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Los bandos de Castilla o El caballero del cisne

Novela Original Española

Ramón López Soler



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ArribaAbajoCapítulo XX

Los dos astrólogos


Mientras se detenía el ejército de Aragón en poner sitio a la ciudad de Burgos, había llegado a Segovia el monarca de Castilla con don Álvaro de Luna, gran número de grandes y las reliquias del ejército derrotado por el infante don Enrique. No es fácil pintar el desaliento del rey don Juan, ni lo crítico de su situación. Por una parte las desavenencias domésticas; por otra los bandos que asolaban las Castillas. Los portugueses andaban como en busca de nuevos mundos, y navegando por mares desconocidos, ensanchaban maravillosamente los límites de su poder: el rey don Alonso practicando otro tanto hacia levante, encadenaba las más fértiles provincias de Europa al orgulloso carro de sus triunfos, y mientras se hacían célebres estos estados con belicosos laureles y espléndidas conquistas, huía el monarca de Castilla de un infante de Aragón, por no sacudir resuelto el dominante carácter de don Álvaro de Luna.

También este célebre favorito sufría amargas angustias con el recuerdo de la derrota, y con el temor de que el rey, viéndose al fin apurado y en vergonzosos aprietos, no se ladease a los consejos de sus particulares enemigos. Sacudió, sin embargo, obligado de la necesidad aquella especie de abatimiento; y, animando a unos, adulando a otros, y recompensando a todos, pudo juntar algún dinero, ordenar nuevas haces y persuadir al rey don Juan de que tentase por segunda vez la suerte de una batalla. Hallábase la cosa adelantada para recibir el ejército aragonés con bastante fuerza y ahínco, si tan atrevido fuera que intentase penetrar hacia Segovia, y, sin embargo, el corazón del condestable ardía en presa de inexplicables tormentos, nacidos de las desgracias que amenazaban su privanza y su persona.

Empezaba una de las breves tardes del mes de diciembre, y las noticias recibidas acerca de la marcha de los enemigos habían alarmado la Corte y echo que sé todo se dispusiese para salir animosamente a resistirlos, cuando se paseaba el condestable por uno de los aposentos de su gótico alcázar, resolviendo en su mente los más arriesgados proyectos para ver de acabar con todos sus émulos, o desviar a lo menos el temporal que tan turbio y revuelto corría. A veces daba vueltas a la estancia con veloces y descompasados pasos; a veces se detenía de repente en medio de ella juntando las manos, cruzándolas sobre el pecho o comprimiéndose las sienes. Parase al fin ante una ventana profunda practicada en el espeso muro del palacio, desde la cual se veían los floridos alrededores de aquella famosa ciudad. De pronto le ocurrió la idea del sosiego con que vive el labrador en su cabaña, y estuvo por envidiar la suerte de un zagal, que descubrió a lo lejos contemplando, apoyado en su bastón desde las riberas de un arroyo, cómo bebían tranquilamente sus ovejas. Pero estas reflexiones muy naturales al hombre ambicioso y turbulento cuando se ve amagado de alguna próxima desdicha, desaparecieron en breve de su imaginación ardiente para hacer lugar otra vez a mal concebidos planes de engrandecimiento y venganza.

-¡Y qué!, exclamó al fin, ¿desarme abatir de la fortuna mientras hay tantos que conspiran a la par para eclipsar mi nombre y oscurecer los timbres que esclarecen mi familia? Antes que tal suceda preciso será que corra la sangre de los Arnaldo y Pimenteles; Preciso será que se agite un dogal o brille un hacha en cada esquina para acabar con esta raza de perros que siguen las banderas del infante de Aragón. Voto a brios que les he de acechar los pasos como un viejo lebrel, y si no bastan los escuadrones que les hicieron correr tanta tierra en la batalla de Olmedo, las yerbas ha de bastar y los agudos puñales. ¿Qué se me da a mí verles expirar en el combate o sacudiendo las piernas al compás de lenta agonía, mientras el cuerpo les cuelgue del extremo de una soga?- Aquí soltó ruidosa carcajada cual si saborease el placer de semejante espectáculo; movió los ojos alegremente por la estancia, y un vivo calor animó sus tétricas facciones, después continuó su discurso: -Está resuelto, sea en dorada copa, en argentado plato, con el hierro de una lanza, o respirando el aire fétido de un calabozo, mis enemigos han de perecer. Años hace que los cuervos de estos campos no han envainado sus picos en tan robustos cadáveres: ¡con qué ansia espero ver los de esos mozalbetes de Aragón tendidos panza arriba en derredor de mis alcázares y castillos! Y si es verdad lo que me envía a decir el Arlanza por medio de su gitano, yo aseguro al fatuo señor de Urgel que no ha de morir sino en la plaza pública. ¡Habráse visto insolente más descarado que ese barón aventurero!, ¡destronar al rey don Juan! ¡Y de cuándo acá un miserable conde de aragón, un oso del Pirineo quita y pone reyes al solio de Castilla! El padre con ser tan bravo debió a mi conmiseración el no haber muerto como un perro pagano y descreído, danzado bajo el peso de maese Diego, el más listo de nuestros verdugos; y el hijo me lo agradece tan bien que trata de destronar a mi protector, para más a su salvo divertirse con mi cuerpo. Casi no lo creo... ese rodrigo es un toro indómito y brutal, una hiena sedienta de sangre que se complace en enconar mi espíritu para recrearse después con las víctimas de mi cólera. Yo preguntaré a ese gitano, moro o lo que fuere, que le sirve de espía en el campo aragonés, y mucho será que no le arranque la verdad. ¡Hola!-

Abrióse la puerta y se presentó un paje que aguardaba en la antesala las órdenes del condestable de Castilla.

-¿Por dónde anda ese racimo de la horca que acaba de llegar de Burgos?, ¿el gitano, quiero decir, que me envía el señor de Alanza?, preguntóle don Álvaro de Luna.

Por la galería del Cid diciendo la buenaventura a los criados y flecheros del alcázar.

-¡Ah! Sí: los tales vagamundos hacen gala de profesar la quiromancia y las ciencias ocultas; no importa, traelo inmediatamente a mi presencia.

A poco rato volvió a entrar el criado en el aposento con el extraño personaje de que le habló don Álvaro de Luna. Era de mediana estatura, y se notaba en sus menudas facciones cierto aire de independencia indómita y salvaje. Llevaba en la cabeza un turbante colorado sobre el que flotaban dos plumas desmayadas y marchitas, y ceñía su flexible cuerpo una túnica verde, orillada de mugrientos galones de oro, de hechura igual a las de los estradiotes, tropas que levantaban entonces los venecianos en las provincias situadas al oriente de su golfo. Cubríanle los muslos anchos calzones blancos sujetos con un lazo debajo de las rodillas, por lo que sus piernas enjutas, descarnadas y casi negras hubieran estado del todo desnudas, a no cruzar por ellas multitud de cintas con el objeto de acomodar a los pies un par de leves sandalias. Recogía la túnica en sutiles pliegues hacia la espalda un cinturón carmesí del que colgaba cierto alfanje morisco de hoja estrecha y afilada, a imitación de los que se fabrican en Damasco. En cuanto al rostro, era muy tostado de los rayos del sol, rematando en negra barba sucia, puntiaguda y revuelta. Con todo no dejaban de llamar la atención un par de ojos vivarachos y penetrantes, nariz aunque pequeña graciosa, y dientas blancos como el marfil, menudos y bien colocados. En resolución: toda su persona despojada de una carnosidad superflua, pero llena de nervios y músculos, dotados de extraordinaria flexibilidad y vigor, hubiera hecho pasar al gitano por un mozo bastante agraciado, a no ser el cabello áspero y cerdoso que sombreaba sus facciones, y cierto aire feroz que le asemejaba más a un gato montés que a un hombre civilizado.

-Acércate, bribón, díjole bruscamente el condestable, y ten cuenta con lo que te voy a preguntar, porque si titubeas en la respuesta, juro por el bienaventurado San Martín que echarás bendiciones con los pies desde la rama más alta de una encina. ¿Eres tú el pícaro que ha escogido por mensajero don Rodrigo de Alcalá?

-El propio soy, respondió gitano.

-¿Y te mantienes en lo mismo que le dijiste acerca de los altercados habidos entre los capitanes del campo aragonés?

-Y sin temor de ser desmentido, replicó osadamente el espía.

¿Y añades, señor barbinegro, que después del consejo de guerra no parecían tan amigos como antes Arnaldo el conde de Urgel y el caballero del Cisne?

-Y añado, satisfizo el africano, eso mismo que habéis dicho.

-¿Pues de quién hubiste semejantes noticias?

-Ese secreto es mío: cumplí con mi obligación revelandoos el de vuestros enemigos.

¡Perro infiel!, ¿ignoras que estás en mi poder?

-¿Y qué me importa estar en poder?... hiere y verás cuán poco temo la muerte.

-¿es decir, repuso con maligna sonrisa el condestable, que desempeñando el arriesgado oficio de espía, ya se te alcanza que ese cuerpo es carne para el verdugo?

-Lo que se me alcanza, respondió el mulato, es que nos tratan los cristianos como el mastín del pastor a los carneros y ovejas que defiende. Protégelos por algún tiempo, los lleva donde mejor parece, y acaba por conducirlos al matadero.

También muchas veces hacen lo mismo los reyes con sus favoritos, pensó interiormente el condestable, y cual si le hubiese mordido una víbora, púsose a dar veloces pasos por el aposento mientras los movimientos convulsivos de los labios y la barba, hacían patente la secreta inquietud que le oprimía. Calmóse algún tanto, y como si de repente le ocurriera otra idea, volvió a interrogar al gitano, bien que en tono áspero y desabrido.

-¿Es verdad que tu pueblo, aunque grosero e ignorante, tenga conocimiento de lo futuro, ciencia que no poseen los sabios y doctores de la Europa?

-No cabe duda, respondió, y es aún más natural ese talento entre nosotros que el furor de las disputas en los cristianos.

-¿Y cómo es posible, interrumpió don Álvaro, que el don celestial del vaticinio se haya concedido a linaje tan ruin y pordiosero como el vuestro?

-Yo no puedo decir porque así sea, replicó el gitano, por la razón misma que no me es posible explicar por qué el perro sigue las huellas del hombre por el olfato, mientras no puede el hombre olfatear las pisadas del perro. Esta facultad maravillosamente admirada de los europeos la posee nuestro pueblo por instinto; al través de las facciones del rostro y de las líneas de la mano vaticinamos tan fácil y positivamente la suerte de los demás como al ver un árbol en la primavera anunciáramos por la flor el fruto que debería producir a su tiempo.

-¿Y si te obligara a que me diese ahora mismo una prueba de tu decantado saber?

