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Los primeros principios / Herbert Spencer; traducción de José Andrés Irueste

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Capítulo XX.

La multiplicación de efectos.

     156. En el último capítulo hemos hecho conocer una causa del incremento de la heterogeneidad; en éste vamos a dar a conocer otra, que si es secundaria cronológicamente, no lo es, en importancia; pues aun cuando faltara la causa anteriormente estudiada, esta otra bastaría para el paso de lo homogéneo a lo heterogéneo; y en realidad, lo que sucede es, que combinándose ambas hacen dicho tránsito más rápido y más complicado. Para descubrir esta nueva causa no tenemos sino dar un paso más en el estudio, ya iniciado, del conflicto entre la fuerza y la materia.

     Hemos visto: que cuando un todo uniforme está sometido a una fuerza constante, sus varias partes son modificadas diversamente, por hallarse en diferentes condiciones respecto a esa fuerza. Pero, al ocuparnos de las diversas modificaciones que experimentan las diversas partes de la masa, no hemos estudiado las diferentes y correlativas variaciones que experimentan a la vez las partes en que se divide necesariamente la fuerza total, y que no deben ser menos numerosas e importantes que las otras. Desde luego, siendo, como sabemos, iguales y contrarias la acción y la reacción, es claro que la fuerza incidente, al diversificar las partes de la masa sobre que actúa, debe también diversificarse correlativamente: en vez de ser, como antes, una fuerza constante o uniforme, debe hacerse multiforme, descomponerse en un sistema de fuerzas desiguales. Algunos ejemplos harán patente esta verdad.

     En el caso antes citado, de un cuerpo hecho pedazos por un choque violento, a más del cambio de la masa homogénea en un grupo heterogéneo de trozos dispersos, hay, simultáneamente, un cambio de la fuerza única del choque en varias fuerzas, distintas a la vez por su intensidad y su dirección. Lo mismo sucede a las fuerzas que llamamos calor y luz: después de haber sido dispersadas en todos sentidos por un cuerpo radiante, son redispersadas nuevamente por los cuerpos sobre que caen. Por ejemplo: de los innumerables rayos del Sol que divergen en todos sentidos, una pequeña porción cae sobre la Luna, siendo en parte absorbidos, en parte reflejados en todas direcciones; de los reflejados, una pequeña parte cae sobre la Tierra, que a su vez vuelve a difundir los que no absorbe por el espacio ambiente. Mas, no solamente la reacción de la materia transforma toda fuerza en otras de distintas direcciones, sino también de distintas especies. Cuando dos cuerpos se chocan, lo que llamamos el efecto del choque es que uno de los dos o ambos cambian de posición o de movimiento; pero no es eso todo: además de ese efecto mecánico visible, prodúcese un sonido, o más bien vibraciones sonoras, en uno de los dos cuerpos, o en ambos, y en el medio ambiente; y a veces, decimos que esas vibraciones son el efecto del choque; el medio ambiente no sólo es puesto en vibración por el choque, sino que también prodúcense en él corrientes, por el movimiento de los cuerpos chocados, antes y quizá después del choque; por otra parte, si no hay fractura, hay por lo menos dislocación de las moléculas de alguno de los cuerpos, en el sitio chocado, dislocación que llega, a veces, hasta producir una condensación permanente, visible y acompañada de calor; por último, también es algunas veces efecto del choque una chispa de luz resultado de la incandescencia de alguna partícula arrancada por el choque y acompañada, quizá, de una acción química; puede suceder, pues, y sucede muy frecuentemente, que la fuerza mecánica de un choque se divida y transforma en cinco o más especies de fuerzas distintas. Tomemos para segundo ejemplo una vela encendida: en ella encontramos, desde luego, un fenómeno químico, consecutivo a un cambio de temperatura; una vez comenzada la combinación por efecto de calor exterior, verificase una producción y un desprendimiento continuos de ácido carbónico, de agua, etc.; es decir, un resultado ya más complejo que su causa originaria, el calor; pero a la vez que esos fenómenos químicos, hay también nueva producción de calor y de luz, que calentando la columna de aire y de los mismos gases recién formados, determina corrientes o movimientos en todo el aire circunvecino. Y no para ahí la descomposición de una fuerza en otras; pues cada una de esas nuevas fuerzas engendra a su vez otras muchas: así, el ácido carbónico formado se combinará poco a poco con alguna base, o bajo la influencia de la luz solar será descompuesto, para dejar su carbono en las hojas de alguna planta; el agua modificará el estado higrométrico del aire ambiente, o bien, si toca a un cuerpo frío, se condensará, cambiando la temperatura y quizá el estado químico de la superficie que recubra. Además, el calor de la combustión funde la materia de la vela y dilata todos los cuerpos adonde llega; y la luz, al caer sobre distintas sustancias, las modifica diferentemente, y de ahí los diversos colores. En fin, universalmente, el efecto de una fuerza es más complicado que la causa; sea o no homogénea la masa sobre que actúa, toda fuerza incidente se transforma o descompone en otras muchas diferentes por su intensidad, dirección, especie, o por todas esas relaciones simultáneamente; cada una de esas fuerzas sufre después análoga descomposición, y así sucesivamente.

