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En el año de 1809, tan fecundo en sucesos, atendía yo a los políticos y militares con el empeño ordinario de los españoles, pero sin tener parte activa en lo que ocurría. Leía mucho y de varias obras, pero sin hacer particular estudio de algún ramo. Empecé a traducir del original inglés la historia de la decadencia del Imperio Romano, por Gibbon, obra de mi singular predilección, y adelanté en mi trabajo hasta más de la mitad del primero de sus tomos, en la edición más corriente, en que consta de doce. Inútil es decir que esta versión no existe, habiéndose perdido el manuscrito con todos mis papeles. Además de la lectura común, me dedicaba a la de los periódicos ingleses. Traducíalos yo con increíble facilidad y corrección, de repente, por lo cual hacía de lector en varias concurrencias, siendo entonces muy buscados los escritos políticos de la nación nuestra amiga. Esto me llevaba a buscar el trato con los ingleses, y llegué a tenerle frecuente con los oficiales de su marina, de los que siempre había muchos en Cádiz, porque nunca faltaban navíos y otros buques de guerra británicos en la bahía, y con los del ejército, que solían venir allí en algunas ocasiones. Adelanté con esto bastante en hablar el idioma inglés. Al mismo tiempo mi familia, con las principales de Cádiz y las de Madrid y otros puntos venidas allí por los sucesos de la guerra, estaban en sociedad con los oficiales ingleses, siendo el principal entretenimiento en aquellos días lucidos festejos, ya en bailes de noche, ya en almuerzos y comidas que estos daban a bordo de sus buques. Mi trato particular era, además, con personas serias, de mucha más edad que la mía. De mis amigos antiguos, pocos estaban en Cádiz, y a esos seguía tratándolos, pero no con excesiva intimidad, no viviendo la Academia que antes daba motivo a andar juntos y a nuestras conversaciones. En suma, era mi vida sentada y de más gravedad que la correspondiente a mis años, no siendo de presumir que, quien a los veinte aparecía y era tan juicioso, hubiese a los veintisiete de precipitarse en excesos, aunque ponderados, no poco reprensibles, si bien hijos de grandes desdichas y de una situación por ellas creada, no disculpables ni aún por este motivo, que explica, cuando no haga perdonable, mi locura; en suma, aunque no de larga duración, bastantes a haber dado motivo a calunmias muy posteriores, de que ha salido mi concepto grave, aunque injustamente lastimado. Pero bien será corregirme de esta propensión mía de irme con el pensamiento más allá del punto en que estoy; falta de que pido venía a mis lectores, aunque sí con el sincero propósito, no con la firme esperanza de la enmienda.
He dicho que en los negocios políticos no tomaba parte activa, pero sí formaba mis opiniones sobre los que pasaban a mi vista o llegaban a mi noticia. En mi adhesión a la causa de la independencia, estaba firme; pero en mi esperanza de su triunfo, muy descorazonado. Al romper la primavera de aquel año, la guerra entre Austria y Francia la celebré; pero al saber sus sucesos, auguré mal de su fin; y creyendo, contra la general costumbre, las noticias ciertas y funestas que de allí venían, más de una vez hube de pasar por tibio patriota. Con las operaciones de nuestros ejércitos, en que alternaron aquel año bastantes desdichas con algunas felicidades, me sucedía lo mismo, que era creer lo malo y recelarme de ellas las peores consecuencias. En mi pasión a la nación inglesa no había menoscabo, y sí tal vez aumento; pero con todo, de la política de su Gobierno no era muy devoto, y culpaba al español cuando se mostraba demasiado sumiso a su aliado; viniendo a suceder que quien pasaba por antifrancés cuando el raudal de la opinión corría favorable a la Francia, era tachado de antiinglés cuando, mudadas las cosas, reinaba en todos los ánimos una parcialidad excesiva a la Gran Bretaña. Por último, en las disputas pendientes entre la Junta Central y sus numerosos contrarios, me ponía yo con mi intención, y aun en mis conversaciones, de parte de aquélla, a la cual consideraba en muchos casos injustamente vituperada, a pesar de sus yerros. Todos estos pensamientos hubieron de irme formando; y de lo que pensé de las cosas de entonces, se compuso, en gran parte, lo que pensé y lo que hice cuando vine a tomar en los negocios una parte más o menos activa. Era ya reformador, y deseaba la convocación de las Cortes; y porque en la Junta Central veía representado el interés de mi parcialidad, aunque algunas veces se allegase a la contraria, por eso la defendía o le deseaba próspera ventura.
