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Plaza de Oriente

Joaquín Calvo-Sotelo



PERSONAJES
 

 
MARÍA LUISA.
SOLEDAD.
ENCARNA.
ENCARNITA.
EULOGIA.
DONCELLA.
COCINERA.
SEÑORA 1.ª.
SEÑORA 2.ª.
DOÑA EMILIA.
MUCHACHA 1.ª.
MUCHACHA 2.ª.
MUCHACHA 3.ª.
MUCHACHA 4.ª.
SEÑÁ RITA.
NIÑA FRANCISCA IGNACIA.
NIÑA ENCARNITA.
NIÑA ROSAURA.
DON GABRIEL ARDANAZ Y SEGURA.
DON GABRIEL ARDANAZ Y DE LA TORRE.
GALLARDO.
SANTIAGO.
ANDRÉS.
JOSEÍTO.
TRANSEÚNTE 1.º.
JULIÁN.
EL FOTÓGRAFO.
TRANSEÚNTE 2.º.
TRANSEÚNTE 3.º.
MUCHACHO 1.º.
MUCHACHO 2.º.
VENDEDOR 1.º.
VENDEDOR 2.º.
El tictac del reloj.
GABRIEL ARDANAZ Y RUIZ.
CORO.


Plaza de Oriente se representó por vez primera la noche del 24 de enero de 1947, en el Teatro María Guerrero, de Madrid, por la Compañía del Teatro Nacional dirigida por don Luis Escobar y don Humberto Pérez de la Osa.

La acción se inicia el 12 de abril de 1931. Pero, en realidad, transcurre hasta ese día, desde el 17 de mayo de 1886 en Madrid, Corte de las Españas.

Los decorados y los figurines, de Víctor María Cortezo, fueron realizados, respectivamente, por Redondela, Isaura, y Mme. Marie.




Nota muy importante

Al efecto de simplificar la representación de Plaza de Oriente, debe tenerse en cuenta que, en lo que se refiere al reparto femenino, los papeles de Cocinera y Señora 2.ª, pueden ser doblados por una misma actriz. Asimismo los de Doncella y Muchacha 1.ª, Doña Emilia y las Niñas Francisca Ignacia, Encarnita y Rosaura no hablan.

En lo que atañe al reparto masculino, Julián y el Fotógrafo pueden ser igualmente doblados por un mismo actor. Los Vendedores 1.º y 2.º, o suprimidos o reducidos a uno sólo.




Advertencias para la representación de Plaza de Oriente

El tictac del reloj, con el que se procura dar al espectador la sensación del paso del tiempo, puede simularse con un metrónomo. A fin de que sea perfectamente audible, convendrá aplicarlo a un micrófono. Análogo procedimiento convendrá utilizar para que se oiga la sonería del reloj de bolsillo, que tanta importancia tiene en el curso de la representación.

Con ese objeto, un reloj de sonería que se dispare al lado del micrófono al tiempo que los personajes muestran uno cualquiera en escena, será el mejor camino de conseguir el más eficaz efecto.

Si no se dispusiera de reloj de sonería, sus leves campanadas podrán simularse por el traspunte con un pequeño xilófono o simplemente con la percusión sobre dos copas de cristal fino distintamente llenas de agua.

El fondo musical de los cuadros, para evitar o la reproducción o la busca de algunos discos -ambas difíciles-, podrá hacerse con piano.

En el primero y último actos, el paso de la banda de los alabarderos por la Plaza de Oriente debe simularse con el disco de El relevo de la guardia, de la zarzuela de Mañes y el maestro Alonso titulada La Zapaterita («Columbia»).

Los clarines de Caballería, con el principio de la segunda cara de Los sitios de Zaragoza («La Voz de su Amo»).

La marcha militar puede ser cualquiera. La de la película Forja de almas es de las que con más facilidad se encuentran en discos.

La música de fondo de la mitad del acto II es la de los nocturnos Las Nubes, de Debussy («La Voz de su Amo»).






ArribaAbajoActo I

 

La escena representa la sala de recibir de un piso de familia acomodada; amueblado al uso de los últimos años del pasado siglo en la Plaza de Oriente. En primer término, fuera del marco de la escena propiamente dicha, se ven, aplicadas a su embocadura, dos grandes farolas a la manera de las que lucían en la Plaza de Oriente antes de su actual reforma. Estas farolas, que, en algún momento habrán de encenderse, están normalmente apagadas y -huelga decir- son un elemento de ambientación que no se altera en ninguna de las mutaciones que exigen los cuadros. La sala está, por así decirlo, dividida en dos. La mitad posterior, forma una especie de chaflán abierto sobre un mirador. Los cristales del mirador son perfectamente visibles desde el público y, a través de ellos y, como forillo, queda sólo un impreciso horizonte azul. La escena, en la embocadura del mirador, se angosta un poco, por virtud de lo cual ambas partes no quedan de iguales proporciones, sino mucho más reducida la que corresponde a aquel. Entre ambas hay dos salidas, a derecha e izquierda. La de la izquierda se supone que da al comedor; la otra, a las habitaciones interiores. En primer término, hay dos puertas laterales, a derecha e izquierda, muy próximas al arranque del escenario y dispuestas la una frente a la otra. En el centro de la escena, un gran brasero. En su torno, dos pequeños sofás. Adosado al lienzo de la izquierda, una pequeña escribanía, contigua a la puerta. En el de la derecha, una consola que preside un gran espejo. Sobre la consola, diversos retratos. En las paredes, cuadros, cornucopias, miniaturas. En el mirador, una mesita baja y alguna pequeña silla.

 
 

El mirador y la sala son separables por unas cortinas que, en determinados momentos, podrán ser corridas desde el interior. Los términos derecha e izquierda no son los del actor, sino los del espectador.

 

DON GABRIEL.-   Era mucho abrigo para un día de abril... ¡Encarna!...

 

(Surge ENCARNA por la lateral izquierda. Es una mujer de cincuenta y seis años. Viste un sencillo traje negro, de casa. Se echa de ver que otro color no le iría.)

 

ENCARNA.-   ¿Ya estás de vuelta? ¿No hubo ningún incidente? ¿No te pasó nada?...

DON GABRIEL.-   Todo ha ido en orden y sin novedad. ¡Ah!, y quítame el abrigo. Hay que eliminar estorbos.