     Mostremos ahora cuánto adelanta la evolución con esa multiplicación de efectos. Toda fuerza incidente, descompuesta por las reacciones de los cuerpos sobre que actúa, en varias fuerzas diferentes, es decir, una fuerza que de uniforme se hace multiforme, se hace, a la vez, causa de un incremento secundario de multiformidad en el cuerpo que la descompone. Vimos en el capítulo anterior que las varias partes de un todo son diversamente modificadas por una misma fuerza incidente; y acabamos de ver que, a consecuencia de las reacciones de las partes diversamente modificadas, la fuerza inicial debe también dividirse y subdividirse en fracciones, diversas por uno o varios conceptos. Pero queda por hacer ver: que cada parte de la masa ya diversificada, se convierte en un centro desde el cual cada parte de las en que se ha dividido la fuerza total, es nuevamente difundida. Al fin, puesto que fuerzas iguales deben, en general, producir resultados diferentes, cada una de esas fuerzas parciales debe producir en la masa total nuevas diferenciaciones. Y es evidente que esta causa secundaria del paso de lo homogéneo a lo heterogéneo, se hace más poderosa a medida que aumenta la heterogeneidad; pues cuando las partes, que resultan de la disgregación de un todo en evolución, han tomado ya naturalezas diversas, deben reaccionar distintamente sobre la fuerza inicial, deben subdividirla en grupos de fuerzas muy variados o diferentes; convirtiéndose cada una de esas partes en centro de una serie de influencias distintas, debe añadir cambios secundarios distintos a los ya operados en la masa total. Téngase presente, además, que el número de partes desemejantes de que consta un todo, y el grado de su desemejanza, son factores importantes de la operación que venimos estudiando: toda nueva división específica es un nuevo centro de fuerzas especificadas; si un todo uniforme hecho multiforme bajo la acción de una fuerza incidente, hace a su vez multiforme a esa fuerza, si un todo compuesto de dos partes desiguales, divide a una fuerza incidente en dos grupos diversos de fuerzas multiformes, es claro que cada nueva y distinta parte debe ser un nuevo origen de complicación para las fuerzas distribuidas en la masa, es decir, un nuevo origen de heterogeneidad. La multiplicación de los efectos debe ir, pues, en progresión geométrica; cada grado de la evolución debe ser preludio de otro grado más avanzado.

     157. Actuando la fuerza de agregación primitiva, que comenzó la formación de las nebulosas, sobre masas irregulares de materia rarificada, difundida en un medio resistente, no pudo imprimir a esas masas movimientos rectilíneos hacia su centro común de gravedad, sino que debió cada masa seguir una trayectoria curvilínea, dirigida hacia uno u otro lado de dicho centro; y siendo distintas las condiciones de las varias masas, la gravitación les imprimiría movimientos diferentes en dirección, velocidad, curvatura de la trayectoria, etc.; es decir, que una fuerza primitivamente uniforme se diversificaría en muchas diferentes, bajo uno o varios aspectos. La operación, así comenzada, debió continuar hasta producir una sola masa de materia nebulosa, girando alrededor de un eje, condensación y rotación simultáneas, en que vemos cómo dos efectos de la fuerza primitiva, primero apenas divergentes, adquieren, en definitiva, diferencias muy marcadas. A medida que la condensación y la velocidad del giro aumentaban, aumentaba también, por la acción combinada de las dos fuerzas -agregativa y centrífuga-, el aplanamiento del esferoide nebuloso; tercer efecto. Al mismo tiempo, la condensación, en distintos grados, de las diversas partes de la masa, debió producir enormes cantidades de calor, pero también distintas, pues lo eran las fuerzas productoras; cuarto efecto. Las fuerzas de agregación y de rotación, actuando sobre esas masas gaseosas, desigualmente calentadas, producirían corrientes generales y locales; y cuando el calor alcanzara ya cierta elevación, se produciría también luz. Así, pues, aun prescindiendo de las acciones químicas, eléctricas, etc., se ve bien claramente: que si la materia existió in principio en estado difuso, la fuerza primitiva que inició su condensación debió irse dividiendo y subdividiendo, a la par que la masa; produciéndose por la serie mutua de acciones y reacciones de las partes de la una sobre las de la otra, una creciente multiplicación de efectos, que aumentaba cada vez más la heterogeneidad preexistente.

     La parte de nuestra tesis relativa al sistema solar, es fácilmente demostrable, sin necesidad de hipótesis; basta estudiar atentamente los atributos astronómicos de la Tierra o de otro cualquier planeta. Primeramente el movimiento de rotación produce directa o indirectamente el aplanamiento polar, la alternativa de días y noches, corrientes marinas y atmosféricas. En segundo lugar, la inclinación del eje de rotación sobre la Eclíptica produce las diferentes estaciones. En tercero y último lugar, la atracción de los demás cuerpos del sistema, sobre este esferoide aplanado y girando alrededor de un eje inclinado, produce las mareas acuosas y atmosféricas y los movimientos de precesión y de nutación.

     El modo más sencillo de hacer ver la multiplicación de efectos en los fenómenos del sistema solar, sería describir la influencia de cada elemento del sistema solar sobre todos los demás. Cada planeta produce, sobre los planetas próximos, perturbaciones apreciables, que complican las engendradas por otras causas, y producen también, sobre los planetas lejanos, perturbaciones menos visibles; he ahí una primera serie de efectos. Pero las perturbaciones de cada planeta son, a su vez, nuevo origen de otras; por ejemplo, habiendo desviado el planeta A al planeta B del sitio que éste ocuparía en un instante dado si A no existiera, las perturbaciones causadas por B serán distintas de las que serían, sin la existencia de A, y lo mismo puede decirse de cada uno de los astros del sistema, respecto a los demás he ahí una segunda serie de efectos mucho menos intensos, pero más numerosos. Como esas perturbaciones indirectas, o de segundo orden, modifican nuevamente los movimientos de los planetas, producen una serie terciaria de perturbaciones, y así sucesivamente: la fuerza ejercida por cada planeta produce un efecto distinto sobre cada uno de los otros; ese efecto se refleja desde cada uno de ellos, como centro, sobre todos los demás, pero muy debilitado, produciendo efectos mucho menores; y así, como ondas que se propagan y se reflejan en todas direcciones, pero debilitándose, como es natural.

