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A mi entrada en la isla de León, las cosas habían tomado muy diferente rumbo y puéstose en muy otro estado que lo que habría sucedido si en los días 3 a 5 de enero hubiese venido Cádiz a poder del Ejército y de la conjuración, su compañera. En el día 6 había entrado por la vez primera Riego en la isla Gaditana, ufano de su triunfo, pesaroso de verle puesto en peligro por la resistencia de Cádiz, desdeñando a Quiroga, trayendo consigo tropas que le admiraban y querían, y nada dispuesto a obedecer al que en secretos conciliábulos había sido elegido general de la proyectada empresa. El que había ejecutado con suma felicidad la sorpresa de Arcos y salido hasta entonces airoso y satisfecho de todo cuanto había acometido, tenía en poco al que había traspasado la línea del puente de Zuazo y no pasado de aquí, no contándosele como mérito la dificultosa felicidad de su primer hecho y sí el malogramiento de la parte comparativamente fácil que le quedaba que hacer para llevar su obra a próspero remate. Además, en Riego celebraban todos al hombre más que a sus secuaces, y el mérito de la entrada en la isla de León estaba reputado anónimo; esto es, era de todos y de ninguno, pues nadie le achacaba a Quiroga, lo cual no dejaba de ser injusto. En esta disposición de los ánimos, imposible es decir lo que habría ocurrido de no haber mediado los presos fugados de San Sebastián, entre los cuales, especialmente Arco Agüero, gozaba de grande autoridad, y, además, era neutral, siendo hombre de ingenio y alguna instrucción, aunque inferior en este último punto a don Evaristo San Miguel, a quien sólo llevaba la ventaja de ser menos parcial de Riego. Al cabo se compusieron las cosas. Ratificóse la elección de general hecha en Quiroga, aunque no faltó quien desaprobase este acto, hijo, sin embargo, de cordura. Hízose otro nombramiento, que fue el de don Felipe Arco Agüero para jefe de Estado Mayor. A los demás caudillos se dieron mandos competentes, recayendo en Riego el de una división, y llamándosele comúnmente general, aunque sin ponerse otra divisa que la de comandante de batallón, ni Quiroga otra que sus tres galones de coronel, como las llevaban ambos antes del alzamiento. Siguióse publicar en la ciudad de San Fernando, con la solemnidad posible, la Constitución de 1812 no porque hubiese sido, como está dicho, el intento primero de los conjurados atarse las manos con la adopción de esta ley o aparecer resueltos a dictársela a la nación y al trono, sino por razones, a la sazón, poderosas; haberla puesto Riego por lema en su levantada bandera y estar próxima al Ejército la población de Cádiz, a los ojos de la cual una sublevación militar sin objeto patente sería temible y considerada como un medio de deshacer una expedición cuyo objeto era reconquistar parte de América, desagradable; cuando, al revés, la Constitución proclamada era para los gaditanos nuncio y símbolo de libertad conveniente o posible en España y objeto de su pasión ciega. Al mismo tiempo fue impresa, publicada y leída a las tropas la primera proclama de Quiroga, escrita, como se sabe, por mí en Jerez, tres o cuatro días antes del alzamiento en Las Cabezas, y cuyo contenido disonaba de la situación presente. En medio de esto, el número de los levantados era corto y daba motivo a los más serios temores. Quedaba en poder de las tropas del rey el arsenal de la Carraca, con lo cual la posición de San Fernando era, por demás, insegura, teniendo por el frente contraria a Cádiz, por la espalda a toda España, y al referido arsenal por un costado, por donde ni había defensa, ni era fácil que la hubiera. Algunos motivos de confianza venían a templar los sinsabores de situación tan desventajosa. No sin razón se esperaba que muchos de los cuerpos comprometidos para llevar a efecto el alzamiento, imitasen a los que se habían declarado. Realizóse en parte esta esperanza con haberse presentado en la isla de León el comandante