-Os diría, respondió sin titubear el africano, que cuando volvéis la cabeza tropiezan vuestros ojos con una horca más alta que la de Amán, o ven brillar en el arremangado brazo de un ministro el terrible instrumento de la venganza de los reyes sobre...

-Calla, calla, insolente, gritó atajándole don Álvaro entre colérico y atónito: no sé cómo no hago cumplir en tu malvada cabeza esa sangrienta profecía, a fin de enseñarte a elegir personas más a propósito para tus nigrománticos embelecos.

Don Álvaro volvió a dar vueltas por el aposento notablemente agitado, y mirábale el espía con insultante sonrisa y descarado aire de triunfo. Sus ojos montaraces y sombríos chispeaban de placer siguiendo los violentos ademanes del magnate, como los del cazador cuando se recrea en contemplar al oso luchando en balde para arrancarse la enarbolada saeta.

No era nada extraño se olvidara el condestable de tal suerte de sí mismo que hasta depusiese la serenidad y la grave arrogancia de sus maneras; pues acababa de acertar el espía con el hueco de su armadura, adivinando unos recelos que había días atormentaban su espíritu, cual si tuviese un vago presentimiento del aciago fin que había de probar en el mundo. Siempre procuró encerrarlos en lo más hondo de su pecho, y su rabia fue igual a su asombro cuando con tanta prontitud y desenfado se los echó en cara el insolente extranjero.

Difícil sería buscar en otra parte que en la preocupación de su siglo el origen de aquellos temores que derramaron como un sombrío vapor sobre el último periodo de su vida. Lo cierto es que aquel cortesano sagaz y astuto, aquel flexible y diestro favorito, aquel hombre en fin que tantos obstáculos venciera para remontarse con el vuelo rápido del águila experimentaba como otros muchos varones de osado ingenio, los embates de un humor tétrico y melancólico, siempre temible a la verdad, pero mucho más cuando empiezan a lucir las áridas auroras de la vejez, sin que tengamos el consuelo de una conciencia tranquila. A esta frenética disposición de su ánimo debe atribuirse el ansia de que dio muestras para que le profetizasen el fin de su vida, consultando a este efecto el más famoso astrólogo de aquellos tiempos. Habíale hecho venir a fuerza de regalos de las cortes de Hungría y de Viena, donde últimamente se fijara, a fin de pedirle parecer en las ocasiones arduas, y valido de su amistad con Rodrigo de Alcalá, señalóle una parte del castillo de Alanza, donde pudiera dedicarse libremente a sus sombríos estudios y horribles experimentos. Aterrado en el momento de que hablamos con la atrevida predicción del extraño personaje que tenía ante los ojos, y no sabiendo si dar crédito a su ciencia o atribuirlo todo a su impúdica osadía, detúvose otra vez delante de él, y siguióle interrogando en esta forma:

-¿De qué país eres?

-De ninguno.

-¿Qué quiere decir de ninguno?

-Que no soy de ningún país. Seré si os parece un cíngaro, un egipcio, un gitano, según nos llaman los europeos en sus diversas lenguas; pero no tengo patria.

-¿Eres cristiano?

Aquí hizo el extranjero con la cabeza un movimiento negativo.

¡Perro! Gritó don Álvaro, ¿adoras al falso profeta?

-Tampoco, repuso sin detenerse con tanta indiferencia como laconismo.

¿Eres pagano pues?, en una palabra, ¿cuál es tu secta?

¡Mi secta!, repitió el gitano; no soy de ninguna secta.

Horrorizóse don Álvaro de Luna, pues aunque había oído hablar de sarracenos e idólatras, jamás le pasó por las mientes que pudiese haber tal casta de hombres que no profesase ningún culto. No le impidió la sorpresa preguntar al africano donde tenía su domicilio.

-En los bosques, en las ciudades, en la ribera del mar, en la orilla de los ríos, y para acabar de una vez, en el sitio donde me encuentro.

-¿Y de qué manera conservas lo que posees?

-No teniendo más bienes que el caballo en que monto y la túnica con que me cubro.

-¿Cuáles son tus medios de subsistencia?

-Los que el azar pone en mis manos: como si me aguijonea el hambre y bebo cuando tengo sed; he aquí mi modo de vivir.

-¿Pero bajo qué ley?, ¿a quién conoces por señor?

-Al padre de la tribu cuando me da gana de obedecerle.

-¡Luego, exclamó don Álvaro admirado y confundido, vives sin los dulces lazos que unen en sociedad a los demás hombres; vives sin rey que te mande, sin leyes que te protejan, sin medios de subsistencia, sin domicilio ni hogar; vives, desgraciado de ti, sin el cariño que la patria nos inspira, y sin el consuelo de un Dios que nos ama y nos perdona! ¿Qué te resta pues? ¿A qué dicha aspiras privado de la religión, destituido de amor patrio y de toda doméstica felicidad?

-A la de una verdadera independencia, yo no me arrastro a los pies de los magnates; a nadie tengo obediencia ni temor, voy a donde me parece; vivo según mi capricho, y moriré con la indiferencia misma que he vivido.

-Puedes, no obstante, verte preso y condenado cuando menos te cates de ello.

-Enhorabuena, respondió el gitano; todo se reduce a morir algo más pronto.

-¡Infeliz!, te sepultarán en lóbrega e inmunda mazmorra, y entonces ¿dónde existe la libertad de que blasonas?

-En mis ideas: sujetas están las vuestras so la coyunda de las leyes, de la religión y de la patria, mientras vuela libre mi espíritu, aun cuando yazca mi cuerpo descoyuntándose en un potro.

Todo sería muy bueno, repuso el condestable, si con tan sabias reflexiones se rompiesen los grillos de los pies, o el dogal que acomoda el verdugo a la garganta.

-No creáis que por eso fuese menos idólatra de mis principios, acostúmbrase uno al peso de las argollas, y a no ver en la muerte sino un accidente inevitable.

-¿Y de dónde trae su origen tu pueblo errante y feroz?

-No lo sé, respondió el gitano.

-¿Cuándo desocupará estos reinos para volver al país de que ha salido?

-Cuando se cumpla el tiempo de su peregrinación.

-Pues qué, exclamó don Álvaro, ¿no desciende de las tribus de Israel que fueron llevadas cautivas más allá del río Éufrates?

Si tal hubiese, conservaríamos su fe, practicaríamos sus ritos.

-Pronto y agudo es tu juicio, repuso mirándole de hito en hito el condestable; muy suelta tienes la lengua..., ¿cómo te llamas?

-Sólo mis hermanos saben mi verdadero nombre, los que no viven en nuestras tiendas me conocen por el de Merlín.

-Paréceme que te explicas demasiado bien para un pícaro de tus miserables hordas.

-Es que siendo niño me cautivaron los de Francia y me vendieron a un sacerdote de Castilla, que se le metió en la cabeza instruirme en las ciencias europeas. Travieso y antojadizo no aproveché como él quería, pero algo se me pegó de aquel torbellino de necedades.

-¿Y cómo le dejaste?

-Robéle toda la plata, dijo Merlín con el mayor descaro, hasta la imagen de un Dios que él adoraba hecha del mismo metal. Descubriólo y me zurró; entonces para vengarme le atravesé de un navajazo, y eché a correr a los bosques.

-¡Aleve!, gritó don Álvaro echando involuntariamente mano a la daga, ¿te atreviste a asesinar a tu bienhechor?

-¿Y qué necesidad tenía yo de sus beneficios? ¿Por ventura era el joven cíngaro un perro acostumbrado a lamer la mano del que le oprime, y a alcanzar meneando la cola un pan mugriento en medio de puntapiés y de porrazos? No señor, era un tigre sujeto a la cadena, que la rompe enfurecido en la primera ocasión, bebe la sangre de su amo y huye otra vez al desierto.

Es probable que a no haber sido por la protección del señor de Alanza y los ventajosos servicios que les prometía la astucia e intrepidez de Merlín, no hubiese salido de aquel alcázar sin probar los efectos del enojo que su crueldad e impudencia habían inspirado a don Álvaro de Luna. Lo que dijo además a ese poderoso valido con respecto a las inquietudes de su pecho, habíale dado cierta importancia a sus ojos; importancia que, si de un lado estremecía al condestable, inspirábale por otro el deseo de aprovecharse de su diabólica ciencia. Por tanto, es igualmente presumible que el respeto supersticioso profesado por don Álvaro de Luna a cuantos hacían gala de estar iniciados en los horribles misterios de la magia y hechicería, fue una especie de broquel diamantino para el gitano Merlín, o si se quiere un salvoconducto que le permitió hablar ante aquel célebre magnate con alguna parte de la cínica osadía que atemorizaba a sus prosélitos. Encargóle don Álvaro que volviese al campo aragonés, espiase todas las acciones del conde de Urgel, objetivo particular de su aborrecimiento, y le diese parte de ellas. Regalóle después de esto, y lo despidió prometiéndole, si era capaz de guardar fidelidad, recompensas de más alto precio.

Volvióse aquedar solo el condestable de Castilla, y dar libre curso a sus ideas, aguijoneado más que nunca por supersticiosos temores. Habían éstos tomado tal incremento en su pecho, que la perspicacia y no la ciencia de Merlín los leyera en su semblante. Durante la noche las más lúgubres imágenes exaltaban su fantasía, por lo que veía acercarse con temor la hora en que gozan los mortales del suspirado reposo. La luz del sol sorprendíale en su lecho aterrado con lo que había creído ver, y anunciando con la alteración de sus facciones la lucha sangrienta en que se agitaba su espíritu. Y como estos fúnebres presagios acababan de cobrar nueva fuerza con las palabras de Merlín, para hallar remedio a su desesperación frenética, determinó consultarlos al astrólogo, que, según hemos dicho más arriba, hizo venir a fuerza de recompensas de muy remotas regiones. Llamábase Ben-Samuel, judío de nación, célebre por su tratado De rebus incognitis, y por la fama que tenía de leer los decretos del destino en el curso y combinaciones de los astros. Nunca se había atrevido el condestable a exigirle el terrible vaticinio de cuál sería el fin de sus grandezas; pero en la ocasión en que más encarnizados se mostraban sus enemigos, cuando llegaban al colmo de las zozobras que despedazaban sus entrañas, y hasta un miserable gitano, en medio de su vida errante y de sus andrajos, tenía el derecho de recrearse en su amargura, y de creerse más dichoso que el privado de don Juan el II; parecióle el único remedio la resolución de arrostrar aquella consulta criminal y arriesgada. Algo tranquilo con la esperanza de hallar la certidumbre de su futura suerte en las predicciones de aquel mago, envolvióse en su capa el condestable de Castilla, y haciéndose ensillar un caballo, salió por una puerta falsa y tomó la vuelta del castillo de Alanza, a pesar de que la noche cubría ya la ancha tierra con su tenebroso manto.

