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Los artículos «a lo femenino» de María de la Concepción Gimeno de Flaquer

Marina Bianchi






1. Nota previa

María de la Concepción Pilar Loreto Laura Rufina Gimeno y Gil1 (Alcañiz, Teruel, 11 de diciembre de 18502-Madrid, 1919) -autora de novelas, ensayos, conferencias y artículos para la prensa periódica, encaminados todos ellos a la defensa de su sexo y a llenar las lagunas en la formación de sus lectoras- propuso en sus textos una escritura que afirmara el derecho femenino a encontrar un espacio literario y que permitiera a las mujeres el acceso a un ámbito que por tradición pertenecía a los hombres. La tarea presuponía un esfuerzo ingente, ya que el papel social del llamado «ángel del hogar» consistía en cumplir con sus deberes de madre y esposa, cuya afición a la escritura solo estaba autorizada a condición de que no fuese más que una diversión para pasar sus ratos libres. Además, el lenguaje de la mujer tenía que conformarse con su «natural vocación» por la belleza, la dulzura y la rectitud, limitando su producción a temas típicamente femeninos como la moda o la familia, en un exceso de sentimentalismo y delicadeza extrema que rebajaran el nivel de sus obras e impidieran que estas compitiesen con las creaciones de la literatura oficial masculina3.

A finales del siglo XIX los textos de los hombres dictaban los cánones estéticos y definían la «norma»; las autoras tenían entonces dos opciones: «escribir como una mujer», aceptando la connotación negativa que esto implicaba en la designación de una producción de calidad inferior a la realizada por el otro sexo, o «escribir como un hombre», apropiándose de ciertos rasgos de la literatura masculina y asumiendo el riesgo de críticas debidas a la idea de desviación, rebelión e invasión por parte del «ángel del hogar» de un ámbito que no le pertenecía. En este contexto, Gimeno propuso una armonización entre dos posturas distintas: aconsejaba que las escritoras recibieran ciertos elementos de la tradición masculina y que los moderaran con su ternura y sus virtudes típicamente femeninas. La periodista plasmó su discurso en textos que se diferenciaban tanto del canon de los hombres como de la literatura de mujeres y de las revistas de moda de la época isabelina: gracias a sus libros, y sobre todo a sus artículos, difundió una escritura «a lo femenino» que favoreció la emancipación del sexo débil y contribuyó a la creación de su nueva identidad.

Prefiero usar aquí la expresión «a lo femenino», evitando el simple adjetivo, para no entrar de lleno en la polémica surgida en los últimos treinta años acerca de la posible existencia de una literatura de mujeres y de un lenguaje exclusivo de estas. Como es natural, no todas escriben de la misma forma, pero no podemos olvidar que los problemas a los que se enfrentan son muy parecidos4: aun partiendo de la consideración de que los textos expresan ante todo la individualidad del autor y salen desde su perspectiva personal, hay que tener en cuenta que la escritura es una forma de comunicación y por tanto recibe la influencia del contexto en el que se desarrolla, de la cultura, de la organización social y de los discursos que la preceden en un sistema intertextual. Las circunstancias determinan entonces las características de todo tipo de texto y, en el caso de una mujer que intenta ganarse un espacio que no le pertenece, reconstruyendo una identidad en la que no se reconoce para afirmar otra que la represente mejor, no tiene otra opción que la de marcar una diferencia: si los hombres no la creen igualmente capaz de asumir y usar su lenguaje, es necesario que ella invente otro distinto. Como confirman Sandra Gilbert y Susan Gubar5, la estrategia literaria de las mujeres consiste en revisar, destruir y reconstruir las imágenes femeninas heredadas de la literatura masculina y moldeadas según los parámetros de los hombres, prototipo que todas las escritoras de finales del siglo XIX y principios del XX se veían obligadas a adoptar como punto de partida6. Entonces las mujeres tenían que unirse no solo en la defensa de sus derechos, sino también en la construcción y expresión de su nueva imagen, en el intento de invalidar la tradicional surgida y difundida durante siglos por manos de los hombres. Cabe entonces hablar de una escritura «a lo femenino» de Gimeno de Flaquer, de un espacio creado por una mujer para que todas las mujeres tuvieran la oportunidad de verse desde otra perspectiva alternativa a la del «ángel del hogar» obediente y sin voluntad propia, para que todas sus lectoras se dieran cuenta de la discriminación de la que eran víctimas y se incorporaran a la lucha por la causa común.




2. Una periodista caída en el olvido

Gimeno analizó en sus obras la situación social española de finales del siglo XIX, afirmó la participación activa de la mujer en el progreso y en la creación de la cultura nacional y universal, actuó de intermediaria entre España y América Latina, dando a conocer las costumbres, la historia, el arte y la literatura del Viejo continente en el Nuevo y al revés.

A pesar sus esfuerzos y del éxito entre los contemporáneos, Concepción cayó en el olvido como muchas escritoras y periodistas de su época7: existen estudios que aportan datos interesantes sobre aspectos específicos de las novelas y los ensayos8, así como trabajos acerca de su producción periodística9, pero, como ya he señalado en otras ocasiones10, no existe una bibliografía completa que incluya todos los títulos de la autora aparecidos en la prensa, y muchas veces las fechas de los artículos faltan o están equivocadas. Una de las carencias principales tiene que ver con los artículos de Gimeno aparecidos en El álbum ibero-americano: hasta ahora las bibliografías han recogido los títulos aparecidos hasta el año 1903, olvidándose de los muchos textos de la autora publicados en la misma revista hasta 190911.

