para poder vivir vida quieta y |17 sosegada, os procuraré luego decir con la brevedad que pudiere y la ma|18teria diere lugar, para no cansaros, el que a mi parecer es más a propósito para |19 con mayor y más segura tranquilidad gozar de vida sosegada y quieta. Para |20 lo cual digo, mi señora, que hay unos a quien su natural inclina a ir y |21 venir, rodeando el mundo, no descansando en ninguna parte, llenos de ansia |22 y congoja, por saber y escudriñar los puertos de mar, costas e islas, adonde |23 piensan hallar las conchas que dentro de sí crían y encierran las perlas, sin |24 perdonar temples ni destemples ni inclemencias de cielo y suelo. Otros, que habién|25do con inmensos peligros, naufragios y trabajos navegado la mar y rode|26ado mucha parte de la madre tierra, la descubren y abren las entrañas hasta |27 topar en ellas los minerales de plata y oro que en sus cóncavas venas cría, sin |28 rehusar, para conseguir su fin, ningún género de trabajo corporal ni espiri|29tual, ni teniendo por hallarlo en nada aventurar la honra, que se debe esti|30mar más que la vida, abatiéndose a cosas indignas de su profesión. ¡O maldita |31 y mil veces maldita y abominable esta insaciable y violenta hambre de oro! |32 ¡De cuántos males es causa! ¡Qué de ruinas y [pág. 7] desastres acarrea, y cuán caro |1 se compra el gusto que trae consigo! ¡Cuánto llanto les ha causado, y de qué m[uer]|2tes, sangre y destruición ha sido causa! Por este endiablado y pestilencial mons|3truo se vuelve muchas veces el amistad y amor en odio y aborrecimiento |4 temerario. Por él se quebrantan las que habían de ser fes inviolables, y los |5 juramentos y pleitohomenajes, obligatorios de cumplir a los caballeros. Por es[ta] |6 maldita y descomulgada codicia no una, sino mil veces se corrompe y tuerc[e] |7 la justicia. Ésta siembra cizaña y discordia entre padres e hijos y hermanos, y la |8 tiende en las populosas ciudades, sin perdonar las humildes chozas y cabañas de   —152→   |9 los pastores. Ésta hace y ha hecho que haya quien corrompa las justas y santas leye[s], |10 y que muchas veces mande y gobierne el necio hinchado y soberbio, y se ha exten|11dido a tantos que ha torcido y sacado del camino de la virtud--lástima lame[n]|12table y grande--a los reyes. Y para concluir con todo lo que della se puede decir, |13 digo lo que el apóstol, que la codicia es raíz de todos los males, a la cual, quien l[a] |14 sigue erraron en la fe. Pero ¿qué furor satírico ha movido mi lengua y engol|15fádola en piélago tan profundo? Para no quedar en él anegado, quiero, si pud[i]|16ere, anudar el hilo de la tela que iba tejiendo, y digo, mi señora, que hay otro |17 género de gente, cuyo vano humor e inclinación los lleva a procurar cargos |18 y oficios de gobierno de estados y administración de justicia, sin tener resp[eto] |19 a si tienen suerte, entendimiento y capacidad para hacerlo o no, y al mal y de|20sabrimiento que debajo de aquella capa de autoridad y mando está |21 encubierto. Otros hay que ni duermen ni comen, y andan embelesados |22 tras la vana privanza de los príncipes y señores, con una hambre canina de al|23canzarla, llenos de cuidados y miedos de perderla si la alcanzan, haciendo mil |24 reverencias y sumisiones, volviéndose de más colores que un camaleón, al gus|25to y voluntad de los señores. Otros hay que a fuerza de brazos, y a costa de mucho |26 cuidado, estudio y trabajo, procuran alcanzar opinión de cortesanos plá|27ticos, graciosos y discretos, y sabe Dios y aun muchos de los hombres, si les llegan |28 un poco al cabo y se apura el fundamento de su saber, si le hallarán colga|29do en el aire, sin columna ni cimiento sobre que estribe más que la vana |30 opinión de quien los tiene por privados. Otros hay cuyo entretenimiento y |31 conversación es tratar de las estrellas, contándolas y haciendo creer que |32 saben cuántas hay en el cielo, y qué efectos hacen y producen en la tierra, cuá|33les son fijas y cuáles son móviles, y cuántos palmos hay del cielo al suelo |34 y del un cielo al otro, y persuaden a los hombres que crean lo que dicen de las |1 cosas por venir, y que aprueben sus palabras y obras [pág. 8] como dichas de |2 más que hombre, porque hace demostración tal o tal astro o planeta, |3 no considerando que el que los puso en el cielo, y las pisa y mide con sus pies, |4 altera como es servido sus indicaciones, y si estos tales yerran o no, sus |5 mismas obras dan testimonio, que en general son falsas y mentirosas. |6 Otros hay que con hipocresías   —153→   fingidas se quieren hacer estimar por virtuo|7sos, caritativos y santos, y que les da grandes aldabadas el deseo de la vir|8tud, y que todos la sigan. Y con este fingimiento y apariencia abren mayor |9 puerta a sus vicios, yendo caminando, en lo secreto, por ellos adelante, con |10 mayor seguridad y más ocasión de no salir dellos. Otros hay, mi señora, cuyo fin |11 y blanco enderezan a la inmortalidad y a eternizar su fama, y con heroico |12 valor, procurando engrandecer y levantar su nombre, y dejar a su posteridad |13 memoria de sus hazañas, unos por la milicia y ejercicios militares, poniendo |14 sus personas y vidas a evidentes peligros e innumerables trabajos, otros por |15 las letras y estudio dellas, tan validas en esta era. Y aunque tocan los |16 unos y los otros en ambición, es loable y de estimar los que la tienen, pues |17 procede de tener ánimo y valor para no contentarse con pocas cosas. Hay |18 otros a quien se puede tener con razón mancilla, a quien, metidos y ator|19mentados en amorosos tormentos, llama el mundo ciegos y guiados de cie|20go, que tienen lo amargo por dulce, el mal por bien, el trabajo por descanso, |21 hasta que viniendo a caer en la cuenta, se halla unido con nonada, el |22 tiempo perdido, la juventud acabada, y cargados con la cansada vejez, in|23útiles e impertinentes. Sólo les queda arrepentimiento inútil y la peni|24tencia de sus pecados. Pero hay, mi señora Cilenia, otros que quieren dorar y |25 cubrir, como píldoras con oro, sus vicios con la virtud que les es más vecina |26 y aparente, echándose encima vestidos de cordero sobre corazón, obras y |27 palabras de lobo, y el que tiene envidia, que le roe como carcoma las entra|28ñas, y con ella reprueba y abomina de las buenas y virtuosas obras del otro, |29 nos quiere persuadir a que creamos que es deseo de bondad, y que su maligno |30 parecer se tenga por celo virtuoso, siendo una punta endiablada de quererse |1 aventajar de todos, por este [pág. 9] encubierto camino. Otros, que de su natural |2 son tristes y melancólicos, y con esto desabridos, mal acondicionados, áspe|3ros e intratables, os dicen que es autoridad y término perseverante y |4 grave. Otros, que son avillanados y tiesos, que no les sacarán de sus |5 propósitos frailes descalzos, ni mudarán su pertinacia y dureza ningu|6nas buenas razones, profesan ser hombres constantes y no mudables y |7 varios, siendo estos tales los que comúnmente