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Instabilidad de lo homogéneo.
149. Al tratar de seguir las complicadísimas transformaciones, que todos los seres han sufrido y sufren aún, se encuentran tan grandes dificultades, que parece casi imposible poder dar una interpretación precisa y completa, por vía deductiva, de dichas transformaciones; puesto que también lo parece, abarcar de una ojeada el proceso total de las redistribuciones de la materia y del movimiento, con todos los resultados necesarios de su actual dependencia mutua. Sin embargo, hay un medio de llegar a formarse una idea del conjunto de esa operación; pues si, por una parte, la génesis de la redistribución que experimenta todo ser en evolución, es una en sí, por otra parte consta de varios factores; interpretando, pues, sucesiva y separadamente los efectos de cada uno de esos factores, la síntesis de esas interpretaciones nos dará una idea aproximada, por lo menos, del conjunto.
El orden lógico nos dice, en primer término, que la homogeneidad es una condición de equilibrio inestable, y por tanto tiende a desaparecer. Expliquemos estas frases. En Mecánica se entiende por equilibrio inestable el de una masa o un sistema de masas en equilibrio, pero de tal modo, que la intervención de una fuerza nueva, por débil que sea, destruye la coordinación existente y produce otra distinta. Así, un bastón puesto en equilibrio sobre su contera, está en equilibrio inestable: desde el momento en que se le desvía lo más mínimo de la posición vertical, se inclina y cae rápidamente, tomando otra posición de equilibrio estable. Por el contrario, si se le cuelga o suspende por su extremo superior, estará en equilibrio estable; si se le desvía de esa posición, vuelve a ella inmediatamente. Nuestra proposición del párrafo anterior significa, pues, que el estado de homogeneidad es inestable, insostenible, como el de un bastón equilibrado sobre su contera. Pongamos más ejemplos.
Uno de los más familiares es la balanza, la cual, si no está oxidada, y sí bien construida y engrasada, es difícil permanezca en perfecto equilibrio; sino en suaves y lentas oscilaciones, subiendo y bajando alternativamente uno y otro platillo. Si se espolvorea la superficie de un líquido con pequeños cuerpos de igual volumen, y que tengan atracción mutua, se concentrarán irregularmente en uno o varios grupos. Si fuese posible poner una masa de agua en un estado de completo reposo, y perfectamente homogénea en densidad, la radiación de los cuerpos próximos, influyendo desigualmente en las diversas partes de la masa, produciría inevitablemente desigualdades de densidad, y por consecuencia corrientes; es decir, heterogeneidad y movimiento. Si se calienta un pedazo de materia hasta el calor rojo, por ejemplo, adquirirá tal vez la misma temperatura en toda su masa; pero, al enfriarse, cesará en seguida esa homogeneidad, puesto que el exterior se enfriará más rápidamente que el interior, y ese paso a una temperatura heterogénea, que también se patentiza en este caso extreme, se verifica, más o menos, en todos los casos. Las acciones químicas nos ofrecen también multitud de ejemplos. Expongamos a la intemperie, o mejor, sumerjamos en agua un pedazo de hierro; al cabo de algún tiempo le veremos cubierto de una capa de óxido, de carbonato, etc.; es decir, que sus partes exteriores se hacen diferentes de las interiores. Comúnmente, la heterogeneidad producida por las acciones químicas en la superficie de las masas, no llama la atención, porque las partes alteradas son generalmente lavadas por el agua o quitadas de otro modo; pero si se las impide desaparecer, se forma una estructura relativamente compleja. Las canteras de basalto presentan ejemplos notables: no es raro encontrar un fragmento reducido por la acción del aire a un conjunto de capas u hojas flojamente adheridas, como las de una cebolla. Si el fragmento ha sido abandonado a sí mismo, podemos seguir en él una serie de capas: primeramente, una exterior, irregular, angulosa; después otras varias, cada vez más redondeadas; y por último, un núcleo central esférico. Comparando la masa de piedra en su estado primitivo, con esa serie de capas concéntricas, diferentes unas de otras por la forma y por su estado respectivo de descomposición, vemos un ejemplo muy notable de la multiformidad a que puede llegar un cuerpo primitivamente uniforme, por la acción continuada largo tiempo de las fuerzas químicas. Vése también la instabilidad de lo homogéneo, en los cambios que so verifican en el interior de una masa cuyas unidades no están íntimamente ligadas entre sí; los átomos de un precipitado no permanecen separados, ni distribuidos uniformemente en el fluido en que han hecho su aparición, sino que se agregan, ya en granos cristalinos, ya en copos amorfos, y cuando la masa líquida es grande y la operación prolongada, esos copos o granos no permanecen separados y equidistantes, sino que se agrupan a su vez en masas mayores y desiguales. Hay soluciones de sustancias no cristalinas, en líquidos volátiles, que sufren en media hora toda la serie de cambios acabada de indicar. Por ejemplo, si se vierte sobre una hoja de papel una disolución de goma laca en aceite de nafta, o sea un barniz de goma laca, de una consistencia como la de la crema, bien pronto se recubrirá la superficie del barniz, de grietas poligonales, partiendo de los bordes hacia el centro. Mirados con una lente de aumento, esos polígonos irregulares de cinco o más lados, aparecen limitados por líneas oscuras, cuyos bordes se ven ligeramente coloreados; estos bordes se ensanchan poco a poco a costa de las áreas de los polígonos, hasta que no queda sino una mancha oscura en el centro de cada uno. Al mismo tiempo, los bordes de los polígonos se redondean, y estos acaban por presentar el aspecto de sacos esféricos mutuamente comprimidos, semejando así exteriormente a un grupo de células con núcleo. Vemos, pues, que en este caso, hay una rápida pérdida de la homogeneidad, y de tres modos distintos: primero, por la formación de la película, que es el sitio de los demás cambios; después, por la formación de las secciones poligonales; y finalmente, por el contraste entre las secciones poligonales de los bordes, pequeñas y formadas las primeras, y las del centro, mayores y formadas las últimas.
La instabilidad, de que acabamos de poner varios ejemplos, es evidentemente consecuencia de que las varias partes de una masa homogénea están sometidas a fuerzas diferentes, ya por su especie, ya por su intensidad; y por tanto, aquéllas deben ser también diferentemente modificadas. La parte externa y la parte interna, por ejemplo, no pueden experimentar acciones iguales del medio ambiente, ya en cantidad, ya en cualidad, ya en ambas a la vez, y por fuerza han de ser distintos los cambios de partes distintamente influidas.