Soplaba el viento del norte mientras don Álvaro de Luna atravesaba corriendo aquellos campos en una situación la más incierta y aflictiva. La sola idea de que iba a saber cuál sería su fin, si análogo a la prosperidad de que gozaba, si conforme a los presentimientos que tuviera, infundía pánico terror a su atormentado pecho, sin que el aspecto de una noche húmeda y borrascosa dejase de contribuir a sus mortales angustias. ¡Cuántas veces los prolongados silbos del viento se le figuraron alaridos del demonio, y creyó distinguir en las nubes, que corrían rápidamente por el cielo, misteriosos caracteres o siniestras figuras! Llamó, sin embargo, en su ayuda aquel valor que nunca le abandonara en el discurso de su vida, sólo así pudo luchar con las congojas que oprimieron su espíritu durante el largo camino.

Doraban los primeros rayos del sol las altas cumbres de la sierra cuando llegó el favorito al fuerte alcázar de Alanza. Apeóse demudado y macilento, y se encaminó en el mismo instante a la estancia que ocupaba Ben-Samuel en una de las alas del vasto edificio. Si bien no era sobradamente espaciosa, la magnificencia de las tapicerías, las delicadas labores de las sillas de ébano y el prolijo adorno de los estantes donde tenía sus libros, manifestaban el buen gusto de aquel famoso judío. Dos puertas colaterales en una y otra parte de la biblioteca conducían la de la izquierda a un estrecho gabinete donde dormía aquel sabio, y la de la derecha a cierta escalerilla de ojo para subir al elevado torreón, que les servía de observatorio en sus cálculos astronómicos. Admirábase sobre la sólida mesa de cedro colocada en medio del aposento un bello tapiz de Turquía, parte de los despojos recogidos en la tienda de un Pachá después del reñido combate ganado contra los turcos por el monarca húngaro Matías Corvino, gran campeón de la cristiandad, y antiguo protector de nuestro mago. Campeaban en ella varios instrumentos de matemáticas y astrología tan preciosos por la delicadeza del trabajo, como por el valor de la materia: el astrolabio de plata era presente del emperador de Alemania, y la curiosa esfera cubierta con planchas del mismo metal, el espléndido regalo de otro monarca de Europa.

Alhajas, máquinas y utensilios de raras y caprichosas formas resplandecían colocados en los muros de la estancia. Chocaban en medio de tantos objetos dos armaduras completas, una de mallas y otra de acero, la obra maestra entrambas de artífice milanés, cierta espada toledana entre un sable de Escocia y una cimitarra turca, arcos y aljabas, multitud de armas guerreras, instrumentos de música, vasos sepulcrales de los tiempos antiguos, penates de bronce, y otras muchísimas cosas difíciles de describir, muchas de las cuales parecían destinadas al uso del arte mágica, según la supersticiosa opinión que de ella se tenía en aquel remoto siglo.

No menos extraña y variada era su copiosa biblioteca: manuscritos de autores clásicos con otros de filósofos árabes, algunos poetas persas, las máximas de Zoroastro, los cantos de los antiguos profetas, y los trabajos de aquellos sabios laboriosos, que cultivaban en absoluto retiro las ciencias químicas pretendiendo descubrir a sus prosélitos los misterios más ocultos de la naturaleza por medio de sutil filosofía, se hallaban confundidos o entremezclados sin orden en los pulidos estantes. Algunas de tales obras estaban escritas en orientales caracteres, obras en hebreo y en latín, y no pocas ocultaban su sentido místico, o los absurdos que aspiraban a enseñar, bajo el simbólico velo de figuras jeroglíficas y de signos cabalísticos.

Por lo demás todos los muebles y curiosidades del aposento ofrecían a los que entraban en él un extraordinario golpe de vista, calculado de antemano para herir la imaginación, a lo que contribuían mucho para formar cierta armonía con todo lo restante, el aire y los modales de nuestro astrólogo. No presentaba en su figura uno de aquellos descarnados profesores de las ciencias ocultas, cuyos rasgos lívidos y marchitos, cuyos ojos hondos y cadavéricos no sólo indican los meses que han pasado estudiando los misterios del arte en subterráneas cuevas, sino las muchas noches también contemplando la incierta luz de los cuerpos que figuran en el sistema planetario. Veíase muy al revés en el judío un hombre de alta talla, majestuoso y corpulento, frisando como en los cincuenta de la edad, sin estar por eso destituido de cierta lozanía y vigor. El turbante blanco como la leche sujeto con ardiente rubí en torno de su cabeza, la bala de seda forrada de armiños con presillas de oro, la túnica talar algo oscura, sembrada de lucientes estrellas, y el ancho cinturón carmesí donde brillaban sutilmente recamados los doce signos del zodiaco, daban a sus facciones, naturalmente severas un carácter de importancia muy conforme a la fama de su ciencia. Medio recostado entonces en ancho sillón de damasco, examinaba uno de los primeros ensayos hechos por Gutenberg con la máquina de la imprenta, que acaba de inventar. Recorríalo, pues, lleno de pasmo y placer cuando entró repentinamente en el aposento al condestable de Castilla. Levantóse el reverendo rabino, y lo saludó cortés con el ademán de un hombre harto acostumbrado a tratar con personas de alta jerarquía para turbarse en su presencia.

-Paréceme que os halláis ocupado, dijo el magnate; y a no engañarme, en contemplar ese nuevo modo de multiplicar los manuscritos por medio de una máquina. ¿Cómo es posible, padre mío, que objetos tan fútiles y terrestres interesen a un hombre a quien revelan los astros los arcanos del destino?

-Porque reflexionando en las consecuencias de esta invención, leo con tanta certidumbre en ellas, como en las combinaciones de los cuerpos celestes, las más terribles y prodigiosas mudanzas. Cuando pienso con qué lentitud y escasez nos ha traído sus aguas el manantial de las ciencias, las dificultades en que tropiezan los que andan sedientos de beberlas, y lo muy expuestas que las veo a tener que trazarse de nuevo vías ocultas y subterráneas para librarse del furor de la barbarie, no puedo dejar de exaltarme al considerar la dicha de las generaciones futuras, recibiendo a manos llenas el tesoro de la sabiduría, tesoro que civilizará los pueblos, suavizará las pasiones y elevará monumentos donde la estudiosa juventud aprenda a rectificar los abusos, que escaparon a la perspicacia de sus padres.

-Un momento, si os place, un momento, preguntó algo inquieto el favorito; ¿Todas esas revueltas que decís han de verificarse en nuestro siglo?

-No, hermano mío, respondió el filósofo, esta invención puede compararse al arbolillo que acaba de nacer. No es tiempo aún de que produzca el fruto que de ella se espera, fruto dulce y amargo a la vez, tan precioso y tan funesto como el del árbol de la vida, pues que dará a la especie humana el peligroso conocimiento del bien y del mal. Ilustrarán se las gentes, pero correrá la sangre de los pueblos, adelantarán las ciencias, pero descubriránse con su auxilio nuevos medios de destrucción... es harto cierto que es medio de ese vaivén de innovaciones será el hombre más rico, más cortes, más civilizado... no sabré, empero, deciros si se podrá alabar de más dichoso.

-Allá se las campaneen, padre mío, respondió don Álvaro, sobrado tenemos que hacer en el siglo en que vivimos para ocuparnos de los negocios del venidero. Cada día que luce me trae una nueva calamidad, y temo que arrastrado por una cadena de desgracias no me guarde la fortuna en el último eslabón un precipicio. Vos me habéis servido en diversas ocasiones con la prudencia de un sabio y el cariño de un hermano; a vuestros vaticinios debí la esperanza que me sostuvo en el último destierro, sin la cual no hubiera visto la muerte de mi más fiero enemigo. A ellos, padre mío, la certidumbre de recobrar la gracia del rey don Juan y nadar nuevamente en la opulencia. Hace tiempo, es verdad, que no he venido a consultaros, porque si es dulce al desdichado el anuncio de la felicidad, ¡cuán amarga ha de ser al que es dichoso la predicción de su desgracia! No obstante, prosiguió el condestable adelgazando la voz, vuelven como os decía a tomar mal aspecto los negocios, y hasta llego a recelar no sacuda el rey don Juan el yugo de mi tutela. Entonces, ¡ay!, entonces ¿qué fuera de nosotros?... ¡oh!, separaríame ahora mismo de ese monarca pueril, si supiese que mis contrarios me dejasen vivir tranquilamente en mis castillos...

Interrumpióse el condestable al decir estas palabras cubriéndose el rostro con ambas manos, cual si el peso de sus angustias le quitase hasta la fuerza de proseguir el discurso. Mirábale entre tanto Ben-Samuel, apoyada la mejilla sobre su brazo derecho, recreándose en el hervor de las pasiones que devoraban el corazón de aquel magnate, que, a pesar del orgullo con que trataba a los demás, venía como a humillarse y a confesar sus recelos a las plantas de un judío. Animóse después de un rato don Álvaro de Luna, y continuó su interrumpida relación de esta manera.

-No extrañéis, docto Samuel, la opresión que me agobia. Otras veces he venido a hablaros con la cabeza erguida y el semblante más alegre, pero no veía entonces en mis sueños como ahora los preparativos de un suplicio, ni tropezaban mis ojos donde quiera con un sangriento cadalso. Por esto, padre mío, deseo saber cuál será el fin de mis días: ¿las visiones con que lucho durante la noche son anuncios positivos de que he de morir como los traidores, o he de considerarlas solamente como delirios de una fantasía exaltada en fuerza del enojo que inspiran esos bandos, rivalidades y encuentros? Tal es la cuestión que someto a vuestra divina ciencia para que me decidáis, si os place, sin la más leve tardanza.

Levantóse el astrólogo al oír esto, y echando mano a varios de los instrumentos que había en aquella estancia, preparóse como para leer en las páginas de lo futuro. Fijando después en don Álvaro sus negros y vivaces ojos, contemplólo largo espacio cual si pretendiese analizar las muchas líneas que cruzaban por su rostro. Tomóle la mano diestra y examinó escrupuloso todas sus rayas sin hablar palabra alguna, observando con inalterable gravedad las prácticas y ceremonias prevenidas por las artes cabalísticas. Así que dio fin a estos preliminares, animó leve sonrisa sus majestuosos rasgos, y clavando otra vez la vista en la cara de don Álvaro de Luna, soltó reposadamente la voz a semejantes razones:

-Extraño mucho que agitado como estáis por ilusiones fantásticas, no hayáis venido más presto a buscar en este humilde aposento la tranquilidad de vuestro espíritu. Aunque émulo indigno de Galeotti y Nostradamus, no dejo de leer el destino de los hombres en las revoluciones de los astros, y, a menos que tuvieseis poca confianza en la lealtad o sabiduría de vuestro intérprete, no acierto por qué razón habéis descuidado hasta ahora mis consejos. No por eso dejaré de deciros lo que mi débil juicio alcance, puesto que el término adonde os ha de llevar vuestra opulencia ha sido no pocas veces el objeto de mis observaciones profundas. Sabed, por lo tanto, don Álvaro de Luna, que por la parte de Asturias leo el nombre de cadalso, y alejaros debéis de aquellos ángulos, si es que deseáis evitar el fin de vuestras grandezas.

