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Memorias de D. Antonio Alcalá Galiano / publicadas por su hijo; prólogo y edición de D. Jorge Campos



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Capítulo XII

Causas, móviles y tendencias del alzamiento nacional de 1808.-Primeras aspiraciones sobre reforma política.-Puntos en que diferían y en que convenían los españoles.-Opiniones del autor.-Llegada de las tropas valencianas.-Desórdenes que promueven.-Entrada en Madrid de los vencedores de Bailén.-Proclamación de Fernando VII.-Estado de las operaciones militares.

     Ha sido común pintar el levantamiento del pueblo español en 1808, contra el poder francés, en defensa de la gloria e independencia de la patria y para rescatar al cautivo rey, de muy varia manera en cuanto al objeto a que se encaminaba o el fin que se proponía. Como en aquella hora todos hablaron claro y alto, y pensaban acordes en unos puntos, y no así en otros, resultó de sus voces a la par una unanimidad asombrosa y una confusión increíble. De aquí ha nacido en muchos escritores, y en no pocos hombres en conversaciones privadas, achacar aquella revolución o sublevación primera a distintas y aun opuestas causas, mirándola unos como hija de un patriotismo ilustrado, y otros como producto de un fanatismo ciego; aquellos como dictada por deseos de conquistar y asegurar la independencia de la nación, y con ella la libertad política y civil de los ciudadanos, y estos como dimanada de un empeño en sostener la aristocracia, la superstición, la intolerancia, en suma, todos los privilegios y abusos de la sociedad antigua o de la tiranía civil y religiosa; considerándola los primeros la causa del pueblo, por él mismo tomada como suya y abogada, y con tesón y sacrificio defendida; y viendo en ella los segundos la causa de los cortesanos, de los grandes y del clero, abrazada por la alucinada plebe, que, sirviéndoles de instrumento, les dio el mando; en una palabra, comparándola sus admiradores con la de los patriotas franceses, cuando con tanta heroicidad se defendieron en 1792 y 1793 de la invasión extranjera, e igualándola sus detractores con la de los levantados de la Vendée, que en la misma época, con arrojo y virtudes dignas de mejor y más útil propósito, se sacrificaron en una guerra popular para mantenerse, y consigo a todos sus compatriotas, en ignorancia, opresión y vasallaje.

     Bien mirado, en estas dos opiniones contrarias hay mucho de falso, y también bastante de cierto. Quien leyere las proclamas, manifiestos y decretos de las varias Juntas hijas de la insurrección española, o los numerosos escritos en la misma época publicados por los partidarios de la resistencia a Napoleón, encontrará en los tales documentos abundantes y buenas razones para achacar la revolución de España a que me refiero a la una o a la otra causa de las dos antes indicadas; y por consiguiente, según fuesen las opiniones del lector, para vituperarla o para aplaudirla. Verdaderamente, en las obras de que trato, así como en las acciones que las acompañaban, se encuentran cosas dictadas por el más feroz y brutal fanatismo, donde se ahoga por los más perniciosos abusos y las más desvariadas doctrinas, y al mismo tiempo tropezará con otras inspiradas por un patriotismo a la romana, en que se propagan y sustentan doctrinas de las llamadas liberales en muy alto grado; sucediendo también darse con no pocas donde va singularmente mezclado lo uno y lo otro, efecto de la ignorancia o confusión de ideas reinantes en los escritores, de que varios hechos contemporáneos dan muestra muy evidente. No es síntoma éste peculiar de la revolución española de 1808, sino, al revés, común a casi todas las revoluciones, en las cuales concurren muchos a un fin en que todos concuerdan, pero por distintas razones, con diversos objetos, y eligiendo para estos medios, cuando no opuestos entre sí, a lo menos muy diferentes. Al lanzar los ingleses del trono de sus reyes a la familia de los Estuardos, obró la nación británica dirigida por una Liga de las dos parcialidades, Whig y Tory, muy enemistadas una con otra por largos años, pero a la sazón acordes en el pensamiento y deseo de libertarse de un rey en quien veía la primera un enemigo de la llamada libertad en la política civil y religiosa, y la segunda un celoso católico resuelto a acabar, si no con la existencia, con la dominación de la Iglesia Anglicana.