de la artillería del Ejército don Miguel López de Baños, seguido del lucido y resuelto escuadrón de sus artilleros y del batallón de Infantería de Canarias. Sin embargo, aun en este próspero suceso había margen a disgusto y recelos para lo futuro, porque las tropas recién llegadas, viniendo de camino, habían tropezado con otras igualmente obligadas a tomar parte en la comenzada empresa y no habían logrado traerlas consigo. Así alternaba lo amargo con lo dulce. Corto como era el refuerzo recién venido, debía tenerse y se tuvo por de muy crecido valor, señaladamente tomando en cuenta el de la artillería. En efecto, según estaban las cosas, se hacía necesario armar baterías, y hasta entonces faltaban entre los sublevados quienes pudiesen servirlas o mandarlas; ni era por esto sólo por lo que fueron útiles sobre manera los artilleros. Su oficialidad era celosísima del bien de aquella empresa, y compuesta, con rara excepción, de masones; y con tal empeño coadyuvó a la causa común, que hizo todo linaje de servicios y muy particularmente el de caballería, porque entonces estaba montada la tropa de la artillería llamada volante o ligera. Aun resultó una ventaja más de contarse aquel escuadrón en el escaso número de las tropas constitucionales. En el cuerpo general del arma, por el espíritu de unión que le anima y por circunstancias particulares de aquella época, vino a hacerse como causa común la de los que estaban con Quiroga y Riego; circunstancia que contribuyó poderosamente a que, corriendo el tiempo, se enarbolase el pendón constitucional en otros lugares de España y en toda ella alcanzase completo triunfo.
Como era de suponer, la autoridad de Quiroga era titular, o poco más, si acaso algo. Las logias, lejos de cesar en el Ejército, adquirieron aumento de fuerza y número. Empezóse a iniciar oficiales a toda prisa. Aun se dio entrada en ellas a algún sargento, bien que hubo la cordura de obrar en este punto con parsimonia, no faltando imprudente que quisiera abrir la mano a la admisión de los de clases inferiores, creyendo que pues la causa era de todos y voluntaria la obediencia, convenía sustituir el espíritu de secta o fraternidad al lazo o yugo de la disciplina. Una logia general solía entender en los negocios principales, pero su autoridad reconocida tenía otra que la contrarrestase, disponiendo varias cosas entre sí los diversos caudillos en juntas secretas.
Así, no había Gobierno propiamente, porque aun el masónico había desaparecido. El viejo Vega, llegado a San Fernando el 5 ó 6 de enero, bien intentó ejercer su prerrogativa de presidente del Soberano Capítulo; pero encontró muy poca disposición a obedecerle o aun a respetarle. En verdad, la empresa se había hecho militar puramente, y querer mezclar en ella la autoridad civil pública u oculta era notorio desatino, sin contar con la imposibilidad de conseguirlo aun cuando se intentase. Por otra parte, cayó sobre Vega y sobre todos cuantos con él habíamos obrado acordes la culpa de no haberse hecho el Ejército dueño de Cádiz, culpa por la cual quedaron completamente dados al olvido nuestros servicios anteriores, figurándose el último subalterno del ejército más comprometida su persona que la nuestra y mayores sus servicios a la causa de la Constitución proclamada. En una palabra, los que no vestíamos uniforme éramos mirados como paisanos en un campamento, y paisanos que nada habían hecho ni podían hacer como correspondía a su profesión inferior. Vega no tuvo la cordura de conocer su situación, y así le encontré desesperado y proyectando desvaríos contra Quiroga, sin que por esto se pusiese de parte de Riego, aunque por fortuna hubo de contentarse con desahogar su enfado en amargas quejas. Yo, como se verá, entrado en la isla de León, tuve el desacierto, en mi situación irremediable, de hacer causa común con él hasta cierto punto, y la cordura y también la fortuna de templarle en sus arrebatos y de separarme de él, haciendo mi persona útil al común servicio.
