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A más moros, más ganancia

II

                              ArribaAbajoDe todo bastecimiento
Valencia se proveyó,
Juntamente sus castillos
Que Játiva y Chelva son
 
   Con Peñáguila y Paterna
Y Murviedro, que es mejor
Por sus aguerridas huestes
Y elevada situación.
 
   En la llanura de Cuarte
Sus Reales asentó
El moro Búcar, sus tiendas
Y su regio pabellón.
 
   A la torre del alcázar
A Jimena el Cid subió,
La que viendo tantas tiendas
De tal lujo y tal valor,
 
   Tantos corceles de guerra,
Tanto ginete y peón,
Abatida en su flaqueza
Daba indicios de temor;
 
   Hasta que esforzóla el Cid
Y en esta guisa le habló:
Cuantos más moros veáis,
Más ganancia tengo yo.
 
   Contra la chusma de Agar,
Brillando el primer albor,
Puesto el rendaje a Babieca
El noble Cid cabalgó
 
   Y en las impuras mesnadas
Puso tanta confusión,
Hizo brillar su tizona
Y tan gran rebato dio,
 
   Que doce mil fueron muertos
Y se vieron en prisión
Diez y siete Reyes moros;
Solo Búcar se salvó.
 
   Después de tan fausta empresa,
Los infantes de Carrión
Que hubieron coraje al Cid,
Puez juzgaron que amañó
 
   Por mengua y oprobio suyos
Aquel paso del león,
Partieron con sus mujeres
Y ciegos en su furor
 
   Las azotaron vilmente
Con bárbara indignación
En los Robledos de Torpes,
(Nombre que el desmán dictó).
 
   Por pena del desacato
Diéronse a confiscación
Los bienes de los infantes
Y don Alonso mandó
 
   Que el conde de Portugal
Y el de Tolosa, en unión
Con los grandes de Castilla,
Castigasen tal baldón.
 
   Por ende se hizo el cantar
Que en este modo empezó:
«Tres Cortes hace el buen Rey»,
«Todas tres a una sazón.»



ArribaAbajo

Vencedor después de muerto

III
                              ArribaAbajoUn lustro gozara el Cid
De sus lauros el honor,
Ocupando su vejez
En servir y orar a Dios:
 
   Entonces le fueron nuevas
De la grande expedición
De treinta y seis Reyes moros
Que el Rey Búcar preparó.
 
   Estuvo el Cid muchos días
Entendiendo en oración
Y en visitar los altares
Con muchísimo fervor:
 
   Calenturas le postraron
Y en ellas solo tomó
Mirra con agua rosada
Y un bálsamo que por don
 
   Le remitiera el Soldán
Cuando el bélico rumor
De sus hechos y proezas
Por Egipto se esparció.
 
   Consolado con los gustos
De una angélica visión
Cumplió el plazo de sus días
Y en su palacio espiró.
 
   No se hizo llanto alguno
Ni triste demostración
Porque lo ignorase el moro
Que a la ciudad cerco dio.
 
   Guardias y velas le hacían
Como vivo a su Señor
Los caballeros cristianos
En su cámara y salón.
 
   Pasados seis días fueron
Y cuando el alba rayó
Salieron los de Valencia
Con sus haces en unión.
 
   Iba el cuerpo del buen Cid
Con tal arte que admiró:
Muy religado a la silla
Encima de su trotón:
 
   Con papeles plateados
La armadura se fingió;
Iba enhiesto, ojos abiertos,
Llevaba lanza y guión.
 
   Con la bandera del Cid
Pero Bermúdez llevó
La primer haz esforzada
Y de ella marchan en pos
 
   Acémilas con fardaje
Y un magnífico escuadrón
De quinientos caballeros,
Todos de fama y valor:
 
   Seguía doña Jimena
Que adolorida lloró,
Con guerreros de alto nombre
Que eran la nata y la flor.
 
   El cuerpo del noble Cid
La postrer haz resguardó
Y a su lado iba el obispo
Como buen padre y pastor.
 
   Por la puerta de Roceros
Salieron y cual turbión
Dieron contra la morisma
Y un gran triunfo se logró:
 
   Pasaron luego a Castilla,
Llevando con devoción
A San Pedro de Cardeña
El cuerpo del Campeador.
 
   Del cual se dijo esta vez
Con muchísima razón
Que venció después de muerto,
Vivo y muerto vencedor.


ArribaAbajo

Fernández Ruiz de Castro

I

                          

   ArribaAbajo«Dímelo todo, Fortún,
»No me ocultes mi baldón,
»Pues me anuncia el corazón
»Que algo me callas aún.
 
   «Siempre fiel te conocí;
»Yo te premiaré el afán
»Con el tostado alazán
»Que tanto te gusta: di.»
 
   -«En vuestra ausencia, señor,
»De noche me puse en vela,
»Vigilante centinela
»De pechos al corredor.
 
   »Iba la noche a su fin
»Y pude reconocer
»Que bajaba una mujer
»De la cámara al jardín.
 
   »Salió un hombre de un laurel
»Y se encontraron los dos...»
-«Dime pronto, vive Dios,
»Quién es ella, quién es él.
 
   -»Desconocidos me son;
»Mas vuestro furor me acosa...
»Tal vez fuera vuestra esposa,
»Pues vislumbré su pellón.»
 
   -«¡Oh, cielos! ¡Estefanía
»Pudo hacer tal maleficio!
»¡Mancharse con feo vicio
»La que llamo esposa mía!
 