Por razones análogas es evidente que la operación debe repetirse en cada grupo subordinado de unidades diversificadas por fuerzas modificadoras. Cada uno de esos grupos debe perder a su vez, bajo la influencia de las fuerzas que actúen sobre él, el equilibrio de sus diversas partes, y pasar de un estado uniforme a otro multiforme, y así sucesiva y continuamente mientras dure la evolución. Resulta, pues, que no solamente lo homogéneo debe tender constantemente a la heterogeneidad, sino que lo heterogéneo debe tender siempre a ser más heterogéneo; porque si un todo no es uniforme, sino compuesto de partes distintas unas de otras, pero cada una de esas partes es uniforme, homogénea en sí misma, por serlo, estará en equilibrio inestable, deberá sufrir cambios que la hagan heterogénea o multiforme; y por tanto, el todo se hará también más heterogéneo. El principio general que hemos de desarrollar o seguir en todas sus fases es, pues, algo más comprensivo que lo que indica el título del capítulo. En realidad, lo homogéneo perfectamente no existe; mas no por eso dejaremos, de tener que estudiar el paso de una homogeneidad imperfecta o relativa a una heterogeneidad también relativa.
150.. La distribución de las estrellas presenta una triple irregularidad: primeramente, el contraste de la vía láctea con las demás partes del cielo, respecto al número de estrellas contenidas en los dos campos visuales; después, contrastes secundarios del mismo orden en la misma vía láctea, en la cual las estrellas están acumuladas enormemente por unos sitios y mucho más claras o separadas por otros, sucediendo lo propio en todo el cielo: y por último, hay los contrastes producidos por la reunión de varias estrellas en grupos pequeños. Además de esa heterogeneidad en la distribución general de las estrellas, hay otra respecto a los colores, que probablemente corresponde a diferencias en su constitución física. Hay en todas las regiones celestes estrellas amarillas, pero no azules y rojas, las cuales son muy raras en algunas regiones y más o menos abundantes en otras. Análoga irregularidad se observa en las nebulosas, esas aglomeraciones de materia que, sea cualquiera su naturaleza, pertenecen indudablemente a nuestro sistema sideral. En efecto, las nebulosas no están distribuidas con uniformidad: son abundantes hacia los polos de la vía láctea y escasas en las proximidades de esa zona. Nadie imaginará que se puede dar ni un asomo de interpretación precisa de esa disposición de las nebulosas, por la teoría de la evolución ni por otra alguna; todo lo más que se puede pedir es una razón para pensar que esas irregularidades, probablemente todas de la misma especie, se han producido en el curso de la evolución, caso que ésta haya tenido lugar. Se puede decir: que si la materia, de que esas estrellas y todos los astros se componen, ha existido primitivamente en estado difuso, en un espacio inmensamente mayor que el hoy ocupado por nuestro sistema sidéreo, la instabilidad de lo homogéneo lo habrá impedido continuar en el mismo estado. En efecto, siendo evidentemente imposible un equilibrio absoluto entro las fuerzas con que esas partículas dispersas, pero encerradas en límites, actuaban unas sobre otras, se operaría un movimiento, y por tanto, algunos cambios de distribución subsiguientes hacia los centros locales y a la vez hacia el centro común de gravedad, como los átomos de un precipitado se agregan en pequeños granos y a la vez obedecen a la atracción terrestre. En virtud de la ley que exige continúe más fácilmente en una dirección el movimiento ya comenzado en ella, puede afirmarse que una vez iniciada la heterogeneidad antedicha en la materia cósmica, tendería a pronunciarse cada vez más; y las leyes dinámicas nos autorizan a pensar: que los movimientos de esas masas irregulares de materia flojamente agregada, hacia su centro común de gravedad, debieron tomar formas curvilíneas, a causa de la resistencia del medio en que se mueven; y por las irregularidades de distribución ya efectuadas, esos movimientos curvilíneos debieron, por virtud de una composición de fuerzas, conducir a un movimiento general de rotación del naciente sistema sidéreo. Entonces se comprendo fácilmente que la fuerza centrífuga de ese movimiento de rotación debió modificar la coordinación estelar, hasta el punto de impedir la distribución uniforme de los cuerpos ya formados, los cuales se acumularían, naturalmente, hacia las regiones más lejanas del eje de rotación, y de ahí el contraste entre la vía o zona láctea y lo demás del cielo. Se podría también inferir, muy racionalmente, que las diferencias manifestadas en el acto de la concentración local, son resultados de las diferencias de condiciones físicas entre las regiones próximas y las lejanas del eje de rotación. No hay necesidad de continuar hasta perderse en una serie indefinida de suposiciones; hasta con lo dicho, que resumido nos enseña: que una masa finita de materia difusa, aun siendo bastante grande para constituir todo nuestro sistema sidéreo, no podría tener un equilibrio estable; que su concentración o condensación debió verificarse con una irregularidad siempre creciente, por falta de una esforicidad perfecta, de una homogeneidad absoluta de composición y de una completa simetría con respecto a las fuerzas exteriores; y que, por tanto, el aspecto actual del cielo no es incompatible con la hipótesis de una evolución general, resultante de la instabilidad de lo homogéneo.
Si nos limitamos a considerar la parte de la hipótesis nebular, según la cual el sistema solar es el resultado de una concentración gradual; y si suponemos desde luego esa concentración, ya avanzada lo bastante para haber producido un esferoide en rotación, de la materia nebulosa aún relativamente homogénea, vamos a ver las consecuencias de la instabilidad de lo homogéneo. Una vez en rotación, el esferoide se aplana hacia los polos; toman diferentes densidades el interior o sea las partes más cerca del centro, y las más próximas a la superficie; muévense sus varias partes con velocidades diferentes alrededor del eje común; no se puede decir que esa masa sea homogénea; por consiguiente, todos los cambios que experimente podrán sí servir de ejemplo a la ley general, pero tan sólo como paso de lo menos a lo más heterogéneo; y se verificarán en las partes de la masa homogéneas aún interiormente. Ahora bien, si admitimos con Laplace, que la parte ecuatorial de ese esferoide en rotación y en vía de concentración debió adquirir, en períodos sucesivos, una fuerza centrífuga bastante grande para impedir a esa parte de la masa aproximarse al centro, a cuyo alrededor giraba, y por tanto, para separarse de las partes internas del esferoide que seguían su movimiento de contracción, veremos en ese anillo desprendido del esferoide un nuevo ejemplo del principio en cuestión. Ese anillo, compuesto de sustancia gaseosa, pudo muy bien ser homogéneo al desprenderse; mas, por lo mismo, no debió persistir en ese estado. En efecto, para conservarle era preciso que hubiera una casi perfecta uniformidad en la acción de todas las fuerzas externas que actuaban sobre él (casi, nada más, porque la cohesión, aun en la materia muy rarificada, podría bastar para neutralizar perturbaciones pequeñas), y hay inmensas probabilidades contra esa combinación. No siendo, pues, iguales, mejor dicho, no estando equilibradas las fuerzas externas o internas que actuaban sobre el anillo, debió éste romperse por uno o varios puntos; Laplace suponía que sólo se rompió en un punto, replegándose, o arrollándose en seguida, sobre sí mismo; pero tal hipótesis es muy improbable, según la opinión de una eminencia científica de nuestro tiempo; un anillo tan grande, tan poco denso, debió romperse en muchos pedazos; pero en virtud de la instabilidad de lo homogéneo, el resultado definitivo anunciado por Laplace debió verificarse. En efecto, suponiendo que las masas de materia nebulosa, resultantes de la rotura del anillo, fuesen de volúmenes iguales y estuviesen a distancias convenientes para atraerse mutuamente con fuerzas iguales, lo que es muy improbable, ese equilibrio debería ser pronto destruido por las acciones desiguales de las fuerzas perturbatrices externas, y por tanto, las masas contiguas comenzarían en seguida a separarse; una vez comenzada la separación, produciría con una velocidad creciente un agrupamiento de masas, y lo mismo se produciría nuevamente en esos grupos, hasta que al fin se agregaran todos en una masa única.
