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Rafael Altamira frente a Juan Ochoa. Un broche crítico a una tutela literaria1

Raquel Gutiérrez Sebastián





Rubén Darío recreaba la figura de Rafael Altamira, al que conoció en su casa de San Esteban de Pravia en Asturias, a principios del siglo XX, con estas palabras: «No lejos del lugar en donde escribía mis apuntaciones, está la casa del profesor Altamira, el hombre grave y estudioso que sabe tantas cosas» (tomado de Cándano, 2005: 27). Entre esos muchos saberes del polifacético Rafael Altamira, estaba el ejercicio de la crítica literaria, una tarea a la que se dedicó de modo intermitente a lo largo de su vida y de la que quiero analizar una muestra a mi juicio interesante.

Me refiero al artículo biográfico que acompañó, precedido de un prólogo de Leopoldo Alas, al volumen póstumo de obras del escritor asturiano Juan Ochoa, que Juan Gili promovió y editó en 1900 en la colección Elzevir, ilustrada en colaboración con algunos amigos del fallecido y en el que incluyó la novela Los señores de Hermida, ocho cuentos y algunas muestras de la labor crítica y poética de Ochoa, todo ello acompañado con ilustraciones del dibujante gallego Arturo Carretero2.

Este volumen fue un homenaje al escritor de Avilés, que había muerto el 26 de abril de 1899 a la edad de 34 años, y en él colaboraron dos de los mejores amigos de Ochoa, Alas y Altamira.

El primero de ellos había conocido al joven Juan cuando este estudiaba Derecho en la Universidad de Oviedo, donde don Leopoldo ejercía su magisterio como Catedrático de Derecho Romano. No tardaron en hacerse íntimos amigos y Clarín se convirtió en asesor literario del muchacho, en aquellos paseos por el Campo de San Francisco de Oviedo que recordaría el autor de La Regenta en algunas de las sentidas necrológicas que le dedicó a Ochoa:

«No puedo por ahora, con sangre fría, haciendo retórica, hablar del amigo que acabo de perder, del confidente de mis intimidades en las melancólicas mañanas de abril y mayo que pasábamos juntos, hablando mucho de Dios, del amor y de la muerte, en este delicioso pedazo de paraíso que se llama el Campo de San Francisco, de Oviedo».


(Alas, 1899: 3)                


Es el propio Clarín quien animará vivamente al muchacho para que marche a Madrid a continuar una carrera literaria que había iniciado con colaboraciones periodísticas en la prensa ovetense o santanderina, en diarios como La Democracia Asturiana, El Anunciador, El Carbayón, El Liberal Asturiano, Ecos del Nalón, La Libertad o El Atlántico. Y en el otoño de 1892, Rafael Altamira, por aquellos años director del periódico republicano La Justicia, le ofrece un puesto en su redacción. Una carta de Clarín al alicantino, fechada el 20 de diciembre de 1892 no deja lugar a dudas acerca de la tutela de Alas sobre Ochoa:

«Tiene usted en la redacción de "La Justicia" a un muy querido amigo mío, Juan Ochoa, a quien le recomiendo como si se tratara de un hermano mío. Ochoa es de los jóvenes de más talento natural y más lectura literaria que han salido de aquí, y no salen muchos. Su aptitud especial es para escribir, y escribir a su modo, original, claro, alegre y picaresco. Tiene mucha más intención y penetración que pueda parecer a primera vista, y acaso no se le pueda juzgar por los primeros trabajos a que pueda obligarle la distribución necesaria de la tarea periodística. Opino que cuando se haga al medio y dejándole cierta espontaneidad se lucirá de veras».


(Tomado de Martínez Cachero, 1968: 157)                


Juan Ochoa se encarga en este periódico de la sección denominada «Parolas» en la que aparecen sus artículos y algunos cuentos. Esta colaboración le abrió las puertas a otras publicaciones importantes como El Progreso, El Imparcial, Madrid Cómico, La España Moderna, Revista Crítica de Historia y Literatura Españolas o Barcelona Cómica, le granjeó el aplauso de críticos como don Marcelino Menéndez Pelayo y sobre todo fue el inicio de una gran amistad con Altamira, que se prolongaría hasta el final de sus días.

