Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente




ArribaAbajo

A Don Miguel de Noroña, Conde de Linares

Señor de las Villas de Algodrez, Fornos, Peñaverde, Noudar, Alcaide Mayor de Viseu, del Consejo del Rey su Señor, Comendador de Barrancoa en el Orden de Avís, Gobernador y Capitán General del Rey Nuestro Señor en la ciudad de Tánger


Esta Oración Evangélica, o Sermón (como quiere el uso común, hábito tan imperioso en las voces, que suele hacerse tirano de ellas) que dije o prediqué a la Majestad Católica del Rey nuestro Señor Felipe el Grande (seña más suya que la del Quarto, pues tantas glorias reales, tanto imperio político, tanto esplendor militar, aun le desean lugar antes que primero), esta Oración, pues, que prediqué o dije en voz al Rey nuestro Señor (y háyame Vuestra Señoría estimado, no sólo permitido, este leal y verdadero, si humano, éxtasis) remito y ofrezco en estampa a Vuestra Señoría.

Que me haya obligado a ambas cosas, deseara decir brevemente, por no hacer ambicioso aparato a tan limitado escrito. Si me detuviere algo en ello, será natural embarazo de mi pluma, y parece que ignorar, en rigor, no es delinquir. A la primera de dar este borrón casi extemporal (hado de mis estudios) a la estampa, no me engañaron confianzas proprias, que fuera errar el tiro hacia ambos extremos, presunción y puerilidad, de un golpe solo. Hacia la presunción, en prometerme, del consuelo dulce de los amigos, el aplauso ceñoso de los émulos. Si ya no es nuestro genio mismo (aun antes de admitir culpables borrones) la causa original de este achaque. Achaque verdaderamente de la profesión más modesta, y que la espiritual de nuestro estado tanto más debiera huir, cuanto menos se sabe esconder, aun en los mayores hombres.

Errara también hacia la puerilidad, que es el otro extremo, pues cuando esta acción hubiese hallado en los oyentes la estimación que mostraron, hacer misterio de acertar una o otra, quien tantas habrá errado, muy amorosos humos de sí, sobre contentadizos y crédulos, arguye. Bien que, mirados a otra luz, pudieran ser amagos, si no de valor, el exponerla a tormentas vulgares (que tales son las de esta calidad siempre). Porque las acciones erradas, entre el deleite de ver las inferiores, ya las suele mirar piadosamente la envidia. Las que con voz universal (engaño fiel a que no es mucho que se crea el dueño) se aciertan, no las perdona nunca. ¡Extraño siglo, donde los errores solicitan piedad, y los aciertos odios! Si bien le podría yo señalar cerca a Vuestra Señoría alguna apariencia que se ha pasado a desprecio, cansada de ser constancia. Movióme, pues, por acabar esta parte, a esta impresión, la facilidad introducida entre más y menos doctos. Y obligóme una gran sospecha no vana (puede, empero, ser que yo leve, o necesitado a alentar mis modestias, la haya hecho mayor) de que algún oyente soberano de aquel Sermón no se ofendiera de leerle, aun después de haberle sufrido. Sospecha, vuelvo a decir, no imperio. Antes bien, con ofrecer tan lejos (aunque tan ilustres lejos) este sudor, saldrá en su obligación más de rebozo la vanidad. Y cuando quiera helarle la envidia (presumido aquilón contra las virtudes, si natural el otro contra las flores), sea temeridad inconsiderada el atreverse a la protección de Vuestra Señoría y quitémosle la ocasión de ser sacrilegio humano y crimen ignorante de majestad estudiosamente lesa, perder el respeto a la sombra real, aún caliente por la vecindad y gusto de su luz, cuando los bronces helados de los príncipes abrigaron delincuentes. Y a la verdad, si los que sabemos poco somos arrojados (como suele siempre ser), mucho podemos estragar la autoridad de quien nos ampara. Estas causas, o eficaces ellas, o fácil yo, me han sido razones para la estampa. Mas, el ofrecerle a Vuestra Señoría, así se me representó necesidad que la dudé elección. Fineza no la pude mirar, porque no habiéndose de consagrar al Rey nuestro Señor estos borrones (si bien donde quiera que vayan, siempre van suyos, como caudal de un hombre tan esclavo de su Majestad, por la honra y gusto con que le oye, como criado, por el oficio en que le sirve, y vasallo por la dicha con que nació), no habiéndose, pues, de consagrar a este único y grande dueño, porque, pues no quiso darse a otra noticia que la de oyente, fuera vanidad importuna empeñarle a más protección, y más, tan pública, siendo memoria sagrada de la gloriosa reina de Portugal Isabel, ¿a quién, sino a Vuestra Señoría, se debía la prescripción de este monumento, como sucesor de esta ilustrísima Santa por tantas partes? Pues el Señor Don Alfonso, hijo del Señor Rey Don Enrique n el Grande, Señor de la Casa de Noroña, por adopción de Pedro Álvarez de Asturias (prosapia ilustrísima y en nuestra antigua voz, grande alcuña de Vuestra Senoría, la Casa de Noroña), fue nieto del Señor Rey Don Alfonso el Onceno y bisnieto del Señor Rey Don Fernando, que llama el Emplazado el vulgo, y de Doña Constanza, hija del Rey Don Dionís de Portugal y de esta gran Santa, habiendo sido su mujer de el Señor Don Alonso, hija del Rey Don Fernando de Portugal, segundo nieto del Rey Don Alonso y tercero del Rey Don Dionís y de nuestra Santa y Serenísima Reina. Conque, de una y otra línea se halla Vuestra Señoría (como de una fuente y otra originales del Paraíso se ve, no soberbio, caudalísimo sí, el Jordán) heredado de sangre real, de virtudes canonizadas. Que si bien el resplandor de los progenitores nunca ilustró los descuidos, sino para salir más (¡Oh, si conociesen esta verdad tantos como deben a su luz su mayor descrédito!) no se le puede negar que hace más de día el valor. Queda ahora por averiguar si tan majestuosa ascendencia, árbol tan esclarecido y real, ha parado estérilmente en Vuestra Señoría, en el descuido, o, con eminencia fecunda de acciones y esperanzas, en frutos gloriosos, si es retrato Vuestra Señoría en pincel de sus padres, por descendiente o imagen viva, por hijo, en especial de su padre Don Alonso de Noroña, cuyo valor y méritos en un orbe y otro, siendo tan sustanciales en sí, parecen aire en no dejar en alguna parte vacío. Contra las leyes rigurosas de la dedicación quieren que sean las alabanzas de estas cartas o prescripciones los puntuales de la erudición. Mas yo veo las de los más doctos hombres tan poco atenta a esta ley, o tan dispensadas de ella, que más que la ley, parece ley la dispensación. Fuera de que yo no alabo, sino examino. Si de esta inquisición resultare la alabanza, será fuerza generosa de la verdad, no sea servidumbre de la lisonja.

Tolere, pues, Vuestra Señoría este examen, seguro que no podrán errar la verdad, ni en mí la ignorancia, ni en los demás la envidia, que casi le sirve a Vuestra Señoría, no sólo de lustre, sino de obediencia. Y con esto, parece que no son ya leones solos (aunque imperiales fieras y trabajos coronados de Alcides) los que Vuestra Señoría mata a lanzadas, como esas arenas de África son numerosos testigos, sino hidras y sierpes de veneno tan vivazmente mortal, que halla en las heridas la fecundidad para las cabezas. El fuego, empero, de la virtud, en manos de los verdaderos Hércules, no sólo enjuga la sangre, las vidas de estos monstruos restaña. Si hubiera sido de ellos la sierpe a quien en esos parajes sacó la lengua el gran Guzmán de San Lúcar, no molestaran tantos los buenos. Mas, donde hay espadas que cortan lenguas, hay manos que las afilan. Pero muy gigante nombre a un vicio que le pareció tan de los muchachos a alguna pluma canónica. Cigarras las llamó una y otra erudición, y que no servía el quererles quebrar las alas, sino de hacer su estruendo (que ellas piensan que es su canto) más importuno. Moscas no asqueó llamarlas la cultura, por infamarlas, y me empeñara yo a que estos torpes e importunos partos de la corrupción se han de alejar levemente con la mano, como lo hacía el otro docto ocupado: no apretar cuidadosamente con el estilo, como se ocupaba el otro príncipe ocioso. Que las plumas con las moscas, y a más en nuestros términos, son para aventar, no para escribir. No sé cómo he interrumpido el examen que llevaba, con embarazarme en la envidia. Debe de ser que he querido tomar, como el más sospechoso, este testigo el primero. Mas él, y los demás, con aclamación conteste, confiesan en Vuestra Señoría la disposición gentil (antigua llama de imperios) y airosa, que llamábamos antes talle, arte ahora, quizá porque en los más aun aquesto es arte. Una alma espirituosa, flamante con tan extraña emulación en sus mismas luces, que no se atreven los ojos a mirar alguna, porque es mayor la que dejan siempre. La liberalidad testifican perpetuas mercedes, el gobierno la paz, la fortaleza o valentía la guerra, y ésta hacen gloriosa los miedos africanos desde el primer día, los despojos de sus victorias hasta el último. El ingenio, las noticias, el seso (méritos y mayor aparato que el con que se dan por entendidos otros de que lo son) no los celebran adulaciones o respetos corteses: verdaderas estimaciones (entre irrefragable autoridad de experiencias continuas) lo protestan, si ellos mismos se califican. Con esto, confieso a Vuestra Señoría esta ofensa, que llegué a dudar cómo se componía con estas partes el ser tan honrador de los inferiores, tan buen amigo de los iguales, y tan seguro caballero con todos. Porque ya se llama Norte el viento que intenta zozobrar los navíos, siendo nombre de la luz que había de guiarlos; y hay Mercurios humanos que abrigan los escorpiones contra las águilas de Júpiter: desatención perniciosa (no le llamemos cuidado) que a menos deidad solía suceder en los emblemas. El punto de los amigos quédese en esa voz invisible, escondido entre el silencio, porque está tan estéril de ellos el siglo que, con sólo tocar en la obligación, les dolerá los más en la ofensa. Salí, empero, de este escrúpulo, con hallar a Vuestra Señoría tan buen cristiano como Señor: en una palabra lo encarecí. Con que todo el amparo que en Vuestra Señoría halla la virtud, todas las finezas de su proceder y costumbres, no son méritos solamente en Vuestra Señoría, sino deudas. Pues, con este empeño, heredan los Señores la fortuna y naturaleza en que los diferenció el Cielo de los demás.