   »¡Hija del Emperador,
»Mancillar con torpe llama
»Los timbres de tanta fama,
»Los timbres de tanto honor!
 
   »¡Ah, Fortún! Yo fui indiscreto:
»De árbol malo, malas ramas;
»Yo conozco que tú me amas,
»Te confiaré un secreto.
 
   »Doña Sancha fue tan bella
»Que Alonso, que es nuestro rey,
»Sin respetos a la ley
»Quiso ayuntarse con ella.
 
   »De doña Sancha el hermano
»Que llamaban don Martín
»Se opuso con recto fin
»A un amor que era liviano:
 
   »Mas Sancha, que se indignó
»Por la oposición que hacía,
»Comiendo con él un día
»Diole yerbas, lo mató.
 
   »Se entregó al Rey con tal mancha;
»Al Rey le apuntaba el bozo
»Y con el furor de mozo
»Disfrutó de doña Sancha.
 
   »De esta unión nació en mal día
»La que, para mi tormento,
»Me cupo a mí en casamiento
»Que se llama Estefanía.
 
   »¡Ah, Fortún! Yo fui indiscreto:
»De árbol malo, malas ramas;
»Mas supuesto que tú me amas
»Guárdame bien el secreto.
 
   »Voy a fingir un viaje,
»Mas seré tan buen testigo
»Que me esconderé contigo
»Del jardín en un paraje.
 
   »Y cuando se hallen los dos
»Prodigándose ternezas
»Salgo yo de las malezas
»Y los mato, vive Dios.
 
   »¿Qué te parece mi plan?
»¿Debemos llevarlo a cabo?»
-«Señor, yo soy vuestro esclavo.»
-«Te regalo el alazán.»
 
   Así, nacido en mal astro,
Por retirado sendero
Hablaba con su escudero
Don Fernán Ruiz de Castro.
 
II
   Sombrías las noches son,
Sombríos los duros celos,
Unas y otros llevan velos
Del más fúnebre crespón.
 
   No es ajeno de reproches,
Es locura de locuras
Andar un celoso a oscuras
Dando sombras a las noches;
 
   Que en la oscuridad y horror
Poner juntas sombras tantas
Es aventurar las plantas
En el caos del error.
 
   Envueltos en su gabán
Tras los mirtos y la hiedra
Que en torno de un sauce medra
Callan Fortún y Fernán.
 
   Inmobles los dos así
Van reprimiendo su aliento,
Como si pudiese el viento
Declarar que están allí.
 
   Desde aquel paraje oculto
Como fieras en cubil
Con la astucia más sutil
Sobre el muro ven un bulto:
 
   Y es un apuesto doncel,
Doncel que el muro ha salvado
Y al jardín se ha descolgado
Por el tronco de un laurel.
 
   No tarda en aparecer
Otro bulto más allá:
Cercano a la puerta está
Y ese bulto es de mujer.
 
   Sin que su unión se dilate,
Los dos bultos por detrás
Forman un bulto no más
Junto al aromoso arriate.
 
   -«¡Fortún! -exclamó el de Castro-
»Velos allí: vamos ya,
»Que mi sangre hirviendo está;
»Vamos sin perder el rastro.
 
   »No hay duda, es Estefanía:
»Yo distinguí su pellote:
»Mi puñal será su azote;
»Mueran a mi furia impía.»
 
   Dice y como tigre hambriento
Con ayuno de dos días,
Que de las matas bravías
Cuando salta, hiende el viento,
 
   Que a sus presas ataraza,
Bebe sangre en sus enojos
Y hechos brasas ambos ojos
Hiere, rasga, despedaza:
 
   Se arroja al punto Fernán
Con el puñal matador
Que refleja su furor
Sobre el nocturno galán.
 
   En sus entrañas con brío
Hundió el acero inclemente,
Que entró en sus entrañas frío
Y de ellas salió caliente.
 
   Dos veces brilló desnudo,
Que a las tres perdió el fulgor
Porque de rojo color
Vestirlo la sangre pudo;
 
   Y con las ansias mortales
Buscó el alma una salida
Que la halló bien prevenida
Por tres puertas casi iguales.
 
   Murió en verde lozanía,
Que a la muerte no hay quien calme:
No pudo decir ¡Dios, valme!
Y en la lengua lo tenía.
 
   Mas la mujer, triste, incierta
Con el susto de tal caso,
Fuese huyendo a largo paso
Salvando jardín y puerta.
 
   Jadeando por demás
Subía los escalones
Y se perdió en los salones
Sin volver la vista atrás.
 
   Fortún fue en su seguimiento
Para cumplir su venganza;
Dirijióse sin tardanza
De su esposa al aposento.
 
   Su primer sueño dormía
Con un tierno infante al lado,
Sin zozobra ni cuidado,
La inocente Estefanía.
 
   Mas de nada le sirvió
Contra bárbaros furores
Tener un ángel de amores,
Que el ángel también durmió.
 
   ¡Infeliz! ¡Nítida estrella
Y en tan mal hora dormida!
¡Que no ves al homicida
Ni él te puede mirar bella
 
   Para detener su brazo
Y cambiar sus sinrazones,
Hecho esclavo en tus prisiones,
En un ósculo y abrazo!
 
   ¡Infeliz! ¡fuerza es sucumbas...!
¡Clavado tu hermoso pecho,
Desde el sueño de tu lecho
Vas al sueño de las tumbas!
 
