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Otra casa con dos puertas

Comedia en tres actos, arreglada al teatro español

Personas

D. FEDERICO. - D. LUIS. - D. CASIMIRO. - D. LORENZO. - DOÑA CLARA. - DOÑA ENRIQUETA. - DOÑA ISABEL. - DOÑA INÉS. - ANTONIA.

(La escena es en Madrid: el primer acto en casa de D. FEDERICO: el segundo y el tercero en la de DOÑA INÉS.)



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Acto primero

El teatro representa un cuarto de pobre aspecto: en el fondo la puerta de la escalera, y a su derecha una alcoba con cortinas. En el costado derecho una ventana, y delante de ella un caballete con un cuadro; y en primer término una mesa, sobre la cual hay una caja de pistolas, escribanía, papel, fósforos, etc. En el costado izquierdo un brasero, un biombo, que ocupa gran espacio y oculta un velador; y en primer término una puerta secreta en la pared y medio cubierta con un cuadro. Otros varios cuadros acá y allá y diversos objetos de pintor.



Escena primera

CLARA, ENRIQUETA, ISABEL.

(Al levantarse el telón, ISABEL está escuchando por la cerradura de la puerta del foro; ENRIQUETA, cerrando el biombo, y CLARA junto al caballete, en el cual ha colgado una capa. Sobre la mesa hay un ramo de flores.)

     LAS TRES. -(Con misterio.) �Chit!

     ENRIQUETA. -(A media voz.) �Es él?

     ISABEL. -�Sí! (Corren hacia la izquierda dirigiéndose al biombo: ISABEL, que se ha detenido un poco, saca del seno un ramo de flores, lo besa furtivamente, y lo deja en la mesa: CLARA la llama por señas; y las tres desaparecen detrás del biombo, que queda cerrado. Inmediatamente se abre la puerta del foro, y salen por ella FEDERICO, ANTONIA y luego LUIS.)

Escena II

FEDERICO, ANTONIA. Luego, LUIS.

     FEDERICO. -Gracias, Antonia. (Aparte incomodado.) �Fatuo!... �No quererme saludar! Váyase usted, Antonia, y de aquí a un cuarto de hora tráigame usted la cena.

     ANTONIA. -�Calla!..., �a las cinco de la tarde ya quiere usted cenar?

     FEDERICO. -�Uf!..., �qué frío está el cuarto!... Sí: en cuanto anochezca, me acuesto. �Ah, diga usted!, �no ha venido nadie a buscarme?

     ANTONIA. -Nadie.

     FEDERICO. -�Quién se ha de atrever a subir seis tramos?

     LUIS. -(Saliendo.) �Sic itur ad astra!..., �noventa y tres escalones!...

     ANTONIA. -�Adiós! �Visitas!... (Se va por el foro.)

     FEDERICO. -�Luis..., tú por acá!

     LUIS. -�Adiós, pintor insigne!... �Rafael moderno!... �Este es tu estudio?

     FEDERICO. -Sí, mi estudio..., y mi sala y mi alcoba y. mi comedor... (Señalando al biombo.) y allí mi cuarto de vestir, cuando tengo visitas.

     LUIS. -�Pues tienes una casa completa..., y todo bajo una misma llave..., siempre es comodidad!... (Tiritando.) �Uf, y el brasero con ceniza no más! No se puede ser genio en este siglo..., porque tú eres un genio y yo otro. �Oh! �Estamos destinados a honrar los pinceles y el foro!... �Tú serás un Velázquez, y yo un Cicerón..., es cosa evidente! Así se lo he dicho hace un momento al tonto de Casimiro, que acabo de encontrarle ahí a la esquina...

     FEDERICO. -También yo le he encontrado, y el fatuo ha vuelto la cabeza por no saludarme.

     LUIS. -�Se da un tono!... Me ha dicho que se casa con una linda muchacha..., y ni siquiera por cumplimiento me ha convidado a la boda.

     FEDERICO. -�Qué, ni a mí tampoco me convidará... �Quién es un pintor?

     LUIS. -�Trasto!... Portarse así con unos condiscípulos..., pero deja: él me la pagará, se va a casar.

     FEDERICO. -�Qué! Verás qué dichoso es..., �y yo!...

     LUIS. -�Tú!... Tú lo que tienes hoy es un esplín... �Has recibido noticias de tu pleito?

     FEDERICO. -No. En la última carta que me escribió el agente me decía que iba a verse en la Audiencia de Sevilla... Yo no puedo apremiar al tal agente..., porque como lo hace de balde...

     LUIS. -Si lo pierdes...; pero como lo ganes, �ya verás!... �Y lo ganas, de fijo! �Es un pleito admirable!... �Un hijo que defiende el honor de su padre!... �Caramba! �Si lo hubiera defendido yo! �Oh!

     FEDERICO. -�Lo hubieras perdido!

     LUIS. -�Puede ser! Conque, vamos al caso; te ofrecí venir a ver tu cuadro, y te cumplo la palabra: �dónde está?

     FEDERICO. -�Hombre! Lo he mandado ya a la exposición.

     LUIS. -�A la exposición?... �Me alegro! �Va a dar golpe el cuadro!

     FEDERICO. -�Qué! �No lo creas!... �Si yo tengo desgracia!... �Nada me sale bien! Y aunque gustara, �qué adelantaría? �Quién aquí compra cuadros? �Quién protege a los artistas? �Qué estímulo tienen? �Qué protectores?... �Nada..., ni un amigo!

     LUIS. -�Ingrato! �Y yo?

     FEDERICO. -(Dándole la mano.) �Es verdad! �Perdóname, soy injusto!... Y es que ya estoy harto de la vida inquieta y angustiada que hago en Madrid. Estoy harto de esperar, sin ver en el horizonte ni siquiera un rayo de esperanza..., �y hay momentos en que se me ocurre tirar los pinceles y pegarme un tiro!

     LUIS. -�Eh! �Silencio! �Qué es eso?... �Estamos frescos! �Así se desanima uno a los veintidós años? �Vaya! �Porque no eres todavía conocido y apreciado en lo que vales?... �Porque no tienes nada, como me sucede a mí?... Es decir, yo tengo deudas..., siempre es tener algo. �Y me desespero yo por no tener clientes..., y haber compuesto, para hacer tiempo, una comedia en variedad de metros, que me han silbado, y unos folletines, que nadie lee? �No, señor! �De qué nos sirve la filosofía que hemos estudiado juntos? Y vosotros los pintores tenéis una ventaja... �Os va mal en vuestro país?..., pues a otro; la pintura es lenguaje universal..., �a París, a Londres!

     FEDERICO. -�Sí! Y hasta darse allá a conocer, �con qué se come? �Ay Luis, no sabes tú lo que es haberse criado con medios, y verse luego solo, en una buhardilla, sin más porvenir que la indigencia y la desesperación!

     LUIS. -�Y quién te ha dicho que no lo sé?... �Vaya si lo sé!... �Pero sabes lo que hago? Me tiendo en la cama, enciendo un cigarro, y me pongo a soñar y a formar castillos en el aire. Lo mismo es cerrar los ojos, me veo en una gran casa llena de espejos, con el coche a la puerta, con caballos, con mujer, con bodega... Y así que me despierto, salto y me pongo de un brinco en la calle... y me voy a cenar con un amigo, como hoy... Conque �cenaremos juntos?

     FEDERICO. -�Ah! Venías a... (Aparte.) �A buena parte!

     LUIS. -�Qué! �No tienes costumbre de cenar?

     FEDERICO. -La verdad, hombre...

Escena III

Dichos, ANTONIA.

     ANTONIA. -D. Federico, aquí está la cena.

     LUIS. -�A estas horas! Vamos, he llegado tiempo.

     FEDERICO. -Sí...; pero... como no es muy abundante...

     LUIS. -�Ta, ta!... Donde come uno comen... (Viendo la jícara de chocolate que trae ANTONIA.) �Qué es eso?

     ANTONIA. -�Qué ha de ser? �La cena de D. Federico!... El chocolate como todos los días.

     FEDERICO. -Bien, Antonia; ponga usted la jícara ahí en el brasero para que no se enfríe.

     ANTONIA. -�En el brasero?... Puede que arropándola con la ceniza conserve el calorcillo.

     LUIS. -�Conque..., es decir..., que esa es tu cena ordinaria?... �El chocolatillo mondo y lirondo?

     FEDERICO. -Sí, amigo, por la noche es lo único que me sienta bien. Y además, que aunque quisiera... �Entiendes?

     LUIS. -Mucho que lo entiendo. Pero hombre..., �en este barrio no fían?

     FEDERICO. -�Fiado! �Dios me libre!

     LUIS. -�Pues! He aquí una de las muchas preocupaciones... �De qué viven los Estados sino del crédito? En fin, �que te haga buen provecho! No es cosa de partir una jícara de chocolate. (En este tiempo ANTONIA ha puesto la jícara y demás cosas en la mesa, y ha retirado el biombo, detrás del cual se deja ver un velador con servilleta, cubierto, viandas, botella, etc.)

     ANTONIA. -�Calla!

     LUIS. -�Calla!

     FEDERICO. -�Calla!

     LUIS. -�Oiga! jamón, empanada, fruta, vino de Jerez... Bien te decía yo..., que donde come uno, comen...

     FEDERICO. -�Yo! Si yo no...

     ANTONIA. -Esto lo habrá traído D. Federico.

     FEDERICO. -(Que se ha dirigido a la mesa de la derecha y ve las flores.) �Cielos!...

     LUIS. -�Eh?... �Caído del cielo?

     FEDERICO. -�Antonia! �Antonia!...

     ANTONIA. -Mande usted.

     FEDERICO. -�Ha entrado aquí alguien mientras yo he estado fuera?

     ANTONIA. -�Aquí? D. Federico, si se llevó usted la llave...

     FEDERICO. -Pues alguien ha entrado..., y si no, �por dónde se ha metido esa cena? �Veamos!... A menos que haya sido usted...

     ANTONIA. -�Dale! Volvemos a lo de ayer..., que se empeñaba en que yo le había puesto dinero en el bolsillo. Yo soy incapaz de...

     FEDERICO. -(Que entretanto ha abierto enteramente el biombo.) Pero bien, �y estas flores?

     LUIS. -Nada de flores; yo prefiero los frutos.

     ANTONIA. -�Es que tiene usted estos días la cabeza yo no sé cómo! Me dice usted esta mañana que vea al casero y le pida unos días de plazo...

     FEDERICO. -�Si quería que saliese mañana del cuarto..., por dos meses que le debo!

     LUIS. -�Yo le debo al mío seis, y firme!

     ANTONIA. -Pues señor, voy, y me sale con que ya le había usted enviado el dinero ayer, y había dado el recibo.

     FEDERICO. -�Oh! Eso sí que es falso... A no ser por brujería...

     ANTONIA. -Y ya que está usted en fondos..., si quisiera usted acordarse que mi salario..., hace dos meses...

     FEDERICO. -�Antonia! �Antonia! �Déjeme usted en paz!

     ANTONIA. -Bien, señor..., me voy.

     FEDERICO. -(Yendo a ella y deteniéndola.) Palabra. �Está usted segura de no haber dado a nadie la llave?

     ANTONIA. -�Otra!... Si digo que la lleva usted en el bolsillo.

     FEDERICO. -�Es verdad! Y diga usted..., los vecinos...

     ANTONIA. -�Señor! Si en este piso no hay ninguno... Piso tercero y último..., no hay más cuarto que éste y esa buhardilla del lado donde vivo yo.

     LUIS. -�Oh, esa es sagrada!

     ANTONIA. -(Con un gesto.) �Hum, sagrada! �Qué gracia!

     FEDERICO. -�Déjenos usted, Antonia!

     ANTONIA. -Luego volveré a quitar la mesa.

     FEDERICO. -Bien. �Déjeme usted!

Escena IV

FEDERICO, LUIS.

     LUIS. -(Sentándose a almorzar.) �Tú te has vuelto loco!

     FEDERICO. -�Poco me falta! �Yo estoy soñando!

     LUIS. -Yo no, que estoy muy despierto y con un apetito... Hoy he comido con mi tío, que come a las dos. �Si me lo daba el corazón!

     FEDERICO. -�Vas a comer de eso? �Cuidado, Luis! �Sabe Dios lo que habrá en esos platos!

     LUIS. -�Yo me arriesgo! (Comiendo.)

     FEDERICO. -Pero señor, �quién será el que cuida de mí?...

     LUIS. -(Con la boca llena.) Algún aficionado a las artes...

     FEDERICO. -Es que si tú supieras...

     LUIS. -(Ofreciéndole silla.) Es alguna aventura..., bien..., cuéntamela..., aquí..., entre trago y trago... (Oliendo el pastel.) �Esto trasciende! Conque cuenta, cuenta.

     FEDERICO. -(Sin sentarse.) �Aquí hay un misterio que no puedo adivinar! Figúrate que... hace unos quince días..., sí, quince..., salí a la calle desesperado..., después de tirar los pinceles y arrinconar un país que me parecía detestable... Vuelvo al cabo de una hora, y encuentro aquí..., en esa mesa..., lo mismo que ahora..., un ramo de flores y un papel en que estaba escrita esta palabra, esta sola: Valor.

     LUIS. -�Cosa rara! (Bebiendo.) A tu salud.

     FEDERICO. -Pues aquello me dio efectivamente valor, y acabé el país. Hay más: al otro día, yendo a salir, recojo un bolsillo que había dejado ahí vacío.

     LUIS. -�Ya! Como un cuerpo sin alma.

     FEDERICO. -Y me lo encontré con alma... �Mira!

     LUIS. -�Doblillas de oro!

     FEDERICO. -(Sentándose junto a la mesa.) No he tocado a ellas..., �ya te lo puedes figurar! Eso es como una especie de limosna, que yo no debo aceptar. �Dinero!

     LUIS. -�Apruebo, apruebo! Me lo prestarás, y yo te lo pagaré..., de lo que me valga el primer pleito..., o la primera comedia..., o el primer folletín... Pero hombre, �y no sabes de dónde te ha llegado esta suma?

     FEDERICO. -�Qué he de saber! Ni la suma..., ni el papel..., ni la cena..., ni las flores.

     LUIS. -�Qué diablura! Y mira tú..., una cosa para cada sentido..., sobre todo la destinada al paladar. Pues señor, esto no puede venir sino de una mujer.

     FEDERICO. -(Levantándose.) �De una mujer?

     LUIS. -�Hola!... �Qué es eso?... �Qué te da?

     FEDERICO. -�Crees que sea de una mujer?... �Ay, amigo mío!