Pese a las dudas que todavía quedan por solucionar, sabemos con seguridad que la escritora vivió en una época de cambios que afectaron al papel social de la mujer: la transición del Antiguo Régimen a un Estado capitalista conllevó una renovación artística y literaria en la que los cánones de la escritura moralizante de la llamada «Alta Cultura» perdieron su valor por efecto de la Revolución Gloriosa. Como consecuencia de las campañas de alfabetización, el mercado editorial encontró nuevos clientes en el público urbano, ofreciendo una más amplia difusión a libros y revistas. Las mujeres empezaron a escribir y algunas a trabajar en el ámbito literario y de la prensa, llevando la cuestión femenina al centro de un debate teórico de máxima actualidad y estableciendo una red de intercambios y colaboraciones entre las escritoras, en la que nuestra periodista participó activamente12. Gimeno utilizó la prensa para denunciar las injusticias, afirmar el derecho universal a la educación y divulgar el feminismo, puesto que sus revistas representaban un espacio en que las mujeres reconocían la expresión de su sensibilidad y a través del que empezaron a advertir la necesidad de una transformación del concepto de «género». Contra la frivolidad de las revistas de la época isabelina centradas en el tema de la moda, las ediciones y los textos de Concepción tenían como principal finalidad la de instruir al público, proporcionándole los instrumentos necesarios para la comprensión de la situación social.

Con este propósito, Gimeno publicó su primer artículo «A los impugnadores del bello sexo»13 en 1869, en la revista El trovador del Ebro14. Con veinte años se fue a Madrid, donde logró acceder a los círculos literarios y empezó a colaborar con El Argos. En 1871 colaboró con Juan Valera en la redacción de la revista La mujer, y en 1972 fundó en Barcelona La ilustración de la mujer15. Al mismo tiempo se dedicó a escribir ensayos y novelas16, colaborando además con El correo de la moda en los años de su estancia en Cataluña y luego hasta 1886. Mientras tanto, en 1879 se casó con el periodista y hombre de negocios Francisco de Paula Flaquer y Fraise, director de la revista cubana La aurora y de El álbum ibero-americano de Madrid, que le ofreció su ayuda en las actividades relacionadas con la prensa.

Tras estancias en Francia y Portugal, en 1883 el matrimonio se mudó a México, donde Concepción fundó y dirigió El álbum de la mujer17, y cuando volvió a Madrid, en 189018, la escritora se hizo cargo de la dirección de El álbum ibero-americano19, confiriéndole un carácter muy parecido al de El álbum de la mujer. Tras la vuelta a España, la periodista organizó además tertulias literarias a las que asistió también Juan Valera (Caballé, 2004: 543)20, quien le ofreció la posibilidad de dar un ciclo de conferencias en el Ateneo Científico y Literario de Madrid entre 1890 y 190321. Gimeno siguió hablando públicamente22 de los problemas de las mujeres y de su papel en la sociedad y en la historia, en España, en Italia y más tarde en Latinoamérica, hasta 1917. Dos años después murió en Madrid.




3. La escritura «a lo femenino» en los artículos de Gimeno de Flaquer

Las ediciones de Gimeno se distinguían por el evidente carácter pedagógico, expresado con un lenguaje en el que podríamos detectar un intento de armonización de las dos postura literarias vigentes, la de escribir «como un hombre» o como «una mujer»; veamos cuáles eran las estrategias utilizadas con este propósito de unir los dos estilos.

En sus revistas la escritora tomaba como punto de partida los temas más variados, dando muestra de su preparación en cualquier ámbito, para luego emprender reflexiones imprescindibles sobre la cuestión social de la mujer. Encontramos entonces numerosas anotaciones sobre las costumbres, las virtudes y defectos humanos, los acontecimientos y las crónicas de la aristocracia, los últimos descubrimientos científicos de la época, los eventos culturales, teatrales, musicales, artísticos y literarios. La sección «Crónica policroma»23 de los primeros números de El álbum ibero-americano, que reapareció en 1909 tras años de ausencia bajo el título de «Crónica»24, aporta varios ejemplos al respecto; de la misma manera, «Madrid aristocrático»25 y «Madrid elegante»26 informaban de las fiestas, reuniones, noviazgos y bodas de la aristocracia de la capital. En estos textos la autora solía optar por la forma impersonal a la que la crónica firmada por los hombres tenía acostumbrado a su público, pero a la vez no faltaban la ironía y los comentarios personales, como se observa en el siguiente fragmento:

Existe la manía de atribuir todo lo extraordinario al hipnotismo. A este paso quedarán suprimidas la conciencia y la inteligencia. [...] La incredulidad de nuestra época por una parte, y el afán de descubrimiento por otra, pretenden despojar al individuo de la inteligencia, único don que parecía no poderse arrebatar. Antes, a las hermosas manifestaciones del entendimiento se las denominaba talento; hoy se denominan hipnotismo27.



