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ArribaAbajoEl aguinaldo


    «Omnia tempus habent,
et habet sua tempora tempus».



TRADUCCIÓN SUELTA.


    «Cada cosa en su tiempo,
y los nabos en Adviento».

El erudito Mr. de Jouy consagró un capítulo de su preciosa obra de El Ermitaño de la calle de Antín a describir la costumbre de los estrenos (étrennes) o regalos de Año Nuevo que tan en boga está en Francia y en otros países, y razonando sobre ello con su profunda erudición, pretende probar que aquel uso viene de Tacio, rey de los sabinos, a quien en un día de Año Nuevo se había hecho el presente de algunos ramos consagrados a Strinuo, diosa de la fuerza, lo que parece que aquel señor hubo de tomar a buen agüero. Por qué tanto aquel año fue para él muy dichoso, y en justo agradecimiento autorizó la usanza de los dichos regalos en lo sucesivo llamándoles strenae, de lo cual positivamente viene la voz francesa étrennes, y la castellana estrenos, que han usado en igual sentido nuestros autores.

Pero esta voz ha perdido entre nosotros su uso casi del todo, sin duda porque la costumbre a que se refería ha caducado también; pues si bien es cierto que aún se conservan algunos regalos de principio de año, a consecuencia de la burlescas ceremonia, aún bastante generalizada en las tertulias, de sacar a la suerte en la víspera de Año Nuevo parejas de hombre y mujer, sin embargo, puede considerarse como desacreditada semejante costumbre (especialmente en Madrid, donde hablamos), si bien en su jugar tenemos otra ocasión de lucir nuestra generosidad pocos días antes, en las dádivas llamadas de aguinaldo, con que solemos endulzar la memoria del nacimiento de nuestro Redentor.

Que sea uno mismo nuestro aguinaldo que les étrennes franceses, lo asegura por mí un autor acreditado cuando dice: -«Y por ser a cuatro días de mi llegada día de Año Nuevo, cobré mi aguinaldo de los señores de aquella corte». -Mas si la costumbre es la misma, la palabra tiene distinto origen. Tal lo siente el famoso Covarrubias cuando la hace venir de la voz arábiga guineldun, que significa regalar, o de la palabra griega gininaldo, que vale tanto como regalar en el día de natalicio. Mas sea de ello lo que quiera, es lo cierto que con la voz aguinaldo (o aguilando, como dicen en algunas provincias) designamos generalmente todos los presentes que se hacen desde la víspera de Navidad hasta la Epifanía, y que esta es costumbre bastante general para haberla de pasar por alto.

Ahora bien; ¿cómo se verifica esta costumbre? ¿Consiste acaso, como en Francia (según nos la describe el ya dicho Ermitaño), en un cambio mutuo de todo lo que la perfección de las fábricas, el genio de los artistas o el buen gusto de los literatos ostentan a porfía en ocasión semejante? ¿Invéntanse para ello nuevas telas, alhajas y muebles primorosos, libros llenos de ingenio y agudeza? ¿Pónense en movimiento grandes capitales, destinados a vivificar las artes y el comercio, o a hacer florecer la literatura y las ciencias? ¿Amenízase el todo con sales epigramáticas, composiciones sublimes o cartas llenas de ternura y sensibilidad? Vamos a verlo.

En el año 1824 tenía yo en mi casa un alojado francés, oficial de la Guardia Real, el cual, por razón de cierta herencia habida de una tía suya casada en Alicante, permaneció en España más tiempo que el ejército, lo bastante para poner en claro la testamentaría (cosa que no es tan fácil como parece), y con este motivo, y siendo ademas de un natural amable y amigo de la sociedad, hizo relación con muchas personas de todas clases, que le recibían en su casa con la mayor complacencia. Las aventuras particulares de este francés son cosa de que más de una vez he querido hacer partícipes a mis lectores, y que servirían ahora de clave para entender mejor este discurso; pero como de esas cosas me faltan que decir y hallarán su colocación cuando menos se piense. Mas contrayéndome por ahora al objeto del día, sólo diré que acercándose el fin de aquel año, y deseando mi parisién corresponder con aquellas personas a quien debía obligaciones o amistad, de un modo relativo a su clase y circunstancias, consultó conmigo sobre les étrennes que debería regalar; y como él desconfiaba de saber hacer por sí las compras, vino a proponerme sus intenciones, a saber:

En primer lugar, a cierto personaje a quien él debía singular protección y benevolencia, le destinaba una primorosa colección de clásicos de la literatura francesa; -a una señora, cuya influencia le había servido de notable recomendación, le ofrecía un precioso artificio de pájaros disecados sobre flores y frutas trabajadas en cera; -a su abogado defensor, dedicábale una caja de ébano que contenía los códigos franceses e ingleses; -al agente de sus negocios, le brindaba un semanario con registro de agenda para todos los días del año; -a la esposa del escribano, media docena de cuadros copias de Vernet, con sendos marcos de relumbrón; -y por último, a la causa de su tormento, un primoroso libro encuadernado en mosaico, que contenía las poesías más sentimentales de Lamartine.

No pude dejar de sonreírme al escuchar tales propuestas; mas sin replicar una palabra, parecí conformarme con su idea y me encargué de la compra.

Por supuesto, pueden venir en conocimiento mis lectores de que en vez de dirigirme a fábricas y librerías, hice rumbo hacia los portales de la plaza y calle Mayor, tocando empero al paso en ciertas tiendas de ultramarinos adonde sabía poder encontrar lo necesario para mi objeto. Y verificados que fueron mis ajustes, torné a mi casa, donde ya me esperaba el oficial con seis o siete cartas redactadas en el ínterin, cuáles en prosa a la Chateaubriand, cuáles en verso a la Víctor Hugo, y todas alusivas a los diferentes objetos que remitía. V. gr., empezaba la del personaje: -«La voz de la sabiduría busca los oídos del sabio; permitid, señor, a los autores clásicos de nuestra literatura que vayan a acogerse bajo la superior inteligencia de V.» -Y en esto entraban ya por la sala tres mozos cargados con seis barriles de Peralta, Pedro Jiménez, Manzanilla y otros diferentes autores.

Seguía la de la dama diciendo:


    Símbolo de ternura y de amistad
Ellos, señora, al dirigirse a ti,
De un corazón sensible a tu bondad
La gratitud expresarán por mí.

Y a este tiempo ocuparon la sala media docena de pavos y otra media de capones cantando un tutti parecido al final de un primer acto.

Empezaba la del abogado diciendo: «La ley de todas las naciones...», y sin dejarla proseguir le presentó un precioso bolsillo que contenía una cincuentena de escudos. -Proseguía la del agente: «Trescientos sesenta y cinco días bien empleados», y a este tiempo hice sacar de las alforjas del conductor treinta docenas de chorizos; pero éste me hizo ver que me había equivocado en la cuenta, pues faltaban cinco piezas para todo el año. Venía después la carta de la mujer del escribano, y lo mismo fue ver que se hablaba en ellas de cuadros, que al instante hice salir una colección de ellos capaz de guarnecer la más amplia despensa. -Por último, al prorrumpir con la carta de la querida en la mano: -«¿Qué podré yo dedicar a la virgen de mis primeros amores, que reúna en más alto punto la sensibilidad y el gusto más delicado?». -«Una caja de mazapán de Toledo», exclamé yo con entusiasmo, poniéndola sobre la mesa.

Hasta aquí pudo llegar el sufrimiento de mi buen francés, el cual, saltando en medio de la sala, y con voz estentórea, apoyada por el bajo continuo de las pavos, exclamó. -¿Cómo? ¿qué es esto? ¿Usted pretende ponerme en ridículo? -Nada menos que eso, amigo mío, le contesté yo con gran calma; antes bien trato de evitárselo a usted; además, que yo creo haber cumplido con sus instrucciones. Usted me encargó una colección de autores clásicos, ¿y no lo son Pedro Jiménez y consortes? -Unas aves disecadas; ¿pues qué les falta a esas para serlo? -Un código de leyes; yo le ofrezco un bolsillo lleno. -Un semanero, ¿y cuál más a propósito que una cuelga de chorizos? -Una colección de cuadros; ¿y no lo son también los del tocino? -Una obra de ingenio; pues bien, según mi dictamen, pienso que lo es una caja de mazapán.

Pero, dejando a un lado las chanzas, amigo mío, ¿parécele a V. que estamos aquí en París? ¿o piensa que en circunstancias semejantes nos pagamos por acá de libros y de monadas? No; si no, eche V. un pedazo en el puchero, y verá qué caldo sale. Nada de eso, no, señor; todas esas son ideas románticas que aquí no pegan, porque nosotros (a Dios gracias) estamos por el género clásico. Esas obras y artefactos son muy santos y muy buenos, sí, señor; pero no podrían sacar a un hombre del apuro del día, y así serían agradecedos los regalados como por los cerros de Úbeda. Y si no, véngase un par de horas por esas calles de Dios, y verá cómo todos piensan de ese modo; recorra V. esas confiterías, y observarálas preñadas de obeliscos y templetes (pruebas felices de nuestra arquitectura); verá en las diversas piezas de dulces y mazapanes la imitación de la naturaleza tan recomendada por los artistas; desengáñese V.; éstos y no otros cuadros, son los que necesitamos en nuestras galerías. ¡Estatuas!, ¡pinturas!, ¡producciones raras de los tres reinos!... ¡bravo! Asómese V. a ese balcón y veralas cruzar en todos sentidos, pero sólo del reino animal y algunas pocas del vegetal, para la colación de Noche-buena: en cuanto a piedras ¡fuego! cómaselas quien las quiera... Mire V., mire, V. todos esos mozos qué cargados van; pues todo lo que llevan es producto de nuestras fábricas; vea V.; chocolate... longanizas... confitura... turrón... ¡y luego dirán que no hay industria! Pero acabemos de una vez; venga V. conmigo, y observe lo que sea digno de observar. -Y no hubo más, sino que, agarrándole del brazo, di con él en medio de la Plaza Mayor.

Pasmado se hallaba el bravo oficial al considerar toda aquella provisión de víveres capaz de asegurar a la población de Pekín, y bien que acostumbrado al redoble del parche o al estampido del cañón, todavía se le hacía insoportable el espantoso clamoreo de los vendedores y vendedoras de dulces y frutas; el pestífero olor de los besugos vivitos de hoy; el zumbido de los instrumentos rústicos, zambombas y panderos, chicharras y tambores, rabeles y castañuelas; el monosílabo canto de los pavos y las escalas de las gallinas, que atados y confundidos en manojos, cabeza abajo, pendían de los fuertes hombros de gallegos y asturianos; el rechinar de las carretas que entraban por el arco de Toledo henchidas de cajones, que en enormes rótulos denunciaban a la opinión pública los dichosos a quienes iban dirigidos; la no interrumpida cadena de aldeanos y aldeanas, montados en sus pollinos, que se encaminaba a las casas de sus conocidos de la corte, a pasar las pascuas a mesa y mantel, en justa retribución de una alcantarilla de arrope o una cestita de bollos que traían de su lugar; el eterno gruñir de los muchachos, cuál porque un mal intencionado le había picado el rabel, cuál porque un asesino le había llevado de un embrión entrambas piernas del pastor del arcabuz o de la charrita de Belén; y, en fin, el animado canto de los ciegos, que entonaban sus villancicos delante de las tiendas de beber.

