![]()
Lo incognoscible.
Religión y ciencia.
1. Uno de los defectos más frecuentes de nuestra llaca naturaleza es, indudablemente, olvidar: que siempre hay un fondo de bondad en las cosas malas, así como siempre hay un fondo de verdad en las cosas falsas; y es tan común ese olvido, que aun personas que admiten teóricamente, o en abstracto, ese principio, rara vez lo aplican al juzgar opiniones ajenas. Por regla general, se rechaza con indignación y desprecio toda creencia que esté en abierta oposición con la nuestra, sin preguntar o investigar, quizá, lo que abona o justifica, siquiera sea aparentemente, tal creencia. Y sin embargo, algunas razones ha debido haber para su admisión, alguna conformidad con la experiencia humana, conformidad tal vez vaga e imperfecta, más con todo, real o efectiva. El cuento más absurdo puede tener su origen en un acontecimiento real, sin cuya verificación, la idea absurda de él dada: y no hubiera jamás nacido.
Aunque la imagen amplificada y deformada que nos transmite el prisma de la fama sea completamente distinta de la realidad, sin ésta no habría imagen amplificada y deformada. Tal sucede a las creencias humanas en general. Aunque nos parezcan algunas absolutamente malas, se puede admitir: que han tenido su origen en hechos reales que contenían primitivamente, y quizá contienen aún, algo de verdad. Y es preciso admitirlo, cuando se trata de creencias que han reinado largo tiempo y se han extendido mucho, y sobre todo, si son creencias vivas y casi o totalmente universales. La presunción de que una creencia reinante no es enteramente falsa adquiere cierta fuerza según el número de sus partidarios. Si admitimos que la vida no es posible sin cierta conformidad entre las condiciones del fuero interno y las circunstancias del cosmos: si admitimos, por tanto, que hay siempre alguna probabilidad en pro de la verdad total o parcial de una convicción, deberemos conceder grandes probabilidades de fundamento a las convicciones de gran número de individuos; pues nada han hecho por sí para comprobarlas, y que, por consiguiente, la multitud de creyentes poco dice en pro de la probabilidad de una creencia. Pero eso no es verdad; cuando una creencia conquista numerosas adhesiones sin sufrir crítica alguna, es evidente que está, en tesis general, en armonía con las otras creencias de los hombres que la aceptan; y si éstas han sido comprobadas personalmente, suministran un fundamento indirecto a aquélla con la que se armonizan. Puedo suceder que ese fundamento sólo tenga un valor muy débil; más fuerza es convenir en que tiene alguno.
Si pudiéramos formarnos ideas claras sobre ese punto, nos serían muy útiles. Es muy conveniente forjarse, si es posible, una como teoría general de las opiniones admitidas, a fin de no estimarlas en poco ni en mucho, sino en su justo valor. La formación de juicios exactos sobre las cuestiones que se discuten pende, en gran parte, de la actitud que guarda nuestro espíritu cuando oímos la discusión o tomamos parte en ella; y si queremos que esa actitud sea la mejor posible, es necesario que aprendamos lo que hay de verdadero y de falso en las creencias humanas. Para ello, no debemos abandonar, por una parte, el conocido criterio Vos populi vox Dei; ni, por otra parte, debemos rehusar conocer: que si la Historia nos revela que no siempre las mayorías han acertado, también nos dice que rara vez han errado completamente. Una de las condiciones primordiales de un pensamiento libre y amplio es evitar los extremos: debemos, pues, procurar cuidadosamente no caer en ellos, y la mejor salvaguardia para huir la caída es la estimación o tolerancia de las opiniones ajenas. Con este objeto, es preciso considerar la especie de relación que liga comúnmente las opiniones, a los hechos. Tomemos por ejemplo una de las creencias que, bajo varias formas, han reinado en todos los tiempos y países.
2. Las tradiciones primitivas representan a los jefes como dioses o semidioses. A juicio de sus súbditos, los reyes primitivos tenían un origen sobrehumano y ejercían un poder ídem; poseían prerrogativas divinas: se prosternaban los súbditos ante ellos como ante los altares de los dioses, y aun en algunos países fueron adorados efectivamente. Si se necesitase una prueba de que verdaderamente se atribuía al monarca un carácter divino o semi divino, la hallaríamos en esas razas salvajes que admiten todavía un origen divino o celeste para los jefes y sus familias, y creen que sólo los jefes tienen alma. Naturalmente, a la par que esas creencias, existían otras, según las cuales, el jefe tenía sobre sus vasallos un poder ilimitado, un derecho absoluto de propiedad, derecho hasta sobre su vida. Aun hoy, en las islas Fidji, la víctima marcha a la muerte, libre de pies y manos, a una señal del Rey, y declara que todo lo que éste manda debe ser ejecutado.
En tiempos y países menos bárbaros encontramos esas creencias un poco modificadas. Ya no se considera al monarca como un dios o semi dios, pero sí como un hombre que posee una autoridad y quizá algo de la naturaleza divina. Conserva, como sucede ahora en Oriente, títulos conmemorativos de un parentesco y una descendencia celestes, se le saluda con la misma humildad de formas y de palabras que a la Divinidad; y si en la práctica, la vida y fortuna de sus súbditos no están totalmente a su disposición, la teoría supone aún que le pertenecen.