Ésta es la información que, ausente y apresurado, bien que cándido y verdadero, he podido hacer de Vuestra Señoría. Perdónemela su singular modestia, que la satisfacción pública de todos me la llegará a agradecer. Y llegue ya Vuestra Señoría, que es tiempo, a leer los discursos que pude formar (en el poco que tuve) para gloria de Dios, servicio de esta Santa Reina y de su reino, de cuyas armas y letras siempe viví afectuoso estimador. Fuerza será descubrir Vuestra Señoría errores, como tan entendido; mas no tengo por menos fuerza que volverá a cubrirlos, como tan Señor.

Guarde Nuestro Señor a Vuestra Señoría como deseo.

En Madrid, a primero de agosto de mil seiscientos veinte y cinco.

Fray Hortensio Félix Paravicino.


Sermón de Santa Isabel

Ya que por obediente no cante victorias (con ser promesa del Espíritu Santo antigua), a lo menos, por desconfiado, si no por temeroso, no debo ser aplauso de ruinas, siendo mayor en mí el conocimiento de mi insuficiencia que el de la edad, el uso y la dignidad de mi oficio parece que pedían. Hoy hace ocho días que en el Santo y Real Monasterio de las Descalzas (con tan poca prevención como la del día antes) prediqué a esta gloriosa solemnidad y dije lo que mi cortedad alcanzó de la Serenísima Santa, ínclita Reina y singular Corona de Portugal, Isabel, mujer del Rey Don Dionisio, natural Señora de aquel breve pero ninguno más glorioso imperio, altivo clima en ingenios y alientos, en letras y armas digo, que desde el Poniente del mundo llegaron a desafiarle, o antes a vencerle en sus aceros la luz del sol, siendo sus prodigiosas hazañas las primeras que a la verdad le quitaron el parecerlo. Hija de Don Pedro el Tercero, noveno Rey de Aragón, y de Doña Constanza su mujer, hija de Manfredo, Rey de Sicilia, nieta de Federico segundo, Emperador de Alemania, en la miseria humana, divina origen. Hoy, con poca más prevención y con mayores dificultades, vuelvo a hablar, en lugar tan grande y a Corona tanta, de la misma Serenísima Reina, Ilustrísima Santa, Divina Predecesora de nuestro Católico Príncipe, Rey y dueño natural, cuya augustísima sangre, al cabo ya de trescientos años reconoce la presencia canonizada de su ascendiente gloriosa con fervientes demostraciones. Grande, hermoso, es el asunto, fértil la materia. Mas, nunca pesos grandes ayudaron flacos hombros, ni resoluciones honradas salieron dichosas siempre. No es cobardía reconocer el peligro; presumir sobre las fuerzas, temeridad. Pero obedecer en el mayor riesgo, siempre será gloria.

La de nuestra Serenísima Reina comienza la Iglesia, que hoy la venera en el número de los Santos, por un texto del Evangelio de San Mateo. En él, Jesucristo nuestro Señor, previniendo a sus discípulos que quien tiene orejas de oír, oiga (que el que las tiene de escuchar, no oye sino calumnia), les dice que es su Evangelio cristiana y buena nueva de un tesoro. Nombre es éste de precio (no sé cómo le hacemos de esta verdad tan poco), y éste, escondido, que pide cuidado; y los acasos no son valor. En un campo, no en las ciudades, menos en las cortes, y, por la consecuencia, en los palacios menos. Halló, dice, este tesoro un hombre y escondióle. ¿Para qué? Que no son los bienes del Cielo caudal de la envidia o trabajo del codicioso, como los de la tierra, que no parece que tengo yo lo que no le quito a otro. Callólo, quiere decir, y viviendo entre hombres, bien hizo, que no pueden sufrir los concursos un hombre singularmente beneficiado, aunque sea de Dios. Pues ¿qué de la ventura? Fuera de que era bien proprio, fue natural esconderlo. Si fuera bien ajeno, él lo publicara. Fue tanto, dice Jesucristo, el gozo de este hombre, que dio cuanto tenía para comprar la heredad. Gran tesoro, fieles, el que aun antes de asegurado él, asegura el ánimo así. No así los bienes humanos que, esperados inquietan, poseídos congojan, perdidos matan. Todo cuanto tenía vendió por una verdad: ahora todo se compra por una mentira. Ya no hay quien venda su hacienda por nadie, sino quien por tenerla venda a los otros. Parécese también, dice nuestro Redentor, la doctrina de su Evangelio la profesión de un hombre de negocios, o tratante en piedras, que reconociendo una margarita preciosa (un diamante rico, dijéramos ahora, bruto), dio, por comprarle, su hacienda. Ya no hay hombres de negocios: de su negocio es gran hombre cada uno. Lo de los diamantes es verdad, mas no son piedras que dan luz a la virtud, piedras en que da de ojos más de una honra, sí. A estas dos cosas dice Cristo que se parece la profesión del cristiano, pero la Iglesia, de ellos, a una red y a un lance echado en que saca el pescador a la playa y variedad de pescados: los buenos aparta para vianda, los ruines y de linaje de culebras se deja en la arena entre las horruras. Así será, dice, el día del juicio: que los ángeles apartarán los buenos de los malos, aquéllos a la mesa, éstos al fuego. Tan mezclados andamos todos que es menester un día de Juicio y un ángel, para saber quién es cada uno.

¿Habéis entendido esto? dice Jesucristo (que también fue la suma Sabiduría pescador a quien achacaban que no le entendían). Sí, dijeron ellos. Los apóstoles cándidamente procedían con Cristo. Los Fariseos no. Pero bendito sea Dios, que los que revientan de entendidos algún día se confiesan de entendedores: será para notar algo. Que es muy de cortos de vista preciarse de que ven en oscureciendo. Yo leo de noche, dice el otro, y no hay hora de luz a que sepa leer. Parece a la agudeza de las lechuzas, que de noche dicen que le ven los átomos y de día no saben sino hacerle gestos al sol. Así, acaba Cristo, ha de ser un predicador docto en sus obligaciones: valerse de cosas antiguas y nuevas, de uno y otro Testamento, de una y otra Comparación, para calificar su doctrina. Que buscar y aun hallar las cosas, tal vez le sucede a un bárbaro, dijo alguna erudición celebrada; escogerlas, apartarlas, saberlas decir, nunca fue sino de juicio grande. Bárbaro yo, he hallado dos tesoros hoy en el Evangelio de San Mateo y en la canonización de Santa Isabel. Para escoger, apartar, decir, no me basta la corta vista de la naturaleza, menester he la luz de la gracia. Si es Cristo sol que la da, María es aurora que la previene. Pidámosle nosotros su intercesión, con que lograremos los tesoros, la luz y el día. Ave Maria.

Simile est Regnum Coelorum
thesauro abscondito in agro.

Mat. cap. 13.                