     LUIS. -�Y por qué no? Tú eres un guapo muchacho..., �y vaya, que no será la primera! Tú, así, a lo cazurro, sabes... (Bebe.) A la salud de la chica, sea quien fuere.

     FEDERICO. -�Pero de veras crees que estos regalos?...

     LUIS. -Creo. Y debe ser señora de alto copete..., �cáspita! (Levantándose.) �Doblillas de oro, y una cena opípara!...

     FEDERICO. -�Es posible! �Habrá en el mundo una mujer que piense en mí! �En un pobre huérfano, abandonado de todos, privado de los bienes que su padre le dejó, sin apoyo, sin esperanza! �Una mujer! �Ah! �Esa idea hace palpitar mi corazón!... �Sí, Luis, sí! �Yo amo!... �No sé a quién...; pero necesito amar..., y amo!

     LUIS. -�Bien hecho! �A todas las mujeres, a todas! Así entrará esa en el número, a menos que sea otra dama duende.

     FEDERICO. -Por fuerza lo es, para penetrar aquí y llenarme de beneficios.

     LUIS. -(Escurriendo la botella.) Así te llenara de botellas...

     FEDERICO. -�Pero por dónde entra?

     LUIS. -(Apartando el velador y las sillas.) �Toma!... Un duende entra por cualquier parte. Pero, a ver, repasa la memoria. �No recuerdas?...

     FEDERICO. -(Sentado junto a la mesa.) Sí..., recuerdo que cuando murió mi padre en Sevilla, yo caí enfermo de la pesadumbre..., estaba en cama con un calenturón que me tuvo dos días sin conocimiento, y cuando volví en mí, supe que una mujer había venido varias veces..., una mujer hermosa, según me dijeron..., y había pasado muchos ratos sentada a mi cabecera. Pregunté cómo se llamaba; pero nadie la conocía..., decían que debía ser forastera. La esperé..., pero no volvió más.

     LUIS. -�Sería alguna hermana de la Caridad..., alguna vieja..., y en Sevilla!... �Esa no es: a ver otra!

     FEDERICO. -Luego, cuando me restablecí, viéndome sin recursos, me vine a Madrid, y empecé a pintar, y me acuerdo que en el balcón de enfrente se ponía una joven, y allí pasaba las mañanas cosiendo y cantando detrás de la cortina: �pero qué voz! �Qué acento! �Se me figura estarla oyendo todavía!... Nunca llegué a verla, porque solamente de cuando en cuando sacaba la mano para apartar la cortina y echar una mirada a mi balcón... Pero cuando yo acudía con los ojos... �zas!, como un rayo corría la cortina. Aquella voz me tenía encantado. �Me producía unas sensaciones tan dulces! Ya una mañana me levanté decidido a verla, subí a su cuarto..., llamé...

     LUIS. -�Y qué?

     FEDERICO. -�Nada! El cuarto estaba desalquilado. Quise informarme en la vecindad..., y nada averigüé.

     LUIS. -Pues tampoco es esa. �Una costurera!... Las costureras no dan empanadas, se las comen. Vamos con otra. �Te acuerdas de alguna más?

     FEDERICO. -No. Otra vez me acuerdo que estando una noche en las máscaras, se agarró a mí una de dominó negro, y me estuvo hablando de mi situación, consolándome, aconsejándome que tuviera valor, que no perdiera la esperanza. �Pero a poco se llegó a ella otra, y desaparecieron sin que pudiese volverla a encontrar!

     LUIS. -�Conque sacamos tres?

     FEDERICO. -�Tres y ninguna! Porque yo acá en mi imaginación he hecho tal mezcolanza de las tres, que las miro como una. �Una mujer imaginaria, a quien amo, a quien adoro!

     LUIS. -Pues señor, sea una o sean tres, no es posible que entren aquí por el balcón... ni por el ojo de la llave.

     FEDERICO. -Pues no sé: yo te puedo jurar que aquí no viene nadie.

     LUIS. -�Hombre! �Si será algún aficionado a la pintura?... Algún protector extravagante... que te quiere estimular.

     FEDERICO. -�Quién sabe! Lo que es mujer...

Escena V

FEDERICO, ANTONIA, LUIS. Luego, D. LORENZO.

     ANTONIA. -�D. Federico, D. Federico!

     FEDERICO. -�Qué hay?

     ANTONIA. -Aquí preguntan por usted.

     LUIS. -�Es mujer... bonita?

     ANTONIA. -�D. Federico no recibe mujeres! Es un caballero alto, feo. Ahí viene.

     LORENZO. -(A la puerta.) �Vamos! �Se puede ver a ese Sr. D. Federico?

     FEDERICO. -(Saliendo a su encuentro.) Yo soy, caballero, �A quién tengo el honor de hablar?

     LORENZO. -Mi nombre no hace al caso.

     LUIS. -Vendrá a ofrecerse para modelo.

     LORENZO. -(Yendo a sentarse junto a la mesa.) �Mande usted?

     FEDERICO. -(Aparte a LUIS.) �Luis!

     LUIS. -(A media voz, riendo.) �Ya se ve! Para un cuadro de Hércules...

     LORENZO. -(Sentándose.) Conque, Sr. D. Federico.

     LUIS. -(A FEDERICO.) Ruega al señor que tome asiento.

     LORENZO. -�Gracias! �Vive usted en los cielos, hombre! �Es cosa de no acabar nunca de subir!

     ANTONIA. -(Aparte a LUIS.) �Verdad que es feo?

     LUIS. -�Caramba! (ANTONIA se va.)

     LORENZO. -(A FEDERICO, que le mira.) Usted no me conoce... No es extraño, porque no me ha visto usted nunca. Pero yo tengo largas noticias de usted.

     FEDERICO. -�Por quién, caballero?

     LORENZO. -�Hola, por quién! �Se va usted a poner tan hueco! Por una dama muy guapa, que ha visto cuadros de usted y le protege.

     LUIS. -�Una dama muy guapa? (Aparte a FEDERICO.) �Ella es, Federico! �Tu dama duende!

     FEDERICO. -�Deja, hombre! �Qué disparate!

     LUIS. -Y éste es su ayuda de cámara.

     FEDERICO. -(A D. LORENZO.) �Una dama!... No alcanzo...

     LORENZO. -Ni hay para qué. Me ha dicho que es usted joven..., eso es verdad: que es usted pobre..., mucho me lo temo.

     FEDERICO. -Caballero...

     LORENZO. -Me ha dicho también que es usted mozo de habilidad..., que va usted a enviar a la exposición un cuadro que le parece muy bueno.

     FEDERICO. -�Ah! Le parece a esa señora... (Aparte.) �Luego lo ha visto!

     LUIS. -Y esa dama vive ahí cerca, �eh? Calle de... número...

     FEDERICO. -Sí..., vivirá...

     LORENZO. -En Guadalajara..., y siempre padeciendo, con jaquecas, con nervios..., �qué sé yo!

     FEDERICO. -(Aparte a LUIS.) En Guadalajara...

     LUIS. -(A FEDERICO, yéndose al foro.) �Nada! Esa no es.

     LORENZO. -Yo tengo aquí en Madrid una casa magnífica..., y vea usted, no hace nada que la mandé pintar..., si entonces le hubiera conocido a usted... �A mí me gusta mucho la pintura! Le hubiera encargado a usted que me pintase allí algo..., unos angelitos en el techo. Pero ya se hizo.

     LUIS. -(Aparte a FEDERICO, bajando a su derecha.) �Este es algún bolsista!

     LORENZO. -Ahora lo que deseo tener allí es mi retrato... �Quiere usted hacérmelo?

     LUIS. -�En el techo?

     FEDERICO. -Lo siento mucho, caballero..., pero yo no pinto retratos.

     LORENZO. -�Calla! �Pues qué diablos pinta usted?

     FEDERICO. -Países.

     LORENZO. -�Ah! �Países! �Ya, ya sé!... Son esos cuadritos chiquitos, con árboles y figuras así..., muy pequeñitas, y vacas...

     LUIS. -Y asnos.

     LORENZO. -�Ya estoy! Me los enseñará usted, y le compraré algo. �Sepa usted que le estimo mucho, mucho! �Usted tiene un pleito en Sevilla?

     FEDERICO. -(Pasando en medio.) Sí, señor... �Cómo sabe usted?...

     LORENZO. -Un pleito, que perderá usted.

     LUIS. -Que ganará.

     LORENZO. -Que perderá. Yo conozco a la parte contraria...

     LUIS. -�Un usurero!

     LORENZO. -�Mocito! (Levantándose.)

     FEDERICO. -�Luis! �Por Dios! Yo, la verdad, no entiendo nada de pleitear. Se han echado encima del poco caudal que me dejó mi padre, acusándole de haberlo sustraído a la caja de D. Lucas del Pozo, en cuya casa de comercio servía de cajero...

     LUIS. -�Eh! El D. Lucas se lo habría comido..., sería un viejo disipado.

     LORENZO. -�Eso falta probarlo! D. Lucas ha dejado un hermano.

     LUIS. -�Tan buena alhaja como él!

     LORENZO. -(Colérico.) �Caballerito!...

     FEDERICO. -�Luis! Su hermano defiende lo que sin duda cree justo. Yo no tengo apego al dinero: que se lo lleven enhorabuena. Pero se trata de la honra de mi padre, �y esa la defenderé mientras tenga un soplo de vida!

     LORENZO. -(Conmovido.) �Bien, mocito, bien! �Eso es muy loable! (Aparte.) �Tiene razón aquélla! Vamos a ver, puede que haya medio de arreglar el negocio. D. Lorenzo, que es amigo mío, transigirá.

     FEDERICO. -�Transigir! �No, señor, nunca!

     LUIS. -(Aparte a FEDERICO.) Es un agente de negocios.

     LORENZO. -Él cederá en algunos puntos.

     FEDERICO. -�Nada, nada!

     LUIS. -Todo, o nada... Aquí no transigimos.

     LORENZO. -Pues me parece que semejante proposición, hecha por un hombre como... D. Lorenzo del Pozo..., hombre de mucho respeto..., que es candidato en su provincia para diputado...

     LUIS. -Le doy la enhorabuena..., y a los electores también.

     LORENZO. -(Aparte.) �Me carga el mocito este con sus chafalditas!

     FEDERICO. -Señor, yo no transijo.

     LORENZO. -Se quedará usted sin un cuarto.

     FEDERICO. -Corriente.

     LUIS. -Ya estamos acostumbrados...

     LORENZO. -�Bien! Pero tenga usted presente que es usted quien lo ha querido. Adiós.

     FEDERICO. -�Cómo ha de ser!... Beso a usted la mano.

     LORENZO. -Esto no quita que... me pinte usted un cuadrito..., un cuadrito de esos..., un país... donde haya...

     LUIS. -Un asno... (D. LORENZO le echa una mirada de cólera y se va furioso.)

Escena VI

FEDERICO, LUIS. Luego, ANTONIA.

     FEDERICO. -A la verdad, no acabo de entender.

     LUIS. -Este es un emisario de tu parte contraria...

     FEDERICO. -Puede...; pero esa dama que, según dice, se interesa por mí...

     LUIS. -�Adiós! Ya te echas a cavilar...

     ANTONIA. -D. Federico..., los mozos que han llevado el cuadro a la Academia...

     FEDERICO. -�Qué?

     ANTONIA. -Están ahí con él..., dicen que han tenido que traérselo otra vez...

     FEDERICO. -�Qué dice usted?... Voy a ver.

     LUIS. -Y yo voy a hacer una visita aquí cerca..., vuelvo al momento.

     FEDERICO. -Antonia, si viene alguien...

     ANTONIA. -No hay cuidado..., yo estoy en mi cuarto. (A LUIS.) �Eh! Que se deja usted la capa.

     LUIS. -�Qué capa?... Eso no es mío. Federico, tu capa.

     FEDERICO. -�Capa?... �Si yo no tengo capa!

     LUIS. -�Hombre! �Pues y esa?

     FEDERICO. -�Calla!...

     LUIS. -�Otra como el almuerzo!

     FEDERICO. -(Echando la capa en una silla.) �Yo no admito esto!... Es una limosna que me humilla.

     LUIS. -�Con el frío que hace!... A ver, a ver... (Se la pone.)

     ANTONIA. -�Pero es cosa de brujería!...

     LUIS. -�Ah! (A ANTONIA.) Guarde usted ese jamón y esa empanada... para que mañana almorcemos..., �anciana!

     ANTONIA. -�Vaya!... �Anciana! �Me llamo Antonia!

     LUIS. -Bien, anciana Antonia. (Se va con FEDERICO.)

     ANTONIA. -�Descarado! Estos jóvenes del día... Me voy a mi buhardilla... y quitaré la llave. (Se va y cierra por fuera con llave. De allí a un momento se abre la puerta secreta de la izquierda, y salen por ella las tres jóvenes.)

Escena VII

ISABEL, ENRIQUETA, CLARA.

(ISABEL sale delante y va a escuchar a la puerta del foro.)

     ISABEL. -No hay nadie.

     ENRIQUETA. -(Quedándose junto a la mesa.) �Se marchó!

     CLARA. -(Quedándose a la puerta.) �Vaya, que tenéis unos empeños!... �A qué volvemos ahora?

     ENRIQUETA. -(A CLARA.) �Cuidado no nos sigan! (CLARA sale y cierra la puerta secreta.)

     ISABEL. -(Que ha llegado a mirar en la mesa de la derecha.) Aquí están las flores..., no ha llegado a ellas.

     CLARA. -(Pasando en medio.) Pero las ha visto. �Pobrecillo! Esto le distraerá de sus penas.

     ENRIQUETA. -(Mirando en la mesa de la cena.) �Oh, lo que es la cena no ha sido desairada!... �Y qué temprano ha cenado!

     ISABEL. -�Ya!... �Como que el pobre no verá mucho de eso!

     CLARA. -Tampoco quiso tocar el dinero que le puse en el bolsillo...; pero el casero recibió el importe de los dos meses... �Quererle echar por dos meses!

     ENRIQUETA. -�Bribón!... Entonces sí que hubiera sido imposible seguir protegiéndole... si se va de este cuarto.

     ISABEL. -(Dando un grito.) �Ay! (Deja caer de golpe la tapa de una caja.)

     CLARA. -(Asustada.) �Ay!

     ENRIQUETA. -(Corriendo a la puerta secreta.) �Viene gente?

     ISABEL. -�No, no!... �Es que he visto... ahí en esa caja... unas pistolas!

     ENRIQUETA. -�Qué susto he llevado!

     CLARA. -�No me quedó gota de sangre!...