     158. Si la Tierra se ha formado por la concentración de una materia difusa, es preciso que estuviera primero fundida y candente: estado que se debe considerar hoy con lo demostrado inductivamente, ya se acepte o se rechace, para explicarlo, la hipótesis nebular. Ya hemos hablado de muchos resultados del enfriamiento gradual de la Tierra, tales como la formación de la corteza, la solidificación de los elementos sublimados, la precipitación del agua, etc.; efectos todos de una sola causa: la disminución del calor. Estudiemos, no obstante, los múltiples fenómenos a que da lugar la continuación de esa causa por sí sola. La Tierra, como todo cuerpo, al enfriarse, se contrajo indudablemente, en consecuencia, la primitiva costra sólida es ahora demasiado grande para el núcleo que sigue contrayéndose, y al cual tiene que seguir aplicada, pues no tiene espesor relativo bastante para sostenerse sola; pero una corteza esferoidal no puede, sin romperse o arrugarse, aplicarse a un núcleo más pequeño, como se ve en los frutos secos de corteza delgada, la cual se arruga al disminuir el volúmen del fruto por la evaporación de sus jugos; la corteza de la Tierra debió, pues, arrugarse, al seguir esta enfriándose; de ahí las desigualdades de la superficie terráquea, cada vez mayores, a medida que se espesa la costra por seguir el enfriamiento. Sin hablar de otras causas modificadoras, vemos cuán heterogénea se hizo la superficie de nuestro planeta, sólo por una causa: el enfriamiento. Los telescopios nos prueban que análoga heterogeneidad se ha producido en la Luna, donde no hay fuerzas acuosas ni atmosféricas. Notemos aún otra causa de heterogeneidad, simultánea y semejante a la ya estudiada. Cuando la costra sólida terrestre era aún delgada, las arrugas producidas por su contracción debían, no solamente ser pequeñas, sino dejar también entre ellas pequeños espacios bajos, aplicados suavemente al esferoide líquido interior; y el agua, que se condensaría primero sobre las regiones polares, se distribuiría con cierta regularidad. Pero, a medida que la costra iba espesándose y adquiriendo más resistencia, las arrugas se harían más grandes y separadas, las superficies intermedias seguirían al núcleo menos exactamente, y así se formaron las grandes extensiones, hoy existentes, de tierra y agua. Análogamente, cuando se envuelve una naranja con papel de seda húmedo, se ve cuán pequeñas son y espesas están las arrugas, y lo mismo los espacios que las separan. Pero si se la envuelve con papel más grueso, se notará la mayor altura y separación de las arrugas, etc. Ese doble cambio, en la altura y separación de las cordilleras terrestres y de sus cuencas respectivas, implica otra heterogeneidad; las de las líneas de costas: una superficie elevada próximamente lo mismo, sobre el nivel del Océano, tendría unas riberas o costas regulares; pero una superficie diversificada por llanuras y cordilleras, debe presentar fuera del agua contornos muy irregulares. Véase cuán variada e indefinida multiplicación de efectos geológicos y geográficos ha producido directa o indirectamente, con el transcurso de los siglos, una sola causa: el enfriamiento sucesivo de la Tierra.

     Si pasarnos de los agentes que los geólogos llaman ígneos, a los ácueos y atmosféricos, veremos también en progresión reciente la multiplicación de efectos; el aire y el agua, desgastando las superficies que rozan, no han cesado de modificarlas desde el principio, y de producir doquier muchos y distintos cambios. Ahora bien; como ya sabemos (69), el origen de esos movimientos de los fluidos exteriores terráqueos es el calor solar: la transformación del calor solar en diversos modos de fuerza, según la materia que lo recibe, es, pues, el primer grado de la complicación que vamos a estudiar. Los rayos solares caen con variedad de inclinaciones sobro el esferoide terráqueo, que, en virtud de su doble movimiento, presenta y oculta el Sol, alternativamente, las diversas partes de su superficie; esto sólo bastaría para una gran variedad de efectos, aun cuando la superficie de recepción fuese uniforme; pero siendo ésta, además, tan accidentada, aquí mares, allí nieves, acá llanuras, acullá montañas, y todo eso rodeado de una atmósfera en la que flotan nubes, algunas veces exiensas, todavía serán mucho más varios los efectos. Se engendrarán corrientes marinas y atmosféricas, con diversidad de direcciones, velocidades y temperaturas; se evaporarán enormes cantidades de agua, que, disipadas primero en la atmósfera, se precipitarán luego en forma de rocío, lluvia, nieve, etc., dando a su vez origen a los arroyos, torrentes, ríos, lagos; en los sitios muy fríos se formarán grandes cantidades de hielo, rompiendo, quizas, algunas rocas heladizas, y arrastrando luego los pedazos el deshielo, etc., etc.

     En un segundo grado de complicación, cada uno de los diversos movimientos producidos directa o indirectamente por el Sol, produce, a su vez, multitud de resultados variables, según las condiciones; la oxidación, la sequedad y la humedad, los vientos, las lluvias, las nieves, los hielos, los ríos, las olas, y tantas otras causas, operan desintegraciones, cuyas intensidades y especies están determinadas por las condiciones o circunstancias locales. Así, cuando esos agentes operan sobre masas de granito, en unas partes no producen efecto apreciable; pero, en otras, producen exfoliaciones y roturas, de que resultan los guijarros y cantos rodados; y en otras, después de haber descompuesto el feldespato en kaolín, le arrastran con la mica y el cuarzo que le acompañaban, y le depositan en capas en el fondo de los ríos y de los mares. Cuando la superficie, sometida a dichas causas, se compone de partes ígneas y de partes sedimentarias, los cambios verificados son aún más heterogéneos; pues siendo muy distintos los grados de destrucción de que son susceptibles ambas especies de formaciones, la superficie, en cuestión, se desintegrará más irregularmente.

     Las varias corrientes de agua, al lavar las superficies de distinta composición, arrastran diversas combinaciones, que luego depositan en nuevas capas; sencillo ejemplo, que prueba una vez más, cómo la heterogeneidad de los efectos crece en progresión geométrica con la heterogeneidad de los objetos que sufren la acción de las masas. Un continente con toda su compleja estructura, con tantas capas de tan varías composiciones, irregularmente distribuidas, elevadas a distintos niveles, inclinadas bajo todos los ángulos, debe, sometido a los mismos agentes de destrucción, originar efectos inmensamente multiformes o heterogéneos; cada distrito debe ser modificado de un modo especial; cada río arrastrar distinta especie de detritus; cada depósito debe estar diferentemente situado y distribuido por la variedad de corrientes y de sinuosidades de los ríos, etc., etc. Consideremos, para terminar el estudio de la ley en el reino inorgánico de nuestro globo, lo que sucedería a consecuencia de una gran revolución geológica; por ejemplo, el hundimiento de la América Central. Los resultados inmediatos de la dislocación serían ya por sí bastante complicados: innumerables capas terrestres se romperían; inmensos terremotos, acompañados, tal vez, de terribles erupciones volcánicas, se propagarían a millares de millas; el Atlántico y el Pacífico se precipitarían a llenar el hueco dejado por el hundimiento; gigantesco choque de dos Océanos, que produciría profundos y numerosos cambios en sus antiguas y nuevas costas; furiosas y enormes oleadas atmosféricas barrerían la superficie terráquea, complicadas con las corrientes gaseosas de los volcanes, y con deslumbrantes y atronadoras descargas eléctricas. A todos esos efectos temporales seguirían otros muchos permanentes: cambiarían sus direcciones o intensidades las corrientes de ambos Océanos, y por tanto, la distribución de calor de que son agentes muy principales, y las líneas isotermas; cambiarían también su curso las mareas; los vientos sufrirían más o menos variación en sus períodos, direcciones, velocidades y temperaturas; variaría la cantidad media de lluvia en cada país; en fin, las condiciones físicas de casi toda la superficie terráquea serían diferentes. Cada uno de esos cambios comprende otros muchos secundarios; véase, pues, la inmensa heterogeneidad de efectos operados por una fuerza única, cuando esa fuerza obra sobre una vasta y complicada superficie terráquea, y no se vacilará en suponer que, desde el principio, las modificaciones de nuestro planeta han seguido, en su complicación y multiplicidad, una progresión creciente.