-¿Cómo (exclamaba el extranjero), y es ésta la nación sobria y taciturna? -Eslo sin duda, pero dulce est disipere in loco, y algún día en el año habíamos de hacer traición a nuestro inevitable puchero y nuestra eterna prosopopeya. -¿Mas cómo puede llegar a consumirse toda esta provisión, que parece destinada a sostener un sitio de cuatro meses? -Yo le diré a V.: dedicándose todos a la gastronomía durante las vacaciones; reproduciéndose casi todos los días los convites de familia; poniéndose unos a otros en contribución de aguinaldo para sostenerlos; aumentándose notablemente la población de Madrid con el refuerzo de los lugares circunvecinos, y dando rienda suelta para comer y cenar a soldados y muchachos.

¿Y en tales momentos pretende V. que se aprecien los obsequios que V. preparaba? No, amigo mío, sea usted romano en Roma; expida desde este central depósito aves y turrones; omita el acompañarlos con elegantes misivas; que si ellos fueren de ley, ellos hablarán por usted, y si son malos, todas las epístolas de Cicerón no bastarían a hacerlos buenos. Recorra después las casas de los obsequiados, y verá que toda la alegría del licor malagueño se ha trasladado a los semblantes, y toda la dulzura del mazapán se ha comunicado a los labios.

(Diciembre de 1832)




ArribaAbajoLas tres tertulias


    «Con estas cosas que digo,
V. lo que paso en silencio,
A mis soledades voy,
De mis soledades vengo».


LOPE DE VEGA.                


Yo no sé si fue el temor de la niebla que cabría nuestro horizonte, o de la más espesa aún que la etiqueta y el fastidio extienden sobre nuestras sociedades cortesanas, lo que me determinó noches pasadas a subir a visitar a mi vecino D. Plácido Cascabelillo, de quien ya tienen conocimiento mis lectores. Y como para ello no tenía que aguardar a que diesen las once, ni que ocuparme durante dos horas en el pulimento y adorno de mi persona, no hubo más, sino que a cosa de las siete, y según y como me encontraba vestido, pillé la escalera y me presenté en casa del vecino.

No fui, sin embargo, el primero, pues ya se hallaban sentados en agradable círculo en derredor del brasero casi todos los individuos que componían la tertulia, de los cuales fui recibido con grandes muestras de contento, haciéndome el amo de la casa los honores de recién venido, escarbando la lumbre, en tanto que los demás estrechaban su formación para darme asiento dentro de la rueda.

No se puede negar que un brasero defendido por diez o doce personas, todas alegres, todas amables y sin grandes pretensiones, es una de las cosas que inspiran mayor confianza y dan rienda suelta al natural ingenio para desenvolverse sin aquellas trabas que la afectación, el orgullo y el falsamente llamado buen tono suelen imponerle. Todas las palabras (excepto algunas justamente proscritas en la sociedad) son allí buenas para expresar los conceptos; los chistes familiares, los modismos del lenguaje esmaltan a cada paso la conversación, prestanla un carácter nacional, y sin el desdichado sabor de extranjerismo de que adolece en el gran mundo. En una sociedad de esta clase los melindres desaparecen, las exageradas obligaciones de la moda tienen un aspecto ridículo, los sentimientos naturales se revelan sencillamente, y el amor, la alegría, la amistad, se manifiestan con franqueza, sin temor de la censura ni del sarcasmo.

Tal era el cuadro que presentaba la reducida tertulia de mi vecino; ni allí una dama se sentía vaporosa, ni un caballero se permitía secarse, ni para designar aquella reunión se la llamaba soirée, ni círculo, ni a la sala salón, ni nadie se avergonzaba de hablar español, ni de no conocer a París más que en el mapa, ni de dejar su sombrero a la entrada, ni de tomar la mantilla a la salida; todo era franqueza y alegría; y como la coquetería y la envidia no habían podido aun penetrar en aquel modesto recinto, los amantes se consideraban felices, y el espectáculo de sus sencillos amores divertía a los demás.

Una hora había ya que yo permanecía en aquella agradable escena, cuando acertó a entrar doña Dorotea Ventosa, viuda joven de cincuenta años (cumplidos en 1825), señora de gran tono y de numerosos adoradores, que suspiran por los bellos ojos de su bolsillo; señora cuyo crédito se extiende desde el salón del Prado hasta la misma puerta de la Vega, y señora, en fin, muy de mi conocimiento y cuya historia sabrá el lector algún día.

Entró con aquel aparato con que una prima donna suele presentarse a cantar su aria después del coro que la precede; toda la sociedad se dispuso en alas para recibirla, y la recién llegada, previa la ceremonia de dejar su capa y su pelliza, y de arreglar su chal y su sombrero, se adelantó a recibir aquellos homenajes, dispensando a la media rueda de señoras sendos besos en ambas mejillas, y dedicando a los caballeros una afectada cortesía y sonrisa.

Instalada aquella nueva interlocutora, tomó de derecho la palabra, y nos habló de los sucesos del gran mundo (que eran para ella el salón del Prado, la ópera italiana y dos o tres casas de juego); y cuando ya creyó que había excitado la admiración y la envidia general, propuso una partida hasta las diez, hora en que tenía que marchará otras tertulias. Inmediatamente D. Plácido hizo poner la mesa en el gabinete y principiaron un tresillo a cuarto el tanto, no sin oposición de doña Dorotea, que jugaba con guantes por no ensuciarse los dedos.

Mas el germen de discordia que la viuda había arrojado en nuestra plácida reunión no se separó con ella; antes bien, manifestándose en voz baja, empezaron unos a censurar su afectación y vanidad; otros a reír de sus flores y dijes; cuál a contar anécdotas picantes de las sociedades a que ella dijo concurrir; cuál, en fin, a manifestar desden por ellas. Por último, nuestra inocente conversación se convirtió en amarga sátira, y esto empezó a desagradarme, tanto más, cuanto que públicamente acababa de aceptar la propuesta de doña Dorotea de presentarme aquella noche en casa de la Baronesa de por lo cual no dejaron de darme broma.

Aquella nube desapareció, sin embargo, muy luego, y la calma volvió a restablecerse, con lo cual, y con unos cuantos juegos de prendas (cuyo único interés consistía en decirse secretos al oído) tornó a renacer la alegría y el contento en todos los corazones.

Mas para que se vea que no hay dicha en este bajo mundo sin su poco de azar, por qué tanto una de las viejas hubo de tener la mala tentación de invitar a cierto don Calisto (de menguada memoria) a que luciese un poco sus habilidades en la guitarra, y, he aquí a toda la sociedad pendiente de aquellas mal templadas cuerdas y peor dirigidos dedos, y aguzando los oídos para no perder un punto de aquella maravilla.

El nuevo Sor ocupó media hora larga en retocar clavijas, probar bordones y saltar primas, de las cuales por dicha fue a parar una a los ojos de la vieja su apasionada, entre la mal reprimida risa de todos los circunstantes; después nos obsequió con tres escalas en sol y una en fa, cuatro arpegios y tres ejercicios de mano izquierda; hasta que colocándose bien en la silla y marcando con el pie los compases, improvisó un vals del Barbero de Sevilla, otro conocido por el de las Fraguas en la Pata de Cabra, y un rondó obligado (música del célebre maestro Paquete), capaz de arrancar lágrimas de desesperación; pero subió de todo punto nuestro entusiasmo cuando, después de otro repique general de clavijas y de dos o tres hondas toses, entregó su voz al viento con unas seguidillas intermediadas de matraca, y luego, pasando al estilo patético en las dos canciones de Horror me da el día y La Sombra de la noche, acabó de arrancar largos y pronunciados aplausos de manos y pies.

Sin embargo, no satisfecho de tan buen ratito, me escurrí, sin ser notado, a mi cuarto para vestirme convenientemente, a fin de acompañar a doña Dorotea; hícelo así, y como luego me manifestase ésta que era muy temprano para ir a casa de la baronesa, y que antes debíamos tocar en cierta tertulia, donde no faltaría campo a mis observaciones, nos despedimos de aquella amable reunión, y tomando el coche de doña Dorotea nos dirigimos a la otra sociedad.

Era ésta en casa de un personaje de alta importancia a quien mi viuda compañera intentaba recomendar cierto pretendiente joven, del que hablaremos en tiempo y lugar. La multitud de caballeros, excesiva respecto al número de señoras, me hubieron desde luego dado a conocer una tertulia de cálculo, así como la deferencia y respeto gradual de los concurrentes me impuso al momento de quiénes eran el amo de la casa, su señora, hijos, parientes y confidentes.

El primero, sentado cerca de la chimenea, se hallaba rodeado de tres o cuatro graves personajes, los cuales aguardaban a que él hablase para sentirse exactísimamente del mismo parecer, y aun comentar sus discursos citando a cada paso algunas de las palabras del señor; si tal vez éste se levantaba a recorrer la sala, todos se alineaban para abrirle paso, haciéndole una cortesía los más viejos, los jóvenes componiéndose el cabello, las niñas regalándole una sonrisa e interrumpiendo por un momento su conversación de ordenanza con los oficiales de la Guardia, y éstos ostentando un continente marcial. El buen anciano se detenía un momento en cada grupo, tomaba, parte en las conversaciones, animaba a todos con su benevolencia, y todos se lisonjeaban de haber fijado exclusivamente su atención.

Algo más allá, la señora de la casa presidía una mesa de écarté, con gran aplauso del triple circulo de mirones que encomiaban a cada paso su destreza y generosidad. Las señoritas en otro lado recibían los homenajes de los brillantes jóvenes, que se esmeraban en ostentar su gallardía como un título de recomendación para inclinar a papá en favor de sus pretensiones; las amigas y amigos de la casa hablaban aparte con los presentados, los introducían en el círculo del señor o de la señora, referían en público sus gracias, y los colocaban en posición de lucirlas.

Con tan delicada intención procedió doña Dorotea con su recomendado, buscando el modo de hacerle cantar una magnífica aria del Mahometo; luego, haciéndole tocar una sinfonía de Meyerbeer, y después promoviendo sus conversaciones favoritas para que luciese la expedición de su lengua y el brillo de sus grandes ojos árabes, con lo cual toda la tertulia quedó prendada del mancebo; el señor se informó de sus cualidades; la señora alabó sobremanera su hermosa voz; las jóvenes felicitaron a doña Dorotea, no sin algunos asomos de malicia, y ésta aseguró al galán que más había ganado aquella noche que en tres años de antesalas y audiencias.

Serían las doce dadas cuando, concluida la misión de doña Dorotea, determinó que pasáramos a la otra tertulia; y con efecto, no tardamos en verificarlo. Mi presentación se verificó en debida forma; mi introductora y yo atravesamos el salón, y dirigiéndonos a la señora de la casa, pronunciamos las simultáneas palabras de estilo, interpoladas con las cortesías propias del ceremonial, con cuyo brevísimo introito quedé instalado solemnemente y pude dirigirme adonde me pareció.

