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Capítulo XXVI

Primeros efectos de las sesiones de Cortes de 9 y 11 de enero.-Bessières se acerca a Madrid mandando una facción realista.-Derrota en Brihuega a las fuerzas liberales salidas de Madrid.-Temores de los liberales.-Ballesteros se encarga de la defensa de Madrid, con autorización de las Cortes.-Conducta de este general.-La Bisbal, encargado del mando de los vencidos en Brihuega, contiene y hace retroceder a Bessières.-Desaparición de Mejía, redactor de El Zurriago. Los comuneros la achacan a los masones.-Disponen ejercer represalias con el autor.-Infante e Istúriz le previenen.-Reaparición de Mejía.

     Anudando el interrumpido hilo de mi narración, diré, sin que el temor de aparecer alucinado por preocupaciones y memorias antiguas me retraiga de afirmarlo, que el primer efecto producido por las sesiones de las Cortes del 9 y del 11 de enero de 1823 no fue despreciable. Sin ser general, ni con mucho, el entusiasmo, en algunos le despertó y hasta se mostró en las obras, si bien como llamarada fugaz que al soplo recio, repentino o inesperado de una desdicha quedó de súbito apagada. Varias Diputaciones provinciales, convidadas a allegar fondos y alistar y armar cuerpos para la guerra que próxima amenazaba, comenzaron a desempeñar su encargo con celo y visos de feliz éxito. Pareció que callaba como admirado el bando contrario del Ministerio, por suponerle tímido y frío. Levantó la frente y la voz con orgullo la sociedad secreta que gobernaba a la sazón a España. Volviéronsele amigos, aunque por brevísimo plazo, muchos comuneros de nota. En algunas noches casi enmudeció la Sociedad Landaburiana, pues suspendiendo las injurias y no consintiéndole su índole el aplauso, hubieron de sonar en su recinto meramente frías generalidades. Mas en breve la desdicha a que poco ha he aludido aquí dio impulso a sucesos desfavorables al Ministerio, a sus amigos y a la causa constitucional, y suelta a las pasiones contrarias a los primeros; y digo que dio impulso y no causa, pues aun sin tal desventura la caída de los ministros y de la Constitución era infalible, aun cuando hubiese venido algo más tarde.

     Una columna de levantados del bando realista de las que vagaban por España, por las tierras del Bajo Aragón, se vino a Castilla la Nueva, y pisando los términos de la provincia de Guadalajara, se acercó a Madrid lo bastante para causar, si no inquietud, escándalo en todos y descrédito en el Gobierno. Mandaban aquellas fuerzas un oficial antiguo del Ejército, extranjero, si no de patria, de origen, llamado don N. Italmann, y un osado aventurero francés o italiano, que llevaba el nombre de Bessières, dudándose que fuese éste su apellido verdadero, el cual un tiempo constitucional ardoroso, y luego sospechado de republicano, escapado do la prisión en que por promovedor de alborotos estuvo condenado a muerte, mudando de bandera, militaba bajo la del rey absoluto, según es probable, porque atendiendo sólo a medrar y a elevarse de pronto a grande altura, juzgaba ser para su intento buenos cualesquiera medios o caminos. A ahuyentar tales tropas allegadizas, tenidas por gavillas despreciables, fue destinada una fuerza no corta, a la que se agregaron algunos milicianos de la Milicia local de caballería, de Madrid. Iba también allí el regimiento de milicias provinciales de Bujalance, que pocos días antes había estado en Madrid, dando que admirar a la inocente credulidad del vulgo de liberales por su aparente entusiasmo, pues cantaban a una los soldados, en una tonada de las más usadas en aquel tiempo:

                   Alegría, Bujalance,
¡viva la Constitución!,
que los tiranos que nos mandaban
ya no nos mandan, no, no, no;
con cuyo motivo aplaudían todos que un cuerpo de milicias, tropa toda ella reputada desafecta a la Constitución, hubiese mudado tan de pronto y a tal punto, lo cual se atribuía a su comandante don N. Llanos, antes oficial de guardias reales, y de los que se opusieron a la rebelión del 1 de julio de 1822; oficial valiente y celoso, pero crédulo, como lo eran todos entonces, y alucinado en punto a dar valor a demostraciones vanas, con las que padece la disciplina, sin ganarse mucho por otro lado. Al frente de esta expedición quiso ponerse y fue el capitán general de Castilla la Nueva, don Demetrio O'Daly, uno de los cinco generales del Ejército de San Fernando restablecedor de la Constitución de 1820, militar antiguo, pero no hecho al mando superior, y falto de dotes para ejercerle, aunque oficial apreciable. Llegó esta fuerza a Guadalajara, y pasando de allí, fue sobre Brihuega, población a que había dado fama a principios del siglo XVIII, ser allí hecho prisionero el general inglés Stanhope con todas las tropas de su nación que le seguían, y a que dio la ocasión de que voy ahora aquí hablando nueva celebridad una imprevista y gravísima desventura. En efecto, las tropas constitucionales llevaron una completa derrota, perdiendo toda su artillería, algunos muertos y un número de prisioneros crecidísimo para el de que contaba la fuerza vencida, y huyendo en confuso desorden hasta las mismas puertas de Madrid todos cuantos salieron ilesos del campo de batalla, causó asombro y pavor en Madrid tal suceso. Los numerosos parciales del rey que encerraba la capital de España se presentaron amenazadores; los comuneros y todos los a ellos agregados, alzaron el grito contra el Gobierno; los indiferentes y pacíficos temblaron, temiendo ver la población hecha presa de un alboroto dentro de su recinto y combatida desde afuera por los rebeldes vencedores. En los amigos del Gobierno era suma la congoja, y en varios de ellos no inferior el miedo. Así sucedió que, como se hubiese el desastre ocurrido en Brihuega hecho público en Madrid entraba ya la noche, y como todavía seguía siendo presidente del Congreso Istúriz, hubo quienes acudieron a él muy alborotados, pidiéndole que convocase a sesión inmediatamente, sin reflexionar que habría de abrirse la que se convocase por la madrugada, y que, sobre el escándalo anejo a juntarse las Cortes a hora tan insólita y extraña, había la consideración de que para remediar el revés padecido nada podía hacer el Congreso. Negóse, como era de suponer, Istúriz a tan singular propuesta, y amaneció el siguiente día, que lo fue de penas y temores.

     Amedrentados y aturdidos los ministros, estimaron oportuno avenirse con los comuneros. De éstos era verdadera cabeza Ballesteros, por más que presidiese su sociedad Palarea. A Ballesteros, pues, quedó dispuesto entregar el mando de Castilla la Nueva y la defensa de Madrid, a cuyas puertas estaba esperándose por horas ver llegar las victoriosas gavillas de Bessières, en quien estaba ya personificada la fuerza que él con otros capitaneaba. Pero Ballesteros era consejero de Estado, y como tal no podía ser empleado, sin que a ello precediese una autorización de las Cortes. Dispúsose, pues, pedirla sin demora. Al intento se presentaron en el Congreso los ministros mustios y cabizbajos, como con trazas de vencidos. No de mejor semblante estaban sus amigos los de la sociedad rival de la comunera. Al revés, los comuneros, aun los que solían votar con el Ministerio, se presentaban con visible arrogancia, como quien variaba de situación, pasando de una de inferiores a otra de superiores. Las tribunas estaban llenas principalmente de comuneros, siendo éstos los que de ordinario allí concurrían en más número. Hecha la proposición, la apoyó el diputado comunero Salvato, hombre que solía expresarse en pocas, pero huecas y pomposas frases, con pedantería y afectación cínica, y que esta vez calificó al general de quien se trataba de gran figura que había aparecido en primer término en el escudo del 7 de julio. No me acuerdo si al oír esto, o antes al oír nombrar a Ballesteros, sonaron en la tribuna pública bravos y palmadas. Reprimió el desorden al instante Istúriz con un campanillazo tan recio y seco, y con palabras tan vigorosas, que acertó a imponer silencio y aun respeto, cosa no común en tales ocurrencias. Pero la autorización fue concedida sin oposición, y aún no tengo presente si por unanimidad de votos. Las consecuencias de este suceso fueron, sin embargo, pocas, si ya no es porque de él tuvo origen haberse dado los mandos principales de los Ejércitos para la próxima guerra al mismo Ballesteros, al conde de La Bisbal y a Morillo.

