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Regreso de su padre.-Viaje a la corte.-Presentación a los ministros de Hacienda y Marina.-Nacimiento de su hermana.-Grave enfermedad, en que está a punto de sucumbir.-Estado de los ánimos en la corte.-Convalecencia.-Afición creciente a la lectura y primeros libros que maneja.-Obtiene gracia de cadete de Guardias españolas.-Salida de Madrid para la isla de León, y causa que la motivó.
Vuelto a la isla de León, había yo cumplido cinco años y aún un mes o dos más, cuando regresó mi padre de su largo viaje. En él se había distinguido no poco. Había trabajado una Memoria sobre un descubrimiento suyo de un método de hallar la latitud de un lugar por dos alturas de sol; y si hay quien pretenda que, sin haber él comunicado su pensamiento, otros al mismo tiempo le tuvieron, mal se puede negar que aún eso siendo, sólo acertó por su parte con lo que otros, por lado diferente, acertaron, había con esto y otras cosas aumentado su fama de astrónomo y marino. Dejando de completar su viaje alrededor del mundo, había sido enviado desde las costas del Perú a las occidentales de Méjico a una expedición cuyo mando se le encargó, la cual tenía por objeto buscar el paso del Atlántico al Pacífico por un estrecho llamado de Juan de Fuca, a que había dado nombre el de un navegador antiguo, no de los de renombre más alto, paso buscado en balde por allí, como después lo ha sido, aunque con mejores probabilidades sin fruto alguno, por hábiles navegantes modernos. Llevó mi padre a esta comisión dos goletas, la Sutil y la Mejicana, mandando él una y llevando ambas a sus órdenes, al paso que el mando inmediato y subalterno de la segunda fue dado al capitán de fragata don Cayetano Valdés, sobrino del bailío don Antonio Valdés y Bazán, ministro que era de la Marina, muy querido de su tío, y que empezó entonces a adquirir fama que después supo dilatar y remontar a bastante altura. Aunque este viaje, cuya relación está dada a luz, no trajo provecho notable a las ciencias, sirvió de aumento al concepto de mi padre.
Volvióse éste atravesando por tierra el virreinato de Nueva España; y después de pasar algunos días en Méjico, su capital, de cuya grandeza quedó prendado, siguió a Veracruz, donde, embarcándose, tardó poco en pisar el suelo de su patria. Vile yo como extraño, y como tal me hubo él de ver, porque cinco años contados desde los ocho días de nacido, son tan largo período, que en él se ha formado una existencia. Presentóme a él mi madre con orgullo, enumeró mis méritos y dotes adquiridas, ponderó mi instrucción, no corta para mis años, y esperó de su marido aplausos sin mezcla de censuras al encontrarse con un niño tan sabio. Pero mi padre, sin dejar de aplaudir mis progresos intelectuales, hubo de notar que en la parte física me hallaba yo pobre y endeble, con trazas de «para poco», si ya no de enfermizo, tampoco de sano; en suma, como una planta falta de fuerza, por haber carecido de aire. Le dolió mucho verme en tal estado, y pecando por el extremo opuesto al que había llevado a dar atención excesiva y casi exclusiva a mi adelantamiento intelectual, no sin admiración ni aun sin algo de disgusto de mi madre, manifestó, o cuando menos apareció tener en poco mi instrucción desproporcionada a mis años, y aun dijo que era su deseo que yo soltase los libros, que me diese a jugar al aire libre, a correr y hasta hacer diabluras, y que si fuese necesario, tomase un palo y rompiese cuanto encontrase delante.
Me han contado que yo, cediendo a los impulsos ignorantes de mi corta edad, más que a mi ciencia temprana, fui a tomar tan a la letra el paternal precepto, que asiendo un palo me encaminé a romper con él un espejo, alegando, cuando se me reprendió e impidió poner por obra mi intento, que obraba por complacer y obedecer a mi padre. El nuevo método de crianza que éste había discurrido para mí no pudo, sin embargo, ponerse en práctica. Le llamó muy en breve a la corte una orden superior, y hubimos de separarnos otra vez, cuando tras de tan larga ausencia habíamos llegado a reunirnos. Recobré, pues, mi vida pasada, a la cual, por otra parte, había yo cobrado afición, entreteniéndome más la lectura que juegos de niños en que no tenía compañeros ni me mostraba por otra parte muy aventajado.