La información aportada en estos textos respondía a la finalidad de educar a las lectoras, dándoles a conocer lo que, encerradas, no podían aprender de la observación directa. En esta misma línea, los artículos que describían con todo lujo de detalles la geografía, la historia, la cultura y el arte de lugares lejanos, y que formaban en su conjunto casi un diario de viajes, pretendían colmar las lagunas en la formación del público. Es el caso de las tres cartas de Gimeno a su hermano, tituladas «Un verano en Portugal» y publicadas en los números 14, 16 y 23 de El mundo ilustrado: además de los datos históricos y geográficos, encontramos aquí reflexiones sobre las costumbres y la forma de ser de los portugueses, referencias a la actividad del Embajador de España en el cercano país, la lengua, la literatura y la cultura lusitana, informaciones que volvemos a encontrar, referidas a México, en los artículos sobre este país de Hispanoamérica, como «El bosque de Chapultepec»28, «El quetzal»29 o «Cultura de la mujer mexicana»30. En ambos casos se trata de descripciones al estilo romántico, cercanas a veces al sentimentalismo reconocido como rasgo de la escritura femenina relacionada con la experiencia afectiva y personal. A la vez, nuestra periodista intentaba acercarse al estilo típicamente masculino, clasificando los hechos y presentándolos con muchos detalles, proporcionando conocimientos que permitían ampliar la mirada del «ángel del hogar» y que constituían un curso de arte y cultura. Estos textos lograban así diferenciarse tanto de la escritura impersonal y alejada de los hombres, como de la típica de las mujeres, caracterizada por el uso de la primera persona y el constante recurso a su mundo más íntimo31.

El pasaje de la escritura evocativa a la objetiva es algo común a casi todos los artículos de Gimeno: la primera le permitía reducir la distancia entre ella y sus lectoras acostumbradas a la prensa femenina, la segunda le daba la oportunidad de conferir a sus textos el tono autorizado y acreditado que normalmente les correspondía a los hombres. De ahí que se refiriera a las mujeres usando la tercera persona, a la hora de remarcar la igualdad intelectual de los dos sexos32 o de afirmar el mismo derecho al trabajo33 y a la independencia económica:

En otras naciones las mujeres desempeñan cargos distintos, que les permiten bastarse a sí mismas sin el apoyo del hombre.

La mujer española, especialmente en la clase media, se ve obligada a unirse eternamente a un hombre que no ama, por temor al mísero porvenir que le ofrece el celibato34.

[...] la mujer española no llegará a la completa dignidad del ser autónomo mientras que, rica, no administre su fortuna, o pobre, no pueda bastarse a sí misma con su trabajo35.



Por otra parte hay que observar que el uso de la primera persona tampoco se limitaba a la descripción autobiográfica de la vivencia personal de la autora, como era de esperar en la escritura femenina de la época; lo que le interesaba era más bien contar la experiencia compartida por todas las mujeres, denunciando en plural su injusta situación:

¡Cuán hermosa y cuán pura es la alborada de nuestra existencia!

En la mañana de la vida canta nuestro corazón como sonríen nuestros labios, porque la negra nube del dolor no ha encapotado nuestros rosados horizontes36.



O bien explicaba en la primera singular las razones que la llevaban a exigir ciertos derechos:

Creo que la mujer debe ser electora, para enviar al Parlamento representantes que defiendan sus intereses [...]. Si los códigos no la hubieran rebajado tanto, yo no pediría su derecho al voto [...]37.



De la misma manera, la periodista solía alternar la primera y la tercera personas cuando aconsejaba a sus lectoras que estudiasen, porque les sería imprescindible para educar a sus hijos. Si bien la escritora usaba la primera plural para describir los efectos benéficos del estudio en el alma femenina, involucrándose ella misma, de nuevo la forma impersonal resultaba útil a la hora de presentar los consejos como verdades universalmente reconocidas:

Cuanto más clara sea la luz de nuestro entendimiento, más nos iluminará para distinguir los escollos de la vida38.



La mujer ha de ser [...] la madre de sus hijos, y para ser buena madre y cumplir su augusta misión, necesita ser ilustrada. [...] La pasión por el estudio [...] es una de las más nobles39.



Ninguna causa prospera si no tiene por aliada a la mujer: para la conquista social hay que contar con la madre y la maestra, sembradoras de ideas. La maestra y la madre pueden ser los factores más importantes del progreso40.



Por lo tanto, los cambios constantes de la persona verbal marcaban el acercamiento cíclico al tono objetivo de la escritura típicamente masculina y al más personal reconocido como femenino. Este último le permitía a Gimeno incluirse ella misma en las descripciones y lograr la captatio benevolentiae del público, con vistas a una esperanza colectiva en el éxito de la emancipación y a una participación activa de sus lectoras en la lucha por lograrla. Con el mismo fin, la periodista intentaba conferir autoridad a sus revistas a través de la inclusión de intervenciones de hombres ilustres, que destacaran el valor de las ediciones y que elogiaran a la escritora por encarnar con sus cualidades el ideal de mujer ilustrada, recurso muy frecuente en los textos firmados por las mujeres. Otra característica recogida desde las técnicas femeninas41, visible sobre todo en los primeros artículos de Concepción, consistía en pedir perdón por la osadía de escribir sin tener las cualidades necesarias:

Es la primera vez -y acaso la última- que escribo para hacer patrimonio del público mis ideas [...]: no se crea que al hacerlo olvido mi incapacidad, mas siento una imperiosa necesidad de rendir culto al deseo de dirigiros algunas líneas42.



