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Euroasiáticos portugueses, seranis o singapureños genuinos?

Cuestiones literarias actuales sobre una minoría de origen colonial

Brigitta Rohdeworhld



     Pese a que en su libro La invención del colonialismo (1983) Ronald Daus había llegado a la conclusión de que en la ciudad-república multiétnica de Singapur(455) se habían derribado los cimientos de la cultura tradicional de todos aquellos que a sí mismos se designaban como portugueses(456), y de que esta distinguida minoría había abandonado completamente su lengua -el papiá-cristâo- y su literatura, y se había sumergido de lleno en la corriente principal de Singapur (1983:355), en los últimos años se puede constatar una tendencia contraria.

     En primer lugar, en 1989 se reactivó la Eurasian Association, existente desde el año 1919. El número de miembros de la asociación se elevó, en dos años, de 186 en 1989 a 1.300 afiliados (Straits Times 28-III-1992: 32). Además, en [352] noviembre de 1991 se celebró el primer Eurasian Heritage Day. Con ello se pretendía redescubrir el pasado cultural y producir un sentimiento de identidad étnica propia(457). Aunque a la asociación no pertenecían únicamente miembros portugueses, en el National Museum se sirvieron platos típicamente portugueses-euroasiáticos como curry devil, curry feng y pickles; se cantaron viejas canciones como canta y jinkli nona y se bailó el branho. Asimismo, en una exposición que acompañaba a estas actividades, se mostraron piezas de arte del siglo XIX y fotografías (Straits Times 2-4-XI-199l). A ello le siguió la publicación en 1992 del libro editado por Myrna Braga-Blake Singapore Eurasians - Memories and Hopes y, a comienzos de 1995, la asamblea general de la Asociación aprobó la transformación de esta en una sociedad de beneficencia de orientación étnica, que se hiciese cargo de los euroasiáticos necesitados(458).

     Como motivo para la reanimación antes citada, hoy en día se mencionan generalmente dos factores: 1. a finales de los años ochenta, el gobierno alentó a los singapureses a que retornasen a sus raíces étnicas y se interesaran por las personas económicamente necesitadas de su comunidad étnica; 2. la incorporación del relato Kenneth Jerome Rozario del libro de Catherine Lim Or Else. The Lightning God and Other Stories (1980) al canon de lectura de las clases escolares del O-level (bachillerato).

     Enojados por este relato, en el que los euroasiáticos portugueses se vieron caracterizados por un estereotipo extravagante, ávidos de placeres, irresponsables y vagos y en el que a sus muchachas se les atribuye un comportamiento atrevido y lascivo, se asociaron para protestar colectivamente al Ministerio de Educación contra esta lectura escolar (Straits Times 14-XI-1992:32). [353]

     Al punto anterior se le añade el hecho de que un sector de jóvenes euroasiáticos no puede identificarse con las definiciones étnicas oficiales ni con su clasificación de others (no asiáticos)(459), quejándose de la discriminación a la que -a pesar de ser sons of the soil (hijos de la tierra)- por ella se ven expuestos. Esto les motiva, según la socióloga Myrna Braga-Blake, a emprender una búsqueda de sus propias raíces, para poder así definir su papel específico en la sociedad de Singapur (Myrna Braga-Blake 1993:16).

     Prescindiendo de las actividades mencionadas que apuntan a una identidad de grupo establecida en parte por el estado, en los últimos tres años se han publicado cuatro obras literarias, en las que la vida y los hechos de los euroasiáticos en el Singapur de este siglo se han convertido en el principal argumento. Primero apareció en 1991 The Shrimp People, primer tomo de la saga portuguesa escrita en cuatro volúmenes por Rex Shelley. Por esta obra y por la siguiente People of the Pear Tree (1993), el autor recibió el primer premio del National Book Development Council of Singapore (1993 y 1994). En el año 1995 apareció el tercer y hasta la fecha último tomo de la saga, titulado Island in the Centre. Junto a las tres novelas citadas se sitúa Seasons of Dark-ness (1993) de Wilfred Hamilton-Shimmen, historia de Singapur escrita en forma de novela autobiográfica.

     Con estas obras, los autores no sólo han hecho un tema de la historia de una minoría, sino que han ampliado en un componente étnico más la gama de la literatura de Singapur: si, hasta entonces, los problemas de los grupos chinos, malayos y tamiles/hindúes habían supuesto un objeto de debate(460), toman ahora la palabra también los euroasiáticos de orientación portuguesa y británica(461).

     Por consiguiente, en lo sucesivo se llevará a cabo un análisis sobre la forma en que dichos autores clarifican en sus obras la complicada cuestión de la identidad étnica de los euroasiáticos de procedencia portuguesa, y sobre el papel que conceden a sus personajes en el marco de la sociedad de Singapur.



I. UN NUEVO CONDIMENTO PARA EL ARROZ

     Aunque casi ninguno de los portugueses contemporáneos de Singapur sea capaz de demostrar su procedencia lusitana(462), todos los caracteres portugueses-euroasiáticos [354] de las novelas de Shelley consideran a la geragok-people(463) de Malaca como sus antepasados respecto de los que no pueden precisar nada más. Conforme a esto, en el prólogo a su primera novela, The Shrimp People, Shelley esboza una imagen mitológica de los primeros padres de los euroasiáticos portugueses:

     En el caso del antepasado masculino se trata de un marinero portugués, a quien no caracteriza más que por su ingenuidad, que, después de una batalla naval entre un buque mercante hindú y otro portugués, es arrojado herido sobre la playa y, tras un primer titubeo, es cuidado por una indígena hasta su recuperación.

     Ella, por el contrario, es una joven mujer obstinada procedente de las montañas, a la que su tío trajo a Malaca porque su madre la creía embrujada: en contra de los deseos de sus padres sólo tenía ojos para un joven libertino, y, además, había manifestado el impertinente deseo de que los hombres se la llevaran a la caza del elefante. Una vez viuda, la llegada del hombre blanco la redime de su soledad. Con él y con tres de sus cuatro hijos se asienta en una playa tranquila, habitada solamente por un hombre más, para en lo venidero vivir de la pesca de gambas-geragok, de aquel tipo de gambas de los que su tío le dice:

              ... Es una gamba muy pequeña. Lo más minúsculo que pescamos para comer. Algo insignificante al lado del bello, grande y lustroso pez plateado. Pero cuando las secas al sol y las conviertes en una pasta, cogen el sabor del sol y de la sal y de la mar. Y después de cocer en un fuego los pasteles secos de pasta y mezclarlos con chile machacado, incluso el bocado más diminuto traerá oleadas de un maravilloso sabor nuevo a un cucharón entero de arroz. (p. 16)           


II. LAS ORQUÍDEAS DE ACERO DE SINGAPUR

     De forma análoga al mito fundacional de los euroasiáticos portugueses, se configuran también los papeles de aquellos descendientes que, en los años cuarenta, cincuenta y sesenta de este siglo, colaboraron al surgimiento de la actual ciudad-república de Singapur: en la trama de la novela de Shelley siguen constituyendo una minoría cerrada que se separa, mejor dicho, que es separada del conjunto; continúan colaborando con la sociedad mediante su trabajo/sus actividades -aunque su colaboración sea mínima- de una forma cuanto menos extravagante: en todas las novelas aparecidas hasta el momento [355] los personajes se comprometen con Singapur y operan -bien en la policía, en el servicio secreto o bien en un segundo plano- en contra de los ocupa japoneses, contra los agresores indonesios y contra los chinos comunistas de Singapur, y continúan caracterizando a sus mujeres por la forma particular de su comportamiento, que las diferencia de sus hermanas asiáticas pero también de las europeas.



II.1. LAS SERANIS: MESTIZAS MALAYAS

     Cuando en las novelas de Shelley se encuentran dos personajes que por su aspecto externo parecen euroasiáticos, la primera pregunta es la siguiente: You're Serani(464), aren't you? (Eres serani, verdad?) (S.P.: 17) Si la respuesta resulta ser positiva, le sucede a modo de ritual la pregunta por el apellido, lo que permite a los hablantes relacionar todos sus vínculos familiares e intercambiar cotilleos y viejas historias de su comunidad. Incluso en la lejana Perth (Australia), el narrador del primer libro no puede resistirse a esta costumbre:

              Cuál es tu apellido? El ritual había dado comienzo. Me estremecí y respondí. Machado.           
   Ah! Tú no eres de Singapur! Eres una penangueña, no?
   No, soy una auténtica singapureña. No fumo y llevo el pelo corto. Mi padre era de Penang.
   Él era el portero? Bobby Machado?
   No, Bobby era mi tío.
En ese momento no prestaba atención. Podía ver centellear sus ojos y sabía que iba a suceder. Los conocería a todos ellos. Iba a precipitarse a ello y a disfrutar de cada momento, de cada recuerdo. Hizo una pausa para causar efecto.
   Vamos a ver... Tu madre ha tenido que ser una Rodrigues. No se casó Ben Machado con Bertha?
   No, mi madre se llama Beryl.
[...]
   Sí. Sí, claro... Bertha se casó con Heng, aquel condenado cabrón. Pero ella también era un poco huidiza. Se deshizo de aquel tipo, no?
   Sí, la tía Bertha abandonó al tío Heng.
   Tío Heng? Así es como le llamabas?
   Pues sí... a mi madre no le gustaba que utilizáramos su apellido chino.
   Típico, típico..., dijo en su inglés de Singapur.
Sentía que tenía que cumplir con mi parte por educación. Estás relacionado con Anthony Coombes, el que está en los bomberos?
   Sí. Ese es el inútil de mi sobrino. Se metió en el cuerpo de bomberos en contra del consejo de sus padres. Justo después de tener el grado superior de [356] Cambridge. Que tío más tonto. Que quería aventuras, dijo, y dónde las consiguió? La única maldita aventura y emoción que tuvo fue perseguir a las mujeres malayas bajando los senderos del kampong en Geylang. Un verdadero cabrón para las chicas, sí. Perseguía a cualquier cosa que se moviera dentro de un sarong. Le conoces?
   No. Pero le vi una vez en una boda. (S.P.: 18-19)


     Los elementos culturales que el autor manifiesta en esta escena ritual de encuentro, constituían, como se dilucidará en el posterior desarrollo de la novela, los pilares esenciales de la identidad de los euroasiáticos. A la base de todos ellos se ubica la pertenencia a la cristiandad. Sin ninguna excepción, los principales personajes euroasiáticos de cada una de las novelas se comprenden -tal y como lo aclara la primera pregunta- en primer lugar como miembros de una comunidad de seranis abarcable y firmemente soldada que, como se sugiere en el prólogo de People of the Pear Tree, no son solamente descendientes de la relación entre portugueses y malayos, sino que ante todo también son descendientes de las primeras comunidades luso-católicas de Malaca. De una de las comunidades, de las que el párroco Futado, quien ya en 1641 lamenta la escasa identidad de su comunidad con Portugal, sabe ya:

              [...] en su interior sabía que siglos después de aquel Año del Señor de mil seiscientos cuarenta y uno, quizá hasta tres siglos después, los descendientes de esta gente sencilla cometerían los mismos pecados: los pecados de la lujuria, envidia, gula, pereza... (p. 15)           

     De hecho, en las novelas se van a determinar los sucesos y los caracteres de los descendientes, como asimismo se indica en la escena del encuentro, por medio de los pecados del apetito carnal. Tal y como el autor hace saber al lector, su comportamiento respecto a este punto no se diferencia en nada del de las otras etnias, a pesar de que las últimas no gocen de la misma reputación que las primeras. Así pues, en la novela The Shrimp People, sólo los constantes deslices de su marido chino empujarán finalmente a la veleidosa protagonista Bertha Rodrigues a los brazos del servicio secreto indonesio. También el cuñado de Bertha, el maestro Ben Machado, es víctima antes que autor, dado que es su compañera china la que se le echa en brazos en el oscuro pasillo de la escuela y quien intenta seducirle.

