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ArribaAbajoCapítulo XIX

De qué manera entre el rey y el valido en su gracia se cumplirá toda justicia; y de qué manera es lícito humillarse el rey al criado. (Matth., cap. 3.)


«Entonces vino Jesús de Galilea al Jordán a Juan para que le bautizase. Juan se lo prohibía, diciendo: Yo he de ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? Respondiendo Jesús, le dijo: Deja ahora: así conviene que nosotros cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. Y bautizado Jesús, al punto salió del agua. Y veis se abrieron los cielos, y vio el Espíritu Santo de Dios bajar como   —202→   paloma, y que vino sobre él. Y veis una voz del cielo, que decía: Éste es mi Hijo amado, en el cual me agradé». Fue tan grande esta acción, que se repartieron los misterios de ella por los tres evangelistas. Quiso cada uno tener parte en tan grande sacramento. Marc., 1, dice: «Vio los cielos abiertos, y al Espíritu Santo que bajaba como paloma». Y añade esta grande palabra, que añuda esta acción con lo que dijo Isaías: «Y que se quedaba en él». Lucas, cap. 3, dice: «Fue empero como si bautizase todo el pueblo, y Jesús fuese bautizado»; y añade: «Y estando orando, se abrió el cielo».

En la consideración de este capítulo parece que se agota todo lo importante del oficio del príncipe, y todo lo peligroso del oficio del privado. Cumplir el rey toda justicia es hacer todo su oficio: humillarse al criado el señor, es todo el riesgo. Era San Juan Bautista grande privado de Dios, y el que venció todas las malas andanzas del puesto. No ha habido ni habrá mal paso en la privanza que él no le padeciese y le santificase con su humildad y con su vida y con su muerte. La aclamación del pueblo engañada le ofreció la adoración de Mesías, le rogó con el cargo de su señor: el séquito de las gentes hizo diligencias contra su oficio; su grande santidad equivocaba la fe de los judíos para su persecución. En uno de los capítulos antecedentes ponderé sus diligencias y sus respuestas. Y como él sabía cuán sabrosa perdición y cuán forzoso peligro es éste de la privanza, no por sí, que era hombre enviado de Dios, y no de la ambición; por todos los que serían en el mundo privados habló tales palabras176: «Éste es el que ha de venir en pos de mí, que ha sido antes de mí: de quien yo no merezco desatar la correa del zapato».

¡Oh privados, oh reyes! Tened respeto los unos hasta la correa del zapato de vuestro príncipe, los otros haced reverenciar hasta vuestro calzado. Yo con toda humildad y reverencia admiro en estas palabras las interpretaciones de los santos que sirven al misterio. Vosotros, todos los que mandáis y aspiráis a mandar, atended a mi explicación. Juan, primero privado escogido, cuando ve vacilar en el reconocimiento del Señor verdadero, de su Rey eterno, del Rey Dios y hombre, en estas palabras dice todo lo que se ha de decir, y todo lo que no se ha de hacer: «No soy digno de desatar la correa de su zapato». Pues, Santísimo Padre, si Juan privado no es digno de desatar la correa del zapato de su Rey,   —203→   ¿qué será del criado que intentare atar con la del suyo a su rey? ¿Qué cosa es atar el criado al señor? Eso no se ha de presumir de toda la perdición del seso ambicioso de los hombres; es menester para tan sacrílega osadía toda la desvergüenza del infierno. No sólo no ha de atar el criado ni el ministro al rey, mas ha de conocer y confesar que no merece desatar la correa de sus pies. Lo que el rey añuda, nadie, si no es Dios, y la razón, y la verdad, lo puede desatar sin delito. Majestad tienen los reyes hasta en los pies: digno es de reverencia su calzado. Pues si no es lícito desatar la correa del zapato, ¿cómo será lícito desatar al rey de su alma, al rey de sus reinos, al rey de su oficio, al rey de la religión, al rey de Dios? Esto el que lo hace, el que desata al rey de estas cosas, no es ministro, no es privado, no es vasallo, no es hombre: lo que es dígalo por el Bautista el evangelista San Juan, que yo no me quiero atrever a decirlo, ni caben en mi autoridad sus palabras, que son dignas de él sólo. Oigan los reyes y los emperadores al águila, que es autor de coronas imperiales y blasón propio suyo177: «Y todo espíritu que desata a Jesús, no es de Dios, y éste es espíritu de Anticristo». El un Juan lo dice, que el que desata a Cristo es espíritu de Anticristo; y el otro Juan, que vino antes de Cristo y fue enviado de él, cuando dice estas palabras no sólo confiesa que no ha de desatar a Cristo, sino que no merece desatar la correa de su zapato. Y el uno que lo hace fue el privado, y el otro el querido. Y el que no los imitare, si desata a su rey, ¿qué será? Ya lo ha dicho San Juan. Y si le atare (lo que no se puede creer), será Judas. Ése le vendió y entregó por dineros a la cárcel y a los cordeles. Con razón, pues, Cristo se viene al Jordán a buscar tal criado, a honrarle, y a ser bautizado de él.

El mérito de San Juan nos ha llegado al discurso del capítulo: con sus palabras nos introducimos en sus obras; y este ejemplo no pierde por descender de Cristo, Dios y hombre, a los reyes hombres; que pues los reyes son vicarios de Dios, y reinan por él, y deben reinar para él, y a su ejemplo e imitación, ningún lugar tiene el desahogo de la lisonja, ni lo dilatado de la explicación ambiciosa y negociadora, en estas palabras: «Vino Cristo de Galilea al Jordán para que Juan le bautizase». Todo va bien: el rey va al criado, no el criado al rey; él se vino a Juan, no le trajo Juan. ¡Gran decoro de monarca! ¡Grande y discreta y segura fidelidad de criado! «Juan se lo prohibía. Hace lo que debe su humildad   —204→   y conocimiento, lo que conviene a su oficio, que Dios hará lo que conviene a la obra, al gobierno y al misterio. No sale de sí Juan, grandes márgenes deja a la dignidad de Cristo; no compite jamás ni con su sombra. No parece lícito contradecir ni prohibir nada el criado al señor: no parece lícito, porque los atrevidos vuelven la cara hacia otro lado por dejar pasar la verdad. Santísimo Padre, en las honras propias y mercedes excesivas que se les hacen a ellos, lícito les es el prohibirlo, el rehusarlo. Mas los mañosos, que la doctrina la ajustan al talle de su pretensión, prohíben las mercedes de los otros, que luego que no son para ellos, son excesivas; y las propias, aunque sean demasiadas, se admiten con queja por pequeñas, y a veces la insolencia del ministro obliga al príncipe que le ruegue para que acepte lo que no pudo el criado codiciar sin delito, ni conceder el príncipe sin afrenta. «Prohibióselo diciendo: Yo he de ser bautizado por ti».

En el agua, con favores y honras grandes, ejercitó los dos mayores ministros con acciones y palabras bien parecidas. Juan, viniendo Cristo a que le bautizase, se lo prohibía diciendo: «Yo he de ser bautizado por ti». Pedro parece que repite este suceso y palabras, y le dice178: «¿Tú me lavas a mí los pies?», y se lo quiso prohibir como Juan. A Juan respondió: «Déjalo ahora: así conviene que nosotros cumplamos toda justicia». A Pedro en la respuesta le juntó alguna amenaza: «Si no te lavo, no tendrás parte en mi reino». Con novedad, Santísimo Padre, examino yo la diferencia de estas respuestas en una propia acción. Juan en el desierto rehusó por su humildad la acción que servía a los misterios de Dios sin testigos, y así bastó la advertencia del fin para que Cristo se humillaba a su criado. Pedro replicó entre todos los apóstoles y delante de Judas, cuando él hacía aquella acción para ejemplo y para que le imitasen. A la repugnancia en el misterio y a solas basta advertencia; a la repugnancia al ejemplo entre los que le han de tomar para darle, provechosa es la amenaza. No se ha de temer que el príncipe dé buen ejemplo aun con humildad rendida.

«Así conviene que cumplamos nosotros toda justicia». Ésta no es cláusula, es sima infinita de misterios. Santísimo Padre, ¿cómo? ¡Qué ni en el encarnar, ni en el nacer, ni en el morir, ni en el resucitar dijese que cumplía toda justicia, y aquí lo dijese, cuando él es bautizado de Juan, y Juan de él! ¿Qué hay aquí de justicia? ¿Cómo se cumple toda justicia donde el hecho es sacramento:   —205→   donde no hay pueblo? Río era, y no tribunal, en el que estaban. Esta vez el agua del Jordán vidriera es de toda la justicia de Dios, de toda, y cumplida en todo. Dejar el rey su casa y su ciudad por el bien de sus reinos, justicia es. Buscar el criado que no se halla digno de desatar la correa de su zapato, justicia es. Humillarse por salvar los que tienen a cargo, justicia es. Desnudarse por los que han menester su desnudez, justicia es. Rehusar Juan levantar la mano sobre la cabeza de su Señor, aun para bendecirle, justicia es. Estorbar que aun en el desierto el silencio de las peñas y la fuga del agua y el ruido le vean más alto que su Señor, justicia es. Mortificarse el criado con la obediencia en tan altos favores, justicia es. Autorizar el Rey los despachos de tan grande ministro con tan prodigiosa demostración, justicia es. Que el rey pase por lo que ordena que pasen todos, justicia es. Que el príncipe, para introducir el remedio de los suyos, no repare en desnudarse de la majestad ni en humillarse, justicia es. Que empiece por sí mismo la ley que quiere dar a todos, justicia es. Que use del remedio que da, justicia es; pues aunque no le ha menester para la disculpa, le ha menester para el ejemplo.

Solos estaban Cristo y San Juan, mas no por eso el privado se alargó en admitir favores, ni usó de la familiaridad; recibió el criado aquella honra que le mandó el Señor que la recibiese. De otra manera negocian su perdición en el mundo los ministros que (como ellos dicen) cogen a sus príncipes a solas, sin entender que el príncipe para el criado no puede estar solo, porque el reino, el oficio, y el ser lugarteniente de Dios no son separables del rey. Bien habrá habido criados que hayan visto desnudos a sus reyes delante de ellos, y humillados; mas esto no habrá sido porque los reyes propios lo hiciesen por el bien común, ni lo rehusarían los malos criados. Por eso en los tales con su rey, no se cumple toda justicia como aquí. No dice Dios que éstos son sus hijos. No sólo no lo dice Dios, mas sus padres se corren de haberlo sido, y de que ellos digan que lo son. Aquí fue en el Jordán donde179 «se apocó a sí mismo recibiendo forma de criado». No le apocó el criado, él se apocó. El criado quería reverenciarlo como Señor; mas él, porque conociesen que era el Señor que lo merecía ser, se apocó recibiendo la forma de criado. Apocarse es virtud, es poder, es humildad; dejarse apocar es vileza, es delito. Siempre Cristo mostró que en todo lo que se hacía con él tenían poca parte los que lo hacían, ni el poder. Iba preso, quísole librar Pedro, y le dijo:   —206→   «¿Piensas que si yo quisiera librarme, y pidiera a mi Padre que me enviara de guarda un ejército de ángeles, que no me los enviara?». A Pilatos, cuando le dijo que tenía poder de darle muerte y librarle, le respondió que no tuviera poder si no se le hubiera dado de arriba. «Yo tengo potestad de vivir y morir», dijo.

