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Memorias de D. Antonio Alcalá Galiano / publicadas por su hijo; prólogo y edición de D. Jorge Campos



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Capítulo XX

Noticia de la batalla de Salamanca y evacuación de Madrid.-Empeños frustrados con Pizarro.-Levantan los franceses el sitio de Cádiz.-Sale de la Regencia La Bisbal y le sucede Villamil.-El autor y Jonama fundan un periódico.-Carácter de esta publicación. Las Cortes confieren a Wellington el mando de todos los ejércitos españoles.-Publicación de las deliberaciones secretas.-Protesta de Ballesteros y resolución del Gobierno.-El autor censura en su periódico la resolución de las Cortes y defiende a Ballesteros dando fin a la publicación, cuyas tendencias aprecia.

     En esto, entre diversiones y peligros, llegaron nuevas de increíble felicidad. Los franceses habían llevado una completa derrota por el ejército británico en las inmediaciones de Salamanca. Según lo que se supo, no era la batalla de aquellas en que pueden disimular los vencidos el revés, pintándole como triunfo, o cuando menos como jornada de éxito indeciso, ni, según las apariencias, podían quedarse las resultas de aquel suceso en retirarse el derrotado algunas lenguas del campo de batalla y adelantar otro tanto o poco menos terreno el vencedor, suceso que en la guerra de la Península había sido muy frecuente en los pocos en que en batallas campales nuestras armas o las de nuestros aliados habían sido favorecidas por la fortuna. La fausta noticia llegó a Cádiz por mar en las horas del mediodía. Divulgóse, pronto y fue recibida con extremos de júbilo, dando motivo a las esperanzas más alegres, fundadas en esta ocasión mucho más que en otras iguales o parecidas. Siguióse celebrando el suceso con las correspondientes salvas de artillería. Respondieron a éstas los franceses con sus obuses; pero al atravesar las granadas el aire, las saludaba con silbidos y palmadas la numerosa concurrencia sobre cuyas cabezas pasaban, acudiendo la gente a las murallas aun dentro de tiro. Menudearon con esto las fiestas, aunque los enemigos hicieron lo mismo con sus fuegos. Hubo de estos artificiales en la ciudad sitiada, costeándolos el embajador de Inglaterra, en celebridad de la victoria ganada por las armas de su nación, bajo el mando de su ilustre hermano. Al mismo tiempo, en un tablado hecho cerca del mismo lugar adonde no alcanzaban las bombas, y vistosamente iluminado con música instrumental y vocal, se divertía a la gente y se celebraba el suceso, que producía la universal satisfacción. Estrenóse un himno que al intento había compuesto de pronto el conocido poeta don Juan Bautista Arriaza, composición ni mala ni buena, pero bastante aplaudida, si bien no por Martínez de la Rosa ni por mí, poco aficionados al autor y a sus versos, y a quienes él pagaba bien, en la misma moneda, la clase de afecto que nos merecía.

     También hubo sus coplas correspondientes, compuestas por los mismos cantores en el acto de cantarlas, las cuales, como era de suponer, eran muy inferiores al himno, y aun malas cuanto cabe serlo, pero recibidas con loco aplauso, por ser necedades que se avenían con el pensamiento de satisfacción que en todos los ánimos reinaba. Excusado es decir que en Cádiz, a la sazón llena de gente, era numerosísima la concurrencia que asistía a semejantes festejos, y que en ella era el gozo tan apasionado cuanto correspondía a las circunstancias. No tardó mucho en llegar la noticia de otro nuevo suceso próspero, consecuencia forzosa del primero. Madrid había sido ocupado por el ejército británico, después de haber estado sujeto al Gobierno del usurpador por más de tres años y medio, llevando el continuo yugo, si a veces con conformidad, nunca sin repugnancia ni sin esperanza de verle roto las clases inferiores de la población, y aun no corta parte de las superiores en sus varias categorías, pero no siendo ya cortísimo como antes el número de los que, o por gusto o por resignación, se hallaban avenidos con los franceses, y dóciles en obedecer al rey intruso. Llegó a Cádiz la noticia de estar la capital de España en poder de las armas aliadas, y por consiguiente en libertad, cuando estaba próxima a cerrar la noche. Al momento se vio la ciudad iluminada. El crecido número de los llamados madrileños, esto es, de los nacidos en Madrid y también de los que por su vecindario o empleo tenían antes de la guerra en la capital su residencia, entonces trasladada a Cádiz, dio suelta a su extremada y justa alegría. Acompañábanlos en ellos los gaditanos, próximos a verse libres de las molestias de un asedio, que no dejaban de ser graves, aun cuando distrajesen de ellas multiplicados y gratos entretenimientos. Siguieron así las cosas, acelerándose la época en que habían de retirarse los franceses de las inmediaciones de la isla gaditana y aun de toda la Andalucía, señal casi segura de que habrían de desistir de la conquista de España dentro de un término más o menos lejano.

