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Amor de madre

Drama en dos actos, arreglado al español

Personas

LORD MELVIL. - ARTURO. - JOBSON. - LUCAS. - EL MINISTRO. - MARÍA. - BETI. - PESCADORES, CARPINTEROS, MARINEROS, ALDEANAS, CRIADOS, ETC.

(La escena es en Inglaterra: el primer acto en las costas de Portsmouth; el segundo en el castillo de MELVIL.)



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Acto primero

La orilla del mar. En el foro una barca acabada de construir. A la derecha una cabaña de pescador, a cuya puerta cuelga una rama de pino en señal de taberna.



Escena primera

JOBSON y CARPINTEROS. Luego, BETI.

     JOBSON. -(Viniendo con los carpinteros al proscenio.) �Ea! Ya, gracias a Dios, está concluida. �Me habéis hecho la barca más hermosa que habrá en toda la costa..., voy a ser la envidia de todos los pescadores de Portsmouth! (Llegándose a la cabaña.) �Eh! Mujer..., Beti..., saca unos potes de cerveza para que celebremos el último martillazo.

     BETI. -(Dentro.) Voy, voy.

     JOBSON. -Despacha. Echaremos un trago al pie de la barca, y así haremos tiempo hasta la hora de bautizarla. (Sale BETI con la cerveza.) La ceremonia será así que llegue el padrino... �Vaya! �A que no adivináis quién va a ser padrino del bautismo de mi barca?

     BETI. -Yo lo sé. El padrino va a ser nada menos que lord Melvil, par de Inglaterra, contraalmirante de la armada de S. M. B., y duque, y conde..., �y qué sé yo!... �Con más tierras y más millones!...

     JOBSON. -�Yo lo creo!

     BETI. -Ya veis si es honor para unos pobres pescadores como nosotros, que uno de los primeros señores de Inglaterra se digne venir aquí a ser padrino de nuestra barca y ponerle nombre.

     JOBSON. -Pocos lo conseguirán; pero a mí me distingue y me protege, yo he servido en su buque..., y era su ayuda de cámara a bordo..., él me tomó cariño, y... veréis, veréis así que llegue cómo manda daros cerveza y ron y aguardiente de Francia... �Ea! Un trago..., un trago... (Bebiendo todos.) �Y viva lord Melvil!

     TODOS. -�Viva! (Los carpinteros se dirigen hacia la barca y se ponen a beber.)

     JOBSON. -�Loco estoy de contento!... �Sabes, Beti, que la venida de lord Melvil nos va a dar un prestigio!... �Un señor tan orgulloso, tan rico, venir en persona!...

     BETI. -Con nosotros siempre ha sido así. Él fue quien nos casó, y nos compró esta cabaña y la barca y las redes..., en fin, hizo nuestra suerte... �Todo se lo debemos!

     JOBSON. -Por eso yo estuve para ahogarme por él hace seis años cuando me tiré al agua por salvar a sir Arturo, que tenía entonces doce años y enredando se cayó al mar.

     BETI. -�Es cosa particular el cariño que tiene lord Melvil a ese jovencito!

     JOBSON. -(Afectando indiferencia.) �Eso es natural!... Un huérfano que recogió milord en su último viaje. (Aparte.) �Si tendrá Beti alguna sospecha!

     BETI. -�Un huérfano, un huérfano!... No se tiene a un huérfano ese cariño tan entrañable, tan vivo... �Quieres que te diga lo que pienso?... Pues a mí no hay quien me quite de la cabeza que ese chico le toca algo más de cerca.

     JOBSON. -�Bah, bah!... Lo mismo se parece a milord que a mí.

     BETI. -Puede que se parezca a su madre.

     JOBSON. -�A su madre, a su madre!... �Y dónde está su madre?

     BETI. -�Toma!...

     JOBSON. -Algo se hubiera sonado...

     BETI. -�Quién sabe!... �No anduvo milord viajando muchos años, cuando joven, por Italia, por Alemania, por Francia?... Entonces no se llamaba más que sir Guillermo Burnet.

     JOBSON. -Es verdad; aún no había perdido a su tío, de quien luego heredó los títulos y bienes. Pero eso �qué prueba?

     BETI. -Eso prueba que pudo encontrar por esos mundos alguna jovencita que le amase..., �y como la virtud es tan frágil!...

     JOBSON. -�Calla, calla, mala lengua! (Los carpinteros se dirigen a recibir a los que llegan.) �Qué es eso?... �Ah! Ah! vienen ya los pescadores que fueron al castillo de Melvil a buscar a sir Arturo.

     BETI. -Y él viene también..., míralo..., allí..., entre Tomás el Largo y Juan Boston... �Qué aire tan picarillo tiene!

     JOBSON. -�Va a ser el más intrépido de toda la marina inglesa!

Escena II

Dichos y ARTURO, rodeado de pescadores.

     PESCADORES. -�Viva sir Arturo!... �Viva!...

     BETI. -�Y vivan los buenos marinos!

     ARTURO. -�Y vivan las muchachas lindas! (La abraza.)

     BETI. -(Dejándose abrazar.) �Qué picarillo!... No hay duda; ha nacido en Francia.

     JOBSON. -Me parece, sir Arturo, que podríais suprimir...

     ARTURO. -�Oh! �Buenos días, Jobson!... �Valiente marinero!... (Señalando la barca.) �Es aquel el chiquillo que vamos a sacar de pila?

     BETI. -Sí, señor; pero no puede haber bautismo sin que venga el padrino.

     ARTURO. -No tardará. Milord me ha mandado venir delante y deciros que le obliga a detenerse la precisión de aguardar unos pliegos que espera de un momento a otro; y que, según presumo, deben interesarle mucho.

     JOBSON. -Apostaría a que es algún beneficio que trata de hacer.

     ARTURO. -�Bien, Jobson, bien!... Me alegro de que le hagas justicia..., no eres tú de los que le acusan de vano, de orgulloso... �Me gusta que hables así de milord..., y en premio..., daré otro abrazo a tu mujer!

     JOBSON. -No, señor..., no...; si yo me doy por premiado...

     BETI. -(Que ha ido al foro.) Ya viene milord..., ya viene milord...

     ARTURO. -�Muchachos!... �Al aire los sombreros y Hurra al almirante!

     TODOS. -�Hurra!... �Hurra!...

Escena III

Dichos y LORD MELVIL.

     LORD. -Gracias..., gracias..., esos honores no me corresponden aquí..., no estamos a bordo.

     ARTURO. -Parece, milord, que venís más contento que os dejé; los pliegos que esperabais...

     LORD. -Los he recibido, Arturo, y quiero que tú los leas en alta voz. (Dándole un pliego.)

     ARTURO. -�Yo, milord!

     LORD. -Tú; porque este sobre viene dirigido a ti...

     ARTURO. -(Abriéndolo.) �Qué veo! �El sello de la cancillería!... �Mi nombre!... �Un despacho oficial de marina!...

     TODOS. -�Oficial!

     ARTURO. -�Ah, milord!... �Otro nuevo beneficio!...

     LORD. -�Este es el premio de tus adelantos y tu buena conducta en la escuela de marina, Arturo!

     ARTURO. -�Ah, señor! �No era bastante haber recogido en tierra extranjera a este pobre huérfano... (Con dolor.) abandonado por su madre!

     LORD Y JOBSON. -(Aparte, mirándose repentinamente.) �Ah!

     BETI. -(Aparte a JOBSON.) �Mira cómo milord se ha turbado!

     JOBSON. -Calla.

     ARTURO. -Vos habéis querido que os deba más que la vida, inspirando en mi corazón sentimientos de honradez y deseos de imitar un día vuestro ejemplo.

     LORD. -(Abrazándolo.) �Mi querido Arturo!

     BETI. -(Aparte a JOBSON.) �Mira cómo le abraza!

     JOBSON. -�Calla, habladora!

     ARTURO. -�Sí, milord! Una voz secreta me dice que yo he de llegar a parecerme a vos... �Ah! �Cuándo llegará ese momento!

     BETI. -(Aparte.) �Y que haya tenido una madre capaz de abandonarlo!

     LORD. -�Arturo!... �Tú has de ser mi alegría y mi orgullo!

     ARTURO. -�Ah, milord! �Me permitís que convide a todos estos a remojar mi charretera?

     LORD. -Sí, Arturo, y haz que lo solemnicen con profusión.

     ARTURO. -(A los pescadores y demás.) �Ea, camaradas, seguidme a la bodega del amigo Jobson! Vamos a dejársela vacía, entretanto que llega el sacerdote a celebrar la ceremonia. Ven a despacharnos, Beti.

     JOBSON. -(Aparte a BETI.) �No vayas!

     BETI. -(Aparte a JOBSON.) �Eh, celoso..., me da la gana!

     TODOS. -�Viva sir Arturo!

     ARTURO. -�Viva el almirante!

     TODOS. -�Viva! (Éntranse en la cabaña.)

Escena IV

LORD MELVIL y JOBSON.

     LORD. -(Viendo ir a ARTURO.) �Qué alma tiene tan elevada, tan generosa!

     JOBSON. -(Aparte, mirando ir a BETI.) �Cómo corre la muy loca!

     LORD. -�Qué índole tan buena!

     JOBSON. -�Se muere por hacerme rabiar!

     LORD. -�Ah, Arturo mío! �Tú eres mi amor y mi orgullo! (Bajando al proscenio.) También mi ingratitud con la que le ha dado el ser me impone la obligación de amarle más, de amarle por ella y por mí. �Ah! �Sí!... �Sólo a fuerza de amor y de ternura podré expiar las culpas de mi mocedad..., haberle privado de los besos de su madre..., de una madre desconocida para él... y tan cruelmente tratada por mí!... �Pobre María!

     JOBSON. -(Que ha ido poco a poco acercándose.) �Dios me perdone la parte que tengo en ello!

     LORD. -�Volvemos otra vez, Jobson? �No te he pagado bastante los servicios que me has hecho y el secreto que me has guardado?

