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Reconstruyendo el camino de Ercilla... Bello, Mistral y Neruda

Eva María Valero Juan





En el texto titulado «Nosotros, los indios», Pablo Neruda concluye con una idea que he tomado para dar título a este artículo, puesto que en ella encuentro el punto de partida idóneo para hilvanar las visiones sobre la figura de Alonso de Ercilla que proponen Andrés Bello, Gabriela Mistral y el mismo Neruda: «Compañero Alonso de Ercilla: La Araucana no sólo es un poema: es un camino»1. Como veremos, esta apelación directa de Neruda a Ercilla contiene la clave para comprender las motivaciones que determinan una recepción hispanoamericana del poeta que tiende a la apropiación y al reclamo de su figura y de su obra como fundadoras del mito épico de Chile. Si La Araucana es un camino para Neruda, cuyo rastro vamos a seguir a través de la mirada de los autores citados, lo es fundamentalmente porque Ercilla humanizó la historia de la conquista de la Araucanía, tal y como sugiere Neruda en el citado texto:

Siqueiros representó la conquista en la figura del gran centauro. Ercilla mostró al centauro acribillado por las flechas de nuestra araucanía natal. El renacentismo invasor propuso un nuevo establecimiento, el de los héroes. Y tal categoría la concedió a los españoles y a los indios, a los suyos y a los nuestros. Pero su corazón estuvo con los indomables2.



Al servicio de ese humanismo de Ercilla ponen su escritura Bello, Mistral y Neruda, fundamentalmente en textos ensayísticos a los que sólo el último añade también la recuperación poética y la evocación a través de una prosa corta. Pero antes de introducirnos en sus páginas es necesario exponer algunas cuestiones esenciales para comprender después las formas con que la historia ha modelado la figura de Ercilla.

La primera cuestión de la que debemos partir es que La Araucana tuvo un fuerte influjo en las letras hispánicas desde el siglo XVII en adelante, tanto en la producida desde España como en la escrita en América; recordemos como ejemplos paradigmáticos de esa influencia el Arauco domado de Pedro de Oña en el ámbito americano, y en el español la comedia de Lope de Vega Arauco domado por don García Hurtado de Mendoza3. Sin embargo el autor, Alonso de Ercilla, no es un personaje histórico que haya dado lugar a una amplia recuperación literaria, a excepción de algunos poemas o fragmentos poéticos, como los de Carlos Pezoa Véliz (en Alma chilena), Ángel Cruchaga Santa María (en Rostro de Chile) o Pablo Neruda (en el Canto general); de alguna obra teatral, como la de Antonio Orrego Barros El capitán trovador: poema dramático en cuatro actos: que trata sobre la vida del gran capitán don Alonso de Ercilla y Zúñiga de 1915; y de la biografía realizada por José Toribio Medina titulada Vida de Ercilla, que apareció como segundo tomo de la más completa edición de La Araucana: la «edición del Centenario» publicada en cinco tomos por el propio Medina entre 1910 y 1918 en Santiago de Chile para conmemorar los cien años de la Independencia.

Con este exiguo recuento, sumado a los textos ensayísticos anunciados de Andrés Bello y Gabriela Mistral, y a la gran cantidad de artículos críticos que se han ocupado del autor y su obra4, la segunda deducción está clara: Ercilla es ante todo una figura histórica que desde los siglos XIX y XX ha sido reivindicada en textos de análisis crítico como los que a continuación trataré. A ello se suma que sin embargo son sus personajes, los de La Araucana, los que sí han ocupado un visible espacio en la literatura contemporánea como seres míticos del período de la conquista de Arauco5. Parece por tanto que los personajes históricos de La Araucana y la figura histórica de Ercilla han tenido la repercusión derivada de su configuración literaria -la de los héroes araucanos- y de su realidad histórica -la de Ercilla-, por lo que héroes como Caupolicán o Lautaro han inspirado a una nutrida nómina de escritores, y Ercilla, habiendo gozado de la atención de algunos poetas, ha tenido sobre todo el privilegio de la agudeza crítica de los dos nombres más destacados de la literatura chilena contemporánea -Neruda y Gabriela Mistral- y del venezolano más chileno de la etapa originaria de la nación, Andrés Bello.