Así fue llegando a su fin el año de 1809, en que habiendo hecho a fines del estío paz el Austria con la Francia, después de ser por ella vencida, y habiendo en noviembre llevado nuestros ejércitos completas y funestísimas derrotas, se presentaba con aspecto agorero de los mayores infortunios para la fortuna del Estado y también para casi todas las privadas.
Por este tiempo vino a ser amistad personal mía la que había existido por cartas durante algunos años con una persona célebre después en nuestra historia. Hacia los últimos días de 1809, o en los primeros de 1810, me estaba yo paseando por la calle Ancha, lugar el más concurrido de Cádiz y que entonces lo era en grado sumo; se llegó a mí un joven con trazas de forastero, de tez morena y grandes ojos negros y figura no común, y me preguntó si no era yo Galiano. Le respondí que sí, y él entonces, diciéndome que había tenido correspondencia sin conocerme más que por ella, me declaró ser don Francisco Martínez de la Rosa. Me di el parabién, de que se siguió un trato frecuente y amistoso. Hubo de interrumpirse éste en breve, por haber salido mi amigo a Inglaterra a pasar algunos meses, deteniéndose más en su viaje de lo que pensó al principio. Allí publicó algunos opúsculos, cuyo mérito, no corto para la edad del autor o para la época, aparecía a mi vista muy abultado. No menos admiraba su poema de Zaragoza, en el cual, ciertamente, hay belleza de estilo y dicción. Habíasele considerado digno del premio que prometió la Junta Central, en solemne decreto, al mejor que se presentara en competencia sobre un argumento que a la sazón empeñaba en grado altísimo los afectos de los españoles, y, sin embargo, era notorio que no había salido premiado, no por juzgársele inferior al asunto que trataba, en lo cual cabría disputa, sino por estar la palma destinada a otro ingenio, que siendo tanto cuanto grande perezoso, no quiso entrar en la competencia, como había prometido. Esta circunstancia desviaba entonces a Martínez de la Rosa, como a mí, de cierta pandilla políticoliteraria a que él, llevado por la fuerza de los sucesos, vino al cabo a asociarse, y en que correspondió por muchos años, hasta que posteriores acontecimientos la rompieron, o dígase la han roto en época no lejana, echando a diversas y aun opuestas filas de combatientes a los pocos que viven de entre quienes la componían.
En el último mes del año tuve yo un motivo de satisfacción, de donde también me vino un disgusto, y fue el de nacerme un hijo. Miré yo a esta tierna criatura con el afecto natural de un padre, y también con la ridícula vanidad que da el serlo, cuando apenas se pasa de ser un chiquillo; vanidad que en mí resaltaba más por ser todavía mis apariencias de muy joven, tanto, que por estar apenas poblada mi barba, vino muy a cuento la ocurrencia verdaderamente andaluza de un conocido mío, que me dijo, dándome zumba, que mi hijo y yo nos afeitaríamos por la vez primera en un mismo día. Pero como he apuntado, la circunstancia que produjo mi contento, me trajo sinsabores. Aunque esmerada y aun cariñosa mi madre en asistir a mi mujer, llevó su tesón, en este punto reprensible, hasta no consentir que viniese mi suegra a ver a su hija. Agregóse a esto lo que, pareciendo frivolidad, hubo de tomar carácter serio y dar motivo a disputas y disidencias. Daba mi mujer el pecho a su hijo, y habiéndosele abierto grietas que le causaban agudos dolores, se resistió a sufrirlos, aun a punto de dejar padecer de hambre al pobre niño recién nacido. Buscóse ama de leche de pronto, y no se encontró. Acudióse a la Cuna (nombre que allí se da a la casa de expósitos), y vinieron de allí varias nodrizas; mamó la criatura de varios pechos, y tomó sustento de harta mala especie, de que se siguió ponerse enfermizo y quedar desfallecido, aun con riesgo inminente de perder la vida. Mi madre, enternecida al ver padecer a su nieto, insistió con empeño y aun con dureza en que mi mujer diese una vez el pecho a en hijo, aunque tuviese que padecer algún dolor agudo. Este empeño manifestado produjo una negativa perentoria, y aun descortés, de parte