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ArribaAbajoLas campañas de Buonaparte en Italia: oda



    Ven, genio imitador, y de tu fuego
enciende nuevamente el alma mía;
mi espíritu te invoca;
ven a mi humilde ruego.
Cantar deseo; pero nada inspira  5
acordes ecos a mi amada lira.

   Mas ¡ay!, ¿desciendes de laurel ceñido,
y cubierto de acero refulgente,
al Dios de las batallas parecido?
¿Será que vueles en su negro carro  10
cuando los pueblos llena
de llanto y luto? Mas tu acento suena.

   «Cantora de la Iberia, en vano quieres
que las sonoras cuerdas de tu lira
resuenen en el Pindo,  15
si no cantas el héroe que te brindo.
De Buonaparte el hombre victorioso
llevando por la anchurosa tierra
el clarín de la fama belicoso;
el genio de la guerra  20
te inspira cantes al que fue en la cuna
hijo de la victoria y la fortuna.»

    Dijo; y deshecho, cual vapor ligero
a los rayos del sol, desaparece:
dijo; y el fuego del airado Marte  25
mis ideas inflama;
y la sonora trompa de la fama,
que te celebra, Buonaparte, tanto
en pos de ti celebrará mi canto.

    Seguiré tus hazañas por do quiera,  30
defensor de tu patria; por ti solo
vivirá engrandecida eternamente:
sus contrarios del uno al otro polo
quieren impunemente
extender sus conquistas ambiciosas;  35
mas en vano será; que tú, igualando
el valor de Alejandro, y su ventura,
si él peleaba por domar el orbe,
conquistador funesto, aunque dichoso,
tú por tu patria, por la paz amada,  40
y porque viva el hombre venturoso.

    Por ella, cual Aníbal, de los Alpes
hollar te veo la elevada cima,
donde yacen cansados los guerreros;
sus corazones fieros  45
marcial ardor con tu presencia anima
suena tu voz, y sienten en su pecho
renacer el coraje y el despecho.

   «¡Oh!, ciudadanos, dice, ¿así desnudos,
hambrientos, indefensos,  50
la dura muerte sufriréis en vano?
Mirad el enemigo; en sus inmensos
batallones habita la abundancia.
Para salir de males tan atroces
pelear y vencer manda el destino;  55
si os faltan armas, mutilad los troncos
del alto fresno y la robusta encina:
ved la Italia vecina,
que en su seno abundoso
despojos mil ofrece al valeroso.»  60

    Cesó; y al punto el himno de la guerra
de unas en otras filas va sonando:
quién la nudosa rama desgajando,
suplir la falta del fusil procura;
quién busca en la llanura  65
piedras enormes que arrojar previene,
cuando se trabe la feroz pelea:
ya llaman al combate pavoroso
el sonoro clarín y el ronco parche;
y Buonaparte impávido y valiente  70
manda el ataque de la tropa al frente.

    Ved a Minerva, que del alto cielo
desciende presurosa,
y cubre con su egide impenetrable
al héroe cuya espada valerosa  75
combate, porque un día
las ciencias y las artes a porfía
puedan en libertad brillar serenas;
ved que a su brazo para mayor gloria
liga por siempre la fugaz victoria.  80

    Cual suele embravecido el Océano
batir soberbio el escarpado muro,
que el hombre mal seguro
a su inquieto poder opuso en vano;
que al choque repetido  85
de unas olas suceden otras olas
con ligereza suma,
saltan, se rompen en rabiosa espuma,
hasta que el austro con atroz silbido
agita el seno de su inmensa mole,  90
y ensanchando la espalda cristalina
se precipita, llega, y lo arruina:

   así por todas partes en el choque,
a uno que muere, suceder se mira
otro que, ardiendo en ira,  95
busca el negro placer de la venganza,
y al enemigo intrépido se lanza.
Oigo precipitar de las alturas
las rocas arrancadas de su asiento;
y en medio del horrendo torbellino  100
del humo denso que el cañón despide,
la desesperación rugiendo gira:
todo es fuego y horror, y sangre y muerte.
En vano el Alemán, en polvo envuelto,
lidia contra la suerte:  105
él huye derrotado,
de ardiente rabia y de sudor bañado.

    Ya, Buonaparte, logran tus guerreros
víveres, ropas, armas abundantes;
ya el paso de los Alpes te promete  110
mil lauros venideros;
ya la fértil Italia en sus campañas
presenta nuevo objeto a tus hazañas.

    ¿Cómo podré de triunfos tan heroicos
el torrente seguir por las riberas  115
del Tánaro, y el Po, y el claro Adige?
¿Cómo pintar las huestes altaneras
del soberbio Alemán aniquiladas;
sus águilas antiguas sepultadas
en los profundos cauces,  120
que, henchidos de cadáveres, sus ondas
llevan, tintas de sangre por el llano,
la horrible destrucción del ser humano?

    ¿Cómo decir, cuán sabio y generoso
del sublime Virgilio  125
la feliz patria y la ceniza fría
supiste respetar? ¿Cómo podría
celebrar este rasgo de tu genio,
que de Cienfuegos el sublime canto
eligió para asunto de su ingenio?  130

    Vuelas de un triunfo en otro, y victorioso
llegas a Lodi, cuyo estrecho paso
el Alemán te impide, y de la Galia
los valientes guerreros
intimidan sus huestes numerosas,  135
parando el raudo curso a sus aceros.
Tú, semejante al rayo desprendido
del hórrido nublado,
fuerzas el puente solo;
y el pabellón francés enarbolado  140
en la ribera opuesta por tu brío
decidió en este día
a pesar de las balas y la muerte,
de la victoria la dudosa suerte.

   En vano Mantua bajo sus murallas  145
te opone cinco ejércitos soberbios;
en vano de tu gloria
impedir quiere el vuelo venturoso;
rendidos sus altivos Generales
sufren la dura suerte de la guerra:  150
Milán se goza, y sobre su ruina
la República eleva Cisalpina.

   Así por todas partes va cantando
tus hazañas la fama voladora;
así va recobrando  155
la Galia su esplendor y sus derechos,
que los hijos del Sena
fijarán en los muros de Viena.

   Ella también despojo hubiera sido
del héroe valeroso,  160
si en Campo-Formio el ramo de la oliva
no la diera su brazo generoso,
el verde ramo que la paz anuncia,
objeto de los hombres suspirado.

   El labrador cansado,  165
alzando al cielo la abatida frente,
estrecha entre sus brazos cariñoso
la amada esposa y a sus tiernos hijos,
bendiciendo la paz, que en dulce calma
a su antiguo afanar torna el reposo;  170
y los bueyes unciendo,
de sudor baña la fecunda tierra,
que dejó estéril la sangrienta guerra.

    Vive feliz en la mansión antigua,
hombre de probidad; y la concordia  175
pueda por siempre tu sencillo albergue
de frutos coronar; pueda el guerrero
olvidar la fatiga en los hogares
de su tranquila patria venturosa;
cuando yo en la arenosa  180
margen del Nilo esparciré mi canto,
y a Buonaparte seguiré entre tanto.