     JOBSON. -No es esto quejarme, milord. Bien me acuerdo que hace quince años no era yo más que vuestro marinero, vuestro criado... Vos me habéis establecido... me habéis casado con mi buena Beti..., todo os lo debo..., esa casa, esas redes, esa barca..., todo. �Me habéis hecho feliz, muy feliz!... Pero si queréis que os confiese lo que siento... De algún tiempo a esta parte..., desde que soy padre, tengo unos remordimientos... Cuando veo a mi Ricardo jugando alrededor mío, siempre se me figura que alguien va a venir a robármelo..., como yo tuve la crueldad de robar al pobrecillo Arturo. �Pobre madre!... �Sabe Dios si se habrá muerto de pesadumbre!

     LORD. -(Conmovido.) Jobson..., bien sabes tú las causas que me obligaron a volver a Inglaterra y a dejarla.

     JOBSON. -Sí, milord..., a abandonarla sin que le quedase más apoyo que el de su primo, un pobre estanquero que nada le podía dar.

     LORD. -�Y qué! �No le he enviado yo diversas veces sumas considerables?

     JOBSON. -Es cierto: tres viajes hice yo a París con ese objeto antes de mi matrimonio, pero inútilmente. Las dos primeras veces ni aun escucharme quiso, y la tercera me echó con indignación de su cuarto..., de aquel cuartito pequeño donde pasaba día y noche cosiendo, vestida de luto, al lado de la cuna vacía de su hijo y con vuestro retrato delante.

     LORD. -�Basta, basta, Jobson! Esa desgracia es irreparable.

     JOBSON. -Pues yo, en vuestro caso, pronto la tendría reparada; bien sé yo lo que haría.

     LORD. -�Qué harías?

     JOBSON. -Escribir a esa desventurada unos renglones en que la dijera: �Si al cabo de tantos años no te has muerto aún de dolor, vente inmediatamente a mi lado�; y así que estuviese aquí, llamar a Arturo y decirle: ��Hijo mío, ahí tienes a tu madre!...�

     LORD. -�Jobson!

     JOBSON. -Y al día siguiente presentarla a todos diciendo: �Esta mujer se llama lady Melvil...�

     LORD. -�Jamás!

     JOBSON. -�Y acallar así el grito de vuestra conciencia... y la mía; sí, de la mía!... �Porque yo le robé su hijo, su único consuelo en el mundo..., yo!... �Y tuve entrañas para decirle a sir Arturo que su madre lo había abandonado en cueros a las puertas de una iglesia!... (Con exclamación de amargura.) �Ah, milord! �Tenemos los dos muchas culpas de que acusarnos!

     LORD. -(Después de una pausa en que ha procurado serenarse.) Jobson, escúchame por última vez. Soy par de Inglaterra, contraalmirante de la armada de S. M. B., y jamás el descendiente de los duques de Melvil manchará con una alianza indigna el blasón de su casa.

     JOBSON. -Es decir, que lord Melvil no se acuerda ya de sir Guillermo Burnet. (Síntomas lejanos de tempestad.)

     LORD. -(Con autoridad.) �Basta!

     JOBSON. -(Con respeto.) Bien, mi almirante.

Escena V

Dichos, ARTURO, BETI y PESCADORES.

     ARTURO. -�Milord, qué fortuna!... �No oís?... Amenaza una tempestad... Truenos, relámpagos... �Ah! �Quién estuviera ahora en la mar!

     LORD. -Sí; se ha levantado viento, pero no será nada.

     ARTURO. -Pues yo, con permiso de mi almirante, sostengo que antes de un cuarto de hora tenemos vendaval.

     LORD. -(Sonriendo.) �Y en qué lo conoce el señor oficial?

     ARTURO. -�En qué? Mirad... �Veis allá..., allá en el horizonte aquella nubecita?

     LORD. -�Pues es verdad!

     ARTURO. -�Oh! No diréis que no me aprovecho de vuestras lecciones. �Os acordáis de esa goleta que observamos antes que venía navegando cuatro cuartas contra viento y no podía doblar la punta de Portsmouth? Pues yo apuesto a que si estuviera a su bordo, lo haría mejor que el capitán que la manda.

     LORD. -�Por qué?

     ARTURO. -Porque se me figura que el tal no conoce muy bien esta costa..., y si se mueve borrasca, temo que estrelle la goleta en la roca negra.

     LORD. -Por esta vez creo que no se cumplirá tu predicción.

     ARTURO. -�Ojalá, mi almirante!

     JOBSON. -Milord, aquí viene ya el ministro y toda la comitiva para el bautismo de la barca.

Escena VI

Dichos y EL MINISTRO. Acompañamiento de hombres y mujeres, que traen la bandera inglesa: música militar.

     LORD. -�Salud a nuestro digno ministro!

     MINISTRO. -�Salud al noble duque de Melvil! Según os servisteis disponer, milord, vengo a cumplir con la ceremonia religiosa de bendecir la nueva barca que ha construido Jobson. Todos mis feligreses, noticiosos de que vos os dignabais honrar al pobre pescador sirviendo de padrino en este bautismo, han querido acompañarme para disfrutar de la presencia del bienhechor de esta comarca.

     LORD. -Su cariño y respeto hacia mi persona me empeñan cada día más. Pero el cielo se cubre..., podemos dar principio a la ceremonia cuanto antes.

     MINISTRO. -Milord, �qué nombre queréis dar a la barca?

     LORD. -(Mirando a ARTURO.) El joven Arturo. (ARTURO ha tomado la bandera inglesa y ha subido a la barca. La tempestad se acerca cada vez más; los truenos y relámpagos menudean; el mar se va agitando con rapidez. Todos los concurrentes se dirigen a la barca y se quitan el sombrero.)

     MINISTRO. -(Extendiendo los brazos.) �Barca nueva: en el nombre de Dios, que suscita y enfrena las tempestades del mar, yo te bendigo! (Rompe la banda de música militar.)

     ARTURO. -(Tremolando la bandera.) �Dios guarde a la reina! �Dios proteja a la Inglaterra!

     TODOS. -(Agitando los sombreros y banderolas.) �Viva!...

     ARTURO. -(Mirando hacia el mar.) �Silencio!... �Silencio!... (La música cesa.) �Milord!... �Qué os dije yo!... Mirad..., la goleta no gobierna..., el temporal la trae hacia la costa..., ya la tenemos aquí..., va a estrellarse en la roca negra... (Suena un cañonazo de socorro. LORD MELVIL, EL MINISTRO y algunos otros suben a la barca.)

     LORD. -�El cañonazo de socorro!... (Mirando.) �Qué veo!... �Ha perdido un palo!... �Sin remedio se va a pique!... (Suena otro cañonazo muy cerca.)

     ARTURO. -�Ha izado bandera..., es un buque francés mercante!... �Qué dolor! �El viento lo empuja a la roca! (Suena otro cañonazo; óyese el ruido de estrellarse en la roca y el grito de ��Socorro!� de la tripulación, mezclado de truenos y relámpagos, y el ruido del viento y las olas.)

     TODOS. -�Se estrelló!

     MINISTRO. -�Dios perdone sus culpas!

     ARTURO. -(Clavando la bandera en la barca.) �Compañeros, a la mar!... �Todos a las barcas!... �Salvemos a esos desgraciados, o perezcamos nosotros!

     LORD. -(Abrazándole.) �Oh, noble Arturo!...

     ARTURO. -(Bajando.) �Compañeros, nada debemos temer... Saldremos con nuestra empresa..., porque el almirante nos va a dirigir!... �No es verdad, milord?

     LORD. -(Con voz de mando.) �A la mar!

     TODOS. -�A la mar! (Precipítanse fuera de la escena.)

Escena VII

EL MINISTRO, BETI y LAS MUJERES. EL MINISTRO permanece en la barca. BETI y las mujeres arrojan cuerdas al mar. Durante esta escena se oyen con breves intervalos dentro los gritos de ��Socorro..., socorro!...� de los náufragos, y los de ��Animo!... �Brazo!... �A la roca!...� que profieren los que van en su auxilio.

     MINISTRO. -Echad algunos cables para que puedan asirse a ellos los infelices que hayan caído al agua... (Voces dentro.)

     BETI. -�Id a la cabaña... traed más cables!... �Dios mío..., que consternación!... (Voces.)

     MINISTRO. -Ya han saltado en las barcas..., ya van remando... Sir Arturo va en la primera..., miradlo en pie animando a los demás... (Voces.)

     BETI. -Milord va en la segunda... y mi marido también... �Ay! �Dios los saque con bien! (Voces.)

     MINISTRO. -�Valor, hijos míos, valor!... Ya están junto a la goleta..., ya los recogen... �Bendito sea el Señor! (Voces.)

     BETI. -Y la goleta se sumerge... �Ay! (Retirándose.) �Yo no puedo mirar eso!... �Qué horror!... Me estremezco toda. (Voces dentro que dicen ��A tierra!... �A tierra!�) �Dios mío! �Qué sucede?... �Señor!... �Y mi marido?

     MINISTRO. -�Demos gracias a Dios, hijas mías!... �Todo ha salido con bien..., ya los traen, ya están en la playa!... (Voces más cerca: ��A tierra con todos!�) Beti, hijas mías..., (Bajando de la barca.) vamos a recibir a los náufragos, a prodigarles todo género de socorros... Esta es la ocasión de ejercitar una de las primeras obligaciones que nos prescribe la santa religión que profesamos..., hallen hospitalidad en vuestras cabañas, partid con ellos el pan del pobre...

     ARTURO. -(Dentro.) �Se han salvado!... �Se han salvado!...

Escena VIII

Dichos y ARTURO, trayendo en sus brazos una mujer desmayada; detrás de él, JOBSON y marineros con algunos náufragos; luego LORD MELVIL.

     ARTURO. -�Yo la he salvado!... (La coloca en un banco; las mujeres la rodean.) Vive, vive... no está más que desmayada. Beti, a vos os la confío... (A LORD MELVIL que sale.) �Ah, milord, venid, yo he salvado a esta infeliz..., es una francesa..., compatriota mía!

     LORD. -(Abrazándole.) �Bien, Arturo, bien!

     ARTURO. -Ahora vamos a los otros... Si perece uno solo, no hemos hecho nada. �Compañeros, a las barcas!

     TODOS. -�A las barcas! (Vánse precipitados.)

     LORD. -Jobson, haz que tu mujer se lleve adentro a esa infeliz, y cuide de hacerla recobrar los sentidos; vosotras llevaos a vuestras cabañas los demás náufragos.