En un período más adelantado de la civilización, como en la Edad Media, en Europa, las opiniones acerca de la naturaleza de las relaciones entre los pueblos y sus jefes sufren aún mayor cambió. La teoría del origen divino cede su lugar a la del derecho divino. El rey no es un dios ni un semi dios, ni aún el descendiente de un dios, pero sí un Vicario de Dios; los testimonios de respeto que se le tributan no son de una humildad tan exagerada, y sus títulos sagrados pierden mucho de su significación; su autoridad deja de ser ilimitada; los súbditos le niegan el derecho de disponer arbitrariamente de sus vidas y haciendas, y su fidelidad toma la forma de obediencia a sus mandatos.
A medida que la opinión pública se desarrolla, el poder soberano se restringe; la creencia en el carácter sobrenatural del rey, mucho tiempo ha rechazada, no ha dejado en pos de sí más que la opinión vulgar que atribuyo a aquél una bondad, una sabiduría y una belleza extraordinarias. La lealtad, que al principio significaba, implícitamente, la sumisión a la voluntad del jefe, no significa o expresa hoy sino un tributo der subordinación o de respeto. Nuestra teoría y nuestra práctica políticas rechazan completamente esas prerrogativas reales, indiscutibles en otros tiempos. Destronando algunos reyes y sustituyéndolos por otros, no sólo hemos negado el derecho divino de ciertas personas al poder soberano, sino todo otro derecho que el de la voluntad nacional. Nuestras formas de lenguaje y los documentos oficiales afirman aún que los ciudadanos son súbditos del rey; pero nuestras creencias efectivas y nuestros actos cotidianos afirman implícita mente lo contrario. Sólo obedecemos a las leyes que hacen las Cortes; hemos despojado enteramente al monarca del poder legislativo, y nos rebelaríamos contra su ejercicio intentado por aquél, aun en materias de mínima importancia; la doctrina primitiva está, pues, totalmente destruida en nuestros tiempos y países.
El abandono de las opiniones políticas primitivas no ha tenido por único efecto traspasar el poder de las manos de un autócrata a las de una asamblea representativa, sino que las ideas que se tienen hoy del gobierno, sea cualquiera su forma, son muy distintas de las antiguas. Populares o despóticos, los gobiernos gozaban antiguamente de una autoridad ilimitada sobre sus súbditos; los individuos existían para el bien del Estado, no éste para el bien de aquéllos. En nuestro tiempo, y en los países regidos liberalmente, no sólo la voluntad nacional se ha sustituido a la del rey, sino que se ha restringido mucho la esfera del ejercicio de aquélla. En Inglaterra, por ejemplo, aunque no haya una teoría precisa que limite la autoridad gubernamental, tiene ésta no obstante, límites, en la práctica, reconocidos tácitamente por todos. Así, aunque ninguna ley orgánica proclame que las Cortes no pueden disponer a su arbitrio de la vida de los ciudadanos, como los reyes que sacrificaban hecatombes humanas, si por acaso intentasen hoy las Cortes usar de tal poder, en vez de producir la muerte de algunos ciudadanos, su temeridad produciría su ruina. Análogamente, se vería bien pronto la entera seguridad que hemos dado a las libertades y derechos individuales contra las usurpaciones del poder, si se intentase, por una ley, apoderarse de una clase de ciudadanos, para emplearlos en servicios públicos, como lo hacían los gobiernos primitivos. Si un hombre de estado propusiera una repartición de la propiedad bajo el modelo de alguna antigua sociedad democrática, se encontraría frente a un clamor público poderoso que le negaría el derecho a disponer arbitrariamente de la propiedad privada. Y no solamente los derechos fundamentales de cada ciudadano se alzan hoy frente a frente y al nivel de los del Estado, sino que lo propio sucede a otros derechos menos importantes; por ejemplo, hace ya mucho tiempo que las leyes suntuarias, o sobre los gastos privados, han caído en desuso, y si se intentara resucitarlas, la opinión pública probaría que esas materias están fuera del alcance de las leyes. Desde hace muchos años veníamos afirmando en la práctica, y hace poco lo hemos consignado en las leyes, el derecho de todo hombre a escoger sus creencias religiosas, en vez de recibirlas ya hechas de extraña autoridad temporal. Tenemos ya completa libertad de pensamiento en la tribuna y en la prensa, a despecho de todos los esfuerzos legislativos para suprimirla o restringirla. Más recientemente hemos reclamado y obtenido, salvo un corto número de excepciones, la libertad de comercio. Así, pues, nuestras doctrinas políticas actuales difieren considerablemente de las antiguas, no sólo en cuanto a la naturaleza del depositario del poder, si que también en cuanto a la extensión y límites de ese poder.
