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Médicos españoles en el exilio


Francisco Guerra







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Agradezco a la FUNDACIÓN RAMÓN RUBIAL su amable invitación para recordar el exilio de los médicos republicanos, cuando se cumplen 63 años de silencio sobre aquella tragedia. Conocí a don Ramón Rubial al inicio de su empresa, participé en los encuentros que promovió para el mejor conocimiento de la diáspora española y siempre nos dimos muestras de afecto y respeto. Era un hombre bueno y sencillo y los exiliados tenemos con él una enorme deuda de gratitud. Mi agradecimiento se extiende al doctor José Martínez Cobo, que ha tenido la amabilidad de venir desde Toulouse a presidir este acto: madrileño criado en la capital francesa del exilio, es un distinguido ejemplo de la segunda generación de los médicos del éxodo que han recogido la antorcha de sus progenitores.

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Las circunstancias históricas que condicionaron el exilio de los médicos españoles al final de la guerra civil, aparecieron en nuestro suelo tras la caída de la monarquía, cuando se diseminaron en España las doctrinas políticas que se fueron implantando en algunos países de Europa por el siguiente orden: Rusia, Italia, Portugal y Alemania. De esta manera, además de monárquicos y republicanos hubo médicos socialistas, falangistas, comunistas, tradicionalistas e inclusive anarquistas; algunos eran profundamente católicos, mientras que otros eran ateos y masones. La diversidad de las filiaciones comenzó a reflejarse en el Parlamento y así, tras las elecciones de 1931, hubo 57 diputados que declaraban ser profesionales de la Medicina, de los diales 55 votaron por la República. En las elecciones de 1933 los médicos diputados descendieron a la mitad, fueron 29 y de ellos 23 eran republicanos o socialistas. Y en las elecciones de 1936, de los 47 diputados profesionales de la Medicina, 25 eran republicanos, 8 socialistas y 2 comunistas, frente a 12 conservadores. Es decir, en vísperas de la guerra civil, había en el Parlamento español 35 médicos de izquierdas frente a 12 de derechas. Eso apuntaba ya la magnitud potencial de los médicos que acabarían exiliados.

El 14 de abril de 1931 se proclamó alegremente la República y la enseñanza fue desde entonces laica, se crearon escuelas por millares, se inició la reestructuración de la sanidad pública, se redujo el volumen del ejército y se hicieron enormes esfuerzos para acabar con el analfabetismo, avanzar en la reforma agraria y elevar el nivel de vida del pueblo español. Pero el 18 de julio de 1936, la sublevación del Ejército truncó la esperanza democrática y comenzó una guerra civil que duró casi tres años.

El corazón de los médicos españoles en aquellos años estaba en la Facultad de Medicina de San Carlos. Allí eran entonces catedráticos don Juan Negrín, luego presidente del Consejo de Ministros de la República, don José Sánchez Covisa, director de la oficina de compras de material sanitario en París, don Marcelino Pascua, embajador en París y Moscú, don Rafael Méndez, Subsecretario de Hacienda, don Julio Bejarano Inspector general de Sanidad y muchos otros. Baste decir que durante la guerra civil, de los 3000 médicos voluntarios del Ejército de la República hubo 3 coroneles, 48 mayores, 294 capitanes y 180 tenientes médicos colegiados en Madrid, aparte de otros tantos con destinos en la Sanidad Civil.

La causa republicana palpitó además en las aulas de otras Facultades de Medicina por todo el mundo y en la Universidad de París, en la de Praga o en la de Graz, para solo recordar algunas, además de los médicos, hubo estudiantes que impacientes vinieron a luchar a nuestro lado antes de leer la tesis. Por eso, en los cuadros del Ejército republicano hubo más de 250 médicos de diferentes países, integrados en las Brigadas Internacionales, que marcharon al exilio con nosotros. Amaban la causa de España, confesaba Max Baier en el hospital, haber tenido que vender tres vacas para poder llegar a España y se recuerda con admiración la doctora Dorota Lorska, la mujer médica más condecorada por los Aliados en la II Guerra Mundial, que llegó desde Praga con una ambulancia adquirida con sus ahorros o aquella enfermera del Hospital de Mataró que, en octubre de 1938 se negaba a abandonar España, sin antes saber dónde estaban su esposo y su hijo, y nadie nos atrevíamos a decirla que los dos habían muerto en tierras   -8-   del Ebro. Recordemos que de los 42 médicos republicanos que murieron en el Frente, 30 fueron brigadistas, y curiosamente, más de la mitad de ellos de ascendencia judía.


Glorieta de Atocha en los años 30. Monumento a Claudio Moyano. Al fondo, a la derecha, Facultad de Medicina de San Carlos.

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Barcelona, enero de 1939 (Foto: Robert Capa).

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El relato del exilio médico debe comenzar citando los 165 médicos asesinados en la zona de las fuerzas sublevadas, que pudieran ser llamados «los médicos del exilio absoluto». Y tras la paz, otros 103 médicos que aparecen entre los 192548 presos que murieron o fueron fusilados del 1.º de abril de 1939 al 30 de junio de 1944, según el cómputo oficial del Ministerio de justicia del General F. Franco. Es decir, los 268 médicos republicanos que murieron como mártires, en la interpretación más rigurosa de la palabra, superan en número a los 233 mártires asesinados en la zona republicana, que recientemente ha llevado la iglesia Católica a los altares.