La elección no era dudosa: guiado por aquella inclinación natural hacia las hijas de Adán, propia y común a todos los hijos de Eva, empecé mi reconocimiento por aquéllas, dando una vuelta disimulada en derredor de la sala, y pude, con auxilio de mi doble anteojo, ponerme al corriente de las diversas fisonomías y sus fechas respectivas; luego me introduje (siempre con la misma precaución) en los grupos de los jóvenes que formaban en el centro del salón; y de las conversaciones de los unos, y de las sonrisas y cuchicheos de las otras, formé mi cuadro general, al cual iba prestando episodios según la casualidad me los iba ofreciendo. Pero a corto rato de recogerlos, eché de ver que todos eran idénticos, y que no había por qué tomarse aquel trabajo.

Por ejemplo: uno de los jóvenes del grupo general flechaba su lente hacia donde le parecía bien, y apartándose luego de sus compañeros, se adelantaba con cierto aire de satisfacción, ya jugando con los sellos del reloj, ya con entrambos pulgares pendientes de las bocamangas del chaleco; poníase delante de cualquiera señorita, y mirándose de paso a un espejo que solía caer perpendicular sobre el peinado de ésta, la dirigía con aire distraído e indiferente cuatro palabras (no las más puras por cierto, ni las mejor escogidas), y mientras aguardaba la respuesta, continuaba su operación de arreglarse el cabello o la corbata, o bien se hacía aire con el abanico de la niña. Persuadirme yo de que ésta, ofendida de aquella grosera presunción, respondería con altivez a las altiveces del galán; pues nada menos que eso; la mayor amabilidad; el mayor gracejo; la más encantadora sonrisa; y si aquél, animado por ella, prorrumpía en un concepto atrevido, sólo se le interrumpía con un ¡qué malo es usted! mas pronunciado con cierta indulgencia, que no movía a lástima del hablador.

Pero ya éste, embriagado con el triunfo de aquella escena, se incorporaba al círculo de sus camaradas para recibir sus aplausos, o bien se dirigía al otro extremo de la sala, y colocándose al lado de otra joven, la dirigía ¡qué falacia! las mismas expresiones que a la anterior; mas como en este mundo todo se halla compensado, mi indignación cesaba al escuchar que aquélla estaba dando las mismas respuestas a otro interlocutor que ocupó el lugar del primero. Esta regla de conveniencia general presidía en toda la tertulia, y solamente se exceptuaba de ella alguno que otro joven, o más tímido o menos petulante, que dejaba ver en su semblante las emociones del verdadero amor; pero éstos eran, por lo regular, el objeto de los secretitos burlones o de las risas improvisadas de las niñas; así bien como algunas de éstas, menos determinadas, yacían en los rincones, sin que ninguno las dirigiese la palabra.

Todo lo observaba yo en silencio; mas como las observaciones no son agradables hasta el punto en que se comunican, no pude resistir al deseo de hacerlo; y dirigiéndome a un caballero que tenía al lado, le hice participe de ellas; y hablé tanto, que apenas lo dejé manifestar su opinión. Después, suponiéndole antiguo en la tertulia, le fui preguntando los nombres de algunos y algunas de los que más me habían llamado la atención; pero de todos respondía no conocerlos, con lo cual quedé penetrado de que era allí tan novicio como yo; mas estando en esto, un lacayo que vino a comunicarle una orden de la señora me dio a conocer que era nada menos que el amo de la casa.

Castigado, pues, con este suceso, me replegué al lado de doña Dorotea, la cual, con su natural locuacidad, me disipó ciertas dudas que me habían asaltado durante la noche. Ella me hizo ver que aquello que yo llamaba atrevimiento y grosería no eran otra cosa que aire de mundo y de gran tono; que el amor, que yo creía aún vendado, hacía ya tiempo que veía muy bien y sabía por dónde iba; ella disipó mis temores respecto a las incautas jóvenes; ella me convenció de que la ficción sistematizada era una de las perfectibilidades sociales; que el ardor de las pasiones y la animada expresión de la alegría eran propios de las almas comunes, y de ningún modo convenientes en las reuniones de buen tono; que para lucir en ellas sólo eran necesarios una buena dosis de presunción y el correspondiente desenfado; que hoy día, para no parecer ridículo, es preciso serlo; que la moda había autorizado algunas que yo llamaba descortesías, tales como dejar solas en la sala a las señoras, negarse a bailar, permanecer sentados afectando indiferencia, equivocar las contradanzas, llevar siempre una misma pareja, y otras muchas cosas, alas cuales llamaba doña Dorotea darse tono.

-Pues si es ello así (repliqué yo), ¿cuál es el aliciente que puede atraer a una diversión donde nadie se divierte, a un baile donde no se baila, a una sociedad donde apenas se habla, donde todo es aparente, y donde ni los genios, ni las figuras, ni la clase, ni las palabras representan su valor positivo? ¿Qué encanto, pues, es el que reúne a esta sociedad?

«Ahora lo verá V.», me dijo doña Dorotea, tomándome de la mano y llevándome a una salita inmediata. La dificultad que experimentamos para penetrar en ella me hizo conocer que allí estaba la sección central de la tertulia, y que lo que había visto hasta allí no era sino las subalternas. Y en efecto; después de un largo y sostenido ataque, llegué a penetrar hasta una mesa circundada por numerosos grupos de cabezas, verdadera caricatura de Boilly, en cuyas expresivas facciones reconocí toda la colección de mamás y de maridos, ciegamente ocupados en correr tras una sota o un caballo, en tanto que hijas y esposas se esforzaban en la sala a salir al paso de los caballeros en un baile ruso, capaz de hacer sudar a las orillas del Newa, o en una galopada, más propia de un camino real que de un salón.

Todos estos antecedentes, unidos al consiguiente de ser ya las dos de la mañana, sin que nuestras desmayadas fuerzas tuviesen otra perspectiva de socorro que seis vasos de agua pura y serenada que campeaban en la antesala, empezaron a alterar mi humor, y me obligaron a invitar a doña Dorotea a que diésemos la vuelta; hicímoslo así, y por colmo de mi pesadumbre tuve la desgracia de medio reñir con ella, porque la dije que de las tres tertulias de confianza, de respeto y de gran tono que habíamos visitado, ninguna me había ofrecido reunidas aquella franqueza delicada, aquella finura verdadera, aquel encanto irresistible que sólo se encuentra en la reunión de personas amables e instruidas, exentas a un mismo tiempo de una exagerada pretensión, de un bajo interés y de una nulidad insustancial.

(Enero de 1831)




ArribaAbajoEl extranjero en su patria

«La cántara conserva largos días el gusto y el olor del primer licor de que se llena, y la primera edad decide cuasi siempre de nuestro carácter y afecciones».


MELÉNDEZ VALDÉS. -Disc. forenses.                


Preparábame a sentarme a la mesa a la hora acostumbrada, cuando de repente un fuerte campanillazo hirió mis oídos. Ábrese la puerta, y un caballero muy elegante se dirige a mi habitación a largos pasos, y en llegando a ella, y delante de mí:

-¿Es a Mr. de... (me dijo) a quien yo tengo el honor de dirigir mi palabra?

-Fulano de Tal, para servir a V. (le contesté yo levantándome con atención).

-C'est egal; vos sin duda no me reconoceréis; ello es posible; eh, bien; yo seré obligado a deciros quién yo soy.

-A la verdad que no caigo...

-Ah mon cher! Ello no es difícil; los años y los viajes han cambiado mucho de mi forma primera, a la manera que yo no reconozco en mi patria de hoy a mi patria de otro tiempo.

-¡Cómo! ¿Usted es español?

-Oui, desgraciadamente; bien entendido, español por nacimiento, mas no por inclinación ni por carácter.

-Cierto que ese aire, esos modales, ese acento y lenguaje me habían persuadido...

-Son, señor, las nobles maneras del gran mundo que yo vengo de dejar; helas! mas ello es bien cierto, pourtant, que yo soy nacido a Madrid (lo cual sea dicho entre nosotros); y que yo he tenido el honor de ser muy vuestro antes de mi partida en Francia.

-Pues, señor mío, dicho se está que si V. no tiene la bondad de declararse, nunca vendré en conocimiento...

-Oh mon Dieu! est il posible? ¿o hacéis semblante de ello? Parbleau! el gran amigo y camarada de mi papá, el hombre de su confianza, ¿habrá olvidado aquel hijo de quien los primeros pasos dirigió? ¿al joven hombre que le fue redevable de tantas buenas amistades?

-Me hace V. dudar...

-¡Ah! no lo dudéis, señor; es monsieur de Reveseint, que es mi padre.

-¿Cómo? ¿el hijo de D. Melquíades Revesino?

-A la bonne heure, yo soy ese hijo, moi.

-¡Ah, querido amigo!

-Oh mon cher!

El público lector no tiene obligación de acordarse ya de la familia de D. Melquíades Revesino, de quien le hice tomar conocimiento con motivo de los amores y boda de la niña Jacinta y de su viaje a Carabanchel8; y como allí no lo dije, habrá de decir ahora que el dicho D. Melchor, además de aquella niña, cuyo amoroso drama supimos entonces, es también padre del joven Camilo Revesino, a quien hacía nombrarse Mr. de Reveseint; la misma manía que al italiano Signor Giovani Trotini, que viajando por Francia se hacía llamar Monsieur Trotein; en Inglaterra, Mister Trotan; en Rusia, Trotonoff; en Polonia, Trotinski; en España, Don Juan de Trotinos, y en Portugal, o Senor Troutiñu.

Pero viniendo a mi Camilo, este joven, después de aprender la Gramática en los Escolapios, hubo de seguir el precepto de su padre, el cual, seducido con las continuas relaciones de los viajeros, llegó a persuadirse de lo conveniente que sería que su hijo, el heredero de su nombre, y a quien pronosticaba brillantes destinos, continuase su educación en la capital de Francia, donde podría adquirir, al paso que unos conocimientos superiores, los modales y porte de gran tono, y pudiendo en él más esta persuasión que el sentimiento de separarse de su hijo, enviole a París bien recomendado. El joven Camilo, que contaba a la sazón doce años, fue instalado desde luego en un colegio, donde aprendió ante todas cosas a olvidar la lengua patria, trocándola por la del país, y consiguiéndolo de tal modo, que a la vuelta de dos años pasaba por mi verdadero francés, y aun él mismo llegó a persuadirse de que lo era.

Sus conocimientos, es verdad, crecían en proporción de sus estudios; y los diversos premios adquiridos en los exámenes de Historia, Matemáticas, Física, Química, Dibujo y demás, mientras permaneció en el colegio, eran para su padre otros tantos argumentos en apoyo de su resolución. En vano algunos amigos intentaron hacerle ver lo perjudicial que podría ser a su hijo tan prolongada separación de su país natal, y que pasando en el extranjero la edad más decisiva de su vida, era muy posible que adoptase costumbres o inclinaciones que le harían parecer luego una planta exótica en su mismo suelo, además de que no faltaban en éste los medios de recibir una esmerada educación, pudiendo después viajar, cuando se hallara en estado de poder adoptar sólo lo conveniente para mejorarla. Todo fue en vano, y el bueno de D. Melquíades, seducido con la idea de tener un hijo que, según él decía, había de llegar a ser la envidia de todo Madrid, persistió en su obstinación, negándose a llamarle hasta que cumpliese los veinticuatro años.

