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Epístola segunda


Al abad de Valchretien Mr. D'Eymar



Sequor, et qua ducitis adsum.

(Virgilio, Eneida, lib. II).                



ArribaAbajo   Mientras te alejas de la verde orilla
querido Eymar, del caudaloso Betis,
huyendo de los brazos de tu amigo;
y en tanto que atraviesas los confines
de una y otra provincia, sus estudios,  5
sus leyes y costumbres meditando;
mientras, lleno de un ansia generosa
de conocer al hombre, le examinas
por los distintos climas donde mora,
lejos vagando de la dulce patria;  10
permite que, admirada de tu celo,
siga mi musa tus ilustres huellas,
y te acompañe por los ricos campos
de Astigi, que con giro majestuoso
fecundiza el Genil, y hasta las puertas  15
te siga, por do entraron tantas veces
el ayo de Nerón y el numeroso
cantor de los farsálicos horrores;
que en pos de ti discurra el ancha falda
de los Marianos montes, patria un tiempo  20
de fieras alimañas, y hoy milagro
del arte y de la industria; que penetre
por los sedientos campos de la Mancha,
tumba del Guadiana memorable,
no hollados ya de héroes ni gigantes;  25
que te acompañe, en fin, hasta que pueda
besar contigo la imperial corriente
del pobre y respetado Manzanares.
Permítela también que al lado tuyo
pise después con planta temerosa  30
el suelo carpentano, la dorada
arena de Carpento, do tuvieron
su cuna y su mansión mil altos reyes.
Juntos allí veremos las grandezas
del imperio español, y reducidos  35
a muy breve recinto, admiraremos
el sudor y opulencia de dos mundos.
Luego entraremos tímidos del trono
que ocupa Carlos a la augusta gloria,
y asentados verás allí a su diestra  40
la religión, el celo, la justicia,
la piedad y el amor, firmes apoyos
de su poder, su gloria y ornamento.

   De su real familia en los semblantes
verás la tierna humanidad pintada,  45
cautivando mil almas, y el glorioso
espirtu varonil del cuarto Carlos,
sucesor destinado a sus virtudes
y su trono, y objeto ya constante
de amor a los hispanos corazones.  50
Después que beses las augustas manos
con labio reverente, y reflexivo
tanto esplendor y majestad contemples
huiremos de allí, no sea que al soplo
del aire palaciego algún maligno  55
influjo dañe a tu alma generosa;
huiremos de allí, y atrás dejando
la oficiosa ambición, el necio orgullo,
la negra envidia, el fraude, la lisonja
y otros aúlicos monstruos, a más dignos  60
objetos volveremos nuestros ojos.

   Mas bien será que en la intrincada senda
del matritense laberinto guíe
la alma filosofía nuestros pasos;
la alma filosofía, a cuyas voces  65
tan avezada, Eymar, está tu oreja.
Con ella subiremos a los templos
do tiene culto Astrea, y do del numen
atentos a la voz de sus oráculos,
la infalible sanción escucharemos.  70
Allí verás, sentados a la sombra
del solio, en alto escaño, a los severos
ministros de la diosa, con oscuras
y luengas vestiduras ataviados;
de la suprema voluntad del numen  75
son órgano sus bocas, y dos mundos
ven su felicidad de ellas pendiente.
El celo del bien público las abre
y las hace elocuentes, y del numen
calor e inspiración reciben sólo.  80
Pero si alguna, al interés movida,
profana la verdad; si ves que usurpa
la mentira tal vez su santo adorno;
si el dolo, si el arbitrio introducidos
vieres en el congreso, Eymar, ¡oh, huye,  85
huye de allí con planta presurosa!
Huyamos. ¡Ah, no sean de la impura
profanación testigos nuestros ojos!
Huyamos a buscar a los tranquilos
alumnos de Sofía en su gimnasio.  90

   Pasado el ancho foro y los umbrales
del alto consistorio, los veremos
trabajar por el bien de sus hermanos
sin fausto, sin escolta, sin señales
de imperio o dignidad: sólo al provecho  95
los verás de su patria consagrados.
El patrio amor preside las sesiones,
él sólo los congrega, los inspira,
los inflama, los guía y los corona.
El pobre labrador, a la inclemencia  100
del sol y el viento expuesto, y de las lluvias;
en su taller el mísero artesano;
el rico mercadante en su trastienda,
o bien del bravo mar entre las ondas,
objeto son de su incesante estudio.  105

   Mira aquél que entre todos sobresale
con cana cabellera y luengas ropas,
encendido el semblante, y penetrado
de patriótico celo. Aplica atento
tu oído a sus discursos; ya resuenan  110
en ambos hemisferios sus clamores.
La patria está a su diestra, y con la suya
le ofrece una corona. ¡Vive, oh ilustre
alumno de Sofía! ¡Vive, y goza
el tributo de gloria y de alabanza  115
que te ofrece la patria, mientras el cielo
labra más alto premio a tus virtudes!

   Mira también entre los mismos muros,
Eymar, otros alumnos de Minerva,
deteniendo del tiempo el raudo curso;  120
míralos renovando la memoria
de los pasados héroes, sus nombres
a los siglos futuros perpetuando.

   Otros allí verás, atentos siempre
a conservar la gloria y la pureza  125
del lenguaje español, de sus dominios
las ajenas y bárbaras palabras
y las espurias frases desterrando.
Admíralos, Eymar, mientras muy dignos
de eterna gratitud, al bien consagran  130
de su patria y hermanos sus fatigas.

   Ven conmigo después a la ancha casa
do están depositados los milagros
de arte y naturaleza. ¡Dulce amigo!,
ve aquí de tu atención dulces objetos.  135
Cuanto produce el ámbito espacioso
de uno y otro hemisferio, en aire, en tierra,
en fuego, en mar, aquí verás cifrado.
Sacia tu sed, y por las varias clases
de entes, o ya perfectos o monstruosos,  140
ricos, raros, hermosos o terribles,
tiende la experta y penetrante vista.
Carlos redujo toda la natura
a tan breve recinto. También mora,
gracias a su piedad, con ella el arte;  145
el arte, imitador de la natura,
pues cuanto ella produce y perfecciona
la mano del artista imita diestra,
en lienzo, en piedra o en sempiterno bronce.
¡Oh, benéficas artes, que el muy Alto  150
para alentar a la virtud produjo!
¡A vosotras es dado solamente
el hacer inmortales! ¡Almas grandes,
corred al heroísmo! Vuestros nombres
ya no irán con vosotros al sepulcro:  155
Carlos hará que vivan respetados
en la posteridad, y en vuestra muerte
no moriréis del todo.
Pero vamos,
Eymar, y nuestros pasos a más dulces
objetos dirijamos, también dignos  160
de tu especulación. Amables ninfas
del claro Manzanares, salid prontas,
salidnos al encuentro, y por un rato
permitidnos llegar a vuestros coros.
¿No ves, Eymar, la gracia y gentileza  165
que brilla en sus semblantes? La alma Venus
su imperio les cedió; su dulce imperio,
sobre esforzados pechos ejercido,
donde viven esclavos los más altos,
nobles y generosos corazones.  170
Ea, pues, moradoras de Carpento,
venid, y con guirnaldas de odoroso
mirto tejidas, y de verde hiedra,
venid y coronad al nuevo huésped;
venid a coronarle, y pues su lira,  175
diestramente tañida tantas veces
a orillas del Secuana, fue embeleso
de sus graciosas ninfas, de vosotras
logre también el galardón debido.

   Llega, Eymar, nada temas: el agrado  180
es su virtud genial. ¡Ah, si al hechizo
de sus ojos resistes; si no rindes
tu albedrío al imperio de sus labios;
si las ves, si las oyes con tranquilo
y libre corazón...! Guárdate, oh amigo,  185
guárdate de pasar por insensible;
guárdate... Mas permite que mi musa
vuelva sus pasos a la fresca orilla
del Betis, do, quejosas de esta ausencia,
la esperan ya las ninfas sevillanas.  190




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Idilio tercero


A Batilo



ArribaAbajo   Mientras Batilo canta
con alto y dulce acento
los años de Ciparis,
muchacho, llena el cuenco,
que quiero celebrarlos  5
con el licor lieo,
brindándoles alegre
y a su salud bebiendo.
¡Eh!, brindo por la tuya,
Ciparis: quiera el cielo  10
que de tan digno amante
goces por largo tiempo.
A tu salud va estotro
Batilo... Llena presto,
muchacho... Plegue al numen  15
que tiene culto en Delos
hacer que de tu canto
resuene el dulce acento
desde uno al otro polo
por siglos sempiternos.  20




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Idilio cuarto


A Galatea




ArribaAbajo   Mientras de Galatea,
oh incauto pajarillo,
ocupas el regazo,
permite que, afligido,
tan venturosa suerte  5
te envidie el amor mío.
De un mismo dueño hermoso
los dos somos cautivos:
tú lo eres por desgracia,
y yo por albedrío.  10

   Violento en las prisiones,
maldices tú al destino
en tanto que yo, alegre,
besando estoy los grillos;
mas en los dos, ¡cuán vario  15
se muestra el hado esquivo!
Conmigo, ¡ay, cuán tirano!,
contigo, ¡cuán benigno!