     Los otros reproches que, al igual que la inmoralidad ya mencionada, resuenan como acusaciones de la historia de Katrin Lim Kenneth Jerome Rozario son sólo justificables hasta cierto punto. Bien es verdad que gustan de comer, beber, y festejar, pero no son vagos en el sentido real de la palabra. Puede que únicamente les falte la actitud de los europeos y chinos frente a una lucha implacable contra los elementos. A este respecto su comportamiento es malayo: [357]

              Es la cultura malaya que hemos heredado. El tidak apa, la actitud del que se queda de brazos cruzados, el apa boleh buat [qué le vamos a hacer]... la filosofía del pescador. Combatían a los elementos cuando tenían que hacerlo. Pero sabían que no podrían desafiarlos cuando el cielo estuviese ennegrecido, los vientos aullando y el mar enojado batiéndose en espumas. Sin embargo reían y bailaban con mayor frecuencia que los chinos o los europeos. La vida siempre era buena. Los sufrimientos que venían eran inevitables. Así eran los mares y los dioses. (S.P.: 199)           

     Por lo general, los malayos estaban considerados, aunque se distancien de ellos en el ámbito religioso, como los verdaderos hermanos y hermanas:

              [...] A pesar del enorme abismo religioso entre ellos, ella consideraba a los malayos como nosotros. Hablaba su lenguaje. No de forma muy competente pero en el lenguaje de la gente común. Conocía sus supersticiones y, lo cierto es que ella misma dependía de muchas de ellas. Con James en las fuerzas tenía más amigos malayos de los que había tenido nunca. (S.P.: 42)           

     Por este motivo es mucho más sorprendente que en tiempos de crisis tales como durante los disturbios de Maria Hertogh, en los que el sector de la población malaya se dirigió contra los señores coloniales británicos [diciembre 1950], se atacara también a los euroasiáticos.

     James estaba completamente trastornado porque la población estaba atacando a los euroasiáticos. Le asustaba. Nunca antes le habían tratado como si fuera de otra raza. Bueno... aparte de la época japonesa. No eran aceptados por los europeos. No eran europeos. Era justo. Pero los europeos sabían que eran leales al rey. Sabían que los entendíamos mejor que cualquier otro pueblo de Singapur. Y hablábamos inglés. No el pidgin que habla cualquier chino. Pero hoy, estos malayos iban a por nosotros. Esto le apartó. Le aisló. James estaba preocupado. Mierda. Éste es nuestro país... (S.P.: 43)

     La postura ambivalente de los euroasiáticos se expresa de forma muy explícita en las citas expuestas. Rechazado por los europeos, de una parte se sienten como variedad de los malayos. De otra también se contrastan con estos y con los chinos -los hindúes, el otro gran grupo étnico de Singapur, no se mencionan en las novelas de Shelley- a causa de su pertenencia al cristianismo, por sus conocimientos occidentales y por el dominio de la lengua inglesa -en el mejor de los casos el portugués sólo lo hablan las abuelas, el resto chapurrea algunas frases. Además, las mujeres seranis adoptan de nuevo un papel muy particular:

     Al igual que la antecesora malaya, la descendencia femenina también se caracteriza por un comportamiento extravagante y renitente que las diferencia de las asiáticas tanto como de las europeas, y al que aún hoy y en el exilio se alude no sin orgullo: [358]

              John servía whiskys por todo su alrededor. Observé que servía cinco vasos. Sylvia se sentó con nosotros, cogió un vaso y lo levantó a la salud de Old Joe.           
   Eso es una serani, comentó Old Joe, bebiendo whisky.
   Muchas mujeres chinas beben, explicó John a Ray, incluso hoy.
   [... ] beber y fumar dio a las chicas seranis un mal nombre a los ojos de los chinos y de los malayos.
   Sí. Al principio se consideraba que nuestras chicas estaban perdidas, dijo Sylvia.
   También porque salían con europeos. (S.P: 173)
   [...] Cogerse de las manos en público era algo que sólo hacían las desvergonzadas euroasiáticas. Nosotras no teníamos las tradiciones de los chinos o de los malayos como para contenemos. O retardamos nuestra asimilación de las nuevas ideas. Teníamos ideas victorianas, sólo que sin una larga historia. (S.P.: 174)
   [...] No se debería olvidar nunca que todos los euroasiáticos proceden de un varón europeo y de una mujer asiática. Esto es de suma importancia.
   [...]
   La mujer educa a los hijos. Ella les marcaba con sus costumbres asiáticas. Pero si casarse entre parientes no hubiese estado prohibido, probablemente hubiéramos sido distintos y nuestra cultura más europea.
   Entendido. Pero la mujer serani no castra a su marido como lo hacían las mujeres peranakan [gente nacida en la localidad, chinos baba o chinos straits]. A él no le podían sujetar, dijo Joe.
   No eran mujeres tan fuertes, Joe, dije. No tenían el acero de las emigrantes chinas.
   Acero. Esa es la palabra que utilizó el doctor Blake en el título de su artículo sobre las mujeres euroasiáticas, Orquídea de Acero, dijo John.
   Un mal título. La orquídea no es una flor lo suficientemente llamativa. Tiene que ser algo ostentosa, elegante, de un color fuerte. Pero no la flor-zapato, dijo
   Qué es una flor-zapato? preguntó Ray.
   El hibisco. (S.P.: 176-77)

     Las formas de comportamiento mencionadas, que evidentemente extrañan el recato asiático tanto de las chinas como de las malayas y que hacen aparecer a las mujeres de Serang como si se tratara de mujeres ligeramente perversas pero abiertas, seguras de sí mismas y llamativas, son también determinantes en el curso de la novela para la descripción de caracteres de cada una de las protagonistas solteras.

   De esta forma, todas ejercen una profesión (por ejemplo como secretaria en un puesto de responsabilidad, como representante de artículos deportivos y como agente secreto) y son activas en el deporte (hockey, natación). En el trato con sus contemporáneos asiáticos masculinos son muy directas y no tienen pelos en la lengua. Así por ejemplo Vicky Viera de Island in the Centre suelta incontroladamente un discurso de insultos cuando un joven chino, y su posterior amante, la sobrepasó con su coche por la carretera: [359]

              Hijo de puta! Es que te crees que la carretera es de tu abuelo?eh?           
   Estaba rígido por el sobresalto de estar viendo a una mujer que conducía y además malaya, y por encima de todo una mujer jurando con las palabras más groseras. Su boca se le quedó abierta por la sorpresa.
   [...]
   Mantuvo silencio mientras ella seguía encolerizada con él. Imbécil! Cuándo te has sacado el permiso de conducir? eh? Ayer? Podrías haberte cargado el Ming [carro de bueyes], cabrón. Y a ti mismo también, estúpido. A dónde te crees que vas? Esta es una carretera principal! Idiota!
   [...]
   Vio a una mujer de hermosos ojos redondos, ahora rojos de cólera, de piel morena, de proporciones perfectas. Observó sus labios llenos y su boca mientras ella le espetaba sus insultos. Vio el fuego en la mujer extraordinaria, una mujer que conduce un automóvil, una asiática comportándose como una Ang Moh, pero más encantadora que cualquiera de las mujeres de color blanco enfermizo Ang Moh que había visto. (p. 98-99).

     De la misma forma que el asiático se siente molesto frente al comportamiento occidental de las seranis, los hombres europeos, que al igual que sus compañeros de sexo asiáticos estaban hechizados por su belleza, critican las costumbres malayas de estas mujeres tales como la superstición (S.P: 386, 388), su aferramiento a la medicina tradicional y su práctica (S.P.: 384), su fuerte vinculación a la familia con las obligaciones que ello implica (como la comida familiar de los domingos después de ir a la iglesia) (S.P.: 391-192), la conducta incivilizada (a modo de ejemplo el comportamiento impúdico durante la misa, permitir que los niños orinen públicamente y fumar en las comidas) (S.P.: 393-395). También se percibe como un problema el proceder de las seranis en un entorno extraño. Aquí la mujer, que de lo contrario es capaz desarrollar tanta fuerza como el acero del casco de un barco en un mar tempestuoso, sigue siendo una niña que se desenvuelve desconcertada en el mundo desconocido de monstruos caníbales -ogros- y arco iris (S.P.: 396-397).

     En territorio propio, sin embargo, la serani se muestra, como tantos otros miembros de su comunidad, de un valor incalculable para la sociedad y para Singapur. A pesar de sus peculiaridades, nunca pierde el sentido del deber para con su pueblo.

     De esta manera, las dos protagonistas femeninas de las novelas Shrimp People y Island in the Centre deciden, llegado el caso, sacrificar en beneficio de su país su amor hacia un miembro del campamento enemigo:

     Bertha Rodrigues, la hija obstinada e impulsiva de James Rodrigues, funcionario de policía siempre comprometido con el bienestar de los singapureños, la cual en un principio de forma irreflexiva pero más adelante consciente se alista en el servicio secreto indonesio, denuncia finalmente al hombre que ama, porque así puede impedir la invasión indonesia de Singapur. El personaje [360] serani de la novela Island in the Centre, Victoria Viera, va más lejos aún que Bertha, y de un tiro mata a su amante japonés cuando éste amenaza con descubrir el movimiento clandestino anti-japonés que dirigía su ex-amante.

     Por consiguiente, ambas mujeres cumplen su deber para con Singapur, su patria. Para el lector que no lo haya comprendido así, Shelley concluye su primera novela con las siguientes palabras:

              [...] Y Bertha. Cumpliendo con su deber. A pesar de sus sentimientos. [...] Bertha, mujer, serani, singapureña, atrapada en las corrientes de conflicto y su pasado, adherida a su familia, a su gente, a su hogar. (S.P.: 475).           

     Para el lector que aún pudiera protestar y argumentar en contra de esta exposición patriótica de los hechos, que con su forma de proceder los seranis en definitiva encubren a los señores coloniales, actuando consiguientemente en contra de los otros singapureños, para este lector, el narrador del primer libro tiene preparado un comentario explicativo, en el que hace corresponsable a los malayos de este comportamiento.

     En contraposición a los chinos de Hong-Kong y Taiwan -según el argumento-, los malayos habían rechazado a los mestizos, de manera que estos no podían ser reabsorbidos en la sociedad a través del matrimonio. Por este motivo tuvieron que mantenerse como grupo (S.P: 214) y ponerse del lado de aquellos que eran sus amigos.

     Así pues, la exclusión por parte de los malayos se denomina como factor determinante para la formación de la sociedad de los euroasiáticos portugueses. Con ello se contradice el punto de vista de Roland Daus, cuya obra Portuguese Eurasian Communities in Southeast Asia(465), explícita en la novela The Shrimp People es comentada por los protagonistas y tildada de solemne di Sparate (S.P: 241). Éste argumenta que los portugueses son esencialmente un fenómeno social y político y no biológico. No es la descendencia, que en cualquier caso es difícil de demostrar, la que amalgama este grupo ilustre de muchos tipos de chinos en 'auténticos' malayos, sino la aspiración de acercarse lo más posible al poder de los señores coloniales (1983:349-350). A continuación la respuesta a estos argumentos de los personajes de la novela:

              Eh, eh, eh... escuchad esto. 'No tenían pruebas de su origen europeo'. La cara, hombre. Es que ese tipo no ha visto nunca a un serani? (S.P: 241)           
   o
   Y dice que la mayoría de los euroasiáticos reivindican injustamente haber descendido de los portugueses... [361]
   Lo que es cierto, dijo Joe, es que la vieja sangre portuguesa se ha diluido. Sin duda. Pero la ascendencia está ahí.
   Tú crees que los ancianos hubiesen aceptado que viniese cualquier goano con un nombre como Da Costa entre ellos? (S.P.: 242)
   o
   [...] Cargo con autoridad! Cuándo habrá tenido un serani un 'cargo con autoridad'? (S.P.: 243)

     Ser serani significa más que nada haber tenido acceso a la condición privilegiada de esclavo de palacio. Cargos que tras la independencia fueron eliminados paulatinamente, lo que obligó a algunos seranis a abandonar Singapur y emigrar a Australia:

              Aquellos de los nuestros que están aquí no fueron felices en casa. Tú sabes que el gobierno del PAP llegó como socialista, pero ahora los más pobres no tienen ni siquiera una oportunidad.           
   Si no eres listo, dije.
   Mira los euroasiáticos, dijo Sylvia. Hace dos generaciones eran la clase privilegiada. Los esclavos de palacio. Tenían los mejores puestos en la policía, en los barcos, en las escuelas. Ellos estaban muchísimo mejor educados que los demás. Ahora son uno de los grupos más pobres... por lo general.
   Simplemente perdieron su estatus privilegiado.
   Así que vas a probar fortuna en Australia?, dijo Ray.
   No. Se consigue un nivel de vida mucho mejor con un esfuerzo razonable en el trabajo, dijo Sylvia. (S.P.: 219-220)

     Aquellos que se han quedado en Singapur se han adaptado a las nuevas condiciones, se han transformado, se han convertido en un componente esencial del nuevo sistema y han tomado partido en favor de las nuevas fuerzas étnicas. De la cultura serani han permanecido únicamente rudimentos e incluso estos, en opinión del narrador del primer libro, están dando su último aliento (S.P. 72), Hoy en día se comprende singapureño fundamentalmente como un ciudadano diametralmente opuesto a los malayos rurales y a los pequeños campesinos chinos (S.P.: 341-342). Únicamente el interés actual por las minorías permite el restablecimiento del interrogante sobre las propias raíces (S.P.: 72), con lo que, tal y como se ha mostrado, se acentúa con gran intensidad la herencia malaya y no la portuguesa. Incluso el comportamiento llamativo y apariencia de las seranis es atribuido al papel de marginada de su ascendiente malaya, y no se adscribe al temperamento ibérico y/o europeo. El elemento europeo sólo sirve como aclaración de la fisionomía discordante.