Dejemos ya la Astronomía hipotética, y consideremos el sistema solar tal cual es ahora; pero antes examinemos un hecho que parece contradictorio con las condiciones que anteceden: la existencia actual de los anillos de Saturno, y sobre todo del anillo gaseoso que ha poco se le ha descubierto, todos los cuales se conservan enteros y guardando su equilibrio relativo con respecto al planeta. En cuanto a los primeros, puede responderse que la cohesión de las sustancias líquidas y sólidas de que constan basta para impedir su rotura, y el gaseoso puede muy bien subsistir por la simetría de las fuerzas con que lo atraen los otros dos anillos. Aun más: si el sistema de Saturno y sus anillos parece, a primera vista, en desacuerdo con el principio de la instabilidad de lo homogéneo, en realidad es un ejemplo más que lo confirma. En efecto, Saturno no es concéntrico con sus anillos, y si lo fuese, no podría permanecer siéndolo, según se prueba matemáticamente; es decir, que esa relación homogénea tendería hacia otra heterogénea. Pues bien, lo mismo sucede en todo el sistema solar: las órbitas, tanto de los planetas como de los satélites, son todas más o menos excéntricas, ninguna es circular, y si alguna lo fuese, pronto dejaría de serlo, pues las perturbaciones engendrarían inmediatamente excentricidad; en una palabra, las relaciones homogéneas se transformarían en heterogéneas.
151. Hemos hablado ya tantas veces de la formación de la costra sólida de nuestro planeta, que parecerá superfluo decir aún algo más. Sin embargo, preciso será considerarla bajo el punto de vista del principio que ahora discutimos. El enfriamiento y la solidificación de la superficie terrestre son indudablemente uno de los casos más sencillos e importantes del paso de un estado uniforme a un estado multiforme, por las distintas condiciones a que estuvieron sometidas las diferentes partes del globo. A la diferenciación entre el exterior y el interior, producida por el enfriamiento, se añadió, poco después, la diferenciación producida en la superficie por la desigual acción sobre ella del Sol, principal centro de las fuerzas exteriores, y al que son debidas las modificaciones permanentes, que tanto distinguen aún las regiones polares de las ecuatoriales.
A la par que las diferenciaciones físicas de primer orden que se operaban en el globo, en virtud de la instabilidad de lo homogéneo, se verificaban también numerosas diferenciaciones químicas susceptibles de la misma explicación. En efecto, sin suscitar ahora la cuestión de saber si, como algunos creen, los llamados cuerpos simples lo son efectivamente, o están a su vez compuestos de elementos desconocidos -elementos que no podemos aislar, quizá por insuficiencia del calor artificial, pero que pudieron muy bien existir aislados cuando el calor terrestre era muy superior al mayor que hoy podemos producir,-bastará a nuestro objeto demostrar: cómo en vez de la homogeneidad relativa, bajo el punto de vista químico, que debió tener la costra terrestre cuando su temperatura era muy elevada, se fue haciendo cada vez más heterogénea a medida que se fue enfriando. Desde luego, siendo incapaz cada cuerpo, simple o compuesto, de los que constituían entonces la superficie terrestre, de conservar la homogeneidad en presencia de tantas afinidades químicas ambientes, entraría en variadas y heterogéneas combinaciones; estudiemos esos primeros fenómenos químicos con algún detenimiento. Hay, como se sabe, poderosas razones para juzgar que a una temperatura muy elevada no se combinan los cuerpos, puesto que aun a las temperaturas que podemos producir artificialmente se descomponen la mayoría de las combinaciones conocidas. Es, por tanto, muy probable que, cuando la Tierra estaba todavía en su estado primitivo de fusión, no hubiera verdaderas combinaciones químicas. Aun sin ir tan allá, nos basta partir de un hecho indiscutible, y es que los compuestos que resisten a las más altas temperaturas, y que, por consiguiente, debieron ser los primeros formados, al irse enfriando la Tierra, son los más sencillos. En efecto, los álcalis y tierras son los compuestos más fijos que conocemos; la mayoría resiste a los más intensos calores artificiales, y constan solamente de un átomo de cada elemento; es decir, son las combinaciones más sencillas, menos heterogéneas. Más heterogéneos, más fácilmente descomponibles por el calor, y por tanto, más recientemente formados en nuestro globo, son los deutóxidos, tritóxidos, etc., en los que hay dos, tres, etc. átomos de oxígeno unidos a cada átomo del otro elemento.
Las sales anhidras son aún más fácilmente descomponibles por el calor, que la mayoría de los óxidos, y claro es que son también más heterogéneas, por el número y especies de átomos que forman la molécula química. Las sales hidratadas, más heterogéneas, que las anhidras, sufren casi todas una descomposición, por lo menos parcial, perdiendo el agua a temperaturas relativamente bajas. Los compuestos aún más complicados, como sales dobles, sobresales y subsales, etc., son también menos estables, por regla general, y así sucesivamente. La misma ley siguen, con pocas y no muy importantes excepciones, los compuestos orgánicos, cuya estabilidad, en iguales circunstancias, está en razón inversa de su complicación. Una molécula de albúmina, por ejemplo, se compone de 482 átomos de cinco distintos elementos. La de fibrana tiene aún más complicada composición; pues consta de 298 átomos de carbono, 49 de nitrógeno, 2 de azufre, 228 de hidrógeno y 92 de oxígeno, o sean 669 átomos de cinco especies. Pues bien; tanto albúmina como la fibrina se descomponen a una temperatura como la de hacer un asado. Se objetará, quizá, que hay compuestos inorgánicos bien sencillos, y más fácilmente descomponibles que los más complejos principios orgánicos; tales son, por ejemplo, el hidrógeno fosforado y el cloruro de nitrógeno. Es verdad, pero eso no invalida nuestro principio; pues no afirmamos que todos los compuestos sencillos son más fijos, más estables, que todos los compuestos complicados; sino solamente que, por regla general, las combinaciones sencillas pueden subsistir a una temperatura mayor que las combinaciones complicadas, y eso es indudable. Así, pues, está probado que la heterogeneidad química de la superficie o corteza terrestre, tal y como hoy existe, ha ido aumentando gradualmente, según lo ha permitido el enfriamiento sucesivo; que esa heterogeneidad se manifiesta actualmente de tres modos, a saber: en la multiplicidad de los compuestos químicos, en el número mayor de elementos que contienen los compuestos más modernos y, en fin, en la mayor complejidad o mayor número de átomos que tiene cada molécula a medida que necesita menos calor para poderse formar y subsistir.