-¿El hombre decís de cadalso, padre mío?, preguntó tranquilamente el condestable.

-He aquí las efemérides prosiguió el astrólogo: ved la posición de la Luna con respecto a Saturno, y el ascendiente de Júpiter sobre entrambos. Esta combinación es de feliz augurio para el que ha nacido debajo de su influencia; pero hallándose Saturno al propio tiempo en directa oposición, amenázale súbita y violenta muerte en edad algo avanzada y en determinado punto; no sabré decir de fijo si en un infame cadalso, aunque aseguraros puedo que veo indicado tan espantoso nombre hacia las regiones septentrionales de estos reinos. Por esto debéis rehusar el ir, o el que os lleven, hijo mío, a tan peligrosos sitios. Repasad ahora en vuestra mente la analogía que pueden tener tales indicaciones con los lances y particularidades de vuestra vida, y vendréis a conocer, al efecto de calmaros y alejarlo, el fin próspero o desastrado que os aguarda.

Es de pensar que nada comprendió don Álvaro de la explicación científica del filósofo; pero llevó en la imaginación muy impreso aquello de que moriría en cadalso. Cabalmente llamábase así uno de los muchos pueblos de sus dominios, y como por su posición inclinábase hacia el norte, dedujo de todo ello el condestable, que en él había de morir y no en la plaza pública, según creyó por sus sueños. La singular coincidencia que veía entre el nombre de este pueblo y el del objeto de sus continuos terrores, hízole dar mayor crédito a la predicción del astrólogo, a lo que se añadía la certidumbre en que estaba de no haber comunicado a persona alguna sus desesperadas visiones. Disimuló con todo la secreta alegría de su ánimo, metió la mano en el pecho, y sacando una bolsa púsola en las del judío en prueba de veneración y agradecimiento. Despidióse enseguida, y repitiéndole que no dejase de considerarle como su mejor amigo, salió del aposento y tomó sin más tardanza el camino de Segovia.

Violo partir el astrólogo desde una de las ventanas de su estancia, y seguro de que estaba harto lejos para volver hacia atrás, abrió la puerta por donde se subía al observatorio, e hizo salir de debajo las revueltas que formaba la escalera al gitanillo Merlín, ya bastante conocido de nuestros lectores.

-¿Veis cómo no os engañaba, dijo al judío Ben-Samuel dando un brinco desde su madriguera al aposento, cuando os aseguré ayer noche que vendría muy presto a consultaros?, ¿y qué decís de mi caletre y perspicacia para adivinar donde le pica la mosca?

-Que tienes excelente olfato, y una vez puesto en vereda no pierdes la buena pista. Por la descendencia de Abraham nunca hubiera creído que fuese tan simple ese orgulloso nazareno.

-Pues si hubierais visto ayer tarde cuando yo me divertía en irritarlo, diciéndole a sus mismas barbas el miedo que le consume, no podríais concebir cómo un hombre que hace largos años despotiza en estos reinos; un hombre, cuya audacia y valor han sido célebres, sucumba tan fácilmente a imaginarios terrores. Bien sospeché algo de lo que pasaba por la charlatanería de los criados; pero nunca me lo figuré con tal extremo hasta haberlo averiguado por mí mismo.

-¿Y dices que has de seguir las pisadas de aquel terrible nazareno llamado Arnaldo de Urgel?

-Así me lo encargó anoche el condestable de Castilla. También el señor de Alanza alimenta odio implacable contra tan fiero barón, y paréceme que ha de ser rica además la recompensa de ese valiente espionaje. Ya las huestes del infante marchan, según pública voz, con gentil compás de pies en dirección a la corte, y como tengo carta blanca para uno y otro ejércitos, no temo andar barajando entre los israelitas y los filisteos. Ello es harto positivo que un arcabuz disparado por inadvertencia, una flecha extraviada por azar, podrían darme recelo a tener menos viveza en los ojos y agilidad en las piernas..., pero quiero enseñar a mi tribu la manera de vengar la opresión que sufrimos, chupando el oro y la sangre de nuestros implacables verdugos.

-Veamos entretanto, dijo interrumpiéndole el astrólogo, que recompensa ha dejado aquel soberbio, pues es justo que también participes de ella. ¡Miserable avaro!, exclamó echando mano a la bolsa: estoy seguro de que cualquiera mujercilla me la diera más repleta para que le vaticinase la vuelta de su galán o la muerte del marido. ¡Miserable avaro!, ¿y no se había puesto en la cabeza adquirir algunas luces en esta ciencia sublime? Sí por cierto; cuando el hocicudo lobo, cuando el montaraz jabalí tendrán gusto por la música. ¡Miserable avaro!, ¡aspirar a leer en el glorioso blasón del firmamento!... más fácil sería al mochuelo mirar con ojos de lince... ¿y son tales sus presentes después de haberme tentado con tan pomposas ofertas para arrancarme de la corte del magnífico Matías, donde el huno y el turco, el nazareno y el idólatra, el Zar de Moscovia y el Kan de la Tartaria se esmeraban a porfía en ganar mi voluntad con espléndidos regalos? ¿Juzga en mal hora que soy hombre para vivir sepultado por indecente pensión en este viejo castillo, y que me ha de tratar como el jilguero que meten en jaula ruin y le hacen cantar cuando le silban? ¡No, por las aguas del Jordán!, primero pierdan los descendientes de Jacob la esperanza que les sostiene si...

Interrumpióse de repente Ben-Samuel, y volvió a tomar la bolsa que arrojara sobre el tapiz en los primeros impulsos de su cólera. -Quizás, murmuró entre dientes, se halle en el fondo algún diamante de alto precio; pues he oído decir que llega a ser generoso hasta la prodigalidad cuando lo exige su interés o le mueve su capricho.

Vacióla al ofrecérsele esta idea con curiosidad codiciosa, y no cayendo más ni menos que unas veinte medallas, irritóse nuevamente aquel avaro filósofo.

-Mira, mira, hijo Merlín, dijo al gitano, hasta donde llega su desvergüenza. ¿Piensa el viejo miserable que ha de gozar por salario vil de los frutos de la ciencia celestial que estudié con aquel armenio llamado Istrahoff, que no había visto el sol en más de cuarenta años; con el griego Dubravins, que tiene fama de haber resucitado los muertos, y con el hebreo Eba-Alí, a quien hube de buscar entre las grutas de la Tebaida? ¡No, por las torres de Sión! El bárbaro que desprecia la ciencia, perezca por su propia ignorancia. ¡Veinte medallas!, rubor me daría ofrecerlas a Raquel para comprarse un turbante.

Mientras de esta suerte hablaba, echó algunas a Merlín, y metió las restantes en un bolsillo de cuero pendiente de su cintura; bolsillo que la muchacha Raquel y otras de su errante tribu, hallaban con más facilidad el secreto de vaciarlo, que de proveerlo el filósofo, a pesar de su decantada ciencia.




ArribaAbajoCapítulo XXI

Relación de Merlín


No es nuestro intento, ni hace tampoco al plan que nos hemos propuesto, el seguir en sus varios sucesos a los e ejércitos de Aragón y de Castilla. Baste saber que al disponerse don Enrique a penetrar por tierras de Segovia, recibió órdenes del rey don Alonso para que revolviese hacia Barcelona con sus mejores soldados, donde debía tomar el rumbo de las costas de Sicilia.

Desde el famoso consejo de guerra de que dimos cuenta en el capítulo XIX, observóse alguna tibieza entre Arnaldo de Urgel y Ramiro de Linares. Enfurecido el primero al ver la destrucción del plan de venganza, que fraguara tiempo había contra el pusilánime don Juan de Castilla, no podía perdonar al del Cisne haber sido el autor de agravio semejante; y bien que no procediese hostilmente contra él, acaso le hubiera sido agradable la ocasión de un rompimiento. Y si no es fácil pintar el despecho que produjo en los capitanes aragoneses la inesperada noticia que les hacía renunciar a las esperanzas fundadamente concebidas en orden a los resultados de aquella guerra, es mucho más difícil, por no decir imposible, por no decir imposible, el dar idea del frenesí que se observó al haber de soltar la presa en el iracundo Arnaldo. Ciego de cólera, y luchando a la vez con las más embravecidas pasiones, llegó hasta tener la audacia de indicar que se desobedecieran las órdenes del monarca; y viendo que no había uno solo en el consejo que dejase de afearle aquel movimiento de rebeldía, casi perdió el uso de la palabra formando el mismo furor como un dogal en su garganta, y llevó involuntariamente la diestra a la empuñadura del puñal, mientras brotaban rabiosas lágrimas de sus ojos en noble desacato de la ilustre concurrencia.

Sin embargo, no quiso salir del reino el infante don Enrique sin sacar algún partido de las ventajas conseguidas en aquella campaña. Para esto entabló negociaciones de paz, proponiéndose con ellas dejar tranquilo el Aragón durante su ausencia, y recuperar una parte de los bienes que debía heredar en Castilla.

Felizmente no dejaron de ser oídas sus propuestas en la corte del rey don Juan. Empezaban a levantar la cabeza los enemigos del condestable a la sombra de las mismas guerras de aragón, y llenos de osadía por los reveses que habían probado los castellanos, indicaban sordamente a don Álvaro como la única causa de todos ellos. Crecían las hablillas y las murmuraciones, juntábanse en corros los descontentos, y advertíase en el rencor de los ánimos una conjuración venenosa, próxima a estallar sobre la cabeza del suspicaz favorito. Por esta razón érale conveniente alejar de cualquier modo los peligros de la guerra, y revolver contra los grandes que amenazaban de cerca su opulencia y su persona. Y como principió el infante las gestiones políticas antes de verificar su retirada ni hacer públicas las órdenes que del rey don Alonso tenía, fuele fácil lograr su pretensión; por manera que cuando tomó el rumbo de Cataluña, pudo manifestar a don Álvaro que solamente lo hacía en fuerza del tratado de paz ya próximo a publicarse. Esto no obstante los dos ejércitos no dejaban de espiarse mutuamente con apariencias hostiles, y aún eran muy frecuentes algunos choques sangrientos entre la retaguardia aragonesa y la vanguardia castellana.