     159. Vamos ahora a seguir el mismo principio universal en la evolución orgánica. Ya hemos visto en ella el paso de lo homogéneo a lo heterogéneo, pero no es tan fácil hacer ver la producción de muchos efectos por una sola causa; pues los cambios orgánicos son, desde el desarrollo del germen hasta la muerte, tan lentos y graduales, y las fuerzas que los producen tan complicadas y ocultas, que es muy difícil descubrir la multiplicación de efectos, tan patente en el reino o imperio orgánico. Con todo, si no directamente, ya podremos comprobar el principio en cuestión, más o menos indirectamente.

     Notemos, desde luego, cuántos efectos produce un solo estímulo en una organización bien desarrollada, en un hombre adulto, por ejemplo. Un ruido alarmante, la vista de un objeto, terrorífico, además de las impresiones inmediatas que producen sobre los sentidos y los nervios, pueden producir también un grito, un sobresalto, un cambio de fisonomía, temblor, sudores, palpitaciones, subida de sangre a la cabeza, síncope, y quizá hasta la iniciación de una larga enfermedad, con sus varios y complicados síntomas. Una pequeñísima cantidad de virus variólico inoculado producirá, en un caso grave: en el primer periodo, escalofríos, fiebre, sarro lingual, inapetencia, sed, dolores epigástricos, de cabeza, dorso y miembros, vómitos, debilidad muscular, convulsiones, delirio, etc.; en el segundo período, una erupción cutánea, prurito, chillar de oídos, dolor o hinchazón de garganta, salivación, tos, ronquera, disnea, etc.; y en el tercero, inflamaciones edematosas, neumonía, pleuresía, diarrea, inflamación del cerebro, oftalmía, erisipela, etc.; y cada uno de esos varios fenómenos es a su vez más o menos complejo. Análogamente, se ve que un medicamento, un manjar especial, un cambio de clima, producen, a veces, múltiples y heterogéneos resultados. Pues bien, basta considerar que los numerosos resultados producidos por una sola fuerza sobre un organismo adulto, deben tener sus análogos o correlativos en un organismo embrionario, para comprender cómo en esos pequeños seres, la producción de numerosos efectos por una sola causa, es origen de su creciente heterogeneidad. El calor exterior y otros agentes que determinan las primeras complicaciones del germen, provocan, reaccionando sobre ellas, nuevas complicaciones, y así sucesivamente, cada órgano, a la par que se va desarrollando, aumenta, por sus acciones y reacciones sobre los demás, la heterogeneidad del conjunto. Los primeros latidos del corazón de un feto deben ayudar simultáneamente al desarrollo de todos los órganos: tomando cada tejido, de la sangre, los elementos necesarios para su nutrición, debe modificar la constitución de ese líquido, y por tanto, la nutrición de los demás tejidos; ésta implica, además de la asimilación, ciertas pérdidas, o sea un desgaste de materia que arrastrada, a su vez, por la sangre, debe influir en el resto del organismo, y quizá originar, como algunos creen, la formación de los órganos excretores. Las conexiones nerviosas entre las vísceras deben multiplicar aún más sus influencias mutuas; y lo mismo sucede a toda modificación de estructura, a toda parte nueva y a todo cambio en las relaciones entre las partes, y una prueba bien patente es que un mismo germen puede desarrollarse con distinta forma, según las circunstancias. Así, en el principio de su desarrollo, todo embrión está desprovisto de sexo, resultando luego hembra o macho, según las fuerzas que concurren al desarrollo: sabido es que las larvas de las abejas obreras y reinas son idénticas, resultando, respectivamente, unas u otras, según la alimentación y las condiciones ambientes. Algunos entozoarios presentan ejemplos aún más sorprendentes: un huevo de tenia, si llega al intestino de un animal determinado (de especie), se desarrolla bajo la forma del gusano de que procede; pero si va a parar a otro punto del organismo, o a otra especie de animal, resulta un gusano utricular de los llamados cisticercos, equinococus, etc., tan diferentes de la tenia en forma y estructura, que han sido precisas minuciosísimas investigaciones para demostrar que tienen el mismo origen. Todos esos casos demuestran, que toda nueva complicación de un embrión en vía de desarrollo, resulta de la acción de las fuerzas incidentes sobre la complicación anterior. La hipótesis, hoy admitida, de la epigénesis, nos obliga a admitir también que la evolución orgánica se verifica como acabamos de indicar. En efecto, puesto que está demostrado que ningún germen animal ni vegetal contiene el más pequeño rudimento, la más ligera traza, el más débil indicio del organismo que de él ha de salir; puesto que el microscopio nos revela que la primera operación que se verifica en un germen fecundado, es una división espontánea, que produce una formación de células sin carácter específico alguno, no podemos dejar de concluir que la organización parcial, existente en cada momento, en un embrión que se desarrolla, se transforma, por efecto de las fuerzas que actúan sobre ella, y pasa a otra fase o a otro grado más avanzado de organización, y de ese a otro, y así sucesivamente, hasta llegar a la forma y estructura definitivas.