de aquella a quien se hacía. Por la vez primera hubo palabras un tanto agrias entre suegra y nuera, estando antes contenidos algunos ímpetus de la mala voluntad que entre ellas no podía menos de existir. Refiero hasta esta menudencia, porque hablo de mi propia suerte, en la cual hubo aquélla de influir como uno de varios motivos. Encontrada al fin ama, siguió mi mujer en su convalecencia, y pasados ya bastantes días de su parto, respetándose ser el tiempo el de fines de diciembre y principios de enero, hubo de efectuarse su primera salida a la calle, que fue, como era natural, a ver a su madre, lo cual hizo llevada en silla de manos. A pocas horas, cuando esperaba verla volver, recibí una carta suya. Decíame en ella que había resuelto por el pronto quedarse a vivir con su madre; que no volvería conmigo hasta que le tuviese una casa donde viviésemos solos, pues conmigo, y no con mi familia, se había casado, y que de esta determinación nada podría apartarla. Es de notar que de su hijo, quedado en casa, no acordábase de hacer mención, como si no existiese. Imposible me es decir a qué punto llegaron mi sorpresa y mi enojo en lance tan inesperado. Que pretendiese mi mujer no vivir con mi madre, no era descabellado; pero en nuestras circunstancias de entonces pecaba de imprudente, y, además, el modo de hacer su pretensión la hacía inadmisible, por venir acompañada de una escandalosa fuga de su casa, y por seguir a casamiento del cual debía haber previsto que habría de sujetarla a algunos inconvenientes. Mi resolución, aunque tomada de pronto, si bien aprobada después por personas de respeto y talento con quienes me aconsejé, manifestó madura resolución, de que no habría cedido un ápice, aunque hubiese vivido siglos. Envié a decir a la fugitiva que, pues de mi casa se había salido, nada tendría que ver con ella hasta que volviese, y que, entre tanto, no tenía que esperar de mí auxilio o comunicación de ninguna clase. Algunos días se pasaron, firmes ambos en nuestro propósito. Mediaron algunos amigos, a los cuales intimé secamente que toda mediación era inútil, porque yo estaba resuelto a no ceder, pero sí a perdonar si hubiese sumisión completa de la parte venida a ser mi contraria. Pasáronse más días, que lo eran para mí de pena, pero que robustecían mi determinación inflexible. En esto un amigo antiguo mío me convidó a comer a su casa. Fui allí sin sospechar cosa alguna; apenas entré, noté que detrás de mí se cerraban las puertas que había pasado, y al llegar a la sala vi sentada, junto a la señora de la casa, a mi mujer esperándome. A tal vista, fue mi furor rabia ciega. Volví la espalda, encaminéme a la puerta; hallándola cerrada, golpeé, acompañando mis acciones con voces, de modo que mis descompuestos ademanes parecían de un loco. Fue, pues, forzoso abrirme la puerta y dejarme salir alborotado y presuroso, sin que hubiese mediado una palabra entre las dos personas a quienes se había tratado de reconciliar de una manera tan imprudente. Ya entonces se conoció que era equivocación achacar mi firmeza a influencia de mi madre, según era costumbre en mi mujer y en quienes de parte de ésta se ponían. Así, a los dos o tres días de este suceso recibí aviso de que mi enemigo, pues tal nombre podía dársele en este caso, quería capitular y aun entregarse a discreción, vista la imposibilidad de conseguir más suaves condiciones. En suma, me envió a decir mi mujer que había resuelto restituirse a mi casa, con tal que no fuese maltratada de palabra o gesto por lo pasado, pues de obra no podía ni temerlo. Prometíselo así, pero no hubo de quedar sin alguna pena, imponiéndosele, sobre las condiciones antiguas, una en verdad excesivamente rigurosa e irritante. Ésta fue que no viese a su madre. Lo peor en esta mala resolución era que no podía tener cumplimiento. Como se verá, no sólo no fue observada con rigor, sino que aflojándose este rigor primero, aun la entrada en mi casa, antes negada a mi suegra, al cabo de poco más de un año le fue concedida, sin que esto dispusiese mejor el ánimo de ella o de su hija o nos excusase las mayores desgracias.
