Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice
Abajo

Oda en elogio de la Marina Española

Rosa María de Gálvez







   En tanto que del Sur embravecido
anuncia la tormenta
el soplo agitador, ronco estallido
lanza el cañon, señal de luto y muerte,
señal terrible de futura gloria,
debida á los valientes campeones
que del honor de España
fixan la ilustre suerte
con una y otra inimitable hazaña.

   No la ambicion, no el bárbaro deseo
de alimentar la guerra
hace que pueblen con armadas naves
la anchurosa extensión del Occeáno;
mas sí el heroico empleo
de vengar á la Patria, al Soberano,
y elevar á la paz puros altares,
que de Europa Albion audaz destierra
por usurpar el Cetro de los mares.

   Nunca con mas furor naval combate
horrendo se trabó: ni el denso caos
de ennegrecida niebla, ni el silvido
del viento pavoroso,
ni el tropel de las ondas borrascoso
pudo arredrar los héroes: ya tendido
el pabellon Hispano
vaga á merced del ayre, y sus Leones
en tan gloriosa empresa
vuelan á par del águila Francesa.

   Forman las naves prolongada línea
presentando erizados
de hierro, bronce y fuego sus costados:
la osada intrepidez, la confianza,
la firmeza, el honor y el heroismo
inflaman igualmente en tal instante
al marinero, al noble Comandante;
y sobre los alcázares movibles
los valientes guerreros
desnudan las espadas invencibles,
y el fusil montan; que en la atroz matanza
muerte imprevista al enemigo lanza.

   Desde la excelsa popa de su nave
Nelson contempla ayrado
lo que anhela vencer; de los baxeles
ve el rumbo combinado,
que al combate atrevido se adelanta;
y mal seguro de su antigua gloria
iza al tope mayor de la Victoria1
señal de acometer por divisiones;
pero con furia tanta,
que pueda en la enemiga arboladura
sus jarcias enlazar: de sus pendones
siguen la muda voz los fuertes leños,
y por la niebla obscura
rompe á su frente la feroz discordia
con su funesta antorcha, iluminando
el odio que á las naves va guiando.

   Qual suelen al embate repetido
de horrible terremoto
luchar unas con otras las montañas,
lanzando el encendido
azufre de sus cóncavas entrañas,,
así al trabarse la naval pelea
se acometen, se estrellan, se destrozan
las embreadas moles,
se incendian y aniquilan,
del cañon arrojando el rayo ardiente:
Nelson audaz desea
romper la fuerte línea; pero en vano
una vez y otra con furor se avanza
por donde lidia un campeon hispano:
entónces su venganza
á par del triunfo asegurar procura,
aspirando á la gloria
de rendir nuestra Real2 á su Victoria.

   Furioso manda que torcidos cabos
arrojen de su nave á la Española,
como á segura presa
que teme le arrebate el mar ó el viento,
más invencible, y sola
ve cien brazos tender de sus costados,
que asiendo en un momento
los cabos embreados,
de las ondas cortando la distancia,
muerte ó victoria grita su constancia.

   Vacila Nelson al mirar el brio
que se obstenta en los pechos Españoles,
y el naval desafio
teme que afrente su adquirido lauro;
auxilios pide, y sus veloces naves
vuelan en su socorro,
la enemiga rodean,
y por rendirla con furor pelean.

   No de otra suerte del ardiente abismo
del etna pavoroso
saltan globos de fuego en humo envueltos,
como en el choque bárbaro espantoso,
al horrendo estampido
de la pólvora atroz vuelan mil muertes;
en torbellinos densos
el vapor inflamado al cielo sube,
y sin cesar, de tan funesta nube
ilumina el cañon el centro obscuro:
arder se ven en rabia confundidos,
y regados con sangre los baxeles,
miéntras cien voces, fuego repitiendo,
doblan el triste y el marcial estruendo.

   Entre el estrago fia en su ventaja
Nelson del triunfo la dudosa suerte;
abierto y destrozado
vió al español baxel; y alborozado,
victoria fué á decir, quando la muerte
llegando enfurecida,
le arrancó la palabra con la vida.

   Yace cadáver el feroz Britano;
y ¡oh, siempre á tanta costa sus laureles
compre Albion! ¡oh, siempre sus baxeles
se abismen, como el fiero Soberano3,
del Príncipe de Asturias combatido,
fué en el mar turbulento sumergido,
sepultando en su seno el vil tesoro4
que de la Europa entera
compró la destruccion...... Mas, Musa, vuelve
á celebrar las ínclitas acciones
de la naval batalla,
mira donde tremolan los pendones
del Águila francesa arderse el viento,
y el mar herbir en rayos centellantes;
qual de preñadas nubes fulminantes
baxa inmenso granizo despeñado,
del relámpago y trueno acompañado.

   Canta el caudillo, que miró rendirse5
el pabellón Britano á su denuedo,
que al sentir á sus plantas desplomarse
el vacilante alcázar destruido,
donde lidiar no tuvo,
y á la suerte cedió sin ser vencido.