     Pero estas son cuestiones relativas al pasado. Con respecto al futuro, se supone que al cabo de dos generaciones la preguntas concernientes al genotipo ya no van a ser relevantes, porque los chinos euroasiáticos habrán contraído matrimonio: [362]

              Esa es la solución, dijo Ray, Toda esta preocupación por el color de la piel. Si los británicos y los portugueses se hubieran casado con chinos, todos vosotros seríais sucios blancos amarillentos y no habría ningún problema.           
   Es la última generación la que se preocupa por el color, Ray, dije.
   No, no es la última, dijo el viejo Joe. Es la anterior a la última. (S.P.: 220-221)

     Culturalmente, los euroasiáticos que han permanecido en Singapur, conclusión a la que Ronald Daus ya había llegado, se habían añadido a la corriente mayoritaria. Evidentemente aún es problemático el color de la piel que había caracterizado a los euroasiáticos como tales y que, según declaraciones del autor (entrevista), los había tildado de negros de Singapur.



III. LOS MARGINADOS

     Hamilton-Shimmen, entre otros, tematiza en su novela autobiográfica Season of Darkness el hecho de que la compresión racial de los singapureños constituya un problema y que el vínculo matrimonial entre euroasiáticos y chinos no pueda ser el último recurso. Thomas Siddon, el protagonista, de procedencia inglesa por parte de padre y euroasiática (malayo-portugués-holandés) por parte de madre, abandona finalmente Singapur, a pesar de tener a chinas por compañeras, para ir al país de su padre. Para él no se realiza el sueño de una convivencia con igualdad de derechos de todos los grupos étnicos en un Singapur independiente. Constantemente se siente discriminado, en especial por los chinks.

     Lo interesante en esta novela es que de ninguna manera se describe a la comunidad euroasiática como un grupo cerrado -como una etnia.- De esta forma, Siddon no sólo informa al lector de que los mestizos ya se hallan divididos entre sí a causa de sus ancestros europeos -los euroasiáticos de procedencia inglesa de la primera generación miran por encima del hombro a los portugueses de Malaca, porque estos últimos ya están alejados varias generaciones de sus raíces portuguesas (p. 497)-, sino que también transmite una imagen que muestra solitarios a quienes no manifiestan interés por ninguna vida en comunidad organizada étnicamente: su padre inglés mantiene alejada a su madre euroasiática de la comunidad británica porque no la quiere exponer a ninguna discriminación. Por su parte, ella tampoco introduce a su marido y a su hijo en su propio grupo, completamente dispuesto, sin embargo, a prestar ayuda en épocas en las que la madre descuida al joven Siddon. Así pues, en varias ocasiones se le procura alojamiento en familias portuguesas de Malaca, con lo que él se pone en contacto con sus tradiciones cristiano-ibéricas, que sólo le son familiares por los relatos de su madre. [363]

     De esta forma salta a la vista que, a diferencia de la descripción de Shelley, esta obra hace hincapié en la escisión de los euroasiáticos entre sí. No obstante, al mismo tiempo no se trata únicamente de hechos sociales, sino que más bien refleja la disyuntiva del protagonista, que se ve arrastrado de un lado a otro entre dos mundos. Así, a lo largo de la novela se evidencia el mundo inglés como el más positivo y el portugués de Malaca como el negativo. El primero ofrece una vida segura y más confortable en una casa con jardín y empleados, lo que supone una educación cariñosa, abierta, en una guardería, mientras que la última es equiparada a una vida dura en la pobreza. Y es que tras la ocupación japonesa, durante la que el padre es asesinado por el ejército, la madre de Siddon prefiere llevar una vida en la irresponsabilidad y vivir en un entorno miserable como subinquilina en casas de chinos, en lugar de emigrar a Inglaterra con su hijo y mudarse a un apartamento estatal.

     De nuevo el lector se ve confrontado a una imagen negativa de los euroasiáticos portugueses. Cierto es que el protagonista representa a su madre primero como una mujer fuera de lo común, que, completamente sola, abandona Malaca en sus años jóvenes para encontrar trabajo y suerte en Singapur -en este punto pueden establecerse paralelismos con los personajes femeninos de Shelley-, pero que tras la pérdida de su marido lleva una vida resignada sin deseo de transformaciones. Con esta mentalidad indolente interpretada como una norma social de los portugueses de Malaca -recuérdese aquí la actitud tidak apa descrita por Shelley- choca con la incomprensión de su hijo. Él prefiere el sistema de valores de su educación inglesa y del Singapur moderno(466):

              [...] había sido criado como un inglés por su propio padre, desde el nacimiento, y en Melrose, cuando era un niño, y creciendo en un Singapur moderno rápidamente cambiante después de la Segunda Guerra Mundial, en una sociedad dominada por los chinos, había adquirido un nuevo código de valores en relación con aquellos que su madre había mantenido como sagrados. Thomas mejoraría su destino antes que aceptar dócilmente lo que la vida le ofrecía. (P. 344)           

     De esta manera se abre paso en la vida y consigue, a pesar de todas las adversidades como su implicación en una banda juvenil callejera y su prematuro abandono de la escuela, hacer carrera profesional como empleado en un negocio de marketing. En los años setenta, sin embargo, una vez que los británicos hubieron abandonado definitivamente Singapur, las cosas se tornan paulatinamente distintas para Siddon. Sus patronos chinos le despiden y no encuentra ningún otro empleo, ya que los que una vez fueron escolares chinos [364] comienzan a reclamar los puestos de trabajo para sí. Amargado, debe admitir que los euroasiáticos, como él, no van a ser aceptados por mucho más tiempo (p. 627). Recordando su procedencia malayo-portuguesa, reclama judicialmente su puesto en la sociedad de Singapur con el argumento de que los euroasiáticos fueron de los primeros pobladores de la ciudad:

              [...] Seguramente los primitivos euroasiáticos de Singapur, que habían sido los primeros en bajar de Malaca y sus descendientes tras ellos, tenían más que el derecho de inmigrante sobre los recién llegados, a quienes no se les había atraído a la isla hasta recientemente, una vez que ésta se había vuelto próspera? Estos euroasiáticos y sus descendientes, que habían nacido en Singapur, [...] habían sufrido la brutalidad de la Ocupación japonesa así como la predisposición colonial británica impuesta a todos antes y después de la Ocupación y la pobreza de aquellos días; por qué su contribución a la isla no contaba para nada? Catorce días antes, en 1959, cuando el Partido de Acción Popular llegó por primera vez al poder, Lee Kuan Yew había incluido a los euroasiáticos en su llamada a colaborar en la construcción del país, y entonces había confiado en los funcionarios euroasiáticos que él había heredado de los británicos para que continuasen la excelente tradición del servicio civil establecida por los coloniales. A Siddon le parecía ahora que [...] en 1979 a la comunidad ya no se le consideraba más como el cuarto elemento de la población nacional. A los euroasiáticos se les había dejado al margen. (P. 630).           

     Incluso esta reclamación de los derechos adquiridos no asegura al protagonista un puesto indiscutido en la sociedad. Sin soportar esta segregación por más tiempo, emigra finalmente a Inglaterra.

     De modo que al lector se le presenta un euroasiático que rechaza la cultura portuguesa de Malaca de su madre por su falta de ambición y por su postura resignada frente al destino. Atrás queda la impresión de que los miembros de esta etnia viven en la pobreza y de que no se preocupan por la mejora de su situación ni por la de su familia, sino de que viven al día. Con ello, la imagen de Hamilton-Shimmes sobre los euroasiáticos portugueses se aproxima a la de Katrin Lim, como ya se ha mencionado en un principio, situándose en crasa oposición a las representaciones de Shelley de seres humanos comprometidos social y familiarmente.

     Contrastando con la declaración del narrador de Shelley de The Shrimp People, tampoco el protagonista principal de Seasons of Darkness consigue, a pesar de su ambición, trabajo sin tregua y de su matrimonio con una china, afianzar su puesto en la sociedad de Singapur. Incluso fracasa en su intento de reclamarlo a consecuencia de su sangre malayo-portuguesa, como son of the soil. El rechazo de la mayoría china que ha llegado al poder se manifiesta con demasiada fuerza. El descendiente de la etnia de portugueses de Malaca, que desde hacía más de quinientos años habitaba en las islas, rompe, definitivamente, con sus raíces asiáticas y se busca una nueva patria en el país de [365] sus antepasados, después de que ya su madre hubiese cuidado muy poco la cultura de sus ancestros.

     Como en las novelas de Shelley, también aquí se diluye gradualmente el mundo de los euroasiáticos portugueses. La vida de esta minoría resistente y bizarra de origen colonial parece haber llegado al final de su historia.

     Teniendo en cuenta la introducción de la mencionada política étnica del gobierno y al subsiguiente aumento del interés hacia la cultura portuguesa -sea políticamente oportuno o conscientemente deseado por cuestiones de delimitación- solamente queda esperar si los euroasiáticos que aún viven en Singapur no se apropian de nuevo de una identidad de algún modo lusitana. El interés del aprendizaje de papía-cristâo podría constituir un indicio de la consolidación, o mejor dicho, de un resurgimiento renovado de una subcultuya portuguesa. Con ello se está un poco más cerca del paso dado por Bernard Sta María de Malaca, quien en su libro My People my Country (1982) propaga no sólo la pertenencia a la civilización luso tropical como dice Gilberto Freyre (1982: 16-17), sino que se emplea a fondo como político completamente encauzado a luchar por el beneficio de los portugueses que se habían quedado, de la geragok-people de Malaca.

     Otros factores que hablan a favor de que todavía no se ha escrito la última palabra sobre y por los portugueses euroasiáticos, son:

     1. el hecho de que el gobierno estime que los euroasiáticos puedan contribuir en gran medida con su mixed cultural heritage a una comprensión recíproca y a la tolerancia frente a cada una de las otras etnias. (Straits Times: 4-XI-1991: 21)

     2. Brasil está considerado -y con ello indirectamente el modelo lusitano/portugués-euroasiático de pueblos y mezcla de culturas- como el ejemplo de una conseguida integración de diferentes grupos de razas y culturas.(467)

     3. el fenómeno constatable de una etnicidad creciente en las grandes ciudades que evidentemente sirve a los individuos como un punto de orientación y diferenciación en la vida de la gran ciudad, en su heterogeneidad casi inabarcable e intangible.(468) [366]



BIBLIOGRAFÍA

     BRAGA-BLAKE, Myrna: Growing up Eurasian Singapure Enero.: 12-16 1993.

     CLAMMER, John: Singapore. Ideology Society Culture. Chopmen Publishers, Singapur 1985.

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     DAUS, Ronald: Portuguese Eurasian. Communities in Southeast Asia. Institute of Southeast Studies, Singapur 1989.

     FERNANDO, Lloyd: Scorpion Orchid. Heinemann Education Books Asia, Kuala Lumpur 1976.

     HAMILTON-SHIMMEN, Wilfred: Seasons of Darkness. Wilfred Hamilton-Shimmen, Selangor y Singapur (?) 1993.

     KINTANAR, Thelma B.: Self and Society in Southeast Asian Fiction. Institute of Southeast Asian Studies, Singapur 1988.

     KONG, Chiew Seen: Nation-Building in Singapore: An Historical Perspective en: In Search of Singapures National Values. Ed.: Jon S.T. Quah. Institute of Policy Studies, 6-23, Singapur 1990.

     LIM, Catherin: Or Else. The Lightning God and Other Stories. Heinemann Educational Books Asia, Singapur 1982.

     QUAH, Jon S.T. (Ed.): In Search of Singapores National Values. Institute of Policy Studies, Singapur 1990.

     SHELLEY, Rex: The Shrimp People. Times Books International, Singapur 1991.

     SHELLEY, Rex: People of the Pear Tree. Times Books International, Singapur 1993.

     SHELLEY, Rex: Island in the Centre. Times Books International, Singapur 1995.

     STA. MARIA, Bernard: My People my country. The Malacca Portuguese Development Centre, Malaca 1982.

     Straits Times (1991-1995). 4-XI-1991: 21; 28-III-1992: 32; 26-X-1991: 1; 14-XI-1992: 32; 31-III-1994: 21; 11-VII-1994: 1; 12-II-1995: 22.



