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ArribaAbajoCapítulo XV

Nocturno arequipeño


Estaba solo. Sobre la mesa en la que descansaban garrafas y botellones, veíanse un vaso manchado de vino, cáscaras de maní y migajas de pastel de carne desparramadas sobre sus maderas; en el suelo, arrojados sobre los ladrillos, unas mantas de vivos colores y algunos almohadones de lana. Escuchábanse los golpes monótonos y espaciados de las gotas de lluvia cayendo sobre las tejas. En la estancia flotaba una nube cargada de humores nocturnos, un olor espeso y acre que se pegaba a las paredes y cubría los muebles. Se envolvió en su frazada. Frente a sus ojos, un cuadro con una calavera, enmarcado en pan de oro, le recordaba la muerte inevitable. Sobre una silla, su negra capa, tirada al desgaire, descubría el brillo de sus alamares a la luz de una vieja palmatoria. La calavera del cuadro le sonreía en la oscuridad. Sic transit gloria mundi.

A dos meses largos de la muerte de su hermana, aún buscaba don Íñigo el olvido en el fondo de una botella. Había pasado el tiempo de las misas y de los funerales, de los llantos y los pésames de los amigos, mas él aún sentía contra su pecho la misma presión e idéntica congoja del primer día. Recordaba a diario a Violante, y, desde que ella muriera, negábase a salir de su casa de Yanque a visitar con la misma frecuencia las tierras de su corregimiento y a atender sus deberes con la corona. Estas cosas carecían ahora de sentido para él, y olvidaba a veces que abundaban en Indias los hombres que, cuando supieran de su desgracia, moverían cielo y tierra para ocupar el puesto de valimiento del que todavía disfrutaba con salud. «Deberías cuidarte», habíale advertido su amigo el caballero de Verona, «que no son pocos los lobos famélicos a los que les gustaría satisfacer su insaciable apetito en el rebaño collagua que apacientas con tan buenos cuidados. No olvides que estos son cargos efímeros y que de ellos, más tarde, nos piden cuentas». Conocía bien a estos truhanes. Eran una peste, un cáncer crecido el mismo día en el que Colón pisara tierra de Indias por vez primera. Desde entonces habíanse multiplicado en la corte, en las chancillerías y en las audiencias, en el ejército, en los cabildos y en las catedrales. Deseábanlo todo, y nada saciaba su hambruna de siglos. De mirar torvo y manos apresuradas, enflaquecían los futuros marqueses imaginando las tierras de su señorío, consumiéndose de envidia cuando veían a otro empinarse hasta el puesto con el que ellos soñaban sin dormir y que habría de servirles para asegurar su futuro. Vestidos de negro como los cuervos, visitaban   —182→   conventos y beaterios, habíanse hermanos de santas cofradías y salían encapuchados en Semana Santa, cargando cadenas y cruces por sus pecados. Jamás reían, y en los salones de la ciudad, entre triduos salpicados de golpes de pecho y meaculpas, a la hora de la tertulia, con la jícara colmada de sononusco, dejaban deslizar en los oídos de quienes siempre estaban deseosos de escucharlas, aquellas novedades que se contaban sobre tal o cual señor a quien su majestad, ignorando su verdadera catadura, había puesto en sus manos mucho más de lo que, en justicia, mereciera. Crecían las nuevas en boca de compinches y contertulios y, en pocos días, el señor tal o cual hallábase en coplas y en romances, y hasta los niños de la doctrina conocíanlo mejor que su confesor. Del romance de ciego y la copla tabernera viajaban tales nuevas a las audiencias y los palacios, y muy bien sabía don Íñigo que no pocos hombres de valor habían perdido su honra y su fortuna en estos trances, que lobos semejantes no paraban mientes en pequeñeces cuando lanzaban sus dentelladas.

Pero ¿qué podía interesarle todo ello al capitán, cuando en su corazón existía un vacío tan profundo y tan ancho? ¿Quién podría llenárselo? Su memoria lo traicionaba una y otra vez, y no lograba desprenderse de aquella imagen de Violante todavía niña descubriendo su vocación de monja a la sombra de una encina de las riberas del Benenguerra. Volvió a levantarse, fue hasta la mesa y llenó su vaso. Lo vació en su gaznate. Lo llenó de nuevo y, con él en la mano, volvió a arrebujarse en la manta de colores en cuya tibieza habíase deleitado en las últimas horas. «Tan sólo necesito calor», pensó entonces. La estancia era amplia y fría, y, más allá de los pequeños cristales de su ventana, en los campos llecos de las alturas de Yanque, la lluvia seguía cayendo con insistencia. Las calles de la aldea habíanse transformado en ríos y barrizales. A esa hora, los indios estarían guarecidos en sus cabañas a la espera de que escampara, calentándose en sus cocinas, o, ya entre los pellejos, bebiendo chicha y emborrachándose. «Pobre y miserable la vida de estos hombres sin horizontes», pensó, «condenados a sobrevivir en este infierno de punas heladas y hondos valles ardientes y desérticos. ¿Qué dios cruel los ha puesto en estas alturas, con la riqueza de las minas al alcance de sus manos y sin poder disfrutarla? ¿Pueden, acaso, ser felices enmedio de tanta desventura? ¿Qué otra felicidad puede encontrarse aquí sino el olvido?».

Él quería olvidar. Como los indios. Sobre la puna, en las partes altas de la aldea, las llamas rumiaban los brotes del ichu con lenta parsimonia, alejadas de todo cuidado. Los indios hacían lo mismo que las llamas, y las nubes, blancas y algodonosas, se deslizaban indiferentes en lo alto del cielo arrebatadas por los vientos. Su existencia se limitaba a ser rumiante, a pastar, o a beber   —183→   para alcanzar la felicidad del olvido, la ciega razón de ser sin ser, de estar simplemente, ignorando los vanos ergotismos a los que sus maestros de la universidad y la academia de Arequipa habíanle acostumbrado. Él ya no ergotizaba. Minucias. Parvedades. No ergotizaba, al menos, en Yanque, ni en Lari, ni en Cabanaconde. Él no era capaz de hacerlo entre quienes dejaban pasar su vida bajo el cielo abierto de la puna, olvidados de doctores, escribanos y hasta de curas de parroquia. «¿Importa en verdad saber quiénes somos y adónde vamos? ¿Importa el vivir? Pensar es un hábito peligroso que nos conduce a la infelicidad». No diferían mucho estos indios de aquellos campesinos desventurados de su tierra, siempre cercados por tormentas y malas cosechas; mas aquellos, con frecuencia, dábanse a reír y a cantar, a contar mentiras e historias fantásticas de mujeres bellas y encantadas que los consumían de pasión entre sus brazos a la vera de un manantial en los robledos, y en estos Íñigo descubría un sino fatal de tristeza profunda, un negarse a las pequeñas alegrías de la vida, un entregarse sin resistencia a las fuerzas misteriosas que gobernaban su vida, como él, a fin de cuentas, gobernaba su corregimiento. Cada día entendía mejor a los indios, los amaba más. A veces, se quedaba horas contemplando en los días de sol, desde su ventana abierta, el cansino caminar de los pastores hacia las punas, el paso de las indias con sus mantas de colores llevando a sus guaguas cargadas a la espalda, o el tambaleo de los borrachos al anochecer, cuando un cielo preñado de estrellas ponía la nota necesaria de sosiego y calma en la chirriante y trágica sinfonía de lo cotidiano, ese momento en el que todo se aquieta y en el que corazón quiere abrirse a los misterios insondables del universo para unirse a él y en él quedarse para siempre. Mas, a veces, esta humilde actitud de entrega sacábalo de sus casillas y lamentaba entonces su sino y su desgracia, el simple estar aquí por hacer algo, por valer algo, por ser algo más que una simple piedra arrojada al estanque, esa vocación de redentor que lo conduciría al martirio, e imaginaba que, para estos hombres, había dejado de existir la esperanza. El año corto que llevaba en su corregimiento habíalo pasado, a su pesar, luchando con sentimientos tan encontrados.

¿También él estaba perdiendo la esperanza? No lo sabía. Tres meses antes estaba lleno de vida y de entusiasmo. Sus frecuentes viajes a Arequipa, las prolongadas estancias en su casona, las visitas a su hermana y la compañía de Antonio y de sus buenos amigos, su inteligencia y amenidad, su agradable trato, compensaban con creces la tristeza de la que llegaba envuelto a su regreso de Yanque, cuando esa sensación de ser sin ser lo invadía y se veía obligado a recurrir a sus mejores recuerdos para alejar el peligro de entregarse a las tentaciones de la nada. Arequipa era en esos momentos para él un baño lustral   —184→   del que salía renovado y lleno de bríos. Recuperaba su mundo y, con ese matalotaje, volvía a sumergirse sin temor en las oscuras aguas de la administración y del trato directo con los indios y sus curacas, con alarifes y jornaleros, con los pastores y con los arrieros que se contrataban para hacer los caminos del Cuzco y del Collao, con los rescatadores y contratistas, con esas tardes pardas y frías de su casa de Yanque, donde los minutos se alargaban como horas y él trataba de reducirlos abrigándose las piernas con una frazada junto al brasero y leyendo un libro mientras bebía los vinos que Fermín Gorricho le iba escanciando entre bostezos. Ahora el vino servíale para olvidar, pues el peligro estaba en la memoria y el enemigo había, repentinamente, cambiado de bando. En Arequipa estaba ahora su particular infierno: esa felicidad que se agria al recordarla cuando nos hundimos en la desgracia.

