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Memorias de D. Antonio Alcalá Galiano / publicadas por su hijo; prólogo y edición de D. Jorge Campos



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Capítulo XXV

Los representantes de Francia, Austria, Prusia y Rusia presentan notas reclamando contra el estado político de España.-Opiniones diversas.-El autor logra que prevalezca en el ánimo del Gobierno la suya de rechazar altivamente la intervención de las potencias. Elección de Istúriz para la presidencia de las Cortes.-El Ministerio da cuenta al Congreso de las notas y de la contestación dada. Responde Istúriz.-El autor presenta una proposición.-Actitud y entusiasmo de los diputados y el público.-Comisión encargada de redactar un mensaje al rey.-Discurso en las Cortes.-Discursos de Argüelles y el autor.-A su salida son llevados en hombros en medio de entusiastas aclamaciones.-Juicio del autor sobre la determinación tomada por el Gobierno y las Cortes con respecto a la intervención de las potencias.

     En los primeros días de enero de 1823 recibió el Gobierno notas de los ministros plenipotenciarios de Francia, Austria, Rusia y Prusia, donde se les comunicaba lo resuelto en el Congreso de Verona. Ni 1es era fácil ocultar estas comunicaciones, ni dar largas a este negocio. El Gobierno francés, contra lo acostumbrado en negociaciones pendientes había publicado en el Moniteur, su periódico de oficio, textualmente lo que mandaba a su ministro en España decir a la corte en la cual estaba acreditado. España toda se conmovió a tales nuevas: los parciales del rey se llenaron de esperanzas; los de la Constitución, de furia; creció, como suele suceder, la discordia con el peligro; y divididos los pareceres y sustentando cada cual el suyo con calor loco, entre los constitucionales antiguos opinaban algunos por conjurar la tormenta, prestándose a variar la Constitución, con lo cual suponían, sin bastante fundamento, que habrían de quedar satisfechos los soberanos descontentos de la situación de España y el mismo Fernando, y aferrándose otros en sustentar la ley política pasada, y con ella el honor y la independencia de España, dictamen éste que abrazaban varios de los conocidos por moderados. Al mismo tiempo alzaban el grito los revoltosos y malcontentos, atribuyendo al Gobierno y sus parciales intentos de hacer la Constitución más monárquica y aristocrática, entablando para ello tratos con el Gobierno francés y entendiéndose con el rey asimismo. Urgía, entre tanto, resolver algo, y el Ministerio, para hacerlo, quiso concordarse con sus amigos, a cuyo fin juntó a unos pocos de ellos en Junta secreta. A ella asistí yo, como era de creer, y opiné por que se diese a las notas de los extranjeros una respuesta animosa y clara, haciendo pública la negociación toda. Seguido mi consejo, procedióse a la ejecución. Fue casualidad que en aquellos mismos días presidiese las Cortes un personaje no sólo de nuestro partido, sino, por decirlo así, de nuestra pandilla. Como era uso y ley nombrar cada mes un nuevo presidente del Congreso, habíase pactado entre nuestra sociedad y la de los comuneros que alternasen en la presidencia las dos sociedades, y en los tres meses que llevábamos de Cortes extraordinarias, dos comuneros y uno de los nuestros habían presidido, siendo la mayoría del Congreso ya de los exaltados. Esta vez (el 7 de enero), tocando a nuestra sociedad el candidato, fue propuesto Istúriz en secreto. Los que le conocían poco y notaban sus arranques impetuosos de mal humor, temían que no supiese portarse con la debida templanza en cargo que exige tanta dignidad y mesura. Al revés, quienes le conocíamos bien, estábamos seguros de que desempeñaría admirablemente su puesto, hermanando con sus modales sumamente finos y corteses el decoro y aun la imparcialidad indispensables para ser buen presidente de un cuerpo deliberante. Fue, sin embargo, difícil lograr su nombramiento, pues a los moderados, sus acérrimos y ciegos contrarios, se agregaron algunos de los nuestros para negarle el voto. Elegido al fin, acertó y agradó tanto, que oí yo decir en la sala de conferencias, a no pocos de los moderados, que le querrían por presidente perpetuo.