se llaman tercos y villa|8nos. Otros, al contrario déstos, que son fáciles, sin valor ninguno, que |9 cualquier viento los lleva,   —154→   cuyo oficio es adular, decir lisonjas y, como |10 dicen, andar rascando las agrias, quieren que les cuadre y se les dé nom|11bre de afables, corteses y agradables, y que se les quede confirmado y |12 aprobado, siendo una gente con cuyo trato se corrompe y destruye más |13 la república que de los sueltamente malos, porque déstos huimos, y |14 con los otros comunicamos. Otros hay que son truhanes, chocarreros y ha|15bladores, cuyo oficio es, como dijo un poeta, andar imitando al asno, que |16 quieren ser tenidos y reputados por pláticos, graciosos y elocuentes, fundando |17 todo su saber en donaires maliciosos y perjudiciales, ofensivos en sumo |18 grado a los oídos de los discretos. Y el otro, que con su demasiada codicia |19 se vuelve un rico avariento, que no echara un real de su casa si pen|20sase con él ganar el cielo, quiere que le tenga y canonice el mundo por |21 templado y recogido, grande allegador para sus hijos, y que no quiere |22 verse abatido con andar buscando prestado, y se dejará andar desnudo |23 y que lo anden su mujer e hijos, si no lo adquieren por su industria o se |24 lo hurtan, como muchas veces sucede. El otro, que sin término ni razón |25 es soberbio, inconsiderado y arrogante, le llama el vulgo fuerte, valiente, |26 de ánimo invencible, y al que es malicioso, lleno de engaño y cautelas, que |27 no dice palabra que no tiene dos sentidos, también le llaman sabio y |28 muy bien entendido. Y el otro que es en su conversación libre, sucio y no |29 sufrible ni tratable entre gente honesta y de lustre, le tienen por gracioso, de|30senfadado y desenvuelto. Y está tan estragado el mundo que realmente |31 le tienen |1 por tal, y se solemnizan con [pág. 10] risa sus desvergüenzas, canonizándolas por agu|2dezas y discreciones. Y lo peor de todo es que al necio sin término ni razón |3 de hombre, que le parece que no nació más de para comer y dormir, sin |4 poder tener dél buena esperanza, le llaman bueno, siendo depósito de buen[a] |5 necedad. Pero ¿qué desvarío y desatino es el mío, o qué mal espíritu mu[e]|6ve mi lengua para tan libremente reprobar y condenar faltas aj[e]|7nas, y no mirar la viga que está dentro en mi ojo, que me hace no ech[ar] |8 de ver las muchas mías? El que más entre todos los referidos se levant[a] |9 y si se puede juzgar es venturoso, no metiendo la mano ni alargando |10 la lengua a los hombres dedicados al servicio y culto divino, que désto[s] |11 y de la perfección de su vida y ventura no puedo, debo ni quiero tratar, sin[o] |12 de lo que es de las tejas   —155→   abajo, digo, señora mía, que al que se puede llamar |13 venturoso, y tener envidia a su estado y tranquilidad de su ánimo, es al |14 hombre que, dándose a la moral filosofía, y viviendo como cristiano filó|15sofo, se contenta con lo que da la naturaleza, y tiene conocimiento de las |16 causas por sus efectos, y de tal suerte está prevenido, que ningún caso que |17 le suceda, próspero ni adverso, le altera, admira ni espanta, teniendo |18 las cosas por venir como presentes, y las presentes como pasadas, porque es[te] |19 tal tiene conocimiento de sí mismo, y cumpliendo por lo menos con la ley |20 natural, quiere para los otros lo que para sí. Mas al que en mi opinión, |21 discreta Cilenia, yo tuviera envidia y tuviera por sumamente feliz, |22 es aquel cuyas descuidadas plantas pisan sin sobresalto ni congoja |23 la verde hierba de los prados, y pasean las frescas riberas de los corrien|24tes ríos, si llega a tener conocimiento de su estado, y levanta el ánimo y |25 espíritu a considerar la tranquilidad de lo que posee, y ejercitado e[n] |26 rústico y silvestre ejercicio, no tiene cuenta ni le desasosiegan los tráfa|27gos, bullicios y negociaciones de las ciudades, ni respeta a nadie por te|28mor, ni le tiene a las olas y fortunas del poblado, ni se halla obligado |29 a la pesada carga del cumplimiento que tanto muele a quien no cae en |30 la cuenta de su pesadumbre. Antes libre destas cosas, suelto y 1| desembarazado, con el arco en la mano, la [pág. 11] ballesta al hombro y el aljaba |2 y carcaj al cuello, y el zurrón con la pobre y sabrosa comida al lado, cruza |3 y atraviesa los montes, valles y setos, sin que le impidan los ríos ni aspereza |4 de montañas a seguir y perseguir la caza, sustentando su cabaña de la |5 que cada día mata, recreando y regocijando su ánimo con esparcir por |6 el aire, al son de su rabel o mal compuesta zampoña, sus rústicas cantilenas, |7 tomando sabor y gusto de mirar las silvestres luchas de los toros y de los ron|8cos bramidos que van dando los ve[n]cidos, y del manso rumiar de las |9 mansas ovejas y el descuido con que pacen la verde y menuda hierba, |10 y del recatado sueño de los mastines que las guardan y defienden de los |11 dañosos lobos. Huélgase de ver los retozos y sueltas y ligeras cabri|12olas de los cabritillos, y las madres encaramadas en las encinas. Contén|13tase con cubrir su fuerte, sano y bien ejercitado cuerpo con las pieles de |14 sus ganados, y echarse debajo de los frondosos árboles. Satisface a la ham|15bre y necesidad corporal con las silvestres frutas que dellos coge, sembrando |16 la hierba que tiene por mesa de las bellotas, castañas   —156→   y nueces que con sus bra|17zos derrueca, con que queda más satisfecho y contento que los príncipes y |18 señores con la diversidad de viandas que sirven en sus curiosas mesas, |19 porque come con hambre, y tiene siempre consigo la salsa de San Bernardo, |20 y no le falta tampoco la blanca y sabrosa leche con que remoja el duro pan |21 que trajo del aldea. Bebe con apetito y gana el agua limpia, fresca y |22 pura que corre por las pizarrosas gargantas y arenosos arroyos, bebida |23 con el vaso de Diógenes, que le da mayor satisfacción y gusto que la que en los po|24blados se bebe en los de oro y plata, curiosa y ricamente labrados, sin tener más |25 apetito ni deseo que de lo que tiene presente, ni darle otra cosa cuidado más |26 que llevar su ganado al pasto más cercano y que sabe es más fértil y abun|27dante, y buscar lugar fresco y de arboledas donde sestear en verano, con |28 agua para abrevar su manada, y solanas reparadas de los helados vientos |29 para el invierno. Y adonde tiene sabida y conocida esta comodidad, tiende |30 todos sus miembros en la hierba, adonde acuden los convecinos pastores y ga|31naderos de la comarca, y en pastoriles y amorosas contiendas y saludables |32 ejercicios pasan dulcemente el día, sin que en ellos reine tristeza, ni tenga |1 entrada disgusto, ni cómo se llama ni qué efecto [pág. 12] hace la desabrida melanco|2lía. Traban entre sí amorosas cuestiones, aprobando cada uno o reprobando |3 lo que el otro propone, conforme a sus intentos y a los pensamientos que tienen. |4 Compiten sobre la hermosura y gracia de sus amigas, unas veces llamán|5dolas