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ArribaAbajoEl Caballero de Dios

Cuenta la historia que este caballero había una dueña por mujer que había nombre Grima, y fue muy buena dueña, y de buena vida, y muy mandada a su marido y mantenedora y guardadora de la su casa; pero tan fuerte era la fortuna del marido que no podía mucho adelantar en su casa así como ella había mester. Y hubieron dos hijuelos que se vieron en muy grandes peligros, así como oiréis adelante, tan bien como el padre y la madre. Y el mayor había nombre Garfín y el menor Roboán. Pero Dios, por la su piedad, que es enderezador de todas las cosas, viendo el buen propósito del caballero y la esperanza que en Él había, nunca desesperando de la su merced, y viendo la mantenencia de la buena dueña, y cuán obediente era a su marido, y cuán buena crianza hacía en sus hijuelos, y cuán buenos castigos les daba, mudoles la fortuna que habían en el mayor y mejor estado que un caballero y una dueña podrían haber, pasando primeramente por muy grandes trabajos y grandes peligros.

Y porque este libro nunca apareció escrito en este lenguaje hasta ahora, ni lo vieron los hombres ni lo oyeron, cuidaron algunos que no fueran verdaderas las cosas que y se contienen, ni hay provecho en ellas, no parando mientes al entendimiento de las palabras ni queriendo curar en ellas. Pero comoquiera que verdaderas no fuesen, no las deben tener en poco ni dudar en ellas hasta que las oigan todas cumplidamente y vean el entendimiento de ellas, y saquen ende aquello que entendieren de que se puedan aprovechar; ca de cada cosa que es ya dicha pueden tomar buen ejemplo y buen consejo para saber traer su vida más cierta y más segura, si bien quisieren usar de ellas; ca tal es el libro para quien bien quisiere catar por él, como la nuez, que ha de parte de fuera fuste seco y tiene el fruto escondido dentro. Y los sabios antiguos, que hicieron muchos libros y de gran provecho, pusieron en ellos muchos ejemplos en figura de bestias mudas y aves y de peces, y aun de las piedras y de las yerbas, en que no hay entendimiento ni razón ni sentido ninguno, en manera de hablillas, que dieron entendimiento de buenos ejemplos y de buenos castigos, e hiciéronnos entender y creer lo que no habíamos visto ni creímos que podría esto ser verdad; así como los padres santos hicieron a cada uno de los siervos de Jesucristo ver como por espejo, y sentir verdaderamente, y creer de todo en todo que son verdaderas las palabras de la fe de Jesucristo, y maguer el hecho no vieron; porque ninguno no debe dudar en las cosas ni menospreciarlas, hasta que vean lo que quieren decir y cómo se deben entender. Y por ende, el que bien se quiere loar y catar, y entender lo que se contiene en este libro, sacará ende buenos castigos y buenos ejemplos, y por los buenos hechos de este caballero, así se puede entender y ver por esta historia.

Dice el cuento que este caballero Zifar fue buen caballero de armas y de muy sano consejo a quien se lo demandaba, y de gran justicia cuando le acomendaban alguna cosa donde la hubiese de hacer, y de gran esfuerzo, no mudándose ni orgulleciendo por las buenas andanzas, ni desesperando por las desventuras fuertes cuando le sobrevenían. Y siempre decía verdad y no mentira cuando alguna demanda le hacían, y esto hacía con buen seso natural que Dios pusiera en él. Y porque todas estas buenas condiciones que en él había, amábale el rey de aquella tierra, cuyo vasallo era y de quien tenía gran soldada y bienfecho de cada día. Mas tan gran desventura era la suya que nunca le duraba caballo ni otra bestia ninguna de diez días arriba, que no se le muriese, y aunque la dejase o la diese antes de los diez días. Y por esta razón y esta desventura era él siempre y su buena dueña y sus hijos en gran pobreza; pero que el Rey, cuando guerras había en su tierra, guisábalo7 muy bien de caballos y de armas y de todas las cosas que había mester, y enviábalo en aquellos lugares donde entendía que mester era más hecho de caballería. Y así se tenía Dios con este caballero en hecho de armas, que con su buen seso natural y con su buen esfuerzo siempre vencía y ganaba honra y vitoria para su señor el Rey, y buen prez para sí mismo. Mas de tan gran costa era este caballero, el Rey habiéndole de tener los caballos aparejados, y las otras bestias que le eran mester a cabo de los diez días, mientras duraba la guerra, que semejaba al Rey, que no lo podía sufrir ni cumplir. Y de la otra parte, con gran envidia que habían aquellos a quien Dios no quisiera dar hecho de armas acabadamente así como al caballero Zifar, decían al Rey que era muy costoso, y que por cuanto daba a este caballero al año, y con las costas que en él hacía al tiempo de las guerras, que había quinientos caballos cada año para su servicio, no parando mientes los mezquinos como Dios quisiera dotar al caballero Zifar de sus grandes dones y nobles, señaladamente de buen seso natural, y de verdad, y de lealtad, y de armas, y de justicia y de buen consejo, en manera que donde él se encerraba con cien caballeros, cumplía más y hacía más en honra del Rey y buen prez de ellos que mil caballeros otros cuando los enviaba el Rey a su servicio a otras partes, no habiendo ninguno estos bienes que Dios en el caballero Zifar pusiera.

Y por ende todo gran señor debe honrar y mantener y guardar al caballero que tales dones puso como en este, y si alguna batalla hubiere a entrar, debe enviar por él y atenderlo; ca por un caballero bueno se hacen grandes batallas, mayormente en quien Dios quiso mostrar muy grandes dones de caballería. Y no deben creer a aquellos en quien no parece buen seso natural ni verdad ni buen consejo, y señaladamente no debe creer en aquellos que con maestrías y con sutilezas de engaño hablan. Ca muchas vegadas algunos, porque son sutiles y agudos, trabájanse de mudar los derechos y los buenos consejos en mal, y danles entendimiento de leyes, colorando lo que dicen con palabras engañosas y cuidando que no hay otro ninguno tan sutil como ellos, que lo entiendan. Y por ende no se debe asegurar en tales hombres como estos, ca peligrosa cosa es creer hombre aquellos en quien todas estas menguas y estas maestrías son, porque no habrá de dudar de ellos y no estará seguro. Pero el señor de buen seso, si dudar de aquellos que le han de seguir, para ser cierto, llámalos a su consejo y a lo que le aconsejaren, y cate y piense bien en los dichos de cada uno, y pare mientes a los hechos que antes pasaron con él; y si con gran hemencia los quiere catar, bien puede ver quién le aconseja bien o quién mal; ca la mentira así trasluce todas las palabras del mentiroso como la candela tras el vidrio en la linterna. Mas, mal pecado, algunos de los señores grandes más aína se inclinan a creer las palabras halagueras de los hombres mentirosos y las lisonjas so color de algún provecho, que no el su pro ni la su honra, maguer se quieran y lo vean por obra, en manera que maguer se quieran arrepentir y tornarse a lo mejor, no pueden, con vergüenza que no los retraigan que ellos mismos con mengua de buen seso se engañaron, dejando la verdad por la mentira y la lisonja. Así como aconteció a este rey, que viendo la su honra y el su pro ante los sus ojos, por prueba de la bondad de este caballero Zifar, menospreciándolo, todo por miedo de la costa, queriendo creer a los envidiosos lisonjeros, perjuró en su corazón y prometioles que de estos dos años no enviase por este caballero maguer guerras hubiese en la su tierra, y quería probar cuánto excusaría en la costa que este caballero hacía; e hízolo así, donde se halló que más deshonras que recibió y daños grandes en la su tierra. Ca en aquellos años hubo grandes guerras con sus vecinos y con algunos de los naturales que se alzaron. Y cuando enviaba dos mil o tres mil caballeros a la frontera, lo que les era ligero de ganar de sus enemigos decían que no podían conquerir por ninguna manera, y a los lugares del Rey dejábanlos perder; así que fincaba el Rey deshonrado y perdido y con gran vergüenza, no atreviéndose enviar por el caballero Zifar porque no le dijesen que no guardaba lo que prometiera. Ciertas, vergüenza y mayor mengua es en querer guardar el prometimiento dañoso y con deshonra, que en revocarlo; ca si razón es y derecho que aquello que fue establecido antiguamente sin razón, que sea enmendado, catando primeramente la razón de donde nació, y hacer ley derecha para las otras cosas que han de venir, y razón es que el yerro que nuevamente es hecho, que sea luego enmendado por aquel que lo hizo; ca la palabra es de los sabios que no debe haber vergüenza, ca ninguna cosa no hace medroso ni vergoñoso el corazón del hombre sino la conciencia de la su vida si es mala, no haciendo lo que debe. Y, pues la mi conciencia no me acusa, la verdad me debe salvar, y con gran fucia8 que en ella he, no habré miedo e iré con lo que comencé cabo adelante y no dejaré mi propósito comenzado.

Y estas palabras que decía el caballero oyolas Grima la su buena mujer, y entró a la cámara donde él estaba en este pensamiento, y díjole: «Amigo señor, ¿qué es este pensamiento y este gran cuidado en que estáis? Por amor de Dios decídmelo; y pues parte hube convusco9 en los cuidados y en los pesares, ciertas nunca os vi flaco de corazón por ninguna cosa que vos hubieseis, sino ahora». El caballero, cuando vio a su mujer que amaba más que a sí, y entendió que había oído lo que él dijera, y pesole de corazón y dijo: «Por Dios, señora, mejor es que el uno sufra el pesar que muchos; ca por tomar vos otro tanto de pesar como yo, por eso no menguaría a mí ninguna cosa del pesar que yo hubiese, y no sería aliviado de pesar, mas acrecentamiento; ca recibiera más pesar por el pesar que vos hubieseis». «Amigo, señor», dijo ella, «si pesar es que remedio ninguno no puede hombre haber, es dejarlo olvidar, y no pensar en ello, y dejarlo pasar por su ventura. Mas si cosa es en que algún buen pensamiento puede aprovechar, debe hombre partir el cuidado con sus amigos, ca más pueden pensar y cuidar muchos que uno, y más aína pueden acertar en lo mejor. Y por ende todo hombre que alguna gran cosa quiere comenzar y hacer, débelo hacer con consejo de aquellos de quien es seguro que le aconsejarán bien. Y amigo», dijo ella, «esto os oí decir, quejándoos, que queríais ir con vuestro hecho adelante y no dejar vuestro propósito comenzado, y porque sé que vos sois hombre de gran corazón y de gran hecho, tengo que este vuestro propósito es sobre alta cosa y grande, y que según mío cuidar debéis haber vuestro consejo». «Ciertas», dijo el caballero su marido, «guarido me habéis y dádome habéis conhorte al mi gran cuidado que tengo en el mi corazón guardado muy gran tiempo ha, y nunca quise descubrirle a hombre del mundo; y bien creo que así como el fuego encubierto dura más que el descubierto, y es más vivo, bien así la puridad que uno sabe dura más y es mejor guardada que si muchos la saben, pero que todo el cuidado es de aquel que la guarda; ca toma gran trabajo entre sí y grandes pesares para guardarla. Onde bienaventurado es aquel que puede haber amigo entero a quien pueda mostrar su corazón, y que enteramente quiso guardar a su amigo en las puridades y en las otras cosas que hubo de hacer; ca pártese el cuidado entre ambos, y hallan más aína lo que deben hacer; pero que muchas vegadas son engañados los hombres en algunos que cuidan que son sus amigos y no lo son, sino de infinta10. Y ciertas los hombres no lo pueden conocer bien hasta que los prueban; ca bien así como por el fuego se prueba el oro, así por la prueba se conoce el amigo. Así aconteció en esta prueba de los amigos a un hijo de un hombre bueno en tierras de Sarapia, como ahora oiréis.