- I -

Porfiar (Sacra, Cesárea, Real Majestad), porfiar no es seso, ni aun ingenio tampoco: no suele ser sino ignorancia y, cuando menos, es condición. Porque si no tengo razón, debo ceder a quien la tuviere; y si la tengo, componerme con mi razón, que no hay razón que no sea victoria. Cuanto se sabe es opinable. No hay sol de julio que no levante alguna nubecilla; aun suele ser polvareda. ¿Pues hase de poner con ella el sol a porfiar si es de día? Esta doctrina, que en los particulares es verdadera, en los soberanos es ejemplar. Porque siendo su poder el mayor, si por porfía obrasen, no sería la razón, sino la fuerza, la que pudiese más siempre. Y en materia de razón, obrar la fuerza no es valentía de la prudencia, sino temeridad del antojo. Y si se comenzase la porfía sobre daño ajeno (como suele siempre ser), es más odioso el error. Porque hacer tema de la inconsideración que suele comenzar los mayores desaciertos, no es honra de la justicia, sino agravio de la verdad. No es capaz de mudanzas Dios, por Dios y por sabio, y en orden a nosotros, muestra cada día mudar intentos: tanto, que llega a decir Tertuliano que era el primero que había consagrado el arrepentirse: Jam inde in semetipso poenitentiam dedicavit. Determinóse acabar el mundo, y guardó en una arca o urca reliquias en el agua, de que volver a fecundar la tierra, probando su soledad en la especie de la imagen misma que había borrado el número. Envió a Jonás, estruendoso predicador (¡Ah, qué tendría de batallas!) a la sentencia última de Nínive; y al primer memorial que humedeció el llanto, si no formó la tinta, la revoca. Juró de no dejar su espíritu en el hombre, y atóle alguna vez de manera a su humanidad en su Encarnación, que a un lazo formado en tiempo, toda la eternidad no podrá desatarle el nudo. Por Oseas ofreció, sentido del tesón villano del hombre, no entrar en ciudades suyas: y llegó algún día hasta la casa de un pobre carpintero a pedir a su mujer (¡y cómo os llamo yo así, singularísima Virgen!) si quería ser su Madre. Es muy grande Dios. Es muy sabio, sobre amoroso. Ve el natural grosero del hombre tan recio en sus empeños: ¿qué ha de hacer? ¿Hacer el intento porfía? ¿El gobierno tema? Nequaquam ultra maledicam terrae propter homines, dijo una vez, desazonado de sus rigores mismos en el naufragio universal del mundo: No castigaré más la tierra por los hombres. No quiere decir sólo lo que comúnmente se dice: que eso era muy cierto. Sentimiento fue de David, no sé si acción real, maldecir los montes de Gilboa porque mataron a Saúl entre ellos. Al adulador sanguinolento (que tales suelen siempre ser estas torpes avispas que con mentido susurro de abejas señalan honras), al que infamó cobardemente o, por decir mejor, infamemente acobardó el estoque en un príncipe tendido y vino a pedir albricias del sacrilegio, gloriosa acción fue hacerle pasar por las alabardas. Pero llover un rey maldiciones sobre el ceño de los montes (que les sirvió de caso natural de testación de la rota miserable), más parecieron rayos de nube que no de sol. No quiere decir, pues, no castigaré la tierra por los hombres, sino por los hombres no haré mal a la tierra. Como si dijera: sé lo que son hombres. Si a cada ofensa desembarazo un castigo, me habré de quedar sin hombres y sin armas, que no son diluvios para cada día, que tal era el caso para un ministro sangriento. No sólo anegara con las aguas la tierra, con el fuego enjugara el mar. Gobiernos porfiados tocan derechamente en violentos. La clemencia prudente, aun en lo justo, muda pareceres y templa eficacias, si descubre conveniencias. ¡Oh, que es honra de la justicia! Lo mejor es honra siempre. Bona ista levitas, dijo cuerdamente Tertuliano, quae ad meliora ducit. No es liviandad mejorar las materias, porfiar en las erradas, sí. Dice otro mayor africano, si no mayor que todos, Agustino, que fue el encarnar Dios no más de mudar parecer. ¿No lo oís? ¡Rara cosa! Tan sutil la juzgo, que se le huye al crédito. ¿Mudar parecer fue el encarnar Dios? Pues ¿sabemos de Dios más deseada cosa que ser hombre? ¿Entre las luces severas de su divinidad no centellearon estas ternuras siempre? ¿El criar el mundo no fue con ese fin? ¿El escoger pueblo, no fue prevenir linaje? ¿El prevenir linaje, no fue disponer de Madre? ¿A qué amigo no lo dijo? ¿Qué profeta no lo enseñó? Ahora mirad, dice el gran Padre: ¿Con qué fin crió Dios al hombre? Con que se le pareciese. Él lo dijo: Faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram. ¿Y se le parece? ¿Vos no lo veis? Acabada de salir de las manos de Dios la imagen, la borró toda Satanás: y de lo más parecido del retrato (como hondamente lo miró San Jerónimo) se sirve de imprimación en que cada día no sólo da golpes de pincel con sus antojos, sino muda con los vicios copias enteras. ¿Pues qué haría Dios en esta ocasión? Un gran pintor, por modesto que fuese, haría pedazos el lienzo suyo en que otro metió color o puso pincel, cuanto y más alteró figuras. Pues él, viendo que no se le acababa de parecer el hombre, quiso parecerse a él. No te puedo acabar que te me parezcas: quiero yo parecerme a ti. Mudemos de parecer para tu provecho: Vice versa (dice el grande Agustino) factus est Deus ad imaginem hominis. Haciendo el apóstol fe, lo que en San Agustín era piedad y agudeza: In similitudinem hominum factus. No fuérades Vos, Señor, no hiciérades eso. ¿Deseáis vuestra majestad o mi bien? ¿De mi bien hacéis vuestra majestad? ¿No veis, fieles, cómo la mayor obra de Dios, que fue encarnar y venir al mundo a publicar su Evangelio, en mudar parecer estuvo? Pues en eso mismo parece que estriba hoy la doctrina de él.

¿Qué ha sido siempre el enseñamiento cristiano? Dejarlo todo, huir el peso a los bienes, el peligro a las haciendas. ¿Pues, cómo, predicando Cristo una vez dijo a voz: Facite vobis sacculos, qui non veterascunt, haced talegos que no se rompan? (¡Qué voz para Palacio!) Pues, Señor, ¿qué más podíades decir a un alcabalero o a un cobrador de millones? ¿Así acusáis los deseos? ¿Así curáis los achaques? ¿Qué tienen que ver los cuchillos aquella noche y talegos este día? ¿Es posible que en vuestra boca se dan las manos tan encontradas doctrinas? No es mía la ponderación: San Pedro Crisólogo lo dijo de modo que la relación hace miedo. Basta, dice el Santo, que hasta Dios muestra que el tener es necesario: y muda tan duramente de parecer que el que había comenzado a persuadir desprecios, ahora sale con enseñar avaricias: Ecce avaritiam docet, qui coepit persuadere contemptum. Es así, fieles, que muda de parecer en orden a nosotros. Y como ve que no hay quitar el corazón del hombre de la hacienda, dale la hacienda, por llevarle el corazón. Es verdad que es mejor hacienda; pero no lo deja de ser por eso, antes por eso lo es. Había predicado pobreza, renunciación, dejarlo todo: no lo acaba de conseguir. Muda intento y predica hoy tesoros, margaritas, diamantes: hasta obligado de pescados se hace y está entre los playeros al sacar del lance, al desvolver de la red: Simile est Regnum Coelorum. Y lo mismo sucede admirablemente en nuestra solemnidad. Que si en la última canonización que habíamos visto de Santos españoles, hizo alarde de pobres humildes religiosos que conforme al un parecer lo habían dejado todo, también le hace ahora de Grandes, de Reinas, a quien todo debe servir conforme al segundo intento.

En el primero lleva la bandera Ignacio, Capitán y compañero suyo, que el sol de su nombre que lleva en las manos tantos rayos, tanta luz, tantas noticias despide al mundo, que no parecen nubes sus hijos, ni arreboles solos sus casas, sino rientes todos de la doctrina y de la verdad. Sea dicho sin ofensa de las otras religiones que por tantas causas respeto. Síguesele un soldado que de los hombros arriba parece que excede los hombres todos: valeroso Francisco, que si no recibió las heridas seráficas de aquel Cristo mío de sayal, supremo ángel en carne, en pie y manos, todas las flechas del amor en lugar de la lanza admitió en el pecho, no aljaba sola viviente de plumas, sino un volcán a las puntas divinamente inflamado que el incendio espiritual a que vino Dios al mundo dilató apostólico, prendió eficaz, en la India. Una Teresa de Jesús, también, si no de su Compañía en el hábito, de ella misma en el amor: que no sólo apostó en España asperezas al Carmelo, sino que heredó multiplicado el espíritu, si más cortó el manto de su Maestro Elías, para religiosa sombra de tantos Eliseos. Un Isidro, divino labrador mío, hijo de vecino nuestro, amiga Patria Madrid, que si su celo no dividió con propria capa las ondas de Manzanares, sus celos a lo menos hicieron que el manto de su mujer le fuese barco en las aguas, que interesadas de besar su pureza, no acertaban a dividirse, medrosas de apartarse, generoso villano que cargó a la hidalguía de los ángeles la maldición de los hombres benditamente, haciéndolos labrar mientras él oía misa (que era la ocupación de ellos) los campos de los Varga dichosos, las manos a la esteva, al sudor las frentes. Con la ardiente espada en la mano, miraba el querubín desde la puerta del Paraíso que perdió Eva, romper a Adán la tierra. Suelte la cuchilla y asga de la reja: que desde la puerta de la iglesia de Santa María, le está mirando Isidro. Éste fue el primer intento de Dios en sus santos pobres.

El segundo, en los poderosos, vimos el año pasado, en la beatificación del Santo Francisco de Borja, milagroso fénix de las cenizas de alguna Isabel, reina nuestra. Y digo, con novedad, milagroso: pues esotro creído renace de sus cenizas, éste, experimentado de las ajenas, sagrado despreciador de los aparatos del mundo, victoria del ayuno, despojo de la humildad, triunfo de la religión, progenitor glorioso de tanta nobleza nuestra, ejemplo tan necesario como lustroso a los Grandes, que por el tesoro de la gracia vendió estados de naturaleza y fortuna.

Y hoy, finalmente, nos ostenta Cristo canonizada, no la ceniza, sino la incorruptibilidad de otra Isabel, reina nuestra. Nuestra, digo, que Portugueses y Castellanos, Españoles somos todos. ¿Qué cosmógrafo, envidioso de unas y otras armas, y de unos y otros ingenios, nos dividió? Dichosa desgracia digna de llanto y de gozo la que en tan majestuoso lazo coronó ambos pueblos. Perdóname, valeroso Príncipe, que borrar quisiera con lágrimas, y no ofender con consuelos la sangre tuya que mancha valerosa, si calificó real, las arenas de África. Reina, pues, Isabel, que enseñó a las religiosas, y religiosa que enseñó a las reinas, santidad que mostró al mundo que en la cumbre del imperio hiere tal vez el sol de la gracia primero que en los valles, ya que el natural siempre favorece los montes; que tesoros, grandezas, reinos, sirven también para allá. ¡Bendito seáis Vos, Señor, que para tanta gloria de vuestro nombre, para tanto bien de nuestras miserias, así mudáis pareceres, siendo incapaz de mudanza vuestro ser, como vuestra ciencia de novedad. Y habiéndonos obligado a pobrezas siempre, nos representáis hoy tesoros: si ya no es el tesoro del Evangelio, la margarita Isabel, como la red toda la Iglesia entera, que es entero el Sagrado texto de hoy: Simile est thesauro abscondito; simile est homini negotiatori; simile est sagenae missae in mare.