La transformación no ha llegado aún a su fin. A la par que esas opiniones, hoy las más extendidas, hay otras que van más allá. Según ellas, es preciso restringir la acción del gobierno en límites más estrechos que los que tiene actualmente en Inglaterra. A la antigua doctrina, según la cual el individuo no existía sino para el Estado, se ha sustituido, en gran parte, una doctrina moderna, según la cual el Estado no existe sino para los ciudadanos, y de la cual se pretendo sacar todas sus lógicas consecuencias. Para los partidarios de esa doctrina, la libertad individual es sagrada y no tiene otros límites que la libertad de los conciudadanos; el poder legislativo no puede, pues, poner restricciones justas al ejercicio de esa libertad, ya prohibiendo acciones que permite la ley de la igualdad en la libertad, ya tomando de las haciendas de los ciudadanos más, que lo estrictamente preciso para sufragar los públicos necesarios. Afirman también que el Estado sólo debe desempeñar una función, la de proteger a los ciudadanos, unos contra otros, y contra los enemigos exteriores. Fundándose en la tendencia manifiesta que ha reinado en todo el proceso de la civilización, de ampliar las libertades del individuo y restringir las funciones del Estado, creen que se podrá llegar a establecer un régimen político definitivo, que dará al individuo el maximum posible de libertad, y al gobierno el minimum posible de poder, régimen bajo el cual la libertad de cada uno no será limitada sino por la libertad análoga de los demás, y el único deber del gobierno será hacer respetar ese límite.
Hallamos, pues, en los diversos tiempos y lugares, una gran variedad de opiniones, cuyos géneros principales acabamos de indicar, acerca del origen, autoridad y funciones del gobierno; y esos géneros se subdividen en una infinidad de especies. ¿Qué debemos, pues, pensar de la verdad o de la falsedad de esas opiniones? Si se exceptúa un corto número de tribus bárbaras, ha divinidad o semi divinidad de un monarca es considerada hoy, en todas partes, como un absurdo que supera los límites de la credulidad humana. Solamente en muy corto número de países queda aún alguna idea vaga de que el jefe tiene atributos sobrenaturales. Las sociedades más civilizadas, que admiten aún el derecho divino de los gobiernos, han rechazado, ya ha tiempo, el derecho divino de los reyes. Por otra parte, la creencia de que las disposiciones legislativas tienen un carácter sagrado ha desaparecido también, y ya no se las considera sino como convenios. Los partidos más avanzados hasta sostienen que los gobiernos no tienen autoridad intrínseca, que ni aun pueden haberla recibido por un convenio, sino que la poseen únicamente como administradores de los principios morales deducibles de las condiciones esenciales de la vida social. Ahora bien, entre tantas y tan diversas opiniones políticas, ¿deberemos decir que cada una contiene la verdad más o menos velada por errores, o que una sola es verdadera y todas las demás falsas? El análisis, guiado por el principio general que expusimos al comenzar, nos hace admitir la primera de esas dos proposiciones últimamente enunciadas. Con efecto, por ridícula que parezca cada una de esas opiniones a quienes no las hayan recibido como parte integrante de su educación, hay una condición que la sostiene, y es que ha sido reconocida -en su tiempo y país- como un hecho indiscutible. Explícita o implícitamente, cada una de ellas proclama cierta subordinación de las acciones del individuo a las exigencias sociales. Hay grandes divergencias en cuanto al origen, extensión y fundamentos de esa doctrina, pero todo el mundo está acorde en cuanto a la existencia necesaria de alguna subordinación; en esto hay unanimidad completa, desde la idea más antigua y trivial de la alianza, hasta la actual teoría políticamente avanzada. Sin duda, entre el salvaje que creó su vida y bienes a merced absoluta de su jefe, y el anarquista que niega el derecho del gobierno, sea autocrítico, sea democrático, a inmiscuirse en la libertad individual, parece haber, a primera vista, un antagonismo completo e irreconciliable; pero el análisis encuentra, aun en esas opiniones extremas, una idea común, y es la de que hay límites que las acciones de los individuos no deben franquear; sólo que para el uno esos límites tienen su fundamento en la voluntad Real, mientras que para el otro son corolarios de los derechos de los conciudadanos.
Podría creerse, al pronto, que hemos venido a parar a una conclusión insignificante, a saber: que en el fondo de todos los credos políticos contradictorios hay un principio común, evidente por sí mismo. Pero la cuestión no está en la novedad ni el valor de ese principio a que nos ha conducido el análisis. Al fin, ese principio, como relativo a sólo una esfera de la actividad humana, es particular, pero no es difícil generalizarlo y establecer: que aun cuando pase generalmente desapercibido, es indudable que en todas las creencias humanas del mismo género o relativas al mismo asunto, aun en las más opuestas, hay generalmente un fundamento común; principio que si no debe ser admitido como una verdad indiscutible, se puede, no obstante, concederle una gran probabilidad.
Cuando un postulado, como el que acabamos de establecer, no es afirmado con plena conciencia, sino implícita e inconscientemente, y eso no sólo por un hombre o por una sociedad, sino por numerosas sociedades que difieren de mil maneras por sus demás creencias, adquiere una gran probabilidad, que, casi llega a la certeza, y que por lo menos supera a la probabilidad de todas esas creencias diferentes. Cuando el postulado es abstracto, como el que nos ocupa, y no se funda sobre una experiencia directa y concreta común a la humanidad entera, sino que ha sido sacado por inducción, de un gran número de experiencias diferentes, podemos decir que tiene casi la certeza de los postulados de las ciencias exactas. El ejemplo precedente nos muestra que en las opiniones que parecen radical y absolutamente malas, hay, sin embargo, algo de bueno, y nos indica, al mismo tiempo, el método para hallar esa parte buena o verdadera cuando no llegamos directamente a una generalización capaz de servirnos de guía para buscar dicha parte. Tal método consiste: en comparar todas las opiniones del mismo género, es decir, sobre el mismo asunto; separar, como destruyéndose mutuamente en todo o en parte, los elementos especiales y concretos que constituyen el desacuerdo de esas opiniones; observar lo que queda, después de esa eliminación de elementos discordantes, y hallar para ese residuo una expresión abstracta que permanezca verdadera en todas sus modificaciones divergentes.