     JOBSON. -�Has oído? Adentro con todos. (Acércase a ella.) �Santo Dios!

     BETI. -�Qué es eso! No tengas cuidado..., ya está volviendo en sí... Amigas, ayudadme..., haremos que huela vinagre..., no es más que el susto. (Ayudada de las demás, la lleva dentro y también a los otros náufragos. Siguen dentro las voces, aunque más lejanas. La tempestad va disminuyendo.)

     JOBSON. -(Aparte.) �Estoy soñando... o es ella!

Escena IX

LORD MELVIL y JOBSON.

     LORD. -�Qué es eso, Jobson!... �No sigues a tus compañeros?

     JOBSON. -No, milord.

     LORD. -�Qué tienes? �Estás azorado!

     JOBSON. -Más lo estaríais vos, mi almirante, si hubierais visto lo que yo acabo de ver.

     LORD. -�Qué has visto?

     JOBSON. -Esa mujer desmayada...

     LORD. -�Qué?

     JOBSON. -A pesar de tantos años de ausencia, la he conocido: es ella...

     LORD. -�Quién?

     JOBSON. -La mujer que vos abandonasteis..., la madre de sir Arturo...

     LORD. -�Silencio, desgraciado!... �Oh! �Es imposible que sea..., tú me engañas, tú te has equivocado!

     LUCAS. -(Dentro con voz afligida.) �Socorro, socorro!... �Que me ahogo!

     JOBSON. -Algún náufrago de la goleta.

     LUCAS. -(Dentro.) �Socorro! �Socorro!

     JOBSON. -(Mirando al mar.) Viene sobre unas pipas colocadas en tablones... (Aparece por el mar LUCAS montado en una pipa, que está puesta sobre maderos cruzados.)

Escena X

Dichos y LUCAS.

     JOBSON. -Milord, voy a ayudarle a salir a tierra. (Acércase a la orilla, y le echa una cuerda.)

     LUCAS. -No os metáis en el agua..., no os mojéis..., yo la ataré aquí..., tirad, tirad no más. (Ata la cuerda a los maderos; JOBSON tira de ella, lo trae a la orilla y lo hace saltar en tierra.)

     LORD. -(Aparte.) �No estoy en mí! �Será posible!... �María aquí!... Si llega a descubrir quién es Arturo... �Ah!

     JOBSON. -�Buen hombre, estaréis hecho una sopa!... (Trayéndolo a la escena.)

     LUCAS. -(Que no ha soltado de la mano una jaula con su cotorra.) No tal.Echaron al mar esos maderos cruzados con una pipa encima, y yo me monté en la pipa..., y así he venido navegando hecho un dios Baco..., de manera que no me he mojado más que las medias. Yo os doy gracias por haberme salvado..., a mí y a mi cotorra. �Pero y mi prima?... �Dónde está mi prima?... �Ay!�Si yo hubiera podido traérmela en la jaula..., que bien merecía estar en una jaula! �Pero no sabéis de mi prima? �Qué será de mi prima!...

     LORD. -(Con viveza.) �Cómo se llama vuestra prima?

     LUCAS. -Lo que es yo me llamo Lucas Duflot, estanquero en París.

     LORD. -(Aparte.) Él es.

     LUCAS. -Y ella..., ella no quiere que la llamen sino lisa y llanamente María.

     LORD. -(Aparte a JOBSON.) �María!... �Ella es, no hay duda!

     LUCAS. -Pero si el demonio no anduviera suelto, podría tener otro nombre.

     JOBSON. -(Aparte a LORD MELVIL.) �No os lo dije, milord!

     LORD. -(Aparte a JOBSON.) Evitar su presencia es imposible...

     JOBSON. -(Aparte a LORD MELVIL.) �Imposible! Al fin llegaría a averiguar que sir Guillermo Burnet y lord Melvil son uno mismo.

     LORD. -(Aparte a JOBSON.) Sí, sí..., es mejor que yo la vea, que yo la hable antes que empiece a hacer preguntas a tu mujer y a las demás.

     LUCAS. -�Extranjeros! �Nada me respondéis?... �Os habláis en secreto!... �Qué es eso? �No habéis podido pescar a mi pobre prima?... �Decídmelo, decídmelo... y me vuelvo al instante a la pipa!

     LORD. -No, tranquilizaos... Vuestra prima se ha salvado..., pronto la veréis, y se os darán todos los socorros que vuestra situación reclama. Entretanto, tened la bondad, Sr. Duflot, de esperar aquí; este marinero os hará compañía. (Aparte a JOBSON.) Quédate con él.

     LUCAS. -(Aparte.) �Qué bien criado es este marino! (LORD MELVIL le saluda y se entra en la cabaña; LUCAS contesta con profundas y repetidas cortesías.)

Escena XI

JOBSON y LUCAS.

     LUCAS. -�Pero qué bien criado es!... �Cómo se llama?

     JOBSON. -Lord Melvil.

     LUCAS. -Lord Melvil..., no le conozco. Verdad es que yo no conozco a nadie en Inglaterra. (Sacudiéndose el agua de las piernas; movimiento que hace de cuando en cuando durante la escena.)

     JOBSON. -(Aparte.) Tratemos de averiguar a qué venían a Inglaterra. -Y este viajecillo, Sr. Lucas, atravesando el canal de la Mancha y viniendo por esta costa, �habrá sido sin duda para introducir su poquito de tabaco?... Algún contrabandillo, �eh?

     LUCAS. -�Qué disparate!... Es decir, algo de contrabando tiene el asunto...; pero no es contrabando de tabaco. Yo no quisiera descubrírselo a alma viviente...; pero ello, si se ha de averiguar la cosa, no hay más remedio que contarlo.

     JOBSON. -�Oh! �Sí!... Y no podíais haberos dirigido a mejor persona que a mí.

     LUCAS. -Pues señor, empezaré por deciros que estos ingleses son unos tunantes...

     JOBSON. -�Eh?

     LUCAS. -No, excepto vos... y ese señor tan bien criado que acaba de marcharse. Pues señor, prosigo. Tenía yo una prima más linda que una rosa..., yo la quería como un tonto, ya estaba formando mis planes de decírselo, cuando he aquí que de la noche a la mañana me encuentro con que se había enamoricado de un caballerete inglés... �Tunante!

     JOBSON. -(Aparte.) Esta es nuestra historia.

     LUCAS. -Verdad es que se llamaba sir Guillermo y yo Lucas... Muy almibarado, muy derretido, muy... sí señor... En fin, siguieron con fuerza los amores, y al cabo..., ya se ve..., cosas que... Pues señor, parió mi prima un chiquillo..., hermosote, �eso sí! Pero amigo, �queréis creer que al año de esto, poco más o menos, el pícaro del inglés desapareció..., y hasta hoy? Mi prima cayó mala, y por poco las lía... �Llorando siempre, de día y de noche!... Yo, �qué había de hacer?... Me dediqué a cuidar al chiquillo..., yo le fajaba, yo le mecía, yo le daba papilla...

     JOBSON. -(Aparte.) �Pobre hombre!

     LUCAS. -Cuando ya tenía dos años, me lo traía yo al estanco para que enredase y dejara trabajar a su madre. Pues señor, un día..., miento, que fue una noche..., aún no había yo encendido el velón, y el chiquillo andaba diableando por encima del mostrador, cuando cátate que entra un hombre embozado en su capa.

     JOBSON. -(Aparte.) Ese era yo.

     LUCAS. -�A ver, una onza de tabaco colorado.� Yo le peso su onza... �Bribón! �Y se la pesé bien... al muy tunante! Él empieza a olerlo, y dice: �Este tabaco es malo..., huela, huela.� Voy a olerlo, �y qué hace?... �Plaf!... Me sopla la onza de tabaco en los ojos..., a media onza por ojo... �Huy! Todavía me escuecen cuando me acuerdo. Me quedé sin sentido..., empecé a chillar, y cuando me curaron y pude abrir los ojos..., �adiós chiquillo! �Lo perdí, me lo quitó, me lo robó aquel tunante, aquel asesino, aquel ladrón! Convengamos, convengamos en que fue ladrón... �No es cierto?... La verdad, �no fue un ladrón?

     JOBSON. -�Un ladronazo!

     LUCAS. -(Dándole la mano.) Me alegro. Pues señor, prosigo. La pobre madre estuvo dos meses si se muere, si no se muere; pero ya lo dije: no hay que llorar, iremos juntos a buscar al chico, que no puede estar sino en Inglaterra... Por desgracia, ni ella ni yo teníamos un cuarto, de manera que no había medio de hacer el viaje. Entonces calculé que concretándonos a comer patatas y beber agua, podríamos, al cabo de algunos años, ahorrar un poco de dinero para la expedición... Así lo hice, y en diez y seis años he logrado juntar una suma, que estoy resuelto a emplear en que recorramos toda la Inglaterra hasta encontrar al ladrón.

     JOBSON. -�Pero qué esperanza es la vuestra? Vos no le visteis la cara, no podéis conocerlo, aunque se os pusiera delante... así... como estoy yo.

     LUCAS. -�Ay, ay!... �Lo que veo!...

     JOBSON. -(Aparte.) �Calla, qué será esto!

     LUCAS. -Esperad, esperad... sacaré la muestra. (Saca del bolsillo un papel en que trae envuelto un botón.) Cuando me metió el tabaco en los ojos, mi primer movimiento fue echarle la zarpa, y aunque se me escapó, me quedé con un botón entre las uñas, que es absolutamente igual a los que vos lleváis. Esta ya es una señal.

     JOBSON. -�Cierto! Ya por lo menos sabéis que es un marino. Sólo que en la Gran Bretaña seremos unos cuarenta y tantos mil... No tenéis más sino escoger.

     LUCAS. -Es verdad; no había caído en eso. Pero cachaza..., aún tengo otra seña más individual.

     JOBSON. -�Cuál?

     LUCAS. -Ya os lo diré... y vos me ayudaréis en mis pesquisas.

     JOBSON. -Por supuesto.

     LUCAS. -Voy a la playa a ver si han salvado mi equipaje y vuelvo a ver a mi prima. �Conque me ayudaréis?

     JOBSON. -Sin duda alguna. (Vase LUCAS.)

Escena XII

JOBSON. Luego, LORD MELVIL, BETI y MARÍA.