Pocos meses después habían corrido cuando una disposición de mi padre fue causa de que nos trasladásemos mi madre y yo a la corte, donde era de esperar que fuese larga nuestra residencia. Había dispuesto por aquel tiempo el Gobierno hacer buenos mapas de España, semejantes a las cartas marítimas de Tociño, y muy superiores a los que existían hechos por el geógrafo don Tomás López, obra a todas luces incompetente. Mi padre, por el alto concepto de que gozaba, y también por el valimiento en que estaba su hermano don Vicente, fue el encargado de dirigir tan importante trabajo. Le ocupaba también el cuidado de publicar su Memoria ya citada, sobre hallar la latitud de un lugar por dos alturas de sol, y otra sobre hallar las longitudes en el mar, estando muy ufano del descubrimiento que había hecho, explicado en la primera, y prometiéndose de esto ventajas a la ciencia y aumentos de consideración a sí propio.
Verificóse nuestro viaje a mediados de abril de 1795, contando yo, por consiguiente, poco menos que seis años. Iba yo muy engreído de mí mismo, como es natural en tan pocos años, y oyéndome celebrar tan fuera de medida, y no menos vana de mí estaba mi pobre madre. Hasta me atrevía a hacer versos, y me acuerdo de que durante nuestro viaje, habiendo en un día festivo llegado tarde a la posada y estando mi familia pesarosa por creer ya difícil oír misa, como se expresase esperanza de poder todavía conseguir esto último, metiéndome yo en la conversación, salí con la siguiente cuarteta:
| Ni los clérigos querrán | |
| decir misa por la tarde, | |
| pues no es cosa regular | |
| sin que la Iglesia lo mande. |
Admiróse y conservóse en la memoria tan pobre coplilla, en verdad no del todo propia de un niño de cinco años y medio, pero tampoco asombrosa aún para mi edad, habiendo ejemplos, si bien pocos, de muestras de superior capacidad aún en más tiernos años.
Terminó por el pronto nuestro viaje en Aranjuez, donde a la sazón residía la corte, como solía por la primavera. Recibiéronme allí mi padre y su hermano y mi tío don Vicente. Este último, que entonces, siendo oficial de la Secretaría del Despacho de Hacienda, tenía tal influjo con el ministro del ramo, don Diego Gardoqui, que dirigía todas las operaciones del Ministerio, me cobró el más tierno afecto, y siendo hombre, como ya he dicho, de vasta lectura y poco mundo, empezó a mirarme como a un portento. Presentóme al ministro, que también me acogió con singular aprecio y cariño, concediéndome grandes libertades en su casa y mesa, a que era admitido con frecuencia, no obstante mis pocos años. Creció con esto mi vanidad, que hubo de ser verdaderamente ridícula. Quien se acuerde o tenga noticia de lo que eran en aquellos días los ministros, tan diferentes no sólo en poder, sino en representación y consideración de los de la hora presente, bien puede hacerse cargo de cuánto envanecería y ensoberbecería a un chiquillo verse pisando con tal soltura las superiores regiones cortesanas. Así, lo que puede decirse aurora de mi vida, prometía que su mediodía fuese brillante y aun tranquilo y cómodo, y lleno de dignidad su ocaso. Harto diferente ha venido a ser mi destino, tocándome vivir en épocas revueltas y calamitosas, donde si he alcanzado algunas prosperidades y aun glorias han sido cortas y fugaces las primeras, y muy disputadas las segundas; compensándose ambas con grandes trabajos y padecimientos, y resultándome una vejez llena de amargos desengaños y de pesares, en gran parte no merecidos, tan menoscabada mi fortuna, que bien puede decirse impropia, no ya de mi posterior elevación, sino de lo que debía esperar para el último período de mi vida en la hora de mi nacimiento.
