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Lo que puede ser una pequeña ruptura del artificio autobiográfico, pero no arguye intervención de persona ajena al autor (pese a lo que sabemos del proceder habitual de editores y correctores: cfr. S. Gilman, «The argumentos to La Celestina», en Romance Philology, VIII [1954-55], págs. 71-78, y D. W. McPheeters, El humanista español Alonso de Proaza, Valencia, 1961, págs. 184-202); piénsese en los epígrafes del Guzmán de Alfarache, redactados también en tercera persona por el propio Alemán.

 

22

Cfr. A. del Monte, Itinerario del romanzo picaresco spagnolo, Florencia, 1957, pág. 39: «Lazzaro è, dunque, iluminato [y llevado de la mano, hay que añadir con el texto] da uno a cui è negata la luce: conosce la realtá con gli occhi di un cieco. La cecità física di questo è anche cecità spirituale...; e quest' opacità occupa l'animo anche di Lazzaro, privo di altra luce. Le avventure successive non faranno che cementare questa prima mistificazione della realtà». Vid. A. Rumeau, en Bulletin Hispanique, LXIV (1962), pág. 234, n. 13, para un posible nuevo chiste a propósito de la ceguera del mendigo.

 

23

* [La interpretación me parece hoy equivocada de raíz; véase abajo, págs. 130-131].

 

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Pero me permito disentir del maestro francés, cuando conjetura que, «como Lazarillo era conocido antes primordialmente en cuanto mozo de ciego, el autor confirió a tal aprendizaje una importancia decisiva» (La vie, pág. 41); en realidad, «tenemos que partir de un hecho incontrovertible: el folklore español no conoce un Lazarillo de Tormes... Lazarillo como mozo de ciego nace del libro», según escribía María Rosa Lida de Malkiel, «Función del cuento popular en el Lazarillo de Tormes», en Actas del Primer Congreso Internacional de Hispanistas, Oxford, 1964, pág. 350 (todo el artículo de la Sra. Lida, págs. 349-359, es fundamental para advertir hasta qué punto funcionan los motivos folklóricos «como elementos formales para marcar interrelación y graduación del relato»).

 

25

Sobre esto, vid. en especial Bruce W. Wardropper, «El trastorno de la moral en el Lazarillo», en Nueva Revista de Filología Hispánica, XV (1961), págs. 441-447.

 

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El adicionador de Alcalá, sea quien fuere, penetra admirablemente el sentido del tractado: al descubrir Lázaro las muy comprensibles razones de cierto fingido milagro, el echacuervos -cuenta- «púsose el dedo en la boca, haciéndome señal que callase. Yo así lo hice, porque me cumplía...».

 

27

Del que sólo hago resaltar unos trazos esenciales; sobre el proceso de corrupción de Lázaro (o educación negativa, frente a la positiva corriente en la novela de caballerías, desde el mismo Perceval de Chrétien de Troyes), cfr. A. del Monte, págs. 33-38; M. J. Asensio, «La intención religiosa del Lazarillo de Tormes y Juan de Valdés», en Hispanic Review, XXVII (1959), pág. 87; C. Guillén, págs. 271 («El Lazarillo es un Bildungsroman en germen, siempre que no aludamos al tipo de relación germánica en que el héroe es una persona pasiva, un hombre en potencia, cuyas aventuras entrañan una sucesión de lecciones teóricas o conceptuales. En esta ocasión lo primordial es el término de un proceso educativo»), 273 sigs.; y el art. cit. en la n. 25.

 

28

Pese a la opinión contraria más extendida (cfr. n. 20), creo que la división de la obra en tractados (básicamente uno por amo) sí es imputable al autor del Lazarillo; las convenciones antiguas al respecto eran distintas de las nuestras (cfr. R. S. Willis, pág. 274, nota 16) y por lo menos una vez el narrador muestra su criterio con claridad: «quiero decir el despidiente [el ciego] y con él acabar». [Confío en que el penúltimo capítulo del presente libro muestre de sobras hasta qué punto era errónea la opinión expresada en esta nota].

 

29

Vid. C. Guillén, pág. 275; R. S. Willis, págs. 273 y ss.

 

30

Cfr. A. S. Trueblood, «Sobre la selección artística en el Quijote: '... lo que ha dejado de escribir' (II, 44)», en Nueva Revista de Filología Hispánica, X (1956), págs. 44-50.

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