3. Aceptando plenamente ese principio general, y siguiendo la marcha que nos indica, comprenderemos fácilmente los antagonismos crónicos que dividen a la humanidad; y aplicándolo, no sólo a las ideas que no nos interesan personalmente, sino también a nuestras ideas propias, en relación con las de los contrarios, nuestros juicios serán más justos, no creeremos siempre que nuestras convicciones son absolutamente verdaderas, y las opuestas absolutamente falsas; no nos dejaremos imponer, como el vulgo que no razona, ideas que sólo han llegado a nosotros por el acaso de haber nacido en tales o cuales tiempos y países; no cometeremos, por otra parte, la falta de oponer a ideas contrarias negaciones absolutas y desdeñosas, como los que se erigen críticos independientes. De todos los antagonismos, entre las creencias humanas, el más antiguo, el más profundo, el más grave y el más universal, es el de la Religión y la Ciencia. Comenzó cuando el descubrimiento de las leyes más simples de las cosas vulgares puso límite al fetichismo universal que reinaba en los espíritus; hállasele doquier en todas las esferas del pensamiento humano, desde la interpretación de los más sencillos fenómenos mecánicos, hasta la de los más complejos hechos históricos; tiene sus raíces en los más profundos hábitos intelectuales, y las ideas contradictorias acerca de la naturaleza y de la vida, que esos hábitos producen en los diversos hombres, inclinan al bien o al mal sus sentimientos y actos.
El combate incesante, reñido en todos los tiempos bajo las banderas de la Religión y de la Ciencia, ha producido un rencor que impide a unos combatientes apreciar el valor de los otros. Esa lucha realiza, en mayor palenque y con más violencia que otra alguna, aquella fábula tan profundamente moral de los caballeros que luchaban por el color de un bucle -de un color por cada cara- del que cada uno sólo veía una cara. Cada combatiente, no viendo la cuestión sino bajo su punto de vista, acusaba al otro de estúpido o malévolo, porque no le veía lo mismo; no ocurriéndosele a ninguno pasar al lado contrario para descubrir la realidad.
Felizmente, con el tiempo las ideas adquieren un carácter cada vez más liberal, que debemos desarrollar todo lo posible, prefiriendo siempre la verdad a la aureola del triunfo, y así conoceremos lo que inclina a nuestros adversarios a pensar como piensan, sospecharemos que su obstinación en sostener una creencia debe provenir de que sienten algo que, no sentimos, y querremos completar la parte de verdad que poseemos con la que ellos poseen; apreciando en su justo valor la autoridad humana, evitaremos los extremos de una ciega sumisión o una estúpida resistencia; no miraremos los juicios humanos como absolutamente buenos ni malos, sino que tomaremos el partido más fácil de defender: que nadie posee la verdad absoluta y completa, nadie está absolutamente en error.
Examinemos, pues, las dos fases de esa gran controversia, conservando, cuanto podamos, la imparcialidad que acabamos: de recomendar. Resistamos a los prejuicios de la educación, cerremos los oídos a los murmullos de cada secta, y veamos las probabilidades a priori que hay en pro de cada partido.
4. Aplicando el principio general anteriormente enunciado, podemos afirmar, desde lugo, que las varias formas de creencias religiosas que han existido y existen, tienen todas algún último hecho que les sirve de fundamento. La analogía nos inclina a juzgar, no que, una sola entre todas es la única y absolutamente verdadera, sino que en todas hay algo de bueno y verdadero, más o menos velado por algo malo y falso. La parte de verdad contenida en las creencias falsas puede ser muy distinta de la mayoría, si no de la totalidad de sus dogmas, o indudablemente si, como hay fuertes razones para creerlo, dicha parte es más abstracta que todos ellos, no debe parecérselo; más aunque así sea, existe y debemos buscar esa verdad esencial, por grandes que sean sus diferencias con los dogmas que la expresan bajo tan diversas formas. Suponer que todas las ideas religiosas están absolutamente desprovistas de fundamento, es rebajar mucho la inteligencia media de la humanidad, cuya herencia recogemos sus individuos.
Ya veremos que esa razón general es reforzada por otras especiales. Así, a la presunción de que todas las creencias del mismo género tienen un común fundamento real, añádese, en el caso presente, otra presunción, derivada de la omnipresencia o universalidad de las creencias religiosas. Preténdese que hay tribus que no poseen la más ligera idea de una teoría de la creación, que estas ideas no aparecen sino cuando el hombre adquiere cierto grado de desarrollo intelectual; mas aunque eso sea una verdad, el resultado es igual: desde el momento en que se admite que en todas las razas cuyo desarrollo intelectual ha llegado a cierto grado, hay ya nociones vagas sobre la esencia y origen misterioso del mundo, puede afirmarse, que esas nociones son productos necesarios del desarrollo intelectual. La inmensa variedad de esas ideas no hace, sino fortificar esa deducción, pues muestra la independencia de sus orígenes y existencias, y también cómo, en diversas épocas y lugares, condiciones semejantes han conducido a ideas, y éstas a resultados, semejantes.