     Casi recién sentado estaba Istúriz en el sillón de la presidencia, cuando el 9 de enero se presentaron en el Congreso juntos los ministros, que rara vez asistían a él, y su presencia, ya esperada, declaró que venían a hablar del grave negocio de las notas, que daba ocasión a todo cuanto entonces se pensaba, sentía o decía. No era, sin embargo, crecidísima la concurrencia en las tribunas, por estar muchos dudosos de si sería aquel día el destinado para hacer la comunicación de que tanto se hablaba. Leyó el ministro de Estado, San Miguel, desde la tribuna, las notas recibidas y las respuestas que a ellas había dado, y como debía suceder, las injurias contenidas en las primeras encendieron en ira aun a los más flemáticos, al ver tan ajado el decoro de España y tan poco respetada su independencia, y la dignidad, si no el completo acierto de las segundas, lisonjearon el noble orgullo de almas españolas. Leídos que fueron estos papeles, respondió Istúriz a nombre del Congreso con dignidad y entereza, en breves y sentidas razones, recibidas con universal aprobación, sin advertir las gentes que un presidente no podía declarar cuál era el sentir del Congreso, sin pedirle antes su parecer, y saberlo por una votación; yerro éste de los tiempos y propio proceder de Istúriz, más aficionado a declarar su voluntad que a ser conducto para dar salida a las ajenas. No bien había callado el presidente, cuando me levanté yo a hacer una proposición que traía ya escrita, como quien tenía parte en la dirección del espectáculo que estaba dándose al público. Proponía yo que las Cortes dirigiesen a su majestad un mensaje, título poco respetuoso con que entonces, y aún ahora, eran designadas las comunicaciones de las Cortes al trono, mensaje donde el Congreso, aprobando la respuesta dada por el Ministerio a las notas de las grandes potencias, se declarase resuelto a sustentar a todo trance el honor e independencia de la patria. Al oír leer mi proposición, todos los diputados se pusieron en pie por movimiento o impulso espontáneo y vehemente, encendida la vista, alterado el semblante, hasta llorosos algunos, conmovidos todos. Ni aun quisieron oírme apoyar mi proposición; tal era la unanimidad y la prisa con que se mostraban dispuestos a aprobarla. En una pausa y momento de silencio, don Agustín Argüelles, con más emoción que otro alguno, en pocas razones, dichas con sensibilidad extremada, dijo que apoyaba mi proposición, calificándola hasta de admirable. Su discursó renovó y aun avivó el entusiasmo, gritando a la par los diputados y los concurrentes a las tribunas, sin que hubiese quien reclamase el orden, y en seguida, arrojándose a los brazos unos de otros los diputados, y más particularmente los hasta entonces más opuestos en opiniones, y señalándose entre todos Argüelles y yo, que nos abrazamos estrechamente, derramando copiosas lágrimas, terminó el espectáculo en darse mi proposición por aprobada unánimemente, circunstancia que hubo de constar en el acta, por pedirlo así con altos clamores, varios, de los cuales no faltaron quienes algo después, de resultas de sernos fatal la fortuna, vituperasen lo que entonces no sólo aprobaron, sino aplaudieron. Mucha risa vino a causar, andando el tiempo, un espectáculo que en aquel día pareció tierno y aun sublime, y más le ha hecho objeto de burlas haberse hecho de él remedos o repeticiones. Yo que suelo arrepentirme de mis pensamientos y acciones, y que no dejo de mirar como ridículas cosas por mí en alguna ocasión muy admiradas, no convengo, ni aun hoy mismo, en que careciese de verdadera ternura y nobleza la grande escena que voy ahora conmemorando. Tratábase del honor de la patria ajado y de la independencia española amenazada, y aun el ser grandes nuestros contrarios, y pequeños nosotros, daba realce a nuestra entereza y nuestro entusiasmo. Y en verdad, si fue desvarío creer, y sería ahora mayor dislate decir, que de nuestro ardor y emoción participó una parte muy crecida del pueblo español, tampoco fue, ni es, o mentira o alucinamiento afirmar que en los días inmediatamente posteriores a la sesión de las Cortes de 9 de enero, y a la del 17, destinada a tratar del mismo negocio, hubo en una porción considerable del público madrileño, y aun del de las provincias, adhesión ardiente a lo resuelto por el Congreso, y aplauso y hasta admiración del modo como recibió las notas de las potencias aliadas, y las respuestas que a ellas dio el ministro de Estado, de acuerdo con sus compañeros.