     JOBSON. -�Este hombre no me va a dejar vivir! Consultaré al almirante y haré lo que él me diga. Pero �qué veo!... Milord en persona trae aquí del brazo a esa desventurada... �Si le habrá tocado Dios al corazón! (Sale MARÍA apoyada en el brazo de LORD MELVIL y sostenida por BETI.)

     BETI. -Tomaréis un poco el aire y eso os hará provecho.

     MARÍA. -(Aún no vuelta en sí.) �Dónde estoy?

     LORD. -Serenaos..., la tempestad ha cesado y estáis en salvo. (Hace señas a JOBSON y a BETI de que se alejen.)

     MARÍA. -Es verdad. (Procurando volver en sí.)

     LORD. -(Aparte.) Aún no me ha conocido. (BETI y JOBSON entran en la cabaña.)

Escena XIII

LORD MELVIL y MARÍA.

     MARÍA. -�Ah! �Qué sueño tan horrible!... (Déjase caer en un banco.) Pero, no, no ha sido sueño...; yo me embarqué y me alejé de Francia..., sí; luego se levantó una tempestad, oí gritos de desesperación, yo me acongojé, perdí el sentido... Luego oí una voz dulce y pura que me llegó al corazón... �Yo os salvaré�, decía, y así fue; ya estoy en salvo.

     LORD. -(Aparte.) Parece que se va recobrando.

     MARÍA. -(Viéndole.) �Ah! �Sois vos, señor, a quien debo la vida!... Gracias os da esta pobre madre... (Mirándole fijamente.) �Pero qué veo!... �Es ilusión! �Me engañan mis ojos!... (Cayendo de rodillas.) �Hablad, señor..., hablad, yo os lo suplico!

     LORD. -Alzad, señora, alzad.

     MARÍA. -Esa voz... �Ah! �Él es, Dios mío!... �Guillermo!

     LORD. -(Conmovido.) �María!

     MARÍA. -Guillermo... (Mirando alrededor.) �Y mi hijo? �Qué habéis hecho de mi hijo?

     LORD. -Serenaos, María.

     MARÍA. -�Ah!... �Respondedme..., respondedme, en nombre del cielo!

     LORD. -Vive... y está aquí.

     MARÍA. -�Mi Arturo! (Dando voces.) �Arturo! �Hijo mío!...

     LORD. -�Ah! �Callad, por Dios, callad!... Ahora vendrá, os lo prometo; pero antes me escucharéis... �Ah! Sí; me escucharéis, María, porque este momento puede decidir de vuestra suerte y de la mía..., y sobre todo de la suerte de vuestro hijo.

     MARÍA. -(Sorprendida.) �Qué decís?

     LORD. -�Qué he decir!... �Que ha sido fatal vuestro pensamiento de venir a Inglaterra!

     MARÍA. -�Eso os atrevéis a decir, Dios mío! �Vos no sabéis sin duda todo lo que yo he padecido! El dolor había trastornado mis sentidos; �yo estaba loca, milord..., sí, loca! Yo llamaba a gritos a mi Arturo..., yo creía verlo en todas partes, de noche, de día... �Ah! �Qué infeliz he sido! Y ahora que lo encuentro, ahora que está cerca de mí, decís que ha sido fatal la llegada de la pobre María... �Ah! �Milord, vos no conocéis el corazón de una madre, ni habéis amado jamás a vuestro hijo!

     LORD. -�Que no le he amado jamás!... �Pues qué, sino ese amor, es lo que me ha hecho ser más culpable con vos!

     MARÍA. -�Ah! No se hable más de vuestras ofensas; hace ya mucho tiempo que os las he perdonado.

     LORD. -Pues yo, para adquirir algún derecho a ese perdón de la madre, he querido redoblar mi amor hacia el hijo. �Ah! María, preguntadle, preguntadle con qué esmero le he cuidado en su infancia, con qué cariño le he educado, con qué gozo le veía crecer...

     MARIA. -�Ah! �Yo no lo veía!

     LORD. -�Con cuánta delicia le miraba durmiendo a mi lado! �Cómo latía mi corazón al contemplar sus hermosas facciones!...

     MARÍA. -Es muy hermoso, �no es verdad?

     LORD. -Y siendo ya mozo, �quién sino yo le ha inculcado esos sentimientos nobles, todas esas virtudes que le adornan? �Ah! �María, él es mi orgullo, mi esperanza..., su vida es mi vida, separarme de él es imposible, sería matarme! �Ya veis, María, ya veis si le amo tanto como vos!

     MARÍA. -�Pues bien, sí..., los dos le amaremos, Guillermo!... �Llevadme, llevadme a verlo...; quiero abrazarle, quiero estrecharlo contra mi corazón!...

     LORD. -�Esperad!...

     MARÍA. -�Yo quiero verlo!

     LORD. -�Por Dios, María, esperad, esperad!... No le digáis que es hijo vuestro.

     MARÍA. -�Que no le diga que es mi hijo!... �Y por qué?

     LORD. -�Por qué, decís? �Pues no veis que su frente va a cubrirse de vergüenza y que la madre tendrá que ruborizarse en presencia del hijo?

     MARÍA. -(Con desesperación.) �Ah! �Dios mío!... �Es verdad!... �Pero qué me importa a mí ese mundo que me arroja de su seno?... �Quiere que le sacrifique yo mi vida entera? �No: harto desgraciada he sido! �Yo quiero ver a mi hijo, yo quiero verlo!

     LORD. -�Ah! �Por el bien de Arturo, por el bien de los tres, María, esperad!

     MARÍA. -Guillermo, hace diez y seis años que estoy esperando.

     LORD. -Sólo os pido un día, un solo día de silencio, María..., y vuestro sacrificio será más llevadero, porque vendréis conmigo al castillo.

     MARÍA. -�Con él?

     LORD. -Con él; pasaréis el día a su lado, le veréis a cada instante, dormiréis junto a él, y mañana...

     MARÍA. -Mañana, lo más tarde...

     LORD. -Sí; mañana, os lo juro por mi honor, la suerte de los tres quedará fijada.

     MARÍA. -Bien, milord; esperaré. (Suena ruido lejano, que se va acercando.)

     LORD. -�Oís? Viene gente...

     ARTURO. -(Dentro.) A la cabaña.

     MARÍA. -Esa voz...

     LORD. -Es la suya.

     MARÍA. -�Ah! �Le voy a ver!

     LORD. -Conteneos..., me lo habéis ofrecido.

Escena XIV

Dichos, JOBSON, BETI, ARTURO y LUCAS, cargado de maleta, sombrerera, jaula, etc. Pescadores y náufragos.

     ARTURO. -�Milord, Dios nos ha protegido; todos los náufragos se han salvado!

     MARÍA. -(Aparte, ansiosa de ir a abrazarlo.) �Ah!

     LORD. -(Aparte, conteniéndola.) �María!

     LUCAS. -Todos, prima mía..., incluso yo y la cotorra y el sombrero...

     ARTURO. -Señora, me felicito de haber tenido la dicha de salvaros.

     MARÍA. -�Vos?... �Fuisteis vos?

     ARTURO. -Yo, yo solo.

     MARÍA. -(Echándose en sus brazos enajenada.) �Ah! �Fuisteis vos!...

     LORD. -(Temeroso.) �Señora!...

     MARÍA. -(Separándose de ARTURO.) Perdonad, sir Arturo, este movimiento involuntario..., pero he sido madre, he perdido a mi hijo, y vuestra presencia me lo ha recordado.

     ARTURO. -�Vos habéis perdido un hijo?... Pues yo he perdido a mi madre, señora, y también vos me recordáis mi desgracia.

     LORD. -(Cortando la conversación.) Basta, Arturo... Estos pobres náufragos necesitan descansar; la cabaña de Jobson es muy pequeña para todos, y espero que acepten la hospitalidad que les ofrezco en mi castillo.

     LUCAS. -Aceptamos, aceptamos todos. (Aparte.) Lo dicho: es muy bien criado este señor.

     LORD. -Pues vamos al castillo. (Todos echan a andar. MARÍA va a dar el brazo a ARTURO, que se lo ofrece; pero LORD MELVIL, fingiendo no reparar en ello, se interpone y se lo presenta.) Señora...



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Acto segundo

Magnífico salón en el castillo de MELVIL.



Escena primera

LUCAS. Sale limpiándose los dientes con un palillo.

     LUCAS. -�Bien he almorzado!... �Bien, bien!... Me he comido lo menos tres raciones de biftek. �No hay como estos pícaros ingleses para asar la carne! �Lástima que pusieran alrededor aquella fila de patatas!... �Huy! �A un hombre que se está atracando de ellas hace diez y seis años!... Pues señor, todos los compañeros de naufragio se han marchado ya, unos en el vapor, otros por el camino de hierro... Mi prima y yo somos los únicos que se han quedado; �qué será esto? �Si habrá en ello misterio? �Si querrán estorbar que sigamos nuestra pesquisa? Ese Jobson, que ha venido con nosotros al castillo, es un hombre que se me ha atravesado aquí... y no hay quien me quite de la cabeza que yo he visto aquella cara antes de ahora... �Si sacaremos en limpio que él es el dueño del botón!... Y mi prima, que se le ha antojado ahora irse a pasear... �Ahí viene, oiga! �Y del brazo con aquel mocito que la salvó!... �Y se ríe! Jesús!... �A que se ha olvidado ya del chiquillo? �Vamos, está visto, yo solo tengo un verdadero corazón de madre!

Escena II

MARÍA, ARTURO y LUCAS.

     ARTURO. -(Al salir.) �Conque qué os parece el parque de Melvil?

     MARÍA. -Lo que de él he visto, me da muy alta idea de esta posesión. Debe ser muy rico milord.

     ARTURO. -Es dueño de todo un condado... �Oh! �De los lores más ricos de Inglaterra!

     MARÍA. -No le he visto en toda la mañana.

     ARTURO. -No tardará en llegar; hoy está de gran ceremonia; ha ido a revisar la escuadra que debe darse a la vela.

     LUCAS. -Prima... (Aparte.) �No ha reparado en mí! -Prima, �cómo va de salud?

     MARÍA. -�Ah! �Eres tú, mi querido Lucas?