     [Traducción del Alemán (y del inglés): Carmen Gómez] [367]



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El primer barco español en el Japón Bakumatsu

Florentino Rodao



     Creemos interesante ofrecer íntegro el texto de este oficio con el primer barco español que visitó Japón en el período Bakumatsu, cuando éste país se debatía entre mantener el viejo orden establecido a principios del siglo XVII tras la unificación del país o abrirse de nuevo a la influencia y la tecnología extranjera. La visión comparada de Japón y de China a cargo del comandante del buque español resulta extremadamente interesante por reflejar el bagaje típico de los españoles educados sobre esas regiones del planeta de las que se sabía tan poco. Haber sido leído en Palacio Real, además, resalta su importancia porque muestra no sólo las personas que lo leyeron sino también la consideración que se le dio: el informe fue un creador de imágenes en pequeña escala. El balance entre la apertura de un país y la introversión del otro ha sido una conclusión constante al comparar a China y a Japón, tocándole en esta ocasión a Japón el mejor papel.

FLORENTINO RODAO



     El Teniente de Navío D. Eugenio Sánchez y Zayas, Comandante de la Corbeta Narváez con oficio de ayer me dice lo siguiente: En mi comunicación número 1 de 15 de mayo di cuenta a V. I. de la llegada de esta Corbeta a Shanghae y de haber allí repuesto el combustible y diversos efectos de consumo de la máquina. El 16 de mayo al amanecer salí de aquel punto para el golfo de Pecheli. Durante aquel día descendí el Río Wosung y el Yang-tse-kiang y por la tarde, fuera ya de la barra de este último me dirigí hacia el N. a través del mar amarillo. Durante la navegación encontré vientos calmosos y tiempos bonancibles. El 18 por la tarde avisté la península de Shang-tung que se dobló aquella noche. Al día siguiente atravesé el Archipiélago de Mian-bass y después de pasar a la vista de los bajos de Sha-sui-tien di fondo enfrente de la barra de pei-ho el 20 a las 4/2 de la tarde. [368]

     Allí estaba la Fragata francesa Semíramis que había salido de Wosung una semana antes que esta corbeta de Shang-hae. A excepción de este buque que se hallaba allí aguardando el regreso del Almirante Taurés que había ido a Tientsin, ninguno otro había en el fondeadero. Dentro del río estaban tres o cuatro mercantes de poco porte.

     Desde la última guerra en China los franceses y los Ingleses ocupan los fuertes de la entrada de Pei-Ho, guarneciendo estos de la derecha y aquellos el de la izquierda del río. Tienen allí unos pequeños destacamentos al mando de oficiales de Marina. Una cañonera de hélice inglesa estacionada en Tien-tsin y una goleta de vela francesa en los fuertes, mantienen las comunicaciones a lo largo del río entre los Embajadores aliados residentes en Pekín y la boca del Pei-ho, y sirven al mismo tiempo para consolidar las relaciones de esas potencias con la china recordando a los mandarines del Celeste Imperio la visita, poco para ellos agradable, que no hace mucho tiempo recibieron de las flotas europeas. Los fuertes de la entrada del Pei-ho debían sino [sic] me engaño evacuarse en la actualidad por las tropas aliadas, pero a causa de algunas complicaciones que han surgido con el Gobierno de china no tan solo no se evacuan por ahora, sino que el Almirante Francés ha reforzado su guarnición con gente de la Semíramis durante el tiempo que yo he permanecido allí.

     Desde luego la Narváez no podía, a causa de su tamaño entrar en el río y las noticias que allí se adquirieron no hicieron más que corroborar lo que ya se sabía desde Manila. Esto es, que por el Pei-Ho no pueden navegar mas que buques de muy corto calado. Nuestro Ministro Plenipotenciario no consideró conveniente deber ir a Tien-tsin sino en un bajel de guerra. Se puso en relaciones con el Contra Almirante francés, quien puso a su disposición la Cañonera Kien-chan (pequeño buque de ruedas agregado a la Semíramis) que se hallaba en Tien-tsin con dicho contra-Almirante en la época de nuestra llegada. El vapor Kien-chan bajo el río hasta Ha-kú para transportar nuestro Ministro. El 25 por la mañana salió a bordo dicho señor con toda la Legación en botes de la Corbeta que lo condujeron al fuerte francés, donde se embarco en el Kien-chan. A su salida de la Narváez fue saludado al cañón con arreglo a la ordenanza y a su paso en nuestros botes por enfrente de los fuertes fue saludado igualmente por los ingleses y los franceses, a cuyos saludos contestó esta Corbeta.

     El fondeadero del pei-ho es de lo más malo que se encuentra en el ámbito de la mar. Lo es en tanto grado que comparado con el se puede decir que el de sacrificios enfrente de Veracruz es cómodo, seguro y abrigado. En el Pei-Ho se deja caer el ancla enfrente de la costa en el paraje que mejor parece. No hay abrigo de ningún viento, la mar es siempre mucha, los tiempos reinantes en el golfo de Pe-chili no son siempre buenos, la distancia a la tierra es enorme y con suma frecuencia no se puede barquear. El día de mi llegada procure acercarme al río todo lo posible a fin de facilitar el desembarco de la Legación. Fondeé [369] pues en cuatro brazas escasas a 7 millas de tierra, dejando la fragata francesa, única compañera que tenía en aquel paraje, otras cuatro millas mas afuera de esta corbeta. Durante la noche bajó la marea (pues casualmente fondeé en pleamar) y no quedó mas agua que la que necesita estrictamente la corbeta para flotar con el mar en calma. Pensando estaba en enmendar de fondeadero antes que volviera a bajar la marea, cuando entró un mal tiempo y tuve a toda prisa que encender la máquina e irme tres millas mas afuera, quedando así a 10 de la boda del río. La Fragata Semíramis, sin embargo, de estar a 11 o 12, tuvo también que enmendarse e ir a parar a 15 millas de distancia, antes de encontrar agua proporcionada a su mayor calado. Un bote que se envió a tierra al día siguiente de nuestra llegada tardo 40 horas en regresar. Y aún cuando se combinaron después las horas de salida de las pocas embarcaciones que fueron a comunicar con los fuertes, de manera que coincidieran con las de las mareas, no se pudo conseguir que un bote que fuese al río estuviera de regreso a bordo antes de 18 ó 20 horas.

     Allí no se debía quedar por tanto mas que el tiempo absolutamente indispensable. La Fragata francesa había ido tan solo para que fuese su Almirante a Tien-tsin y estaba guardando por momentos su regreso para irse a otra parte. Me puse pues de acuerdo con el Ministro Plenipotenciario sobre la inversión del tiempo que debía permanecer allí la Corbeta y se convino en que fuera a recorrer el Golfo de Pe-chili volviendo al Pei-Ho antes de la época en que en que debía dejar definitivamente aquellas aguas. El 25 desembarco la Legación y el 26, tan luego como regresaron los botes, salí a la vela de aquel fondeadero, en busca de otro paraje menos malo.

     Como en la costa del Pe-chili, sin embargo de ser todo un golfo imperial, no hay puerto ninguno, ni bueno ni malo, proyecté ir a la Gran Muralla, pues teniendo que fondear el barco enfrente de cualquiera playa valía mas estar allí donde siquiera había algo que ver. Dirigí, pues, mi derrota en este sentido, pero al día siguiente se declaró un furioso temporal del N.E. con tanta mar y tanto viento, que después de luchar con él por espacio de algunas horas se hizo necesario arribar y buscar refugio donde refugiarse, sopena de llenar el barco de averías. Encendí pues la maquina el 28 al amanecer, salí del Golfo del Pechifi y me fui a las islas de Atiantan en el estrecho de este nombre dejando caer el ancla aquella tarde al abrigo de la isla de Chang-shan.

     En esta isla poblada, como lo está todo cuanto rincón hay en China, donde el exceso de población es causa de que falte materialmente tierra donde habitar, se encuentra un excedente fondeadero abrigado de los vientos del 1. y 4. Cuadrante que son los más tempestuosos en el Pei-hi. Sin embargo, de ser muy pequeña, cuenta cinco o seis aldeas cada una con 40 ó 50 casas y toda ella, lo mismo que las islas inmediatas, esta cultivada con esa minuciosidad y ese cuidado que se nota en los campos del Imperio Chino, país el mejor cultivado del [370] mundo sin exceptuar la misma Bélgica. Aparte de sus campiñas sembradas de trigo no hay allí otra cosa notable que una pagoda consagrada a la Virgen Vianhan, patrona de los navegantes chinos, donde la piedad de los marineros del mar amarillo ha depositado innumerables modelos de juncos y champanes de todas formas y tamaños, religiosas ofrendas en cumplimiento de votos dirigidos al cielo en una noche tempestuosa que podrían figurar dignamente en nuestros museos como muestras completas de lo que son los embarcamientos en este país.

     Esperé en Chang-shang que mejorara el tiempo y luego que abonanzó me dirigí a Heng-chang-fu que se hallaba a corta distancia y a donde me traslade en la tarde del 30 de mayo.

     Feng-chan es una ciudad de segunda clase en el orden jerárquico de las poblaciones chinas. Es decir, una población de primer orden después de las tres capitales, Pekín, Nankín y Cantón. Su nombre Hen-chang significa ciudad avanzada, lo debe sin duda a su colocación a la entrada del golfo de Pe-chili. Se halla rodeada por una muralla de formidable apariencia, cuya frente por el lado del mar ocupa una extensión de cerca de dos millas, muralla sobre la cual no se ve un solo cañón, pero que bien pudiera fácilmente recibir artillería.

     Cuenta 230.000 habitantes según me dijo el Chi-fu que la gobierna. Sus calles anchas y tiradas a cordel (cosa rara en china) están adornadas con una gran porción de extrañas construcciones de piedra, especie de arcos triunfales que las atraviesan, cuyos frontones de granito ostentan fantásticas esculturas y sendas inscripciones. Estas raras construcciones son momentos [sic] de todos tiempos elevadas por la vanidad de los mandarines que allí han residido y que han tratado así de perpetuar su memoria, carece casi completamente de comercio exterior y tanto por esta causa como por su mala rada ha sido tan poco frecuentada por los europeos que durante los últimos cinco años los solos buques que la han frecuentado han sido una cañonera francesa y otra cañonera inglesa.

     Con no poca sorpresa mía, pues no creía que hubiera allí mas que chinos, encontré en Heng-chang seis o siete misioneros protestantes anglo-americanos que se hallan establecidos allí desde hace cosa de cuatro años, los cuales desde el momento que llegó el buque vinieron todos a bordo con sus mujeres y sus hijos, ansiosos como es natural de ver caras blancas, y mientras que permanecimos allí todos ellos se esmeraron a porfía en semos útiles y agradables.

     Por medio del superior de esta misión que se brindó espontáneamente a servirme de intérprete me puse en relaciones con el Gobernador (Chi-fu) de Hengchang y, después de tener la seguridad de que me devolvería la visita fui a cumplimentarlo el día primero de Junio acompañado de los oficiales del buque. El Chi-fu nos recibió en su palacio, extraño aunque agradable conjunto de edificios rodeados de vastos jardines, en cuya entrada se veían los leones de piedra [371] (pero leones chinos, especie de animal quimérico que más tiene del tigre o del gato que del león) símbolo de la potencia del mandarín de alta jerarquía. Era mandarín de tercera clase (botón azul transparente) y se llamaba Yu-lang-yay. Según me dijeron los misioneros está emparentado con la familia Imperial. Por lo demás era Yu-lang-yay, como todos los altos funcionarios chinos, persona sumamente atenta y ceremoniosa, pues sabido es que la cortesía en China es tanta que ya peca en exageración. El Chi-fu nos recibió con salvas de artillería, nos hizo grandes agasajos, nos detuvo mas de dos horas con su compañía y nos obsequió con un refresco compuesto de cosas que tal vez sean comestibles, de alguno de cuyos platos el mismo Su Excelencia Yu-lang-yay se digno servirme con sus propios dedos. Un banquete chinesco no es ya hoy día ninguna novedad, pero es siempre una cosa tremenda, se puede añadir que un recuerdo horrible para los estómagos europeos. El nuestro comenzó por pepitas de sandía, siguió por dulces y frutas, continuó por carnes y mariscos y terminó por una infinidad de cosas sin nombre, productos químicos de la cocina china, condimentados con aceite de resina y presentados en mezclas de toda forma, color y sabor que fue preciso tomar, so pena de pasar por descortés, regando aquello con abundantes tibaciones [sic] de Sam-chu, bebida tibia que se extrae del grano de mijo, y con repetidas tazas de te hirviendo, con las que fuimos perseguidos desde el primer instante durante todo el tiempo de nuestra visita.