»Y dice el cuento que este hombre bueno era muy rico y había un hijo que quería muy bien, y dábale de lo suyo que despendiese cuanto él quería. Y castigole que sobre todas las cosas y costumbres, que aprisase y pugnase en ganar amigos, ca esta era la mejor ganancia que podría hacer; pero que tales amigos ganase que fuesen enteros, y a lo menos que fuesen medios. Ca tres maneras son de amigos: los unos de enfinta, y estos son los que no guardan a su amigo sino mientras pueden hacer su pro con él; los otros son medios, y estos son los que se paran por el amigo a peligro, que no parece más en duda si era hombre; y los otros son enteros, los que ven al ojo la muerte o el gran peligro de su amigo y pónese delante para tomar muerte por él, que el su amigo no muera ni reciba daño. Y el hijo le dijo que lo haría así y que trabajaría de ganar amigos cuanto él más pudiese, y con el algo que le daba el padre convidaba y despendía y daba de lo suyo granadamente, de guisa que no había ninguno en la ciudad onde él era, más acompañado que él. Y al cabo de diez años, preguntole el padre cuántos amigos había ganados, y él le dijo que más de ciento. "Ciertas", dijo el padre, "bien despendiste lo que te di, si así es; ca en todos los días de la mi vida no pude ganar más de medio amigo, y si tú cien amigos has ganado, bienaventurado eres". "Bien creed, padre señor", dijo el hijo, "que no hay ninguno de ellos que no se pusiese por mí a todos los peligros que me acaecieren". Y el padre lo oyó y calló y no le dijo más. Y después de esto aconteció al hijo que hubo de pelear y de haber sus palabras muy feas con un mancebo de la ciudad, de mayor lugar que él. Y aquel fue buscar al hijo del hombre bueno por hacerle mal. El padre, cuando lo supo, pesole de corazón, y mandó a su hijo que se fuese para una casa fuerte que era fuera de la ciudad, y que se estuviese quedo allá hasta que apagasen esta pelea, y el hijo hízolo así; y desí11 el padre sacó luego seguranza de la otra parte y apaciguolo muy bien. Y otro día hizo matar un puerco y mesolo y cortole la cabeza y los pies, y guardolos, y metió el puerco en un saco y atolo muy bien y púsole so el lecho, y envió por su hijo que se viniese en la tarde y cuando fue a la tarde llegó el hijo y acogiole el padre muy bien y díjole de cómo el otro le había asegurado y cenaron. Y desde que el padre vio la gente de la ciudad que era aquedada, dijo así: "Hijo, comoquiera que yo te dije luego que viniste que te había asegurado el tu enemigo, dígote que no es así; ca en la mañana, cuando venía de misa, lo hallé aquí en casa dentro, tras la puerta, su espada en la mano, cuidando que eras en la ciudad, para cuando quisieses entrar a casa, que te matase. Y por la su ventura matelo yo o cortele la cabeza y los pies y los brazos y las piernas, y echelo en aquel pozo, y el cuerpo metilo en un saco y téngolo so el mi lecho. Y no lo oso aquí soterrar por miedo que nos lo sepan; porque me semeja que sería bien lo llevases a casa de algún tu amigo, si lo has, y que lo soterrases en algún lugar encubierto". "Ciertas, padre señor", dijo el hijo, "mucho me place, y ahora veréis qué amigos he ganado". Y tomó el saco a cuestas y fuese para casa de un su amigo en quien él más fiaba. Y cuando fue a él maravillose el otro porque tan gran noche venía, y preguntole qué era aquello que traía en aquel saco, y él se lo contó todo, y rogole que quisiese que lo soterrasen en un trascorral que y había. Y su amigo le respondió que como hiciera él y su padre la locura, que se parasen a ella y que saliese fuera de casa; que no quería verse en peligro por ellos. Y eso mismo le respondieron todos los otros amigos, y tornó para casa de su padre con su saco, y díjole cómo ninguno de sus amigos no se quisieron aventurar por él a este peligro. "Hijo", dijo el hombre bueno, "mucho me maravillé cuando te oí decir que cien amigos habías ganados, y seméjame que entre todos los ciento no hallaste un medio; mas vete para el mi medio amigo, y dile de mi parte esto que nos aconteció, y que le ruego que nos lo encubra". Y el hijo se fue y llevó el saco e hirió a la puerta del medio amigo de su padre. Y ellos fuéronselo decir, y mandó que entrase. Y cuando le vio venir, y le halló con su saco a cuestas, mandó a los otros que saliesen de la cámara, y fincaron solos. El hombre bueno le preguntó qué era lo que quería, y qué traía en el saco, y él le contó lo que le aconteciera a su padre y a él y rogole de parte de su padre que se lo encubriese. Y él le respondió que aquello y más haría por su padre, y tomó un azadón e hicieron amos a dos fuesa so el lecho y metieron y el saco con el puerco, y cubriéronle muy bien de tierra. Y fuese luego el mozo para casa de su padre y díjole de cómo el su medio amigo le recibiera muy bien, y que luego que le contó el hecho, y le respondiera que aquello y más haría por él, y que hiciera una fuesa so el lecho y que lo soterraron y. Entonces dijo el padre a su hijo: "¿Qué te semeja de aquel mi medio amigo?" "Ciertas", dijo el hijo, "seméjame que este medio amigo vale más que los mis ciento". "E hijo", dijo el hombre bueno, "en las horas de la cuita se prueban los amigos; y por ende no debes mucho fiar en todo hombre que se demuestra por amigo, hasta que lo pruebes en las cosas que te fueren mester. Y pues tan bueno hallaste el mi medio amigo, quiero que antes del alba vayas para él y que le digas que haga puestas de aquel que tiene soterrado, y que haga de ello cocho12 y de ello asado, y que cras seremos sus huéspedes yo y tú". "¿Cómo, padre señor?", dijo el hijo, "¿comeremos el hombre?". "Ciertamente", dijo el padre, "mejor es el enemigo muerto que vivo, y mejor es cocho y asado que crudo; y la mejor venganza que el hombre de él puede haber es esta, comerlo todo, de guisa que no finque de él rastro ninguno; ca donde algo finca del enemigo, y finca la mala voluntad". Y otro día en la mañana, el hijo del hombre bueno fuese para el medio amigo de su padre y díjole de cómo le enviaba rogar su padre que aquel cuerpo que estaba en el saco, que le hiciese puestas y que lo guisasen todo, cocido y asado, ca su padre y él vendrían comer con él. Y el hombre bueno cuando lo oyó comenzose a reír, y entendió que su amigo quiso probar a su hijo, y díjole que se lo agradecía, y que viniesen temprano a comer, que guisado lo hallarían muy bien, ca la carne del hombre era muy tierna y cocía muy deprisa. Y el mozo se fue para su padre, y dijo la respuesta de su medio amigo, y al padre plugo mucho porque tan bien le respondiera. Y cuando entendieron que era hora de yantar, fuéronse padre e hijo para casa de aquel hombre bueno, y hallaron las mesas puestas, con mucho pan y mucho vino. Y los hombres buenos comenzaron a comer muy de recio como aquellos que sabían qué tenían delante. Y el mozo recelábalo de comer, comoquiera que le parecía bien. Y el padre cuando vio que dudaba de comer, díjole que comiese seguramente, que tal era la carne del hombre como la carne del puerco, y que tal sabor había. Y él comenzó a comer, y súpole bien, y metiose a comer muy de recio, más que los otros, y dijo así: "Padre señor, vos y vuestro amigo bien me habéis encarnizado en carnes de enemigo; y cierto creed que, pues las carnes del enemigo así saben, no puede escapar el otro mío enemigo que era con este, cuando me dijo la soberbia que no le mate y que no le coma muy de grado; ca nunca comí carne que tan bien me supiese como esta". Y ellos comenzaron a pensar sobre esta palabra entre sí, y tuvieron que si este mozo durase en esta imaginación que sería muy crudo y que no lo podrían ende partir. Ca las cosas que hombre imagina mientras mozo es, mayormente aquellas cosas en que toma sabor, tarde o nunca se puede de ellas partir. Y sobre esto el padre, queriéndole sacar de esta imaginación, comenzole a decir: "Hijo, porque tú me dijiste que tú habías ganado más de cien amigos, quise probar si era así. Y maté ayer este puerco que ahora comemos, y cortele la cabeza y los pies, y metí el cuerpo en aquel saco que acá trajiste, y quise que probases tus amigos así como los probaste. Y no los hallaste tales como cuidabas, pero que hallaste este medio amigo bueno y leal, así como debía ser; porque debes parar mientes en cuáles amigos debes fiar... Cosa muy fea y muy cruda cosa sería, y contra natura, querer el hombre comer carne de hombre, ni aun con hambre". "Padre señor", dijo el mozo, "agradezco mucho a Dios porque tan aína me sacaste de esta imaginación en que estaba; ca si por los mis pecados el otro enemigo hubiese muerto, o de él hubiese comido, y así me supiese como esta carne que comemos, no me faltaría hombre que no codiciase comer. Y por aquesto que ahora me dijistes, aborreceré más la carne del hombre". "Ciertas", dijo el padre, "mucho me place, y quiero que sepas que el enemigo, y los otros que con él se acertaron, te han perdonado, y yo perdoné a ellos por ti, y de aquí adelante guárdate de pelear, y no arrufen así malos amigos, ca cuando te viesen en la pelea desampararte habían, así como viste en estos que probaste". "Padre señor", dijo el hijo, "no he probado cuál es el amigo de enfinta, así como estos que yo gané, que nunca me guardaron, sino mientras partí con ellos lo que había, y cuando los había mester falleciéronme, y he probado cuál es el medio amigo. Decidme si podré probar y conocer cuál es el amigo entero". "Guárdete Dios, hijo", dijo el padre, "ca muy fuerte prueba sería fucia de los amigos de este tiempo; ca esta prueba no se puede hacer sino cuando hombre está en peligro cierto de recibir la muerte o daño o deshonra grande. Y pocos son los que aciertan en tales amigos que se paren por su amigo a tan gran peligro que quieran tomar la muerte por él a sabiendas. Pero hijo, oí decir que en tierras de Corán se criaron dos mozos en una ciudad, y queríanse muy bien, de guisa que lo que quería el uno, eso quería el otro. Onde dice el sabio que entre los amigos uno debe ser el querer y uno el no querer en las cosas buenas y honestas. Pero que el uno de estos dos amigos quiso ir buscar consejo y probar las cosas del mundo, y anduvo tanto tiempo tierras extrañas hasta que se halló en una tierra donde se halló bien, y fue y muy rico y muy poderoso, y el otro fincó en la villa con su padre y su madre que eran ricos y abundados. Cuando estos habían mandado uno de otro, cuando acaecían algunos que fuesen aquellas partes, tomaban en placer. Así que este que fincó en la villa después de muerte de su padre y de su madre llegó a tan gran pobredad que no se sabía aconsejar, y fuese para su amigo. Y cuando le vio el otro su amigo que tan pobre y tan deshecho venía, pesole de corazón, y preguntole cómo venía así, y él le dijo que con gran pobredad. '¡Por Dios, amigo!', dijo el otro, 'mientras yo vivo fuere y hubiere de que cumplirlo, nunca pobre serás; ca, ¡loado sea Dios!, yo he gran algo y soy poderoso en esta tierra, no te fallecerá ninguna cosa de lo que fuere mester'. Y tomolo consigo y túvolo muy vicioso, y fue señor de la su casa y de lo que había, muy gran tiempo, y perdiolo todo después por este amigo, así como ahora oiréis.

"Y dice el cuento que este su amigo fue casado en aquella tierra, y que se le muriera la mujer, y que no dejara hijo ninguno, y que un hombre bueno su vecino, de gran lugar y muy rico, que le envió una hijuela que había pequeña que la criase en su casa, y cuando fuese de edad que casase con ella. Y andando la moza por casa, que se enamoró de ella el su amigo que le sobrevino, pero que no le dijese ni le hablase a ninguna cosa a la moza, él ni otro por él, ca tenía que no sería amigo verdadero y leal, así como debía ser, si lo hiciese ni tal cosa cometiese. Y maguer se trabajase de olvidar esto, no podía; antes crecía todavía el cuidado más; de guisa que comenzó a desecar y a le fallecer la fuerza con grandes amores que había de esta moza. Y al su amigo pesaba mucho de la su flaqueza, y enviaba por físicos a todos los lugares que sabía que los había buenos, y dábales gran algo porque le guareciesen. Y por cuanta física en ellos había, no podían saber de qué había aquella enfermedad; así que llegó a tan gran flaqueza que hubo a demandar clérigo con quien confesase. Y enviaron por un capellán y confesose con él y díjole aquel pecado en que estaba por que le venía aquella malatía de que cuidaba morir. Y el capellán se fue para el señor de casa y díjole que quería hablar con él en confesión, y que le tuviese puridad; y él prometiole que lo que le dijese que lo guardaría muy bien. 'Dígoos', dijo el capellán, 'que este vuestro amigo muere con amores de aquesta vuestra criada con quien os habéis de casar; pero que me defendió que no lo dijese a ninguno y que le dejase así morir'. Y el señor de la casa desde que lo oyó hizo como quien no daba nada por ello; y después que se fue el capellán, vínose para su amigo y díjole que se conhortase, que de oro y plata tanto le daría cuanto él quisiese, y con gran mengua de corazón no se quisiese así dejar morir. 'Ciertas, amigo', dijo el otro, '¡mal pecado!, no hay oro ni plata que me pueda pro tener, y dejadme cumplir el curso de mi vida, ca mucho me tengo por hombre de buena ventura pues en vuestro poder muero'. 'Ciertas no moriréis', dijo el su amigo, 'que pues yo sé la vuestra enfermedad cuál es, yo os guareceré de ella; ca sé que vuestro mal es de amor que habéis a esta moza que yo aquí tengo para casarme con ella. Y pues de edad es, y vuestra ventura quiere que la debéis haber, quiérola yo casar con vos y dar os he muy gran haber; y llevadla para vuestra tierra y pararme he a lo que Dios quisiere con sus parientes'. Y el su amigo cuando oyó esto, perdió la habla y el oír y el ver con gran pesar que hubo, porque cayó el su amigo en el pensamiento suyo, de guisa que cuidó su amigo que era muerto, y salió llorando y dando voces y dijo a la su gente: 'Idos para aquella cámara donde está mi amigo, porque, ¡mala la mi ventura!, muerto es, y no le puedo acorrer'. La gente se fue para la cámara y halláronlo como muerto, y estando llorándole en derredor de él oyó la moza llorar, que estaba entre los otros, y abrió los ojos, y desí callaron todos y fueron para su señor, que hallaron muy cuitado llorando; y dijéronle de cómo abriera los ojos su amigo; y fuese luego para allá y mandó que la moza y su ama pensasen de él y no otro ninguno. Así que a poco de tiempo fue guarido, pero que cuando venía su amigo no alzaba los ojos él con gran vergüenza que de él había. Y luego el su amigo llamó a la moza su criada, y díjole de cómo aquel su amigo le quería muy gran bien; y ella con poco entendimiento le respondió que eso mismo hacía ella a él, mas que no lo osaba decir que era así, que ciertamente gran bien quería ella a él. 'Pues así es', dijo él, 'quiero que caséis con él, ca de mejor lugar es que yo, comoquiera que seamos de una tierra, y os he de dar gran haber que llevéis, con que seáis bien andante'. 'Como quisiereis', dijo ella. Y otro día en la gran mañana envió por el capellán con quien se confesara su amigo; casolos y dioles gran haber y enviolos luego a su tierra.

"Y desde que los parientes de la moza lo supieron, tuviéronse por deshonrados y enviáronle a desafiar, y corrieron con él muy gran tiempo, de guisa que comoquiera que rico y poderoso era, con las grandes guerras que le hacían de cada día, llegó a tan gran pobredad en manera que no podía mantener la su persona sola. Y pensó entre sí lo que haría y no halló otra carrera sino que se fuese para aquel su amigo a quien él acorriera. Y fuese para allá con poco de haber que le fincara, pero que le duró poco tiempo, que era muy luengo el camino, y fincó de pie y muy pobre.

"Y acaeciole que hubo de venir de noche a casa de un hombre bueno de una villa a quien decían Dios-lo-una, cerca de aquel lugar donde quiso Abraham sacrificar a su hijo, y demandó que le diesen de comer alguna cosa, por mesura. Y dijéronlo a su señor cómo demandaba de comer aquel hombre bueno. Y el señor de la casa era muy escaso, y dijo que lo enviase comprar. Y dijéronle que decía el hombre bueno que no tenía de qué. Y aquello poco que le dio, dióselo de malamente y tarde, así que no quisiera haber pasado las vergüenzas que pasó por ello, y fincó muy quebrantado y muy triste, de guisa que no hubo hombre en casa que no hubo muy gran piedad de él.

"Y por ende dice la Escritura que tres naturas son de hombre de quien debe hombre haber piedad, y son estas: el pobre que ha a demandar al rico escaso; y el sabio que se ha de guiar por el torpe, y del cuerdo que ha de vivir en tierra sin justicia. Ca estos son tristes y cuitados porque no se cumple en aquellos lo que debía, y según aquello que Dios puso en ellos.

"Y cuando llegó a aquella ciudad donde estaba su amigo, era y ya de noche y estaban cerradas las puertas, así que no pudo entrar. Y como venía cansado y lazrado de hambre, metiose en una ermita que halló y cerca de la ciudad, sin puertas, y echose tras el altar y durmiose hasta otro día en la mañana, como hombre cuitado y cansado. Y en esta noche, alboreando13 dos hombres de esa ciudad, hubieron sus palabras y denostáronse y metiéronse otros en medio y despartiéronles. Y el uno de ellos pensó esa noche de ir matar el otro en la mañana, ca sabía que cada mañana iba a maitines, y fuelo esperar tras la su puerta, y en saliendo el otro de su casa metió mano a la su espada y diole un golpe en la cabeza y matolo, y fuese para su posada, ca no lo vio ninguno cuando le mató. Y en la mañana hallaron el hombre muerto a la su puerta. El ruido fue muy grande por la ciudad, de guisa que la justicia con mucha gente andaba buscando el matador. Y fueron a las puertas de la villa, y eran todas cerradas salvo aquella que era en derecho de la ermita donde yacía aquel cuitado y lazrado, que fueron abiertas antes del alba por unos mandaderos que enviaba el concejo a gran prisa al Emperador. Y cuidaron que el matador y que era salido por aquella puerta, y anduvieron buscando, y no hallaron rastro de él. Y en queriéndose tornar, entraron de ellos aquella ermita y hallaron aquel mezquino durmiendo, su estoque cinto, y comenzaron a dar voces y decir: 'He aquí el traidor que mató el hombre bueno'. Y apresáronle y lleváronle ante los alcaldes. Y los alcaldes preguntáronle si matara él aquel hombre bueno, y él con el desesperamiento, codiciando más la muerte que durar en aquella vida que él había, dijo que sí; y preguntáronle que por cuál razón. Dijo que sabor que hubiera de matarlo. Y sobre esto los alcaldes hubieron su acuerdo y mandábanle matar pues de conocido venía.

"Y ellos estando en esto, el su amigo, a quien él casara con la su criada, que estaba entre los otros, conociolo, y pensó en su corazón que pues aquel su amigo lo guardara de muerte y le había hecho tanta merced como él sabía, que quería antes morir que el su amigo muriese, y dijo a los alcaldes: 'Señores, este hombre que mandáis matar no ha culpa en muerte de aquel hombre bueno, ca yo lo maté.'