Mientras estas cosas pasaban en mi casa, la suerte de España era fatal; y en la común ruina que amenazaba, también era de temer que nos cupiese gran parte. Habían invadido los franceses a Andalucía. Teniendo que huir, la Junta Central había quedado como disuelta en su viaje. En Sevilla, una sedición loca creó nuevo Gobierno, dándole el titular de España a la Junta antigua de aquella provincia, fantasma que nada duró, bastando a derribar cuerpos robustos el viento de la adversa fortuna, que soplaba con ímpetu desesperado. Cádiz se vio en peligro de caer en manos de los victoriosos franceses. En tal apuro, cuando apenas se sabía si el Gobierno de la nación española era vivo o muerto, o dónde estaban sus reliquias, pensaron los gaditanos en crear una Junta a uso de los españoles en horas de conmoción o de riesgos. Procedióse a la ejecución del proyecto formado con toda regularidad, no haciéndose por el pueblo en las calles, sino por votación ordenada en lugares de antemano señalados. Entre tanto, por varios medios, todos se preparaban a recibir al enemigo: en 1808, para aumentar las defensas que por la parte de tierra tenía la plaza de Cádiz, sin contar con las que presenta la isla de León en el paso del brazo de mar y vecinos caños que forman la isla llamada desde entonces Gaditana, había empezado a abrirse un ancho foso y a construirse una robusta muralla, compuesta de cortina y baluartes, por donde corre el arrecife muy ceñido por los opuestos mares de la bahía y del sur, tocando en ambos las dos propuestas y comenzadas fortificaciones. Pero estas obras habían adelantado poco, por faltar fondos para atender a ellas, en hora en que eran tantas las atenciones del Estado. Aunque la defensa verdadera de Cádiz no estaba allí, sino en las aguas de la isla de León y vecinas trincheras, con todo venía bien, para caso de una desgracia que aún admitía remedio, preparar una resistencia en aquel punto. Así, a acabar las obras acudió de pronto un número infinito de trabajadores, siéndolo todos los habitantes capaces de ejercitar sus fuerzas. Íbamos, pues, sin distinción de clases, a trabajar de continuo en aquellas faenas duras, que la novedad nos hacía llevaderas y aun gratas. No se ceñía el trabajo a construir, sino que comprendía el derribar, pues fue forzoso echar abajo las muchas casas de recreo que había en las inmediaciones de las murallas, para quitar toda especie de abrigo a los contrarios, si a ellas se acercasen dejando despejado el terreno para que le barriese con sus fuegos la artillería.
Era espectáculo vistoso el de aquella población numerosa, afanada en la obra de destrucción y construcción, sin dolerse de la primera ni repugnar la más dura tarea a los más delicados o perezosos. Formábanse tandas de las gentes entre sí conocidas; y como suele suceder en casos tales, imitábase con gusto en sus usos a los trabajadores, llevándose buenos ranchos, que se comían al aire libre, metiendo cada cual la cuchara en la caldera. Así, ya pasando de mano en mano espuertas de tierra, ya empujando carretones, ya manejando el pisón, en pocos días adelantamos mucho la obra de la cortadura, y adelantamos, digo, porque en la faena era yo de los más diligentes, no obstante la endeblez de mi persona.
Duró algunos días este ejercicio voluntario. Diósele luego más orden, disponiendo que unos días fuesen a él los de ciertos barrios, alternando en el servicio. Pero pronto entró el cansancio o el fastidio, y el mismo orden introducido en las tareas les quitó lo agradables, haciéndolas menos voluntarias. Por esto, en breve empezó a pagarse el servicio, en vez de hacerse con los propios brazos. Además, no hacía falta la diligencia, porque Cádiz estaba ya seguro, cuando menos, por largo tiempo. Fue, con todo, cosa que conmovió ver, el 5 de febrero de 1810, asomar por las alturas del cerro llamado de Buena Vista, en el camino de Jerez de la Frontera al Puerto de Santa María, desde donde se descubre a Cádiz, la caballería francesa. Bien es cierto que las líneas de la isla Gaditana estaban en pie de defensa tan respetable, que su expugnación parecía obra de suma dificultad, cuando no imposible. La llegada del duque de Alburquerque, con una división medianamente crecida, había infundido aliento, si bien, aun faltando este poderoso auxilio, estaba resuelto resistir al enemigo. Las fuerzas navales británicas y españolas eran numerosas, y su servicio, hecho con buen ánimo, daba completa seguridad a las baterías de tierra, que por todas partes tienen vecina el agua. Nada faltaba, pues, y nada se temía; y, sin embargo, hacía efecto en el ánimo la presencia de tropas enemigas en el punto más apartado de la frontera del Pirineo. Viose patente estar ya ocupada toda la Península por los invasores, y estar seguro y próximo a empezar un asedio de más o menos duración, pero largo sin duda alguna.