Estos procedimientos retóricos forman parte de la que Robin Lakoff denomina «inseguridad femenina» en su obra Language and Woman's Place43; según Lakoff, la inseguridad deriva de la alienación lingüística de la mujer, reflejo de la social, debido a su papel de «dominada» frente a la lengua del poder del hombre «dominador». Pero hay que subrayar que Gimeno solía retractar sus frases iniciales justo después:

Atacar ésta [la injusticia], ahora y siempre, es y será el lema constante de mi vida [...] no retrocedo ante la idea de hacer brillar la verdad, que es mi firme propósito, la cual, yo creo, acogeréis con benevolencia, y de este modo no habrá sido estéril mi trabajo.

Severa es la clase que ha de juzgarme, pero no me intimida esgrimiendo un arma tan poderosa como es la de la razón44.



A pesar de la aparente inseguridad inicial, la periodista confiaba en sí misma, en sus capacidades y en su propósito, y se apropiaba de la seguridad de quienes escribían «como hombres», es decir, con la autoridad de hacerlo. La confianza en sí misma surgía del estudio: Gimeno estaba convencida de que las mujeres ilustradas tenían conciencia de sus verdaderas virtudes y sabían emplearlas cuando hacía falta, aprovechando sus cualidades típicamente femeninas como la ternura, la sensibilidad, la inteligencia y, a veces, la astucia. Según la escritora, la fuerza de la mujer radicaba en la capacidad de encontrar el justo medio en cada situación y de guardar una conducta impecable en todo momento: el «sexo débil» desconocía la maldad y la mezquindad masculinas, y se distinguía, en cambio, por la dignidad, la moral, la dulzura y la fuerza de voluntad. Las virtudes de un ser tierno como el «ángel del hogar», atento, fino e inteligente, eran para Concepción las armas que debía usar en la lucha por sus derechos. La periodista criticaba entonces el feminismo radical de las mujeres que se imponían con la violencia y la propaganda política, es decir, apropiándose del poder destructivo típicamente masculino; solo la sensibilidad, el conocimiento y la razón eran adecuados a ese fin:

Se hace muy necesaria una revolución en el mundo de las ideas; mas no creáis que intentamos hacerla tras las barricadas o encendiendo la tea de la discordia: nuestra misión es misión de paz y amor45.



Desenvuélvese hoy el feminismo sin controversias acres, sin irascibles polémicas, sin gritos estridentes o ruidosas protestas; tiene un carácter tranquilo, moderado, porque está convencido de su propia fuerza. No lucha con odio, trabaja con amor por la convivencia de la mujer con el hombre en la vida intelectual, triunfo de la civilización46.



La escritora creía que la llave del éxito no residía en una pretendida igualdad, sino en la evidente diferencia de los dos sexos: «Igualdad en la diferencia. Las feministas sensatas no quieren masculinizarse; ellas saben que la coquetería y la gracia han de vencer al Sansón de todos los tiempos»47. A la imagen masculina representada aquí por Sansón, Gimeno asociaba siempre adjetivos que hacían referencia a la fuerza y a la violencia, contraponiéndolos a las connotaciones positivas del tierno sujeto femenino, a menudo introducido a través de la metáfora de la flor, como se nota ya en un título aparecido en El mundo ilustrado: «Historia de una flor, contada por ella misma»48.

A la vez que aconsejaba a sus lectoras no masculinizarse, Concepción se alejaba de la actitud pasiva de la mayoría de las mujeres, que se limitaban a quejarse de su situación desde una posición reafirmada: mediante la utilización de perspectivas múltiples -por ejemplo la descripción de personajes femeninos capaces de tomar la iniciativa aun conservando algunas característica tradicionales, o el uso de distintas personas verbales para referirse a estos- daba a conocer un sujeto femenino activo, dinámico y plural, que se relacionaba consigo mismo y con la realidad de muchas maneras diferentes, que era capaz de tejer estrategias para evolucionar y de asumir las consecuencias del desafío social, sin renunciar a su vocación. Respondiendo a la intención de diferenciarse de ambas posturas, la radical feminista masculinizada y la tradicionalmente pasiva del «ángel del hogar», la periodista proponía una armonización de las dos en un lenguaje construido sobre dos niveles distintos: por una parte, el léxico bélico otorgaba más fuerza y énfasis al mensaje, acercándolo a la actitud masculina más firme y dura, por otra, cuando se arriesgaba demasiado en la afirmación de sus derechos, volvía a los estereotipos, al campo semántico de la esfera doméstica, territorio propio de la mujer, o recurría a adjetivos y sustantivos que tradicionalmente definían al sujeto femenino. En «A los impugnadores del bello sexo», encontramos pues referencias metafóricas a las armas -«el puñal de dos puntas»-, seguidas poco después por el retrato de la madre, «ser todo ternura, amor y abnegación»49. Además, Gimeno utilizaba en un sentido metafórico las nociones extraídas del ámbito doméstico de la mujer -«hilo», «tejer», «coser», «reanudar»-, para afirmar y promover la lucha femenina, presentándola como algo propio de la mujer, de su naturaleza y de su papel social. Con estas estrategias discursivas, la periodista lograba una mayor confianza de sus lectoras en los principios propuestos y, como consecuencia, en ellas mismas y en sus capacidades.