En uno de ellos salió peligrosamente herido el caballero del Cisne, y no siéndole posible el seguir la marcha de sus banderas, retiróse con Roldán y varios vasallos suyos hacia la derecha del camino real, para buscar de buscar algún asilo donde curarse las heridas y aguardar la publicación de la paz, que, en vista de todo lo dicho, no podía retardarse. Discurriendo por los bosques, siempre llevando en los hombros al doliente caballero, llegaron a las tapias de un molino enteramente solitario. Elevábase en las orillas de un limpio arroyo, que se deslizaba por entre floridas riberas con sesga y apacible corriente, y ofrecía en su aspecto la habitación de una familia rústica, pero no del todo escasa en los bienes que llaman de fortuna. Salió el molinero a los gritos acompañado de una doncella, que según trazas era su hija, y algo tranquilo al observar la cortesía y llaneza de sus huéspedes, dioles franca y amistosa acogida con cuantos auxilios estuvo en su mano ofrecerles.

Varios días permanecieron en aquel cómodo retiro y cuando empezaba el Cisne a levantarse, y apoyado en el brazo de Roldán a dar vueltas por una huerta inmediata, vieron saltar la empalizada, que les servía de cerca, al gitanillo Merlín, a quien conocieran en el ejército aragonés en tiempo que a banderas desplegadas entraba por los campos de Castilla en alas del triunfo y de la gloria. Admiráronse de verle por allí, y aún más se sorprendieron al oírle decir que tenía que hablar sin tardanza a don ramiro.

-Pues no te parezca, gritó Roldán al ver que su discípulo se disponía a escucharle, que hayas de ir después con el cuento de nuestro hallazgo a los que te sueltan como un podenco para olfatear a los guerreros de fama; porque si tu embajada trae visos de superchería, ¡por el sacrosanto templo de Jerusalén!, que con la cuerda de aquel arco te he de hacer dar aquí mismo muchas más vueltas que un trompo.

Miróle el gitano de hito en hito sis pestañear siquiera, y volviéndose otra vez al caballero del Cisne, le dirigió la palabra en esta forma.

-Aunque en alguna ocasión me hayáis visto pasar por junto a vos entre los blancos pabellones del campo de don Enrique sin manifestar conoceros, sabed que tuve mis barruntos de espiar un momento en que participaros sin testigos la suerte de cierta hermosura, desde algún tiempo cautiva en el castillo de Alanza.

-¿Y se llama?..., preguntó con viveza el caballero.

-Matilde de Urgel...

-¡Matilde!, ¡y en el castillo de Alanza!, exclamó Ramiro.

Y oprimida y hostigada, replicó Merlín, y próxima a sucumbir bajo el riguroso yugo...

-¡Infeliz!... Explícate, vive Dios, y si en algo estimas la inmunda vida que arrastras, indícame los medios de liberar a Matilde.

-Poco a poco, respondió Merlín, esa impetuosidad de que hacen gala los cristianos, contribuye a que olviden casi siempre lo más esencial de los asuntos. Lo primero de todo conviene saber qué recompensa daréis al gitanillo si os pone en camino de salir airoso de tan negra aventura.

-Te perdonamos por el pronto, dijo Roldán adelantándose a su discípulo, la zurra que no hubieras dejado de llevar si fuese la noticia de menor quilate. ¿Te parece, señor bribón, que se me haya borrado de las mientes lo que hablaste cierta noche con otros dos pícaros de tu ralea, a la margen de un arroyo que baña el castillo de Alanza? Jurada te la tengo desde entonces, y como no trates de dar pruebas de honrado comportamiento en pro de la ilustre huérfana, yo haré que arrojes esa maldita ponzoña que te carcome los sesos.

-Sobre todo, prosiguió el del Cisne, cuenta por mi parte con un par de caballos negros como el ébano, arrogantes, erguidos y espumosos, de generosa raza, ondosas crines, descarnadas piernas, fervoroso pecho, resonante casco, y en fin...

-Basta, basta, interrumpió el gitano, por el brillante astro que adoro eso pido y barras derechas. Habéis, pues, de saber, señor caballero, que Matilde de Urgel fue presa por orden del señor de Alanza y don Pelayo de Luna, no sabré decir si por vengarse del conde Arnaldo, si por reprimir su condición altiva, o deseosos de pillar un cuantioso rescate. Así que llegó al alcázar, determinaron tratarla con más respeto que a las bellezas arrastradas a tan lóbrego edificio para los pasatiempos y deleites de aquella gente descomunal y soberbia. Desde luego no pudo resistir don Pelayo la tentación de ver si era tan linda cual la celebrada fama, y subiendo al aposento que le servía de cárcel, quedóse tan deslumbrado al resplandor de su belleza, que empezó a ponerse tétrico y pensativo sin ya tomar parte en las públicas revueltas, sin aspirar a los honores y a la gloria y pensando solamente en aquella melancolía hermosura. En balde sus amigos y satélites quisieron desvanecerle; en balde se empeñó su propio padre en que apresurase su unión con cierta dama de Asturias de quien anduvo en otro tiempo enamorado; todo fue inútil: viéronse desairados sus amigos, desobedecido don Álvaro, y suspensa la corte toda a tan siniestra y súbita mudanza, atribuyéndola a disparatadas conjeturas, sin dar en la verdadera por ignorarse en Castilla quienes fuesen los raptores de Matilde. Resistía entre tanto la noble dama las persecuciones de su impetuoso seductor, manteniéndose firme en que se daría la muerte primero que ser víctima.

Hace muy pocos días entró don Pelayo en su aposento, y le dio parte de la prisión de su hermano...

-¡Arnaldo!, interrumpió don Ramiro...

-Arnaldo, repuso Merlín, prendiéronle, según noticias, el mismo día en que vos desaparecisteis del ejército.

-¡Desgraciado conde!, exclamó el del Cisne; ¡cuál será la suerte que te espera habiendo caído en manos de sus mortales enemigos!

-Figuraos, prosiguió Merlín, el sentimiento de Matilde al oír que se hallaba su hermano a la merced del condestable, quien podía hacerlo morir antes de publicarse la paz con cierta apariencia de justicia, en razón de ser notorio el empeño que formó el conde de Urgel para destronar el rey don Juan. Quiso suavizar don Pelayo au amargura ofreciéndole defender al ilustre prisionero, pero como dejó traslucir en su alborozo la recompensa que exigía por tamaño beneficio, los ojos de Matilde que brillaran, al oírle con un rayo de esperanza, eclipsáronse de repente, y la sonrisa pronto a embellecer sus labios desapareció ligera, como los círculos formados en el terso cristal de un río por las amarillentas hojas que de los árboles caen a principios del otoño. Y al insinuarla después abiertamente el descomedido guerrero que hallar esperaba en su enlace y su cariño el galardón de tales esfuerzos; al irse empeñado en el cotejo de la vida holgada y opulenta que le podía proporcionar, con la oscura y oprimida en que ahora la veía, dejó caer la doncella la lánguida cabeza entre las manos, y vertió lágrimas ardientes de sus ojos, sintiendo desmayar toda su entereza e intrepidez, cual si viese ya extinguido el esplendor de su alcurnia.

Este recibimiento, no obstante, era benigno y bondadoso comparado con los que tuvo hasta entonces el caballero de Luna; por lo cual alegre sobremanera interpretólo como un primer paso hacia el amor, y un reclamo a su ternura y a su crédito.

Ya no disimuló cual antes el proyecto de unirse por formal vínculo con la hija de Armengol. Sus ideas y modales cambiaron súbitamente; no manifestaba a los amigos la misma benevolencia, y anunciábase en fin como un hombre subyugado por Matilde, muy capaz de venderlos a la menor insinuación de esta belleza, y de abandonar los intereses de la corona de Castilla. No podéis figuraros la cólera que causó a Rodrigo de Alanza y sus compañeros esta contradicción de don Pelayo: irritados hasta lo sumo por la audaz insolencia de que pensase en aliarse con la familia de Urgel, determinaron de mancomún, tanto por frustrar ese plan ese plan, como para que cesase la causa de tantas discordias, y no se hiciesen públicos en Segovia los crímenes cometidos en el castillo de Alanza, que pereciese Matilde por la copa o el puñal. Ocultaron tan negro proyecto a Mauricio de Monfort y al caballero y al caballero de Astorga, por saber de cierto que no suscribirían a él; pues aunque jóvenes relajados y adictos al bando del condestable, brilla en su pecho cierto espíritu de hidalguía que les hace mirar con horror, y fieramente oponerse a tan pérfidas violencias.

Subió en esto conmigo al aposento de Matilde el brutal señor de Alanza con el intento, a lo que presumo, de trasladarla a las cavernas del alcázar, donde fuese sacrificada a la ambición del partido, que fraguaba él mismo bajo la sombra de tantos desórdenes y de la protección que sin conocerle bien le dispensaba el favorito. Adelantóse a paso lento hacia ella, y fijó los ojos en su angelito semblante, cual si hubiese querido ejercer la diabólica influencia de aquellos verdinegros reptiles, que con sola la vista o el aliento fascinan y emponzoñan las aves. Detúvose en medio de la estancia algo cortado al aspecto de la divina beldad que tenía ante su vista; pero volviendo de su asombro levantó orgullosamente la cabeza, desplegando de este modo su prodigiosa estatura, y disponiéndose a hacer gala contra Matilde de todo el ascendiente de su alma pérfida, como el águila cuando eriza las plumas para lanzarse rabiosa sobre la indefensa víctima.

Cual si la pobre huérfana adivinase su intención, y leyese en la feroz fisonomía de Rodrigo el medio de amansar las iras de tamaño monstruo, apresuróse a decirle que estaba pronta a pagar por su rescate el caudal que le pidiera. Bien es verdad que no plugo mucho al de Alanza semejante ofrecimiento por las voces que corrían de que andaba preso el conde; más habiéndole contestado Matilde que eso no era obstáculo para que lo aprontasen sus vasallos, y aun el mismo infante don Enrique, si presto y forzoso fuera, marchóse a pesar en lo que mejor le estaba, gruñendo entre dientes, a guisa de selvático mastín cuando vacila entre acometer la presa u obedecer a su amo que le manda sosegarse. Mucho contribuí por mi parte a que adoptara el partido de pillar un buen rescate; y aún supe persuadirle, para que enteramente desistiese de dar la muerte a Matilde, observase tal conducta que pudiera serle fácil el enlazarse con ella y suplantar al de Luna, si al rigor de la actual tormenta cayese el fiero partido del condestable don Álvaro. De esa manera, añadíle, os hacéis independiente, puesto que podréis hallar consideración y riquezas en la hermana del conde Arnaldo, al tiempo que seguridad completa en Cataluña o en Nápoles.