     ISABEL. -Como el pobre está tan triste..., padece tanto..., se ve huérfano, sin amigos..., sin recursos..., en un momento de desesperación... �quién sabe lo que puede hacer!... �Y a mí me da un miedo ver pistolas!...

     CLARA. -�Qué disparate!... No está en ese caso.

     ENRIQUETA. -(Pasando al centro.) �Eso podía hacer el ingrato!... No: yo creo que el corazón debe decirle que hay alguien en el mundo que piensa en él.

     ISABEL. -�Sí que debe decírselo! (Acercándose a la mesa y escribiendo.) �Ah!

     ENRIQUETA. -�Y si él supiera a cuánto nos exponemos por consolarlo, particularmente yo!... Tal vez hago mal; �pero me interesó tanto lo que Isabel me contó... y lo que luego me has dicho tú..., y es tan desgraciado!...

     ISABEL. -�Siempre trabajando y sin fruto! (Pone un papel en la caja de las pistolas.)

     CLARA. -Y luego el dichoso pleito...

     ENRIQUETA. -Pero en ese pleito, tú...

     CLARA. -Ya..., ya veremos..., déjame a mí.

     ENRIQUETA. -Entre tanto es una suerte que se haya venido a vivir aquí..., así podemos socorrerlo, sin necesidad de descubrirnos ni aun con él mismo.

     CLARA. -�Oh! �Eso por supuesto!... Tiene pocos años..., y no sabría callarlo.

     ISABEL. -Pues yo creo que sí... �Es tan reservado..., tan melancólico!... �Siempre está solo!

     ENRIQUETA. -Nuestra memoria le hará compañía.

     ISABEL. -�Buena compañía!..., si no nos conoce. Si nos conociera..., a lo menos, a alguna de las tres...

     CLARA. -Puede que perdiéramos en ello.

     ISABEL. -�Quién sabe! Quizá el agradecimiento...

     ENRIQUETA. -Ya nos verá... mañana. Lo que oímos antes por esa puerta..., cuando se quejaba con su amigo..., ya lo he contado..., y surtirá efecto.

     CLARA. -(Pasando al centro.) �Cuidado..., cuidado con una imprudencia! Por el pronto contentémonos con socorrerlo: más adelante veremos... Lo que es la pintura creo que no lo ha de enriquecer.

     ISABEL. -�Pues a mí me parecen muy bonitos sus países!

     CLARA. -Sí... Pero de todos modos, mejor es que tenga dinero..., y si no..., algún destino...

     ENRIQUETA. -�Es verdad..., un destino!... Y eso ya sabéis que... yo puede que consiguiera...

     ISABEL. -Pues a mí..., �qué sé yo! Los empleos..., mejor le quisiera pintor... y que ganara su pleito.

     CLARA. -El pleito..., ya he dicho que veremos, algún paso he dado ya...

     ISABEL. -Y así que se halle acomodado..., establecido..., �qué haremos?

     CLARA. -Entonces.

     ENRIQUETA. -Entonces... casarlo.

     CLARA. -�Casarlo!... �Ya! Tú...

     ISABEL. -�Por qué no?

     CLARA. -�Hola! �Por qué no?

     ISABEL. -(Bajando los ojos.) �Vaya! Quién sabe si él quiere a alguna...

     ENRIQUETA. -Ya veremos... Si él quiere a alguna..., le casaremos con ella. (Óyese el ruido de la llave en la puerta del foro.)

     LAS TRES. -(Corriendo asustadas a la puerta secreta.) �Ay! �Que vienen!

     ENRIQUETA. -(Forcejeando.) �Está cerrada!

     CLARA. -�Yo la cerré... sin acordarme!

     ISABEL. -�Dios mío! (CLARA e ISABEL echan a correr y se esconden en la alcoba: ENRIQUETA se mete detrás del biombo.)

Escena VIII

LUIS, CASIMIRO, ANTONIA, LAS TRES escondidas.

     LUIS. -Gracias, Antonia. �Conque no ha vuelto Federico?

     ANTONIA. -No, señor. Lo que es ahora no tengo la menor duda. A la puerta de mi cuarto me he estado cosiendo..., y con la llave en el bolsillo... (Mirando alrededor.) Me parece que esta vez no dirá...

     LUIS. -Le esperaremos. Entra, Casimiro. Me alegro de haberte hallado a la puerta..., así te haré compañía.

     CASIMIRO. -Yo también me alegro, porque tengo precisión de verle..., necesito hablarle..., quiero pedirle explicación sobre cierto chisme...

     LUIS. -�Bah, bah! (Durante esta escena, ANTONIA quita la cena y arregla los muebles.)

     CASIMIRO. -(Pasando a la derecha.) �Este es su cuarto?... �Pues no es gran cosa el cuarto!

     LUIS. -�Un poco alto!... Los artistas..., los genios siempre andan allá, por los cielos. Tú no eres de esos..., tú eres rico... y te vas a casar.

     CASIMIRO. -�Mucho que sí! �Con una chica preciosa! Enriqueta... �Qué bonito nombre! Vive aquí cerca..., a la vuelta..., calle de Alcalá... Es sobrina del ministro de..., y su tío la ha ofrecido un regalo de boda... Yo creo que el regalo será colocarme...

     LUIS. -�Y a qué quieres empleo?... Tú eres rico...

     CASIMIRO. -Siempre un empleo... para ser algo en el mundo...

     LUIS. -�Ya!... Y ver su nombre impreso... en la Guía.

     CASIMIRO. -�Pues! (Yendo hacia la alcoba.) �Esa es su alcoba?... �Eh, eh! �Qué cortinillas!... �Y no hay más pieza que esta?

     LUIS. -(Dando con la mano en el biombo.) Sí...; con este biombo se hace aquí otra. Antonia, un poco de fuego en la copilla.

     ANTONIA. -Ahí tiene usted fósforos.

     LUIS. -(Acercándose a la mesa de la derecha.) �Hola! �Fósforos!... Pues está provisto de todo. (Enciende un fósforo y con él la vela.) Encenderemos, que ya anochece. Antonia, �dónde tiene Federico los cigarros?

     ANTONIA. -�Cigarros?... Aquí no hay cigarros..., D. Federico no fuma.

     LUIS. -�Es verdad!... �Mejor doncellita!...

     ANTONIA. -(Yéndose.) �Gastando la vela! (Se va por el foro.)

     LUIS. -�Calla, calla!... (Registrándose los bolsillos.) Aquí tengo yo cigarros. Toma, Casimiro.

     CASIMIRO. -Venga, venga... Pero, mira, no digas que fumo... Si mi novia llega a saberlo, �no me armaría mala!... Le ha dado ese capricho, y me lo ha prohibido terminantemente. �Qué he de hacer!...

     LUIS. -Sí... mientras eres novio..., pero así que te cases, ya me dirás si fumas.

Escena IX

CASIMIRO, LUIS, FEDERICO.

     FEDERICO. -(Colérico.) �Infamia igual!... (Dejando con ira el sombrero.) �Es cosa de tirarse un tiro!

     LUIS. -�Federico! �Qué es eso?

     FEDERICO. -�Qué ha de ser!... Mi cuadro..., en que yo fundaba tantas esperanzas...

     LUIS. -�El que enviaste a la exposición?

     FEDERICO. -Sí.

     LUIS. -�Lo han puesto a mala luz?... �En el entresuelo aquel?... �O en el pasillo?...

     FEDERICO. -�Qué! No han querido recibirlo..., dicen que hay ya muchos países..., que no hay sitio..., que he acudido tarde...

     LUIS. -�Pretextos?

     FEDERICO. -�Se entiende! �Hola, Casimiro!... �Tú por acá?

     LUIS. -Viene a visitarte.

     CASIMIRO. -(Con petulancia.) Vengo, querido, a pedirte una explicación...

     FEDERICO. -�Sí?... �Me alegro! �A mejor tiempo!... Estoy desesperado..., cansado de vivir..., y si me matas, me haces un favor... �Vamos ahora mismo!

     LUIS. -�Qué es eso?... �Desafío!... No sabéis que hay una pragmática del señor rey D. Carlos III...

     CASIMIRO. -(Mudando de tono.) �No!... �Qué desafío!... �No trataba yo de eso!... Era una explicación... amistosa...

     LUIS. -�Ya! (Aparte.) �Estos valentones, en hablándoles gordo!... (CLARA y ENRIQUETA se asoman varias veces, haciendo tentativas para escaparse; pero se ven precisadas a volverse a esconder.)

     FEDERICO. -A ver: �de qué se trata?

     CASIMIRO. -Te diré. Esta tarde, venía yo por aquí..., por esta calle del Caballero de Gracia..., a dar la vuelta a la de Alcalá, donde vive mi novia... y, ya ves... iba distraído... como cuando uno va a... Pues señor, te encontré ahí..., a la esquina..., pero cuando uno va así..., distraído... y la víspera de casarse... con mil enredos en la cabeza...

     LUIS. -�Ya tienes enredos en la cabeza?... �Antes de?...

     CASIMIRO. -Ello es que..., parece que no te saludé...

     FEDERICO. -�No se me da nada!...

     CASIMIRO. -Lo creo, pero... algo se te dará..., cuando te has quejado de ello a cierta persona... de una manera un poco... acre.

     FEDERICO. -Luis ha hecho mal en contarte...

     LUIS. -�Eh, eh, poco a poco!... Que yo no he abierto la boca.

     CASIMIRO. -No ha sido él. Y además añadiste..., siempre de una manera un poco... acre, que apostabas a que yo no te convidaba a mi boda.

     FEDERICO. -Sí..., es verdad, lo dije aquí..., pero... (A LUIS.) Luis, has hecho mal...

     LUIS. -�Dale, dale! �Que no le he dicho..., y aquí estábamos solos!... (Pasando junto a CASIMIRO.) �Quién te lo ha contado?

     CASIMIRO. -Una dama.

     FEDERICO. -�Una dama!... �Vamos, imposible! (Alterado.) A menos que... �Cielos!

     LUIS. -Que estuviera aquí escondida, oyéndonos...

     CASIMIRO. -�Quién?... �La mamá de mi novia?

     FEDERICO. -(Turbado.) �Eh?... �Quién?

     CASIMIRO. -(Riendo.) �Ah, ah, con cincuenta años!... �Bueno fuera que anduviese!... Pues llego allá, y empieza a reñirme... y a decirme que tengo mal carácter... y que soy un vanidoso... y en fin, echándome en cara de una manera un poco...

     LUIS. -�Acre!

     CASIMIRO. -�Eso es!... Que te hacía desprecios..., siendo un antiguo condiscípulo tuyo..., porque eres pobre... y pintor... y... Conque... (Pasando junto a FEDERICO.) yo le sostuve que no era cierto..., y para probárselo..., vengo, querido Federico, a suplicarte que asistas mañana a mi boda: me harás un gran obsequio...

     FEDERICO. -Hombre, no sé... (Aparte.) �Me da en qué pensar!

     LUIS. -(Pasa al lado derecho de CASIMIRO, y tómale la mano.) Gracias, Casimiro... Iremos.

     CASIMIRO. -(Aparte.) �Calla! �Como si le hubiera convidado! (A FEDERICO.) Te espero a comer... Cuento contigo, �eh?...

     LUIS. -Te digo que iremos a comer: descuida.

     CASIMIRO. -(Aparte.) Pues señor, le he convidado.

     FEDERICO. -Yo no sé si iré..., me fastidian las reuniones... y tengo mal humor... Cuando he entrado aquí...

     LUIS. -�Venías a matarte?

     FEDERICO. -�Dios me perdone! Pero tengo momentos en que casi, casi...

     CASIMIRO. -�Estás loco!... �No tienes amigos?

     LUIS. -Yo, como tal, empiezo por confiscarle las pistolas.

     FEDERICO. -(Deteniéndolo.) No, no... �Déjalas! �Puedes figurarte?...

     LUIS. -(Abre la caja y ve el papel.) �Hola! Y no soy yo solo quien se lo figura... Mira, mira..., aquí te aconsejan...

     CASIMIRO. -(Pasando en medio.) �El qué?

     FEDERICO. -(Tomando el papel y leyéndolo.) �Vive para quien te ama.� (En este momento, ENRIQUETA viéndolos ocupados, sale de puntillas a abrir la puerta del foro y se escapa.)

     LUIS. -Dice bien.

     CASIMIRO. -Dice bien. (FEDERICO besa el papel. LUIS hace un movimiento y se encuentra cara a cara con ENRIQUETA en el instante que se escapa.)

     LUIS. -(Dando un grito.) �Ay!

     FEDERICO. -(Mirándolo.) �Qué? (Llégase a LUIS: CASIMIRO se vuelve también hacia él y se halla de manos a boca con CLARA, que salía de puntillas de la alcoba, y se escapa también, dejando cerrada la puerta.)

     CASIMIRO. -(Dando un grito.) �Ay!

     FEDERICO. -(Volviéndose hacia él.) �Qué es eso?

     LUIS. -(Saludando con aire burlón.) �Que sea enhorabuena!

     CASIMIRO. -(Ídem.) �Muy enhorabuena!

     FEDERICO. -�Qué?... �Qué significa eso?

     LUIS. -�Sí!... �Hazte el tonto!

     CASIMIRO. -�Truhán!

     LUIS. -�La misteriosa protectora!... No la conocías, �eh?

     FEDERICO. -�Explícate!

     CASIMIRO. -�No conoces a la del vestido blanco?

     LUIS. -A la del vestido azul.

     CASIMIRO. -No, no: blanco.

     LUIS. -�Azul!

     FEDERICO. -�Por Dios, señores!... Blanco..., azul... o lo que sea, �de quién habláis?

     LUIS. -�Toma! �De la que acabo de ver!... �No se me despinta ya..., la tengo aquí!

     FEDERICO. -�Pero a quién?

     CASIMIRO. -A la dama oculta. Tampoco a mí se me despinta..., en cuanto la vea...

     FEDERICO. -�Una dama!

     LUIS. -Sí, señor, una dama..., que estaba aquí escondida... �Hazte de nuevas!

     FEDERICO. -�Y vosotros la habéis visto?

     LUIS Y CASIMIRO. -�Sí, señor!

     FEDERICO. -�Pero dónde..., dónde?

     LUIS. -�Aquí!... Pues si se acaba de escapar... (ISABEL, que ha hecho varias tentativas para escaparse, se ve precisada a volverse a la alcoba.)

     FEDERICO. -(Queriendo marcharse.) �Ah! �Esto es mucho apurar!... Voy a ver (A ANTONIA, que sale con luz.) �Ah! Antonia, �quién ha salido ahora de aquí?... �Ahora?