     Así, entonces, volvieron los whigs por la causa de una religión a que no eran muy afectos, y los tories por la de una libertad de la cual no se habían mostrado hasta allí, ni eran ciertamente partidarios. Cuando empezaron las alteraciones que produjeron la revolución de Francia, los parlamentos, la nobleza y los defensores del estado llano contribuyeron a traerla o a apresurarla, con fines no sólo muy distantes entre sí, sino hasta encontrados. Del mismo modo, en las guerras de nación a nación se ligan varias potencias contra una preponderante, unidas por el motivo de poner coto a su poder o aun de echarlo a tierra; discordes, empero, en cuanto a otros puntos, y más que en cualquiera, en lo tocante al uso que se proponen hacer de la victoria.

     De lo que acabo de decir en general, pueden citarse, para particularizar mis reflexiones, o descripción o explicación general del estado de las cosas en aquel día, varios y notables ejemplos. La Junta de Sevilla y la de Valencia, en algunas de sus palabras y obras, se mostraban como deseosas de introducir en España reformas por donde se renovase, ajustándola hasta cierto punto a las ideas del siglo XVIII nuestra monarquía. El Semanario Patriótico salió a luz en Madrid, y empezó a expresarse como un periódico francés de 1790. Quintana, de los principales en la redacción de este periódico, se atrevió a dar a luz sus composiciones, a que dio el nombre de patrióticas, obras de su juventud, cuidadosamente guardadas por él en secreto mientras estaba en pie el trono, y dadas al público cuando con hacerlo se daba prueba de que había quienes quisiesen variar el Gobierno de España y osasen declarar su intento en la hora en que suponían algunos levantado el pueblo español para mantenerle en su ser antiguo; obras donde se ensalzaba a Juan Padilla y a los comuneros, donde se vituperaba a los conquistadores de América, donde se deprimía y denostaba, hasta calumniarle, a Felipe II, donde se apellidaba a Roma en los siglos medios alcázar fundado para el error por la ignorancia y tiranía, sobre las ruinas del Capitolio y alcázar bamboleándose ya y cercano a la ruina completa. Al mismo tenor hablaban otros, y quienes así hablaban ocupaban el primer lugar en el concepto del pueblo levantado predominante.

     Verdad es que, como he dicho, máximas contrarias a las que acabo de señalar hallaban en los mismos días acérrimos sostenedores. La idea de llamar vieja a la monarquía y de pretender regenerarla había disgustado generalmente, y hasta ofendido. Pero bien mirado, a muchos desagradó no la idea como falsa, ni el propósito como malo, sino. la insolencia de un extranjero echándonos en cara nuestras propias faltas, y su pretensión de hacer aquello a que no tenía derecho, y venir la misma pretensión en pos de sus novísimos actos de perfidia y violento insulto, y que con la regeneración vendría la pérdida de nuestra independencia, de lo cual se seguiría, por un lado, deshonra, y, por otro lado, daño real y positivo, sacrificándose el interés del Estado y del pueblo dependiente al de la potencia y de la pasión predominante. Justo es decir, sin embargo, que a muchos desagradaba ver afeada la vejez del trono español y propuesto darle vida nueva, estimando aquella ancianidad venerable y digna de ser conservada en su integridad y decoro, y perjudicial la renovación, y propia para desecharla con horror y enojo.

     Por último, por saber poco, o por quererse conciliar ideas contrarias, había quienes se contradijesen o hablasen y obrasen arrastrados por ímpetus repentinos, contra las doctrinas generales o el interés del bando político, o dígase de la fe a que correspondían. Así, don Juan Pérez Villamil, en una carta que publicó, suponiendo dirigirla al ausente y cautivo rey, le decía que si quería, una vez rescatado, reinar en paz, mandase poco, mandase menos, y que el pueblo, al recobrar su libertad, saldría a recibirle presentándole una Constitución limitadora de su poder, para que la jurase. Así, el Consejo, oponiéndose a las Juntas, pedía la convocación de Cortes, siendo así que las miraba con aversión, celos y miedo. Así, Quintana, en su Semanario, defendía al Consejo contra las Juntas; esto es, volvía por la causa del cuerpo mayor y peor enemigo de las reformas, cuya venida anhelaba, creyendo conseguido en gran parte el objeto de su anhelo. Así, un poeta, según la opinión común de los del bando reformador, poniendo en coplillas, para cantadas en sonatas vulgares, la Constitución de Bayona, para aumentar su descrédito, el cual apenas necesitaba ser aumentado, decía así, llegando al artículo donde en tal cuerpo de leyes estaba prometida, muy engañosamente, atendiendo a las conocidas opiniones e intenciones y a la conducta en este punto de Napoloón y de sus dependientes, la libertad de imprenta:

                   La libertad de la imprenta
disfrutará la nación.
¡Pobre del Papa y del clero!
¡Pobre de la religión!

     Pero en medio de esto, el poder popular había crecido; los que mandaban tenían que obedecer en muchas cosas a los gobernados, y en todas que complacerlos; se decía lo que antes no era lícito decir por impreso, y con todo ello se justificaba que abrazásemos la causa del pueblo contra la del emperador francés muchos sectarios de la libertad política y de la ilustración del siglo.

     Y en medio de la discordancia de opiniones, o, si ha de decirse como es debido, de la no avenencia en puntos en que entonces faltaba conformidad, por faltar concierto y no por haber disputas, cosas había en que todos cuantos sustentaban la causa de la independencia no sólo obraban, sino que con viva fe pensaban acordes. Viva era en hacer guerra al común enemigo sin ceder, fuese cual fuese el estado de apuro a que en la resistencia llegase. Mirábase esto como cuestión de honra para el nombre español, y también como de empeño para el bien entendido interés de la patria. Estaban cansados los españoles de ver sacrificada su nación al provecho ajeno, y sabían que sujetándose a Napoleón seguirían o aun crecerían los sacrificios.

     Para el vulgo podía mucho esta consideración, por razones groseras y diferentes de las que movían a las gentes instruidas no en su calidad, sino en el modo de presentarse; y es digno de tenerse presente que uno de los artículos de fe de la plebe, en la hora del primer levantamiento era que los franceses traían esposas en inmensas cantidades para llevar sujetos por las manos a los mozos españoles a servir de soldados en la guerra del norte. Segunda cosa en que reinaba conformidad era en desear el rescate de Fernando y verte en el trono. Se cegaban tratando de esto, aun los que con claras luces, aumentadas por conocimientos adquiridos, habían notado los desvaríos y actos violentos de su Gobierno en los breves días de su imperfecto reinado. Todavía era general mirarle, más que como a un hombre, como a un modelo formado en la fantasía, donde encontraban los de opuestas opiniones, cada cual a su modo, lo que convenía para gobernar bien a España. Por último, en una tercera cosa también se hablaba sin diferir de parecer, y era en que debían tomarse providencias por donde se impidiese una privanza como la que en el Príncipe de la Paz había sido tan vituperada y aborrecida.

     Cómo había de lograrse esto, muchos no lo sabían, oponiéndose a los medios que para conseguirlo proponían varios innovadores; pero que era necesario buscar el medio hasta encontrarlo, lo decían todos en conversaciones y en escritos. Por aquí se ve que se trataba de limitar la voluntad de los reyes, a lo menos en punto a consentirles dar enormes facultades a un súbdito en quien abandonasen el timón de la nave del Estado.

     Fuese como fuese, se verá que, recién salidos de Madrid los franceses, hubo de hecho como libertad de imprenta, o a lo menos tal desahogo en dar a luz los escritos, que equivalía a la libertad el excesivo consentir de los que mandaban. Para publicar una obra, larga o corta, solía pedirse licencia, pero se conseguía, por encomendarse el juicio de si había o no de darse a indulgentísimos censores. Un día oí decir a don Manuel Quintana, a quien más que a otro consultaba la autoridad que gobernaba a Madrid, que habiéndole presentado a fin de ver si debía dejarse imprimir o no una composición en malísimos versos, tan mal pensada cuanto mal escrita, grosera y hasta sucia, donde estaba representado Murat en un largo soliloquio y acababa por arrojarse a un pozo de inmundicias, fue de parecer de dar pase a la publicación, contra el dictamen de quienes le consultaban, porque (según se expresó) aquel papel era propio para leído por lacayos, y con los lacayos también debía contarse, excitando o manteniendo en ellos el entusiasmo en favor de la causa común de todos. Maravilla que el Consejo Real, que al fin tomó el mando en la capital y le ejerció algún tiempo, se prestase a esta soltura, si bien es cierto que trató de ponerle freno yéndose al principio con pausa y suavidad, y repitiendo luego sus esfuerzos a cada hora con más vigor y dureza.