     Al día siguiente vino el Chi-fu a bordo a devolvérnosla, acompañado de sus principales empleados tanto civiles como militares, y trayendo además su hijo y un crecido acompañamiento. Transportado desde la playa en botes de esta corbeta, recibido al estruendo de la artillería y con los honores debidos a su cargo, permaneció a bordo cerca de 4 horas sumamente satisfecho. Visitó detenidamente todo el buque parándose largo rato delante de la incomprensible máquina, admirando aquel extraño artificio de hierro y bronce. Vio maniobrar la artillería y lanzar granadas a los cañones, uno de los cuales accedió a disparar por si propio, aunque sin poder conseguirlo, pues las delicadas y pequeñísimas manos del aristocrático mandarín, en todo semejantes a las de la más delicada señora europea, o por mejor decir iguales enteramente a las manos de la mas poderosa criolla americana, no pudieron hacer la corta fuerza precisa en el cordón de la llave del cañón para que el martillo rompiera el fulminante, y después de no pocas tentativas infructuosas tuvo que desistir de aquella empresa. Y por último, no se marcho de a bordo sin llevar consigo sendos papeles llenos de dulces de los bárbaros, que por mas señas le gustaron mucho (bien es verdad que para que gustaran a cualquiera mas que los suyos se necesitaba bien poco) y que de motu propio manifestó querer llevar a casa para que los probaran sus hijas.

     Creo poder asegurar que el dignatario chino quedó sumamente complacido de su visita al barco Español. Al despedirse para marcharse me dijo que deseaba [372] darme una comida en su casa y hacerme conocer a su familia, pero como el aceptarla hubiera sido el exponerme a tener que detener el buque allí demasiado tiempo (esto aparte de que una segunda y más completa prueba de la cocina del mandarín podría muy bien ser demasiado fuerte para mi naturaleza), me excuse con la necesidad de salir al día siguiente, pues tal era mi proyecto antes de la visita. Aquella noche, el preceptor del hijo de Chi-fú, mandarín de categoría inferior que también había estado por la mañana, mas traía ramos de flores y de hojas de té, enviados por la familia de Pu-lan-yay. No lo sé en verdad a qué atribuir semejante galantería, cuyo precepto no tengo noticias que se encuentre en ninguno de los libros de los ritos de la etiqueta chinesca.

     El día siguiente a medio día (3 de junio) salí de Teng-chang y me dirigí a la vela hacia la gran muralla. El 5 recalé sobre la costa de Tartaria y aquella tarde a las 4 di fondo enfrente de la Gran Muralla.

     Sabido es que este monumento es sin duda la obra más colosal ejecutada por la mano de los hombres, fue construido hace mas de 20 siglos por el Emperador Che-Hoang-Ti. Se dice que empleó 500.000 obreros y que la terminó en cosa de 5 a 6 años, pero en mi sentir esta cantidad de hombres y de espacio son demasiado pequeños para crear aquella enorme fortificación de mas de 1300 millas de largo, que comienza en la mar, cruza llanuras, atraviesa ríos, sube y baja altas montañas, salta vales profundos sin que su línea se vea interrumpida sino una sola vez en todo el trayecto por el río amarillo, por encima del cual no pudo echar un puente. Hasta hace muy poco tiempo los europeos no han tenido mas que noticias muy vagas de esta muralla y solo se sabía que su existencia era una realidad y no una fábula. Los viajes por tierra a través del Asia eran y siguen siendo punto menos que imposibles y las costas del extenso golfo de Liang-tung donde principia la muralla han estado completamente desconocidas hasta 1793, en que dos buques de guerra ingleses (Discovery y Alceste) navegaron por su parte meridional y vieron desde 8 a 9 leguas de distancia las torres de la Gran Muralla. Las dos guerras con China y más especialmente la última, juntamente con algunos trabajos hidrográficos ejecutados en 1859 y 1860 han servido para dar a conocer el golfo de Liang-tung, pero aún hasta hoy día son muy contados los europeos que han podido pisar la gran Muralla.

     El Embajador francés Barón Gros después de firmados en Tein-tsin los tratados de 1858 quiso visitarla y fue allí en el aviso de vapor Pregent. Este buque se acercó a la costa por la parte de china, es decir, por la parte inferior de la muralla, y tuvo que fondear a dos o tres millas de distancia a causa de los bajos que por aquel paraje despide la tierra. La embajada francesa saltó en la playa con mucha dificultad (bastante lejos de la muralla) pues los botes no podían atracar: pero los habitantes de las aldeas vecinas que habían acudido a ver el vapor se opusieron formalmente a que los franceses se acercaran a la muralla. [373] Reunidos en número de 300, a pie y a caballo, salieron a su encuentro y después de varias conferencias inútiles tuvo el Barón Gros que retirarse a su buque, a fin de evitar una lucha y no comprometer su posición por una excursión de recreo y curiosidad.

     Yo me atraqué a la costa de Tartaria con objeto de evitar los bajos que habían impedido aproximarse al Pregent, y encontrando muy limpia toda aquella parte pude fondear en 76 brazas de agua a menos de media milla al este del extremo de la Gran Muralla, que veíamos por su cara exterior, es decir, por la Tartaria. Por aquella parte la costa es tan sumamente limpia que yo no fondeé todavía mas cerca porque iba a la vela y se quedó en clama el viento al llegar allí.

     La Gran Muralla comienza a unas 150 varas de la playa donde forma una especie de herradura que contiene dentro una gran extensión de terreno y que es un verdadero reducto que defiende su flanco por el lado de la mar. Desde allí sale hacia el interior dirigiéndose como al N.N.O. a través de la llanura. Encuentra a corta distancia unas montañas de más de 2000 pies de altura por las cuales sube, ya formando escalones y ya cuestas, siguiendo las ondulaciones del terreno hasta la misma cumbre, en donde cesa de verse el fondeadero. El reducto donde comienza despide un estribo que avanza hasta la playa y penetra en el agua bastante mas adentro del límite de las mareas bajas de suerte que toda comunicación por tierra queda cortada entre la Tartaria y la China. Sin embargo, con el transcurso del tiempo y la falta de tiempo se ha ido amontonando la arena contra la muralla en algunos parajes cerca de la playa y en la actualidad pasan por allí de una parte a otra no tan solo las personas sino también los animales.

     En un libro publicado recientemente Souvenirs d'une ambassade en chine et au Japón por Mr. de Ettoges, agregado a la embajada del Barón Gros, se dice que la muralla desciende al mar por dos espolones o muelles paralelos.

     Esto no es exacto, pues no hay mas que el espolón o estribo de que acabo de hablar. Tal equivocación tiene por origen indudablemente la distancia y el punto desde donde la vieron los Franceses. Yo he pasado luego por el paraje en que fondeó la Pregent y parece desde allí efectivamente que una de las caras del reducto es otro espolón que avanza hacia el mar.

     En uno de los ángulos del reducto se eleva una pagoda de dos pisos cuyo interior está casi arruinado. Los chinos tienen la costumbre de poner letreros por todas partes. Las tablas y las tiras de papel con sentencias y versos de sus sabios y de sus poetas sirven para lo mismo en sus casas que los cuadros y las pinturas en las nuestras. Siguiendo esta costumbre, las paredes de la pagoda están adornadas con grandísimas lápidas de mármol negro, algunas de ellas, notables por su colosal tamaño, llenas de apretadas escrituras que, en mi profunda ignorancia del idioma y de las letras del celeste imperio he tenido el sentimiento [374] de no entender. Quizás allí se diga quienes fueron los constructores y en que época se levantó la obra que allí comienza, aunque también puede muy bien no ser aquello otra cosa que una recopilación de máximas de Confucio o de cualquiera de sus comentadores.

     La muralla tiene el mismo aspecto que las de todas las ciudades de primer orden que yo he visitado.

     Pudiera creerse que todas las fortificaciones en China son de una misma época, sino se conociera la repugnancia, el horror con que se miran en este país las innovaciones de cualquiera clase, por leves, por motivadas, por convenientes que pudieran ser, que tiendan en lo mas mínimo a atraer las prácticas establecidas. Aquí en este país donde todo, hasta lo mas trivial, esta reglamentado por leyes antiquísimas y por tanto muy veneradas, donde hace muchos siglos se creyó que todo había llegado a la perfección así en el orden moral como en el orden material: donde todavía se conserva esta creencia arraigada en el fondo de todas las almas, sin que para destruirla sea bastante el contacto con los europeos, considerados de buena fe en china, lo mismo por el pueblo que por el gobierno, como monstruos o como demonios; donde se rechazan sistemáticamente las ciencias y las artes de Europa, que se miran todas como inútiles o como perjudiciales, en este país son materialmente imposibles las innovaciones de ninguna clase. Se oponen a ellas las leyes y las costumbres. Las impide la misma constitución orgánica de esta sociedad cuya base fundamental es el respeto a lo antiguo, la veneración a lo pasado. En China se copia todo lo que existe, pero jamás se crea nada nuevo. Las infinitas embarcaciones que surcan sus ríos y sus mares son iguales a las que los surcaban hace más de dos mil años. Todas sus poblaciones, todos sus edificios son tan completamente semejantes, que se dice ordinariamente que quien ha visto un pueblo chino los ha visto todos. Su admirable sistema de canalización, su sistema de riego es general por todas partes. Sus medios de cultivo, sus procedimientos mecánicos, los productos de su industria son idénticos en todo el imperio, sin embargo de la diversidad de Chinas. Sus vestidos son uniformes en figuras, telas y colores y se vienen usando desde tiempos antiquísimos. En general y en revés palabras se puede decir que en China todo es igual o cuando menos muy semejante. Casi pudiera decirse sin pasarse de exageración que toda (?) la raza humana que puebla este país está fundida en el mismo molde. Tanta es la semejanza que tienen los chinos entre si los unos con los otros, y tan leves son en sus fisonomías estas diferencias que en las demás razas de la tierra sirven para distinguir una criatura de otra criatura de la misma especie.

     Una de las consecuencias de tal estado de general de cosas es que la Gran Muralla de China haya de ser forzosamente igual, como lo es en efecto a las murallas de Shang-hae [Shanghai], Heng-chan, Tien-tsin [Tianjin] o cualquiera otra de 1717 ciudades fortificadas que se dice haber en el Imperio. [375]

     Por la parte exterior que da frente a la Tartaria la muralla hasta una cierta altura está hecha con piedras negras que parecen pizarras y el resto con grandes ladrillos de color oscuro de tierra sin cocer.

     De trecho en trecho, a distancias de 300 a 400 metros, hay torres cuadradas que son propiamente los baluartes de aquella inmensa cortina. Todas las que vimos eran de dos pisos y de piedra de granito: en el primer piso tenían por cada frente tres sacteras [sic] de forma ojival (9 en total) y el segundo piso estaba almenado.

     Por esta cara inferior la pared está bastante deteriorada ya por la acción del tiempo ya también porque los habitantes de las aldeas inmediatas, que no son pocas, sueles al parecer utilizar los ladrillos de la muralla para construir sus casas. En algunos parajes están asimismo destrozadas las almenas, pero en general la obra en su conjunto se conserva en buen estado.

     Se conoce que tuvo un ancho foso y se conservan los vestigios. Pero la necesidad del terreno es muy grande en china y el arado del cultivador ha invadido hasta el mismo pie de la escarpa del muro.

     Tan luego como fondeó el buque, bajamos cual es natural a tierra, a recorrer la gran muralla. Un bote nos desembarcó en el mismo pie del estribo que avanza en la mar. A decir verdad los chinos y los tártaros no parecían al principio hallarse muy satisfechos con aquella repentina invasión. Mas considerando quizás por una parte que los bárbaros éramos muchas y bien armados y siendo por otra que todo el daño que se les hacía se reducía a recorrer y examinar aquel monumento, fueron poco a poco humanizándose y concluyeron por hacerse buenos amigos. El gran cariño que se profesa en todo el Imperio Celeste a las monedas de plata mejicana contribuyó poderosamente a cimentar esta amistad y después de algunas ligeras transacciones nos encontramos allí tan en nuestra casa como pudiéramos estar en cualquier otro fondeadero en la misma España.

     En una de las cortinas de la muralla estaba pintado un gran rótulo con letras europeas que se leía desde abordo y que decía Arcona, Monigt Preusse Fregatte. La vanidad nos tentó con aquel mal ejemplo y quisimos también dejar nuestro nombre escrito en aquella mole inmensa de ladrillo de 20 siglos. Volvimos pues a la mañana siguiente provistos de pintura blanca y cuando salimos de allí aquella tarde, se leía desde la mar en la Gran Muralla Narváez. Corbeta de S.M.C. 6 Junio 1864.