     Esta felicidad pública, forzosamente, había de ser una misma con la de todos los particulares, cuya suerte estaba enlazada con la del Gobierno, al cual reconocían y servían. En este caso estaba yo, que tenía motivos para alegrarme, así como en la calidad de patriota, en la de empleado. No había, con todo, sacado de mis circunstancias todo el aprovechamiento que deseaba, o que aún debía prometerme.

     Habíanse creado entonces, según disponía la nueva Constitución, dos Secretarías del Despacho, o Ministerios, además de los anteriores, siendo uno el de la Gobernación de la Península, llamado en otros países del Interior, y otro el de la Gobernación de Ultramar, renovación del llamado en España de Indias, pocos años antes suprimido. Diose el primero a Pizarro, aunque no era destino muy propio de su carrera, ni aun de sus conocimientos. Tratóse de que éste formase su nueva secretaría. Como en la de Estado no me hallase yo bien, por la malquerencia de algunos, y como parecía que no vendría mal a mi amigo tenerme a su lado y a sus órdenes, díjose a Pizarro, hasta de parte de mi tío, que me propusiese para una plaza, que era un ascenso y no lo era escandaloso. Resistióse él con el mayor empeño. Escandalizó a todos su negativa, pero él la justificó, medio admitiendo yo la justificación por buena, contra el parecer de todos cuantos me rodeaban. Me decía que, habiendo emprendido una carrera, mudarla por otra no me estaría bien, especialmente estando en mis primeros pasos. A esto se le ponía por reparo lo singular e incómodo de mi situación; pero él insistía en que por lo mismo debía yo resistir hasta vencer la oposición que encontraba. Como yo le dijese que en mi cabeza sólo veía adelantos posibles saliendo de España, me prometió que, si era él destinado a alguna legación, me pediría para ser secretario de la misma. Ya se verá cuán mal cumplió esa promesa.

     Quedó, entre tanto, algo tibia nuestra amistad, pero no por mi parte. Él era quien se alejaba de mi trato. Verdad es que mi madre, más sagaz que yo, penetró su intención de desviarme de sí, porque no se dijese que yo le servía de mucho. De hechos iguales, de algún otro amigo íntimo, he hecho nueva dolorosa experiencia en el discurso de mi vida.

     En esto fue levantado el sitio de Cádiz. Fue alegre aquel día como pocos. Apresurábanse las gentes a embarcarse en botes para ir a visitar el abandonado campamento francés, en las cercanías de Puerto Real y del Caño del Trocadero. Había ansia de pisar la tierra del continente, de respirar el aire del campo, allí en verdad poco ameno. Fui yo junto con los oficiales de secretaría, pues, no obstante cierto desvío, se me trataba como a empleado diplomático; esto es, de un modo muy superior al que se usaba aún con los oficiales del archivo. Registramos, con las numerosas turbas, la a modo de población hecha por los enemigos para tener acampadas sus tropas; obra primorosa, pero hecha a costa del lindo pueblecito de Puerto Real, convertido en ruinas. También excitaban la curiosidad las baterías donde estaban los obuses, cuyos efectos habíamos estado por largo tiempo sintiendo. Al volver también por mar a Cádiz, todos los botes traían en el tope de sus palos algún manojo de hierba, como señal de que ya se había disfrutado de un recreo completo, negado a los habitantes de la isla gaditana por más de treinta meses consecutivos.