   Mil noches de tormento,
mil días de martirio,  20
mil ansias, mil angustias
lograrme no han podido
la dicha inestimable
que debes tú a un capricho.

   Bañado en triste llanto,  25
tu dulce suerte envidio;
y en tanto tú, arrogante,
huellas con pie atrevido,
sin alma, sin deseos
ni racional instinto,  30
la esfera donde apenas
llegar ha presumido
el vuelo arrebatado
del pensamiento mío.




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Idilio quinto


Al cumpleaños de Galatea




ArribaAbajo   Mientras en raudos giros
el cielo va contando
la suma de tus días
y el curso de tus años,
tu vida, oh Galatea,  5
con florecientes pasos
va al punto más subido
de juventud llegando.

   Del tiempo la incesante
consumidora mano,  10
que en otras hermosuras
consuma sólo estragos,
hoy, sabia y generosa
la tuya sazonando,
mil altas perfecciones,  15
mil gracias, mil encantos
retoca de tu rostro
sobre el luciente espacio.

   Mas ¡ay!, que también siente
mi corazón, al paso  20
que crece tu hermosura,
dolores más amargos:
tú creces en belleza,
y yo en deseos vanos;
de mi esperanza inmóvil  25
es sólo el triste estado.




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Idilio sexto


A la misma




ArribaAbajo   No sale más galana
por las doradas puertas
de Oriente, del anciano
Titón la esposa bella,
que sales tú a mis ojos,  5
oh dulce Galatea,
cuando a gozar del día
el blando lecho dejas;
ni más resplandeciente
su cara al cielo enseña  10
la plateada luna,
que el tuyo tú a la tierra,
do imprimen hoy tus plantas
la delicada huella.

   Sin duda de las gracias  15
el coro, a tu lindeza
añade en esta hora
mil perfecciones nuevas:
brilla tu frente hermosa
con luz muy más serena,  20
y como al cielo el iris,
así tus negras cejas
dividen el nevado
contorno de tu esfera;
tus ojos... Musa mía,  25
¿cómo tu voz pudiera
los rutilantes ojos
pintar de Galatea?
¿Quién me dará que junte
del sol las luces bellas,  30
las sombras de la noche
y el fuego de la esfera,
para pintar los brillos,
la gracia y la viveza
de tus divinos ojos,  35
oh dulce Galatea?
Absorta el alma mía
los mira y los contempla,
sus luces la embriagan,
sus llamas la penetran.  40

   Veo que en tus mejillas
la rosa bermejea,
y del clavel purpúreo
tus labios son afrenta.
Juegan sobre tu boca  45
las risas halagüeñas,
y en el ebúrneo pecho
la cándida azucena
derrama su blancura.

   ¡Ay Dios, cuántas bellezas  50
mis ojos inflamados
registran en tu esfera!
¡Ah, no me las ocultes,
oh cruda Galatea!
¡Guarte, que no se enoje,  55
si al mundo se las niegas,
la mano bienhechora
de la Naturaleza!
¿Criólas por ventura
para que no se vieran?  60
Si es ella generosa,
¿por qué eres tú avarienta?




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Idilio séptimo


A la misma




ArribaAbajo   ¡Perdón, perdón mil veces,
oh cruda Galatea!
Ya estoy arrepentido;
perdona mi flaqueza.
Serena el ceño airado,  5
y a tu semblante vuelvan
la risa y el agrado.
Serénale; no quieras
dar tan atroz castigo
a culpa tan ligera.  10

   Mas ¡ay!, que amor tirano
vengado ha ya tu ofensa,
que en el delito mismo
me disfrazó la pena:
después que de tu rostro  15
tocó la ardiente esfera
mi labio, ¡ay, cuán aguda,
cuán penetrante flecha
mi corazón traspasa!
¡Ay, cómo le atormenta!  20
De ciego ardor movida
así tal vez la abeja
liba en la fresca rosa
los dulces jugos, mientras
su blando pecho duras  25
espinas atraviesan.




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Idilio octavo


A Mireo




ArribaAbajo   Con dulce y diestra pluma
pintaba el otro día
Mireo enamorado
las gracias de Trudina.
Pintaba de sus ojos  5
las luces homicidas,
su frente hermosa y grave,
sus rosadas mejillas,
la nariz bien labrada,
la boca bien partida;  10
pintaba el noble adorno
que a su semblante hacían
la ceja vuelta en arcos
y el cabello en sortijas;
después del cuerpo airoso  15
las gracias describía:
pintaba cómo al talle,
graciosa y bien tejida,
sobre la igual espalda
su trenza descendía;  20
del hombro ancho y caído
al cabo de la fina
cintura imperceptible
las distancias medía;
pintaba, en fin, su nívea  25
garganta, bien unida
al alto ebúrneo pecho,
partido en dos provincias;
sus brazos de alabastro,
sus manos yacintinas,  30
su garbo, su modestia,
sus gracias y sus risas.

   Cual era l'alma Venus
cuando buscaba en Siria
al malhadado Adonis,  35
graciosa y peregrina,
tal era y de tan altas
perfecciones vestida,
en pluma de Mireo,
la preciosa Trudina.  40




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La encina y la caña


(Fábula de Lafontaine)


ArribaAbajoDijo un día la encina,
hablando con la caña:
-Con sobrada razón, oh pobrecita,
te pudieras quejar de la fortuna.
Cualquiera pajarito  5
es para ti una carga muy pesada,
y el soplo más ligero,
que puede apenas encrespar la tersa
superficie del agua,
te obliga a dar de hocicos en el polvo.  10
Al contrario, mi copa,
cual eminente Caúcaso elevada,
del sol se opone a los ardientes rayos,
e insulta y desafía
al ímpetu ruidoso de los vientos.  15
Al menos si te hubieses
criado aquí al abrigo de los ramos
con que cubro este monte,
vivieras más segura,
guarecida por mí de las tormentas;  20
pero tú, desdichada,
creces sobre esa descubierta playa,
a ser débil juguete de los cierzos.
Por cierto que contigo
anduvo bien crüel naturaleza.  25
-Amiga, yo agradezco
tu compasión, le respondió la caña;
mas no tengas cuidado,
pues yo, doblando el cuello a los embates
del viento, más segura  30
estoy que tú, por más que hayas altiva
resistido hasta ahora. Vamos viendo.

   Mientras la caña hablaba,
del opuesto horizonte
un recio vendaval se precipita  35
con furia tempestuosa.
Al punto se encorvó la débil caña,
mas la robusta encina
resiste a los embates,
hasta que al fin, doblando sus esfuerzos  40
el viento asolador, descuaja y troncha
al árbol que escondía
su alta copa en las nubes
y su raíz en el profundo abismo.




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Los dos mulos


(Fábula de Lafontaine)

ArribaAbajoIban dos mulos caminando un día
cargado uno de yeso
y otro de un gran tesoro para el fisco.
Iba éste tan ufano con el peso
de su opulenta carga,  5
que no la soltaría por un reino.
Marchaba mesurado
con grave paso y levantado el cuello,
tocando su cencerra,
cuando hétele que sale  10
de pronto una cuadrilla de bandidos,
que, hambrientos de dinero,
sobre el ufano conductor se arrojan,
le rodean, le agarran por el freno,
le oprimen y detienen.  15
Pretende resistirlo,
pero sintiendo al punto
de todas partes sobre sí mil palos:
-¿En esto, dijo sollozando, en esto
han venido a parar mis esperanzas?  20
Este otro que me sigue,
me sigue sin peligro;
yo caigo en él, y de él salir no fío.
-No siempre provechosos
los grandes cargos son, amigo mío,  25
le dijo el camarada,
y ahora en tal apuro no te vieras
si, a ejemplo mío, hubieses
prestado tus servicios a un yesero.




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Idilio


De Montesquieu


ArribaAbajo   Por los hojosos bosques
de Idalia cierto día
andaba yo en compaña
de la joven Cefisa.
Hallé al Amor, que oculto  5
entre flores dormía,
cubierto de unos mirtos,
en cuyas ramecillas
del céfiro los soplos
apenas se sentían.  10
Las risas y los juegos,
perenne comitiva
del dios, andaban lejos,
retozando a porfía,
y le dejaban solo.  15

   Amor en aquel día
en mi poder estuvo
y en tanto que dormía
robar pude sus armas,
pues mientras él dormía,  20
carcaj, arco y saetas
a su lado yacían.
Del mayor de los divos
coge el arco Cefisa;
en él pone una flecha,  25
y a mí, que no la vía,
la dirigió al instante.
Hirióme, y yo con risa
le digo: -Vaya otra,
y hazme mayor herida,  30
que aquésta es muy pequeña.

   Al punto fue Cefisa
a poner otra, pero
del arco desprendida,
cayó en su pie. Asustóse,  35
porque era la maldita
flecha la más pesada
que en el carcaj había.
Por fin volvió a cogerla,
tiróla, y la maligna  40
me hirió otra vez el pecho.
-¿Qué haces, dije, Cefisa?
¿Pretendes, inhumana,
poner fin a mi vida?