Llegó por fin aquella época tan suspirada de toda la familia, que tuvo la satisfacción de recibir en su seno un mozo brillante por sus conocimientos, sus modales y su figura. Por todas partes resonaban los elogios del recién venido; sus acciones y palabras eran repetidas por los otros jóvenes en cafés y tertulias; sus trajes formaban el objeto de los continuos desvelos desastres afamados; la narración animada de sus aventuras servía para reunir en torno de él un círculo de admiradores y aun de envidiosos, y las más altivas notabilidades femeninas se daban por contentas con fijar por un momento las miradas del español parisién.

No hay que decir el contento que todo esto inspiraría a los suyos; pero como todas las ilusiones duran poco, no tardaron en echar de ver que en medio de aquella felicidad aparente, nada de lo que le rodeaba era conforme a su carácter y costumbres. Por ejemplo: la distribución de sus horas era diametralmente opuesta a la de la familia, pues él se desayunaba a mediodía, comía de noche, y no dormía hasta las dos de la mañana; su conversación era siempre en francés; llamaba a sus padres de tú, y de vos a los criados, bailaba al espejo aunque fuese delante de personas de gran prosopopeya; besaba a su hermana y reñía con las visitas porque no le dejaban hacer otro tanto; tocaba el violín, o tiraba el florete los ratos que no cantaba en alta voz; y, en fin, tenía toda la vivacidad propia de un francés y de un joven de veinticuatro.

Por otro lado, se hablaba de comida: -«¡Oh, las fondas de Veri o Rocher de Cancale!». -Iba al teatro: «Ah, que teatros los de París!». -Se lo convidaba a los toros: -«¡Bárbaro espectáculo!». -Salía a la calle: -«¡Peste de país!». -Volvía a su casa: -¡Oh, mon hotel garni!».

Con estas y otras cosas, con desaprobar abiertamente todo lo que se apartaba de los usos franceses, al mismo tiempo que ridiculizaba las imitaciones de ellos, llegó a hacerse insoportable hasta en su misma casa, en que todos los días daba lugar a cuestiones; y aun en la visita que al presente me hacía, me dio a entender una que acababa de tener con su padre, con motivo de proponerle un matrimonio que repugnaba a su corazón. No pude dejar de extrañarlo, conociendo bien el carácter de D. Melquíades, y aunque por la misma conversación del joven creí penetrar la causa de su aversión, suspendí el juicio hasta averiguarla por mí mismo.

Entretanto, hícelo presente con franqueza, que siendo ya cerca de las cuatro de la tarde, había retrasado una hora mi comida, y convidele a participar de ella, no aceptó, por ser demasiado temprano para él, pero se entretuvo en probarme mientras comía, que a aquella hora no había apetito (sin embargo que yo demostraba en la práctica todo lo contrario); y luego que vio salir la fuente con todo lo interior de la otra castellana, lanzó una filípica fulminante para demostrarme que aquel alimento era indigesto y malsano; a lo que por única respuesta le contestó que sin duda debía surtir tales efectos muy a la larga, por cuanto no me acordaba de haber padecido una indigestión. Por último, subió de todo punto su encono cuando acabada la comida, llegó a entender que era mi costumbre el dormir media horita de siesta; a esto ya no pudo sufrir más, y saludándome con el nombre de español incorregible, se separó de mí, menos contento que a su llegada.

A la mañana siguiente pasé a pagarte la visita; no le hallé en casa, y encontrándome solo con el padre, le felicité por la llegada de su hijo, y por las bellas cualidades que ostentaba; pero muy luego pude conocer que su satisfacción se hallaba mezclada con algún disgusto, como en efecto no tardó en declararme.

-¿Tiene V. presente -me dijo en voz lastimera- cierta disputa que tuvo con V. en este mismo gabinete acerca de las ventajas de la educación en Francia?

-Sí, señor, y por cierto que me acuerdo de la viva defensa que V. sostuvo.

-¿Pues qué diría V. si la experiencia me inclinara hoy a sostener lo contrario?

-Es imposible; las relevantes cualidades que adornan a su hijo de V., el aplauso que lo rodea, y la satisfacción interior que de ello debe resultar a un buen padre, son causas bastantes para afirmar a V. en su primitiva opinión.

-¿Y qué me sirven esas cualidades y ese aplauso, y qué le sirven a él tampoco, si van emponzoñados con un tedio invencible, una aversión inexplicable a todo lo que le rodea, bastante a hacerle resistir mis proyectos para su felicidad?

-Quizás esos proyectos no estén bien meditados, y acaso para ellos no haya V. consultado el corazón de su hijo.

-¿Y qué más puedo hacer para ello? Yo le he querido hacer obtener un buen destino en la Administración; se me ha opuesto a ello bajo el pretexto de no conocer bien las leyes de nuestro país, y por temor de no desempeñarle cumplidamente.

-Ha dicho muy bien; y pocos a quienes se ofreciera un empleo contestarían del mismo modo. Conócese bien que no está al corriente de nuestras costumbres.

-Le he indicado después la carrera militar; me ha respondido que como las vicisitudes del mundo pudieran acaso algún día obligarte a dirigir sus armas contra el país en que ha recibido su educación, no le permite su honor obligarse bajo el juramento militar.

-En eso manifiesta su virtud y su agradecimiento.

-Le he hablado después del comercio, que no tiene ninguno de esos inconvenientes; me ha manifestado otros que dice suele tener entre nosotros esta profesión.

-Puede que no esté equivocado.

-Las carreras de la Iglesia o del foro no he podido siquiera indicárselas, porque, en efecto, no ha hecho los estudios que a ellas conducen; mas, por último, le he propuesto que viviendo tranquilamente de las rentas de nuestro mayorazgo, imitase a tantos de su clase como pasan la vida sin hacer nada, y ha rechazado con violencia mi proposición, diciéndome que él ha nacido y ha estudiado para hacer algo.

-Y tiene mucha razón.

-Ahora bien; pasando después al punto de su matrimonio, le he presentado a varias personas dignas de llamar su atención; pues ninguna de ellas ha llenado sus ideas; la una carece a su vista de modales elegantes, y de buena compañía, como él dice; la otra ignora hasta los primeros rudimentos de la Geografía y la Historia; otra piensa muy en español; otra... En suma, ¿qué partido tomar con una persona para quien nada hay a propósito, y cuyos conocimientos y circunstancias no pueden aplicarse en la sociedad en que ha de vivir?

-Ello es, en fin -le interrumpí yo-, que su hijo de V. ha renunciado a su patria, y que la educación extranjera, dando otro giro a sus inclinaciones y sus deseos, le ha sacado fuera del círculo en que nació, para colocarlo en otro muy distinto del que V. imaginaba; fácil era prever semejante resultado, pues es bien sabido que la educación es una segunda naturaleza, acaso más fuerte que la primera. ¿Y quién sabe también si otras causas se habrán mezclado al mismo tiempo en destruir los planes de V.? Su hijo de V. es joven y ardiente; ¿quién nos responde de que haya podido resistir al amor?...

-«Usted ha encontrado lo justo» (exclamó en este momento Camilo, abriendo repentinamente la puerta del gabinete); «el amor... un amor volcánico, irresistible, ha prendido mi pecho, y si hasta ahora he podido hacer traición a mis sentimientos, ya no me es posible ocultarlos. Dos años ha que una señorita de París es objeto de mi amor». -

Suspensos nos dejó por largo rato tan súbita declaración, hasta que volviendo en sí D. Melquiades intentó reprender severamente a su hijo; pero tomando yo la palabra, -No es ya tiempo (le dije) de reparar un daño de que V. fue la causa principal; sufra V., amigo mío, que se lo diga; usted, separando a su hijo de su país en los años más decisivos de su vida, ha dado lugar a que este joven apreciable se vea, a pesar suyo, hecho un extranjero en la patria que le dio el ser; educado en ella, hubiera sabido conocer y apreciar sin violencia las eminentes cualidades que le son peculiares, y hubiera pagado con sus conocimientos y su trabajo el tributo que todos la debemos; no anhelaría otros placeres que los nuestros, y ellos habrían bastado a su felicidad y la de V. Llore V. ahora el haber renunciado a esta dicha, robando al mismo tiempo a la patria uno de sus hijos; pero no intente remediar una violencia con otra violencia, y deje seguir al suyo la determinación a que le llama la suerte. -

Camilo, al oír esto, se arrojó a los pies de su padre, y le pidió permiso para fijarse en París; y éste, con la voz ahogada en lágrimas de dolor, tuvo que dar un consentimiento que ya no podía evitar.

Volvió, en efecto, nuestro joven a la capital de Francia, donde contrajo matrimonio con su amada, y ha establecido su casa-comercio, que sin duda acreditará con si talento y honradez. El padre, en tanto, llora el error de haber él mismo arrojado de su país su nombre y su descendencia...¡Cuántos así!

(Enero de 1833)




ArribaAbajoLa capa vieja y el baile de candil


    «...Del Rastro a Maravillas,
Del alto de Sin Blas a las Bellocas,
No hay barrio, calle, casa ni zahúrda
A su padrón negado».


JOVELLANOS. -Sát.                


-«¡Bravo título! ¡Digno asunto! Por cierto que el señor Curioso nos prometo hoy un discurso de gran tono».

Tales o semejantes exclamaciones zumban ya en mis oídos, proferidas por ciertos críticos de salón, de éstos que afectan desdeñar todo lo que no sea sublime... ¡Pobres gentes! ¡Como si ellos lo fueran!

-Pero, señores (les respondo yo), ¿todo ha de ser primores y filigrana? ¿Ignoran que el secreto del arte consiste en oponer los contrastes de lo alto y de lo bajo, de lo pulido y de lo grosero? ¿Y por qué habré yo de renunciar a esta ventaja, si he de hacer formar idea general de las costumbres de todas las clases? -En un mismo cuartel, en una misma calle, ¿no existen usos o inclinaciones diferentes? Pues ¿cuánto mayor no será esta diferencia tratándose de toda una capital? No hay remedio señores míos; si han de conocer la fisonomía particular de las clases que no habitan el centro de esta villa, fuerza será que lo abandonen conmigo por un momento, y que si no lo han por enojo, me sigan adonde me cumpliere llevarles.