Sin entrar en detalles, tomemos como últimos ejemplos de la ley, relativos todavía a la evolución general de nuestro planeta, los fenómenos meteorológicos de la época actual, comparados con los de las anteriores edades de la Tierra. Son indudablemente nuevos casos que comprueban la destrucción del estado homogéneo, sujeto desigualmente a fuerzas incidentes.
152. Consideremos una masa de materia no organizada aún, pero organizable: por ejemplo, el cuerpo de uno de los seres vivos más inferiores, o el germen de uno de los superiores. Esa masa, o bien estará en el agua, o en el aire, o en otro organismo; mas, sea cualquiera su situación, es indudable que su interior y su exterior tendrán distintas relaciones con los agentes externos, el alimento, el oxígeno y los diversos estimulantes; más aún: de las varias partes de su superficie, unas están más expuestas que otras a las fuerzas ambientes, luz calor, oxígeno o influencia de los tejidos de la madre; resultará, pues, inevitablemente, la ruptura del equilibrio primitivo, la cual puede verificarse de uno de estos dos modos: o las fuerzas externas son capaces de vencer las afinidades de los elementos orgánicos y la masa organizable se descompone en vez de organizarse; o, por el contrario, dichas fuerzas van modificando lenta y gradualmente a la masa, la cual se va desarrollando u organizando. Pongamos algunos ejemplos. Notemos primero algunas excepciones aparentes. Hay pequeños seres del reino animal que no presentan variaciones apreciables en el curso de su rudimentaria organización. Así, la sustancia gelatiniforme de los rizópodos permanece sin organización propiamente dicha durante toda la vida de dichos seres, hasta el punto que no tienen membrana externa que los limite; como lo prueba el que las prolongaciones filiformes que nacen de la masa, se sueldan si se tocan. Que un animal afine a los rizópodos el Ameba, cuyos miembros, menos numerosos y de más volumen, no se sueldan, tenga o no, como se discute aún, una especie de membrana o pared de célula y un núcleo, claro es que esa ligera distinción de partes es insignificante, puesto que las partículas alimenticias pasan al interior del animal, a través de una parte cualquiera de la periferia, y, puesto que, cortando al animal en pedazos, cada uno tiene las mismas propiedades y funciones que el animal entero. Pues bien: estos casos, en que no hay contraste entre la estructura interior y la exterior, o le hay insignificante, y que parecen contradecir el principio que discutimos, son, por el contrario, pruebas muy significativas de su verdad. En efecto, ¿cuales son los caracteres de los Protozoos? Sufrir continuos o irregulares cambios de forma; no tener relaciones permanentes entre las varias partes de su cuerpo; lo que antes era interno, luego es exterior, y sirviendo de miembro temporero, se adhiere al objeto que acaba de tocar; lo que formaba parte de la superficie externa es atraído al interior con las partículas alimenticias que le estaban adheridas. Ahora bien, según nuestra hipótesis, sólo por sus posiciones diferentes, respecto a las fuerzas modificadoras, es por lo que las partes primitivamente semejantes de una masa viva se hacen desemejantes; pero si las posiciones son indeterminadas, si no hay diferencias permanentes entre ellas, tampoco podrán ser influidas permanentemente, por las fuerzas externas, las partes de la masa, y ésta no podrá experimentar por tanto, sino débiles modificaciones; y esto precisamente es lo que sucede en los protozoos, según hemos indicado. A esa prueba negativa añádese, como era de esperar, alguna prueba positiva. Al pasar de esos puntos proteiformes de la materia viva a organismos cuya estructura no varía, hallamos que las diferencias de tejidos corresponden a las diferencias de posición relativa.
En todos los Protozoarios superiores, como también en todos los Protofitos, se nota una diferenciación fundamentalmente distinta, en las membranas de las células y en el contenido de las mismas, correspondiente al contraste fundamental de condiciones, implicado en las palabras exterior o interior. Pasando de los organismos llamados unicelulares a los compuestos de una aglomeración de células, observaremos también la relación íntima que uno las diferencias de estructura, y las de circunstancias o condiciones. Bajo el punto de vista negativo vemos que en una esponja, atravesada en todos sentidos por las corrientes de agua del mar, lo vago de la organización corresponde a una vaguedad también, en las diferencias de condiciones; las partes periféricas y las centrales se diferencian tan poco en su estructura como en su exposición a las influencias ambientes. Y bajo el punto de vista positivo, en seres como los Thalassicolla, que, aun cuando poco elevados en la escala zoológica, conservan diferencias permanentes con el exterior, sus partes internas y externas, vemos una estructura sometida evidentemente a las relaciones entre centro y superficie, una distribución más o menos concéntrica de las diversas partes.
Después de esa modificación primaria, que introduce una diferencia entro los tejidos externos y los internos, sigue, en el orden de persistencia y de importancia, otra modificación que diferencia entre sí las varias partes de los tejidos externos, y esta modificación corresponde a un hecho casi universal, a saber: que esas varias partes están distintamente expuestas a los agentes o influencias exteriores. En este caso, como en los otros, las excepciones aparentes tienen un gran valor. Hay vegetales inferiores, tales como los Hematococcus y Protococcus, envueltos por igual en una capa de mucus o dispersos en la nieve de los polos, que no presentan diferencia alguna entre las varias partes de su superficie, y es natural que así sea, puesto que esas varias partes no están sometidas a diversas condiciones. Las esferas animadas, tales como las Volvox, no tienen en su periferia parte alguna que se distinga de las demás, y nada más natural, pues como ruedan por el agua en todas direcciones, no exponen a condiciones especiales ninguna de las partes de su superficie. Pero los organismos que conservan en sus movimientos, actitudes o posiciones determinadas, no presentan ya superficies uniformes, como los Volvox, Protococcus, etc. El hecho más general que se puede afirmar acerca de la estructura de los animales y de las plantas es que, por grande que sea al principio la semejanza de forma y de textura de las diversas partes exteriores, adquirirán desemejanzas sucesivas, correspondientes a sus distintas relaciones con las fuerzas exteriores. El germen ciliar de un zoofito, que durante su período de locomoción no presenta más diferencias que las do los tejidos externos e internos, apenas se ha fijado, cuando su parte superior comienza a diferenciarse ya de la inferior. Las yemas discoideas del Marchantia, primero semejantes por sus dos caras, comienzan en seguida a echar raicillas por su cara inferior y estomas por la superior; lo cual prueba indiscutiblemente que esa diferenciación primaria es producida por la diferencia fundamental de condiciones.
