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ArribaAbajoCapítulo XXVII

La muerte de don Álvaro de Luna


Después que con tales palabras volvió el conde Arnaldo la jovialidad y la valentía a los diversos soldados que componían su corto ejército, retiróse con el capitán de los lanceros que habían llegado de Segovia, para detenidamente enterarse de la caída y prisión del condestable de Castilla. Supo entonces de su labio que se aguardaba en la corte al caballero del Cisne, al efecto de unirlo con Blanca de Castromerin, y cumplirle con este enlace el rey don Juan las condiciones que se habían publicado con el célebre torneo de Segovia. Y como el partido, que a la sazón triunfaba de don Álvaro tenía un particular interés en que cesasen los alborotos de Castilla, y se destruyese la proyectada alianza entre las familias de Luna y Castromerin, hiciera todos los esfuerzos imaginables, no sólo para persuadir al padre de la hermosa Blanca a que depusiese su ira contra los Pimenteles de Aragón, sino para mover el ánimo del rey don Juan en favor de los dos amantes. Contóle asimismo como la publicación de la paz ya estaba hecha, y que la corte de Castilla interponía su mediación poderosa con el rey don Juan de Navarra, a fin de que no abrigase rencor ni tomase venganza alguna del apreciable príncipe de Viana, el cual iba a quedar sin el mejor se sus protectores, así que se embarcase el infante don Enrique.

En vista de esto llevó Arnaldo al hidalgo de Castilla a la presencia del caballero del Cisne, que aún permanecía recogido en la barbacana, y manifestáronle uno y otro que debía abrazar una ocasión tan propicia para obtener la mano de la heredera de Castromerin.

-Os agradezco, nobles señores, esas favorables nuevas y el consejo que me dais de aprovecharlas, díjoles Ramiro de Linares; pero recelo que mi ilustre padre se oponga a tan suspirada unión.

-No lo temáis, caballero del Cisne, respondió el hidalgo: para remover ese obstáculo y apresurar vuestra venida, enviáronle un mensaje los grandes de Castilla, invitándole a que hiciese el noble esfuerzo de olvidar sus particulares enemistades en beneficio de la paz de entrambos reinos.

-¿Y creéis, señor capitán, preguntóle con voz débil el del Cisne, que esos mensajeros que decís podrán persuadir a don Íñigo?

-Lo creo en razón de la mucha confianza que nos inspiran. El principal de ellos es el respetable y suavísimo abad de San Mauro, antiguo y fiel amigo del conde de Pimentel.

-En efecto, replicó Ramiro: Gómez de Salazar es el varón más a propósito para semejante embajada: sus virtudes, su condición mansa y persuasiva atraen el respeto de los demás, y apaciguan fácilmente las pasiones de los hombres. El cielo que de golpe derrama sobre mi cabeza tan singulares beneficios, acabará de completarlos con la aprobación de don Íñigo. Encerrado y mal herido encontrábame en Alanza, y un ángel del cielo, la dulcísima Matilde, suavizó el encono de mis llagas: entusiasmados amigos vinieron inesperadamente a libertarme, y he hallado entre ellos a mi hermano de armas, el bravo conde de Urgel, ejecutando altas proezas de valor en mi defensa, cuando le suponía gimiendo en subterránea mazmorra. Pero ¿dónde está Matilde, amado conde?

-Bajo la vigilancia de Roldán en una de las alquerías más inmediatas a ese arruinado castillo. Así que rompa la aurora iré a buscarla, y vendremos a daros gracias de cuanto hicisteis por ella.

-No digáis eso, amigo mío, sino que nos hemos mutuamente socorrido a guisa de leales y amantísimos hermanos. Y vos, valiente conde, ¿cómo habéis podido escapar de la prisión en que os hallabais?

-Equivocado anduvisteis en semejante opinión, hermano mío, respondió Arnaldo. Yo no caí prisionero, sino que al ver la retirada de nuestro ejército, escogí como ochenta de mis vasallos más fieles para correr las Castillas en busca de la pobre Matilde. La casualidad hízome encontrar al buen Roberto cuando venía a socorreros, y él me instruyó de que mi hermana se hallaba igualmente presa en el castillo de Alanza. Lo demás ya lo sabéis: ahora sólo os resta tomar la vuelta de Segovia, donde os podréis restablecer y esperar el resultado de las negociaciones pendientes.

-Cierto, interrumpió el capitán; y yo me adelanto a prevenir todo para que seáis bien alojado y servido. Los buenos de Castilla tendrán nuevo beneficio que agradeceros, desde que sepan que vinisteis a pelear contra el de Alanza y el de Luna, así como se creerán igualmente en deuda con el noble conde de Urgel, en cuanto publique la fama que su terrible brazo ha librado a nuestro reino de aquellos turbulentos y descomedidos barones. Voyme, pues, nobles hidalgos, y dejo una parte de mis lanceros, a fin de que pongan orden en los paisanos de esta comarca que han cooperado a la toma del castillo, mientras se arreglan las cosas de manera que dejen la vida licenciosa que les habían hecho adoptar los disturbios civiles y las persecuciones de don Rodrigo de Alanza.

Desapareció el capitán al decir esto, y Arnaldo de Urgel, dejando al del Cisne en medio de sus vasallos, se encaminó a la alquería donde su amable hermana tomaba leve descanso después de tantos peligros y agitaciones violentas. Comunicóle el conde las noticias recibidas por el capitán de lanceros, y la felicidad que iba al fin a coronar la constancia y los esfuerzos del noble campeón del Cisne. La infeliz Matilde parecía no atender a los razonamientos de Arnaldo, y reclinando su cabeza en el robusto pecho de héroe, derramaba abundancia de lágrimas al mismo tiempo que amorosamente lo ceñía entre sus brazos.

-¡Oh Arnaldo!, castígueme el Dios que adoro si no posee tu amigo toda la gratitud, toda la ternura de mi pecho... Yo le manifestaré un día mi hidalgo afecto; afecto nacido del corazón y cimentado en las brillantes cualidades que engalanan el carácter de tal héroe. Por lo demás vuelvo a suplicarte, oh hermano mío, que no conduzcas a la turbada Matilde a la presencia de aquel que ha generosamente lidiado con la resolución de verla libre, o de perecer en la demanda.

-¡Pobre y sensible Matilde!, exclamó enternecido el conde Arnaldo; ya me parece comprender el motivo de esa inesperada resistencia. Enjuga tus lágrimas, levanta la hermosa frente y vámonos a San Servando, donde olvides la desagradable impresión que te causa este último infortunio. Tan discreta como hermosa, tan llena de mansedumbre y ternura, ¿es posible que hayas de ser en el mundo para siempre desdichada? Ven, ven, paloma tímida y solitaria, ven a embellecer con tus melancólicos recuerdos aquellos antiguos bosques célebres todavía con las hazañas de nuestros padres: ven a respirar en ellos bajo la protección de un hermano que te admira, y cuyo noble cariño no te faltará a lo menos durante tu peregrinación en la tierra.