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Autorización para salir al extranjero, expedida a nombre de Francisco Guerra el 3 de febrero de 1939, y firmada por Julián Zugazagoitia.

Hubo un exilio preliminar de médicos vascos en el verano de 1937, debido a que con la caída paulatina del Frente del Norte pasaron a Francia 116745 exiliados. Esto dio lugar a que por orden del gobierno vasco y bajo la dirección del doctor G. Aranguren se crearan en el País Vasco francés un grupo de hospitales perfectamente equipados, Saint Christau, Berck-Plage, y La Roseraie de Ilbarritz. Es poco sabido que la residencia infantil, además de institutriz, tenía capellán. La Sanidad vasca exiliada principalmente en el Departamento francés de los Basses Pyrenées estaba constituida todavía en 1940 por 71 médicos, 7 practicantes, 33 enfermeras tituladas y 39 enfermeras auxiliares, algunos de los cuales emigraron con posterioridad a Venezuela y a México.

El gran éxodo médico republicano comenzó el 26 de enero de 1939 con la caída de Barcelona y contrariamente a lo que habitualmente se ha escrito, todo se desarrolló en buen orden. El último tren con heridos salió de la estación de Sans de Barcelona para Port-Bou el día 25 de enero a las cuatro de la tarde y pasó a Francia sin novedad, la última bandera republicana en suelo español fue arriada el 15 de febrero de 1939 por el mayor médico Pelayo Vilar. Entre esas fechas ingresaron oficialmente en el departamento francés de Pirineos Orientales, que entonces contaba con unos 230000 habitantes, un total de 353107 personas, incluyendo militares y civiles, hombres, mujeres y niños; a esta multitud humana hay que agregar 12000 caballos y mulas, 40000 ovejas y cerca de 10000 vehículos de motor. El exilio final de la zona de Centro y Levante ocurrió a partir del 5 de marzo de 1939 y llegaron en toda suerte de embarcaciones a Bizerte, Túnez, 4192 exiliados y a Orán, Argelia 3429, entre ellos 26 médicos.

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Niños vascos en la cubierta del Habana, rumbo a Gran Bretaña.

Hubo un exilio preliminar de médicos vascos en el verano de 1937, debido a que, con la caída paulatina del Frente del Norte, pasaron a Francia 116745 exiliados.

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Camino del exilio, cerca de la frontera francesa.


Control médico de niños expediciones.

El cómputo final oficial de los españoles exiliados como consecuencia de la guerra civil, fue de 527843 personas y el Gobierno Francés en el verano de 1939 censó entre ellas, 553 médicos, 135 dentistas, 268 farmacéuticos, 503 practicantes y enfermeras y 41 optometristas, es decir, 1500 personas de profesión sanitaria.



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Contribuciones a la cirugía de guerra

Antes de marchar al exilio, los médicos republicanos dejaron tres contribuciones decisivas a la cirugía de guerra: a) Los quirófanos de vanguardia, que aumentaron la supervivencia de los heridos abdominales y vasculares, b) La transfusión de sangre conservada y c) La cura oclusiva retardada como el tratamiento sistemático de las fracturas abiertas.

El cómputo final oficial de los españoles exiliados como consecuencia de la guerra civil, fue de 527843 personas y el Gobierno Francés en el verano de 1939 censó entre ellas, 553 médicos, 135 dentistas, 268 farmacéuticos, 503 practicantes y enfermeras y 41 optometristas, es decir, 1500 personas de profesión sanitaria. Pero, las autoridades francesas, de acuerdo con el gobierno del General F. Franco, presionaron para que los exiliados en los campos de concentración regresaran a España; en agosto de 1939 lo habían hecho cerca de 260000 refugiados y para diciembre de 1939, después de que se iniciara el 12 de septiembre la II Guerra Mundial, habían vuelto a España unas 340000 personas y solo quedaban en Francia cerca de 140000 exiliados. Lo curioso de aquel reflujo de españoles es que, mientras el Gobierno Francés repatriaba a los exiliados de los campos de concentración, se evadieron del exilio interior 29940 españoles que huyeron desesperadamente a Francia.

En abril de 1939 el Gobierno republicano presidido por el doctor J. Negrín, con el propósito de evacuar el mayor número de los exiliados en los campos de concentración, ante la inminente conflagración bélica, creó en París el SERE, siglas del Servicio de Emigración de los Republicanos Españoles, con un fondo cercano a los 250 millones de francos franceses, cuyo director fue el doctor J. Puche, previamente jefe de la Sanidad Republicana. Con las comisiones designadas por los partidos políticos y las organizaciones sindicales, el SERE consiguió listar en los campos de concentración los exiliados que debían emigrar con sus familias a los países de acogida. A pesar de la celeridad con que se organizó el transporte, los exiliados que pudieron abandonar los campos de concentración franceses a través del SERE fueron menos de los que habitualmente se ha dicho: a México llegaron 21753 exiliados, a la República Dominicana 3123, pero de ellos solo quedaba la mitad en 1942, a Chile fueron 2200 y a Venezuela llegó un grupo de 425 vascos, a los cuales hay que añadir más de un millar de otras regiones españolas. Los restantes países, tanto de Europa como de América, consideraron que los exiliados republicanos eran indeseables de peligrosa filiación comunista. Los médicos de las Brigadas Internacionales fueron concentrados en el campo de Gurs, algunos pudieron regresar a sus países de origen, unos pocos obtuvieron la nacionalidad española y emigraron a México, y veinte de ellos, conocidos como «los españoles», fueron a China. De algo más de 250 médicos brigadistas   -12-   que pasaron exiliados a Francia, 39 de ellos murieron fusilados por la Gestapo o murieron en campos de concentración.