Habléle con tanta osadía, ya por el grande prestigio que ejerzo con aquel magnate debido a mi rara ciencia, ya también porque yo sólo he sabido merecer su confianza. Semejante valimiento proporcionóme algunas veces tratar de cerca a la doncella cautiva, y de tal suerte admiraba su resignación virtuosa, que perdían mis facciones de su salvaje aspereza al ver aquella interesante criatura, que aunque sola y sin amigos, se defendía no obstante con sostenido valor y sin desdeñosa arrogancia. Prendado, pues, de la inalterable mansedumbre con que llegó a domeñara mi condición zafia e indómita; y descubriendo en ella a un ser que se interesaba por mi orfandad e infortunios, en vez de echármelos en cara y reír de ellos, como hasta entonces hicieran cuantos habitan la tierra, no pude contemplar sin compasión el destino de una virgen infeliz, tan digna por su generosidad y pureza de haber nacido en los blandos países que baña el Nilo con sus ondas.

-Mira, hijo Merlín, dagame un día el señor de Alanza; tú tienes la astucia de la serpiente y la travesura del galgo que sabe seguir sin desviarse la buena pista. Tú solo, pues, entrarás la comida a la dama que tengo encerrada en las galerías del norte. Oyes: procura ganar su confianza; insinúate halagando sus vanidades, sus caprichos, y..., harto me entiendes, bribón; haz que caliente y acaricie la víbora en su propio seno. Ya sé que eres como aquellos selváticos mastines que siempre le gruñen a la carne humana; por lo mismo te arrojo ese cordero..., pero no, no la maltrates: envaina las uñas; esconde por ahora los dientes; lame suavemente su mano, y dispón su pecho a favor de don Rodrigo. Cuenta con que me has de decir cuanto se le escape o te confíe, porque si la cosa se dispone de modo que no pueda llamarla mía... ¡por las voraces llamas del abismo!..., yo te juro que el pozo más hondo de mi alcázar recibirá nuevo huésped en su húmedo y cóncavo seno.

Pero en lugar de seguir los avisos de aquel tigre, determiné arrancar la cándida paloma de sus garras. A fin de conseguirlo y buscar quien me ayudase, hice valer cierto espionaje que me encargara don Álvaro de Luna en el campo aragonés. Concedióme el de Alcalá licencia para desquitarme de él, sobremanera orgulloso al notar que echaban mano de su lebrel favorito, y pude convencerle de que durante mi ausencia tratase a Matilde con blandura y cortesía, sin permitir que nadie la sirviese más que su propia doncella; para lo cual le hice sospechar que aspiraba por mí mismo a concluir felizmente el consejo ventajoso que le diera. Algo suavizada con esto la brutal aspereza del gigante, faltábame únicamente participar mis intentos a la desgraciada huérfana.

Subí una tarde a su aposento, y encontréla en cierta azotea que hay en él, apoyándose contra el antepecho que la resguarda y la ciñe. En su rostro levantado hacia la bóveda celeste había algo de sobrenatural que inspiraba admiración y respeto a una criatura tan baja como el gitano Merlín. Yo no sé qué creí ver en aquella joven tímida, resignada y doliente; su actitud era bella, suave su melancolía, y apenas podían contemplar sus ojos, ya lánguidos y amortiguados, el brillante firmamento de que en otro tiempo fueran la más limpia y candorosa imagen.

Estúvela mirando silencioso; pero pronto reparó en mí. -Merlín, me dijo, ¿vienes a anunciarme la muerte?, heme dispuesta a recibir de mis verdugos la copa o el puñal, cual si fueren un suspirado presente. -Así diciendo, dejó caer la cabeza entre las manos, lanzando un penetrante gemido que atravesó mi bárbaro corazón.

-En hora desusada venía, respondí, para aseguraros que deseo hacer algo por vuestra libertad. Noble señora, mi pecho se ha enternecido por la vez primera, y no dudéis un momento que si antes hubiera sido constante en despreciaros, lo será actualmente en serviros. Hasta ahora fui comparable a la hiena que revuelve con el inmundo hocico el polvo de los sepulcros, y sale de noche frenética a desterrar cadáveres; pero tanta resignación, tantas virtudes han apagado mi saña, han dulcificado mi aspereza y mi barbarie.

Con tardo movimiento, y no sin dificultad, levantó la suave frente dejándome ver un semblante ya pálido y cadavérico. Habíase extinguido la divina lumbre de sus ojos, y notábase en el desfallecimiento de sus miembros el pernicioso efecto de aquel alcázar húmedo e hipocóndrico. Con una de las manos comprimíase las sienes cual si percibiera en ellas agudísimos dolores, y se afianzaba con la otra en las almenas que coronaban el antepecho o el muro de aquella singular galería. Sin duda le inspiraron mis ofertas sensible agradecimiento; pues miróme con la sonrisa en los labios, y por un instante complacióse su alma pura en la idea de que aún había en el mundo quien se complaciese de la desgracia huérfana. Alargóme una mano que besé con respetuoso fervor, y díjome dulcemente buscase por el campo de Aragón algún noble paladín que quisiese libertarla.

-Y si acaso no le encuentras, o amigo mío, prosiguió, pueden ya llorar por mí las hijas de San Servando, como por la flor que pisa codiciosa espigadera. Puesto que gime en cárcel lóbrega el infeliz conde de Urgel, sólo conozco un guerrero capaz de luchar con los desalmados barones que habitan en este castillo... Ramiro de Linares, hijo del noble don Íñigo, a quien apellidan las gentes el caballero del Cisne, el cual creo que consentiría en romper una lanza por libertar a la huérfana Matilde. No dejes de rogárselo en mi nombre, y de decirle que aunque no le sea dable hacer este nuevo beneficio a la hija de Armengol, no por eso dejará de agradecerle los muchos que ya debe a su familia. Añádele también que no deseo la libertad para evitar una muerte, que un presentimiento triste ya me indica muy cercana, sino por buscar los medios de salvar la vida de mi dulcísimo hermano. Adiós, pobre Merlín, he aquí esa sortija para que mejores tu suerte, y te acuerdes de Matilde, y enseñes a mis amigos el lugar donde sepultan mis virginales despojos.

Faltóle de repente el momentáneo esfuerzo con que pronunciara estas palabras: quedóse pálida, y el lívido velo de la muerte marchitó, desencajó sus delicadas facciones dándome una idea rápida de lo que sería su cadáver. Escuchéla traspasado de amargura, y prometíla hasta con cierto entusiasmo, buscaros por todas partes recorriendo el olor de vuestro nombre el Aragón, la Navarra y la Castilla. Supe por los de mi tribu que desaparecisteis del campo aragonés la noche misma en que cayó prisionero el conde de Arnaldo, y como nadie ha hablado de que hubiese acaecido tal desgracia al caballero del Cisne, sospeché que andaríais oculto por estos alrededores, y no perdí con mi natural sagacidad la esperanza de encontraros. Ello es, que con la sortija de diamantes que me regaló Matilde, las medallas que sabré arrancar al montaraz jabalí de Alanza y los dos caballos que no dejaréis de darme a su tiempo, sacaré pingüe recompensa de este negocio, y además no sé qué género de satisfacción por haber procurado libertar a la única cristiana que se ha compadecido del vagabundo Merlín, y no le ha apellidado con arrogancia y desdén cíngaro, gitano y egipcio.

Atónitos estuvieron el del Cisne y su maestro a la relación de Merlín, y mientras revolvía el primero grandes pensamientos ren su imaginación para librar a la hermana del conde Arnaldo, penetrado el segundo de sus desgracias juraba a Dios y en su ánima, romper lanzas con el mismo Rodrigo de Vivar, cuanto más con don Rodrigo de alanza, en pro de su gentileza y donosura.

Puesto que te hallas en tan buena disposición para obrar siquiera una vez a derechas, dijo pasados algunos momentos Ramiro de Linares al gitano, ¿qué medios te parecen más adecuados al efecto de socorrer aquella desgraciada hermosura?

-Como no sé lo que ha ocurrido en el castillo desde el día de mi ausencia, mal os puedo aconsejar sobre este punto, respondió el gitano. Con todo, hallaos dentro de seis días al pie del torreón del ángulo que mira a la ermita de Alanza como a eso de la media noche. Yo tendré prevenida a Matilde, y aún dispondré la cosa de modo que podáis hablar con ella, y tratéis entre los dos el medio de libertarla, contando sin ninguna restricción con mi eficacia y mi astucia. Hacia el amanecer os esperaré sentado en las gradas de una cruz, que ya de lejos anuncia la célebre encrucijada que se encuentra tomando desde el alcázar el camino de Segovia.

-¿Y qué seguridad nos das, díjole entonces Roberto, para que prestemos crédito a toda esa algarabía de protestas?

Metió el mozo la mano dentro del pecho, y sacando una sortija preguntó a los dos guerreros si la conocían.

-La conozco, la conozco, respondió Ramiro; no pocas veces hela visto brillar en la mano de Matilde por las selvas de San Servando.

-Pues tal es mi garantía, dijo con cierta satisfacción el mensajero.

-¡Tu garantía!... ¡Oiga!..., repuso Roberto; sólo falta haya quien nos asegure haber llegado a tus manos por sano y regular conducto.

-De manera, respondió Merlín mirándole con sobrecejo, que si dudáis por capricho hasta ese extremo, púdrase en el calabozo la ilustre joven de Urgel, quedaos enhorabuena con esa flema tan ridícula en los guerreros que de valientes se precian, y más que pierda yo el par de caballos de arrogante condición y famosa raza.

-No, ¡por vida de San Jorge!, exclamó el del Cisne poniéndose en pie y dirigiendo la mano hacia la cruz de su espada: por esta insignia te juro que he de aguardar al pie del torreón que dices, desde que asomé la luna en el término preciso de seis días.

-Alto, pues, dijo levantándose el gitano, cerrado y concluido queda nuestro trato: corro desde este instante, a pesar de mis fatigas y asendereamiento, a disponer los ánimos en el alcázar de Alanza para que no echéis en balde ese viaje; y arranquemos a los verdugos de mi pueblo una víctima tan desgraciada como ilustre.

Desapareció al concluir estas palabras, y un altercado muy serio empezó entre maestro y discípulo acerca del plan que convenía adoptar en tan grave y arriesgado negocio. Roldán no quería abandonar al del Cisne alegando para ello el estado débil y vacilante en que le veía, y empeñábase Ramiro en marchar solo, tanto por no apartarse de las instrucciones de Merlín, como por creerse bastante firme para sobrellevar la armadura.

-Y sobre todo, decía al buen Roberto, según el giro que ha tomado nuestra empresa, más nos hacen al caso el poco aparato y el silencio, que el ruido y la muchedumbre. Dejad que el gitano haga que Matilde escape del castillo por alguna de las aspilleras o ventanas ocultas en las revueltas de sus muros; dadme que yo bravo y resuelto más que el paladín don Gaiferos la reciba en la grupa de mi bribón de batalla, y me bastan tres minutos para reírme de cuantos salgan a nuestro alcance.