Desde esta posición, Concepción intentaba derribarla imagen misógina del «ángel del hogar» dotado solo de la virtud de la hermosura, convicción respaldada por el afán femenino por la moda al que la escritora se oponía50. En cambio, proponía una nueva mujer ilustrada, «más altiva, más digna», por tener «conciencia de su personalidad»51, debido a que su cultura le permitía salir de la tradicional pasividad y asumir un papel social activo, contribuyendo además al progreso nacional y universal: «[...] la prosperidad y la fuerza creciente de las naciones más avanzadas, se deben a la superioridad intelectual de las mujeres»52. Mientras el nuevo sujeto femenino progresaba para conquistar su papel en la sociedad, la situación del hombre se iba deteriorando con el tiempo, transformación descrita en textos donde no faltan la ironía y las críticas abiertas:

El hombre de hoy ha perdido toda la virilidad, todo el vigor que debía distinguirle; el hombre de la era presente es tan afeminado que más se parece a las mujeres de nuestros días que a los hombres de otra edad.

La raza masculina ha degenerado notablemente: los hombres de otros tiempos soportaban los rigores atmosféricos; los hombres de hoy necesitan abanico y sombrilla [...]

La degeneración de la raza masculina no es solamente física, también es moral. ¿Cuál es la fisonomía moral de los hombres de hoy? Ninguna: carecen de ella completamente. Ellos tienen nuestras aficiones, nuestros gustos y hasta nuestras pequeñas pasiones: en ellos brilla la vanidad y la envidia, pasiones femeninas, y para que no les falte nada son murmuradores y curiosos. Tienen todas las frivolidades: han perdido sus cualidades y han añadido a sus defectos los nuestros sin poseer las virtudes que nos caracterizan53.



El deterioro del hombre se debía principalmente a su miedo a la transformación del «ángel del hogar» en un «monstruo» capaz de apoderarse del poder masculino, hecho igualmente contado en tono de broma:

El hombre contemporáneo ha conocido la influencia de la mujer y quiere condenarla a la nada, a perpetua inferioridad, por temor de que la mujer le sobrepuje, por temor de que ésta le dispute el cetro. No os disputamos el cetro; pero advertid que si no lo empuñáis bien, nos veremos obligadas a tomarlo para que no se os caiga de las manos54.



La elección de la ironía, tan común en los escritos masculinos de la época y tan rara en los textos firmados por representantes del «sexo débil», le brindaba a la periodista la oportunidad de una subversión de los papeles tradicionales y le confería el mismo mérito que Ciplijauskaité le atribuye a la novelista inglesa Jane Austin:

Las páginas se llenan de airoso gracejo: la mujer sale vencedora gracias a su manejo del lenguaje, a una sonrisa poco ambigua, a la rápida orientación que permite dominar la situación55.



El hombre descrito por Gimeno se daba cuenta del derrumbe que afectaba a la imagen tradicional del sujeto femenino y se sentía incapaz de detener este proceso en que la mujer iba tomando conciencia de la superioridad moral de su sexo. Estos textos hacían hincapié en la corrupción masculina, para reivindicar la realidad femenina a través de la subversión de los papeles impuestos por la literatura tradicional y las normas sociales.

Tras destruir con estos recursos retóricos el estereotipo del «ángel del hogar», Concepción promocionaba una nueva Eva moderna56 que no borrara su pasado, sino que lo asumiera como punto de partida para emprender una lucha social adecuada a la época y a la condición de sus lectoras. De nuevo se trata de una propuesta que armonizaba las posturas típicamente femenina y masculina, esta vez frente a la historia, descritas por Ciplijauskaité: objetiva, clasificadora, crítica y centrada en el porvenir la primera, nostálgica y evocativa, de re-posesión del pasado la segunda57. Nuestra periodista optaba por una síntesis de ambas actitudes: por una parte pretendía analizar los acontecimientos de los siglos anteriores para una revisión de los errores de las mujeres en su contribución a la elaboración de la cultura universal, y por ende a la creación de la tradicional visión misógina a través de su papel de madres y esposas; por otro lado quería traer a la memoria las mujeres ilustres olvidadas por la literatura oficial, para incluir sus nombres en la historia universal. Gimeno veía en el cargo de madre y esposa el medio más eficaz a la hora de proponer un cambio cultural58, y consideraba la madre como «el eslabón primero» sobre cuyas «rodillas se forma la sociedad», y en cuyas manos estaba «el porvenir de las naciones»59:

Las pasiones de nuestra madre forman nuestra naturaleza, sus ideas nuestro criterio, sus sentimientos nuestro corazón, sus deseos nuestras aspiraciones.

La madre nos indica en la vida el itinerario que debemos seguir60.