Pasado algún tiempo en Aranjuez, nos trasladamos por pocos días a Madrid con la corte, y con la misma pasamos en breve al Real Sitio de San Ildefonso, donde estaban los reyes todos los veranos. Seguía yo en tanto gozando de cierta celebridad. El bailío don Antonio Valdés, ministro de Marina, de quien, como oficial de la Armada, dependía mi padre, un día le manifestó deseos de conocer a un chiquillo de cuya viveza y saber tanto se hablaba. Me llevó mi padre a presencia de este personaje, que, siendo orgulloso, seco y hasta desabrido, y habiendo declarado deseos de conocerme sólo por movimiento de curiosidad pronto olvidado, me recibió con entono y distraído, no más que como debía mirar a un juguete, quien tenía puesta la atención en muy superiores cuidados. Fue cosa de risa cómo se ofendió mi vanidad pueril de tal recibimiento. Sabedor de ello el ministro Gardoqui, no muy afecto a su colega, se divertía en hablarme de este asunto, y aún me hacía que remedase al bailío en su postura, ademanes y palabras, al tiempo de recibirme, cosa que ejecutaba yo con gusto, acompañando mi remedo con necios vituperios al ministro de Marina, no sin risa de los que presenciaban tal escena, y para divertirse me azuzaban. Cuento estas anecdotillas por lo que hubieron de influir en formar mi carácter.
En los pocos días de mi residencia en Madrid me nació una hermana. Era para mí gran pena que la ausencia de mi padre por más de cinco años me hubiese privado del gusto de tener hermanos. Cumplióseme éste entonces, y sólo me resta decir que tuvieron después mis padres dos hijos varones, los cuales murieron ambos de corta edad, no habiendo cumplido ni un año el último, y cuando estaba cerca de cumplir tres el antes nacido. Quedamos, pues, solos mi hermana y yo, viviendo esta última, aunque apartada de mí por residir en tierra extraña, en la hora que escribo estas MEMORIAS. Residiendo yo en La Granja, o dígase en el Real Sitio de San lldefonso, una enfermedad aguda, producida, según las apariencias, por una insolación, me puso casi a las puertas de la muerte. Lloraba tanto cuanto mis padres mi tío, creyendo malogrado un fruto en cuya conservación tenía él vivo y tierno empeño. Pasó pronto el peligro, aunque grave, pero no recobré cabal salud, y aun, como diré después, una enfermedad lenta dio a creer casi seguro el término de mi vida dentro de breve plazo.
Por aquel tiempo se ajustó la paz entre Francia y España, paz venida a ser necesaria, aunque mal hecha, corriendo sobre esto rumores probablemente calumniosos en todo o en parte respecto al ministro y privado de Carlos IV. Era éste, como todos saben, el famoso don Manuel Godoy, duque de la Alcudia, creado entonces Príncipe de la Paz por haber concluido el ajuste a que me voy refiriendo. Era el tal ministro generalmente odiado, y mucho más que lo que merecía, no obstante sus desaciertos; y participaba la reina, su querida y autora de su elevación, del desconcepto y aborrecimiento general de que en grado superior era digna. Mi tío, aunque empleado celoso y sumiso y hombre de tan poco trato que compartía el tiempo entre su bufete y el retiro de su casa, murmuraba del Gobierno como casi todos en aquella época, y tal vez más que muchos, por ser, como llevo dicho, republicano en teoría, aunque fiel servidor del Estado en la práctica. Sus conversaciones, oídas y contadas, es fama que fueron causa de que no se le diese el Ministerio de Hacienda después de dejarle Gardoqui, juzgándosele generalmente superior a otro alguno en España en capacidad y conocimientos para desempeñar semejante destino. Acudió también, por este tiempo, al Real Sitio mi tío don Antonio, muy joven aún y alcalde del crimen en la Chancillería de Valladolid, el cual, siendo de las mismas ideas reformadoras y democráticas que su hermano, extremándolas más y hermanando con esto tener condición más fogosa y hábitos independientes de magistrado, en vez de los de cortesano, no andaba parco en sus censuras del Gobierno y de la corte. Mi madre, entendida y dada a ocupar su atención en los negocios públicos, aunque de doctrinas ciertamente no democráticas ni innovadoras, tampoco se quedaba corta en censurar a la reina y al valido, porque estos últimos eran ambos blanco de odios nacidos de diversas y aun encontradas causas, habiendo conformidad en vituperarlos en quienes en todo lo demás estaban entre sí disconformes. Sólo mi padre, atento a sus tareas científicas, nada o poco se mezclaba en conversaciones sobre política. Oíalas yo, aunque tan niño, con la atención propia de chiquillo adelantado y presuntuoso, y en ellas empecé a beber la aversión al Gobierno, general entonces en casi todos los españoles. Los