     Con la retirada de los franceses se abrió al Gobierno campo donde ejercer su autoridad. Ya estaba no poco malquisto con las Cortes o con los prohombres de ellas, cuyo voto casi siempre solía ser el del cuerpo entero. A poco, un revés vergonzoso de nuestras armas en Castilla, mandándolas don José O'Donnell, hermano del conde de La Bisbal, ocasionó un reñido debate en las Cortes, donde hubo quien tronase aun contra el regente, si bien los principales del bando reformador no tomaron parte en la contienda, sustentada contra el general por gentes de inferior nota de ambas parcialidades contrarias en el Congreso. Renunció el conde de La Bisbal su alto cargo en la Regencia, picado no de la resolución de las Cortes, pues ninguna hubo contra él o contra su hermano, sino sólo de las acusaciones graves hechas contra este último en el debate, y de haberse supuesto de él que disimulaba sus faltas, pudiendo y debiendo corregirlas.

     Más que de pena, sirvió a los regentes restantes de pretexto de queja perder a su colega. Entró a sucederle, por elección del Congreso, don J. Pérez Villamil, ganando esta elección los antireformadores; pues si el elegido, en su famosa carta al rey, impresa en 1808, había hablado de la necesidad de hacer una Constitución, en esta nueva época, recién vuelto de Francia, donde había estado prisionero, no sólo mostraba desaprobación a las recién hechas reformas, sino apego a la monarquía antigua. Por qué recayó en él la elección hecha por un cuerpo cuya mayor parte era de las opuestas opiniones, sólo se explica por la consideración de ser comunes contradicciones tales en nombramientos de personas hechos en secreto. Fuese como fuese, el nuevo individuo del Gobierno supremo atizó el fuego que en él ardía contra el Congreso, y también justificó en cierto grado que el cuerpo, hasta cierto punto depositario de la potestad ejecutiva, se empeñase en una contienda, aunque sorda, continua, con aquel de quien recibía incesantes provocaciones.

     Aunque nada aprobador yo de los actos del Congreso, menos lo era de los de la Regencia, no obstante ser parte de ésta mi tío, cuya casa había dejado de frecuentar. Lo más extraño es que el ministro Pizarro tampoco era muy parcial del Gobierno, al cual servía. A pesar de que mi amistad con éste distaba mucho de ser lo que era en los anteriores tiempos, aún le conservaba yo grande aprecio y afecto, y todavía él seguía conmigo en aparente amistad, aunque en menos constante trato. Por aquel tiempo nuestro común amigo Jonama, hecho oficial de la Secretaría de la Gobernación, y yo, perenne en mi puesto de agregado a la Secretaría de Estado, discurrimos escribir un periódico diario, del cual tenía Pizarro conocimiento. Le pusimos por título El Imparcial, y nuestro plan fue el siguiente: hasta allí estaban divididos los escritores y diputados, y todos cuantos hombres atendían a los negocios políticos, en dos parcialidades, llamadas comúnmente de los liberales, la una, y de los serviles, la otra, haciéndose entre sí cruda guerra. Señalábase la liberal por lo obediente a sus caudillos, a quienes miraba con admiración, a la par que con ciego respeto, aprobando cuanto hacían las Cortes, donde su bando predominaba.