La madre educaba con dulzura a sus hijos, pareciéndose en esto a la maestra que, como ella, «nos guía cariñosamente por la senda del bien»61. Innumerables son por tanto los elogios a la figura heroica y tierna de la madre, y los ejemplos de mujeres célebres, personajes históricos, reinas, aristocráticas, ilustradas, intelectuales, artistas, escritoras, protagonistas de obras literarias o mujeres religiosas, gracias a los que las lectoras podían entender el papel social de su sexo, idea básica de los artículos luego recogidos en Madres de hombres célebres62. No solo sobre las madres, Concepción informaba sobre todo tipo de personajes femeninos ejemplares, elogiados con gran énfasis por su cultura, conducta moral y valor, para que sus contemporáneas recibieran el éxito como un hecho posible. A través de las protagonistas de estos textos, figuras capaces de afirmase en cualquier ámbito social y alternativas positivas a la construcción tradicional del mundo de los hombres, Gimeno intentaba reconstruir una genealogía femenina, un testimonio del innegable valor de su sexo y de la imprescindible aportación de las mujeres a la historia española y europea. Por otra parte, las semblanzas femeninas definían el retrato de la mujer ideal, de la Eva moderna según la periodista: esposa fiel, madre atenta, devota de Dios, educadora y motor de la sociedad, hermosa musa inspiradora del poeta, persona sincera, ecléctica, abierta a los cambios, dotada además de notables capacidades artísticas, literarias y científicas, era al mismo tiempo audaz, determinada e impávida, como vemos en «La Infanta Eulalia de Borbón»:

Su espíritu, abierto a los nuevos ideales, es poético y valiente como estrofa épica; en el extenso campo de su mentalidad penetran todas las ideas, presentándose al combate sin celada, porque aborrece la hipocresía. Dotada de gran valor moral, prescinde de eufemismos y distingos para emitir sus opiniones, sin adular jamás corrientes imperantes, rituales establecidos, prejuicios seculares y rutinas consagradas por la tradición.

Anhelosa de conocer la nueva faz que presenta el progreso en distintas nacionalidades, ama los viajes, y a ellos debe el barniz de civilización cosmopolita que la envuelve. Cada vez que viene a España trae nuevas orientaciones, atisbos de moderna cultura intelectual. Desdeñando cánones de escuela determinada, es ecléctica en ciencias, artes y filosofía63.



Es la descripción de la mujer perfecta a la que todas las lectoras debían aspirar, una figura femenina dibujada con total impersonalidad, y que, a pesar de esto, nos recuerda la forma de ser de la misma autora; efectivamente, Gimeno prefería el tono objetivo y formal, finalizado a conferir más autoridad y acreditación a los textos, justamente cuando reflexionaba sobre los temas en los que sentía más involucrada. Como se observa en el fragmento, este nuevo sujeto opuesto al «ángel del hogar» tiene el «gran valor moral» que le pertenece a la mujer, pero también posee características normalmente atribuidas a los hombres, como el espíritu «valiente» que le permite presentarse «al combate sin celada», o el anhelo de conocimiento que la empuja a amar los viajes y el «barniz de civilización cosmopolita que la envuelve».

La apropiación de este último elemento por parte de las mujeres era de vital importancia, ya que la emancipación tenía que surgir, antes que nada, de la trasgresión del aislamiento secular de la mujer. De hecho, la periodista quería llevarles la realidad exterior a sus lectoras encerradas en el ámbito doméstico, haciendo de sus revistas el lugar de la construcción de una nueva identidad femenina basada en un sistema de valores alternativo a la tradición masculina. La voluntad de trasgresión del aislamiento subjetivo quedaba patente en el acto comunicativo de los textos escritos: Concepción buscaba interlocutores, intención manifiesta en el uso de elementos cuya función es la de mantener el contacto con el lector. Además de las referencias explícitas al público en segunda persona singular o plural, la intención fática se aprecia en las muchas interrogaciones directas -«¿Sabéis cuál es esa escalera [...]?»64-, en las exclamaciones -«¡Cuánta cordura [...]! [...] ¡Qué delicadeza, qué inspiración, qué acierto [...]!»65-, en los imperativos afirmativos y negativos en segunda persona -«Creedme»66, «Decidme»67, «¡Madres! Regalad muchos juguetes a vuestros hijos [...] y no les habléis de nada en serio»68.

Gimeno entendía que la suya era una época favorable a la afirmación de un nuevo papel social femenino, en un momento histórico en el que los papeles tradicionales entraban en crisis, pero sabía que la total independencia femenina solo se lograría más tarde y hablaba de ella escogiendo el tiempo verbal del futuro, contrapuesto al presente con que solo designaba el comienzo de un largo proceso: «El siglo XX será denominado siglo de las mujeres»69; «Insisto que este siglo es favorable cual pocos a la causa de la mujer: él romperá todas las cadenas de su esclavitud»70. La periodista reivindicaba el derecho femenino al voto, «la misma ley moral, civil y económica para los dos sexos»71, y la necesaria «influencia de la mujer en la reforma de los Códigos»72, pero consideraba todo esto como un proyecto a largo plazo y aconsejaba que sus lectoras de finales del siglo XIX actuaran de grado en grado, preparando a la humanidad para realizar luego este cambio con más facilidad.