Revolviendo la esquina de la calle de la Ruda para entrar en la plazuela del Rastro (¡taparse bien las narices, señores críticos!), íbame entreteniendo agradablemente en reconocer los diversos almacenes ambulantes, restos de veneranda antigüedad que ya decoran armoniosamente la angosta entrada de un chibiritil, a quien llaman tienda, ya figuran airosos a campo raso, tendidos sobre un trozo de estera en medio del ámbito de la calle. A la vista, pues, de tantos despojos de la moda, que en otro tiempo decoraron estudios y salones, íbame llenando de aquel supersticioso respeto con que más de un anticuario suele colocar en su gabinete tal cuarto segoviano, roñoso y carcomido, juzgándole moneda del Bajo Imperio; y considerando, por otro lado, que todos o gran parte de aquellos objetos podrían haber sido conquistados en buena guerra, me disponía ya a dirigirles una alocución romántica, cual si fuera espada del Cid o escudo de Carlo-Magno.

Pero mi monólogo pasó a ser diálogo, cuando volviendo la cabeza, me hallé detrás de mí al amigo D. Pascual Bailón Corredera, a quien no había vuelto a ver desde el lance de la hermosa Narcisa, que, si mal no me acuerdo, conté en el artículo de Los Cómicos en Cuaresma. -Llenome de placer este encuentro, y proseguimos juntos nuestro paseo escrutador, cuando, al pasar por una vieja prendería, parose D. Pascual como herido súbitamente, dándome lugar a un mediano susto; mas sin reparar en él, corre a la tienda, alcanza una capa vieja que pendía a la puerta, reconócela prolijamente broches y vivos, embozos y costuras, puertas y ventanas, y alzando cuanto pudo su voz... «¡Ella es» dice, y la abraza enternecido, y la riega con sus lágrimas.

-Pero, D. Pascual, ¿qué locura es ésta?

-«¡Déjeme V., amigo mío, déjeme V. que pague este tributo a un mudo acusador mío; déjeme V. recobrarle después de largos años de separación!».

Y diciendo y haciendo, pagó a la mujer que la vendía el precio de la capa, y poniéndola debajo de la que llevaba, continuamos nuestro paseo; pero como yo insistiese en que me explicara el misterio de aquel astroso mueble, tomó la palabra don Pascual, y me habló de esta manera:

-«Creo a V. sabedor, amigo mío, de que en mi juventud fui lo que se llama un calavera completo, y que la crónica escandalosa de Madrid ofrecía en aquel tiempo pocos lances en los cuales yo no figurase, haciéndome mi vanidad buscar los más comprometidos por el solo placer de que todos se ocupasen de mí. Mientras permanecí en el círculo de la alta sociedad, tuve intrigas amorosas más o menos complicadas, casos de honor más o menos problemáticos, y de todos salí sano y salvo, como está admitido entre personas de cierta educación. Pero el mal demonio, que no duerme, me hubo de fastidiar de aquel género de vida y de placeres, y ofreciendo un ejemplo más a aquella regla de que los extremos se tocan, pasé por una brusca transición desde el orgullo aristocrático a los modales más groseros de la plebe. Cesaron, pues, mis galas y mis tocados: olvideme de teatros y salones; renuncié a mis antiguas amistades, y adopté el traje y los modales de un manola verdadero.

»Armado con mi calzón y chaqueta, corbata de sortija y sombrero calañés, y embozado, sobre todo, en mi gran capa, echeme a buscar aventuras por Lavapiés y el Barquillo, con más determinación que el héroe manchego por el campo de Montiel. Mi generosidad, mi buen humor y mi determinación para todo, me hicieron desde luego célebre entre aquellos habitantes, y ya se sabía que no había función en que no se contara con don Pascualito; y hombres y mujeres me festejaban a cual más, con lo cual tenía yo cierta superioridad parecida a la de un cacique en una tribu de araucanos. -Contribuía en gran manera a ello mi capa azul, que, aunque vieja, era aun superior a las que me rodeaban; pero como yo no quería distinciones, acerté a tratarla tan mal, que en muy pocos días logré hacerla, equivocar con todas, con lo cual me creí ya protegido del escudo de Minerva, y todo lo vencía y nada me arredraba. Con ella frecuenté tabernas y figones, buhardillas y burdeles, palomares y azoteas; y sin ella nada de esto hubiera podido hacer: tal era la confianza que este disfraz me inspiraba.

»Una tarde (de San Antón por cierto) salí envuelto en mi encubridora capa al paseo o romería de las vueltas, como es uso y costumbre en tal día. Ignoro si V., como Curioso, habrá observado el espectáculo grotesco que en semejante ocasión presentan las dos calles de Hortaleza y Fuencarral, accesorias a la iglesia del Santo anacoreta; la inmensa multitud de fieles que, impulsados de su devoción, se acercan por la mayor parte a la puerta de la iglesia sin entrar en ella; la exposición pública de caballos y mulas de alquiler, adornados de cintas, que, guiados por inexpertos jinetes, corren al trote por el arroyo o lozadal, y van a gustar la cebada bendita, la multitud de tiendas de panecillos del Santo, para pasto de los fieles; los coches y calesas prodigiosamente henchidos de mujeres y muchachos, y el sofoco de la concurrencia, que son plácido espectáculo a la multitud de espectadores de rejas y balcones; las sales del ingenio chisperil, y demás circunstancias, en fin, que hacen aquel cuadro tan original en su clase.

»Servía yo de breve episodio en él, marchando con el sombrero basta las cejas y el embozo a las pestañas, puestos en jarras bajo la capa entrambos brazos, abriéndome paso con los codos a derecha e izquierda. Andaba, pues, titubeando sobre cual de aquellas estrellas había de tomar por norte, cuando al atravesar la boca-calle de San Alarcos vi venir haciendo alarde de su desenvoltura a una manola, para cuyo retrato necesitaría yo la pluma de Cruz o el pincel de Goya. Acompañábanla otras tres mozas, que si la desmerecían en hermosura, la igualaban por lo menos en desvergüenza, y a pocos pasos las seguía un grupo de majos de chaqueta y vara, a quienes ellas tiraban panecillos por cima del hombro.

»Confieso a V. que la vista y la razón se me turbaron al contemplar aquella belleza, y sin ser dueño del primer movimiento, bajeme un poco más el sombrero y me interpuse entre el planeta y sus satélites; pero un mediano garrotazo que sentí en el hombro derecho me hizo volver en mí, y siguiendo el camino de dicho palo hasta encontrar el brazo que le blandía, hallé, no sin sorpresa, que estaba pegado a un mozo que yo conocía de varias aventuras anteriores. Esto fue hallarme, como quien dice, en tierra de amigos, y muy luego lo fueron todos los individuos de ambos sexos que componían aquella guerrilla, merced a algunas oportunas estaciones que mi bolsillo permitió donde convino.

»La niña retozona llevaba la vanguardia, y a cada paso nos comprometía en quimeras y reconvenciones, ya insultando a los paseantes, ya espantando los caballos, o cogiendo las ruedas de las calesas, o tirando cáscaras de naranja a los que iban en los coches. Crecía mi amor a cada una de estas barbaridades, y no perdía ocasión de expresárselo, a lo cual ponía ella mejor cara que uno de los acompañantes, que era el galán, mientras que el marido, que también era de la comparsa, todo se volvía condescendencias y atención.

»Vino la noche, y habiendo manifestado aquella honrada gente que en casa de cierta amiga había baile, nos dimos todos por convidados, y yo el primero me dirigí con más apresuramiento a aquel baile de candil, que si fuera soirée parisiense o raoul inglés.

»Pasamos desde luego a la calle de San Antón, y en unas de sus casas, cuyos pisos eran dos, el de la calle y el del tejado, llamamos con estrépito, y salieron a recibirnos hasta dos docenas de personajes parecidos a los que entrábamos. Por de pronto hubo aquello de negarnos la entrada, amenazas y palos; pero, en fin, asaltamos la plaza, y griegos y troyanos, olvidando resentimientos mutuos, improvisamos unas manchegas, que hubieran llamado la atención de toda la vecindad, si toda la vecindad no hubiera estado ocupada en otras tales. -Siguiéronlas en ingeniosa alternativa boleras y fandango, intermediados con los correspondientes refrescos trasegados del almacén de enfrente; y a favor de la algazara que el mosto infundía en la concurrencia, creía yo poder formar con mi consabida pareja la conspiración correspondiente; pero otra más sorda dirigida por el amostazado galán se formaba a mis espaldas, no sin grave peligro de ellas.

»Por último, para abreviar, el baile se fue acabando, cuando una patrulla que pasaba hizo cerrar el almacén de lo tinto, a tiempo que éste empezaba ya a obrar fuertemente sobre las cabezas, y ya se trataba de retirarnos, por lo cual echamos el último fandango con capa y sombrero, cuando un fuerte palo, disparado por el furioso Otelo al candilón de tres mechas, que pendía colgado de una viga del techo, hízole saltar en tierra, dejándonos a buenas noches. Aquí la consternación se hizo general; las mujeres corrían a buscar la puerta, y encontrándola atrancada, daban gritos furibundos; los hombres repartían palos al aire; rodaban las sillas; estrellábanse las mesas, y voces no estampadas en ningún diccionario completaban este cuadro general.


    Si licet exemplis in parvo grandibus uti,
Haec facies Trojae cum caperetur, erat.

»Pero el blanco de la refriega éramos, por desgracia, el matrimonio y yo, en cuya dirección disparaban los conjurados sus alevosos golpes, hasta que un agudo grito del marido, que vino al suelo al lanzarle, dio lugar a que la puerta se abriese y todos se precipitasen a salir, quedando solamente el ya dicho, tumbado en el suelo sin sentido, y yo con el suficiente para ver que mi pérfida Elena, apoderándose de mi capa y envolviéndose en ella, huía alegremente con sus raptores. A mis voces y lamentos llega una ronda, reconoce al hombre que estaba a mi lado bañado en sangre... «¡Cielos, está muerto!». Y yo, sin más pruebas que mi dicho, disfrazado vilmente, niego mi nombre, me turbo de vergüenza, y haciendo concebir sospechas de mí, soy conducido a la cárcel pública.

»¡Qué noche, amigo mío! ¡Qué noche de desengaños y de amargas reflexiones! Entonces maldije mi indiscreción; me horroricé de mi envilecimiento; conocí, aunque tarde, todo lo criminal de mi conducta, y lamenté mi futuro destino. Pero la Divina Providencia quiso darme un fuerte aviso, pues el hombre a quien creíamos muerto, sólo estaba herido, y declaró mi inocencia, con lo cual logré al cabo de algunos días recobrar mi libertad. Mas esta lección, impresa indeleblemente en mi memoria, me hizo renunciar para siembre a aquel género de vida, volviéndome a la sociedad a que pertenecía; y tan fuerte es aún la impresión que en mí dejó aquel suceso, que no he podido disimularlo a la vista de este cómplice de mis extravíos, que rescato hoy para eterna vergüenza mía».

-Un traje grosero (repuse yo para aplicar la moraleja del cuento) suelo inspirar ideas villanas. Usted, señor don Pascual, tiene hijos que no tardarán en ser mancebos; inspíreles V. la misma saludable aversión que usted ha cobrado; procure que su traje sea siempre correspondiente a su clase, para que les haga apartarse de aquellos sitios en que teman comprometerla, y, sobre todo, créame V., no les permita en ningún tiempo usar una capa vieja.