     Hablar de este cuerpo, me obliga a volver a mi narración. Al tercer día de evacuada la capital por las tropas invasoras, y no viendo ya peligro de que volviesen, apareció fijado en las esquinas un papelón donde el Consejo hacía una larga alocución a los madrileños. El estilo de esta obra era pesado y confuso; su dicción buena, y lo que más importa, sus principales pensamientos estaban nada claros, reduciéndose la publicación a un acto de toma de posesión de la autoridad vacante por un tribunal que de continuo aspiraba a ejercer facultades gubernativas. Los fugitivos contrarios no eran ya tratados con enemistad disimulada. Adoremos (era una de las primeras frases del tal papel), adoremos la divina Providencia, que si ha sabido humillar a los soberbios, no permitirá queden impunes los taladores, incendiarios y asesinos. Siendo el tiempo de devoción, pareció esto por demás devoto, porque otro era el lenguaje de las Juntas a la sazón vencedoras.

     Éstas pronto se enzarzaron en disputas con el Consejo, y tanto se desmandaron, y a tal punto dieron muestras de intereses pobres y mezquinos de provincia y de cuerpo, y tantos obstáculos ponían, al parecer, y aun en realidad, a la formación de un Gobierno general de España, que los residentes en Madrid empezamos a mirarlos con enojo, y escribiendo unos, y otros en conversaciones y obras, y con el deseo cuando menos, nos pusimos de parte del no menos ambicioso Tribunal en las contiendas pendientes, no obstante ver en él un patrono de todo lo antiguo y un ad. versario acérrimo de todas las innovaciones en nuestro sentir provechosas.

     Digo en nuestro sentir, contándome por algo, aunque entonces nada era, o cuando menos muy poco, porque de mí principalmente voy tratando en este escrito. Al advertir esto, me acuerdo que bahía prometido explicar cuáles eran en aquellos días mis opiniones.

     Era yo un adepto, aunque humilde, celoso de la filosofía francesa moderna. En la literatura de la nación vecina poseía conocimientos que a los diecinueve años pocos tienen de las cosas de un pueblo extraño. De italiano y de inglés sabía bastante, pero de la primera nación sólo estaba versado en las obras de Ariosto, Tasso, Guarini y Metastasio, y en prosa de las de Maquiavelo, leído más por curiosidad que haciendo de él estudio o entendiendo la índole del tratado Del Príncipe; y del inglés, los autores que más manejaba y tenía en superior aprecio, fuera de Milton, eran Adisson, Robertson, Hume, Gibbon y Chesterfield, y en poesía a Pope y los de su escuela; esto es, con exclusión del autor de El Paraíso perdido, a los que menos se desviaban de los franceses en el espacioso campo que en la región general literaria ocupa la nación británica.