     Ballesteros, que en la guerra de la Independencia se había dado a conocer como arrojado y activo, y también como vano, indócil, ponderador extremado de sus hechos y de corta habilidad, captándose; con sus buenas y malas cualidades altísima reputación entre el vulgo; que en 1815 había sido ministro de Fernando, rey absoluto, y hecho nacer con su Ministerio infundadas esperanzas en los constitucionales, de cuyo gremio nunca había sido anteriormente; que en 1820, al saberse el levantamiento de Riego y Quiroga, había ofrecido con servil empeño al rey su espada para ir a domar a los rebeldes, y llamado a Madrid, había en algo contribuido a que el rey jurase la Constitución; que en el 7 de julio de 1823, obedeciendo una orden del rey dada de un modo ilegal, por no serlo por un ministro responsable, se había detenido al frente de sus tropas vencedoras, y salvado así a los guardias rebelados de una derrota completa y al Palacio de caer en poder de los constitucionales, a costa de crear compromisos a las autoridades legítimas que por la Constitución existían; que, esto no obstante, se arrogaba, si no ya todo, el principal mérito de aquella jornada, y seguía figurando entre los hombres extremados en opiniones políticas, sin acertar él a ser enteramente de ellos; Ballesteros, con ambición gigante, oscuras luces y ninguna instrucción, de condición violenta y dominante, pero a quien, faltando el discurso, no había medio para buscar con esperanzas de lograrlo todo lo que apetecía, alcanzado el mando no supo qué hacer de él, y empleó su situación y la autoridad puesta en sus manos, que un abuso facilísimo y probabilísimo podía haber hecho inmensa, en meras menudencias y puerilidades. Como complaciéndose en ver dependientes de él muchos generales, dio a varios de éstos los mandos de las puertas de Madrid, figurándose que iba esta capital a ser amenazada de expugnación por las tropas de Bessières. Obrando a guisa de dictador que domina a todos los partidos y de todos se sirve, escogió a generales de conocidas diferentes opiniones políticas, para darles pruebas de confianza y aprecio, entregándoles los mandos. Entre los escogidos, ninguno causó más admiración que Morillo. Los comuneros, cuyo incesante clamor era que fuese puesto en juicio, y aun condenado este general por su conducta en los sucesos del 7 de julio, hubieron de saber atónitos y de sufrir callados y sumisos la rehabilitación del para ellos tan odioso personaje, traída por el mismo caudillo a quien ellos habían encumbrado para triunfo de las doctrinas y personas de política más exaltada. Estos nombramientos en nada vinieron a parar, no habiéndose acercado a Madrid los de Bessières, sino antes retrocedido ante el conde de La Bisbal, enviado por los ministros aun antes de la elevación al mando de Ballesteros, y recién sabido el suceso de Brihuega, a juntar las dispersas reliquias de la división vencida y a hacer frente a los vencedores, y que había desempeñado su encargo con actividad, valor y acierto.

     Con esto el de La Bisbal, que desde su acción en el Palmar del Puerto, en julio de 1819, y desde su levantamiento a proclamar la Constitución en la Mancha antes que el rey la jurase, se había hecho odioso y sospechoso a todos los bandos que dividían a España, y que habiendo procurado allegarse al exaltado había sido por éste recibido tibiamente durante largo tiempo, y que al fin había logrado ser inspector de Infantería, puesto, aunque alto, no bastante a su ambición, codiciosa de otros donde podría influir más en los acontecimientos, se vio ya con un mando de tropas, esto es, con una fuerza que pudiese él emplear en sus proyectos ulteriores. Así, tres hombres ambiciosos, con diversos antecedentes, alistados en diferentes parcialidades y concordes todos ellos en tener en poco el poder civil, iban a ser dueños de la suerte de España, habiendo concurrido a ponerlos en tal situación varias causas, pero siendo el común origen de su subida al mando la fatal jornada de Brihuega.