     ANTONIA. -�Qué sé yo!... Y es verdad que he oído bajar la escalera a escape..., yo estaba encendiendo luz..., creí por la prisa y los brincos que sería el Sr. D. Luis y el Sr. D....

     FEDERICO. -�Se ha marchado!... �Era una mujer!

     ANTONIA. -�Mujer! �A ese paso!...

     FEDERICO. -�Pero vosotros estáis seguros de que?...

     CASIMIRO. -�Vamos, vamos, camarada!... Conque no sabes quién es, �eh?... �Qué gracia! �Tiene aquí una muchacha, y no sabe quién es!... �Ah, ah, ah!

     ANTONIA. -�Una muchacha!

     LUIS. -(Riendo.) �Ah, ah! A menos que sea una dama duende..., cosa muy común... en las comedias de Calderón... �Ah, ah, ah! �Adiós!

     CASIMIRO. -�Hasta mañana!... El de la dama duende. �No diré una palabra en casa de mi novia, porque mi suegra te protege..., y si supiera..., ella que es más rígida!... Conque ve temprano..., a las dos es la cosa.

     LUIS. -Bien: a las dos iremos. �Ah, ah, ah!... (Se van riendo.)

Escena X

FEDERICO, ANTONIA, ISABEL, oculta.

     FEDERICO. -(Que se ha quedado inmóvil.) �Una mujer! (Leyendo el papel.) �Vive para quien te ama.�

     ANTONIA. -(Aparte.) �Vea usted! �Un mozo tan juicioso!... �Quién lo había de decir! -D. Federico, �quiere usted algo?... Me voy a acostar.

     FEDERICO. -Vaya usted con Dios.

     ANTONIA. -(Tomando la luz.) Santas y buenas noches... (Viendo en la mesa un papel que dejó CLARA.) �Calla! �Pues no decía usted!... �Aquí está el recibo del casero!

     FEDERICO. -�Cómo! �El recibo!... Pero �cuándo?... �Váyase usted a dormir; quiero estar solo!

     ANTONIA. -(Aparte.) �Ay, qué mudado está!... �Vamos, lo han pervertido! -Ya me voy. (Se va: FEDERICO cierra con llave y cerrojo.)

Escena XI

FEDERICO, ISABEL, oculta.

     FEDERICO. -�Esto es cosa de volverse loco! �Siento un sudor frío..., yo, tengo calentura..., no me puedo tener en pie! (Cae en una silla junto al biombo: ISABEL saca la cabeza por las cortinas de la alcoba.) �Es esto un sueño!... (Se toca.) �Será que estoy dormido!... No. Pues esa mujer..., estos misterios... (Se levanta: ISABEL se esconde.) �Pero por dónde entra, señor! (Recorriendo el cuarto.) �Qué, es imposible!... No hay más puerta que esa... �La ventana!... �Qué, a una altura semejante..., piso tercero! Lo que es por la alcoba... (Entra en la alcoba descorriendo la cortina: ISABEL se sale por el lado opuesto, cogiéndole la vuelta, y se esconde detrás del caballete.) �Nada!... �Aquí no hay salida! �Pero señor... señor!... �Quién será? �Ocultarse así para colmarme de beneficios!... �Beneficios que no aceptaré, mientras, no sepa quién es! �Ah, lo que yo quisiera sería verla..., verla... y que me amase!... �Sí, sí! �Porque yo conozco que la amo..., la amo sin conocerla! �Y ella también debe amarme!... (Yendo a la alcoba.) �Ah, qué estado tan violento! �Yo no puedo descansar ni dormir!... (Echándose en la cama.) �Dios mío, pon término a esta ansiedad!... �Haz que se realice este sueño..., esta ilusión de mi fantasía... o, por compasión, que deje yo de existir!... �Sí, Dios mío..., Dios mío! (Cierra los ojos. ISABEL presta el oído, muerta de zozobra, y cuando lo cree dormido, trata de salir y dirigirse a la puerta; pero tropieza con el caballete y lo derriba.)

     FEDERICO. -(Alzando la cabeza.) �Quién anda ahí!... (ISABEL, asustada, apaga la luz que hay en la mesa de la derecha, delante del caballete. FEDERICO se levanta.) �Oigo pasos..., sí! �Han apagado la luz! El vestido blanco... (ISABEL va a pasar por detrás de él, pero FEDERICO la agarra de la mano.) �Ah, ya no te escapas!

     ISABEL. -(Se suelta, dando un grito.) �Ay!

     FEDERICO. -Pero, �quién eres?... �Habla! (ISABEL quiere alejarse hacia la puerta del foro: él la detiene.) �Oh, ahora no te vas!

     ISABEL. -(Con voz apagada.) �Por Dios..., por Dios!... �Yo se lo suplico..., tenga usted compasión!

     FEDERICO. -�Compasión!... �Y la has tenido tú conmigo, mujer o fantasma... o lo que seas?... Porque tú eres sin duda la que me está colmando de beneficios..., �no es cierto?

     ISABEL. -(Temblando.) Sí.

     FEDERICO. -Tú eres la que entró en mi cuarto cuando yo estuve enfermo, y se sentó a la cabecera de mi cama... Di, �es cierto?

     ISABEL. -Sí.

     FEDERICO. -�Tú eres también la que pasaba el día frente a mi balcón, haciendo más llevadero mi trabajo con el acento de esa voz celestial?

     ISABEL. -Sí, sí.

     FEDERICO. -�Tú eras?... �Ah, bien me lo decía el corazón!... Pero, entonces, �por qué te escondes de mí? �Por qué huyes..., si es que me amas?... Di..., �no me amas? (ISABEL no se atreve a responder.) �Ah, responde..., di que me amas! (Se acerca a ISABEL: ella corre a otro lado.)

     ISABEL. -�Pues bien, sí!... �Pero no se acerque usted!

     FEDERICO. -�Ah! �Conque me amas!... �Dios mío! �Esa palabra vale mi vida entera! (Dirígese a ella.)

     ISABEL. -(Cayendo de rodillas.) �Ah! �Míreme usted de rodillas!... �Sea usted generoso..., no sea usted ingrato!

     FEDERICO. -�Ingrato! (Alejándose de ella.) �No, jamás!

     ISABEL. -�Déjeme usted marchar!

     FEDERICO. -�Marchar! �Desaparecer otra vez!... �Ah! �No!... No será sin que yo te conozca... �Quiero verte..., sí!... Aunque te empeñes..., no hay remedio! (Va a la mesa, busca a tientas los fósforos, enciende uno y con él la vela. Entretanto, CLARA y ENRIQUETA abren la puerta secreta, e ISABEL, que miraba con inquietud hacia aquella parte, lo ve, se levanta y desaparece con ellas, en el instante de volverse FEDERICO con la luz: todo esto debe ser vivísimo.)

     FEDERICO. -(Espantado y trémulo, al verse solo.) �Dios mío..., Dios mío! (Cae el telón.)



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Acto segundo

El teatro representa una sala en casa de DOÑA INÉS. Puerta al foro que da salida por la derecha a la calle, y por la izquierda a lo interior. Puerta a la izquierda que conduce al cuarto de DOÑA INÉS. A la derecha, en primer término, una puertecilla secreta, y delante de ella una mesa con papel y recado de escribir.



Escena primera

CASIMIRO. Luego, DOÑA INÉS.

     CASIMIRO. -(Cruzando la escena con precaución y yendo a llamar a la puerta de la izquierda.) �Se puede entrar? Soy yo..., Casimiro..., tu novio. �Se estará acicalando!... Si me dejara entrar..., charlaríamos un rato antes que viniesen los convidados. (Llamando.) �Soy yo, soy yo!... �Ya viene..., ya abre! (Ábrese la puerta: aparece DOÑA INÉS.) �Ay, que es la suegra!

     INÉS. -�Hola! �Es usted!... �Y qué prisa es esta?

     CASIMIRO. -�Nada!... Sino que... como es mi mujer...

     INÉS. -Todavía no lo es: hasta que den las dos...

     CASIMIRO. -�Aún falta un buen rato!

     INÉS. -Pues paciencia. Ya darán, y se casarán ustedes.

     CASIMIRO. -�Huy!�Qué gusto!... Y luego...

     INÉS. -(Con severidad.) �Eh?

     CASIMIRO. -�Nada, nada!

     INÉS. -�Casimiro..., cuidado! �Es usted un poco ligero de lengua!

     CASIMIRO. -�No, señora..., bromista!

     INÉS. -En fin, ahora no puede usted entrar: Enriqueta se está vistiendo.

     CASIMIRO. -�Y eso qué?

     INÉS. -�Eh?

     CASIMIRO. -Nada: bien está. Y gracias a Dios que ha llegado esa amiga que mi novia esperaba de Guadalajara: se empeñó en que no habíamos de casarnos hasta que viniera!...

     INÉS. -�Y qué tiene de extraño?... Se han criado juntas... Ella se ha casado con un propietario muy rico..., hombre de edad..., y se había ido a pasar una temporada a Guadalajara..., porque el clima de Madrid no la sienta bien. Su marido no pudo acompañarla, porque tiene aquí negocios... También vendrá hoy a la boda... �Es un millonario!

     CASIMIRO. -�Millonario! �Me alegraré de conocerlo! �Ah! Diga usted..., �y el ministro?... �El tío de mi novia? Ayer fueron ustedes a verlo... �Qué dijo?

     INÉS. -�Nos recibió con mucha afabilidad!... �Está ahora tan mudado, tan alegre... desde que se han cerrado las Cortes! A mi Enriqueta la hizo mil agasajos..., y por último la dijo: �Tengo que hacerte el regalo de boda...�

     CASIMIRO. -�Es claro!

     INÉS. -�Pídeme algo, y te lo concederé.�

     CASIMIRO. -�Y qué le pidió Enriqueta?

     INÉS. -Nada.

     CASIMIRO. -�Cómo nada?

     INÉS. -No supo qué pedir.

     CASIMIRO. -�Qué diablo!... Se pide cualquier cosa gorda..., no se deja escapar la ocasión. �El ministro le haría la oferta, pensando en mí..., en el novio, vaya! Cuando en esos casos dice un ministro: �pide lo que quieras�, es decir: pide algo para tu marido..., �algo!... jefe de sección..., jefe político..., intendente..., en fin...

     INÉS. -�Pero usted que es rico, para qué quiere?...

     CASIMIRO. -�Dale! �La canción de todos!... Para ser empleado.

     INÉS. -Bien: no hay nada perdido. El ministro se brindó a ser testigo..., y como no puede asistir a firmar, se le llevará el contrato a su casa..., y Enriqueta le pondrá dos letras...

     CASIMIRO. -�Eso, eso!

     INÉS. -�Y ha encargado usted a sus amigos que sean exactos a la hora?

     CASIMIRO. -�Por supuesto!

     INÉS. -Bien. �Ah, cuidado, Casimiro, con las bromitas y los equivoquillos! Ya sabe usted que tenemos en nuestra compañía a Isabelita, esa pobre huérfana que también se crió con mi Enriqueta. La infeliz se halló de repente sin padre ni madre, se puso a coser para mantenerse, y al fin, nos la trajimos a casa: �qué se había de hacer!

     CASIMIRO. -�Oh, pronto le saldrá proporción: es muy guapa chica! �Pero calla, ahí vienen ya convidados!

Escena II

DOÑA INÉS, CASIMIRO, LUIS, FEDERICO.

     LUIS. -(A FEDERICO.) �Anda, hombre, no te quedes corto! �Mira, mira allí a nuestro Casimiro! (Dando la mano a CASIMIRO.) �Ya ves que somos exactos!

     CASIMIRO. -(Aparte.) �Pues señor, no hay duda, le he convidado!

     LUIS. -(Saludando a DOÑA INÉS.) Señora..., a los pies de usted.

     CASIMIRO. -(A D. LUIS.) Mi madre política. (A DOÑA INÉS.) D. Luis Remolino, íntimo amigo mío, y abogado. (A D. LUIS.) �No eres abogado?

     LUIS. -Creo que sí.

     CASIMIRO. -(Presentando a FEDERICO.) Y mi amigo D. Federico Estrella.

     INÉS. -�Ah, ya! �Muy señor mío!

     CASIMIRO. -�Vaya! �Dirá usted ahora que soy mal amigo? �Que soy vano? Ya ve usted cómo he convidado a mi querido Federico. (Dándole la mano.) Y le agradezco mucho que haya venido, para probarle a usted...

     INÉS. -�Me alegro!... El señor es un artista de mucho mérito. �Tengo largas noticias!...

     FEDERICO. -�Por quién, señora? (Conteniéndose.) �Ay, perdone usted esta curiosidad! Pero me ha causado sorpresa el saber que usted se había dignado interesarse por mí sin conocerme. Usted le dijo a Casimiro que yo me había quejado.

     INÉS. -Sí, es verdad, lo supe por una casualidad. Y celebro que él lo haya desmentido.

     CASIMIRO. -(Dando la mano a FEDERICO.) �Pues no faltaba más!... Somos condiscípulos. �Hombre! �Cómo tiemblas!

     FEDERICO. -�No, no tal!

     LUIS. -Si temblará. �Pobre Federico! �Si supieras cómo me le encontré esta mañana! Fui a almorzar con él..., me convidó...

     CASIMIRO. -(Aparte.) Como yo, probablemente.

     LUIS. -�Y estaba pálido..., ojeroso..., delirando..., casi con calentura!

     CASIMIRO. -�Tú!

     INÉS. -�Está usted malo?

     FEDERICO. -�No, señora; no es nada!

     LUIS. -Creo que ha sido efecto de..., no sé qué..., de un sueño, de una aparición. De su casa a (9) aquí ha venido como en éxtasis. Cada mujer que veía se le figuraba que era...

     FEDERICO. -�Luis!

     CASIMIRO. -�Quién?

     LUIS. -Cierta joven aérea y misteriosa que le va a visitar.

     CASIMIRO. -�La de ayer?

     FEDERICO. -�Por Dios! Déjense ustedes de...

     CASIMIRO. -�Ja, ja, ja! (En confianza a DOÑA INÉS.) �Guapa muchacha! Yo la vi ayer, y...

     INÉS. -�Casimiro!

     CASIMIRO. �Es verdad, perdone usted! (A LUIS.) �Chit, que se ruboriza mi suegra!

Escena III

Dichos, ISABEL. Luego, ENRIQUETA.

     ISABEL. -(Apresurada.) �Señora, ya viene Enriqueta! �Verá usted qué elegante y qué hermosa está!