que no han alcanzado otra época que la presente suelen figurarse que la oposición no existe, faltándole los medios por donde ahora se declara y obra. Verdad es que había entonces más respeto y sumisión a toda clase de autoridad no sólo en lo aparente y externo, sino en lo real y verdadero y en el trato íntimo y aun en el interior de las propias conciencias. Pero los excesos de la reina, y sobre todo sus liviandades, aunque en los actos de la corte no faltase al decoro, habían menoscabado mucho el concepto en que antes eran tenidas las reales personas. Esto sin contar con que aún en los días del venerado y amado Carlos III murmurar de los ministros y aun maldecirlos en conversaciones privadas era ocupación de no pocas personas, y, en general, entretenimiento sabroso; pero en la época de que voy tratando, otras cosas tenían ofuscado el lustre y debilitado el poder del trono, aún cuando se ostentase con todo su antiguo brillo y apareciese con su robustez constante. Los sucesos de la vecina Francia habían manifestado cuán fácil era tronchar los cetros en la apariencia más fuertes, y reducir a los reyes a condición peor y más afrentosa que la de los súbditos más humildes. Lo que pasaba en España entre desórdenes de la reina, debilidad y descuido del rey y soberbia de un privado, demostraba que la autoridad real puede, por culpas de quien la ejerce, desdorarse a sí propia e irse achicando y enflaqueciendo hasta causarse daño igual o superior al que nace de la oposición más violenta, o aún de rebeliones declaradas. Estas consideraciones son en verdad una digresión, porque no las hice yo, ni es de creer que las hiciese, ni aún ocurriríanse a hombres hechos, aunque fuesen de los agudos e instruidos, en las horas a que me voy en estos instantes refiriendo. Baste decir que en los días de que trato, maldecir al Gobierno era general costumbre, a la cual daba él bastante motivo, y que yo aprendí a hacerlo desde luego, reservando para época posterior y muy diversa dar a mi oposición otro carácter que el de meras maldiciones.
A una cosa me referiré, porque pinta las costumbres de aquel período. No fue lo que menos ofendió en el valido que tomase el título de príncipe. No los había en España, fuera del de Asturias, heredero de la corona; y si uno u otro español de ilustre casa llevaba este título, era por serlo del Sacro Romano Imperio. Al primogénito del rey, que entonces contaba escasos once años de edad, desde luego, y más todavía andando el tiempo, pareció la nueva dignidad conferida al ministro y privado de sus padres una pretensión insolente de ponerse a la par con la Real Familia, idea que fue común a los cortesanos y al vulgo, lo cual, a su vez, aumentó en el alto personaje de quien trato la celosa desconfianza que él por propio impulso, o con inspiración ajena, bahía concebido.
Volviendo a mí, diré que, después de haber pasado con la corte a San Lorenzo del Escorial, hube de venirme de allí a Madrid antes que se viniese el Gobierno. Seguía yo residiendo en la capital con medianas conveniencias y aún con el regalo de coche propio mantenido entre mi padre y mi tío, con casi segura esperanza de que continuara siendo próspera nuestra suerte. Pero en la mía personal hubo una desdicha que la prometió mayor, la cual fue, como poco antes he dicho, venir mi salud a un estado muy lastimoso. Sin causa aparente tenía casi sin interrupción calentura, de que se siguió enflaquecer sobre manera y perder las fuerzas hasta estar casi postrado. Por fortuna no se notaba que tuviese dañado el pulmón u otra entraña de las principales, como parecía que daba a recelar la fiebre con trazas de hética que me consumía. Dolíanse, como era natural, los míos y exclamaba con desesperado dolor mi tío que muchachos tan adelantados como yo rara vez llegan a hombres, siendo frutos precoces a los cuales toca, antes de llegar a completa madurez, marchitarse y caer hechos polvo. Ésta era la opinión general. Mimábaseme entre tanto más que antes, gastándose locamente en satisfacer mis caprichos. La ventajosa situación de mi tío era causa de que no faltasen quienes le hiciesen la corte, los cuales lisonjeaban a su persona en la mía, regalándome con abundancia ricos juguetes. De mi larga enfermedad nació quedar yo cada vez más débil, así que, aún recobrando la salud, no llegué con ella a cobrar robustez: del mimo de que era objeto, aumentóse mi engreimiento; a pesar de ambas cosas, seguía siendo, a la par que estudioso, encogido. Pasado algún tiempo mejoró un tanto mi situación, dando esperanzas la circunstancia de no agravarse, aunque no cesasen mis males, y de no presentarse indicio de un daño interior de que debiese resultar mi muerte.