Matilde no respondió palabra alguna, pues sólo pudo manifestar su agradecimiento estrechando entre las suyas las manos del noble conde. Dentro de pocas horas partieron los dos hijos de Armengol con los guerreros de Urgel que habían contribuido a tomar el alcázar de Alanza; y aunque el caballero del cisne extrañó aquella marcha súbita, dijéronle que el conde se había visto precisado a emprenderla en el momento para dar inmediatamente cobro a la salud de Matilde.

El mismo día que se siguió al ataque del castillo, tomó el caballero del cisne con su maestro Roldán el camino de Segovia. Había dado libertad a Mauricio de Monfort, quien sabiendo la muerte de don Pelayo y la caída de don Álvaro de Luna, marchóse hacia la Francia para pelear en las guerras civiles que entonces ardían dentro de aquel territorio. Bien recompensado Merlín por el conde de Urgel y Ramiro de Linares, fuese a reunir después con las hordas de su tribu, temeroso de que los castellanos quisiesen vengarse de él como a espía y mensajero de los capitanes del bando a quien cupo la desastrada suerte de vencido; y por iguales razones creyó prudente el astrólogo judío comenzar con gentil compás de pies el viaje hacia Viena, en cuya espléndida corte prometíase otra vez hallar la más ventajosa acogida. Los flecheros de aquellos bosques reunidos con los hombres de armas que habían acudido desde Segovia, permanecieron aún escudriñando las ruinas del castillo de Alanza, de entre las cuales levantóse durante algunos días, una manga de humo que iba adelgazándose a medida que se consumían las materias combustibles revueltas con tantos escombros. Ya el buen molinero de la frontera, a quien dieron gran parte del botín, había tomado con los suyos el camino de Navarra, después de haberse tiernamente despedido del caballero del Cisne, considerado por él como el modelo de los paladines, la flor y la nata de cuantos quisieran hacer gala de heroicos y generosos sentimientos. Por indicación de Ramiro, y a ruegos del gitanillo Merlín, accedió en conducir sano y salvo al judío Ben-Samuel hasta el territorio de Francia, con el objeto de evitar al grave astrólogo todo pernicioso encuentro.

Aunque las heridas del hijo de don Íñigo sólo estuviesen levemente curadas, no quiso que le llevaran en litera, lisonjeando de que atendida la poca distancia que había de allí a Segovia, fuérale fácil llegar a esta población montado en caballo pacífico y pasicorto. Con la idea de entrar en ella sin el menor aparato que pudiese llamar la atención de sus moradores, envió delante de sí, a larguísimo trecho, los vasallos de su padre, mientras les iba siguiendo lenta y pausadamente con su imperturbable amigo el veterano Roldán. Andaba el discípulo bastante silencioso y absorto en sus meditaciones, lo cual movía al maestro a dirigirle la palabra con frecuencia, ya para preguntarle por su salud, ya para reprenderle francamente y sin rebozo aquella taciturnidad. Y cuando veía que a pesar de sus discursos y punzantes reprensiones, seguía el del Cisne cavilando y sin hacer mayor caso de su peregrina elocuencia, soltaba algo mohíno y picando las riendas de su bridón, y poníase a cantar con cierto aire indiferente alguna de sus trovas favoritas. Al fin tuvo Ramiro compasión de su despecho o aburrimiento; pues en el instante de que hablamos para dar campo a su humo parlero y bullicioso, empezábale a dirigir la palabra en los términos siguientes:

-Sabéis lo que pienso, maese Roldán, que si hallamos por este camino alguno de los ínclitos ballesteros que atacaron bajo vuestra dirección el castillo de Alanza, le he de regalar el rocín en que monto, a ver si con el aguijón de una flecha le hace empinar esas orejas tan mustias y alicaídas.

-Valiente pensamiento para salirnos con él a cabo de rato, respondió Roldán. ¿Con que después de una hora que lo andabas discurriendo se te ha ocurrido el rogar a Dios para que topemos con aquella brava gente? Muy bien: empieza por echar mano a tu bolsillo y averiguar si tienes con qué satisfacer el derecho de pasaje.

-¿Qué queréis decir con eso?, preguntó el del Cisne.

-Nada, por vida de mis pecados, respondió Roldán mirando en torno con aire inquieto y receloso: por semejantes andurriales suelen las matas y los arbustos tener dos pares de orejas. Pero ven acá, y pues eres tan discreto, a ver si aciertas en qué ocasión es preferible hallarse un hombre honrado con la bolsa y la calabaza vacías, que llenas de rancio néctar y de amarillentas doblas.

-En ninguna por el bienaventurado San Jorge, repuso sin detenerse el caballero del Cisne.

-Ahora te digo por el mismísimo que juraste, que mereces no verlas en tu vida medianamente provistas por tan sandía respuesta. Pues, ¿cómo no se te alcanza que la calabaza y la bolsa es bueno que estén vacías cuando se brinda a un borrachón con la primera, y se viaja por solitarios senderos con la segunda?

-Entiendo, entiendo, amigo mío; queréisme decir, según trazas, que vuestros camaradas de las ballestas son ladrones de esos caminos reales.

-Pongo a esos árboles por testigos de no haber hablado tal cosa, replicó Roldán elevando algún tanto la voz. Muchas veces se hace un beneficio al pasajero descargándole de un peso inútil, y no debemos por lo mismo injuriar a los que desempeñan tan amistosos deberes. Lo único que puedo decirte es que si se rodeasen las cosas de modo que topase por esas encrucijadas con tales hombres de bien, no me sabría mal haber dejado la bolsa n la posada para quitarles el engorro de tener que cargar con ella.

-A pesar de la buena fama con que les honráis, amigo Roldán, no hay duda en que les somos deudores de muy grande beneficio.

-Y estoy por lo mismo en rogar a Dios por su salud y buenandanza; mas no quisiera haberlo de practicar en medio de los bosques y a la fuerza, como sucedió a mi compadre el sacristán de Santa Engracia. En cuanto le echó mano esa gente alegre, maleante y juguetona, amarrólo contra un árbol y divertíase en hacerle cantar como el gallo de noche buena, mientras andaba repasando a sus mismas barbas su flaca y humilde valija.

-Pues si tan perversa es la intención que les anima, ¿cómo diablos se interpreta la generosa bravura de que han dado tantas muestras en los asaltos de Alanza?

-¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!, ¡y qué poco sutil es mi discípulo!..., ¿no echas de ver que tal procedimiento es un rasgo de la cuenta que tienen abierta con el cielo?

-¡Cuentas con el cielo! Por San Juan Bautista suplico que os expliquéis lisa y llanamente sin ningún género de rodeos, digo como no me haya de quedar en ayunas de cuanto andéis ensartando.