(Enero de 1833)




ArribaAbajoLas niñas del día


    «Las solteras no me prenden,
Porque se andan ya tan sueltas,
Que ellas se mueren por todos;
¿Quién se ha de morir por ellas?


Comedia de D. F. DE LEIVA, El Socorro de los mantos.                


Paseábase Diógenes con una luz en medio del día por la plaza de Atenas, buscando un hombre. Si Diógenes hubiera vivido en Madrid, quizás habría buscado una mujer. ¿La hubiera encontrado, o cansado de inútiles pesquisas, tornaríase mohíno a su tinaja? ¡Atención, vosotros, celibatos de veinte a cuarenta, los que a manera de nube pobláis calles y salones de esta heroica capital, y sin ser Diógenes ni conocer el código de su filosofía, tenéis la suficiente para no hallar una mujer en el salón del Prado; con vosotros hablo, y vuestra causa es hoy la que defiendo! Daos prisa a aprovecharos de mis argumentos, pues quizás otro día, volviéndolos ingeniosamente en contra vuestra, a guisa de abogado veterano, defenderé con tesón los derechos de vuestra parte contraria, presentándoos por causadores de sus flaquezas. Entre tanto, oíd y callad.

Y vosotras, amabilísimas criaturas, perdonadme si el inevitable giro de mis discursos me conduce hoy al atrevido intento de bosquejar vuestra incomprensible imagen; perdón os demando si mi tosca y desaliñada pluma se atreve a delinear algunos de vuestros rasgos característicos. ¿Cómo remediarlo? Vuestra importancia en el orden social es tal, que un escritor célebre ha dicho con razón: -«Los hombres hacen las leyes; las mujeres forman las costumbres»; -por cuya consecuencia, mal podría yo proseguir en la pintura de éstas, sino colocándoos en primer término de mis cuadros. Empero si alguna punta de amargo se deslizase hoy en mi tintero, cuyo inocente licor compongo para este caso con arabesca goma y azúcar cristalizada; si mi anteojo escrutador acertase por desgracia a encontrar en vuestro cielo alguna nubecilla, sed tolerantes y no es enojéis, sino reíd conmigo de vuestras propias debilidades.

Háganse a un lado, señoras viudas, alegres o plañidoras, en flor o en conserva, con tocas y lutos, o con paletina y schall; háganse a un lado, digo, que por hoy no son el blanco de mi pensamiento; ustedes también, señoras esposas, Lucrecias o Helenas, ensanchen el pecho y sigan su camino, que tampoco a ustedes tocan hoy los puntos de mi sermón. Empero vosotras (no culpéis la llaneza del estilo), niñas en esperanza, fruta temprana de 1833, las que, salvando vuestro tercer lustro, os mecéis alegremente en los felices límites del cuarto, rodeadme aquí todas y miradme frente a frente, por ver si mi pincel, animado con vuestra presencia, consigue trasladar al papel vuestra copia original.

Más privilegiadas que vosotras, las que os precedieron en juventud y gracias en los siglos anteriores, fueron el objeto de las delicadas plumas de Lope y Calderón, las cuales supieron embellecer hasta sus mismos defectos. Si el teatro es el espejo fiel de las costumbres, y los autores cómicos los más ciertos historiadores de ellas, no puede menos de sorprendernos el espectáculo que presentan aquellas damas, heroicas hasta en sus mismos extravíos, sublimes hasta en los yerros de su amor. Aquella contradicción de orgullo y rendimiento, aquella mezcla de flaqueza y de virtud, aquel amoroso desdén, aquella generosa venganza; aquel sistema de amor, sugerido por la unidad del sentimiento y por la más natural filosofía para cultivar la admiración y el entusiasmo del afortunado galán, son cosas que infunden asombro, y ponen en fuego al alma más helada o indiferente. -Pero (me diréis) la temeridad de sus pasos, el olvido de sus más sólidos intereses, el atrevimiento de sus disfraces, la libertad de sus palabras, la... -Tenéis razón, queridas mías, tenéis razón; todo esto pudo pasar sin riesgo en aquellos tiempos, porque los galanes del siglo XVII merecían también más amor, más talento y menos egoísmo que los insignificantes y ligeros mancebos que os rodean.

Un siglo después, diversas causas, que sería prolijo relatar, obraron notable diferencia en el sistema mujeril. Consideradas como demasiado peligrosas a la luz del día, delante de padres y tutores celosos que podrían muy bien ser ofuscados por ellas, fueron encerradas tras las altas murallas de un convento, o tapiadas en la casa paterna entre rejas y celosías: el Desiderio y Electo, y las Soledades de la vida, eran las únicas lecturas que se les permitían; la estameña y muselina, sus galas; la costura y el bordado, su única ocupación. Mas al través de estos obstáculos, el incorregible amor hallaba medios de flechar aquellos incautos corazones, y cuando sus guardias vigilantes abrían los cerrojos para dar entrada al hombre a quien la autoridad paterna designaba para esposo, ya no era tiempo, pues el amor se había adelantado, y «amor que entra por la ventana (dice Marmontel), es más peligroso que el que entra por la puerta».

El filósofo Moratín, en sus dos mejores comedias, nos ha dejado una pintura fiel de las consecuencias de esta educación violenta y suspicaz, presentándonos en una la terrible obediencia, pronta sacrificar su vida al capricho paternal, y en otra la industriosa resistencia y el fingimiento más refinado para burlar su vigilancia. Pero ya doña Paquita y doña Clara no son personajes de esta época, y sus retratos deben ser considerados más bien como modelos del arte y como documentos históricos, que no como traslado de nuestras niñas actuales, que así se apartan de las aventureras damas de Calderón y de Tirso, como de las desventuradas y oprimidas de Moratín.

Escuchadme aquí todas, Adelaidas, Carolinas, Julias (que hasta los nombres habéis embellecido), escuchadme aquí todas, que con vosotras y de vosotras voy a tratar. Pero quisiera ante todo que me dierais qué premio me señaláis si llego a adivinar el sistema de cada una... ¿Mudarlo?... No, hijas mías, no creáis que es mi intento ser corrector vuestro... Pues ¿qué premio ha de ser?... Ea, dareme por contento con sólo que me toleréis el que os conozca.

No extrañéis que empiece la rueda por la seductora Amalia, la de los ojos dormidos y el labio desdeñoso. Miradla atentamente; su marcha desigual y fingidamente penosa, su mirar oblicuo y descendente, hacen descubrir en ella la costumbre de dejarse arrastrar en su carroza; su afectada sonrisa, su estudiado saludo, ese aire de pretensión y de superioridad que la distingue, revelan la elevada sociedad a que pertenece, y haríanla traición si pretendiese ocultarla.

Así es la verdad; Amalia es una rica heredera de la primera nobleza, y este pensamiento que en ella domina, se comunica también a los que la miran. Desde sus primeros años fue el objeto de la adulación asalariada; separada casi constantemente, por la etiqueta, de la vista de sus padres, rodeada de gentes inferiores a ella, desconoce los sentimientos tiernos y el lenguaje de la verdadera amistad; dirigida por maestros, a quienes siempre miró como criados, para ella el genio no tiene ninguna superioridad; y éstos, por su parte, convencidos de la inutilidad de sus lecciones, sólo la explicaron lo suficiente para alargar su enseñanza y para llenar su cabeza de palabras sin ideas, pero bastantes a deslumbrar a su papá. Primeras letras, gramática, geografía, lenguas, dibujo, música y baile, de todo recibió lecciones; y por resultado de esta enseñanza, que costó un considerable capital, sabe hoy escribir un billete sin puntos ni comas, cantar una cavatina en italiano o bailar una mazourka en ruso; lo cual es suficiente saber para los tiempos que corren.

Agrádala la lisonja y la cortesía de los jóvenes que la rodean, y quisiera tal vez responder con menos altivez a sus suspiros; pero aún no es tiempo; fiel a su dorada cuna, tiene empeñada su mano desde antes de nacer a un cuarto primo, con cuyo enlace conseguirá añadir al escudo de su casa dos osos trepantes y una serpiente en campo de plata. -Con tales antecedentes, preguntaréisme, ¿le hará feliz o desgraciado? Lo ignoro, amigas; sólo sé decir que le hará marqués...

Pero saltando de flor en flor, como mariposa, ¿me negaréis que os hable de las festivas gracias y del mirar maligno de la risueña Flora? Esa marcialidad y ese despejo que formaban, mientras estuvo en el colegio, la envidia de sus compañeras y el encanto de sus parientes, me hicieron más de una vez temer por los pobres amantes que algún día habían de intentar rendir un corazón dispuesto a burlarse de todo. Mas, ya se ve, ¡es tan graciosa una niña revoltosa y pizpireta! Sienta tan bien la risa a una cara infantil, que todos nos apresurábamos a hacerla mil lisonjas. Yo la vi en los solemnes exámenes del colegio llevar siempre los premios en la música y la danza, dejando desdeñosamente a sus compañeras los menos brillantes de la aguja y el pincel. Yo la vi salir de la enseñanza y poner en movimiento a toda la sociedad elegante de Madrid; yo la vi seducir por la ostentación de sus gracias, por el primor de sus adornos, por la riqueza de sus galas, por el torrente amable de su conversación. ¿Quién es el dueño de su corazón? (pregunté). Todos creían serlo, y ella no creía que lo fuese ninguno; más de un alumno de Marte gimió arrestado una quincena por renovar il posto abbandonato; más de un expediente quedó sin despachar por visitarla un joven empleado; más de un soneto hirió sus oídos, plañido por la musa de soporífero poeta; más de una espada desnuda brilló ante sus ojos.

Gozosa desde su balcón, recibía estos tributos como otros tantos trofeos de su beldad, cual si los viera representados en el teatro desde su palco; mas ¡oh venganza! los jóvenes llegan por fin a conocerla y a entenderse; promesas falaces, prendas débitos de su cariño, sortijas y emblemas misteriosos, cartas novelescas, bucles ingeniosamente tejidos, todo depone su veleidad y mala fe; todo lo recibe de un día devuelto por sus desengañados amantes. Desde entonces su moda pasó, sus gracias quedaron eclipsadas, las mujeres sonrieron a su presencia, los hombres hablaron con ironía, y por colmo de su desgracia, el desdén ajeno vino a castigarla del suyo, viéndose hoy despreciada de un hombre a quien ama con frenesí, y el cual es también el menos meritorio de sus amantes.

¡Qué diferencia de la sensible Eloisa! Un corazón hecho para el amor; un semblante formado por las gracias; un mirar lánguido y penetrante; una cabeza dulcemente inclinada; una boca suspirante que parece decir al que la mira: «Amadme, y yo os amaré». ¡Cuántos encantos en una sola persona! Habla de amor; su pecho se inflama con la pintura del hermano de Saladino o la huérfana de Underlach. Se sienta al piano o al arpa; ¡qué precisión en los toques, qué afinación en los sonidos! Luce su hermosísima voz; ¡qué profunda sensibilidad! ¡qué expresión tan sublime y animada! Los suspiros quejosos de Bellini no tuvieron nunca intérprete mejor. Un movimiento eléctrico se comunica a toda la concurrencia, y la sala resuena con estrepitosas y unánimes aclamaciones. ¿Quién no ha de amarla? ¿quién no ha de rendirla su albedrío? Una nube de incienso la rodea; pero ¡ay! que esta misma nube que lisonjea su corazón, formada por los ecos de falsos amantes, la impide tal vez la vista del verdadero, que, adorándola en secreto, teme que tanto incienso trastorne su cabeza, y repite con Castillejo:


    «La cumplida en cualquier cosa
Y acabada,
Menos que todas me agrada;
Porque, según mi pensar,
Tiene mucho que guardar
La de todos deseada».