Casi por aquellos días perdió el Ministerio de Hacienda don Diego Gardoqui. Coincidió con esto, sin que yo me acuerde si fue antes o después, salir mi tío de la Secretaría de Hacienda y pasar a ser director de rentas provinciales, destino entonces de gran poder y aun de lucimiento. No se acertaba, con todo, si era favor o desgracia esta mudanza. Si fue lo segundo, fue desgracia corta, porque no empeoró la situación del nuevo director, el cual además conservó el gobierno del Real Sitio de San Fernando, que le era de alguna distinción y provecho. Por los mismos días regresó de Francia mi abuelo, caído prisionero después de haber hecho la gloriosa defensa de Bellegarde, y ascendido a brigadier, con lo cual pasaba del servicio de milicias provinciales al del Ejército permanente. Por causas de que no hago memoria separaron entonces casa mi padre y mi tío, sin que esto naciese de haber habido entre ellos desavenencia, debiendo además el segundo residir en Madrid, en vez de seguir a la corte en su casi continua estancia en los sitios reales. El estado de mi salud, aunque no empeorado, no mejorado, aconsejaba probar para mi alivio, entre otros remedios, el de mudar de aireo. Pero no siéndonos posible salir de la capital, se creyó que la mudanza de barrio podría serme conveniente, pasando de los bajos en que hasta entonces había vivido a los altos, que por su mayor ventilación tenían fama de más sanos. Así, dejando a mi tío en la hasta entonces nuestra casa común en la calle del Duque de Alba, pasé a habitar en la del Clavel, donde tomó mi padre una habitación reducida. Fuese por concurrir con esta mudanza la de ir adelantando la benigna estación de la primavera, fuese por ser mayor en realidad la pureza del aire en el barrio a que me trasladaba, o fuese por llegar ya mis dolencias a su término, siendo éste favorable, lo cierto es que en breves días me vi no sólo convaleciente, sino hasta sano, volviéndome con la salud la alegría.
En medio de los padecimientos corporales, mi estado intelectual había variado poco. No estaba perdida en mí la afición a leer, pero mi padre me la contenía, y aún andaba escrupuloso en punto a los libros que yo escogía para mi entretenimiento. Corría entonces con gran valimiento por las antesalas de las casas, sirviendo de recreo y enseñanza a los lacayos, un libro intitulado, si mal no me acuerdo, la Historia de Carlo Magno y de sus doce pares, donde en pésimo estilo están recopiladas muchas de las invenciones de los libros de caballerías y las relaciones atribuidas al arzobispo Turpin, que sirven de base a los poemas románticos de Italia, y particularmente al Orlando furioso, de Ariosto, así como en parte al Orlando enamorado, de Bojardo, y al Morgante mayor, de Pulci. Dime con increíble afición a leer el tal libro, y notándolo mi padre, se enfadó y tomó singular empeño en prohibirme su lectura. Ello es que por un lado me le quitaban y por otro cogía yo diferente ejemplar de los que abundaban, llegando casi a aprenderle de memoria, y sucediéndome con este libro lo que cuentan de Racine en su juventud con el cuento de los amores de Teágenes y Cariclea. Al paso que mi padre me quitaba una lectura, trataba de darme otras. Ocurrióle poner en mis manos un Quijote; pero, pensándolo mejor, no lo estimó oportuno ni fácil que yo comprendiese el mérito de tan insigne producción, en la cual, por otra parte, hay lances no para puestos en manos de un niño. Resolvió, pues, darme una obra festiva que trocase en risa las melancolías de mi enfermedad, y hubo la singularidad de que recayese la elección en la historia de Bertoldo y Bertoldino, con las aventuras de su nieto Cacaseno. No se crea por esto que era mi padre un hombre ignorante fuera de las materias de sus estudios, ni aun de gusto grosero; era, sí, poco atento a otras lecturas que las de matemáticas, y propenso a tener en poco cuanto salía de la esfera de las ciencias exactas, y, además, creía que a un niño no cuadraban obras cuyo mérito no podía llegar a conocer aún estando algo instruido. La verdad es que yo merecía algo mejor que Bertoldo. Le leí, con todo, causándome diversión y risa sus groseros chistes, pero no con gran satisfacción ni sin gusto bastante para conocer lo despreciable de aquella obra. Muy poco después fue puesto en mis manos el Quijote, y sería presunción decir que conocí su valor aunque le leí con placer extremado.