Para introducirnos en esta triple visión sobre Ercilla, es preciso recordar una cuestión de todos conocida sobre la amplísima bibliografía que aborda La Araucana: la controversia suscitada sobre la ideología del poeta, sobre su visión del otro y sobre su punto de vista frente al proceso de la conquista; debate que lo convierte en uno de los textos más sugestivos de la literatura de la conquista de América. Unos han visto al poeta instalado en el orden imperial, otros al enemigo acérrimo de los conquistadores y al defensor de los indígenas, y otros tantos han planteado matices muy importantes a ambas posiciones críticas. Frente a este panorama, la pregunta que cabe hacerse, como parte importantísima para visualizar las lecturas que se han realizado sobre Ercilla y La Araucana desde el siglo XIX hasta nuestros días, es la siguiente: ¿qué postura adoptan desde el contexto hispanoamericano no los críticos sino los escritores, en este caso Andrés Bello, Gabriela Mistral y Pablo Neruda? Con las páginas de Bello sobre nuestro poeta doy comienzo al recorrido por el camino de Ercilla.




Andrés Bello: La «lección de moral» de Alonso de Ercilla

En 1841 Andrés Bello publicó en El Araucano de Santiago de Chile un artículo titulado «La Araucana, por don Alonso de Ercilla y Zúñiga»6. Con la erudición propia del polígrafo ilustrado, en el artículo encontramos una amplia disquisición sobre la historia del género épico que desemboca en la épica italiana del siglo XVI con Ariosto y Tasso, y finalmente en La Araucana. La inserción del poema de Ercilla en la tradición épica reseñada le lleva a plantear una defensa de la obra como elogio a la reelaboración del género que el poeta español introdujo, al optar por una voluntad histórica en detrimento del componente fantástico y fabuloso propio de la épica clásica; un elogio que Bello enfrenta a aquellos que encontraron precisamente en la elección del asunto la principal falla de La Araucana, bien por contravenir a las leyes de la épica, bien por considerar que la guerra de Arauco no era digna del canto épico. Es decir, que Bello comienza enalteciendo la obra por su capacidad de romper «el molde de Homero» y de saltarse las «reglas aristotélicas» en su afán declarado en el prólogo de inmortalizar los hechos contemporáneos que los españoles estaban protagonizando en aquel remoto lugar del mundo.

Pero el objetivo de Bello va mucho más allá de la mera inserción teórica -en términos comparativos- de La Araucana en la tradición épica. Precisamente parte de esa comparación para plantear una reflexión que, saltando dichos planteamientos teóricos, pretende otear el engranaje moral de la obra y por tanto de su autor, cuyas piezas son el humanismo, la justicia, el patriotismo, el altruismo, el amor a la libertad. El encaje perfecto de esas piezas en La Araucana demuestra, en las palabras escritas por el venezolano a mediados del siglo XIX, que las manidas contradicciones y ambigüedades de la obra, tan debatidas por la crítica a lo largo de todo el siglo XX, son tan sólo aparentes, dado que se explican por la formación cultural del poeta en el contexto del humanismo cristiano y del erasmismo pacifista de su tiempo. La pretendida contradicción entre el canto a las grandezas del Imperio y la defensa e idealización de los araucanos, se diluye cuando leemos las líneas de Bello, en las que se comprende que el Ercilla poeta y conquistador no pretendió condenar la empresa de la conquista sino los modos con que ésta se estaba llevando a cabo, y desde su formación humanista dio finalmente una «lección de moral» sobre la historia de la conquista de América:

Para juzgarle, se debe también tener presente que su protagonista es Caupolicán, y que las concepciones en que se explaya más a su sabor, son las del heroísmo araucano. Ercilla no se propuso, como Virgilio, halagar el orgullo nacional de sus compatriotas. El sentimiento dominante de La Araucana es de una especie más noble: el amor a la humanidad, el culto de la justicia, una admiración generosa al patriotismo y denuedo de los vencidos. Sin escasear las alabanzas a la intrepidez y constancia de los españoles, censura su codicia y crueldad. ¿Era más digno del poeta lisonjear a su patria, que darle una lección de moral?