Hase dicho que los innumerables fenómenos tan distintos, aunque de la misma familia, que presenta la historia de las religiones, son accidentales y fortuitos; tal suposición es insostenible. La conciencia lealmente consultada da un mentís formal a la opinión que reduce las creencias religiosas a simples cuentos sacerdotales. Aun no atendiendo sino a probabilidades, no se puede pensar racionalmente que en todas las sociedades presentes y pasadas, civilizadas y salvajes, ciertos individuos se han coaligado para engañar a los demás, y han conseguido su fin por medios tan semejantes. Si se dice que pudo ser inventada una primera ficción por un cuerpo sacerdotal primitivo, antes de la dispersión del género humano fuera de su cuna o patria común, la filología responde que esa dispersión comenzó antes de que el lenguaje estuviese desarrollado lo bastante para expresar ideas religiosas. Además, aunque la hipótesis de ese origen artificial se fundase en otros argumentos, no podría explicar estos hechos: porque en las más diversas formas religiosas hay constantemente los mismos elementos; porque la crítica, al destruir siglo tras siglo los domas religiosos particulares, no ha destruido la idea fundamental velada por todos ellos. He aquí un problema sorprendente: caen ciertas creencias en descrédito, por los absurdos y supersticiones acumulados sobro ellas, vémoslas morir en medio de la general indiferencia o luchando contra otras, y las vemos a poco resucitar y afirmarse de nuevo, si no con igual forma, con igual esencia. Tal resurrección es asombrosa, y con todo, la hipótesis citada no la explica. Concurren, pues, a probar las profundas raíces de las ideas religiosas: su universalidad, su evolución independiente en las varias razas primitivas y su gran vitalidad. En otros términos, si no admitimos que tienen un origen sobrenatural, como cree la mayoría, debemos pensar tienen su origen en el lento desarrollo y en la gradual sistematización de la experiencia humana.
Si se dice que las religiones son productos del sentimiento religioso, que para su propia satisfacción forja quimeras, las refiere en seguida al exterior, y las toma paulatinamente por realidades, la dificultad del problema se aleja, mas no se resuelve. Sea el sentimiento religioso padre de la idea religiosa, o tengan ambos un común origen, la cuestión es la misma: ¿de qué nace, de dónde nace el sentimiento religioso? Es un elemento integrante del hombre, de la naturaleza humana; así lo afirma la hipótesis en cuestión, y no lo niegan los que prefieren otras hipótesis. Si no se puede menos de clasificar entre las emociones humanas el sentimiento religioso que anima a la mayoría de los hombres y que se revela, en ocasiones, aun en aquellos que más desprovistos de él parecen, tampoco debemos rehusar, en razón, estudiarle atentamente, buscar su origen y sus fines. Hallamos entonces un atributo que, sin exagerar, ha ejercido una influencia enorme, ha desempeñado importante papel en los primeros tiempos históricos, es en nuestros días el alma de numerosas instituciones, causa de interminables controversias, instigador de innumerables acciones. Una teoría general de los conocimientos humanos, que no trate de ese atributo, no puede menos de ser defectuosa. Aun no considerándole sino como filósofos, estamos obligados a decir lo que significa, so pena de tener que confesar la incompetencia de nuestro sistema. Para ello tenemos que escoger entre dos hipótesis: según la una, el sentimiento que corresponde a cada idea resulta, como las otras facultades humanas, de una creación especial; según la otra, dicho sentimiento, como todos, nace por evolución. Si aceptamos la primera, que nuestros antepasados adoptaron universalmente, y que todavía admite la mayoría de los hombres, la cuestión está resuelta: el hombre ha sido dotado, por un creador, del sentimiento religioso, cual corresponde a los designios de tal creador. Si adoptamos la segunda, nacerán las cuestiones siguientes: ¿a qué circunstancias debe referirse el origen del sentimiento religioso y cuál es su fin en la humanidad? Es ineludible aceptar esas cuestiones y resolverlas. Si consideramos, según esa hipótesis, el sentimiento religioso como resultado de la acción recíproca del organismo sobre su medio, debemos creer que hay fenómenos de tales condiciones, que han determinado la producción de dicho sentimiento; y por tanto, éste es tan normal como cualquiera otro. Además, si es cierto, como lo supone la hipótesis del desarrollo de una forma inferior en otra superior, que el fin a que tienden directa o indirectamente los cambios progresivos debe ser la adaptación a todas las necesidades de la existencia, debemos también concluir que el sentimiento religioso contribuye de algún modo al bienestar de la humanidad. Las dos hipótesis conducen, pues, al mismo principio, a saber: que el sentimiento religioso ha sido creado, o bien directamente por un creador, o bien por la acción gradual de causas naturales; en uno u otro caso debemos respetar el sentimiento religioso.