-Pues no puede ser más listo y llano de como lo voy diciendo. Establecen con el cielo una especie de cargo y data, semejante a la de aquel viejo judío que me anduvo prestando buenas doblas mientras me quedaron fincas con que poder asegurarlas. De la misma manera que el usurero de que te hablo, dan muy poco y toman mucho, y sin embargo el fiel de la balanza, según ellos, se halla siempre en equilibrio, porque exigen de los empréstitos un exorbitante premio.

-Mejor será, Roldán amigo, que me deis un ejemplo algo palpable de tales préstamos, balanzas y usuras entre el cielo y los ladrones, sin lo cual dificulto que consigáis el objeto de hacerme comprender esa diabólica jerga.

-¡Válgame Dios!, dijo Roldán dando un grito: ¡y qué menguado y obtuso tienes hoy ese caletre!, ¡no parece sino que las heridas hayan oscurecido aquel apacible y desenfadado entendimiento que mostrar solías, así como no habrán dejado de debilitar su estómago!, ¿y es posible no comprendas que esas honradas gentes casan y contrapesan una buena acción con otra que no lo es tanto? Por ejemplo, si pillan cien doblas a un hidalgo, dan dos maravedís a un mendigo: si roban el anillo de un obispo, regalan una vela a San Antonio; y si torcean y hacen burla de una vieja en el camino público, acarician linda muchacha en las revueltas de un despoblado.

-¿Y cuál de esas acciones es la buena, y cuál la que no lo es tanto, señor maestro?

-¡Gracioso chiste!, ¡excelente!, mal año para el bufón del rey don Alonso. Ello dicen bien que para saber sazonar las pláticas con gracias y agudezas no hay mejor cosa que acompañarse con los que a cada paso las siembran y derraman, de donde encaja perfectamente el manoseado refrán: Dime con quién andas y a decirte voy quién eres. Apuesto la armadura que me regaló don Íñigo, a que en tu vida has proferido gracia tan original y a tiempo. Pero volviendo a nuestro asunto, repito para que me comprendas, que cuando los ballesteros de que hablamos incendian un castillo, construyen una cabaña: si desadornan una iglesia, alargan pobre limosna para reparar una capilla: si asesinan a un alcaide, dan la libertad a un preso; y en fin si hacen arder en ardiente hoguera a un perverso hidalgo de Castilla, dan socorro inesperado a un paladín extranjero. Ya ves, ramiro, que en su singular sistema todo tiene cierta compensación, por lo cual convendrás en la idea de que maguer ladrones algo honrados, y villanos un poco caballeros, es bueno topar con sus mercedes cuando se inclina la balanza por el cielo, y nunca en el caso contrario.

-¿Y por qué, si os place?

-Porque entonces para meterla en equilibrio tienen que añadir algo que pese en el platillo de las acciones laudables. Yo te aseguro, discípulo, que después de la que han hecho ante los muros de Alanza, se creerán facultados para dejar más limpio que una patena al primer pasajero que caiga en sus rampantes garras.

-Pues siendo así mucho me alegro, dijo el del Cisne, de que la pobre Matilde haya ido escoltada por los soldados del conde.

-También me complazco en ello, respondió Roldán, aunque a decir verdad no llegó a comprender la razón de su marcha repentina. Pero no hay rosa sin espinas, ni hermosura sin caprichos: todas las hembras son de suyo antojadizas, casquivanas, y nada tiene de extraño que le suceda lo mismo a la hermana de nuestro intrépido y asendereado conde. He aquí la razón, señor barbilindo, porque no me curo de echar flores como tú a bichos de tan pícara ralea; y por cierto más quisiera hender gigantes, descabezar vestiglos, arrastrar rinocerontes y cometer otras mil insolencias dignas de claro renombre y escritura, que vivir avasallado por canalla tan fraudulenta, disimulada y serpentina.

-¿Y es posible que un hombre que ha brillado en cien campañas, un hombre que se precia de valiente y caballero, hable de las damas en esos denigrativos términos, e injurie a la generosa y angélica Matilde?

-No hay que amohinarse ni andar buscando quimera por tan frívolo pretexto, repuso Roldán interrumpiéndole: excluiremos del número a las que honras con tu lanza, y la paz quedará para siempre establecida entre nosotros.

Con tan festivas y sabrosas pláticas íbanse acercando a las puertas de Segovia. Supieron al entrar por ellas que la corte se hallaba en Valladolid, seriamente ocupada en sentenciar el proceso de don Álvaro de Luna; con cuyo motivo andaban solícitos y desencadenados los grandes de Castilla, deseosos de ver por tierra el orgullo y la osadía del antiguo favorito. Dejámosle nosotros en el capítulo XX de nuestra historia, luchando con el triste presentimiento del aciago fin en que debía terminar una vida tan llena de opulencias y de triunfos, pasada entre los tumultos, los alborotos, los escándalos, las guerras civiles, y siempre figurando en medio de tantos desórdenes como uno de los principales perturbadores de la tranquilidad pública. Por esto le acusaban ahora de haber enconado el ánimo del rey contra su propio hijo el príncipe don Enrique, y contra los grandes que siguieron a los infantes de Aragón: de haberse valido de su ascendiente para hacer de don Juan el II un monarca perplejo, espantadizo y menguado, obligándole con insaciable codicia a concederle mercedes de notabilísima importancia, incompatibles muchas de ellas con el estado seglar de don Álvaro de Luna. Pero lo que acabó de echar el sello al resentimiento del rey y al oído de los grandes, fue el haber dado bárbara muerte a un dependiente de la cas real, llamado Alfonso de Vivero, por sospechas de ser enemigo suyo. Sin consideración a su clase, al favor de que gozaba en palacio, ni a lo sagrado del día, que era el de viernes santo, ciego, disimulado y colérico atrájolo mañosamente a una de las más altas torres del alcázar donde habitaba, y mandólo arrojar desde su cumbre. Aquel infeliz anduvo volteando por los aires despidiendo tales alaridos que hacían erizar los cabellos; y dando en fin de cabeza contra los pilares de un puente que se apoyaba en la misma habitación del condestable, rompióse en mil pedazos, y quedáronse los sesos horrorosamente clavados en las ensangrentadas piedras.

En vista de tan sacrílego desacato, púsose de acuerdo el rey don Juan con el conde de Plasencia, enemigo mortal del condestable, para que viniese desde su castillo con buen número de lanzas a prenderle. Resistióse don Álvaro de Luna desde su propio alcázar, mientras no creyó desesperada la defensa; pero al ver la poca gente que tenía consigo, y el número excesivo de los que le sitiaban, hubo de resistir de su resolución valerosa y entregarse, bajo ciertas capitulaciones que después no le cumplieron, en manos del enojado monarca. Mandóle encerrar el rey con buena guarda, y que entendiesen al mismo tiempo en su causa algunos varones escogidos entre lo más docto e ilustre de la corte de Castilla.

