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«Dar pruebas de ello seria renovar los inconvenientes. Y aquí pudiera ocurrir la duda de por qué el Santo Ofício, tan severo en orden á la lectura de libros que juzgaba perjudiciales, no prohibió absolutamente los de caballeria, donde se establecian tales máximas, se daban tales ejemplos, y se hacian descripciones tan peligrosas para la inocéncia, y esto sin hacer caso de las declamaciones de los escritores doctos y virtuosos, y aun de las Cortes del réino, y de las mismas leyes civiles, que tantas muestras habian dado de desaprobarlos. La explicacion mas plausible que hallo, es que el mal se creyó irremediable, y se temió que la prohibicion se despreciase; en cuya inteligéncia hubo de preférirse que continuase el daño á que continuase con la añadidura y escándalo de la desobediéncia. Después de la publicación del Quijote fuéron desapareciendo los libros de caballerias, y pudo mirarse ya la prohibicion como no necesaria» (tomo 3, págs. 387-388).

 

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«Yo, a lo menos, -replicó el canónigo-, he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas» (DQ, I, cap. XLVIII).

 

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No puede ser tampoco casual, que el último libro de caballerías escrito en Castilla, que podemos fechar con posterioridad a 1623, sea la Quinta parte del Espejo de príncipes y caballeros, que se conserva manuscrita en la Biblioteca Nacional (Madrid), como también de la serie del Belianís contemos también con una continuación manuscrita. Los libros de caballerías manuscritos, una vez más, permiten comprender, de manera cada vez más certera, qué textos eran leídos y disfrutados a principios del siglo XVII.