Arequipa era ahora su infierno, un infierno inevitable reducido a recuerdos. Lo supo aquella fría noche del primer día de julio, cuando Fermín Gorricho, ante los insistentes golpes dados contra la puerta de la calle, bajó a abrirla y se presentó minutos más tarde en su pieza con una negra rapazuela cuyo rostro se iluminaba en el umbral bajo la linterna del navarro. Tenía los ojos enrojecidos y el gesto esquinado y furtivo de quien huye de algo, o de alguien. En sus labios abultados trataba, sin embargo, de dibujar una sonrisa amistosa con sus blanquísimos dientes, y bajo los trapos sucios y envejecidos que la cubrían podían adivinarse los músculos de una pantera, las carnes endurecidas de quien recibió de la naturaleza lo necesario para corretear por los espacios abiertos de las llanuras y gozar del viento en la cara, de la lluvia, del sol y de la privilegiada visión de los horizontes infinitos. En sus ojos nigérrimos y profundos adivinó el buen hidalgo de Ezcaray una sed insaciable de libertad y de gozo, un deseo de vida inocultable. Dejó el libro que estaba leyendo sobre una mesilla y se puso de pie ante la recién llegada.

-Se llama Escolástica -anunció Gorricho- y dice que se ha escapado del convento de su hermana.

-Vuesa merced me conoce -habló la angola-. Me compró en Lunahuaná. Ésa fue -lo recordaba muy bien- la primera vez que miró a Escolástica con interés. Hasta entonces, la esclava había sido sólo un objeto más comprado para su comodidad, o la de su hermana. Ahora estaba de pie frente a él, bajo la luz de la linterna que Gorricho levantaba sobre su cabeza para que su señor observara con detenimiento el porte garrido de la sierva, el brillo de sus ojos insondables, la perfección de sus senos y la fuerza de gacela corredora que mantenía en tensión sus caderas bajo la ropa. Había en la boca del navarro un   —185→   rictus torcido y perverso, una sonrisa a medio dibujar que evidenciaba sus pensamientos de rijoso. Paseaba su mirada por el cuerpo de la zagala, bajando sus ojos hasta sus nalgas y acariciándoselas con ellos. En la habitación crecía el silencio. En las calles de la ciudad ningún ruido perturbaba la serena paz de la noche estrellada.

-¿Has cenado? -preguntó el capitán, por decir algo.

-No -respondió, quedo, la muchacha.

-Fermín -ordenó entonces don Íñigo-, que le sirvan alguna cosa en la cocina.

La vio bajar por las escaleras del patio acompañada del navarro, cruzarlo y dirigirse a la cocina. Tenía un paso quebrado y rápido y levantaba, al andar, orgullosamente la cabeza. Había una cierta majestad en su porte: el gesto altivo de una princesa salvaje. Pensó entonces que había muchas cosas que pasaban a su lado sin que él se percatara de que sucedían, muchas personas ignoradas a las que jamás prestaba atención, hechos y hombres aparentemente sin importancia que, sin embargo, uníanse a su vida por misteriosos lazos manejados por un sino azaroso y ciego, una suerte de telaraña en la que él también se encontraba atrapado. La negra formaba parte de esa telaraña, parte de su vida. En la oscuridad del patio, la linterna del navarro abría un boquete de luz junto a la puerta de la cocina. Ambos penetraron en ella.

Aquella noche, según podía recordar, había dormido. Acariciado por la figura juvenil de la esclava bailándole ante los ojos, don Íñigo había ido transportándose, casi sin sentirlo, al misterioso mundo de los sueños. Vio primero una luz cegadora que extendía sus rayos hasta más allá del horizonte. Más tarde, esta luz se llenaba de colores. Recordaba que, de niño, solía tener pesadillas en las que gigantescas bolas de fuego y de color, magmáticas y ardientes, llenábanlo de terror, pero ahora las luces eran suaves y los colores, sedantes, lo llenaban de paz y sosegaban su alma. Paulatinamente, la intensidad de la luz disminuía, y los objetos que lo rodeaban comenzaban a perfilarse con claridad. Se encontraba en un bosque cuyos árboles cubrían toda la extensión que abarcaba su vista. Eran estos árboles extraños y gigantescos, sin hojas, con sus ramas desnudas extendidas hacia el cielo en una hermosa mañana de primavera, y el suelo, parejo y ordenado, tan regular como un piso de ladrillo, brillaba bajo el sol. Aquellos árboles no proyectaban sombra alguna. En este punto la memoria de don Íñigo lo traicionaba. A la mañana siguiente él no recordaba bien en qué momento había aparecido en aquel bosque su primo   —186→   Antonio cargando en sus brazos a la esclava desnuda para ofrecérsela. El rostro de su primo se perdía, y él imaginaba que, a la mañana siguiente, al reconstruir mentalmente aquel sueño, podría haber puesto el rostro de su primo en aquel cuerpo de fraile dominico que quizá correspondiera a otro, o a ninguno. El fraile había puesto a la esclava desnuda sobre un hermoso lecho con dosel, y los árboles habíanse transformado en columnas, sus ramas en arcos y el cielo en bóveda, una enorme bóveda celeste hasta la que se empinaban las nervaduras de las ramas más altas y sobre la que una misteriosa mano de pintor había esbozado, al fresco, escenas de amor en las que proliferaban sátiros desnudos y rijosos, bacantes idas y rostros lascivos de mujeres con las cabezas coronadas de pámpanos. El bosque habíase convertido en salón, un salón de dimensiones inhumanas en cuyo centro se destacaba, diminuto, el lecho con dosel sobre el que yacía la esclava dormida. Él recordaba que, en su sueño, había observado esta escena desde arriba, como si hubiese volado sobre ella. Cuando, vuelto de su vuelo, encontrábase de nuevo en su posición primera, se dio cuenta de que el fraile había desaparecido. Estaban tan sólo él y la esclava. Se acercó a ella. Por unos segundos, admiró su belleza. El placer se le ofrecía al alcance de la mano. La tomó en sus brazos y, cuando estaba a punto de besarla, se despertó bañado en sudor: había estado a punto de besar a su hermana: sobre aquel lecho, desnudo y muerto, yacía el cuerpo de Madre Sacramento.

Enmedio de la noche, se levantó. Escuchó a lo lejos el canto de una lechuza. Miró por la ventana a través de los pequeños cristales que lo aislaban del exterior. Arequipa dormía profundamente. La luna emergía en ese momento de entre las nubes, y la noche se hacía, por unos instantes, más clara y apacible. Le resultaba difícil concentrar sus pensamientos, y la agitación que sentía en su pecho seguía aumentando. Algo, al mismo tiempo, presionaba sobre su corazón y le producía un dolor sordo que jamás antes había conocido. Le resultaba difícil caminar por su cuarto, pero sentía un cierto temor, un miedo casi religioso, irracional, a volver a tenderse entre las sábanas que todavía guardaban los humores de su rijo, aquella extraña agitación que había sentido ante el cuerpo desnudo de Violante. Se sintió sucio y se despreció. Se vio a sí mismo como un animal en celo, una bestia incapaz de diferenciar lo bueno de lo malo, lo sagrado de lo profano. A tientas, en la oscuridad, se sentó en una silla y, por unos instantes que le parecieron siglos, permaneció quedo. Sentía terror de volver a su lecho, pero el frío de la noche había ya congelado sus sudores y sintió una punzada aguda y dolorosa en el costado izquierdo. Sus ojos habíanse acostumbrado a la oscuridad, así que se acercó a la cama, tomó una frazada y, en ella arropado, volvió a sentarse en la silla. Cerró con fuerza   —187→   los ojos y sintió cómo una infinita profusión de imágenes asaltaba su imaginación. Trató de fijar las más amables, de detenerlas en su loca carrera a ninguna parte y, en este trabajo, se fue quedando dormido otra vez.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, se sintió mejor. Los quedos golpes dados por Gorricho sobre la madera de su puerta lo devolvieron a la realidad. Viose a sí mismo acurrucado en la silla y envuelto en la frazada y no pudo hacer otra cosa que reírse. Antes de que su mayordomo entrara a su cuarto, el capitán de Cellorigo había ya vuelto a su lecho. A Fermín Gorricho le sorprendió descubrir, por vez primera desde la muerte de doña Violante, el ensayo de una sonrisa en sus labios a medio abrir.

-Anoche tuvimos una visita -dijo como si preguntara, tras responder al saludo de su criado, el hidalgo de Ezcaray.

-Así es, señor -contestó éste-. Se trata de Escolástica, la negra de su hermana, la que vivía con ella en el convento.

-Me gustaría hablar con ella algo más tarde.

-Así le diré, señor.