Uno de los frutos literarios de esa amistad y colaboración fue la publicación de la primera novela del avilesino. Su amado discípulo (1893), en un volumen conjunto en el que aparecían también Fatalidad de Altamira y Sagrado sacerdocio, de Tomás Carretero, uno de sus amigos ovetenses, un libro en el que, al decir de Altamira «enlazamos nuestras firmas de principiantes» (Altamira, 2008: 21), pero en el que el crítico alicantino destaca la obra de Juan como superior a las otras dos: «en gracia, en frescura» (Altamira, 2008: 21).

Después de la publicación de esta obra, en 1893, Ochoa tiene que regresar a Oviedo, aquejado por problemas de salud, pues ha contraído la tisis y los médicos y amigos le recomiendan la vuelta a la tranquilidad provinciana y a los cuidados familiares. Pese a estas dolencias, la carrera literaria de Juan continúa con la publicación en forma de folletín durante los meses de agosto, septiembre y octubre de 1896 en La España Moderna de la novela Los señores de Hermida, y con la salida, al año siguiente en El Imparcial del relato El vino de la boda.

Esta novela corta (me refiero a Los señores de Hermida) es un relato fechado en los meses de noviembre y diciembre de 1895. La acción transcurre entre Rocamar, un pueblecito de la costa cantábrica y Nuvareda, capital de la provincia, que también aparecería como espacio narrativo en Un alma de Dios. El argumento es sencillo: José Hermida, Magistrado de la Audiencia territorial, ciego y jubilado, vive junto con su hija Ana y su esposa Doña Socorro una vejez llena de achaques. Don José ha sido un calavera, que ha arruinado a su familia por su afición al juego y a las malas mujeres y en su lecho de muerte en Rocamar implora a su hija Ana que se case con Numa, un señorito rico al que le debe mucho dinero, y que renuncie a sus amores con Raimundo para salvar a la familia de la ruina. El relato concluye con la muerte de don José y la quiebra económica familiar, sin que Ana llegue a casarse con Numa. Al margen de este argumento sencillo y no muy original, en el texto destaca la pintura de tres personajes populares, habitantes de Rocamar, la familia constituida por la Mandila, Tolete, un viejo marinero, y Nolo, un muchacho superviviente de un naufragio que este matrimonio ha recogido tras haber perdido un hijo en el mar. Estos tres caracteres, muy cercanos a los marinos peredianos (no olvidemos la admiración de Ochoa por el novelista de Polanco) nos recuerdan a los protagonistas de La leva o Sotileza, aparecen pintados con enorme maestría y en su caracterización los rasgos lingüísticos cobran un gran protagonismo.

Tras estos cinco años de separación geográfica entre los dos autores, el reencuentro entre Altamira y Ochoa se produce cuando el alicantino llega a Oviedo para incorporarse a la Cátedra de Historia del Derecho de la Universidad, en 1897, donde ejerció una intensa labor en la cátedra y fuera ella, ya que fue el creador de la Extensión Universitaria, que desarrolló su actividad entre 1898 y 1912 y pretendió, de acuerdo con las ideas krausistas e institucionistas, el acercamiento de la universidad al mundo obrero3.

La carrera literaria de Ochoa continúa en 1898, con la publicación por el editor Juan Gili de la novela Un alma de Dios, en la colección Elzevir ilustrada, acompañada de ilustraciones de Arturo Carretero. En ella se relataban las desventuras de Justo Cancienes, probo funcionario que contrae matrimonio en su madurez con Marcelina, una viuda de buen ver, y sufre la infidelidad de su mujer, que se había casado con él para ocultar una relación que mantenía con un personaje de gran prestigio en la pequeña población de Nuvareda, llamado simbólicamente Tomás Cornellana. Al descubrir Justo la iniquidad de su esposa, esta huye del hogar familiar dejando abandonado a su bebé de pocos meses. La obra concluye con la muerte de Marcelina en Madrid y con un final feliz para Cancienes, que se casa con Carmen. Esta novelita, que destaca por la pintura de la sociedad provinciana y en la que descuellan los retratos de personajes pintados con un sesgo humorístico, como el matrimonio formado por Ambrosio Reboleño y su oronda esposa Rafaela, era el duodécimo ejemplar de esta colección, en la que publicaron autores como Pérez Nieva, Narcís Oller o doña Emilia Pardo Bazán.