"Y mandáronlo prender, y porque amos a dos venían de conocido14 que le mataran, mandábanlos matar a amos a dos. Y el que mató al hombre bueno estaba a la su puerta entre los otros, parando mientes a los otros qué decían y hacían, y, cuando vio que aquellos dos mandaban matar por lo que él hiciera, no habiendo los otros ninguna culpa en aquella muerte, pensó en su corazón y dijo así: '¡Cautivo errado!, ¿con cuáles ojos pareceré ante mío señor Dios el día del Juicio, y cómo lo podré catar? Ciertas no sin vergüenza y sin gran miedo, y en cabo recibirá mi alma pena en los infiernos por estas almas que dejo perecer, y no habiendo culpa en muerte de aquel hombre bueno que yo maté por mi gran locura. Y por ende tengo que mejor sería en confesar mi pecado y arrepentirme, y poner este mi cuerpo a morir por enmienda de lo que hice, que no deje estos hombres matar.'

"Y fue luego para los alcaldes y dijo: 'Señores, estos hombres que mandáis matar no han culpa en la muerte de aquel hombre bueno, ca yo soy aquel hombre que le maté por la mi desventura. Y porque creáis que es así, preguntad a tales hombres buenos, y ellos os dirán de cómo anoche tarde habíamos nuestras palabras muy feas yo y él, y ellos nos despartieron. Mas el diablo que se trabaja siempre de mal hacer, metiome en corazón en esta noche que le fuese matar, y hícelo así; y enviad a mi casa y hallarán que del golpe que le di quebró un pedazo de la mi espada, y no sé si fincó en la cabeza del muerto.'

"Y los alcaldes enviaron luego a su casa y hallaron el pedazo de la espada del golpe. Y sobre esto hablaron mucho, y tuvieron que estas cosas que así acaecieron por saberse la verdad del hecho, que fueron por milagro de Dios, y acordaron que guardasen estos presos hasta que viniese el Emperador, que había y de ser a quince días, e hiciéronlo así. Y cuando el Emperador llegó contáronle todo este hecho, y él mandó que le trajesen al primer preso; y cuando llegó ante él, dijo: 'Di, hombre cautivo, ¿qué corazón te movió a conocer la muerte de aquel hombre bueno, pues en culpa no eras?' 'Señor', dijo el preso, 'yo os lo diré: yo soy natural de aquí, y fue buscar consejo a tales tierras, y fui muy rico y muy poderoso; y desí llegué a tan gran pobredad que no me sabía aconsejar, y venía a este mi amigo que conoció la muerte del hombre bueno después que yo lo conocí, que me mantuviese a su limosna. Y cuando llegué a esta villa hallé las puertas cerradas, y húbeme de echar a dormir tras el altar de una ermita que es fuera de la villa; y en durmiéndome, en la mañana oí gran ruido y que decían: 'Este es el traidor que mató el hombre bueno.' Y yo, como estaba desesperado y me enojaba ya de vivir en este mundo, ca más codiciaba ya la muerte que la vida, y dije que yo lo había muerto.'

"Y el Emperador mandó que llevasen aquel y trajesen al segundo; y cuando llegó ante él díjole el Emperador: 'Di, hombre sin entendimiento, ¿qué fue la razón por que conociste la muerte de aquel hombre bueno, pues no fuiste en ella?' 'Señor', dijo él, 'yo os lo diré: este preso que ahora se partió delante la vuestra merced, es mi amigo, y fuimos criados en uno.' Y contolo todo cuanto había pasado con él y cómo lo escapara de la muerte, y la merced que le hiciera cuando le dio la criada suya por mujer. 'Y señor, ahora viendo que lo querían matar, quise yo antes morir y aventurarme a la muerte que no que la tomase él.'

"Y el Emperador envió este y mandó traer el otro y díjole: 'Di, hombre errado y desventurado, pues otros te excusaban, ¿por qué te ponías a la muerte, pudiéndola excusar?' 'Señor', dijo el preso, 'ni se excusa bien ni es de buen entendimiento ni de buen recaudo el que deja perder lo más por lo de menos; ca en querer yo excusar el martirio de la carne por miedo de muerte, y dejar perder el alma, conocido sería del diablo y no de Dios.' Y contole todo su hecho y el pensamiento que pensó porque no se perdiesen estos hombres que no eran en culpa, y que no perdiese él su alma.

"Y el Emperador cuando lo oyó plúgole de corazón, y mandó que no matasen ninguno de ellos, comoquiera que merecía muerte este postrimero. Mas pues Dios quiso su milagro hacer en traer en este hecho a ser sabida la verdad, y el matador lo conoció, pudiéndolo excusar, el Emperador le perdonó y mandó que hiciese enmienda a sus parientes; y él hízoselo cual ellos quisieron. Y estos tres hombres fueron muy ricos y muy buenos y muy poderosos en el señorío del Emperador, y amábanlos todos, y preciábanlos por cuanto bien hicieron, y sedieron por buenos amigos. Y mi hijo", dijo el padre, "ahora puedes tú entender cuál es la prueba del amigo entero y cuánto bien hizo el que mató el hombre bueno, que lo conoció por no llevar las almas de los otros sobre la suya. Puedes entender que hay tres maneras de amigos: ca la una es el que quiere ser amigo del cuerpo y no del alma, y la otra es el que quiere ser amigo del alma y no del cuerpo, y la otra es el que quiere ser amigo del cuerpo y del alma, así como este preso postrimero, que fue amigo de su alma y de su cuerpo, dando buen ejemplo de sí, y no queriendo que su alma fuese perdida por excusar el martirio del cuerpo."»

Todas estas cosas de estos ejemplos contó el caballero Zifar a la su buena dueña por la traer a saber bien guardar su amigo y las sus puridades, y díjole así: «Amiga señora, comoquiera que digan algunos que las mujeres no guardan bien puridad, tengo que fallece esta regla en algunas; porque Dios no hizo los hombres iguales ni de un seso ni de un entendimiento, mas departidos, tan bien varones como mujeres. Y porque yo sé cuál es el vuestro seso y cuán guardada fuistes en todas cosas del día en que fuimos hasta el día de hoy, y cuán mandada y obediente me fuistes, quiéroos decir la mi puridad, la que nunca dije a cosa del mundo; mas siempre la tuve guardada en el mi corazón, como aquella cosa que me tendrían los hombres a gran locura si la diese ni la pensase para ir adelante con ella; ca puso en mí, por la su merced, algunas cosas señaladas de caballería que no puso en caballero de este tiempo, y creo que el que estas mercedes me hizo me puso en el corazón de andar en esta demanda que ahora os diré en confesión. Y si yo en esta demanda no fuese adelante, tengo que menguaría en los bienes que Dios en mí puso.

»Amiga señora», dijo el caballero Zifar, «yo, siendo mozo pequeño en casa de mi abuelo, oí decir que oyera a su padre que venía de linaje de reyes; y yo como atrevido pregunté que cómo se perdiera aquel linaje, que fuera depuesto, y que hiciera rey a un caballero simple, pero que era muy buen hombre y de buen seso natural y amador de la justicia y cumplido de todas buenas costumbres. "¿Y cómo, amigo?", dijo él, "¿por qué tan ligera cosa tienes que es hacer y deshacer rey? Ciertamente con gran fuerza de maldad se deshace y con gran fuerza de bondad y de buenas costumbres se hace. Y esta maldad o esta bondad viene tan bien de parte de aquel que es o ha de ser rey, como de aquellos que la deshacen o lo hacen." "Y si nos de tan gran lugar venimos", dije, "¿cómo fincamos pobres?" Respondió mi abuelo; dijo que por maldad de aquel rey onde descendimos, ca por la su maldad nos abajaron así como tú ves. "Y ciertas no he esperanza", dijo mi abuelo, "que vuestro linaje y nuestro cobre, hasta que otro venga de nosotros que sea contrario de aquel rey, y haga bondad y haya buenas costumbres, y el rey que fuere ese tiempo que sea malo, y lo hayan a desponer por su maldad y este hagan rey por su bondad. Y puede esto ser con la merced de Dios." "¿Y si yo fuese de buenas costumbres", dije yo, "podría llegar a tan alto lugar?" Y él me respondió riéndose mucho, y me dijo así: "Amigo pequeño de días y de buen entendimiento, dígote que sí, si bien te esforzares a ello y no te enojares de hacer bien; ca por bien hacer bien puede hombre subir a alto lugar." Y diciendo, tomando gran placer en su corazón, santiguó a sí y a mí, y dejose luego morir, riéndose ante aquellos que y eran. Y maravilláronse todos de la muerte de aquel mi abuelo que así aconteciera. Y estas palabras que mi abuelo me dijo de guisa se fincaron en mi corazón que propuse entonces de ir por esta demanda adelante; pero que me quiero partir de este propósito, no puedo; ca en durmiendo se me viene en mente, y en velando eso mismo. Y si Dios hace alguna merced en hecho de armas, cuido que me lo hace porque se me venga en mente la palabra de mi abuelo. Mas señora», dijo el caballero, «yo veo que vivimos aquí a gran deshonra de nos y en gran pobredad, y si por bien lo tuvieseis, creo que sería bien de nos ir para otro reino, donde no nos conociesen, y quien sabe si mudaremos ventura; ca dice el verbo antiguo: "Quien se muda, Dios le ayuda"; y esto dicen aquellos que no seen bien, así como nos por la nuestra desventura; ca el que bien see no no ha por qué se leve, ca mudándose a menudo pierde lo que ha. Y por ende dicen que piedra movediza, no cubre moho. Y pues nos seamos no bien, mal pecado, ni a nuestra honra ni el proverbio de "quien bien es no leve" no es por nosotros. Tengo que mejor sería mudarnos que fincar.»

«Amigo señor», dijo la dueña, «decís bien. Agradézcaos Dios la merced grande que me habéis hecho en querer que yo supiese vuestra puridad y de tan gran hecho; y ciertas quiero que sepáis que tan aína como contastes estas palabras que os dijera vuestro abuelo, si es cordura o locura, tan aína me subieron en corazón, y creo que han de ser verdaderas. Y todo es en poder de Dios, del rico hacer pobre y del pobre rico, y moved cuando quisiereis en el nombre de Dios, y lo que habéis a favor hacedlo aína; ca a las vegadas la tardanza en el buen propósito empece». «¿Y cómo?», dijo el caballero, «¿tan aína os vino a corazón que podría ser verdad lo que mío abuelo me dijo?» «Tan aína», dijo ella. «Y quien ahora me catase el corazón lo hallaría muy movido por esta razón, y no se semeja que estoy en mi acuerdo». «Y ciertas», dijo el caballero, «así aconteció a mí cuando mi abuelo lo oí contar. Y por ende no nos conviene de fincar en esta tierra, siquiera que los hombres no nos caigan en esta locura».

Y este caballero Zifar, según se halla por las historias antiguas, fue del linaje del rey Tared, que se perdió por sus malas costumbres; pero que otros reyes de su linaje de este hubo y antes muy buenos y bien acostumbrados; mas la raíz de los reyes y de los linajes se derraiga y se abaja por dos cosas: lo uno por malas costumbres, y lo otro por gran pobredad. Y así el rey Tared, comoquiera que el Rey su padre le dejara muy rico y muy poderoso, por sus malas costumbres llegó a pobredad y húbose de perder, así como ya lo contó el abuelo del caballero Zifar, según oísteis; de guisa que los de su linaje nunca pudieron cobrar aquel lugar que el rey Tared perdió.

Y este reino es en la India primera, que poblaron los gentiles, así como ahora oiréis.

Y dicen las historias antiguas que tres Indias son: la una comarca con la otra de los negros, y de esta India fue el caballero Zifar onde fue el rey Tared, que fue ende rey. Y hállase por las historias antiguas que Nembrot el valiente, biznieto de Noé, fue el primero rey del mundo, y llámanle los cristianos Nembrot. Y este libro fue hecho en la ciudad de Babilonia la desierta con gran estudio, y comenzó a labrar una torre contra voluntad de Dios y contra mandamiento de Noé, que subiese hasta las nubes; y pusieron nombre a la torre Magdar. Y viendo Dios que contra su voluntad la hacían, no quiso que se acabase, ni quiso que fuesen de una lengua, porque no se entendiesen ni la pudiesen acabar. Y partiolos en setenta lenguajes: y los treinta y seis en el linaje de Sem, y los dieciséis en el linaje de Cam, hijo de Noé, y los dieciocho en el linaje de Jafet. Y este linaje de Cam, hijo de Noé, hubo la mayor partida de estos lenguajes por la maldición que le dio su padre en el temporal; que le erró en dos maneras; lo primero que yogo con su mujer en el arca, onde hubo un hijo a que dijeron Cus, cuyo hijo fue este rey Nembrot. Y maldijo entonces Cam en los bienes temporales; y otrosí dicen los judíos que fue maldicho el can porque yogo con la cadiella15 en el arca. Y la maldición fue esta: cuantas yoguiese con la cadiella, que fincasen lisiados; pero los cristianos decimos no es verdad, ca de natura lo han los canes desde que formó Dios el mundo y todas las otras cosas acá. Y el otro yerro que hizo Cam fue cuando su padre se embeodó, y lo descubrió haciendo escarnio de él. Y por ende este rey Nembrot que fue su nieto, fue malo contra Dios, y quiso semejar a la raíz de su abuelo Cam, onde viniera. Y Asur, el segundo hijo de Sem, con todo su linaje, viendo que el rey Nembrot que hacía obras a deservicio de Dios, no quiso y morar, y fue poblar a Nínive, una gran ciudad que había andadura de tres días, y la cual quiso Dios que fuese destruida por la maldad de ellos. Y destruyola Nabucodonosor y una compaña de gentiles que amaban el saber y las ciencias y allegábanse todavía a estudiar en uno. Y apartáronse ribera de un río que es allende de Babilonia, y hubieron su consejo de pasar aquel río y poblar allende y vivir todos en uno. Y según dicen los sabios antiguos, que cuando puso nombre Noé a las mares y a los ríos, puso nombre a aquel río Indias, y por el nombre que le puso pusieron nombre a aquellos que fincaron poblar allende, de indios. Y pusieron nombre a la provincia de este pueblo India, por el nombre de los pobladores.

Y después que fueron asosegados, pugnaron de estudiar y de aprender y de certificar; onde dijo Abuit, un sabio de las Indias antiguas que fueron los primeros sabios que certificaron el sol y las planetas después del diluvio. Y por vivir en paz y haber por quien se asegurasen, esleyeron y alzaron rey sobre sí un sabio a quien dicen Albarheme el Mayor, ca había y otro sabio que le decían así. Y este fue el primero que hubieron las Indias, que hizo el esfera y las figuras de los signos y de las planetas. Y los gentiles de India fueron gran pueblo, y todos los reyes del mundo y todos los sabios los conocieron mejoría en el seso y en nobleza y en saber.

Y dicen los reyes de Cin que los reyes del mundo son cinco, y todos los otros andan en su rastro de ellos: y son estos los reyes de Cin y los reyes de India y los reyes de los turcos y los reyes persianos y los reyes cristianos. Y dicen que el rey de Cin es rey de los hombres, porque los hombres de Cin son más obedientes y mejor mandados que otros hombres a sus reyes y a sus señores. Al rey de India dícenle el rey de los leones, porque son muy fuertes hombres y muy esforzados y muy atrevidos en sus lides. Al rey de los persianos dicen el rey de los reyes, porque fueron siempre muy grandes y de muy gran guisa y de gran poder; ca con su poder y su saber y su seso poblaron la mitad del mundo, y no se lo pudo ninguno contradecir, maguer no eran de su partición ni de su derecho. Y el rey de los cristianos dícenle el rey de los barraganes, muy esforzados y más apersonados y más apuestos en su cabalgar que otros hombres.