4. La escritura como espacio para la definición de la Eva moderna

El objetivo principal de nuestra periodista era el de ofrecerles a las mujeres una puerta abierta hacia el mundo exterior, un espacio para que se comunicaran con él y para que entendieran que fuera del hogar también tenían un papel de primordial importancia. Para llegar a su fin, Gimeno decidió acercarse a sus lectoras hablándoles con la autoridad del hombre para convencerlas, sin olvidarse de la ternura femenina necesaria para animarlas. Ciertas actitudes de Gimeno han sido a veces interpretadas como aceptación y hasta reafirmación de los valores patriarcales que ella misma criticaba73, pero el fin parece ser otro: aun cuando incluía en sus revistas artículos misóginos y conformes a los valores tradicionales, lo hacía para que sus hijos y sobre todo sus hijas reconocieran al enemigo, para que supieran exactamente contra qué y por qué tenían que luchar. La escritora tenía un pleno entendimiento de la situación social y buscaba proporcionarle estos mismos conocimientos también a su público, para que acabara sintiendo un sincero anhelo de progreso. De hecho, si por una parte la crítica ha considerado su aparente moderación como un apego a los valores tradicionales74, por otro lado hay que señalar la validez de una propuesta que sirvió de vehículo de análisis y de denuncia social, remarcando ideas que adelantaban algunas de las reivindicaciones más significativas de la época posterior75:

[...] su [de la mujer] inferioridad ante la ley encuentra resonancia en el espíritu colectivo, contribuyendo a que no se eleve su nivel intelectual, influyendo en su situación económica, que la hace admitir mezquino sueldo por trabajo igual al del hombre76.



Y para que sus lectoras desearan progresar, quería que supieran que, además de los dos sujetos conocidos, el masculino volcado hacia fuera y el femenino encerrado, existía la posibilidad de construir otro: el de la Eva moderna, capaz de influir como un hombre en la definición de una sociedad más justa, conservando al mismo tiempo sus cualidades femeninas y su oficio de mujer y madre. El enlace entre estos dos mundos solo podía surgir del estudio que le permitiría el acceso a la palabra, cuyo dominio y manejo, a su vez, le brindarían la oportunidad de conocer, analizar y expresar su opinión, convenciendo a las mujeres para que lucharan y a los hombres para que les reconocieran sus derechos.

Antes de forjar el nuevo sujeto femenino que armonizara en sí los dos papeles existentes, hacía falta deconstruir el estereotipo del «ángel del hogar», denunciando su falsedad y sus consecuencias negativas en la situación social. Por supuesto, tanto el inicial derrumbe de la descripción tradicional como la sucesiva definición de la identidad moderna solo eran posibles por medio de la escritura y del lenguaje de la subversión, puesto que «la protesta social también puede darse en forma de ruptura formal»77. Desde esta perspectiva, Gimeno creó un estilo original que suponía dos tonos distintos: la pluma le pertenecía a la mujer en su papel de madre y maestra, tierna y cariñosa, abierta al diálogo, que se expresaba en primera persona y le hablaba a su interlocutor usando la segunda; caía en manos del hombre, en una actitud masculinizada, cuando pretendía el mismo reconocimiento que se le otorgaba a este, cuando intentaba convencerlo también a él, y cuando quería afirmar los principios incontestables que defendía. En otras palabras, Concepción se proponía cumplir con su papel de madre moderna de la nueva sociedad española que estaba surgiendo a finales del siglo XIX y a principios del siguiente, una madre cuya tarea implicaba remediar las carencias debidas al deterioro del poder masculino e infundir en sus hijos el deseo de cambios sociales a favor de la mujer. Encarnando ella misma el ejemplo de la Eva moderna de sus artículos, la escritora tenía que armonizar en sí dos posturas: una típicamente femenina, para alentar a los hijos y a las hijas, haciendo que confiaran en sí mismos; otro de más autoridad, paradójicamente considerado propio del padre, necesario a la hora de reñirles cuando no eran capaces de reaccionar adecuadamente frente a los cambios que afectaban a la sociedad.