(p. 360)                


A lo que Bello añade una particular visión de Ercilla como autor que se (auto)ficcionaliza en el poema con unas características coherentes con dicha lección de moral, partiendo nuevamente de la comparación con la tradición épica:

La Araucana tiene, entre todos los poemas épicos, la particularidad de ser en ella actor el poeta; pero un actor que no hace alarde de sí mismo, y que, revelándonos, como sin designio, lo que pasa en su alma en medio de los hechos de que es testigo, nos pone a la vista, junto con el pundonor militar y caballeresco de su nación, sentimientos rectos y puros...


(Id.)                


El objetivo principal de Bello era, por tanto, poner en el punto de mira esa cara de la conquista que en Ercilla, tan lascasiano en algunos episodios, tenía al inaugurador de un discurso crítico americano en la poesía escrita en castellano. Y a esta voluntad se acoge en su texto para universalizar el primer poema épico que da acta de nacimiento literario a una futura nación hispanoamericana cuando escribe: «El poema de Ercilla se lee con gusto, no sólo en España y en los países hispano-americanos, sino en las naciones extranjeras» (p. 368).




Gabriela Mistral: «El bueno de Ercilla»7

En un artículo de 19698, el crítico Luis Vargas Saavedra, de la Pontificia Universidad Católica de Chile, dio a conocer algunas partes de dos manuscritos, inéditos y sin fecha, que son borradores de un prólogo de Gabriela Mistral para una traducción al inglés de La Araucana; prólogo que le había solicitado el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile en 1942. Según Vargas Saavedra, la escritora nunca envió el texto, aduciendo «recelo de la capacidad lingüística del traductor». Años después, en 1992, el mismo investigador chileno publicó íntegro este prólogo hasta entonces inédito9. Pero con anterioridad a la escritura de este texto, la poeta ya había lanzado algunos controvertidos juicios críticos sobre La Araucana, y entre estos y el prólogo posterior hay un viraje muy notable en el que el tratamiento de lo ético y lo estético se resuelve en el realce final de los valores éticos de Alonso de Ercilla.

Comencemos por las primeras manifestaciones. En 1932, Gabriela Mistral publicó un artículo en el diario La Nación de Buenos Aires titulado «Música Araucana», donde el poema de Ercilla no parece ser, en principio, obra de devoción para la escritora:

Su epopeya tuvo ese pueblo (el araucano) una merced con que el conquistador no regaló a los otros, el apelmazado «bouquin», de Alonso de Ercilla, que pesa unos quintales de octavas tan generosos como imposibles de leer en este tiempo. [...] la obra se murió en cincuenta años de la mala muerte literaria que es la del mortal aburrimiento, la de disgustar por el tono falso, que estos tiempos sinceros no perdonan, y de enfadar por el calco homérico ingenuo de toda ingenuidad10.



A ello, Mistral añade sus no más compasivos juicios para el poeta Ercilla:

Lástima grande por el cantor, que fue soldado noble, pieza de carne dentro de la máquina infernal de una conquista, y más lástima aún por la raza que pudo vivir, hasta sin carne alguna metida en el cuerpo de una buena epopeya, que no le quedaba ancha, sino a su medida.

El bueno de Ercilla trabajó con sudores en esa loa nutrida de trescientas páginas, compuestas en las piedras de talla de las octavas reales. Cumplió con todos los requisitos aprendidos en su colegio para la manipulación de la epopeya, masticó Ilíadas y Odiseas [...] Tan fiel fue a sus modelos [...] que se puso a cantar y contar lo mismo que Homero cantó a sus aqueos, a los indios salvajes que cayeron en sus manos.

