Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice


Abajo

Las sorpresas de Goncourt

Ricardo Gullón





En los concursos literarios, lo sorprendente es, sin paradoja, natural y previsible. Todos los años, a primeros de diciembre, se reúnen en una fonda parisina los miembros de la Academia Goncourt, para conceder el premio que lleva el nombre de su fundador. De cuando en cuando escogen, para recompensarlo, un buen libro; pero otras veces -no sabemos si excitados por ese prurito que los novelistas mundanos llaman «el demonio de la contradicción», o quizá eufóricos por las delicias de una animada sobremesa y por el sentimiento de su importancia- seleccionan alguna obrilla, cuyo mérito aparece menos que dudoso a los ojos del ingenuo lector.

En diciembre de 1950, los señores del Goncourt se dividieron en dos grupos: votaban unos por L'amour triste, de Bernard Pingaud, y otros por L'homme de lo scierie, de André Dhotel. Si ambas partes reconocían el valor de la novela apoyada por los votos del grupo adverso, cada cual se encastilló en su parecer, alegando los primeros que Dhotel no debía ser premiada por tratar de un escritor maduro, que frisa en lo cincuenta años, y objetando los defensores de L'homme de la scierie que el libro de Pingaud estaba demasiado bien escrito.

Desagradable situación para un jurado compuesto por gentes de cierta edad, que en ningún caso desean parecer pasadas de moda. ¿Cómo demostrar que se vive en los tiempos modernos y se está a la altura de los más audaces? Nada asusta a los académicos Goncourt, y valerosamente, en la imposibilidad de llegar a un acuerdo respecto a lo mejor se concertaron para escoger en lo deleznable una obra que reuniera las condiciones de pesadez y torpeza demostrativas de que su autor no es un frívolo retardatario, de los que aun creen, como Pingaud, que la literatura entra en el ámbito de las bellas artes, y acreditara además conocimiento extenso y al pormenor de los tópicos de moda: complejos de diversos colores, sadismo, masoquismo y un poco de pornografía.

En Les Jeux sauvages, de Paul Colin, hay todo esto y algo más. Leyéndola, no sin esfuerzo, pues la novela es extensa y a ratos plúmbea, uno se pregunta cuáles fueron las intenciones del autor al acumular crudantente flagelaciones y sangre, llevando a los personajes hasta la locura y el crimen. ¿Vale la pena de esforzarse en averiguar el secreto de los peleles tragicómicos creados, si vale la palabra, por «la calenturienta imaginación» del señor Colin? Seguramente no. Y, en todo caso, éste no es lugar para intentarlo. Bástenos certificar aquí del ánimo valeroso con que el jurado se decidió a premiar el erótico folletín a sabiendas de cuán mínimas eran sus excelencias, con tal de no pasar por tan anticuado, como sin duda lo son quienes creen que el novelista debe ser, entre otras cosas, un hombre de letras. Es decir (ruboriza confesarlo), un artista.





Indice