Esto acontecía en Valladolid mientras descansaba de sus trabajos el caballero del Cisne en la ciudad de Segovia, e íbanse poco a poco cicatrizando las heridas que le dieron junto al castillo de Alanza. Bien que tratara de permanecer incógnito, no dejó de cundir la voz de su llegada, por lo que fueron a cumplimentarle las personas de más noble jerarquía, sumamente complacidas de ver que al fin le adjudicaban el premio que ganara allí mismo un año antes en el más célebre torneo de aquel siglo. Y como ya se ha dicho que la grandeza y el pueblo consideraban la unión de Blanca de Castromerin y el caballero del Cisne como la base de la alianza que había de poner término a los bandos de Castilla, era general el contento que manifestaban por su llegada, y lo mucho que ardían en deseos de verle dispuesto para partir a la corte, donde debía pública y magníficamente celebrarse aquel suspirado enlace.

Aunque no pudo esto ser tan pronto por el débil estado del doliente, no era de sentir esta tardanza en atención a que la causa del condestable traía alborotados e inquietos los ánimos de los habitantes de Valladolid, recelosos unos de que se levantasen los secuaces de don Álvaro, y dispuestos otros a sostener con todas sus fuerzas la sentencia que contra él fallara el consejo de los jueces. Al fin, bien discutido aquel asunto tan grave, pronunciaron la de muerte que debía ser ejecutada en la misma plaza de Valladolid, queriendo dar con semejante providencia mayor publicidad a tan famoso acto de justicia. Lleváronlo desde Portillo, donde le tenían preso, a la antigua población, residencia entonces de la corte, y por el camino hízosele encontradizo un religioso franciscano, llamado Alonso de Espina, varón de mucho saber y singular elocuencia; el cual del mejor modo que pudo, diole a entender el amargo trance en que se hallaba. Óyele el condestable con resignado talante, y suplicóle que le preparase para despedir como esforzado caballero y buen cristiano el último suspiro de su vida.

Desde que amaneció el día en que debía darse cumplimiento a la terrible sentencia, el pueblo de Valladolid, y el de muchos lugares circunvecinos, corría tumultuosamente las calles, y colocábase en la espaciosa plaza preparada de antemano para recibir al noble reo. Andaba también por aquellos sitios gran número de ballesteros y hombres de armas de los que obedecían a los más ínclitos capitanes del bando que se había manifestado contrario a la ambición desmedida del condestable don Álvaro. Y aunque este poderoso valido era generalmente odiado, no se advertía en los semblantes la complacencia del triunfo o el gozo de la venganza satisfecha, sino mustio y compasivo silencio, cual si tan notable escarmiento llenase de desconocido terror sus corazones.

En tanto permanecía el condestable en la torre de su prisión aguardando la hora de ser conducido al cadalso. Veíasele escuchando en ella a veces cejijunto, a veces compungido, las amonestaciones del docto religioso, quien no cesaba de recordarle que debía olvidar toda idea mundana para únicamente fijarlas en la misericordia divina.

-Sí, padre mío, díjole tiernamente el condestable; vuestras palabras vierten en mi pecho el bálsamo de la consolación; pero para que suba al patíbulo con sereno rostro y el ánimo dispuesto a hacerse digno de la clemencia del cielo, prometedme amparar a los criados de mi casa que han permanecido fieles a su infelicísimo señor. Si los arrojaren de sus míseras moradas los satélites de mis enemigos, acordaos de mis últimos momentos, y haced de modo que los alcancéis del rey don Juan la benevolencia que me niega. ¡Ah!, como me fuese posible dejaros en herencia el amor de esos desgraciados, los únicos tal vez que derramarán alguna lágrima sobre mi tumba, yo sé que me agradecierais algún día esta fineza. Ellos han sido los solos amigos del condestable de Castilla: conmigo se resistieron leal y desesperadamente, y conmigo estaban resueltos a perecer antes que verme en manos de los que me han traído a tan desgraciado término. Pero, ¡ay de mí!, añadió vertiendo algunas lágrimas; vos no podéis ser para ellos lo que ha sido don Álvaro de Luna: vuestro estado os impide llevarlos a pelear por el rey y por la patria, al paso que os obliga a predicar la paz y a dar el ejemplo de inalterable mansedumbre... Sin embargo, cuando os llegue la hora moriréis santa y tranquilamente en vuestra celda, y a mí después de tanto valor y opulencia, arrástranme a perecer como un bandolero en medio de la plaza pública.

El buen religioso les exhortó a que se ocupase de ideas más pacíficas.

Sí, sí, respondió don Álvaro: sólo os pido un instante para los negocios de este mundo, y veréisme después manso y dócil como un cordero... ¿Qué pensáis, padre mío, acerca de las predicciones y profecías de los astrólogos? Uno de ellos me dijo, no ha mucho tiempo, que moriría en cadalso, y dentro dos horas habráse ya cumplido su sangriento vaticinio... Más piadoso fue conmigo que esos encarnizados barones que ni despedir me dejan de don Pelayo de Luna..., ¡desventurado hijo mío!, ¡cuál será tu desesperación cuando sepas que la cabeza de tu padre ha rodado desde lo alto de un patíbulo, sin que hayas volado a socorrerlo!..., ¿abandónasme también como los muchos desleales que olvidaron en mi desgracia los beneficios que les hice?... ¡Ah! no, no es posible: ellos te habrán enterrado en espantosa mazmorra para que no pelees por mi libertad, ni dulcifiquen tus consuelos mis últimas agonías.

Reclinóse al decir esto sobre la misma camilla donde estaba sentado, y oyó con bastante fervor las persuasivas y edificantes palabras, que con la mayor unión y dulzura íbale diciendo el venerable religioso. Interrumpióles el eco de los clarines y el ruidoso movimiento de caballos y armaduras, causado por los que iban a buscar al condestable para custodiarlo hasta el lugar del suplicio.

-¿Los oís, oh padre?, exclamó don Álvaro de Luna: aquella trompeta lúgubre y plañidera será la última señal militar a que obedecerá en la tierra el vencedor de la batalla de Olmedo. Os suplico que no me abandonéis y queráis disculpar las demostraciones de flaqueza arrancadas por el amor que profeso a los que se me muestran fieles, y por la sensible pérdida de mi honra. Ahora, empero, cubridme, oh padre, con vuestro sangrado manto, y disponedme para que suba cándido y puro a la presencia del Altísimo.

Oyéronse en esto los cerrojos de la torre y el tropel de los caballos que entraban en el patio del castillo. En el mismo punto metióse en la prisión de don Álvaro Diego López de Estúñiga, acompañado de varios hombres de armas, y ordenóle que descendiese; después de lo cual hízole cabalgar en la mula que ya tenía para este objeto con tristísimos jaeces aderezada.

De esta manera lenta y acompasadamente anduvieron marchando por las calles de Valladolid hasta la fatal plaza donde habían levantado un cadalso cubierto de negras alfombras, y en medio de él una cruz con dos antorchas a los lados. Iban tocando los clarines en triste y desapacible son, y levantábase de tiempo en tiempo, en medio del tétrico y universal silencio, la clara voz del pregonero, declarando que iban a degollar a aquel hidalgo, porque con grande orgullo e injuria de la majestad, se apoderará del rey y usurpaba el lugar que no era suyo, cometiendo en notable deservicio de la república, diversos crímenes, tiranías y cohechos.