     Quedó nombrada en el mismo 9 de enero una Comisión que extendiese el proyecto de mensaje conforme a lo aprobado por las Cortes, el cual había de expresar de oficio y con solemnidad al rey estar dispuesto el Congreso a sostener la Constitución y el trono en ella fundado, contra agresiones de los extranjeros. No me acuerdo de los nombres de todos cuantos compusimos la Comisión, y sí sólo de que éramos de ella parte Argüelles y yo, cosa natural por ser yo autor de la proposición y él quien la había apoyado, y, además, porque estar juntos en aquel caso venía a ser emblemativa declaración de la amistad política nueva entre el hombre cabeza del partido moderado y uno de los que con sus discursos sustentaban con más ardimiento y tesón la parte contraria. Hubo unanimidad y diligencia en la Comisión, que en el día 10 terminó su proyecto de mensaje, remitiéndose al siguiente, 11, el leerlo en el Congreso, donde inmediatamente después de presentarlo había de ser discutido. Extendí yo el tal documento hueco y pomposo, pero con nobles y altos, así como justos pensamientos y afectos, de suerte que no todo en él eran vanas enfáticas frases. El día 11 era la concurrencia a las tribunas de las Cortes tan crecida cuanto serlo cabe. Abrióse la sesión, subí yo a la tribuna como era y es costumbre para leer, aunque para hablar no la he ocupado en ocasión alguna en las Cortes, leí la obra mía y de la Comisión, recalcándome mucho y poniéndome de puntillas, y acabada que fue la lectura, pidieron la palabra muchos diputados, en pro todos del mensaje, tal cual la Comisión lo proponía. Conforme a las prácticas y al reglamento del Congreso, no podía concederse hablar en pro faltando quien pidiese hacerlo en contra, pues no cabe discusión entre quienes se declaran en todo acordes; pero la ley y la razón fueron desatendidas, como era de esperar, y aun como debía ser en ocasión semejante. De los que pidieron hablar, sólo cinco fueron oídos: los señores don Ángel de Saavedra, don Joaquín María Ferrer, don José Canga Arguelles, don Agustín Arguelles y yo, cerrándose en seguida de mi discurso el debate. Aplaudidísimo fue Argüelles por las tribunas y aun por los diputados, consintiéndose esta vez aprobaciones manifestadas con estrépito a los concurrentes a las Cortes, cuya obligación es oír y callar, y a los de las Cortes mismas, cuya práctica, contraria a la seguida en cuerpos deliberantes de otras naciones, era oír impasibles a los que hablaban. Iguales aplausos recibí yo por mi discurso, en que me separé de cuanto habían dicho quienes me precedieron, pues ellos rebatieron con poderosas razones las más veces, y algunas con menos justicia y acierto, pero con noble ardor patriótico, el contenido de las notas de los Gobiernos francés, austriaco, ruso y prusiano, y yo insistí en que, fuesen cuales fuesen las causas alegadas por las potencias extranjeras, carecían hasta de un asomo de pretexto para intervenir como hacían en los negocios de España, la cual nada había hecho por donde otros Gobiernos pudiesen articular contra ella una queja. Puesto a votación, no bien dejó yo de hablar el proyecto de mensaje, fue aprobado en votación nominal por unanimidad, sin coacción alguna en esta vez, según me complazco en recordar ahora, cuando nada disimulo de las cosas no buenas que aprobé, aplaudí o hice en los tiempos pasados. Levantada la sesión, salimos hacia la calle los diputados; pero al asomar yo al zaguán, lleno de gente, cuanta en él cabía, fui saludado con ruidosas aclamaciones. Otros tantos aplausos le estaban dando a Argüelles, y al cabo, asiendo de los dos la turba congregada a las puertas y delante del pobre palacio del Congreso, nos levantaron en hombros, nos hicieron abrazarnos de nuevo, y nos llevaban en procesión como a santos en andas, entre repetidos vivas y palmadas; situación en la cual no se ocultaba a nuestros ojos que había algo ridículo, si bien veíamos y sentíamos que había mucho de tierno, cuando, acertando a pasar por el lugar que íbamos paseando en modesto triunfo el humilde coche del presidente, discurrieron nuestros festejadores entrarnos en él, aceptándolo nosotros de muy buena gana. Aún siguieron al coche turbas numerosas hasta la casa en que el presidente residía. Todavía al apearnos y entrar allí, se repitieron los vivas, dados con rostro alterado y ojos llorosos. Allí nos fue necesario asomarnos a las ventanas, y desde ellas hablar al gentío congregado delante, al cual dimos las gracias y excitamos a perseverar en los afectos patrióticos de que daba muestra. Disipóse en breve la gente, cesó el bullicio, recobraron todos su tranquilidad en Madrid y asomaron de nuevo las pasiones y encontrados intereses que nos dividían, presentándonos en un aspecto de discordia y desorden.