Ciertamente de antigüedad fue India fuente y manera de ciencia, y fueron hombres de gran mesura y de buen seso, maguer son loros, que tiran cuanto a los negros cuanto en la color, porque con ellos, Dios nos guarde de las maneras de ellos y de su torpedad, y dioles mesura y bondad en manera y en seso, más que a muchos blancos. Y algunos de los astrólogos dicen que los indios hubieron estas bondades porque la provincia de India ha y por natural partición Saturno y Mercurio mezclado con Saturno. Y sus reyes fueron siempre de buenas costumbres y estudiaron todavía en la divinidad. Y por eso son hombres de buena fe y de buena creencia, y creen todos en Dios muy bien, fuera ende pocos de ellos que han la creencia de Saba, que adoran las planetas y las estrellas. Y esto todo de las Indias que fue leído y fue puesto en esta historia, porque no se halla en escritura ninguna que otro rey hubiese en la India mal acostumbrado sino el rey Tared, onde vino el caballero Zifar, comoquiera que este caballero fue bien acostumbrado en todas cosas, y ganó muy gran prez y gran honra por costumbres y por caballería, así como adelante oiréis en la historia.

Dice el cuento que el caballero Zifar y la buena dueña su mujer vendieron aquello poco que habían y compraron dos palafrenes en que fuesen, y unas casas que habían, hicieron de ellas un hospital y dejaron toda su ropa en que yoguiesen los pobres, y fuéronse. Y llevaba en el caballo en pos de sí el un hijuelo, y la dueña el otro. Y anduvieron en diez días que salieron del reino onde eran naturales y entraron en el onceno; en la mañana, habiendo cabalgado para andar su camino, muriósele el caballo, de que recibió la dueña muy gran pesar, y dejose caer en tierra llorando de los ojos y diciéndole así: «Amigo señor, no toméis cuidado grande, ca Dios os ayudará, y subid en este palafrén y llevaréis estos dos hijuelos convusco, ca bien podré yo andar la jornada, con la merced de Dios». «Por Dios, señora», dijo el caballero, «no puede ser, ca sería cosa desaguisada y muy sin razón ir yo de caballo y vos de pie; ca según natura y razón mejor puede el varón sufrir el afán del camino que no la mujer; y por ende tengo por bien que subáis en vuestro palafrén y toméis vuestros hijuelos el uno delante y el otro de pos». Y hízolo así, y anduvieron su jornada ese día. Y otro día fueron hacer su oración a la iglesia y oyeron misa, que así lo hacían cada día antes que cabalgasen. Y después que hubieron oído misa tomaron su camino, que iba a una villa que decían Galapia, donde estaba una dueña viuda que había nombre Grima, cuya era aquella villa, que había guerra con un gran hombre su vecino, de mayor poder que ella; y era señor de las tierras de Éfeso, que es muy gran tierra y muy rica; y él había nombre Rodán. Y cuando llegaron aquella villa hallaron las puertas cerradas y bien guardadas, con recelo de sus enemigos. Y demandaron la entrada, y el portero les dijo que iría antes preguntarlo a la señora de la villa, y el caballero y la dueña, estando a la puerta esperando la respuesta de la villa, he vos aquí un caballero armado donde venía contra la villa en su caballo armado. Y llegose a ellos y dijo así: «Dueña, ¿qué hacéis aquí vos y este hombre que es aquí convusco? Partíos ende e idos vuestra vía, y no entréis a la villa, ca no quiere mío señor, que ha guerra con la señora de la villa de este lugar, que entre ninguno allá, mayormente de caballo». Y el caballero Zifar le dijo: «Caballero, nos somos de tierra extraña, y acaecimos por nuestra ventura en este lugar, y vinimos muy cansados y es muy tarde, hora de vísperas, y no habremos otro lugar poblado donde fuésemos albergar. Plégaos que finquemos aquí esta noche si nos acogieren, y luego cras en la mañana nos iremos donde Dios nos guiare». «Ciertas», dijo el caballero, «no fincaréis aquí, ca yo no he que ver en vuestro cansancio; mas partíos ende, si no, mataré a vos y levaré a la vuestra dueña y haré de ella a mi talante». Y cuando el caballero oyó estas palabras tan fuertes, pesole de corazón y díjole: «Ciertas, si vos caballero sois, no haréis mal a otro hidalgo, así no desafiar, mayormente no os haciendo tuerto». «¿Cómo?», dijo el otro, «¿cuidáis escapar por caballero, siendo rapaz de esta dueña? Si caballero sois, subid en ese caballo de esa dueña, y defendedla». Cuando esto oyó el caballero Zifar, plúgole de corazón porque tamaño vagar le daba de cabalgar. Y subió en el palafrén de que la dueña descendiera. Y un velador que estaba en la torre sobre la puerta, doliéndose del caballero y de la dueña, echole una lanza que tenía muy buena, y díjole: «Amigo, tomad esta lanza y ayúdeos Dios».

Y el caballero Zifar tomó la lanza, ca él traía su espada muy buena, y dijo al otro caballero que estaba muy airado: «Ruégoos por amor de Dios que nos dejemos en paz, y que queráis que holguemos aquí esta noche. Y hágoos pleito y hombrenaje que nos vayamos cras, si Dios quisiere». «Ciertas», dijo el caballero, «ir os conviene, y defendeos». Y el caballero Zifar dijo: «Defiéndanos Dios, que puede». «¿Pues de tan vagar está Dios», dijo el otro, «que no ha que hacer sino de nos venir a defender?». «Ciertas», dijo el caballero Zifar, «a Dios no es ninguna cosa grave, y siempre ha vagar para bien hacer, y aquel es ayudado y acorrido y defendido aquel a quien quiere él ayudar y acorrer y defender». Y dijo el caballero: «¿Por palabras me queréis detener?» E hincó las espuelas al caballo y dejose venir para él, y el caballero Zifar para el otro. Y tal fue la ventura del caballero armado que erró de la lanza al caballero Zifar, y él fue herido muy mal, de guisa que cayó en tierra muerto. Y el caballero Zifar fue tomar el caballo del muerto por la rienda, y trájolo de la rienda a la dueña, que estaba cuitada, pero rogando a Dios que guardase a su marido de mal.

Y ellos estando en esto, he vos el portero y un caballero donde venían, a quien mandaba la señora de la villa que tomasen hombrenaje del caballero que no viniese ningún mal por ellos a la villa y que los acogiesen. Y el portero abrió la puerta, y el caballero con él y dijo al caballero Zifar: «Amigo, ¿queréis entrar?» «Queremos», dijo el caballero Zifar, «si a vos pluguiese». Y el caballero le dijo: «Amigo, ¿sois hidalgo?» «Ciertas sí soy», dijo el caballero Zifar. «¿Y sois caballero?» «Sí», dijo él. «¿Y aquellos dos mozos? ¿Y esta dueña, quién es?» «Mi mujer», dijo él, «y aquellos dos mozos son nuestros hijuelos». «¿Pues haceisme hombrenaje», dijo el otro, «así como sois hidalgo, que por vos ni por vuestro consejo, no venga mal ninguno a esta villa ni a ninguno de los que y moran?» «No», dijo el caballero, «mas para en todo tiempo». Y el caballero Zifar le dijo que no lo haría, ca no sabía que le había de acaecer con alguno de la villa en algún tiempo. «Ciertas pues, no entraréis acá», dijo el caballero, «si este hombrenaje no me hacéis». Y ellos estando en esta porfía, dijo el velador que estaba en la torre, el que le diera la lanza al caballero Zifar: «Entraos en bien, ca cien caballeros salen de aquel monte y vienen cuanto pueden de aquí allá». Y sobre esto estando, dijo el caballero de la villa: «Amigo, ¿queréis hacer este hombrenaje que os demando?; y si no, entraré y cerraré la puerta». Y entonces el caballero Zifar dijo que hacía el hombrenaje de guardar la villa y los que y eran si no le hiciesen porque no lo debiese guardar. «Amigo», dijo el caballero, «aquí no os harán sino todo placer». «Y yo os hago el hombrenaje», dijo el caballero, «como vos demandáis, si así fuere». Y así acogieron a él y a la dueña y a sus hijos, y cerraron la puerta de la villa.

Y en cabalgando y queriéndose ir a la posada, llegaron los cien caballeros y demandaron al velador: «Di, amigo, ¿entró acá un caballero armado?» «¿Y quién sois vos», dijo el velador, «que lo demandáis?». «Ciertas», dijo el uno de ellos, «conocernos debíais, que muchas malas sonochadas y malas matinadas habéis de nos recibidas en este lugar». «Verdad es», dijo el velador, «mas cierto soy que a mal iréis de aquí esta vegada». «Villano traidor», dijo el caballero, «¿cómo podría ser eso? ¿Es preso el caballero que acá vino, por quien nos demandamos?». «Ciertas no es preso», dijo el velador, «mas es muerto. Y catadlo donde yace en ese barranco, y lo hallaréis muerto». «¿Y quién lo mató?», dijo el caballero. «Su soberbia», dijo el velador. «¿Pero quién?», dijo el caballero. «Ciertas», dijo, «un caballero viandante que ahora llegó aquí con su mujer». Los caballeros fueron al barranco y halláronlo muerto. Y el caballero muerto era sobrino de aquel que había guerra con la señora de la villa, y comenzaron a hacer el mayor duelo que podría ser hecho por ningún hombre. Y tomaron el caballero muerto y fueron haciendo muy gran duelo.

Y la señora de la villa cuando oyó este ruido y tan gran llanto que hacían, maravillose qué podría ser, y andaba demandando que le dijesen que qué era. Y en esto entró el caballero que había enviado que recibiese el hombrenaje de aquel que lo vio, ca luego que oyó el ruido subió a los andamios con la otra gente que allá subía para defenderse. Y contole cómo este caballero que entrara en la villa había muerto aquel sobrino de su enemigo; el caballero más atrevido que él había, y el más soberbio, el que mayor daño había hecho aquella villa, por quien se levantara aquella guerra entre su tío y la señora de la villa, porque no quería casar con este sobrino de aquel gran señor. La señora de aquella villa, cuando lo oyó plúgole de corazón, y tuvo que Dios adujera a aquel caballero extraño a aquel lugar por afinamiento de la su guerra. Y mandó a ese su caballero que le hiciese dar muy buena posada, y que le hiciese mucha honra; y el caballero hízolo así.

Y otro día en la mañana después de las misas, el caballero Zifar y su mujer, queriendo cabalgar para irse, llegó mandado de la señora de la villa que se fuese para allá y que quería hablar con ellos. Y el caballero Zifar pesole porque se habían a detener, que perdían su jornada; pero fuéronse allá para la señora de la villa, y ella preguntó en cuál manera eran allá venidos. Y el caballero le dijo que eran salidos de su tierra, no por maleficios que tuviesen hechos, mas con gran pobredad en que cayeran, y que habían vergüenza de vivir entre sus parientes, y que por eso salieran de su tierra a buscar vida en otro lugar donde no los conociesen.

Y la señora de la villa pagose del buen razonar y del buen seso y del buen sosiego del buen caballero y de la dueña, y dijo: «Caballero, si vos con esta vuestra dueña quisierais aquí morar, os daría yo un hijo mío pequeño que criéis, y os haría estos vuestros hijos con el mío». «Señora», dijo el caballero, «no me semeja que lo pudiese hacer, y no querría cosa comenzar a que no pudiese dar cabo». Y la señora de la villa le dijo: «Esperad aquí hoy, y cras pensad en ello más; y me responderéis». Y el caballero Zifar pesole mucho, pero húboselo de otorgar.

Y estos dos días recibieron mucha honra y mucho placer de la señora de la villa, y todos los caballeros y los hombres buenos venían ver y a solazar con el caballero Zifar, y todas las dueñas con su mujer, y hacíanles sus presentes muy granadamente. Y tan gran alegría y tan gran conhorte tomaban con aquel caballero que les semejaba que de toda la guerra y de toda la premia en que estaban eran ya librados con la andanza buena que Dios diera aquel caballero en matar aquel sobrino de aquel gran señor su enemigo.

Y en esto la señora de la villa envió por la dueña, mujer del caballero Zifar, y rogole muy ahincadamente que trabase con el caballero su marido que fincase y con ella, y que partiría con ellos muy de buenamente lo que hubiesen. Y tan grande fue el afincamiento que le hizo, que lo hubo de otorgar que trabajaría con su marido que lo hiciese. Y cuando la mujer del caballero fue en su posada, habló luego con su marido y preguntole que le semejaba de la fincada que la señora de la villa les demandaba. «Ciertas», dijo él, «no sé y escoger lo mejor, ca ya veo que habemos mester bien hecho de señores por la nuestra pobredad en que somos; y de la otra parte, la fincada de que veo es muy peligrosa y con muy gran trabajo; ca la guerra que esta dueña que hubo hasta aquí con aquel gran señor, de aquí adelante será muy ahincadamente entre ellos por la muerte de aquel caballero su sobrino que yo maté por la su desventura». «Amigo señor», dijo ella, «nos venimos cansados de este luengo camino y traemos nuestros hijuelos muy flacos; y si por bien lo tuvieseis, tendría que sería bien que holgásemos aquí algún día». «Ciertas», dijo el caballero Zifar, «si a vos place, a mí hace pro; quiera Dios por la su merced que nos recuda a bien esta fincada». «Amén», dijo la dueña.

Y ellos estando en esto, entró un caballero de la villa por la puerta, y díjoles así: «Caballero, a vos y a la vuestra buena dueña envía decir la señora de la villa que os vengáis luego para allá, y que os lo agradecerá». Y ellos hiciéronlo así. Y cuando llegaron y donde la señora de la villa estaba hablando con todos los caballeros y los hombres buenos y las dueñas de aquel lugar, la señora de la villa se levantó a ellos y recibiolos muy bien y dijo así: «Caballero, no me quería poner a cosa que no supiese ni pudiese hacer.»

Un caballero de los de la villa, y de los muy poderosos, levantose entre los otros y díjole: «Caballero extraño, yo no sé quién vos sois, mas por cuanto yo entiendo en vos, creo que sois de buen lugar y de buen entendimiento; y porque soy cierto que vos haréis mucho bien en este lugar por vos, me placería ya mucho que fincaseis aquí con nuestra señora y dos hijuelos, y os daría la tercia parte de todo cuanto yo he para vos y vuestra dueña con que os mantuvieseis». «Muchas gracias», dijo el caballero Zifar, «de vuestro buen talante». Y la señora de la villa dijo: «Caballero bueno, ¿no os semeja que es bien de hacer aquello que os decía aquel caballero? Es de los más poderosos y de mejor lugar, y más rico de esta tierra». «Señora», dijo la mujer del caballero Zifar, «decidle que finque aquí convusco un mes, y entretanto hablaremos lo que tuviereis por bien». «Por Dios, señora», dijo la señora de la villa, «muy bien dijistes. Y caballero, ruégoos que lo queráis así hacer». «Ciertas», dijo el Caballero, «hacerlo he, pues a mi mujer place, comoquiera que me pluguiera que menos tiempo tomase para esta holgura».

Todos los que estaban en aquel palacio recibían gran placer con la fincada de este caballero, y la señora de la villa dijo entonces: «Caballero bueno, pues esta gracia habéis hecho a mí y a los de este lugar, y ruégoos que en aquello que entendiereis guiar y endrezar nuestros hechos, que lo hagáis». Y el caballero Zifar respondió que así lo haría muy de grado, en cuanto pudiese. Y entonces mandó la señora de la villa que pensasen de él, y que le diesen todas aquellas cosas que le fuesen mester.