     Mientras tanto empezaba a darme cuidado la aguada del buque, cosa algún tanto difícil de reemplazar en el norte de china. En Shang-hae no hay mas agua que la del río, la cual es tan mala que los europeos han tenido que renunciar a ella. Se la mezcla siempre con vino o bien (lo que es más común entre las clases acomodadas) no se bebe mas que agua de soda o cerveza. En todo el golfo de Pe-chili apenas hay agua potable y la poca que se encuentra es generalmente [376] mala. Los chinos jamas beben agua pura. En cambio, están continuamente bebiendo té y se atribuye con fundamento tal costumbre a la mala calidad de las aguas que hay en el Imperio Celeste (y más especialmente a su parte septentrional) y a la necesidad de hervirlas para que no sean nocivas para la salud. Yo no había podido encontrar agua en las islas de Tian-tan ni en la ciudad de Teng-chan y tampoco la halle en las cercanías de la gran muralla. Pero teniendo noticias de que la había buena en Lia-sia-kuang a unas 7 leguas de allí, me traslade a esa población en la propia tarde del 6 de junio a la máquina por no haber viento.

     Lin-sia-kuang es una aldea de corto vecindario, habitada por campesinos. Su rada es bastante buena y se puede aproximar un buque a tierra a distancia de menos de media milla. Hay allí dos pozos de agua muy regular, y en ellos pude, aunque con mucho trabajo pues a lo mejor se agotaban, reemplazar parte de la aguada de la corbeta. Esta faena me detuvo allí cosa de cinco días, en uno de los cuales fue visitado de nuevo el buque por varios mandarines. Residían en Nan-bai-ho, población de aquellas inmediaciones y habiendo oído hablar de la llegada de un champan bárbaro cargado de maravillas, querían verlas por sus propios ojos.

     En esta visita tuve ocasión de cerciorarme de un rasgo del carácter chino, rasgo de que antes sospechaba por haberlo notado varias veces, que pinta bien su vanidad nacional. Los chinos conciben que no se entienda su idioma hablado: pero no conciben que no se le entienda cuando lo escriben. La diversidad de lenguas que se hablan en el Imperio Celeste, donde un chino de Canten, otro de Fo-kien y otro de Pe-chili se entienden todavía menos quizás entre sí que un español, un francés y un inglés; la generalidad de su escritura ideológica [sic, ideográfica] que es una misma a pesar de la diferencia de idiomas no tan solo en toda china, sino también en Cochinchina, Tartaria y aún en el mismo Japón donde está muy repartida y por último la falta absoluta entre los chinos de conocimientos geográficos que les hace creer de buena fe que no hay mas mundo que China y que fuera de China no hay nada en el mundo son las causas que han dado tal vez origen a esa creencia. Viendo los buenos de los mandarines que por mas que hablábamos no nos podíamos entender, sacaron sus avíos de escribir, avíos de que todo chino de categoría va siempre provisto, escribieron una porción de cosas probablemente muy buenas en sus clásicos papeles rojos y me las presentaron con gran cortesía para que yo los leyera. Al hacer esto se veía en sus rostros el aire de satisfacción de una persona que ha conseguido resolver un difícil problema importante [sic], Debo confesar que al ver ellos que yo entendía mucho menos sus grabados que sus palabras, formaron una tristísima opinión de mi capacidad. Su admiración rayó en estupor al considerar aquel otro mandarín bárbaro de cielos desconocidos, que era tan bárbaro que no solo no entendía el chino pero que ni aún siquiera sabía leer. [377]

     Una vez reemplazada la aguada que se puso, salí de Lin-sia-kuang el 11 de junio por la mañana y me dirigí a la vela hacia la barra del Pei-ho, para informarme del estado de los asuntos de nuestra Legación.

     Hasta aquí toda la campaña había sido sumamente feliz, pero en esta travesía ocurrió un incidente bien desagradable.

     Un Junco chino nos abordó a las 11 de la noche y nos hizo pedazos el bocalon de foi, el de pelifoc y el tamborete del Camprés. Fue menester andar mas que de priesa para que no nos destrozaran todos los botes de la banda de estribor.

     Este abordaje era tanto mas extraño cuanto que el Junco había sido visto con mucha anticipación y se había maniobrado para evitarle, si bien inútilmente porque se nos vino encima. Además, la noche estaba suficientemente clara y la corbeta llevaba sus tres luces de situación. Por otra parte, el junco había arriado las velas en el mismo instante del abordaje y había en la corbeta quien creía que los chinos habían tratado de saltar a bordo, pero que al ver la mucha gente que acudió al lugar de la avería se habían escondido bajo la cubierta de la embarcación.

     Sabido es que hay muchísimos piratas en las costas de China a pesar de la activa persecución que les hacen los marinos ingleses (en una sola ocasión destrozaron una flota de 64 Juncos piratas donde había mas de 3000 hombres) la piratería sigue aún, si bien en menores proporciones, infestando todos estos mares. El año pasado un buque hamburgués fue robado y echado a pique a muy corta distancia de Hong-kong. Ahora mismo, en julio de 1864, el bergantín español Ylocano ha sido asaltado dentro del propio puerto de Hon-kong debajo de las baterías inglesas y ha podido salvarse gracias a la enérgica resistencia de la tripulación. Dos de sus marineros heridos estaban al cuidado del médico de la Valiente, cuando la Narváez entró en Hong-kong de regreso de esta campaña cuyo parte estoy extendiendo.

     Como esta corbeta cuando navega a la vela con sus cañones al centro tiene el mismísimo aspecto de un clipper mercante aparejado de briek-barca, mucho más cuando se la mira desde proa, que las velas del palo trinquete ocultan la chimenea, era posible que la hubieran tomado por lo que no es. Aparte de esto, nosotros habíamos anochecido a corta distancia de un brick-barca hamburgués del tamaño de la Narváez, que es cuando por nuestra proa a la puesta del sol se había puesto por la popa al principio de la noche y seguía nuestras aguas a distancia de 2 ó 3 millas. Era también posible que se hubieran equivocado de barco.

     Hice contar la gente que venia en el junco chino y resultó que había 47 hombres. Los detuve, pues, encendí la máquina, lo tomé del remolque y me lo llevé al Pei-ho a donde llegué a las siete de la mañana siguiente del 12 de julio. Escribí al Sr. Ministro Plenipotenciario dándole cuenta de la ocurrencia y [378] rogándole que averiguara si el buque era o no pirata, y envía a Tien-tsin uno de los que parecían principales en el junco. Este debía presentarse a las autoridades chinas las cuales dirían si el buque se ocupaba o no en un tráfico legal. En Ha-kú, pequeña aldea a la entrada del río Pei-ho, no se conocía el barco ni su tripulación por no ser de allí. Si era pirata, importaba poco que pudiera escaparse el hombre enviado a Tien-tsin, toda vez que quedaban otros 46, y si no lo era, las autoridades chinas cuidarían de decirlo al Sr. Plenipotenciario, quien me lo haría saber por el propio emisario.

     Habiendo salido éste en la misma tarde del día 12, me preocupé en remediar la avería de esta corbeta, lo cual pudo hacerse con los recursos del buque, construyendo un nuevo tamborete y poniendo los bocalones de respeto. El buque quedó fondeado por la popa al alcance de nuestros centinelas, interín llegaba la contestación de Tien-tsin.

     Mientras tanto, recibí por varios conductos noticias nada agradables, aunque vagas, del estado de los asuntos de nuestra Legación. No se especificaban sucesos, pero se decía en general que aquello iba mal. Así pues, al cabo de tres días resolví trasladarme a Tien-tsin, tanto por esto cuanto por no haber recibido contestación acerca del junco detenido y además para acordar con el Sr. Ministro Plenipotenciario las operaciones futuras de esta corbeta.

     Dejé pues el buque el 16 y tomando en Ta-ku carruajes del país (endiabladas máquinas inventadas a propósito para triturar los huesos) salí de allí al oscurecer y llegué a Tien-tsin en la siguiente mañana. Afortunadamente las noticias que habían llegado hasta nosotros acerca del estado de los asuntos de la Legación eran inexactas. Habían surgido al principio algunas dificultades, pero se las había orillado y todo marchaba en orden y por buen camino, según me dijo el Sr. Ministro [Sinibaldo de Mas]. Con respecto al junco, el Plenipotenciario chino que estaba tratando con el español había manifestado que la embarcación no era pirata y que el abordaje había sido fortuito. Nuestra Legación había reclamado una indemnización por las averías causadas a la Narváez, pero esto había dado lugar a contestaciones, y por último, se convino en que se soltara el junco y se diera el asunto por terminado.

     Finalmente y con relación a las operaciones de ésta Corbeta, estando ya instalada la Legación y con los asuntos marchando por buena vía, me manifestó el Sr. Ministro me manifestó que toda vez que no debía detenerme allí hasta la conclusión del Tratado, cosa que por entonces iba largo, no tenía ya necesidad del buque. Así pues se acordó que emprendiera su campaña de regreso a Filipinas y que dijera el fondeadero de la barra del pei-ho, luego que expirara el tiempo fijado en mis instrucciones.

     Arreglado ya todo salí de Tien-tsin el 19 y regresé a la corbeta donde llegué el 21 al amanecer. Se dejó ir el junco en libertad y me ocupé de alistar el buque para la salida. Mientras tanto había fondeado en Pei-ho la Goleta de Guerra [379] inglesa (gun vessel) Asprey, conduciendo a su bordo a Mr. Wade, Ministro inglés en china en relevo de Mr. Bruce. Por este buque supimos noticias de Shang-hae nada satisfactorias. El cólera estaba haciendo allí temibles estragos. Se calculaban de 1000 a 1500 personas las que morían diariamente en la población. Uno de los buques. Uno de los buques de la estación inglesa (el vapor Leopard) había perdido dos oficiales y quince hombres. Entre las víctimas de la enfermedad se contaba nuestro cónsul el Sr. D. Eusebio de Fortuny. Esta corbeta se hallaba en verdad no poco escasa de combustible y no sabia en verdad donde adquirirlo. Tenía el proyecto de ir por él a Shanghae pero las noticias que había de esta población obligaban a abandonar la idea. No era prudente comprometer la salud de mi tripulación, el buen éxito de la campaña, por ir allá con el solo motivo de tomar carbón. Por otra parte el combustible que había en Shang-hae era por el momento por lo malo y caro. Ya en el mes de mayo me había sido forzoso detenerme allí quince días por esta sola necesidad de reemplazar el carbón. Era casi seguro que ahora una detención semejante, una detención de solo una semana en aquel río infestado por el cólera, podría tener consecuencias perjudiciales de suma gravedad para el buque. Preciso fue desistir de tal proyecto y desistir al propio tiempo de remontar el río hasta Nankín aun más que a Shang-hae la escala en aquella capital tenía otro grave inconveniente. Sabido es que en China hay una guerra civil desde hace no pocos años y se atribuye y no sin algún fundamento a esta discordia intestina el fácil éxito de las potencias europeas en su última guerra contra el celeste imperio. En estos últimos tiempos el Gobierno Imperial ha hecho todos los esfuerzos que son posibles con un gobierno como el de China a fin de terminar esta lucha. Cuando yo toqué en Shang-hae la insurrección se hallaba reducida a muy corto espacio de terreno en los alrededores de Nankín, que era la capital de los rebeldes, o sea de los taepings como se les llama en China. Esta ciudad cercada ya varias veces sin buen éxito se hallaba entonces sitiada estrechamente por las fuerzas imperiales y se esperaba rendirla pronto. Por tanto, la ida de esta corbeta a Nankín podría haber sido perjudicial para los intereses de nuestra Legación, pues el gobierno de Pekín hubiera podido hacer sobre ella toda clase de suposiciones. Posteriormente he sabido en Cantón a principios de agosto que Nankín ha sido tomada el 19 de julio por las tropas imperiales las cuales se dice que han pasado a cuchillo a todos los habitantes varones de aquella inmensa capital.