     Nosotros, profesando las doctrinas de esta secta liberal, y a veces extremándolas, si bien en otras raras ocasiones quedándonos cortos, hacíamos gala de no seguir ciegamente a los hombres cabezas del mismo bando, y de tacharles mucho y con dureza algunos de sus actos, sin respetar varias resoluciones del Congreso. Mirábamos a la Regencia con aversión, y en varias ocasiones no lo encubríamos. La novedad de nuestro propósito, fielmente ejecutado, admiró y no agradó. Pocos, si acaso algunos, podían comprender que hubiese hombres, no siendo serviles, capaces de tratar con irreverencia a Argüelles y consortes, o con desaprobación las deliberaciones del soberano Congreso. Fulminóse, pues, contra nosotros un fallo, declarándonos serviles; pero como nuestras máximas distasen infinito de la secta de que se nos suponía, túvose por cierto que éramos serviles embozados. Siendo ya esto último difícil de sustentar o de creer, algún censor más agudo descubrió que éramos ministeriales. Como Pizarro era ministro y seguíamos en estrecha unión con él, la acusación podía parecer justa; pero, por una rareza de los tiempos, nuestro amigo el ministro, aun siéndolo, no era ministerial, pues ni obraba acorde con sus compañeros, cosa entonces no necesaria, ni con el Gobierno a cuyo servicio seguía. Fuese como fuese, la voz ministerial era nueva en España, y desde luego sonó feamente, resultando de ello, al crédito de nuestro Imparcial, gravísimo perjuicio. Por nuestra desgracia, en un artículo escrito por Jonama, harto más profundo en materia de derecho político constitucional que lo eran los escritos españoles de aquellos días, al expresar las diferentes calidades que debían tener los cuerpos depositarios de la potestad legislativa y los de la ejecutiva, se afirmaba que los miembros de los primeros debían mudarse con frecuencia, al paso que los gobernantes deberían ser eternos. Tal aserto desvaneció todas las dudas, y se nos tuvo firmemente por contrarios al proyecto de variar la Regencia, proyecto abrigado ya por muchos, y aun abogado en algunos escritos para dar asiento a quienes le iban madurando en las Cortes. Fuera de estas acusaciones, tenía nuestro Imparcial poquísimos que le leyeran. No solía gastar personalidades, ni traía noticias, y era, aunque a veces agudo y profundo, en lo general pesado, aunque hueco.

     En aquellos días gozaba del aura popular por excelencia, un periódico titulado La Abeja, distinguido por personalidades malignas; y si en algunos casos ingenioso y chistoso, por lo general mal escrito, y en punto a doctrinas, pobre e ignorante. Excusado parece decir que este periódico nos hacía guerra, creyéndonos parciales de los ministros, y aun de los regentes, y profesando a estos últimos enconado odio.

     Un suceso notable, que trajo consigo otros varios, ocurrió en aquellos momentos. Estando pendiente la campaña, y siguiéndola todavía el general británico con próspera, aunque sólo con mediana fortuna, después de la victoria llamado por sus paisanos de Salamanca, y por los españoles y franceses de los Arapiles, y después, también, de su ocupación de Madrid, tratóse en las Cortes de darle el mando supremo de todos los ejércitos españoles, al cual coadyuvaba la Regencia, parcial, celosa, del Gobierno británico. Celebráronse sobre este punto varias sesiones secretas; mediaron oficios, y pararon las deliberaciones en darse al afortunado y hábil caudillo de las fuerzas aliadas, la autoridad de disponer de las españolas. No bien fue tomada esta resolución en secreto, cuando fue publicada en La Abeja, juntamente con todos los documentos que para la decisión de tal materia habían sido leídos en las Cortes, sin exceptuar los oficios que estas mismas habían escrito reservados, como lo era todo aquel negocio. Sobre ello hubo acusaciones y averiguaciones en punto a la entrega de aquellos papeles a los periodistas, y por fin declaró habérselos dado el diputado americano Mejía, hombre igualmente célebre por su ingenio y por su no menor travesura.