Al tercer día después de esto, en la gran mañana antes del alba, fueron en derredor de la villa tres mil caballeros muy bien aguisados, y muy gran poder de peones y de ballesteros de los enemigos de la señora de la villa, y comenzaron a hincar las tiendas en derredor de la villa a gran prisa. Y cuando los veladores lo sintieron comenzaron a decir: «¡Armas, armas!» El ruido fue tan grande a la vuelta por la villa, cuidando que se la querían entrar, y fueron todos corriendo a los andamios de los muros, y si no fueran y llegados perdiérase la villa, tan recio se llegaban los de fuera a las puertas. Y desde que fueron arredrando de día divisáronlo mejor, y fuéronlos arredrando de la villa los ballesteros; ca tenían muchos garatos y muchas ballestas de torno biriculas para defenderse, así como aquellos que estaban apercibidos para tal hecho. Y el caballero Zifar en estando en su cama, preguntó al huésped qué gente podría ser, y díjole que de tres mil caballeros arriba y muy gran gente de pie. Y preguntoles que cuántos caballeros podrían ser en la villa; y dijo que hasta ciento de buenos. «Ciertas», dijo el caballero Zifar, «con ciento de buenos cuidaría acometer con la merced de Dios mil caballeros de no tan buenos». «Y si vos», dijo el huésped, «a corazón lo habéis de proeza, asaz habéis aquí de buenos caballeros con quien lo hacer; y maravíllome siendo tan buen caballero como dicen que sois, cómo os sufre el corazón de os estar aquí en la cama a tal prisa como esta». «¿Cómo?, dijo el caballero, «¿quieren los de aquí salir a lidiar con los otros?». Dijo el huésped: «¿No semejaría gran locura en lidiar ciento con mil?» «¿Y pues así estarán siempre encerrados?», dijo el caballero, «¿y no harán ninguna cosa?» «No sé», dio el huésped, «mas tengo que haríais mesura y cordura en llegar aquel consejo en que están los caballeros ahora». «Ciertas», dijo el caballero, «no lo haré, ca sería gran locura de allegar a consejo antes que sea llamado.» «Por Dios, caballero», dijo el huésped, «seméjame que vos excusaríais de buenamente de lidiar; y tengo que seríais mejor para predicador que no para lidiador». «Ciertas», dijo el caballero Zifar, «verdad es; que más de ligero se dicen las cosas que no se hacen». Cuando esto oyó el huésped, bajó la cabeza y salió de la cámara diciendo: «Algo nos tenemos aquí guardado, estando los otros en el peligro que están, y él muy sin cuidado».

Y fuese para la señora de la villa, con quien estaban los caballeros y la gente habiendo su acuerdo cómo harían. Y cuando la señora de la villa lo vio, preguntole y díjole: «¿Qué es de tu huésped?» Y él le dijo: «Señora, yace en su cama sin cuidado desto en que vos estáis». «Ciertas», dijo la señora de la villa, y los otros que y eran con ella, «maravillámosnos mucho de tal caballero como él es, y de tal entendimiento, en así errarlo. «¿Y él qué te decía», dijo la señora de la villa, «de esta prisa en que estamos?» «Señora, yo le preguntaba que cómo no venía a este acuerdo en que estabais. Y él díjome que sería locura en llegar a consejo de ninguno, antes que fuese llamado». «¡Por Dios!», dijeron todos, «dijo como hombre sabio». «¿Y díjote más?», dijo la señora de la villa. «Ciertas, señora, yo le dije que me semejaba más para predicador que no para lidiador, y él díjome que decía verdad, ca más de ligero se pueden decir las cosas que no hacerse. Y aún preguntome más: cuántos caballeros se podrían haber aquí en la villa; y yo díjele que ciento de buenos; y él díjome que con cien caballeros de buenos podría hombre acometer mil de no tan buenos». Y esta palabra plugo algunos y pesó a los otros; ca bien entendieron que si guiar se hubiesen por este caballero, que los metería en lugar donde las manos hubiesen mester.

«Ciertas», dijo la señora de la villa, «no es menester de detenernos de no enviar por él». Y mandó a dos caballeros de los mejores que fuesen luego por él, y que lo acompañasen. Y ellos llegaron a él, halláronlo que oía misa con muy gran devoción, y su mujer con él. Y después que fue acabada la misa, dijéronle los caballeros que le enviaba rogar la señora de la villa que se fuese para allá. «Muy de grado», dijo el caballero, y fuese con ellos. Y yendo en uno preguntole un hombre bueno de la villa: «Caballero, ¿qué os semeja de cómo estamos con estos nuestros enemigos?» «Ciertas», dijo, «amigo, seméjame que os tienen en estrechura, si Dios no os ayuda y el vuestro buen esfuerzo; ca todo es y mester».

Y cuando llegaron al palacio levantose la señora de la villa a él, y todos cuantos eran con ella, y díjole así: «Caballero bueno, ¿no veis cuán apremiados nos tienen estos nuestros enemigos?» «Ciertas», dijo, «señora, seméjame que os tienen en estrechura, si Dios no os ayuda y el vuestro buen esfuerzo; ca todo es y mester» «Ciertas, señora», dijo él, «oí decir que vinieron combatir hasta las puertas de la villa». Y la señora de la villa le dijo: «Pues, caballero, ¿os esforzaréis», dijo la señora de la villa, «de hacer algo contra estos nuestros enemigos?». «Señora», dijo él, «con esfuerzo de Dios y de esta buena gente». «Pues mando yo», dijo la señora de la villa, «que todos cuantos son aquí en la villa, que se guíen por vos y hagan vuestro mandado. Y esto mando yo con consentimiento y con placer de todos ellos». Y dijo la señora de la villa a los suyos: «¿Es así como yo digo?» Respondieron ellos todos: «Sí, señora». «Señora», dijo el caballero, «mandad a todos los caballeros hijosdalgo ayuntar, y a los otros que estén guisados de caballos y de armas». Y la señora de la villa mandolo así hacer, y ellos luego se apartaron. Y desí el caballero tomó de ellos hombrenaje que le siguiesen e hiciesen por él y que no le desamparasen en el lugar donde hubiese mester su ayuda. Y ellos hiciéronlo así. «Ahora, señora», dijo el caballero, «mandadles que hagan alarde cras en la mañana, lo mejor que cada uno pudiere, tan bien caballeros como escuderos y ballesteros y peones; y si algún aguisamiento tenéis de caballero, mandádmelo prestar». «Ciertas», dijo ella, «muy de grado; ca os daré el aguisamiento de mi marido, que es muy bueno». «Señora», dijo el caballero, «no lo quiero donado mas prestado; ca heredamiento es de vuestro hijo, y por ende vos no lo podéis dar a ninguno».

Y otro día en la mañana salieron a su alarde muy bien aguisados, y hallaron que había, de caballeros hijosdalgo buenos, ciento y diez caballeros; y de escuderos hijosdalgo cincuenta, comoquiera que no habían lorigas de caballo. Y los otros ruanos de la villa hallaron y aguisados sesenta. Y así fueron por todos doscientos y veinte. «Ciertas», dijo el caballero Zifar, «gente hay aquí para defender su tierra, con merced de Dios». La señora de la villa dio al caballero el aguisamiento que le prometiera, muy rico y muy hermoso, y probolo ante todos y enderezolo donde entendió que era mester. Y mandó a los otros que lo hiciesen así a los sus aguisamientos, y bien daba a entender que algún tiempo anduviera en hecho de caballería; ca muy bien sabía enderezar sus guarniciones, y entre todos los otros parecía bien armado y muy hermoso y muy valiente.

Esta señora de la villa estaba en los andamios de su alcázar, y paró mientes en lo que hacía cada uno, y vio el caballero Zifar cómo andaba requiriendo los otros, y castigándolos, y plúgole mucho.

Y desí mandoles el caballero Zifar que se fuesen cada uno a sus posadas y comiesen, y a hora de nona que recudiesen todos a aquella plaza; e hiciéronlo así. El caballero Zifar paró mientes en aquel caballo que había ganado del caballero que había muerto a la puerta de la villa, y hallolo que era bueno y muy enfrenado y muy valiente, y plúgole mucho con él. Y a la hora de nona llegaron todos en la plaza según les había mandado, y díjoles así: «Amigos, a los que tienen en prisa y en premia, no se deben dar vagar, mas deben hacer cuanto pudieren por salir de aquella premia y prisa; ca natural cosa es del que está en premia querer salir de ella así como el siervo de la servidumbre; y por ende ha mester que antes que aquellos de aquella hueste se carguen y se fortalezcan, que les hagamos algún rebate de mañana». Y ellos dijeron que de como él mandase, que ellos así harían.«Pues aparejaos», dijo el caballero Zifar, «en manera que antes que el alba quiebre, seamos con ellos». Dijeron ellos que lo harían de buenamente. Y dijo el caballero Zifar: «Vayamos a andar por los andamios del muro, y veremos cómo están asentados». Y el caballero Zifar vio dos portillos grandes en la cerca que no estaba y gente ninguna, y preguntó: «¿Qué es aquel espacio que está y vacío?» «Ciertas», dijeron ellos, «la cerca de la villa es grande, y no la pueden todos cercar». Y vio un lugar donde estaban tiendas hincadas, y díjole un caballero de la villa: «El señor de la hueste está allá». «¿Y onde lo sabéis vos?» dijo el caballero. «Ciertas», dijo él, «uno de los nuestros barruntes que vino de allá». E hizo llamar a aquel barrunte, y preguntole el caballero Zifar: «Di, amigo, ¿el señor de la hueste posa en aquellas tiendas?» «Sí», dijo él, «yo lo vi cabalgar el otro día; semejome que podrían ser hasta tres mil y quinientos caballeros entre buenos y malos». «¿Y hay gran gente de hijosdalgo?», dijo el caballero. «Ciertas», dijo, «no creo que sean de doscientos caballeros arriba». «¿Y todos estos caballeros hijosdalgo están con el señor de la hueste en el su real?» «Ciertas no», dijo él, «ca apartó los caballeros hijosdalgo por la hueste, porque no fiaba en los otros; ca son ruanos y no vinieron de buenamente a esta hueste». «Mucho me place», dijo el caballero Zifar, «ca semeja que Dios nos quiere hacer merced». Y dijo a otro caballero: «Si más bien habemos a hacer y, en la cabeza habemos a herir primeramente». «Por Dios», dijo el otro caballero, «decís muy bien, y nos así lo haremos; ca si lo de más fuerte nos les vencemos, lo más flaco no se nos puede bien defender». «¿Y por dónde podríamos haber entrada», dijo el caballero Zifar, «por que los saliésemos a las espaldas, que no lo sintiesen?». «Yo lo sé bien», dijo el otro caballero. «Pues comencemos», dijo el caballero Zifar, «en el nombre de Dios, cras en la mañana, y vos guiadnos y por donde vos sabéis que está la entrada mejor». Y el caballero dijo que él lo haría de buenamente.

Y ellos estando en esto, he vos donde venían seiscientos caballeros y gran gente de pie. Y los de la villa preguntaron al caballero Zifar si saldrían a ellos, y él les dijo que no, mas que defendiesen su villa; ca mejor era que los de fuera no supiesen cuánta gente era en la villa, y que por esta razón no se apercibirían, cuidando que eran menos, y que no los acometieran. Y llegaron los otros cerca de los muros de la villa, tirando de piedras y de fondas y de saetas, y haciendo gran ruido; pero el que se llegaba a las puertas o al muro no se partía ende sano, de cantos y de saetas que les tiraban de la villa. Y así fueron muchos muertos y heridos esa noche de esta guisa. Y entre ellos andaba un caballero grande armado de unas armas muy divisadas, el campo de oro y dos leones de azul. «Amigos», dijo el caballero Zifar, «¿quién es aquel que aquellas armas trae?». Y dijéronle que el señor de la hueste, y el caballero Zifar calló y no quiso más preguntar, pero que paró mientes en las armas de aquel señor de la hueste y divisolas muy bien, y dijo a los otros: «Amigos, id a buenas noches, y holgad hasta cras en la gran mañana, que oigáis el cuerno; y ha mester que seáis apercibidos y que os arméis muy bien, y que salgáis a la plaza, en manera que podamos ir allá donde Dios nos guiare». Y cada uno de ellos derramaron y fueron para sus casas y posadas, y el caballero Zifar para la iglesia. Y rogó al clérigo que otro día antes de maitines que fuesen en la plaza, y que armase su altar para decir la misa. Y el clérigo la dijo muy bien y muy aína, en manera que todos vieron el cuerpo de Dios y se acomendaron a él. Desí el caballero Zifar cabalgó y díjoles así: «Amigos, los cien caballeros hijosdalgo y los cincuenta escuderos de caballo y doscientos escuderos de pie vayámosnos todos lo más escondidamente que pudiéremos por este val ayuso donde no posan ningunos de los de la hueste, antes estaban arredrados. Y guiábalos un caballero que dijeron antenoche que los guiaría. Y cuando fueron allende de la hueste, parose el caballero que guiaba, y dijo al caballero Zifar: «Ya somos arredrados de la hueste bien dos trechos de ballesta». «¿Pues por dónde iremos», dijo el caballero Zifar, «al real del señor de la hueste?». «Yo os guiaré», dijo el caballero. «Guiadnos», dijo el caballero Zifar, «ca me semeja que quiere quebrar el alba; y llegad cuanto pudiereis al real, y cuando fuereis cerca tocad este cuerno y nos moveremos luego e iremos herir en ellos. Todos tengamos ojo por el señor de la hueste, ca si y nos hace Dios merced todo lo habremos desbaratado».

Y un cuerno que traía al cuello fuelo dar al caballero, con que hiciese la señal, y movieron luego muy paso, y fueron yendo contra el real. Y tanta merced les hizo Dios que no hubo y caballo que relinchase; antes fueron muy asosegados hasta que llegaron muy cerca de la hueste. Y el caballero que los guiaba comenzó a tocar el cuerno, ca entendió que las velas lo barruntarían. Y luego el caballero Zifar movió contra la otra gente y fueron herir en la hueste muy de recio, llamando: «Galapia, por la señora de la villa». Los de la hueste fueron muy espantados de este arrebato tan a deshora, y no se pudieron acorrer de sus caballos ni de sus armas; y estos otros mataban tan bien los caballos como hombres cuantos hallaban, y no paraban mientes por prender, mas por matar, y los que escapaban de ellos íbanse para las tiendas del señor de la hueste.

Y así se barrearon aderredor de escudos y de todas las cosas que pudieron haber, que los no pudieron entrar con el embargo de las tiendas. Y ellos que se defendían muy de recio, así que el caballero Zifar iba recibiendo muy gran daño en los sus caballeros, y tornose a los suyos y díjoles: «Amigos, ya de día es, y veo grandes polvos por la hueste, y semejaba que se alborotaban para venir a nos; y vayámosnos, que asaz habemos hecho y cumple para la primera vegada». Y fuéronse tornando su paso contra la villa.

El señor de la hueste armose muy toste16 en la tienda y salió en su caballo, y su hijo con él, y seis caballeros que se uviaron a correr de armar, y movieron contra la villa. Y el caballero Zifar cuando los vio, mandó a los suyos que anduviesen más, antes que los de la hueste llegasen, ca no es vergüenza de ponerse hombre a salvo cuando ve mejoría grande en los otros, mayormente habiendo caudillo de mayor estado. Y el caballero Zifar iba en la zaga diciéndoles que anduviesen cuanto pudiesen, ca muy cerca les venían, comoquiera que venían muy derramados, unos en pos otros. Y el señor de la hueste vio las armas que fueron del señor de Galapia. «Ciertas si vivo es, cierto soy que él haría tal hecho como este, ca siempre fue buen caballero de armas, pero no podría ser, ca yo me acerté en su muerte y a su enterramiento. Y él no dejó sino un hijo muy pequeño, mas bien cuido que dieron las armas porque se guiasen los otros.» Y tan cerca venían ya de los de la villa, que se podían entender unos a otros lo que se decían. El caballero Zifar volvió la cabeza y violos venir cerca de sí y conoció en las armas al señor de la hueste, las que viera antenoche. Y venía en los delanteros y no venía con él sino un hijo y otro caballero, y eran muy cerca de alcantarilla donde tenía la otra gente el caballero Zifar. Y dio una voz a la su compaña e dijo: «Atendedme». Y volviose de rostro contra el señor de la hueste y puso la lanza so el sobaco y dijo así: «Caballero, defendeos». «¿Y quién eres tú», dijo el señor de la hueste, «que a tanto te atreves?». «Ciertas», dijo el caballero Zifar, «ahora lo veréis». E hincó las espuelas al caballo y fuelo herir, y diole una gran lanzada por el costado que le paso las guarniciones, y metiose por el costado la lanza bien dos palmos, y dio con él en tierra. La su gente, como iban viniendo, iban hiriendo sobre él y trabajábanse mucho de lo desponer del caballo. Y entretanto el caballero Zifar tornose con su gente y pasaron la alcantarilla en salvo. Y más merced hizo Dios al caballero Zifar y a su gente; que el hijo del señor de la hueste, cuando vio que el su padre era derribado, hincó las espuelas al caballo y fue herir un caballero de los de la villa; pero que no lo empeció, y metiose en la espesura de la gente y apresáronle, y así lo llevaron preso a la villa.