Bibliografía

  • 1. Obras de María de la Concepción Gimeno de Flaquer:
    • 1.1. Novelas
      • Victorina o heroísmo del corazón, prólogo de Ramón Ortega y Frías, Madrid, Imp. Asociación del Arte de Imprimir, 1873.
      • El doctor alemán, Zaragoza, Est. Tip. Calisto Ariño, 1880.
      • Suplicio de una coqueta, México, Impr. F. Díaz de León, 1885.
      • Maura, México, novela por entrega publicada en El álbum de la mujer, enero-junio de 1888.
      • ¿Culpa o expiación?, México, Tip. Secretaría de Fomento, 1890a (4.ª ed. de Suplicio de una coqueta).
      • Una Eva moderna, Madrid, El cuento semanal, 1909.
    • 1.2. Ensayos y conferencias publicadas
      • La mujer española. Estudios acerca de su educación y sus facultades intelectuales, Madrid, Impr. y Libr. De Miguel Guijarro, 1877.
      • La mujer juzgada ante el hombre, Zaragoza, Est. Tip. Calisto Ariño, 1882.
      • La mujer juzgada por una mujer, Barcelona, Tasso, 1882, 3.ª ed.
      • Madres de hombres célebres, Ciudad de México, Tip. Escuela Industrial de Huérfanos, 1884.
      • Civilización de los antiguos pueblos mexicanos. Disertación histórica leída por su autora en el Ateneo de Madrid en la noche del 17 de junio de 1890, Madrid, Imp. De M. P. Montoya, 1890b.
      • Mujeres de la revolución francesa, Madrid, Tip. de Alfredo Alonso, 1891.
      • Mujeres. Vidas paralelas, Madrid, Tip. de Alfredo Alonso, (s. a., 1893), 4.ª ed.
      • Ventajas de instruir a la mujer y sus aptitudes para instruirse. Disertación en el Ateneo de Madrid en la noche del 6 de mayo de 1895, Madrid, Imp. Francisco G. Pérez, 1896.
      • En el salón y en el tocador. Vida social. Cortesía. Arte de ser agradable, Madrid, Libr. De Fernando Fe, 1899.
      • Evangelios de la mujer, Madrid, Libr. Fernando Fe, 1900.
      • La mujer intelectual, Madrid, Imp. Asilo de Huérfanos, 1901.
      • El problema feminista. Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid, Madrid, Imp. Juan Bravo, 1903, 3.ª ed.
      • Mujeres de raza latina, Madrid, Imp. Asilo de Huérfanos, 1904, 3.ª ed.
      • La Virgen Madre y sus advocaciones, Madrid, Libr. Suc. De Hernando, 1907.
      • Mujeres de regia estirpe, Madrid, Imp. Adm. «El Álbum Ibero-Americano», 1907, 2.ª ed.
      • Iniciativas de la mujer en higiene moral social. Conferencia dada en la Sociedad Española de Higiene, Madrid, Imp. J. Sastre y C.ª, 1908.
    • 1.3. Contribuciones en obras colectivas
      • «Las heroínas catalanas», en Faustina Sáez de Melgar ed., Las españolas, americanas, lusitanas pintadas por sí mismas, Madrid, Imp. Miguel Guijarro, 1873, pp. 232-244.
      • «La Fidalga (gran dama portuguesa)», en Faustina Sáez de Melgar ed., Las españolas, americanas, lusitanas pintadas por sí mismas, Madrid, Imp. Miguel Guijarro, 1873, pp. 340-347.
      • «Colombine», en Carmen de Burgos, Divorcio en España, Madrid, M. Romero, 1904, p. 44.
    • 1.5. Artículos citados
      • «A los impugnadores del bello sexo», El trovador del Ebro, n.º 18, 7 de noviembre de 1869.
      • «A las sacerdotisas de la moda», La mujer, 24 de julio de 1871.
      • «La felicidad», La familia, 4 de marzo de 1877.
      • «La mujer y el álbum», El mundo ilustrado, n.º 4, 1879.
      • «La madre», El mundo ilustrado, n.º 25, 1879.
      • «Los Santos Reyes», El mundo ilustrado, n.º 28 de 1880.
      • «Historia de una flor, contada por ella misma», El mundo ilustrado, n.º 30 de 1880.
      • «La alborada de la vida», El mundo ilustrado, n.º 130 (34 de la segunda serie), 1882.
      • «La calceta», El mundo ilustrado, n.º 151 (55 de la segunda serie), 1882.
      • «La mujer de nuestros días», El mundo ilustrado, 18 de enero de 1885.
      • «La mujer estudiosa», El correo de la moda, 2 de diciembre de 1886.
      • «Crónica policroma», El álbum ibero-americano, desde el 8 de enero hasta el 29 de diciembre de 1890, desde el 7 de enero hasta el 22 de octubre de 1891, y el 22 de diciembre de 1891.
      • «Crónica policroma», El álbum ibero-americano, n.º 2, 14 de enero de 1891
      • «¡Plaza a la mujer!», El álbum ibero-americano, 30 de agosto de 1891.
      • «La maestra», El álbum ibero-americano, 7 de marzo de 1894.
      • «A los impugnadores de la mujer», El álbum ibero-americano, 30 de abril de 1894.
      • «La madre de Lord Byron y la madre de Lamartine», El álbum ibero-americano, 22 de noviembre de 1894.
      • «Madrid aristocrático», El álbum ibero-americano, 14 de diciembre de 1896, 7 e 14 de enero de 1897 y 22 de marzo de 1905.
      • «Madrid elegante», El álbum ibero-americano, 30 de abril de 1897, 7 de enero de 1898, 7 y 30 de abril de y 22 de mayo de 1899, 22 de mayo y 22 de junio de 1900, 22 de enero, 28 de febrero, 7 de marzo y 22 de mayo de 1901, 30 de noviembre de 1904.
      • «El quetzal», El álbum ibero-americano, 14 de septiembre de 1899.
      • «Cultura de la mujer mexicana», El álbum ibero-americano, 30 de abril y 7 de mayo de 1900.
      • «El bosque de Chapultepec», El álbum ibero-americano, 22 de abril de 1900 y 22 de mayo de 1904.
      • «La Infanta Eulalia de Borbón», El álbum ibero-americano, 7 de abril de 1904.
      • «El ángel del hogar», El álbum ibero-americano, 7 de mayo de 1904.
      • «Feminología», El álbum ibero-americano, 30 de mayo de 1904.
      • «Feminismo», El álbum ibero-americano, 14 de agosto de 1904.
      • «El sufragio femenino», El álbum ibero-americano, 14 de agosto de 1906.
      • «La mujer. En el centenario de la república Argentina», El álbum ibero-americano, 22 de mayo de 1909.
      • «Crónica», El álbum ibero-americano, 22 de enero de 1909 y en todos los números desde el 7 de abril de 1909 hasta el 30 de diciembre de 1909.
  • 2. Bibliografía crítica:
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