Mas volved la vista a esotro lado, veréis venir crujiendo sedas y descubriendo su beldad por entre el celaje de finísima blonda la hermosa Serafina: ¿quién al ver su equipaje no la tendrá por alguna marquesa? Pues nada menos que eso; tal como la veis, es hija del empleado D. Homobono Quiñones, mi vecino, cuya mesada no equivale a la mitad de lo que ha costado ese velo. ¿Cómo se verifica tal milagro?, me preguntáis. Hijas mías, si no tenéis memoria, mirad el artículo de El día 30 del mes9. Serafina, seducida con la idea de un casamiento brillante, exagera el adorno de su persona, como para alejar a los que no estén en estado de sostener su esplendor; y, en efecto, consigue verse rodeada de multitud de pretendientes de su belleza, que no de su mano, pero ella escucha indiferente sus solicitudes, y para disponer de su voluntad, sólo espera que la hablen de matrimonio, diciéndoles en buenas palabras, como la condesa que pinta Regnard:


«Je ne donne mon coeur que par-devant notaire»,

que viene a significar en nuestro romance español:


    Yo no doy mi corazón
Sino delante del cura.

Con lo cual consigue renovar constantemente la concurrencia de acreedores, sin que ninguno se dé por notificado del contenido de aquel emblema. Seis años hace que Serafina es estrella fija en nuestro cielo, y todas las noches se la ve aparecer en bailes y tertulias, pero en vano; y ya estaba casi determinada a entregar su mano a un joven rico y amable que la pretendía, y a quien ella no podía perdonar el no tener un mal uniforme ni el menor sueldo por el Gobierno, cuando ¡oh desgracia! el joven, calculando por una proporción matemática los quilates a que subiría la ostentación de su elegante novia después del matrimonio, y temiendo ver su caudal en manos de modistas y joyeros, se retiró con tiempo. Por último, se presentó cierto meritorio de oficina, el cual ha logrado enamorarla, y con quien se espera haga un brillante casamiento.

Pero ¿qué es esto? ¿todas vais desfilando, ingratas oyentes? ¿os fastidia mi oración, o teméis que llegue vuestra vez? No, no, queridas mías, nada temáis. Mudaré de conversación por complaceros; hablaremos de revistas en el Prado; de injusticia en el reparto de galones y charreteras, os alabaré vuestras galas y tocados; os traduciré la leyenda de los figurines y del Journal des modes. No me aborrezcáis; pediré prestado el estro a un amigo mío para componer una sátira contra la aguja y el dedal; haré una disertación para probar que un moderado recogimiento y un trato reducido son antiguallas, y solamente propios de aquellas oscuras bellezas no destinadas a hacer al encanto de nuestra sociedad matritense. No me abandonéis, y os serviré para ayudaros a hacer cordoncitos y petacas; seré de vuestra opinión en cuanto a óperas y dramas; os leeré a Walter Scott y D'Arlincourt; os prestaré la Revista Española para que leáis mis artículos de costumbres, y riáis a placer cuando no os toquen a vosotras; y, en fin, os haré uno laudatorio, pintando una niña perfecta como yo la he soñado, y diré que todas sois así, aunque vosotras os esforcéis en desmentirme y dejarme mal.

(Febrero de 1883)




ArribaAbajoEl dominó


    «Oyente, si tú me ayudas
Con tu malicia y tu risa,
Verdades diré en camisa,
Poco menos que desnudas».


QUEVEDO.                


Sería en vano que yo pretendiera ocupar en los presentes días la atención de mis lectores con otro objeto que no sea el Carnaval y sus amables disipaciones. Ninguno querría escucharme, y mi discurso, por muy moral y filosófico que fuera, aparecería desabrido y miraríase desdeñado por aquella máxima del non erat his locus. Por el contrario si vestido y engalanado a la moda del día, acierto a ofrecerle como el figurín moral de la semana, no me será difícil cautivar la atención de mis leyentes, en gracia de la oportunidad; y he aquí la razón que me decide a presentarle en dominó.

No se crea por ello que al tratar de máscaras sea mi intención hablar de aquellas con que suelen cubrirse habitualmente los vicios y debilidades humanas para imitar el aspecto de la virtud, del patriotismo, de la amistad, del amor, de la modestia y del desinterés. Semejantes máscaras, por comunes y continuas, no llaman nuestra atención, y entran en la línea de aquellas conveniencias sociales contra las cuales sería ocioso declamar. Yo por lo menos, huyendo de tan espinoso argumento, limito hoy mi narrativa a tratar de aquella diversión festiva, y en cierto modo filosófica, que igualando todas las edades, todas las clases y condiciones por medio de un pedazo de tela sobre el rostro, presta al Carnaval su verdadero carácter de originalidad y de alegría.

Si, deseoso de ostentar erudición (lo cual es harto fácil... con una buena memoria y una regular voluntad), anduviese aquí a caza de autores para repetir lo que ellos han dicho relativo a esta diversión, haciéndola derivar unos de los romanos, y otros de la muscara (bufonada) de los árabes cordobeses y granadinos, sería componer mi razonamiento de retazos, lo cual equivaldría a vestirle de arlequín, siendo así que ya he dicho el traje en que hoy le quiero. -Con que, no hay sino abandonar aquellos tiempos remotos; y dejarme caer en medio en medio de mi auditorio; quiero decir, en el Carnaval de 1833.

¡Oh, quién fuera ahora Vélez de Guevara o Lesage, para tener a mis órdenes un diablillo, Asmodeo, aunque fuese cojo, que me ayudase a levantar los techos de las casas de Madrid, para presentar su interior a los que aun se empeñan en caracterizarnos a su antojo! Verían si es, como ellos dicen, sombrío y taciturno un pueblo que a la hora en que escribo olvida alegremente sus cuidados, moviéndose a compás; dijéranme si es miserable este mismo pueblo, que tan crecidas sumas gasta en magníficas funciones, ostentando en todas ellas la riqueza y el buen gusto; verían, en fin, si son tan celosos nuestros maridos, tan altivas nuestras mujeres, tan intratables nuestros padres, tan rendidos nuestros amantes, tan espesas nuestras celosías, tan temibles nuestros puñales.

Semejantes reflexiones se agolpaban a mi imaginación; vivamente afectada por el interesante espectáculo que acababa de dejar en cierto café de esta capital. -Era la hora en que suelen concurrir a este Lloyd danzomano todos los demandantes y cambiantes de billetes de las diversas sociedades de suscrición que se reparten en tales noches la concurrencia; y aunque al principio hube de estudiar aquel lenguaje mercantil, viendo ofrecer dos Sartenes por una Corona, un Solís por dos Fontanas, un San Bernardino por una Santa Catalina, una Paz por una Alameda, un León por dos Jardines, y otras a este tenor, no tardé en ponerme al corriente de aquel vocabulario, y aun pude graduar la importancia respectiva de tales documentos por el boletín de cotización que uno de los mozos me dijo al oído. Por último, animado con el ejemplo y favorecido por la buena suerte, acepté un billete (no diré para cuál baile, por sólo dar a mi narración este aire de misterio), y marché a recorrer prenderlas y almacenes en que alquilar un traje a propósito para envolver mi persona. -Mas como no era mi intención figurar, sino desfigurarme, parecíame conveniente abandonar mantos y bordados, y eclipsarme en un sencillo dominó, cuyo agradable color y no afectada modestia llamó mi atención, entre un Genghiskan, y un Saladino, que alquilaron delante de mí un ropero de la calle Mayor y un barberillo de Puerta Cerrada.

De vuelta a mi casa, queriendo aprovechar el calor de mi fantasía, me puse a escribir el principio de este discurso; mas, disgustado de la pobreza de mi pensamiento, concluí por envidiar a D. Cleolas su Asmodeo, y tirando la pluma, cogí mi dominó con ánimo de pasarle y ceñirle en derredor de mi cuerpo; cuando ¡oh sorpresa! al ir a poner el capuchón, hállome en el fondo de él un papel; cójole, le desdoblo, y veo escrito en él ...¿qué creerán mis lectores que vería?... Pues era nada menos que la Historia de este dominó, contada por él mismo.

Figúrense las almas piadosas cuál sería mi contento con este hallazgo no hay cómo explicarlo: sólo sí que, enajenado por él, suspendí mi vestido, calé mis anteojos, despabilé la luz, y leí de esta manera:

-«Amigo lector: Cualquiera que tú seas, en cuyas manos me haya deparado la suerte para encubrir por horas contadas tu triste o alegre figura, suspende, te ruego, la operación de tu disfraz, y tómate el trabajo de leer mi historia, si es que a trabajo tienes el saber aventuras de suyo peregrinas, que podrán servirte de gran provecho. Y pues cuento desde luego con tu benevolencia, escucha por ahora y préstame atención.

»Yo nací en el Carnaval de 1822 en manos de una corista de la ópera, la cual, con poco cariño maternal, me arrojó entre otros trajes expósitos, entregando las primicias de mi inocencia al primero que llegase a alquilarme.

«Era la noche del 3 de febrero de aquel año, y había baile de máscaras en ambos teatros, con lo cual no tardó en cargar conmigo un criado que, conduciéndome a una elegante casa, me puso en las manos de un señor de edad y grave aspecto, cuya clase y circunstancias me dieron mucho que pensar.

»Al observar su seriedad y su entonamiento, no pudo menos de asaltarme el temor de que iba a pasar una noche muy triste; pero me engañé completamente, pues envolviendo en mí su añeja persona, salió silenciosamente y se dirigió al teatro del Príncipe, donde ya a la sazón se había empezado el baile; y asegurado por la libertad que yo y la careta le dábamos, verificó tan repentino descenso desde la más alta prosopopeya a la más cordial alegría, que no fue posible dejar de felicitarme por este mágico talismán que al parecer se encerraba en mí, capaz de causar la felicidad momentánea de una persona a quien su clase o sus deberes imponían tal vez una perpetua contracción de espíritu.