ENCARNA.-   ¿A doce de abril, un estorbo el abrigo?...

DON GABRIEL.-   Este doce de abril, desde luego. La primavera está muy firme, hermana. Y a mí me pesa sobre los hombros tanta ropa.

ENCARNA.-   Trae, trae... Te equivocas si crees que voy a hacerte caso. Nada de eso. Y aun he de decirte más: te prohíbo que te lo quites tan pronto. La casa está sin calefacción y hace frío. Ya te lo quitarás dentro de un rato.

DON GABRIEL.-   Siento por ti ahora ese odio de los niños hacia quienes les hacen tomar medicinas.

ENCARNA.-   Yo también te odio, hermano...  (Le abraza con ternura.) 

DON GABRIEL.-   ¿Y ese muchacho, Encarna?...

 

(DON GABRIEL ha ido hacia la escribanía. Ha buscado en ella un cuaderno de hule, entre otros varios muy parecidos. Lo ha abierto y ha simulado leer alguna de sus páginas. Es en ese instante en el que ENCARNA regresa. Deja el cuadernillo entonces y se le acerca, casi cómplice. Una inesperada emoción impregna sus palabras.)

 

ENCARNA.-   Duerme todavía.

DON GABRIEL.-   Oye, Encarna: es guapo, ¿verdad?

ENCARNA.-   Sí, sí...

DON GABRIEL.-   ¡No lo digas con la boca pequeña, mujer!

ENCARNA.-   ¿Cómo he de decirlo?

DON GABRIEL.-   Como solo puede decirlo, al fin y al cabo, una mujer. ¡Es guapo!

ENCARNA.-   ¡Ay Dios! ¿Qué manera de caérsete la baba con él!

DON GABRIEL.-   Bueno, pues no me abochorna esa flaqueza, qué quieres...

ENCARNA.-   Pues claro que no.  (Se acerca a él. Halagadora.)  Es el mozo más bien plantado que vi nunca.

DON GABRIEL.-     (Como si a él fuera dirigido el elogio. A la vez que se atusa, como por instinto, su bigote.)  ¿Tú crees?

ENCARNA.-   Y con una simpatía que arrolla cuanto le sale al paso, que se contagia y le hace a uno en seguida..., no sé..., ponerse de su lado...

DON GABRIEL.-   Oye, y de parecido, ¿eh?, ¿a ti a quién te recuerda?...

ENCARNA.-   Tiene el aire de la familia.

DON GABRIEL.-   Sí, ¿no es cierto?... Lo mismo pensaba yo...

ENCARNA.-   Bueno, Gabriel, voy a traerte tu jerez.  (Transición.)  Dime, ¿había mucha cola?...

DON GABRIEL.-   Sí; pero votamos muy de prisa. En tres cuartos de hora nos despacharon.

ENCARNA.-   ¿Viste a muchos conocidos?

DON GABRIEL.-   Sí, a varios de nuestros vecinos. Entre ellos, a Panchito... El dentista del segundo; el republicanito del demonio... Aun tuve que contenerme para no darle un bastonazo al botarate...

ENCARNA.-   Mañana andará como alma que lleva el diablo...

DON GABRIEL.-   ¡Mira no le llevase antes de votar! Y que Dios me perdone...  (Le remeda.)  «Buenos días, señor Ardanaz. ¡Qué madrugador le veo a usted hoy!...».

ENCARNA.-   ¡Vaya, el impertinente!...

 

(Hace mutis por la derecha y regresa a los pocos segundos con una botella de jerez y unos bizcochos, tal como dijo. DON GABRIEL, sin embargo, no ha interrumpido su relato.)

 

DON GABRIEL.-   Yo casi ni le contesté... Y él, insistiendo... «A ver quién lleva el gato al agua, don Gabriel...».  (Habla a la habitación interior donde se ha retirado ENCARNA.)  ¡Si no fuera por mis sesenta y ocho años!...

ENCARNA.-     (Desde dentro.)  Setenta, hermano, setenta...

DON GABRIEL.-   «¿Ha elegido usted bien sus candidatos?... Tenga cuidado no se equivoque usted y quite un voto a sus amiguitos y se lo dé al contrario...».

ENCARNA.-     (Sale.)  ¡Qué tipejo! ¡Habrase visto! ¿Y tú qué le contestaste?

DON GABRIEL.-   Me acerqué a él, y le dije...

 

(En este instante se oye lejanamente el eco de una banda de música. Suenan primero unos pífanos, una marcha después.)

 

¿Qué hora es, Encarna?

ENCARNA.-   Pues... no sé... Esos son los alabarderos... Las diez y media, calculo yo.

DON GABRIEL.-   Claro, es la hora del relevo.

ENCARNA.-   ¿Y qué le contestaste a ese sujeto?

DON GABRIEL.-     (Abstraído.)  Fíjate qué bien suena, qué ritmo más señor y qué marcial al mismo tiempo...

ENCARNA.-   Anda, cuéntame: tú, ¿qué le contestaste?

DON GABRIEL.-     (Aún escucha, absorto, unos segundos más.)  Sí... Me acerqué a él, y le dije: Aunque me equivocase yo de candidatura, y se equivocaran cien mil españoles, todavía nos sobrarían millones de votos para vencerlos a ustedes.

ENCARNA.-   Tómate una copita de jerez... Te la has merecido.  (Se la sirve.) 

DON GABRIEL.-     (Saliendo de su abstracción momentánea.)  Que mi María Luisa te lo pague, Encarna. ¡Si hoy hubiera vivido!...

ENCARNA.-   ¿Qué tienes ahí? ¿Tu Diario de siempre?

DON GABRIEL.-     (Le muestra los cuadernos de hule.)  Cuarenta y cinco años de mi vida, Encarna, y casi día por día.

ENCARNA.-   Cada loco con su tema.

DON GABRIEL.-   Este Diario se empezó el año 1886, cuando tú estabas solo en la mente del Señor.

ENCARNA.-   Eres muy galante, hermano. En 1886 hacía ya once años que yo había salido de la mente del Señor para pasar al censo del distrito de Palacio.

DON GABRIEL.-   ¡Bah, bah!... Una chiquilla sin juicio...