Bastante pena se siente de la nobleza de propósito y de la artesanía desperdiciada. La «Araucana» está muerta y sin señales de resurrección dichosa aunque me griten: «¡sacrilegio!». [...] nuestra Araucana se nos queda en la mano como pedazote de pasta de papel, pesada y sordísima11.



Pero esta acta de defunción de La Araucana, en la que Gabriela Mistral -con una visión diametralmente opuesta a la de Andrés Bello- muestra a Ercilla con la ingenuidad del aprendiz que nada aportó al género épico más allá del calco homérico y del remedo insustancial, concluye sin embargo con una declaración que anticipa lo que después matizaría ampliamente en el prólogo a la edición inglesa:

No importa el mal poema -escribe-: la raza vivió el valor magnífico; la raza hostigó y agotó a los conquistadores; el pequeño grupo salvaje, sin proponérselo, vengó a las indiadas laxas del continente y les dejó, en buenas cuentas, lavada su honra12.



La alabanza a la voluntad generosa del poeta, a pesar de la crítica a la estética del poema, nos guía nuevamente por ese camino de Ercilla determinado por Neruda como camino de humanidad en el tratamiento del indígena americano. Desde su declarada posición indianista, Gabriela Mistral dirigiría más tarde sus elogios fundamentalmente hacia los valores éticos de la obra, por ejemplo, cuando en 1934 dio una conferencia en Málaga en la que el tema era Chile y el anfitrión España. Como apunta Vargas Saavedra, en esta ocasión la poeta no podía dejar de lado a Ercilla, y sus palabras fueron dirigidas entonces a aquello que sí podía alabar en el poema:

La raza es más española que aborigen, pero la glorificación del indio magnífico significa para nosotros, en vez del repaso rencoroso de una derrota, la lección soberana de la defensa de un territorio, que obra con un espoleo eterno de la dignidad nacional. La Araucana, que para muchos sigue siendo una gesta de centauros de dos órdenes, romanos e indios, para los chilenos ha pasado a ser un doble testimonio, paterno y materno, de la fuerza de dos sangres, aplacadas y unidas al fin en nosotros mismos13.



Esta visión de La Araucana como obra conciliadora de los dos mundos encontrados en la conquista es la que desarrollaría unos años más tarde en el prólogo que nunca publicó, en el que lógicamente Gabriela Mistral pasa con astucia sobre algunas cuestiones estéticas -cuando no cambia su apreciación sobre la maestría técnica del poeta- para centrarse en las cualidades que podía ensalzar sin titubeos: la nobleza moral de su autor. Por ello, el prólogo comienza con una semblanza de Ercilla muy cercana, ahora sí, a la construida por Bello:

[...] la tierra de Chile, tan denigrada por el pobre viejo Almagro y temida a causa de la lejanía y por un pueblo indio duro de mascar, nunca vino hombre con misión tan breve y tan trascendente como el capitán Ercilla y Zúñiga.

Los otros traen función, no misión, y traen ventolera de novedad, pero no aquel ánimo clásicamente heroico que levanta la aventura y la leva a hazaña de durar. Todos llegan con ganas de fama y lucro, desde el andaluz dicharachero hasta el vasco tardo y enemigo de fantasmagorías, pero uno sólo trae en la voluntad una noble proeza a la española, es decir, material y espiritual a la vez. Vuelto soldado por contagio de la época, él es ante todo un poeta y como tal viene a buscar la hazaña en cuanto a material poético vivo14.



Aquellos dardos lanzados por Gabriela Mistral en 1932 se convierten aquí en apasionados elogios: «¡Qué de honradez en la técnica del poema, cuánta dignidad gastada en contar minuciosamente a su Caupolicán impetuoso, a su Lincoyán prudente y a su Lautaro ladino!» (p. 31). Elogios que ante todo enfatizan la rehumanización del indígena con la que La Araucana había dado un vuelco a la visión del otro construida en el discurso narrativo de la conquista de América: «En buena hora -escribe- se publica en inglés La Araucana para enderezar ojos torcidos de chanceadores que han reído de la "mansedumbre" embrutecida del indígena americano» (p. 37).