     Así, pues, aunque la pequeñez de las fuerzas y la lentitud de las metamorfosis nos impidan seguir de un modo directo la génesis de los diversos movimientos producidos por cada fuerza, en las fases sucesivas de la evolución embrionaria, tenemos pruebas indirectas de que esa multiplicación de efectos se verifica, y es una de las causas productoras de la heterogeneidad orgánica. Hemos indicado la multitud de efectos que una sola fuerza puede producir en un organismo adulto; hemos inducido, de ciertos hechos muy notables, que un organismo embrionario puede también ser teatro de una multiplicación de efectos; hemos hecho ver que la aptitud de ciertos gérmenes para desarrollarse con variadas formas, implica que las transformaciones sucesivas resultan de nuevos cambios provocados por los precedentes; y hemos, por último, observado que, siendo todos los gérmenes primitivamente homogéneos, no se puede explicar de otro modo su desarrollo. Sin duda, no hemos explicado por qué el germen, al experimentar ciertas influencias, sufre los cambios especiales que inician la serie de sus transformaciones; todo lo que podemos afirmar es: que la evolución que saca un organismo determinado de un germen, en virtud de propiedades misteriosas de éste, pende también, en parte, de la multiplicación de efectos que hemos reconocido como concausa de la evolución en general, hasta donde la hemos seguido.

     Pasemos ya del desarrollo de una planta o de un animal al de la fauna o flora terrestre, respecto a los cuales será más sencilla y clara la demostración. Indudablemente, según ya hemos reconocido, la paleontología no nos autoriza para afirmar en absoluto: que desde los tiempos primitivos de la vida orgánica hasta el presente, los grupos de seres organizados han sido en cada época más heterogéneos que en la anterior; mas ya veremos que puede inferirse como muy probable su continua tendencia a la heterogeneidad, por la multiplicación de efectos debidos a cada causa, que, como ya hemos visto, ha debido acrecentar primero la heterogeneidad física terrestre, y, como consecuencia, la heterogeneidad de las faunas y floras parciales y totales. Un ejemplo aclarará esto: supongamos que por una serie de levantamientos verificados a grandes intervalos, la parte oriental del archipiélago indio se elevase y formara un continente surcado por una cordillera a lo largo del eje de elevación, el primer levantamiento de la serie modificaría ligeramente las condiciones de existencia de los animales y plantas de Borneo, Sumatra, Nueva Guinea y otras islas; pues cambiarían la temperatura y humedad y sus variaciones periódicas, en general, multiplicándose también quizá las diferencias locales. Esas modificaciones producirían, como natural consecuencia, las de la fauna y la flora del país, siquiera fuese ligeramente y en relación con las distancias de las especies, y aun de los individuos de cada especie, al eje del levantamiento. Las plantas que sólo pueden vivir a orillas del mar, dejarían probablemente de existir, al menos en algunos sitios; otras, que no viven sino en lugares pantanosos, experimentarían, las que sobrevivieran, cambios de aspecto visibles; y aun más notables los sufrirían las plantas marinas de las tierras emergentes. Los animales que se alimentan de esas plantas serían doblemente modificados por el cambio de alimento y por el cambio de clima, sobre todo aquéllos que se vieran obligados a nutrirse de otras plantas por haber desaparecido las que antes les servían de alimento. Durante la vida de las numerosas generaciones sucesivas que mediaran del primero al segundo levantamiento, las alteraciones, apreciables o no, que por aquél se hubieran producido en cada especie, se organizarían y se establecería una adaptación más o menos completa a las nuevas condiciones de existencia.

El levantamiento siguiente produciría nuevos cambios orgánicos, que alejarían aún más las nuevas formas y estructuras de las primitivas, y así sucesivamente. Pero nótese bien que esa transformación no se reduciría al cambio de un millar de especies primitivas en un millar de especies modificadas, sino que se formarían muchos miles de especies, variedades y razas modificadas. En efecto, distribuyéndose cada especie y tendiendo, naturalmente, a colonizar las nuevas superficies emergentes, sus varios individuos sufrirían diversas series de cambios: los que se acercaran al Ecuador serían modificados distintamente que los que se alejaran; los que se quedaran en las nuevas costas o riberas experimentarían diferentes modificaciones que los habitadores de las montañas; y de ese modo cada especie primitiva sería un tronco de que divergirían otras muchas, más o menos diferentes de aquélla y entre sí . Si algunas especies desaparecían, las más pasarían al período geológico siguiente, y su mayor dispersión favorecería su diversificación. Y no solamente se verificarían cambios orgánicos por la influencia de los nuevos alimentos y climas, sino también por la de nuevas costumbres; la fauna de cada isla se pondría en contacto con las faunas de las otras islas, probablemente algo distintas de aquella y entre sí; los fitófagos tendrían que adoptar nuevos modos de huida o defensa, y a su vez los zoófagos variarían correlativamente sus modos de ataque. Sabemos que, cuando lo exigen las circunstancias, no dejan de verificarse esos cambios en los animales; y que, cuando llegan a dominar nuevas costumbres, modifican, hasta cierto punto, la organización. Veamos ahora un nuevo corolario. No solamente debe nacer, de las influencias externas, una tendencia a la diversificación de cada grupo de organismos en varios grupos, sino también, en circunstancias favorables, una tendencia a la producción de organismos más complicados. En general, esas variedades divergentes, producidas por nuevas condiciones y costumbres, presentarán cambios indeterminados en grado y especie, y de los cuales muchos no serán progresivos; es decir, que no serán más heterogéneos que el tipo original, muchos de los tipos modificados. Pero debe suceder, indudablemente, que tal o cual división de una especie dada, habiendo de vivir en condiciones ambientes más complejas, y que exigirán, por tanto, mayor complejidad de actos vitales, sufrirá gradualmente los cambios orgánicos correlativos; es decir, se hará, poco a poco, más heterogénea. Por consiguiente, se harán cada vez más heterogéneas tanto la fauna como la flora terráqueas. Sin entrar, pues, en detalles aquí improcedentes, es indudable que los cambios geológicos han tendido siempre a hacer más complicadas las formas de la vida, ya se las considere conjunta o separadamente; la multiplicación de efectos, que ha sido, en gran parte, la causa que ha hecho pasar la corteza terrestre de un estado simple a otro complejo, ha producido, a la vez y secundariamente, análoga transformación en los organismos terráqueos(6).