En el Campo de Argelès sur Mer (Foto: EFE).

Es difícil describir la miseria de los exiliados españoles en los campos de concentración: el olor de sus cuerpos, el frío y la humedad que soportaban, la diarrea que continuamente sufrían, el hambre, la privación de libertad, la incomunicación y la ansiedad por su destino. Los informes sanitarios franceses iniciales indican que casi el 100 por ciento tenían parásitos, sobre todo piojos, el 30 por ciento sarna, la disentería bacilar era habitual, las enfermedades venéreas raras y comenzaba a extenderse la fiebre tifoidea. Las autoridades francesas habilitaron para los heridos el Hospital Saint Jean Civil, el de Saint Louis y el viejo Hospital Militar de Perpignan, además de dos barcos hospitales el   -13-   «Asni» y el «Maréchal Lyautey» que estuvieron de servicio pocas semanas. Los médicos españoles atendieron a los exiliados en los campos de concentración pero, carecían de medios y no existían recursos terapéuticos apropiados, salvo los propios de la Sanidad Militar republicana transportados durante la retirada, que pronto se agotaron. En los primeros seis meses de internamiento, murieron oficialmente 14617 exiliados españoles, es decir, el 5,43 por ciento de los que entraron. Otras fuentes agregan que fueron cerca de 80000 los exiliados muertos en los campos de concentración franceses hasta su clausura. Esto significaría que al acabar la II Guerra Mundial ya habría muerto más de la mitad de los españoles exiliados en Francia.

Los médicos españoles atendieron a los exiliados en los campos de concentración pero, carecían de medios y no existían recursos terapéuticos apropiados, salvo los propios de la Sanidad Militar republicana transportados durante la retirada, que pronto se agotaron.

En 1944 la Unión Nacional Española, con los guerrilleros encuadrados en la Resistencia formó cuatro divisiones y un batallón de Sanidad integrado por médicos, practicantes y sanitarios españoles exiliados bajo el mando del doctor don Díaz Sánchez, que había sido capitán médico durante la guerra civil. Estas fuerzas republicanas, fiadas en falsos informes de un alzamiento interior, invadieron el 19 de octubre de 1944 el valle de Arán y le ocuparon durante una semana a pesar de la resistencia ofrecida por el ejército del General F. Franco. En aquella operación hubo 129 muertos, 241 heridos y cayeron prisioneros 218 guerrilleros, que en su mayoría fueron fusilados por el enemigo. Consecuencia de aquella expedición militar fue que para la atención de los heridos, el 29 de octubre de 1944 se fundó en Toulouse el Hôpital Varsovie. Tenía 53 camas distribuidas en cinco salas y estaba atendido por doce médicos y numerosos practicantes y enfermeras exiliados, que en su mayoría eran de filiación comunista. En junio de 1945 una de las salas fue destinada a la atención de mujeres, y a partir de 1950 trabajaron en él por primera vez médicos franceses.

Entre tanto, al amparo de la victoria aliada, en agosto de 1944 se estableció en París el Gobierno Republicano en el Exilio, y gracias a un decreto del Gobierno Francés del 7 de mayo de 1947, se autorizó a que los médicos españoles pudieran asistir profesionalmente a los exiliados de su propia nacionalidad. Tras delicadas discusiones con las autoridades de la Cruz Roja Internacional, pudo actuar una Cruz Roja Republicana Española, independiente de la que funcionaba en España, que estableció 90 dispensarios distribuidos por diversas capitales francesas que pudieron atender las necesidades sanitarias de los exiliados españoles en Francia. Cada dispensario ofrecía un cuadro facultativo de especialistas, con servicios de odontología y radiología; además funcionó un taller de ortopedia para prótesis de amputados en Toulouse. Baste citar que en el período 1947-1948, el dispensario de París atendió 107470 consultas.

Tras delicadas discusiones con las autoridades de la Cruz Roja Internacional, pudo actuar una Cruz Roja Republicana Española que estableció 90 dispensarios distribuidos por diversas capitales francesas.