Pero ese día no vio a la negra. Ni al siguiente. Ni al otro. Preocupado por tantas cosas, se olvidó de su existencia. Ahora, en Yanque, recordaba que aquel día fue de un lado para otro buscando a su primo, que finalmente lo encontró al atardecer y que, cuando volvió a casa ya entrada la noche y bien cenado, Escolástica se hallaba, según le dijo el navarro, durmiendo a pierna suelta en la cocina. Subió a su cuarto y se distrajo durante un buen rato con la lectura de una de las novelitas de Cristóbal Lozano, incluida en Soledades de la vida y desengaños del mundo. Le pareció pueril la historia del estudiante que fue testigo de su propio entierro y, bien fuera por el tema, que lo llenaba de tristeza, bien por considerar que tales fantasías rebasaban los límites que la razón impone, bien porque no se hallaba dispuesto su ánimo a perderse en semejantes laberintos de la imaginación, lo cierto es que terminó abandonando el libro en la mesilla y tratando de dormir por mejor apaciguar la agitada tormenta en la que se debatía su alma. En la oscuridad, él contemplaba el entierro de Violante, el gesto bonancible de su rostro, sus ojos cerrados de apacible durmiente. Así la había visto él: como si durmiera. No podía hacerse a la idea de que hubiera muerto, de que no habría de verla nunca más, ni conversar con ella, ni protegerla en un pecho, como solía hacerlo cuando, atemorizada por algo, temblando como un gorrioncillo en el invierno, se llegaba hasta él y se acurrucaba en su regazo. Cómo echaba de menos sus besos y sus caricias, sus   —188→   ternezas, sus blanquísimas manos acariciando su cabello, sus miradas, su amor. ¿Qué novela podría describir la emoción que él sentía en esos momentos? ¿Quién podría plasmar en palabras la felicidad que lo embargaba? «¡Qué pobre es nuestro lenguaje! ¡Qué vacías las palabras!», se repetía en susurros. En el silencio de la noche, escuchábanse las pisadas de los criados en el piso bajo. «Cada quien a sus negocios», se dijo a sí mismo, pensando en Gorricho. «El navarro ha de hallarse, en estos instantes tratando de enamorar a la negra en la cocina».

Y así era, en efecto. Escolástica pudo contárselo más tarde, cuando, venidos a Yanque, durmieron juntos por vez primera. Todavía no habían sonado las ocho en las campanas de la catedral, y ya el soldado habíase llegado a la cocina cargando su calentura. Aunque hacía frío aquella noche, el navarro llegó en camisa y con el pecho descubierto, como suelen hacerlo los duelistas en sus citas con la muerte. Traía unos calzones rotos y unas a manera de babuchas moriscas con las que solía deslizarse por los corredores de la casa sin hacer ruido. Venía en peinetas, y la esclava adivinó, por la malicia de su sonrisa, las torcidas intenciones del valentón. En el fogón todavía quedaban algunas brasas, y Escolástica, friolenta, hallábase tendida en una banca junto al mismo. Al alcance de su mano, encontrábase un atizador, y la negra, sin perder su aplomo, lo acercó a las brasas, aprovechando la penumbra de la estancia, mientras seguía representando su papel de doncella bien dormida. El navarro fue acercándose de puntillas por temor al ruido y tratando de adivinar, en la semioscuridad, la posición de las mesas, las sillas, los porongos y los cazos. Antes de llegar hasta la banca en la que la angola disimulaba su sueño, tropezó con una rastra de chorizos y a punto estuvo de lanzar por los aires uno de sus tremendos juramentos. Se contuvo apenas. Escolástica, con sus ojos entornados, veía perfilarse la alargada humanidad del navarro entre las sombras. Se sintió satisfecha de despertar tan salvajes pasiones en los hombres. Los sueños alimentados en sus soledades podrían cumplirse aquella noche. Temblaba, empero, como una hoja e ignoraba si era a causa del miedo que le atenazaba la garganta, o del deseo que ponía fuego y hielo en sus entrañas. Vinieron de golpe a su mente millones de imágenes, como se dice que acuden a la memoria de los moribundos en los últimos instantes de la vida. El amor y la muerte presentaban idénticos síntomas. Trató de serenarse. La figura del soldadote navarro la espantaba. Algo había en él que la obligaba a rechazarlo, algo sucio y monstruoso, algo que ella no sabía explicar, pero que le hacía desviar la mirada hacia otras partes cuando se encontraba en su presencia. Observaba ahora las enormes manazas del navarro crispadas junto a sus muslos y pensaba   —189→   que entregarse en ese instante a su lujuria constituiría una imperdonable traición a la memoria de su patrona. Adivinó la sonrisa de Gorricho, sus torpes pensamientos hirviendo, como lava de volcán a punto de estallar, en la cóncava angostura de su frente y, a través de la ventana, observó las estrellas de la noche arequipeña. Era una noche apacible y fría, y la luna rielaba sobre el suelo embaldosado de la pieza. En esa luz pálida y fantasmal que la acariciaba, Escolástica leyó un mensaje de Madre Sacramento, un mensaje que la santa enviábale desde el cielo para protegerla. Todos estos pensamientos cruzaron por su mente a la velocidad del rayo. Decidió esperar y defenderse.

Fermín Gorricho no pudo explicar satisfactoriamente a la mañana siguiente la venda que cubría su mano derecha. A don Íñigo le contó que se había malherido tratando de reparar con un escoplo unas maderas del demonio (aquí el navarro había lanzado un juramento de trueno) en el patio trasero de la casona, junto a las caballerizas, y con tan mala suerte, por ser de noche y estar sin candela, que no se arrancó la mano de chiripa.

-¿Y qué hacías metido a carpintero? -preguntó el hidalgo, al que no dejó de extrañar la repentina afición de su criado por el trabajo-. Deberías conformarte -le aconsejó a renglón seguido- con haber sido lego, soldado y cocinero, que ya sabes lo que suele decir la gente de los mozos que usan de muchos oficios.

A los pocos minutos, don Íñigo ya se había olvidado del extraño incidente, pero, como dos horas más tarde, al ver a la negra cruzando el patio, llamó al navarro a sus habitaciones.

-¿Qué está haciendo la pardilla? -preguntó- ¿Ya le has encargado algún trabajo en esta casa?

-Ayuda en lo que puede -le respondió Gorricho-, que no está indispuesta para las tareas que se le encomiendan. Ahora está trabajando en la cocina.

Al caballero le satisfizo la respuesta de su criado. Cuando éste se disponía a abandonar la pieza, don Íñigo lo detuvo unos segundos.

-Quiero que, cuando anochezca, venga a mi cuarto. Después de cenar. Debo tratar con ella algunos asuntos importantes.

En la casa del español los días y las noches se sucedían sin cambios aparentes. Desde la muerte de su hermana, don Íñigo salía muy pocas veces de su alcoba, recibía escasas visitas y solía pasar las noches paseando de arriba   —190→   abajo por su pieza como un león enjaulado. Gorricho escuchaba sus zancadas desde una habitación del piso bajo, aneja a la tahona, en la que, echado sobre una albarda y con una bota de vino siempre a la mano, se quedaba quieto aligerando el lento paso de las horas. En ocasiones, se dormía. Con más frecuencia, sin embargo, trataba de interpretar los pasos de su amo sobre el entarimado del piso alto y adivinar su estado de ánimo. Entonces sentía que el tiempo se deslizaba a la velocidad del vértigo. «Camina despacio», se decía. «Debe de estar ahora recordando a su hermana».

Cuando esto ocurría, se echaba a dormir sobre la albarda, bebía un buen trago de peleón y, a veces, hasta lograba abandonarse a los placeres de la imaginación, que en él eran siempre recurrentes. Los pasos lentos y leves del caballero lo arrullaban, pero ello ocurría pocas veces. «Los pensamientos de mi amo son ligeros, agradables», interpretaba el de Murieta en esas raras ocasiones. «Debe de encontrarse a muchas leguas de distancia, perdido en los robledos de su pueblo, escuchando el trinar de las aves y la melodía de los arroyos. El carácter de mi amo es como el de un niño de teta. Carne y calabriada es lo que necesita un soldado y no melindres, pastas y pedujones de enclaustradas. Bizcocho, aloja y chocolate amariconan». Tenía el navarro opiniones muy firmes sobre esta materia. «La pólvora es el mejor alimento del soldado», solía decir a risotadas cuando rompía el ayuno en las mañanas con grandes bocados de cecina, voraces mordiscos de rocoto y tragos intencionalmente prolongados de peleón. Empero, Gorricho había aprendido a tener un gran respeto por el coraje de su amo, y, al escuchar sus zancadones golpeando con fuerza contra el techo de su escondite, volvía a imaginarse al hidalgo de Ezcaray como lo había conocido tantas veces: empuñando su espada con la furia de los valientes. «Este es mi amo», se repetía en esos casos, hinchaba el pecho y se sentía orgulloso de él al modo de un niño que se siente orgulloso de las hazañas de su propio padre. «Con el señor de Cellorigo hasta la muerte», se prometía entonces.

Fermín Gorricho era uno de esos espíritus elementales, tan frecuentes en España, que sólo respetan el coraje, virtud a la que el de Murieta acostumbraba a referirse con sustantivos más contundentes. Toda su filosofía de vida (si filosofía podía llamarse a la mezcla asaz disparatada de pensamientos del navarro) reducíase a este respeto y, acaso, a saber aprovechar la primera oportunidad que el destino le ofreciera para su medro. Gorricho era un verdadero animal de bellota. Sus puntas de pícaro hundían en este aspecto de su filosofía sus raíces, mas eran sus ramas tan frondosas y floridas, tan llenas de ocurrencias absurdas, disparatas e ingeniosas, que no había quien, al conocerlo, no   —191→   sintiera hacia él, al tiempo, desconfianza y simpatía. Hacía, pues, la personalidad de Gorricho un árbol umbroso y salvaje, repleto de frutos y de espinas, en el que la poda habría resultado tarea más que imposible para el Hércules que la intentara. El capitán de Cellorigo jamás trató de llevar a cabo en él semejante hazaña y soportaba con gusto sus asperezas a sabiendas de su valor y lealtad, que éstas sí eran virtudes bien probadas en el valentón de Murieta. A aquellos gritos y juramentos que atronaban la casona hacía don Íñigo oídos sordos y a sus bravatas y fanfarronadas, que no eran pocas, oponía como remedio una sonrisa congelada y altiva que bajaba al punto los humos del botarate. El resultado de tal política había sido, desde el comienzo, excelente, y siempre reinó el buen entendimiento entre las partes. El capitán de Cellorigo solía felicitarse con frecuencia por ello.

