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Sería conveniente señalar desde ahora mismo que la literatura de exilio debiera comprender tanto a la producida por los escritores fuera del país como a la de aquéllos que se quedaron, bien por voluntad propia, o bien porque sufrieron la privación de la libertad en las cárceles (lo que Mauricio Rosencof llama «literatura de calabozo»). Estudiar estas literaturas como un corpus unitario contribuiría, en mi opinión, a una aproximación más cabal de las literaturas de estos países en este período concreto.

 

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El término «conflictivamente» no tiene por qué tomarse de forma negativa. La situación es «conflictiva» porque supone un choque del escritor y su mundo con el entorno vivencial, cultural, afectivo y, en ocasiones, lingüístico del que se siente ajeno, aunque ello pueda producir frutos muy positivos, como luego veremos.

 

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Dice Pierre Nora: «La memoria, en su capacidad afectiva y mágica, recoge sólo los datos que le convienen, cultiva recuerdos que pueden ser desenfocados o telescópicos, globales o desasidos del conjunto, particulares o simbólicos» (p. 8).

 

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Ludmila Kapschutschenko, retomando la idea de Michael Seidel en The Exile and The Narrative Imagination, afirma que «si un exiliado se define como alguien que habita un lugar y recuerda o proyecta la realidad de otro, entonces el exilio para el escritor no es sólo un tema literario sino un constructor imaginativo fundamental. El lugar en el tiempo se hace suelo exílico, habitable sólo a través de las aproximaciones de la memoria narrativa. La imaginación narrativa habita un dominio donde la ausencia es presencia. La experiencia exílica sirve de metáfora para la ficción en general donde se crean campos espaciales, temporales y textuales, es una metáfora para el estado de la imaginación narrativa en el que el territorio deseado, perdido o encontrado es el destino narrativo». (p. 107)

 

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Para una aproximación al fenómeno del exilio desde una perspectiva psicoanalítica, puede consultarse el libro de Christine Arkinstall titulado El sujeto en el exilio.

 

256

Véase Ángel Rama, «La riesgosa navegación del escritor exiliado».

 

257

Utilizo de forma libre el concepto de escritura como metáfora del exilio, pues el escritor paraguayo lo aplica al caso de la literatura de su país que, como sabemos, posee unas características muy peculiares dentro del entorno latinoamericano por tratarse de una comunidad absolutamente bilingüe.

 

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José Ángel Valente, en un brillante artículo titulado «Poesía y exilio», fundamenta, en otras coordenadas, el proceso de creación como una experiencia exílica. Se basa para ello en las ideas de Isaac de Luria, un cabalista de la segunda mitad del siglo XVI:

    La cosmovisión de Luria responde al compromiso histórico de explicar el sentido del exilio como forma de un exilio original o primordial, de un exilio ontológico -fundamento del ser- (…) Motor de la teoría es esta simple, no renunciable, cuestión: ¿Cómo pudo crear Dios el mundo ex nihilo, de la nada, si no existía la nada, pues todo estaba ocupado por la infinita plenitud de lo divino? Según la visión lúrica, el primer acto de Dios no fue un acto de retracción, de «exilio» hacia el interior de sí, con el fin de generar un espacio vacío, donde algo distinto de él, el mundo, pudiera ser creado. (p. 16)  

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Los conceptos están tomados respectivamente de Mario Benedetti (La cultura, ese blanco móvil, p. 122) y de Danubio Torres Fierro (Los territorios del exilio, p. 43).

 

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Mauricio Rosencof, que vivió probablemente uno de los exilios más dolorosos que quepa imaginar, el del aislamiento durante once años en una celda de dos por dos, no comparte ese sentimiento de derrota: «Mi cerebro decretó que la derrota no existe. Y, por supuesto, la victoria tampoco. Una y otra son convenciones». (p. 135).