   Ella se fue entre tanto  45
a do el Amor yacía:
-En sueño sepultado
está, dijo Cefisa,
de tan frecuentes tiros
rendido a la fatiga.  50
Vamos a atar con flores
sus pies y manecillas.
-No, dije yo, no lo hagas,
que a su deidad mil dichas
debemos, y favores.  55
-Pues voy, dijo la ninfa,
a dispararle un dardo
de los que el malo tira,
con cuanta fuerza pueda.
-Pero ¿no ves, Cefisa,  60
que puedes despertarle?
-Y bien, si nos divisa,
¿podrá hacer otra cosa
que hacernos más heridas?
-No, no, dije, dejemos  65
que duerma sin fatiga,
y estémonos sentados
cabe él en compañía,
para que a nuestras almas
inflame más su vista.  70

   Entonces recogiendo
de mirtos que allí había,
y rosas, muchas hojas:
-Voy, prosiguió Cefisa,
voy a tapar del niño  75
el cuerpo y la carita,
para que cuando vengan
los juegos y las risas
en busca de él, no le hallen.

   Echóselas encima,  80
y luego la taimada
se holgaba y se reía
de ver que al diosecillo
del todo le cubrían.
-Pero ¿qué es esto que hago?  85
No, no, dijo Cefisa,
cortémosle las alas,
que así no habrá en la vida
más hombres inconstantes,
porque éste se ejercita  90
en inspirar a todos
mudanzas y perfidias.

   Dicho esto, saca luego
sus tijeras la ninfa;
sentóse, y con gran tiento  95
asió las puntecillas
de las doradas alas
del dios, que aún dormía.
Yo entre tanto, sintiendo
mi alma conmovida,  100
de susto y temor lleno,
-Tente, dije, Cefisa.
Mas ella sin oírme,
de las alas divinas
las puntas corta; suelta  105
las tijeras deprisa,
y huyendo del castigo,
salvarse solicita.

   Cuando a volar, despierto,
ya el dios se disponía,  110
sintió un peso que nunca
sentido hubiera encima.
Luego sobre las flores
notó que relucían
las puntas de sus alas,  115
y echó a llorar. Su cuita
viendo de Olimpo Jove,
envió una nubecilla
que al dios llevase a Gnido,
hasta posarle encima  120
del seno de su madre.
Al verla: -¡Ay, madre mía!
la dijo, antes de ahora
mis alas se movían;
pero me las cortaron.  125
¿Qué haré con tal desdicha?
-No llores, hijo mío,
la alma Venus decía,
estáte aquí en mi seno,
no te muevas ni aflijas,  130
que ellas irán creciendo
con el calor. ¿No miras
cómo ya son más grandes?
Abrázame, alma mía,
que luego serán tales  135
como antes las tenías.
¿Ves cómo ya las puntas
doradas se divisan?
¡Eh!, ya han crecido; vuela,
vuela, hijo de mi vida.  140
-Sí, dijo el dios, probemos
si puedo cual solía.

   Voló en efecto un poco,
y se posó deprisa
cabe su linda madre;  145
de allí revoló encima
del pecho de la diosa,
que le hizo mil caricias.
Luego con nuevo brío
movió las alecillas,  150
y se posó más lejos,
volviendo todavía
al seno de su madre.

   Allí abrazó a la diva,
y ella de su contento  155
gozosa se sonría.
Repitió sus abrazos,
sus juegos y caricias,
hasta que al fin volando
subió sobre la limpia  160
región del aire, donde
reina con fuerza altiva
sobre cuanto en el orbe
Naturaleza cría.
Amor después, queriendo  165
vengarse de Cefisa,
la hizo la más voltaria
de todas las bonitas.
Con una nueva llama
la enciende cada día:  170
primero a mí me quiso,
a poco tiempo ardía
por Dafnis y al presente
ya por Cleón suspira.
¿No ves, Amor tirano,  175
que soy yo a quien castigas?
Pronto a sufrir la pena
estoy de su osadía;
mas no con sus desprecios,
oh dios crüel, me aflijas.  180




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Oda segunda


Al nacimiento de don Antonio María de Castilla y Velasco, primogénito de los Marqueses de Caltojar




ArribaAbajo   ¿Adónde estoy? ¿Qué fuego
es éste que mi pecho y mente inflama?
¿Quién atiza esta llama,
que turba mi razón y mi sosiego?
¿Qué espíritu halagüeño  5
mi musa arranca del pasado sueño?

   Mándame un numen santo
que tome al punto la sonante lira;
para un ignoto canto
al agitado pecho aliento inspira,  10
y con fuego elocuente
inflama los espacios de mi mente.
¿Y a quién, oh lira mía,
debes encaminar el alto acento?
¿Dónde de tu armonía  15
el objeto se halla? ¿El firmamento
le encierra acaso? ¿Habita en el profundo,
o se oculta en los ámbitos del mundo?

   Mas tú serás mi guía
santa Naturaleza, pues afable  20
presentas a la hinchada mente mía
el objeto más tierno, más amable,
de más delicias lleno,
que el sabio Autor despositó en tu seno.

   El tronco derivado  25
del real augusto tronco de Castilla,
al noble y sin mancilla
tronco de los Velascos enlazado,
germina, reflorece,
y nuevos frutos a la tierra ofrece.  30

   Un bello infante nace,
de mil generaciones claro anuncio:
en él un pueblo entero se complace.
Ven, deseado nuncio
del gozo y paz que nos ofrece el cielo,  35
ven a alegrar el hispalense suelo.

   ¡Oh cuánta dicha, cuánta
anuncia este suceso venturoso!
Musa mía, levanta
el vuelo perezoso;  40
canta, y rompiendo al tiempo el seno obscuro,
revela los arcanos del futuro.

   Sobre las nubes veo
una turba de héroes congregados.
Se ofrecen al deseo  45
sacerdotes, guerreros, magistrados,
cuya virtud se mira ejercitada
en la toga, en la mitra y en la espada.

   En sus semblantes luce
una modesta y noble compostura:  50
la Verdad majestuosa
les da su amor, los guía y los conduce
a una virtud incorruptible y pura.
¡Oh sucesión dichosa,
al bien de los mortales consagrada,  55
cuánto serás en otra edad loada!

   ¡Estos son los altivos
descendientes del tronco de Castilla,
dignos de fama y de inmortal renombre!
Los siglos sucesivos  60
verán sobre los muros de Sevilla
los bustos erigidos a su nombre,
y de su fama el eco peregrino
oirá el turco, el perüano, el chino.

   Un delicado infante,  65
más que el lucero matutino hermoso,
y como el sol brillante,
preside a todo el escuadrón glorioso;
sobre su tierna frente ¡oh maravilla!
impreso miro el nombre de Castilla.  70

   Su ilustre padre al lado,
lleno de majestad y de alegría,
del honor y el valor acompañado,
los tiernos pasos del infante guía;
le dirige, y presenta a su memoria  75
los templos del honor y de la gloria.

   Y tú, admirable madre
de tan claros varones, cuyo seno
concha fue del tesoro más precioso;
tú, que el nombre de padre,  80
nombre de gloria y de ternura lleno,
entre susto y dolor diste a tu esposo;
tú, de modestia y de candor dechado,
gloria y honor del sexo delicado;

   también tú en el congreso,  85
de tantos descendientes rodeada,
estabas arrullando al tierno infante.
Tú eras de tantos héroes embeleso,
de gracias y virtudes coronada,
a la estrella de Venus semejante,  90
o cual se ve la Aurora en el oriente,
viva, graciosa, clara y refulgente.

   ¡Oh venturoso amigo.
cuántos previene el cielo a tus virtudes
altos y soberanos galardones!  95
Ven, registra conmigo
la faz del tiempo y sus vicisitudes:
en la suerte de todas las naciones
descubrirás la tuya... Mira... Atiende;
sigue mi voz... Mas ¿quién mi voz suspende?  100

   Mándanme ya que calle,
y una mano invisible
corta a mi musa el temerario vuelo.
Mortales que habitáis en este valle
de confusión, estirpe corruptible,  105
que de males y horror henchís el suelo,
vosotros no sois dignos
de penetrar arcanos tan divinos.




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- XXI -




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Epístola tercera


Epístola heroica de Jovino a sus amigos de Sevilla


Labitur ex oculis, nunc quoque gutta meis

Ovidio.                