Es esta la última obra publicada en vida del escritor de Avilés, a la que seguiría la edición póstuma, en 1900, de nuevo en la colección Elzevir ilustrada, de Los señores de Hermida con las colaboraciones críticas de Alas y Altamira a las que me he referido. Según confiesa este último en las páginas de su perfil biográfico de Ochoa:

«La formación de este volumen débese a las iniciativas concurrentes del editor señor Gili y de algunos amigos de Ochoa. La proposición de estos se cruzó en el camino con la que motu proprio hacia don Gustavo Gili, uno de los más apasionados admiradores del malogrado escritor. En nombre de la familia de este y de sus íntimos (entre los cuales me contaba), hago aquí público el reconocimiento a que se ha hedió acreedor el propietario de la colección elzevir ilustrada, por su espontáneo tributo a la gloria de Ochoa».


(Altamira, 2008: 26)                


La colaboración literaria entre Altamira y este editor barcelonés se había iniciado unos meses antes, con la salida al mercado del libro Mis amores, cuentos y baladas del escritor portugués Trinidade Coelho, en la colección Elzevir ilustrada, una obra que fue traducida por Rafael Altamira y que la sección «Mesa revuelta» de Blanco y Negro glosa con estas palabras: «Tanto el traductor como el editor de esta obra han prestado un verdadero servicio a las letras con la exquisita versión castellana que motiva estas líneas» (Mesa revuelta, 21-1-1899: 19).

La edición de Los señores de Hermida ilustrada por Carretero y prologada por Alas y Altamira es en definitiva el testamento literario de Juan Ochoa, pues supone la recopilación de algunas de sus obras y la rúbrica de su prestigio por las dos firmas que preceden a sus textos, las de dos de los más destacados críticos del panorama literario español del momento.

Por otro lado, junto con el deseo de hacer justicia literaria con un escritor malogrado debido a una muerte prematura, hay un interés comercial/editorial de Juan Gili, porque pretende continuar con esta edición un trabajo de publicación de las obras de Ochoa con imágenes que ya había iniciado con Un alma de Dios, ilustrada también por Carretero.

El repaso de los textos críticos que acompañaron a esa edición, con especial detención en el de Altamira, nos permitirá realizar un ejercicio interpretativo que propuso el recordado Martínez Cachero en un artículo dedicado a la labor crítica del escritor de Alicante:

«He aquí finalmente, una curiosa ocasión de cotejo deparada por la casualidad. Ha muerto en 1899 el escritor asturiano Juan Ochoa y la editorial barcelonesa Juan Gili desea sacar en la colección Elzevir ilustrada un tomito con narraciones suyas: encarga a Rafael Altamira que cuide del contenido del mismo, y a él y a Clarín que escriban sendos trabajos de homenaje crítico, pues ambos fueron buenos, entrañables amigos de Ochoa. Sucede que entre lo escrito por Alas y lo escrito por Altamira encuentra el lector una significativa diferencia. [...] El primero, urgido por el tiempo, abrumado de ocupaciones y preocupaciones, mal de salud, escribe de prisa y corriendo, desordenadamente, dando rienda suelta a su corazón enternecido: [...] En tanto que el trabajo de Altamira, elaborado en condiciones harto distintas, resulta con menos corazón, diríamos, pero con mayor sistema y consigue lo que ha pretendido: hacer biografía, bibliografía y valoración».


(Martínez Cachero. 2003)4                


En efecto, frente a un prólogo que Clarín inicia con la frase «no se me ocurre nada» (Alas, 2008: 7)5, y en el que se centra en el magisterio y apoyo que siempre brindó al joven Juan, en su relación personal, en los comentarios elogiosos que acerca de su obra hicieron Galdós, Pereda o Menéndez Pelayo6 y en el que incluye también brevísimas valoraciones literarias de los textos del avilesino, el llamado -articulo biográfico» escrito por Altamira, que no es tal, como intentaremos demostrar, se convierte en una muestra del valor del alicantino como crítico literario.

Dos son los aspectos generales que destacaremos en ese recorrido valorativo de don Rafael por la figura y la obra literaria de su amigo: en primer lugar, el rigor en la documentación manejada, la importancia que concede a la selección de textos y el orden en la exposición de la trayectoria literaria de Ochoa, lo que podríamos calificar como crítica externa, epidérmica, y en segundo lugar, la atención a los aspectos intrínsecamente textuales, fundamentalmente al contenido y valoración de las obras, en definitiva, la disección literaria de los textos.