afables, otras enemigas y crueles, según que dellas son favorecidos, y |6 vienen a parar sus rencillas en tejer de las más perfectas flores guirnal|7das que llevarlas, con que las dejan satisfechas de su puro y sencillo amor. |8 Y cuando en estos y otros ejercicios entre ellos usados han gastado con sabor |9 el día, dan la vuelta a sus cabañas, llevando por delante sus satisfechas ma|10nadas, donde, tendidos en el blando heno, no echan menos las ricas |11 y abrigadas cortinas ni los toldados aposentos, sirviéndoles de lo uno y de |12 lo otro el cóncavo convés del cielo, y los verdes y hojosos árboles. Allí duer|13men a sueño suelto, con quietud y sosiego, sin que los desvele el curioso trato |14 de los reales palacios, ni el acompañamiento de los que gobiernan el mundo, |15 ni lo que ha de comer el día siguiente, ni le da cuidado el buscar con qué sus|16tentar la vanidad que el   —157→   mundo usa. No busca ni le da pena que ten|17gan fino temple los arneses, ni que pese o sea liviano el jaco de malla, ni te|18me los dudosos, peligrosos e inciertos sucesos de la guerra, ni si se anegó y |19 dio al través el navío que viene de las Indias con su hacienda, ni si se alza |20 y quiebra el mercader que se la tiene, ni que han de topar ladrones domés|21ticos o extraños con su enterrado tesoro. No le aprieta ni congojan las re|22vueltas de las ciudades, ni por odio, amor ni interés se inclina a los ban|23dos que hay en ellas, ni le trae desatinado y ciego la pasión y ambición de los |24 ciudadanos, ni los embustes y enredos con que solicitan cátedras y oficios en |25 la república. No le induce codicia a desear cargos ni dignidades, ni promesas |26 de privados le hacen seguir sus pasos y caminos, teniendo por ley las vanas |27 palabras que dicen, ni tiene millones de descomodidades que el vivir en las |28 ciudades trae consigo. Antes con corazón alegre y contento, y con el ánimo qui|29eto, se levanta por la mañana, y sacudiendo de sus miembros la pereza, y cada |30 credo mejorando su estado, se vuelve a los usados ejercicios, gozando del aljo|31farado rocío que le ofrecen los verdes prados y, en tiempo debido, variedad de |32 flores, con que recrea los sentidos, y entretenido en coger las más hermosas, ha|33ce dellas guirnalda para sí, si le da gusto y tiene ocasión de traerla, o para su amiga, |1 si la tiene. Es para él [pág. 13] entretenimiento gustoso ver crecer y menguar el río |2 en su tiempo, y de oír cantar las cigarras y grillos en el suyo. Tiene por |3 suave y acordada música el sordo murmurio de las abejas que an|4dan entre las flores, cogiendo dellas sustancia con que labran la miel en |5 sus colmenas. Tienen por felicidad mirar con la gana con que la vid |6 se va enredando en el álamo, y la presa que la hiedra hace en el alto ciprés |7 hasta ocupar lo más empinado de su altura. Recréanles la vista la pin|8tada variedad de pajarillos, y el oído la dulce armonía que con sus |9 arpadas lenguas tienen en los árboles y cerros donde tienen fabricados |10 sus artificiosos nidos, de donde, concertados, se van respondiendo y con|11vidando los unos a los otros. Esles de particular entretenimiento y gusto ver |12 en los frescos e intricados setos cruzar las bandadas de los conejos, y en los |13 prados las medrosas liebres. Esta vida alegre, quieta y sosegada era, |14 discreta y hermosa señora mía, general en todo el mundo en aquella |15 edad de oro, en que los poetas dicen que gobernaba Saturno, en cuyo tiempo   —158→   |16 ni los hombres trafagaban la tierra, ni navegaban el mar, porque cada |17 uno se contentaba con vivir y morir donde nacía, sin procurar ser más que |18 su padre, contentándose con lo que dél heredaban, y gastándolo como él lo gastó. No tra|19bajaban en hacer para su defensa arneses ni armas defensivas, ni para ofender ar|20cabuces ni espadas, ni se aprovechaban del acero y hierro más de para hacer |21 instrumentos con que cultivar la tierra. ¡Pluguiera a Dios, hermosa señora mía, que |22 yo tuviera esta vida ufana, tranquila y quieta!, y sin gloria ni nombre vivie|23ra entre la rústica gente, adonde no me fuera nada importuno, y el variar de |24 las cosas referidas apartara de mí todo fastidio, y cuando me cansara el valle, |25 fuérame a la sierra, y cuando la sierra a lo llano, de lo llano a los bosques y mon|26tañas. Cuando el andar me cansara, sentárame en la ribera de algún claro |27 río o arroyo, y con el murmurar de su corriente, y con el ruido del movimien[to] |28 que el aire hace, sacudiendo las hojas de los árboles, se recreara mi afligido |29 espíritu, y con la dulzura destas cosas suspendiera algún tiempo mis males. Con |30 lo cual, arrebatado de causa en causa, llegara hasta contemplar la suma alteza |31 de la universal y principal, que es el sumo hacedor de todo lo criado, y con cuán |1 [pág. 14] soberana magestad y grandeza lo crió, y que con tan maravilloso orden y con|2cierto lo rige y gobierna, ordenando y dividiendo los tiempos y dando movi|3miento a los cielos, para que con él, acercándose y alejándose el sol, influya |4 virtud en la tierra para criar, sazonar y madurar los frutos della, con que se sus|5tenta la humana generación y todas las especies de animales, a quien ordenó |6 sirviese todo. Y destas consideraciones viniera, mi señora, a sacar algún rastro, luz |7 y conocimiento de la fragilidad y miseria de la vida presente, con que descan|8sara mi alma, viendo que la salida della había de ser principio de descanso. |9 Y mientras que mis ojos gozaran de la pura luz del sol, y los vitales espíri|10tus, respirando, enviaran aire al corazón, todo mi estudio y cuidado |11 pusiera en engrandecer y levantar, conforme a la rudeza de mi inge|12nio, a la dulce y amada señora y enemiga mía, sin que cosa alguna bastara |13 a apartarme deste oficio. Que si conforme a la voluntad y deseo se alargara |14 el caudal, bien se puede de mí con verdad creer que la levantara sobre |15 las estrellas, dejando eternizado su ser y nombre, conforme a su mucho |16 valor y merecimiento. Que si me concediese   —159→   tanto bien el cielo, que aunque |17 fuese en una cueva, me viese en su compañía, aquél verdaderamente sería para |18 mí dichoso y feliz estado, y gozar siempre de su vista, sin miedo y sobresalto de |19 perderla. Y el que a mi pobre juicio es más dispuesto para tener vida tranquila |20 y sosegada, apartada de las tempestades y tumultos de las ciudades, es, mi señora, |21 la que os he dicho con la mayor claridad que mis mal limadas razones |22 han sabido daros a entender. No me pongáis culpa si no os satisficieren, |23 pues no puede dar peras el olmo, ni nadie más de lo que tiene. Y aunque |24 con mi opinión vaya errado, por no tener entendido lo que fuere mejor, |25 estoy dispuesto a cumplir lo que me mandáredes, aunque pierda la vida, |26 y deseoso de que fuera más temprano, para de vuestra dulce boca oír las razo|27nes que contra lo por mí propuesto tenéis en favor de la vida de corte y |28 ciudades.