   De la noche en el capuz
Se oculta tal atentado;
Mas, hecho tan mal recado,
Fernán es quien pide luz:
 
   Y la luz vino a alumbrar
La escena de graves duelos:
Los errores de los celos,
La injuria de sospechar,
 
   La muerte injusta y mal dada,
El sueño de un serafín
Y por complemento y fin
La maldad de una criada.
 
   Sobre un tálamo de cedro
Con soberbia colgadura
Yace yerta la hermosura
Y a su lado el niño Pedro.
 
   Duerme el ángel inocente,
Todo de jazmín nevado,
Pero que está salpicado
Con la púrpura reciente
 
   Que destila la honda herida
De aquel cariñoso seno
Que, al estar de vida lleno,
Vivió para darle vida.
 
   Cabe el lecho, en un rincón,
Una mujer malhadada
Llora y gime, arrebujada
De su dueña en el pellón.
 
   Confiesa su demasía,
Sus citas y travesura
De tomar la vestidura
De la pobre Estefanía.
 
   Tan desastrado suceso
Llora Fernán imprudente,
Se da golpes en la frente,
Parece perder el seso.
 
   Por la cámara vagaba
Con el pie desacertado,
Con el cabello mesado
Y a las veces exclamaba:
 
   -«Sombrías las noches son,
»Sombríos los duros celos;
»Unas y otros llevan velos
»Del más fúnebre crespón.
 
   »No es ajeno de reproches,
»Es locura de locuras
»Andar un celoso a oscuras
»Dando sombras a las noches.
 
   »Que en la oscuridad y horror
»Poner juntas sombras tantas
»Es aventurar las plantas
»En el caos del error.»
 
III
   Una soga lleva al cuello
Y por vestido un sayal,
Y en las manos el puñal
Que a sus iras puso el sello.
 
   De este modo se presenta
Fernán al Emperador,
Llena el alma de dolor
Y el cuerpo lleno de afrenta.
 
   -«Señor -dijo-, fui casado
»Con vuestra hija Estefanía,
»Dueña de tanta valía
»Cuanto yo necio y menguado:
 
   »En su lecho y en reposo
»Torpemente la maté
»Por los celos que tomé:
»Yo me doy por alevoso.»
 
   Y luego fue refiriendo
De aquel caso la extrañeza
Y Alonso lloró gran pieza
De esta suerte respondiendo:
 
   -«Por bueno os doy el de Castro;
»Mas llenáis mi corazón
»De luto y desolación,
»Que habéis nacido en mal astro.
 
   »Perezca en las llamas luego
»La que causó tanto llanto,
»La que vistió ajeno manto,
»La que en vos prendió ese fuego.
 
   »Yo os doy por bueno y leal,
»Que siempre lo fuisteis vos;
»Quiera perdonaros Dios,
»Ya que no habéis culpa, el mal.»
 
IV
   De entonces al matador
Negra sombra perseguía:
La sombra de Estefanía,
De ensangrentado color.
 
   Por la tierra y por los mares
Esa fantasma cruel
No se separaba de él,
Pegada a los calcañares:
 
   Que allí siempre la tenía,
Pues tras sí la vislumbraba
Queda, cuando quedo estaba,
Corriendo, cuando corría.
 
   Sin poder sufrirla más,
Se volvía, por sentir
Si dejaba de seguir,
Mas siempre le iba detrás.
 
   Probaba tirarse al suelo
Por ver si la estrujaría,
Mas la sombra se tenía
Sobre su faz como un velo:
 
   Que en el lecho y en la mesa
Y en la lid le acompañó
Y cuando Fernán murió
Se hundió con él en la huesa.


ArribaAbajo

El abad Duncanio

Ved cómo perdió su alma.

 
                              ArribaAbajoMientras el siglo trece concluía
Y sus alas ya lánguidas movía,
En Liebenthál, que yace en la Silesia,
Escombros se veían de una iglesia.
La cruz ya no existía en su fachada
De pardusco color, desmoronada,
Y sus piedras saltaban con estruendo
El tránsito a las gentes obstruyendo:
De noche ni el pastor, ni el caminante
Guiaban a este sitio el paso errante,
Pues sentían pavor almas medrosas
No sé por qué señales prodigiosas.
Nosotros a contar vamos su historia
Que antiguo cronicón dejó en memoria.
 
   En el año de mil ciento y cincuenta
Con ocho más, por completar la cuenta,
Muy santamente en Liebenthál moraba
Un abad que Duncanio se llamaba.
Con tal fervor y celo dirigía
Los súbditos o monjes que tenía,
Que era la imagen de un pastor perfecto:
Consolador, veraz, sincero y recto,
Pronto a sacrificarse sin dar quejas
Por el rebaño fiel de sus ovejas.
Venían a su iglesia los devotos
A rendir sus ofrendas y sus votos,
A consultar sus dudas y sus males,
A implorar los auxilios celestiales
Y a recibir su bendición sagrada
Con aquella humildad que a Dios agrada.
De San Florencio honraban juntamente
Las reliquias, guardadas ricamente
En una caja de luciente plata
Do sus primores el cincel retrata.
Era tan grande, en fin, la concurrencia
Que, por público bien y conveniencia,
Fue preciso alzar tiendas y cabañas
Do gentes de regiones muy extrañas
Descansasen de larga romería
Alrededor del templo y abadía.
 