Tan gran Rey fue, y tan solo Rey, que hasta en el padecer y en el morir, que fue a lo que vino, quiso que supiesen que padecía porque quería, porque convenía a su honor y al negocio. «Vio los cielos abiertos, y al Espíritu Santo que bajaba como paloma y quedaba en él. Y veis una voz del cielo que dice: Éste es mi Hijo amado, en el cual me agradé». Aquí también se le guardó su justicia a la oración; ella penetra los cielos siendo fervorosa; ella los abre, y ve abiertos: ora Cristo, y abre los cielos y velos abiertos. ¡Buen Rey, que por medio de la oración trata con Dios los negocios de su reino! «Y vio al Espíritu Santo que bajaba sobre él». Justicia es que a Rey que se deshace por los suyos y recibe forma de siervo por hacerles señores, el Espíritu Santo baje sobre él, y quede en él, y le dé a conocer. Justo es que se abra el cielo cuando Cristo instituye el bautismo, con que se ha de poblar su gloria, y restaurar su vecindad ya perdida. Justo es que donde el Hijo de Dios se humilla, el Espíritu de Dios baje. Ved, Santísimo Padre, si donde el criado y el Señor, el cielo y la tierra, el Hijo de Dios y su Espíritu hicieron tantas justicias, se cumplió toda justicia; pues en sólo el bautismo está todo. Así se ha de creer: nadie puede salvarse, si no renaciere por el bautismo del agua y del Espíritu Santo.

Bien se conocen los grandes méritos de Cristo en esta acción del Jordán: bien los declaró con demostraciones de todo el cielo. Y ya hubo alguno que, predicando o haciendo que predicaba por decir cosa que nadie hubiese dicho, dijo lo que nadie puede decir. Declarando estas palabras: «Éste es mi Hijo muy amado», se atrevió a errar contra la letra sagrada, diciendo: En el Tabor, donde estaba glorioso y trasfigurado, lo dijo afirmativamente; mas en el Jordán, donde le vio humilde y arrodillado, lo dijo como dudando: «¿Éste que así está postrado, es mi Hijo amado?». Éste, como admirándose de que fuese. ¡Gran desdicha de los tiempos!, no que haya un impío, un ignorante que tal desacierto pronuncie contra toda la verdad; mas que se usen auditorios que tales cosas las aplaudan, y no las enmienden. Vino Cristo a nacer, a padecer y a morir: a eso le envió su Padre, no a gloria ni a descanso; ¿y desconociole cuando hacía lo que le había ordenado, y a que   —207→   le enviaba? Que si fuera posible desconocerle, había de ser glorioso en la tierra, que en un instante hizo a Pedro que desconociese el oficio de Cristo, y a lo que venía, pues olvidársele no era posible. ¡Grande ignorancia atreverse a llamar indigna de Cristo la acción que abrió los cielos, y cumplió toda justicia, y bajó al Espíritu Santo! ¡Qué ignorancia tan grande, que diga aquel perdido que no le agrada Cristo, donde el Padre eterno diciendo que es su Hijo dice que le agrada: In quo mihi bene complacui! Perdóneme el que la reprensión forzosa a tan mala doctrina ocasiona, por la demasiada cortesía de callar su nombre.

Tan de otra suerte lo pondero yo, Beatísimo Padre, que he considerado con novedad, y muchas veces, qué fue la causa de que en el Tabor y aquí en el Jordán se oyese esta aprobación y testimonio del cielo, y no en su nacimiento divino; no en la adoración de los Reyes (cosa de tanta majestad); no en aquel milagro tan espléndido de los panes y los peces; no en la resurrección de Lázaro; no en su muerte; no en su resurrección: yo lo he considerado el primero. Y también, porque en el Tabor añadió las palabras: «Éste es mi Hijo amado, oídle»; y en el Jordán no dijo que le oyesen, sino que era su Hijo. Por la primera diferencia mucho responde todo este capítulo; pues en las demás acciones milagrosas referidas se vieron esfuerzos de su amor por el hombre, hazañas de su justicia contra el pecado original; mas en el Jordán se cumplió toda justicia de su parte, de la de su ministro, de la del Espíritu Santo, y del Padre. Y como él encarnó por librar al hombre del pecado original, vivió y murió por eso, y el bautismo es el sacramento que nos santifica contra él y nos limpia más de la culpa, que fue la causa de su pasión, -fue justicia, como lo demás, que aquí se abriese el cielo, donde moría la culpa que nos le cerró; que aquí bajase el Espíritu Santo, donde la carne mortal se disponía a poderle recibir; que bajase en forma de paloma, en el río donde se ahogaba la primera serpiente; que el Padre dijese: «Éste es mi Hijo en quien me agradé», pues entonces por él empezó el hombre inobediente y ciego a serle agradable. Estas cosas tan especiales dieron estos favores a esta acción particularmente entre todas las demás, y también al intento de mi obra, porque en los reyes las acciones de justicia son las de primera alabanza; y entre ellas serán las de mayor alabanza las de toda justicia: y ésta fue sola en lo que él dijo «que así convenía cumplir toda justicia». Y es de advertir que todo el oficio de   —208→   los reyes es justicia. No les dice otra cosa el Sabio180: «Amad la justicia los que juzgáis la tierra». No es opinión mía decir que los reyes en la justicia tienen la misericordia. San Pedro (llamado discurso de oro) dice181: «Dios, salva la verdad, se apiada; el cual así da perdón a los pecados, que en la misma misericordia guarda justicia y razón». Pues en el Tabor bien mereció Cristo favor tan preferido, donde se vistió de fiesta para morir, donde estando en gloria trataba de su muerte, donde se enojó con el más favorecido porque le desviaba de ella con amor y con ternura, donde a tratar de su fin trajo los muertos y despertó los dormidos. Que Cristo entre sus enemigos afligido trate de padecer, grande cosa es; más que trasfigurado, y entre sus discípulos, y con sus criados trate de morir, fineza es digna de la demostración del Jordán.

Resta ver por qué en el Tabor se añadió ipsum audite a las palabras del bautismo. Y a mi ver el texto evangélico da la causa. En el Jordán Cristo y Juan decían una misma cosa, iban a su mismo fin: uno como Señor, otro como criado; entrambos cumplieron toda justicia, obrando uno como Dios, otro como ministro. En el Tabor no fue así: Cristo y los que están con él182 hablaban con él de la partida que había de hacer y cumplir en Jerusalén. Y así lo entiendo. De esto hablaban con Cristo Moisés y Elías. Otro dijo183: «Bien será que nos quedemos aquí». Unos tratan con Cristo de su partida, Pedro de su quedada. El Evangelista dice que los de la partida hablaban a propósito, y no Pedro184: «No sabía lo que decía». Pues como era parecer tan contrario a lo que convenía al género humano y a Cristo y a su Padre el de San Pedro, fue necesario que se dijese185: Oídle a él, que trata de ir donde le envió; no a Pedro que pretende que se quede aquí. Santísimo Padre, cuando los primeros ministros descaminan, aunque sea con buen celo, el oficio del rey, si callan todos, el cielo habla. Y cuando advertidos del cielo prosiguen, como hizo Pedro en bajando del monte: Non expedit tibi, Domine: Absit a te, Domine, entonces no se excusaba el despedirle: Vade retro post me. ¡Justa cosa mandar que se vaya al que quería quedarse! El cielo y Dios hablan en los predicadores. Ministro que no los oye y prosigue, despedirle:   —209→   y en el río y en el monte sea oído sólo el rey; y no se atreva el criado a desatar la correa de su zapato, ni a bendecirle, si él no se lo mandare.




ArribaAbajoCapítulo XX186

La paciencia es virtud vencedora, y hace a los reyes poderosos y justos. La impaciencia es vicio del demonio, seminario de los más horribles, y artífice de los tiranos. (Joann., 20.)


Thomas autem cum audisset a condiscipulis suis, quod vidissent Dominum, respondit: Nisi videro fixuram clavorum, et mittam manum meam in latus ejus, non credam. Denique venit, et dicit Thomae: Infer digitum tuum huc, et vide manus meas, et affer manum tuam, et mitte in latus meum: et noli esse incredulus, sed fidelis. Respondit Thomas, et dixit ei: Dominus meus, et Deus meus. «Como Tomás oyese de los que con él eran discípulos, que habían visto al Señor, respondió: Si no viere la señal de los clavos, y no metiere mi mano en su lado, no creeré. Finalmente vino y dijo a Tomás: Entra tu mano en mi lado, y no quieras ser incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás, y dijo: Señor mío y Dios mío».

San Cipriano empezó aquella elegantísima oración del bien de la paciencia con estas palabras (siguiendo a Tertuliano, a quien llamaba maestro): «Habiendo de hablar, hermanos dilectísimos, de la paciencia, y declarar sus utilidades y provechos, ¿de dónde podré mejor empezar, que de la necesidad que ahora tengo de vuestra paciencia para oírme? Porque esto mismo que oís y aprendéis, sin la paciencia no lo podéis obrar». De esta prevención me excusa, serenísimo, muy alto y muy poderoso Señor, el hablar en todo este libro con vuestra majestad, en quien resplandece heroica esta virtud, que el mismo santo mártir llama en esta oración bien de Cristo187; y en otro lugar de la propia oración dice188: «Porque esta virtud es común a nosotros con Dios». Esto, que es de tan esclarecida loa al real ánimo de vuestra majestad, es de confianza a la poquedad de mi   —210→   entendimiento; porque así como el que teme hablar con vuestra majestad reverencia su grandeza, así quien osa hablar con tan soberana grandeza, conoce vuestra piadosísima clemencia y benignidad. Yo trataré de la virtud de la paciencia ética, política y cristiana, y probaré que para la guerra no sólo es fuerte y eficaz, sino que en la guerra sin ella los más fuertes son flacos; que siempre venció quien la tuvo; que siempre quien no la tuvo fue vencido; que es autora de la paz, y quien la conserva, y quien solamente sabe gobernar en la paz y en la guerra; que ella contradice a todos los vicios; que con ella florecen todas las virtudes.