Cilenia. Déosla Dios tan larga y contenta, señor Selanio, como |29 yo lo quedo con haber oído vuestros discretos discursos, en que habéis mostrado |30 la luz de vuestro entendimiento. Pero para deciros verdad, no me satisfacen |31 tanto vuestras buenas razones, aunque lo son, que no me estoy pertinaz en mis |1 opiniones, como lo pienso mostrar [pág. 15] cuando en buen hora volváis acá otro día; |2 que por ser tarde, y éste se nos acaba, no quiero decir más de que vais en hora |3 buena, y Dios en vuestra compañía.

Selanio. Él guarde tanta hermosura y discreción |4 como la vuestra, y me deje tener ventura en algo, que aun hasta en esto me fal[ta]; |5 que parece que para que no pueda gozar este contento se apresura más el sol en |6 su carrera que suele. Si del todo no se me acaba, tomaré otro día la tarde de más |7 temprano.

|8 Finis.

|9 Diálogo entre Cilenia y Selanio sobre la |10 vida del campo. |11 Sacado en limpio.





  —[160]→     —161→  

ArribaAbajo Apéndice

Aunque sean principalmente negativas y contrarias a nuestra tesis, hemos creído útil reunir, a modo de bibliografía, las menciones de este texto y las opiniones emitidas sobré él, algunas de ellas difíciles de identificar y otras de reunir.

1. Adolfo de Castro: «evidentemente de Cervantes» (Varias obras inéditas de Cervantes, pág. ix). En el prólogo, que parece haber sido redactado con mucha prisa, identifica el texto con la segunda parte de La Galatea. Se limita a citar, en apoyo de la atribución, el uso de los adjetivos «hermoso» y «discreto», y una semejanza al diálogo de Lenio y Tirsi sobre el amor en La Galatea. En el largo discurso de Selanio «se descubre la pluma del autor de los discursos sobre la vida civil, que se hallan salpicados en la primera parte del Quijote». Fecha la obra entre 1584 y 1605, y porque aparece en el texto una referencia a una huerta, concluye que Cervantes se refiere a la Huerta del Rey en Sevilla, y por consiguiente que la escribió en aquella ciudad.