En la hora de mi entrada en la residencia del Ejército constitucional la encontré llena de alegría por un suceso sobre manera favorable, y tal, que sin él la causa de la Constitución habría muerto muy en los principios de su vida nueva. En la noche anterior había sido tomado por los de Quiroga el arsenal de la Carraca sin derramarse una gota de sangre, y aun se puede decir sin sentirse. El comandante don Lorenzo García, llamado el Fraile, y el capitán de guías don Félix Combés, se llevaron el lauro principal en esta expedición, la cual pinta los tiempos según eran en los días primeros del año de 1820. El arsenal estaba guarnecido por una cortísima fuerza del batallón de Soria, cuyos oficiales no eran masones ni conjurados. Cuidaban mal de la defensa de su punto, al cual llegaron los constitucionales en lanchas o botes, desembarcando sin ser sentidos. Una vez en tierra, los agresores tropezaron con los defensores de la Carraca, pero los oficiales de los primeros se fueron a los de los segundos y los abrazaron, como si esperasen, en vez de hostilidad, recibir la bienvenida. No se equivocaron, pues al sentirse abrazar convinieron los otros en tratar como amigos a los que venían, portándose como tales. Hubo un tambor de la guarnición que intentó tocar, llamando al arma; pero Combés le apaleó como a desobediente, y como siempre sucede, quedó reconocido estar la autoridad en quien ya la ejercía y de donde venía el castigo a los indóciles. Los oficiales de la guarnición de la Carraca quedaron incorporados al Ejército llamado nacional como cosa corriente.
No se celebró este feliz suceso sólo por lo que era en sí, siendo mucho, sino como nuncio de iguales prosperidades. Túvose por seguro que dondequiera que se presentasen los constitucionales a los que poco antes eran sus compañeros no encontrarían resistencia.
Riego, ausente en Puerto Real en la noche de la toma de la Carraca y pasado el siguiente día a Medina Sidonia, no se detuvo en esta última ciudad, donde su presencia era de todo punto inútil, y se volvió a San Fernando, donde pronto se resolvió una expedición contra la Cortadura, casi con seguridad de entrarla como se había ganado el arsenal amistosamente. Antes de hacerse esta tentativa reinaba buen humor, en los días anteriores no conocido. Pero el objeto de todas las celebraciones era Riego, a quien ya se daba el nombre de héroe de Las Cabezas. Él, por su parte, gustaba infinito del aplauso popular, ya viniese de militares, ya de paisanos, y para buscarle se afanaba, complaciéndose en discursos al aire libre o en lugares de concurrencia numerosa, en vivas y en canciones. Sobre este último punto encargó a San Miguel y a mí que hiciésemos una alusiva a las circunstancias, para que, puesta en música, fuese cantada por las tropas. Mientras desempeñábamos este trabajo y se emprendían otros de superior importancia, celebróse una gran logia sin objeto determinado, sino para emplear el tiempo que en las largas noches de invierno sobraba. Vivo aún el primer entusiasmo, fue propuesta y quedó aprobada en aquella Junta una idea no llevada después a efecto sino por pocos en la parte que no era correspondiente. Consistía la proposición aprobada a que me refiero en que se formasen y publicasen listas de todos los oficiales y paisanos de alguna suposición que nos hallábamos empeñados en la empresa pendiente, como por vía de reto al Gobierno de nuestra resolución de vencer o morir, de señal de la confianza que nos animaba y de ejemplo a nuestros compañeros de conjuración aún no venidos a nuestras filas, en quienes debía infundir, por un lado, vergüenza, y, por otro, ánimo nuestro atrevimiento.
Así las cosas, resolvióse no demorar la expedición proyectada; olvidábaseme decir que también, a los pocos días de alzada la isla de León, había sido ganado por los nuestros el castillo de Sancti Petri, situado en un islote por donde el brazo de mar que separa la isla Gaditana del Continente se junta con el Océano viniendo desde la bahía. La posición de este fuerte aseguraba la comunicación por mar a los que estábamos en San Fernando, en caso de que fuésemos cerrados, como vinimos a serlo.