En efecto, Altamira fue el encargado de seleccionar el contenido del volumen y decidió incluir en él la novela Los señores de Hermida y la selección de los restantes textos del autor de Avilés. Parece ser que la fuerte amistad que unió a ambos escritores, de la que es prueba fehaciente el hecho de que Altamira estuviera en el lecho de muerte de Juan7, motivó que se encargara a don Rafael la labor de cotejo y selección de los papeles del fallecido, tarea que el crítico alicantino califica como «grata y triste a la vez, en que las sombras del corazón dolorido se iluminaban a menudo con las chispas de luz del talento simpático y admirable de Juan Ochoa» (Ochoa, 2008: 26). Sin embargo, su condición de leal amigo, no le impide la ecuanimidad, y por eso, no incluye algunos cuentos, como «La flauta»8, seguramente porque no le parece que tienen la suficiente calidad literaria y sobre todo, hace una criba en los escritos críticos de Ochoa, de los que desecha muchos «por ser meros apuntes de circunstancias o simples biografías de poco desarrollo» (Altamira, 2008: 23), y asimismo alude a algunos textos del avilesino que, de haberse puesto en limpio o haberse desarrollado, habrían sido muy interesantes. Con esta estrategia Altamira incide en la importancia que hubiera podido tener Ochoa, de no haber sido sorprendido por la muerte; da cuenta de críticas que escribió sobre Víctor Hugo, Zorrilla, Pereda, Alas, el Duque de Rivas, Campoamor, Palacio Valdés y otros autores, lo que puede ser una prueba del incesante trabajo desarrollado por Ochoa, pero no desea empañar su imagen incluyendo esbozos críticos o textos inacabados.

Un segundo elemento interesante de esta labor crítica del alicantino que hemos calificado como epidérmica es el recorrido que realiza por la trayectoria literaria de Ochoa. Se revelan entonces las dotes de don Rafael como crítico bien documentado, que combina los recuerdos personales de quien fue su amigo con los detalles bibliográficos y se manifiesta también su conocimiento del mundo literario del momento, en el que sitúa a Ochoa entre «los más geniales representantes de las nuevas generaciones» (Altamira, 2008: 15). Además, alude a la labor del avilesino como autor de cuentos y como periodista satírico, aspecto que conoció de primera mano en su etapa de director del periódico La justicia en el que le invitó a colaborar. Recoge también algunas críticas favorables a Ochoa por parte de personalidades literarias como Menéndez Pelayo9, que conoció sus novelas a través de Clarín, o Pereda, admirador también de las cualidades literarias del relato Un alma de Dios10. Aporta datos muy precisos sobre periódicos en los que publicó el avilesino, editoriales de sus obras, traducciones, obra inconclusa que dejó y da a conocer un aspecto apenas tratado de Ochoa, su labor como crítico. Destaca en el Ochoa crítico algunos de los valores que presiden también su propia visión de la crítica literaria: la franqueza, la personalidad en la apreciación de poetas y novelistas y sobre todo el buen gusto, pues no debemos olvidar que para Altamira la valoración estética de las obras estaba por encima de cualquier otra consideración: «Tener corazón es sentir la belleza, hállese donde se halle; es ser justo, es anteponer la razón de estética a todas las razones humanas» (citado por Martínez Cachero, 2003: 6).

Junto con esa crítica epidérmica, Altamira redacta unas páginas de valoración literaria, en las que se centra fundamentalmente en asuntos relativos al contenido y personajes de los cuentos y novelas de Juan, tamizando sus juicios con la opinión que tiene sobre el realismo. Altamira celebra sus dotes plásticas y pictóricas, así como su capacidad de observación, porque tales presupuestos se acompasan bien con las ideas del crítico alicantino, tal como las expone en 1889 en el artículo «La conquista moderna» cuando hablando sobre el realismo indica que:

«Va más allá de la simple observación de la realidad: no se basa y establece en tan mezquino fundamento como el de la nuda exactitud de la imitación, entendida al modo clásico; sino en el principio del estudio objetivo, de que sólo las cosas reales de la vida interesan y deben interesar, muy por encima de los oropeles de la ficción».