2. En el trabajo fichado como n.º 4, infra, encontramos que con una excepción no se había discutido el libro de Castro; la excepción era que «apenas dada a luz [el libro de Castro] se ocupó de ella un periódico». Los esfuerzos para encontrar este texto periodístico no han tenido éxito220,   —162→   pero una larga reseña, fechada «Madrid, 18 de abril», apareció traducida en la Beilage zur Allgemeinen Zeitung del 2 de mayo de 1874, págs. 1881-1882; por el contenido y por las circunstancias tiene que ser la misma. Retraducimos del alemán al español.

«El feliz descubridor y editor [del Buscapié] fue también el no menos feliz autor, quien había penetrado tanto no sólo en el habla sino en el espíritu de Cervantes que pudo engañar a los más sabidos. Don Adolfo de Castro -así se llama el pícaro- compuso su novela exegética del Quijote, el Buscapié, sólo para añadirle una larga cola de sorprendente sabiduría literaria. El cerebro de este hombre es un granero de libros viejos y códices.

»Cuando el autor del Buscapié nos presenta ahora obras inéditas de Cervantes, no se puede recibir con sosiego su ofrecimiento. Pero, considerándolo bien, el sabio tiene demasiado gusto para repetir la vieja burla de la mistificación. Lo que se cree que ha pasado es que el anhelo de descubrir y amor ciego le han oscurecido la vista, pues ha tomado un manojo de manuscritos de la "Colombina" en Sevilla de su sitio y descubierto en los textos mejores a su querido Cervantes. Cuando un espíritu negativo dé un baño frío de escepticismo crítico sobre la cabeza pesada del descubridor y sobre el público, que devora el libro, será necesario decir que el sabio tiene todavía que acabar la prueba. Pero aun sin estas reliquias cervantinas es valioso el libro. El autor intentó penetrar el misterio de Avellaneda, que ha dado tantos agobios a Cervantes y a sus anotadores. Cuando Castro ahora grita "Eureka", su obra ya ha calentado a los cervantistas.

»En el prólogo a sus novelas Cervantes habla de "otras obras que andan por allí descarriadas y quizás sin el nombre de su dueño". Por virtud de esta frase se quiere incorporar a una propiedad sin dueño a su nombre en el catálogo de los clásicos. De los siete textos que Castro quiere adscribir a Cervantes, sólo dos son del todo desconocidos...

»El diálogo entre Sillenia y Selanio es la conversión elegante de una pareja galante, acabando en el elogio de una vida rústica idealizada. Se parece al Diálogo entre Lenio y Tirsi sobre el amor221


  —163→  

2 bis. No hemos visto la reseña de Manuel de la Revilla cuya descripción por Menéndez Pelayo tomamos del trabajo de la ficha siguiente. No se halla ni en las Obras (Madrid, 1883) ni en las Críticas (Burgos, 1884-85) de aquel autor. Según Carlos García Barrón, consultado a través de Harvey Sharrer, hubo dos «artículos» de Revilla sobre «Libros nuevos cervantinos», entre éstos el de Castro, en el Imparcial (Madrid), 27 de mayo de 1874. Esta fecha no fue un lunes, como se comenta a continuación, pero con todo eso, por anteceder con dos semanas a la primera entrega del trabajo de Menéndez Pelayo, parece ser éste el artículo aludido.

«Cierto papel periódico, que en esta corte hace sudar las prensas, ha dado en la flor de publicar artículos literarios, en los números correspondientes a todos los lunes del año. Entre estos artículos, escritos casi siempre con singular osadía y magistral petulancia, hemos visto uno firmado por un tal don Manuel de la Revilla, opositor a cátedras en esta Universidad Central. Afirma el susodicho flamante escritor que la crítica debe permanecer retraída y silenciosa, en tratándose de obras de Cervantes publicadas por don Adolfo de Castro, porque ha de asaltarla siempre el recuerdo de cierto Buscapié de inolvidable memoria. Tan retraído y silencioso permanece   —164→   el egregio crítico que ni siquiera se digna darnos cuenta de las obras contenidas en el volumen, que altaneramente pretende juzgar, dando sobre él su parecer, a guisa de fallo magistral. A tiro de ballesta conócese que el señor Revilla no se ha detenido a ojear la colección cervantesca, sobre la cual tanto desatina. De otra suerte sabría que no se trata de un supuesto manuscrito, como el del Buscapié, sino de obras auténticas conservadas en nuestras bibliotecas públicas. Sabría que el diálogo de Sillenia y Selanio existe en la Biblioteca Colombina, tomo 81 de papeles varios. [...] Pero ¡ya se ve! el pobre don Manuel no ha tenido tiempo para engolfarse en el estudio de añejos manuscritos y ratonadas ediciones, ni siquiera para recorrer las páginas de un libro, que acaba de salir de las prensas. Harto trabajo ha tenido con la publicación de las cartas inéditas de su inolvidable maestro Sanz del Río, que nos ha dejado soporíferos, tan recomendables como la Analítica y El Ideal de la humanidad, libros que honrarían la literatura del Congo y de Mozambique


(págs. 300-301).                


