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Piazza del Popolo

Piazza del Popolo






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María Zambrano y Jaime Gil de Biedma

María Zambrano y Jaime Gil de Biedma

En la Piazza del Popolo, ya mayorcita, pero viviendo mi hermana, apareció Diego de Mesa con alguien más: era Jaime Gil de Biedma, que venía desde la provincia de Segovia de un pueblo, Navas de la Asunción. (...) Me encantaba su amor al «nosotros», la falta de soledad al salir a la plaza y luego se empeñó Jaime Gil de Biedma que el poema «Piazza del Popolo» era mío porque lo había escrito él bajo mi influencia.


(Texto de María Zambrano, «Jaime en Roma», en Diario 16, 21 de abril de 1990, Culturas, nº 253.)                





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Un poema:

Piazza del Popolo

Foto extraída de Lozzi Roma.

Cena con María Zambrano en una trattoria cerca de su casa, anoche. Habló de nuestra guerra, del éxodo final, de su emoción al escuchar el otro día la Internacional cantada por una multitud en la Piazza del Popolo, con tal viveza, con tanta intensidad que me sentí dignificado, exaltado a una altura significativa, purificado de todo deseo trivial. Cuando la dejé, fui a sentarme en la terraza de Rosati y escribí veinte versos, el monstruo de un poema que me gustaría escribir, contando lo que ella me contó. No logré dar con el tono. Anduve luego durante más de una hora.

Y eso ha sido lo mejor de Roma.


(Texto de Jaime Gil de Biedma en Laura Freixas, Retratos literarios, Madrid, Espasa, 1997.)                





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Habla María Zambrano

Acuarela Piazza del Popolo

Foto cedida por el Museo Ramón Gaya (Murcia).




Piazza del Popolo


(Habla María Zambrano)

Fue una noche como ésta.
Estaba el balcón abierto
igual que hoy está, de par
en par. Me llegaba el denso
olor del río cercano
en la oscuridad. Silencio.
Silencio de multitud,
impresionante silencio
alrededor de una voz
que hablaba: presentimiento
religioso era el futuro.
Aquí en la Plaza del Pueblo
se oía latir -y yo,
junto a ese balcón abierto,
era también un latido
escuchando. Del silencio,
por encima de la plaza,
creció de repente un trueno
de voces juntas. Cantaban.
Y yo cantaba con ellos.
Oh sí, cantábamos todos
otra vez, qué movimiento,
qué revolución de soles
en el alma! Sonrieron
rostros de muertos amigos
saludándome a lo lejos
borrosos -pero qué jóvenes,
qué jóvenes sois los muertos!-
y una entera muchedumbre
me prorrumpió desde dentro
toda en pie. Bajo la luz
de un cielo puro y colérico
era la misma canción
en las plazas de otro pueblo,
era la misma esperanza,
el mismo latido inmenso
de un solo ensordecedor
Sí, reconozco esas voces
cómo cantaban. Me acuerdo.
Aquí en el fondo del alma
absorto, sobre lo trémulo
de la memoria desnuda,
todo se está repitiendo.
Y vienen luego las noches
interminables, el éxodo
por la derrota adelante,
hostigados, bajo el cielo
que ansiosamente los ojos
interrogan. Y de nuevo
alguien herido, que ya
le conozco en el acento,
alguien herido pregunta,
alguien herido pregunta
en la oscuridad. Silencio.
A cada instante que irrumpe
palpitante, como un eco
más interior, otro instante
responde agónico.
Cierro
los ojos, pero los ojos
del alma siguen abiertos
hasta el dolor. Y me tapo
los oídos y no puedo
dejar de oír estas voces
que me cantan aquí dentro.


(Texto de Jaime Gil de Biedma, «Piazza del Popolo», en Las personas del verbo, Barcelona, Seix Barral, 1999, pp. 68-70.)                





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María Zambrano, mujer intensamente original

Dibujo

Colección particular.

María ya estaba sola con su hermana. Con ella se entendía muy bien, aunque era muy diferente. Vivía muy cerca de Piazza del Popolo. Allí la acompañaban no sé cuántos gatos.

Todo es significativo en esta mujer intensamente original y su amplia comprensión de la vida no se limitaba a la del hombre. También hay que considerar una especie de fraterno y franciscano amor a todas las criaturas. Nos reuníamos a veces en el Café Rosati, Piazza del Popolo, y antes de terminar la cena, María se marchaba advirtiéndonos: «Volveré». Iba a llevar comida a gatos que la esperaban en alguna esquina, costumbre de algunos romanos compasivos.


(Texto de Jorge Guillen, «Recuerdos de Roma en el homenaje a María Zambrano», en Litoral, 124-125-126, tomo II.)                





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María Zambrano vista por Jaime Salinas

Maria con Zampuico

Foto cedida por la Fundación María Zambrano (Vélez-Málaga).

Era María, María Zambrano. Nuestro primer encuentro (...) se remonta a los años sesenta. Fue en Roma, en una noche primaveral, en la terraza de uno de los cafés de la Piazza del Popolo. Estaban las dos, ella y su hermana Araceli, sentadas en una de las esquinas de la terraza. Me acompañaba Enrique Rivas y a medida que nos acercábamos a la mesa de María exclamó: «¡Cuánto te pareces a tu padre!». No fue necesario que nos presentasen; sin conocernos nos conocíamos de toda la vida. Me habló de mi padre con cariño y agradecimiento; me presentó por la vida en Barcelona, por Jaime Gil de Biedma. Como muchos exiliados comprendí que había renunciado a volver a España. Hablaba de ella con distanciamiento, como si aquella tierra nunca hubiera sido suya. Era una forma de defenderse, una forma de encubrir todo menos indiferencia. Se hacía tarde y era hora de volver a casa. Vivían cerca de la Piazza y Enrique y yo las acompañamos paseando lentamente por unas calles desiertas cuyos únicos transeúntes eran un sinfín de gatos que zigzagueaban de un cubo de la basura a otro, aparecían y se escondían en portales entreabiertos o se apiñaban en torno a montecillos de comida depositados religiosamente por las «gatonas».

María me confesó que en su casa tenían más de 30 gatos. Me habló del carácter sagrado de los felinos romanos. Bajo la luz de una farola Araceli nos enseñó, con ternura y orgullo, sus brazos surcados por los zarpazos de sus amorosos huéspedes. No quisieron que las acompañásemos hasta la puerta de su casa por temor a que nuestra presencia espantase el tropel de gatos que, según nos contaron, las esperaban en el portal cada noche con el deseo de que las hermanas se conmovieran e invitaran a uno más a compartir su piso. Doblaron una esquina y cogidas el brazo las dos hermanas desaparecieron en la penumbra de esa noche romana.


(Texto de Jaime Salinas, «Un lazo mágico», El País, 8 de febrero de 1991.)                





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María Zambrano y Ramón Gaya

María Zambrano y Ramón Gaya

Foto cedida por la Fundación María Zambrano (Vélez-Málaga).

El primer año que pasé en Roma no quise conocer a nadie. Me mantuve completamente solo, como un paseante, como uno de esos visitantes antiguos, esos ingleses locos... Sólo me veía con María Zambrano, que vivía entonces con su hermana en la Piazza del Popolo... Visitaba a María con mucha frecuencia a pesar de que sabía que terminaría por encontrarme con gentes conocidas, porque hacía años que María vivía en Roma y conocía a mucha gente.


(Conversación-entrevista celebrada entre Ramón Gaya y Andrés Trapiello, 1987.)                









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