     Con las ruidosas disposiciones de Ballesteros y con las acertadas maniobras de La Bisbal quedó alejado el peligro que de afuera amenazaba a Madrid; pero el de ver turbada la paz en sus calles, si bien había disminuido, no había desaparecido del todo. Ya los socios de la Landaburiana tronaban como antes contra los ministros, y llamaban a sedición con no rebozadas frases. El Zurriago seguía sus desmanes insufribles. Coincidió con los sucesos que voy ahora aquí narrando un acontecimiento misterioso. Súpose de repente que había desaparecido don Félix Mejía, uno de los dos que principalmente escribían en El Zurriago. Contaban sus amigos que éste había sido sorprendido y arrebatado una noche, sin duda alguna por los de la sociedad de la cual se mostraba tan acérrimo contrario, sociedad conocida por las venganzas que ejercía contra quienes revelaban secretos. Ponderábase el escándalo de tal hecho, aun suponíase muerta la víctima, y caía sobre el Ministerio, hijo de la sociedad, la execración que merecía tan infame violencia. Creíanla cierta algunos indiferentes, dábanla por tal casi todos los comuneros, y los amigos del Ministerio negaban que tal hubiese sucedido, suponiendo la ocultación de Mejía voluntaria, y encaminada a promover un alboroto. De esta última opinión fui yo, y soy ahora mismo, a pesar de que temí entonces que el celo indiscreto y necio de algunos de nuestra sociedad, sin anuencia y sin conocimiento de sus superiores o hermanos en ella, los hubiese llevado a cometer un delito que era asimismo un yerro. En medio de esto, y sonando recia la acusación contra nosotros, sucedió que una noche, al ir yo a retirarme, cerca de las doce de ella, como solía, de casa de Istúriz, éste, después de haber hablado en secreto con nuestro común amigo don Facundo Infante, que había entrado con trazas de tener algún secreto, me dijo que no pensase yo en salir, pues por la mañana temprano habríamos de tratar de un negocio gravísimo y urgentísimo, y para estar juntos a hora tan desusada e incómoda en el rigor del invierno había mandado ponerme una cama, donde sería bueno que, desde luego, me acostase, a fin de estar pronto al día siguiente y a la hora oportuna. Extrañé yo la idea, y despierta y excitada mi curiosidad, me empeñe en averiguar, desde luego, la naturaleza del grave negocio que obligaba a tales singularidades; pero fueron inútiles mis diligencias para sacar de Istúriz cosa que mediese siquiera luz para colegir algo de aquel misterio. Me acosté después y me dormí, y tan bien, que no hube de despertar hasta muy entrado el nuevo día. Entonces me vestí de prisa y acudí a saber de Istúriz qué habíamos de hacer o tratar. Pero mi amigo, riéndose, me dijo que nada ocurría ya, y que si yo había dormido allí era para libertarme de un peligro, quizá no cierto, pero cuya noticia bastaba para hacer razonable la precaución tomada. Era, pues, el caso, según lo refirió Istúriz, a quien en la noche anterior había venido presuroso a contárselo Infante, que, con motivo de la desaparición del zurriaguista Mejía, se habían juntado era tan conciliábulo secreto algunos comuneros, los cuales, además, eran de la sociedad italiana de los carboneros o carbonarios, y que, o participantes en el ardid del escondido, o creyendo cierto el delito de haber sido muerto o encerrado el escritor de El Zurriago, habían estimado justo y oportuno ejercer represalias sobre la sociedad supuesta autora del atentado, para cuyo intento había sido yo escogido por víctima, como uno de los miembros notables del cuerpo todo, habiéndose resuelto primero quitarme la vida, y luego, con más piedad, sólo echarse sobre mí y meterme en un encierro donde estuviese penando hasta ser canjeado por el preso hijo de Padilla, o donde, era caso de haber éste sido muerto, tuviese yo tan fin igualmente