Hay otra consideración que no debe olvidarse y menos por los hombres de ciencia, que, ocupados de verdades ya establecidas y acostumbrados a mirar las cosas desconocidas como objetos de descubrimientos futuros, olvidan fácilmente que la Ciencia, cualquiera que sea su desarrollo, es incapaz de seguir al espíritu de investigación. El conocimiento real no llena, ni jamás llenará, el dominio del pensamiento posible. Al fin del descubrimiento más prodigioso hay, y habrá siempre, esta cuestión: ¿qué hay más allá? Del mismo modo que es imposible concebir límites al espacio y pensar que no hay espacio más allá de esos límites, no hay explicación bastante radical que excluya esta pregunta: ¿cuál es la explicación de esta explicación? Puede considerarse la ciencia como una esfera que crece gradualmente y cuyo incremento no hace sino aumentar sus puntos de contacto con lo desconocido que la rodea. Hay, pues, y habrá siempre, dos modos de pensamiento antitéticos, pues ahora, y en lo sucesivo, el espíritu humano se ocupará, no sólo de los fenómenos y de sus relaciones, si que también de algo no aparente y que implican aquéllos y éstas.
De ahí resulta que si el conocimiento no puede monopolizar nuestra facultad de pensar, si ésta puede siempre dirigir su atención hacia lo que excede los límites del conocimiento, habrá siempre pensamientos religiosos, puesto que la religión, bajo todas sus formas, se distingue de las demás creencias en que sus objetos están fuera de la esfera del conocimiento.
Así, pues, por insostenibles que puedan ser las creencias religiosas existentes, por absurdos que sean algunos de sus elementos, por irracionales que sean los argumentos que las defienden, no podemos desconocer la verdad misteriosa que encierran, muy probablemente. En primer lugar, es verosímil que creencias cualesquiera, extendidas ampliamente, tengan un fundamento; y esa verosimilitud es muy grande para creencias universales, como las religiosas. En segundo lugar, el sentimiento religioso existe, y cualquiera que sea su origen, su existencia prueba su gran significación. En tercero y último lugar, como en la extra-esfera que existirá siempre, cual antítesis de la esfera de la Ciencia, cabe y puede moverse el sentimiento religioso; tenemos tres hechos que se apoyan y refuerzan mutuamente, y en cuya virtud podemos asegurar: que las religiones, aun cuando ninguna sea verdadera, son, al menos, imágenes imperfectas de la verdad religiosa.
5. Un espíritu religioso juzgará absurdo tener que justificar a la religión, y un hombre de Ciencia no concebirá quizá que haya que defender la Ciencia. Ésta, sin embargo, tiene necesidad de ser defendida aún más que la Religión; porque si hay quienes sublevados por las locuras y corrupciones de las creencias religiosas, sólo tienen desprecio y aversión para todas las religiones, hay otros que, asustados por la crítica destructora de los sabios, contra los dogmas religiosos, tienen contra las ciencias las preocupaciones más violentas; su hostilidad no se funda en razones serias; pero creyendo que la ciencia ha debilitado sus más caras convicciones, creen también que al fin destruirá todo lo que miran como sagrado, y sienten un terror secreto.
¿Qué es, pues, la Ciencia? Para hacer ver hasta qué punto es absurda toda preocupación contra ella nos bastará notar: que la ciencia no es sino un desarrollo metódico, y de un grado superior, del conocimiento vulgar, y por tanto, quien la rechace debe rechazar también todo conocimiento. El hombre más timorato nada malo verá en observar que el sol sale más temprano y se pone más tarde en verano que en invierno; antes bien, juzgará muy útil esa observación para las tareas cuotidianas. Pues bien, la Astronomía no es sino un sistema de observaciones semejantes, hechas con más delicadeza, sobre mayor número de objetos, y analizadas, hasta haber deducido de ellas la disposición real del cielo y haber destruido las falsas ideas que de él teníamos. El hierro se oxida en el agua, el fuego quema, la carne muerta se pudre; he aquí nociones que el más fanático sectario oirá sin alarmarse y juzgará bueno saber; pues no son sino verdades químicas. La Química es una colección coordinada de hechos semejantes, comprobados con precisión y clasificados y generalizados de suerte, que pueda predecirse qué cambios sufrirá tal o cual cuerpo, simple o compuesto, en condiciones dadas. Lo mismo son todas las ciencias; nacen sobre el pavés de la experiencia vulgar; a medida que crecen, recogen insensiblemente hechos más remotos, más numerosos, más complejos; hallando en ellos leyes de mutua dependencia, semejantes a las que nos revelan nuestros conocimientos de los objetos familiares. Nunca se puede decir: aquí empieza la Ciencia; ésta, lo mismo que el conocimiento vulgar, tiene por fin la dirección de nuestras acciones, aun cuando busca soluciones a los problemas más sublimes y más abstractos. Por los procedimientos industriales y los varios modos de locomoción de que nos ha dotado, la Física gobierna más completamente nuestra vida social, que el conocimiento de las propiedades de los objetos que le rodean regulan la vida del salvaje. La Anatomía y la Fisiología, dirigiendo la práctica de la Medicina de la Higiene, ejercen sobre nuestras acciones una influencia casi igual a la del conocimiento de los buenos y malos efectos sobre nuestro cuerpo, de los agentes que nos rodean. Saber es preveer, y todo conocimiento nos ayuda más o menos, en suma, a evitar el mal y a conseguir el bien. Tan cierto como la vista de un objeto en nuestro camino nos libra de tropezar con él, las nociones más complejas y delicadas que constituyen la ciencia nos libran do tropezar con los mil obstáculos sembrados en nuestra ruta, cuando su fin está lejano. Y puesto que las formas más simples y las más complejas de nuestros conocimientos tienen el mismo origen y el mismo fin, deben tener la misma suerte. En buena lógica, o debemos admitir los conocimientos más extensos que todas nuestras facultades pueden adquirir, o rechazar los más sencillos que todo el mundo posee; o aceptar plenamente toda nuestra inteligencia, o repudiar aun esa inteligencia rudimentaria que nos es común con los brutos.