Este fue el primer efecto que produjo aquella vista; pero se borró de allí a poco, viniendo a hacerse ordinario ver a los franceses en la opuesta costa, donde, como es sabido, estuvieron algunos días más que treinta meses.
Por el mismo tiempo me alisté yo en los voluntarios de Cádiz. Hasta entonces no había querido llevar las armas en aquel cuerpo, juzgándole de corta utilidad, aunque de alguna. Pero creí que el decoro mandaba a los que estábamos en lo mejor de nuestra edad hacer algún linaje de servicio militar durante el sitio, bien que el nuestro fuera de poco riesgo, y reduciéndose a llenar dentro de las murallas de Cádiz el puesto que tocaba a los soldados, los cuales quedaban así libres para servir en las líneas exteriores. La vida de los cuerpos de guardia me agradó; pero si produjo algún mal efecto en mis costumbres, no las vició, como sucedía a otros muchos. En este caso, los que más perdieron en punto a buena moral y decoro en la vida y en lenguaje fueron los criados, liasta entonces con exceso de recogimiento, en quienes fue violenta la mudanza de hábitos.
Los míos, en general, durante el año de 1810, tuvieron poca variación. Vuelta mi mujer a mi lado, quedó dado al olvido el lance de su retirada de mi casa, en lo cual no había recibido mi honor la más leve ofensa. Tuvimos el disgusto de perder a nuestro hijo en la temprana edad de seis meses. Le lloramos, cuál más, cuál menos, y más que otros mi madre y yo; pero el dolor por su pérdida, aunque agudo, pasó pronto, no siendo posible que hubiese dejado recuerdos de aquellos que nunca se extinguen. Reinaba, pues, en mi casa la paz, amortiguándose los resentimientos pasados, y aun llegándose a cobrar afecto a los que antes se miraba con desvío.
Una amistad que formé entonces, y cuya duración fue bastante larga, aunque hubo de terminar en apartamiento y en pique, y si no en enemistad, poco menos, y que acabó en indiferencia, influyó en gran manera en mi vida y en mis opiniones, sintiendo yo su influjo más o menos en todo cuanto he pensado, dicho y hecho en épocas anteriores. Era el sujeto con quien contraje relaciones que vinieron a ser de estrecha intimidad don José García de León y Pizarro, conocido generalmente por este segundo apellido, y que entonces era secretario del Consejo de Estado, empleo de muy alta categoría. Era grande la diferencia de nuestras edades, contando él, a la sazón, cuarenta años, y yendo yo a cumplir los veintiuno. Uníamos, sin embargo, cierta conformidad de carácter, y la casualidad de que, habiéndonos encontrado en conversaciones de aquellas en que se mezclan y hablan los españoles con no corta dosis de familiaridad, aun conociéndose poco o nada, nos cobramos mutuo aprecio. Pizarro había empezado sus servicios, siendo muy joven, en la carrera diplomática, entrar en la cual había sido objeto de mis pretensiones, no abandonadas todavía enteramente. Después de pasar algunos años en Berlín y Viena, primero agregado a la legación y después como oficial de embajada, había venido a Madrid a la Secretaría de Estado, en edad en que aquellos días era raro ocupar un puesto estimado a la sazón de alta categoría y grave importancia. Continuando en su carrera, y habiendo servido algunos cargos fuera, sin dejar su plaza en la secretaría, había llegado a oficial mayor de la misma, según creo, siendo ministro don Mariano Luis de Urquijo. En la violenta caída de este personaje corrió peligro de ser envuelto; pero salió bien de tan mal paso, ayudado por la gran privanza cortesana de su madre, y por la suya propia, y usando de su destreza, acompañada de arrojo. Al fin había salido al empleo que tenía de secretario del Consejo de Estado, salida, según se decía entonces, de las ordinarias, y si no la mejor, poco menos.