ArribaAbajo   Voyme de ti alejando por instantes,
oh gran Sevilla, el corazón cubierto
de triste luto, y del contino llanto
profundamente aradas mis mejillas;
voyme de ti alejando y de tu hermosa  5
orilla, oh sacro Betis, que otras veces
en días ¡ay! más claros y serenos
era el centro feliz de mis venturas;
centro, do mal mi grado, todavía
me retienes las prendas deliciosas  10
de mi constante amor y mi ternura,
prendas que allá te deja el alma mía,
dulces y alegres cuando a Dios le plugo,
y agora por mi mal en triste ausencia
origen de estas lágrimas que lloro.  15

   ¡Ay! ¿dónde iré a esconder, de ti distante
y de su dulce vista, mi congoja?
¿En qué clima del mundo hallar pudiera
algún solaz esta ánima mezquina?
Sumergido mi espirtu en un profundo  20
golfo de congojosos pensamientos,
va mi cuerpo arrastrado al albedrío
de los crüeles hados. ¡Ay cuán rauda-
mente me alejan las veloces mulas
de tu ribera, oh Betis deleitoso!  25
Siguen la voz, con incesante trote,
del duro mayoral, tan insensible,
o muy más que ellas, a mi amargo llanto.
Siguen su voz; y en tanto el enojoso
sonar de las discordes campanillas,  30
del látigo el chasquido, del blasfemo
zagal el ronco amenazante grito,
y el confuso tropel con que las ruedas
sobre el carril pendiente y pedregoso
raudas el eje rechinante vuelven,  35
mi oído a un tiempo y corazón destrozan.
De ciudad en ciudad, de venta en venta
van trasladando mis dolientes miembros,
cual si ya fuese un rígido cadáver.

   ¡Ah, cuál me lleva triste y mal parado  40
el acerbo dolor! ¡Ay, cuál me lleva,
de tal arte abatido que no hay cosa
que vuelva el gozo a mi ánima angustiada!
Ni los alegres campos, del otoño
con las doradas galas ataviados,  45
ni la inocente y rústica algazara
con que hace resonar los hondos valles
la bulliciosa juventud, que roba
del padre Baco los opimos dones;
ni en las verdes laderas los rebaños,  50
do con las llenas ubres de su madre
juega balando el tierno corderillo;
ni las canoras aves por el viento;
ni en su argentado margen, por mil giros
serpeando el arroyuelo mormurante,  55
ni toda, en fin, la gran naturaleza
en su estación más rica y deleitosa
le causa algún placer al alma mía.

   En vano se presentan a mis ojos
la ancha y fecunda carmonense vega,  60
hora de sus tesoros despojada;
la orilla del Genil, ceñida en torno
del árbol a Minerva consagrado,
donde ya el pingüe fruto bermejea;
los cordobenses muros, con la cuna  65
de tanto ilustre vate ennoblecidos;
mil pueblos que del seno enmarañado
de los Marianos montes, patria un tiempo
de fieras alimañas, de repente
nacieron cultivados, do a despecho  70
de la rabiosa invidia, la esperanza
de mil generaciones se alimenta;
lugares algún día venturosos,
del gozo y la inocencia frecuentados,
y que honró con sus plantas Galatea,  75
mas hoy de Filis con la tumba fría
y con la triste y vacilante sombra
del sin ventura Elpino ya infamados,
y a su primer horror restituidos;
en vano todo aquesto mis cansados  80
ojos, al llanto solamente abiertos,
en sucesiva progresión repasan;
que, aunque tal vez en lágrimas bañados
del sol los halla el rayo refulgente,
nada les da placer. Por todas partes  85
descubren sólo un árido desierto,
y esles molesta hasta la luz del día.

   Mas ¡ay! lejos de ti, Sevilla, lejos
de vosotros, oh amigos, ¿cómo puede
ser de mi corazón huésped el gozo?  90
¿Por ventura moraron de consuno
alguna vez la pena y el contento?
La clara luz del sol más enemiga
no es de la negra noche y su tiniebla
que lo es de la alegría mi tristura.  95
Busco sólo la acerba remembranza
del bien perdido, y sólo me consuela
llorar mi desventura y mi mancilla.
Van por el aire vago mis querellas,
capaces de ablandar las rocas duras,  100
do las repite el eco lastimado.
Vosotros, vientecillos, que batiendo
las alas odoríferas, al clima
que el meridiano sol inflama y dora
lleváis el refrigerio apetecido,  105
¡ay! sobre ellas también llevad piadosos
mis flébiles acentos a su esfera.

   Y tú, piadoso Betis, que al encuentro
tantas veces me sales, condolido
de mi dolor, y en tu corriente pura  110
mis lágrimas recoges tantas veces,
¡ay! llévalas do puedan con las suyas
mezclarlas Galatea y mis amigos;
llévaselas, oh padre venerando,
que, si por otras dotes eminente,  115
de hoy más serás por tu piedad famoso.
De hoy más serás nombrado, y de tu orilla
los cisnes cantarán en loor tuyo
frecuentes himnos; subirá tu fama
sobre la fama del sagrado Tibre,  120
y en tu alabanza emplearán por siempre
Jovino y sus amigos la su lira.

   Mas ¡ay!, ¿dó estáis agora, oh mis amigos?
Tú, mi dulce Miguel, tú, gloria mía,
gloria y honor del hispalense suelo.  125
de pundonor y de amistad dechado,
tesoro de virtud y de doctrina,
oculto empero en ejemplar modestia
abierto sólo al pecho de Jovino,
tú, amado Caltojar, que en floreciente  130
y hermosa juventud eres espejo
y flor de la andaluza gallardía,
buen esposo, buen padre, buen patriota,
en fe constante, en amistad sincero:
y tú, querido Isidro, otra esperanza,  135
ausente yo, de la hispalense Temis,
perseguidor del vicio, y de la santa
virtud apoyo: eternos compañeros
de mi florida edad, dulces amigos,
pedazos de mi alma, ¿dó estáis hora?  140
¿Acaso vais al ancho consistorio
a consagrar, alumnos de Sofía,
vuestros talentos a la dulce patria?
¡Ay, os diera yo ejemplos otras veces
de esta virtud honrada y provechosa,  145
de este amor patrio, y juntos le buscábais
en pos de mí con generoso anhelo!
¿Por ventura pisáis la verde orilla
del ancho Beti, y con discursos graves
o sazonados chistes, vais las horas,  150
las fugitivas horas engañando?
¡Ay! en tan dulce y noble compañía,
¿por qué no se halla el triste de Jovino?
¿Quién le arrancó de tan feliz morada?
¿Quién le privó de tan cabal ventura?  155
¡Ah, ya no volverán esos lugares,
do el alma paz, el gusto y la alegría
moran de asiento, a recrear sus ojos!

   Mas hora que en las aguas lusitanas
su rostro esconde el padre de las luces,  160
¿acaso vais en dulce compañía
a ver a la angustiada Galatea?
¡Ay! ¿dó se esconde? ¿Acaso en la espesura
del verde enmarañado laberinto
del real jardín, morada deliciosa,  165
do al canto de ella en tiempo más felice,
de vosotros también acompañado,
se solazaba el triste de Jovino?
¿Acaso, avergonzada, entre las murtas
esconde su semblante, aquel semblante,  170
trono de la modestia y alegría,
y agora en tristes lágrimas bañado?
¡Ay! di, ¿por qué te escondes, Galatea?
Divina Galatea, ¿desde cuándo
la natural ternura es un delito?  175
¿El ojo más procaz notar pudiera
las lágrimas vertidas en el seno
de una amistad virtuosa y sin mancilla?
Su llanto escondan los que en él al mundo
un testimonio dan de sus flaquezas;  180
pero el sensible corazón, al casto
fuego de la amistad solmente abierto,
¿se habrá de avergonzar de su ternura?
¡Ah, no se cubra la virtud sencilla
con el color de la vergüenza infame,  185
y el rubor y el atroz remordimiento
vayan a atormentar las almas reas!
¡Ay, cuántas veces, ay, entre esas murtas
pasó contigo del sereno otoño
las sosegadas tardes en alegres  190
dulces coloquios el que sin ti agora
en muda y triste soledad las pasa!
¡Cuántos blandos coloquios, mientras leda
y de los tus amigos en compaña
el florido recinto discurrías,  195
cuántos blandos coloquios deleitaban
nuestros unidos inocentes pechos!

   También contigo la florida estancia
cruzaban divertidas la virtuosa
Marina, de leal y blando pecho,  200
mal de su infiel zagal correspondida,
y la envidiosa Lice, que aunque en años
con la antigua corneja compitiendo,
todavía en donaire y hermosura
contigo (¡ay necia!) competir querría.  205
¡Oh, cuántas veces la infeliz, cantando,
llamó con voz temblona al perezoso
amor, que en tu semblante reposaba,
en tu joven semblante, y no la oía!
Que sobre seca rama nunca el malo  210
hacer quisiera asiento ni manida.
Reíanse a su espalda y se admiraban
de su sandez Jovino y sus amigos,
y tú con blando enojo los reñías.

   ¡Ay! ¿qué maligna estrella, qué hado impío  215
le arrebató a Jovino esta ventura,
esta feliz y llena bienandanza?
¡Ay! ¿dó le arrastra su fatal destino?
Llévale en corta edad a que se engolfe
en alta mar, donde al continuo embate  220
de afanes y vigilias, de ti ausente,
su vida a un tiempo y su ventura acabe.
Llévale a sepultar su triste llanto
en lejana región, sólo habitada
de pechos insensibles, do no tienen  225
la compasión ni la piedad manida.
Llévale a ser esclavo de una austera
terrible obligación, ¡ay, cuán costosa,
ay, de su blando pecho a la ternura!
Llévale, en fin, a que en afán contino  230
espere la vejez, la edad del llanto,
de cuidados y males combatida,
y de los dulces años con la triste
remembranza, más triste y congojosa.
Vendrá en pos de ella, aunque con lento paso,  235
la perezosa muerte, único puerto
a los extremos males; mas vendráse
lentamente la cruda, sólo pronta
a cortar con segur inexorable
la flor de juventud viva y alegre,  240
empero siempre sorda y detenida
al infeliz que en su favor la invoca.
¡Ay, cuándo, cuándo el deseado día
vendrá a acabar con mi perenne llanto!