Al llegar a la plaza, llena de un gentío inmenso, descabalgado de la mula el infeliz condestable de Castilla, y subió con bastante desembarazo los escalones del patíbulo. Cuando estuvo encima de él hizo reverencia a la cruz, y entregó a un paje suyo el anillo de sellar y el sombrero que llevaba, diciéndole que aquella era la última demostración de cariño que en el mundo le podía hacer. Prorrumpió el mozo en grandes gritos acompañados de sollozos y de llanto, ocasión que hizo verterlo a muchos de los circunstantes, que no podían dejar de plañir el espectáculo de tal desgracia, comparado con las opulencias de la pasada felicidad. Con semblante tranquilo y apacible preguntó don Álvaro al verdugo para qué habían puesto un garfio de hierro que vio clavado en la punta de un madero; y habiéndole respondido que al efecto de colgar su cabeza en él, repuso el condestable sin inmutarse, que después que lo hubiese muerto hiciera de su cuerpo lo que mejor le pareciese, por cuanto al varón ínclito y esforzado no le servía el patíbulo de afrenta, ni el desmedido rigor le amilanaba el espíritu.

-Lo único que te ruego, añadióle, es que desempeñes tu oficio de un solo golpe, sin que me tengas luchando con las bascas de la muerte.

-No tengáis miedo, respondió el sayón haciendo un gesto: hasta ahora no se ha dicho de ninguna de mis víctimas que haya suspirado dos veces bajo el filo de mi cimitarra. Lo que conviene para asegurar el porrazo, es que os sujete los pulgares con esa soga que traigo aquí prevenida.

-Aguarda, hermano, interrumpióle con un movimiento de repugnancia el condestable, aguarda y átalos con esa cinta que cuelga acá de mi pecho. Pero deja primero que me desabroche el vestido, a fin de dejar más campo a tu cuchilla.

Hízolo así con ánimo imperturbable y sereno, mientras le exhortaba fervorosamente el religioso a que ofreciese al cielo las amarguras de un trance tan aciago. Despidióse de él don Álvaro de Luna con muestras de piedad y agradecimiento, e inclinando resuelto la cabeza sobre el madero, descargó el verdugo el golpe mortal en su garganta. Oyéronse en el mismo instante sordos y mal reprimidos sollozos de aquel inmenso gentío, que se aumentaron notablemente en cuanto vieron enarbolar la cabeza del magnate, ya descolorida y cadavérica, y fijarla en lo alto del palo, puesto allí como hemos dicho con tan sanguinario objeto. El cuerpo quedó tendido sobre la negra alfombra, alumbrando por las antorchas que ardían junto la cruz, y en uno de los ángulos del patíbulo colocada una bacía, a fin de recoger limosna para enterrar a un hombre que poco antes se igualaba con los reyes. El pueblo, los grandes y hasta los mismos enemigos de aquel varón célebre permanecieron como suspensos y mudos de terror: los unos no cesaban de admirar la instabilidad de las cosas humanas; los otros sacaban de aquel ruidoso escarmiento ejemplos contra las guerras civiles; y los últimos, cual si viesen en ello un sueño engañador, volvían los ojos al enlutado patíbulo, y asombrábanse de su propia victoria.

En esto vinieron a parar tantas vanidades, tanto poder e insolencias en esto aquel carácter colérico, aquella fiera y descompuesta arrogancia con que ponía pavor y enardecía el encono de sus contrarios. Tales son los portentosos sucesos con que place de cuando en cuando al Ser supremo mover el ánimo ensoberbecido de los prepotentes hacia sentimientos más generosos y pacíficos; tal fue el aciago fin de don Álvaro de Luna.




ArribaCapítulo XXVIII

Conclusión


Pocos días después de la muerte de don Álvaro de Luna, cuando habían ya dado sepultura a su mutilado cadáver en la misma capilla donde enterraban a los ajusticiados, y cuando comenzaban los trovadores de aquella era a cantar en lamentables versos aquel grande ejemplo de las vicisitudes humanas, oyéronse en una de las puertas de Valladolid alegres vivas y numerosos vítores prodigados por el pueblo a dos guerreros, que armados de punta en blanco, iban entrando por ella. Entre los personajes ilustres que los acompañaban distinguíase al noble duque de Castromerin, marchando al lado de uno de los nuevos campeones, objeto particular de aquella aclamación festiva por haber reconocido en él los habitantes de Valladolid al animoso Ramiro de Linares, cuyo denuedo tantas veces ensalzaran en los torneos de Castilla. Correspondía el caballero del Cisne a tan lisonjeras demostraciones con afable y risueño semblante, mientras satisfecho de sí mismo y rebosando de júbilo y complacencia miraba su maestro Roldán aquel tumulto de honores, como un homenaje debido a su propio mérito, y al que también resplandecía en el amado discípulo.

De esta suerte marchando en medio de un brillante grupo de caballeros, y seguidos de innumerable muchedumbre, llegaron al rico alcázar del rey don Juan el II. Descabalgaron en el primer patio, subieron a besar la mano del complaciente monarca, y a medida que se iban acercando a su trono, recibía el caballero del Cisne elogios y enhorabuenas de parte de los ilustres cortesanos que ocupaban las antesalas y galerías. Prodigóselos después el mismo rey, no sólo por el esfuerzo que desplegó en varias ocasiones, sino también por haber abogado su causa en el consejo de guerra, que celebraron los aragoneses al conseguir la victoria de Aivar. Anuncióle que era su voluntad el que se celebrase cuanto antes en la corte misma su enlace con la heredera de Castromerin, añadiéndole que ya para este objeto se habían logrado vencer las dificultades que ofreciera la enemistad de ambas familias. Apenas concluía de decir esto, adelantóse hacia el solio el abad venerable de San Mauro, y después de haber saludado afectuosamente a don Ramiro, participóle el consentimiento del conde de Pimentel, a quien acababa de dejar en su castillo de Aragón, y puso en sus manos una carta de aquel noble anciano en que le manifestaba lo mismo con la más cariñosa ternura. Aquí hubo en el salón un murmullo general aplaudiendo la constancia y la próxima felicidad de aquellos dos amantes, y el momento en que con su unión se diese fin a los partidos que traían alborotado el reino.