     Pero de los autores franceses, venerando a los principales de la era de Luis XIV, y aun saboreándome con regalo con sus perfecciones, Voltaire, Rousseau y Montesquieu eran los objetos de mi culto asiduo y devoto, siendo mi trato principal con el primero. Así, era yo en religión incrédulo, pero deísta, y deísta como lo es Voltaire, sin saber a qué punto ni qué distancia separa su fe de la del puro materialismo. En política, ni era parcial ni contrario de la república; pero para España quería al rey Fernando, si bien con una Constitución parecida a la francesa de 1791, aunque en tal punto aún no tenía mis ideas del todo formadas o fijas. En mi aversión a la preponderancia francesa, había abrazado la causa del pueblo y de la independencia con entusiasmo; pero, ¡cosa singular!, mi aborrecimiento al emperador y al pueblo vecino no había tenido aumento con ver participando de él a todos mis compatricios, sino, al revés, había bajado algo de punto. Sin embargo, aún vituperaba con acrimonia la conducta de los que se habían hecho servidores de José, conducta que hoy mismo, sin culparla con severidad, tampoco apruebo, estimándola hasta digna de castigo en aquella hora, aunque no lo fuese de crueles penas, y menos todavía de sanguinarias violencias populares, y sí en época posterior merecedora de completo olvido, más por razones de una política, a la par diestra y generosa, que en obediencia a los preceptos de la rigurosa justicia. Tiempo vendrá en que, volviendo a hablar de esta materia, declare y explique mis opiniones en tal cuestión, las cuales tenían una parte de absolutas y otra de acomodadas a las varias sucesivas circunstancias.

     Volvamos a los sucesos, repartiendo la atención entre los públicos, por la parte, que yo en ehos tomaba o tenía, y los míos privados.

     El 14 de agosto entraron en Madrid las primeras tropas de las que habían triunfado en las provincias. Eran éstas valencianas y acababa de encargarse de mandarlas el general don Pedro González Llamas, hombre anciano. Venían entre ellas algunos cuerpos veteranos, con el vestido y orden del ejército español de aquellos días. Pero la mayor parte de los nuevos huéspedes vestían los holgados zaragüelles y traían la manta al hombro; y en la cabeza, cuyo pelo caía por los lados y espalda en largas, mal peinadas y sucias melenas, sombrero redondo con escarapela patriótica, cintas con lemas y muchas estampitas con imágenes de la Virgen y de los Santos. En general, el aspecto de aquellas gentes era singular, con algo de ridículo y mucho de feroz, y no valían más que sus trazas sus hechos. Entrados en la capital, se mezclaron con la parte peor de la plebe, cambiando en alboroto e inquietud la paz, aunque mal segura, antes reinante.

     Alternando los tales alborotadores en sus gustos, o hermanando los contrarios, ya atronaban los oídos con sus cantos y los sones de sus guitarras, ya se iban a los conventos de monjas a pedir oraciones y algunas estampas para sus sombreros y pechos. La voz de ¡mueran los traidores! solía salir de ellos interrumpiendo sus vivas. Al cabo súpose que habían cometido un asesinato hacia la plazuela de la Cebada, procediendo después a arrastrar por las calles el cadáver. Ignórase quién o qué era la triste víctima, contando sólo haber sido demasiado humilde para poderse averiguar la razón de su muerte. Acudió a contenerlos el general Llamas, y fue poco respetado y aun insultado, corriendo grave peligro de perder la vida a manos de aquellos malvados y locos. Acometió a la gente honrada y decente de Madrid terror igual o superior al que sentían bajo la dominación francesa. Circunstancias particulares, de que ya he hablado, aumentaban en mí los temores. Temblaba por el escondido Quilliet, y aun por mí mismo y los míos, pues sólo por esconderle bien podíamos pagar con la vida, justificándose nuestro terror con acordarnos de que en Valencia era donde en los franceses paisanos y no pertenecientes al ejército invasor, y hasta muchos de ellos domiciliados allí desde largo tiempo, se había hecho una horrorosa matanza. Al fin hubo de cesar el miedo, aplacándose la turba feroz, porque su rabia, sin objeto, tuvo que ceder.