   En una tarde de diciembre frío,
Silbando el viento con sonoro brío,
Después de los oficios, ya cansado
Del trabajo apostólico y sagrado,
El abad a su celda caminaba
Para gozar la dulce paz que amaba,
Cuando en la nave solitaria y triste
Vio un peregrino que de negro viste.
Este hombre negro que causaba espanto
No quería salir del templo santo
Por más que los conversos que asistían
Arrancarle del sitio pretendían.
Pretestaba tener un gran secreto
Que fiar al Abad, varón discreto;
Mas como demostraba el peregrino
Ser un vasallo mísero y mezquino,
Y abrazó una columna de la nave,
Los conversos le hacían fuerza grave
Y todos los esfuerzos fueron vanos
Para desenganchar sus duras manos.
Viendo tenacidad tan atrevida
Y aquella resistencia desmedida,
Dijo el Abad que libre le dejasen
Y al instante a su celda le llevasen.
 
   Luego que allí llegó, dijo el prelado
Revistiendo su faz de un dulce agrado:
-«Hablarme habéis pedido, hermano mío,
¿Por qué no habéis usado el medio pío
De santa confesión para escucharme
Y todo vuestro afán comunicarme,
Como suelen hacer los peregrinos
Que se llegan aquí por mil caminos?»
El hombre negro respondió al momento:
-«Yo como hermano tuyo no me cuento:
Yo nunca me confieso, y hago alarde,
Nunca me dejo ver sino de tarde.»
-«Si es así -respondió Duncanio triste-,
La piedad de mi Dios ya no te asiste:
Te compadezco yo, no te maldigo;
No te deseo mal, pero te digo
Que delante de Dios no existe cosa
Más indigna, más sucia y asquerosa
Que un pecador que sigue impenitente
Alzando altivo su execrable frente.»
-«Yo no sé -le repuso el peregrino-,
No puedo comprender y no adivino
Lo que quieren decir las voces tales
De bendecir y maldecir los males.
Una palabra sé que es más hermosa,
Reina de todas, grande, prodigiosa,
Y es poder (posse). Si es de tu contento
Te la puedo enseñar en un momento.»
-«¿Y qué queréis decirme tan conciso?»
-«Escucha, pues, Abad. ¿Será preciso
Para que tú me entiendas claramente
Que yo abandone el hábito aparente
Y esta forma ridícula y humana?
¿Que me muestre con pompa soberana
Tal cual soy en mi reino y fortaleza,
Con corona de rey en la cabeza,
Alas en las espaldas anchurosas
Y tridente en las manos vigorosas?»
-«¿Qué me queréis decir con cosas tales?»
-«Mira y contempla, pues, estas señales.»
.........................................
   En lugar del mendigo y peregrino
Con su bordón y traje de camino,
Vio el Abad ante sí con gran espanto
Al príncipe del reino del quebranto,
Al infernal espíritu de abismo
Comparable en horror sólo a sí mismo.
Su primer movimiento de impaciencia
Fue apartar a Satán de su presencia
Con un signo de cruz; la furia impía
Deteniéndole el brazo le decía:
-«¡Pobre Abad! ¿Qué has sacado hasta el presente
De tu vida reclusa y penitente?
¿Y de domar tu carne contra el vicio
Con tanto ayuno, privación, cilicio?
¿De rogar a tu Dios, que es tan ingrato
Que anhela sólo que te des mal rato?
¿De tanto como niegas y te inclinas?
¿De dar sangre a feroces disciplinas?
¿Te ha servido, infeliz, lo que yo cuento
De hacer algún milagro, algún portento?
Muy al revés ha sido, temerario:
Yo, que soy de tu culto el más contrario,
Ha meses que en tu celda me mantengo
Y bajo de tu cama abrigo tengo;
Yo te inspiro continuas tentaciones,
Deseos, apetitos, sugestiones;
Interrumpo tu paz de noche y día
Y retrato en tu ardiente fantasía
Mujeres lindas y festivas danzas
Que son cebo de dulces esperanzas.
Eso en suma, Duncanio, te ha valido
Tu fervor grande por tu Dios querido.
Agora yo, por quien no has hecho nada,
Te ofrezco facultad ilimitada
De trastornar el curso y ligereza,
Orden y fin de la naturaleza.
Si me obedeces, a tu voz temida
El mundo dará horrenda sacudida,
Se abrirán las más hondas catacumbas,
Los muertos hablarán desde sus tumbas,
Se eclipsará la luz del firmamento,
La luna vestirá color sangriento,
Producirá sin fin la madre tierra
Frutos de paz o chispas de la guerra
Y el mar, las tempestades y los vientos
Sumisos estarán a tus acentos.
Más aún: los magnates y los reyes
Recibirán tus órdenes y leyes,
De un dulce amor infundirás las llamas
Dentro del corazón de nobles damas
Y los más orgullosos palaciegos
De tu privanza se valdrán con ruegos.
En los encuentros y famosas lides
Victorioso serás como un Alcides
Y tu caballo con feroz dominio
Do quier sembrará muerte y esterminio;
Y no quiero interés, con él no cuento
Para recompensar mi ofrecimiento.
Creer no quieras que te pido el alma
Como debido galardón y palma;
Quiero sacarte de tan triste estado,
Darte lugar sublime y elevado,
Porque conozco en ti más grande aliento
Que para regir frailes de un convento.»
 