El los gérmenes de los organismos superiores, las metamorfosis debidas inmediatamente a la instabilidad de lo homogéneo, son natural y prontamente ocultadas por las debidas a la ley hereditaria. Sin embargo, hay cambios primitivos, comunes a todos los organismos, y que por tanto, no se puede atribuir a la herencia, sino a la ley que venimos estudiando. Un germen, que aún no ha empezado a desarrollarse, consta de un grupo esferoidal de células homogéneas: pues bien; el primer grado de su evolución, en todo el reino orgánico, consiste en establecerse una diferencia entro las células periféricas y las interiores; algunas de aquéllas, después de haberse hendido en muchos sitios, se sueldan formando una película o membrana, la cual, o se extiende y recubre a poco la masa entera, como en los mamíferos, o bien se detiene algún tiempo en su desarrollo, como en las aves. He ahí dos hechos significativos: el primero, que la desemejanza primitiva se establece entre el interior y el exterior; el segundo, que el cambio que da el impulso al desarrollo no se verifica simultáneamente en toda la parte externa, sino que comienza en un sitio y se extiende, poco a poco, a todos los demás. Ambos hechos son corolarios evidentes de la instabilidad de lo homogéneo; la superficie debe, más bien que otra parte cualquiera, diferenciarse prontamente del centro, porque está sometida a condiciones más diferentes de las del centro que todas las demás partes; y todas las partes de la superficie no deben diferenciarse simultáneamente de las interiores, porque no están todas a la vez igualmente expuestas a las fuerzas exteriores. Recordemos aún otro hecho general de análogo significado: cualquiera que sea la extensión de esa capa periférica de células o del blastodermo, como se le llama, se divide a su vez en dos hojas membranas: la mucosa, exterior, o exodermo y la serosa, interior, o endodermo; la primera está formada de la parte del blastodermo que está en contacto con el exterior, y la segunda de la parte que toca a la masa celular interior; es decir, que después de la diferenciación primaria entre la superficie y el centro, la parte superficial resultante se desdobla, sufriendo, una diferenciación secundaria, en parte u hoja externa y parte interna; y es evidente que esta diferenciación secundaria es del mismo orden que la primaria, que corresponde también al contraste de condiciones tantas veces ya montado.
Pero, como ya lo hemos indicado, ese principio (el de al inestabilidad de lo homogéneo) no da por sí solo toda la clave del desarrollo orgánico; es insuficiente para explicar particularidades genéricas y específicas, y mucho más, las correspondientes a los órdenes, familias, etc.; no puede, de ningún modo, explicarnos por qué dos huevos, depositados en el mismo estanque, producirán el uno un pez y el otro un reptil; por qué otros dos, empollados por la misma gallina, darán el uno un patito, el otro un pollito. Para eso no hay más explicación que el principio inexplicado de la transmisión hereditaria; esa capacidad inexplicable de cada germen para desarrollarse, reproduciendo las formas y rasgos de sus antepasados en sus menores detalles, y hasta sus enfermedades. Que una parte microscópica de sustancia, aparentemente homogénea, encierre o lleve en sí una influencia tal, que el hombre que de aquella salga será a los veinte, treinta, cincuenta años tísico, gotoso, loco, etc., es una cosa increíble a no estarlo viendo confirmado por la experiencia, en muchísimos casos. Si, volviendo sobre nuestros pasos, probásemos que esas diferenciaciones tan complicadas, que presenta un adulto, son resultados gradualmente acumulados y transmitidos por la herencia, de un proceso análogo al que hemos ya descrito, del germen, resultaría: que aun los cambios manifiestos, desde el embrión hasta el adulto, y debidos a la influencia específica o hereditaria, son consecuencias lejanas de la instabilidad de lo homogéneo. Si patentizásemos que las ligeras modificaciones verificadas durante la vida de cada adulto y legadas a los descendientes con todas las modificaciones anteriores, no son sino desemejanzas de partes, producidas por desemejanza de condiciones, resultaría que las modificaciones verificadas durante la vida embrionaria son consecuencias en parte directas y en parte indirectas de la instabilidad de lo homogéneo. Pero las condiciones de esta obra no permiten que descendamos a exponer las razones que hay en pro de esa hipótesis. Basta haber hecho constar que las diferenciaciones más notables que manifiestan universalmente los organismos, al comenzar su desarrollo, corresponden a las diferencias más marcadas de las condiciones a que están expuestas sus distintas partes; y basta que el contraste habitual entre el exterior y el interior, que sabemos es producido en las masas inorgánicas por la distinta exposición a las fuerzas incidentes, sea enteramente análogo, en su causa y proceso, al contraste primero que se verifica en todas las masas organizables al comenzará organizarse.
Réstanos probar que en el conjunto de organismos que constituyen una especie, se puede también ver una prueba de la instabilidad de lo homogéneo. Hay, en efecto, hechos bastante numerosos para inducir que cada especie no subsiste invariable y uniforme, sino que tiende a variar y heterogeneizarse, hasta cierto punto; y hay también razones bastantes para juzgar que ese tránsito de lo homogéneo a lo heterogéneo es debido a que los distintos individuos de cada especie están respectivamente sometidos a diferentes conjuntos o sistemas de circunstancias exteriores o ambientes. Como base, que creemos suficiente, de inducción, notaremos estos dos hechos: primero, en ninguna especie, animal o vegetal, son totalmente semejantes los individuos; y segundo, hay en toda especie una tendencia a producir diferencias bastante señaladas para constituir variedades. Por otra parte, la experiencia confirma en esos hechos, el principio general, puesto que las variedades son más numerosas y distintas en las plantas cultivadas y en los animales domésticos, cuyas condiciones de vida se apartan más, y en mayor número de puntos, de sus condiciones primitivas. Ya miremos la selección natural como el agente que produce la totalidad, o solamente una parte, de las variedades, esto en nada cambia nuestras deducciones. En efecto, como la persistencia de una variedad prueba que está en armonía con el conjunto de las fuerzas ambientes, como la multiplicación de una variedad y su establecimiento sobre un terreno ocupado antes por otra fracción ya extinguida de la especie, implican que ese conjunto de fuerzas ha producido sobre ambas variedades efectos diferentes, es evidente que ese conjunto de fuerzas es la causa efectiva de la diferenciación; es claro que si la variedad sustituye a la especie original en unas localidades y en otras no, es porque el sistema de fuerzas de una localidad no es igual al de la otra; y es, por último, evidente que el paso de la especie, de una homogeneidad relativa a la heterogeneidad de razas, variedades, etc., es efecto de que sus distintos individuos han estado expuestos a distintas condiciones ambientes, a distintos sistemas de fuerzas.