ENCARNA.-   Sí, sí... Trae el jerez, si lo bebiste ya. Voy a recogerlo.  (Inicia el mutis con la botella y la bandeja.) 

DON GABRIEL.-     (La retiene.)  Espera un segundo. ¿Verdad que yo ahora me parezco a nuestro padre?

ENCARNA.-     (Desde el umbral.)  Sí, hermano; sí...

DON GABRIEL.-     (Lo busca con la mirada. Va hacia él, apenas lo encuentra sobre la consola, y lo contempla largamente y con emoción. ENCARNA ha hecho mutis.)  Sí, sí...: me parezco a él. De joven, no. ¡Éramos tan distintos!... Pero yo lo llevaba dentro, en simiente... Mi voz, ¿no es como la suya? ¡Oh!, sí... Me hablaba aquella tarde, apoyado en el piano, imitando con las teclas el sonido de unas campanas siempre iguales, siempre iguales...

 

(Va al piano, y, en efecto, las imita, a base de pulsar indefinida y espaciadamente algunas de sus teclas. Ahora habla como si le remedara.)

 

«Caballerito, ¿se da cuenta de que es usted nada menos que todo un hombre? Porque hasta ahora era solo un mozalbete, casi sin responsabilidad, dueño de enamorarse y desenamorarse a placer, y que todo cambió, simplemente, porque ya tiene sus tres estrellas de capitán en la manga». ¡Oh, su voz, su voz entrañable!... Así me habló aquí mismo, en esta habitación; porque la habitación sí que no ha variado nada, ni la casa...

 

(La escena, que el tictac de un reloj fantástico preside como un personaje inesperado, se ha ido oscureciendo desde el principio de la evocación de DON GABRIEL, y ahora, en este instante, está casi por entero apagada. Así, el mutis de DON GABRIEL se ha podido hacer con la mayor discreción posible. La figura de EL PADRE le ha reemplazado. EL PADRE es un hombre de unos sesenta años, en 1886. Lleva una mano enguantada. Usa quevedos. Media barba venerable. Su cabeza es una bella cabeza romántica; una cabeza con una cabellera de poeta, pero con un bigote aún marcial. EL PADRE sigue, igual que DON GABRIEL, jugando en el piano con el sonido de las campanas. Ahora, DON GABRIEL habla desde dentro.)

 

La casa, sí, está como entonces: con sus cornucopias con los viejos cuadros de la abuela, con su comedor, su despacho severo, sus alcobas, sus olorosos armarios y el intacto aroma con que se hablan los muebles cuando llevan juntos mucho tiempo; los muebles entre los que vivió mi padre... Ahora lo veo como si viviera.

 

(La luz comienza a iluminar la escena. El padre de DON GABRIEL sigue en el piano; pero ahora de cara al espectador.)

 

Mi padre usaba quevedos. Con su aro de concha, y en los cristales, ¡ay!, las mismas dioptrías de los míos...   (DON GABRIEL se cala sus quevedos.)  Llevaba siempre un alfiler, con su inicial, en la corbata: «Regalado por Martínez Campos», me decía para valorarlo.

 

(EL PADRE de DON GABRIEL ha llevado su mano a la corbata, como si lo señalara.)

 

Siempre, eternamente, con un libro en la mano. «Lee, Gabriel, hijo. Nunca se lee bastante». La mano, enguantada para cubrir su eczema.

 

(EL PADRE deja ahora el libro sobre el piano y toma de ella un junquillo que blande en el aire.)

 

Su eterno junquillo, medio bastón, medio fusta... Su blanco bigote, su barba desmayada, en la que ya era imposible descubrir una sola hebra gris siquiera. Sí, así era mi padre, allá por los años 1885, 1886... ¿Por qué tanta vaguedad? Así era mi padre aquel 17 de mayo de 1886...

 

(La luz es, en este instante, casi la normal. Se oyen en la lejanía gritos de vendedores de periódicos, «¡La Época!, con el estado de la Reina, ¡La Época!...».)

 

¡Ay, quién pudiera parecer como era entonces yo!... Mi aire ingenuo y desordenado, mi flamante uniforme de capitán, mi sonrisa juvenil y confiada... Y aquel temblarme las palabras al hablar de María Luisa...

 

(La luz ya es la normal en la escena. En ella se encuentra tan solo EL PADRE. Sigue en el piano, sobre el que hace sonar las elementales campanas.)

 

EL PADRE.-   Gabriel, hijo...  (Se dirige, con la voz, a la puerta de la izquierda, esto es, a la contraria de aquella por la cual hizo mutis DON GABRIEL.)  ¿No vienes? He de hablarte. Ya sé por qué no vienes. Están cosiéndote en el uniforme la tercera estrella. ¡Ah!, yo conozco ese afán de lucir el ascenso sin perder minuto. También lo sentí yo en mis tiempos... Para darse cuenta de lo bello que es ser oficial de Caballería, es preciso no poder serlo ya. Todo lo amaba yo en mi carrera: el rigor de la disciplina y la camaradería del peligro; la virtud de mandar y el deber de la obediencia; el resplandor de los sables desenvainados, la pujanza de mi caballo y la elegancia de mis uniformes. Yo sé, Gabriel, que a ti te sucede igual. Tú y yo, al menos, estamos en el secreto, y sabemos bien que, aunque solo sea por ser capitán de Caballería, vale la pena de vivir...

DON GABRIEL.-     (Desde dentro.)  ¡Encarnita! ¿Vas a dejar de enredar?

ENCARNITA.-     (Desde dentro también.)  Yo no enredo.

DON GABRIEL.-   Pues no estorbes, endiablada hermanita. ¿Cuántos años tienes?

ENCARNITA.-   Once.

DON GABRIEL.-   Son los once años más inaguantables que he visto en el mundo.  (Le habla en un tono de cariñosa burla.) 

ENCARNITA.-   Rabia que te da de ser un viejo ya de veinticinco. Y más todavía: de aparentar treinta y pico...

EL PADRE.-     (Dulcemente.)  Encarnita, hija, no seas descarada. Deja en paz a tu hermano.

 

(ENCARNITA comparece en la lateral izquierda. Es una chiquilla de once años, ni uno más. Gira, perezosamente, sobre la jamba, como si fuera un gozne, y queda pegada al umbral, con las manos cruzadas en la espalda.)