De la tentativa contra la Cortadura fue encargado Riego, que tomaba a su cargo ejecutar todo lo importante que se emprendía, y sólo a trueco de que se le consintiera continuaba en cierta especie de obediencia a Quiroga. Púsose en camino con silencio, entrada la noche, con fuerza bastante crecida, no siéndolo mucho la que guarnecía el punto que iba a tomarse. Había preparadas escalas. Llegóse a la Cortadura, no siendo sentidos por la guarnición, si ha de juzgarse por la quietud en que se mantuvo. Pero las escalas prevenidas eran cortas, y así no había medios de llevar a efecto el plan propuesto. Acaso podía haberse doblado el fuerte por la vecina playa, e intentado entrarse por la espalda o la gola; pero ésta era obra de suma dificultad y del mayor peligro, y no era cordura comprometer en ella lo principal del Ejército levantado. Desesperábase Riego, y como en algunos de los suyos advirtiese señales de desconfianza en el éxito del asalto y desaprobación de lo que se estaba haciendo, entregóse a la ira hasta el punto de tildar de falta de acción a alguno que acreditó después mucho valor, y a quien él volvió a profesar buen afecto en días posteriores. En el extremo de su impaciencia, calidad peculiar de su carácter, por donde su valor impetuoso no iba acompañado de fortaleza en la suerte adversa si eran duraderos y tranquilos los rigores de la fortuna, bullendo y regañando, no hubo de advertir dónde ponía el pie, y reinando la oscuridad y estando el arrecife de San Fernando a Cádiz bastante elevado sobre el terreno que atraviesa, hubo de caerse desde aquella altura abajo. Por fortuna, el suelo, cubierto de amontonada arena, impidió que recibiese daño notable en la caída. Dislocóse, con todo, aunque levemente, un pie, y ésta fue una razón sobre otras para volverse pronto hacia San Fernando las tropas. Amaneció en esto, y las columnas constitucionales fueron vistas muy dentro del tiro de acción de las baterías, sus enemigas, sin que éstas les hiciesen fuego. Augaróse de ello que la expedición había salido bien, toda vez que los contrarios no hicieron el oficio de tales. Con más razón debería haberse supuesto que las tropas reales estaban poco deseosas de empezar la guerra dañando a las sublevadas, pero no por esto dispuestas a no resistir en caso de ser acometidas o avenirse a la bandera de los agresores. El momento de hacer lo último había pasado ya, y en la hora de las deserciones, por donde suelen terminar las guerras civiles, de temer era que el pendón constitucional fuese el abandonado.
Vueltas las tropas a San Fernando, el buen humor de los días anteriores se trocó en desabrimiento. Asomó, como sucede, entre las desdichas presentes o previstas, la discordia, pues dígase lo que se quiera, jamás falta la unión tanto cuanto en las horas en que es más necesaria. Riego, como cuando más, sentía repugnancia a obedecer a Quiroga. Procuraba en balde avenirlos Mendizábal, dueño, a la sazón, de grandísimo influjo en el Ejército y aun en el ánimo de los varios caudillos rivales, pero ladeándose a aquel con quien había contribuido a la sorpresa de Arcos, en el cual reconocía prendas superiores. Vega, sin más poder que el que da el descontento cuando busca el de los otros y con él hace liga también, bullía y aun contaba con un partido, si bien corto y de flacas fuerzas. A este último me había agregado yo, hasta cierto punto, para urdir una trama que estaba próxima a tener cumplido efecto. Con arte procuramos y aun logramos persuadir a Quiroga, cuya docilidad, ligera, cedía a alternados opuestos impulsos, que le convendría la formación de un Gobierno civil por donde su autoridad militar sería confirmada y aun rebajados quienes pretendiesen disputársela. Así hubo de consentir en que fuese nombrada una Junta por elección de los habitantes de San Fernando y aun de los de Medina Sidonia y Chiclana, adonde se extendía, a veces, la dominación de las armas constitucionales. De los electores de Medina, o diciéndolo con propiedad, de los que se figurarían tales, disponía yo por medio de mis parientes, y también de mi amigo el alcalde, don Leonardo Talens de la Riva, que era de los asociados a la conjuración desde los días en que el conde de La Bisbal estaba a su frente. De la elección de San Fernando serían infaliblemente dueños algunos amigos de Vega, entre ellos don José Chabut, allí avecindado, que había prestado a la causa común grandes, aunque poco conocidos servicios. El plan, en suma, era hacernos Junta. Pero no consideramos en nuestro proyecto que si conseguíamos ser algo independiente del poder militar, no tenía visos de salir bien, pues la Junta, o no llegaría a nacer, o sería reducida a poco más que nada desde la hora inmediatamente posterior a la de su nacimiento.