Y el duelo fue muy grande en la hueste, cuidando que su señor era muerto. Y después que lo llevaron a las tiendas del real y lo desnudaron, hallaron que tenía una gran herida en el costado. Y cuando demandaron por su hijo y no lo hallaron, tuviéronse por mal andantes más de cuanto eran; ca tuvieron que era muerto o preso. Y cuando entró en su acuerdo el señor de la hueste, vinieron los cirujanos a catarlo, y dijeron que lo guarecerían muy bien con merced de Dios. Y él se conhortó cuanto pudo y demandó por su hijo, y ellos le dijeron que era ido a andar por la hueste por asosegar su gente, y plúgole mucho y dijo que lo hacía muy bien. Los caballeros de la hueste enviaron luego un caballero de la hueste a la villa a saber del hijo de su señor si era muerto o vivo o preso.

Y el caballero cuando llegó cerca de la puerta de la villa, hincó la lanza en tierra y dijo que no tirasen saetas, que no venía sino para saber una pregunta. Y el velador que estaba sobre la puerta le dijo: «Caballero, ¿qué demandáis?» «Amigo», dijo el caballero, «decidme qué sabéis del hijo del señor de la hueste, si es preso o muerto». «Preso es», dijo el velador. «Ciertas», dijo el caballero, «muy mal escapamos nos de esta cabalgada». Y con tanto se tornó para los de la hueste y díjoles en cómo su hijo del señor de la hueste era preso y sin herida ninguna.

Y cuando fue en la tarde acerca de vísperas, llamó el señor de la hueste aquellos hombres buenos que solía llamar a su consejo, y preguntoles qué les semejaba de este hecho. Y los unos le decían que no diese nada por ello, que Dios le daría mucho aína venganza; y los otros le decían que tales cosas como estas siempre acaecían en las batallas; y los otros le decían que parase mientes si en esta demanda que hacía contra aquella dueña, si tenía derecho, y si no, que se dejase de ello, siquiera por lo que aconteciera en este día en él y en su hijo. «¿Cómo?», dijo el señor de la hueste, «¿es muerto el mi hijo?». «No», dijeron los otros, «mas es preso sin herida ninguna». «¿Y cómo fue preso?», dijo el señor de la hueste. «Ciertas», dijeron, «cuando a vos hirieron, fue hincar las espuelas al caballo, y fue herir en aquellos, y metiose en un tropel y desapoderáronle». «¡Bendito sea Dios!», dijo el padre, «pues que vivo es mío hijo y sano. Y amigos y parientes, quiéroos decir una cosa: que si el sobrino me mataron en este lugar, y el mío hijo tienen preso y a mí hirieron, creo que Dios que quiere ayudar a ellos y empecer a nos; ca yo tengo a la dueña tuerto grande, y le he hecho muchos males en este lugar, ella no mereciéndolo; porque ha mester que conozcamos nuestro yerro y nos arrepintamos de él y hagamos a Dios y a la dueña enmienda; ca si no, bien creo que Dios nos lo querrá acaloñar más ciertamente».

Levantose un caballero su vasallo, hombre de Dios y de muy buen consejo, y fuele besar las manos, y díjole así: «Señor, agradezco mucho a Dios cuanta merced ha hecho a vos y a nos hoy en este día, en os querer poner en corazón de conocer vos que tenéis tuerto a esta dueña: lo que nunca quisistes conocer hasta ahora, siendo manifiesto a todas las gentes que era así. Y por ende, señor, cobrad vuestro hijo y demandad perdón a la dueña del mal que le hicistes, y aseguradla de aquí adelante que de nos no reciba mal; y yo os seré fiador sobre la mi cabeza que Dios os ayudará en todas las cosas que comenzareis con derecho, así como a esta dueña contra vos, y las acabaréis a vuestra voluntad». «Ciertas, mío vasallo bueno y leal», dijo el señor de la hueste, «pláceme con lo que decís, ca me aconsejáis muy bien, a honra y a pro del cuerpo y del alma en llevarlo delante en aquella manera que entendiereis que mejor será; pero querría saber quién fue aquel que me hirió.» «¿Cómo?», dijo el caballero, «¿lo queréis acaloñar?» «No», dijo el señor de la hueste, «mas querría conocerlo por hacerle honra doquier que lo hallase; ca bien os digo que nunca un caballero vi que tan apuestamente cabalgase ni tan apoderado ni tan bien hiciese de armas como aqueste.» «Ahora, señor», dijo el caballero, «holgad esta noche y nosotros andaremos en este pleito.» «En el nombre de Dios», dijo el señor de la hueste.

La señora de la villa, antes de maitines, cuando oyó el cuerno tocar en la villa para quererse ir los suyos contra los de la hueste, luego fue levantada y envió por la mujer del caballero Zifar, y siempre estuvieron en oración, rogando a Dios que guardase los suyos de mal, como aquella que tenía que si por sus pecados los suyos fuesen vencidos, que la villa luego sería perdida y ella y su hijo cautivos y desheredados para siempre. Mas Dios poderoso y guardador y defendedor de las viudas y de los huérfanos, viendo cuanto tuerto y cuanta soberbia había recibido hasta aquel día, no quiso que recibiese mayor quebranto, mas quiso que recibiese honra y placer en este hecho. Y cuando los sus caballeros se estaban combatiendo en el real con los de la hueste, envió una doncella a los andamios, que parase mientes en cómo hacían. Y la doncella tornose y dijo: «Señora, en las tiendas del real del señor de la hueste hay tan grandes polvos que en los cielos contienen, en manera que no podíamos ver quién hacía aquel polvo; y porque arraya ahora el sol, hace aquel polvo tan bermejo que semejaba sangre; pero que vemos que todos los otros que estaban en derredor de la villa se armaban cuanto podían y van corriendo contra las tiendas del señor de la hueste donde son aquellos polvos».

Y cuando la señora de la villa oyó estas palabras, cuidando que los suyos no podrían sufrir aquella gente contraria, que era muy grande, y que serían vencidos, teniendo su hijuelo en los brazos, comenzó a pensar en ello y dio una gran voz como mujer salida de seso, y dijo: «¡Santa María valga!», y dejose caer en tierra transida, de guisa que su hijuelo se hubiera a herir muy mal sino que lo recibió en los brazos la mujer del caballero Zifar. Así que todas cuantas dueñas y eran cuidaron que era muerta; de guisa que ni por agua que la echasen, ni por otras cosas que le hiciesen no la podían meter en acuerdo. Y el duelo y las voces de las doncellas y dueñas que había en la villa todas eran y con ella; ca las unas tenían sus maridos en la hueste, y las otras sus hermanos y las otras sus parientes y sus padres y sus hijos, de que estaban con muy gran recelo.

Los que estaban en los andamios vieron salir un tropel de caballeros de aquel polvo mucho espeso, y enderezaban contra la villa y vinieron luego a la señora de la villa y dijeron por la conhortar: «Señora, he aquí los vuestros caballeros donde vienen sanos y alegres, loado sea Dios, y conhortaos». Pero de ella no podían haber respuesta ninguna; antes semejaba a todos que era muerta. Y después que los caballeros pasados la alcantarilla, y entraron en la villa y les dijeron estas nuevas de cómo la señora de la villa era muerta, pesoles muy de corazón, y la gran alegría tornóseles en gran pesar; y así como lo oyeron dejáronse caer todos de los caballos en tierra, dando muy grandes voces, y haciendo muy gran llanto.

Y el caballero Zifar estaba muy cuitado y llamolos a todos y díjoles así: «Dios nunca fue desigual en sus hechos, y pues Él tan gran buena andanza nos dio hoy en este día, por razón de ella no creo que nos quisiese dar tan gran quebranto otrosí por ella; ca semejaría contrario a sí mismo en querer que el su comienzo fuese bueno y malo el acabamiento; ca Él siempre suele comenzar bien y acabar mejor, y acrecentar bien en sus bienes y en sus dones, mayormente a aquellos que se tienen con Él. Y vayamos a saber cómo murió, ca yo no puedo creer que así sea; y por ventura nos mintieron».

Las dueñas, estando en derredor de su señora, llorando y haciendo gran llanto, oyeron una voz en la capilla donde estaba su señora, que dijo así: «Amiga de Dios, levántate, que tu gente está desconhortada y tienen que cuanta merced les hizo Dios mío hijo el Salvador del mundo hoy en este día, que se les es tornada en contrario por esta tu muerte; y creí que voluntad es de mío hijo de enderezar este tu hecho a tu voluntad y a tu talante». Todas las dueñas que y estaban fueron muy espantadas y maravilláronse ónde fuera esta voz que y oyeran tan clara y tan dulce. Y tan grande fue la claridad entonces en la capilla que les tolliera la lumbre de los ojos, de guisa que no podían ver una a otra. Y a poca de hora vieron a su señora que abrió los ojos y alzó las manos ayuntadas contra el cielo y dijo así: «¡Señora, Virgen Santa María, abogada de los pecadores y consoladora de los tristes, y guiadora de los errados y defendedora de las viudas y de los huérfanos que mal no merecen! Bendito sea el hijo de Dios que por el Espíritu Santo que en ti encarnó, bendicho sea el fruto que de ti salió y nació! Ca me tornaste por la tu santa piedad de muerte a vida, y me sacaste de gran tristeza en que estaba y me trajiste a gran placer». Todos los que y estaban oyeron muy bien lo que decía, y enviaron mandado a los caballeros de cómo su señora era viva. Así que todos tomaron gran placer y se fueron para allá, salvo ende el caballero Zifar, que se fue para su posada. Y cuando llegaron allá halláronla en su estrado asentada, llorando de los ojos con gran placer que había porque veía todos los de su compaña sanos y alegres. Y preguntoles y díjoles: «¿Qué es del buen caballero Zifar que convusco fue?» Y ellos le dijeron: «Señora, fuese para su posada». «¿Y qué vos semeja de él?», dijo ella, «Señora», dijo un caballero antiguo, «seméjame que mejor caballero sea en todo el mundo en armas y en todas buenas costumbres que este caballero». «¿Y ayudoos bien?», dijo ella. «Por Dios, señora», dijo el caballero, «él comenzó el real del señor de la hueste muy de recio y muy sin miedo, conhortándonos y dándonos muy gran esfuerzo para hacer lo mejor. Y señora, no me semeja que palabra de ningún hombre tan virtuosa fue del mundo para conhortar y para esforzar su gente como la de aqueste caballero. Y creed ciertamente que hombre es de gran lugar y de gran hecho». La señora de la villa alzó las manos a Dios y agradeciole cuanta merced le hiciera en aquel día, y mandoles que fuesen para sus posadas. Y desí desarmáronse todos y fueron comer y a holgar. La mujer del caballero Zifar se quería ir para su marido, y ella no la dejó, ca trabó con ella mucho ahincadamente que comiese con ella, y ella húbolo de hacer. Y la señora de la villa la asentó consigo a la su tabla, e hízole mucha honra y diciendo así ante todos: «Dueña de buen lugar y bien acostumbrada y sierva de Dios, ¿cuándo podré yo galardonar a vuestro marido y a vos cuanta merced me ha hecho Dios hoy en este día por él y por vos? Ciertas, yo no os lo podría agradecer; mas Dios, que es poderoso y galardonador de todos hechos, Él os dé el galardón que merecéis; ca si no por vos el mío hijuelo muerto fuera, sino que lo recibistes en los brazos cuando yo me iba derribar con él de los andamios como mujer salida de entendimiento. Ciertas yo no sé dónde me caí, ca me semejó que de derecho en derecho que me iba para los andamios a derribar, con cuita y con recelo que tenía en mi corazón de ser vencidos aquellos caballeros que por mí fueron contra los de la hueste, y yo ser presa y cautiva y mío hijuelo eso mismo; mas Dios por la su merced quiso que por el buen entendimiento y la buena caballería y la buena ventura de vuestro marido fuésemos librados de este mal y de este peligro en que éramos». Y desí comenzaron a comer y a beber y haber solas. Y cuantos manjares enviaban a la señora de la villa, todos los enviaba al caballero Zifar, agradeciéndole cuanta merced le había Dios hecho.

Y cuando fue hora de nona envió por todos caballeros de la villa y por el caballero Zifar que viniese antes ella. Y llorando de los ojos dijo así: «Amigos y parientes y vasallos buenos y leales, ruégoos que me ayudéis a agradecer a este caballero cuanto ha hecho por nos, ca yo no se lo podría agradecer ni sabría, porque bien me semeja que Dios por la su merced le quiso a esta tierra guiar por afinamiento de esta guerra; pero que estoy con muy gran recelo que sea la guerra más ahincada por razón del señor de la hueste que es herido, y de su hijo que tenemos aquí preso. Ca él es mucho emparentado y de grandes hombres y muy poderosos, y luego que sepan estas nuevas serán con él y con todo su poderío para vengarle». «Señora», dijo el caballero Zifar, «tomad buen esfuerzo y buen conhorte en Dios; ca Él que os defendió hasta el día de hoy y os hace mucha merced, Él os sacará de este gran cuidado que tenéis, mucho a vuestra honra». «Caballero bueno», dijo ella, «sí fuera con el vuestro buen esfuerzo y con vuestro entendimiento». «Ciertas, señora», dijo él, «yo haré y lo que yo pudiere con la merced de Dios». La señora de la villa preguntole si sería bien enviar por el hijo del señor de la hueste para hablar con él. Respondieron todos que sí, ca por aventura alguna carrera cataría para afinamiento de esta guerra; y luego enviaron por él, y él vino muy humildosamente e hincó los hinojos ante ella.

«Amigo», dijo ella, «mucho me place convusco, sábelo Dios». «Ciertas, señora», dijo él, «bien lo creo, que cuanto place a vos, tanto pesa a mi padre». «¿Cómo?», dijo ella, «¿no os place de ser aquí conmigo vivo, antes que muerto?». «Ciertas», dijo él, «sí, si mi padre es vivo, ca cierto soy que hará y tanto porque yo salga de esta prisión; y si muerto es, yo no querría ser vivo». «¿Y vuestro padre», dijo ella, «herido fue?». «Ciertas, señora», dijo él. «¿Y quién lo hirió?», dijo ella. «Un caballero», dijo él, «lo hirió que andaba muy ahincadamente en aquel hecho, y bien me semejó que nunca vi caballero que tan bien usara de sus armas como aquel». «¿Y lo conoceréis?», dijo ella. Sonriose un poco y díjole: «Amigo señor, sabéis vos que yo no tengo tuerto a vuestro padre, y hame hecho grandes daños y grandes males, y no sé por cuál razón. Pero amigo, decidme si podría ser por alguna carrera que se partiese esta guerra y este mal que es entre nos». «Ciertas, señora, no lo y sé», dijo él, «sino una». «¿Y cuál es?», dijo ella. «Que caséis conmigo», dijo él. Y ella hincó los ojos en él y comenzolo a catar, y no le dijo más; pero que el caballero era mancebo y mucho apuesto y muy bien razonado y de muy gran lugar, y además que su padre no había otro hijo sino este. La señora de la villa mandó que se fuesen todos, y que fincase el caballero Zifar y aquellos que eran de su consejo, y díjoles así:

«Amigos, ¿qué os semeja de este hecho?» Callaron todos, que no y hubo ninguno que respondiese. Y el caballero Zifar, cuando vio que ninguno no respondía, dijo así: «Señora, quien poco seso ha, aína lo expende, y ese poco de entendimiento que en mí es, quiérooslo decir cuanto esta razón, so enmienda de estos hombres buenos que aquí son. Señora», dijo el caballero Zifar, «veo que Dios quiere guiar a toda vuestra honra, no con daño ni con deshonra de vuestro hijo; ca por os casar con este caballero hijo del señor de la hueste, tengo que es vuestra honra y gran bando de vuestro hijo. Ca esta villa y los otros castillos que fueron de vuestro marido, todos fincarán a vuestro hijo, y vos seréis honrada y bienandante con este caballero». Y los caballeros y los hombres buenos que eran con ella otorgaron lo que el caballero Zifar decía, y dijeron que lo catara muy bien, como hombre de buen entendimiento. «Amigos», dijo la señora de la villa, «pues vos por bien lo tenéis, yo no he de salir de vuestro consejo. Catadlo y ordenadlo en aquella guisa que entendéis que es más a servicio de Dios y a pro y a honra de mí y de mi hijo». Y el caballero Zifar dijo que fincase este pleito hasta en la mañana, que hablasen con el hijo del señor de la hueste. Y fuéronse cada uno para sus posadas a holgar.