 

¿Por qué eres tan enredadora, Encarnita?

ENCARNITA.-   Gabriel, que es un tonto...

EL PADRE.-   Niña; respeta a las fuerzas armadas.

ENCARNITA.-   No me ha dejado que siguiera en la Plaza.

EL PADRE.-   Ha hecho muy bien. Hoy hay demasiada gente. Todos los coches de Madrid están yendo a Palacio. Y una niña como tú no tiene nada que hacer abajo.

ENCARNITA.-   Pero yo quiera verlo.

EL PADRE.-   Más tarde. No ahora..., Gabriel, he de hablarte...

DON GABRIEL.-   Aquí estoy, padre. Yo he de hablarle también.

 

(Aparece, en efecto, ahora DON GABRIEL. Viene sonriente, vestido con el uniforme de capitán de Caballería, del año 1886. Saluda marcialmente. Trae en la mano, doblado de manera que el título se lea con claridad, un ejemplar de La Época. EL PADRE se acerca a él y le abraza con una emoción contenida. ENCARNITA hace mutis por la izquierda.)

 

EL PADRE.-   ¡Ah!, mi capitán querido... ¿Y tú también has de hablarme? ¿Qué querrá mi hijo de mí? ¿Viene a proponerme alguna operación de préstamo? ¿Doscientas pesetas al cuatro y medio por ciento, con garantía prendaria? ¿Osará, acaso, solicitar su anticipo de legítima?...

DON GABRIEL.-    (Muy divertido, pero sin franquear su línea de respeto.)  No, padre...

EL PADRE.-   ¿Mi hijo primogénito, don Gabriel Ardanaz y Segura, viene a solicitar mi venia para irse a las Indias?...

DON GABRIEL.-   Frío, frío, padre.

EL PADRE.-   ¿Para tomar hábito?...

DON GABRIEL.-   Hielo, hielo.

EL PADRE.-   Pues, entonces, cuanto me diga constituirá para mí una verdadera sorpresa. Siéntese, pues, y hable mi hijo don Gabriel.

 

(DON GABRIEL, en efecto, se sienta. Su padre, también. En el instante de sentarse, advierte el periódico que DON GABRIEL lleva y se lo arrebata con precipitación.)

 

¡Calla!  (Lo abre con cierto nerviosismo.)  ¿Qué dice de la Reina?...

DON GABRIEL.-   Se aguarda, al parecer, de un momento a otro que dé a luz. La Época ya está anticuada, padre; porque, según lo que se cuenta por la calle, van muy adelantados los dolores del parto.

EL PADRE.-   Y La Época, de todos modos, ¿qué dice?  (Se cala sus quevedos y lee en la primera columna de la izquierda.)  «Su Majestad la Reina Doña Cristina, en estado de buena esperanza desde el pasado mes de septiembre, alcanza ya el momento de lógica culminación de aquel. Por fortuna, los síntomas no pueden ser más favorables de lo que son, y todo hace prever un venturoso desenlace. La Época formula sus votos por que la Providencia asista a Su Majestad la Reina con sus altísimas y señaladas predilecciones». ¡Dios lo haga, hijo mío!  (Sigue leyendo.)  «Los cañones de la Montaña del Príncipe Pío darán al pueblo madrileño la buena nueva. Una salva de quince disparos en caso de ser niña; una salva de veintiuno, en caso de ser varón...».  (Soñadoramente.)  Veintiuno, si es varón...

 

(ENCARNITA ha aparecido unos segundos antes. Con el ceño fruncido da a entender que no está por entero de acuerdo con el ideal del autor de sus días. Ahora declara con graciosa decisión.)

 

ENCARNITA.-   ¡Pues yo quiero que sea niña!

 

(DON GABRIEL y EL PADRE se ponen de pie, lívidos, como si les hubieran afrentado.)

 

EL PADRE.-   ¡Encarnita!...

DON GABRIEL.-   ¡Encarna!...

ENCARNITA.-   Pues sí, pues sí, pues sí...

 

(Cruza la escena repitiéndolo como un estribillo, en juego, para hacer rabiar. Y se va por la derecha, no sin que DON GABRIEL inicie un conato de persecución.)

 

EL PADRE.-   ¡Habrase visto!

ENCARNITA.-     (Desde dentro.)  Los hombres no servís para nada. Sois una calamidad. Además, os pasáis la vida en el café, estáis siempre fumando puros y no hay quien os soporte.

EL PADRE.-     (Con voz tonante.)  Encarnita: ¡si entro en esa habitación!...

DON GABRIEL.-     (En un tono resuelto.)  Déjela de mi cuenta, padre.

 

(Medio en broma, medio en verás, se lanza rápidamente por la puerta de la derecha.)

 

ENCARNITA.-   Las mujeres queremos que sea reina; sí, sí: queremos que... ¡Ay!

 

(Se oye el ruido de una carrera precipitada, los gritos de ENCARNITA, la caída de algún pequeño mueble. EL PADRE permanece en escena impasible, como un juez que hubiera dictado sentencia y asistiera a su ejecución sin pestañear. En este momento, ENCARNITA parece haber sido atrapada por DON GABRIEL.)

 

¡Suéltame! ¡Eres un bárbaro! ¡No me pellizques!... ¡Ay, ay, ay!...

 

(Silencio.)

 

DON GABRIEL.-     (Reaparece. Viene ajustándose el uniforme y un poco sofocado. Habla igual que si diera el parte.)  Sin novedad, mi coronel.

EL PADRE.-     (Con un cómico empaque.)  El enemigo huyó al producirse nuestro asalto, ¿no?

DON GABRIEL.-   Sí; pero fue aprehendido en el sector que se comprende entre el aparador y el trinchero.

EL PADRE.-   ¿El combate fue al arma blanca?

DON GABRIEL.-   No se hizo necesario el uso de las armas.

 

(ENCARNITA cruza la escena de derecha a izquierda. Lleva el labio inferior avanzado, el gesto colérico. Con mano derecha va frotándose el brazo izquierdo, dolorido, al parecer, por los pescozones.)

 

ENCARNITA.-     (Sin mirarle siquiera: tal es su desprecio a DON GABRIEL.)  ¡Canalla!