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- XXII -




ArribaAbajo

Cantilena


A don Ramón de Posada y Soto, Fiscal de la Audiencia de Méjico, con motivo de unos versos escritos por una señora americana




ArribaAbajo   ¿De cuándo acá las musas,
que sólo a los mozuelos
sus gracias repartían
antes de ahora, hicieron
tan súbita alianza  5
con otras de su sexo?
Injustas y envidiosas
jamás en otro tiempo
a las graciosas ninfas
fiaban sus misterios.  10
Del Pindo a la eminencia,
do su dorado asiento
tienen las orgullosas,
vecino al alto cielo,
las delicadas plantas  15
nunca subir pudieron,
ni de ellas ser solía
hollado aquel sendero,
que plantas más robustas
condujo en otros tiempos  20
al templo de la gloria,
o ya al del escarmiento.

   Mas de la americana
Safo los dulces versos,
de los pasados siglos  25
desmienten el ejemplo,
¡Qué aguda, qué ingeniosa
se ostenta, cuando amenos
acuden a su pluma
el chiste y el gracejo!  30
Pero ¿de dónde, dime,
Ramón, su dulce ingenio
tomó la melodía,
la exactitud del metro,
el número armonioso,  35
los agudos conceptos,
la gracia y la dulzura
que hierven en sus versos?
¿El rubio y claro Apolo
fue acaso su maestro?  40
¿Acaso de las musas
los virginales pechos
tocó algún día? ¿Acaso
crióse en el Permeso?
Safo a Faón quería,  45
y Amor la inspiró versos.
¿Debió tal vez Leonarda
a Amor su magisterio?
¡Ah, cuántos envidiosos
tendrá tu entendimiento,  50
discreta Safo! ¡A cuántos
inflamarán sus celos!
¡Dichoso el que alcanzare
con bien tañido plectro,
loar condignamente  55
tan peregrino ingenio!
¡Y mucho más dichoso
quien logre ser tu empleo!




ArribaAbajo

- XXIII -

Epigramas





I


A un amigo



ArribaAbajo   Pregúntame un amigo
cómo se habrá de hoy más con las mujeres;
y yo a secas le digo
que, bien que en esto hay varios pareceres,
ninguno que llegare a conocellas,  5
podrá vivir con ellas, ni sin ellas.



II


A una de las que en Madrid llaman cojas



ArribaAbajo   ¿Por qué te llaman coja, Dorotea?
¿Quién hay que tu figura
inhiesta y firme al caminar no vea?
Pues ¿a qué tal censura?
¿Es porque suele tu virtud acaso  5
tropezar y caer a cada paso?



III


A la misma



ArribaAbajo   Los malignos fisgones
que el apodo de coja te pusieron
son, Dorotea, bravos picarones.
Si acaso conocieron
que a tus ojos la luz del bien no llega,  5
¿no era mejor que te llamasen ciega?



IV


A un mal ahogado



ArribaAbajo   Se quejan mis clientes
de que pierden sus pleitos, pero en vano.
¿A mí qué se me da, si siempre gano?



V


A otro que gritaba mucho



ArribaAbajo   Ni me fundo en las leyes
que los sabios de Roma publicaron,
ni en las que nuestros reyes
para esplendor de su nación dejaron;
mas tengo en los pulmones  5
todo el vigor que falta a mis razones.



VI


A un predicador



ArribaAbajo   Dijiste contra el peinado
mil cosas, enardecido,
contra las de ancho vestido
y las de estrecho calzado.
Por eso alguno ha notado  5
tu sermón de muy severo;
yo que no se engaña infiero
de que, olvidando tu oficio,
sola la virtud y el vicio
te dejaste en el tintero.  10




ArribaAbajo

- XXIV -




ArribaAbajo

Soneto cuarto


A Enarda





Primera versión

ArribaAbajo   Quiero que mi pasión ¡oh Enarda!, sea,
menos de ti, de todos ignorada;
que ande en silencio y sombra sepultada,
y ningún necio mofador la vea.

   Hazme dichoso, y más que nadie crea  5
que es de tu amor mi fe recompensada:
que no por ser de muchos envidiada
crece una dicha a superior idea.

   Amor es un afecto misterioso
que nace entre secretas confianzas,  10
y muere al filo de mordaz censura;
y sólo aquel que logra, ni envidioso
ni envidiado, cumplir sus esperanzas,
es quien colma su gozo y su ventura.


Segunda versión

   Quiero que mi pasión ¡oh Enarda!, sea,  15
menos de ti, de todos ignorada;
que ande en silencio y sombras embozada,
y ningún necio mofador la vea.

   Sea yo dichoso, y más que nadie crea
que es con tu amor mi fe recompensada:  20
que no por ser de muchos envidiada
crece la dicha a más sublime idea.

   Amor es un afecto misterioso
que nace entre secretas confianzas,
mas muere al soplo de mordaz censura.  25

   Y sólo aquel que logra, ni envidioso
ni envidiado, cumplir sus esperanzas,
colma su gozo y fija su ventura.




ArribaAbajo

- XXV -




ArribaAbajo

Idilio noveno


A un solitario




ArribaAbajo   Goza de los placeres
que ofrece el tiempo, Anfriso;
no huyas de los hombres,
ni te hagas su enemigo.

   Mientras el monte mides  5
cuidoso y discursivo,
mira con cuánta priesa
el cielo en raudos giros
midiendo va las horas
de tus años floridos.  10

   Goza, pues, de las dichas
que ofrece el tiempo, amigo;
que para el día horrendo,
de todos tan temido,
asaz de llanto y penas  15
te guardará el destino.




ArribaAbajo

- XXVI -




ArribaAbajo

Idilio décimo


Al Sol




ArribaAbajo   Padre del universo,
autor del claro día,
brillante sol, a cuyo
influjo la infinita
turba de los vivientes  5
el ser debe y la vida;
tú, que rompiendo el seno
del alba cristalina,
te asomas en oriente
a derramar el día  10
por los profundos valles
y por las altas cimas;
de cuyo reluciente
carro las diamantinas
y voladoras ruedas  15
con rapidez no vista
hienden el aire vago
de la región vacía;
enhorabuena vengas,
de luces matutinas,  20
de rayos coronado
y llamas nunca extintas,
a henchir las almas nuestras
de paz y de alegría.

   La noche tenebrosa,  25
de fraudes, de perfidias
y dolos medianera,
se ahuyenta con tu vista,
y busca en los profundos
abismos su guarida.  30

   El sueño perezoso,
las sombras, las mentidas
fantasmas y los sustos,
su horrenda comitiva,
se alejan de nosotros,  35
y en pos del claro día
el júbilo, el sosiego
y el gozo nos visitan.

   Las transparentes horas,
de clara luz vestidas,  40
señalan nuestros gustos
y miden nuestras dichas.

   O bien brillante salgas
por las eoas cimas,
rigiendo tus caballos  45
con las doradas bridas;
o ya el luciente carro
con nuevo ardor dirijas
al reino austral, de donde
más luz y fuego vibras;  50
o en fin, precipitado
sobre las cristalinas
occiduas aguas caigas
con luz más blanda y tibia,
tu rostro refulgente,  55
tu ardor, tu luz divina
del hombre serán siempre
consuelo y alegría.




ArribaAbajo

- XXVII -




ArribaAbajo

Idilio undécimo1


Jovino a Enarda




ArribaAbajo   Mientras los roncos silvos
del Aquilón elado
llenan a los mortales
de susto, y sobresalto,
cantemos, bella Enarda,  5
en Hymnos acordados
de Amor y sus dulzuras
el delicioso encanto.
Del hijo de la Diosa
que reina en Gnido y Paphos  10
cantemos las Victorias
y triumphos soberanos,
que a su dominio el cielo
y tierra sujetaron.
Las dulces travesuras  15
de aquel rapaz véndado,
que reina en nuestros pechos,
cantemos, y loando
de su carcax el oro,
la labor de su Arco,  20
sus flechas penetrantes,
sus tiros acertados,
pasemos dulcemente,
uno de otro en los brazos,
las horas fugitivas  25
y los veloces años.

   Amor de Cielo y Tierra
es Dueño soberano:
sus leyes reconocen
la tierra y cielo esclavos.  30
Los Globos christalinos,
de sólo amor guiados,
giran en torno al mundo
con vuelo arrebatado;
y del Amor las Leyes  35
eternas observando,
cuentan en raudos giros,
sonoros y acordados,
las Horas y los Días,
los Meses y los Años.  40
Pero en la tierra ejerce
imperio más templado
el ciego Dios, más dulce,
más firme y dilatado,
y no hay viviente alguno  45
que de él no viva esclavo.