   Duncanio estaba atónito y pasmado
Sin saber qué decir en tal cuidado.
-«Toma -dijo Satán-, no estés inquieto,
Toma este libro y usa su secreto:
Tiene una virtud mágica que brilla;
Deja ya tu sayal y tu capilla,
Deja tristezas y fervor profundo
Y conoce las glorias de este mundo.»
Huyó el domonio al punto y el prelado
Halló a sus pies un libro colorado.
 
   ¿Qué volumen sería aquel tan malo,
Dado por el Infierno de regalo?
Sin duda que aquel libro provendría
De diabólica y negra librería.
En sus páginas rojas e inflamadas
Se verían blasfemias retratadas,
Sarcasmos contra Dios, contra sus santos,
Sortilegios y cifras con encantos.
Estas ideas el Abad formaba
Y de sus pies el libro retiraba:
Mas poco a poco su pavor perdiendo
Lo levantó del suelo y fue leyendo.
Todos los caracteres se alumbraron,
Todos como relámpagos brillaron
Y así como Duncanio pronunciaba
Sílabas de una magia que ignoraba
Mil figuras fantásticas y extrañas,
Formas desconocidas y alimañas
De su celda en los ámbitos bullían
Y en la lisa pared aparecían
Castillos encantados y armaduras,
Y pajes, y soldados, y hermosuras,
Combates y palacios de oro fino
Y otras cosas que dijo el peregrino.
 
   Unos genios después aparecieron
Delante del Abad que le dijeron:
-«Ordénanos, Duncanio, cuanto quieras;
Prontos estamos todos. ¿A qué esperas?
Con la menor señal o movimiento
Indícanos no más tu ordenamiento
Y verás cosas grandes, inauditas,
Que historiador ninguno dejó escritas.»
 
   El prelado, algún tanto satisfecho,
Se dijo para sí: «Vamos al hecho.
Una vez que del alma no aventuro
La salud eternal y estoy seguro,
Valgámonos del libro misterioso
Para gloria del Todopoderoso;
A Luzbel con sus armas persigamos
Siendo buenas las cosas que ordenamos
Y el padre de mentira y de pecado
Vencido sea por el que es tentado.»
 
   Luego que pensó así, con grande arrojo
Abrió de par en par el libro rojo
Y vuelto a los fantasmas y visiones
Pronunció de tal modo sus razones:
-«Espíritu de grandes edificios
Que fabricando rindes tus servicios:
En nombre del demonio que es tu dueño
Ven a prestarme un pronto desempeño.»
-«Aquí estoy -respondió un acento fiero-.
Tus órdenes, Duncanio, sólo espero.»
-«Acabe tu vigor y tu energía
La imperfecta pared de la abadía
Que no se concluyó, cual yo anhelaba,
Porque nuestro dinero escaseaba.»
 
   Se oyó al punto un estrépito sonoro
De demonios cantando en grave coro
Y todos levantaron raudo vuelo
A trabajar con el mayor desvelo.
El edificio apareció acabado,
Muy sólido, vistoso y adornado
De columnas de mármol y primores
De ojivas con sus vidrios de colores,
Y en la pared esta inscripción estaba
Que con letras de adorno resaltaba:
De Duncanio a la voz omnipotente
Se acabó este edificio sorprendente.
 
   La fama de tan célebre portento
Corrió por toda Europa en un momento.
Cual río caudaloso que avasalla
Sin respetar obstáculos ni valla.
Aclamado el Abad por hombre santo
Se complacía y recreaba tanto,
Que en su pecho nacieron vanidades
Que dieron al través con sus bondades.
Se llenó de soberbia y de locura,
Principio que los males apresura
Y si no le alababan con frecuencia
Perdía de repente la paciencia.
Por el contrario, si una dama altiva
Con una esplendorosa comitiva
O paladines nobles y afamados
Con séquito de pajes y criados
Venían a ofrecerle su respeto,
Mostrábase muy plácido y discreto
Y todos su sentidos y potencias
Se bañaban en ámbares y esencias.
Sin embargo, no osó ni por antojo
Tocar alguna vez el libro rojo,
Libro todo de magia, libro malo
Que le envió el Infierno por regalo
En el año de mil ciento y cincuenta
Con ocho más, por completar la cuenta.
 
   Brilló una luz en que un señor vecino,
Por aumentar su rango y su destino
O porque en tanta paz no halló provecho
O por tener mal humorado el pecho,
Pidió su casco y su trotón lozano,
Armó de lanza su robusta mano,
Llamó sus tropas y tenaz y terco
A Liebenthál se vino a poner cerco.
Según costumbre entonces practicada
Tomó el Abad Duncanio su celada,
Vistió una lucidísima armadura,
Convocó sus mesnadas con premura
Y se puso, exhortando a sus vasallos,
Al frente de peones y caballos.
Hicieron los sitiados su salida
Y a pesar de su fuerte arremetida,
Huían en desorden rechazados
Sin oír a sus jefes esforzados,
Cuando el Abad de su corcel se baja
Y a todo fugitivo el paso ataja,
Y haciendo de su espada noble alarde,
«¡Muerte -gritó- al follón, muerte al cobarde!»
Al choque se volvieron todos de una
Y también fue contraria la fortuna.
Acordóse el Abad desesperado
Del poder de su libro colorado,
Lo sacó de su seno y en voz alta
Leyó una página sin falta.
Con súbito pavor el enemigo
En tierra inmóvil vino a dar consigo
Y cual víctima triste y desgraciada
De los de Liebenthál sufrió la espada.
De Duncanio el milagro es conocido
Y en carro de victoria es conducido
A la ciudad, que le idolatra tanto:
Es proclamado vencedor y santo.
Fácil es conocer que en tal momento
Llegó a ser el señor más opulento
De todo aquel país que dominaba;
La noble jerarquía le admiraba,
Príncipes y magnates y señores
De su amistad buscaban los favores.
Se rodeó de un lujo cortesano,
A todos sus fervores dio de mano
Y sin poner un dique a sus deseos
Buscaba las delicias y recreos.
No curó de homilías ni sermones,
Corrió tras su apetito y sus pasiones
Y cuando algún obstáculo veía
Al libro colorado recurría.
 