Mientras estábamos tejiendo esta trama, las esperanzas del Ejército estaban puestas en otra de más importancia que se estaba urdiendo en Cádiz para enarbolar nuestra bandera en sus muros. Era el principal en esta obra don Nicolás de Santiago, conocido después por el segundo apellido de su padre, y tercero suyo, de Rotalde, que quiso usar y llegó a punto de ser sólo conocido por él, trasformándose a veces en nombre su primer apellido. Éste era hermano de don Luis, a quien yo había dirigido los versos hechos con motivo de la muerte de mi padre, que he puesto en nota en las presentes MEMORIAS. Mi amistad con un hermano no se extendía al otro, con quien siempre había tenido poco trato. El don Nicolás, con fama de oficial valiente, era, en el tiempo de que voy hablando, coronel graduado. En su juventud había seguido el comercio y afectaba bastante de las ocupaciones literarias de su hermano y de quienes con éste nos asociábamos. Al romper la guerra de la Independencia, había empuñado las armas, y llevádolas, según antes he dicho, con crédito; posteriormente, sin tener opiniones políticas notorias, había pasado por poco adicto a la causa constitucional, y en 1818 se había dedicado a escritor, manejando con harta infelicidad la pluma, como hombre, aunque dotado de viveza e ingenio, absolutamente falto aún de los conocimientos más vulgares en literatura. Destinado este oficial al Ejército expedicionario, no había sido de la primera ni de la segunda conjuración, y aun era mirado por los que en ella tenían parte con desconfianza tal vez injusta. Recién pasado el suceso del Palmar del Puerto, el mismo Santiago había sido preso por orden del conde de La Bisbal, sin saberse por qué causa. Nació de aquí creerle complicado en la conjuración las gentes que sólo tenían de ella noticias confusas, y en el animoso deseo de pasar por ser lo que le suponían y aun de participar en el proyecto de levantamiento, si en él se le diese parte, no se le dio, con todo, ínterin dirigieron los negocios el Soberano Capítulo primero, o el que con nombre de tal estuvo formado bajo la presidencia de Vega. Así llegó el rompimiento estando inocente de él este oficial, que, andando el tiempo, había de representar en él un papel de los más señalados. Dueñas ya las tropas de Quiroga de la ciudad de San Fernando, Santiago se brindó a contribuir a facilitarles la entrada en Cádiz. Aún estaba yo en la ciudad, cuando tuve noticia de los ofrecimientos de este oficial, pero fue pasada ya la noche del 5 de enero, y cuando no quería mezclarme en los negocios, creyendo mi cooperación en ellos inútil; a lo cual se agregaba mirar yo a la persona que prometía servir a la causa común con antiguo desvío, aumentado con nuevas preocupaciones. Pasado yo al Ejército, Santiago, puesto en correspondencia con Quiroga y Riego, pasó a ser cabeza de los conjurados que aún quedaban dentro de Cádiz. Fuerza es confesar que les dio aliento y dirección, de modo que si hubiésemos tenido nosotros a tiempo su ayuda, según es de creer, nos habría sido altamente provechosa. Por desgracia, sus esfuerzos vinieron tarde. Había ya dentro de Cádiz oficiales y soldados que habían abrazado la causa del rey con celo, desertores la mayor parte de ellos de la bandera constitucional, después de enarbolada, y comprometidos a combatirla por lo mismo que la habían desamparado. También había entrado en la ciudad una fuerza, aunque corta, de caballería, arma en que hasta entonces había hecho pocos prosélitos la sociedad masónica o la conjuración, y que siguiendo a Sarsfield, en la mañana del 8 de julio de 1819, se había prestado gustosa a sofocar la rebelión intentada por la infantería. Obrando con la contradicción común en el hombre, varios de los oficiales de Soria, después de haber estado irresolutos en las horas en que podían haberse agregado a la causa constitucional sin peligro, haciéndose dueños de Cádiz, cuando no tenían allí quien les resistiera, se determinaron a levantarse y proclamar la Constitución a tiempo en que para salir triunfantes necesitaban luchar con grandes obstáculos