     Esa deducción que sacamos de los principios de la Geología y de las leyes generales de la vida, crece en valor desde que se ve comprobada por inducciones sacadas de la experiencia. Así, la divergencia de razas derivadas de una sola que, según las anteriores conclusiones, ha debido producirse sin interrupción durante las diversas épocas geológicas, se ha producido efectivamente, desde los tiempos prehistóricos, en el hombre y en los animales domésticos. Así también la multiplicación de efectos que, según nuestras deducciones, ha debido ser la principal causa de las transformaciones orgánicas en los antiguos períodos geológicos, lo ha sido y es aún visiblemente, en los períodos modernos. Causas únicas, tales como el hambre, el aumento excesivo de población, la guerra, etc., han producido periódicamente nuevas dispersiones de los hombres y de los seres que de él dependen; cada una de esas dispersiones ha sido el punto de partida de nuevas modificaciones y de nuevas variedades del tipo. Hayan o no salido de un mismo tronco todas las razas humanas, la Filología hace pensar como muy probable que grupos enteros de variedades, hoy muy distintas, no formaban en otro tiempo más que una raza; cuya dispersión en diferentes climas y con diversas condiciones de existencia ha originado todas esas variedades. Lo mismo se observa en los animales domésticos; pues si en algunos casos, por ejemplo, en los perros, la comunidad de origen puede ser muy discutida, en otros, como en el ganado lanar, no se puede negar que las diferencias locales de clima, de alimentos y de cuidados han transformado una sola raza en varias otras tan distintas, que producen híbridos inestables. Y en medio de esa complicación de efectos de una causa única, se observa lo que hemos deducido a priori, a saber: no sólo un incremento de heterogeneidad general, sino también de heterogeneidad especial. En la especie humana, por ejemplo, si algunas razas han sufrido cambios que no constituyen un progreso, otras sí se han hecho indudablemente más heterogéneas; los europeos civilizados se apartan más del tipo general de los vertebrados que los pueblos salvajes.

     160. Pasemos a los fenómenos psíquicos. Una impresión sensorial no se contenta con producir un solo estado de conciencia, sino varios, unidos por lazos de coexistencia o de sucesión; y hasta se puede afirmar que el número de ideas engendradas o despertadas por una misma impresión está en razón directa del grado de inteligencia o de cultivo intelectual del ser impresionado, y también de la extensión de la superficie impresionada.

     Si algun pájaro desconocido, arrojado de otras regiones por vicisitudes atmosféricas, llegase a nuestro país, no excitaría reflexión alguna en el ganado, en medio del cual supongamos descendiera: las reses no verían en él sino un ser parecido a los que están acostumbrados a ver volar a su alrededor, y esa percepción sería lo único que interrumpiera en ellas la rudimentaria corriente mental que debe acompañará sus actos de pacer y rumiar. Si el pastor que cuidara ese ganado cogiese dicho pájaro, ya le miraría con alguna curiosidad; le reconocería probablemente como distinto de los que está acostumbrado a ver, y se preguntaría: ¿de dónde y por qué ha venido? El disecador que le preparase para conservarle, recordaría las especies con las que el pájaro exótico tuviera semejanza, notaría todos los detalles de su plumaje y de su estructura; tal vez recordaría otros pájaros también venidos de otros países, y las personas que los habían encontrado y comprado, ete. Si le estudiase algún naturalista de la antigua escuela, que no se fijaba sino en los caracteres exteriores, examinaría detalladamente las plumas, apuntando todos los caracteres que las distinguieran, referiría a orden, familia y género determinados, el individuo alado, y quizá dirigiría comunicaciones a las sociedades de naturalistas y a las redacciones de los periódicos científicos describiendo la nueva especie. Por último, si al nuevo individuo le examinase algún anatómico profundo, descubriría quizá alguna particularidad notable en su estructura, y de ahí nuevas relaciones entro la división zoológica en que se le incluyera y las demás, nuevas homologías y diferencias orgánicas, y tal vez nuevas ideas sobre el origen de las formas orgánicas.

     Pasemos a las emociones. En un niño no produce un rapto de ira paterna más que el temor vago, la impresión penosa de un mal que le amenaza, bajo la forma de un dolor físico o de una privación de placeres. En un adolescente las mismas palabras de severidad producirán otra clase de sentimientos: ya vergüenza, arrepentimiento y pesar de haber ofendido a su padre; ya un sentimiento de injusticia y por consiguiente de ira, siquiera sea reprimida. En una esposa, puede producir también muy diversos sentimientos una reprensión marital: ya pena por haberla merecido; ya ira o desprecio, si es injusta la reprensión; ya simpatía por el sufrimiento conyugal que la reprensión manifiesta; tal vez dudas acerca de la causa de aquélla. En los adultos se notan también las mismas diferencias en el número o intensidad de los efectos que se producen simultáneamente, o en rápida sucesión, por una misma causa: así en los de inferior naturaleza se manifiesta, desde luego, el choque de un corto número de sentimientos sin compensación mutua, al paso que en los de naturaleza superior se produce una serie de afectos secundarios que modifica a los primitivamente desarrollados por la misma causa.

     Se objetará, quizá, que esos ejemplos manifiestan cambios funcionales del sistema nervioso pero no cambios de estructura, y que éstos no son necesaria consecuencia de aquéllos. Es verdad: pero si se admite que los cambios de estructura son los resultados de los cambios funcionales lentamente acumulados, se deducirá que la multiplicación de efectos, que crece a la par que se va verificando el desarrollo orgánico, es una concausa de la evolución del sistema nervioso, como de toda evolución.