     LUCAS. -�Has descubierto algo desde esta mañana?

     MARÍA. -No; desde esta mañana, nada.

     LUCAS. -(Con misterio.) Pues yo le ando a los alcances.

     MARÍA. -�Tú?

     LUCAS. -Yo.

     ARTURO. -(A MARÍA.) �Quién es este caballero?

     LUCAS. -Lucas Duflot, estanquero en París, calle de los Monos, número 104, servidor vuestro.

     MARÍA. -Primo mío, y mi mejor amigo, sir Arturo.

     LUCAS. -�Arturo!... �Cómo! �Este caballerito se llama Arturo?

     ARTURO. -Sí; �qué hay en eso de extraño?

     LUCAS. -(Aparte a MARÍA.) �Si fuera el chiquillo este joven!...

     MARÍA. -(Sonriendo.) Sería cosa rara, �no es verdad?

     LUCAS. -�Qué! No puede ser él. �Me acuerdo yo del chiquillo como si lo estuviera viendo!... Un pelito tan rubio..., unos carrillotes tan colorados... Verdad es que con diez y seis años encima, ya debe haber cambiado de figura... A ver; probemos, probemos si se acuerda cuando yo le llamaba. (Se pone enfrente de ARTURO y le llama con las dos manos, haciéndole mimos como a un niño de dos años. ARTURO se echa a reír.) �Ay, ay, ay!... No era así cómo se reía.

     ARTURO. -�Por qué me hacéis esos gestos?

     LUCAS. -Por nada. Era una idea equivocada... -Pero no importa: yo no desmayo. -Prima, consiento en que me aranes si pasa la mañana sin que yo atrape al ladrón. (Vase corriendo.)

Escena III

ARTURO y MARÍA.

     ARTURO. -�Al ladrón!... �Se ha vuelto loco vuestro primo?

     MARÍA. -No, este es un secreto que acaso algún día llegaréis a saber.

     ARTURO. -Hasta ahora, lo que os puedo decir es que jamás, aun yendo del brazo de la más hermosa lady, he sentido el dulce placer que me ha causado nuestro paseo de hoy.

     MARÍA. -(Sonriendo.) Ese cumplimiento lisonjea demasiado mi amor propio. Sir Arturo, yo quiero que me tratéis como trataríais a vuestra madre.

     ARTURO. -O a mi hermana.

     MARÍA. -A una hermana mayor.

     ARTURO. -Bien: de esos dos títulos, escoged aquel que inspire más afecto, mas cariño.

     MARÍA. -�Mi elección estaba ya hecha!

     ARTURO. -Y sobre todo, prometedme quedaros mucho tiempo, muchísimo tiempo en este castillo.

     MARÍA. -Todo el tiempo que pueda.

     ARTURO. -�Oh, qué alegría!... En cuanto a milord, no tengáis cuidado, no se opondrá: es noble, generoso; tiene algunas preocupaciones aristocráticas; pero su corazón es de ángel..., conque es cosa decidida; no nos separaremos nunca. (Suenan dentro tres campanadas.) �La campana! Ya ha llegado milord.

     MARÍA. -(Aparte.) �Tan pronto!... �Ah, cuánto estaba gozando!

     ARTURO. -�Qué tenéis?... �Parece que os habéis inmutado! (Ábrense las dos hojas de la puerta del foro: aparecen seis lacayos de toda gala, que se colocan en dos hileras.)

     MARÍA. -No..., la extrañeza..., no sé..., estoy tan poco acostumbrada a estas etiquetas de la alta nobleza...; pero no es nada; ya estoy serena. (Aparece LORD MELVIL vestido de gran uniforme de almirante, con banda y collar, y seguido de otros lacayos también de gran gala, que se quedan ocupando en fila la puerta: todos se inclinan al pasar su amo con el más profundo respeto.) �El es!... �Yo tiemblo!...

Escena IV

Dichos y LORD MELVIL.

     LORD. -(Al entrar.) �Los dos juntos!... �Si se le habrá revelado?... (Saluda a MARÍA, la cual le contesta: en seguida hace una seña y todos los lacayos se retiran, cerrando la puerta.)

     ARTURO. -�Queréis creer, milord, que esta señora se ha turbado al veros llegar? Sin duda ignora que el castillo de Melvil es un asilo donde se encuentra la más generosa hospitalidad. Así es que yo la he hecho los honores en vuestro nombre, la he salido garante de nuestro afecto..., y en fin, la he ofrecido que se quedará con nosotros. Milord, mi palabra está empeñada..., y vos no podéis ya desairar a un oficial de marina.

     LORD. -Me gusta, Arturo, esa generosidad de corazón... pero ya olvidáis un negocio de la mayor importancia.

     ARTURO. -�Cuál?

     LORD. -Os han traído el uniforme y no os lo vais a poner.

     ARTURO. -�Ay! �Es verdad!... �Soy un aturdido! �Voy a estrenar mi charretera!... �Ah, qué feliz soy!... Al verme entre los dos, ya casi se me figura que no soy huérfano... Hasta luego..., hasta luego... (Vase por el foro.)

Escena V

LORD MELVIL y MARÍA.

     MARÍA. -Ya veis que he guardado el secreto, milord.

     LORD. -Mucho os lo agradezco... Así, pues, �él ignora aún que os debe el ser?

     MARÍA. -Lo ignora..., pero este misterio cesa hoy, �no es cierto?

     LORD. -(Con calma.) En cuanto concluya de hablaros, María, quedaréis libre de vuestra promesa.

     MARÍA. -�Y podré entonces?...

     LORD. -Obrar según os parezca. Sobre este punto consultaréis vuestro cariño y el interés de vuestro hijo.

     MARÍA. -(Admirada.) �El interés de mi hijo!

     LORD. -Escuchadme, pues, con atención: esta mañana os ofrecí manifestaros la resolución que pensaba tomar; voy a hacerlo, y cualquiera que sea, os lo prevengo, es irrevocable.

     MARÍA. -(Turbada.) Hablad, milord.

     LORD. -Antes de todo, permitidme que trate de disminuir a vuestros ojos la odiosidad de mi pasada conducta.

     MARÍA. -(Apartando los ojos.) �Ah!...

     LORD. -�No me condenéis sin oírme: pongo a Dios por testigo de que en todo lo que voy a deciros no hay nada que no sea verdad! (Tomándola afectuosamente la mano.) �Vos habéis creído..., y aún lo creéis, que sir Guillermo al amaros no tuvo otra intención que la de seducir a una joven para abandonarla en seguida a la miseria y la deshonra?

     MARÍA. -�Lo creí, milord, y lo creo todavía!

     LORD. -Pues os lo juro; ese infame pensamiento no deshonró mi primer amor; entonces, María, mi mayor felicidad hubiera sido legitimar nuestra unión. Por mi honor, os aseguro que pensaba daros mi nombre.

     MARÍA. -�Vos!

     LORD. -Yo... Acordaos del viaje que hice a Inglaterra en la época del nacimiento de Arturo. Aquel viaje debía decidir nuestra suerte. Yo venía a echarme a los pies de lord Melvil, mi tío y mi tutor, y a pedirle su consentimiento; pero un suceso inesperado hizo que todo cambiase de aspecto. Mi tío y su hijo único acababan de morir casi repentinamente, y yo me hallé heredero de la casa de los duques de Melvil.

     MARÍA. -�Ya entiendo: la alta nobleza entonces os rodeó; la corte os abrió sus puertas... y la ambición se apoderó de ese corazón, y ahogó en él los más dulces sentimientos de la naturaleza!

     LORD. -�Como cabeza de una de las primeras familias del reino, me vi elevado por mi soberano a un puesto eminente..., su voluntad me impuso otras obligaciones..., ya no estuvo en mi mano elegir una vida obscura y feliz!

     MARÍA. -�Y ahora, lord Melvil?

     LORD. -Ese título que me recordáis debe bastar a probaros que el amor de sir Guillermo tiene que ceder ante la razón, cruel acaso, pero imperiosa, del par de Inglaterra, y que la voz del corazón es forzoso que calle ante las preocupaciones del mundo y la desigualdad de las clases.

     MARÍA. -�Ah, no acabéis!... �Guardaos ese título que tanto teméis deshonrar..., yo no os pido más que mi hijo!

     LORD. -(Después de una pausa.) También yo os lo venía a pedir.

     MARÍA. -�A pedirme mi hijo!... (Aterrada.) �Ah!... �Tiemblo comprender esas palabras!

     LORD. -No sé, María; no sé de qué frases valerme para anunciaros lo que tengo resuelto. �Es posible que sea mi destino haceros siempre padecer?

     MARÍA. -�Qué será esto? �Dios mío!

     LORD. -�Un dolor más cruel que todos los que habéis sufrido..., lágrimas más amargas que cuantas habéis derramado..., un sacrificio, en fin, que acaso no habrá hecho hasta ahora ninguna madre del mundo!

     MARÍA. -�Un sacrificio!

     LORD. -(Desdoblando lentamente un papel.) Ved aquí un documento firmado de mi mano; por él adopto a Arturo y le aseguro mi nombre, mis títulos y mis bienes. (La mira.) Pronunciad una sola palabra, y todo esto es suyo.

     MARÍA. -�Una palabra!... �Cuál?

     LORD. -Ese secreto que hoy habéis guardado..., juradme que lo guardaréis toda la vida.

     MARÍA. -Explicaos, no os entiendo bien... �Que guarde secreto para con todo el mundo? Sí, sí; lo guardaré... �Lo encerraré en el fondo de mi corazón; pero con mi hijo, no!... �Es esto lo que queréis decir?... �Con mi hijo, no!

     LORD. -Con vuestro hijo sobre todo.

     MARÍA. -�Cómo!... �Que renuncie a mis derechos!...

     LORD. -Para siempre.

     MARÍA. -�Que no pueda nunca decirle: �Yo soy tu madre!�

     LORD. -Más aún, que os separéis de él..., que partáis.

     MARÍA. -(Con entereza.) �Nunca, milord; jamás!

     LORD. -Entonces, señora, partiré yo.

     MARÍA. -�Vos!

     LORD. -Sí; porque no quiero que mi hijo, al estrecharos en sus brazos a vos deshonrada por mí, os pregunte: ��Quién es mi padre?� y vos se lo digáis; y él, que tanto me ama y me respeta, me maldiga entonces... �No; yo no quiero que Arturo me maldiga!