En 1945, tras la repatriación a España y la emigración a América, a pesar de estarles prohibido el ejercicio profesional, quedaron exiliados en Francia 172 médicos, 13 dentistas. 128 practicantes,   -14-   10 veterinarios y 16 farmacéuticos españoles. Fueron contados los médicos que pudieron seguir trabajando en su especialidad: H. Téllez Plasencia lo hizo en el Institut Curie de París, J. M.ª Bellido en la Facultad de Medicina de Toulouse, gracias a la caridad académica del profesor C. Soula, F. de la Fuente Hita en el Institut Pasteur de Lyon y así algún otro. Las cotas de heroísmo de algunos médicos exiliados que pudieron sobrevivir los campos de concentración nazis merecen nuestro recuerdo, como fue el caso de J. Capella en Dachau o S. Perramón en Buchenwald; T. Martín Ballano descubrió el modo de ingresar proteínas en la dieta de los campos de exterminio, tostando los gusanos y las lombrices de tierra. Fue increíble cómo pudo sobrevivir V. Parra dentro de un vagón de mercancías que salió de Toulouse el 3 de julio de 1944 y llegó al campo de Dachau el 25 de agosto de 1944, después de haber recorrido media Europa evitando los bombardeos aliados. Al abrir el vagón la mayoría de los prisioneros estaban muertos y el hedor de sus cadáveres y excrementos era indescriptible.


Unidades del ejército republicano cruzando la frontera francesa, cerca de Perthus (Foto: EFE).

El exilio médico a otros países europeos fue reducido, pero algunas figuras de la Medicina española lograron destacar profesionalmente: en Andorra ejerció la cirugía el profesor J. Trías, que antes estuvo en Carcassonne. En Suiza fue profesor de Psiquiatría J. Ajuriaguerra. En Inglaterra J. Trueta fue profesor en Oxford, F. Durán Jordá desarrolló las transfusiones sanguíneas y P. Gabarró la cirugía restauradora. A la Unión Soviética llegaron 14 médicos comunistas; J. Planelles fue profesor de Farmacología en Saratov, C. Díez dirigió un servicio de tuberculosis en Moscú, J. Fina el sanatorio de Zhenes, pero algunos de ellos fueron considerados disidentes y acabaron en prisiones siberianas, como J. Bote el de «menos marxismo y más matemáticas»; J. Fuster fue cirujano en un «gulag» de Kazakhastan.

La evacuación desde Cartagena hizo que llegaran exiliados a Marruecos 10 médicos y un practicante; A. Amselem y J. C. Dencás dirigieron clínicas en Tánger y P. Grau, A. Lisón y C. Martí Feced ejercieron en Casablanca. En Argelia hubo 11 médicos, 11 practicantes y un veterinario, además de tres enfermeras, que en su mayoría trabajaron en el ferrocarril transahariano hasta el desembarco aliado. En Túnez y Orán ejercieron cinco médicos y en Egipto estuvo el doctor J. Pascual Miralles que falleció en 1954.

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Página del diario editado por los republicanos españoles a bordo del Sinaia rumbo a México en junio de 1939.

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La obra de los médicos republicanos en Hispanoamérica

La gran obra de los médicos del exilio republicano se hizo en Hispanoamérica y en algunos países fue la clave de su progreso sanitario.

En Puerto Rico fueron contados los exiliados que encontraron asilo, debido a las normas migratorias norteamericanas, pero aún así, destacó la práctica de A. Rodríguez-Olleros y de los psiquiatras J. García Madrid y R. Troyano.

A la República Dominicana llegaron 16 médicos, tres dentistas, un veterinario y un farmacéutico, pero la dictadura del General L. Trujillo hizo que pronto emigraran a México y Venezuela la mitad de ellos. De los que quedaron, dos ingresaron en el ejército dominicano. Entre los que ejercieron en la capital y colonias agrarias se cuentan, C. Asensio, J. Carcellé, A. Cortés Martínez oftalmólogo, R. González Radal urólogo, J. L. Rodríguez López de Haro fundador de una revista médica, F. Rovellat con clínica privada y J. de Urruchua. El farmacéutico R. Martí fue profesor en la Facultad de Farmacia.

Cuba, que pasaba por un período de inestabilidad política, recibió 30 médicos que habían participado en la guerra civil, muchos de ellos cubanos de nacimiento. Pudieron ejercer L. Amado-Blanco que acabó de embajador de Cuba en el Vaticano, R. Azqueta, J. Fernández García, F. Folch Calbó, R. Garganta, los tres hermanos A, J. L. y R. Herrera Bollo, F. Jerez Veguero, que al comienzo de la guerra civil se había evadido de la prisión de Villa Cisneros, E. Morayta Núñez, G. Pittaluga catedrático de Medicina Tropical, V. Pueo y P. Suárez profesor de Microbiología. Entre los farmacéuticos se distinguió C. Cortés Latorre.

Canadá a pesar de la legendaria contribución de N. Bethune a las transfusiones de sangre, solo atrajo tardíamente como histólogo de McGill, Montreal a M. Prados Such.

Los Estados Unidos mantuvieron una política migratoria de rechazo para los exiliados españoles, aunque el fervor popular había contribuido durante la guerra civil con la misión médica del doctor E. K. Barsky a quien acompañaban 35 médicos y 55 enfermeras. Los médicos españoles que pudieron residir en Norteamérica incluyen a G. Angulo pediatra, Dolores Canals psicóloga, M. Conde médico militar, R. Griñó neurocirujano, M. Manrique psiquiatra, F. Martí Ibáñez brillante publicista, A. Molina editor, J. Negrín Mijailov neurocirujano, S. Ochoa bioquímico y Premio Nobel, M. Pascua sanitario, I. Ponseti traumatólogo, M. Usano fisiólogo y J. Vallés pediatra. De los farmacéuticos J. Cuatrecasas se distinguió como botánico en Chicago y en la Smithonian Institution de Washington.