   Hora por hora sin perder camino.
Quince años después que el peregrino
Se había presentado en la abadía
Con el rojo presente que traía,
El Abad en su celda reposaba
Y mil proyectos de ambición formaba,
Cuando a un leve rumor se puso alerta,
Pues oyó que llamaban a su puerta.
-«¿Quién es? -gritó aturdido y asustado
Y fuele respondido: -«Abrid, prelado.»
-«¿Quién sois vos, que me habláis altivo y fiero?»
-«La deuda de mi libro cobrar quiero.»
-«¿Deuda del libro rojo? ¿En qué sentido?»
-«Sí, Duncanio, tu plazo es ya cumplido;
Sígueme, que llegó tu postrer día:
Ya te debo contar por presa mía.»
 
   Uñas descomunales le clavaba
El peregrino negro y le arrastraba.
El Abad se plañía en tal manera:
-«Presa tuya no soy; espera, espera:
Ningún pacto firmé con mi enemigo,
Que el cielo bien lo sabe y es testigo.»
-«Es verdad que no hay firma ni contrato;
Mas, merced a mi libro y su aparato,
Sin temor de peligro ni de males
Te has tragado pecados capitales,
Te has metido en el fango de placeres,
Ciego con la pasión de las mujeres;
Has manchado tu mano con venganza
Y con sangre la punta de tu lanza
Y en la soberbia y vanidad me igualas,
Aunque te falten mis terribles alas.
Vamos a los infiernos.» Dicho y hecho:
Clavándole las uñas en el pecho
Se lo llevó como una paja leve
Que al impulso del céfiro se mueve,
Cayó fuego del cielo en la abadía
Que con llama voraz la consumía:
Hacinados quedaron sus escombros
Sirviendo de pavores y de asombros
Y demonios nocturnos se notaban
Que en torno se mecían y bailaban.



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Blanca de Borbón

 
                                         Y era blanca y rubia y de buen donaire y de buen seso.
(Crónica del rey D. Pedro.)
 
I
   ArribaAbajoMuy ronco silbaba el viento
Contra torre gigantesca,
Cual si todo el ornamento
De su labor arabesca
Diese voces de tormento.
 
   Que si en plácida armonía
Sus arpas eolias suena
Céfiro de la alegría,
Canta el aquilón su pena
Que es el son de la agonía.
 
   Es el soplo del invierno,
Es el silbo del traidor,
Voz del padecer eterno,
La rabia del desamor
Y el gemido del infierno.
 
   Mas si sobre el cornisón
Do nacen yerbas perdidas,
Callando su indignación
Pliega el viento alas dormidas
Que de escarcha y nieve son,
 
   Óyese este triste acento
De mujer allí encerrada,
Como el ¡ay! de abatimiento
Del náufrago en mar salada
Que anuncia el postrer momento.
 
II
   El tálamo sin amor
Es un lecho de cuidados
Donde sufren su dolor
Dos que fueron ayuntados
Por un siervo del Señor.
 
   En tan dura situación
Vierten sobre su cadena
Lágrimas con profusión;
Mas son lágrimas de pena,
No de mutua compasión.
 
   Sin amor, son desventuras
Los festines y conciertos
Y luto las colgaduras
Y sudario de los muertos
Las nupciales vestiduras:
 
   Es pésame el parabién
Y hay un gusano traidor
Que punza como el desdén
Escondido en cada flor
Que ciñe la fresca sien.
 
   Vio la luz que al alba brilla
Dos coronas en mi frente:
De himeneo y de Castilla,
Una de piedras de oriente,
Otra del amor, sencilla.
 
   Eran en extremo bellas;
Un sol contempló las dos
Y otro sol me vio sin ellas,
Que fue voluntad de Dios
O rigor de las estrellas
 
   Tuve una rival dichosa:
(Mucho alaban su embeleso);
Tal vez la hizo más hermosa
Del rey suspirado beso
Que no mereció su esposa.
 
   Con ser padres de la grey
Mal, los prelados, fallasteis;
Que contra la santa ley
Nuestros lazos anulasteis
Por un vil temor al rey.
 
   Porque no debe el temor
Del palaciego venal
Buscar asilo interior
Bajo el rico pectoral
De un obispo, de un pastor.
 
   Si tuerce amor desreglado
Regio cetro alguna vez,
Jamás ministro sagrado
Por pasión o timidez
Tuerza el báculo dorado.
 
   Esto se oyó del lamento,
Pues cansado de dormir
Sus alas agitó el viento
Que sordo empezó a mugir.
 
   Después nada se escuchaba,
Pues fue muerta en su prisión
La hermosura que lloraba,
Que era Blanca de Borbón.