     MARÍA. -�Que os maldiga!

     LORD. -Sí, porque a la voz con que su alma me pediría reparación, yo no respondería sino con el silencio, y sería de mármol a sus súplicas y a sus lágrimas. Ya veis si me maldeciría.

     MARÍA. -�Ah..., y yo también!

     LORD. -Pues bien: huiré lejos de aquí; pondré un mundo entero entre vos y yo; iré dondequiera que vos no estéis. (Déjase caer en un sillón, y apoya la frente en las manos.)

     MARÍA. -�Y qué será de él si vos lo abandonáis! �Yo, pobre de mí, qué puedo ofrecerle en cambio de la brillante suerte que vos le destináis!... �La miseria!... �La miseria a Arturo..., a mi hijo!... �Ah! �Esta idea me horroriza! �Perder él su porvenir..., verse solo en el mundo, sin más apoyo que el de una infeliz mujer, que nada tiene, nada!... �Ah, milord..., vos no podéis sentir eso que habéis dicho!... �Vos no sois capaz de colocar a una pobre madre entre su cariño y la ruina de su hijo!... �No me respondéis!... �Apartáis la vista de mí!... �Ah! Tenéis entrañas de tigre... (Esforzándose a contener las lágrimas.) Bien: seréis satisfecho..., no descorreré el velo que oculta el secreto de su nacimiento..., callaré..., me siento con valor para ello... �Pero dejadme al menos que viva a su lado!... �Yo me esconderé para llorar!... �Yo le llamaré hijo mío cuando él no lo oiga!... �Seré criada vuestra, criada suya, criada de todos; no le abrazaré nunca!... �Pero, por Dios, que yo le vea..., que yo le vea..., no me separéis de mi hijo!

     LORD. -(La mira enternecido y se levanta lentamente.) Esa prueba sería superior a vuestras fuerzas.

     MARÍA. -No, no; yo os lo juro.

     LORD. -�Ah!... Si vos le vierais delante como yo le veo algunas veces, repitiendo con lágrimas �soy un pobre huérfano...� no podríais conteneros, y le responderíais con un grito del corazón. �Tú eres mi hijo�.

     MARÍA. -�Es verdad, Dios mío!... �Qué ruido es ese?

     LORD. -�Sin duda es Arturo que vuelve!

     MARÍA. -�Ah! �Dejad que me vaya, milord; dejad que me vaya!

     LORD. -(Deteniéndola.) �María, una palabra sola!

     MARIA. -(Con desesperación.) �Dejad que me vaya, Dios mío! (Despréndese de los brazos de LORD MELVIL y se precipita en su cuarto.)

Escena VI

LORD MELVIL.

     LORD. -(Mirándola irse.) Lo leo en sus ojos..., el sacrificio será completo... �Ah! Yo la recompensaré tanta virtud y tanto esfuerzo... Y ahora no podrá rehusar mis dones, porque será la mano de Arturo la que se los ofrezca... �Pobre María! Yo creí que después de diez y seis años podría volver a verla sin conmoción..., y a pesar mío, los recuerdos de mi juventud se agolpan a mi corazón... �Ah! �Lo conozco; nunca se puede ver con indiferencia a la mujer que nos inspiró el primer amor! (Permanece pensativo.)

Escena VII

LORD MELVIL y LUCAS.

     LUCAS. -�No puedo dar con el ladrón! �Hola! Aquí está milord.

     LORD. -(Aparte sin verle.) �Y si me ha engañado!... Si María vacilase y llegara a hablar con Arturo, todo se perdía. �Alejarlo de aquí u obligarla a ella a dejar el castillo sería demasiado cruel! (Óyese ruido dentro.) �Qué ruido es ese?... (Viendo a Lucas.) �Sabéis vos qué es eso?

     LUCAS. -No, milord; yo venía buscando al Sr. Jobson; si pudierais decirme...

     LORD. -(Yendo a la puerta.) �Arturo con marineros!... �Qué significa esto?

     LUCAS. -(Aparte.) �Marineros!... �Si estará entre ellos mi ladrón!

Escena VIII

Dichos, ARTURO y MARINEROS.

     ARTURO. -�Milord!... �Dadme la enhorabuena!... Aquí traigo una orden del almirantazgo... (Agitando un papel.)

     LORD. -�Orden del almirantazgo a vos!

     ARTURO. -A mí. Me mandan ir hoy mismo a bordo del Real-Jorge... �Un navío de ochenta cañones!... Mirad, mirad... (Le da el pliego.)

     LORD. -(Aparte.) Se aleja de aquí... �Todo se ha salvado!

     LUCAS. -(Aparte, habiendo pasado revista a todos los marineros.) Ninguno de estos es. �Y todos tienen los mismos botones!... Esto es capaz de volver loco...

     LORD. -(Que ha leído.) En efecto, la orden es terminante; os mandan transportar a Portsmouth los marineros del Real-Jorge que estaban con licencia en los pueblos de esta costa.

     ARTURO. -(Señalándolos.) Aquí están todos, alegres y dispuestos a embarcarse como su oficial; �no es cierto, camaradas? (Va dándoles la mano; LUCAS también se la da.) �Queréis vos también embarcaros con nosotros, buen amigo?

     LUCAS. -Muchas gracias; yo me mareo. �Habéis visto por ahí al Sr. Jobson?...

     ARTURO. -(Sin oírle.) �Ea, compañeros, a levar ancla, y viento en popa; voy a ponerme mi uniforme, y vamos a bordo! �Ah, qué cabeza la mía!... �Soy un ingrato! Esa señora francesa que tanto me quiere... �Y me iba sin despedirme de ella!

     LORD. -Se ha ido a su cuarto. Está algo indispuesta,

     ARTURO. -�Pobrecilla!

     LUCAS. -�Cómo es eso!... �Mi prima está indispuesta?

     ARTURO. -�Y creéis que no podrá recibirme?

     LORD. -Yo me encargo de disculparos...

     LUCAS. -Y yo.

     LORD. -Muchachos, seguid a vuestro oficial.

     ARTURO. -(Aparte.) Yo haré una escapatoria para darla un abrazo.

     LORD. -Arturo, que os esperamos.

     ARTURO. -Estoy a vuestra orden, mi almirante. (Vanse LORD MELVIL, ARTURO y los marineros.)

     LUCAS. -(Pensativo.) Con tal que Jobson no se vaya con ellos... Y tengo ya que prescindir de mi botón; si parece que todos aquí se han dado de ojo para llevarlos iguales... Pero me queda otro cuerpo del delito..., esta caja de tabaco... (La saca y toma un polvo.) Este inmenso receptáculo que el ladrón se dejó olvidado sobre mi mostrador en la refriega. Y es suya, no tiene duda: yo he sonsacado a su mujer, que habla más que mi cotorra, y ella me ha contado que Jobson estuvo en París, precisamente en la época... �Y cómo me lo ha negado el pícaro! Yo le confundiré, y veremos qué ha hecho del chiquillo. Será oficial de zapatero... o grumete de navío... o pinche... Pero yo le educaré..., le enseñaré a distinguir las diferentes clases de tabaco... (Se sienta pensativo.) En fin...

     JOBSON. -(Aparte, saliendo.) Por fin, sir Arturo se va a marchar, y ya no se volverá a tratar del negocio... �Me alegro!... �Estaba yo en ascuas!... Lo único que siento ahora es haber contado la historia a mi mujer... (Viendo a LUCAS.) �Calle, que está aquí el primo! (Dándole en el hombro.) �Hola, compadre Lucas!

     LUCAS. -(Levantándose asustado.) �Eh!... �Qué es eso?... �Virginia... o rapé... o?... (Aparte.) �Ay, qué bárbaro! Pensé que estaba en mi estanco.

     JOBSON. -�Estabais dormido?

     LUCAS. -Me alegro que vengáis, Sr. Jobson.

     JOBSON. -�Por qué?

     LUCAS. -Charlaremos un rato; tengo una cosa que preguntaros.

     JOBSON. -Ya; tocante a milord... a este castillo... a...

     LUCAS. -No; tocante a París.

     JOBSON. -�A París? Yo nunca he estado allá.

     LUCAS. -Mentís como un sacamuelas.

     JOBSON. -�Cómo es eso, gabacho!

     LUCAS. -Vuestra mujer me ha dicho que sí.

     JOBSON. -(Aparte.) �Ah! �Maldita charlatana! -Pues yo os digo que no; eso lo habéis soñado allá en vuestro estanco de la calle de los Monos...

     LUCAS. -�De la calle de los Monos!... �Y quién os ha dicho que yo vivía en la calle de los Monos?

     JOBSON. -(Turbado.) �Quién?... Vos mismo.

     LUCAS. -�Yo!... Mentira, mentira..., yo no os lo he dicho.

     JOBSON. -�Y qué que lo sepa?

     LUCAS. -�Y por qué os habéis puesto colorado?

     JOBSON. -�Yo!... Porque hace aquí bastante calor...

     LUCAS. -(Sacando con énfasis la caja.) Pues tomad un polvo y se os descargará la cabeza.

     JOBSON. -(Al tomarlo, repara en la caja.) �Qué veo!

     LUCAS. -(Aparte.) Se ha turbado al verla..., este es el ladrón. (JOBSON estornuda.) Dominus tecum. Este es buen tabaco..., de la calle de los Monos..., ya lo conoceréis..., y creo que también la caja.

     JOBSON. -�Yo!... No por cierto.

     LUCAS. -Pues es extraño..., porque allí se quedó olvidada en el mostrador del estanco de la calle de los Monos..., justamente por la época en que vos estuvisteis en París..., y justamente el día que me robaron el niño Arturo.

     JOBSON. -Creo que me llaman..., es la voz del almirante...

     LUCAS. -Es la voz de tu conciencia, �bribón, embustero!...

     JOBSON. -�Vos estáis loco!...

     LUCAS. -�Ladrón de chiquillos!...

     JOBSON. -�Ea, agur!... (Aparte.) �Qué demonio de hombre!

     LUCAS. -No te marchas de aquí..., no señor..., sin decirme dónde está el chiquillo...

     JOBSON. -(Arremangándose.) �Dejadme salir..., o esto acaba mal!