México no llegaba en 1939 a los 19000000 de habitantes, su capital tenía poco más de un millón y en todo su territorio ejercían unos 5000 médicos graduados. El gobierno del General L.   -19-   Cárdenas fue el único que tuvo una política consecuente de ayuda a la España republicana, abrió las puertas a todos los exiliados, creó una institución para acoger a sus intelectuales, La Casa de España y lo hizo con generosidad a pesar de su penuria. El país surgía de la Revolución con dificultades motivadas por la nacionalización de las empresas petroleras y la población rural tenía niveles sanitarios bajos, debido sobre todo a las infecciones de origen hídrico, crónicas en toda Hispanoamérica.


Llegada del Sinaia a Veracruz.

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El número de los médicos españoles exiliados en México fue un total de 293 y de ellos pasaron a residir a la capital mexicana 249.

El número de los médicos españoles exiliados en México ha sido exagerado; se ha mantenido que fueron más de 500, pero solo fueron un total de 293 médicos y de ellos pasaron a residir a la capital mexicana 249; los 43 restantes lo hicieron en diferentes Estados de la República Mexicana. Además se establecieron en la capital 29 dentistas, 63 practicantes, 59 enfermeras, 26 veterinarios, 57 farmacéuticos, algunos optometristas, auxiliares de farmacia y personal de Sanidad no facultativo; en total 557 profesionales de la Medicina.

Agotados los fondos del SERE, los enfermos y valetudinarios asilados en México, fueron asistidos por el JARE, siglas de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, que contó con un fondo de 42 millones de dólares procedentes del «Vita». La difícil condición sanitaria de aquellos asilados políticos obligó a crear dos clínicas provisionales en la ciudad de México, que pronto dieron paso a «La Benéfica Hispana». Un préstamo de 40000 pesos permitió la fundación de la «Clínica Nuevo León» privada y al cabo de algún tiempo la inquietud intelectual de los médicos culminó en el Ateneo Ramón y Cajal.

Los médicos residentes en la ciudad de México dedicados a la docencia y a la investigación fueron pocos; en la Universidad Nacional Autónoma de México UNAM y en el Instituto Politécnico destacaron en las ciencias morfológicas I. Costero autor de un texto y docente por excelencia y F. de Buen, en Fisiología A. Folch y Pi cuya obra como traductor fue enorme, J. M. García Valdecasas que dirigió un laboratorio farmacéutico, A. Oriol, J. Pi y Suñer y J. Puche, en Farmacología, F. Guerra autor de un texto para la investigación y para la docencia, R. Méndez investigador del Instituto de Cardiología y premio nacional de Ciencias, R. Pérez Cirera y F. Priego.

El grupo más numeroso fue el de los médicos generales, 122 en total, entre los cuales figuran 12 médicos brigadistas. Algunos de ellos habían tenido posiciones docentes en España, como C. Cortés en Cardiología, J. Aguadé, J. Estellés, R. Fraile y S. Villanueva en Medicina Interna. Entre los cirujanos llegaron L. Gerez, J. d'Harcourt jefe de los Servicios Quirúrgicos durante la guerra civil, J. Puig y J. Segovia. La Obstetricia tuvo figuras como U. Barnés, A. Otero, catedrático y rector de Granada y J. Torre Blanco. Fueron muchos los pediatras, J. Barón, A. Encinas, R. Escribano, J. Espinasa, J. J. Lastra, J. de Miguel y S. Sisniega. La Neurología y la Psiquiatría estuvo bien representada en R. Fandiño, L. Laredo, W. López Albo, don Nieto, F. Pascual del Roncal, G. Rodríguez Lafora y J. M. Sánchez Pérez. La Otorrinolaringología contó con V. A. Acosta, L. Martín Gromaz y P. Vilar. La Oftalmología con doña Trinidad Arroyo, M. Márquez, M. Rivas Cheriff y A. Ros. La Dermatología tuvo a S. Armendarez, J. Bejarano, J. M. Riobóo y E. Vega Saiz de Trápaga. Los Análisis Clínicos con A. M. Beltrán, E. de Buen, J. Caballero, A. Capella que fue director del Hospital Español, J. Piñol y G. Somolinos. La Radiología E. Benet, G. García y J. Meda. La Industria Farmacéutica fue una de las especialidades preferidas y ocupó a 29 médicos exiliados. Hubo además otros que se dedicaron a las traducciones y la creación literaria.

La obra de los médicos exiliados que más favoreció a México fue la de aquellos que trabajaron fuera de la capital. Hubo algunos en Monterrey, Nuevo León, L. Fumagallo, W. López Albo y A. Peyrí. En Hidalgo A. Aparicio, S. Colchero, F. J. Herraiz y B. Serra. Fue ejemplar la de un cirujano brigadista L. Eloesser en Michoacán y la de J. Juliá Balsell en Álamo, Veracruz, donde el pueblo edificó un hospital con su nombre. Menos conocida es   -20-   la obra que hicieron los veterinarios. N. Almarza en Veracruz, G. Añoveros en Toluca, Estado de México, F. Gordón Ordás y M. Medina en la ciudad de México.