     Nada hizo el Congreso sobre este asunto. Una voz se levantó recia y destemplada contra semejante revelación, pero fue poco atendida, acarreando al que la alzaba terribles denuestos. Era éste don Pedro Labrador, al acababa de nombrar la Regencia, secretario del Despacho de Estado, desempeñando, desde la renuncia de Pizarro, interinamente por Pezuela. Labrador gozaba de alto concepto como personaje de talento, de instrucción y de entereza; reformador antiguo, y señalado en época novísima por haberse portado dignamente cuando se le dio parte en los tratados entablados en Bayona para lograr del rey Fernando la renuncia solicitada por Napoleón; pero subido al elevado puesto de que era reputado digno, desde luego pareció torpe, nimio, de soberbia y arrogancia tales, que pisaban los límites de la fatuidad y de singular pedantería; siendo de notar de este sujeto que, según fue entrando en edad y desempeñando varios graves cargos, desmintió por voto casi general su buena reputación antigua, y confirmó su mala fama moderna en su conducta política, violentísima y desacertada. En la ocurrencia de que ahora voy tratando, tenía razón en la sustancia, y se la quitó por las formas de que hizo uso, mandando poner en la Gaceta del Gobierno un artículo sobre la publicación de los documentos de que se ha hablado, en términos de una arrogancia insufrible. Cayeron sobre él mil escritorzuelos, desatinando casi todos, pero acertando en afear, a veces no sin gracia, en el ministro escritor, lo excesivo de su soberbia.

     A más grave lance dio origen haberse conferido el mando de los ejércitos españoles al general de los ingleses. Mandaba una división corta al principio, pero ya crecida, hasta ser un mediano cuerpo de ejército, el general Ballesteros, que a la sazón estaba con lo principal de sus fuerzas en la ciudad de Granada, teniendo repartidas algunas por Andalucía. Había sido este general un ídolo del vulgo, y aun en la milicia tenía no pocos acalorados parciales. En los principios de su carrera, habiendo vuelto a la militar desde la del resguardo, recién empezada la guerra, había sido vergonzosamente sorprendido en Santander, dejando muertas, prisioneras o dispersas todas las tropas puestas bajo su gobierno, y escapándose él por mar, solo o muy poco acompañado; pero después había alcanzado algunas ventajas sobre el enemigo en varias partes de España, y desde mediados de 1811 seguía en las provincias meridionales, ahora en el condado de Niebla, ahora en Algeciras y las vecinas tierras y campiña inmediata a Gibraltar, donde después se trasladó guerreando con grande actividad, con varia fortuna y con fama muy superior a sus merecimientos, aunque estos no eran cortos. Era valiente, diligentísimo, ignorante, presuntuoso, y con todo eso no falto de cierta habilidad en más de un punto, pues fue feliz en algunas de sus operaciones; súpose darse a querer de los soldados y de no pocos oficiales, y acertó a cobrar una fama superior a la de todos los generales de España, e igualada sólo por la de algunos guerrilleros, con quienes tenía semejanza; fama apenas menoscabada porque no la creyese justa un corto número de jueces entendidos. Ponderaba mucho sus ventajas, y aun las fingía cuando no las alcanzaba, y hasta calificaba de tales algunos cortos reveses. Valíase de un lenguaje vulgar, y en una ocasión dijo en un parte que «había ido cazando a los enemigos como conejos».

     Ello es que con esto agradaba. Así, cuando al pasar del condado de Niebla y Algeciras, se detuvo algunos días en Cádiz, acudía la gente ruda a mirarle como un portento, o como a hombre que se hubiese señalado por hazañas insignes, aunque entonces ni siquiera había tenido algunos buenos sucesos que en algo justificaran su nombre. El dicho común era que no sabía táctica, pero que sabía matar franceses; como si lo primero fuese otra cosa que la ciencia de hacer más daño a sus contrarios que el que de ellos se recibe. Una vez en Algeciras Ballesteros, y habiendo sorprendido a un general francés, y puesto el vencido fin a su vida por sus propias manos, por despecho que tuvo de su derrota, creció mucho en nombradía y en soberbia. Un personaje tan encumbrado en aquellos días, por fuerza había de mezclarse algo en la política, y así lo hacía; pero sin tomar partido fijo, o claro, en la gran contienda pendiente entre las parcialidades de liberales y serviles. Su único objeto era pasar por independiente de todos a quienes creyera sus inferiores, incluyendo en este número a los demás generales, a las Cortes y a los regentes, así los presentes como los pasados. De persona fidedigna he oído que estando en el mando de su ejército, como viese delante de sí unos árboles muy gruesos, exclamó que eran buenos para colgar de ellos a los regentes. Tal era Ballesteros en los días a que me voy ahora refiriendo.