     FEDERICO. -(Oyendo con sorpresa aquella voz.) �Cielos!

     CASIMIRO. -(A ISABEL.) �Sí, de veras?

     ISABEL. -(Volviéndose hacia CASIMIRO.) �Toma, hermosísima!, y luego... (Viendo a LUIS y FEDERICO.) �Ah!

     LUIS. -(A CASIMIRO.) �Linda chica!

     FEDERICO. -(Aparte, conmovido.) �Esa voz!...

     CASIMIRO. -(Pasando entre LUIS y FEDERICO.) �Una huerfanita..., se ha criado con mi novia..., aquí la han recogido..., no es maleja..., pero no tiene un cuarto!

     INÉS. -(Yendo al encuentro de ENRIQUETA.) �Ven, hija mía, ven! Casimiro estaba ya impaciente.

     CASIMIRO. -�Y cómo pudiera no estarlo, queridísima Enriqueta! �Ay, cuántos envidiosos voy a tener hoy! Por el pronto estos dos que me tomo la libertad de presentarte. (ISABEL y ENRIQUETA se hacen señas.) D. Luis Remolino, abogado..., según él mismo cree.

     LUIS. -(Pasando junto a ENRIQUETA.) Señorita..., Casimiro dice muy bien: la felicidad que va a lograr debe hacerle muchos..., (La mira y se sorprende.) hacerle muchos..., muchos...

     ENRIQUETA. -�Gracias, es usted muy amable!

     LUIS. -(Aparte.) �Ay, Dios mío!

     CASIMIRO. -(Acercándose a LUIS.) �Qué ibas a decir?

     LUIS. -Nada..., nada. (Aparte.) �Ella es! �Pero cómo es esto! �Pues Casimiro no la vio también?

     CASIMIRO. -(Presentando a FEDERICO.) �D. Federico Estrella..., joven pintor de mucho mérito!

     ENRIQUETA. -(Mirándole.) �Ah! Celebro mucho... Creo que ya he visto a este caballero.

     FEDERICO. -�Ay, es verdad, sí, señora! Creo recordar..., en un baile de máscaras en el teatro..., se quitó usted la careta un momento.

     ENRIQUETA. -�Eso es! Bien decía yo. (Se va al lado de su madre.)

     LUIS. -(Aparte a FEDERICO.) �Bravo, bien! �Haces tu papel a las mil maravillas! Pero no se me ha despintado..., es la de ayer, la del vestido azul.

     FEDERICO. -(Indicando a ISABEL.) �Cómo! �Esa joven?

     LUIS. -(Con burla.) �No, no!... �La otra..., la novia!

     FEDERICO. -�Eh! �Déjame en paz!

     CASIMIRO. -(Viniendo entre los dos) �Verdad que es muy guapa mi novia? �Vaya!... �No me decís nada!

     LUIS. -(Apretándole la mano.) �Sí, sí! Una chica que... �Oh, te doy la enhorabuena! (Aparte.) Vamos, lo he dicho siempre..., hay hombres que han nacido para...

     INÉS. -Si estos caballeros gustan de pasar adentro a tomar algo, mientras llega la hora...

     FEDERICO. -�Con mucho gusto! Precisamente he visto allá un piano..., y si..., (Aparte, mirando a ISABEL.) y si yo la hiciera cantar, me cercioraría... -�Esta señorita cantará sin duda?

     ISABEL. -(Cortada.) �No!

     FEDERICO. -�Oh, yo estoy seguro de que tiene una preciosa voz!

     ISABEL. -(Más cortada.) �No!

     LUIS. -(Aparte.) �Qué trucha es!

     INÉS. -�Eso es modestia! Sí, señor, tiene muy bonita voz.

     LUIS. -(Aparte.) �Qué trucha! A la otra no la mira siquiera... �Lo que sabe!

Escena IV

Dichos, CLARA.

     CLARA. -(Dentro.) �Enriqueta!... �Isabel!... �Yo las encontraré!

     ENRIQUETA. -�Es Clara!

     ISABEL. -�Sí, ella es!

     INÉS. -(En alta voz.) �Acá estamos, Clara!

     CASIMIRO. -(A ENRIQUETA.) Enriqueta, �me presentarás a ella?, tus amigas lo son mías.

     LUIS. -(Aparte.) �Pobre hombre! (A FEDERICO.) �Y tienes entrañas?... �Sin aguardar siquiera a que se case!

     CLARA. -(Saliendo por el foro.) �Adiós, Enriqueta!... �Adiós, Isabel! (Besándolas.) �He venido tarde? (A DOÑA INÉS.) Señora...

     ENRIQUETA. -(Aparte a CLARA.) �Ten cuidado, que están aquí! (ISABEL va a hablarla, pero nota que FEDERICO no le quita los ojos, y se detiene.)

     CASIMIRO. -(Acercándose a CLARA por un lado.) Señora..., celebro...

     CLARA. -(Volviendo la cara al opuesto, donde están LUIS y FEDERICO.) �Señores!... (Indicando a FEDERICO.) �El señor es el novio?

     FEDERICO. -No, señora... �No tengo esa dicha!

     LUIS. -(Aparte, riendo.) �Hum, qué tunante!

     CASIMIRO. -(Que ha dado la vuelta: aparte a ENRIQUETA.) �Preséntame!

     ENRIQUETA. -Clara, te presento a Casimiro, mi futuro, que desea hacerse amigo tuyo.

     CLARA. -�Ah! Caballero..., tendré mucho gusto, y puede usted contar...

     CASIMIRO. -�Señora!, yo soy quien debe celebrar..., celebrar... (Mirándola, aparte.) �Ay, Dios mío!

     INÉS. -�Qué es eso?

     CASIMIRO. -�Nada, nada! Sino que..., he creído..., se me figuraba que había tenido ya el honor de ver a esta señora (Mirando a FEDERICO.) en alguna parte.

     CLARA. -�A mí?, lo dificulto. Lo que es yo... Y la cara del señor no es para olvidada. (Las tres se van a hablar con DOÑA INÉS, que se ha sentado en un sillón.)

     FEDERICO. -(Aparte a CASIMIRO.) �Por qué me mirabas?

     CASIMIRO. -�La de ayer! �La que salió de tu cuarto! �La del vestido blanco! �Chit!, �nada, no sé nada!

     FEDERICO. -�Dale, pues este es otro!

     CASIMIRO. -(Aparte a LUIS riendo.) �Ah, ah, ah! �Luis! �Luis! �Qué tal el niño! �Con una mujer casada!... �Ah, ah! �Ya la habrás tú conocido?

     LUIS. -(Absorto.) �Eh! �Quién, yo? (Aparte.) �Cómo es esto..., y se ríe! �Pues no es su novia?

     FEDERICO. -�Se han vuelto locos los dos! (Mirando a ISABEL.) �Oh, y lo que es eso yo también, o no me falta mucho!

     INÉS. -�Clarita, y tú marido?, nos ofreciste traerlo.

     CLARA. -Anda ocupado con las elecciones..., se le ha puesto en la cabeza salir diputado por su provincia, y no come, ni duerme. Además, está esperando noticias de un pleito que tiene en Sevilla, un pleito que su hermano al morir le dejó ya entablado, (Mirando a FEDERICO.) y que lo perderá..., (Aparte.) así lo espero.

     CASIMIRO. -(Aparte a FEDERICO.) Ese marido debe perder muy a menudo. �Ah, ah, ah! (Aparte a LUIS.) �Qué guapa chica tiene el gran bribón! �Eh?

     LUIS. -(Riendo.) �Ya se ve que sí! (Aparte.) �Y él lo celebra! �Pues señor, estoy desorientado!

     FEDERICO. -(Aparte.) �El pleito! �Si será!... �Yo no sé lo que me pasa!

     ENRIQUETA. -(A CLARA.) �Cuánto te agradezco que hayas venido! No me hallo sin ti.

     ISABEL. -�Ni yo!

     CLARA. -(Aparte a ENRIQUETA y a ISABEL.) Tenemos que hablar..., a ver cómo los echamos de aquí.

     CASIMIRO. -(Aparte a FEDERICO.) Lo que te pido es que mi novia no huela nada de tus relaciones con la otra..., con su amiga.

     FEDERICO. -�Calla!

     ISABEL. -Casimiro, se me olvidaba decir a usted que D. Miguel, nuestro casero, (Ve que FEDERICO la mira, y va poco a poco bajando la voz.) dijo que le espera a usted..., hoy..., a estas horas.

     CASIMIRO. -�El casero? �Qué, a estas horas!

     INÉS. -Sí, sí..., vaya usted, Casimiro, todavía hay tiempo de sobra. Tú, hija mía, no olvides escribir a tu tío el ministro.

     CASIMIRO. -�Es verdad! Pídele algo para mí, algo bueno. �No harás esto en favor del que te obedece siempre como un esclavo?

     ENRIQUETA. -(Tomándole de la mano y trayéndole al proscenio.) Venga usted acá, señor esclavo: �no me ofreciste que no volverías a fumar?

     CASIMIRO. -�Y yo he fumado?

     ENRIQUETA. -�Ayer!

     CASIMIRO. -(Aparte, confundido.) �Cáspita! (Mirando a LUIS.) �Habrá sido aquel... (Oliéndose.) o será que huelo a tabaco? �Qué! Desde ayer..., y además este es otro frac.

     INÉS. -Federico, �quiere usted acompañarme a la otra sala?

     FEDERICO. -(Dándole el brazo.) Señora..., con mucho gusto.

     ENRIQUETA. -(A LUIS, que le ofrece el brazo.) Gracias; tengo que ir a escribir.

     CLARA. -(A CASIMIRO, que también se le ofrece.) Gracias; tengo que hablar con Isabelita.

     INÉS. -Haremos compañía a los que ya han llegado.

     LUIS. -(Aparte.) El muy pillo se ha hecho convidar por el mismo novio..., �y parecía un leguito!

     FEDERICO. -(Aparte.) �Cuál será de las tres?

     CASIMIRO. -(Aparte a LUIS.) Luis, �qué me dices del pobre marido? �Ah, ah, ah!

     LUIS. -(Aparte a CASIMIRO.) �Ah, ah, ah! �Pobre hombre! (Para sí.) Pues señor, uno de nosotros dos está haciendo el tonto. (Vanse precedidos de DOÑA INÉS y FEDERICO, el cual no cesa de volver los ojos a mirar a las tres jóvenes.)

Escena V

ISABEL, ENRIQUETA, CLARA.

Las tres observan a hurtadillas la ida de los anteriores, y así que se ven solas se reúnen azoradas.

     CLARA. -�Ay, gracias a Dios!

     ENRIQUETA. -�Ya respiro!

     ISABEL. -�No vuelvo a ponerme delante de él..., sus miradas me asustan!

     CLARA. -�Pues Casimiro me ha conocido!

     ENRIQUETA. -�Y a mí ese otro joven! Como que me vio anoche.

     ISABEL. -�Yo ni me atrevo a hablar! Me va a conocer por la voz; y eso que anoche me quedé allí tan sobrecogida que apenas podía respirar, �y hablaba tan bajo!

     CLARA. -No tiene más que sospechas, y lo mismo los otros. Escapamos tan de prisa, que no pudieron vernos bien.

     ENRIQUETA. -�Y qué fortuna fue! �El pobre Casimiro, mi novio, que me quiere tanto..., y yo también le quiero, porque al fin es buen sujeto..., un poco simple..., pero eso dicen que no importa! �Mira tú si llegara a saber dónde estuve anoche!

     CLARA. -�Y mi marido! �El hombre más celoso de toda España!

     ENRIQUETA. -�Adiós, boda!

     CLARA. -�Tendríamos en casa al infierno!... �Y es cosa divertida! (A ENRIQUETA.) �Ya sabrás lo que es eso!

     ISABEL. -�Pues y yo, pobre de mí! �Encontrarme allí sola con él! �Ay, creí que había llegado mi última hora!

     ENRIQUETA. -Pues �qué te dijo?

     ISABEL. -�Oh, tantas cosas! Me preguntó si era yo la que continuamente le estaba protegiendo... Y yo le dije... que sí. Me preguntó si era yo la que pasaba los días frente a su balcón, cantando para distraerlo..., y yo le dije... que sí. �Mira, el pobre, cómo no lo ha olvidado, cómo se acuerda de mí!

     ENRIQUETA. -�Y qué más te dijo?

     ISABEL. -Si era yo la que allá, cuando él estaba enfermo, iba a cuidarlo y a sentarme a la cabecera de su cama.

     CLARA. -�Pobrecillo! �Su padre era cajero de mi cuñado, se murió casi de repente, y él recibió tal pesadumbre, que estuvo también para morirse! Todas las mañanas, mientras le duró el delirio, iba yo a verlo a la casuca donde lo recogieron. �Cómo se acuerda el infeliz!

     ISABEL. -Pues me preguntó si era yo, y yo le dije... que sí.

     CLARA. -�Vaya!

     ISABEL. -�Si estaba tan turbada!... Luego me preguntó si le amaba.

     CLARA. -Y le respondiste...

     ISABEL. -Que sí.

     ENRIQUETA. -�Isabel!

     ISABEL. -�Qué! Si estaba yo tan..., cualquier cosa que me hubiera dicho, le hubiera respondido que sí.

     CLARA. -�Muchacha!...

     ISABEL. -En fin, si él se empeña en conocerme, yo le voy a decir que no estaba sola.

     ENRIQUETA. -La invención ha sido de Clara.

     CLARA. -La invención sí; pero el descubrimiento y la ejecución es cosa tuya.

(ENRIQUETA e ISABEL hablan a un tiempo.)

     ENRIQUETA. -Es que yo diré que no quería..., y que vosotras... me obligasteis a ello..., y... yo...

     ISABEL. -Es que yo diré que vosotras..., vosotras... me llevasteis por fuerza a su cuarto... y... yo...

     CLARA. -Es que no diréis eso, ni nada, ni tú, ni tú, ni yo. �Qué necesidad hay de confesarlo? No señor: tengámonos firmes; démonos aquí palabra de que, por más que hagan, por más que digan, negaremos a pie juntillas.

     ENRIQUETA. -Yo la doy.

     ISABEL. -Y yo todo lo que queráis.

     CLARA. -Luego lo iría diciendo...

     ENRIQUETA. -A todos sus amigos.

     ISABEL. -�Es verdad!

     CLARA. -�Y a quién se le hacía creer que en esto no había malicia? Que todo se había reducido a contaros yo la desgracia de ese pobre muchacho, que se veía en la miseria por el pleito que le sigue mi marido..., venir luego Isabel a vivir aquí, y sacar que es el mismo que ella miraba desde su balcón, dar la casualidad de que se mudase a ese cuartito, descubrir el secreto de la puerta y formar el proyecto de protegerlo y sacarlo adelante, sin que él supiera quién lo hacía, sólo por el gusto de entretenernos, haciendo una buena obra.