Mucho pareciera lo que prometo de esta virtud, si no fuera aun más lo que ella obra. Por ser este capítulo el más importante de esta Política para todos y particularmente para los reyes y monarcas, busqué con atenta consideración en toda la vida de Cristo nuestro Señor, que toda fue paciencia desde el nacer al morir, lugar en que autorizar mi discurso; y por el más encarecido de su soberana, inmensa y benigna paciencia, escogí éste del apóstol Santo Tomás. La causa que me obliga a preferirle a tan innumerables actos de paciencia en Cristo nuestro Señor, quiero que preceda a la doctrina política cristiana. Aguardó el Hijo de Dios, para encarnar, con paciencia enamorada, que se llegase el plazo de las profecías y el de las semanas; aguardó para hacerse hombre el de su criatura, de su Madre y siempre Virgen; aguardó en su sacratísimo vientre los plazos de la naturaleza en los meses; nació yendo a obedecer el edicto de César, quien es obedecido de los serafines; consintió que le fuese cuna un pesebre, y compañía dos animales; que siendo él fuego del divino amor, le hospedasen las pajas y el heno, no sólo seguros de incendio, sino gozosos; tuvo paciencia viendo que Herodes le espiaba la vida, y siendo toda la valentía del cielo, para huir con sus padres a Egipto. Esto será explayarme sin orilla, si prosigo por todas las acciones en que Cristo nuestro Señor tuvo la paciencia con ejercicio grande e incomparable. Llamáronle comedor y endemoniado, y no se enojó; quisiéronle apedrear y despeñarlo, y tuvo paciencia; sufrió a Judas a su lado, tuvo paciencia para sentarle a su mesa, y para que comiese en su plato; besole para entregarle, y pacientísimamente consintió el beso; escupiéronle muchos; diole un ministro una bofetada, y el golpe que alteró el rostro no demudó su paciencia. Azotole Pilatos; hicieron burla de su majestad los soldados, hiriéndole con golpes, coronándole con espinas. Las señales se vieron en su santísimo cuerpo, no en su paciencia. Ésta más allá estaba de la furia y de la crueldad: todos la ejercitaban,   —211→   nadie la irritó. Pusiéronle desnudo en la cruz por malhechor, entre dos ladrones. Tuvo paciencia para todas tres cruces: para la que padecía; para la del buen ladrón, perdonándole, y acompañándose con él en su reino; para la del malo, viendo que aun un ladrón no le quería acompañar. Vio a su santísima Madre al pie de su cruz, viola que le veía; vio que su cuerpo y su pasión la eran martirio; tuvo paciencia para dejarla, para llamarla mujer, y darla por hijo su discípulo querido; para dársela por madre. ¿Puede ser la paciencia de Cristo más hazañosa, más divina, ni más encarecida? Señor, maravillosas acciones son éstas, dignas sólo del que era hijo de Dios y Dios verdadero; mas se obraron todas siendo hombre pasible, y que padecía como tal lo que vino a padecer por su amor y por nuestro remedio. Empero dudar Tomás apóstol que hubiese resucitado, y decir que si no ve las señales de los clavos y entra la mano en su costado, que no la ha de creer; y mandarle Cristo nuestro Señor resucitado, glorioso, impasible, que metiese la mano en su costado y manosease sus llagas, es hazaña de la paciencia divina, que excede toda ponderación, adonde se desalienta el espanto.

San Pedro Crisólogo pesa los quilates inmensos de esta paciencia en el sermón 84. Juzguen los oídos y los ojos con oírlas o con verlas el fil de las balanzas de sus preciosas palabras, que aun el desaliño de mi estilo no podrá apagar todas las luces que tienen. «¿Por qué así Tomas requiere las señales de la fe? ¿Por qué a quien tan piadosamente padece, tan duramente examina resucitado? ¿Por qué aquellas heridas que la mano impía rasgó, la diestra devota de nuevo las ara? ¿Por qué el lado que la impía lanza del soldado abrió, vuelve a cavarle del discípulo la mano? ¿Por qué los dolores que causaron los furores de los que le perseguían, la cruel curiosidad del compañero los renueva? ¿Por qué con los tormentos al Señor? ¿Por qué a Dios con las penas? ¿Por qué, para averiguar el médico celestial, el discípulo se informa de la herida? Cayó la potestad del demonio, abriose la cárcel del infierno, fueron rotas las ataduras de los muertos. Muriendo el Señor, se arrancaron los monumentos; y resucitando el Señor, toda la condición de la muerte fue mudada; fue trastornada la piedra del mismo sacratísimo sepulcro del Señor; las ligaduras fueron deslazadas, y a la gloria del que resucitaba huyó la muerte, volvió la vida, resucitó la carne, que no había de volver a caer. ¿Y por qué a ti sólo, Tomás, demasiadamente curioso explorador, pides que solas las heridas se presenten para el juicio de la fe? ¿Qué fuera si éstas como otras cosas se hubieran borrado? ¿Cuál peligro hubiera ocasionado a tu   —212→   fe esta curiosidad? ¿Juzgaste que no podías hallar algunas señales de piedad, ni documentos de la resurrección del Señor, si no surcabas con tus manos las entrañas que la judaica crueldad había arado?». No se hartaba el Santo de más elegante pluma, de más sabroso estilo, con mejor metal de palabras, de ponderar la más encarecida ocasión a la más encarecida paciencia de Cristo.

Tertuliano, en su doctísimo libro De Patientia, dice189: «La paciencia del Señor fue herida en Malco». ¡Grande encarecimiento de la paciencia misericordiosa! Mas en Tomás fue la paciencia de Cristo en él propio (digámoslo así) sobreherida. Solamente la incredulidad inventara herir las mismas heridas; hízolas la judaica incredulidad, volvió a abrirlas la del discípulo; sus dedos volvieron a ser clavos, su mano lanza. Según esto, acreditado deja la elección que hice de este lugar, y acción de paciencia en Cristo, para arrimar firmemente a su doctrina este capítulo. Para empezar a discurrir en lo político cristiano, resta averiguar la utilidad que resultó de esta incredulidad, que obligó a Cristo resucitado a tan soberana paciencia. Consecutiva al lugar referido la declara San Pedro Crisólogo: «Buscó, hermanos, esta piedad, inquirió esta devoción que después ni la misma impiedad pudiese dudar que el Señor resucitó. Pero Tomás no sólo curó la incertidumbre de su corazón, sino la de todos. Habiendo de predicar esto a las gentes, diligente ministro, inquiría cómo fortaleciese sacramento de tanta fe. De verdad más fue profecía que terquedad. ¿Pues para qué había de pedir esto, si de Dios no le hubiera sido revelado con espíritu profético, que para el juicio de su resurrección se guardaban sus heridas?». En importando, Señor, a la salud de los suyos, que la paciencia de Cristo sea ejercitada en su cuerpo, dispensa los privilegios de resucitado.

Yo aplico, para la inteligencia de este misterio, literales las palabras del Apóstol190: «Todo lo cerró Dios en la incredulidad, para apiadarse de todos. ¡Oh altura de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, y cuán investigables sus caminos! ¿Quién conoció el sentido del Señor, o quién fue su consejero, o quién lo dio a él primero, y se le dará retribución?». No sé que haya otro lugar en todo el Testamento nuevo, en que literalmente se viese que   —213→   Cristo lo cerrase todo en la incredulidad, para tener misericordia de todos, sino éste de Santo Tomás; pues en su incredulidad desengañada y convertida en fe por la paciencia de Cristo, curó con misericordia la duda de todos los corazones, como lo afirma San Pedro Crisólogo en el lugar referido, diciendo que dudó Tomás para que nadie dudase. Es tan sublime esta misericordiosa paciencia de Dios, que en acabándola de referir, exclama San Pablo con tan esclarecidas palabras: «¡Oh altura de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, y cuán investigables sus caminos!». Exclamación que nos da bien a entender de cuán majestuosa admiración está colmado este misterio, y que para mi intento es el ejemplar más a propósito y el mayor.

Ofréceseme considerar con novedad (quiera Dios con provecho y acierto) por qué causa, siendo María Magdalena tan favorecida de Cristo, y tan amartelada y tierna amante suya, y que con tanta solicitud y lágrimas le buscaba en el sepulcro, habiendo asistido al pie de la cruz; cuando buscándole, y no conociendo a Cristo, le pregunta por sí mismo, y Cristo con sólo llamarla María se da a conocer, y ella derretida en amor le llama Maestro, Cristo la dice191: «No me quieras tocar»; y a Tomás, que certificándole los demás apóstoles que Cristo había resucitado, dijo con despego incrédulo: «Si no veo las señales de los clavos y entro mi mano en su costado, no lo creeré»; no sólo se le aparece, no sólo dice que le toque, sino le manda que le escudriñe las entrañas, que le repase las heridas. ¿Por qué el Señor dispensa aquí, para que le toque Tomás, el inconveniente de no haber subido al Padre, y en la Magdalena no lo dispensa, pues dice192: «No me quieras tocar, porque aún no he subido a mi Padre»?

Señor, en tocar la Magdalena a Cristo no había interés de bien universal, solamente una caricia amorosa de reverencia y adoración; mas en el tocar Tomás a Cristo había utilidad para la fe y creencia de todos. Del tacto de aquella mano pendían los corazones de todos los hombres, el crédito de aquella gloriosa resurrección. Aquella mano, tentando con duda, adiestra a que nosotros con la fe, que es ciega, acertemos creyendo. Por eso acaba su sermón el gran Crisólogo diciendo193: «Vengan y oigan los herejes, y como dice el Señor, no sean incrédulos,   —214→   sino fieles. Cristo nuestro Señor no dispensó por las caricias en sus favorecidos y amados algo de su severidad, y siempre dispensó por el provecho y mejora de los suyos y de las almas. Cuando a vuestra majestad le dicen que un vasallo hizo de otra manera lo que en su real nombre se le mandó, o que lo hizo mal, o que no lo hizo, entonces ha de dispensar a intercesión de la paciencia (virtud de Dios) con su poder para castigarle, con su ira para deshacerle. Entonces para reducirle ha de hacer las más encarecidas pruebas de su real ánimo: no sólo le ha de oír vuestra majestad, no sólo dejar que le vea, ha de consentir que ponga la mano en las diligencias que a su remedio importan; que en estos negocios tanto importa a los reyes dejar que los toquen los acusados para que los reyes no crean acusaciones envidiosas, como que los toquen para creer y obrar lo que dicen y mandan.