     La noticia de haber sido nombrado para mandarle, así como a todos los ejércitos españoles, un extranjero, no obstante estar condecorado con la dignidad de capitán general español, y Grande de España y duque, lastimó sobre manera su orgullo. Así, representó contra lo resuelto por las Cortes en términos violentos y aun propios para infundir recelo de que las destemplanzas por escrito fuesen sucedidas por actos de más seria y temible desobediencia. Portóse la Regencia en este caso con vigor y tino, y enviando al lado del general desobediente a un brigadier provisto de órdenes oportunas, y con la seguridad de ser ascendido a mariscal de campo si salía con felicidad de su comisión, logró que Ballesteros fuese separado del mando, sin alboroto ni resistencia, y enviado a Ceuta en calidad de preso. Estando en Córdoba algunos cuerpos del ejército del mismo general, hubo en ellos oficiales que intentaron causar algún desorden; pero fue reprimida su tentativa, dándoles leves y poco duraderos castigos.

     La conducta de Ballesteros había sido muy vituperada por los liberales. No así por mi pandilla, con la cual estaba yo acorde. Antes éramos muy poco devotos del mismo general; pero llevamos a bien su repugnancia a dejarse mandar por los ingleses, punto en el cual pensábamos y hablábamos, y aun hablábamos nosotros, poseídos por el más desvariado fanatismo. Así, en El Imparcial, por común acuerdo de mi colega y aprobantes, escribí yo medio defendiendo al general y vituperando lo hecho por las Cortes en el discurso de aquel negocio relativo al general británico, bien que vituperaba más los trámites seguidos para dar tal disposición que la disposición misma.

     Fuese como fuese, mi artículo era poco claro; y a fuerza de querer ser imparcial, como prometía el título de mi periódico, poco o nada concluía. Gustó, sin embargo, mucho, y se despachó bien el número, cosa que no había sucedido a los anteriores. Sin embargo, con este trabajo, que tan bien pareció, dio fin decoroso a su breve y no lucida existencia nuestro Imparcial, que, como el cisne imaginado por los poetas antiguos, sólo cantó bien, o sólo cantó a gusto del público, en la hora de su muerte. En el mismo número en que trataba la cuestión de Ballesteros, anuncié yo el fin de mi periódico en términos festivos, confesando que moría gracias al corto número de nuestros suscritores, o, por decirlo con verdad, al crecido número de los no nuestros suscritores.

     Mal me salió mi primer tentativa de periodista, en que después me he ensayado tanto, alguna vez con fortuna. Hoy que lo pienso, no creo que mereciese mucho El Imparcial; y, sin embargo, para mezclar lo vano con lo humilde, creo que distaba mucho de ser despreciable, pero que pecaba por no dar el menor entretenimiento. Jonama, más vano que yo, tenía mejor opinión de él en tiempos bastantes posteriores al de su existencia, y decía que había sido el principio, aunque no conocido, del partido que nació y vivió desde 1820 hasta 1823, con el título de exaltado. No creo que acertase en este juicio, aunque sí que no iba en él errado del todo, por no caber error completo en un entendimiento claro y agudo como era el suyo, cuando apenas cabe en los ignorantes y torpes. La idea de rebelarse contra Argüelles y los demás capitanes de la hueste liberal, y de empezar y llevar adelante la rebelión proclamando sus mismas doctrinas, y no las contrarias, fue la de nuestro Imparcial, nacido y muerto con el mes de septiembre de 1812, y la del bando exaltado en 1820, a cuya formación tuve yo la honra o la desdicha de contribuir en gran parte. Pero se diferenciaba mucho de la primera época la segunda, y de las circunstancias de ésta, más que de otras comunes a todos los tiempos, tuvo su origen el interés y aun el cuerpo de doctrinas del bando que llevó el nombre de exaltado.

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