Finalmente, Mistral redondea su visión de Ercilla haciendo hincapié en la necesidad de tener presente su oficio para la correcta lectura del poema. Es «un español de milicia» -escribe-, el clásico poeta soldado cuya moral es la del «católico de espada» una combinación en la que la religiosidad justifica el amor al prójimo, y la formación cultural humanista explica la curiosidad renacentista por el conocimiento del otro. Con todo ello Gabriela Mistral concluye: «él quería ser el combatiente fenómeno, el que justifica al enemigo, el que le da rostro de hombre, el que le trata de igual a igual» (p. 40). El tema de La Araucana y sus aparentes contradicciones se explicarían por tanto en el prólogo de Gabriela Mistral por su adecuación al oficio y la moral del poeta.

Por otra parte, las cualidades artísticas de La Araucana aparecen ahora resaltadas cuando alaba «la estructura de la octava real en manos del maestro Ercilla», la riqueza de vocabulario o la maestría métrica, pero quedan de todos modos algo difuminadas por el juicio ético al que Gabriela Mistral somete al poeta y su obra. Un juicio en el que las virtudes morales de Ercilla en su visión de la conquista y de los araucanos eclipsan otros deméritos, si bien uno de ellos aparece a pesar de todo resaltado: la incapacidad del poeta español para ver, atender, o alborotarse con la naturaleza chilena (p. 34).

Pero más allá de las opiniones que Gabriela Mistral pudiera verter sobre Ercilla, están las pulsiones internas que desde mi punto de vista vinculan la obra de ambos autores, a pesar de las evidentes distancias y al margen de efectivas recuperaciones textuales que en la literatura de Gabriela Mistral no se producen. Si atendemos a esas pulsiones y no a un proceso intertextual propiamente dicho, podemos concluir recordando el «Poema de Chile» que la poeta concibió hacia 1940, en el que, restituyendo el vacío de Ercilla frente a la naturaleza chilena, versificó en octavas su geografía, zoología y botánica. Como escribe Vargas Saavedra «pudiera ser algo así como las ¿Octavas Reales que se le olvidaron a Ercilla?»15. El país desierto de seres humanos que la poeta recorre en sus versos está habitado por la imponente naturaleza que Ercilla casi obvió, a excepción del episodio de la expedición al sur, hasta la isla de Chiloé, donde la poetización del paisaje y su magnificencia envuelve la desesperada aventura de sus protagonistas. Ambos proyectos poéticos quedan así emparentados. En el «Poema de Chile» la recuperación de la obra de Ercilla es la del verso: la octava, y la del objeto de su canto: Chile. Y en sus ensayos, la recuperación del personaje histórico es la del hombre, sobre el que en el prólogo inédito pudo finalmente exclamar: «qué sólida naturaleza sincera había en el hombre Ercilla».




Pablo Neruda: «Ercilla, inventor de Chile»

Son varios y muy conocidos los textos que Neruda dedica a Ercilla o en los que recupera versos de La Araucana. Entre ellos, destacan los del Canto general, con los que el poeta estableció un nuevo vaso comunicante con La Araucana. La voluntad histórica y la voluntad poética de inmortalizar las hazañas de la guerra de Arauco que movieron la pluma de Ercilla, vuelven a aunarse en la intencionalidad de Neruda en el Canto general. Desde la tercera parte, el poeta se remonta al descubrimiento de Chile y dedica varios poemas a los conquistadores, entre ellos, y con especial relevancia, a Ercilla. Continúa la secuencia histórica de la conquista en la parte siguiente, consagrada a los libertadores, entre los cuales Caupolicán, la guerra de Arauco, Lautaro y la heroicidad araucana pueblan versos en los que la omnipresencia de la naturaleza cobra el protagonismo que, como acusó Gabriela Mistral, no había descollado en el poema de Ercilla. Un nuevo canto general a Chile recupera, ahora sí con explicitud, al cantor primigenio de sus orígenes en el citado poema titulado «Ercilla»:

Hombre, Ercilla sonoro, oigo el pulso del agua de tu primer amanecer, un frenesí de pájaros y un trueno en el follaje.