-¡Muy bien!, ¡excelente idea!, respondió Roldán; pero si una punta del faldellín se clavara por azar en los hierros de la reja, mucho temo que no pillase el rey moro a don Gaiferos en el acto de robar las cautivas del serrallo. ¡Dios mío! ¿y qué sería de ti, pobre Babieca, si comenzara a decirte con blando y dulce meneo, con voz algo almibarada:


Caballero, si a Francia ides
por Gaiferos preguntad,
¿a quién hacen bravas lides
cautiva esposa olvidar?

No, no, reserva ese brío para ocasiones en que tu corazón corra menos riesgo; pues ya sé por experiencia que en oliendo algún lirio como ese de San Servando, te vuelves todo suspiros y te deslíes como el ámbar.

En fin, después de varias y porfiadas contestaciones, prevaleció la opinión del caballero del Cisne, reducida a que él partiría inmediatamente para el alcázar de don Rodrigo, al efecto de arrebatar con maña, ayudado de Merlín, la hermana del conde Arnaldo, y que Roberto, con los pocos soldados que se hallaban en el molino, tomaría después la vuelta del mismo punto para socorrer la tentativa o la retirada de su discípulo.




ArribaAbajoCapítulo XXII

Lance nocturno


La noche cubría la tierra con su manto, y su silencio profundo reinaba en derredor de las almenas de Alanza, levemente interrumpido por el sonoro murmullo del raudal que bañaba aquellos campos, bajando con manso ruido desde el centro de la sierra. Nubes densas y flotantes corrían por la estrellada bóveda del cielo: lanzaban luna creciente débil y argentada lumbre, y todo manifestaba la hora del universal descanso.

Salía entonces el caballero del Cisne vestido de todas armas de la más cercana selva, donde permaneciera oculto y dejara su bridón atado a los mismos árboles, y enderezaba el paso lento hacia aquel triste y misterioso edificio. Habiendo dado la vuelta en derredor de los muros, detúvose pensativo al pie de uno de sus erguidos torreones, y con los brazos cruzados sobre el pecho, contemplólo largo espacio mientras brillaba su alto yelmo al plateado vislumbre que despide el melancólico astro de la noche. Aguardaba, confiado en las promesas de Merlín, que le hicieran cierta seña desde la robusta torre, e iba atisbando sus claraboyas y rejas no sin agitación curiosa, deteniéndose algunas veces en su callado paseo, y otras aplicando el oído cual si anhelase percibir alguna voz que le llamara. Desvanecida, empero, esta presunción, volvía el paladín a su incertidumbre primera, hasta que el murmullo del arroyo o el suspiro del viento de la sierra engañaban nuevamente su acalorado deseo. Después de dos horas mortales la campana del castillo señaló la media noche: oyóse entonces el grito de las centinelas y un lejano rumor de pasos y armaduras, dando la idea de que iban a relevarlas. Pasó, no obstante, aquel momentáneo ruido; volvió todo a caer en un sepulcral silencio, y el ánimo del caballero en la indecisión y el desaliento que inspira el ver desvanecido un débil rayo de esperanza. Otra hora había lentamente corrido desde que sonó la que hemos dicho, y lleno de inquietud y zozobra iba a regresar a la selva, cuando le pareció distinguir el reflejo de una luz pálida en los aposentos superiores de la torre. Estúvola mirando con cierto enajenamiento cansado de verla brillar siempre inmóvil, y apoyándose contra un árbol corpulento que allí mismo se elevaba, sin nunca apartar los ojos de su llama moribunda, cantó con voz tímida y doliente este antiguo romance:




La vuelta del Cruzado


    Cubre del Albión los campos
noche silenciosa y triste,
y al pie de antiguo castillo
un paladín se distingue.
   Lleva brillante armadura,
victoriosa espada ciñe,
y en su alto yelmo tremolan
plumas de varios matices.
   Vuelve del mágico oriente
donde intrépido y felice,
fue terror de los infieles
en las más sangrientas lides.
   Canta, empero, sus pesares
a la hermosa que allí vive:
pesares que el eco blando
muy tiernamente repite.
   ¡Ay!, ¡quién sabe si a sus cuitas
dejó ya de ser sensible!...,
que la porfía y la ausencia
mayores constancias rinden.
   «Grata mi canción escucha,
gallarda joven, le dice,
y mis ardientes suspiros
eterna pasión te inspiren.
   Ellos mi ardor mitigaban
en los áridos países,
que del Jordán milagroso
baña la corriente humilde.
   Entregado allí mil veces
a memorias juveniles,
lágrimas de entrambos ojos
verter lánguido me hiciste.
   Llevan tu plácido nombre
cien palmeras, y esculpíle
también por las altas peñas,
que aquel lugar santo ciñen.
   Repitiéralo soberbio
al poner la lanza en ristre,
arremetiendo impetuoso
con pujantes adalides.
   Luché, vencí; sin aliento
unos a mis plantas vide,
otros perdón alcanzaron
y en tu nombre fueron libres.
Mas, ¿de qué, fortuna ingrata,
a un desdichado le sirve
besar ausente los grillos,
que un tiempo arrastró felice?
   La beldad por quien constante,
mísero amador, suspires,
ensálzanla trovadores
en voluptuosos festines.
   Los requiebros allí escucha
de guerreros más gentiles,
y hónranla de nuevo amante
cien regalados rubíes.
   ¡Oh!, ¡nunca de Sión volvieran
en busca de prez tan triste
los sin ventura nacidos,
los burlados paladines!»
   Así dijo el caballero,
porque la dama insensible
desoye un canto más dulce
que el del moribundo Cisne.
   De nube sutil saliendo
la luna en tanto despide
un melancólico rayo,
que al héroe doliente aflige.
   Del solitario castillo
las galerías distingue,
y hasta las lindas labores
de sus góticos perfiles.
   Ya el paladín se marchaba;
mas vuelve a mirarlo y gime,
y una lágrima en su rostro
fugitiva se percibe.
   De nuevo a la selva oscura
el lento paso dirige,
cruza en el pecho ambos brazos,
y sollozando repite:
«¡Nunca de Salen volvieran
en busca de prez tan triste,
los sin ventura nacidos,
los burlados paladines!»

Apenas finalizaba la última estancia, observó que le habían escuchado dos hombres de armas desde las plantas acuáticas del frondoso cuanto humilde riachuelo que iba lentamente humedeciendo aquellos prados. Dirigióse con altanería hacia ellos el caballero, y díjoles en tono bastante áspero:

-¿Quién va allá?, ¿es amigo o enemigo?

-Alto, detente, le gritaron; y si aprecias la vida dinos tú mismo quién eres.

-Adivínalo si te place en el modo de esgrimir una hoja toledana.

Echaron sin más ceremonia mano a las espadas, habiendo mandado el guerrero del bosque al otro que iba con él, que se mantuviese quieto. Pero el éxito no anduvo por largo tiempo indeciso: el caballero del Cisne se hallaba entonces sin fuerzas, y el que escuchó su romance parecía bastante diestro y vigoroso. De consiguiente derribólo a las primeras cuchilladas, y corriendo encima de él, mandóle con arrogancia que se rindiese y declarase el objeto que allí le traía, amenazándole de lo contrario con la muerte, para lo cual introducía la punta del acero por entre las barras de su calada visera. Viendo que nada le hablaba, mandó a su escudero que trajese agua del cercano arroyo, y empezó a rociarle el rostro después de haber desatado las correas de su yelmo. Escapándose entonces la luna de entre un grupo de nubes que la tuvieron momentáneamente oculta, derramaba sus limpios rayos sobre el lánguido semblante del desmayado adalid, a quien continuaba prodigando su contrario los más atentos y obsequiosos servicios.

-Corre, corre, dijo, repentinamente al escudero al distinguir las facciones del caballero del Cisne: vuelve por vida tuya al raudal y llena de agua mi propio casco. ¡Es posible que haya visto caer tan fácilmente la mejor lanza de aragón y de Castilla!, bien he pagado por cierto la cortesía de que usó conmigo en las justas de Segovia. Dame ese yelmo, Guzmán, prosiguió diciendo al escudero que ya volvía, dame ese yelmo, te digo, y sosténlo por la espalda mientras yo le baño el rostro. Ya vuelve, ya vuelve en sí: ánimo, hijo del ilustre de don Íñigo; nada temáis, en nombre del cielo os lo juro; la suerte os ha hecho caer en manos de Mauricio de Monfort, el más ardiente de vuestros admiradores..., pero ¡oh Dios!, todo fue ilusión..., mírale, oh Guzmán, mírale pálido y exánime a pesar de su denuedo y del glorioso renombre que lo hiciera tan famoso.

-Pues no hay más, señor, dijo el escudero, sino llevarlo al castillo donde veamos de curarle las heridas, y detener sobre todo la sangre que va saliendo por ellas.

-Dices bien, respondió el caballero, sólo recelo que le conozcan don Pelayo o don Rodrigo, y que no haya en el alcázar quien sepa razonablemente el arte de cirujano. No obstante, continuó dándose una palmada en la frente, como pudiera hacer de modo que Matilde de Urgel le viese y le cuidase..., no hay que preguntar si será diestra en arte tan precioso y divino, pues forma parte esencial de educación algo noble y esmerada, y la hija de Armengol la ha recibido muy culta en las monjas parisienses de San Dionisio. Por la virgen de Monserrate que si llego a conseguir esto, yo haré en cuanto a lo demás que pase el del Cisne por uno de mis amigos; a cuyo efecto ya tendrás cuenta, oh Guzmán, de esparcir esta voz por el alcázar, y aun de andar en derredor del aposento donde coloqué a don Ramiro, para alejar de allí a los curiosos e importunos.

Introdujo Monfort al ilustre herido en el castillo de Alanza, y haciéndolo pasar por cierto amigo que acababa de tener un desgraciado encuentro, acomodólo en estancia bastante bien alhajada, no lejos de la que entonces con su doncella ocupaba la dulcísima Matilde. Enseguida pudo enterar a esta joven de todo lo que ocurría, la cual no acababa de expresar su noble agradecimiento, al oír que la sería permitido cicatrizar las heridas del caballero del Cisne. Ya sabía por el gitano que el hijo de don Íñigo iba a enristrar la lanza para libertarla; pero el haberla destinado por aquellos días aposento más suntuoso en razón de las miras que secretamente tenían con ella don Pelayo y don Rodrigo, y la casualidad de emplear este último hasta muy entrada la noche el astuto y tracista Merlín, frustraron el plan concebido, y sumergieron nuevamente a Matilde en la desolación y el cautiverio.