Con esto mandó el rey levantar la conferencia, dando permiso al caballero del Cisne para que marchase al convento de San Bernardo. En él permanecía aún Blanca de Castromerin esperando el feliz momento de ver a ramiro de Linares; pues ya había ido por mandado del duque a juntarse con ella su aya Leonor y enterarla de los últimos acaecimientos a cuya influencia benigna debía el colmo de sus deseos y el término de sus pesares. Quería el noble duque acompañar al impaciente hijo de don Íñigo; pero viendo el caballero que semejante ceremonia retardaría su viaje algunos días, rogó encarecidamente al señor de Castromerin, que le permitiera partir en aquel mismo momento, y aguardarle en el monasterio de San Bernardo. En él permanecía aún Blanca de Castromerin esperando el feliz momento de ver a Ramiro de Linares; pues ya había ido por mandado del duque a juntarse con ella su aya Leonor y enterarla de los últimos acaecimientos a cuya influencia benigna debía el colmo de sus deseos y el término de sus pesares. Quería el noble duque acompañar al impaciente hijo de don Íñigo; pero viendo el caballero que semejante ceremonia retardaría su viaje algunos días, rogó encarecidamente al señor de Castromerin, que le permitiera partir en aquel mismo momento, y aguardarle en el monasterio de San Bernardo. Considerando los retardos y perjuicios que le había causado con sus ambiciosos proyectos, no pudo negarle el duque esta primera demanda, y diole su bendición paternal, sobremanera complacido de ver que sin mengua de sus esperanzas cortesanas, cabía a la tierna Blanca un esposo tan ilustre y preferible a don Pelayo de Luna. El abad de San Mauro, encargado de sentar las bases de aquella suspirada alianza, dijo al caballero del Cisne que volase a los brazos de su amante enteramente tranquilo dejando a su amistad y experiencia el cuidado de arreglar los intereses de las dos ilustres familias.

El sol lanzaba sus rayos desde la mitad de su carrera, cuando emprendió el caballero del Cisne con su maestro Roldán el camino de San Bernardo. Admirábase el veterano de los raros y peregrinos incidentes que habían concluido un matrimonio entre los Castromerines de Castilla y los Pimenteles de Aragón, y no se pasó mucho rato sin que se lo manifestara abiertamente a su satisfecho discípulo.

-Por el siglo de mi abuela que nadie hubiera conseguido sino tú el apagar los envejecidos rencores de tu padre y de tu suegro. Vaya, hombre, no te ladees tanto sobre la silla, y deja al pobre animal que ande con paso más comedido, pues de lo contrario dudo mucho de que llegues sano y salvo a las plantas de la reina del torneo.

-No parece, respondió el del Cisne, sino que nunca haya palpitado un corazón debajo de la malla que os cubre.

-¡Oiga!, ¿ni cuándo me has visto pelear a tu lado resuelto a triunfar o a perecer contigo?

-No digo eso, respondió Ramiro: harto sé cuán noble sea la ternura con que me ama Roberto de Maristany...

-Pues entonces, ¿qué es lo que dices?

-Que me parece no habéis amado en vuestra vida a ninguna de las hijas de Eva.

-Te diré lo que hay en eso, señor discípulo; pero tira un poco de las riendas a ese rocín, para que podamos hablar holgadamente, y no se crean los transeúntes que andemos a tomar por asalto ese decantado monasterio. Has de saber que un zapatero de mi tierra, hombre capaz de alzar una figura al mismo rey don Alonso, vaticinó a mi padre que se le morirían todos los hijos, de manera que sólo le había de sobrevivir el que pudiese escapar de la muerte. En efecto, por esta razón le hemos sobrevivido mi hermana y yo, aunque, según tú me dijiste, la pobre muchacha no ha podido cantar victoria por largo tiempo. Pero sea como fuere, viendo el raro caletre de maese Crispín, y la buena manderecha que le diera Dios para eso de los vaticinios, fuime a él en cierta ocasión llevándole media docena de quesos y una bota de vino, con la pretensión de que me revelase cuál había de ser mi suerte en este desventurado mundo. Mi hombre guardó rumbos, observó las esferas, espió la marcha de los planetas, y metiéndome en lo más retirado de su tienda, aseguróme después a fe de profeta honrado, haber leído en los astros que Roberto de Maristany haría su fortuna por medio de un matrimonio. Confiado en esa predicción, y seguro de que no puede faltar, estoy aguardando tranquilamente que me presente el destino la mujer con quien deberé unirme; y por eso la guardo todo el caudal de mi cariño, sin desperdiciarlo a cada paso como indiscretamente has hecho.

-¿Y pensáis aguardar mucho tiempo?, preguntó el del Cisne.

-De manera, respondió Roldán, que como es la dama la que se ha de enamorar de mí, eso me da que sea ahora que de aquí a un año.

-¡Calle!, ¿con quién estáis tras de la mata esperando bonita y pasitamente a que pase la figura que os levantó el zapatero, que será, no lo dudo, muy hermosa además, e irá montada en soberbio palafrén, ricamente aderezado, para que tampoco os disguste? Voto a tal, maestro, que es el modo más nuevo y peregrino de efectuar un casamiento que de muchos siglos acá se haya visto. Bien haya maese Crispín que os quitó el fastidio de tener que luchar con rivales y parientes; digo, si es que no los ha de tener la princesa.

-¿Qué princesa?, preguntó Roldán un poco colérico.

-¡Por San Jorge!, la que os prometió el zapatero.

-Pues, ¿he yo nombrado princesa en todo el cuento de mi vaticinio, señor boquiblando?

-Ya; pero le corresponde semejante jerarquía, repuso el del Cisne, para que se cumpla la predicción de que por su medio hagáis una gran fortuna.

-Vive Dios, discípulo, que hay veces hablas de tal suerte que no parece sino que ayer te hubiesen calzado la espuela y dieran la pescozada. Cuando despuntas de agudo ante las damas y los reyes, no creo que seas el mismo que dice tantas sandeces por los caminos reales. ¿De dónde viniste a sacar en limpio que un hombre tan discreto como maese Crispín hubiese querido juntar una belleza de alta esfera con pobre maestro de esgrima? No señor: ruin con ruin casan en Dueñas, y todo lo más que me ha de traer la dama de mis pensamientos será un castillejo medio desmoronado, del que se nombre Roldán a un mismo tiempo el barón y el alcaide.

-Pues tan moderadas son las esperanzas que concebisteis, os cedo desde ahora el de Miranda, con las tierras a él pertenecientes, para que vivas holgado y orgulloso y satisfecho. Os acordaréis, supongo, de que confina con el que habita mi padre el conde de Pimentel, lo cual será un poderoso motivo para no desdeñar ese presente.

-¿Cómo desdeñar?..., lo acepto, lo acepto, exclamó alborozado Roldán: bien haya maese Crispín que columbró desde su tienda la benigna estrella que había de influir en mis destinos. Verdad es que no ha venido el regalo de parte de hermosa dama, ni de complaciente amiga; pero al fin hay castillo y medios con que sostenerle, que es lo que importa; y bien sabe Dios si doy por bien recompensadas todas mis andanzas e interminables aventuras. No obstante, mientras tu buen padre viva he jurado no abandonarle, y de más peso es para mí su ancianidad y mi promesa, que toda la independencia que me ofrece el castillo de Miranda.

-Muy bien, querido maestro; yo os ayudaré a endulzar las penalidades que acarrea la vejez al benemérito don Íñigo, y viviremos siempre unidos, sin que por eso deje de perteneceros el alcázar que ya teníamos destinado para vos desde muchísimo tiempo.