153. Para demostrar que la ley (de la instabilidad, etc.) se verifica también en los fenómenos psíquicos, deberíamos hacer un análisis muy detenido de esos fenómenos; deberíamos seguir con minucioso rigor la organización de las primeras experiencias mentales, para poder mostrar cómo los estados psíquicos primitivamente homogéneos, se hacen heterogéneos, a consecuencia de los cambios diferentes efectuados por distintos sistemas de fuerzas. Y una vez probado eso, sería evidente que lo que constituye el desarrollo de la inteligencia bajo uno de sus principales aspectos, es una repartición en clases distintas, de cosas desemejantes, que, primitivamente estaban confundidas en una sola clase; es una formación de grupos y subgrupos, hasta que el conjunto de objetos conocidos reúna a la heterogeneidad de los distintos grupos que lo componen, la homogeneidad de los elementos de cada grupo.
Si, por ejemplo, seguimos en la escala zoológica la génesis del sin número de conocimientos que adquirimos mediante la vista, observaremos: que en el primer escalón, en que los ojos no sirven sino para distinguir la luz de las tinieblas, la única clasificación posible de los objetos visibles debe estar fundada en el modo y grado de producir sombra o interceptar la luz. En esos órganos visuales rudimentarios, las imágenes que se forman en la retina, deben clasificarse tan sólo en dos grupos: uno, de los objetos en reposo, ante los cuales pasa el animal moviéndose; y otro, de los objetos móviles, o que pasan ante el animal en reposo; objetos estacionarios y objetos móviles debe ser, pues, la primera y más general clasificación de los objetos visibles. Luego viene la división en objetos próximos y objetos lejanos, que no todos los animales pueden apreciar, pues los de ojos muy sencillos no distinguen un objeto pequeño muy cercano de un objeto grande y lejano. Los sucesivos perfeccionamientos de la visión, que hace posible una evaluación más exacta de las distancias, por la comparación de los ángulos ópticos; y los que hacen posible la distinción de formas, por el incremento y subdivisión de la retina, dan más precisión a las clases ya formadas, y a la vez las subdividen en clases más pequeñas compuestas de objetos menos desemejantes. En fin, todos los perfeccionamientos sucesivos de los órganos de percepción externa, deben conducir, y conducen según lo confirma la experiencia, a una multiplicación de las divisiones o clases de los objetos percibidos, y a un aumento de precisión en los límites de cada clase. En los niños se ve también que el confuso conjunto de sus primeras impresiones, en que los objetos ambientes se les presentan sin distancias, volúmenes, ni formas, es decir, sin distinción ni diferencia, unos respecto a otros, se transforma, poco a poco, en clases de objetos desemejantes por tales o cuáles atributos. En ambos casos se puede comprobar, haciendo un detenido estudio, aquí ya incompatible con la extensión de esta obra, que esa conciencia primitiva, indefinida, incoherente y homogénea, se ha cambiado en una conciencia definida, coherente, heterogénea, por la influencia de las diversas acciones de las fuerzas externas sobre el organismo. Bastan estas indicaciones sumarias, que a modo de jalones podrán guiar al lector reflexivo, y ayudarlo a convencerse de que la evolución de los fenómenos psíquicos no ofrece excepción alguna a la ley de la instabilidad de lo homogéneo. Para facilitar esta tarea, añadiremos un ejemplo, que puede comprenderse aislado, fuera de la evolución mental, aunque de ella forme indudablemente parte integrante.
Hase observado ya que a medida que progresa la formación de un idioma, las palabras que tenían primitivamente significados parecidos, los van adquiriendo más distintos; fenómeno que puede llamarse desinonimización. No es fácil demostrar claramente ese cambio en las palabras indígenas o primitivas, de cada idioma, porque faltan libros donde observarlo, ya qui las divergencias de sentido de esas palabras han precedido generalmente a la aurora de la literatura. Pero, en las palabras inventadas, o tomadas de otras lenguas, cuando ya había libros, es muy fácil seguir ese movimiento. Entre los antiguos teólogos, la palabra descreído (miscreant), era usada exclusivamente en su sentido etimológico, como sinónima de incrédulo (unb-elever); pepo en el lenguaje moderno ha extendido más su significación(5). Análogamente: malvado y malhechor, sinónimos etimológicamente, no lo son ya por completo, puesto que malhechor significa un criminal, y no es tan fuerte la acepción moral de la voz malvado. Las palabras más demostrativas de la ley, son las compuestas de las mismas partes combinadas distintamente; así, si dice: pasamos (go under) bajo un árbol, y sufrimos (undergo) una pena; analizadas estas dos frases -lo mismo otras muchas- se halla el mismo sentido literal, pero el uso (quem penes arbitrium est et jus et norma loquendi) ha modificado de tal modo sus respectivos significados, que no se puede decir, sin caer en ridículo, sufrimos (undergo) un árbol, pasamos (go under) bajo una pena. Todos esos ejemplos, y otros innumerables que podríamos poner, prueban que el completo equilibrio o uniformidad o sinonimia entre dos o más palabras, no puede sostenerse: formándose bien pronto el hábito de referir la una con preferencia a la otra, a tales o cuáles objetos o actos. Cada persona tiene costumbre de usar tales o cuales frases, para expresar lo mismo que otras personas expresan con otras frases; y esa imposibilidad de conservar un perfecto equilibrio, una perfecta homogeneidad en el uso de los signos verbales; que caracteriza a cada hombre, o le distingue, bajo el punto de vista del lenguaje, de los demás, y por consecuencia caracteriza también a cada grupo de hombres, da por resultado definitivo la desinonimización de palabras y de frases.
Si hubiera dificultad en comprender cómo esos cambios intelectuales pueden servir de ejemplos a una ley de transformaciones físicas, operadas por fuerzas físicas, se tendrá en cuenta: que todos los actos psicológicos pueden ser considerados como funciones nerviosas; que las pérdidas de equilibrio acabadas de citar son pérdidas de igualdad funcional entre dos elementos del sistema nervioso; y, que, como en los ejemplos anteriormente puestos, esa pérdida de igualdad funcional es debida a diferencias en el modo de actuar las fuerzas ambientes.