     El 23 ó 24 fue la entrada de las tropas de Castaños. Hízoseles un recibimiento superior al que habían tenido las de Valencia, estimándose superiores sus glorias, si no por lo que eran en sí, por la mayor grandeza de los sucesos en que habían tomado parte, y por la sin par importancia de sus resultas. Fue grande el entusiasmo de los madrileños, aunque no igualó al manifestado en la primera entrada de Fernando VII, pero llegándole muy cerca. Con todo, harto más motivo de gozo y de soberbia debía causar a la población de la capital de España la gloria adquirida por el nombre español en Bailén, que el haber, por un alboroto en Aranjuez, mudado de dueño el trono; y más pesado y sangriento y afrentoso yugo, y éste de extranjeros, era el que acababa de sacudirse por una victoria, que el de un privado, aun siendo, como era, aborrecido. Pero los arrebatos no son hijos del cálculo, y en los madrileños hacía más efecto la presencia de un rey querido que la de un general o un ejército vencedor. Además, a Castaños era común no dar la alabanza de que era digno, intentando y consiguiendo la rivalidad tasarle y rebajarle los quilates de sus merecimientos. Fuera de esto, los soldados del ejército de Andalucía no tenían novedad que diese en rostro, pareciéndose a los que componían la guarnición de Madrid cuatro meses antes. Así, entre ellos eran quienes más curiosidad excitaban y más aplausos obtenían los lanceros de Jerez, que tenían un vestido andaluz, un sombrero calañés, a la sazón no usados por los madrileños, y las garrochas convertidas en lanzas terciadas, a uso de picadores de toros. Contábase de ellos que ensartaban a los franceses, sin que valiese a defender a los coraceros su armadura. Creíase esto y se celebraba, y sobre ello se preguntaba a los mismos aplaudidos jinetes, que respondían con sus acostumbradas jactancias y raro lenguaje figurado y acento gutural o ceceoso, dando con sus dichos grande entretenimiento.

     En el día 25 de agosto fue la solemne proclamación del rey Fernando, no llegada a tener efecto en los días corridos desde su advenimiento al trono hasta su viaje a Francia. Ninguna ostentación hubo en esta solemnidad, por no consentirla la estrechez de las circunstancias ni la premura con que fue dispuesta. Hubo alegría, pero estaban las gentes cansadas de alegrarse, siendo esta ocupación diaria en los días que de aquel mes iban vencidos. Quien más vivas llevó fue el conde de Altamira, porque se presentó a hacer su oficio de alférez mayor, poco después de haberse escapado por no hacerle alzando el pendón por el usurpador del trono.

     Pasábanse, en tanto, los días, y las prosperidades de nuestras armas no tenían aumento. Verdad era que había sido levantado ya, mediando agosto, el sitio de Zaragoza; pero, aunque con general satisfacción, sin asombro, porque después de la victoria de Bailén y de ser evacuadas por los enemigos las Castillas, tal suceso estaba previsto; aunque si se hubiere sabido bien a qué apuro estaban reducidos los zaragozanos, bien se habría temido que la caída de la capital de Aragón mezclase una grande amargura con el gozo dominante. Recogidos los franceses a la margen septentrional del Ebro, allí no había quien fuera a buscarlos como enemigo. Veíase ser cortas las fuerzas levantadas en España, faltar dinero para lo mucho que se necesitaba gastar, seguir mal avenidas entre sí las Juntas y reñido el Consejo con todas ellas, aparecer de difícil, o cuando menos de lejano logro, la creación de un Gobierno general del reino, siendo necesario y hasta urgentísimo tenerle. De todo ello nacía desazón y miedo. Las noticias de fuera de España no eran tampoco satisfactorias. Napoleón aparecía resuelto a vengar la afrenta recibida por sus armas, y a dar cima a su intento de sujetar a España a su poder, y en su propósito encontraba quienes de oficio le aprobasen y aplaudiesen todo cuanto había hecho y hacer pensaba, y ninguno, ni entre sus propios súbditos ni entre los Gobiernos extraños, salvo los que antes estaban con él en guerra, que mostrase disposición de suscitarle embarazos. Un solo incidente feliz, y más todavía que feliz glorioso, se presentaba como un rayo de sol iluminando un punto de una perspectiva triste, donde amontonadas negras nubes amenazaban tormenta.

     Parte del ejército español que, mandado por el marqués de la Romana, estaba en Dinamarca sirviendo en unión con los franceses, o a ellos sujeto, al saber los sucesos de su patria, había resuelto abrazar la causa común de los españoles y llevado a efecto su resolución con igual arrojo y habilidad que fortuna. Esto declaraba al mundo cuán uniforme era el modo de pensar de los españoles en punto a la guerra recién comenzada. Pero esto servía de poco si quedaba reducido a traer a España un número de soldados, aunque buenos, en corto número; y de ahí no pasó, por desgracia.

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