   Allá en los altos montes
y en los escuros antros
sienten de amor la llama
los Brutos abrasados.  50
Los Peces en el golfo
del tiro envenenado
salvarse no han podido;
ni sobre el aire vago
las Aves por su buelo  55
ni por su dulce canto.
Todos de amor al yugo
se rinden, y a su carro
uncidos, todos vienen
sus triumphos celebrando.  60
Pero entre todos ellos
el hombre más colmados
obsequios, homenajes
más puros va prestando;
que otros vivientes aman  65
de su instinto arrastrados,
empero el Hombre sólo
de la razón guiado.
El Hombre venturoso
encierra en lo arcanos  70
de su razón las Leyes
que Amor le ha señalado.
El Hombre apreciar solo
con dignos holocaustos
sabe de la Hermosura  75
la gracia y el encanto.
Dígalo ¡ay Dios! ¡o Enarda!
Jovino enamorado,
que vive de tus ojos
reconocido esclavo.  80
Un corazón lo diga
donde gravó con rasgos
de fuego la tu imagen
Amor con tierna mano.
¡Ay! yo era todavía  85
entonces un muchacho
alegre y bullicioso,
sencillo y agraciado,
y hoy ya sobre mí siento
el peso de los años.  90
Dígalo una alma fina,
do tiene levantado
su trono tu hermosura,
y do, vibrando rayos,
tus ojos ejercitan  95
el peligroso mando,
¡Ay!¡Cuántas veces, cuántas,
los míos al extraño
ardor de sus pupilas
quedaron abrasados!  100
Dígalo, en fin, Jovino,
a quien ni los halagos
de otras mil hermosuras,
ni estorbos mil, ni el vario
curso de la Fortuna,  105
ni el tiempo, ni el amargo
dolor de larga ausencia,
ni el incesante llanto
que derramó al mirarte
alegre en otros brazos,  110
mudar nunca pudieron,
y en quien estorbos tantos
del fuego primitivo
la llama no apagaron.
Cantemos, pues, ¡o Enarda!  115
en Hymnos acordados
de Amor y sus dulzuras
el delicioso encanto,
mientras los roncos silvos
del aquilón elado  120
llenan a los mortales
de susto y sobresalto.




ArribaAbajo

- XXVIII-




ArribaAbajo

Idilio duodécimo


A Enarda



ArribaAbajo   Ríñenme, bella Enarda,
los mozos y los viejos,
porque tal vez jugando
te escribo dulces versos.
«Debiera un magistrado»,  5
susurran, «más severo,
«de las livianas musas
huir el vil comercio».
«¡Qué mal el tiempo gastas!»
predican otros. Pero,  10
por más que todos gruñan,
tengo de escribir versos:
quiero loar de Enarda
el peregrino ingenio
al son de mi zampoña,  15
y en bien medidos metros;
quiero de su hermosura
encaramar al cielo
las altas perfecciones;
de su semblante quiero  20
cantar el dulce hechizo,
y con pincel maestro
pintar su frente hermosa,
sus traviesos ojuelos,
el carmín de sus labios,  25
la nieve de su cuello;
y vayánse a la... al rollo
los catonianos ceños,
las frentes arrugadas
y adustos sobrecejos;  30
que Enarda será siempre
celebrada en mis versos.




ArribaAbajo

- XXIX -




ArribaAbajo

Idilio decimotercero


A las manos de Clori



ArribaAbajo   La mano con que arroja
por los tauridios campos
la diosa montivaga
su penetrante dardo,
no puede, oh bella Clori,  5
vencer a la tu mano
en triunfos, en blancura,
en brío ni en estragos.
Las fieras son de aquélla
trofeos señalados,  10
y humanos corazones
lo son ¡ay! de tu mano.




ArribaAbajo

- XXX -

Traducción de cinco dísticos que figuran en el retrato de Juan de Herrera, grabado por Pedro Perret


Los dísticos dicen así:



   Blanda Venus juvenem praedulci lacte jacentem
Lactat, cum Bacchus irrigat usque mero.

    Immoderata Ceres comes est tantisper, egestas
Sordida dum miserum prendat humique premat.

    Dimovet at Tempus Venerem: ejus et assecla Pallas
Objicit huic remoras illici ubique Deae:

    Delitiis juvenem haec stolidis ne faseinet ultra,
Mox illum pigra tollit amanter humo,

    Quo per iter durum ad virtutis, honoris et aedem
Impiger is tendat, serta ubi honore ferat.



La traducción es la siguiente:


ArribaAbajo   Al joven abatido
regalan a porfía
Baco con dulces dones
y la Cipriana diva.
Suavísimos raudales  5
ambos sobre él destilan:
uno de vino herviente
y otro de aquella misma
leche que al dios vendado
le alimentó algún día.  10
Con dones abundosos
premiárale Eleusina
un tiempo; más agora
a manos de la esquiva
necesidad sumido,  15
yace en pobreza indigna.
El tiempo ahuyenta a Venus,
y porque sus caricias
el joven deslumbrado
con más ardor no siga,  20
resuelta se le opone
la armipotente diva,
y del humilde suelo,
con mano compasiva
alzándole, le pone  25
sobre la senda altiva,
que del honor al templo
y de la virtud guía,
do galardón honroso
el genio le destina.  30




ArribaAbajo

- XXXI -




ArribaAbajo

Idilio decimocuarto


Anfriso




ArribaAbajo   Con dulce y triste acento
cantaba el otro día
Anfriso congojado
desdenes de su Lisa.
Cantaba los enojos  5
de la engañosa ninfa,
y al son bien acordado
de su laúd, salía,
envuelta en mil suspiros,
su queja bien sentida.  10

   Oyéronle, y sus males
sintieron, compasivas,
las aves que cruzaban
por la región vacía,
los brutos en el centro  15
de las montanas silvas,
y en su argentado margen
las claras fuentecillas.

   Jovino, a cuya oreja
la flébil armonía  20
llegó, también doliose
de pena tan esquiva:
«¿Cabe en humanos pechos,
lleno de horror decía,
tan doble y falso trato,  25
tan bárbara perfidia?
¿Qué astro tan maligno,
qué estrella tan impía,
qué dios, qué avieso genio,
con influencia esquiva,  30
pudo apartar dos almas
«que el blando amor unía?»
Mas ¡ay!, que son acaso,
oh Anfriso, de tu Lisa
fingidos los enojos;  35
que a veces desconfían
celosas las mujeres
de nuestra fe, y altivas,
para probarnos sólo,
nos niegan sus caricias.  40

   Cubren la ardiente llama
que el pecho les agita
y en vez del dulce agrado
y en vez de blanda risa,
ofrece su semblante  45
enojo y crueles iras.

   Mas, guarte, no la creas,
Anfriso, a la maligna;
¡ay! guarte, no te engañe
con sus astucias Lisa.  50
Cuando se muestre airada,
no adules su malicia
con quejas vergonzosas,
con lágrimas indignas.
¡Ay! guarte, no te dobles;  55
¡ay! guarte, no te rindas.
Si te ama, sufre y deja
que con crueza impía
traspase sus entrañas
la flecha vengativa  60
con que ella herir de lleno
tu corazón medita.
Verás que amor la vuelve
a tus halagos fina,
y aquella que a tu pecho  65
hizo sentir esquiva
tan fieros sobresaltos,
de su desdén corrida,
hará, por obligarte,
finezas exquisitas;  70
y tú estarás vengado,
cuando ella arrepentida.
Mas, si no te ama, ¡ay! guarte,
no adules su perfidia
con quejas vergonzosas,  75
con lágrimas indignas.




ArribaAbajo

- XXXII -




ArribaAbajo

Epístola cuarta


De Jovino a Anfriso, escrita desde El Paular





Primera versión

Epístola Elegíaca



Credibile est illi Numen inesse loco.

Ovidio.                



ArribaAbajo   Desde este oculto y venerable asilo,
do la virtud austera y penitente
vive ignorada, y del liviano mundo
huida, en santa soledad se esconde,
Jovino triste al venturoso Anfriso  5
salud en versos flébiles envía.
Salud envía a Anfriso, al favorito
de Apolo y de las Musas, y al que supo
dulce parar con su cantar sabroso
del Manzanares la imperial corriente  10
y la atención de sus soberbias ninfas.