     ENRIQUETA. -�Nada más!

     ISABEL. -�Es cierto! (Suspirando.) �Nada más!

     CLARA. -�A ver! �A quién se le hacía creer que no había en esto otro misterio? Dirían que..., �sabe Dios!... �Nada, nada! Descubrirnos, es perdernos sin provecho para él ni para ti, Isabelita... Ten un poco de paciencia..., veamos ese pleito...

Escena VI

Dichas, FEDERICO.

     FEDERICO. -(En el foro.) �Las tres juntas!

     ENRIQUETA. -(Sin verlo.) Lo que es preciso ya, es renunciar a volver a meternos...

     ISABEL. -(En voz baja.) �Que está ahí!

     CLARA. -(Ídem.) �Chit!

     FEDERICO. -(Aparte.) �Como sea alguna de las tres, yo lo he de averiguar!

     ENRIQUETA. -(Yendo a sentarse con ademán tranquilo junto a la mesa de la derecha.) Conque decís que al tío debo pedirle para mi marido...

     CLARA. -(Siguiéndola.) �Él no es ambicioso que digamos!... Quiere un empleo alto.

     ISABEL. -(Yendo junto a ellas.) Ayer se contentaba con poca cosa, hoy ya quiere ser jefe político. (Aparte.) Viene hacia aquí. -Y si pasa un día más, puede que quiera... (Fingiendo sorpresa al ver a FEDERICO que se ha acercado.) �Ah!

     CLARA. -(Ídem.) �Ah!

     ENRIQUETA. -(Ídem.) �Ah!

     ISABEL. -�Me ha dado usted un susto!

     FEDERICO. -Perdonen ustedes: quizá vengo a estorbar...; pero pasaba por la puerta..., y oí un metal de voz...

     ISABEL. -(Aparte.) �No lo dije!

     CLARA. -�Un metal de voz? �Cuál?

     FEDERICO. -No me atrevo a..., temo aventurar... �Me está sucediendo una aventura tan rara!

     ENRIQUETA. -�Sí?

     CLARA. -Cuéntenos usted.

     ISABEL. -�Está usted malo? Siéntese usted.

     FEDERICO. -�Mil gracias! Esa señorita estaba escribiendo...

     ENRIQUETA. -No es cosa urgente. Cuéntenos usted...

     CLARA. -�Es quizá sobre el cuadro? Un cuadro que ha enviado usted a la exposición.

     FEDERICO. -�No me lo han admitido, señora! Pero eso es lo que menos me importa.

     CLARA. -�Pues qué clase de aventura?...

     FEDERICO. -�Oh, es una novela!

     ISABEL. -�A mí me gustan mucho las novelas!

     ENRIQUETA. -Alguna invención.

     FEDERICO. -No, señora, es cosa cierta, a lo menos lo que yo he visto. Son ustedes tan amables, que quiero contárselo, y quisiera contárselo a todo el mundo.

     CLARA. -(Aparte.) �Qué tal! -�Veamos, pues!

     FEDERICO. -Señora, es el caso, que en medio de mi triste situación me he encontrado con que tengo, no sé cómo, ni dónde, una protectora, una hermana, no sé si más que hermana, que se desvela por mí, que me socorre en secreto. (A ENRIQUETA, que se vuelve para reír.) �Se ríe usted?

     ENRIQUETA. -�Yo! �No! �Si la cosa es interesante!

     ISABEL. -Sí que lo es.

     CLARA. -�Un ente imaginario!

     FEDERICO. -�Imaginario!... No, señora, que existe.

     CLARA. -�Algún duende!

     FEDERICO. -No, señora: yo no creo en duendes. �Es una mujer! �Quién sino una mujer es capaz de tanta generosidad y tan tierno afecto!

     CLARA. -�Vamos!

     ISABEL. -(Aparte.) �Qué dulzura tiene!

     CLARA. -Siga usted. Y esa mujer...

     FEDERICO. -�Mujer o duende, como usted dice, qué sé yo! Lo cierto es que me consuela, que me socorre, me infunde valor, me colma de beneficios. Ayer mismo se introdujo en mi cuarto, yo no sé por dónde, pero allí estaban Luis y Casimiro, que la vieron escapar, lo que se llama verla. Solamente que el uno dice que tenía vestido blanco, y el otro que azul. (ENRIQUETA suelta la risa: FEDERICO se acerca a ella.) �Señora! (ISABEL suelta también la risa.) �Señora!

     CLARA. -(Pasando junto a ISABEL, y haciéndola callar.) �Chit! -Se les figuraría, o habrán querido embromarle a usted.

     FEDERICO. -�No, señora! Porque ha de saber usted que después, habiéndome quedado solo, me encontré con ella.

     CLARA. -�Eh, poco a poco! Si dice usted que se escapó, �cómo es que luego?...

     ENRIQUETA. -�Es verdad!

     ISABEL. -�Ya ve usted!

     FEDERICO. -�Pues eso es lo que me confunde! �Eso es lo que no puedo entender! Ella se había marchado, y sin embargo...

     CLARA. -�Y era bonita?

     FEDERICO. -�Si no pude verla! �Era de noche, ella había apagado la luz, no veía más que el bulto; pero me habló, la oí!... �Su voz me está sonando en los oídos!... �Y lo que no sé cómo me atreva a decir, es que aquella voz es la misma de Isabelita, absolutamente la misma!

     ISABEL. -�Jesús, qué ocurrencia!

     ENRIQUETA. -�Lo que yo decía, una novela!

     CLARA. -Vean ustedes cómo una mujer se ve comprometida...

     FEDERICO. -�Es que hay más!

     LAS TRES. -�Más!...

     FEDERICO. -No..., es decir... �Figúrense ustedes que..., vamos, se van ustedes a reír de mí!

     CLARA. -Diga usted.

     FEDERICO. -Casimiro y Luis se empeñan en que está aquí la que vieron salir de mi cuarto, y sólo en una cosa no están acordes: en que el uno dice que es... (Señalando a ENRIQUETA.) la que me habló en las máscaras...

     ENRIQUETA. -�Qué dice usted!

     FEDERICO. -Y el otro, que es...

     CLARA. -(Interrumpiéndole.) �Isabelita?

     FEDERICO. -No, señora... �Usted!

     CLARA. -�Yo! �Se han vuelto locos!

     FEDERICO. -�Ya se ve! Eso es lo que yo les he dicho, y lo que me digo a mí mismo. Pero sin embargo, confieso que semejante idea, por descabellada que sea, tiene para mí un encanto. Deseo y temo al mismo tiempo aclarar este misterio... �Ah, si fuese cierto! Si yo me viese amado de... �Perdonen ustedes!... Pero qué otro interés puede guiar a... �Pónganse ustedes en mi lugar!

     CLARA. -(Acercándose a él.) Pues yo, en su lugar de usted, respetaría ese misterio que ella quiere conservar..., aunque no fuese más que por gratitud. Si una mujer..., (porque será una mujer...) hiciera la imprudencia de comprometerse por favorecerme, por consolarme, yo..., digo, en su lugar de usted, no trataría de escudriñar quién era la que así se ocultaba, y guardaría en lo más hondo de mi pecho un secreto que usted va contando a todo el mundo, a nosotras mismas, por ejemplo, personas que ve usted hoy por primera vez. Desengáñese usted, el mejor modo de hacerse digno de esos favores, es ser reservado. (Riendo.) �Qué tal el sermoncito?

     FEDERICO. -(Confuso.) �Señora, no lo olvidaré!

     ISABEL. -Y ese D. Luis..., que parece algo charlatán.

     ENRIQUETA. -�Y Casimiro!

     FEDERICO. -�No, a Casimiro no le he contado nada!

     ENRIQUETA. -�Ha hecho usted bien!, no por mí..., yo no le he visto a usted nunca.

     ISABEL. -�Ni yo!

     ENRIQUETA. -Lo que es nosotras, guardaremos el secreto..., créalo usted.

     CLARA. -�Cuánto mejor un hombre!

     FEDERICO. -�Ah, señoras!, he hecho mal en suponer... �Pido a ustedes perdón!, yo alimentaba una esperanza quimérica. �Cómo era posible? Ninguna de ustedes me ha visto en su vida, ni... Vamos, soy un loco, un insensato. �Adiós, señoras! (Se dirige al foro.)

     ISABEL. -(Aparte.) �Se va!

     CLARA. -(Aparte.) �Mejor!

     ENRIQUETA. -(Aparte.) �Mejor! (FEDERICO vuelve la cabeza desde la puerta para mirarlas de nuevo, y al marcharse ya, se encuentra con D. LORENZO, que sale hablando.)

Escena VII

Dichos, D. LORENZO.

     LORENZO. -(Saliendo.) �Oh! Llego a tiempo de...

     CLARA. -(Aparte.) �Ay! �Mi marido!

     FEDERICO. -(Deteniéndose sorprendido.) �Caballero?

     LORENZO. -�Calla! �Usted por aquí, D. Federico?

     ISABEL. -(Aparte.) �Ay, Dios!

     ENRIQUETA. -Es un amigo de Casimiro, de mi novio.

     LORENZO. -�Vaya, vaya! No me esperaba yo tener este encuentro.

     FEDERICO. -�Ni yo, ciertamente! Y aquella dama, de quien usted me habló ayer..., mi protectora..., está quizá por aquí...

     LORENZO. -�Toma!, yo le dije a usted que estaba en Guadalajara, es verdad, pero va y vuelve continuamente; y mientras yo estaba en su casa de usted..., llegaba ella...

     FEDERICO. -�Conque está aquí?

     LORENZO. -Sí, señor; mírela usted, mi mujer.

     ENRIQUETA. -(Separándose.) �Bueno va!

     ISABEL. -(Ídem.) �Ay, Dios!

     CLARA. -�Cómo!... �Este caballerito es el del pleito?... No sabía...

     FEDERICO. -�Señora!...

     LORENZO. -�Este es!, y él te puede decir cuánto le insté a nombre de D. Lorenzo del Pozo, para lograr una transacción; pero se negó.

     FEDERICO. -�Y me niego todavía! Tengo esperanzas... Pero no por eso agradezco menos a esta señora el interés que se tomó por una persona... (Con intención.) a quien nunca había visto. (Saluda y se va.)

Escena VIII

ENRIQUETA, CLARA, D. LORENZO, ISABEL.

     LORENZO. -�Pobre muchacho! Y me alegro de que no haya averiguado quién soy. Pero aún habla de esperanzas... �Conque no sabe que ha perdido el pleito?

     CLARA Y ENRIQUETA. -�Cómo?

     ISABEL. -�Lo ha perdido!

     LORENZO. -�Perdido! Acabo de recibir la noticia. Es decir, el honor de su padre ha quedado ileso; pero los 10.000 duros... se ha sentenciado que vuelvan a la caja de mi hermano.

     ENRIQUETA. -�Es decir, a su poder de usted!

     ISABEL. -�Y se queda en la miseria!

     ENRIQUETA. -�Sin tener qué comer!

     LORENZO. -�Vaya un interés que se toman ustedes por el muchacho!

     ENRIQUETA. -Porque es desgraciado, porque no tiene a quién volver los ojos. (Como poseída de una idea.) �Pero calla, es verdad! (Corre a la mesa y se pone a escribir.) El ministro me dijo que le pidiera...

     ISABEL. -Y usted que es tan rico, Sr. D. Lorenzo, le gana ese pleito injusto; �sí, señor, injusto! �Yo no sé a qué se reduce el pleito; pero es injusto!

     ENRIQUETA. -(Escribiendo.) Injustísimo.

     LORENZO. -�Estas muchachas se han vuelto locas! (Se va a sentar a la izquierda.)

     CLARA. -(Aparte a las dos.) Marchaos y dejadme a mí. (ISABEL y ENRIQUETA se van poco a poco.)

Escena IX

CLARA, D. LORENZO.

     CLARA. -(Aparte.) �Ea, valor!

     LORENZO. -�Pleito injusto! �No es mala ocurrencia!

     CLARA. -(Acercándose a él y echándole un brazo al cuello.) �Reflexiona, Lorencito! Es un pobrecillo pintor que se ve despojado de su escaso patrimonio... �Y por quién? �Por ti, que eres tan caritativo..., tan generoso! Y le vas a dejar en la calle, sin recursos, sin porvenir. (Poniéndole la mano en el corazón.) Vamos, �no te dice nada éste?

     LORENZO. -Nada. Además, Clarita, ya hice lo que me dijiste: fui a verlo, subí sus ciento y tantos escalones, que llegué sin aliento. �Eso ya es algo! �Y nada, no quiso escuchar nada!

     CLARA. -�Ya! Porque entonces mediaba el honor de su padre; pero ahora que ese punto se ha salvado y sólo se trata del dinero...

     LORENZO. -Él se hará rico. Hoy día los literatos y los artistas ganan ya mucho dinero.

     CLARA. -Mucho no; más que antes..., y eso es según. Antiguamente la nobleza los protegía. Hoy que se ha formado esa aristocracia de la riqueza, a que tú perteneces, no vendría mal que tomase lo bueno de la antigua. Con el dinero os hacéis condes y marqueses: queréis formar una nueva nobleza...; pues bien, empezad por ennoblecerla.

     LORENZO. -�Esas son palabras! �Qué beneficios me traerá?

     CLARA. -�Muchos!

     LORENZO. -�Cuáles? �Me servirá para que hablen bien de mí los periódicos? �Me servirá para que me nombren diputado?

     CLARA. -�Ya se ve que sí!

     LORENZO. -�Qué disparate! Dime, �no estás tú haciendo continuamente obras de caridad? �No me haces estar sacando sin cesar dinero para éste, para aquél, ya para la inclusa, ya para las cárceles?... �Qué sé yo! Tú me dices que eso me sirve... �Para con Dios, puede ser; pero para con los periódicos!... �Ni un renglón ha puesto ninguno de ellos! �Eso es capaz de entibiar la caridad!

     CLARA. -(Aparte.) �No hay medio!

     LORENZO. -�Te aflige lo que te digo?

     CLARA. -Sí; me aflige por ti..., que eres mejor de lo que quieres aparentar. Vaya, �conque tienes miedo a los periódicos?

     LORENZO. -Es decir, miedo no. �Si siquiera callaran! �Pero ahora la han tomado conmigo! Ya sabes que deseo ser diputado, se van a hacer las elecciones... Pues desde que soy candidato por Andalucía, los periódicos de Sevilla me hacen una guerra sangrienta.