 

(EL PADRE y DON GABRIEL se ponen de acuerdo con la mirada. Entonces DON GABRIEL va hacia ella y a traición le da un beso en la cabeza.)

 

DON GABRIEL.-   ¡Armisticio!

ENCARNITA.-     (Con insuperable desdén. Se vuelve a él y parece fulminarle con los ojos.)  ¡Hombre habías de ser!

 

(Mutis por la izquierda. DON GABRIEL y EL PADRE se ríen alegremente. EL PADRE se dirige hacia la izquierda. Intenta, conciliador, no ya el armisticio, la paz.)

 

EL PADRE.-   ¡Vamos, vamos, Encarnita!...

 

(La llama desde el umbral, sin encontrar respuesta.)

 

DON GABRIEL.-   Padre...

EL PADRE.-   ¡Chiquilla rebelde!...  (Transición.)  Dime, hijo, dime...

 

(Se dispone a escucharle, ahora seriamente, con una leve emoción contenida y una indudable ternura.)

 

DON GABRIEL.-   Padre, yo no soy ya un niño...

EL PADRE.-   Naciste el 5 de abril del 61, Gabriel. Estamos a 17 de mayo de 1886. Tienes, exactamente, veinticinco años, un mes y doce días...  (Saca de su bolsillo un reloj de oro y dispara su sonería. Se oyen sus tenues campanadas.)  tres horas, doce minutos y catorce segundos... ¿Y sabes, dicho sea de paso, que este reloj ya es tuyo? ¿Que es mi regalo por tu ascenso, como lo fue por el mío en los tiempos de Maricastaña?

DON GABRIEL.-   ¡Oh padre!..

EL PADRE.-   No me avergüences dándome las gracias, y sigamos. ¡Eres joven, hijo! La vida está ante ti como un árbol cuajado de fruta. Sacúdelo, con fuerza y el árbol te regalará toda su carga. Sea para ti su tesoro. Yo sólo le pido sombra.

DON GABRIEL.-   Padre, no me gusta oírle cosas tristes.

EL PADRE.-   ¡No, si me siento feliz! Hace años pasé una enfermedad grave. Mi dolor más grande era el de pensar que, si moría, nadie te podría hablar en esta hora como yo lo hago.  (En otro tono. A medias, burlón; a medias, amistoso.)  Caballerito, ¿se da cuenta de que es usted nada menos que todo un hombre, porque hasta ahora era solo un mozalbete casi sin responsabilidad, dueño de enamorarse y desenamorarse a placer, y que todo cambió, simplemente, porque ya tiene sus tres estrellas de capitán en la manga?

DON GABRIEL.-   Sí, padre.

EL PADRE.-   Pues bien, señor capitán. Está usted heredado de madre y dispone de una pequeña renta; gana además, casi ochocientos reales al mes, lo cual no es una fortuna, pero tampoco una miseria. Tiene usted un porvenir. ¿Por qué no piensa usted, señor capitán, en buscar una mujercita de su condición, buena y sana, y se casa con ella?

 

(DON GABRIEL no responde, pero se ríe con levedad, diríase que para sí mismo.)

 

Yo no digo que eso sea hoy, ni mañana; pero sí que no conviene dejar que los días transcurran...

 

(Unos momentos antes se ha oído un timbre. Ahora aparece ENCARNITA por la puerta de la izquierda.)

 

ENCARNITA.-   ¡Papá, los Gallardo!...

EL PADRE.-   ¡Vaya por Dios! En qué mal momento... Bien, bien... ¡Que pasen!

DON GABRIEL.-   Padre, yo necesitaba decirle...

EL PADRE.-   Déjalo hijo, después hablaremos.

 

(Avanza para recibirlos. DON MANUEL GALLARDO es un hombre de unos cuarenta y cinco años. Con él viene MARÍA LUISA. MARÍA LUISA frisa en los dieciocho. Ninguno más. Es bella. MARÍA LUISA entra primero, pero se detiene en el umbral. DON GABRIEL queda en segundo término, cercano a la escribanía. EL PADRE saluda a MARÍA LUISA casi sin ceremonia, como a una chiquilla.)

 

¿Qué cuenta la fea de la casa?

MARÍA LUISA.-    (Tímidamente.)  Buenas tardes, don Gabriel.

GALLARDO.-   Buenas tardes a los dos, padre e hijo.

ENCARNITA.-    (Que ha salido con ellos y cruza de un extremo a otro.)  Y a la hija que la parta un rayo.

EL PADRE.-     (Severo.)  ¡Encarnita!...

ENCARNITA.-    (Desde la puerta de la derecha. Más sumisa.)  ¿Qué?

GALLARDO.-   ¡Ah!, tiene razón Encarnita. No la riña, don Gabriel. Buenas tardes, Encarnita.

ENCARNITA.-   Sí, a buena hora.

 

(Y hace mutis sin esperar a nada.)

 

EL PADRE.-   ¡Niña mal criada!...

 

(Parece que va a intentar castigarla.)

 

MARÍA LUISA.-   ¡Oh!, don Gabriel, déjela... ¡Encarnita, Encarnita!...

 

(Se marcha detrás de ella.)

 

EL PADRE.-     (A GALLARDO.)  ¿Qué hay, amigo? ¿Algo nuevo?

 

(Se lo pregunta con una curiosidad casi nerviosa.)

 

GALLARDO.-   Nada; las calles están llenas de gente. Por aquí, de modo especial, resulta difícil dar un solo paso.

EL PADRE.-   Es lógico... Usted mismo, ¿se encuentra tranquilo? A todos nos va algo, y muy importante, en cuanto se espera.

GALLARDO.-   ¿Veo mal o el tenientillo que dejé el viernes pasado se me ha convertido en capitán?

DON GABRIEL.-   Ve usted perfectamente, señor Gallardo.

EL PADRE.-   De capitán le tiene desde ayer.

GALLARDO.-   Mi capitán, enhorabuena.

DON GABRIEL.-   Muchas gracias, señor.

 

(Y tras una breve vacilación, se va por la derecha.)

 

GALLARDO.-   Mi querido amigo: estoy en deuda con usted. Si me permite, voy a saldarla.

EL PADRE.-   ¿Le digo la verdad? Lo esperaba. Me contaron que había ganado usted en el bacará del Casino.