3. El joven doctorando Menéndez Pelayo, firmándose «estudiante de Letras», publicó una reseña en la revista estudiantil Miscelánea Científica y Literaria de Barcelona, números 12-16, 18 y 19, correspondientes al 15 de junio, al primero de agosto, 20 de agosto, y primero de septiembre de 1874222; se reimprimió en sus Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, I, Madrid: CSIC, 1941, págs. 269-302. Afirma que este texto es «indudablemente de Cervantes». «Cuerdamente conjetura el diligente cervantista [Castro], que acaso este diálogo estaba destinado a formar parte de la segunda de La Galatea.» A base de su comienzo, concluye que «no parece que está completo [...] trae dependencia de algún escrito anterior, hoy desconocido, y corrobora la opinión de que formaba parte de La Galatea. [...] Compite con el diálogo de la dignidad del hombre [de Pérez de Oliva], con el apólogo de la ociosidad y el trabajo [de Luis Mejía], con los coloquios de Pedro de Mejía, con lo mejor que en este género produjo nuestra literatura en el glorioso siglo XVI. A dicha tendría haberle escrito el famoso protestante español Juan de Valdés. [...] Elocuentísima y animada es la pintura de la vida del campo con que cierra Cervantes su coloquio; trazada está con la misma gala que la famosísima plática sobre la edad de oro». Da unos extractos, confesándose «seducido [por] la hermosura de la dicción, que nos ha mov ido el deseo de dar a conocer esta joya de nuestra patria literatura». Castro es «insigne entre nuestros eruditos», y el libro «le habrá costado largos años de trabajo y no escasas vigilias».

  —165→  

4. En el número del 25 de septiembre del mismo año de la Revista Mensual de Filosofía, Literatura y Ciencias de Sevilla (tomo 6, págs. 249-262), apareció sobre la firma de «Sansón Carrasco» una reseña parcial del libro de Castro, focalizándose en nuestro fragmento. Leopoldo Rius ha identificado a su autor como Manuel Gómez Imaz (Bibliografía crítica de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid: Murillo, 1895-1904, II, pág. 200, n.º 288). Carrasco se extraña del silencio con que ha sido recibida esta publicación de Castro:

«El título que lleva la obra y la reputación literaria que goza el autor han despertado la curiosidad del público ilustrado, y apenas dada a luz se ocupó de ella un periódico, si bien con algún tanto de reserva a causa de ser el Ilmo. Sr. D. Adolfo de Castro el mismo que publicó en un tiempo el famoso Buscapié de Cervantes. A no ser en el aludido periódico no he leído en otro alguno, ni en revistas literarias, artículo, crítica o referencia de la obra que nos ocupa, y a fe que me hallo picado de curiosidad por ver la impresión que hayan ocasionado las nuevas obras de Cervantes en nuestros literatos, y no pierdo la esperanza de leer, quizá en breve, algún bien sazonado artículo escrito por la mismísima pluma que tan bien sabe manejar el autor de Pepita Jiménez, con perdón de D. José María Sbarbi y su crítica garrafal, que en verdad no sería el primer artículo que dedicara a los trabajos literarios del que da a luz las inéditas obras de Cervantes. Y ¿qué juicio habrá formado de éstas el autor del curioso folleto Los continuadores del Ingenioso Hidalgo [Asensio]? Y ¿qué nos dirá el infatigable cervantista Dr. Thebusem [sic], tanto más apreciable para nosotros cuanto que, a pesar de su procedencia germana, vive en tierra de moros sólo por inquirir, demenuzar y estudiar al famoso cronista Cide Hamete Benengeli, al que profesa singular entusiasmo...?» (págs. 251-252).

«El reducido, mermado y falto Diálogo de Sillenia y Selanio ni por su forma, ni por su estilo, ni por sus imágenes y conceptos es tan de oro molido como el entusiasmo del Ilmo. Sr. D. Adolfo de Castro, entusiasmo que no se puede menos de respetar, nos quiere hacer ver con notable exageración» (pág. 256). Señala lo deficiente que es la introducción de Castro, y después de revelar (págs. 257-258) que «no alcanzo a ver en el Diálogo aquel llano estilo, aquel elevado raciocinio, aquel modo de decir tanto en reducidas y elegantes frases, menos el inimitable gracejo y galanura que se observa en cualquiera de las obras de Cervantes, ni su dicción, imágenes, conceptos y giros, nada en fin, que recuerde al lector la incomparable prosa [de Cervantes]» comenta (págs. 258-262) lo que a su juicio son errores en el texto. Acaba calificando el texto de «insulsa, lánguida y afectada prosa».

  —166→  

Son tan exageradas las alusiones al mérito de Castro (cita repetidamente el «Ilmo.» con que se le califica en la portada del libro), «que de mucho prestigio goza entre los cervantistas y es muy respetado como crítico y literato» (pág. 253), que aunque no lo afirma directamente, cuando dice «créanos el autor del Diálogo» (pág. 261), es de suponer que lo sospechaba obra del mismo Castro.

El 25 de octubre del mismo año apareció en la Revista Europea (II, núm. 35), con sentido totalmente contrario, una reseña de José María Asensio, «Sol y sombras. Cartas a los insignes cervantistas D. José de Palacio Vitery y D. Mariano Pardo de Figueroa, sobre asuntos y zarandajas de crónica escandalosa cervantina». (Utilizamos la reimpresión en Cervantes y sus obras, Barcelona: F. Seix, 1902, págs. 67-94, donde esta cita se encuentra en las págs. 70-72.)

«¡Que si es obra de Cervantes el Coloquio [sic] entre Cillenia y Selanio sobre la vida del campo! Para mi santiguada que sí: obra indudable y preciosa del autor del Ingenioso hidalgo. Prúebalo, no solamente su estilo, no el que repita las frases «discreta Cillenia», «discreta señora» y otras, que cualquiera escritor pudo imitar, sino su corte particular y singularísimo; el modo de desenvolver los pensamientos en general; la manera de guiar y sazonar el diálogo; la redondez y gracia de los períodos, [...] todo en suma. Pruébalo, además, el manuscrito mismo: joya inapreciable, tesoro tan rico, como que, en mi sentir, es autógrafo de Miguel de Cervantes.

»Por eso no lo había yo dado a la estampa mucho tiempo hace, y lo reservaba como alhaja preciadísima para mi trabajo sobre las Obras desconocidas del Príncipe de los ingenios. No quería darlo impreso, sino en fotografía o en autografía, para que todos se convencieran de que en el tomo LXXXI de varios en folio de la Biblioteca Colombina, se conserva la única obra literaria que hoy conocemos autógrafa de Cervantes. A lo menos tal es mi convicción; ésta es mi creencia. No trato, ni por sueños, de imponerla a nadie. En mi juicio es autógrafo el Coloquio, y con la particularidad, que allí mismo se expresa, de estar sacado en limpio.

