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ArribaAbajoEl pantano de las Brujas

Lámina 21

-No, tú, Alí, no puedes venir -dijimos. -Vamos al Pantano de las Brujas y queremos estar de vuelta muy pronto.

El Pantano de las Brujas era un pequeño lago, oculto en el bosque, que siempre nos gustaba visitar.

Así pues, aquel día, la prima Isabel, mi hermana Marta y yo, salimos con la intención de pasar un buen rato por allí y aunque Alí ladraba y tiraba de su cadena, le dejamos solo. Mientras estábamos en la orilla del pantano, yo escuchaba los extraños cuentos que referían sobre una bruja que, según las gentes, vivió un tiempo allí, y que, a decir verdad, no era más que una pobre vieja del pueblo, cuando Isabel exclamó de pronto:

-¿Qué es aquello?

Miramos hacia donde señalaba, y a lo lejos, al otro lado de las obscuras aguas, vi moverse las altas cañas como si algún ser viviente se agitara entre ellas. En seguida se oyó el ruido de un cuerpo al caer en el agua y grandes ondas concéntricas llegaron a la orilla hasta nuestros pies.

-Viene hacia nosotras -dijo Isabel.

-¿Qué será? -pregunté yo con intensa curiosidad, a la que, si he de ser franca, confesaré que se mezclaba una buena dosis de sorpresa.

-¡Quién sabe! -repuso mi hermana Marta. -Tal vez se trate de alguno que, impensadamente, haya caído en el pantano.

Entonces echamos de ver que era Alí.

El inquieto animal habla roto su cadena, nos había seguido, y a la sazón cruzaba el Pantano de las Brujas para reunirse a nosotras. ¡Pobre Alí! ¡Qué fiel! ¡Con qué cariño lo recibimos cuando llegó a nuestro lado sacudiendo con fuerza el agua de su erizado pelaje!




ArribaAbajoEl premio

Lámina 22

-El que me traiga el mejor ramo, recibirá un premio -dijo la señorita Catalina.

Naturalmente, todos buscaron con ahínco, no precisamente porque necesitarán el premio, sino porque querían ser agradables a la señorita Catalina.

La tarde anterior Arnoldo estaba sentado en su cuarto, estudiando su lección, cuando llegó Gerardo, y sentándose en una silla se puso a llorar; de lo que Arnoldo quedó no poco admirado, pues Gerardo era ya grandecito. Mas pronto descubrió de qué se trataba; había perdido su ramillete de flores mientras intentaba salvar a un gatito de las manos de unos muchachos crueles que le acosaban, y, al hacerlo, se había torcido el tobillo.

-¡Qué mala suerte! -dijo. -No podré presentar ningún ramillete.

-No te desesperes de ese modo -díjole Arnoldo

-Es que el mal no tiene ya remedio -repuso Gerardo cada vez más afligido, -y me quedaré sin premio, seguramente.

Pero a la mañana siguiente, Arnoldo contó a la señorita Catalina lo que le había sucedido. Ella manifestó entonces que Gerardo merecía un premio extraordinario por haber salvado al gatito. Y Arnoldo alcanzó el premio por el mejor ramo de flores, con lo que ambos quedaron satisfechos.

Lámina 23



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