Preguntar si es verdadera la ciencia es como preguntar si el sol alumbra; por eso, en tanto se mira la ciencia con alarma en el partido teológico, en cuanto se ve que sus afirmaciones son irrefutables. Ese partido sabe que durante los dos mil años que la ciencia ha tardado en desarrollarse, muchas de sus principales divisiones -las Matemáticas, la Física, la Astronomía- han sufrido la crítica rigurosa de las generaciones sucesivas, y con todo, se han ido estableciendo cada vez más sólidamente; no ignora que sus propias doctrinas, antes universalmente reconocidas, son, de un siglo a otro, cuestionadas y reformadas; mientras que, al contrario, las doctrinas científicas, cultivadas primero por muy pocos y aislados filósofos, han conquistado gradualmente la adhesión general, y son hoy, para la mayoría, verdades indudables; ve que, en todas partes, los sabios someten sus descubrimientos al más escrupuloso examen, y rechazan sin piedad el error, una vez descubierto; sabe, en fin, que la ciencia puede invocar un testimonio aún más decisivo, a saber: la verificación diaria de sus predicciones científicas y el triunfo de las artes dirigidas por ella.
Abrigar sentimientos hostiles contra una Ciencia que tan buenos derechos tiene a nuestra confianza, es una locura. Si los defensores de la Religión tienen alguna excusa en el lenguaje de ciertos sabios, eso no basta para justificar su hostilidad. No tanto por la Ciencia, como por la Religión, no debe, atribuirse a la maldad de la causa la insuficiencia de sus abogados. La Ciencia debe ser juzgada por sí misma, y sólo la inteligencia más degradada dejará de ver que la Ciencia es digna de todo respeto. Haya o no otra revelación, desde luego tenemos una en la Ciencia, la de las leyes del universo, hecha por la inteligencia humana: cada hombre debe discutirla y comprobarla por sí mismo cuanto pueda, y una vez comprobada, someterse humildemente a sus decretos.
6. Debe haber, pues, verdad por ambas partes del debate; pues examinadas sin preocupación es forzoso admitir que la Religión forma como la trama en el tejido de la historia de la humanidad y es la expresión de un hecho eterno, y la Ciencia es un gran sistema de hechos que va incesantemente creciendo y purgándose de errores. Y si la Religión y la Ciencia tienen ambas fundamento real, preciso es que haya entre ellas, también, perfecta y fundamental armonía, porque no se puede suponer que hay dos órdenes de verdades en oposición absoluta y perpetua; sólo podría concebirse tal suposición por una especie de maniqueísmo que nadie osa confesar, pero que no deja de entrar en la mayoría de las creencias. Aunque en el fondo de las declamaciones clericales hay la idea de que la Religión es de Dios, y la Ciencia, del Diablo, el más fanático no osará decirlo positivamente; y si no se sostiene tal doctrina, es preciso que bajo ese aparente antagonismo haya una perfecta concordancia.
Debe, pues, cada partido, reconocer en el otro verdades no despreciables; todo hombre que mire al Universo bajo el punto de vista religioso, sepa: que la ciencia es un elemento del gran todo, y por tanto, debe ser considerada con los mismos sentimientos que el resto; y por otra parte, considere el que mire al Universo bajo el punto de vista científico, que la religión es también un elemento del gran todo, y por tanto, debe ser tratada como un objeto de estudio, sin más prejuicio que cualquier otro. Esfuércese cada partido en comprender al otro, persuádase de que tiene con él un elemento común que merece ser comprendido, y que en siéndolo, será la base de una reconciliación completa.
Ahora bien; ¿cómo hallar ese elemento común? ¿Cómo reconciliar a la Religión y la Ciencia? Tal es el problema a cuya solución vamos a dedicarnos con perseverancia. No es un armisticio lo que queremos, no es un pacto, como lo vemos proponer de tiempo en tiempo, cuya poca duración no se escapa ni a sus autores; queremos hallar las condiciones de una paz real y permanente. Para eso, debemos buscar la verdad primaria, que tanto la Religión como la Ciencia puedan admitir con absoluta sinceridad, sin sombra de restricción mental, sin concesión alguna, sin que uno u otro partido ceda en algún punto que después quiera recobrar; el fundamento común debe ser un principio, que uno y otro afirmen separadamente; un principio, que la Religión afirme enérgicamente sin auxilio de la Ciencia, que la Ciencia afirme enérgicamente sin auxilio de la Religión, y para cuya defensa estén, pues, aliadas.