GALLARDO.-   Sí, así fue.  (Con una animación un poco enfermiza.)  ¡Qué baraja se me dio, don Gabriel! Una verdadera borrachera. Seis pases, ¿sabe? Pero mala suerte... Ya, muy al final, cuando se habían ido los hermanos Menéndez, Jacobo, Ricardo Azcona..., todos. Emiliano fue el que pagó el pato. Diez minutos antes, me forro. Porque no me cubrieron más que los dos o tres primeros pases. Fíjese que salí de mil reales. Uno que hacen dos, dos que hacen cuatro, cuatro que hacen ocho... Hasta ahí, muy bien. Pero a partir de ahí la cosa comenzó a aflojar... Y luego, la cagnotte que es terrible...

EL PADRE.-    (Le ha examinado detenidamente mientras hablaba.)  Escúcheme, Gallardo. ¿Por qué sigue jugando?

GALLARDO.-   No, si ahora no juego nunca... Voy, si acaso, un ratito al Casino. Y con un billete en la cartera. Nada más. Si sopla, bien. Y si no, me marcho. ¿Comprende?

EL PADRE.-   Comprendo demasiado. Y hay cosas peores todavía. Me han dicho que está usted enseñando a jugar a su sobrino Andrés.

GALLARDO.-   Y le aconsejo a usted una cosa: que me deje que haga lo mismo con su hijo Gabriel.

EL PADRE.-   ¡Amigo Gallardo!... Hasta ahí podíamos llegar...

GALLARDO.-   Créame. Que nos guste o que no nos guste, ellos van a jugar. Pues ¡cuánto mejor es que vayan enseñados que sin enseñar! No le han engañado. Yo tallo todas las noches cuatro mil alubias en casa, a dos paños. Al chiquitín, el hermanillo de Andrés, Joseíto, que tiene cinco años recién cumplidos, es una delicia oírle decir: «Carta. No. Nueve. Banco». ¡Ah, banco, banco!... ¿Dónde hay una palabra más bella que esa?... ¡Por cierto que Andrés tiene un corazón!... ¡Cómo aguanta el chiquillo!...  (Ponderativo hasta el estupor.)  Se tiró el quinto pase la otra noche con mil doscientas alubias. ¡Y abatió a ocho! No había manera de hacerlo acostar. Estuvimos jugando casi cinco horas.

EL PADRE.-   ¡Y eso le divierte!...

GALLARDO.-   Mire usted, don Gabriel: el mayor placer de este mundo es jugar y perder.

EL PADRE.-   Hombre, dirá usted jugar y ganar.

GALLARDO.-   Bueno, es que ese ya no es de este mundo.

EL PADRE.-   En efecto, no es de este mundo ganar en el juego.

GALLARDO.-   En fin, ¿no fueron seis mil reales los que me dejó el mes pasado cierta mañana?

EL PADRE.-   En efecto.

GALLARDO.-   Pues aquí están, como seis mil soles.

 

(Le entrega a EL PADRE un sobre, que este guarda.)

 

EL PADRE.-   Gallardo, excúseme si me permito cierta libertad. Yo sé que usted va a seguir jugando...  (Ante un gesto de GALLARDO.)  Lo sé, amigo mío. Le deseo suerte. Pero si no la tiene, prudencia, Gallardo, prudencia.

GALLARDO.-   Ya sé por dónde va usted, don Gabriel. Usted teme que yo pueda malbaratar la fortuna que los padres de María Luisa le dejaron al morir.

EL PADRE.-   De quien le ha dado trato de hija no es lógico temer un desafuero semejante.

GALLARDO.-   Bien puede usted estar tranquilo, don Gabriel. Mire usted: yo tengo cincuenta y dos años y soy soltero. Cuando uno llega a esa edad en mi estado, siempre tiene que justificarse. «¿Por qué se ha quedado usted soltero?». Esa es la pregunta de cada día. A veces resulta un poco fastidiosa. Porque es que se lo preguntan a uno como diciéndole: «Pero, hombre, si usted parece que servía para casado, ¿por qué no se casó usted?». Pues la culpa de todo la tiene, de un lado, María Luisa; del otro, Andrés y Joseíto, mis sobrinos. Ellos han creado en torno mío una simulación de paternidad. Mal asunto, don Gabriel; porque si en todo las imitaciones son detestable cosa, en esto aun son más graves. Bien haya del que se siente padre de sus hijos. Mala suerte le espera al que se siente padre de los hijos de los demás. Esté usted tranquilo, don Gabriel. No hay Banco mejor para la custodia de los bienes de María Luisa que mi firma.

 

(Unos momentos antes la DONCELLA ha pasado de la lateral izquierda a la derecha. No va excesivamente uniformada, pero sí muy discretamente vestida. Ahora, al concluir GALLARDO, sale acompañada de ENCARNITA.)

 

DONCELLA.-   ¿Y qué le digo?

ENCARNITA.-    (Con zozobra, mientras oculta un papel entre las manos.)  Cállese, que se van a dar cuenta.

DONCELLA.-   Está de plantón, en la esquina, el chico, desde hace más de media hora.

ENCARNITA.-   ¿Es Andrés? ¿Seguro?

DONCELLA.-   ¡Pues claro!, el sobrino del señor Gallardo. ¿O es que no voy a conocerlo?

ENCARNITA.-   ¿Y qué te ha dicho?

DONCELLA.-   Que tiene unos bombones y te los quiere dar.

ENCARNITA.-     (Muy contenta.)  ¡Eso es que ha ganado al tute!

DONCELLA.-   Bueno, ¿qué le contesto?

ENCARNITA.-   ¡Huy! Jesús, ¡ayúdeme!

DONCELLA.-   Sí; pero si se entera el señor, me va a echar una bronca.

ENCARNITA.-   Dile que vaya a misa de once, mañana. Que si está enamorado de mí, que se salte el Instituto.

DONCELLA.-   Ese se salta el Instituto fácilmente, me parece.

ENCARNITA.-   Oye..., dale esto.  (Le entrega un sobre en múltiples dobleces.)  Dile también que, si puedo, voy a asomarme.

DONCELLA.-   ¡Dios, qué líos!...