     Y, sin embargo, digo y repito, si bien desconfiando de mi juicio ahora, que yo, en quien es costumbre no encubrir su arrepentimiento de anteriores hechos y dichos; yo, que no rehuyo la retractación cuando me creo en obligación de hacerla, siquiera sea sin oportunidad, aun siendo con justicia; yo, que varias veces y en estas MEMORIAS me he acusado y condenado a mí mismo, a punto de parecer flaco en propósitos, dudoso en opiniones, nimio con visos de hipócrita en mis confesiones y contrición; yo, en una ocasión, tratando de la cual cuento muchos contrarios y pocos amigos, me mantengo en gran parte y casi en todo en el dictamen que di, y en cuanto pensé, sentí, hablé e hice en el grave negocio de que voy ahora hablando, pues aún tengo las respuestas dadas en enero de 1823 a las grandes potencias de Europa que desde Verona y París nos insultaban y amenazaban, por justas, por buenas, por acertadas y aun por poco menos que indispensables. Y voy a decir por qué pensé entonces como pensé, y pienso ahora como pienso, pues claro es, y además sería injusto calificar mis yerros pasados y presentes, si yerros fueron o son, por méritos diversos de los suyos reales y efectivos.

     Si en 1823 hubiera yo creído posible que se modificase la Constitución de 1812, a la sazón vigente, a tal modificación me habría prestado sin repugnancia, y aun con gusto, si bien eligiendo para hacerlo medios no sólo decorosos, sino conducentes al logro del fin propuesto. En verdad no era yo parcial de la Constitución que entonces nos regía. Sabían esto muchos, y por eso el general Álava, tan amante del poder aristocrático y monárquico, solía decirme que firmaría a ciegas cualquier proyecto de Constitución nueva hecho por mí, con tal que al formularle y extenderle estuviese yo separado de los amigos que en mi ánimo influían. Si aun viniendo de los extranjeros la mudanza hubiese yo considerado factible llevarla a efecto, a duras penas habría accedido a que se probase a realizarla. Pero nada de eso veía, sino, al revés; porque en mi sentir, ni pidiendo los soberanos extranjeros una mudanza en nuestra Constitución había modo de complacerlos sin precipitar a España en nuevos males, ni lo que es más, pedían los soberanos ni podían pedir tal mudanza, siendo su intención conocida, y aun declarada, de acabar con la revolución española a cualquier precio, y con la condición de sacar vencedor de ella al rey Fernando. Si ahora creyese que opinando así entonces había errado, aun declarando lo que sentí y opiné en aquellos días, y no lo que se me alcanza, habría confesado mi error, y pesaroso y arrepentido de él proclamaría en estas páginas sin rebozo mi arrepentimiento. Pero me pareció entonces, y, según siento ahora no equivocadamente, que la modificación era imposible: primero, porque no la deseaban ni la proponían los monarcas ligados en la santa alianza de los cuales sólo habíamos oído en las notas denuestos, cargos en gran parte abultados, reconvenciones tal vez fundadas, pero salidas de quien no tenía derecho a hacerlas, y por lo mismo haciéndolas insultaba, y ninguna proposición, a no ser la de ponernos a merced de nuestro rey para que él nos diese el Gobierno más conforme a su gusto; segundo, porque el rey Fernando bien había mostrado y seguía a las claras manifestando su repugnancia a reinar con poder inferior al de que gozaba en 1819, y tercero, porque en España los dos grandes partidos, absolutista y constitucional, con excepciones, aunque de personas de valer, cortas en número, rechazarían una monarquía parecida a la de la carta constitucional de Luis XVIII de Francia, con violento enojo. No creí que deseasen los soberanos del Norte, o aun el de la nación francesa, la modificación de nuestra ley constitucional, primero, porque lograda esta mudanza por medios pacíficos, quedaría impune y en algún modo hasta triunfante el levantamiento de Las Cabezas, Alcalá, Galicia y otros puntos de la Península en 1820; esto es, quedaría