¿Cuál descortesía pudo igualarse a no creer que Cristo había resucitado, habiéndolo él dicho, y diciéndoselo a Tomás los otros apóstoles? Empero el Señor, que vio el bien que resultaba de aquella incredulidad, olvidó la descortesía y atendió al provecho del mundo. ¿Quién contará los príncipes a quien ha depuesto su impaciencia? ¿Los que por ella han sido cuchillo de sus reinos, veneno de sus buenos vasallos, fin de sus grandezas, vituperio de sus ascendientes, infamia de los siglos, escándalo a los porvenir y abominación a la memoria de las gentes? ¿Quién, sin perder la paciencia, pudo ser cruel? ¿Quién avaro? ¿Quién soberbio? ¿Quién adúltero? ¿Quién tirano? Si pudo resultar provecho tan grande de la incredulidad de Tomás examinada, ¿por qué, Señor, no podrá resultar para los reyes y príncipes de la duda y terquedad de los vasallos? Para que esto no se averigüe, los que mal los asisten procuran que no sólo no puedan tomar a los monarcas, mas ni verlos ni hablarlos. No quieren que la mano delincuente negocie por sí, sino con las manos que la hacen delincuente. Dios guarde a vuestra majestad, que en esto ha dado ejemplo a todos los reyes de su tiempo, cuando en materia tan ardua y temerosa se cerró con el duque de Ariscot, gran señor en Flandes194, y le oyó, y vio, y acercó a sí con piedad magnánima de que espero resultará a él libertad con perdón, y a vuestra majestad gloria con seguridad.

El grande y magnánimo rey don Alonso de Aragón (a quien todas las naciones llaman por excelencia el   —215→   Sabio) tuvo tan docta e invencible paciencia, que no sólo sufrió que se le atreviesen, como se vio en el soldado que en público en Nápoles le detuvo con insolencia, mas no contento con perdonarlos, premió a los que de él hablaban mal; y no consintió que en su presencia se dijese de otros, como sucedió con los que notaron a Nicolao Pichinino de bajo nacimiento. No sólo no rehusaba que no le obedeciesen, antes mandaba a todos sus consejos que no le obedeciesen en lo que ordenase contra razón; y a los ministros que dependían de estos superiores, mandaba que no los obedeciesen en lo que no fuese justo. Así lo refiere todo esto de este raro ejemplo de reyes valientes y sabios y católicos Antonio Panormitano, en el libro que en latín escribió de sus dichos y hechos, adicionado por el doctísimo Eneas Silvio, obispo de Sena, por otro nombre papa Pío. Léase este libro y el que de su historia escribió el elegantísimo Bartolomé Faccio, y se verá cuánto mayor rey fue don Alonso con una paciencia perpetuamente docta y triunfante, que Alejandro Magno y César; cuánto mayor capitán que Aníbal y Escipión; cuánto más sabio que Sócrates.

Conozcan pues los que a los príncipes les quitan la paciencia, todo lo que les quitan; pues les quitan todo lo que es bueno y real. Deseo saber dónde halló Nerón paciencia para sufrir siempre y solos a aquéllos que le quitaban la paciencia para que no pudiese sufrir a ningunos otros; y cómo y dónde dejaron éstos paciencia en Nerón para sí, quitándosela para los demás. Tropelía es del diablo ésta: padeciola Roma en este y en otros malos emperadores, sin entenderla. Tan grande virtud y tan real es la de la paciencia, que Tertuliano dice de ella estas animosas y altísimas palabras, hablando de Cristo195: «El que propuso esconderse en la figura de hombre, nada de la impaciencia de hombre imitó. De esto principalmente, fariseos, debisteis conocer al Señor;   —216→   paciencia semejante ningún hombre pudo alcanzarla». ¡Gran dignidad de la paciencia de Cristo principalmente debieron conocer los fariseos que era Dios; pues siendo hombre, no participaba nada de la impaciencia de hombre! ¿Quién desecha virtud que da a conocer a Dios, siendo hombre? Y ¿cuál hombre admitirá la impaciencia, no sólo pecado del demonio, sino artífice de los demonios y de los pecados y de los pecadores? Así lo prueba, desde Luzbel y Adán y Caín, universalmente San Cipriano, en su Oración de paciencia. Según esto, los que a su señor dijeren que tener paciencia es de esclavos, y de bestias el sufrir, contradicen a la verdad calificada por Cristo con sus mismas experiencias.

Tiene el diablo sus paciencias, porque siempre pone los nombres de las virtudes a sus maldades. Aconsejan los instrumentos de Satanás, que por un leve descuido quiten el oficio y el crédito a uno: quéjase, y dícenle con enojo que agradezca a la suma paciencia del rey el haberle sufrido sin hacerle morir en una prisión; préndenle, y dícenle que agradezca no haberle hecho quitar la vida; hácenle morir, lloran los hijos, -dicen que fue paciencia no degollarlos con el padre. ¿Quien creerá esto, sino el que lo mandare hacer? Porque el demonio que lo aconseja, porque conoce lo que es, lo aconseja. Él no hace sino poner nombres: a la soberbia llama grandeza, y a la envidia atención, y al robo ganancia, y a la avaricia prudencia, y a la mentira gracia, y a la venganza castigo; y por el contrario, a la humildad vileza, a la pobreza infamia, al desinterés descuido, a la verdad locura, y a la clemencia flojedad. Y los que estudian por estos vocabularios sólo adquieren suficiencia para condenados. Dije que la paciencia siempre era vencedora en la guerra: lo que yo dije dicen las historias del mundo. Alejandro Magno, a quien el grito universal da mayor gloria militar, véase si fue en otra virtud tan frecuente ni tan glorioso: léanse sus acciones con los vencidos, con los que se le dieron, con los enemigos que cautivó. ¡Cuál ejemplo de paciencia dio con el aviso del veneno! ¡Cuál de constante ánimo y sufrido en las heridas, pues dice Plutarco que no tenía parte en su cuerpo que no se la señalasen! ¡Cómo trató a la mujer e hijas de Darío! ¡Cómo sufrió el motín de su gente! ¡Cuán magnánimo fue en dar lo que más quería! ¡Con cuán dócil paciencia oía de los sabios los consejos y las reprensiones! ¡De Diógenes los desprecios! Julio César, que le es segundo, sólo tuvo por principio, medio y fin de sus glorias la paciencia: ésta fue su imperio y su   —217→   mayor estratagema en la guerra. Carlos V, nuestro glorioso emperador, a quien estos dos deben ceder, a entrambos los excedió en grandeza. Nadie mereció el imperio con más virtudes, ni lo tuvo con más triunfos, ni le dejó con tanta gloria; y esto porque los excedió a todos en la virtud de la paciencia. No se lee sin ejemplo en ella alguna palabra en su vida ni en su muerte, por eso gloriosas entrambas.

Señor, esta doctrina de la paciencia militar un ejemplo de los romanos es quien mejor la enseña. Quinto Fabio Máximo (llamado El Cuntador, El Detenido, que en sustancia es El Sufridor), conociendo la valentía y astucias de Aníbal, y que si recibía batalla o si se la daba se perdía, aconsejado con la paciencia le llegó a desesperar. Los bachilleres en el Senado llamáronla cobardía; enviaron otro que alternativamente mandase con él: éste de impaciente dio la batalla de Canás y perdiose con toda la nobleza romana, sólo por haber perdido la paciencia con que Quinto Fabio vencía sin pelear. Irrefragable texto es en el libro 1 de los Macabeos, en el verso 3 del cap. 8196. «Y (oyeron) cuanto habían hecho en la región de España, y cómo habían puesto bajo de su poder las minas de plata y de oro que hay allí, y habían conquistado toda la región por su consejo y paciencia». Donde el nombre paciencia dice literalmente toda la valentía victoriosa de los romanos en España.

La paciencia, Señor, no da lugar a la ira ni a la pasión, con que estorba la ceguedad, y se le debe la vista; da lugar al consejo, y al mejor consejero, con que se le debe el acierto: ella dispone la prevención propia, y embaraza la ajena; no admite presunción ni orgullo, con que no se precipita; no cree ligeramente, con que no se engaña; no se cansa de oír, con que se informa; ni de ver, con que se asegura; en los casos adversos se recobra, en los prósperos se reporta. Pues, Señor, si esto obra la paciencia, y la impaciencia lo contrario; y Cristo naciendo, viviendo y muriendo, y lo que más es, resucitado, nos es (todo y en todo) ejemplo de paciencia, ¿quién no conocerá en ella y por ella todas las utilidades de la guerra y de la paz del alma y del cuerpo, de la vida y de la muerte? Mucho importa la paciencia para vencer; mas si el vencedor la deja, podrá ser vencido de su propia victoria por la confianza de ella. Cristo nuestro Señor, muriendo, había vencido la muerte y el infierno con la paciencia; y con no poder ser vencido   —218→   nunca, ni de nada, victorioso y triunfante y resucitado, no sólo tuvo paciencia, sino la mayor, como he probado en este capítulo. ¿Quién peleó como Job con todos los elementos, con Satanás, con la salud y con los amigos? ¿Cuál persecución fue igual a la suya? Todo lo venció con la paciencia. Y victorioso por no quedar sin ejercicio de paciencia, dice Tertuliano en su libro De patientia, que no pidió a Dios que le volviera, con lo demás, sus hijos, que le había muerto la ruina de la casa; que si los pidiera, otra vez se llamara padre. Sufrió tan voluntaria orfandad por no vivir sin alguna paciencia197. Hasta en esto fue Job sombra de Cristo, que después de la victoria que le dio la paciencia, quiso quedarse con paciencia que le conservase victorioso. Que la paciencia en el príncipe y en los vasallos es el alma de la paz, es cierto; porque la paz es amor y caridad, y la caridad el Apóstol dice es paciente y es sufrida.

Con admirable elegancia lo dice Tertuliano (harele español, con temor de poder expresar aquella elegancia africana)198: «La dilección, dice, es magnánima: así admite la paciencia. Es bienhechora: la paciencia no hace mal. No envidia: eso propio es de la paciencia. No sabe a protervia: la modestia tomó de la paciencia. No se hincha, no se encona: no son cosas que pertenecen a la paciencia. No cobra lo propio: súfrelo mientras a otro aprovecha. No se irrita: ¿qué dejará a la impaciencia? Por esto dice: La dilección todo lo sufre, todo lo sobrelleva; conviene saber, porque es paciente. Con razón, pues, nunca caerá: todas las demás cosas se evacuarán, serán consumidas. Agotarse han las lenguas, las ciencias y las profecías: quedan la fe, la esperanza y la dilección. La fe, que la paciencia de Cristo introdujo; la esperanza, que la paciencia del hombre espera;   —219→   la dilección, que teniendo a Dios por maestro, acompaña la paciencia».