 

(Y hace mutis por la izquierda. ENCARNITA mira a EL PADRE y a GALLARDO. Como se hallan de espaldas a ella, se atreve a abrir la ventana. ANDRÉS debe de quedar bastante próximo de su mirada, porque ENCARNITA pone un gesto de asombro y de temor. A seguida, con la mano le ahuyenta. EL PADRE le sorprende en este juego.)

 

EL PADRE.-   ¿Pasa algo, chiquilla? ¿Hay alguna noticia nueva?

ENCARNITA.-   No, no, papá. Miraba la calle...

EL PADRE.-   Pues cierra, cierra...

 

(ENCARNITA cierra la ventana con cierta morosidad, sin entusiasmo. Después hace mutis por la lateral izquierda.)

 

EL PADRE.-     (A GALLARDO.)  Solo con oír, Gallardo, descanso de toda preocupación para siempre.

GALLARDO.-   Pero cállese ahora, que ella viene hacia aquí.

 

(MARÍA LUISA y DON GABRIEL aparecen, en efecto, en la puerta de la derecha. Se detienen en su umbral. Miran los dos a EL PADRE y a GALLARDO y un momento parece como si fueran a decirles algo. Hay un silencio de breves segundos tan solo, pero un tanto embarazoso.)

 

EL PADRE.-   ¿Qué pasa? ¿Qué sucede?

 

(DON GABRIEL se decide. Va, sin duda, a hablar; pero con el miedo de que lo haga, MARÍA LUISA se adelanta.)

 

MARÍA LUISA.-   Nada, nada. ¿Qué ha de pasar?

GALLARDO.-   Parecía que...

MARÍA LUISA.-   Nada, nada...

EL PADRE.-   ¿Iría bien al señor Gallardo una copita?

GALLARDO.-   Supongo que tan bien como al señor Ardanaz y de la Torre.

EL PADRE.-   Pues, andando; venga conmigo.

GALLARDO.-   A sus órdenes.

 

(Hacen los dos mutis por la lateral derecha.)

 

DON GABRIEL.-     (A MARÍA LUISA. Reprochador.)  ¿Y por qué me impediste...?

MARÍA LUISA.-   No sé... Me subió un sofoco a la cara...

DON GABRIEL.-   ¡Qué niña eres!...

 

(DON GABRIEL lleva en la mano un cuadernillo de hule.)

 

MARÍA LUISA.-   ¿Vas a castigarme?...

DON GABRIEL.-   ¿Yo? ¿De qué manera podría hacerlo sin sufrir yo mismo?...

MARÍA LUISA.-   No leyéndome tu Diario.

DON GABRIEL.-   Mira... Es una buena idea.

MARÍA LUISA.-    (Con una aflicción ingenua.)  ¡No me castigues!...

DON GABRIEL.-     (Conmovido.)  ¡María Luisa!...

MARÍA LUISA.-   Anda, léeme lo del día en que lo empezaste...

DON GABRIEL.-   Fue el día en que me declaré a ti: seis de marzo...

MARÍA LUISA.-   ¿Cómo lo cuentas eso en el Diario?  (Le coge el cuaderno.)  Déjamelo...

 

(DON GABRIEL se lo deja arrebatar sin resistencia. MARÍA LUISA se instala con él, en actitud de leerlo. DON GABRIEL se sienta a su lado.)

 

MARÍA LUISA.-     (Lee.)  «6 de marzo de 1885. Hoy empiezo este Diario, que acabará cuando yo acabe, porque es el primer día en el que tengo algo que librar del olvido. Vengo de confesar a María Luisa que la quiero. Testigos fueron dos rosas que ella llevaba en la mano, el guarda jurado de la Plaza de Oriente y el lucero de la tarde...».  (Ruborosamente.)  Gabriel, ¿escribiste también... antes de ayer?

DON GABRIEL.-   Sí.

MARÍA LUISA.-     (Lee en el reverso de una pequeña medallita que lleva en la pulsera.)  ¿El 15 de mayo de 1886?...

DON GABRIEL.-   Pues... sí.

MARÍA LUISA.-   ¿Puedo verlo, Gabriel?

DON GABRIEL.-   Léelo, si gustas. Ese día escribí muy poco. Solo dos líneas...

MARÍA LUISA.-     (Maliciosa.)  ¿Las busco?...

DON GABRIEL.-   Bien.

MARÍA LUISA.-     (Lee.)  «15 de mayo de 1886. Otra vez la Plaza de Oriente. ¡Oh, tarde!, ¡oh, tarde!,... El beso es el final de una conversación a la que ya faltan palabras y el comienzo de otra que no las necesita...». Gabriel...

DON GABRIEL.-   Dime...

MARÍA LUISA.-   Yo tal vez hubiera escrito algo diferente.

DON GABRIEL.-   ¿Qué?

MARÍA LUISA.-   El beso es la única cosa que primero se roba y luego se da.

DON GABRIEL.-   ¡María Luisa!...

MARÍA LUISA.-   Y esos versos, ¿son tuyos?

DON GABRIEL.-   No, no son míos; los recorté, porque entendí que iban bien con mi Diario.

MARÍA LUISA.-   ¿Me dejas leerlos?...

DON GABRIEL.-   ¡Claro!, ¿por qué no?

MARÍA LUISA.-     (Lee.)  «Cuando tu enfado pase, comprenderás, Elvira...». ¿Quién es esta Elvira?

DON GABRIEL.-   Sin duda, la musa del poeta...

MARÍA LUISA.-   «Cuando tu enfado pase, comprenderás, Elvira1, que no tienes motivos para reñir por eso. / ¿Con qué derecho dices que mi amor es mentira, / si solo soy culpable de haberte dado un beso?

»Piénsalo bien, querida; piénsalo y, en conciencia, comprenderás al punto que te has portado mal. / Por una simple falta, me impone tu sentencia las más duras condenas del Código penal.

»¿Que besar es delito? Pues yo, todo contrito, / reconozco mi falta y espero tu perdón. / La experiencia me enseña que para ese delito / no negáis las mujeres nunca la absolución.

»Tú, claro, como todas, protestas, te incomodas. / Y yo ese enojo tuyo lo encuentro natural. / Pero en el fondo, nena, te pasa como a todas; / porque aquel besó..., vamos, que no te supo mal.