Aquella noche no condujo a la esclava a las habitaciones de su amo. Éste dejó en claro a su criado que no quería que lo molestaran. Fue a la noche siguiente y, tras conducir a la angola al cuarto del caballero, Fermín Gorricho se retiró a su cubil. Aguzó el oído, ya de por sí fino. Sintió que se deslizaba una silla y escuchó unos pasitos menudos y rápidos de gata encelada. «Ahí está la angola», se dijo entonces. «Ésta ha de dar al capitán lo que a mí la otra noche me negara». Pronunció mentalmente el pronombre con rencor, marcando una distancia: «ésta». No podía engañarse a sí mismo: la «ésta» había sabido defenderse y había puesto al rojo vivo sobre la mano del soldadote la marca de su rechazo. No habría de ocurrirle lo mismo al capitán. Él sabría domarla y, quizá, cuando se cansara de sus ardores de salvaje, se la pasaría para su placer. «No son malas las sobras para un hambriento», pensó, arrojándose sobre la albarda. Se preparó para seguir escuchando, mas las voces, quedas, oíanse como un murmullo lejano, indescifrables. «Parece un fraile confesando a una beata. Rece tres salves vuesa merced y no coma carne durante las próximas dos semanas». Gorricho tenía una inclinación casi natural a la blasfemia. «¡La hostia!».

No se había equivocado el grandulón. La entrevista tuvo aquella noche no poco de sacramento. Empero, los recuerdos que don Íñigo guardaba de ella eran confusos. Ahora, en Yanque, rememoraba la llegada de Escolástica, la mirada maliciosa de Fermín, el gesto de inteligencia que le hiciera cuando se retiraba de la puerta y el vacío que parecía flotar en la atmósfera fría y seca de la habitación. Recordaba también que aquella noche él se sentía mejor, que había cenado después de mucho tiempo con apetito y que su mente era capaz de recrearse en pensamientos y fantasías que en las jornadas anteriores habría rechazado. Pero había algunos minutos de aquella entrevista que quedaban en   —192→   blanco, algunas palabras que bailaban ahora en su mente y que nada significaban para él, algunos gestos que no había sabido (o querido, tal vez) interpretar, miradas y movimientos de manos, reflejos de aquella piel oscura que brillaba en la penumbra junto a los carbones encendidos del brasero. Había, sobre todo (en su memoria), un cosquilleo, una sensación de bienestar y de calma que lo obligaba a bajar la voz y a calcular la intensidad de sus palabras. Estaban (tal vez fueran en este punto sus recuerdos engañosos) muy cerca el uno del otro: la negra, sentada, con su cuerpo echado hacia adelante y los ojos levantados hacia el rostro del caballero, que miraba con curiosidad aquella mata de pelo ensortijado, sus labios abultados y carnosos, jugosos como la fruta, su mella hundida como un canal de riego cruzando el desierto y, de manera especial, los reflejos ardientes de su mirada. «Es bella», se decía a sí mismo, mientras seguía escuchando las razones que daba Escolástica para justificar su fuga nocturna del monasterio. Había sido una noche sin luna, según narrara.

-Las madres no son buenas -repetía la esclava-. No la querían bien a mi amita.

-¿Y cómo lo sabes? -le preguntaba, apenas en un susurro, el caballero.

-Siempre hablaban mal de ella y se burlaban de su devoción. Decían que era una hipócrita.

-Pero vamos a ver -decía entonces don Íñigo, levantándose y caminando a grandes zancadas, nervioso, por la habitación-, ¿quiénes se burlaban?

-Todas -repetía la negra, a la que el caballero de Cellorigo había hecho esta misma pregunta una y mil veces aquella noche.

-¿También la priora?

-No -insistía Escolástica-, pero ésa, señor, es la peor de todas. La madre superiora es la peor.

-¿Por qué? -volvía a preguntar el señor de la casa.

-No sé, amito, pero ésa es la peor de las peores.

-¿La peor?

-Sí, amito. Madre Encarnación camina por los claustros como culebra en la chacra. Da miedo sólo de mirarla.

-Eres supersticiosa.

-No, amito. Madre Encarnación camina como culebra. Se arrastra.

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-Pero, bueno -volvía a preguntar lo mismo el caballero-, ¿tú por qué te escapaste?

-Porque tenía miedo de que me mordiera la culebra, como le mordió a mi amita.

-Pero a tu señora no le mordió ninguna culebra.

-No, amito. Sí fue culebra. Si vuesa merced le hubiese visto los ojos, no diría que la negra es supersticiosa.

-Supersticiosa y pagana.

-Yo quería mucho a mi ama -se quejaba, de nuevo, la esclava.

-Ya lo sé.

La conversación -esto lo recordaba muy bien- era circular. Comenzaba y terminaba en un punto, y hasta las palabras se repetían una y otra vez. El temor de la esclava sentíase en el aire, flotaba en la atmósfera de la alcoba, estaba ahí, pegado a las paredes, y era tan cierto como la noche arequipeña, tan real como aquellos ojos nigérrimos y expresivos con los que la esclava le imploraba desde las profundidades de su alma que la ayudara, que él la protegiera de todo mal, de la culebra que reptaba por los claustros del monasterio y que mordía a las monjas en los calcañares. No tenía el aspecto de una mujer medrosa. Había escalado los muros del convento y escapado de él arriesgándose a ser descubierta, azotada y juzgada. Podía todavía encontrarla la justicia, y él nada o casi nada podría hacer para defenderla. Al morir Violante, Escolástica había pasado a ser propiedad del convento. Íñigo sólo confiaba en que no la buscaran en su casa, o en poder esconderla, si así lo hacían. Demostraba, pues, mucho valor al escapar para avisarle, y, tanto como valor, demostraba una lealtad inquebrantable. Se había arriesgado demasiado. ¿Qué verdad ocultaban, entonces, aquellos terrores? Probablemente, tampoco la esclava lo sabía. En ella estaba clara la intuición del mal, no el conocimiento del mal mismo.

-Muchas noches, mi amita iba a rezar a la celda de Madre Encarnación.

-¿Y tú la acompañabas?

-Algunas veces.

-¿Quiénes se reunían en esa celda?

-Mi amita, Madre Encarnación, doña Antonia, su hermana, y fray Domingo de Silos de Santa Clara.

  —194→  

-¿Y qué hacía el fraile a tales horas en el convento?

-Rezar, amito.

-Podría hacerlo durante el día. ¿No existe, acaso, prohibición de romper la clausura?

-En casos especiales, puede hacerse.

-Pero estos no eran casos especiales. ¿O sí?

-Yo no sé nada, amito.

-Creo que tendré que volver a hablar con ese franciscano.

Fue aquélla una noche muy larga. En Yanque, al amparo de la lluvia cayendo sobre sus chacras y sementeras, don Íñigo Ortiz de Cellorigo trataba de recordar cada una de las palabras de Escolástica, pero sólo acertaba en el brillo de sus ojos, en aquel extraño reclamo de amor al que finalmente había terminado por ceder. «Negra bandida», se decía. «Ella ha de saber más de lo que me ha contado». Volvió a levantarse y se aproximó a la mesa con la intención de llenar el vaso que acababa de apurar. «Tres monjas y un fraile en una celda. Extraños aquelarres». Esta frase le daba vueltas en la cabeza. «Extraños aquelarres», se repetía. «Tres monjas se pasan la noche rezando juntas con un franciscano, un guía espiritual riguroso que las lleva por extraños caminos de perfección. No entiendo. ¿Qué puede haber de malo en ello? ¿Qué de bueno? ¿Cuál podrá ser el objeto de semejantes reuniones?» El capitán de Cellorigo imaginábase la escena: un crucifijo en la pared encalada de la celda, reclinatorios y el silencio de la nada. A veces, el rostro de su hermana, de expresión tan dulce, le bailaba ante los ojos, pero, después de un rato, volvía a desaparecer y la escena quedaba de nuevo envuelta en el inmaterial silencio de lo que es sin que realmente llegue a ser alguna cosa. Aquella escena era cierta tan sólo en su imaginación calenturienta, una pésima reconstrucción mental hecha a partir de unas pocas palabras, como cuando leemos una novela e imaginamos a los personajes recorriendo campos y ciudades que jamás hemos visto ni conocido y que, quizá, tampoco existan sino en la mente del autor (o en la del lector, quien, al fin y al cabo, es su cómplice). Su hermana, tan próxima y tan querida, tan suya, comenzaba a convertirse en personaje, en una suerte de figura literaria, casi, a decir verdad, en una metáfora. Pero ¿metáfora de qué? ¿De lo inasible? ¿De lo inexistente? ¿De lo eterno, o de lo efímero? ¿De lo que fue, o de lo que pudo haber sido y que tal vez será alguna vez, si el tiempo no es una ilusión de los sentidos y el hombre es algo más que un accidente de la naturaleza, un habitante efímero de los campos de la historia? Metáfora de un tiempo que, al   —195→   pasar, se queda, sin embargo, en nuestra memoria, siendo sin ser, porque el pasado es por haber sido y sigue siendo por lo mismo. ¿Tuvo Violante existencia real, o fue tan sólo producto de su fantasía, una quimera, una criatura inventada por él y a la que mantenía con vida para él mismo seguir viviendo? «¡Tonterías!», se dijo. «Tan cierto es el pasado como el presente, y aún más, que éste, por fugaz, es inasible. Yo soy porque he sido y seré porque, pese a todo, sigo siendo, y, aun cuando de mi existencia tan sólo quede una huella en la arena de la playa borrada por las olas, quedaré en esa misma arena fundido y confundido con las demás huellas, formando un tejido de destinos entrelazados en el que también estará Violante. Ella estará siempre. Ha muerto, pero está conmigo, y, mientras yo viva, también seguirá viviendo. No somos sino eslabones de una cadena que, al parecer, jamás se quiebra y que, tal vez, se repita eternamente. Mientras yo pueda pensar en mi hermana, existirá. Mañana volveré a Arequipa. Son muchas las respuestas que tendrá que darme el franciscano de Cirueña. No podrá esta vez meter su cabeza entre cirios y latines». Tranquilizado por esta resolución, se levantó, fue hasta su lecho, se tendió en él y, embargado por una extraña seguridad en sí mismo, se fue quedando dormido sin desvestirse.