Luego pruébase que sin paciencia no se puede gobernar la paz: porque no hay fe, esperanza y caridad sin paciencia; y sin estas tres virtudes no puede haber paz, ni gobierno pacífico, ni cristiano. Por esto los que quieren a los reyes con paciencia para ellos solos, que ellos solos los sufran, y que a todos los demás sean insufribles, en nada se ocupan tanto como en poner asco para la grandeza real en la virtud de la paciencia. Dicen que los hace despreciables, que los abate, que introduce pusilanimidad en su soberanía y abatimiento en su respeto; que les borra la majestad, y se la vulgariza. Dicen verdad, si se entiende de la paciencia con que los sufren a ellos solos.

Quiero quitar a la paciencia estas máscaras abominables con que estos solicitadores de la mentira desfiguran la paciencia, y que descubra la hermosura de su rostro una acción del rey don Alonso el Sabio, rey de Aragón, de Nápoles y Sicilia; rey que en los que le precedieron no tuvo de quien pudiese aprender ni ser discípulo, y de quien todos los porvenir aprendieron y aprenderán. Refiérela el libro citado de sus Dichos y Hechos, en el fol. 9, pág. 1, al fin; y refiérela Antonio Panormitano, que la vio: «Yendo que íbamos de Aversa para Capua, acaeció que el rey iba el delantero de todos; acaso halló que a un pobre hombre se le había caído en el lodo un asno cargado de harina, y él estaba en necesidad, sin haber quien le ayudase, dando voces. Los que algo tras quedábamos vimos al rey apearse del caballo; vimos luego al rústico asido de la una parte del asno, y al rey de la otra; de manera que se lo ayudó a levantar del lodo. Nosotros entonces aguijamos y limpiamos al rey del lodo que se le había pegado. El labrador que esto vio, y conociendo que era el rey, estaba espantado, y temblando de miedo pedía perdón. Esto fue, como veis, una muy poca cosa; mas sin duda fue causa la nueva que de aquí salió, para que muchos pueblos de la Campania se dieran muy libremente al rey». Y añade en su nota o glosa, Eneas Silvio, papa Pío: «El rey don Alonso, por haber ayudado al asnero, concilió a sí los de Capua». Éstas son, fielmente trasladadas, las palabras con que los refiere Antonio Rodríguez de Ávalos en la traducción de este libro, que hizo e imprimió en Amberes en casa de Juan Steelsio, año 1554.

Señor, considere vuestra majestad si puede haber acción de rey en que intervengan más bajos interlocutores: un asno, un villano, una carga de harina, un pantano. ¿Quién duda que si estuvieran con el gran   —220→   rey los que llegaron después a limpiarle el lodo, que riñendo al villano por desvergonzado, procuraran manchar con impaciencia aquel ánimo todo real? ¿Cuáles cosas dijera la retórica de la adulación contra el villano? ¿Qué inconvenientes hallara en el lodo para la grandeza coronada y en la vileza del asno para el decoro de la caballería? Lo cierto es, Señor, que el rey lo hizo porque iba solo. ¿Qué le dio este asno caído, y este lodo que le ensució, por medio de su magnánima paciencia? Muchos lugares de la Campania, y a Capua, fortísima ciudad y cabeza de aquella provincia. Más y mejor, muy poderoso monarca, conquistó el nunca bastantemente alabado rey don Alonso con un borrico caído, que todo el poder de los griegos con el caballo preñado de escuadras. Él, con lodo y sin sangre ganó una provincia: ellos, con sangre y fuego y traición y engaño una sola ciudad. Juzgue vuestra majestad si debió más aquel rey a su paciencia, que le apeó del caballo para levantar al asno caído y le enlodó en el pantano, que a sus allegados, que estregándole el lodo, no hacían otra cosa sino quitarle la tierra que agradecida a tal acción, pegándose a su vestido, le dio posesión de sí misma. Nunca se levantan más los reyes que cuando se bajan a levantar los caídos, aunque sean bestias. Este rey (de quien se escribe que estudió tantas veces con sus glosas toda la Biblia, que casi la tenía de memoria) sin duda de aquella meditación se dispuso a imitar, como le fue posible, la paciencia de Cristo, Dios y hombre verdadero; y esto le hizo rey poderosísimo, muy sabio, siempre triunfante aun preso de sus enemigos, como se lee en su historia: en todo piadosísimo, sabio en dichos y en hechos, católico en ejemplo a todos sus vasallos, padre en el amor, rey y padre en la soberanía y gobierno, padre, rey y maestro en la enseñanza.

He dicho cómo en su vida y en su muerte todo lo obró Cristo nuestro Señor con paciencia, y luego que resucitó. Resta decir cuánto y con cuál amor favorece la paciencia de los suyos, y cuánto le merecen con la paciencia. Murió Cristo, y fue su sacratísimo cuerpo sepultado; y en aquellos días que estuvo en el sepulcro, bajó su sacratísima alma al limbo a sacar las almas de los padres, que con tan larga y envejecida paciencia le estaban aguardando por tantos siglos. Premió la paciencia antes de resucitar con su glorioso cuerpo: fineza, Señor, llena de celestiales promesas a los que esperaren en su divina majestad, y le esperaren con infatigable paciencia.

Seis apariciones de Cristo, verdadero rey y rey de gloria, se leen después de su resurrección, y en todas   —221→   mostró su inmensa paciencia con la incredulidad de los suyos, que no creían su resurrección y le tenían por fantasma, y oyendo a las santas mujeres que había resucitado, lo tenían por burla.

De suerte, Señor, que el ministro de que Cristo se servía para todos sus negocios, vivo, y muriendo, y muerto resucitado, fue la paciencia. Bien encomendada queda con estas meditaciones, para que el real ánimo de vuestra majestad y su piadosísima inclinación, su santo celo, su justicia católica, no despache nada sin ella, ni deje que se la usurpen, ni consienta que se la limiten, ni permita que se la comenten. Esto es desear que vuestra majestad prosiga lo que siempre ha hecho, y que siempre sea, como siempre ha sido, el mayor lugarteniente de Dios entre los monarcas temporales, y el más obediente hijo de su vicario en la universal y católica Iglesia romana.




ArribaAbajoCapítulo XXI

En que se inquiere (siendo cierto que todas las acciones de Cristo nuestro Señor fueron para nuestra enseñanza) cuál doctrina nos dio con los grandes negocios que en las apariciones despachó después de muerto y resucitado, no pudiendo nosotros resucitar en nuestra propia virtud, y en elegir en apóstol a San Pablo después de su gloriosa ascensión a los cielos.- Es texto las apariciones y el lugar de los actos de los apóstoles.


El lado de los grandes príncipes, en algunos de los que abrigan con él siempre su valimiento, tiene la asistencia que la alma eterna en el cuerpo mortal; pues como ésta le disimula la corrupción, los gusanos y la ceniza, que en dejándole deshabitado se manifiestan, así aquél reprime el temor, la desconfianza y la incredulidad y otras cosas que valen por gusanos y horror. No consiente la familiaridad del príncipe que las advertencias leales, o las quejas justas, o las acusaciones celosas le descubran el asco que cierran los tales en los sepulcros de sus conciencias. No porque el monarca manda que no le desengañen, sino porque la gente engañada con el esplendor de la fortuna en que los mantiene siempre acerca de sí, o respeta su elección o la teme. Ignóranse los peligros que hay en los caminos, y los venenos que se retraen en las cavernas, y las fieras que se ocultan en los bosques, en tanto que el día con luz benigna desarreboza el mundo de las malicias de la sombra; empero en cayendo por su ausencia la noche sobre la tierra, a quien ciega y hace invisible, los ladrones se apoderan   —222→   de los pasos, vuelan las aves enemigas del sol, las sierpes desencarcelan sus asechanzas, y los lobos aseguran los hurtos de sus dientes. Si un príncipe quiere saber las fieras que se emboscan en la felicidad de los que mal le asisten, hágalos unos días sombra, retíreles algunas veces sus rayos, déjelos (aunque sea por muy poco tiempo) a oscuras, y verá en qué sabandijas desperdiciaba sus luces, y cuánta más verdad debe a su noche.

Malas costumbres son las de la costumbre, y desagradecidas; en el criado con el señor engendra confianza para él, y desprecio para el amo. Dicen que es otra naturaleza; y dos naturalezas solas en Cristo nuestro Señor, que es Dios y hombre verdadero, se ven. De esto hablo. Si un hombre es de tan mala naturaleza, que consiente que los malos le acostumbren a su trato, y esta costumbre se vuelve en él otra naturaleza, ¿por dónde hallará entrada el remedio, salida el daño? No importa tanto apartar los que se allegan como los allegados; si son buenos, no por eso los pierde; si malos, por eso no le pierden. Quien ve que siempre tiene a uno, y cree que siempre le tendrá, siempre le tendrá en poco. No se deben volver las espaldas a los enemigos, que es infamia; mas pueden volverse a los amigos, por ser cordura. Dice el refrán francés: «De quien me fío, me libre Dios; que de quien no, me libro yo.» Ya que es bien político, yo le enmiendo para que sea pío; y porque sin Dios no podemos librarnos del mal, le corrijo: «De quien me fío, me libre Dios; que de quien no, ya me libró.» Vulgar cosa son los refranes, mas el pueblo los llama evangelios pequeños: véalos con buen nombre este tratado. Los ministros, muy poderoso Señor, han de ser tratados del príncipe soberano como la espada, y ellos han de ser imitadores de la espada con el príncipe. Éste los ha de traer a su lado, ellos han de acompañar su lado. Y como la espada para obrar depende en todo de la mano y brazo del que la trae, sin moverse por sí a cosa alguna, así los ministros no han de tener otras obras y acciones sino las que les diere la deliberación del señor que los tiene a su lado. No acredita menos suspendido el rigor de los castigos por los ministros, al respeto que en no delinquir le tienen los vasallos, que la espada al valiente, cuando siempre en la vaina, de miedo, ninguno se atreve a ocasionarle que la saque. Al que siempre la trae en las pendencias desnuda, espadachín y revoltoso le llaman, no esforzado. No es más discreto muchas muertes en un médico, que muchos castigos en un rey. Sean pues al lado del rey sus ministros como la espada. Ésta, Señor, importa, y por eso se trae para la defensa de la propia persona al lado; y los que estiman su persona   —223→   y vida, no sólo miran que sea de buena ley, sino que la prueban por si salta de vidriosa, o se queda de blanda, lo que resulta del mal temple. Lo mismo, y con más razón y cuidado, se debe hacer con los ministros que se traen al lado. Probarlos, Señor; que suelen saltar con la pasión fuera de los límites de la equidad y justicia, y quedarse por el interés torcidos y con vueltas. Y es mejor que salte y se quede en las pruebas para el desengaño del príncipe, que en los despachos y tribunales para ruina de la república; cuanto es mejor que la mala espada se quiebre y tuerza contra la pared probándola, que en la pendencia con manifiesto peligro del que se fió de ella.