     CLARA. -�Eso es! �Y para ponerlos de tu parte sigues allí mismo un pleito con un joven pintor sevillano, muy querido en el país, y le arruinas! �Buen modo de conciliarte el afecto de los electores!

     LORENZO. -�Y yo qué culpa tengo?

     CLARA. -�Y un pleito injusto!

     LORENZO. -�Eso es cosa de la audiencia!

     CLARA. -(Como ocurriéndosele una idea) �Ah, escucha! �El pleito ya lo has ganado? Pues ahora puedes dar un golpe magnífico.

     LORENZO. -�Qué golpe?

     CLARA. -�Tienes una buena ocasión de obligar a tus amigos a que te elogien, a que te pongan en las nubes, a que digan que eres el hombre más generoso y más digno de la confianza de tus conciudadanos!

     LORENZO. -�Cómo?

     CLARA. -�No decías ayer que darías..., qué sé yo, cuanto poseías, por ser diputado?

     LORENZO. -Sí... lo dije... así... en un momento de...

     CLARA. -Pues bien; conque restituyas los diez mil duros a ese pobre muchacho... �es cosa hecha!

     LORENZO. -�Eh, poco a poco, Clarita! �Eso de restituir!...

     CLARA. -�No, restituirlos no..., porque son legalmente tuyos..., pero otra cosa más noble que restituirlos: darlos! �Y todo por amor a las artes..., por pura generosidad! �Mira: le escribes a Federico una carta... bien puesta! La haremos entre los dos..., y luego... se hace de modo que aparezca en un periódico de Madrid... Los de Sevilla la copian al momento..., y...

     LORENZO. -Bien... Pero...

     CLARA. -�Qué mejor respuesta puedes dar a los que dicen y escriben que eres un ente inútil al Estado..., que no haces más que embolsarte tus millones... y no emplearlos jamás en beneficio del país?...

     LORENZO. -�Sí..., eso mismo decían en un artículo esos canallas!

     CLARA. -�Pues ya ves..., y con dos renglones los aniquilas..., los hundes en el polvo!..., �Y luego te presentas en Sevilla con la cabeza erguida..., y en vez de la cencerrada, que te están preparando ya, te recibirán con los brazos abiertos..., te llamarán el protector de las artes..., te darán una serenata!

     LORENZO. -(Sin poder disimular el gozo.) �Calla, loca!

     CLARA. -�Y te harán diputado..., y vendrás a las Cortes con un prestigio!... �Y luego..., quién sabe..., serás ministro!

     LORENZO. -�Ministro!... Ministro de Hacienda, �eh?

     CLARA. -Sí.

     LORENZO. -�Soberbio! �Pero aflojar diez mil duros!

     CLARA. -�No dirán entonces que no eres liberal!

     LORENZO. -�Ya!

     CLARA. -�Ah, y ahora que me acuerdo!... Aquí está un amigo suyo..., un D. Luis...

     LORENZO. -�Sí, uno muy burlón!...

     CLARA. -Es abogado... y periodista.

     LORENZO. -�Calla! �Periodista?

     CLARA. -�Y de los más tremendos!

     LORENZO. -�No importa..., no importa!

Escena X

Dichos, DOÑA INÉS.

     INÉS. -�Ah! A usted le buscaba, Sr. D. Lorenzo.

     LORENZO. -Señora...

     INÉS. -�Jesús! �Ese joven pintor me ha dado un susto!

     LORENZO. -�Cómo?

     INÉS. -�Yo creo que es loco!... Mira a todos con unos ojos... Allí se puso Isabelita al piano a cantar una cavatina..., cuando de repente el bueno del muchacho da un grito tremendo... �Válgame Dios, yo llevé un susto!... Dijo que era un vahído...

     LORENZO. -(Aparte a CLARA.) �Habrá recibido la noticia del pleito!

     INÉS. -�Todos acudieron a él..., y al fin saltó con que se marchaba..., y se marchaba!... �Vaya con Dios! Yo le buscaba a usted para que fuera a repasar el contrato matrimonial..., usted que entiende de esos negocios...

     LORENZO. -Con mucho gusto, señora.

     CLARA. -En el gabinete..., �no es verdad? Yo le acompañaré.

     INÉS. -Pues vamos en un instante. (Se va por la izquierda.)

Escena XI

CLARA, D. LORENZO.

     CLARA. -Vamos, Lorencito, vamos..., y pondremos esa carta entre los dos.

     LORENZO. -No, Clara, no... �Cáspita!, yo no aflojo...

     CLARA. -�No aflojas?

     LORENZO. -No.

     CLARA. -�Conque no? (Impaciente.) Pues no serás diputado.

     LORENZO. -�Eso lo veremos!

     CLARA. -�Ni ministro! �Y yo tengo ambición..., yo quiero ser ministra..., yo quiero tener excelencia!

     LORENZO. -�Y la tendrás!... La provincia está de mi parte.

     CLARA. -�Sí, de tu parte! �No ha de quedar sartén ni almirez en toda ella, que no te aturda los oídos en cuanto asomes por allá!

     LORENZO. -(Colérico.) �Calla, calla..., profeta de todos los demonios!

     CLARA. -Y después de la cencerrada, no pienses en volverme a ver. Yo no vivo con un hombre a quien todos señalarán con el dedo, diciendo: ��Ahí va... el del cencerro!�

     LORENZO. -�Eh? �Qué es eso del cencerro?... �Cuidado!

     CLARA. -�Hasta los chicos te han de silbar por la calle!

     LORENZO. -�Basta, basta! (Yéndose.)

     CLARA. -�Y mañana has de ver qué artículo sale!..., escrito por ese D. Luis, que está aquí...

     LORENZO. -�Otro artículo! �Pero señor..., esto es una conjuración contra mi bolsillo! (Yéndose.) �Pues no..., no me sacan un cuarto!

     CLARA. -(Dejándose caer en una silla.) �Ay, Jesús!... �Ay, Jesús! �Bastara que fuese gusto mío... para que me cumpliera este antojo!

     LORENZO. -(Volviendo hacia ella con asombro y gozo.) �Antojo!... �Clarita, es antojo?

     CLARA. -Sí.

     LORENZO. -(Levantándola y llevándosela.) Pues vamos, vamos..., y... �cómo ha de ser!..., hablaremos... (Aparte.) �Ay, Dios mío..., un antojo de diez mil duros! -Agárrate bien... �Despacito!

     CLARA. -(Sonriendo aparte.) �Ya es mío!



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Acto tercero

La misma decoración del segundo.



Escena primera

FEDERICO, CASIMIRO. Luego, DOÑA INÉS.

(CASIMIRO aparece por el foro trayendo a la fuerza a FEDERICO.)

     CASIMIRO. -�Que no te dejo ir..., hola!

     FEDERICO. -(Queriendo soltarse.) �Casimiro, por Dios!...

     CASIMIRO. -(Sin soltarlo.) �Que no te suelto!... �Eh, mamá, mamá!...

     INÉS. -(Saliendo por la izquierda.) �Qué voces son esas?

     CASIMIRO. -�Aquí traigo un desertor!... Venía yo de ver al casero..., �buena pieza es su casero de usted!..., �y me encuentro con que el señorito se nos escapaba!

     INÉS. -Sí..., poco hace que se sintió indispuesto. No sabemos si alguna pesadumbre...

     FEDERICO. -�Yo, señora!...

     CASIMIRO. -�Pesadumbre!... Qué, �te da pesadumbre la muchacha aquella?

     FEDERICO. -�Casimiro!

     INÉS. -�Casimiro!

     CASIMIRO. -�Es verdad..., la reserva!... (A DOÑA INÉS.) �Está enamorado! �Pero hoy no es día de mal humor!... �Ah, a propósito!... Tengo una historia divertidísima..., para contarla de sobremesa. (Dando golpes por las paredes.) �Si será por aquí?

     INÉS. -�Qué hace usted?

     CASIMIRO. -Federico, golpea por ahí, a ver si suena a hueco. �Sabe usted, mamá, que en esta casa no está usted segura..., por aquello de... casa con dos puertas mala es de guardar?

     INÉS. -�Qué dice usted?

     CASIMIRO. -Que hay por aquí puertas secretas...

     FEDERICO. -(Llegándose a CASIMIRO.) �Puertas secretas!

     CASIMIRO. -�Sí, de veras!..., me lo acaba de descubrir el casero. �Allí habías de ver una facha!... �Qué panza tiene!

     FEDERICO. -(Alterado.) �Puerta secreta!...

     INÉS. -A ver..., explíquese usted.

     CASIMIRO. -Yo lo reservaba para luego..., en la mesa... Pero habrá damas, y la cosa es un poquillo...

     FEDERICO. -�Vamos, cuenta, cuenta!

     CASIMIRO. -Pues señor, fui allá a decirle que como la familia se aumentaba..., y se aumentará más, si Dios quiere..., �eh, mamá?

     INÉS. -�Vamos!

     CASIMIRO. -Se veía usted obligada a mudarse de casa. El hombre se puso tan desconsolado...; pero yo le dije que no había remedio..., que necesitábamos lo menos una pieza más. Entonces se da una gran palmada y dice: ��Calla, calla!... �Ya está arreglado! Mire usted..., esto se lo digo en confianza..., hay en la casa una comunicación secreta con otro cuarto.�

     FEDERICO. -�Cielos!

     INÉS. -�Algún cuento!

     CASIMIRO. -No, señora; no es cuento, es una puerta.

     FEDERICO. -�Una puerta! (Aparte.) �Dios mío!

     INÉS. -�Qué puerta ha de haber..., y a qué venía esa puerta?

     CASIMIRO. -Diré a usted. (Mirando.) A bien que ahora no hay aquí niñas. El tal casero..., en su tiempo ha sido joven, según él dice. �Nadie lo creería al verlo! Entonces vivía en esta casa...; y en otra contigua, pero cuya puerta da a otra calle, vivía en un cuarto del piso tercero una muchacha a quien dice él que había inspirado una pasión violenta... (Riendo.) �Ah, ah, ah! �Si la muchacha le hubiera visto ahora..., con aquella panza!... �Ah, ah!

     FEDERICO. -�Sigue, sigue!

     CASIMIRO. -Como la otra calle parece que está en cuesta, resulta que su piso tercero, con honores de buhardilla, está al mismo nivel de este, que es segundo. Pues señor, el enamorado casero �qué hizo?..., abrió una puerta secreta, no sé en cuál de estas piezas..., muy disimulada con las molduras, por la cual se comunicaban los amantes, como si vivieran en la misma casa..., y... (A FEDERICO riendo.) �Ah, ah, ah! �Ya entiendes?... �Ah, ah!

     FEDERICO. -(Riendo a la fuerza.) �Sí!... �Ah, ah, ah!

     INÉS. -�Casimiro!

     CASIMIRO. -�Nada, mamá..., no digo nada!

     FEDERICO. -Pero esa puerta...

     INÉS. -�Dónde está esa puerta?

     CASIMIRO. -�No se asuste usted!... La puerta... la condenarían...

     INÉS. -�Eso es otra cosa!

     FEDERICO. -(Aparte.) No..., no lo está.

     CASIMIRO. -Como toda la manzana es del mismo casero, dice que podrá... Yo he andado ya golpeando por todas las paredes, y... �es mucha ocurrencia!..., luego se la contaré a...

     INÉS. -�A nadie! (Aparte a CASIMIRO con severidad.) �No reflexiona usted, calavera, que mi hija..., la que va a ser su mujer..., ha vivido aquí muchos años?

     CASIMIRO. -(Mudando de tono.) �Qué dice usted, mamá!... �Pues es cierto!... �Cáspita!

     INÉS. -Vamos adentro..., �y cuidado con chistar!

     CASIMIRO. -(Dándola el brazo.) Vamos. �Vienes, Federico? �Oh! �Lo que es la puerta... estará tabicada!

     INÉS. -�Por supuesto! (Se van.)

Escena II

FEDERICO. Luego, LUIS.

     FEDERICO. -(Agitado.) �Sí..., eso es!... Aquí la calle de Alcalá..., a espaldas la del Caballero de Gracia... �No hay duda..., no hay duda! �Y esa puerta secreta... (Mirando por todas partes.) dónde estará?... �Y quién de ellas será mi ángel protector?... �Clara, que me ha recomendado a su marido?.. �Enriqueta... o Isabel?... �Ah, si fuera Isabel!... �Cómo le temblaba la voz cuando se puso a cantar!... �Y era la misma voz..., la misma que oí en otro tiempo desde mi balcón! �Oh, (Señalando al corazón.) la tengo aquí..., aquí!... �Y su rostro..., su rostro es como yo me lo figuraba en mis sueños!

     LUIS. -(Apresurado.) �Federico!... �Pobre Federico!... �Te andaba buscando por toda la casa!

     FEDERICO. -(Fuera de sí.) �Ah, querido Luis..., si supieras!... (Aparte.) �No, no!... �Quiero ser reservado!

     LUIS. -Ya lo sé todo.

     FEDERICO. -�Cielos! Pues no lo digas.

     LUIS. -�El qué?... �Que has perdido tu pleito?

     FEDERICO. -�Mi pleito?

     LUIS. -�El honor de tu padre queda en salvo; pero las pesetas... volaron!

     FEDERICO. -�Eh! �Déjame de dinero! �Qué me importa cuando soy feliz!

     LUIS. -�Qué, qué?

     FEDERICO. -�Sí, feliz!... Porque has de saber... (Aparte retirándose.) �No, no..., no digo nada, aunque me ahogue!... �Yo me lo guardaré aquí..., con mi gozo..., con mi esperanza!... (Sollozando.) �Ay Dios mío..., ay Dios mío! (Se deja caer en una silla.)

     LUIS. -�Hombre!... �Pues no está llorando!... Y dice que es feliz, y que... �Ya sé que eres feliz... a expensas del pobre Casimiro!... �y la dichosa Enriqueta!...

     FEDERICO. -(Levantándose.) �Ah! �No pronuncies ese nombre..., ni el de la otra..., ni el de la otra!... �Entiendes? �Te lo prohíbo!

     LUIS. -�Y cuál es la otra?

     FEDERICO. -(Aparte.) �Pero cómo haré para obligarlas a que se descubran conmigo..., a que me confiesen el secreto de la puerta?

     LUIS. -�Qué puerta?... �Hombre, habla!... �Tú te has vuelto loco!

     FEDERICO. -�Sí, ya lo sé!

Escena III

Dichos, ENRIQUETA, ISABEL.