La admisión de médicos exiliados en los países de Centroamérica estuvo muy restringida, pero aun así en Guatemala pudieron ejercer temporalmente como psiquiatras A. Pereyra y A. Román. En Honduras J. Gómez Márquez excelente oftalmólogo, en El Salvador C. Carbó, F. M. de Sojo otorrinolaringólogo. En Nicaragua comenzó a formarse A. Fernández Guardiola. En Costa Rica se hizo sentir el trabajo de M. Gabaraín, J. de Guzmán, M. Hermano y R. Ruano en la Sanidad Pública. Panamá contó con un grupo de médicos catalanes con buena formación clínica J. B. Flors en pulmón, E. Isern, S. Moré en Medicina Interna; J. M. Herrera Bollo hizo una enorme labor como patólogo. Tras la creación de la Facultad de Medicina fue profesor de Fisiología S. Pi Suñer. En Farmacia se distinguió J. M. Garreta.

En Colombia el gobierno liberal no permitió el ejercicio de los médicos exiliados, salvo al profesor A. Trías; llegaron 11 médicos y de ellos P. Mayoral trabajó como sanitario en Pasto, Nariño, aunque su hijo J. Mayoral pudo ejercer la odontología en Bogotá.

Venezuela estaba escasamente poblada en 1936, poco más de 3000000 de habitantes y las áreas rurales en su mayoría eran insalubres por el paludismo y otras enfermedades tropicales. La emigración española fue reducida, pero seleccionada para el dominio de los problemas sanitarios y culturales del país. El Ministerio de Salubridad, Agricultura y Cría admitió a 93 médicos exiliados republicanos, de los cuales seis se dedicaron a la docencia, 13 ejercieron la profesión en Caracas, ocho más fueron psiquiatras, otros ocho trabajaron en la industria farmacéutica y 54 ejercieron en zonas rurales; llegaron además cuatro dentistas, un practicante, nueve enfermeras, dos farmacéuticos y 20 veterinarios.

La docencia y la investigación médica recibieron un impulso extraordinario cuando don Augusto Pi Suñer fundó en Caracas el Instituto de Medicina Experimental; allí se formaron desde 1940 todos los docentes venezolanos de ciencias experimentales. Hubo un grupo de médicos exiliados que pudieron ejercer en Caracas tras exámenes de revalidación y su práctica fue decisiva: G. Aranguren fundó una clínica quirúrgica privada, M. Cortés Lladó, R. Espinasa, L. Jaso, J. Luchsinger, J. Sánchez Covisa, F. I. Tabernero, L. Quemada y otros más habían tenido posiciones docentes en España. Donde pronto se comenzaron a ver los efectos de la actuación sanitaria fue en el centro de Malariología de Maracay y los centros rurales gracias al trabajo de J. M. Bengoa, A. Gómez Marcano, J. M. Llopis, T. Mendicoa, M. Nieto, S. Ruesta, J. Sahagún, F. Unceta, R. Varo y C. Zozaya. La obra de los ocho psiquiatras fue muy importante. Finalmente trabajaron de un modo ejemplar los 20 veterinarios españoles que llegaron exiliados, entre los cuales se cuentan M. Alcorta, C. Arroyo, A. Ballesteros, L. Basterrechea, J. Carrandi, A. Cuadrado, C. Díaz, J. García, A. Marcaida, J. Oñativía, G. Orquiñena, C. Ruiz, P. Sánchez y A. Tellería; fueron ellos los que hicieron florecer la riqueza pecuaria de Venezuela. El país fue generoso con los médicos y veterinarios y algunos fueron condecorados y representaron a Venezuela en organismos internacionales; muchos hospitales rurales y dispensarios llevan nombres de exiliados españoles.

A Perú pudo llegar tras salir de prisión M. Torres Muñoz, cuñado de J. M. Jarufe cirujano peruano   -21-   que había sido capitán médico en la guerra civil.


Doctor J. Puche, jefe de la Sanidad Republicana.

Bolivia aceptó nueve médicos exiliados. S. Pi y Suñer llegó contratado a Cochabamaba y durante 12 años fue profesor de varias asignaturas básicas en la Facultad de Medicina. También trabajó en La Paz J. M. Burgaleta, J. Cuatrecasas, E. Narro, E. Neira, F. Olsina trabajó cinco años de cirujano, pero no llegaron a arraigarse.

Brasil tenía en aquellos años una lucha interna contra el movimiento comunista y no admitió exiliados republicanos, salvo J. Pujol y el psiquiatra E. Mira que tuvo una actividad docente destacada.