- II -

Diréisme, empero, que ésta es paradoja, como otras mías, pues vemos que Santa Isabel de tal manera fue Reina que dejó cuantos aparatos eran de tal: la corona de Portugal por el velo de Santa Clara; los tabíes, espolines y lamas de Milán por los sayales, jerga, sacos de Francisco; las mesas reales por los ayunos religiosos; los saraos por la labor; las mercedes por las limosnas; los jardines por la oración. Y que aun el mismo Evangelio dice que para gozar este tesoro ha de vender cuanto tiene un hombre; que así lo hizo también el Santo Duque. Luego no nos enseñan tesoros, ni reinos, sino todo nos lo quitan. La verdad es, fieles, lo que os predico: lo demás lo parece, mas no lo es. Y esta respuesta es la sutil y espiritual, como se debe al omnia de nuestro Evangelio: que vendáis todas las cosas, porque, a la verdad, todas las cosas de acá son nada, y Dios anda porque vos tengáis mucho. Pero llamélo así, porque vos lo llamáis, no porque lo sea. Lugar valiente en San Juan: ya os acordáis que él y su hermano pidieron a Jesucristo las sillas de ambos lados, petición que escandalizó el Colegio todo por grande, y que ha menester cada día disculpas por ambiciosa; que quererse alzar con todo, aun a los muy grandes no lo sufren los menores. Y así los que en mares humanos se ven demasiadamente lisonjeados de la fortuna, cuando pueden templar la gallardía del viento, humildes tasan el seno de las velas cuerdos y contra los alientos del lino se asen del peso del lastre. Más en romace: se escusan, se templan, se recatan de su poder. La madre, que no era deseosa, aunque era la interesada, no le pareció tan gran cosa; así no lo llamó todo, sino algo: aliquid. Que es muy poco, fieles, el poder del mayor, si no fuese el deseo de los menores tanto. ¿Queréis los quejosos de la fortuna (que ya suele ser vicio más que desgracia) vengaros honradamente de un poderoso? Pues ahorrad vos de deseos y veréis cuánto le quitáis de poder. Mas el dolor es que acusáis la felicidad cuando vos la estáis procurando. Pero no descanso aquí, ni hemos llegado al nervio del lugar. Oíd a nuestro Redentor la noche última, sobremesa, que animando el desmayo de sus discípulos a que le pidiesen algo, les dice: Usque modo non petistis quidquam. Hasta ahora no me habéis pedido nada: pedidme algo. Pues, Señor, no os dejan lugar, ni donde extender el brazo, pidiéndoos un lado y otro. Habláislo Vos desabrido: escandalízanse los demás, ¿y ahora salís con que no os han pedido nada? No os debéis Vos de acordar. Sí, acuerda, fieles; pero como no le han pedido nada de la otra vida, aunque de ésta fuese todo, él lo juzga como nada: In tantae rei comparatione (dijo Agustino): Quidquid aliud concupiscitur nil est. Nunca me habéis pedido nada; pedid algo que sea mucho. Que pedir algo que es nada, no es pedir vuestro, ni a mí. ¿Qué mucho es, pues, venderlo todo, si todo es nada? Por un tesoro tal, por una piedra tan rica, dichoso lance es.

Y no es menester acercarnos tanto al Evangelio. Abraham, Isaac, Jacob, que aun no alcanzaron sino promesas de tierra, lo juzgaron así. Pues dice San Pablo que murieron estos grandes Padres en su buena fe, no recibiendo las promesas que Dios les había hecho, sino viendo la tierra de lejos, saludándola y confesando que eran peregrinos en ella. ¿Cómo es esto, dice San Juan Crisóstomo, que Abraham no recibió la promesa, si dice el mismo Texto que bajó a Palestina? ¡Oh, que no era ésa, responde, la tierra que esperara, que no era promesa para que Dios la hiciese; que todo lo humano es nada: Venit quidem in Palestinam, non hanc autem spectabat, sed aliam quam desideraverat in Coelis. De suerte que la misma tierra que Dios promete, dice San Pablo que entrar en ella es recibirla, porque es nada lo que se recibe, al que del Cielo lo esperaba todo.

¡Oh, peregrino ejemplo de esta verdad, Isabel! Pues el verano siguiente, a la muerte de su marido el Rey Don Dionisio, fue en peregrinación a Santiago a cuyo templo ofreció dones verdaderamente reales, y donde recibió de su Arzobispo una alforjuela y un báculo, dádivas propiamente peregrinas. ¿Qué quiere esta Santa de Dios? ¿No la hizo biznieta de un Emperador de Alemania? ¿Nieta de un Rey de Sicilia y de otro de Aragón? (Y ¿qué tal el Santo Jaime Conquistador?) ¿No es hija de otro, heredero de él? ¿Mujer de otro de Portugal? ¿Qué más tesoro? ¿Qué más reino? Quiere el del Cielo: los de la tierra no los da por recibidos, y se va a peregrinar y a confesar a voces que no se da por heredada en promesas de tierra, y que con Abraham, Isaac y Jacob se confiesa huésped y peregrina en el mundo: Quia hospites et peregrini sunt super terram. El báculo y la alforjuela del Arzobispo, sí, da por recibidas, para decirle, como Jacob a Dios: In baculo meo transivi Jordanem. Este Jordán de los bienes humanos que Satanás espera beberse (como Job dijo), en este báculo le pasé. Del cetro supe hacer báculo, que otros de los báculos hacen cetros. Pero más Jacob nos queda. Al morir, ¿no dice la Escritura que recogió los pies, siendo tan natural extenderlos cuantos expiran? Pues San Ambrosio reparó delgadamente que fue hacer ademán de apartarse de la tierra con el ánimo, cuando más le había de igualar la muerte con ella. ¡Válgaos Dios, poderosos! que aun en la muerte no sabéis mostrar que dejáis con gusto la tierra, siendo fuerza el dejarla. Yo, discípulo de Ambrosio, humilde, ponderaba el amago de caminar, que para haber de levantarse el que está echado en la cama el ademán natural es recoger los pies y saltar de ella, como del que no se quiere levantar es extenderlos. Había sido Jacob huésped del mundo toda la vida, sirviéndole la usura de la luz de una resignada peregrinación. No quiso morir en ademán de quedar gustoso con ella, sino como de quien se levantaba para dejarla. E ilustra mi pensamiento divinamente la pluma de San Ambrosio, ponderando el haber mandado Jacob a su hijo que llevase sus huesos al sepulcro de sus mayores: Ut post mortem etiam peregrinaret. Porque aún después de muerto quiso peregrinar en el mundo.

¡Prodigioso caso, fieles, y sobre la fe humana! De sesenta y cuatro años volvió segunda vez una Reina a pie, con el envoltorillo de la ropa blanca al hombro tantas leguas de Santiago. ¡Oh, peregrina mujer! ¡Reina peregrina! ¡Muda excomunión de sillas y de coches! Tan huésped viviste de tu reino como de un mesón. Bien recogiste los pies para caminar al morir, pues en aquel mismo año fue. Y al fin también saliste de Coimbra para morir a Estremoz, donde fue tu dichoso tránsito. Que aunque barros todos los humanos, búcaro de Estremoz habías de ser tú. De esa misma tierra fue el rey primero Adán, y tú vienes a acabar en la hermosura de donde comenzó él. Ni pase por menudencia esta ponderación: que Adán, eso quiere decir en la lengua santa. Entre muchos ejemplos, baste el de David: Vos autem sicut homines moriemini. Del hebreo rubricati, aut miniati, y explicóse: Et sicut unus de Principibus cadetis. Por más príncipes que seáis, dados de tierra roja de carmín o arrebol, moriréis. Y en la erudición profana saben, o deben saber, los curiosos de ella la veneración supersticiosa de dar colores a sus dioses, la imitación que tomaron de ella los triunfadores de ellos los príncipes para ser a sus pueblos gratos. ¿Y adónde quieren que haya mirado el otro gran latino: Quem vidimus ipsi sanguineis ebuli baccis minioque rubentem? ¡Feliz el príncipe a quien exentó la naturaleza de atención supersticiosa o afeminada; antes, con nativa viveza le encomendó al triunfo de sus enemigos y al amor de sus vasallos!