154. Las masas de hombres, como todas las masas, tienen la misma tendencia que venimos estudiando, y ocasionada o producida por las mismas o análogas causas, ya tantas veces reconocidas en las series de ejemplos anteriormente expuestas. Las diversificaciones gubernamentales, profesionales, etc., tanto en las pequeñas como en las grandes sociedades, reconocen el mismo origen, o más bien las mismas causas originarias -diferencia de influencias externas sobre masas, totales o parciales, relativamente homogéneas-. Analicemos, siquiera sea ligeramente, las dos clases de diversificaciones acabadas de citar.
En una sociedad mercantil, la autoridad de todos los socios puede muy bien ser igual en teoría, pero en la práctica, siempre la autoridad de alguno predomina sobre la de otro u otros, y si, como sucede comúnmente, los socios delegan, casi todos; sus poderes en los directores, y éstos tienen, por tanto, iguales atribuciones, pronto alguno de ellos se impone a los demás, y sus decisiones son las que prevalecen en la compañía. Análogamente, en las sociedades políticas, benéficas, religiosas, literarias, etc., hay siempre una división semejante, en partidos dominantes y partidos subordinados, y cada partido tiene sus jefes o individuos más influyentes, otros con menos pero con alguna influencia, y otros sin influencia. En estos ejemplos secundarios podemos ver grupos de hombres, sin organización, unidos por relaciones homogéneas, pasar gradualmente al estado de grupos organizados, unidos por relaciones heterogéneas; y no es otra la clave de todas las desigualdades sociales. En efecto, las sociedades, bárbaras o civilizadas, están divididas en clases, y en cada clase hay individuos más y menos importantes; esta estructura social es indudablemente el resultado de una operación análoga a la que hemos indicado antes y vemos realizarse frecuentemente en las pequeñas sociedades citadas. Ínterin los hombres estén constituidos para influir unos sobre otros, ya por la fuerza física, ya por la moral, habrá luchas por la dominación, que terminarán necesariamente por el triunfo de uno de ellos; y una vez marcada la diferencia, se acentuará cada vez más, puesto que, destruido el equilibrio inestable, lo uniforme debe gravitar, con movimiento acelerado, hacia lo multiforme. La supremacía y la subordinación deben establecerse, como vemos se verifica diariamente, en todas las partes del edificio social, desde las grandes clases, que se extienden a la sociedad entera, hasta las pandillas de aldea y las bandas de escolares. Se objetará quizá que, esos cambios resultan, no de la homogeneidad, sino de la heterogeneidad de las agrupaciones primitivas, cuyas unidades presentaban desde luego ligeras diferencias. Indudablemente, esa es la causa próxima; y en rigor, hay que considerar esos cambios como tránsitos de un estado relativamente homogéneo a un estado relativamente heterogéneo. Pero es también indudable que una masa de hombres completamente semejantes en todas sus cualidades, experimentaría análogas transformaciones. En efecto, si no la uniformidad perfecta de vida, ocupaciones, condiciones físicas, al menos las relaciones domésticas y la ilación de ideas y sentimientos de cada hombre, debían producir en ellos diferencias individuales, y éstas conducir a diferencias sociales. Hasta las desigualdades de salud, produciendo necesariamente desigualdad en las facultades físicas y mentales, deben romper el equilibrio que suponemos existía entre las influencias mutuas de unos hombres sobre otros. Vemos, pues, que una agrupación humana cuyos individuos fuesen completamente iguales en autoridad, debe, como todo lo homogéneo, hacerse heterogénea, y vemos también que esa heterogeneidad es efecto de la misma causa originaria, la desigual exposición de las partes a las acciones exteriores.
Más claramente aún se reconoce esa misma causa a las primeras divisiones profesionales de los hombres, las cuales faltan mientras son iguales las influencias externas. Así, las tribus nómadas no exponen permanentemente grupos de sus individuos a condiciones locales particulares; una tribu sedentaria que ocupa un territorio reducido, conserva durante largo tiempo, las diferencias marcadas que distinguen a sus varios individuos; y en estas tribus, no hay diferenciaciones económicas propiamente dichas. Pero cuando una agrupación humana bastante numerosa ocupa un gran territorio, y sus individuos viven y mueren en sus distritos respectivos, sus varias secciones subsisten en distintas circunstancias físicas, y por consiguiente tienen que diferenciarse también por sus ocupaciones.
Entonces, los que viven aún dispersos, siguen cazando y cultivando la tierra; los que habitan a orillas del mar, se dedican a faenas marítimas; los habitantes de los sitios escogidos, quizá por su posición central, para reuniones periódicas, se hacen comerciantes y fundan poblaciones; cada una de esas clases sufre en su carácter un cambio, resultante de su ocupación, y que la hace más apta para desempeñarla. Las adaptaciones locales, más recientes en la marcha de la evolución social, se multiplican más y más; una diferencia en el suelo, o en el clima, o en ambos, hace que los habitantes de las diversas regiones de un país se diferencien en sus ocupaciones: unos se dedican a ganaderos de vacuno, lanar, etc., según las condiciones; otros, a labradores de trigo, maíz, avena, bajo análoga influencia; los distritos abundantes en minas se pueblan pronto de mineros, y de fundiciones y herrerías, si las minas son metálicas, y de hierro. En suma, tanto de las grandes como de las pequeñas divisiones sociales, la causa principal, originaria y continuada, es la diferencia de circunstancias externas o ambientes; y esta explicación es perfectamente compatible con la que, bajo otro punto de vista, dimos (80) como corolario de la ley de la dirección de todo movimiento; puesto que la distribución de las fuerzas ambientes es lo que determina el sentido de la mínima resistencia, y por tanto, la diferencia de distribución en diversas localidades ha de producir necesariamente diferentes acciones humanas, individuales y sociales, de profesión.
155. Quédanos por hacer ver que el principio de la instabilidad de lo homogéneo es demostrable a priori, como corolario de la persistencia de la fuerza, lo cual ya hemos admitido implícitamente, explicando el paso de lo uniforme a lo multiforme por la diferencia de exposición de unas y otras partes a las fuerzas ambientes; pero conviene dar a ese reconocimiento implícito la forma de una prueba definida.
Cuando se golpea una masa de materia con una fuerza capaz do romperla, se ve que el golpe produce diferentes efectos en las diversas partes, a consecuencia de las distintas relaciones de esas partes con la fuerza que las hiere: la parte que se pone en contacto inmediato con el cuerpo chocante, y por tanto recibe la totalidad del movimiento comunicado, es empujada hacia el interior de la masa, empujando a su vez a las partes próximas, y éstas a las otras, y así sucesivamente. Cuando el golpe es bastante fuerte para hacer pedazos la masa, vemos, por la dispersión de los fragmentos desiguales en direcciones radiadas, que el momento total se ha dividido en momentos parciales distintos por sus valores y por sus direcciones; vemos, también, que esas direcciones están determinadas por las posiciones de las partes de la masa, unas respecto a otras, y respecto al punto de aplicación de la fuerza del choque; y vemos, por fin, que las partes son distintamente impulsadas por la fuerza que las rompe, porque tienen diferentes relaciones con esa fuerza, en cuanto a su dirección y sus enlaces; pues siendo los efectos, sobre las distintas partes, productos combinados de las condiciones de éstas y de la fuerza, no pueden aquéllos ser semejantes, en partes sometidas a condiciones diferentes. La absorción o recepción del calor radiante es otro ejemplo.