y superarlos. Dispuesto todo por Santiago Rotalde y sus allegados, harto más numerosos que los que formaban la conjuración un mes antes, quedó señalada para la ejecución de su empresa la noche del 24 de enero. Empezóse la obra con felicidad. El general Campana y el gobernador Rodríguez Valdés fueron sorprendidos y presos, cada cual en su resistencia, por oficiales encargados de este servicio. Cuando esto sucedía, en la plaza de San Antonio, centro de la mayor concurrencia en Cádiz, al romper la retreta, una turba de paisanos y militares allí apostada prorrumpió en entusiastas vivas a la Constitución y a los generales y al Ejército que la defendían. Siguióse acudir a juntarse con ellos gran parte de la tropa del batallón de Soria y de su oficialidad. Engrosado el bullicio con la guardia del teatro, por cuya puerta pasó, y por muchos de los asistentes a la representación, que de buena gana trocaron su entretenimiento por otro nuevo y más vivo, aunque peligroso, se encaminó a la Puerta de Tierra a ocuparla. Pero, cabalmente, en la muralla vecina a aquel puerto, o dígase en los cuarteles contiguos, estaba alojado un cuerpo a medio formar, al cual se había dado por nombre batallón de la Lealtad, título que declaraba ser del rey con fidelidad no desmentida. Oyendo desde lejos la gritería, los que mandaban aquel cuerpo, más comprometidos aún que sus soldados, se apercibieron a defenderse. En esto asomó la turba confusa y voceadora, con trazas de venir a gozar de la alcanzada victoria más que de prepararse a conseguirla en la pelea. Pero fue recibida con descargas de fusilería de los dueños del puesto, a cuya pacífica toma de posesión se adelantaban. Flaquearon los soldados de Soria al encontrar enemigos en sus compañeros, y dieron muestras de abandonar a sus oficiales, como hicieron muy en breve. Huyeron al mismo tiempo los paisanos. Arrojóse sobre los fugitivos la caballería, y siguiendo al alcance, no respetó a los inocentes indefensos que por las calles pasaban. Los oficiales que aún tenían presos a los generales hubieron de soltarlos, debiendo escapar libres a la generosidad de los presos, agradecidos, por otra parte, al buen trato que de sus apresadores habían recibido.
Pudo retirarse entonces Santiago Rotalde, y aprovechándose de saber el santo y seña, engañó la vigilancia de los que guardaban las puertas, y pudo salir por la de Tierra al camino que va a la Cortadura; pero aun allí por todos lados le amenazaban peligros. Acertó, sin embargo, a escapar de ellos, y pasó escondido algunas horas, encontrando amparo en personas compasivas o adictas a la causa por que se había sacrificado. Al segundo o tercer día de su malograda tentativa logró llegar a la ciudad de San Fernando, en la cual fue recibido con aprecio, no obstante su mala fortuna, pues había cumplido sus promesas en cuanto había estado de su parte. No así todos los que al mismo proyecto concurrieron. Para él se habían dado sumas de dinero que no fueron enteramente repartidas, achacándose la desdicha a que varios de aquellos a quienes se suponía ganados por cohecho no habían recibido lo que les estaba destinado.
En el día anterior en que ocurrió en Cádiz este lance fatal, había ido Riego con algunas fuerzas al Puerto de Santa María a llamar allí la atención de las tropas reales. Presentáronse éstas a hacerle frente, pero con timidez. El héroe de Las Cabezas acreditó su valor hervoroso, yéndose casi a tocar a los que se le ponían delante como enemigos. Contáronse varios hechos arrojados de la tropa en aquel día, donde se vio estar vivo el entusiasmo que en el principio de aquella empresa las había animado.
Todo ello, sin embargo, no pudo pasar de manifestaciones de buena voluntad, pues no llegó a haber pelea, aunque los constitucionales se mostrasen bien dispuestos a sustentarla.
Pero la desgracia sucedida en Cádiz acibaró el gozo que se sentía, por probar el buen deseo de la tropa, que al cabo en nada aumentaba la fuerza de los levantados. Pensóse en nuevos y atrevidos proyectos, al formar los cuales hubo gran discordancia en las opiniones.