     LUCAS. -�Oh! No tengo miedo. (Presentándole la caja abierta.) �Estoy armado!

     JOBSON. -Paso..., o si no... (En ademán de boxear.)

     LUCAS. -�Acércate..., acércate..., y verás cómo te ciego!...

     JOBSON. -�Paso, digo!

Escena X

Dichos y MARÍA.

     MARÍA. -�Qué es esto?... �Qué ocurre, Lucas?

     LUCAS. -�Qué ha de ser!... �Que he encontrado al ladrón..., ese es!... Déjame que lo ciegue...

     MARÍA. -(Después de mirarlo, deteniendo a LUCAS.) Salid..., os perdono (JOBSON saluda y se va.)

Escena XI

LUCAS y MARÍA.

     LUCAS. -�Cómo!... �Le dejas ir sin que declare dónde está el chiquillo?

     MARÍA. -Es inútil; ya lo sé.

     LUCAS. -�Lo sabes?... �Sabes dónde está?... Pues dime...

     MARÍA. -Todo te lo diré..., pero en Francia.

     LUCAS. -�En Francia!

     MARÍA. -Sí; allá nos volvemos.

     LUCAS. -�Con él?

     MARÍA. -Sin él.

     LUCAS. -(Asombrado.) �Sin el niño?... �Y eso dice su madre!... �Su mamá!...

     MARÍA. -Él ignora que yo soy su madre..., y es preciso que lo ignore siempre.

     LUCAS. -�Entonces, hazme el favor de decirme para qué me he estado yo comiendo patatas diez y seis años!... �Para qué me he embarcado!... �Para qué he estado expuesto a servir de almuerzo a un tiburón!

     MARÍA. -Primo, si me quieres, no me preguntes más.

     LUCAS. -Pero es cosa inaudita...

     MARÍA. -�Preferirías verme morir de dolor después de haber hecho la desgracia de Arturo?

     LUCAS. -�Ah! Si la cosa es tan seria..., ya no digo nada. Callo y voy a disponerlo todo para nuestra marcha. �Cosa más rara!...

Escena XII

MARÍA.

     MARÍA. -Sí; marcharé, llevaré conmigo el secreto. Arturo no se verá infeliz, abandonado..., no recibirá por herencia mi obscuridad, mi miseria y mi nombre deshonrado... �No; yo quiero que sea rico..., poderoso! �Que ocupe un puesto brillante en ese mundo que arroja de sí a su madre! Milord acaba de enviarme a decir que Arturo, de orden del almirantazgo, había partido a bordo... �Ah! Casi me alegro...; no viéndole tendré más valor para resolverme al terrible sacrificio. (Llorando.) �Sin embargo..., marcharse sin verme..., sin darme el último adiós!... �Ah! �Qué amargura! (Cae abismada en un sillón. Ábrese con misterio una puerta pequeña; asoma por ella ARTURO; cerciórase de que no hay nadie y sale.)

Escena XIII

MARÍA y ARTURO, de uniforme.

     ARTURO. -(A la puerta.) Está sola.

     MARÍA. -(Sin verle, levantándose.) No importa..., os lo he ofrecido, mi Dios, y cumpliré mi juramento.

     ARTURO. -(Aparte.) �Qué triste está!... Parece que ha llorado..., ya no me atrevo a acercarme a ella.

     MARÍA. -(Con firmeza.) Esto es hecho. (Se enjuga los ojos; vuélvese, ve a ARTURO y da un grito.) �Ah!...

     ARTURO. -�Perdonad..., os he asustado!

     MARÍA. -No..., nada de eso; pero yo creía...

     ARTURO. -�Que me había marchado ya? No debisteis, sin embargo, creer que me marchase así.

     MARÍA. -Es verdad; no debí creerlo.

     ARTURO. -Milord y Jobson no saben que estoy aquí; he venido a escondidas... �Tenían un afán por que me fuese al instante!... Cuando les manifestaba deseos de despedirme de vos, me decían que no podíais recibir a nadie...; pero yo estaba seguro de que me recibiríais..., y así, lo que he hecho es deslizarme sin que me sientan y venir por esa puertecilla a daros el último adiós y a enseñaros mi uniforme.

     MARÍA. -(Aparte.) �Valor mío, no me abandones!

     ARTURO. -Y además quería pediros una gracia.

     MARÍA. -Hablad, hablad.

     ARTURO. -Es que no sé cómo deciros... (Aparte.) Aunque es pobre, tiene delicadeza..., busquemos un medio indirecto...

     MARÍA. -�Teméis que os la niegue? Hablad, ya os escucho.

     ARTURO. -Yo voy a ausentarme, quizá por mucho tiempo..., y lo deseo; porque estoy ya impaciente por bautizar con agua del mar mi charretera; pero, sin embargo, siento en el alma separarme de vos, a quien conozco apenas y no podré olvidar jamás. �La ausencia, me decía yo hace poco, es menos cruel cuando queda un recuerdo, una prenda de la persona ausente; pues bien, si ella consiente, yo le dejaré una para que la guarde siempre y le haga recordar alguna vez al huérfano Arturo�.

     MARÍA. -�Ah! �Dádmela, dádmela!... �Esa prenda será mi tesoro..., yo la guardaré siempre en mi corazón!

     ARTURO. -�Ah! �Qué buena sois!... Tomad. (Le da una caja de tafilete.)

     MARÍA. -(Abriéndola.) �Qué veo!... �Ah! �Qué parecido! (La besa a escondidas de ARTURO.)

     ARTURO. -�No es verdad que tiene todo este aire calaverilla?...

     MARÍA. -Pero sir Arturo, este retrato está guarnecido de diamantes.

     ARTURO. -No, no..., son unas piedras de poco valor... Lord Melvil quiere casarme con la hija del duque de Richemont..., y para ella estaba destinado.

     MARIA. -(Aparte.) �Una alianza tan brillante!... �Ah! �Muera el secreto en mi corazón!

     ARTURO. -�Conque lo aceptáis?

     MARÍA. -Sí; guardo el retrato, pero os devolveré el cerco.

     ARTURO. -No, no; guardadle también, porque no es regalo, es cambio.

     MARÍA. -�Cómo!

     ARTURO. -Sí. �No me daréis por él alguna memoria vuestra?

     MARÍA. -Yo no tengo nada..., nada...

     ARTURO. -�Y ese medallón que lleváis al cuello?

     MARÍA. -�Ah! �Este medallón?... No puedo separarme de él; contiene un rizo que una madre cortó a su hijo cuando dormía en la cuna.

     ARTURO. -Dichoso él, que podrá decir: ��Madre mía!� nombre que yo estoy privado de pronunciar, pero cuya dulzura comprende mi corazón.

     MARÍA. -�Y nunca os han hablado de la vuestra, Arturo?

     ARTURO. -�La mía?... (Con dolor.) �Estoy condenado a maldecirla!

     MARÍA. -(Aterrada.) �Qué decís!

     ARTURO. -�Ah! �Si supierais!... Ella me abandonó.

     MARÍA. -�Os abandonó?

     ARTURO. -Sí, señora. Apenas tenía yo un año, cuando me encontraron, una noche de invierno, muerto de frío y de hambre en las gradas de una iglesia..., y a no ser por la caridad de un hombre generoso...

     MARÍA. -�Ah, qué horror!... �Es una mentira infame..., nunca vuestra madre os abandonó!

     ARTURO. -(Admirado.) Cuando habláis así, señora, �estaréis cierta de lo contrario?

     MARÍA. -Para obligaros a despreciarla, a aborrecerla, la han calumniado... �Pero yo la defenderé, sí! Escuchad, Arturo, escuchad.

     ARTURO. -Sí, sí; ya escucho.

     MARÍA. -Diez y ocho años hace que una joven de condición humilde, pero honrada, quedó sola, sin recursos ni apoyo alguno, por la muerte de su padre, valiente oficial, que expiró en el campo de batalla, y tuvo que ganar el pan con el trabajo de sus manos. Un joven de elevada cuna la vio casualmente y concibió por ella una violenta pasión; ella, la infeliz, sin experiencia, le amó también, �y este amor la perdió!

     ARTURO. -�Alguna promesa de casamiento?... �Algún rapto?...

     MARÍA. -La sedujo vilmente... y la abandonó a la desesperación.

     ARTURO. -�Ah!

     MARÍA. -Ella deseaba la muerte, pero el cielo le impuso otros deberes; era ya madre: nacisteis vos, Arturo.

     ARTURO. -Seguid, seguid.

     MARIA. -Un año entero pudo criar a su hijo...; pero la miseria, el hambre...

     ARTURO. -�Cómo!...

     MARÍA. -Sí, Arturo; la miseria, el hambre la forzaron a entregar su hijo al pecho de una extraña.

     ARTURO. -�Y nada supo, nada recibió de su seductor?...

     MARÍA. -�Oh! Sí; pero, �sabéis lo que la ofreció?

     ARTURO. -�Dinero quizá?

     MARÍA. -Sí, dinero; pero con la condición de que le entregase su hijo...

     ARTURO. -(Con prontitud.) �Y ella lo rehusó?

     MARÍA. -�Qué madre vende a su hijo por dinero?

     ARTURO. -�Y se han atrevido a calumniarla, a envilecerla!...

     MARÍA. -Escuchad, escuchad. No paró en esto, sino que viendo que nada conseguían de ella por el interés, apelaron a la violencia... �Le robaron su hijo!

     ARTURO. -�Le robaron!

     MARÍA. -�Sí, su hijo, su único consuelo..., y en diez y seis años no le ha vuelto a ver!

     ARTURO. -�Ah, madre mía!... Y a pesar de tantas desgracias, vive, �no es verdad?

     MARÍA. -Sí; vive para padecer..., pero no padecerá mucho tiempo.

     ARTURO. -�Ah! �Llevadme a verla!... �Quiero arrodillarme junto a su lecho de dolor!... �Quizá los besos de su hijo reanimen su moribunda vida!... �No me respondéis!... �Vuestros ojos se llenan de lágrimas!... �Quién sois vos que así lloráis hablándome de mi madre?

     MARÍA. -(Aparte.) �Y mi juramento..., mi juramento!...

     ARTURO. -�Aún guardáis silencio!... �Queréis evitar mis miradas!... �Vos sois mi madre!...