   Impavidos en tanto por do quiera
sus fuertes compañeros
combaten con teson: qual, olvidado
de la profunda herida que recibe,
pelea hasta espirar; qual, denodado
sobre el cadáver yerto de su amigo,
al cañon enemigo
sirve de blanco, salpicado en sangre;
otro, privado de los fuertes brazos
por bala destructora,
presta á los artilleros diligentes
la pavorosa mecha con los dientes;
y otro, que informe tronco
yace tendido al pie de la cureña,
previniendo la seña
que hacen para alejarlo, ansioso exclama:
«Dexadme, compañeros,
dexadme aquí espirar... ¡vano socorro!
yo no puedo vivir; pero contento
puedo junto al cañon mi último aliento
exhalar, provocando vuestro brio:
mi sangre por venganza
clama; vedla correr; bañad en ella
vuestros heroicos brazos,
y en menudos pedazos
prueben la misma suerte
los que me dan tan horrorosa muerte.»

   Dixo; y en los raudales de sus venas
empapando feroz la mano helada,
con ella mancha á sus amigos todos,
y «mueran», grita; y espiró: responden
á su postrer suspiro
sus compañeros, redoblando el fuego;
y su espíritu luego
de los mortales lazos desatado,
vuela al augusto templo
de la inmortalidad, acompañado
de ilustres sombras, que de sangre tintas,
y ornada de laurel la frente yerta
abren gozosas la celeste puerta.

   ¡Eterna gloria á vuestro heroico brio
las cítaras de Iberia
hoy repiten al par del canto mio!
mas ¿quién de tantos héroes las hazañas
pudiera numerar? lleva sus nombres
la fama por el ámbito del mundo,
y exemplo sin segundo
dexáron con su muerte á los valientes
que su esfuerzo imitando
siguiéron invencibles peleando.

   Viose cubierto el campo cristalino
de naves destrozadas,
que en el inmenso espacio
se hundiéron de las ondas encrespadas;
y en el sacro Palacio
de Neptuno estrellándose, á sus ojos
acinados cadáveres presentan,
que la mansion purísima ensangrientan.

   Ayrado el Dios la coronada frente
alza, en ella pintando sus enojos;
dexa el trono de nácar, y el tridente
poderoso blandiendo,
con ronca voz que el belicoso estruendo
pudiera ensordecer, dice: «¿hasta quándo
será que en sus furores los mortales
turben la paz de mi feliz morada?
¿No basta á su ambicion llenar la tierra
de llanto y exterminio,
sin que tambien los plácidos cristales
sirvan de campo bárbaro á su rabia?
Ondas, que de mi imperio vagaroso
formais la monarquía,
sepultad implacables este dia
los que insultando mi poder pelean,
y aun tiempo todos sumergidos sean.»

   Dixo; y á su voz dócil, encumbrados
montes de espuma el mar alzó rugiendo;
sobre ellos á las nubes se levantan
las naves combatientes;
y su rencor las olas dividiendo
enfurecidas saltan,
con horrendos vaivenes arrastrando
los rotos leños de uno y otro vando.

   Suena el clamor, la oscuridad se aumenta,
desencadena el uracan Eólo,
y el marinero en vano en la tormenta
busca la estrella del helado polo;
muerte y muerte no mas por todas partes
los peñascos, el viento, el mar, el cielo
le presentan sañudos;
y á tanto horror como en su daño crece
él se abandona, y sin temblar perece.

   Neptuno de su carro aljofarado
aguija los marítimos dragones,
y vuela enmedio del terror; su saña
vuelve la ayrada vista
á la desierta arena, que el mar baña;
mas ¡ay! que entónces su feroz enojo
mil veces detestó: ¡quántos caudillos,
espanto de Albion, gloria de España,
vió de sus iras mísero despojo!
¡y quánto le destroza el fiero pecho
escuchar en el muro Gaditáno
el doliente clamor!... Ya sin ventura
la dosolada madre busca en vano
en la orilla el cadáver de su hijo;
teme la tierna amante
la suerte de su amado, y calla y gime:
mas la esposa infeliz desesperada
va por la playa errante,
y en uno y otro pálido semblante
hallar pretende á quien su pecho adora,
y al fin entre sus brazos lo recibe,
moribundo lo estrecha, y dice... «aun vive.»

   Pero ¡quán generosos el socorro
prodigáron los pechos españoles
igualmente al contrario y al amigo!
La deidad de los mares, que testigo,
fué de su compasion, y sus hazañas,
así exclamó: «mi cetro será vuestro,
heróicas almas del consuelo dignas
con que el Monarca Hispano,
y el Héroe de la Paz al valor premian;
dignas de la nacion que tantas veces
en mi campo argentado
tremoló su estandarte laureado;
y nunca podrá el tiempo de la gloria
privaros, esforzados campeones,
que eterna la memoria
será de vuestras ínclitas acciones.»

   «Y vosotras, ó Ninfas de la Esperia,
verde laurel, y vencedora palma
prevenid á los héroes valerosos,
honor del suelo Hispano; y quando llegue
jóven amante, vuestro amor buscando,
decidle, señalando
estos mares: = Allí los defensores
de la patria de gloria se cubriéron;
imitad su valor, y si algun dia
vuestro nombre celebra á par del suyo
la voladora Fama,
del Mirto ceñireis la hermosa rama.»





Indice