sin castigo y hasta dando de sí buen fruto un hecho que sentaba la doctrina de la soberanía nacional, y lo que era más peligroso, daba ejemplo de la sustitución de la misma teoría a práctica por una sublevación de soldados; segundo, porque ni una Constitución con dos Cámaras, y por la cual gozase el trono de un poder y decoro muy superiores a los que le cabían en suerte en la ley política de 1812, aun cuando sonase a otorgada, no excluyendo la libre discusión y sus consecuencias forzosas, podían acomodar a los monarcas absolutos, ni ser de ellos tolerada, y ni al mismo Luis XVIII, y menos que a él a las personas a cuyo influjo estaba ya obedeciendo el mismo príncipe viejo y cascado, convenía ver reforzados; con aliados de afuera a los franceses amantes de su carta constitucional, nada grata a quienes sujetos a ella reinaban; y tercero, porque de las palabras explícitas de los Gobiernos austriaco, ruso y prusiano, y asimismo de las del francés, donde el soberano reinante, otorgador de la ley política vigente en su nación, y muy celoso de la pureza del dogma que atribuía el origen de toda autoridad al trono, constaba ser indispensable, para tener por válida o legítima cualquiera alteración que hiciese España en sus instituciones, que a ella accediese Fernando VII libre y espontáneamente, y cuál era la libre voluntad de este rey en el punto controvertido por sus pasados hechos y por manifestaciones no interrumpidas de su constante deseo era harto notorio. En verdad, españoles y extranjeros no ignoraban los conatos de Fernando VII para recobrar su autoridad perdida en su plenitud. Por lo cual nos tachan injustísimamente quienes nos pintan como escrupulosa y nimiamente apegados al dogma de la soberanía popular y al empeño de que no accediese nuestra patria a deseos sólo posibles de lograr, con desdoro de su honor y menoscabo de su independencia, las ventajas de una buena o mediana Constitución, cual podría haberla España conseguido en aquella hora; Constitución más favorable que la existente al poder real y también a la verdadera seguridad de los derechos individuales, provechosa al pueblo, y si no grata del todo, cuando menos no repugnante al monarca, con lo cual quedaría sentada sobre cimientos de más que mediana firmeza, reconciliándose asimismo, al admitirla el Gobierno español, con los demás de Europa. Quienes entonces eran o se fingían tenazmente adictos a un dogma abstracto, contrario al defendido por los constitucionales españoles, eran los Gobiernos que intimaban a España desde Verona y París, que sólo leyes emanadas del trono eran legítimas y quienes aprobaban tal doctrina. Sabido es que a los ojos de muchos políticos de nota y valía, y a los de casi todos los franceses, parece cuestión de importancia suma averiguar el origen de la soberanía, y averiguado, proclamarle a modo de artículo de fe. Esto no obstante, muchas personas de ciencia y juicio, aun en Francia misma, y un crecidísimo número de pensadores ingleses tienen tal averiguación por ociosa, contentándose con que sus leyes políticas sean buenas, vengan de donde vinieren, o sea su procedencia ignorada y contestable. A éstos me allego yo con mis cortos alcances, juzgando ahora, y no dejando ya entonces de vislumbrar, que es impertinente y aun pernicioso indagar dónde está el origen de la potestad suprema, y más necio y fatal, dándolo por sabido, convertir en dogma la opinión juzgada cierta y sana por unos, y negada y combatida por otros. Pero los empeñados en sustentar que sólo procediendo del trono son legítimas las Constituciones no pueden ignorar que el trono, según dijo con chiste y acierto Napoleón, no pasa de ser tan andamiaje de cuatro tablas con un dosel encima, siendo el trono expresión metafórica para designar al rey, y significando en cada época la persona que en él está sentada. Ahora, pues, para que haya una Constitución más o menos perfecta dada por un rey, forzoso es tenga un rey que consienta en darla.