Y otro día en la mañana, vinieron seis caballeros del señor de la hueste, muy bien vestidos en sus palafrenes y sin armas ningunas, a la puerta de la villa. Y los que estaban en las torres dijeron que se tirasen afuera, y si no, que los harían ende arredrar. «Amigo», dijo un caballero de ellos, «no hagáis, ca nos vinimos con buen mandado». «Pues ¿qué queréis?», dijo el de la torre. «Queremos», dijo el caballero, «hablar con la señora de la villa». «¿Y queríais», dijo el de la torre, «que se lo hiciese saber?». «Sí», dijo el caballero. Y díjole este mandado, de cómo seis caballeros honrados de la hueste estaban a la puerta y querían hablar con ella, y que le dijeron que venían con buenos mandados. «Dios lo quiera», dijo ella, «por su merced». Y luego envió por el caballero Zifar y por los otros hombres de la villa y díjoles de cómo aquellos caballeros estaban a las puertas desde gran mañana, y si tenían por bien que entrasen, y que fuesen allá algunos hombres buenos de la villa que los acompañasen. Y ellos escogieron entre sí veinte caballeros de los más ancianos y de los más honrados y enviáronlos allá. Y ellos abrieron las puertas de la villa y llegaron y donde estaban los seis caballeros, y dijéronles que si querían entrar, y ellos dijeron que sí, para hablar con la señora de la villa. «Pues hacednos hombrenaje», dijo el caballero Zifar, «que por vos ni por vuestro consejo no venga daño a la villa ni a ninguno de los que y son». «Ciertas», dijeron los caballeros, «nos así lo hacemos. ¿Y vos nos aseguráis», dijeron los caballeros. «Sí», dijeron los de la villa, «que recibáis honra y placer y no otra cosa ninguna que contraria sea». Y así entraron en la villa y fuéronse para la señora de la villa, que los estaba atendiendo. Y cuando los vio entrar, levantose a ellos, y todos los otros que y eran con ella, y recibiéronlos muy bien. Y ellos dijeron que se asentasen todos y que dirían su mandado, e hiciéronlo así y estuvieron muy asosegados. «Señora», dijo un caballero de los que vinieron de la hueste, «ca ciertos somos que querría vuestra honra y la vuestra salud; y no dudes, ca más bien hay de cuanto vos cuidáis». «¡Dios lo quiera!», dijo ella. «Señora», dijo el caballero, «nuestro señor os envía decir así, que si Dios le da algunos embargos en este mundo, y algunos enojos, y lo trae a algunos peligros dañosos, que se lo hace porque es pecador entre los pecadores, y señaladamente por el yerro que a vos tiene, vos no se lo mereciendo, ni le haciendo por qué, ni el vuestro marido, señor que fue de este lugar; antes dice que fue mucho su amigo en toda su vida, y que él que os ha hecho guerra y mucho daño y mucho mal en aquesta vuestra tierra. Y por ende tiene que si mayores embargos le diese y mayores deshonras de cuantas le ha hecho hasta el día de hoy, con gran derecho se lo haría. Onde os envía rogar que le queráis perdonar, y él que será vuestro amigo y se tendrá convusco contra todos aquellos que mal os quisieren hacer. Y esto todo sin ninguna infinta y sin ningún entredicho; pero antes os envía a decir que si os pluguiere, que mucho placería a él que el su hijo casase convusco; porque vos sabéis que él no ha otro hijo heredero sino aquel que vos aquí tenéis en vuestro poder, y que luego en la su vida le daría estas dos villas grandes que son aquí cerca de vos, y ocho castillos de los mejores que fueren aquí cerca en derredor». «Caballeros», dijo la señora de la villa, «yo no os podría responder a menos que yo hablase con estos hombres buenos de mío consejo. Y tiraos allá, y hablaré con ellos». «Ciertas», dijeron ellos, «mucho nos place». E hiciéronlo así.

La señora de la villa estando con aquellos hombres buenos no decía ninguna cosa y estaba como vergoñosa y embargada; y los hombres buenos estaban maravillados entre sí, y teniendo que era mal en tardar la respuesta, ca no era cosa en que tan gran acuerdo hubiese haber, haciéndoles Dios tanta merced como les hacía. Y ellos estando en esto, levantose un caballero anciano, tío de la señora de la villa, y dijo así: «Señora, tarde es bueno a las vegadas, y malo otrosí; ca es bueno cuando hombre asma de hacer algún mal hecho de que puede nacer algún peligro, de tardarlo, y en tardando lo que puede hacer aína, puédele acaecer alguna cosa que lo dejaría todo o la mayor parte de ello. Y eso mismo del que quiere hacer alguna cosa arrebatadamente de que después hubiese a arrepentir, débelo tardar; ca lo debe primero cuidar en cuál guisa lo debe mejor hacer, y desde que lo hubiese cuidado y enmendado, puede más ir enderezadamente al hecho. Y eso mismo cuando hubiese camiados el tiempo de bien en mal, de manera que los hechos no se hiciesen así como conviene; ca en tal sazón como esta deben los hombres sufrirse y dar pasada a las cosas que tornen los tiempos a lo que deben; ca más vale desviarse de la carrera mala y medrosa, ca quien bien va, no tuerce maguer que tarde; mas quien hubiese buen tiempo para hacer las cosas, siendo buenas, y tuviese aguisado de cumplirlo, esto no lo debe tardar por ninguna manera, así como este buen propósito en que estamos, ca se puede perder por aventura de una hora o de un día. Mas endrécese y hágase luego sin tardanza ninguna; ca a las vegadas quien tiempo ha y tiempo atiende, tiempo viene que tiempo pierde». «Ciertas», dijo la señora de la villa, «en vuestro poder soy. Ordenad la mi hacienda como mejor viereis». Y ellos entonces hicieron llamar aquellos seis caballeros del señor de la hueste, y preguntáronles que qué poder traían para afirmar estas cosas que ellos demandaban. Y ellos dijeron que traían procuratorios muy cumplidos que por cuanto ellos hiciesen fincaría su señor, y demás que traían el su sello para afirmar las cosas que se e hiciesen.

Y el tío de la señora de la villa les dijo: «Amigos, todas las cosas que demandáis vos son otorgadas, y háganse en el nombre de Dios». Y un caballero de los del señor de la hueste dijo así: «Señora, ¿perdonáis al señor de la hueste de cuanto mal y de cuanto daño y enojo os hizo hasta el día de hoy, y perdéis querella de él ante estos hombres buenos que aquí son?» «Sí perdono», dijo ella, «y pierdo toda querella de él, si me guardare lo que vos aquí dijistes». «Y yo os hago pleito y hombrenaje», dijo el caballero, «con estos caballeros que son aquí conmigo, y yo con ellos, por el señor de la hueste, que él que os cumpla todo lo que aquí dijimos, y que se atenga convusco contra todos aquellos que contra vos fueren. Y por mayor firmeza firmarlo hemos con el sello de nuestro señor. Pero, señora», dijo el caballero, «¿qué me decís de lo que envía rogar el señor de la hueste sobre el casamiento de su hijo?». Y ella calló y no le respondió ninguna cosa; y preguntóselo otra vegada y calló. Y los otros, viendo que ella no quería responder a esta demanda, dijo el tío de la señora de la villa: «Caballero, yo os hago seguro en esta demanda que vos hacéis de este casamiento, que cuando el señor de la hueste se viere con mi sobrina, que se haga de todo en todo, y se cumplirá lo que él quisiere en esta razón, cumpliendo a su hijo aquello que vos dijistes y de su parte». «¿Asegúrasme vos?», dijo el caballero. Y luego fue ende hecho un instrumento público.

Y luego los caballeros se despidieron de la señora de la villa y de los otros que y eran, muy alegres y muy pagados, y cabalgaron en sus palafrenes y fuéronse para el señor de la hueste; e iban rezando este salmo a alta voz: beati inmaculati in via qui ambulant in lege domini. Ciertas dicen bien, ca bienaventurados son los que andan y deben ser los que andan en buenas obras a servicio de Dios.

Los de la hueste estaban esperando, y maravillábanse mucho de la tardanza que hacían; ca desde gran mañana que fueron, no tornaron hasta hora de nona, tanto duró el tratado. Y cuando llegaron a su señor, los vio luego, les preguntó y les dijo: «Amigos, ¿venisme con paz?». «Ciertas, señor», dijeron ellos, «esforzaos muy bien, que Dios lo ha traído a vuestra voluntad». «¿Cómo?», dijo él, «¿y soy perdonado de la señora de la villa?». «Ciertas», dijeron ellos, «sí». «Ahora», dijo él, «soy guarido en el cuerpo y en el alma; bendito sea Dios por ende». «Pues aún más traemos», dijeron ellos, «y sabemos que es cosa que os placerá mucho, ca traemos aseguramiento del tío de la señora de la villa, que cuando vos viereis con ella, que se haga el casamiento de vuestro hijo. «Ciertas», dijo él, «mucho me place; y envía decir a la señora de la villa que el domingo de gran mañana, a hora de prima, seré con ella, si Dios quisiere, y no como guerrero, mas como buen amigo de su honra y de su pro». Y luego mandó que toda la gente otro día en la mañana que descercasen la villa y se fuesen todos para sus lugares. Y retuvo en sí dos caballeros de la mejor caballería que y había, y mandoles que enviasen las lorigas y las armas, y que retuviesen consigo los sus paños de vestir, que el domingo cuidaban hacer bodas a su hijo, con la merced de Dios, con la señora de la villa. Y todos los de la hueste fueron muy alegres y agradeciéronlo mucho a Dios, ca tenían que salía de yerro y de pecado. Y cuando fue el domingo en la gran mañana, levantose el señor de la hueste y oyó su misa, y eso mismo la señora de la villa, ca apercibidos estaban y sabían que el señor de la hueste había de ser esa mañana, y todos estaban muy alegres, mayormente de que vieron derramar la hueste e irse.

Cuando llegó el señor de la hueste a las puertas de la villa, mandáronselas abrir y dijéronle que entrase cuando quisiese. Y todas las plazas de la villa y las calles eran de estrados de juncos. Y todos los caballeros le salieron a recibir muy apuestamente. Y las dueñas y las doncellas de la villa hacían sus alegrías y sus danzas por la gran merced que Dios les hiciera en librarlos de aquel embargo en que estaban. Y el señor de la hueste llegó a la señora de la villa y saludola, y ella se levantó a él y dijo: «Dios os dé la su bendición». Y asentáronse amos a dos en el su estrado y todos los caballeros en derredor, y él comenzó a decir palabras de solaz y de placer, y preguntole: «Hija señora, ¿perdonástesme de corazón?» «Ciertas», dijo ella, «sí, si vos verdaderamente me guardareis lo que me enviastes prometer». «Cierto soy», dijo él, «que por el tuerto que yo a vos tenía, me veía en muchos embargos, y nunca cosa quería comenzar que la pudiese acabar; antes salía ende con daño y con deshonra. Y bien creo que esto me hacía las vuestras plegarias que hacíais a Dios». «Bien creed», dijo ella, «que yo siempre rogué a Dios que os diese embargos porque no me viniese mal de vos, mas desde aquí adelante rogaré a Dios que os endrece los vuestros hechos con bien y en honra». «Agradézcaoslo Dios», dijo él. «E hija señora, ¿qué será de lo que os envié rogar con mis caballeros en razón del casamiento de mío hijo?» Y ella calló y no le respondió ninguna cosa. El señor de la hueste fincó engañado; tuvo que a ella no debiera hacer esta demanda». Llamó a uno de aquellos caballeros que vinieron con el mandado: «¿Quién es aquel caballero que os aseguró del casamiento?» «Señor», dijo, «es aquel que está y». Entonces fue el señor de la hueste y tomolo por la mano y sacolo aparte y díjole: «Caballero, ¿qué será de este casamiento? ¿Puédese hacer luego?» «Sí», dijo él, «si vos quisiereis». «Pues endrezadlo», dijo el señor de la hueste, «si Dios endrece todos los vuestros hechos» «Pláceme», dijo el caballero. Y fue a la señora de la villa y díjole que este casamiento de todo en todo que se delibrase. Dijo ella que lo hiciese como quisiese, que todo lo ponía en él.

El caballero fue luego traer al hijo del señor de la hueste que tenía preso. Y cuando llegaron antes la señora de la villa dijo el caballero al señor de la hueste: «Demandad lo que quisiereis a mí y os responderé.» «Demándoos», dijo el señor de la hueste, «a esta señora de la villa por mujer para mío hijo». «Yo os lo otorgo», dijo el caballero. «Y yo os otorgo el mío hijo para la dueña, comoquiera que no sea en mío poder; ca no es casamiento sin él y ella otorgar». Y otorgáronse por marido y por mujer; empero dijo el señor de la hueste: «Si mesura valiese, suelto debía ser el mío hijo sobre tales palabras como estas, pues paz habemos hecho». «Ciertas», dijo la señora de la villa, «esto no entró en la pleitesía, y mío preso es y yo lo debo soltar cuando yo me quisiere; y no querría que se me saliese de manos por alguna maestría». «Ciertas», dijo el señor de la hueste riendo mucho, «me place que le hayáis siempre en vuestro poder». Y enviaron por el capellán, y preguntó al hijo del señor de la hueste si recibía a la señora de la villa que estaba y delante por mujer como manda santa iglesia. Él dijo que sí recibía. Y preguntó a ella si recibía a él por marido, y ella dijo que sí. Cuando esto ella vio, demandó la llave de la prisión que él tenía; y la prisión era de una cinta de hierro con un candado. Y cayose la prisión en tierra. Y dijo el capellán: «Caballero, ¿sois en vuestro poder y sin ninguna presión?» «Sí», dijo él. «¿Pues recibís esta dueña como santa iglesia manda?» Dijo él: «Sí recibo». Allí se tomaron por las manos y fueron oír misa a la capilla, y desí a yantar. Y después que fueron los caballeros a bohordar y a lanzar y a hacer sus demandas y a correr toros y a hacer grandes alegrías. Allí fueron dados muchos paños y muchas joyas a juglares y a caballeros y a pobres.