Cuando al poco rato entró Escolástica en su cuarto, quitole las botas con cuidados de amante y cubrió su cuerpo con unas cobijas sin hacer ruido alguno, para que no despertara. Después, se acurrucó a su lado y se quedó un buen rato vigilando su sueño. En Yanque, la lluvia seguía cayendo sobre las casas de los indios, convirtiendo sus calles en barrizales. Sobre el tejado, escuchábanse los goterones, monótonos y repetidos, y la esclava pensó que resultaba bastante extraño que lloviera tan fuera de estación.



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ArribaAbajoCapítulo XVI

Descensus ad inferos


Henriquillo era un hombre enjuto, de barba crecida y cana, nariz ganchuda y ojos muy negros y tan pequeños que a las niñas nadie las veía cuando se asomaban a sus ventanas. Respiraba con dificultad cuando lo conocí y se agitaba al hablar. Tenía una de esas voces que yo llamo de tambor por lo vacías y secas y una mirada esquinada e inquieta con la que barría los suelos y las paredes de continuo. Decoraba su frente una cicatriz carnuda y bermeja que le corría sobre sus cejas oscuras, y los escasos dientes que aún le bailaban en la boca completaban su retrato de perillán. Parecía más viejo de lo que era, y, si no en sus movimientos, rápidos y nerviosos, en su sonrisa de rata, descubría al primer intento su catadura de bellaco. Vestía ropajes ajados, una manta terciada sobre los escasos hombros y una suerte de teja de paño negro en la cabeza, sucia de caspa y grasa y encasquetada como un bonete. Hablaba despacio y con circunloquios, como quien está acostumbrado en las audiencias a esforzar su ingenio para que lo entiendan los escribanos.

Aquella mañana nevaba en la villa. El cielo formaba una bóveda uniforme y ploma sobre nosotros, y los copos seguían blanqueando los pedernales de las calles. Madrid parecía un desierto blanco y silencioso, y no eran muchos los transeúntes que se arriesgaban a caminar sobre sus piedras heladas y puntiagudas. Bajo los portales de la plaza Mayor, junto a la vieja Casa de la Panadería, renegrida de incendios, algunos mendigos se arrinconaban buscando el calor que se escapaba por las rendijas de las puertas de la tahona. En el centro de la plaza, una jauría de perros callejeros, flacos y llenos de cuajarones y mataduras, disputaba a dentelladas los restos putrefactos de una alimaña. Cuatro rapazuelos desgreñados corrían por los soportales jugando al marro sin entusiasmo. Un arriero con zaragüelles y manta de pastor echada sobre su cabeza caminaba despacio bajo los copos que blanqueaban la atmósfera. Diógenes en el ágora matritense. En la puerta de una taberna, un ciego y su lazarillo canturreaban el antiguo romance de Gaiferos al compás de una vihuela. Desde una de las esquinas de la plaza, una anciana émula de Eva gritaba insultos y obscenidades a quienes quisieran escucharla. En la lejanía, más allá del arco de Cuchilleros, subiendo por la calle de San Francisco, escuchábanse el traqueteo de una carreta y el sonido metálico que hacen las herraduras al chocar con el empedrado. Por un momento sentí que el tiempo se había detenido y que todos en aquel paisaje de casas silenciosas y plomizas (los mendigos, el ciego y su   —197→   lazarillo, la anciana loca, los mocosos que jugaban, el arriero, Henriquillo y yo) estábamos congelados, atrapados entre muros de granito sin poder movernos, prisioneros de un instante, al parecer, eterno. El movimiento era una ilusión de los sentidos. Flotaba en el aire una espesura de paja mojada que se podía mascar y que se pegaba a los dientes como el trigo panizo que, cuando niños, entretenía nuestros ocios en los graneros. Mis pies estaban helados, y ya casi no sentía mis orejas. Sobre el cielo de Madrid se levantaban los humos, espesos y blandos, de las cocinas.

-Sólo necesito veinte reales como adelanto y un cuartillo de peleón para sacudirme el canguelo -me dijo cuando hacíamos nuestro ingreso a la taberna.

Estaba casi vacía. Sus escasos parroquianos se amontonaban junto a un brasero, al lado de unos pellejos arrimados contra una de sus paredes. El patrón, de pie, llevaba un delantal de cuero sobre una pelliza ajada que redondeaba sus mantecas. Tenía la cara roja, la calva brillante y, en su nariz, unos granos que deformaban su rostro. Con nosotros ingresaron el ciego y su lazarillo. El segundo, un hombrecillo entrado en años con cara de comadreja, frotó sus manos azules para calentárselas y, agarrando al ciego de una manga, lo haló hasta cerca del brasero, al que los frioleros arrimaban sus alpargatas sin temor a los chamuscones. El patrón nos vio entrar y se acercó a nosotros, trayendo una jarra rebosante de tintorro de Jumilla que, en sus propias palabras, nos quitaría al punto la sensación de fresco con la que habíamos hecho el ingreso a su establecimiento. Limpié la nieve que blanqueaba mis ropas sin desprenderme de la capa y acepté gustoso su generosa oferta. El local era frío y su atmósfera, cargada, espesa y maloliente. Envidié por unos segundos el calorcito del brasero. Olía a humo, a caca de gato, a cuescos, regüeldos de Baco, cocido de berzas y castañas asadas. Al fondo, se escuchaba la voz de una mozuela ensayando una zarabanda. Imaginé que podría tratarse de la hija del tabernero.

-Doy por sentado que no ha de llegar la primavera sin que acierte con su paradero.

-Largo me lo fías, Henriquillo. La necesito antes.

-Será más caro.

-Que lo sea. ¿Cuánto más?

-Cuarenta reales, si le parece a vuesa excelencia.

-Me parece, pero que sea, cuando más tarde, para pasado mañana.

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-Entonces...

-Cuarenta más cuando termines tu trabajo. También cubriré los gastos.

En ello habíamos quedado, y, en efecto, dos días más tarde, como hacia el mediodía, Pedro me anunció la llegada del hombrecillo. Lo había hecho entrar por la puerta trasera, la que daba a las caballerizas. Traía en su cara una sonrisa dibujada al sesgo y caminaba a mi encuentro con la seguridad de un general que acabara de ganar una batalla. Pedro veíalo avanzar con un gesto de profundo desprecio, una mueca que quería decir, más o menos, traducida a palabras corrientes, «¿qué negocios se traerá mi buen amo con semejante pela fustán?». Al llegar al centro del estrado, se detuvo, paseó su mirada por todas partes durante unos segundos, como si tratara de calcular el valor de los muebles que veía, y, poniéndose ante mí, terminó haciéndome una profunda caravana. Jamás recibió príncipe alguno homenaje más rendido. La teja que llevaba sobre su cabeza a guisa de bonete de doctor se le cayó al suelo, y a punto estuvo de correr su cuerpo la misma suerte al recogerla. Fue una escena graciosa que obligó a mi criado a esbozar una sonrisa de malicia en su rostro usualmente circunspecto. Recogida la teja, Pedro volvió a su actitud primera, observando con desconfianza desde sus alturas de hombre superior a quien sabía un pelagatos, uno de esos individuos sin oficio ni beneficio que abundan en las cortes, un verdadero pelafustán. Pedro había conocido a muchos como él. Los amigos de su pueblo eran lo que él llamaba unos pelafustanes. Pelafustán era uno de los epítetos más repetidos por mi fiel criado cuando se enfrentaba a quienes tenía por inferiores, miembros todos de las honorables cofradías de pícaros, rufianes, mozos de cuadra, buleros, verduleros, alojeros, esportilleros, alarifes, aguateros, sacristanes, vinateros y demás oficios de la plebe madrileña, pues, entre tantos y tan sonoros títulos del populacho, el de Argamasilla sentíase poco menos que un duque de Alba. Y tenía razón. Henriquillo éralo todo menos decorativo. Entre aparadores y sillones de nogal recubiertos de cordobanes y badanas, mesas de roble reforzadas con fierros, bargueños, cojines, alfombras, tapices y brocados, la bayeta vieja y remendada del soplaorejas disonaba un tanto, y su poco regular figura de escaleno se encontraba fuera de lugar. Lo estaba, por cierto, y él mismo, al darse cuenta de ello, no hacía sino mirarse la punta de sus alpargatas mojadas, como si tratara de calcular la distancia que lo separaba del mundo al que acababa de ingresar. Afuera habían quedado las calles gélidas y resbaladizas, los hielos y las nieves demoradas de los días anteriores, el cierzo y los efluvios de las aguas de albañal que corren por los arroyos. Sintió por un momento el hombrecillo que había sido llevado por los ángeles al paraíso.