     Fernando de Borbón, en 1823, no era ciertamente un ente abstracto, sino un hombre de carne y hueso, con cuerpo y alma, crecido en años, probado por la fortuna, avezado al mando, con inclinaciones notorias, de cuyos hechos él mismo se acordaba, y no menos los demás, ya fuesen sus súbditos, ya obedeciesen a otro Gobierno; hombre de hábitos contraídos y arraigados, de pasiones conocidas, exaltadas en aquella hora como en ninguna ocasión anterior, a quien tenían enconado los resentimientos y descarriado la mal entendida y nada aprovechada experiencia. Fernando VII, fuerza es repetirlo, no quería dar ni recibir Constituciones, sino reinar como habían reinado su padre y abuelos, recobrarse de la derrota que en los tres primeros meses de 1820 había llevado, reponerse y reponerlo todo era su antiguo ser, y vengarse con tanto más gusto, cuanto creía su anhelada venganza pura justicia. Dar libertad a Fernando VII en 1823 equivalía a restituirle su potestad anterior, dejándole dueño de castigar a quienes se la habían quitado y mantenídole durante tres años en cautiverio afrentoso.

     Pero en los días de que voy ahora hablando, no era sólo con el rey con quien era necesario contar en España para mudar de Constitución. Forzoso se hacía tener un partido de alguna fuerza que llevase a efecto la mudanza. Tal partido, como llevo dicho, no existía; pues opiniones de unos pocos hombres ilustrados, combatidas por otros muchos, aunque inferiores en talento e instrucción, no necios y del todo ignorantes, y cuya inferioridad estaba compensada con tener estos últimos un número de secuaces harto mayor que el de los que eran de los primeros, no constituían una fuerza tal cual era necesario para dar impulso y defensa a una obra de las más importantes y dificultosas que emprenderse pueden. Muchos años van corridos desde entonces, y con ellos han caído sobre nosotros infinitas y gravísimas calamidades, y algo bastante hemos aprendido, ya en la escuela del desengaño, ya en los libros de los mejores publicistas o dados a luz nuevamente, o si más antiguos, venidos a ser conocidos como apenas lo eran en nuestra patria. Y, sin embargo, véase cuan erróneas y fatales doctrinas prevalecen todavía entre muchos, y cómo de ciertas ideas de descabelladas han nacido revueltas y trastornos no escasos en número, ni leves en calidad, por donde han sido derribados Gobiernos y leyes liberales y racionales juntamente. Vease cómo cayó el Estatuto real de 1834, planteado ya, puesto en juego, cuando contaba dos años de existencia, teniendo para haber nacido y vivido apoyo y defensores de que en 1823 había carencia casi absoluta, cuando no era el empeño menor que el darle ser y ponerle en fuerza y vigor, a despecho de los parciales de la Constitución de 1812 y de los del sistema antiguo de Gobierno de España. En 1823, con sólo haberse dicho que iba a ser modificada la Constitución, se habría dado señal y principio a una serie de inquietudes y alborotos que, según era muy de creer, habrían pasado a ser una guerra civil nueva. La parcialidad comunera, muy numerosa y osada, acusaba al Gobierno de abrigar semejante intento, y si en la acusación infundada buscaba motivo de llevar a efecto ediciones y rebeliones trazadas en sus conciliábulos, en el cargo probado habría encontrado un medio eficaz de levantar su bandera, poner en ella un buen lema y empezar las hostilidades. Y téngase en cuenta que al empezarlas habría tenido la justicia, si ya no toda la razón, de su parte, pues lo justo es lo legal, y la ley vigente prohibía a toda autoridad, y aun a la nación misma, variar en un ápice la Constitución hasta que hubiese regido a España durante ocho años, de los cuales ni un cinco iban vencidos. Habrían, pues, de comenzar los modificadores por quebrantar las leyes para proceder al acto de mudarlas, empresa dificultosa para acometida por una autoridad flaca y vacilante. Excusado es decir que la numerosísima grey de los absolutistas o parciales del sistema de gobierno vigente en 1819, tanto se habrían opuesto a la Constitución modificada cuanto se oponían a la pura. Por donde, confuso y alterado todo, incierta la justicia, oscura la conveniencia, sin fuerza el Gobierno y pujantes y audaces los bandos, habrían venido a parar las cosas en hacerse indispensable la invasión francesa, y ésta tendría que restablecer al rey Fernando en el pleno uso de su regia potestad, y él habría usado del recobrado poder para reinar con ningunas o con poquísimas o debilísimas trabas. Verdad que a este mismo fatal paradero vinimos, lo cual era fácil de prever por cualquiera persona dotada de un tanto de sagacidad y buen juicio. Pero al cabo para perderlo todo nadie entra en ajuste, y bien es de probar la suerte cuando el ser vencido nada puede traer peor que lo sería entregarse, a merced del enemigo antes de la batalla.