Cuando acompañada de Monfort y de su doncella se acercó al lecho del caballero del Cisne, hallaron que aún no había recobrado el conocimiento. Examinó Matilde sus heridas, y ayudados por los dos que iban con ella delicadamente vendólas con cierto decoro y primorosa eficacia, que a tiro de arcabuz indicaban no sé qué agradable mezcla de compasión y de ternura. Sabido es que en aquellos siglos heroicos o caballerescos, las mujeres de alta clase estaban iniciadas en los secretos de la cirugía, y que era bastante común debiese un paladín la curación de sus heridas a los cuidados de la hermosa cuyos ojos habían abierto otra más profunda en su alma.

Así se pasó todo el día siguiente, y ya se ocultaba el sol entre los montes cuando recobró el caballero del Cisne el uso de sus sentidos. Cual si despertara de largo y confuso sueño, vagaba su débil espíritu entre mil ideas incoherentes y revueltas. Incapaz de recordar exactamente las circunstancias que habían dado margen a su último combate, ni de seguir la cadena de los acontecimientos que le traían a tan desagradable término, no sabía en qué fijarse, y aun dudaba si le estaban fascinando las ilusorias imágenes de algún momentáneo deliquio. Al dolor que le causaban las heridas, a su debilidad y pocas fuerzas, mezclábanse recuerdos vagos de enemistad y refriegas; veía ardientes caballos arrojándose unos contra otros, chocar y derribarse en la arena; oía el sonoro ruido de trompetas y armaduras, los gritos de los combatientes y el fragoso tumulto de una reñida batalla. En esto hizo un esfuerzo por apartar la cortina del lecho donde le habían colocado, y al lograrlo, aunque con bastante dificultad, hallóse lleno de sorpresa en aposento tan magnífico y suntuoso, que le confirmó la idea de que sólo la mágica oscilación de un sueño podía de repente transportarle desde ensangrentada pendencia a un encantado castillo. Ya se puede presumir que esta ilusión sería maravillosamente sostenida al ver entrar con silenciosos pasos en la misma estancia una dama cuya belleza y compostura indicaban desde lejos esmerada educación y el más noble nacimiento. Otra joven la seguía con las mismas precauciones, destinada, según pudo juzgar el doliente, a su particular servicio.

Lance tan singular e imprevisto era una especie de aparición celestial para el caballero del Cisne, quien al afecto de salir de la curiosidad y admiración con que luchaba, iba a dirigir la palabra a la más ilustre de ellas, cuando con el dedo en la boca le hizo seña de que guardase silencio. Entretanto descubrió la sirvienta el pecho de don Ramiro, y examinando sus llagas la ruborosa Matilde, vio con singular complacencia que le daban fundadas esperanzas de cicatrizarse en breve. Manifestó una modestia y simplicidad tan llenas de gracia y decoro en el desempeño de este servicio, que aun en siglos más civilizados habría desvanecido cuanto pudiese ofender la delicadeza de la más tímida doncella de su sexo. No era una verdad tierna inclinada sobre el lecho de gentil y lastimado caballero, a fin de catarle y vendar suavemente sus heridas..., desvanecíase esta idea para hacer lugar a la de un espíritu bienhechor que desviaba con angelical influjo la guadaña de la muerte. Dios Matilde algunas órdenes en su dialecto provincial a la sirvienta que iba con ella, la que habituada sin duda a ayudarla en lances de la misma especie, ejecutólas con notable prontitud e inteligencia.

Los acentos de una lengua extraña parecen regularmente duros a los oídos de aquel que no la comprende; pero saliendo limpios y sonoros de la boca de Matilde, produjeron el efecto mágico y novelesco que atribuye la imaginación a los encantos de aquellos genios, que se complace en crear durante sus más poéticos arrebatos. Verdad es que no eran inteligibles al doliente don Ramiro; pero el suave metal de la voz que los pronunciaba, y la mirada bondadosa y tímida que los ennoblecía, hacíanlos llegar hasta el corazón, y excitaban suavísima ternura. Dejóse vendar el hijo de don Íñigo sin abrir nunca los labios, y sólo se determinó a practicarlo al ver que le abandonaba el ángel a quien tantos favores debía.

-Celestial criatura, díjola sin conocerla a causa de su debilidad, del desorden de las ideas, y de la luz algo sombría que daban al aposento los pintados vidrios de la gótica ventana: celestial criatura, os doy las más sinceras gracias por tanta oficiosidad y cortesía; sólo deseara saber a quien debo esos singulares beneficios.

-Si logro la dicha de que os sean agradables, os suplico que observéis severo silencio, hasta tanto que lo podáis romper con mi permiso.

-Así diciendo, una sonrisa leve animó momentáneamente su hermosísimo semblante, en el cual se leían no sé qué indicios de un melancólico abatimiento.

-Yo callaré cuando sepa quien sois y el nombre de la generosa belleza que, según me plazco en creer, os ha enviado tan oportunamente a socorrerme. Desde ahora vuelvo a jurarla el justo reconocimiento a que su ternura y sus bondades le dan un derecho para siempre sagrado: desde ahora...

-No os fatiguéis, señor caballero, y desvaneced toda suerte de ilusiones peligrosas. A mí nadie me envía; os sirvo por amistad y por ley de agradecimiento. El héroe que a pesar de sus heridas arriesgóse a combatir por la desgraciada Matilde, es justo que sea curado y socorrido por ella. Aun prescindiendo de esta nueva obligación ¡cuántas, señor caballero, cuántas no os debe la antigua casa de Urgel para que de repente las olviden sus infelices herederos!

-¡Matilde!, exclamó el herido, ¿es posible que seáis vos? Ahora recuerdo los sucesos que han motivado mis heridas, aunque no puedo atinar como nos dejan estar juntos.

-Todo prometo explicároslo; pero aguardaremos para ello a que el descanso os restituya las fuerzas.

No podemos decir si la hermosa Blanca de Castromerin hubiera quedado muy complacida al ver la tierna emoción con que su caballero fijara los blandos ojos en las nobles facciones de Matilde, y en aquellos dulcísimos luceros que brillaban suavemente por entre sombríos párpados, lo que diera margen a un célebre trovador para compararlos a la estrella vespertina, vibrando sus trémulos rayos al través de una selva de jazmines. Pero Ramiro era demasiado buen amante para manifestar a otra dama que a la suya más que cortesanía y agradecimiento. Cual si la hija de Armengol lo hubiese previsto, apresuróse a desvanecer su error, haciéndole comprender que no lo cuidaba por particular encargo de ninguna otra persona interesada en su suerte; mas como a pesar de sus talentos y alma grande, no estaba exenta Matilde de algunas flaquezas peculiares a la especie humana, no pudo menos de suspirar secretamente al ver que la ternura y el enajenamiento manifestados por Ramiro a su bienhechora, cambiábanse de repente en amistoso respeto, sabiendo que los debía a la hermana del conde Arnaldo. Pensativa y bondadosa cedió a las impacientes súplicas del caballero, y refirióle los últimos acaecimientos enterándole de cuanto debía a la cortés correspondencia de Mauricio de Monfort, su admirador y su amigo.

-Una sola palabra, dijo el del Cisne después de haberla escuchado con la mayor atención; una sola palabra y prometo moderar mi curiosidad importuna. ¿Sabéis lo que ha sido de un guerrero veterano llamado Roberto de Maristany?

-Siento, respondió Matilde, no poder satisfacer a vuestra pregunta; pero estaré a la mira haciendo por enterarme de cuanto ha ocurrido y suceda. Entretanto acordaos de que no podéis hablar sin permiso de vuestro médico, el cual, puesto que ignora el arte de hacer las heridas, se precia de tal cual inteligencia en el modo de curarlas. Si os abandonaseis en manos de cualquiera de los guerreros que ejercen la cirugía en este castillo, estoy segura de que ni en cuatro meses os vestiríais la coraza.

-¿Y vos, generosa Matilde, cuánto tiempo necesitáis para ponerme en estado de ceñirla?

-Ocho días solamente, con tal que seáis dócil a mis mandatos.

-Lo seré, no lo dudéis; pues vivimos en un tiempo en que todo buen caballero debe desear hallarse en disposición de poner la lanza en ristre. Sabe Dios si apetezco montar a caballo para volar al socorro de mis amigos; libertaros a vos, cara Matilde; salvar al noble Arnaldo, y correr a la ilustre joven..., -aquí se detuvo temeroso de ofender a la hija de Armengol, nombrando a Blanca de Castromerin.

-A la ilustre joven queréis decir, continuó Matilde atando el hilo de su interrumpido discurso, por quien tan esforzadamente peleasteis en el torneo de Segovia.

A pesar de la sangre que había perdido nuestro héroe, encendiéronse en rápido fuego sus mejillas al ver que había dejado traslucir su cariño a la heredera de Castromerin, sin embargo de sus esfuerzos para ocultarlo; por lo que penetrando Matilde la lucha interior que lo agitaba, apresuróse con generosa ternura a suavizarla o distraerla.

Permitidme, le dijo, que haga valer la autoridad de médico para imponeros nuevamente el más profundo silencio: de otra manera no vería recompensadas mis oficiosas atenciones, ni agradecieras al caballero de Monfort lo mucho que arriesga en socorrernos.

Perdón, amable Matilde, vuelvo a decir que callaré, y que no tendréis motivo de reprenderme; pero ¿no es cierto que parezco destinado a causar la desdicha de cuantos me manifiestan algún interés? Honróme el conde de Urgel con su amistad, y aherrojado lo tiene el vengativo condestable de Castilla; funestas han sido mis miradas a la más linda de las damas de esta comarca; y por socorrerme el caballero Monfort, puede de un instante a otro perecer a las manos de un aleve. Ya veis, oh Matilde, cuán desgraciado es el guerrero a quien auxiliáis bondadosa: abandonadlo, abandonadlo al influjo de su estrella, o temed de lo contrario el peso de las desgracias que despiadadamente le persiguen.

-Mal interpretáis, señor caballero, los favores del Altísimo; con su ayuda humillasteis el orgullo de los enemigos de vuestro rey, cuando parecía haber llegado a su colmo; con su ayuda ennoblecisteis y ensalzasteis las banderas de aragón, y acabáis de hallar en medio de vuestros mismo verdugos quien os proteja y os cure. Alentaos, pues, y creed que os ha conservado el cielo para obrar por vuestro medio acciones dignas de aplauso y de recordación eterna. Así que toméis la bebida que os traerá mi doncella, procurad conciliar un apacible descanso desvaneciendo de vuestra imaginación toda idea que no os sea grata y deliciosa.

Dócil el caballero a los preceptos de Matilde, bebió el calmante que le había preparado con sus propias manos, el cual procurándole un sueño tranquilo dulcificó de tal suerte el hervor de su sangre, que la hija de Armengol hallóle al siguiente día sin ningún síntoma de calentura.



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