En Estremoz, pues, patria de barros hermosos y tierra roja como carmín, fue a morir nuestra triunfante Reina, peregrinando como Jacob. Pues, porque no le faltase ni esa circunstancia, mandó llevar su cuerpo, sus huesos no (que al edificio mortal de carne tan pura era poco gusano el tiempo), su cuerpo, digo, a Santa Clara de Coimbra, para mostrar que de su propria patria, que es la tierra de los muertos, era peregrina. Que su alma, claro estaba que era peregrina de ella y que sola la tierra celestial de los vivos había de reconocer por su patria. No es color éste del arte, fuerza es de la verdad. Pues, habiendo de Estremoz a Coimbra ciento y veinte y ocho mil pasos (si ya algún correo desatentamente calumniador no me acusa), los calores del julio tan ardientes que aun los vivos pudieran temer la muerte, cuanto y más los muertos la corrupción, se trataba de dejar el cuerpo santo en San Francisco de Estremoz, o en la iglesia mayor de Évora, que distaba menos. Magnánimo creyente, su hijo Alfonso no quiso frustrar en nada la voluntad de su madre, y mandó llevar a Coimbra el cuerpo. Siete días tardaron en el camino. No tardó el mundo más en orlarse, y se deshacen más presto que se fabrican las cosas. El concurso era justamente grande; los movimientos del ataúd, ya a la veneración, ya a la resistencia, forzosos; diligencias todas opuestas a la incorruptibilidad, sobornos antes de la corrupción. Pero estuvo tan lejos de ceder el cadáver santo que la fragrancia alentaba a todos. ¿Qué sé yo si volvió, si no el Jordán, el julio atrás, a volverse de la luz? ¿Si le mudó el ataúd la cabecera tiempo, y por asegurar el estío, asió de la primavera? Pareció que había recogido la fénix Isabel los aromas que había prohibido; y en aquella Arabia dichosa de Portugal, en el nido del ataúd, en el poniente portátil de la caja, había abreviado, si no el milagro de la resurrección, la llama fiel, el oriente agradecido de los olores.

¿Mas, qué mucho que, muerta, no se corrompa la que desde la oficina de la corrupción, como es el sepulcro o el ataúd, ahuyenta de los vivos las corrupciones, sin poderlas llegar a ver? David lo dijo de Cristo: Nec dabis sanctuum tuum videre corruptionem. No le dejarás a tu Santo ver la corrupción. No se corromperá, quiso decir sólo. Pero Isabel, no sólo no la padece en sí, pero ni en otros la puede ver. Así sucedió, acabado de llegar el alegre entierro en Coimbra, que una religiosa de Santa Clara, natural de Évora, padecía el mal de noli me tangere que llaman, en la boca, cuyo pestilente cáncer se la iba toda comiendo entre dolorosos gritos de la paciente y penosa inquietud de las demás religiosas. Llegó ésta con ardor sediento a tocar el ataúd, imprimió los labios feamente cancerados en la madera, besó la caja o el relicario. No pudo sufrir la muerta la vecindad de la corrupción: sanó la boca, restituyó dientes y labios y aseguró la salud. Al acercarse el cadáver santo de Jesucristo a la tierra (si se puede dar este nombre de cuerpo muerto al que la divinidad, aunque escondida, no desamparaba), la tierra toda se estremeció y, abriendo las sepulturas, arrojó las cenizas que recibió la vida, resucitando muchos cuerpos de santos en aquel punto. Que a la vecindad de la vida no podía esperar quieta la corrupción: las venas se alteraron, la muerte huyó. Así parece que aun en medio del ataúd, ni el cuerpo de Isabel sufrió vecindad de corrupción, ni al eco de cadáver tan limpio se atrevió a esperar el cáncer. Levanta la monja la voz, con ella la gente toda, alabando a Dios por maravilla tan grande.

¿Qué maravilla, fieles, si la levantó Tertuliano, cuando la otra sirofenisa quedó sana de haberle llegado al vestido a Cristo y dijo: O Deum non natura, sed aemulatione beneficum? Que ya no parecían milagros de condición sino de porfía: que para hacer bien es bueno porfiar solamente. ¿No aguardárades, Señor, a que la tocara vuestra mano? ¿A que ella os besara los pies? ¿De los vestidos se os caen los milagros? Era feo el mal, no convenía llegar a Cristo, ni aun ponérsele a los ojos; así llegó a las espaldas y él parece que porfió a hacer este milagro que ella no se atrevió a pedir. No vio Cristo allí vivo la enfermedad torpe: pero Isabel, ni muerta, mira la corrupción. ¿Qué diremos, fieles, cuando vemos que, no sólo no tocó al cuerpo, ni a los vestidos el cáncer de esta mujer, sino que por los poros brutos de la madera que no pudiera contagiar el veneno, se trasminó la salud? O Elisabetham non natura, sed aemulatione beneficam! ¡No bienhechora de condición, sino de porfía! Tema parece aqueste milagro.

Con la sombra hizo milagros San Pedro, y no parecía en este lugar, quince días ha, que había hecho más que Cristo, que los hizo con la luz. Pero, al fin, era sombra de cuerpo vivo: tu ataúd es sombra de cuerpo muerto. Y siendo la muerte sombra de la vida, con la sombra de las sombras la das, para que, como dijo Job, aunque a otro caso, las sombras de la madera abriguen las sombras de su cadáver. Al fin, son los tuyos milagros de porfía. ¡Qué gran Dios, fieles, tenemos! ¡Qué seguramente libra el poder en los hombres! Pues muestran hacer sus santos mayores milagros que él, siendo él sólo el que hace milagros y que en ellos es milagroso, como dijo David una y otra vez.

Digo milagros, porque otro raro de porfía más declarada se probó en su canonización. Labrábase, después de ella muerta, en Santa Clara de Coimbra, un cuarto. Poníanse ya las vigas de los techos y estábalas clavando un carpintero que, mal atento él cuanto mal asentadas ellas, al hacer fuerza en el poner un clavo, se deslizó de donde estaba, y con él se derribaron todas las vigas sobrepuestas al suelo. Al precipitarse el miserable imploró el favor de la Santa Reina que en aquella casa, si viva se hospedó, aun muerta peregrinaba. No fue oído el ruego de orejas sordas: porque, no sólo al caer se halló el hombre sano, sino que con milagro debidamente exagerado por sumo, el maderamiento derribado, el carpintero que se despeñaba con él, volvió como eco vivo, con oculta fuerza, el aire arriba, restituyéndole el precipicio al mismo lugar de donde le había derribado. Ni él solo cobró su lugar: el lugar, que es nueva filosofía, cobró su lugar también. Volvieron, quiero decir, las vigas también arriba y se asentaron en el lugar mismo que estaban antes.

Poca pluma, menos voz, menos aliento es el mío del que pedía alegría tan pavorosa, tan alegre pavor como el de esta maravilla. Un ángel se despeñó una vez de los techos mismos del Cielo, y no sólo no volvió a subir, pero el mismo lugar se desató tras él, sin que jamás haya parecido: Neque locus inventus est amplius in Coelo. Aquí, del Cielo de Clara se despeña un hombre, y él y el lugar los vuelve arriba Isabel. Ya salió alguna vez de las aguas el hierro a formar la azada con el astil que se le quedó en la mano al discípulo de Eliseo, pero si no salía de la agua no se podía hacer el milagro. Ya tal vez destechó la caridad la casa de un hombre tullido, y por la vigas se le arrojaron entre unas sogas a Cristo que estaba en el suelo, para que lo sanase, pero no daba lugar la muchedumbre a otro género de contacto. Mas, que bastando para el milagro caer el carpintero sano, porfíe Isabel a que el carpintero precipitado ha de volver arriba, y no él solo, sino el lugar, el enmaderamiento también, y que, ni en el hombre ha de haber señal de daño, ni en los techos de ruina, ni el aire se ha de dar por entendido del estruendo, ni la tierra de la caída: ya esto no es hacer milagros, sino porfiar a hacerlos. Pues Eliseo aguardaba en las aguas, Jesucristo en el suelo. A Isabel han de obedecer el arte y la naturaleza por los aires. Ni una ave, natural vecino del aire, tan diestramente rebate, pues para ponerse eminente o superior a la prisión (que allá llaman repullar) le cuesta muchas puntas, una vez compuesta y calada a ella, no vuelve así, presta ni fácilmente, a la misma altura. Pues aunque fuera pelota, el primer brazo milagroso ha sido que ha vuelto como ha sacado, y aun la primera gracia real que ha restituido cuanto había privado. Porque de los techos de Palacio, no sólo no hay quien dé la mano al que cae, antes quien le dé del pie, porque caiga y ya caído, tenerle lástima será soberana clemencia. ¿Volverse el lugar de donde cayó? Ni la naturaleza ha acertado a volver la vista a los ciegos, ni la fortuna el puesto a los desvalidos. Porfía es santa y sola de Isabel ésa. No es mucho, pues, que quien tenía tanto poder del Cielo, peregrinase siempre en el mundo y que lo vendiese y despreciase todo por tesoro tal, como en sus virtudes esconde el Cielo: Simile est Regnum Coelorum.




- III -

Hallóle, pues, nuestra Santa Reina con el gozo de él, como dice hoy Jesucristo, lo despreció todo. ¿No reparáis en la palabra del Evangelio praegaudio? Pues merece vuestra atención: no la pido, sino agradézcola. Con el gozo del tesoro fue a vender lo que tenía, para comprar la tierra. Pues si no era suyo, ¿qué se gozaba de haberle hallado? Mayor cuidado debiera darle. Que un bien descubierto y no alcanzado, es un dolor de buen nombre, que se da en llamar esperanza, siendo miedo la mayor parte. La respuesta de la Escritura es que allí gozó, quiere decir deseó: y entra otra duda mortal. Si los deseos son cruz ¿quién los llamó gloria? Si son ansias de alcanzar, ¿cómo son gozos de haber alcanzado? Y esto tiene también en los espirituales fácil respuesta: que en los tesoros de Dios es tan alegre el deseo, que pasa a veces por posesión, siendo ésta una de las causas principales porque no nos debieran arrastrar loables bienes humanos nunca, verlos tan fuera de la jurisdicción del gozo siempre. ¿Siempre? Mucho apretar es. ¿Las más veces, vaya? No digo sino siempre.