»Son cuatro pliegos de papel escritos in folio, que forman ocho hojas, a renglón entero, sin párrafos ni separaciones, estando indicado el diálogo con las primeras letras del nombre de los interlocutores. [...]

»Grandísimo deseo tengo, ya que se ha impreso la obra, de que examinen VV. el manuscrito para escuchar su opinión tan ilustrada y competente. ¿Podrá enorgullecerse la Colombina, si además de su preclaro origen, y sobre conservar autógrafos de Cristóbal Colón, presenta en igual forma una obra literaria de Miguel de Cervantes?

  —167→  

»Esta sola publicación del Coloquio basta para dar importancia al libro de Castro. Raro es que a tan entusiasta cervantista no llamara la atención la letra del manuscrito; más raro, y más extraño todavía, que no se detuviera un momento para noticiar a sus lectores las circunstancias del original que imprimía por vez primera. En cuanto a lo demás, su opinión me parece acertadísima. El Coloquio debió estar destinado a formar parte de la segunda de La Galatea, siempre ofrecida y nunca terminada.

»Vienen luego los Entremeses, y nos vemos en terreno más falso y resbaladizo...»


6. Una reseña de Rafael Guinard de la Rosa se publicó en la revista Cervantes, año II, número 19 (8 de enero de 1876), págs. 3-5 y número 20 (15 de enero de 1876), págs. 5-7. Califica el texto que nos interesa de «escrito nobilísimo»; la «hermosa y larga descripción de la vida del campo [está] llena de perspectivas luminosas, de gratas imágenes, admirable y rica de lenguaje y prueba del intenso amor que Cervantes (como todos los hombres que tienen algo que olvidar y mucho que curar), profesaba a los espectáculos de la naturaleza, virgen de contacto humano». Pero la reseña es totalmente favorable, pareciéndose mucho a la de Menéndez Pelayo, con la diferencia de que Guinard afirmó que «en manera alguna somos competentes para juzgar de una manera crítica y erudita el eruditísimo trabajo crítico del Sr. Castro».

7. Julián Apraiz: «Castro [lo] supone con gran fundamento un fragmento de la segunda parte de la Galatea» («Curiosidades cervantinas», en Homenaje a Menéndez y Pelayo, Madrid, 1899, I, págs. 233-251, en la pág. 233, n. 1). Comentando los manuscritos autógrafos de Cervantes, cierra su discusión citando la opinión de Asensio (número 5, supra) en cuanto a la autografía de este texto, y añade en nota «interrogado muy recientemente por mí el Sr. Asensio acerca de si su modo de pensar en este punto coincide hoy con el de hace cerca de veinticuatro años, me ha contestado que no habiéndose vuelto a ocupar de ese punto, ni habiendo vuelto a ver el manuscrito, se atiene a lo que entonces dijo» (pág. 232, n. 2).

En su Juicio de «La tía fingida», Madrid, 1906, pág. 247, ofrece el siguiente comentario sobre Castro: «El Sr. D. Adolfo de Castro, cervantista benemérito, aunque un poco versátil, a quien debemos estas noticias, y que con tanto empeño tomó el descubrimiento del verdadero autor del Quijote tordesillesco, asunto en que cada vez anduvo más ofuscado, al fijarse, desde 1874, en que Avellaneda no era otro que el dramaturgo Ruiz de Alarcón, ha utilizado últimamente este argumento de Bello, jugando, como suele decirse, por tabla. Y he aquí a un hombre, que en toda su larga vida no había dudado de que tan lindo cuento fuese cervantino, y que tuvo siempre un verdadero prurito en acumular obras y más obras   —168→   a Cervantes*, arrebatándole a éste de repente la más segura de sus descarriadas con este sofisma: yo creo que Avellaneda y Alarcón son una misma persona; es así que, según Bello, La tía es de Avellaneda, luego es de Alarcón .» Y al lugar marcado con *, añade a pie de página esta nota: «Tales son: El Buscapié, Diálogo entre Silleria [sic] y Sellanio [sic], Una canción a Sandoval, los entremeses La cárcel de Sevilla, Los refranes, Los mirones, Doña Justina y Calahorra y Los romances (generador este último del Quijote), etc. (Varias obras inéditas de Cervantes, Madrid, 1874.)»

8. Leopoldo Rius: «Puede concederse que algunos conceptos, y el corte de algunas frases se asemejan a los de Cervantes; pero me parece que se nota alguna mayor lima y afectación en el estilo, de la que nuestro autor acostumbra usar, y además respira ese diálogo una monotonía, impropia de la animación que los escritos de Cervantes contienen. Observaré, además, que el verbo turar (durar) no lo he visto usado por Cervantes con esa ortografía.» (Bibliografía crítica, I, pág. 190, n.º 424).

9. Agustín González de Amezúa y Mayo: «Cumplía previamente a ambos escritores [Castro y Asensio] probar que el dicho Diálogo es de Cervantes, cosa que ni hicieron, ni creo fácil» (ed. Casamiento engañoso y Coloquio de los perros, Madrid: Bailly-Baillière, 1912, pág. 474, n. 3). En la pág. 65 Amezúa se declara «enemigo que soy de conjeturas». (¿No se origina el progreso en las conjeturas?) En su Cervantes, creador de la novela corta española, I, Madrid, CSIC, 1956, págs. 416-417, dice lo siguiente: «Don Adolfo de Castro, que sabía mucho, pero que en la superchería literaria del Buscapié demostró cuán poco era de fiar en materia de descubrimientos cervantinos, quiso ver en el Diálogo entre Sillenia y Selanio sobre la vida del campo la pluma de Cervantes, redactora de unos apuntes para la continuación de La Galatea; pero la crítica imparcial no le ha seguido en semejante atribución.»