     Abandonada la idea de ir a Shang-hae se hacia preciso buscar carbón en el Pe-chili. Pero allí no lo había, o lo que es lo mismo, el que había allí era malísimo y a precio de oro. El Sr. Ministro Plenipotenciario trató de procurármelo, pero no pudo. Los ingleses no tienen allí depósitos. La cañonera que está en el Pei-ho navega con carbón chino, con el cual no consigue apenas andar. Nosotros mismos la hemos visto tardar 7 horas en navegar 9 millas, y su comandante [380] me dijo que era porque no podía levantar vapor. Sin embargo, habiendo diferencia de opiniones acerca de los carbones chinos, resolví experimentarlos y formar concepto por mi propio. Había un depósito en Ha-ku [sic] por el cual pedían nada menos que 19$ Tonelada. Hice adquirir 40 quintales y los probé a bordo. El resultado de esta experiencia me demostró que era preferible hacer toda la campaña a vela, mejor que tirar el dinero comprando aquella cosa negra que se llamaba carbón, con la cual no se podía hace andar la máquina. Me reduje pues a adquirir algunos víveres frescos que se encuentran en Ha-ku fácilmente y al amanecer del día 25 de junio salí de la barra del Pei-ho para regresar a Filipinas. En la península de Shantung, a la salida del golfo de Pe-chi-li se encuentra se encuentra el puerto de Yen-tai, que ha sido muy recientemente abierto al comercio europeo por los últimos tratados. A fin de ver si encontraba allí carbón me dirigí a la vela hacia Ten-hai [sic], donde fondeé el 28 a las 4 de la tarde, Yen-tai es una ciudad insignificante que está creciendo rápidamente, porque la provincia de Shang-tung produce algodón y se le exporta a Europa desde allí. Estaban en el puerto diez o doce embarcaciones europeas y dos cañoneras de guerra francesas, además de un crecido número de barcos chinos. Y a pesar de ser muy pocos los europeos establecidos allí encontré un pequeño depósito de carbón de piedra de regular calidad. Se adquirieron 86 toneladas a 17$ y tan luego como se las embarcó salí de aquel puerto el 30 al amanecer. Sin embargo de que con ese refuerzo no se llenaron las carboneras, traté de ver si era posible llegar hasta Hong-kong con el combustible que tenía a bordo, sin hacer por esto que la travesía fuera interminable. Suponiendo que en aquellas latitudes había quizás algunos vientos variables apagué los fuegos y largué el aparejo tan luego como salí de Yen-tai, proponiéndome reservar la máquina para cuando en latitud más baja encontrarse bien entablada la monzón del S.O. Pero enseguida que desemboqué en el mar amarillo observé que esta monzón no tan solo alcanza hasta allí como dicen los derroteros, sino que además estaba entablada en toda su plenitud y con todas sus variaciones. Ocho días de lucha contra calmas, chubascos y vientos por la proa no produjeron mas resultado que llevar al buque hasta el Archipiélago de Corea [sic]. Hubo singladura en que se granjearon por junto 18 millas y pasé tres días a la vista de las Islas Alceste y Modesta (?) dando vueltas sin poder montarlas. Semejante resultado me convenció que si me empeñaba en continuar a la vela, me exponía a tener que aguardar por allí hasta el mes de noviembre, a que con los tiempos fríos se entablaran los tiempos del N.E.

     Era preciso pues quemar el combustible que había a bordo y buscar en donde reemplazarlo a lo largo de la derrota. Dos caminos se me presentaban a la vista: El primero hacia el S.O. a Shang-hae. Subir el yang-tse-kiang, pagar un dineral por el practicage del río, llegar a una población infestada por el cólera, perder allí mucho tiempo y encontrar carbón regular a precios muy subidos. [381] El segundo hacia el S.E. a Japón. Llegar a puertos fáciles, estar en un país sano, hacer ver nuestro pabellón donde no se le conoce, ver una nación que está llamando la atención de Europa, no perder tiempo y encontrar carbón regular a precios módicos. No vacilé, encendí la máquina el 7 de julio al oscurecer y me dirigí a Nagasaki. No se me ocultaba que podía encontrarme con muy serias dificultades. Conozco bastante la historia de las relaciones de las potencias cristianas con los japoneses desde la expedición del Comodoro Perry hasta la época presente. Creo estar enterado de las causas que indujeron al gobierno de Japón a cerrar sus puertos poco después de los tiempos de San Francisco Javier, así como de las que le han hecho volver a abrirlos hace 9 años. Pero precisamente este mismo conocimiento me decía que si encontraba dificultades no debían ser de índole insuperable. Por lo demás, esta escala en el Japón traía necesariamente consigo algo no previsto, algo indeterminado, algo de eso que se llama suerte, y en todas las empresas de los hombres, lo mismo en las grandes que en las pequeñas, es menester dejar a Dios su parte.

     Nuestra nación no tiene hechos tratados con el Japón, no por otra causa sino porque no se ocupó de eso cuando todas las demás potencias de Europa lo hicieron, en la época en que declaró el Gobierno Japonés que estaba dispuesto a tratas con todo el mundo, pero esta falta de tratados no era un impedimento para la corbeta, pues el buque de guerra por su propia naturaleza tiene derecho para ir a todas partes. Puesta la máquina en movimiento el 7 al oscurecer, recalé el 8 sobre la isla de Quelpart (?) y el 9 a la puesta del sol di fondo en Nagasaki. Desde el primer momento de aproximarse a Nagasaki se dejó sentir que el Japón es un país muy distinto de la China. Baterías de costa bien situadas, bien tenidas y bien artilladas con cañones europeos de grueso calibre defienden la entrada del Puerto y el forzarlo en caso de guerra no sería empresa fácil. Aún antes de fondear ya había venido a bordo un bote con un oficial japonés a informarse de la nacionalidad del buque y propiamente dicho a hacer lo que se llama la visita de guerra. Esto jamás se ve en ningún puerto de China en cuyos puertos entran y salen las embarcaciones europeas lo mismo que no estuvieran habitados. Aquel oficial japonés ya sabia por la bandera que el buque entrante era español y así lo dijo hablando en inglés bastante correctamente. En china es muy raro que no confundan todas las potencias de Europa unas con otras. Para el chino todos los europeos son de una sola nación, es decir, países bárbaros. Para el japonés no. El Japonés las diferencia. Sabe geografía, cosa que el chino ignora absolutamente. El chino desdeña en general las ciencias y las artes de Europa, al paso que el japonés las admira y procura iniciarse en ellas. Yo fondeé en Nagasaki a las 8 de la noche. A las 10 atracaba a bordo una hermosa aunque extraña falúa con el Superintendente de la Aduana (que ejerce funciones semejantes a las de Capitán de Puerto) acompañado de varios oficiales y de intérpretes japoneses. Venía en nombre del gobernador a saludar y [382] a informarse del motivo de la llegada del buque. Habiéndole manifestado que iba por carbón, aguada y algunos víveres, entabló conversación y en el transcurso de ella y como cosa ordinaria me dio un papel escrito en inglés que me dijo ser las ordenanzas del Puerto para los bajeles que no tenían tratados con el Japón.

     Efectivamente así se intitulaban esas ordenanzas (Regulations) que eran muy breves pues se reducían a dos: 1.- No usar los botes propios para comunicar con tierra. 2.- Hacer pasar por aduana todo cuanto se comprara y pagar los derechos que pudieran estar establecidos.

     Esta segunda regla era muy natural y no tuve inconveniente en admitirla, pero con respecto a la primera pedí explicaciones, pues a la verdad el texto de su redacción era bastante oscuro. Estas explicaciones fueron, que no negaban que el buque permaneciera en puerto el tiempo que le pareciese, que no negaban tampoco que se comunicara con la población, pero querían que siempre que se tratara de ir a tierra se izara en un tope una bandera para que viniese un bote del gobierno japonés, añadiendo por vía de paliativo que este bote jamás tardaría.

     Aceptar esto hubiera sido si no precisamente estar incomunicado a bordo, al menos dependiendo por completo para comunicaciones con el exterior de la buena o mala voluntad de las autoridades de Nagasaki. Manifesté pues cortés pero categóricamente que no aceptaba por ningún concepto semejante condición haciéndole los argumentos que me parecieron convenientes. De nada me sirvió que el Superintendente me citara nombres de buques y de naciones que habían llegado allí para hacer tratados con los japoneses y que según me dijo la habían aceptado. De nada sirvió que ofreciera tener constantemente un bote suyo cerca del buque para que no hubiera que esperar por su llegada. Yo consideraba esto como intervención extranjera en el servicio interior del buque y mi deber era no ceder en el derecho de usa mis propias embarcaciones siempre que lo tuviera por conveniente. No pudiendo avenirnos me dijo que lo consultaría con el Gobernador. Mas temiendo yo que esta consulta pudiera ser un pretexto de demora y de negociaciones interminables le manifesté por preciso que al día siguiente temprano estuviera resuelto el asunto, en el concepto de que teniendo que hacer en tierra, pensaba, si no se le resolvía, ir a las 10 de la mañana en mi canoa. Le devolví pues sus ordenanzas y por último se despidió a la 1 de la noche asegurándome que a la mañana siguiente me enviaría la contestación del Gobernador.

     En esta visita tuve ocasión de notar la exquisita política de los oficiales japoneses, muy distinta por su cortesanía y su dignidad de la familiaridad y zalamería que se nota en los mandarines chinos. A las 10 de la mañana atracaba a bordo otra falúa japonesa. Venía en ella el segundo gobernador de Nagasaki acompañado de un número bastante crecido de oficiales y por supuesto, [383] con sus intérpretes japoneses. Siguiendo la invariable costumbre de todos los orientales de no ir nunca derechos a un objeto me habló primero de varias cosas indiferentes, de España, de Filipinas, de no tener nuestro gobierno tratados con el suyo, y aún me nombró nuestra última guerra en Marruecos. Luego puso mucho empeño en saber si yo iba al Japón a tratar de negocios, es decir, a hacer tratados, manifestándome no ser allí sino a Yokohama a donde en tal caso debía dirigirme. Desengañado fácil y francamente sobre este punto, abordó por último el asunto capital, aunque de una manera indirecta y dándolo como cosa hecha, manifestándome que siempre que yo deseara bote podía izar en un tope la bandera, etc. Yo le aguardaba aquí y lo atajé resueltamente sin rodeos ni circunloquios. Le dije que según todas las leyes de derecho de gentes los japoneses estaban en su derecho de admitir o no admitir un buque cualquiera en sus puertos. Que si lo admitían y el buque era de guerra estaban también en su derecho de señalarle fondeadero donde mejor les pareciera. Pero que una vez admitido y fondeado no tenían absolutamente derecho para intervenir de manera alguna en su servicio interior y que uno de los actos de este servicio interior era el uso de sus propias embarcaciones. Le manifesté que yo no podía tratar del asunto sino bajo estas bases, las cuales se reducían lisa y llanamente a la admisión o no admisión del buque en el puerto. Y por último le agregué que yo había llegado al Japón resuelto a no faltar en nada a los Japoneses, pero resuelto también a no permitir que ellos faltaran en nada a los españoles, y que la única manera que había de entendernos era respetando mutuamente los principios establecidos como derecho de gentes en todas las naciones civilizadas.

     Esto basto. Mi diplomacia franca y leal y si se quiere algún tanto alquitranada como la de todos los oficiales de la marina, produjo el resultado que era de esperar. No hubo discusión sobre punto ninguno. El gobernador me dio completamente la razón y me dijo que consideraba el asunto como terminado. Y efectivamente quedó terminado. Hemos estado en Nagasaki de la propia manera que pudiéramos estar en Manila. Yo he cuidado de que por nadie del buque se diera el mas leve motivo de disgusto en la población y ellos por su parte se han esmerado en que los españoles salieran de Nagasaki contentos con los japoneses. Tratando luego de las necesidades del buque me indicó el Gobernador que el Gobierno Japonés podría facilitarme carbón, aguada y víveres frescos, pero no carnes saladas porque no las tenían ellos. Acepté con tanto más gustos sus ofrecimientos cuanto que deseaba yo que fuera el gobierno japonés y no el comercio extranjero quien proveyera el buque, a pesar de las ofertas que de todas partes me habían llovido desde el primer momento de mi llegada: pero le indiqué que mi aceptación era bajo el concepto de que se pagaría todo, con lo cual convino como cosa sobreentendida.

     Por último, cuando ya estaba todo arreglado se despidió el gobernador saliendo de a bordo a las 9 de la mañana. He otro (?) antes que hemos estado [384] en Nagasaki lo mismo que pudiéramos estar en cualquier Puerto español. La novedad de hallarnos en el Japón nos tuvo en tierra lo mismo a los oficiales que a mi todo el tiempo que pudimos cercenar a nuestros deberes en el buque. He dado licencias para pasear a maquinistas, contramaestres, maestranza, y algún marinero de buena conducta. Desde el primer día conocieron los japoneses nuestros uniformes y supieron distinguirnos de los otros europeos. No ha ocurrido el mas mínimo incidente. Sin embargo hemos ido por todas partes por la ciudad y por el campo, y aun a veces los oficiales y yo nos hemos retirado a bordo a horas muy altas de la noche después de haber estado en sociedad ya con europeos ya con japoneses. Por todas partes hemos encontrado afabilidad en las miradas, sonrisa en la boca, atención en los ademanes. Y esto nos ha sucedido precisamente en una época en que los oficiales de otras marinas bajan a tierra con el revólver en la cintura; en que en cierta Escuadra hay una orden circular mandando disparar en el acto y sin vacilar sobre todo japonés que se vea llevar la mano a la empuñadura de uno de sus sables (sabido que todo japonés, a no ser de la clase mas inferior del pueblo nunca sale sino armado con dos sables y que este uso es en el Japón tan general como lo es en Europa el de salir con guantes o con reloj) orden circular necesaria en fuerza de los muchos asesinatos que había y sigue habiendo y de los ataques que se dirigían y se dirigen contra las personas de esa escuadra. En resumen todos en esta corbeta han salido materialmente encantados del Japón y yo debo confesar que también lo estoy. Aquello es decididamente lo mejor de Asia.