Oíd a Agustino. Dos verdugos tiene continuos el ánimo humano, que si bien no tuercen ambos a un tiempo la cuerda, ninguno suelta de las manos el torcedor: Duo sunt tortores animae, non simul torquentes, sed cruciatum alternantes. En la pérdida, el agravio, el encuentro, siendo el dolor de casa, dobla el mal con el sentimiento. En la honra, en el gusto, en el buen suceso, como si fuera envidia de la ventura, el miedo roe las primeras muestras de la alegría, y así turba la posesión más deseada, que atendiendo a los discursos que os musaraña el temor, no sabéis adónde cae el gozo.

¡Oh, bienes humanos, qué achacosos sois! Si faltáis, dais dolor. Si venís, miedo. Decidlo, experimentados que hartos me oís. ¡Oh, bienes del Cielo, tesoro de la fe, margarita de la gracia, qué seguros estáis de todo, como escondidos! Bienes, al fin, como Agustino dijo: Qua nec dari possunt ab hominibus, nec auferri. No los pueden dar ni quitar los hombres. Notad las palabras de esta gran pluma, que tanto encierran de valor como de agudeza. Que no puedan quitar los hombres estos bienes, gran dicha es, porque con eso no peligrará su seguridad y, a un tiempo, se le romperán los cordeles al dolor y al miedo. Pero que no los puedan dar hombres, ¿qué ventura es? Grande, cierto, y de generosa nobleza, que a veces, por no recibir de algunas personas, fuera dicha no tener. Yo por gran trabajo tengo el haber de llegar a pedir a otro, pero siendo fuerza el padecer eso, os confieso que tendría a dicha con algunos, no tener efecto en la petición. Tal servidumbre inducen algunas obligaciones. Y la de algunas personas es tan indigna, que tendría por descuento de la vergüenza con que pedí, no el desaire (que no quiero darle este nombre), sino la libertad con que me deja el que me lo negó. ¡Ea, fieles, buscad este tesoro, solicitad esta margarita, diligenciad estos bienes que nos los dan ni los quitan hombres, ni se pueden perder, sino queriendo vos mismos!


Omne bonum mundo concretum et tempore partum
quacumque amitti conditione potest.
At bona, quae vere bona sunt, nec sine tenentur.
Semper habet quisquis, semper habere cupit.



Cuatro versos son de San Próspero, entre otros muchos que hizo: que muchos Santos hicieron muchos. Pero bueno es advertir esto, cuando la pluma misma de Dios nos los dejó, sobre sagrados, canónicos. Cuatro versos son, pues, de San Próspero, que si los quisiese ponderar el predicador de más verdadero y cándido espíritu, mereciera alabanza en su profesión. Su sentencia es: ¡Qué de achaques tienen los bienes mentirosos del mundo para perderse! ¡Y cuánta gloria es de los bienes del espíritu verdaderos tener en la propria voluntad asegurada la duración pues los tendréis siempre que quisiéredes tenerlos! Pues ¿hay dicha, fieles, como poder, no sólo ser artífice vos de vuestra fortuna, sino tener en vuestras manos su rueda, aun en lo natural, sin pender de que el ignorante envidioso os murmure, el lego presumido no os entienda, el señor desatento se os desiguale, el amigo más o menos noble, en más o menos veras, os salga falso, las más honradas obligaciones os mientan, cuidando de la obligación propria y no del sentir ajeno? Pues, en rigor, ni vuestra virtud peligra por la calumnia de otro, aunque el estado humano peligre, ni pende vuestro entendimiento, siendo él y la virtud la verdadera felicidad, de que el otro sienta o diga que no le tenéis. Digo, sienta o diga, porque no todo lo que se dice por la calumnia se siente por el crédito, si bien lo que se siente por la envidia se dice por el dolor. Preguntádselo en buena amistad a cualquiera que murmura y veréis cómo os lo confiesa. No sois vos entendido por lo que el otro entiende de vos, sino por lo que vos entendéis de las otras cosas y de él: y como tal debéis despreciar, con el valor que da la misma verdad, las acusaciones vulgares de la mentira. Bien así la luna con serena luz, más hidalga que el sol, pues a la mayor soledad y al menor aplauso del silencio, suele comunicarla a los humanos (ya que por haberla recibido de mayor planeta, se la quiso manchar alguna pluma latina, y se la llamó bastarda), desprecia los ladridos del can a quien molesta su resplandor y, con la generosa, si muda venganza de su desatención, castiga las ansias de su estruendo torpe. Torpe, digo, que envidioso. ¿Por qué? El latir a la luna, en una estrella pudo ser envidia, en un perro es enfermedad. ¡Oh, cuán a propósito de los Palacios puede ser esta doctrina! ¡Y cuánto importa para con Dios y los hombres hacer el tesoro escondido del caudal proprio! ¡Qué público suele ser, y granjear, no sólo consuelo, sino fortuna. ¿No os acordáis del caso deCarneades, cuando dio en Sicilia al través con el navío de los mercaderes y le escogieron por maestro de sus hijos los isleños, dando libertad por él a los prisioneros de aquel despojo? Preguntándole, pues, al partirse, qué les dirían a los amigos de la tierra de su parte, les respondió que enseñen a sus hijos negociación y trato, que aunque corran tormenta, no puedan perder el caudal. ¡Dichoso el que aprendió tan honrados y tan seguros negocios, que en la mayor fortuna de una corte, en la peligrosa borrasca de un palacio, asido a la tabla de su verdad, aunque le desnude la furia del enojo, le trabuque las ondas de la envidia, lleva en su cabeza su caudal, su puerto en su corazón!

Dicha fue ésta de Isabel, que en tan varias fortunas llegó a verse, no sólo constante, sino vencedora, ya en caseros (ni por eso menos pesados) disgustos, ya en públicos y escandalosos accidentes. Su marido con su hijo en batalla, ya con su hermano, ya con su nieto, hasta llegar a atravesar sola las haces de Dionisio y Alfonso armadas (trocada, si no menos perpleja emulación de Agustino) sin saber dónde volverse, o al padre más ofendido, o al hijo más irritado. Una mujer, al fin, entre tantos elementos de envidias, de ambiciones, de armas, conjurado contra la pública paz, Iris humana (si no deidad mentirosa, divinidad a lo menos participada), lo compone, lo tranquila. Que el valor y la virtud no están determinados a sexo alguno, fiados, sí, de la verdad siempre. Esta seguridad, pues, de bienes, este tesoro de felicidades ¿cómo no ha de tener el gozo consigo hallado, si el aviso sólo suele traer la risa? Sabroso y alegre ejemplo sea Abraham, de quien dice el apóstol que teniendo cien años, y noventa su mujer, le prometió Dios un hijo, y no sólo lo creyó en su corazón, pero ni flaqueó un leve ceño en la fe. La extrañeza es que cuando sucedió el caso, en el Génesis dice el texto santo que se rió. San Pablo dice que cree, Moisés, que se ríe. Y no hay cosa más lejos de crédito de un ofrecimiento, que reírse de oírle hacer, porque es, no sólo dudar de la fe, sino burlarse de la promesa. Pues tan de fe es la risa como la fe. ¿Qué haremos? San Agustín, y con él San Ambrosio y Ruperto, lo componen con que no se rió de incrédulo, sino de gozoso: Non incredulitatis, sed exultationis iudicium fuit. Prometióle Dios el hijo y adelantó tanto el cumplimiento el gozo, que tras la promesa se entró la risa. ¿Qué os espantáis que se goce un hombre hoy con un tesoro hallado, si se puede reír como poseedor, con sólo el prometido? Éstos sí que son gozos grandes que dan tan alegres las sospechas al corazón, que le sobra risa para los labios. ¿Sucédeos a vos así por ventura? Antes están acechando a los gustos los sobresaltos, que desde la hora que os prometieron la dicha, podéis prevenir el llanto. Que es sólo de los tesoros de Dios, entrar con el deseo de lo hallado el gusto de lo poseído. Y no os espantéis que, hallado el tesoro, se vea el gozo; que David le reconoció aun en el buscarle: Laetetur cor quaerentium Dominun. Lugar, éste y otro, que dejaremos para otro día, que se van atropellando muchas cosas éste.




- IV -

Vamos coronando nuestra oración con los tesoros que halló Isabel, escondidos en la esterilidad que mostraba de ellos su reino. Sea brevemente el primero la penitencia: tesoro, pero ninguno más escondido a los palacios, antes parece que ajeno a ellos. Pero ¿por qué? Y aparte de las paredes que miró, ¿no reconoció sangre real en crudas disciplinas? ¿No han sentido silicios las galas? ¿Oraciones y dolores los oratorios? ¿No son hombres los poderosos? ¿Quién les exentó de la penitencia por soberanos, si por humanos no huyen de la culpa? Pues Dios (hondo pensar de Tertuliano, de Tertuliano digo, aunque lo ha sido mío, porque habiéndomela ocasionado sus palabras, no le creo a mi rudeza sentencia tanta) con ser impecable, por haber hecho el hombre que pecó, hubo de tener dolor: Tactus dolore cordis. Consagrando también a esta luz en sí mismo la penitencia de que no puede ser, por inmutable, capaz. Si no se peca en los palacios y casas grandes, no haya penitencia. Si se peca, no haya regalos. Que en pecando el hombre y su mujer, los echó Dios del Paraíso, pues, como notó San Ambrosio, no son regalos sino para inocentes.