El señor de la hueste estaba encima de una torre, parando mientes como hacían cada uno, y vio un caballero mancebo hacer mejor que cuantos y eran; y preguntó al tío de la señora de la villa: «¿Quién es aquel caballero que anda entre aquellos otros que los vence en lanzar y en bohordar y en todos los otros trebejos de armas y en todas las otras aposturas?». «Un caballero extraño», dijo el tío de la señora de la villa. «Ciertas», dijo el señor de la hueste, «aquel me semeja el que me hirió». El tío de la señora de la villa envió por el caballero Zifar. Y él cuando lo supo que el señor de la hueste enviaba por él, temiose de haber alguna afrenta; pero con todo eso fuese para allá muy paso y de buen continente. Y preguntole el señor de la hueste: «Caballero, ¿ónde sois?» «De aquí», dijo el caballero Zifar. «¿Natural?», dijo el señor de la hueste. «Ciertas», dijo el caballero Zifar, «no, mas soy del reino de Tarta, que es muy lejos de aquí». «¿Pues cómo vinistes a esta tierra?», dijo el señor de la hueste. «Así como quiso la mi ventura», dijo el caballero Zifar. Y si vos sois el que me heristes, yo os perdono, y si quisiereis fincar aquí en esta tierra, os heredaré muy bien, y partiré con vos lo que hubiere». «Grandes mercedes», dijo el caballero Zifar, «de todo cuanto aquí me dijiste, más adelante es el mío camino que he comenzado, y no podría fincar si no hasta aquel tiempo que puse con la señora de la villa». «Cabalguemos», dijo el señor de la hueste. «Pláceme», dijo el caballero Zifar.

Cabalgaron y fueron andar fuera de la villa donde andaban los otros trebejando y haciendo sus alegrías. Y andando el señor de la hueste hablando con el caballero Zifar, preguntole dónde era y cómo fuera la su venida y otras cosas muchas de que tomaba placer. Era ya contra la tarde y cumplíanse los diez días que hubiera ganado el caballo cuando mató al sobrino del señor de la hueste. Y ellos estando así hablando, dejose el caballo caer muerto en tierra. El caballero Zifar se salió de él y parose a una parte. «¿Qué es esto?», dijo el señor de la hueste. «Lo que suele ser siempre en mí, ca tal ventura me quiso Dios dar que nunca de diez días arriba me dura caballo ni bestia; que yo por eso ando así apremiado de pobre». Dijo el señor de la hueste: «Fuerte ventura es para caballero, mas tanto os haría que, si por bien tuvieseis, que os cumpliría de caballos y de armas y de las otras cosas, si aquí quisiereis fincar». «Muchas gracias», dijo el caballero Zifar, «no lo queráis, ca os sería muy gran costa, y a vos no cumplía la mi fincada; ca, loado sea Dios, no habéis guerra en esta vuestra tierra». «¿Cómo?», dijo el señor de la hueste, «¿el caballero no es para otro sino para guerra?» «Sí», dijo el caballero Zifar, «para ser bien acostumbrado y para dar buen consejo en hecho de armas y en otras cosas cuando acaecieren; ca las armas no tienen pro al hombre si antes no ha buen consejo de cómo hubiese de usar de ellas». El señor de la hueste envió por un su caballo que tenía muy hermoso, y diolo al caballero Zifar y mandolo subir en el caballo, y díjole: «Tomad ese caballo y haced de él como de vuestro». «Muchas gracias», dijo el caballero Zifar, «ca mucho era mester». Y desí viniéronse para el palacio donde estaba la señora de la villa, y despidiéronse de ella y fuéronse para sus posadas. Y otro día en la mañana vino el señor de la hueste con toda su gente para la señora de la villa y fue entregado su hijo de las villas y de los castillos que había prometido. Y cada una de aquellas dos villas eran muy mayores y más ricas que no Galapia. Y acomendó a Dios su hijo y a la señora de la villa y fuese para su tierra.

El caballero Zifar estuvo y aquel tiempo que había prometido a la señora de la villa; y el caballo que le diera el señor de la hueste muriósele a cabo de tres días, y no tenía caballo en que ir. Cuando la señora de la villa oyó que se quería ir, pesole mucho y envió él y dijo así: «Caballero bueno, ¿os queréis ir?» «Señora,» dijo él, «cumplido he el mes que os prometí.» «¿Y por cosa que vos hombre dijese fincaríais?», dijo ella. «Ciertas», dijo él, «no, ca puesto he de ir más adelante». «Pésame», dijo ella, «tan buen caballero como vos, por quien nos hizo Dios tanta merced, en salir de la mi tierra; pero no puedo y al hacer, pues vuestra voluntad es. Y tomad aquel mi palafrén, que es muy bueno, y os den cuanto quisiereis largamente para despender, y guíeos Dios». Y él se despidió de la señora de la villa luego y la su mujer eso mismo, llorando la señora de la villa muy fuertemente porque no podía con él que fincase. El tío de la señora de la villa le mandó dar el palafrén y le mandó dar muy gran haber. Y salieron con él todos cuantos caballeros había en la villa, trabando con él y rogándole que fincase, y que todos le harían y servirían y catarían por él así como por su señor. Pero que de él palabra nunca pudieron haber que fincaría; antes les decía que su intención era de irse de todo en todo. Y cuando fueron arredrados todos de la villa una gran pieza, partiose el caballero Zifar y díjoles así: «Amigos, acomiéndoos a Dios, ca hora es de tornaros». «Dios os guíe», dijeron los otros; pero con gran pesar tornaron, llorando de los ojos.

Y cuando se cumplieron los diez días después que salieron de Galapia, muriose el caballo que le diera la señora de la villa, de guisa que hubo de andar bien tres días de pie. Y llegaron un día a hora de tercia cerca de un montecillo, y hallaron una fuente muy hermosa y clara, y buen prado en derredor de ella. Y la dueña, habiendo gran piedad de su marido que venía de pie, díjole: «Amigo señor, descendamos a esta fuente y comamos esta fiambre que tenemos». «Pláceme», dijo el caballero; y estuvieron cerca de aquella fuente y comieron de su vagar, ca cerca habían la jornada hasta una ciudad que estaba cerca de la mar, que le decían Mella. Y después que hubieron comido, acostose el caballero un poco en el regazo de su mujer, y ella espulgándole, durmiose. Y sus hijuelos andaban trebejando por aquel prado, y fuéronse llegando contra el montecillo. Y salió una leona del montecillo y tomó en la boca el mayor. Y a las voces que daba el otro hijuelo que venía huyendo, volvió la cabeza la dueña y vio cómo la leona llevaba el un hijuelo, y comenzó a dar voces. El caballero despertó y dijo: «¿Qué habéis?» «El vuestro hijuelo mayor», dijo ella, «lleva una bestia, y no sé si es león o leona, y es entrado en aquel monte». Y entrando en aquel monte, pero que no halló ningún recaudo de ello. Y tornose muy cuitado y muy triste y dijo a la dueña: «Vayámosnos para esta ciudad que está aquí cerca; ca al no podemos aquí hacer si no agradecer a Dios cuanto nos haces, y tenérselo por merced».

Y llegaron a la ciudad a hora de vísperas, y posaron en las primeras casas de la alberguería que hallaron. Y dijo el caballero a la dueña: «Iré buscar qué comamos y yerba para este palafrén». Y ella andando por casa hablando con la huéspeda, saliole el palafrén de la casa, y ella hubo de salir en pos él, diciendo a los que encontraba que se lo tornasen. Y el su hijuelo cuando vio que no era su madre en casa, salió en pos ella llamándola, y tomó otra calle y fuese perder por la ciudad. Y cuando tornó la madre para su posada, no halló su hijuelo, y dijo a la huéspeda: «Amiga, ¿qué se hizo mío hijuelo que dejé aquí?» «En pos vos salió», dijo ella, «llamando madre señora». Y el caballero Zifar cuando llegó y halló a la dueña muy triste y muy cuitada, y preguntole qué había, y ella dijo que Dios que la quería hacer mucho mal, porque ya el otro hijuelo perdido lo había. Y él le preguntó cómo se perdiera, y ella se lo contó. «Ciertas», dijo el caballero, «Nuestro Señor Dios derramarnos quiere; y sea bendito su nombre por ende». Pero que dieron algo a hombres que lo fuesen buscar por la ciudad, y ellos anduvieron por la ciudad toda la noche y otro día hasta hora de tercia, y nunca pudieron hallar recaudo de él, salvo ende una buena mujer que les dijo: «Ciertas, anoche después de vísperas, pasó por aquí dando voces, llamando a su madre; y yo habiendo duelo de él llamelo y preguntele qué había, y no me quiso responder, y volvió la cabeza y fuese la calle ayuso». Y cuando llegaron con este mandado al caballero y a su madre, pesoles muy de corazón, señaladamente a la madre, que hizo muy gran duelo por él, de guisa que toda la vecindad fue y llegada. Y cuando lo oyó decir que en aquel día mismo le había llevado la leona el otro hijo, tomaban gran pesar en sus corazones y gran piedad de la dueña y del caballero que tan gran pérdida habían hecho en un día. Y así era la dueña salida de seso que andaba como loca entre todas las otras, diciendo sus palabras muy extrañas con gran pesar que tenía de sus hijos; pero que las otras dueñas la conhortaban lo mejor que podían.

Y otro día en la mañana fue el caballero Zifar a la ribera del mar; y andando por y vio una nave que se quería ir para el reino de Orbín, donde decían que había un rey muy justiciero y de muy buena vida. Y preguntole el caballero Zifar a los de la nave si le quería pasar allá a él y a su mujer, y ellos dijéronle que si les algo diese. Y él pleiteó con ellos y fuese para la posada y díjole a su mujer cómo había pleiteado con los marineros para que los llevasen a aquel reino donde era aquel buen rey. A la dueña plugo mucho, y preguntole que cuándo irían. «Ciertas», dijo luego, «cras en la mañana, si Dios quisiere». La dueña dijo: «Vayamos en buen punto, y salgamos de esta tierra donde nos Dios tantos embargos e hizo y quiere hacer». «¿Cómo?», dijo el caballero Zifar, «¿por salir de un reino e irnos a otro, cuidáis huir del poder de Dios? Ciertas no puede ser, porque él es señor de los cielos y de la tierra y del mar y de las arenas, y ninguna cosa no puede salir de su poder. Ca así como aconteció a un emperador de Roma que cuidó huir del poder de Dios; y aconteciole como ahora oiréis decir».

«Dice el cuento que un emperador hubo en Roma que había muy gran miedo de los truenos y de los relámpagos, y recelándose del rayo del cielo que caía y con miedo del rayo mandó hacer una casa so tierra, labrada con muy grandes cantos y muchas bóvedas de yuso, y mientras nublado hacía, nunca de y salía. Y un día vinieron a él en la mañana pieza de caballeros sus vasallos, y dijéronle de cómo hacía muy claro día y muy hermoso, y que fuesen fuera de la villa a caza a tomar placer. Y el Emperador cabalgó y fuese con los caballeros fuera de la villa. Y él siendo fuera cuanto un mijero, vio una nubecilla en el cielo, pequeña, y cabalgó en un caballo muy corredor para irse a aquella casa muy fuerte que hiciera so tierra. Y antes que allá llegase, siendo muy cerca de ella, húbose extendido la nube por el cielo, e hizo truenos y relámpagos, y cayó muerto en tierra, y está enterrado en una torre de la su casa fuerte, y no pudo huir del poder de Dios. Y ninguno no debe decir: "No quiero fincar en este lugar donde Dios tanto mal me hizo; ca ese mismo Dios es en un lugar que en otro, y ninguno no puede huir de su poder. Y por ende le debemos tener en merced quequier que acaezca de bien o de mejor, ca él es el que puede dar después de tristeza alegría, y después de pesar placer; y esforcémonos en la su merced. Y cierto soy que en este desconhorte nos ha de venir gran conhorte". "¡Así lo mande Dios!", dijo ella .

»Y otro día en la mañana después que oyeron misa, fuéronse para la ribera de la mar para irse. Y los marineros no atendían sino viento con que moviesen. Y desde que vieron la dueña estar con el caballero en la ribera, el diablo, que no queda de poner pensamientos malos en los corazones de los hombres, puso en los corazones de los señores de la nave que metiesen a la dueña en la nave, y el caballero que lo dejasen de fuera en la ribera; e hiciéronlo así. "Amigo", dijeron al caballero, "atendednos aquí con vuestro caballo en la ribera, que no cabremos todos en el batel, y tornaremos luego por vos y por otras cosas que habemos de meter en la nave". "Pláceme", dijo el caballero, "y acomiéndoos esta dueña que la guardéis de mal". "Ciertas, así lo haremos", dijeron los otros. Y desde que tuvieron la dueña en la nave y les hizo un poco de viento, alzaron la vela y comenzaron de ir.

»Y el caballero andando pensando por la ribera, no paró en ellos mientes ni vio cuándo movieron la nave. Y a poco de tiempo vio la nave muy lejos y preguntó a los otros que andaban por la ribera: "Amigos, ¿aquella nave que se va, es la que va al reino de Orbín?" "Ciertas", dijeron los otros, "sí". "¿Y por mí habían de tornar?", dijo él. "No de esta vegada", dijeron los otros. "¿Veis, amigos", dijo el caballero, "qué gran falsedad me han hecho? Diciendo que tornarían por mí mintiéronme y llevaron mi mujer". Cuando esto oyeron los otros fueron mucho espantados de tan gran enemiga como habían aquellos marineros hecho, y si pudieran y poner consejo, hiciéranlo de muy buena mente. Mas tan lejos iba la nave y tan buen viento habían, que no se atrevieron a ir en pos ella. Cuando el buen caballero Zifar se vio así desamparado de las cosas de este mundo que él más quería, con gran cuita dijo así: "Señor Dios, bendito sea el tu nombre por cuanta merced me haces, pero Señor, si te enojas de mí en este mundo, sácame de él; ca ya me enoja la vida, y no puedo sufrir bien con paciencia así como solía. Y, señor Dios, poderoso sobre todos los poderosos, lleno de misericordia y de piedad, tú que eres poderoso entre todas las cosas, y que ayudas y das conhorte a los tus siervos en las sus tribulaciones y ayudas los que bien quieres que derramas por las desventuras de este mundo: así como ayudaste los tus siervos bienaventurados Eustaquio y Teospita su mujer y a sus hijos Agapito y Teospito, y te plega a la tu misericordia de ayudar a mí y a mi mujer y a mis hijos que somos derramados por semejante. Y no cates a los mis pecados, mas cata a la gran esperanza que hube siempre en la tu merced y en la tu misericordia; pero si aún te place que mayores trabajos pase en este mundo, haz de mí a tu voluntad; ca aparejado estoy de sufrir quequier que me venga".

»Mas Nuestro Señor Dios, viendo la paciencia y la bondad de este buen caballero, enviole una voz del cielo, la cual oyeron todos los que y eran en derredor de él, conhortándole lo mejor que podía, la cual voz le dijo así: "Caballero bueno", dijo la voz del cielo, "no te desconhortes por cuantas desventuras te avinieron que te vendrán muchos placeres y muchas alegrías y muchas honras. Y no temas que has perdido la mujer y los hijos, porque todo lo habrás a toda tu voluntad". "Señor", dijo el caballero, "todo es en tu poder, y haz como tuvieres por bien". Pero que el caballero fincó muy conhortado con estas palabras que oía; y los otros que estaban por la ribera que oyeron esto fueron maravillados y dijeron: "Ciertas este hombre bueno de Dios es, y pecado hizo quien le puso en este gran pesar". Y trabaron con él que fincase y en la villa, y que le darían todas las cosas del mundo que hubiese mester. "Ciertas", dijo el caballero, "no podría fincar donde tantos pesares he recibido; y acomiéndoos a Dios". Cabalgó en su caballo y fuese por una senda que iba ribera de la mar. Y la gente toda se maravillaban de estas desventuras que acontecieran a este caballero en aquella ciudad; ca por esta razón unos decían de cómo lloraba los hijos, diciendo que la leona le llevara el uno cerca de la fuente, y el otro en cómo le perdiera en la villa; los otros decían de cómo aquellos falsos de la nave llevaron su mujer con gran traición y con gran enemiga.

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