El canto a este Ercilla sonoro que con su verso dio voz a la conquista de Chile, y fundamentalmente a sus protagonistas araucanos, se complementa con los poemas en los que Neruda recupera la hiperbólica heroicidad de los araucanos que Ercilla construyó por primera vez en la literatura. Esta presencia del indígena en la literatura de Neruda fue analizada por el profesor José Carlos Rovira, en su artículo «Imágenes dibujadas y desdibujadas del "indigenismo" nerudiano», donde planteaba que los indígenas de la poesía de Neruda o son los originarios habitantes de la América precolombina (los de poemas como «Alturas de Macchu Picchu» o «Los hombres») o bien son los protagonistas de la conquista, entre los cuales los araucanos tienen una presencia central. Sin embargo, «el indígena contemporáneo -escribe Rovira- no está presente»16. Tal vez la explicación de este vacío se encuentre en el artículo de Neruda con el que he comenzado estas páginas, «Nosotros, los indios», donde el poeta expresa abiertamente la denuncia al proceso de degradación al que se han visto sometidos los araucanos a lo largo de la historia:

Nuestros recién llegados gobernantes se propusieron decretar que no somos un país de indios. [...] La Araucana está bien, huele bien. Los araucanos están mal, huelen mal. Huelen a raza vencida. Y los usurpadores están ansiosos de olvidar o de olvidarse. En el hecho, la mayoría de los chilenos cumplimos con las disposiciones y decretos señoriales: como frenéticos arribistas nos avergonzamos de los araucanos. Contribuimos, los unos, a extirparlos y, los otros, a sepultarlos en el abandono y en el olvido. Entre todos hemos ido borrando La Araucana, apagando los diamantes del español Ercilla.


(p. 250)                


Esta denuncia explícita es la que debemos leer entre líneas en su poesía, tanto al observar la perspectiva épica que Neruda confiere al indígena originario -enfrentada a la imagen actual de «raza vencida»- como cuando poetiza una naturaleza araucana vacía de sus héroes en versos como los del poema «Los hombres»:


Mira el vacío de los guerreros.
No hay nadie. Mira las piedras.
Mira las piedras de Arauco.
No hay nadie, sólo son los árboles.
Sólo son las piedras, Arauco.


Ésta no es sino la mirada actual del poeta que evidencia una naturaleza vacía de sus épicos guerreros. Ante este vacío, Neruda no puede sino recuperar la historia y ensalzar e invocar en sus versos posteriores al constructor primigenio de la raza heroica, cuyo origen se encuentra en los versos de La Araucana. Por ello, Neruda dedica elogiosos versos a Ercilla, en los que lo encumbra como el cantor que dio humanidad a la historia de la conquista de Chile, y también como el inventor de esa historia. Con este nombramiento encontramos al poeta épico en un libro colectivo encabezado por el nombre de Neruda que lleva por título Don Alonso de Ercilla. Inventor de Chile (1971). Abre el libro un breve texto en prosa de Neruda titulado «El mensajero». En sus líneas Ercilla aparece convertido en «el mensajero del Dante», a quien el nobel chileno le prodiga palabras de agradecimiento:

A él le debemos nuestras constelaciones. Nuestras otras patrias americanas tuvieron descubridor y conquistador. Nosotros tuvimos en Ercilla, además, inventor y libertador. [...]

Ercilla no sólo vio las estrellas, los montes y las aguas, sino que descubrió, separó, y nombró a los hombres. Al nombrarlos les dio existencia. El silencio de las razas había terminado. La tierra adquirió la palabra de los dioses.

El más humano de estos dioses se llamó Alonso de Ercilla17.