Que esto se deba hacer y que se haya hecho, yo lo probaré con ejemplos magníficos de un emperador y un sumo pontífice. Fadrique Furio, en el tratado Del consejo y consejeros, refiere de Erasmo, en el panegírico al rey don Felipe II, estas palabras: «para conocer el príncipe si los consejeros le aconsejan fielmente, finja pedirles consejo en cosas que son contrarias al bien público, diciéndoles que, aunque sean tales, todavía importan al real servicio por ciertos designios, como sería romper leyes importantes, privilegios grandes, poner tributos excesivos, y otras semejantes; y de la respuesta que los consejeros le dieren puede en alguna manera colegir qué tal es su amor para con la república». Esto, Señor, expresamente es aconsejar que se prueben los ministros. Y si bien Erasmo en otras cosas fue autor sospechoso, este consejo está católicamente calificado. No con menos majestad que la de un emperador refiere la Historia Tripartita199, «que Constantino emperador quiso saber si los que le servían y aconsejaban eran fieles, y publicó que todos los que quisiesen dejar la fe de nuestro Redentor Jesucristo y volver a servir a los ídolos, lo pudiesen libremente hacer; que él no dejaría de servirse de ellos y tenerlos por amigos. Dejaron algunos la fe y volvieron a ser idólatras, y el emperador no se sirvió más de los que la dejaron».

Y porque hay más sacrosantamente superior dignidad a la imperial en el vicario de Cristo, sucesor de San Pedro, referiré de Paulo Jovio, libro 43, otra prueba de consejeros: «Paulo III, pontífice máximo, usaba de esta sagacidad para conocer la afición de los hombres y saber sus voluntades. Proponía sin necesidad algún negocio en que hubiese ocasión de porfiar, y decía a los cardenales que dijesen su parecer, y de sus porfías aprendía las respuestas para los embajadores de los príncipes».   —224→   Estos ejemplos refiere el doctor Bartolomé Felipe, en su doctísimo libro Del consejo y de los consejeros de los príncipes, en el discurso 6. Es tan importante la imitación de este modo de probar los ministros y consejeros, que porque hay otra mayor majestad que la del sumo pontífice, que es la de Cristo nuestro Señor, Dios y hombre verdadero con un ejemplo suyo canonizaré esta doctrina; porque toda ella, como he propuesto, sea imitación de las acciones de Jesucristo, verdadero Rey. Fe católica es que el Hijo de Dios, cuando preguntaba algo a sus discípulos, sabía lo que habían de responderle; de que se sigue que se lo preguntaba para tentarlos, que es probarlos, y asimismo para dar ejemplo a ellos que le habían de suceder en el cuidado de las almas, y a los ministros y reyes; supuesto que si el mismo Dios no los revela lo que les han de responder a lo que preguntan, lo ignorarán. Pruébase literalmente que Cristo (preguntando) tentaba a sus apóstoles200: «Dijo a Filipo: ¿De dónde compraremos panes para que coman éstos? Empero decía esto tentándole, porque él sabía lo que había de hacer». Viene tan a propósito esta palabra tentar, a la comparación de la espada que yo hago con los ministros (pues vulgarmente llaman «tentar la espada» al probar su tieso y temple), que no es niñería el ponderar la alusión que en otras voces lo es. En San Mateo201, San Marcos202, San Lucas203 se lee204: «Preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen las gentes que soy?». Ésta fue la más grave prueba en que Cristo preguntó a sus discípulos, por ser la que ocasionó la confesión de San Pedro. Respondieron: «Unos dicen eres Juan Bautista, otros Elías, otros Jeremías, otros que pareces uno de los profetas, otros que resucitó uno de los profetas». Respondieron los apóstoles a la pregunta lo que habían oído. Entonces les dijo Jesús a ellos: «Vosotros, ¿quién decís que soy? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres Cristo, hijo de Dios vivo».

Quería Cristo que la confesión de que era Hijo de Dios precediese a la elección de Pedro, para declararle por piedra sobre que había de fundar su Iglesia. Pregunta a todos quién decían las gentes que era. Todos respondieron lo que habían oído. Cuando preguntó a todos quién decían ellos que era, sólo Pedro dijo que Hijo de Dios vivo. Esto probarlos fue a todos, pues preguntaba lo que sabía le habían de responder, por dos razones:   —225→   La una, para dar ejemplo a todos de que, pues él siendo inefable sabiduría probaba a los suyos, los que por ser hombres viven las ignorancias del cuerpo, hagan lo mismo con los que siendo también hombres no son apóstoles. La otra, para enseñar a los reyes que el primer puesto, el mayor cargo de su gobierno, la suma dignidad no la han de dar por afición suya, ni dejar que se la sonsaque la maña, ni que se le arrebate la negociación, sino que la adquiera el mérito del que, probándole entre todos los demás, se adelanta en la fe, y en los servicios y suficiencia para aquel cargo. Por esto, luego que le confesó por Cristo, Hijo de Dios vivo, le dijo: «Bienaventurado eres, Simón Bar-jona, porque la carne y la sangre no te lo reveló, sino mi Padre que está en el cielo. Yo te digo a ti que tú eres piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Fue decir: Los demás refieren lo que les dijeron las gentes, y tú lo que te dijo mi Padre. De manera que para el ministerio superior, después de la prueba, entre los demás se ha de escoger el que en su respuesta no dice palabra alguna de la nota de carne y sangre.

Bastantemente dejo fortalecida mi proposición de que conviene que los ministros los pruebe quien los tiene al lado, como la espada, a quien acabaré de compararlos. Señor, no conviene tener siempre ceñido al lado al ministro, como no la espada: ésta se deja muchas veces en un rincón; muchas, por otra, o ya sea más leve u de mejor maestro. Lo propio se ha de preferir en el ministro. Si es tan pesado que venza para usar de él las fuerzas del príncipe, más es carga que ministro. Si no es de buen maestro, discípulo de la fidelidad, de la verdad, de la humildad, de la templanza, del desinterés, más bien acompañado anda solo el lado del príncipe, que con él. Si por nuestra naturaleza no hay hombre que esté siempre igual consigo mismo, y son pocos los que cada día no están muchas veces consigo desiguales, ¿cómo podrá ser natural cosa estar siempre igual con otro? Ésta, ya lo he dicho, no es naturaleza sino costumbre; y quien debe imitar a Dios ha de advertir que Cristo nuestro Señor, Rey, Dios y Hombre, no dijo: «Yo soy costumbre», sino: «Yo soy verdad». Agudeza es de Tertuliano, en el libro de Virg. velandis. Grandes palabras son, y llenas de salud205: «Empero Cristo, Señor nuestro, se llamó verdad, no costumbre».

Con esto he abierto la puerta a la consideración de este capítulo, que por ser de rara novedad ha necesitado   —226→   de larga disposición. Dejo las explicaciones escolásticas y expositivas al tesoro de los santos padres y a las cuestiones de los varones doctísimos que en esto han escrito, antiguos y modernos. Yo sólo trataré de buscar enseñanza política y católica. Los negocios que Cristo nuestro Señor dejó para después de su muerte y resurrección, fueron gravísimos. El primero, hacer que los apóstoles descubriesen con su muerte y sepultura la duda y la incredulidad, tan porfiada en algunos, para enmendarla; reconocer el que le amaba más que todos, con tres veces repetido examen; dar a Pedro las llaves y entregarle sus ovejas, lo que le había prometido; y después de su ascensión al Padre, elegir en apóstol a San Pablo. Descubre muchas cosas la ausencia del príncipe en los que le asisten. Conviene que los desampare por poco tiempo, que los deje, que se esconda; y reconocerá presto lo mucho que en ellos tiene que corregir y reprender. Los apóstoles habían visto a Cristo nuestro señor resucitar muertos, y a Lázaro, no de tres días solamente, sino de cuatro. Ellos abrieron la sepultura; ellos se taparon las narices por el olor de la corrupción. Aquel día más de los tres, contra su duda se añadió con divina providencia. Habíanle oído decir que había de morir y resucitar al tercero día, y dudaron que habría podido cumplir en sí propio lo que le habían visto hacer y obrar en otros. Señor, la muerte y la ausencia igualmente son acompañadas entre los hombres, de olvido. No sólo olvidan al que se fue y al que murió, sino a sí mismos. Y pues entre los apóstoles se ejecutó esto con el Hijo de Dios en tres días de sepultura, mucho tienen todos que temer. Que los acusó el olvido, díganlo las palabras de San Lucas, cap. 24, en aquellos dos varones que cuando las Marías fueron a buscar a Cristo en el monumento, las dijeron: «¿Por qué buscáis al que vive con los muertos? No está aquí, mas resucitó. Acordaos de qué manera os habló en el tiempo que estaba en Galilea, diciendo: Porque conviene que el Hijo del Hombre sea entregado a las manos de los hombres pecadores, y ser crucificado, y resucitar al tercero día; y acordáronse de sus palabras». El texto las manda que se acuerden de lo que poco había les había dicho; y convence su olvido con decir que en oyendo las palabras se acordaron. Y lo que más se debe ponderar, que iba allí María Magdalena, en cuya casa había resucitado Cristo a Lázaro, su hermano. Ciego borrón el de la muerte, que olvida los oídos y los ojos, lo que oyó y lo que vio.

Señor: Si un rey (no digo por tres días, sino por tres horas) se muriese de prestado para los que le asisten, para aquél en cuya casa obró mayores maravillas, ¡qué   —227→   presto se vería vivo buscar entre los muertos, y no dar crédito a lo que en su favor se dijese, y partirse desconfiados, y verle y tenerle por fantasma, y no creerle a él mismo hasta escudriñarle las entrañas con las manos! Todo esto sucedió a Cristo Jesús, de tal suerte que en la última aparición (numérala sétima el reverendo padre Bartolomé Riccio, de la Compañía de Jesús, en su docto y hermoso libro Vita D. N. Jesu Christi ex verbis Evangeliorum in ipsismet concinnata), antes de subir a los cielos, se lee206: «A lo último, estando comiendo los once, se les apareció, y reprendió la dureza de su corazón porque no creyeron a los que le habían visto resucitado». Estas cosas son tales, que en los ministros del lado se han de saber para darlas remedio y no castigo; para mejorarlos, no para deponerlos; ni se pueden saber por los hombres, ni descubrirse de otra manera, que faltándolos algunos días, retirándoles el abrigo de su persona. Cristo, que pudo resucitar como Dios y hombre en su propia virtud, hizo esta prueba, sabiendo los corazones de los suyos, para que el hombre, que si muere no puede resucitarse, haga con la ausencia y el retiramiento lo que no puede hacer muriendo y enterrado.