»Y si está bien que dure dos minutos tu enfado, / regañar para siempre ya no está nada bien. / ¿Que yo he sido culpable? Nunca te lo he negado. / Pero tú, ¡qué, caramba!, tú lo has sido también.

»*Tú pusiste el encanto de tus ojos suaves, / más claros y serenos que los del madrigal, / y la gracia exquisita de tus formas ingraves, de tu cuello de nieve, de tu voz musical.

»Y yo, al verme en el borde de un abismo sin fondo, / para no despeñarme, te cogí, y así fue. / De que tuve intención, de besarte, respondo. / ¿Pero llegué a besarte? Eso ya no lo sé.*

»Modera, pues, con calma tus injustos desvíos; / dale al César lo suyo y a Dios lo que es de Dios, / y no hagas responsables solo a los labios míos / de lo que cometieron los labios de los dos.

»Ya ves que no hay motivos para reñir por eso. / Mas como en tus enfados de todo eres capaz, / si a pesar de que, humilde, mi pecado confieso, / te sigue disgustando que te haya dado un beso, / mira: me lo devuelves, ¡y quedamos en paz!...».

DON GABRIEL.-   ¿Te gustan?

MARÍA LUISA.-   Escúchame: he de decirte varias cosas muy serias. La primera es que estaré siempre a tu lado. Inclusive si me muero, y el corazón me dice que viviré menos que tú, ya me las arreglaré para estar contigo. La segunda es que en cualquier momento, viva o muerta, me consideraré con autoridad para leer tu Diario, te guste o no te guste. Ándate, pues, con cuidado, de lo que escribes en él; porque a lo mejor te pesco en infidelidades o en ingratitudes terribles.

DON GABRIEL.-   Bien. Y de quererme, ¿qué?

MARÍA LUISA.-   Con todo mi corazón... y siempre.

 

(En este instante aparecen por la lateral derecha EL PADRE y GALLARDO. DON GABRIEL se pone de pie. MARÍA LUISA no los ha visto entrar. Al oír a DON GABRIEL las primeras palabras que este pronuncia, baja la cabeza, avergonzadísima, como si deseara desaparecer.)

 

DON GABRIEL.-   Papá... Señor Gallardo... Yo quiero a María Luisa.

EL PADRE.-   ¡Demontre!

DON GABRIEL.-   ¡María Luisa me quiere a mí!

GALLARDO.-   ¡Bueno va!

DON GABRIEL.-   Los dos nos queremos...

EL PADRE.-   ¡Brillante resumen!...

DON GABRIEL.-   Y...

 

(MARÍA LUISA, nerviosa, abandona el sofá y refugia en los visillos del mirador su confusión tremenda.)

 

¡Oh!, no, María Luisa; ven a mí...  (La toma del brazo y la encara con EL PADRE y con GALLARDO.)  Yo pido la bendición de ustedes para nuestra boda.

 

(Todo ha sucedido en breves segundos. EL PADRE apenas si ha salido del susto. Ahora deriva por lo cómico su sorpresa.)

 

EL PADRE.-    (Con burlona solemnidad.)  El Consejo de Ancianos va a deliberar.

 

(Coge a GALLARDO y lo lleva a un ángulo de la escena. Allí simulan, con grandes aspavientos, una breve discusión.)

 

GALLARDO.-    (En el mismo tono enfático de EL PADRE.)  ¿Y usted qué opina, señor mío?

EL PADRE.-   ¡Ah! ¿Y usted qué opina, señor Gallardo?...

GALLARDO.-   ¡Ah!

EL PADRE.-   ¿Como yo, entonces?...

GALLARDO.-   Como usted.  (Se dirigen a los dos novios.)  Hable usted, pues.  (A EL PADRE.) 

EL PADRE.-   Claro, claro. En el Consejo de Ancianos, el más joven habla siempre el primero.

GALLARDO.-   ¡Jesús! ¡Qué cosas hay que oír!

EL PADRE.-     (En tono de discurso.)  El Consejo de Ancianos ha deliberado sobre la petición que le ha sido formulada por don Gabriel Ardanaz y Segura y la señorita María Luisa Villamil Rosado.

 

(En este momento empiezan a oírse unos cañonazos.)

 

GALLARDO.-    (Como si continuara la lectura del acta.)  Don Manuel Gallardo y Roca, de treinta y cinco años recién cumplidos  (Grandes protestas de EL PADRE.) , hizo uso de la palabra para informar en un sentido favorable, puesto que no tenía nada que objetar en contra de don Gabriel Ardanaz y Segura.

EL PADRE.-   A continuación, don Gabriel Ardanaz y de la Torre, cuya juventud, dicho sea de pasó, tanta envidia y asombro causan al señor Gallardo, pronunció un elogio de la señorita María Luisa Villamil, de la que dijo que la encontraba admirable de todo punto y que le parecía la perfección misma. En consecuencia...

 

(ENCARNITA aparece por la lateral izquierda. Viene demudada.)

 

ENCARNITA.-   ¡Ocho!

 

(Han sonado, en efecto, ocho cañonazos. Todos se interrumpen. Al principio, no saben ni a qué se refiere ENCARNITA. Pero el noveno cañonazo les saca de dudas. ENCARNITA va a la ventana y la abre de par en par.)

 

TODOS.-   ¡Nueve!... ¡Diez!...

 

(La DONCELLA aparece por la lateral izquierda.)

 

DONCELLA.-   Once, señorita...

TODOS.-   Pchs... Doce... Trece...

 

(Por la derecha surge la COCINERA. Trae el delantal puesto y viene frotándose las manos con él.)

 

COCINERA.-   ¡Catorce, señor!...

TODOS.-   ¡Quince!...

 

(Hay un instante de angustia. Se oye el cañonazo decimosexto. ENCARNITA se echa a llorar desconsoladamente en la contraventana.)

 

EL PADRE.-     (Eleva la voz, a la que el júbilo diríase que va a quebrarla, sobre el ruido de los cañonazos, que siguen sonando hasta veintiuno, de los vítores de la calle, de los gritos jubilosos de los demás...)  El Consejo de Ancianos, en consecuencia... acordó acceder a la boda de la señorita Villamil y del señor Ardanaz y Segura, en Madrid, a diecisiete de mayo de 1886, ¡¡día del nacimiento del Rey!!...


 
 
TELÓN
 
 

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