  —199→  

-Señor... -comenzó diciendo.

Con un gesto de mi mano derecha detuve su discurso e hice señas al de Argamasilla para que saliera de la habitación. Se retiró mi criado no sin disgusto, pues su desconfianza hacia los otros y su lealtad a mi persona lo han llevado siempre a extremos de impertinencia. Salió al fin y nos quedamos solos. Fui hacia la puerta y me aseguré de que Pedro se hubiera realmente alejado de la misma. El hombrecillo permaneció de pie mientras duró la entrevista. Desconfiaba, al parecer, de su fantasía. Como en la entrevista primera en la taberna, su voz tronaba en mis oídos con la hueca sequedad de los golpes de un tambor.

Me contó que había dado con el paradero de Bibiana. Reflejaba su voz un tono de satisfacción que me llenó de confianza. La manta le descolgaba de los hombros y, de vez en cuando, se le resbalaba hasta el suelo por no encontrar donde agarrarse. Cuando ello ocurría, con un gesto mecánico, volvíala a su lugar. Era un gesto despreocupado y seguro, uno de esos gestos aprendidos que hacen posible la vida, un gesto repetido, como los pasos que damos al caminar, y a los cuales jamás prestamos atención, como el respirar y, en ocasiones, hasta el hablar. «Es con mucho», me dije entonces, «un hombre más libre que yo mismo y, tal vez, también más feliz, menos calculador a pesar de todo». El hombre más feliz del mundo, había leído alguna vez, no tenía camisa. El homúnculo que estaba frente a mí podía ser ese hombre feliz y despreocupado. Sospeché que bajo su roto jubón, sucio y falto de agujetas, acuchillado por la pobreza, sólo habría carne, una carne oscura y flaca que temblaba de frío y de miedo y que lo obligaba a repetir continuamente aquel gesto tan bien aprendido de echarse la manta sobre los hombros para protegerse. Miraba a un lado y a otro con expresión inquieta, poniendo una mueca felina, instintiva y salvaje, mientras seguía narrándome las aventuras que lo habían conducido hasta su hallazgo. Chasqueaba la lengua al pronunciar las eses. No quiso darme nombres ni señas, pero deduje de sus palabras que en algunos mentideros de la villa y corte se hablaba de un cierto teólogo de Salamanca que habíase venido hasta Madrid para engolfarse en sus placeres y que había sido Putaparió quien lo había tomado a su cuidado. Jamás había escuchado un alias tan estrafalario, y el hombrecillo me contó a grandes rasgos la vida y milagros del escarramán camerano. Luego se entretuvo en contarme las aventuras del ilustre doctor helmanticense.

Supe así que el teólogo era pinciano de nación, canónigo de la catedral de Salamanca, profesor de su universidad, beneficiado de una de las iglesias de la ciudad del Tormes, maestro en artes y en filosofía, eximio canonista,   —200→   comentador de Escoto, pariente cercano de los marqueses del Priego, hombre sabio, rico y poderoso y muy bien relacionado en la corte, donde la reina, nuestra señora, aconsejábase con él en asuntos de su devoción. Tenía el susodicho aspiraciones de arzobispo, entrada en los palacios de los grandes y una bolsa siempre abierta para satisfacer sus apetitos de rijoso. El teólogo era mi rival. También supe que, aprovechándose de su valimiento con el personaje, Putaparió habíase ganado algunas buenas peluconas en el asunto de una mozuela asturiana a la que, con la ayuda de unos espadachines de quitaipón, acababa de arrancar de las garras de su rodrigona. Me contó Henriquillo que Putaparió era padre de una mancebía en la plaza de la Cebada, pero que a la moza raptada, a la que el soplaorejas había ya identificado con el amor de mis amores, no la había puesto todavía a servir en oficios de putana. De momento, decoraba como plato de fondo los banquetes del doctor. Todavía teníamos tiempo de salvarla. Henriquillo conocía bien la casa en la que el teólogo habíase hecho construir su nido y su refugio.

Fue aquél el día más largo de mi vida. Después de comer quise echar una siesta, pero el sueño se negó a acompañarme, y las horas transcurrieron con una lentitud desesperante. Hacia las seis, ya de anochecida, salí a la calle para reunirme con Henriquillo en la taberna de la plaza Mayor en la que tuviéramos nuestro primer encuentro. Llegué temprano, pedí una jarra de aloquillo y, tentando a cada rato su barriga de barro, me dispuse a esperar. Tardó bastante, pero, al fin, apareció. Traíase consigo, a guisa de escolta de caballero, dos maniferros de jornal alquilados en una honrada cofradía de agermanados. Venían éstos embozados y con los chambergos sobre las cejas. A uno de ellos, alto y ancho como las torres de un castillo, un verdadero gigante, cruzábale una cicatriz la mano derecha, tan profunda y encarnada que, a simple vista, parecía un tasajo de los que se cuelgan en las carnicerías. El segundo era de mediana estatura, flaco, de ojos saltones, legañosos y muy claros, como de sapo, cabello de zanahoria y gesto atrabiliario. Tenía la impresión de que, en el momento menos pensado, saltaría sobre mí y me cosería a puñaladas. Escupía por el costado izquierdo de su boca unos gargajos oscuros y densos, y tenía los labios amoratados y oscuros, como de berenjena. Sus dientes eran negros y desiguales, colocados al desgaire sobre unas encías sanguinolentas. El gigantón miraba a los parroquianos de la taberna con expresión de robapanes. Henriquillo se rascaba el cogote. Hacían los tres una muy poco recomendable compañía para mis fines. Con estos demonios descendería aquella noche a los infiernos. «Descensus ad Inferos», pensé. «Tunc Satan dixit ad Inferum: Praepara te ad recipiendum quem tibi deduxero». Estaba, aunque nervioso, con el ánimo dispuesto a la aventura. El infierno me esperaba. Me acordé de   —201→   Hércules, de Eneas y de Orfeo y, también, de Cristo. Hades. El Orco. Yo no era un héroe, un salvador ni un mesías; tan sólo era un hombre enamorado que esperaba salir con salud de semejante trabajo. Bibiana bien valía mi sacrificio. Mi buen Pedro me había obligado a ponerme bajo la sobreveste un viejo coleto de cuero casi crudo que había conocido en la corte mejores tiempos antes de que las ordenanzas prohibieran su uso. Olía a rancio, como tocino de fonda.

Si bien fría, aquélla era una noche seca y estrellada. Había dejado de nevar, y las calles estaban, aunque heladas y resbaladizas, libres y limpias. Al salir de la taberna, el hielo cortaba las orejas. A lo lejos, veíanse las antorchas de algunos noctámbulos que caminaban con sus criados. Mis compañeros se arrastraban en las sombras, sin ruido. «Santa compaña», pensé, imaginando en la calle fantasmas nocherniegos. El doctor de Salamanca vivía en Puerta Cerrada, frente a la fuente, así que cruzamos a oscuras la plaza Mayor, bajamos, envueltos en las tinieblas, por la calle de Toledo y llegamos a la plazuela. En ésta nos detuvimos un instante. La casa hacía esquina y era achaflanada, una de esas casas de incómoda repartición de las que tanto abundan en la corte. No podía ser más a propósito para encerrar el infierno en sus estrecheces y desniveles, en sus corredores y escaleras, mansión cuyos secretos no podría descubrir ni el diablo Cojuelo. Hacia la calle, una ventana del chaflán tenía luz, y de los balcones de la casa se descolgaban macetas, tinajas, cuerdas y trapos viejos que hacían figuras de trasgos deformes y terroríficos.

-Aquí es -anunció Henriquillo.

Bajo la manta con la que se cubría llevaba un pistolón y dos cuchillos de matarife. Sacó el primero, y levantándolo en el aire hizo una señal a sus compinches. Comenzamos a movernos con sigilo hacia la puerta de la casa. Íbamos armados. Los cuatro. Yo, además de la espada, colgaba al cinto una daga italiana con la empuñadura cuajada de rubíes y confiaba en que mi coleto habría de protegerme de las cuchilladas. Nos aproximamos a la puerta y pegamos nuestros cuerpos contra la pared. Yo repetía los gestos y movimientos de los malandrines como si los hubiera hecho toda mi vida, como si ésa fuera mi costumbre, mi modus vivendi, por así decirlo. Éramos cuatro sombras a las que nadie podría descubrir aquella noche, cuatro sombras confundidas entre las sombras. Henriquillo sacó de entre sus trapos una llave, la metió en la cerradura y, tras intentarlo algunos segundos, que me parecieron eternos (recuerdo que, sin poder evitarlo, me dio por patear el suelo como los caballos, gesto que mis maestros me recriminaban siendo infante), logró abrirla. La puerta giró lentamente sobre sus goznes haciendo un ruido que me pareció aquella noche tan fuerte como la explosión de un barril de pólvora en una iglesia. En ese   —202→   momento me di cuenta de que estaba temblando. Nunca supe bien si lo que agitaba mi cuerpo con tanta fuerza era el miedo, o la ansiedad. No pensé siquiera de dónde habría sacado Henriquillo la llave de la casa del teólogo pinciano avecindado en Salamanca. Nunca me lo contó. Tampoco se lo pregunté.