   ¡Plugiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado
a quien su hado no guarda tal ventura
supiera huir del mundo los peligros!
¡Plugiera a Dios que ya que a tan seguro  15
puerto arribó su pobre navecilla,
supiera entrarla cuerdo en este abrigo
de tan santos ejemplos enseñado!
Huyera así la furia tempestuosa
de los contrarios vientos, los escollos  20
y las fieras borrascas, tantas veces
¡ay! entre susto y lágrimas corridas.
Así también del mundanal tumulto
lejos, y en estos montes guarecido,
gozara alguna vez ¡ay! del reposo,  25
que hoy desconoce mi angustiado pecho.
Mas ¡ay de mí!, que hasta en el santo asilo
de la virtud me acosa y me persigue
la imagen enemiga, la importuna
divina imagen de la infiel Enarda.  30

   Busco por estos claustros silenciosos
el reposo y la paz que mora en ellos,
y sólo encuentro la inquietud funesta
que mi razón altera y mis sentidos.
Busco paz y reposo, pero en vano  35
los busco, oh dulce Anfriso, que estos dones,
herencia santa que al subir al cielo
dejó a su prole el penitente Bruno,
nunca en profano corazón entraron,
ni a pecho esclavo del amor se dieron.  40

   Conozco bien que fuera de este asilo
sólo me guarda el hado sinrazones,
crudos desdenes, fieros desengaños,
susto y dolor; empero todavía
a estar en él no puedo resolverme.  45
No puedo resolverme, y despechado,
sigo el impulso del fatal destino,
que a tanta ruina y tanto mal arrastra.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
por todas partes fija en mi memoria  50
la imagen enemiga, y en mi pecho
del crudo amor la flecha atravesada.
De amor y angustia el alma malherida,
pido a la muda soledad consuelo
y con dolientes quejas la importuno.  55
Salgo al ameno valle, subo al monte,
sigo del claro río las corrientes,
busco la fresca y deleitosa sombra,
corro por todas partes, y no encuentro
en parte alguna la quietud perdida.  60

   ¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos
ofrece el cielo, de llorar cansados!
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
con sabia mano ornó Naturaleza.  65
Pártele en dos mitades, despeñado
de las vecinas rocas, el Lozoya,
por sus truchas famoso y dulces aguas.
Del claro río sobre el verde margen
crecen frondosos álamos, que al cielo  70
ya erguidos alzan las plateadas copas,
o ya sobre las aguas encorvados,
en mil figuras miran con asombro
su forma en los cristales retratada.
De la siniestra orilla un bosque ombrío  75
hasta la falda del vecino monte
se extiende, sitio ameno y delicioso,
morada de algún dios, o a los misterios
de las silvanas ninfas consagrado.
Aquí dirijo mis inciertos pasos,  80
y en su recinto ombrío y silencioso,
mansión la más conforme para un triste,
entro a llorar tibiezas de una ingrata.
La grata soledad, la dulce sombra,
el aire blando y el silencio mudo  85
mi triste suerte y mi dolor adulan.

   No alcanza aquí del padre de las luces
el rayo atisbador, ni su reflejo
viene a cubrir de confusión el rostro
de un infeliz en lágrimas bañado.  90
El canto de las aves no interrumpe
aquí tampoco la quietud de un triste,
pues sólo de la viuda tortolilla
se oye tal vez el lastimoso arrullo,
tal vez el melancólico trinado  95
de la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el céfiro süave
las copas de los árboles moviendo,
recrea el alma con el manso ruido;
mientras al leve soplo desprendidas  100
las agostadas hojas, revolando
bajan en lentos círculos al suelo;
cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
que al árbol adornara en primavera,
yace marchita, y muestra los rigores  105
del abrasado estío y seco otoño.

   ¡Así también de juventud lozana
pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
Un soplo de inconstancia, de disgusto
o de capricho femenil las tala  110
y las derriba al suelo, cual las hojas
de los marchitos árboles caídas.

   Aquí, pues, escondido, lloro a solas
de la inconstante Enarda los desdenes
y el acerbo dolor de mi destino.  115
Aquí solo, a mis penas entregado
y sumergido en tristes pensamientos,
las pasadas venturas y el presente
funesto mal renuevo en mi memoria.
¡Ay, Dios!¡Qué diferencia tan notable  120
va del presente tiempo al ya pasado!
¡De aquel tiempo en que Enarda la inconstante,
de ardiente amor el corazón tocado,
sólo por su Jovino suspiraba!
¡Tú lo sabes, oh Anfriso! ¡Cuántas veces  125
fuiste en nuestros amores medianero!
¡Cuántas con amistad tierna y sencilla
la fe de una perjura me afianzabas,
la fe violada ya, que desde entonces
ser falsa y desleal me parecía!  130
«No lo dudes, decías, no, Jovino:
Enarda te ama, y de su fe sincera
yo puedo darte el parabién cumplido:
Enarda te ama; Lisi, confidente
de su pasión, lo sabe de su boca,  135
y me lo dijo anoche; Enarda te ama,
y en su sencillo corazón no caben
engaño ni doblez. ¡Ojalá Anfriso
tanto, añadías, confiar pudiese
de la fe y las promesas de su Lisi!»  140
¡Cuitados de nosotros, cómo entrambas
de nuestro amor sencillo se burlaron!
¡Cómo a los dos las pérfidas vendieron!
Creímoslas incautos, y en pos de ellas
corrimos sin recelo al precipicio,  145
do nuestro error y su doblez guiaba.
Corrimos en pos de ellas, como suele
correr a la dulzura del reclamo
incauto el pajarillo. Entre las hojas
el preparado visco le detiene;  150
lucha cautivo por volar en vano,
y el cazador que en asechanza atisba,
con mano infiel la libertad le roba
y a muerte le condena, o cárcel dura.

   Tales cosas repaso en mi memoria,  155
en esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche, y con su manto
cobija el ancho mundo. Entonces vuelvo
a los medrosos claustros. De una escasa
luz el distante y pálido reflejo  160
guía por ellos mis inciertos pasos.
¡Oh fuerza del ejemplo milagrosa!,
en medio del horror y del silencio
mi corazón palpita, en mi cabeza
se erizan los cabellos, se estremecen  165
mis carnes, y discurre por los miembros
un súbito temor que los embarga.

   Parece que oigo que del centro oscuro
sale una voz medrosa, y que rompiendo
el eterno silencio, así me dice:  170
«Huye de aquí, profano, tú que llevas
de ideas mundanales lleno el pecho,
huye de esta mansión, santo refugio
do la virtud contrita y penitente
vive escondida; huye y no profanes  175
con tu planta sacrílega este asilo».

   De aviso tal al golpe confundido,
con paso vacilante voy cruzando
los silenciosos tránsitos, y llego
por fin a mi morada, donde ni hallo  180
el ansiado reposo, ni recobran
la suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
paso la triste y perezosa noche
en molesta vigilia, sin que cierre  185
mis párpados el sueño, ni mitiguen
sus regalados bálsamos mi pena.
Vuelve por fin con la risueña aurora
la luz aborrecida, y en pos de ella
el claro día a publicar mi llanto  190
y dar nueva materia al dolor mío.


Segunda versión

   Desde el oculto y venerable asilo,
do la virtud austera y penitente
vive ignorada, y del liviano mundo
huida, en santa soledad se esconde,  195
Jovino triste al venturoso Anfriso
salud en versos flébiles envía.
Salud le envía a Anfriso, al que inspirado
de las mantuanas Musas, tal vez suele
al grave son de su celeste canto  200
precipitar del viejo Manzanares
el curso perezoso, tal süave
suele ablandar con amorosa lira
la altiva condición de sus zagalas.

   ¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso, que el cuitado  205
a quien no dio la suerte tal ventura
pudiese huir del mundo y sus peligros!
¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla
logró arribar a puerto tan seguro,
que esconderla supiera en este abrigo,  210
a tanta luz y ejemplos enseñado!
Huyera así la furia tempestuosa
de los contrarios vientos, los escollos
y las fieras borrascas, tantas veces
entre sustos y lágrimas corridas.  215
Así también del mundanal tumulto
lejos, y en estos montes guarecido,
alguna vez gozara del reposo,
que hoy desterrado de su pecho vive.

   Mas, ¡ay de aquél que hasta en el santo asilo  220
de la virtud arrastra la cadena
la pesada cadena, con que el mundo
oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste
en cuyo oído suena con espanto,
por esta oculta soledad rompiendo,  225
de su señor el imperioso grito!

   Busco en estas moradas silenciosas
el reposo y la paz que aquí se esconden,
y sólo encuentro la inquietud funesta
que mis sentidos y razón conturba.  230
Busco paz y reposo, pero en vano
los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,
herencia santa que al partir del mundo
dejó Bruno en sus hijos vinculada,
nunca en profano corazón entraron,  235
ni a los parciales del placer se dieron.

   Conozco bien que fuera de este asilo
sólo me guarda el mundo sinrazones,
vanos deseos, duros desengaños,
susto y dolor; empero todavía  240
a entrar en él no puedo resolverme.
No puedo resolverme, y despechado,
sigo el impulso del fatal destino,
que a muy más dura esclavitud me guía.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre  245
por todas partes los pesados grillos,
que de la ansiada libertad me privan.

   De afán y angustia el pecho traspasado,
pido a la muda soledad consuelo
y con dolientes quejas la importuno.  250
Salgo al ameno valle, subo al monte,
sigo del claro río las corrientes,
busco la fresca y deleitosa sombra,
corro por todas partes, y no encuentro
en parte alguna la quietud perdida.  255
¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,
cansados de llorar, presenta el cielo!
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
con sabia mano ornó Naturaleza.  260
Pártele en dos mitades, despeñado
de las vecinas rocas, el Lozoya,
por su pesca famoso y dulces aguas.
Del claro río sobre el verde margen
crecen frondosos álamos, que al cielo  265
ya erguidos alzan las plateadas copas
o ya sobre las aguas encorvados,
en mil figuras miran con asombro
su forma en los cristales retratada.
De la siniestra orilla un bosque ombrío  270
hasta la falda del vecino monte
se extiende, tan ameno y delicioso,
que le hubiera juzgado el gentilismo
morada de algún dios, o a los misterios
de las silvanas dríadas guardado.  275
Aquí encamino mis inciertos pasos
y en su recinto ombrío y silencioso,
mansión la más conforme para un triste,
entro a pensar en mi crüel destino.
La grata soledad, la dulce sombra,  280
el aire blando y el silencio mudo
mi desventura y mi dolor adulan.