La causa única de las inadvertencias confiadas de los criados preferidos para con sus señores, es persuadirse que siempre han de vivir para ellos; que nunca les pueden faltar. La medicina es que les falte algún tiempo lo que a eternidad se prometen, para que no merezcan que para siempre les falte lo que para siempre quieren. Quiere dar las llaves a San Pedro y hacerle su vicario y cabeza del apostolado, y aguarda que esté pescando en el mar. Quiere que se acuerde de su oficio y del barco y las redes que le hizo dejar de la mano; mas no quiere las deje de la memoria cuando le encumbra en tan soberana dignidad. Conoció San Juan primero a Cristo; mas Pedro, en oyéndole, estando desnudo se vistió para echarse como se echó en la mar; siendo así que estando vestido, para echarse en el agua, se debía desnudar. Lleno está de misteriosos preceptos este capítulo: vuestra majestad les dé la atención religiosa con que atiende al gobierno de su inmensa monarquía.

Dice el texto sagrado que aquel discípulo a quien amaba Jesús, le conoció y lo dijo a Pedro. Llámalos Jesús a todos y dales que coman, y luego delante de todos pregunta a Pedro: «Simón de Juan, ¿ámasme más que   —228→   éstos? Respondió: Sí, señor, tú sabes que te amo. Díjole: Apacienta mis corderos. Díjole otra vez: Simón de Juan, ¿ámasme? Respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo. Díjole: Apacienta mis corderos. Díjole tercera vez: Simón de Juan, ¿ámasme? Entristeciose Pedro, porque le dijo tercera vez: ¿Amasme? Y respondiole: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Díjole: Apacienta mis corderos». Reparo, Señor, en que de todas tres preguntas, sólo en la primera elijo a San Pedro que si le amaba más que todos los demás. Señor, para dar a uno el primer puesto, hase de imitar a Cristo: él no se le dio a su querido: diósele al que le quería más que todos; a él por esto se lo preguntó una vez; y por no entristecer a los demás con el exceso de amor en la comparación con ellos, dejó aquella cláusula en las otras dos preguntas. Reparo en que le preguntó tres veces si le amaba. ¡Gran cuenta tiene Cristo con los yerros que sus ministros comenten! Contole a Pedro, con la advertencia, las veces que le había de negar, diciendo le negaría tres veces: ahora le hace confesar tres veces, porque hasta en el número cabalmente se desquite la culpa, antes que le entregue sus corderos. Oso afirmar que luego que Cristo la primera vez preguntó a San Pedro si le amaba, se acordó de que le había negado; y pruébolo con las palabras que dijo: Respondió: «Sí, señor»; y añadió: «Tú sabes que te amo». Ésta fue la razón que le mostró escarmentado de haber asegurado de sí y por sí que si conviniese moriría por Cristo, y no le negaría; y por eso, habiendo respondido que le amaba, siempre añade que él lo sabe, remitiendo su verdad, no a su afirmación, sino a su inefable sabiduría. Mas la tercera vez que Cristo se lo preguntó, dice el Evangelista «que se entristeció Pedro, porque le dijo tercera vez: ¿Ámasme?». Es la razón que la primera vez Pedro se acordó de que había negado lo que había dicho y prometido, para enmendarse en el modo de asegurar lo que dijese, como lo hizo. Mas cuando vio que tercera vez le preguntaba Cristo la misma cosa, reconoció que le acordaba de que tres veces, habiéndole advertido, le había negado. Y es diferente acordarse uno del delito que cometió y de que ya se había arrepentido y de que entonces se enmendaba, de ver que le acuerde de él el señor contra quien le cometió. Grandes méritos fueron para ser vicario de Cristo acordarse de la ofensa que le había hecho y había llorado amargamente para enmendarla, y entristecerse porque el Señor, que fue ofendido, con el número de las preguntas le acordó de su negación: diole las llaves del cielo y de la tierra.

El discípulo amado conoció a Cristo primero, y lo   —229→   dijo a Pedro. Propio es del amado conocer al amante. Pedro le oye; y para arrojarse al mar, estando desnudo, se viste y se arroja para ir a Cristo. Éstas son las señas del que ama: no reconocer peligro ni temer mar ni borrascas, y hacer finezas por ver a lo que ama, y ser impaciente de las tardanzas del barco en que el amado y los demás vinieron. El que ha de ser ministro primero, no sólo ha de ser el que primero se arroje en el peligro y en las ondas, sino el que solamente se arroje. No ha de nadar desnudo, como los que no tienen el puesto que tiene; ha de nadar vestido y con el embarazo de su cargo y obligación. Díjole el Señor, viendo esta acción, y después de las tres preguntas, mandándole apacentar sus corderos: «De verdad, de verdad te digo: Cuando eras mozo te ceñías e ibas donde querías; cuando envejecieres, extenderás tus manos, y ceñirate otro y te llevará donde tú no quieres». Lugar difícil, que literalmente pretendo declarar conforme a lo que dice el Evangelista: «Esto decía significando con qué muerte había de clarificar a Dios», aplicando a esta verdad las acciones de San Pedro. Luego que oyó decir a Juan que era Cristo, estando desnudo se vistió para echarse en el mar e ir a Cristo, sin aguardar la pereza del barco: arrojose, fue y llegó a Cristo, donde y a quien iba. La majestad divina, que le vio ceñirse para nadar y nadar y llegar a su mano, como soberano monarca le previno con celestial advertencia cuán diferentemente había de navegar el gobierno de la Iglesia, que el mar, diciéndole: Pedro, siendo pescador, para arrojarte al mar tú mismo te ciñes y vas donde quieres (lo que ahora has hecho); mas en siendo mi vicario en la tierra, extenderás tus manos en la cruz: no te ceñirás, que otro te ha de ceñir; no te será peso la túnica que tú te pones, sino tu propio oficio; y entonces irás, no donde quieres tú, sino donde la obligación y necesidad de tu ministerio por mi servicio y gloria te llevare.

Señor: juntamente da Dios con el primer puesto al ministro noticia del martirio que con él le da, y de que lo ha de llevar el oficio donde le conviene al oficio, y no donde querrá ir él. Dícele: «Que le siga a él sólo»; y volviendo Pedro, vio a aquel discípulo a quien amaba Jesús, que seguía, el que se recostó en la Cena sobre su pecho, y le dijo: ¿Quién es el que te ha de vender? Y como a éste le viese Pedro, dijo a Jesús: Señor, ¿qué ha de ser de éste?». Respondió Jesús: «Así quiero se quede hasta que yo venga: a ti ¿qué te importa?». ¡Qué cuidado tan digno de ser primero en el celo del privado, solicitar el puesto y la dignidad del amado del rey, y no contentarse de seguir él solo con puesto a su señor,   —230→   sino desear que el que ama y le sigue sin puesto, le tenga! No sabían los celos políticos y carceleros del espíritu de los monarcas por dónde se entraba al corazón de Pedro; empero San Juan, que era el querido y es quien de sí mismo y de San Pedro escribe esto, -por sí, ni de sí, para sí no habló. ¡Divino y altamente meritorio silencio! ¿Cómo pudiera merecer ser entre todos el amado de Cristo quien tuviera otra cosa que desear más que ser su amado? Esto dio a entender el propio Evangelista; mas podría ser que yo el primero lo advierta. No con otro fin, a mi parecer, en este caso dijo de sí San Juan que era el discípulo que amaba Jesús, añadiendo los actos tan preferidos y exteriores con que lo había Cristo manifestado, como en recostarle sobre su pecho en la cena, el ser él quien le preguntó quién le había de vender. Fue decir el mismo Evangelista, viendo que Pedro preguntaba qué había de ser él: «¿Yo qué tengo de ser, si soy el amado de Cristo y el favorecido?». Y por eso refirió los actos en que lo había dado a entender Cristo, y aquél en que San Pedro y los demás, reconociéndole por el discípulo querido, le pidieron preguntase a Cristo quién le había de vender. No refirió el querido de Jesús el mayor favor, que fue encomendarle a él su santísima Madre muriendo, y llamarle hijo de María su madre siempre Virgen, por ser aquél un favor de tan excelsa majestad y grandeza, que no se debía alegar en propia causa por el exceso de su misteriosa prerrogativa.

Respondió Cristo a San Pedro: «Así quiero se quede hasta que yo venga: a ti ¿qué te importa?». No ha de consentir el monarca que le inquiera el más preeminente ministro el intento, ni lo que calla, ni que sepa de su pecho sino lo que le dijere. Entonces, Señor, estará el lado del monarca bien asistido, cuando el ministro a quien ama esté contento con ser su amado; y el que más le ama a él, no sólo no tema que otro le siga con puesto, sino que lo procure con el rendimiento a su voluntad, de que en este suceso se le da ejemplo.