ArribaAbajo

Enrique III

I
EL GABÁN
                              ArribaAbajoA Burgos la de las torres,
La de ayunques y martillos,
Cuyas fraguas encendidas
Son resuellos del abismo,
Fatigado de la caza
Dirige el corcel altivo
Don Enrique de Castilla
Triste asaz y dolorido
Que los grandes de su corte
Con galas y con anillos
Mal enristrarán la lanza
Contra moros granadinos.
Entregados están todos
A las zambras y amoríos
Y más aptos a danzar
Que a vencer al enemigo.
A músicas avezados
Y de púrpura vestidos
Respiran en el placer
Frescas auras del cariño.
Bajo sus dorados techos
Todo es profusión y brillo:
Cruzan pajes y hermosuras,
Suenan arpas, suenan himnos;
Y mientras parte el pechero
Negro pan para sus hijos
Y no puede darles pan
Siempre que oye sus gemidos,
En un festejo de amor
Por vanidad o capricho
La dote de una princesa
Gasta el infanzón que es rico.
Enrique en tan tristes penas
Cavalgaba sumergido
Sin hallar solaz al duelo
Y en tanto llegó al castillo.
Después de un reposo leve
Sentarse a la mesa quiso:
Presentóse el dispensero
Y al Rey de Castilla dijo:
-«Perdonad; no hay qué comer,
Porque en vuestro domicilio
Ni hay blanca para comprar
Ni recado prevenido.»
Fingió no alterarse el Rey,
Y puestos los ojos vivos
En el pomo de la espada
Parecía entretenido.
De este modo cubre el mar
Con espuma sus vajíos,
Su fuego el volcán con nieve,
Su flecha el amor con mimos.
-«Bien -le respondió el Monarca-;
Pobre cetro me ha cabido:
Id, empeñad mi gabán
Y cumplid con vuestro oficio.»
 
II
EL CONVITE
   En magníficos salones
De damascos guarnecidos,
Sobre alfombras matizadas
Con primores exquisitos,
Marchan nobles y señores,
Paladines y homes-ricos
Cubiertos de grana y seda
Con honrosos distintivos:
Mil bujías a la vez
Despiden hermoso brillo
Y reflejan en el oro
De las galas y vestidos.
En un ambiente de rosa
Que no inflaman los suspiros,
Revolaban los placeres
Mofándose del hastío.
Presidía a los magnates
De Toledo el arzobispo
Poco humilde por pastor,
Como cortesano, fino.
Los manjares suculentos,
Blanco pan en canastillos
Y el aroma y el vigor
De los potenciosos vinos
Desterraban la tristeza
De aquel encantado sitio
Donde las fugaces horas
Deslizaban en olvido.
Disfrazado entre los pajes
Entró el Rey, vio el regocijo
Y los cánticos de amor
Sonaron en sus oídos.
Acordóse del gabán,
Fuese, y entre dientes dijo:
«Yo convertiré en dolores
Vuestros gozos desmedidos.»
 
III
EL VERDUGO
   Cuando tiende la mañana
Sus cabellos con anillos
En que los diamantes son
Leves gotas de rocío
Llama el Rey a los señores
A la sala del castillo,
Pues finge que está doliente
Y que hablarles es preciso.
Congregados los magnates
Entra Enrique en aquel sitio
Y desnudando el acero
Preguntaba al arzobispo:
-«¿Cuántos reyes poderosos
Habéis en Castilla visto?»
-«Tres, señor: a vuestro abuelo,
A vuestro padre, a vos mismo.»
-«Pues yo -replicó el Monarca-
Joven soy y he conocido
Tantos reyes cuantos grandes
Estoy viendo al lado mío;
Pero caerán las cañas
A impulso del viento altivo
Que locuaces y sonoras
Las hicieron más benigno.»
A una seña del Monarca
Soldados apercibidos,
Verdugo, tajo y cuchilla
Viéronse entrar de improviso.
Horrorizados los grandes
Imploraron con gemidos
El perdón y la clemencia...
-«Os perdono -el Rey les dijo-;
Pero entregaréis al punto
Fortalezas y castillos
Que habéis usurpado a Nos
Con engaños y artificios.»


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Las tranzaderas

Romance

                              ArribaAbajoA Madrid da diversión
El rey don Juan y contento
Con la festiva ocasión
De tomar el regimiento
De Castilla y de León.
 
   Concede cargos y empleos,
Regala exquisitos dones,
Tiene justas y torneos,
Cabalgadas y paseos,
Músicas y colaciones.
 
   Del palenque en los confines
Se anuncia y se preconiza
Al son de roncos clarines
La noble y heroica liza
Que tendrán los paladines.
 
   Bajo dosel, rico puesto
Guarnido de ricos paños
Ocupa el rey, que es dispuesto
Y en la flor de verdes años,
Blanco, rubio y de buen gesto.
 
   De ámbar lleva rica cuera
Sobre jubón carmesí
Y un manto que reverbera
La luz del sol hechicera
Con esmeralda y rubí.
 
   Déjase ver ataviado
Cercano a la regia silla
López de Avalos, llamado
Por su natural agrado
Buen condestable en Castilla.
 
   Por ser también allegados
Vense allí con su señor
Caballeros muy honrados
Y el almirante mayor
Con los cuatro adelantados.
 
   Mas don Álvaro de Luna,
Cabalgador y bracero,
Cuya privanza y fortuna
Siendo novel caballero
No iguala persona alguna,
 
   No sigue al Rey cual solía;
No por perder su favor,
Sino que por alegría
Quiso ser mantenedor
De la justa de este día.
 
   Es de ver aquel estrado
Con graciosos miradores
Do la reina se ha sentado
Sobre paños de brocado
Para respirar amores.
 