O bien, bajo otro punto de vista, nos proponemos coordinar las convicciones, en apariencia opuestas, que representan la religión y la Ciencia, pues de la fusión de ideas antagónicas que tienen una parte de verdad, cada una, nace siempre un desarrollo superior. Así, en Geología se obtuvo un rápido progreso al juntar las dos hipótesis neptúnica y plutónica; en Biología, al reunir la doctrina de los tipos y la de la adaptación; en Psicología, el progreso, que se había detenido, continúa desde que los discípulos de Locke y los de Kant han reconocido comunidad de ideas en la teoría de que las sensaciones organizadas producen las formas del pensamiento; y, por último, en Sociología, se ve un carácter positivo, desde que los partidarios del progreso y del orden defienden ambos verdades recíproca y mutuamente complementarias. Lo mismo, debe, pues, suceder en mayor escala entre la Ciencia y la Religión. En ellas debemos también buscar un principio que ligue en un mismo sistema las conclusiones de ambas, y esperar grandes resultados de esa unión. Comprender cómo una y otra expresan los lados opuestos del mismo hecho, la Ciencia el lado próximo o visible, la Religión el lado lejano o invisible, es el fin que nos proponemos conseguir, y el éxito de nuestra empresa debe modificar profundamente nuestra teoría general de las cosas. Ya hemos indicado el método que ha de servirnos para hallar ese principio común; pero antes de seguir debemos tratar a fondo esa cuestión del método, pues para hallar la verdad común a la Religión y a la Ciencia, debemos saber qué especie de verdad es y en qué dirección debemos buscarla.
7. Hemos visto que hay una razón a priori para creer que en todas las religiones hay un fondo de verdad, elemento común a todas, y que subsiste, cuando sus elementos particulares discordantes o contradictorios se anulan o destruyen mutuamente; y hemos visto también que ese elemento es ciertamente más abstracto que todas las doctrinas religiosas admitidas. Ahora bien, es evidente que la Ciencia y la Religión no pueden tener por principio común sino una proposición muy abstracta; no pueden serlo, pues, los dogmas do los trinitarios, ni de los unitarios, ni la idea de la propiciación aunque común a todas las religiones. La Ciencia no puede admitir tales creencias, están fuera de su alcance. Si juzgamos, pues, por analogía, no sólo la verdad esencial de la Religión es el elemento más abstracto que se encuentra en sus diversas formas, si que también ese elemento, el más abstracto de todos, es, por tanto, el único que puede servir de lazo de unión entre la Religión y la Ciencia.
Se llega al mismo resultado, comenzando por el otro extremo, a buscar la verdad científica que pueda reconciliar esas dos esferas del pensamiento. Es evidente que la Religión no puede hacer conocer las doctrinas particulares científicas, como la Ciencia no puede revelarnos las doctrinas especiales de la Religión. El principio común a ambas no puede ser matemático, ni físico, ni químico, ni de otra alguna ciencia particular. Una generalización de los fenómenos de espacio, tiempo, materia, fuerza, no puede ser una idea religiosa. Si hay una idea científica que pueda llegar a ser una idea religiosa, debe ser más general que todas las otras; debe ser el principio de todas las demás. Finalmente, si hay un hecho que admitan: a la vez la Religión y la Ciencia, debe ser tal que de él nazcan todas las ciencias particulares.
Puesto que estas dos grandes realidades, la Religión y la Ciencia, son elementos constitutivos del mismo espíritu y corresponden a diferentes aspectos del mismo Universo, debe haber entre ambas una armonía fundamental, ha de creerse que las verdades más abstractas de la Religión y de la Ciencia deben fundamento común de una y otra, y por tanto, el hecho más comprensivo que albergue nuestro espíritu, puesto que ha de unir los polos positivo y negativo del pensamiento humano.
8. Antes de seguir en la investigación de ese dato común, apelemos a la paciencia de los lectores; pues los tres capítulos siguientes que, partiendo de distintos puntos de vista, convergen hacia la misma conclusión, tendrán poco atractivo. Los filósofos hallarán en dichos capítulos muchas ideas que les son familiares, y la mayoría de los que no están al corriente de la metafísica moderna tendrán dificultad en comprenderlos.
Sin embargo, no podemos prescindir de esos capítulos. La magnitud del problema que nos ocupa autorizaría aun a someter la atención del lector a más dura prueba. La cuestión nos importa a todos más que ninguna otra; pues aunque la idea a que hemos de venir a parar tenga sobre nosotros poca influencia directa, debe ejercer una acción indirecta sobre todas nuestras relaciones, determinar nuestros conceptos del Universo, de la vida, de la naturaleza humana, modificar nuestras ideas del bien y del mal, y por ellas todas nuestras acciones. Ciertamente, bien vale la pena elevarse a un punto de vista en que la contradicción entre la Religión y la Ciencia desaparezca, en que ambas hallen su común fundamento, si de esa elevación ha de producirse en las ideas una revolución fecunda en felices resultados.
Terminados estos preliminares, vamos a abordar el más importante de todos los estudios.