Jamás me había visto en un trance semejante. Aunque caballero, la espada que dejaba descolgar de mi cintura tan sólo me servía para adornar mi atuendo y, con frecuencia, habíala considerado un estorbo. Lucíala en la corte con un tahalí de seda y manteníala siempre brillante y afilada. Consideraba que ésa era mi obligación de gentilhombre y hasta había pagado muy buenos maravedíes a un pintor para que me retratara con ella, pero sabía muy poco de las artes de Marte, ya que no había sido él, sino Mercurio, protector de cacos, embaucadores y comerciantes, el dios que, desde muy temprano, había orientado mis pasos en el camino de la vida. ¿Cómo podría salir con bien de esta aventura? Los valentones que me acompañaban conocían su trabajo, y yo podía confiar en ellos. Pese a su aspecto y a su pequeñez, Henriquillo tenía una bien ganada fama en los corrillos de malandrines de ser un maestro en el arte de los cirujanos (eran muy mentadas sus sangrías) y sus dos compinches más parecían diablos que verdaderos seres humanos. Era yo el que estaba ahora fuera de lugar, pero, a diferencia de Henriquillo, que, desconfiando de sus fantasías, o tal vez por respeto, no se había atrevido en la mañana a ensuciar mis muebles con sus ropas, yo estaba dispuesto a hundirme en la ciénaga, a enlodarme y a ensuciarme, a disfrutar, por vez primera, del sabor del miedo y de la sangre, a sentir entre mis dientes el sabor del pecado y paladearlo, a deshumanizarme y a animalizarme, a descender, en fin, a los infiernos para volver a ascender triunfante y limpio, de nuevo puro, a la superficie. Bibiana tal vez fuera una disculpa, el motivo que necesitaba. No lo sé. Sólo sé que entonces no me lo parecía y que estaba realmente enamorado de ella, ansioso de volver a estrecharla desnuda entre mis brazos y de repetir cada uno de los gestos, cada una de las palabras y cada una de las locuras que, durante los meses anteriores, habían creado para nosotros, entre las cuatro paredes de mi cuarto, una sucursal del cielo en la tierra y que quería recuperarla. Si ahora Bibiana se había engolfado en los vicios del canónigo, yo volvería a traerla a buen puerto y, si para ello tenía que matar, mataría sin escrúpulos a quien se pusiera en mi camino.

Henriquillo se adelantó, y nosotros esperamos, atentos, en el zaguán. A la derecha, según avanzábamos, se abría una puerta de la que salía un tufo de cuadra cálido y penetrante. El gigantón se ocultó en ella. Yo seguí avanzando, seguido del desuellacaras de ojos saltones y pelo de zanahoria. Henriquillo   —203→   ascendía, sin hacer ruido, por una angosta escalera que se empinaba unos pasos más adelante hacia el segundo piso de la casa. Lo seguimos. Éramos como ladrones en la noche a punto de cometer una de nuestras fechorías. Una extraña emoción me embargaba. Había dejado de temblar, y todos mis sentidos estaban puestos en cada paso, en cada movimiento de mi cuerpo. Comenzaba a ver en la oscuridad, a diferenciar los contornos de las cosas y hasta el color de las paredes. En el rellano, se quedó el malandrín que me seguía, pegado a la pared. Éramos ahora Henriquillo y yo avanzando sigilosos hacia la habitación en la que se holgaban los amantes: él con su pistolón; yo con mi mano derecha en la empuñadura de mi espada. Finalmente, llegamos al segundo piso, y nos dirigimos decididos hacia la habitación achaflanada. La puerta estaba cerrada, y una pálida luz de linterna se deslizaba por sus rendijas. Mi compañero se acercó a la manija de la puerta, cerró sus dedos en ella, la movió y abrió de golpe su única hoja. En ese momento vi a Bibiana como jamás antes la había visto. Fue también la última vez que la vi en mi vida. Aunque la visión duró tan sólo unos segundos, la recuerdo bien y tengo en mi memoria grabado cada uno de sus detalles. Yacía mi amante en un lecho vestido de terciopelo negro, con dosel y colgaduras de lo mismo, como si estuviese muerta. Su cuerpo desnudo parecía de cera a la luz de las linternas y hacherones que la rodeaban. El canónigo hallábase de pie frente a ella vestido con todos los ornamentos que se usan en la misa. Bajo su negra casulla destacábanse las blancuras de su alba almidonada. En ese momento elevaba la hostia sobre su cabeza. Era un hombre delgado y alto, con un rostro duro y lleno de aristas y unos ojos pequeños, negros y penetrantes que parecían poder ver más allá de lo que alcanzaba su mirada: el rostro y los ojos de un poseso. Sus dedos, macilentos y largos, parecían sarmientos escarchados y rugosos. Finas hebras de cabello rojo caíanle sobre la frente, acentuando su aspecto demoniaco. Tenía los brazos levantados en cruz, y, en ese momento, se disponía a arrodillarse. Sobre el vientre desnudo de Bibiana había un cáliz, un misal y otros objetos de liturgia. Detrás del canónigo vi tres cabezas mujeriles cubiertas con mantillas blancas y otras tres cabezas negras y descubiertas de hombres arrodillados. A la luz de los cirios y linternas que rodeaban la cama, ninguno de ellos me pareció conocido.

La reacción de Henriquillo fue inmediata. Aterrorizado por aquello que veía y para lo que no estaba preparado, dio un paso atrás y a punto estuvo de arrojarme al suelo. Un ruido sordo y seco inundó la casa. En ese instante se incorporó la bella durmiente, y el cáliz, el misal y los demás objetos rodaron por el enladrillado del piso. Los hombres se pusieron de pie y desenvainaron sus aceros, corriendo hacia nosotros. El canónigo no se movió. Al fijar en mí   —204→   sus ojos con expresión de alucinado, sentí que los rayos de su mirada me traspasaban como cuchillos. Había algo en su semblante que lo hacía superior, un aire de majestad que lo nimbaba. Confieso humildemente que me sobrecogió. Durante unos segundos quedé inmóvil. Henriquillo aferrose al ruedo de mi capa y, halándome de él, me arrastró escaleras abajo. A punto estuve de rodar por ellas. El soplaorejas gritaba, dando la alarma a los maniferros que abajo nos estaban esperando. Antes de que esto ocurriera, vi a mi zagala cubriéndose púdicamente con ambos brazos los albísimos senos que tantas veces había yo acariciado en nuestras jornadas amorosas. Es la última visión que conservo de ella: la de una virgen amorosa y púdica (éralo sin duda y pese a todo en la imagen ideal que de ella habíame construido: virgen cada noche y de nuevo virgen al amanecer: milagro de la ilusión amorosa) que me mira desde el fondo de una pieza desconocida, sobre una cama ajena convertida en altar de misas negras, y que, con esa mirada, tan llena de ternura como siempre, me sigue hablando de amor y de promesas, de aquellos deleites (¿parecerá blasfemo motejarlos de divinos?) que gozáramos juntos, del licor embriagador de su boca y de caricias de las que no he de volver a disfrutar jamás.

Todo sucedió en menos tiempo del que tardo en contarlo. Ni siquiera la imaginación puede ser tan rápida. Nos engañan los sentidos. Todavía no entiendo cómo pude salir con vida de aquel infierno al que había descendido por mi propia voluntad. Al llegar al zaguán, alcanzáronnos los caballeros que nos venían persiguiendo. Hubimos de enfrentarlos. No recuerdo en qué momento desenvainé, ni cómo pude parar tantas y tan furiosas cuchilladas como me lanzaban. Recuerdo, sí, que en un momento vi al gigantón salir corriendo hacia la calle, a Henriquillo disparando su pistola contra un bulto negro de difícil identificación y al matasiete de pelo de zanahoria tendido en el suelo, inmóvil, sobre un charco de sangre. Recuerdo también que el soplaorejas gritaba que nos retiráramos, que aquella batalla teníamosla ya perdida de antemano. Después, nada (o casi nada): sólo el silencio de la calle en tinieblas y el ruido de nuestros pasos arrastrándonos hacia la plaza Mayor. Ya nadie nos perseguía, pero yo continuaba escuchando el fragor de aquella batalla nocturna con los demonios de la misa blasfema y seguía escuchando el golpeteo apresurado de mi corazón, pues tal era mi aprieto que parecían querérseme salir las asaduras por la boca. A lo lejos escuchábase el correr presuroso de los alguaciles de la justicia y un ruido de picas arrastrándose por el empedrado.

El terror me impedía voltear la cabeza, y tenía puestos mis ojos en las escaleras que, empinándose por el arco de Cuchilleros, abrían éste a las oscuras profundidades de la plaza. En ellas podríamos ocultarnos, mas las escaleras   —205→   aún estaban lejos y la calle de Toledo hacíase, contrariando mis deseos, cada vez más larga y angosta, como debió de haber sido aquella calleja de Jerusalén por la que Cristo fue conducido por los sayones hasta el Gólgota para ser crucificado. Jamás había corrido de nadie, mas no era aquél el momento apropiado para pensar en mi herida dignidad de caballero. Mis pies no pensaban en ella. Ni el corazón, que flaqueaba. Ni el vientre, a punto de reventar de miasmas y ventosidades. Ni mi cabeza. Mi dignidad había sido acuchillada junto al maniferro de pelo de zanahoria, y sólo ansiaba alcanzar mi casa, arrebujarme en las sábanas, gozar, al romper el alba, de la tranquilidad que inunda mi espíritu al contemplar las calles mojadas y silenciosas, esperar ansioso la llegada de Pedro con la jícara de chocolate, o cumplir con las abluciones de la mañana en el aguamanil de la alcoba; ansiaba, en fin, mi vida de caballero sin cuidados, la que ese mismo día había abandonado para descender a los infiernos como descendiera Orfeo a buscar a Eurídice.