   Y son tantos los diamantes
Puestos en su crencha blonda
Y en sus vestidos joyantes,
Cuantos dieron siglos antes
Los mineros de Golconda.
 
   La cercan muchas doncellas
De noble alcurnia nacidas
Que son en extremo bellas,
Bien tocadas, bien prendidas,
Bien amadas todas ellas.
 
   Hablan en voz de secreto
Del que mantiene la justa,
Pues en todo es tan perfeto
Que a todas las damas gusta
Por gracioso y por discreto.
 
   Es cortés, bien razonado
Y aunque no alto de persona,
Bien apuesto y ajustado;
Y, como su rey, blasona
De docto en decir rimado.
 
   Montero de tal manera,
Que de su astucia sutil
Nunca se ha visto la fiera
Ni segura en la carrera,
Ni segura en el cubil.
 
   Sobre un alazán brioso
Que luce sus escarceos
Muéstrase en el ancho coso
Para calmar los deseos
Del concurso numeroso.
 
   Baten los helados vientos
Su plumaje azul turquí,
Tan nobles son sus intentos
Como ricos muestra aquí
Yelmo, escudo y paramentos.
 
   Por joya de su adorada
Lleva lindas tranzaderas
De oro y seda delicada,
Que pueden ser las primeras
Por su labor extremada.
 
   Por la espalda airosa y suelta
Con amor las ha ceñido
Y cual talismán querido
Por encima de la vuelta
Del escudo muy febrido.
 
   Mide el palenque al momento,
Se alza la visera dura,
Detiene el corcel violento
Y a don Juan hace mesura
Y a la reina acatamiento.
 
   Álzanse por más favor
Sin poderse contener
Para mirarle mejor
Y para corresponder
La reina y damas de honor.
 
Mas como él siempre persiga
Con miradas lisonjeras
A Inés de Torres su amiga,
Ya no hay dueña que no diga
Que ella dio las tranzaderas.
 
   En un tordo muy ligero
De hermosa cerviz y vela,
Cabalga un aventurero
Gran justador y puntero
Por la dilatada tela.
 
   Es Juan Álvarez de Osorio,
Rival en tiernos amores
Del de Luna y es notorio
Que, aunque de ilustre abolorio,
Sufre desdén y rigores.
 
   Los ministriles sonaron
Y los dos que competían
La carrera prepararon,
Que sed de venganza habían,
Pues ambos a Inés amaron.
 
   El encuentro fue muy rudo:
Los dos quebraron su lanza
Contra el enemigo escudo
Dejando en el trance crudo
Muy dudosa la pujanza.
 
   Al choque volvieron de una:
Dio Osorio tan bajo el bote,
Por ser mala su fortuna,
Que el hierro raspó el quijote
De don Álvaro de Luna.
 
   Don Álvaro, más mañero,
Lo encontró por la bavera;
Respingó el tordo ligero
Y alzóse de tal manera,
Que dio en tierra el caballero.
 
   Sobre el de Luna al momento
Vierten rosas y jazmín
Las hermosas con contento,
Porque trajo tan buen tiento
Y anduvo buen paladín.
 
   El Rey, en tanta alegría,
Diole una ropa chapada
Que treinta marcos tenía
De preciosa orfebrería,
Toda en martas aforrada.
 
   La Reina, que se admiró
De su esfuerzo y buen talante,
Con placer le regaló
De sus dedos un diamante
Que en mil doblas se estimó.
 
Quien mira el rostro de Inés,
Que su amada dicha toca,
Conoce cuán feliz es,
Pero la fortuna loca
Quita, da, pone al revés.
 
   Logra entrar a la sazón
En la liza que le espera
Un apuesto campeón:
Gonzalo de Cuadros era
El muy garrido infanzón,
 
   Que al ver al mantenedor
Tan grande en el valimiento,
Tan sublime en el favor,
Así fabló en bajo acento
Puesto freno a su furor:
 
   -«Tú tendrás lo que no esperas...
»Luna llena, menguarás...
»Y antes de dar dos carreras
»Con tu sangre mojarás
»Las hermosas tranzaderas.
 
   »Tú no cesas de preciarte
»Con arrogancia indiscreta
»De noble, sin acordarte
»De la humilde y baja parte
»De tu madre la Cañeta.»
 
   Fue la carrera muy lista:
Don Álvaro no encontró;
Mas del yelmo por la vista
Gonzalo Cuadros le dio
Bote tal, que Dios le asista.
 
   El roquete de la lanza
Abrió la vista, encontróle
En la frente y con pujanza
Todo el casco quebrantóle
Por la parte que le alcanza.
 
   Tanta sangre le salía
Que daba grima mirallo:
Las sobrevistas teñía,
Tranzaderas y caballo:
Que a caballo se tenía.
 
   Del alazán lo bajaron
Los pajes con gran premura,
Del yelmo lo despojaron
Y en andas se lo llevaron
Para facerle la cura.
 
   Causaba luto el gemido
De las dueñas y doncellas:
Con un eco dolorido
Le plañían todas ellas
Viéndole tan mal ferido.
 
   Por la herida en parte tal
Que ha padecido el de Luna
Juró Inés llorando el mal,
No comer cabeza alguna
De ave, pez u otro animal.
 
   Se alzó el Rey entristecido
Y dijo a los de su lado:
-«Las fiestas han concluido:
»No hay nada que me dé agrado
»Si está enfermo mi valido.»

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