     161. Si es posible referir el progreso individual humano, tanto corporal como espiritual, a la producción de muchos efectos por una sola causa, con mayor razón podremos explicar por esa misma ley el progreso social en su conjunto y en cada una de sus esferas. Examinemos el desarrollo de una sociedad industrial. Cuando algunos individuos de una tribu revelan una aptitud especial para fabricar ciertos utensilios, por ejemplo, armas, que todos fabricaban antes, esos individuos tienden a diferenciarse de los demás, y hacerse fabricantes de armas; sus compañeros, la mayoría guerreros o cazadores, quieren tener, naturalmente, las mejores armas posibles, y las encargan a esos obreros hábiles; éstos, a su vez, que reúnen casi siempre, a su especial habilidad, gusto en hacer esa clase de obra, ejecutan esos encargos mediante recompensas proporcionadas. Una vez comenzada la especialización de funciones, tiende a crecer y hacerse más señalada. En el fabricante de armas, la práctica aumenta su habilidad y hace sus productos superiores: en sus clientes cesa la práctica, y por tanto, la habilidad para esa clase de obra, empezando tal vez a manifestarse para otra. Ese movimiento social que tiende a la división del trabajo, se acentúa cada vez más en la dirección en que ha empezado; y la heterogeneidad, así comenzada, se hará permanente para esa generación, si no para más tiempo. Además de esa división primaria que separa la masa social en dos partes, una que monopoliza cierta función o industria, y otra que ha olvidado, o poco menos, practicarla, prodúcense secundariamente otras muchas divisiones. Ese progreso iniciado implica, a su vez, la iniciación del comercio, puesto que es preciso pagar al fabricante de armas con lo que él pida, y no querrá, naturalmente, siempre una misma clase de artículos, sino muchas, porque no necesita solamente esteras, o pieles o utensilios de pesca, etc., sino todos esos artículos, y en cada ocasión querrá el que le haga más falta; ¿qué resultará de eso? Si, como es seguro, hay también diferentes habilidades para fabricar cada uno de esos útiles en los diversos individuos de la tribu, el fabricante de armas exigirá de cada uno lo que fabrique mejor, a cambio de las armas que le compre. A su vez cada uno de esos fabricantes de esteras, redes, etc., habiendo de hacerse las suyas, y además las que ha de cambiar, se hará más apto o hábil para fabricarlas; y así se irán marcando, cada vez más, las varias aptitudes de los distintos individuos. La causa original única, ha producido, no sólo un doble efecto primario, sino una serie de efectos secundarios. Tales diferenciaciones, cuyas causas y efectos se manifiestan hasta en los grupos escolares, no pueden producir una distribución duradera de las funciones industriales en una tribu nómada; pero en un pueblo sedentario, que se multiplica sin variar de localidad, esas divisiones se hacen permanentes y crecen a cada generación.

     En efecto, el aumento de población implica un aumento correlativo en la producción industrial; éste acrece, a su vez, la actividad funcional de cada individuo y de cada clase de productores, lo cual hace más marcada la especialización, si estaba ya establecida, y la establece, si estaba apenas iniciada. Aumentando, a la par, la demanda de medios de subsistencia, cada individuo se ve más y más obligado a limitarse a aquellos productos que hace mejor, y que, por tanto, le será más fácil cambiar o vender, le producirán más ganancia. Esto, a su vez, favorece el aumento de población que reacciona lo mismo, etc. De esos mismos estímulos nacen nuevas divisiones y subdivisiones profesionales: obreros que quieren competir en la bondad o facilidad de fabricación de sus productos del mismo género, inventan materiales y procedimientos mejores. Así, por ejemplo, la sustitución del bronce a la piedra en la fabricación de armas y herramientas, debió producir al que la inventó un gran aumento de pedidos, hasta el punto de necesitar todo el tiempo para hacer el bronce y tener que dejar a otros la fabricación de los utensilios. Pero sigamos los múltiples erectos de ese cambio. El bronce reemplaza doquier a la piedra, no solamente en los artículos en que aquélla era usada, sino en otros; por consecuencia, resultan modificaciones en los artefactos y en los modos de fabricación de los objetos; cambian la construcción de habitaciones, la escultura, los vestidos, los adornos, etc., se establecen manufacturas, antes imposibles por falta de materiales y de herramientas; y, en fin, todos esos cambios reaccionan sobre las personas, multiplicando sus habilidades, sus aptitudes, aumentando su bienestar, reformando sus costumbres y gustos.

     No hemos de seguir a través de todas sus múltiples y, sucesivas complicaciones la creciente heterogeneidad social que resulta de la producción de muchos efectos por una causa; dejemos las fases intermedias del desarrollo social, y pongamos algún ejemplo de la última, o fase actual. Si quisiéramos seguir los efectos de la fuerza del vapor en sus aplicaciones a las minas, a la navegación, a las manufacturas, etc., aún nos perderíamos en un mundo de detalles; limitémonos a considerar la última aplicación de esa fuerza, la locomotora. Esta maquina ha sido la causa inmediata de toda la red de ferro-carriles, y por consiguiente, ha cambiado la faz de los países civilizados, las costumbres y negocios de casi todos sus habitantes. Examinemos primeramente la serie complicada de fenómenos que preceden a la construcción de un camino de hierro; los estudios previos, la concesión, la formación de empresa, las expropiaciones, los planos y Memoria descriptiva, todo lo cual supone numerosas transacciones, desarrollo o creación de nuevas profesiones, etc., etc. Notemos ahora los cambios que implica la construcción de la vía: desmontes, terraplenes, túneles, puentes, estaciones, traviesas, rails, locomotoras, tenders, vagones; todo lo cual acrece numerosos comercios: los de madera, hierro, piedra, hulla, etc.; crea nuevas profesiones: conductores, fogoneros, maquinistas, asentadores de rails, etc. Y por último, una vez hecha la vía y en explotación, los variadísimos y nuevos cambios, que todos conocemos, en los transportes de mercancías y viajeros, y sus consecuencias: la organización de todos los negocios se diversifica de mil modos; la facilidad de las comunicaciones permite hacer por sí mismo lo que antes había que encomendar a otros; se establecen agencias en sitios donde no hubieran podido subsistir antes; se traen mercancías por mayor, de puntos lejanos, en vez de tomarlas por menor en puntos próximos; y algunos productos se consumen a distancias que, sin ferro-carriles, les hubieran sido infranqueables. La rapidez y facilidad del transporte tiende a especializar más que nunca las industrias de los varios distritos, a restringir cada manufactura a la fabricación de los productos, que según las condiciones de la localidad, tenga más cuenta. La distribución económica abarata, generalmente, los productos, y los pone al alcance de los que de otro modo no podrían comprarlos, mejorando así su bienestar, y, por tanto, sus costumbres. Al mismo tiempo, los viajes se multiplican; muchas personas, que antes no podían, hacen un viaje anual al mar, a ver a sus amigos lejanos, y probablemente esas excursiones mejoran su salud, elevan sus sentimientos y desarrollan su inteligencia. Las cartas y noticias llegan con más rapidez a su destino; hasta la literatura halla una nueva puerta de salida en las Bibliotecas de Ferrocarriles, y el comercio un nuevo medio de anuncios, en los vagones y en las Guías de Ferro-carriles. Todos esos innumerables cambios, de que acabamos de dar una sumaria enumeración, son, indudablemente, consecuencia de la invención de la locomotora. El organismo social se ha hecho más heterogéneo a consecuencia de las nuevas profesiones y de la mayor especialización de las ya existentes; los precios de mercancías y trabajos han variado; no hay comercio que no haya modificado más o menos su manera de negociar; no hay persona que no haya sufrido algún cambio en sus acciones, pensamientos, emociones, etc.