Eurídice y Bibiana. Bibiana. El amor es ciego y, en mi caso, era asturiano. Pero mis piernas, mientras se esforzaban por alcanzar la altura de la plaza Mayor, ya no pensaban en él. La oscuridad cubríalo todo, y, en medio de ella, yo adivinaba, más que veía, las casas y callejuelas. Adivinaba también el miedo en un Henriquillo al que no veía y que corría a mi lado con la agilidad de un zagal escapando de un oso entre las breñas. Al llegar a las escaleras del arco de Cuchilleros, nos detuvimos. Entonces nos dimos cuenta de que ambos estábamos mojados, empapados de una lluvia que había comenzado a caer al momento de salir nosotros de la casa del teólogo de Salamanca. Mi corazón estaba inundado de noche y de terror.

Ahí mismo, sin pronunciar palabra, nos despedimos. Adiviné la figura del soplaorejas perdiéndose en la noche mientras bajaba hacia la calle Mayor. Yo torcí por la calle de la Sal en dirección a mi casa. En la oscuridad, percibía extrañas figuras agazapadas junto a los portales de los edificios, arrinconadas en ellos, echadas sobre el duro suelo de losas o de ladrillos, cubiertas de humedad, de hambre y de frío. El silencio de la noche me permitía escuchar su respiración acompasada con el sueño y conocer el horror de sus pesadillas. Era como si pudiera meterme dentro de ellos, en el fondo obsceno de sus tripas miserables, navegar por sus venas. Pensé que algunos de estos mendigos no volverían a abrir sus ojos en la madrugada y sentí lástima de todos ellos. No eran mejores, ni peores, que el teólogo de Salamanca, pero, mientras éste satisfacía su apetito con la blanquísima carne de la asturiana, ellos, desamparados, esperaban morir de una vez para alcanzar en la muerte la tranquilidad, no la beatitud, que la vida les negara. El infierno estaba allí, en las calles ahora desiertas de la villa, y me envolvía. Muchos de ellos habían dejado sus carnes y   —206→   sus ilusiones en las guerras, o en Indias. Lo habían hecho ad maiorem regis gloriam y también ad maiorem Dei gloriam, pero ningún rey (ni Dios) habría de reconocerles su sacrificio. Ahí estaban abandonados. Otros habían llegado así al mundo, arropados por la pobreza, torcidos, baldados o ciegos. Los había fingidos -y muchos, por cierto-, tramposos y apicarados, y también la mentira podía adivinarse en aquella noche de lluvia interminable. Sabía que, en una noche clara de luna llena, podría haber descubierto a quienes caminan sobre sus muñones, comen sin brazos y adivinan los colores del día reflejados en las cuencas vacías de sus ojos. Sabía que, en los brazos de las madres famélicas, temblaban de hambre y de frío criaturas recién nacidas, niños y niñas que habrían de morir a los pocos días o, cuando mucho, para su infelicidad, a los pocos meses. Todos los mutilados y mendigos del país parecían haberse reunido en aquel infierno, todos aquellos a los que las guerras y las hambrunas habían arrojado a los caminos de España en dirección a la corte, esperando el milagro que habría de cumplirse algún día en alguna esquina de la villa, envueltos en hábitos de burdo sayal, decoradas sus esclavinas con escapularios, repletas sus bolsas de migajas y algún cacho de tocino rancio, o una sardina en salazón de muchos siglos y con el corazón helado por el resentimiento, mientras se espulgaban mutuamente o se rascaban con sus muñones lacerándose sus llagas. Habíalos visto de día en las puertas de las iglesias, exhibiendo sus heridas, alargando sus manos mugrientas para recoger una limosna, respirando apenas, sin moverse; pero también los había visto reunirse alrededor de una jarra de vino en las puertas de las tabernas, disputar por un pedazo de pan endurecido y sucio y hasta tratar de matarse con inquina de pobres en la última gran batalla de su vida: la batalla del hambre y del hartazgo. Recordé una pelea de ciegos que contempláramos, entre absortos y aterrorizados, Bibiana y yo desde el balcón que abría las puertas de nuestra felicidad hacia la calle, envueltos en blanquísimas sábanas y todavía con los humores nocturnos pegados a nuestros cuerpos gozosos y satisfechos. Silbaban los garrotazos en el aire quieto de aquella mañana de sol, y quienes pasaban cerca de ellos, felices y despreocupados, que de éstos hay muchos pese a lo difícil que se está poniendo la vida en la corte, observaban la furia de los ciegos con deleite no disimulado, entre comentarios soeces y risotadas. La desgracia ajena satisface a los simples y los complace. Bibiana colocó su cabeza sobre mi hombro desnudo. Yo noté que estaba llorando. Su cabello suelto caía sobre mi pecho. Bibiana. Sin ella habrían de transcurrir desde ahora mis días y mis noches.

Salí a la calle Mayor y enfilé hacia mi casa. Caminaba con presura. La lluvia arreciaba. De vez en cuando me detenía tratando de adivinar el origen de algunos ruidos sospechosos y me arrebujaba en mi capa, oscura como la noche.   —207→   Todos mis sentidos estaban alerta, en especial mis oídos, y sentía el respirar pausado de los durmientes, los jadeos amorosos de quienes en ese momento se revolcaban entre las sábanas, los latines de los conventos, los llantos de los niños y de las mozas enamoradas, las maldiciones de los tahúres y los rezos y avemarías de las beatas que amanecen con el rosario en la mano mucho antes de que el sol apunte por el oriente anunciando el día. Adivinaba, incluso, los pensamientos de estas últimas, sus miedos y sus rencores. Millones de imágenes se amontonaban en mi cabeza, y yo huía de ellas como de la visión del teólogo de Salamanca celebrando la misa sobre el cuerpo desnudo de la asturiana. Esta imagen era para mí tan clara como pintada en un cuadro, tan evidente como la luz del día, tan cierta como las conversaciones de malandrines que mis oídos escuchaban en ese momento, discutiendo sobre el monto de un botín recién obtenido en la casa de un tintorero de Soria, tan igual a las imágenes que mis ojos capturaban al penetrar misteriosamente las paredes de las casas oscurecidas por la noche y, sin embargo, tan transparentes para mí como el cristal de un lago de montaña que nos muestra, impúdico, el secreto de sus profundidades. Y yo veía lo que no quería ver entonces: la felicidad de los pocos y la desdicha de los demás. Veía hombres y mujeres obesos durmiendo en camas con dosel, envueltos en sábanas de Holanda, calentados por mantas de gruesa lana merina, soñando suave y dulcemente, como son los sueños de los satisfechos. Veía también a los flacos y hambrientos tiritando de frío en los entarimados que les servían de cuja, abrazados los unos a los otros hasta los huesos para darse calor; a los niños inocentes; a los que no lo son; a los frailes rijosos; a las monjas enamoradas; a los bujarrones; a los maricas; a las putas; a los ladrones que asaltan las casas de los ricos confiados; a los dueños que duermen sin sospechar del peligro en el que se encuentra su hacienda; a los amantes; a los maridos engañados; a las esposas engañosas; a los tísicos; a los que tiritan de fiebres y de tercianas; a los que desean morir y a los que, a pesar de todo y de todos, quieren seguir viviendo aun enmedio de la muerte. Lo veía todo, y todo me angustiaba. Todo el mundo estaba aquella noche en mi cabeza. Y no era sólo Madrid. También París, Sevilla, Lisboa, Estocolmo, México, Upsala, Toledo, Arequipa y Lima. Veía a los zarrapastrosos lisboetas bajando hacia el Rossío, a los pobres de Roma amontonándose bajo la hermosa columnata de Bernini, o echados sobre los escalones de la plaza de España, a los miserables de Londres en las puertas de San Pablo y a todos ellos con los ojos encendidos por la furia y el odio, soportando los soles y las nieves, las lluvias y los vientos, en espera de un tiempo nuevo que ya nadie anunciaba, pues el tiempo se había detenido, congelado, como se habían quedado congelados en sus sueños y pesadillas los mendigos que yo había visto arrinconados junto a   —208→   las puertas de la calle de la Sal y bajo los soportales de la plaza Mayor. Les habían prometido un espacio nuevo, no un tiempo de salvación, y en ese espacio, en ese cielo al que habrían de llegar, estarían todos al final de su vida, por lo que lo mejor sería pasarla rápidamente, sin detenerse en pensar, como yo pasaba por la calle de San Miguel, desierta, hacia mi casa vacía. Estaría solo, otra vez, aquella noche.

Ni Pedro me esperaba. Abrí la puerta, subí a mi alcoba y me acosté. Las sábanas estaban húmedas y frías y, en ellas arrebujado, sentí que mi cuerpo temblaba en un escalofrío incontenible. Ardía de fiebre y de angustia. Había dejado de llover. Más allá de los cristales de mi balcón alumbraban ya los primeros rayos de la aurora, la de los rosados dedos, como dice Homero (¡ironía de los poetas!). En algunos minutos más mi alcoba quedaría inundada de luz y se rompería el silencio. Entonces volví a pensar en Putaparió.