Cumplí siete años en medio de esto, y en el mismo día empecé a disfrutar de la gracia que había obtenido para entonces de vestir el uniforme de cadete de las Reales Guardias españolas, para que a los doce años cumplidos empezase a correr mi antigüedad, tocándome desde entonces hacer el servicio, privilegio de que disfrutaban los hijos de oficiales, de coronel inclusive para arriba, y que me comprendía por ser mi padre capitán de navío ya hacía tres años, siendo la de dieciséis la edad a la que los hijos de paisanos o de subalternos comenzaban a servir con antigüedad en el mismo cuerpo. El de Guardias españolas era entonces de los más distinguidos. Llamábanlos por apodo los divinos los Guardias de Corps, muy sus contrarios, y ellos se envanecían del mote. Aunque por abusos comunes en España entraban cadetes algunos de poca o dudosa nobleza, no siendo raro eludir con falsos documentos el rigor de las pruebas que se exigían, eran las Guardias españolas y walonas cuerpos muy aristocráticos. En las primeras, cuyo uniforme empecé a llevar y donde estaba destinado a servir, ocupaba el puesto de comandante de uno de sus batallones, que era de gran distinción, el brigadier don Juan José Galiano, primo de mi padre, y de los queridos. Todo esto indicaba estar ya resuelto cuál había de ser mi carrera, si determinaciones tomadas con tanta anticipación no fuesen rara vez llevadas a efecto cumplido.
Pero vino a lanzarnos de Madrid un concurso de circunstancias desagradables, que bien podían haber acarreado a mi padre peores consecuencias que las de salir de Madrid a un departamento de Marina. Había venido a la corte Malaspina, el cual, según antes va dicho, se señalaba por su inquietud y travesura entre sus buenas calidades. Estaba unido con mi padre en bastante amistad, desde que le tuvo a sus órdenes en su viaje de la vuelta al mundo. El italiano ambicioso aspiró a no menos que a derribar de su privanza y poder al Príncipe de la Paz, para lo cual empleó muchos medios, procediendo con suma imprudencia. Iba acorde con él en este empeño el padre Manuel Gil, de clérigos menores, instruido literato, elocuente predicador, revoltoso y de escaso juicio, a quien tocó, andando el tiempo, hacer un gran papel en sucesos de la mayor importancia. Hubo de descubrirse esta maraña; cogiéronse cartas donde de ella se trataba, y llenas además de amargas burlas del valido. Vino, como era de suponer, el castigo a los urdidores de la trama, no excesivamente duro, por no ser costumbre en el Príncipe de la Paz extremarse en rigores con sus mayores contrarios. Mi padre ninguna parte había tenido en estos sucesos; pero su intimidad con Malaspina hubo de hacerle sospechoso, y así fue de recelar que saliese desterrado, y aún hubo quien le anunciase que tal suerte le estaba dispuesta. Por el mismo tiempo, hechos ya grandes preparativos para el trabajo de los mapas, y vuelto de Inglaterra el capitán de fragata don Juan Vergnacer, ido allí a traer instrumentos para las necesarias operaciones científicas, un abate Jiménez, geógrafo de profesión, y de corto saber, se quejó de que oficiales de marina le viniesen a usurpar su oficio, haciendo los mapas de España. Admitióse por fundada esta queja, quizá contribuyendo a ello el suceso de Malaspina. Quedóse España sin mapas, o a lo menos con unos despreciables por todos los títulos, y mi padre, a quien ya nada quedaba que hacer en la capital, recibió orden de pasar a Cádiz. Amagaba ya entonces la guerra imprudente que poco después vino a romper con la Gran Bretaña, declarándola el Gobierno español, compelido a ello por el francés, su aliado. Hicimos nuestro viaje en septiembre de 1796, a establecernos de nuevo en la isla de León. No fue de tanta pena para mi familia este suceso. Mi madre era idólatra de Andalucía, y amaba volver al lado de su madre, objeto de su viva ternura. Mi padre tenía el noble orgullo de creer que, en su profesión como distinguido oficial, estaba seguro de adelantar con gloria en su carrera. Yo, pobre muchacho, aún entendía poco de las diferencias de pueblo a pueblo, e iba participando del gusto que notaba en mis padres.