   No alcanza aquí del padre de las luces
el rayo acechador, ni su reflejo
viene a cubrir de confusión el rostro  285
de un infeliz en su dolor sumido.
El canto de las aves no interrumpe
aquí tampoco la quietud de un triste,
pues sólo de la viuda tortolilla
se oye tal vez el lastimero arrullo,  290
tal vez el melancólico trinado
de la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el céfiro süave
las copas de los árboles moviendo,
recrea el alma con el manso ruido;  295
mientras al dulce soplo desprendidas
las agostadas hojas, revolando,
bajan en lentos círculos al suelo;
cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
que al árbol adornara en primavera,  300
yace marchita, y muestra los rigores
del abrasado estío y seco otoño.
¡Así también de juventud lozana
pasan, oh Anfriso, las livianas dichas!
Un soplo de inconstancia, de fastidio  305
o de capricho femenil las tala
y lleva por el aire, cual las hojas
de los frondosos árboles caídas.
Ciegos empero y tras su vana sombra
de contino exhalados, en pos de ellas  310
corremos hasta hallar el precipicio,
do nuestro error y su ilusión nos guían.
Volamos en pos de ellas, como suele
volar a la dulzura del reclamo
incauto el pajarillo. Entre las hojas  315
el preparado visco le detiene;
lucha cautivo por huir y en vano
porque un traidor, que en asechanza atisba,
con mano infiel la libertad le roba
y a muerte le condena, o cárcel dura.  320

   ¡Ah, dichoso el mortal de cuyos ojos
un pronto desengaño corrió el velo
de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
dichoso el solitario penitente,
que, triunfando del mundo y de sí mismo,  325
vive en la soledad libre y contento!
Unido a Dios por medio de la santa
contemplación, le goza ya en la tierra,
y retirado en su tranquilo albergue,
observa reflexivo los milagros  330
de la naturaleza, sin que nunca
turben el susto ni el dolor su pecho.
Regálanle las aves con su canto
mientras la aurora sale refulgente
a cubrir de alegría y luz el mundo.  335
Nácele siempre el sol claro y brillante,
y nunca a él levanta conturbados
sus ojos, ora en el oriente raye,
ora del cielo a la mitad subiendo
en pompa guíe el reluciente carro,  340
ora con tibia luz, más perezoso,
su faz esconda en los vecinos montes.

   Cuando en las claras noches cuidadoso
vuelve desde los santos ejercicios,
la plateada luna en lo más alto  345
del cielo mueve la luciente rueda
con augusto silencio; y recreando
con blando resplandor su humilde vista,
eleva su razón, y la dispone
a contemplar la alteza y la inefable  350
gloria del Padre y Criador del mundo.
Libre de los cuidados enojosos,
que en los palacios y dorados techos
nos turban de contino, y entregado
a la inefable y justa Providencia,  355
si al breve sueño alguna pausa pide
de sus santas tareas, obediente
viene a cerrar sus párpados el sueño
con mano amiga, y de su lado ahuyenta
el susto y las fantasmas de la noche.  360

   ¡Oh suerte venturosa, a los amigos
de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
de los tristes mundanos conocida!
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrío!
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria  365
taciturna mansión! ¡Oh quién, del alto
y proceloso mar del mundo huyendo
a vuestra eterna calma, aquí seguro
vivir pudiera siempre, y escondido!

   Tales cosas revuelvo en mi memoria,  370
en esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche, y con su manto
cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
a los medrosos claustros. De una escasa
luz el distante y pálido reflejo  375
guía por ellos mis inciertos pasos;
y en medio del horror y del silencio,
¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,
mi corazón palpita, en mi cabeza
se erizan los cabellos, se estremecen  380
mis carnes y discurre por mis nervios
un súbito rigor que los embarga.

   Parece que oigo que del centro oscuro
sale una voz tremenda, que rompiendo
el eterno silencio, así me dice:  385
«Huye de aquí, profano, tú que llevas
de ideas mundanales lleno el pecho,
huye de esta morada, do se albergan
con la virtud humilde y silenciosa
sus escogidos; huye y no profanes  390
con tu planta sacrílega este asilo».

   De aviso tal al golpe confundido,
con paso vacilante voy cruzando
los pavorosos tránsitos, y llego
por fin a mi morada, donde ni hallo  395
el ansiado reposo, ni recobran
la suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
paso la triste y perezosa noche
en molesta vigilia, sin que llegue  400
a mis ojos el sueño, ni interrumpan
sus regalados bálsamos mi pena.
Vuelve por fin con la risueña aurora
la luz aborrecida, y en pos de ella
el claro día a publicar mi llanto  405
y dar nueva materia al dolor mío.




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- XXXIII -




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Himno


A la luna
en versos sáficos




ArribaAbajo   Astro segundo de la ardiente esfera,
que en el espacio de la noche fría
suples la ausencia del radiante hermano,
      fúlgida luna;

   tú, que, la sombra disipando, sacas  5
plantas y flores del funesto caos,
volviendo al suelo, con tu luz dorada,
      vida y colores;

   tú, que del carro rutilante envías
al triste mundo pálidos reflejos,  10
mientras en dulce sueño sus fatigas
      olvida el hombre;

   tú, que brillando con fulgor sereno,
guías piadosa el vacilante paso
del peregrino, que la ignota senda  15
      pisa medroso;

   ya que de la alta región celeste
bajas tranquila el silencioso carro
hasta la cima do el pastor latmeo
      yace dormido,  20

   y allí, del bello Endimión cautiva,
y de la augusta majestad cansada,
le honras con dulces ósculos, del triste
      nunca sentidos:

   sé una vez sola generosa y pía  25
con dos amantes que tu gracia imploran;
sélo contigo, y las doradas luces
      tímida oculta.

   Así, sin mengua del real decoro,
podrás llegar al barragán tesalio,  30
podrás gozarle sola, y a despecho
      de cielo y tierra.

   Y en tanto, a espaldas de la sombra escura,
libre de susto y turbación, Fileno
morir de amores en los dulces brazos  35
      podrá de Clori.

   Si esto te deben dos amantes almas,
en la coyunda del amor unidas,
siempre a tu numen quemarán devotas
      nocturno incienso;  40

   siempre a tu numen cantarán unidas
himnos de culto y gratitud sonoros,
ora en el lleno de tu luz te adoren,
      ora en menguante.




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- XXXIV -




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Idilio decimoquinto


A los días de Alcmena




ArribaAbajo   Pasan en raudo vuelo
los días y los años,
y van de los vivientes
la sucesión notando.
A la niñez florida  5
sigue con breves pasos
la juventud lozana,
del bullicioso bando
de dichas y placeres
cercada; pero cuando  10
duerme desprevenida,
del dulce amor en brazos,
le sale al paso, llena
de males y cuidados,
la triste edad rugosa,  15
la edad de afán y llanto.

   Solos en esta varia
vicisitud triunfamos
tú, Alcmena, y yo del tiempo.
El invariable estado  20
de las venturas nuestras
sin mengua conservamos,
pues sobre mi firmeza,
ni sobre tus encantos,
jamás darles pudieron  25
jurisdicción los hados,
ni a la implacable muerte,
ni a los veloces años.




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- XXXV -




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Soneto quinto


A Alcmena




ArribaAbajo   Las dudas, bella Alcmena, y los recelos
que en mi sencillo corazón se abrigan,
de mi desgracia el fiero mal mitigan,
sin agravarle con infames celos.

   Llegará acaso el día en que a los cielos  5
mi sufrimento y mi temor bendigan,
cuando por premio de su afán consigan
serenidad y gozo mis desvelos.

   ¡Dichoso entonces yo, si coronando
la firme fe de una pasión sincera,  10
premiares tú mi humilde sufrimiento!

   ¡Dichoso entonces mi tormento, cuando
seguridad cumplida y duradera
suceda a la inquietud de mi tormento!




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- XXXVI -




ArribaAbajo

Soneto sexto


A Enarda




ArribaAbajo   Cuando de amor la flecha penetrante
no hubiera aún mi corazón herido,
tú fuiste, Enarda, el ídolo elegido
que primero adoró mi pecho amante.

   Fui tu primer amor, y tú, inconstante,  5
de tu fe me ofreciste el don mentido,
don que después la ausencia y el olvido
volvieron a llevarse en un instante.

   Medió largo intervalo, volví a verte,
volviste tú a jurarme amor eterno;  10
mas diste luego a otro tu albedrío;

   a otro que, ausente yo, fingió quererte.
¿Y ésta es, Enarda, tu constancia? ¡Cuerno!
¡Malhaya si otra vez de ti me fío!



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