     ENRIQUETA. -(A ISABEL en el foro.) Te digo que no se ha marchado.

     ISABEL. -�Es verdad..., allí le veo! (Se quedan en el foro.)

     FEDERICO. -(Aparte.) �Ellas son!

     LUIS. -�Las niñas!

     FEDERICO. -(Deteniéndole.) �Chit! Quieto..., no mires..., haz que no las ves. (Aparte.) �Yo las haré descubrirse!

     LUIS. -�A que me vuelve a mí loco también?

     ENRIQUETA. -(A ISABEL.) Vámonos adentro.

     FEDERICO. -(Fingiendo desesperación.) �Qué me dices, amigo mío!... �Es posible!... �He perdido el pleito?... �Me han devuelto mi cuadro de la exposición? �Qué golpes..., qué golpes!... �Ya no hay recurso..., ya no me queda esperanza..., ya no tengo porvenir!... �Voy a matarme!

     ENRIQUETA E ISABEL. -(Bajando asustadas.) �Ay Dios mío!

     FEDERICO. -(Aparte, mirándolas.) �Se han asustado!

     LUIS. -�Qué es lo que dices?

     FEDERICO. -(Con más exaltación.) �Sí!... �A matarme! �Este recurso, a lo menos, nadie me lo quitará! Para eso no se necesita más que una voluntad decidida..., y una pistola.

     ISABEL Y ENRIQUETA. -(Dando un grito.) �Ay, Jesús!

     LUIS. -(Aparte.) �Calla, hombre..., que las asustas!

     FEDERICO. -(Aparte.) �Ya lo sé!... �Quieto!... Haz siempre que no las ves.

     LUIS. -�Está rematado!

     FEDERICO. -(Con desesperación.) �Adiós! �Voy a poner fin a mis desgracias!... (Dándole la mano.) �Amigo mío, acuérdate de mí..., y derrama una lágrima en mi sepulcro!... �Adiós! (Aparte.) �Vente tras de mí!

     LUIS. -�Eh?

     FEDERICO. -(Trágicamente.) �Adiós!

     ISABEL. -(Bajando.) �Federico!

     ENRIQUETA. -�No salga usted!

     FEDERICO. -(Aparte.) �Bueno va! Señoritas, perdonen ustedes..., no había reparado... Le decía a mi amigo Luis... que me iba a marchar..., a marchar a mi casa..., a cierto negocio..., cierto negocio... Y dentro de un instante..., de un instante... �Adiós! (Se va apresurado por el foro.)

     ISABEL. -�Federico!

     ENRIQUETA. -�Se va!

     LUIS. -�Yo estoy en Babia!

     ISABEL. -(A LUIS.) �Ah! �Vaya usted!... �Sígale usted!... �No le abandone!

     ENRIQUETA. -�Corra usted, por Dios!... �Sálvele usted!... �Yo voy a avisar a Clara!...

     LUIS. -Pero permita usted... (Aparte.) Él me ha dicho que le siga.

     ENRIQUETA. -�Vaya!... Dígale que espere..., que aún no lo ha perdido todo!... Vaya usted, y vuelva...

     ISABEL. -�Se va a matar!

     LUIS. -No tal.

     ENRIQUETA E ISABEL. -�Sí..., se va a matar!

     ENRIQUETA. -(Llevándose a LUIS.) �Vaya usted!

Escena IV

ISABEL. Luego, FEDERICO.

     ISABEL. -�Ya no llegará a tiempo!... �Es seguro!... �Se mata!... Aquellas pistolas... �Dios mío, pobre de mí! (Se sienta.)

     FEDERICO. -(En el foro, viendo ir a ENRIQUETA.) �Dónde irá Enriqueta?

     ISABEL. -�Si yo se las hubiera quitado! �Malditas pistolas! (Levantándose.) �Y quién me estorba ahora?

     FEDERICO. -(Aparte.) �Isabel está aquí! (Entra y se esconde en la puerta de la izquierda.)

     ISABEL. -�Pero... y si me ven!... �No importa..., voy a aventurarme por salvarle la vida! (Mira alrededor, y va a cerrar la puerta del foro.) �Tiene que dar la vuelta a otra calle..., yo llegaré antes que él! (Va a la derecha, y aparta a un lado la mesa.) �Si acertaré yo sola! (FEDERICO sale y la observa: ella toca a un resorte, y la puerta se abre rápidamente.)

     FEDERICO. -(Llegándose.) �Gran Dios!

     ISABEL. -(Volviéndose asustada.) �Ay!

     FEDERICO. -(Loco de gozo.) �Ella era!... �Ella era!

     ISABEL. -(Queriendo ocultar con su cuerpo la puerta.) �Federico..., váyase usted..., váyase usted!

     FEDERICO. -�Isabel!... �Ah, perdón!

     ISABEL. -�Váyase usted!... �Yo me iba a perder!

     FEDERICO. -�Sí... por salvarme!

     ISABEL. -�No, señor!

     FEDERICO. -�Sí, sí! Todo ha sido ficción, para obligarla a usted a que se descubriese.

     ISABEL. -(Cayéndose.) �Ay!

     FEDERICO. -(Sosteniéndola.) �Isabel, serénese usted!

     ISABEL. -(Queriendo apartarse.) �Déjeme usted, Federico!

     FEDERICO. -�Ah, es usted la que ayer noche..., confiéselo usted!

     ISABEL. -�No entré yo sola!

     FEDERICO. -�Sus amigas de usted también?...

     ISABEL. -�Sí, señor..., ya no podemos ocultarlo! �Las tres pensábamos en usted!

     FEDERICO. -�Clara?

     ISABEL. -Fue la que visitó a usted cuando estuvo enfermo...

     FEDERICO. -Y Enriqueta...

     ISABEL. -La que lo embromó a usted en las máscaras...

     FEDERICO. -(Con fuego.) �Y usted!...

     ISABEL. -�Yo!... La que cantaba desde mi balcón, mientras usted pintaba... �Luego que vine a esta casa yo no me olvidaba de usted!... Descubrimos casualmente esa puerta secreta, y nos propusimos las tres...

     FEDERICO. -�Ah, bien me lo decía el corazón! �Sí!... Y este amor..., este amor que siento...

     ISABEL. -(Con tristeza.) �Por las tres?

Escena V

Dichos, CLARA, ENRIQUETA, por la izquierda. Luego, LUIS.

     CLARA. -(A ENRIQUETA.) Sí... has hecho bien de escribir al ministro...

     FEDERICO. -�Vengan ustedes!... �Ya lo sé todo!

     ISABEL. -No ha sido culpa mía.

     CLARA Y ENRIQUETA. -�Cielos!

     FEDERICO. -�No teman ustedes..., nadie lo sabrá! �Ah, soy feliz..., feliz!

     ENRIQUETA. -�Por Dios... que viene mi madre!

     CLARA. -�Y mi marido!

     LUIS. -(Dentro.) �Federico!... �Federico!

     ISABEL. -(Asustada, corriendo al lado opuesto.) �Ay, qué voces!...

     LUIS. -(Dentro.) Federico, �dónde diablos estás?... (Sale por la puerta secreta, dando vueltas, como un hombre mareado.) �Ay, ay, ay!

     FEDERICO. -(Empujándolo al lado opuesto.) �Anda, torpe!

     CLARA. -�Ya están aquí! (FEDERICO se deja caer con su cuerpo contra la puerta, y la cierra de golpe, al mismo tiempo que aparecen por la otra DOÑA INÉS y D. LORENZO. LUIS da vueltas, sin saber dónde se halla: ISABEL se deja caer en una silla.)

     LUIS. -�Dónde diablos estoy?... �Es esto comedia de magia?

     CLARA. -(Aparte, a LUIS.) Calle usted..., y haga exactamente todo lo que yo le diga.

Escena VI

LUIS, CLARA, D. LORENZO, DOÑA INÉS, FEDERICO, ENRIQUETA, ISABEL.

     INÉS. -(A D. LORENZO.) Vamos, no se acalore usted.

     LORENZO. -�Yo no me acaloro!... �Pero le parece a usted!... Atacarme con un artículo tan virulento ese señor...

     CLARA. -(Aparte, indicándole a LUIS.) �Este es..., este es el autor!

     LORENZO. -(Aparte.) El periodista, �eh? No me importa... �Yo no cedo a las amenazas!... -Sr. D. Federico, �usted no sabía quién era yo?... Pues yo soy su parte contraria.

     FEDERICO. -�D. Lorenzo del Pozo?

     LORENZO. -El mismo: yo he defendido mi derecho, y he ganado el pleito. Ya sé lo que se trata de decir de mí..., lo que se trata de escribir... contra mi persona... (Mirando de lado a LUIS.) Ya sé que el artículo está escrito, y se va a publicar mañana... (Recalcando.) �Digo que lo sé!

     LUIS. -(Reparando que D. LORENZO le mira.) �Calla!

     CLARA. -(Aparte a LUIS, pasando por detrás de él y yendo a la mesa a tomar un pliego de papel.) �Dese usted por entendido!

     LUIS. -(Aparte.) �Otra?... Bien; �siga la cosa!

     LORENZO. -(Siempre en tono enfático.) �Pero nada de este mundo me hace a mí desistir de una acción que prueba mi civismo y mis sentimientos humanitarios y filantrópicos! Tengo a mucha gloria que se me ofrezca esta ocasión de manifestar mi aprecio a un joven artista..., renunciando en favor suyo los diez mil duros..., �los diez mil duros!... que me pertenecen por sentencia del poder judicial.

     FEDERICO. -(Pasando a su lado.) �Qué oigo!... Sr. D. Lorenzo... (Aparte.) �Ah, Clara!

     INÉS. -�Oh, qué rasgo!

     ISABEL. -�Qué generosidad!

     CLARA. -(Mirando a LUIS, con intención.) �Eso se llama un hombre!

     LUIS. -�Todo un hombre!

     CLARA. -(Aparte a LUIS dándole a escondidas el papel.) Tome usted este papel.

     LUIS. -(Aparte.) �Estoy haciendo el bobo!

     LORENZO. -�Yo soy así!... (Mirando de rabo de ojo a LUIS.) �El ente inútil!... �El que se embolsa mis millones... y no protege la industria!... �Que escriban..., que escriban artículos!

     CLARA. -(Aparte a LUIS.) Rompa usted ese papel.

     LORENZO. -�Que los envíen a los periódicos de Sevilla..., que me quiten votos..., nada temo! (LUIS rompe el papel, haciendo gestos de hombre que obra maquinalmente.)

     CLARA. -(Aparte a D. LORENZO, indicándole los pedazos.) �Míralo..., ya lo ha roto!

     LORENZO. -Esto no lo digo aquí... con intención de que el beneficio que acabo de hacer... se publique..., se imprima... �No, señor!

     CLARA. -(Mirando a LUIS.) �Debe imprimirse!

     LUIS. -(Mirando embobado a CLARA.) �Se imprimirá! (Aparte.) �Pues señor, sigue la charada!

Escena VII

Dichos, CASIMIRO.

     CASIMIRO. -Enriqueta, aquí te han traído una carta.

     ENRIQUETA. -�A mí?

     CASIMIRO. -Sí..., y es del ministro..., la trae un portero...

     INÉS. -�De tu tío! (Tomándola.)

     ENRIQUETA. -�Ay, lea usted!

     CASIMIRO. -(Mientras DOÑA INÉS lo abre.) �Del ministro, sí!... El regalo..., el regalo de boda... Yo me contento con poco...

     INÉS. -�Calle usted! (Lee.) �Querida Enriqueta: no he olvidado la oferta que te hice...�

     CASIMIRO. -�Cómo se ha de olvidar un ministro!...

     ENRIQUETA. -�Calle usted!

     INÉS. -(Leyendo.) �Y celebraré que sea del agrado de tu marido...�

     CASIMIRO. -�Qué fino! Jefe político lo menos...

     ISABEL. -�Calle usted, hombre!

     INÉS. -(Leyendo.) �Puedes ya decirle que su amigo D. Federico recibirá mañana el nombramiento para un destino de veinte mil reales de sueldo en el Museo Nacional...�

     CASIMIRO. -�Eh, qué?...

     FEDERICO. -�Cielos! �Es posible, Casimiro! �Tú has pedido para mí?

     CASIMIRO. -�Yo no he pedido nada! (A DOÑA INÉS.) �Qué más dice?

     INÉS. -No dice más.

     ENRIQUETA. -�Tú no necesitas!... �El ministro habrá sabido tu amistad con Federico..., y eso es!

     CASIMIRO. -�Eso es!

     FEDERICO. -(Aparte.) �Ah, Enriqueta!

     LORENZO. -�Eso se llama un amigo!...

     CASIMIRO. -�Gracias!

     CLARA. -�Un amigo de las artes!

     CASIMIRO. -(Yéndose al foro.) �Gracias! (DOÑA INÉS le sigue: D. LORENZO y LUIS se alejan también conversando. FEDERICO y las tres jóvenes quedan en el proscenio.)      FEDERICO. -(Dirigiéndose a CLARA.) �Ah, Clara..., a usted la debo mi patrimonio!... (A ENRIQUETA.) �Y a usted, Enriqueta, mi colocación, mi carrera!... (Acercándose tímidamente a ISABEL.) �Y a usted, Isabel?

     ISABEL. -(Con rubor.) �A mí?... �Nada! �Yo no puedo nada..., soy una pobre huérfana!

     FEDERICO. -Quizá pueda usted darme... un tesoro mayor.

     ISABEL. -�Yo!... Como no sea... la mano de amiga...

     CLARA. -(Empujándola hacia FEDERICO.) �Eh! �Y por qué no de esposa?

     FEDERICO. -(Cayendo a sus pies.) �Ah, Isabel!...

     ISABEL. -(A CLARA y ENRIQUETA.) �Siempre he de hacer yo vuestro gusto!

     CLARA Y ENRIQUETA. -�Y el tuyo!

(INÉS, LORENZO, LUIS y CASIMIRO, a un tiempo bajando.)

     INÉS. -�Qué es eso!

     LORENZO. -�Qué es eso!

     LUIS. -�Qué es eso!

     CASIMIRO. -�Qué es eso!

     CLARA. -�Nada..., otra boda!

     INÉS. -�Isabelita!... �Vaya, me alegro!... �Buena elección!

     LUIS. -(Aparte.) �Es mucha historia! Mira, Federico, yo me voy a mudar a tu buhardilla.

     FEDERICO. -Corriente.

     ISABEL. -(Aparte a FEDERICO.) �Haremos tapiar la puerta?

     FEDERICO. -Sí, hija mía, sí.

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