Resta considerar, después de muerto y resucitado y haber subido a los cielos, qué ejemplo dio político divinamente con la elección de San Pablo en apóstol. Dio, Señor, ejemplo a los reyes de tan alta importancia, que temo las pocas fuerzas de mi ingenio para ponderarle. De la manera que confiesan los filósofos que el mayor primor de la medicina es hacer de los venenos remedios, lo que acredita la triaca, enseñó Cristo Jesús que el mejor primor del gobierno era hacer de los enemigos, y de los mayores, defensa. San Pablo fue infatigable perseguidor de Cristo y de los cristianos, y celoso de la ley que profesaba. Con los edictos para su prisión y   —231→   muerte, ansioso discurría de unas en otras ciudades: guardó las vestiduras a los que apedrearon al protomártir Esteban. A este enemigo tan diligente, yendo a toda diligencia a ejercitar contra sus fieles creyentes su odio, se le aparece en tempestad, le habla con truenos y le ciega con rayos: derríbale del caballo, hállase caído; mira y no ve; conoce que está ciego. No lamenta la vista, ni el golpe de la caída; ni pide a los que iban con él que le levanten, ni les dice que la vista le falta: cosas todas que a todos dicta la naturaleza en tales accidentes. Sólo dice: «Señor, ¿quién eres?». ¡Grande espíritu, aun cayendo y antes de levantarse, que conoció que de aquel trabajo había de acudir al Señor y no a los que con él iban, a saber quién era el que le castigaba, y no a convalecer del castigo! Fuele respondido: «Yo soy Jesús, a quien persigues: dura cosa es para ti repugnar contra mi estímulo». Atemorizado y temblando dijo: «Señor, ¿qué quieres que haga?». ¿Qué más evidente señal de lo que había de ser, que tal respuesta? No dijo: «Dame, Señor, mi vista que me has quitado, descánsame del golpe». Luego se olvidó de sí, y creyó con supremo afecto, y se resignó en la voluntad sola de Dios, y la tuvo por ojos y descanso. Mandole ir a Damasco, y no replicó que le diese vista para ir. ¡Qué fe tan pronta! Conoció que la obediencia suplía y aventajaba la guía de los ojos propios. Arte de Dios derribar al levantado para alzarle, cegar al que ve para que sepa ver. A los demás apóstoles llamó con halago; a San Pablo con enojo, entre horror y amenazas: a cada uno habló Cristo en su lenguaje. San Pablo era la tempestad de los que creían en Cristo, era rayo de los fieles: oiga rayos y tempestad. Quiérele para arma escogida para sí (eso es vaso de elección): búscale arma ofensiva y ejercitado en serlo.

Señor: teniendo sus doce apóstoles, y electo a Pedro por su cabeza, lleno el número por la falta de Judas; después de su ascensión, y enviado sobre ellos el Espíritu Santo, ¿qué necesidad había de otro apóstol? Había electo los doce viviendo; habíasele ahorcado el uno, que le vendió: juntos los apóstoles para que se cumpliese lo que dijo el Profeta, eligieron a Matías, sobre quien cayó la suerte. Importaba elegir desde el cielo un apóstol que se siguiese a la venida del Espíritu Santo: éste fue Pablo (llamémosle así), electo apóstol valentón de Cristo. Que le sea decente tal epíteto, lo declara el miedo que Ananías confesó le tenía por perseguidor de los cristianos, y mejor las palabras de Cristo a Ananías: «Ve, porque éste es arma escogida para mí, para que lleve mi nombre delante de las gentes y de los reyes   —232→   e hijos de Israel. Yo le enseñaré cuánto conviene que padezca por mi nombre». Todas las cosas a que le destina son de gran valentía y llenas de peligro. No reparé yo sin gran causa en la novedad de elegirle en apóstol después de los doce, y después de la ascensión. Del mismo santo Apóstol lo aprendí207. Tratando de cómo fue visto Jesús de los apóstoles y de otros muchos, por su orden, empezando de Cefas, que es Pedro, dice208:

«Mas últimamente el postrero de todos como abortivo, fue visto por mí». Para qué fuese necesaria esta visión en que le eligió, y el Apóstol llama abortiva, dícelo el mismo vaso de elección en esta epístola209: «Persuádome que a nosotros nos declaró apóstoles después de los demás, como a destinados a la muerte, pues somos hechos espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres». Con estas palabras parece que no desdeña San Pablo el epíteto de apóstol valentón de Cristo. Dice fue nombrado el postrero, como destinado a la muerte, y que era espectáculo al mundo, y a los ángeles, y a los hombres con sus trabajos, peregrinaciones, borrascas, destierros, azotes y cárceles; cuyo número cuenta él mismo gloriándose en el número. Importa mucho, Señor, esta elección, que parece abortiva, de ministro destinado a la muerte y a ser espectáculo de todos por su señor. Y a quien más importa es a los ministros electos antes, y entre ellos al supremo entre todos y sobre todos.

Si Cristo no eligiera a San Pablo, ¿quién se atreviera a reprender en su cara a San Pedro? En la epístola Ad Galatas, cap. 2: «Como viniese Cefas a Antioquía, delante de todos me opuse a él, porque era reprensible». Y más adelante pocos renglones: «Díjele a Cefas delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como las gentes, y no como los judíos, ¿cómo obligas a las gentes a judaizar?». Este lugar fue batalla de las dos más altas y sagradas plumas, entre San Agustín y San Jerónimo. Tanto han sudado, como escrito, para desatar el rigor de estas palabras muchos doctísimos escritores. Los más procuran que San Pedro, aunque fuese reprendido, no tuviese culpa, ni San Pablo en reprenderle con muy doctas y piadosas explicaciones. San Ambrosio, en el Exameron: «¿Por ventura alguno de los otros se atreviera a resistir a Pedro apóstol primero, a quien dio el Señor las llaves del reino de los cielos; sino otro tal, que confiado en su elección, y sabiendo que no le era   —233→   desigual, constantemente reprobara lo que él hizo sin consejo?». Luego es utilísimo al supremo ministro que el monarca, después de su elección, elija otro que no le sea desigual y se atreva a contradecirle en su cara, y a reprenderle ásperamente delante de todos. Propios ministros escogidos por Dios, que tocando al servicio suyo, el postrero se oponga severamente al primero en público y en su cara, y el primero ni se indigne ni responda.

Esto, Señor, me ha persuadido siempre que con un mismo celo iban San Pedro y San Pablo a un fin. He tenido muchos años atareado mi corto entendimiento a la inteligencia de este lugar: he leído muchos pareceres eruditos e ingeniosos. Unos dicen que fue concierto entre los dos apóstoles, y que fue disimulación la de San Pedro. Otros, por no admitir en cosa tan grande la disimulación, por parecerles medio forastero de esta materia tan sagrada, siguen otras veredas, no obstante que para calificar la disimulación les citan las palabras del Evangelio que, hablando de Cristo, dice210: «Con disimulación dio a entender iba lejos». El doctísimo cardenal de San Sixto en este lugar entiende reprehensibilis, reprensible, por reprehensus, reprendido, y añade: «Y por esto Pablo, proponiendo esta historia, dice: Porque había sido reprendido»; conviene a saber, por los gentiles, llevando mal la novedad. Esta novedad fue que San Pedro comía con los gentiles antes que viniesen algunos de con Jacobo, y luego se retiró de ellos. Así lo cuenta San Pablo en este capítulo, y a esta narración sigue su reprensión. Gelasio I, pontífice211, San Gregorio, pontífice212, Enodio213, tratan variamente esta dificultad.

Empero San Juan Crisóstomo, sobre la epístola Ad Galatas (siendo tan amartelado discípulo de San Pablo, que le llama cor mundi, corazón del mundo), dice214: «Muchos, que con poca atención leen este lugar, juzgan que San Pedro es indiciado de simulación por San Pablo. Empero esto no es así: digo que no es así: digo que no es así; apártese de todos entender tal. Porque en esto hallamos mucho de prudencia, así de San Pedro como de San Pablo»: ¡Oh palabras, que en el precio y riqueza se conoce las pronunciaron   —234→   las minas de aquella boca de oro! Prosigue el gran padre en un panegírico de las hazañas de la fe, a todos adelantada la de San Pedro, y dice215: «De donde Pablo reprende y Pedro calla; porque en tanto que el maestro reprendido no responde, con más facilidad los discípulos muden de opinión».

Según esto fue método celestial callar San Pedro a la reprensión que no le tocaba; porque viéndole sus discípulos no responder, no se avergonzasen de mudar de opinión. Pruébalo así palabra por palabra el gran Crisóstomo, y lo dice216: «Porque si Pedro, oyendo aquellas palabras las contradijera, podía alguno con razón culparle porque subvertiera la dispensación». ¡Gran ministro superior Pedro, que por el servicio de su Señor se dejó desautorizar con los semblantes de la reprensión; que pospuso al negocio los privilegios de cabeza del apostolado; que se convenció sin tener de qué, para que sus discípulos, que tenían de qué, se convenciesen! No ha hecho ministro a señor tan grande servicio, ni tan costoso para el que le hizo. Gran padre y gran santo ha habido que dijo que, aunque levemente, San Pedro había delinquido. ¿Qué mayor mérito, que siempre está creciendo en recomendación del servicio con las continuas controversias en el sonido riguroso de las palabras? Mal imitan esto, Señor, aquellos ministros de los reyes del mundo que sobre ceremonias delgadas del oficio, sobre cortesías vanas, sobre poco antes o poco después, o alborotan los reinos, o los pierden; y así las batallas, o los socorros que se les ordenan.

Las más rigurosas palabras de la reprensión fueron217: «Y consintieron con su simulación los demás judíos; de suerte que también Bárnabas fue llevado a su simulación». Coméntalas el gran Crisóstomo: «No te espantes si este hecho le llama hipocresía, quiere decir, disimulación; porque no quiere (como primero dije) descubrir su consejo, porque ellos se corrijan. Y porque ellos estaban vehementemente asidos a la ley, por eso llama disimulación el hecho de Pedro, y severamente le reprende para arrancarles la persuasión, que en ellos había echado raíces; y oyendo esto Pedro, juntó disimulación con Pablo, como que hubiese delinquido, para que por su reprensión se enmendasen». Convino que San Pedro dejase la reprensión de lo que él toleraba   —235→   a San Pablo; porque viendo los engañados que su maestro callaba y se convencía de las rigurosas palabras del que le era inferior, por las llaves que a él sólo le fueron dadas, reconocido por cabeza de todos los apóstoles, era el solo medio eficaz de su reducción; pues sólo ver convencido a su maestro les pudo quitar el empacho de convencerse. Señor: todos los negocios que importan la salud de muchos, si no hay otro modo (y pocas veces le hay), se deben hacer a costa de los grandes ministros.

Que pudo San Pedro tolerar lo que San Pablo reprendió a los otros en su persona, y en su cara, y delante de todos, yo lo añado a este discurso del caudal corto de mis pocos estudios: si lo aplico a propósito, el texto es irrefragable; podrá ser alguno me lo agradezca. Oponían los fariseos a Cristo acerca de la indisolubilidad del matrimonio la ley de Moisés. «Díjoles: Moisés por la dureza de vuestro corazón os permitió a vosotros repudiar vuestras mujeres; mas al principio no fue así218». Dice Cristo que Moisés lo permitió por la dureza del corazón de los judíos; mas no dice que Moisés pecó en permitirlo: la culpa da a la dureza de sus corazones, no a Moisés por lo que permitió. No de otra manera San Pedro por la dureza de sus corazones toleró en ellos lo que San Pablo reprendió después, para que su tolerancia ocasionase el remedio; que de otra manera antes ocasionara escándalo y ruina, que enmienda.

Cuán fértil de las más secretas e importantes doctrinas políticas cristianas ha sido este capítulo, conoceralo quien lo leyere, lograralo quien lo imitare.