»Mas entre tanto que yo hacía estas y otras reflexiones, mi buen señor se agitaba corriendo tras una rapaza que acababa de arrojar una careta de ochentona, quedándose con la más fresca y bien cortada de diez y nueve que imaginarse pueda; y si bien mi conductor y yo hubimos de notar que aquella estrella parecía ya completamente observada y reconocida por los jóvenes astrólogos, según la seguridad y confianza con que la miraban, sin embargo, animado aquél con las benévolas respuestas de tan linda boca, endulzaba la suya lo mejor posible, procurando ocultar en sus conceptos el estilo escolar y argumentante, aunque más de un audi precor vino a confirmarme en la idea que desde luego había formado del tal señor. La niña, sin embargo, poniendo en limpio aquel borrador, leía corrientemente en el pecho de mi escondido; y deseosa de complacerle prestándole atento oído, habíase retirado con él a uno de los extremos del teatro, donde, sentados mano a mano, entregábanse mutuamente al sabor de tan peregrina plática... cuando... ¡oh suerte fatal!... estando ambos en esta agradable situación, huyendo los vaivenes de la multitud, los maderos que sostenían parte del tablado teatral, sobrecargados enormemente, crujen con estrépito, y abriendo un ancho boquerón, húndese en él una buena parte de la concurrencia10.

»¿Cómo pintar (continuaba el dominó) aquella escena viva e inesperada? Hágalo el filósofo espectador, que más feliz que los demás se encontró del otro lado del teatro, sin dignarse interrumpir su contradanza al mirar nuestro mal paso; en cuanto a mí, comprendido en la fatal desgracia, sólo tuve serenidad para agarrarme de un clavo, donde permanecí un instante, debilitando el ímpetu de la caída de mi dueño, la cual, sin embargo, se verificó, sacando él por resultado una fuerte contusión, y yo un jirón de vara y media. Pero la vergüenza de aquél, y el temor de ser reconocido, pudo más que su dolor, y rebujándose en mí más fuertemente que nunca, salió conducido por los mozos, sin osar destaparse hasta su casa, donde quedé prisionero en premio de mi servicio, como sucede de ordinario a los que tercian en las debilidades de los grandes señores.

»Doce meses justos yací escondido en un armario, en compañía de otros trajes y ropas, al cabo de los cuales cierta sobrina del señor, mi compañero de desgracia, me hubo de hallar, y compadecido de mi triste situación, me compuso y arregló a su lindo cuerpo, tal que di por bien empleado mi anterior desmán.

»Era por entonces el Carnaval de 1823, y todo Madrid estaba ocupado de las máscaras; el amo de la casa, aun con un resto de cojera, oía con horror las conversaciones, y hablaba a su sobrina de aquella función con una acrimonia que ella atribuía a la elevación de su alma, y yo a la caída de su cuerpo. La muchacha, que rayaba en los diez y seis, y era resueltilla y despierta como la que más, oía con cuidado todas las asechanzas que, según el tío, se tienden a la virtud en tales funciones, y rabiaba en deseos de experimentarlas; tanto más, cuanto que no faltaba cierto alférez, primo suyo, que siempre la estaba convidando. Por último, ¿para qué cansar? las prohibiciones del tío, las invitaciones del sobrino, y mi vista más que todo, fueron causas suficientes a despertar la curiosidad de esta niña, la cual, cediendo a las instancias de su amante, cogiome silenciosamente cierta noche, y se fue al teatro fiada en mi defensa; mas ¡ay! que (Aquí el manuscrito estaba borrado, sin duda por las lágrimas del dominó, y luego proseguía): ¡Muchachas, las que tenéis primos amantes, o amantes aunque no sean primos, no os dejéis conducir por ellos a las máscaras, y creed a un dominó experimentado!

»Eran pasados cuatro años desde que, saliendo de la casa de mis dueños, por medio de una criada que se escapó conmigo, me hallaba arrinconado entre otros compañeros de desgracia en el desván de un prendero de la calle del Prado, y ocupábame con ellos en la narración de nuestras aventuras respectivas, cuando un nuevo Carnaval (1827) vino a procurarnos salida, si bien con más precauciones que si fuéramos tabaco de la Vuelta de abajo o moneda española acuñada en Gibraltar. -Y era la razón, cierta ley no sé cuántas de la Novísima, que hace trescientos años prohibió, según parece, las máscaras y disfraces11. Mas, como los hombres, siguiendo el ejemplo de nuestra primera madre, somos por desgracia tan inclinados a dar más valor a las cosas prohibidas, de aquí nació la manía de enmascararse, en términos que, a despecho de escribanos y corchetes, inundábamos calles y salones.

»Entre las infinitas aventuras que me proporcionó la circunstancia de servir, por mi cómoda hechura, para damas y galanes, llamaré tu atención sobre una que me aconteció cierta noche de aquel año, en la cual salí alquilado por un joven que formaba parte de una comparsa mascaril. Figuraba en la misma cierta deidad a cuya mano aspiraba el mancebo, y lleno de amor y rendimiento al salir de la tertulia, incorporado con los demás, para dirigirse a las casas del baile, íbase a precipitar a ofrecer su brazo a la niña, cuando la mamá (que ya empezaba a ejercer los rigores de suegra) le llamó para sostenerla, entro tanto que otro galán más dichoso ocupó el lado de su amada.

»Rabiando iba mi pobre mozo con tan desdichada ocurrencia, lo cual conocía yo por sus contorsiones y movimientos mal reprimidos, y agobiado además por el medio siglo que pesaba sobre su diestro brazo, dejábase arrastrar lentamente, haciendo más y más sensible la distancia que la ligera pareja delantera les llevaba. Y ya iban a enfilar la calle Angosta de Peligros, cuando el linternón de una ronda, haciendo reflejar las lentejuelas del turbante de sultana que cubría las canas de la mamá, vino a destruir nuestros planes. Fuimos, pues, descubiertos y detenidos con todas las parejas que venían detrás, en tanto que los dichosos delanteros llegaban sin novedad a la sazón a la casa del baile.

»¡Oh lector, si no eres duro pedernal, contempla y compadece la situación de mi galán interior, viéndose conducir a la presencia judicial en compañía de una sultana vieja, un Enrique IV y una Raquel, Julio César y la Vallière, Marco Antonio y Cleopatra, Elisa y Claudio, y otras parejas más o menos dichosas! Pero, sobre todo, lo que le sacaba de juicio era el sospechar que su abandonada Ariadna podría consolarse de la pérdida de su Teseo con el Baco que delante tenía, y este pensamiento no le abandonó en el menguado recinto adonde tuvo que pasar la noche. En cuanto a mí y los demás trajes, como cuerpos del delito, corrimos unidos bajo una cuerda al proceso que se formó, y sacados en consecuencia a pública subasta, quedamos entregados al mejor postor, que lo fue, por cierto, otro prendero de la calle de Atocha.

»Varias y muy graves aventuras podría seguirte refiriendo de aquel tiempo en que fui contrabando; pero como todo debe tener sus límites, mi narración también, y así sólo me permitirás que te hable del lance que me ocurrió en la última salida, verificada una de estas noches.

»Fue, pues, el caso que cierto marido joven, previa la venia conyugal para ir a las máscaras, vino a alquilarme, a poco de haberse llevado una dama a otro compañero mío que estaba a mi lado. Llegamos al baile, divisé entre muchos a este compañero, y obligando ambos a nuestros dueños a llegar a hablarse (sin duda por la simpatía del traje), tuvimos ocasión de entablar también nuestra conversación escuderil; y al comunicarnos las señas de la casa de donde habíamos salido, no pudimos menos de reírnos a dúo. Entre tanto, nuestros dueños habían comenzado una plática amorosa que nos tenía edificados, y ya la niña iba manifestando su corazón de algodón cardado, que no de agudo pedernal, cuando por un efecto de mi previsión, y deseoso de servirla de despertador, dejé caer mi capuchón y descubrí la cabeza del marido (que tal era el que me llevaba), con lo cual la discretísima criatura pudo conducir su conversación en términos, no tan sólo de evitar un compromiso, sino también de quedar bien puesta para regañar después al esposo, que se convenció más que nunca del amor de su consorte...».-

Aquí acababa el manuscrito del dominó, sin que yo tenga necesidad de decir que durante su lectura la interrumpí varias veces con mi risa; y lleno de contento por poder figurar en adelante en tan curiosa crónica, me apresuré a cubrirme con él y a trasladarme al baile; pero aquí quiero hacer un punto y coma a mi narración, para tomar un ligero descanso antes de ofrecer a mis lectores un cuadro fantástico de tal baile.

Figúrense, pues, allá en el interior de su mente, un gran salón, capaz de quinientas personas, ocupado por mil, que con sus anchos disfraces y exagerado movimiento habían menester el espacio correspondiente a mil quinientas; fórmense una temperatura a treinta y seis sobre cero, ocasionada por el inmenso número de luces y de concurrentes; añadan a esto para el sentido del olfato, la mucha confusión de buenas y malas exhalaciones naturales y artificiales; diviertan la vista con el deslumbrante reflejo de aderezos y bordados, gorras y turbantes, mantos y capacetes; amenicen el tímpano con el temple continuo de las voces disfrazadas y con los rotundos compases de una galope infernal ejecutada por dos docenas de músicos, y obligada de pandereta y látigo; encomienden al tacto la violenta ondulación que, por un principio físico, obliga a la mitad de la concurrencia a marchar impelida por la otra mitad, y satisfagan, por último, el gusto con una perdiz petrificada y solicitada en pie por espacio de tres horas en la sala de descanso. Con todos estos antecedentes podrán formarse una idea en miniatura de los goces que un baile semejante proporciona a los sentidos. ¡Felices los que pillando una silla podrían entregar a ella sus fatigados miembros! Mas ¿cómo lograrla? Las desdichadas mamás y las parejas dichosas las habían tomado por asalto al principio de la noche, para no desocuparlas hasta el amanecer.

Envuelto en mi amigo dominó, y apoyado en el quicio de una puerta de paso, hallábame contemplando aquel animado espectáculo con la comodidad que dejo pensar; mas si mis sentidos se daban por quejosos, menos satisfecho aún quedé del lado del espíritu, pues apuntando cuidadosamente en mi memoria todos los dichos, preguntas, respuestas, réplicas y argumentos que escuché, me convencían de una de dos cosas: o que era falso el dicho de que «es menester tener muy poco talento para no tenerlo con la careta», o que yo tenía orejas de Midas.

Luego me ocupé en seguir las intrigas juveniles, sorprender combinaciones y armar peripecias, con lo cual mi dominó azul llegó a infundir tal pavura en aquel género volátil, que a mi llegada huían en grupos, cual bandada de palomas a la vista del milano. Quién me tomaba por un marido celoso; quién por un amante desdeñado; cuál me daba satisfacciones; cuál me pedía cuenta de agravios; y como la circunstancia de conocer las intrigas anteriores de mi dominó me ponía desde luego en el medio de las cuestiones, pasé alternativamente por amante, por padre y por marido de todas, y por último convinieron en que era brujo, hasta que, arrancándome por fuerza la careta, se encontraron más admiradas viendo que no me conocían, y yo si a ellas.

¡Que no pueda yo presentar aquí de lleno el fruto de aquella noche de observación y movimiento!; mas no me es lícito, por tres causas: la primera, porque ofrecí a mis amables descubridoras que no las descubriría; la segunda, porque de hacerlo corría peligro de estar hablando de máscaras hasta el Miércoles de Ceniza, y la tercera y principal, por no tener permiso de mi dominó para continuar la narración de sus aventuras, por aquella sabia regla, de que «la historia no se ha de escribir al tiempo que se verifica».

(Febrero de 1833)



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