Gozaba de la reputación de agudo e instruido, y la merecía, siendo más claro su entendimiento y más vasta su lectura que lo que le concedía el general concepto. También pasaba, y no sin razón, por travieso y algo calavera, siendo chistosísimo en sus ocurrencias, originalísimo en su modo de ver las cosas y en la conversación, sobre todo cuando disputaba; muy dado a galanteos, y también a relaciones de no buena clase con mujeres de mala nota. Tenía y hasta afectaba rareza en el vestir, pecando por descuido, aunque no por desaseo, lo cual, con el tiempo, vino a convertirse en desaliño, llegando a hacerse famosa una capa suya, que en los principios de nuestra amistad empezó a hacerse notable. Pizarro, con todas estas cosas, gustaba mucho en la sociedad, y muy especialmente a las mujeres, aunque distaba bastante de ser bien parecido, siendo de estatura pequeña, de no buenas facciones y de vista torcida. Por esto gozaba del privilegio, o, mirándolo de otro modo, de la desventaja de ser llamado todavía Pizarrito, a pesar de sus cuarenta años. Entre los hombres tenía bastantes enemigos que le vituperaban de ligero y maldiciente, cualidad esta última que mal se le podía negar, aunque lo gracioso de su maledicencia hacía que fuese recibida con gusto. Tenía, además, Pizarro, en la época en que le conocí, sobre su opinión, una nota que si bien a los ojos de alguno era de leve y ningún valor, no dejaba de tenerlo grande, en el sentir de la aleccionada muchedumbre. Había jurado fidelidad y obediencia a José Napoleón y a la Constitución de Bayona, bien que no como individuo particular, sino con el Consejo de Estado, al cual como secreta correspondía. A pesar de este juramento, prestado pocos días antes de saberse en Madrid los sucesos de Bailén, cuando evacuaron los franceses la capital de España, no tuvo Pizarro por conveniente seguirlos. Al presentarse Napoleón en las puertas de Madrid, en primeros de diciembre de 1808, Pizarro, como otros muchos, acudió a tomar parte en la defensa, y en la mañana del 4, cuando estaba resuelta la próxima entrega de la capital, escapó por la puerta de la Vega, teniendo que andar algunas leguas a pie, y vestido el uniforme de su empleo, con los pies calzados con alpargatas, y una manta, siguiendo así con fidelidad la causa de su patria, mantenida por el pueblo, y conservándosele fiel, aun en las horas de mayor apuro, no encubriendo, a los que le trataban con alguna confianza, su opinión de que al cabo lograrían los franceses vencer la resistencia de los españoles, y aun de que tal suceso sería para España feliz sobre manera. Oírle expresar sus temores, y más todavía su sentir en punto al temido triunfo de los aborrecidos invasores, disgustaba a los patriotas ardorosos y poco tolerantes, que con este motivo se acordaban del juramento que había prestado al intruso, y se olvidaban de que, pudiendo seguir en su servicio, se había venido al opuesto, obra de más mérito en quien calculaba que había abrazado una causa a la cual había de ser al fin contraria la fortuna. Contaré lo que me dijo en este punto, según su modo singular de declarar sus ideas. Preguntándole yo cómo era que vituperando él no por lo injusta, sino por lo perjudicial, la idea del pueblo español de no admitir por rey al hermano del emperador francés, y por otro lado teniendo por muy probable que vendría España a quedar sujeta a lo que miraba como un duro y afrentoso yugo, estaba, sin embargo, en Cádiz sitiada y no en Madrid entre los franceses y sus aliados. «Responderé a usted, me dijo, poniendo por ejemplo lo que habría dicho, haciéndoseme la misma pregunta, en ciertas circunstancias.
«Si en la hora de salir yo de Madrid a pie, entre peligros y con fatigas a la vista, se hubiese atravesado alguno, y deteniéndome me hubiese hecho la pregunta de adónde iba y qué me parecía de las cosas, mi respuesta habría sido: esto es una locura, la nación española no debía haber emprendido esta guerra, y, en fin, será funesta; pero déjeme usted ir, que pierdo tiempo, y tengo que seguir a perderme, porque la nación toda quiere resistir, y es obligación obedecerla y no estar entre las filas de sus enemigos.»
Tal era don José Pizarro. Corriendo 1810, dimos en pasear juntos, y muy en breve nos hicimos inseparables. Presentéle en mi casa, agradó sobre manera con su trato a mi madre, y no tardó mucho en ser mirado casi como de la familia. Una vez a la semana, cuando menos, nos acompañaba a comer. En suma, parecíamos un Orestes y un Pílades, hablando a lo clásico; extrañando las gentes que tan bien se aviniese un hombre de experiencia, ya muy distante de la juventud, aunque no entrado en la vejez, con un muchacho que, si bien marido y padre, empezaba entonces la vida.