(Citado por Martínez Cachero, 2003: 3)                


Aplicando estos presupuestos al escritor avilesino indicaba: «La originalidad de Ochoa reposaba en otra condición, también propia de los verdaderos artistas: su modelo era la realidad, jamás lo buscó en los libros» (Altamira, 2008: 18). En este sentido, apuntaba también que este escritor tenía la capacidad de «hallar en medio de la masa amorfa las figuras de verdadero carácter y relieve, particularmente en aquel orden de la psicología humana que toca a las flaquezas, ridiculeces, vanidades, miserias y locuras parificas, tan abundantes en la vida» (Altamira, 2008: 16). Relaciona el crítico alicantino esta capacidad con la de Galdós y destaca entre estos caracteres pintorescos recreados por el asturiano el Justo Cancienes de Un alma de Dios, que representa al pobre hombre engañado por las malas artes femeninas o también a Ambrosio Reboleño, un personaje secundario de esta misma novela, prototipo de hombre campanudo, sin oficio, que vive de su mujer, descrito por Ochoa con estas palabras:

«El señor don Ambrosio Reboleño, que era un hombre a quien por la blancura del cabello, por lo tostado del rostro y lo amojamado de la piel, que parecía badana bien curtida, podían echársele a cuenta los sesenta cumplidos; ateniéndose en cambio a la tiesura del cuerpo, al ademán sereno y majestuoso, a la agilidad que denotaban las piernas y a un no sé qué de juventud que a veces aparecía en los ojos de tan erguido caballero, nadie diría que pasaba de los cuarenta. Era seco, sin llegar a ser un esparto, tenía el bigote más blanco que negro y las mejillas afeitadas; vestía sin lujo, pero con decencia».


(Ochoa, 1898: 14-15)                


Y dentro de la ponderación del valor de los personajes en las obras de Ochoa, don Rafael considera muy interesante el retrato que este hace de mujeres y niños. Precisamente había indicado también en 1899 en «La conquista moderna» que uno de los logros del realismo era la presentación en sus textos de variedad de personajes, de distintas clases sociales y tipologías:

«La burguesía y el pueblo han subido a la escena; el reinado de los humildes y de los tristes ha empezado, la mujer y el niño se convierten en protagonistas. Corre por todas las páginas de esta literatura un sentimiento de piedad y de humanismo que la hace juntamente simpática y triste».


(Citado por Martínez Cachero, 2003: 4)                


Por eso, subraya la calidad literaria y la sensibilidad desde las que están caracterizadas las espléndidas figuras infantiles de Ochoa, y en efecto, en sus tres novelas aparecen niños, y también en muchos de sus cuentos y no son meros personajes secundarios, sino que adquieren gran singularidad, particularmente Noto, en Los señores de Hermida, un chicuelo caracterizado como «el pillete más vivo y alegre que unas naranjas» (Ochoa, 2008: 46), pintado por primera vez en la novela protagonizando una escena de caza de un pájaro y cuyo lenguaje, lleno de vulgarismos y fraseología popular es uno de los aciertos de este relato. La misma ternura y el interés por estas cándidas figuras la proyecta el narrador asturiano sobre el hijo de don Justo o la niña Rosita en la novela Un alma de Dios.

Finalmente, Altamira alude a otra característica reseñable de la obra de Ochoa también subrayada por otros críticos y escritores: el humor, que lo acerca por la fuerza irónica de sus retratos y por la vivacidad y gracia con la que los lleva a efecto a otros dos novelistas asturianos, Clarín y Palacio Valdés, quienes «mejor reflejan ese humour característico del pueblo astur, parecido al del pueblo valenciano» (Altamira, 2008: 17). Se trata de una visión humorística que no llega a la sátira, y Clarín también supo valorarla: «Hasta su sátira era una absolución. Hablando y escribiendo, era maestro en lo cómico, en el dibujo de lo ridículo; pero jamás una gota de hiel en su lengua y en su pluma. En las flaquezas humanas veía la sugestión para el arte» (Alas, 2008: 12-13). El sentido cómico de la obra de Ochoa se manifestaba fundamentalmente cuando el escritor acometía el retrato de determinados personajes, como el don Rosendo del cuento «El vino de la boda», cuya suave caricatura es la siguiente: «A don Rosendo, los ochenta años que tenía le habían comido las carnes como ochenta perros de presa, dejándole lo mismo que un hueso metido en un envoltorio de franela, bayeta y géneros catalanes» (Ochoa, 2008: 218), o la pintura, un tanto más acida por lo deformante, de doña Rafaela en Un alma de Dios:

«Pero has de fijarte, porque hay allí un rostro de mujer, grande, pálido y lustroso, como un botijo de porcelana, y podrás ver en él unos ojillos negros, muy ladinos, que con ser tan brillantes y saltarines, no son capaces de dar animación y vida a aquel semblante frío, que tomó el blanco de los cacharros como la oruga se apropia el color de la hoja en que vive. Esta cara que pertenece al ama de la tienda, la señora de Reboleño (doña Rafaela), está unida a un corpachón barrigudo, que más bien que nacido de madre, parece modelado allí mismo, tal como está con la ancha silla de paja pegada a las descomunales posaderas. Tal vez, lector, esta voluminosa matrona metida entre objetos blancos, panzudos y redondeados, traiga a tu memoria el recuerdo de una enorme gallina clueca, disponiéndose a empollar cientos de huevos».


(Ochoa, 1898: 9-10)                


En definitiva, la contención del sentimentalismo a través de la pincelada burlona que puede apreciarse en los dos ejemplos citados es precisamente lo que elogia Altamira del discurso textual del avilesino.

En conclusión, en este texto crítico de don Rafael advertimos el equilibrio entre una valoración literaria rigurosa y ponderada del Ochoa literato y un sentimiento personal de pérdida del Ochoa amigo, que lo diferencia del tono subjetivo y enternecido de Clarín en su prólogo a la misma obra.

Lástima que a la altura de 1949 cuando se publicó Tierras y hombres de Asturias, obra en la que Altamira reunió todos sus escritos referidos a esa región y sus gentes, confesara el alicantino que esta edición barcelonesa de Los señores de Hermida que hemos analizado se había convertido en lo que hoy llamaríamos una «rareza bibliográfica»: «Si alguna de las personas que lean este prólogo poseyesen un ejemplar de Los señores de Hermida (edición de Barcelona) o supieran de alguien que lo tuviese, prestaría un gran favor a la cultura asturiana dándome noticia de ello» (Altamira, 2005: 51).

Una edición facsímil de esos textos de 1900 que en 2008 publicó la Fundación Caja Rural de Asturias ha hecho ese gran favor a la cultura asturiana del que hablaba Altamira, y aunque desafortunadamente no puedo dar noticia de ello a don Rafael, sí quisiera haber contribuido con este trabajo a rescatar del olvido uno de sus textos críticos que revela, sin duda, la finura y capacidad de juicio del gran polígrafo alicantino.






Bibliografía

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  • FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ-AVELLO, Manuel, Vida y obra literaria de Juan Ochoa Betancourt, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1955, pp. 187-190.
  • ——, «Menéndez y Pelayo escribe a Clarín», ABC, Junio 1956.
  • GRACIA NORIEGA, José Ignacio, «Juan Ochoa, un cuentista olvidado», La Nueva España, 24 de mayo de 1999.
  • MARTÍNEZ CACHERO, José María, «Trece cartas inéditas de Leopoldo Alas a Rafael Altamira y otros papeles», Archivum XVIII (1968), pp. 145-176.
  • ——, «Rafael Altamira como crítico literario». Cuadernos Hispanoamericanos, 229 (enero de 1969), pp. 64-77.
  • OCHOA, Juan, Un alma de Dios, Ilustraciones de Arturo Carretero, Barcelona, Colección Elzevir Ilustrada, Volumen XII, Juan Gili, librero, 1898.
  • ——, Los señores de Hermida, Novela. Crítica y Cuentos, con un prólogo de Leopoldo Alas y un artículo biográfico de Rafael Altamira. Ilustraciones de Arturo Carretero. Barcelona, Colección Elzevir Ilustrada, Volumen XXI, Juan Gili, librero, 1900.
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  • Sin firma, «Juan Ochoa», Vida Nueva, Año II, 50 (21 de mayo de 1899).
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  • ——, «Juan Ochoa y Betancourt II», La voz de Avilés, 18 de abril de 2005.


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