     MARÍA. -(Deteniéndole.) �Yo!... No, no..., os lo juro..., ese título sagrado no me pertenece. Si yo fuera tu madre, pobre niño, �no se hubieran abierto ya mis labios para decírtelo? �No te hubiera estrechado ya contra mi corazón?...

     ARTURO. -(Con tristeza.) �Ah, sí, sí..., me había ofuscado!

     MARÍA. -Soy una amiga suya..., casi una hermana..., y por ella he venido a Inglaterra.

     ARTURO. -�A qué? �Decidme a qué?

     MARÍA. -El autor de sus desgracias..., que os ama mucho y cuida de vuestra suerte, ha exigido de ella que renuncie solemnemente a todos sus derechos.

     ARTURO. -�Y vos venís encargada de rehusar en su nombre tan infame propuesta?... �Bien, señora!

     MARÍA. -Esta vez no se trata ya de la felicidad de la madre; se trata de la suerte del hijo, y ella ha consentido: yo vengo a responder de su silencio.

     ARTURO. -�A responder de su silencio!... �A responder a quién?...

     MARÍA. -�Ah! Serenaos, Arturo..., me hacéis temblar.

     ARTURO. -�Quién tiene derecho de imponer a mi madre semejante juramento! El que una vez la engañó tan villanamente, �no es cierto? �Vos no queréis decirme su nombre! Pues bien, yo os lo diré. (Llama a una campanilla.)

     MARÍA. -�Arturo!

     ARTURO. -(A un lacayo que se presenta.) Decid a lord Melvil que sir Arturo le pide un momento de audiencia. (Vase el lacayo.)

     MARÍA. -�Dios mío!... �Cuál es vuestro proyecto?

     ARTURO. -Dejadme solo, señora; dentro de breves instantes quedará decidida la suerte de mi madre.

     MARÍA. -(Aparte.) �Ah! �Prevengámoslo; nada quiero a precio de su ruina!

     ARTURO. -(Dándole la mano.) Ya viene. Permitidme que os conduzca a vuestra habitación. (La acompaña hasta la puerta.)

Escena XIV

ARTURO. Luego, LORD MELVIL.

     ARTURO. -�Lord Melvil..., ya sé cuáles son los lazos que me unen a vos; ya sé los derechos que tenéis a mi sumisión y a mi agradecimiento!... �Pero también sé lo que debe esperar de su hijo una madre que vos habéis hecho tan infeliz!

     LORD. -(Saliendo.) �Qué me querrá? (Se acerca; ambos se miran un momento en silencio.) �Vos queríais hablarme?

     ARTURO. -Sí, milord.

     LORD. -(Aparte.) �Qué conmovido está! -No es aquí, Arturo, donde yo creía encontraros.

     ARTURO. -Lo sé.

     LORD. -Vuestros compañeros de viaje os están ya esperando.

     ARTURO. -Yo no parto ya.

     LORD. -�No partís ya!

     ARTURO. -No, milord.

     LORD. -�Habéis olvidado que no os pertenecéis?

     ARTURO. -No lo he olvidado, milord.

     LORD. -�Habéis olvidado las obligaciones que os impone esa charretera?

     ARTURO. -Obligaciones más sagradas me mandan quedarme aquí.

     LORD. -�Qué dices?

     ARTURO. -(Exaltándose por grados.) �Qué he de decir! �Que estoy sufriendo horriblemente..., que tengo el corazón despedazado..., combatido de mil diversos sentimientos..., el respeto, el temor.., el grito de la naturaleza!... �Ah! �No puedo más!... Mejor es romper el silencio. (Echándose a sus pies.) �Padre mío..., yo vengo a pediros la honra de mi madre!

     LORD. -(Aparte.) �Todo lo sabe! �Infeliz!... �Quién te ha revelado?...

     ARTURO. -Esa mujer que yo salvé.

     LORD. -�Tú la has visto?

     ARTURO. -Sí; pero de nada tenéis que reconvenirla, padre mío; no ha sido ella quien me ha revelado este fatal secreto; yo he sido quien se lo he arrancado.

     LORD. -�Os ha dicho también el precio que he impuesto a su silencio? �El juramento que he hecho? �La resolución que he tomado?

     ARTURO. -Sí; me lo ha dicho..., pero yo no la he creído.

     LORD. -Pues habéis hecho mal, Arturo, porque María está ya persuadida de que jamás olvidaré yo lo que debo a mi clase y a mi cuna.

     ARTURO. -�Mejor fuera que no lo hubierais olvidado, milord, cuando deshonrasteis a mi madre!

     LORD. -�Arturo!... �Sabéis a quién estáis hablando?...

     ARTURO. -�A quién estoy hablando?... Sí, lo sé; estoy hablando a lord Melvil, descendiente de una de las familias más nobles de Inglaterra; a lord Melvil, rico y opulento par del reino; a lord Melvil, que orgulloso con los timbres de su cuna, se cree dispensado de cumplir toda obligación.

     LORD. -(Aparte.) �Que esto oiga yo de sus labios!

     ARTURO. -�Oh! �Ya sé yo que para un gran señor es cosa de juego legar por herencia a la mujer que le ha amado la vergüenza y la deshonra!

     LORD. -�Arturo!

     ARTURO. -Robarle su hijo, su único tesoro; y cuando solicita como gracia que la permitan darle un abrazo, responderle: �Entrégame tu hijo, o le abandono también; guárdate de mirarlo; guárdate de decirle una palabra cariñosa, una palabra que pueda descubrirle el secreto, porque entonces lo arrojaré también, como a ti, a la miseria y al desprecio.�

     LORD. -Callad, Arturo... �Yo os lo mando!

     ARTURO. -�No quiero callar, milord! �Arturo levanta aquí la frente que vos habéis querido humillar; le obligáis a elegir entre su madre y vos..., entre vos, grande y opulento, y su madre, pobre y despreciada... pues bien, su elección está hecha! �Arturo trabajará para mantenerla; desde hoy olvida todos vuestros beneficios, y desprecia todos vuestros dones; os debe esta charretera que pensaba ilustrar algún día..., pues él se la arranca de sus hombros, milord, y la pisa con sus pies, para no quedaros a deber nada!

     LORD. -�Ah!... �Esto es demasiado! �Salid, salid de aquí al instante! (Cae en un sillón.)

     ARTURO. -(Yéndose.) �No hay remedio! �Ah! �Y yo le amaba tanto!

     LORD. -(Mirándole.) �Llora!

     ARTURO. -�Nos echa de casa a mí y a mi madre! (Volviendo.) �Pero no..., no es posible!... �Milord..., tened piedad de mi madre!

     LORD. -�Arturo!

     ARTURO. -�Vos que sois tan bueno, que nunca habéis visto derramar lágrimas sin enjugarlas! �Ah, padre mío!... �Conozco que me he excedido..., mis palabras han herido vuestro corazón: perdonadme! (LORD MELVIL se enternece; ARTURO abraza su cuello.) �Os amaremos tanto los dos!... �Seremos vuestro consuelo y vuestra alegría!... �Esa noble carrera a que vos con tanto placer me habíais destinado, yo la recorreré con gloria a vuestra vista, guiado por vuestros consejos, inflamado por vuestro ejemplo! (LORD MELVIL apenas puede contener su emoción.) �Os enternecéis!... �Me ocultáis vuestras lágrimas!... �Ah, madre mía!... �Al fin os va a abrir los brazos!... (Le estrecha de nuevo contra su pecho; LORD MELVIL da muestras de la lucha violenta que reina en su corazón, pero al fin rechaza a ARTURO con ademán firme.)

     LORD. -(Con entereza.) �Jamás!

     ARTURO. -(Después de una pausa.) �Basta de súplicas! Adiós, milord (Va a salir a tiempo que se abre una puerta y aparece MARÍA.)

     LORD. -(Aparte.) �Ella es!

Escena XV

Dichos y MARÍA.

     MARÍA. -(Aparte a LORD.) No temáis, está hecho el sacrificio.

     ARTURO. -Venid, señora; abandonemos ahora mismo el castillo de Melvil, y vamos a buscar a mi madre.

     LORD. -(Aparte.) �A buscar a su madre!... �Qué es lo que dice!

     ARTURO. Marchemos.

     MARÍA. -�Queréis ir a (8) ver a vuestra madre! �Ah, sir Arturo, ya es tarde!

     ARTURO. -�Es tarde!

     MARÍA. -�Sí, ha muerto!

     ARTURO Y LORD. -�Ha muerto!

     ARTURO. -�Ah!... �Eso no es verdad!... Vos me engañáis..., lo decís para obligarme a permanecer aquí.

     MARÍA. -Leed esta carta que os escribió a la hora de la muerte. (Le da una carta cerrada.) En esta otra me participan la fatal noticia; acabo de recibirlas.

     ARTURO. -�Ah!... �Mi vista se anubla..., yo no puedo leer!

     MARÍA. -Dámela: yo leeré. (Lee.) ��Hijo mío: se acabó el mundo para mí; ya no nos veremos sino en el cielo! (Un momento de silencio.) En el cielo, donde Dios cuenta las lágrimas de los desgraciados; en el cielo, que es la patria de los pobres huérfanos y de las madres desvalidas. Antes de separarme de ti para siempre en este mundo, quiero imponerte mi última voluntad. Un hombre fue cruel, muy cruel conmigo; pero este hombre es tu padre; yo le perdono. Sé que te ha criado con amor; que funda en ti su esperanza y su felicidad; ámale, Arturo, como yo le he amado, y tu madre, desde el cielo rogará a Dios por ti.�

     ARTURO. -(Arrodillándose.) �Dios mío, recibe el juramento que hago de obedecerla! (La agitación de LORD MELVIL ha ido aumentándose por grados durante la lectura. Al oír la exclamación de ARTURO, ya no puede contenerse, y levantándole del suelo, le arroja en los brazos de MARÍA.)

     LORD. -�Ah!... �No puedo más!... Lady Melvil, abraza a tu hijo.

     ARTURO. -�Madre mía!

     MARÍA. -�Ah! (Viendo a LORD MELVIL que la mira con las manos juntas, como pidiéndola perdón, se echa en sus brazos, quedando enlazados los tres.) �Guillermo! �Bendito seas!

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