Reparemos en que a la deificación del Ercilla inventor -y por tanto creador de Chile a través de la palabra-, Neruda añade una segunda designación con la que define con mayor precisión, si cabe, los contornos que a lo largo del tiempo adquiere su figura histórica: no sólo es inventor sino también libertador. La sorprendente palabra nos remite inmediatamente a la que sin duda es la más importante recuperación de La Araucana y de su autor en Chile: la citada edición de La Araucana realizada en cinco tomos por José Toribio Medina, el segundo de los cuales es la «Vida de Ercilla». Significativamente denominada la «edición del Centenario», salió a la luz para conmemorar la Independencia, lo que suponía la definitiva apropiación de la figura de Ercilla como inaugurador del discurso no sólo literario, sino también libertario, de la nación. Incluso Marcelino Menéndez Pelayo situó a Ercilla en este lugar de la historia de la literatura en su Historia de la poesía hispanoamericana:

No hay literatura en el mundo que tenga tan noble principio como la de Chile, la cual empieza nada menos que con La Araucana, obra de ingenio español, ciertamente, pero tan ligada con el suelo que su autor pisó como conquistador, y con las gentes que allí venció, admiró y compadeció a un tiempo, que sería grave omisión dejar de saludar de paso la grave figura de Ercilla...18


Casi medio siglo después de la edición de Medina, Neruda daría el paso decisivo en esta configuración histórica de Ercilla al otorgarle el título más elevado y honroso que le podía conceder, el de libertador; un título tan extemporáneo al autor como simbólico de la asunción chilena de su figura como personaje principal, ya no sólo de los orígenes en los tiempos de la conquista, sino del propio nacimiento del país independiente.

En suma, podemos concluir que la recuperación de Ercilla por parte de los autores estudiados hace hincapié en los valores éticos y morales del poeta-soldado que mitificó al hombre americano, y proyecta su figura desde el pasado hacia el futuro como símbolo de humanismo, pacifismo y generosidad, y también, como hemos visto, como símbolo del nacimiento de Chile. Neruda fue muy explícito en lo relativo a esta proyección, sobre todo cuando, en «Nosotros, los indios», dio comienzo a su reflexión con las siguientes palabras:

El inventor de Chile, don Alonso de Ercilla iluminó con magníficos diamantes no sólo un territorio desconocido. Dio también la luz a los hechos y a los hombres de nuestra Araucanía. Los chilenos, como corresponde, nos hemos encargado de disminuir hasta apagar el fulgor diamantino de la Epopeya. La épica grandeza, que como una capa real dejó caer Ercilla sobre los hombros de Chile, fue ocultándose y menoscabándose. A nuestros fantásticos héroes les fuimos robando la mitológica vestidura hasta dejarles un poncho indiano raído, zurcido, salpicado por el barro de los malos caminos, empapado por el antártico aguacero19.


Aquí Neruda dio la clave para interpretar la relectura de Ercilla, porque efectivamente La Araucana no sólo es un poema sino también un camino. Y si la luz que Ercilla dio a la Araucanía ha ido oscureciéndose a lo largo de los siglos, y si el rostro que él dio al otro ha ido desdibujándose hasta dar en la imagen del «poncho indiano raído», sin embargo el fulgor del poeta español ha permanecido como camino en Chile. Por él hemos visto transitar la pluma de escritores como Andrés Bello, Gabriela Mistral o el propio Neruda, quienes, bien en sus versos, bien en sus pensamientos, realizaron la más trascendente y lógica recuperación contemporánea que de Ercilla, en América, se podía realizar: la de su abrumadora humanidad. Y al apropiarse del poeta como «inventor», creador, e incluso como «libertador», la relectura que hicieron de su figura estaba reflejando un hecho cultural trascendental: la construcción americana de un canon literario propio encabezado en Chile por Ercilla; canon que no sólo implicaba la fijación del pasado histórico sino también, y ante todo, la búsqueda de un camino de proyección hacia el futuro, y que situó a Ercilla, definitivamente, en la base de la construcción cultural de la identidad colectiva chilena.





 
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