Sería por demás el empeñarnos en manifestar lo agradecido que se mostró el jovial Roberto de Maristany, y los sabrosos diálogos que hubo con este motivo entre el discípulo y el maestro. Durante el viaje dieron pábulo a la estimación que mutuamente se inspiraban, y fueron tales las cosas que Roldán dijo, y tales sus amonestaciones y disparatados consejos, aunque nacidos siempre de un carácter abierto y un corazón bondadoso, que Ramiro se propuso tener toda la vida junto a sí aquel amigo tan franco, honrado y valiente.

Ahora es necesario que se preste el condescendiente lector en trasladarse con nosotros al locutorio de las monjas de San Bernardo. Consistían en una sala abovedada y algo oscura, llenando todo el muro de enfrente la espaciosa reja que correspondía a la parte interior del monasterio. Notábanse en las dos paredes colaterales algunas ventanas góticas, cuyos prolongados arcos describían hacia el techo la línea curva de la bóveda, y sólo cuatro bancos de piedra y un crucifijo adornaban aquella antigua, lúgubre y misteriosa estancia.

Ya el sol se iba ocultando entre los montes cuando entró en el locutorio el caballero del Cisne, después de haber prevenido que avisasen, para que saliese a él Blanca de Castromerin. Detúvose entre tanto en medio de la sala y con los brazos cruzados sobre el pecho, fijos los ojos en la reja, aguardaba impaciente el momento en que vería correr la cortina morada que por la parte interior de arriba a abajo la cubría. Como el aposento del monasterio tenía más luz que la sala del locutorio, vio el caballero al través de aquel sutilísimo velo ligeramente deslizarse la figura de una mujer alta, flexible y bien proporcionada, semejante a las aéreas imágenes de la belleza ideal que nos ofrecen las peregrinas ilusiones de la primavera de la vida, o a las sombras de los justos errando por el delicioso jardín de los Elíseos.

-¡Blanca!, ¡querida Blanca!, exclamó Ramiro adelantándose hacia la reja; ¿es posible que al fin te vuelva a ver?... ¡Blanca!...

-¡Suspiráis, amiga mía!..., prosiguió enajenado el hijo de don Íñigo: en nombre del cielo, oh Blanca, haz que desaparezca esa cortina, y dime que aún merece tu indulgencia este infeliz caballero.

Al pronunciar la última palabra desapareció en efecto el largo lienzo, y tan pálida como las tocas que la cubrían, presentóse a los ojos del pasmado don Ramiro la infeliz Matilde de Urgel. Ya no se veía en ella la brillante joven nacida para enardecer la imaginación del trovador y coronar a los héroes, y tampoco aquel ángel de dulzura al parecer descendido del cielo para indicar a los afligidos una vía de consolación..., ¡ah!, ¡era una estatua de mármol vestida con un sayal penitente!... El negro color del velo y de la túnica dábale cierto aire lánguido y abatido, que hacía verter lágrimas y resaltar de un modo maravilloso la extremada blancura de su piel. Sus lindos pies iban encubiertos debajo del hábito, y sus descarnadas manos parecían ser del alabastro más puro y limpio.

-¡Cielos!, ¡qué veo!, ¡Matilde!, exclamó retrocediendo don Ramiro; pero no, no puede ser ella..., su pálida sombra..., tal vez su cadáver..., ¡Oh Dios!, ¿te habrían dado muerte al abandonar con Arnaldo las cercanías de Alanza?... ¡Ah!, si desciendes de las moradas celestiales, añadió doblando una rodilla y extendiendo los brazos hacia la cándida doncella, si desciendes de las celestiales mansiones para implorar de mi amistad el reposo de tu espíritu...

-¿Tan demudada me halláis, amado Ramiro, interrumpióle la hija de Armengol, para creerse ya lo que voy a ser en breve tiempo? ¡Y sin embargo esta es la última vez que os hablará en la tierra la pobre Matilde de Urgel!..., ¡la última vez!...

-¿Y por qué la última vez?... No, Matilde: yo te arrancaré de ese sombrío recinto, yo pelearé para colocarte en el antiguo palacio de tus mayores; no querré ser feliz hasta que tú lo seas...

-¡Ah!, no lo permita Dios: cúmplanse nuestros destinos: a vos os espera un tálamo nupcial, y a mí el consuelo de la tumba. ¿Veis esa frente, don Ramiro, esa frente destinada a ceñir con arrogancia una brillante diadema en los estados de Armengol?, pues ahora se inclina bajo el humilde velo de las vírgenes que renunciaron a las pompas del mundo ¿Y qué halago podrían ya tener para un alma sensible, bárbaramente burlada cual la mía, las opulencias del magnate, el esplendor de un rey, o las coronas cívicas de un guerrero? No eran por cierto los engañadores sueños de la ambición aquellas cavilaciones que me sedujeron un día en los desiertos de San Servando: ideas más pacíficas, escenas tumultuosas rodaban por mi imaginación, prometiéndome en la tierra un destino correspondiente a mi malhadada ternura.

-¿Y qué destino era ése, o Matilde?, preguntó vivamente el caballero: habla; yo te lo ruego en nombre de tu ilustre padre..., si pueden los hombres conseguirlo, si es dado a la amistad más vehemente vencer los obstáculos que se opongan a ello, me echaré a las plantas del monarca, correré lanza en ristre cuantos países se encierran desde el estrecho de Bizancio hasta el de Hércules, plantaré en la más alta torre de San Servando la soberana bandera de los señores de Urgel.

Al decir esto fijaba Ramiro sus ojos centelleantes en el inanimado semblante de Matilde. La doncella la escuchaba con melancólica calma, aunque no sin cierta complacencia, y sus apagados ojos volvieron por un instante a animarse al dirigirle tiernamente estas razones.

-¡Siempre impetuoso y valiente!, ¡siempre aspirando a los lauros de la lid, al bien de la humanidad, y al aplauso de la victoria! En balde quise apagar el ardor de vuestro pecho, ese ardor que tanto me seducía y deslumbraba, al mismo tiempo que mi labio..., ¡Oh Dios!, yo me olvido de que no he venido aquí para hablaros de una infeliz en quien se ensañó la desgracia, sino para suplicar al hijo de mi bienhechor, que en cuanto se lo permitan sus nuevos deberes, corra a suavizar la amargura de mi generoso hermano. Él ha quedado solo en el mundo por haberme yo metido en un convento; y según su desesperación y su angustia, temo, amado don ramiro, que se dé la muerte o la busque en los combates.

-¿Y no me explicaréis, oh Matilde, el incomprensible arcano de tan súbitas mudanzas?