Uruguay aceptó cuatro médicos, F. Bergós que fue profesor de la Escuela Militar y A. Giral gerente de una compañía suiza de medicamentos. J. Estruch, que había sido cónsul honorario pudo ejercer la Odontología en Montevideo. Tuvo gran importancia el trabajo de dos veterinarios, J. Casabona y F. A. Couceiro. Argentina había sido la esperanza de algunos docentes, pero también cerró las puertas al exilio médico español. Fueron 20 los médicos que llegaron a Buenos Aires pero solo pudieron ejercer la mitad tras pasar reválida. J. Bago pediatra, A. Baltar internista, Julia Corominas psicóloga, J. Cuatrecasa, J. Gárate, F. Jiménez de Asúa histólogo, E. Lluesma, J. L. Martínez, A. Oriol fisiólogo, J. Ormaechea, M. Pittaluga hijo, T. Pumarola, Pío del Río Ortega histólogo, A. Rodríguez Castelao, J. Rocamora, C. Salinas Jaca y G. Sánchez Guisande entre otros. Ejercieron además cinco dentistas y un veterinario español exiliados.

Chile igualmente vetó la inmigración de miembros de las profesiones liberales españoles. Admitió 2200 obreros y campesinos excluyendo miembros de la CNT y brigadistas, pero aún así llegaron ocho médicos J. Casals, M. Cunillero, G. Elgorriaga, J. Moroder, P. Pascual y J. J. Valls. Se distinguió un veterinario O. García Gil y el farmacéutico J. A. Morales que fue profesor de Bioquímica.

Finalmente hubo médicos exiliados españoles que llegaron al Asia; en Indochina A. Molina, enrolado en la Legión Extranjera francesa murió en 1946 en las afueras de Saigón. En Indonesia trabajó en el hospital psiquiátrico de Jalcarta J. Alier y en China y Birmania estuvieron cinco años veinte médicos llamados «los españoles» que durante la guerra civil española habían formado parte de las Brigadas Internacionales.



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Los médicos exiliados españoles y el progreso de los países de acogida

No han faltado estudios que hayan presentado el bagaje intelectual de los médicos exiliados, sus posiciones académicas y las instituciones hospitalarias que hicieron florecer, pero todos ellos han excusado hacer una valoración global porque resulta muy difícil juzgar cuantitativamente de qué modo y en cuánto aquella emigración influyó en el progreso de los países de acogida. Hay un índice, sin embargo, que permite discernir claramente cómo influye el trabajo de los médicos y la política sanitaria sobre la salud de un país: el análisis de las cifras de mortalidad anual, complementadas con las de esperanza de vida de sus habitantes. Si examinamos la evolución de estos valores, por ejemplo, en México, antes y a partir de la presencia de los médicos españoles exiliados, vemos que la mortalidad anual descendió de 25 habitantes por 10000 en 1930, hasta solo 8 habitantes por 10000 en 1970. Paralelamente y de igual manera, la esperanza de vida del hombre en México aumentó desde 36 años en 1930, hasta 60 años en 1970, es decir, casi se duplicó a partir de la llegada de los médicos españoles exiliados.

El exilio de los médicos españoles es una parte del gran ejemplo ético que ha dejado el Exilio Republicano en la Historia de España. Estuvo formado por hombres que creyeron en la bondad de los ideales democráticos y sacrificaron por ellos sus vidas y haciendas. La probidad tuvo su más bello ejemplo en el propio Presidente de la República, don Manuel Azaña, exiliado y enfermo en un hotel de Montauban, donde el embajador mexicano tuvo que dejar discretamente 2000 francos para que él y su séquito pudieran adquirir la prensa y se enteraran de lo que pasaba en el mundo. Los médicos republicanos dieron ejemplos de honradez a puñados y alguno de ellos sirve por todos: cuando detuvieron en Córdoba al doctor Sadí de Buen, un sacerdote se acercó a confesarle y él amablemente rehusó el sacramento, sacó la cartera y le entregó el dinero, rogándole que pagara el hotel después de su fusilamiento. Los médicos que marcharon al exilio salieron con lo puesto, algunas prendas de ropa interior, una pastilla de jabón, y tal vez unos libros, pero nadie llevó nada que no fuera suyo. Palpitó en los campos de concentración, a pesar de estar destituidos de las necesidades más primarias, aquel orgullo de haber sido fieles a una palabra y haber cumplido con su profesión. Fueron de verdad solidarios y cuando aquel médico madrileño A. Cortés Martínez tuvo la fortuna de ganar la Loteria en Santo Domingo, no guardó algo para sí, se apresuró a repartir todo entre los exiliados enfermos.

Tras un silencio de más de medio siglo ha llegado la hora de que la Semántica restituya el valor de las Palabras de la Historia a su propio sentido: la pasión y muerte de los médicos republicanos fue el amargo premio de su lealtad al régimen elegido   -23-   libremente por el pueblo español en 1936. Por eso indigna, que en las sentencias de muerte de los médicos republicanos aparezca que se les condena «por ayuda a la rebelión». Esta perversión semántica no debe seguir desvirtuando lo evidente: que la Guerra Civil se originó por la rebelión del Ejército Español contra el Gobierno Republicano legítimamente constituido. Y el militar que comete este delito, según el «Código Militar», debe ser condenado a la última pena. Se sigue que cualquier acto o legislación de un régimen político impuesto por la fuerza, incluyendo la institución monárquica que el General F. Franco instauró el 22 de julio de 1969, tiene que resultar espurio ante la Historia.