secreto y trágico. Hasta los nombres de los concurrentes al tal conciliábulo habían sido citados, en comprobación de la certeza de la denuncia hecha de lo allí ocurrido. Pocos habían sido, y de entre ellos me acuerdo de tres: uno, el bufo de la ópera italiana, llamado Rosich, que con bufonadas y alguna habilidad mímica compensaba las faltas de su poca y no buena voz, y que con truhanadas lisonjeras al vulgo liberal se solía captar aplausos no sólo como actor y cantor, sino como patriota, aunque extranjero; otro, Moreno Guerra, el cual, no siendo diputado ni cosa alguna, y ardiendo en deseos de hacer papel, procuraba llamar así la pública atención, aunque fuese por delitos, y otro, el coronel don N. Santiago Rotalde, al cual, como a mi antiguo y constante enemigo, se había dado por comisión ejecutar la sentencia contra mí pronunciada. Repugnábamos creer tales nuevas, y tanto más cuanto que Moreno Guerra estaba de continuo con nosotros como amigo, y aun había hablado al público desde una ventana de la casa misma de Istúriz, cuando el 11 de enero fuimos traídos a ella en triunfo Argüelles y yo, y se agolpó la gente a seguir dándonos aplausos. Así fue que pudo más en nosotros la duda que el crédito, debido al denunciador de la maldad; y si bien no seguros, llegamos a mirar el aviso con desprecio. Pero ocurrió que a la hora de comer del mismo día, en cuya mañana había yo recibido en casa de Istúriz la noticia de lo dispuesto en mi daño, estando comiendo en la misma casa, como hacíamos diariamente, entró un amigo de los que allí vivían y allí asistíamos, el cual era comunero y devoto de su sociedad, y asimismo buen caballero y muy de nuestra confianza, y como delante de él se hablase del asunto que ocupaba nuestra atención, protestó contra las calumnias que es común divulgar, y contra la credulidad pronta a dar buena acogida a cuanto se dice en descrédito de los de un bando o secta de adversarios, acabando con prometer que él averiguaría el origen de la delación recibida, y pondría patente su falsedad; pero salido en breve a cumplir su promesa, volvió pesaroso y cabizbajo, confesando ser cierta la denuncia en casi todas sus particularidades, y culpadas las mismas personas acusadas ante nosotros de serlo. Sin embargo, estimóse pasado mi peligro, por ser ya sabido que le corría, y volví yo a mí vida acostumbrada, reduciéndose todo a que mi amigo Grases y yo hiciésemos diarios y manifiestos insultos a Moreno Guerra cuando en casa de, Istúriz se presentaba, lo cual llevaba él en paciencia, así por ser cobarde por demás, aunque de gran corpulencia, y largo de lengua, y audaz lejos del peligro, como porque su conciencia la echaba en cara su infamia. Resta sólo decir de este incidente que en aquellos mismos días se apareció Mejía una noche a unos poceros que estaban ocupados en su sucia faena, los cuales, o estaban concertados con él, o le vieron en verdad con asombro, porque venía, según contaban, medio desnudo, afligido por el hambre, la sed y la congoja de los padecimientos de algunos días, refiriendo que al entrar en un portal, una noche, había sido cogido de sorpresa por gente emboscada, y sido llevado por ella a un encierro, donde, tras pocos días de un duro trato, había sido en el silencio de la noche sacado y puesto en la calle asimismo, sin ver la cara a quienes le hicieron libre. Pareció la cosa mal forjada patraña a casi todos, aunque no faltó quien creyese verdad su prisión, y hubo muchos que, teniéndola por falsa, aparentaron creerla. Fuese como fuese, otros hechos y otros cuidados distrajeron pronto la atención de las supuestas o verdaderas calamidades del zurriaguista, ente de poquísimo valer, a quien sólo daban algún precio las circunstancias de aquel período inquieto y calamitoso.

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