Pero pasaba al revés en el palacio de Santarén. La penitencia era de la Reina Santa, los deleites del Rey divertido, que lo fue cuando mozo el Rey don Dionisio, hasta traspasar decoros reales y llegar a conocer y aun a regalar Santa Isabel vivas ofensas de la fe del matrimonio. Sensible dolor en la mujer, si agravio duro en el hombre, porque si en él ofende la honra, en ella la belleza y el amor, y aun el respeto, y cada cosa de éstas duele un rato. Quien se acordare cuánto sentía Raquel aun hijos legítimos de Jacob en Lía verá cuánta era la paciencia de Isabel con los bastardos de Dionisio en casa. Bastaron, el fin, su paciencia y sus oraciones a que el Rey se redujese, acabando su vida en tan santa muerte como loable memoria, pues en opinión de incorruptible su cuerpo y de bienaventurada su alma le han respetado sus pueblos. ¡Dichoso príncipe, que si le arrastró alguna humanidad, como a David, la supo corregir como él! Buen pedazo de penitencia fue esto. No lo fue menor el otro caso del calumniador que ardió holocausto profano de cal, cuando el sacrificio de la misa santa favoreció el inocente. Pero este género de materias tienen inconveniente grande para la pureza de algunos oídos. Ya me las oyó otro lugar.

Otra gran parte de tesoro halló en la humildad y en la caridad esta gran Reina. Fuerza es ir recogiendo velas, que se descubre cada hora más mar, si no buscamos el puerto. Todos los Viernes Santos daba de comer a algunos leprosos y lavaba los pies a mujeres de este mismo y peor mal molestadas. A lo primero toca el milagro, cuando curó al pobre con una clara de huevo, a quien un portero de Palacio abrió la cabeza. ¡Oh, orejas reales y santas! ¡Qué inclinadas estaban, como las de Dios, al llanto del miserable, pues oíste en tu cuarto la voz de un pobre! De la segunda clase es, cuando con la señal de la Cruz y besándole el pie cancerado a una mujer, aquel día le dio salud, no constante sólo, sino caritativa, en la fuga del mal olor, que no dejó en la pieza dama alguna. Melindre nunca menos culpable, por natural, pero vencido valientemente de una Reina, que hasta besar el pie podrido llegó, que juntándolo con la vista que dio a una ciega de nacimiento en una aldea, camino del puerto, podía decir lo que Job: Oculus fui caeco, pes claudo. Bien que aquí, no sólo halló el tesoro, sino (como dice Jesucristo) que le volvió a esconder, encargando a la niña y su madre no contasen este milagro y dándoles dos vestidos suyos por que callasen. Ponderó la Escritura, cuando la hambre de Samaria, que del dolor de oír la mujer que se había comido con la vecina el hijo, se rasgó las vestiduras el Rey que se paseaba por el muro, y vio el pueblo el silicio que interiormente traía ceñido: Viditque omnis populus cilicium quo vestitus erat ad carnem intrinsecus. Pero nuestra Reina no rompe una vestidura, dos vestidos enteros echa sobre su virtud. Pero cuando más la esconda, le hará más pública Dios.

Bien que en casos de tanta hambre como éste, no se contentaba nuestra Reina con el dolor del corazón, ni echaba las manos a romper el vestido, sino a remediar la necesidad con tantas limosnas, que se pudieron referir a Su Santidad por milagros, y en que hospitales, conventos de niños y de mujeres, de hombres, religiones francisca y dominica, un reino entero, por abreviar, serán irrefragables testigos siempre, adonde vemos ir continuándose al fin la comparación de nuestro Evangelio pues Vendidit omnia quae habuit, llegó a vender y trocar todo cuanto tenía por este tesoro. Y digo trocar con toda propriedad, pues se vio tal vez trocar en rosas (extraño tesoro en el mes de enero) las riquezas, oro o plata, que llevaba en el pecho, que en esta circunstancia varía la relación, siendo en la sustancia constante la verdad. Pues reconociendo el Rey el embarazo con que iba, le preguntó qué llevaba escondido en la ropa. Respondió, disimulando, que unas rosas, y al sacarlas, halló el Rey, admirado, que lo eran. La naturaleza no labra el oro, ni acomoda sus minas, sino en tierra estéril. Aquí, entre fertilidades de rosas, esconde su oro la gracia. Acusóle Judas a Magdalena el olor o ungüento que vertió a la cabeza de Cristo, con que fuera mejor para los pobres, y disculpóla el Señor, con que para su sepultura lo había vertido; que verter olores y rosas en sepulcros, erudición sagrada y profana es. Pero en este milagro de Santa Isabel, ni Judas tuvo que murmurar, porque fueron rosas y olores para Dios, hacienda y limosna para los pobres. A las espinas comparó Cristo mismo las riquezas; pero ningún alma como Isabel hizo rosas de esas espinas, o hizo que esas espinas sirviesen a las rosas. Rosas mintió la antigüedad que sucedían al pie rasgado de la otra diosa. A las manos abiertas y liberales de esta santa más ciertas rosas suceden. Manos de rosas atribuyen a la Aurora los curiosos, por tanto bien como descoge con las luces del sol al mundo. Tanto bien como Isabel hacía, sólo con manos de rosas se podía hacer. Bien trocadas están en rosas las espinas, la hacienda en el tesoro, para que muera Isabel como Tabita, llena de las limosnas que había hecho, con que no hace mucho en vender y dar su hacienda, sí la vuelve a recibir con mayor tesoro. Para que por ninguna matrona mejor que por la nuestra pueda decir el Espíritu Santo que es la mujer valiente que descubrió en los fines de la tierra, cuyo marido se sentaba, no sólo a la puerta de los jueces, sino en el sitial de los reyes; que supo hacer labor para los sacerdotes de Cristo y sus ornamentos y altares; que supo negociar y reconocer tesoros y margaritas, vendiendo a Cristo mismo la labor de sus manos, habiéndolas abierto para el pobre, pero extendiéndolas también al necesitado. Abrir la mano es para dar limosna, extender la palma es para recibirla. Pues ambas cosas le sucedieron a esta Santa y al que sabe ser persona de negocios, como hoy advierte Cristo, pues cuanto tiene da, y más que tiene recibe. Lugar es todo el de Salomón, que retrataba la vida de esta Santa. Mas acordámonos ya cuando se va haciendo tiempo de dejarlos todos: algún otro nos volverá la ocasión.

Y ahora reparemos en el tesoro que halló en el ayuno, excelente virtud de esta santa, pues en las cuaresmas de la Asunción, de los ángeles, del Adviento de la Iglesia, apenas le quedaba día a las viandas reales, pero dejábalas bien por las divinas. Que de menos vianda que Dios, dice San Pedro Crisólogo, que se sustentaba al ayuno de Moisés en el Monte Sinaí: substantia Dei pastus omnia mortalia oblitus est adjumenta. Y de Elías en el Tabor se atrevió a decir Tertuliano que era por ayunador, no sólo compañero de Cristo, sino igual verdaderamente a Dios: Et parem re vera pari. Si ya no lo encareció más San Pantaleón Mártir, cuando en el bautismo de San Juan se admiró de que quien ayunaba tanto como Juan, pidiese la bendición a quien no ayunaba tanto, aunque era Cristo: Jejunio clarus ab eo qui non jejunabat, benedicitur. Tan sagrada virtud es ésta del ayuno, aunque tan ignorada de los palacios, que hablan con estos temerosos encarecimientos de ella los santos. Pues en rigor, ni a Cristo, ni a Dios, llegan los humanos, sino con imitación bien distante. Quédense a la soberbia estoica igualdades mentirosas. Conociólas Isabel: pocos hombres de sangre la conocen. Mas a nuestra Reina sirvióle, entre otros favores, de un milagro particular, cuando instándola por cierto achaque a que bebiese un poco de vino, y rehusándolo ella por su templanza, milagrosamente se volvió en vino un vidrio de agua que la traían. Maravilla tan ilustre la de volver la agua en vino, que dio principio con ella a las suyas Cristo, y tan extraño, que aun se le recateó a su misma Madre: Quid mihi et tibi est, mulier? Punto en que dice San Ireneo que por ver algo apresurada a la Virgen, la quiso su Hijo templar el afecto santo: Properante Maria ad admirabile vini signum, Dominus repellens festinationem, dixit: Quid tibi etc. Ponderad ahora nuestro suceso, y notad que milagro de agua en vino, aun pidiéndole María, Dios le recatea, y sin pedirle Isabel, le hace. Y maravilla en que aun los ruegos de la Virgen, omnipotente en ellos, hallaron algún linaje de estorbo, el silencio de Isabel lo consigue, y caso en que parece prisa la piedad de María, se da Dios prisa a hacerle para Isabel.

Serenísima Reina de los ángeles, con Vos, nada que no sea Dios es comparable. Dejaos, empero, Señora, oír de mí con el respeto amable que las criaturas todas os deben, que como permitió vuestro Hijo, Redentor nuestro, que hiciesen sus discípulos mayores milagros que él para mayor gloria suya, así la devoción que con Vos tuvo esta discípula vuestra, haya hallado en el silencio la eficacia que solicitasteis a ruegos Vos.