10. Vale la pena apuntar que Francisco A. de Icaza, autor de Supercherías y errores cervantinos puestos en claro, Madrid, 1917, no menciona este texto, aunque es quien más duramente ha atacado la atribución a Cervantes de «La tía fingida»223.

11. Schevill y Bonilla, en una nota con tipos muy pequeños y en uno de los lugares más apartados de su edición de las obras de Cervantes: «Adolfo de Castro, en su libro Varias obras inéditas de Cervantes (Madrid, 1874), publicó, tomándolo de un manuscrito de la Biblioteca Colombina, cierto bellísimo Diálogo entre Sillenia y Selanio, sobre la vida del campo, que diputó a cierra ojos por cervantino. Si lo fuese (cosa que,   —169→   en verdad, no puede asegurarse), quizá podría sospecharse que formó parte de Las Semanas del Jardín.» (Comedias y entremeses, VI, Poesías sueltas, Madrid, 1922, pág. 64.)

12. Gabriel Martín del Río y Rico: «La obra de don Adolfo de Castro, que ha dado lugar a frecuentes controversias, es realmente notable, dentro de la ya abundante literatura cervantina, y una muestra constante de la literatura de su autor.

»Averiguadamente de Cervantes sólo contiene una pieza este libro [Varias obras inéditas]: la Canción desesperada.» (Catálogo bibliográfico de la Sección de Cervantes de la Biblioteca Nacional, Madrid, 1930, página 370.)

13. Juan Givanel Mas: «Leído el texto de este anónimo cuadro campestre y comparado con el de la Galatea, se observa la misma diferencia que entre esta obra y todas las referentes al género pastoril...» El argumento por el uso de los adjetivos «hermosa» y «discreta» carece de mérito, pues por el mismo argumento se podría atribuir el diálogo a Montemayor, en cuya Diana encuentra Givanel muchos ejemplos de estas voces. No ve la semejanza de estilo que ve Castro entre el «Diálogo» y La Galatea y Don Quixote. (Catálogo de la colección cervantina de la Biblioteca Central, Barcelona, 1941-1947, III, págs. 292-293.)

14. Luis Astrana Marín, en el Apéndice XXVIII, «Escritos probables, atribuidos, dudosos, apócrifos y falsos», de su Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid: Reus, 1948-58, VII, págs. 751-767, revisó todas las atribuciones cervantinas, atacando con palabras fuertes a las que consideraba indebidas. No menciona allí a nuestro texto, aunque sí menciona (pág. 758) el libro de Castro. Sin embargo, envía allí (pág. 761) a las páginas 478 a 500 del tomo V para comentario sobre «toda aquella caterva de entremeses y obrecillas deleznables». No en el tomo V, sino en el VI, encontramos una discusión del Entremés de los romances, en la cual Astrana ataca severamente la posición de Menéndez Pidal, «famoso por sus correcciones y enmiendas caprichosas al Cantar de Mio Cid», cuyo nombre «piadosamente» omite, de ser la obra anterior al Quixote. Entonces (págs. 497-500) comenta «la retahíla de los otros tres entremeses: De los Mirones, De Doña Justina y Calahorra y De los Refranes, que junto con cierto Diálogo entre Sillena [sic] y Selanio y una Canción a la elección del arzobispo de Toledo, todo ello apócrifo, publicó y quiso ahijar al autor del Quijote el tal don Adolfo de Castro en su citado volumen patrañero Varias obras inéditas de Cervantes, procedentes de dos mss. de la Biblioteca Colombina de Sevilla (Tomo 81, Varios, folio, y AA. 141. 6), donde aparecen anónimas. Las razones de atribución del Sr. Castro son ningunas: «es obra de Cervantes», o «parece obra de Cervantes». Ni dice más, ni podía decir. Y como nada indica que le pertenezcan, ni tienen el menor sabor ni estilo de nuestro novelista, sería perder un tiempo precioso entretenerse en hablar demasiado de piececillas   —170→   tan «deleznables». Astrana no representa correctamente los argumentos de Castro ni sobre los entremeses, a los cuales en las notas señala varios vagos paralelos con el lenguaje de las obras auténticas de Cervantes.

En contraste con Givanel, que en muchas ocasiones en el catálogo que acabamos de citar se declara totalmente opuesto a la atribución a Cervantes de «La tía fingida», Astrana es partidario de la atribución (véase V, págs. 391-408).

15. Se encuentra este texto fichado en la Bibliografía de la literatura hispánica de José Simón Díaz, VIII, Madrid: CSIC, 1970, bajo manuscritos de Cervantes, y asimismo se encuentra fichado en la sección de atribuciones de la Suma cervantina, Londres: Tamesis, 1971, con referencia a los trabajos de Castro y Asensio.

16. Casi se nos escapó, pues en ninguna parte se encuentra fichado con relación a Cervantes, el trabajo de Francisco López Estrada: «Estudio del Diálogo de [sic] Çillenia y Selanio», RFE, 57 (1974-75), págs. 159-194. (Un resumen de este trabajo fue publicado en las Actas del Quinto Congreso Internacional de Hispanistas, Burdeos, 1977, II, págs. 603-609.) No comenta la autoría, aunque llama al texto «supuestamente cervantino» y dice que «requiere un estudio desde un ángulo totalmente diferente». La afirmación de Asensio de ser un manuscrito autógrafo «requería un estudio minucioso de carácter paleográfico que, a mi parecer, es muy posible que fuese negativo» (pág. 160). Analiza sus temas, menciona a Petrarca, y acaba diciendo que «es una obra de orden menor, que manifiesta la vigencia literaria del género de los diálogos, escrita, a mi parecer, en la década de 1555 a 1565» (pág. 184).

17. En su tesis, Les dialogues espagnols du XVIè siècle ou l'expression littéraire d'une nouvelle conscience, Paris: Didier, 1985, Jacqueline Ferreras, basándose en el artículo de López Estrada; menciona el Diálogo (págs. 244-246 y 496-497), sin comentar la autoría ni el valor literario del texto.



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ArribaFacsímil del manuscrito

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