-¡Ramiro!, ¡amado Ramiro!, respetad mi dolor y mi silencio..., cuando la campana del monasterio anuncie a las gentes de la comarca el último suspiro de la hija de Armengol, os lo dirá de mi parte el abad respetable de San Mauro..., hay secretos que matan, y los hay que quitan a un alma generosa, cual la vuestra, la tranquilidad y el sosiego... ¡Ramiro!, acordaos alguna vez de la huérfana de San Servando..., ¡ah!, quería decir que no olvidaseis la petición que os hice de consolar y desvanecer a vuestro amigo el conde de Urgel. Creed que os ama como a un hermano, y que vos sois el único que puede reemplazar en su corazón el lugar que ocupaba Matilde.

-Pero cualesquiera que sean vuestras desgracias, ¿no las pasaríais mejor en medio de las personas que tanto os aprecian? No dudéis, noble doncella, que nos esmeraríamos en ablandar la agudeza de vuestros pesares.

-¡Oh!, no lo dudo; pero ya no hay dicha, ya no hay tranquilidad en el mundo para la infeliz Matilde. Corrí al santo asilo que la religión me ofrece, como la paloma tímida que se acoge al seno de una matrona ilustre. He deseado imitar a aquella virgen de Israel, que viendo próximo el instante de su muerte quiso llorarla algunos días en la soledad de una montaña. Adiós, amado ramiro; conservad esa cruz que siempre llevaba consigo mi buena madre, y que pendiente de esa misma cadena habréis varias veces colgando sobre mi pecho. ¡Ojalá os sirva de talismán contra las secretas turbulencias del corazón!

Faltóle la voz, y algunas lágrimas escaparon de sus ojos: veíanlas correr el caballero del Cisne por aquel pálido semblante, y sintió un peso indefinible en su corazón, y un vehemente deseo de acompañarla en ellas. Al fin, temiendo que se desmayara, preguntóla si quería que tocase la campana del locutorio para llamar a las religiosas.

-No hagáis tal, respondió Matilde con aquella expresión de profunda melancolía que tanto interesaba en sus facciones y en el metal de su voz: na hagáis tal, amado Ramiro, pues me parece que podré llegar sin ayuda de nadie a mi solitaria celda. Por lo que a vos respecta no salgáis del locutorio: yo haré que avisen a Blanca de Castromerin, y os ruego que me perdonéis entrambos el haberos retardado el momento de tan suspirada entrevista. ¡Ay de mí!..., sed felices, sin que emponzoñen vuestras delicias las desgracias de aquella que no cesará de pedir al cielo el perdón de sus errores... ¡adiós otra vez!...

-No, no, interrumpió condolido el caballero: no os marchéis sin revelar a vuestro amigo la verdadera causa de tales cuitas, y sin permitirle arrancaros de esa lóbrega mansión que en breve sería vuestro sepulcro.

-¡Desgraciado!..., ¡para qué deseáis saberlo!..., volved el rostro: ¿no distinguís la brillante estrella de la noche por entre el arco de aquella ventana?..., pues bien, amado Ramiro, ella habrá visto el último momento de felicidad que ha disfrutado Matilde...

Sobresaltado el caballero por la especie de temblor y mal reprimida ternura que se notaba al articular estas palabras en el acento de la virgen, revolvió los ojos de la estrella vespertina para elevarlos en la reja; pero ya el locutorio estaba desierto: Matilde había desaparecido. Entonces cual si un rayo de funesta luz hubiese herido su acalorada fantasía, recorrió rápidamente los postreros acaecimientos de su vida, y parecióle vislumbrar la misteriosa causa de las angustias de aquella angelical hermosura. Sombrío y meditabundo permanecía inmóvil en la lóbrega estancia, sin apenas acordarse del objeto que le trajo a ella. Cierta melancolía vaga, cierta pesadumbre profunda le inclinaba a solitarias reflexiones, y sin embargo un presentimiento inexplicable hacíale temer los nuevos e inesperados movimientos de su pecho. Al fin la presencia de Blanca desvaneció algún tanto su tristeza; cuando en medio de los raptos de su felicidad le confesó inocentemente la doncella que sentía dejar en San Bernardo una joven novicia, a quien era deudora de la más blanda ternura; el corazón del caballero latió con desconocida violencia, mientras hubo de apoyar la frente contra los mismos hierros del locutorio.

Parece que Matilde había preferido aquel monasterio para conocer a Blanca de Castromerin, y tener ocasión de recomendar su hermano al caballero del Cisne. No obstante, de nada sirvieron las instancias del hijo de Pimentel en orden a mitigar la desesperación del conde Arnaldo. Desde que Matilde tomó el velo desapareció de su carácter aquella brillante impetuosidad que le hiciera famoso en las campañas de Nápoles y en la última guerra de Castilla: a veces se enfurecía amenazando derribar los muros de San Bernardo para arrancar de allí a la más linda doncella de Aragón, a la dama más discreta de la España y de la Italia; pero en cuanto se templaba su frenético entusiasmo, caía de nuevo en desesperada tristeza.

Solía acusarse a sí mismo de las desgracias de su hermana, y ver un justo castigo del cielo en su abandono, por el tenaz espíritu de venganza que siempre opuso a las pacíficas insinuaciones de Matilde. Imaginábase odiado de las gentes, perseguido por la irritada sombra de Armengol, y no pudiendo resistir a la ardentísima vehemencia de tantos delirios, huyó de su alcázar, y volvióse a Italia donde acabó gloriosamente sus días en las guerras intestinas de los Adornos y los Fregosos, favorecidos aquellos por Alonso de aragón, y éstos por el duque de Lorena, hijo de Renato de Anjou. Pudiera aplicársele con poca diferencia lo que se dijo cerca de tres siglos después de Carlos XII de Suecia: «el destino lo llevó a que pereciese por mano desconocida lejos de su país natal; y aquel célebre nombre, que tanto hizo temblar a los enemigos de su patria, sólo sirve para ofrecernos un triste ejemplo contra la ambición desmedida de la gloria, o para adornar con su prestigio las páginas de una novela».

El rey don Alonso mandó recoger sus restos y enviarlos al monasterio de San Bernardo, a fin de que se cumpliese la última voluntad del héroe en quien desgraciadamente acababa la antigua y celebrada casa de los señores de Urgel. Matilde, recibió ya casi exánime la urna que los contenía, y derramando las postreras lágrimas de su vida sobre el fúnebre presente, suplicó a sus compañeras, de quienes era amada y compadecida en extremo, que le enterrasen con aquellos fríos y amadísimos despojos.

Indiscreto sería el empeño de averiguar si la memoria del último coloquio con aquella joven delicadísima y sublime turbó en alguna ocasión la tranquilidad del caballero del Cisne; pero ello es cierto que vivió respetado y feliz con Blanca de Castromerin, y que Roberto de Maristany envejeció a su lado lo bastante para poder dar lecciones de esgrima a los nietos de su discípulo. Por lo demás la boda de los dos amantes habíase celebrado con la mayor pompa y esplendidez en la corte de don Juan el II: ella unió a la grandeza de entrambos reinos, y cual si les augurase el próspero e inesperado enlace de sus dos coronas, restableció entre ellos los vínculos de sagrada alianza, poniendo un término feliz a Los Bandos de Castilla.




 
 
FIN