Que esta devoción contestada parece que quedó de María, cuando se le apareció en forma visible a la hora de la muerte a esta Reina Santa. Que así lo confesó ella a la de Castilla su nuera, cuando le decía que hiciese lugar a aquella Señora que, cubierta de un manto o cendal blanco, la entraba a ver. ¿Pero cuál otra persona pudiera ver en la muerte María, cubierta de un cendal blanco, como Isabel, que nació con manto, envuelta en un natural y cándido cendal, toda ella recatada a los ojos humanos, desde la primera luz que usurpaba al mundo, bien que en tributo lento de lágrimas? Diole pena a Tertuliano que las doncellas de su tiempo no anduviesen con mantos y cubiertas como las matronas o casadas andaban, e hizo un libro entero, deseando persuadirlas esta modestia que ya se ha vuelto gala. Celebró la damería honestamente gallarda de Rebeca, cuando se echó sobre el rostro el velo al primer llegar a ver a Isaac, que había de ser su marido, vistiéndose recatos de casada en las primeras vistas de esposa, con que la llamó mujer, aun entonces, de la disciplina de Jesucristo ahora: mulierem jam de Christi disciplina. Insta el modesto cuanto docto africano a que por lo menos desde doce años, edad achacosa a los matrimonios, anden tapadas las mujeres mozas, y trae con el ejemplo de nuestros primeros padres, que el primer bien que les ensenó la ciencia del árbol fue a tener empacho y cubrirse. ¡Oh, mujer santa, más que Rebeca, de la disciplina de Jesucristo! Ocioso es el libro de Tertuliano contigo, sobradas las instancias de su doctrina, pues no te tapaste sólo cuando casada, cuando esposa, cuando concertada, cuando de doce años en la casa de tu padre, cuando de cinco en la de tu abuelo, desde las entrañas mismas de tu madre saliste negada aun a los ojos naturalmente alegres, cuanto y más a los libremente curiosos, naciendo cubierta y tapada, no entre telarejos y puntas (impaciencia de la hermosura más que atención del aseo), sino en manto y en cendal humano, en naturales velos. Desde las entrañas de sus madres salen errando los pecadores: Erraverunt ab utero (dijo David). Isabel, desde las entrañas nace acertando y atendiendo a lo que hacía. Un espantoso lugar hay en Oseas: ¡Oh, si no fuera tan tarde, cómo ilustrara esta verdad, aunque tan al fin! Pero serán las luces del puerto: Ipse filius non sapiens; nunc enim non stabit in contritione filiorum. Él es hijo, pero necio, que no se detuviera en el quebradero de los demás. Dificultad que se aclara con un testimonio de Aristóteles: que los niños nacen durmiendo y que la ocasión de llorar en recibiéndolos la tierra, es la desazón de los muchachos, o desgracia, que llaman, cuando los despiertan. Y no viene mal al nacer el término de desgracia. Hijo es, pues, de su madre el que nace, parece que dice Oseas, pero necio en nacer durmiendo, que si atendiera al riesgo en que está y a los que nace expuesto, él se apresurara y se compusiera. Milagrosa niña Isabel, entendido ángel humano, ¡qué atenta naces, qué compuesta, qué cuidando los peligros a que se asoman tu belleza y tu alma y, como tal, recatada y envuelta, si no negada mejor a la vista sedienta de los que te esperaban, y tan sagradamente postrada en esta modestia, que no sólo te duró la toca casada, el velo viuda, sino que, muerta y enterrada, continuaste el ademán de ella. Pues llegando, hace doce años, a tomar testimonio de la incorruptibilidad de tu cuerpo santo obispos, jueces, médicos, teólogos, religiosos, levantándole los brazos que tenía sobre los pechos, los volvió a poner sobre ellos mismos, como ocultando el seno purísimo. ¡Oh, vivo decoro de un cuerpo muerto! ¿Y a qué parece que atendía el velo en el rostro, recogiendo los cabellos rubios que en el mismo hermoso ardor de la vida se defendían de los hielos y sombras de la muerte? Hebras de oro propiamente esta vez, pues duraban contra el tiempo en oculta mina, si no entre rosal de Isabel bellísimo, que rosas y oro juntos saben andar en el cuerpo de esta santa. Un cabello pondera su relación que no le faltaba. Así se lo había prometido a sus discípulos Cristo en vida: Et capillus de capite vestro non peribit. Lo mismo dijo San Pablo a los navegantes todos, con quien a vista de Malta corrió una recia fortuna, como asegurándolos que no tendrían necesidad de cortarse un cabello, última y supersticiosa esperanza la de este rito con que entendían los antiguos gentiles aplacar al Dios Neptuno, o a la violencia misma del naufragio, de que hay lugar escondido en un autor tan impuro de materias, como culto de latín. Y usándose esta ceremonia misma de cortarles los cabellos con los muertos, daban justamente a entender, aunque yo lo abrevio y desperdicio (más cuidadoso de que voy largo que ambicioso de parecer erudito), que el que vive naufraga, el que muere llega al puerto. Y no quede este punto imposibilitado de volver a él otro día. Isabel, empero, que halló el tesoro, que logró la margarita, que acertó el lance, no ha de perder un cabello, viva ni muerta. Célelos, sí, con el velo, como toda entera se cela con los vestidos, los cuales, testificaron los examinadores de aquella maravilla que estaban enteros, firmes, con resistencia al tacto, y una tela de lienzo blanco en que sobre ellos se envolvía el cuerpo estaba, no entera sólo, sino sólida y tenaz. Pues el milagro en el cuerpo bastaba. ¿Para qué en los vestidos? Y luego, ¿para qué en los lienzos? Son milagros (ya lo habéis oído) porfiados los de esta santa. Pero éste, en continuación también de su modestia y decoro, que Dios, que la envolvió aun en velos naturales cuando nacía por no exponer su desnudez a vistas humanas, muerta la quiso conservar los vestidos y dispuso que sobre ellos aun se envolviese entre lienzos blancos, porque, cuando al fin de trescientos años llegasen a ver su cuerpo entero, no pudiesen verle desnudo, y se hiciesen divina correspondencia los velos cándidos del nacimiento y los lienzos del entierro blancos. Que si en los pañales de los hijos todos de Adán reconoció mi africano insigne las mortajas y unas vendas y otras juzgó por iguales lazos, tan singular criatura como Isabel, con el mismo puro velo que se entierra debe nacer. También debemos nosotros ya acabar del todo nuestra oración, pues hemos llegado a unir el fin con el principio de ella, como la muerte y el nacimiento de nuestra santa, mientras íbamos descubriendo los tesoros que en el Evangelio de hoy nos enseñó nuestro Redentor escondidos.

Serenísima Reina, Santa ilustrísima, corto orador, pero afectuoso a vuestros loores, han tenido vuestros méritos hoy. Vos que, aun mortal y peregrina, despreciasteis reinos, inmortal y triunfante, no atenderéis a alabanzas. Santa, empero, y agradecida, sí, estimaréis deseos. Los míos, Señora, bien premiados quedan con el sudor mismo. Los de este reino premiad, con alcanzar para todos parte de tesoros tan escondidos, verdadera estimación de los bienes divinos, justo desprecio de los humanos. Ya que os llevasteis tesoro y margarita, tomad también, con Cristo, parte del lance de los peces de hoy. Pedidle que sean, a lo menos, vuestros vasallos todos para la mesa de Dios: que no me he atrevido a hablar de los desechados, por no mezclar con tan ruin olor la fragrante memoria vuestra. Y si esto a los vasallos todos, a nuestros Señores, Señora, todo lo bueno del Evangelio habéis de alcanzar, tesoros, margaritas y lances. A nuestro augusto y gallardo dueño, hijo de tantas noblezas imperiales, hacedle padre de otras mayores. Tan sagrado ardor católico, tanta llama de celo de la Iglesia como resplandece en él, sea prodigiosa señal al mundo, y no señal sólo, sino soberana y eficaz causa de efectos admirables. Sea, como descendiente vuestro, santo en sus acciones todas, pues como hijo de sus padres, nace empeñado a la valentía y prudencia de ellas. A nuestra amabilísima y serenísima Reina, pues es Isabel también, tenedla por vuestra: dadla, en la imitación que de vuestras virtudes lleva, la fecundidad natural que no os faltó a Vos. No falten a este candidísimo lirio, a esta azucena purísima, animosos hilos de oro, hijos, digo, hermosos de madre tal. Vean lograda esta esperanza sus méritos, nuestros votos, el cuidado y deseo del mundo. Divino agüero ha sido venir el día de vuestra memoria la nueva del Brasil, ilustre conquista de vuestros Portugueses, restitución honrada de nuestros Castellanos y de ellos. Fueron, llegaron y vencieron. Dejó el ladrón el hurto y supo España, no ensangrentar el acero en sus rebeldes (aunque victoriosa), amenazar, sí, como Señora, el azote. ¡Oh, nación gloriosa! ¡Oh, feliz yo, no presuntuoso, que parece que destina mi humildad el Cielo a todos los parabienes de mi príncipe! Admita el respeto palabras del amor y no huya la verdad, por humilde, la confesión de un afecto casi tan impaciente como leal, que Dios es omnipotente y no desdeña el amor del hombre. En este lugar me vi el día que nació nuestra primera Princesa, como el primero después del nacimiento de la segunda, cuando vino la nueva de Breda, cuando la del Brasil ha venido. ¡Oh, pueda yo continuar parabienes, escribir sucesos admirables de Vuestra Majestad Católica a quien dé Dios, con liberal mano y con mucha vida, entre victorias largas de gracia, triunfos eternos de gloria.

Ad quam nos... etc.







Arriba
Anterior Indice Siguiente