     Por estas consideraciones fui yo guiado, y lo fueron otros conmigo, al aprobar la respuesta dada a las famosas notas de Verona y París. Por estas mismas no me arrepiento hoy, y sí, al revés, sustento lo que en aquella ocasión pensé e hice. Bien pude errar entonces, y no es menos posible que sea pertinacia en mi error mi opinión presente. Pero, aun dado que errase entonces y siga errando ahora, todavía no es razón juzgarme por yerros que se me supongan, en vez de hacerlo por los medios reales y verdaderos. Mis amigos y mis enemigos, tanto en la ocasión de que voy aquí tratando cuanto en otras muchas anteriores y posteriores, han convenido en atribuirme o achacarme doctrinas e intenciones muy otras de las que tenía y de las que proclamé, tirando a ensalzarme los unos por creerlas buenas, y a deprimirme los otros por estimarlas funestas, sin que en mí hubiese merecimiento para la alabanza de los primeros o para el vituperio de los segundos. No porque reputase yo perfecta la Constitución de 1812 me empeñé en desechar toda modificación que de ella se intentase, ni sólo por venir de una manera irregular e indecorosa la proposición de hacerla, la deseché; pues pensé y dije que la modificación era, no inadmisible, sino imposible de llevar a efecto, y que por nadie venía propuesta en términos explícitos y con las seguridades suficientes para facilitar la empresa de variar nuestra ley política si hubiese quien a intentarlo se arrojase. Esto dije más de una vez en Madrid, en enero de 1823, y según diré a su tiempo, en alguna otra ocasión posterior y no menos solemne.

     Cierto es, sin embargo, que hube de mezclar con estas razones otras que algo disculpan la errada interpretación hecha de mis palabras y obras en horas tan críticas. No estaba yo completamente alucinado, pero tampoco estaba del todo exento de ilusiones; veía el peligro, con corta esperanza de salir de él vencedor, pero con alguna; estimaba conveniente y necesario excitar pensamientos y afectos de patriotismo contra los extranjeros, cuyos insultos nos habían afrentado y cuyas armas nos amenazaban, y movido por estas consideraciones declamé no poco, y apelé a las pasiones exaltando el dogma de la soberanía nacional, ponderando cuan infame sería sufrir los españoles humillaciones y obedecer a preceptos de autoridad extranjera e incompetente, y hablando, en suma, como debe hablar quien espera conmover a las turbas y sacar partido de su entusiasmo, si no en favor suyo propio, en el de la causa que leal y fervorosamente sustenta.

     Si de allí nació que en mi modo de expresarse apareciese más ciego apasionado de la Constitución y más loco tratando del honor y la independencia de mi patria que lo que era yo efectivamente, o que lo que exigía la prudencia, no reñida con la justicia ni aun con el debido cuidado del trono de España, y si, por consiguiente, hubo en mis discursos algún fundamento para las tachas puestas entonces a mi proceder, y después constantemente repetidas, también fue digna de reprensión alguna cosa en mis intenciones, no obstante ser ellas en lo general sanas y dictadas por el deseo del bien público, según yo lo comprendía. Verdaderamente, juntamente con éstos, motivos de una política mezquina y ridícula ejercían en mí cierto influjo. Quería yo probar a los comuneros que no vencían a la sociedad de que yo era parte, o a los ministros por ella exaltados, o a mí mismo, en verdadera exaltación de doctrinas. Si en las doctrinas de desorden y en reducirlas a práctica no quería yo competir con ellos, en lo extremado de ciertas opiniones aún me preciaba de ser su igual, y lejos de reconocerlos superiores, procuraba pujarles la posesión del buen concepto de las gentes hasta quedarme con ella, por ser objeto de mí harto preciado y apetecido. Así estaban revueltos en mi mente pensamientos nobles y ruines, intenciones rectas y torcidas, desvaríos con aciertos, y algo de locura con un tanto de buen seso y prudencia. De estas cosas últimas venía mi constante deseo de atropellar por todo para sacar a España de una situación insufrible por lo molesta y peligrosa, provocando una contienda en que, o vencedora nuestra Constitución, o digamos nuestra revolución, quedase segura, o vencida cayese de una vez, en lugar de vivir una vida precaria y congojosa.

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