Consideremos el caso más sencillo, el de una esfera que recibe los rayos térmicos del Sol o de un foco bastante lejano; dichos rayos caerán sobre las varias partes del hemisferio que los recibe, bajo todos los ángulos de 0º a 90º; además las vibraciones moleculares propagadas al través de la masa, partiendo de los puntos que reciben el calor, deben también marchar en todas direcciones; por consiguiente, las partes interiores de la esfera deben vibrar o calentarse diferentemente según sus posiciones, respecto a la parte que recibe los rayos incidentes; y todas las moléculas interiores y exteriores diferirán unas de otras, más o menos, en sus vibraciones térmicas, puesto que difieren en sus relaciones con el foco que, las calienta.
¿Qué es, pues, lo que significa en el fondo la proposición: «una fuerza constante produce cambios diferentes a través de una masa homogénea, porque las varias partes de esa masa tienen relaciones diferentes con esa fuerza»? Para comprender bien esto, debemos considerar cada parte como sometida simultáneamente a otras fuerzas: la gravitación, la cohesión, el movimiento molecular, etc., los efectos producidos por una fuerza nueva deben ser resultantes de ésta y de todas las fuerzas anteriores. Si las fuerzas que actuaban ya sobre dos partes de una masa diferían por su dirección, los efectos producidos sobre esas dos partes por dos fuerzas iguales, diferirán por su dirección; puesto que aun cuando estas nuevas componentes sean iguales, las anteriores no lo eran, por tanto las resultantes y los resultados no pueden ser iguales. Aún nos parecerá más claro que las partes de una masa, dispuestas diferentemente, deben ser modificadas de distintos modos por una misma fuerza exterior, si observamos que las cantidades de la fuerza total, que corresponden a las distintas partes, no son iguales. Así, las fuerzas químicas sólo ejercen su acción sobre las partes externas de una masa, y aun sobre esas, desigualmente; puesto que, por lo general, se establecen corrientes en el medio en que se verifica la reacción, y en su virtud se aplican a las varias partes de la superficie atacada, diferentes cantidades del agente o reactivo. Análogamente, las cantidades de una fuerza radiante exterior, que reciben las diversas partes de una masa, varían por muchos conceptos: primeramente, hay el contraste entre la cantidad de fuerza incidente sobre la parte situada hacia el centro radiante, y la incidente sobre la parte opuesta, que es, por lo regular, nula; después, las distintas cantidades que reciben las partes diferentemente situadas del lado de la radiación; y por último, las innumerables diferencias entre las cantidades recibidas por las diversas partes interiores. Cuando una fuerza mecánica actúa sobre un agregado material, ya sea por choque, por presión continua o por tensión, las cantidades de fuerza distribuidas entre partes iguales de la masa, son indudablemente distintas para partes situadas distintamente; y si éstas reciben diferentes cantidades de fuerza, serán diversamente modificadas por ella; es decir, que si eran relativamente homogéneas en sus relaciones, deben hacerse heterogéneas, puesto que en virtud del principio de la persistencia de la fuerza, a igualdad de masas, fuerzas desiguales deben producir efectos desiguales.
Podemos también llegar, por un razonamiento análogo, a la conclusión de que, aun fuera de las acciones exteriores, el equilibrio de un todo homogéneo debe ser destruido por las acciones desiguales que ejercen unas sobre otras sus diversas partes. La influencia mutua que produce la agregación - prescindiendo ahora de las demás influencias mutuas- debe producir efectos diferentes sobre las diversas partes, puesto que éstas reciben la acción de aquella fuerza con variadas intensidades y direcciones. Se comprenderá esto más fácilmente considerando: que las partes de un todo pueden ser miradas, a su vez, como todos menores, respecto a cada uno de los cuales las acciones o influencias de los otros son fuerzas exteriores que, según lo ya explicado anteriormente, deben operar cambios distintos sobre las partecillas diversas de esos todos; y por tanto, cada uno de ellos debe hacerse heterogéneo, y el todo mayor o principal resultará, por consiguiente, heterogéneo.
Es, pues, deducible lógicamente la instabilidad de lo homogéneo del principio primordial que sirve de fundamento a nuestra inteligencia. Solamente es concebible la estabilidad en el caso de una homogeneidad absoluta única, o infinita en extensión. En efecto, si centros de fuerza absolutamente iguales en su potencia, estuviesen distribuidos con absoluta y simétrica uniformidad en todo el espacio infinito, estarían eternamente en equilibrio. Pero esa hipótesis, aunque inteligible verbalmente, es inimaginable o ininteligible realmente, puesto que lo es el espacio infinito. Todas las formas finitas de lo homogéneo, únicas que podemos conocer y concebir, deben forzosamente hacerse heterogéneas. Esa necesidad se deduce, bajo tres puntos de vista, de la persistencia de la fuerza. Prescindamos de las fuerzas externas primeramente; cada unidad de un todo homogéneo debe ser solicitada de distinto modo que otra cualquiera del mismo, por la resultante de las acciones respectivas de las demás unidades. En segundo lugar, no siendo nunca iguales las acciones que sobre dos unidades cualesquiera de la masa ejerce el conjunto de todas las demás, cada fuerza externa o incidente, aunque sea constante en su intensidad y en su dirección, debe también producir efectos diferentes sobre dichas dos unidades de masa. Y por último, como son necesariamente distintas las posiciones de las diversas partes del todo, respecto a la dirección y punto de aplicación de cada fuerza incidente, deben también por este concepto ser distintos los efectos de ésta sobre aquéllas.
Para concluir, haremos observar que no solamente deben comenzar los cambios que inicien la evolución, como consecuencia necesaria de la persistencia de la fuerza, sino que por la misma razón, deben continuar; lo absolutamente homogéneo debe perder su equilibrio, y lo relativamente homogéneo debe hacerse menos homogéneo cada vez; puesto que lo que se verifica en ese punto, respecto de una masa total, debe seguir verificándose respecto a las partes en que aquella se divida; cada una de las cuales debe perder su homogeneidad, absoluta o relativa, por la misma razón. Vemos, pues, que los cambios continuos que caracterizan la evolución, en cuanto al paso de lo homogéneo a lo heterogéneo, o de lo menos a lo más heterogéneo, son consecuencias necesarias de la persistencia de la fuerza.