     Todavía haremos una observación; ahora vemos también más claramente un hecho ya indicado, a saber: que cuanto más heterogénea es la masa sobre que se ejerce una influencia cualquiera, más numerosos y variados son los efectos producidos. Por ejemplo, en las tribus primitivas, que le conocían, el caoutchout o goma elástica apenas producía cambios, entre nosotros sería preciso un gran volumen para describirlos. El telégrafo eléctrico casi sería inútil a los habitantes de una pequeña isla incomunicada con el resto del globo, y ya sabemos los inmensos beneficios que proporciona a las naciones.

     Si el espacio lo consintiese, seguiríamos esta síntesis en sus relaciones con todos los productos de la vida social: veríamos cómo, en las ciencias, el progreso de una sección hace avanzar a todas; los progresos que los instrumentos de óptica, cada vez más perfectos, han producido en Astronomía, en Anatomía, en Fisiología, en Patología, etc.; cómo la Química ha influido en los progresos de la Electrología, de la Biología, de la Geología, etc., y recíprocamente la Electrología sobre la Química, la Termología, la Óptica, la Fisiología y la Terapéutica. Notaríamos la verificación del mismo principio en literatura: ya en las numerosas y variadas publicaciones periódicas derivadas de las primitivas Gacetas, que han influido en las otras formas de la literatura y entro sí mutuamente; ya en la influencia que los libros de un eminente escritor ejercen sobre los escritores contemporáneos y sucesivos, etc. En pintura: la influencia que una nueva escuela ejerce sobre las anteriores; los signos que, inducen a pensar que todas las formas de esa bella arte se derivan de la fotografía; los resultados complejos de las nuevas doctrinas críticas, son otros tantos ejemplos de la multiplicación de efectos, cuyos complicados y numerosos cambios no queremos seguir, por no cansar más la paciencia del lector.

     162. Después de las razones que dimos al final del capítulo anterior, no hay necesidad de insistir mucho, en el presente, para deducir el principio de la multiplicación de efectos, del de la persistencia de la fuerza, como dedujimos de este mismo, el de la instabilidad de lo homogéneo. Pero, por simetría o semejanza de los dos capítulos, haremos aquí algunos, aunque breves, razonamientos.

     Llamamos cosas distintas o diferentes a las que nos producen distintas sensaciones, y no podemos conocerlas como distintas sino por las diferentes acciones y reacciones que nuestra conciencia nos revela. Cuando distinguimos los cuerpos en ásperos y lisos, querernos decir simplemente que a fuerzas musculares semejantes, empleadas en tocar esos cuerpos, corresponden sensaciones, fuerzas de reacción, desemejantes. Los objetos que llamamos rojos, azules, amarillos, etc., son objetos que descomponen la luz de modos diversos; es decir, que conocemos los contrastes de los colores, como contrastes de cambios producidos sobre una misma fuerza. Evidentemente, dos cosas cualesquiera que no produzcan efectos desiguales en el Yo, no pueden ser conocidas como distintas; y si lo serán si los producen: ya porque impresionen a nuestros sentidos con fuerzas desigualmente modificadas por causas externas, ya porque nuestros órganos opongan desiguales resistencias. Cuando se dice que las diversas partes de un todo deben reaccionar diferentemente sobre una misma fuerza que actúe sobre ellas, se dice realmente una trivialidad, la cual vamos a tratar de reducir a su última expresión.

     Al afirmar la desemejanza de dos objetos, por la de los efectos o impresiones que producen en nosotros: ¿cuál es nuestra autoridad y qué entendemos por desemejanza, bajo el punto de vista objetivo? La autoridad de nuestra afirmación tiene por fundamento la persistencia de la fuerza. Una modificación de cierto género y de cierta intensidad ha sido producida en nosotros por uno de los objetos, y no por el otro; esa modificación la atribuimos a una fuerza que uno de los objetos ha ejercido y el otro no; porque de no ser así, hay que afirmar que la modificación no ha tenido causa eficiente; es decir, hay que negar la persistencia de la fuerza. Esto patentiza que lo considerado como diferencia objetiva, es la presencia, en uno de los objetos, de alguna fuerza o de alguna serie de fuerzas, que el otro no posee; es alguna diferencia en la especie, dirección, intensidad de las fuerzas constituyentes de los dos objetos. Pero si los objetos, o partes de un objeto, que llamarnos diferentes, son únicamente aquellos cuyas fuerzas constitutivas difieren en uno o varios atributos; ¿qué deberá suceder a una fuerza o a fuerzas iguales que actúen sobre esos objetos? Que deberán ser modificadas directamente; puesto que encuentran diversas fuerzas modificadoras o antagonistas, y de no producir éstas distintas modificaciones en la fuerza única o en las fuerzas iguales incidentes, resultaría que las fuerzas-diferencias no producían efecto alguno; es decir, se anulaban, no eran persistentes.

     Creemos inútil desarrollar más ese corolario, y que basta con lo dicho para ver con toda evidencia: que una fuerza constante, al actuar sobre un todo uniforme, debe sufrir una dispersión; que si actúa sobre un todo heterogéneo, además de la dispersión, debe experimentar una diversificación cualitativa, tanto más múltiple y marcada cuanto más distintas y numerosas sean entre sí las partes del todo; que las fuerzas secundarias, que resultan de esas modificaciones de las primitivas, deben sufrir nuevas transformaciones y operarlas también sobre las partes que las modifican; y así, recíproca y sucesivamente, deben irse multiplicando los efectos de la fuerza inicial, por una serie de acciones y reacciones, consecuencias todas de la persistencia de la fuerza.

     Queda, pues, probado inductiva y deductivamente: no sólo que la multiplicación de efectos es una de las concausas de la evolución, sino también que esa misma multiplicación crece en progresión geométrica, a la vez que aumenta la heterogeneidad del ser en evolución.

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