Las gentes de nuestro tiempo se interesan por las pensiones, la atención sanitaria o el acceso a la educación superior que trae la democracia y no les preocupa el origen del sistema político que sustenta sus prestaciones. Además, los sistemas de comunicación tienen hoy capacidad para presentar al ruin como noble y al pillo como honrado y a la vez silenciar hitos de la Historia. La razón ética del exilio, sin embargo, se mantiene viva en la mente y el corazón de los médicos exiliados y sigue proyectando unas normas de integridad moral que debe conocer la juventud que acude a las aulas universitarias. Los médicos, no obstante, solemos ser torpes a la hora de expresar estas ideas, nuestro oficio es otro. Afortunadamente, uno de mis alumnos encontró en México las palabras de un poeta que me han emocionado y expresan, mejor que las mías, lo que quiero decir. Escuchad:


Hay guerras que se pierden y nunca están perdidas.
Bajo la paz impuesta por la guerra,
el pueblo calla, espera y no se olvida.
Hay muertos que no han muerto, ideas siempre vivas.
Te escribo, Rafael, para decirte
que está ocurriendo todo, todavía».


(JESÚS LÓPEZ PACHECO)                








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Nota biográfica

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Francisco Guerra nació en Torrelavega, Cantabria, en 1916 y estudió medicina en la Universidad Central de Madrid. Durante la guerra civil fue Mayor Médico y jefe del Hospital de Montjuich, Barcelona. A final de enero de 1939 recibió la orden de evacuación y repliegue a Francia adonde llegó exiliado el 5 de febrero. Es doctor en Medicina por dos facultades, y también en Ciencias, en Historia y en Filosofía. Ha sido profesor de Farmacología en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la de California, y de Historia de la Medicina en la Universidad de Yale, de Santander, y de Alcalá de Henares, donde, además, fue Vicerrector; durante una década tuvo a su cargo el Departamento de Historia de la Medicina Americana en el Wellcome Institute de Londres.

Es autor de 65 libros y monografías y de más de 300 trabajos, que incluyen textos básicos para la enseñanza y la investigación de la Farmacología, como sus Métodos de Farmacología Experimental (1946) y el Manual de Farmacología (1951). Entre sus trabajos destacan diversos estudios sobre drogas naturales americanas, el control hipotalámico de los antipiréticos, el mecanismo de acción de los digitálicos, liberación encimática de fósforo, valoración y efectos de los salicilatos y las drogas alucinatorias.

Algunos de sus libros constituyen obras fundamentales sobre la Historia de la ciencia y la medicina española en América y Filipinas, entre ellos: la Materia médica mexicana (1950), la Historiografía de la Medicina Colonial Hispanoamericana (1953), la Iconografía médica mexicana (1955), Nicolás Bautista Monardes (1961), American Medical Bibliography (1962), The Procolumbian mind (1971), Historia de la materia médica Hispanoamericana y filipina (1973). El médico político (1975), Las medicinas marginales (1976), Las heridas de guerra (1981), Francisco Hernández (1981), Gregorio López (1982), una Historia de la Medicina (1982-1989), fray Blas de la Madre de Dios (1984), La medicina precolombina (1990), El hospital en Hispanoamérica y Filipinas 1492-1898 (1994), la Bibliographie medicale des Antilles Françaises 1765-1805 (1994), La educación médica en Hispanoamérica y Filipinas durante el dominio español (1998), Bibliotheca Médica Americana et Philippina (1998) y Epidemiología americana y filipina 1492-1898 (1998). Ha recibido numerosas distinciones internacionales y es miembro de diversas academias y corporaciones de las ciencias y de la historia.

Es profesor emérito de la Universidad de Alcalá de Henares.

Es autor, también, del libro El exilio de los médicos republicanos, de próxima edición.

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El cómputo oficial de los españoles exiliados como consecuencia de la guerra civil fue de 527843 personas. El Gobierno francés en el verano de 1939 censó entre ellas, 553 médicos, 135 dentistas, 268 farmacéuticos, 503 practicantes y enfermeras y 41 optometristas, es decir, 1500 personas de profesión sanitaria.

El autor de esta monografía, Mayor Médico y Jefe de Hospital de Montjuich, Barcelona, durante la guerra, fue uno de esos exiliados. En este texto describe las vicisitudes de esos sanitarios en su éxodo, su dispersión por varios continentes y sus grandes aportaciones en la docencia y en la asistencia hospitalaria especialmente en varios países hispanoamericanos: México, Venezuela, Bolivia, Uruguay, Chile, y en menor medida, Argentina, Colombia y países de Centroamérica.

«Tras un silencio de más de medio siglo -escribe el Doctor Francisco Guerra- ha llegado la hora de que la semántica restituya el valor de las palabras de la Historia a su propio sentido: la pasión y muerte de los médicos republicanos fue el amargo premio de su lealtad al régimen elegido libremente por el pueblo español en 1936... La razón ética del exilio se mantiene viva en la mente y el corazón de los médicos exiliados y sigue proyectando unas normas de integridad moral que debe conocer la juventud que acude a las aulas universitarias».






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