     El pueblo japonés se halla quizás a punto de emprender una lucha desesperada con una o más potencias europeas y sin embargo ama y admira a los europeos. Aunque he estado muy poco tiempo en el Japón, por lo que he visto y oído me figuro que tan vez no se ha sabido tratar a los japoneses.

     El Japón tiene su civilización propia y camina además a paso de gigante hacia la civilización europea, que amolda a la suya y de la cual toma con avidez las ciencias y las artes útiles. El Japonés es orgulloso. Tiene la conciencia de su fuerza y de su dignidad y quiere ser el amigo, no el esclavo de Europa. El europeo en Asia, acostumbrado a tratar como dueño y señor al perezoso indio y al degenerado chino, ha creído tan vez poder explotar en su provecho el Japón como explota la India y la china y se ha equivocado. De aquí la mala inteligencia, de aquí la guerra que va a estallar. El sentimiento de que el europeo lo considera como de una raza inferior no deja materialmente vivir al japonés. Este es el aguijón que le hace trabajar sin descanso para colocarse en su nivel y preciso es confesar que trabaja con fruto. En Nagasaki hay una factoría que construye maquinas de vapor con operarios japoneses. Otra factoría semejante ha sido quemada por los ingleses el año pasado en Kagoshima. Su marina cuenta hoy día con 43 buques de vapor, todos ellos a la verdad construidos en Europa o en América, pero no tienen en ellos nadie que no sea japonés, ni [385] aún los maquinistas. Se cuentan con respecto a ésto curiosas anécdotas Les ha sucedido que por no poder parar una máquina de un sistema complicado, un buque tuvo que estarse dando vueltas dentro de un puerto hasta que se le acabó el vapor. Otro buque se paró por la misma causa; pero no por eso desisten de no querer admitir maquinistas extranjeros. Están armando un ejército con carabinas y haciéndole abandonar sus clásicas ropas talares para que aprenda la táctica europea. Las ciencias, las técnicas y las artes de Europa tienen aulas en muchas poblaciones del Japón. Yo he tenido a bordo oficiales de marina japoneses que hablaban inglés, francés y holandés.

     Todo esto se ha hecho en el Japón en 9 años. Desde 1855 data la expedición del Comodoro Perry que abrió al mundo civilizado las puertas de este Imperio cerrado desde mas de dos siglos atrás. Voy a citar unas pocas observaciones personales del carácter japonés entresacadas entre muchas.

     El Gobernador de Nagasaki me preguntaba: Si un buque de guerra japonés fuera a España, lo recibirían ustedes? Cómo lo tratarían?. Al responderle yo que naturalmente como a cualquier otro extranjero, su rostro, ordinariamente impasible, expresó una viva satisfacción. Aquel hombre tenía empeño en saber si nosotros los consideramos también como de raza inferior. Durante la semana escasa que hemos estado allí un japonés, a fuerza de preguntar a todos los del barco, formó una especie de vocabulario español y ya medio se expresaba en nuestro idioma. Un empleado de la aduana que sabía inglés, no paró hasta que le di libros españoles y una cartilla de los marineros y le enseñe la pronunciación de las letras en castellano. Cuando se trató de embarcar el combustible vino un oficial japonés por un maquinista, para que se eligiera entre sus diferentes depósitos. El carbón fue llegando a bordo en botes, cada uno al cuidado de un oficial subalterno. El primero que llegó dio cuenta de la cantidad que traía indicando que se podía pesar. Yo dispuse que no se pesara, con tanto mayor motivo cuanto que por las cuentas de la máquina y por las carboneras vacías sabía la suma de toneladas que tenía que embarcarse. Esto pareció causarle una agradable sorpresa y ya en lo sucesivo ninguno otro dijo que se pesara, concretándose solo a dar parte de la cantidad que traía. Cuando otros distintos funcionarios vinieron a cobrar y el contador les pagó no quisieron contar el dinero. Podría citar muchísimos mas rasgos notables de esta gente, todos ellos buenos.

     Nada de lo que antecede se ve en China.

     El Japón es un país feudal perfectamente organizado. El gobierno es sumamente fuerte: su mano pesa sobre todo y lo abarca todo. Allí, como en la mayor parte de las sociedades antiguas, el gobierno no es el representante de la nación, sino que es por sí propio la nación. Fuera del gobierno no hay nada. Todo cuanto hay en el país pertenece al gobierno o depende inmediatamente de él. Allí el pueblo apenas tiene significación. Casi todo se compone de empleados [386] del gobierno, que es quien alimenta y da ocupación a todo el país. Yo creo que se puede comparar el estado social del Japón con el del Imperio Romano en los tiempos de los Césares.

     Los europeos quieren reformar y asimilarse esta sociedad por medio del comercio y de la guerra. En mi concepto se equivocan. Esta sociedad no se reforma sino por medio del cristianismo, que es lo que ha reformado la sociedad romana. Cuando el Cristianismo reforme el Japón, su asimilación con la Europa será completa. Esto lo sabe por instinto el gobierno japonés y se defiende del Cristianismo como de su enemigo natural.

     Por lo demás el comercio le interesa y la guerra no le importa.

     Pero tales consideraciones están quizás fuera de su lugar en la presente comunicación.

     Nagasaki es una ciudad de 80.000 almas, situada en terreno bastante quebrado y su puerto es segurísimo. Hay establecidos allí un centenar de europeos que se han construido un barrio separado de la población: sin embargo los holandeses continúan ocupando el célebre islote de Dezima [Dejima], cuyo puente no se cierra en la actualidad. En uno de los cerros de la ciudad se enseña todavía el lugar de suplicio de los mártires del Japón. Cuando yo fondeé se hallaban en el puerto tres buques de guerra ingleses (el Ratler de 17 cañones, otro de menor porte y una cañonera) el aviso francés Marcredi, quince o veinte buques mercantes de diversas naciones u algunos vapores y dos buques de vela japoneses, además de un gran número de juncos de cabotaje. En la ciudad se veían ondear los pabellones de los cónsules de casi todas las naciones de Europa, incluidas Prusia, Portugal y Suiza. Daba dolor contemplar el hermoso pabellón solitario de esta corbeta, sin otro pabellón igual que le tendiera los brazos desde la playa.

     Durante nuestra permanencia en Nagasaki hemos sido objeto de muchas muestras de simpatía por parte de diversas personas de la comunidad europea. El cónsul francés vino a bordo al siguiente día de haber fondeado, a ofrecerme sus servicios a falta de cónsul español. Agradecí tal como se merecía tan delicada atención, pero ya me había entendido directamente con las autoridades japonesas y era conveniente seguir así. Rellené las carboneras tomando 93 toneladas de un carbón muy bueno que costaron un total de 345$, es decir, 3.70 por tonelada. Yo sabía que el combustible era bueno y barato en el Japón, pero nunca me figuré que fuera tanto.

     El carbón inglés que se encuentra en los mercados de China es muy poco superior al japonés y costó a 16$ en Shang-hae y a 17 en Yen-tai. El carbón que se recibe en Manila directamente desde Inglaterra, y que es inmejorable, sale por contrata a 15$. Navegando este buque a regular velocidad consume 12 toneladas al día de carbón de nuestros depósitos. En esta campaña se han consumido 13 del adquirido en China y 16 del Japonés, andando el buque lo [387] mismo con uno y con otro, es decir, 6 y media millas a regular velocidad, o sean 11 a 12 libras de presión en las calderas y trabajando la máquina con el segundo grado de expansión. Así pues, el precio de un día de fuegos encendidos con los carbones en Shang-hae y Yen-tai ha sido de 214$ y con los carbones de Japón de 59$. La Economía del uno al otro combustible ha sido por tanto de 155 frente a 214, que es el 72 por ciento del gasto total. Es decir que 28 dólares empleados en carbón japonés produce el mismo efecto útil que 100$ empleados en carbón inglés adquirido en los mercados de China. Estos números no necesitan comentarios.

     Repuesto el buque de combustible, aguada y víveres, salí de Nagasaki el 15 de julio por la tarde y me dirigí hacia Hong-kong. No puedo dejar de consignar aquí un sentimiento que es unánime tanto en el buque como en los europeos residentes en Nagasaki: Si el gobierno español piensa algún día relaciones con el Japón, la escala que ha hecho esta corbeta en Nagasaki le ha allanado el camino. Hemos oído estas palabras en todas las bocas a nuestra salida de allí. Y puedo decir que hoy día en el Japón se conoce y se estima a los españoles.

     Habiendo salido de Nagasaki el 15 a las 5 de la tarde, hice rumbo al canal de Formosa, navegando con la máquina a regular velocidad y ayudando todo lo posible con el aparejo. El 20 al amanecer emboqué otro canal y ya desde allí empecé a sentir los malos tiempos que son propios de esta estación en el mar de china, tiempos que arreciaron tanto que en la noche siguiente se rifaron las dos gavias de alto abajo. Afortunadamente eran las viejas y todo se redujo a emvergar [sic] las de respeto. El 22 a las dos y media de la tarde dejé por último caer el ancla en Hong-kong. Las continuas lluvias me obligaron a demorar el reemplazo del combustible mucho más tiempo del que hubiera deseado. Pude por fin embarcar 80 toneladas que se adquirieron a 13$ y el 2 de agosto al amanecer salí para Cantón.

     Subiendo estaba el río cuando poco antes de llegar a la empalizada en la barra de Lintin se vio una fragata Hamburguesa embarrancada y haciendo señales. Fui hacia ella y la envié un bote con un oficial, a quien rogó su capitán le diésemos auxilio. Era la Fragata Malvina Vidal, capitán Y. L. Nessau. Había varado la tarde anterior, se hallaba en situación nada agradable y rodeada ya de embarcaciones chinas que acuden como cuervos que huelen un cadáver. La tomé de remolque y traté de sacarla aunque inútilmente por entonces. Era un buque de 1300 Toneladas y estaba enteramente cargado. Después de dos horas de trabajo tuve que desistir, pues por poco varo yo también para sacarla. La presencia de la embarcación de guerra disipó la nube de lanchas china que ya no volvieron a aparecer. Fondeé al lado de la fragata y después de sondar por sus inmediaciones creí posible poderla sacar remolcándola por la popa a la hora de la pleamar. Enmendé la situación de este buque preparando todo para esta hora, y a las 9 de la noche se volvió a remolcar la Fragata sin conseguir [388] mas que moverla un poco. Al amanecer del 3 amarré fuertemente la corbeta a corta distancia de la Fragata y a las 9 de la mañana tuve el gusto de verla flotar y de llevarla a 9 brazas de agua en donde fondeó. Estando ya salvada la dejé allí y seguí a las 12 y media para mi destino. Aquella noche a las 8 di fondo en la segunda barra y la marca me impidió que pudiera seguir río arriba hasta las 11 y un cuarto de la mañana del 4. A esta hora, habiendo ya agua suficiente en todo el río se volvió a levar y a las 2 de la tarde di fondo en Cantón.

     Los periódicos de Hong-kong se han ocupado de ese incidente, pues el capitán de la Fragata, que como es natural vino a bordo a darnos gracias después de ver su buque a flote, ha creído deber reiterárnoslas por medio de los papeles públicos. Incluyo a V.I. un periódico inglés y otro portugués donde se habla de eso. Permanecí en Cantón hasta el 15 en que salí de allí a las 8 y media de la mañana. No alcanzando el día para llegar a Hong-kong di fondo por la tarde en Lan-neet, levé a las 4 de la mañana del siguiente día y a las 8 y media llegué a Hong-kong.

     Adquirí aquí algunos víveres que necesitaba y el 18 a la 1 de la tarde salí de este puerto. La travesía se ha hecho sin incidente notable en tres días catorce horas y hoy a las tres de la madrugada he dejado caer el ancla en la Bahía de Manila.

     La salud de la tripulación durante toda la campaña ha sido inmejorable. Se han hecho diversos ejercicios de fuego y en mi concepto el estado general de instrucción de todo el buque deja poco que desear.

     Todo lo que tengo el honor de participar a V.I. para su conocimiento incluyéndole los estados de entrada y los extractos de navegación

     Y tengo la honra de trasladarlo a V.E. para su debido superior conocimiento llamando la superior atención de V.E. con recomendación en favor del celo y laboriosidad de Zayas, que unido a su basta instrucción y a las demás apreciables circunstancias que lo adornan, lo constituyen uno de los oficiales mas aventajados de la Armada.

     He aprobado al comandante de la Narváez su arribada a Nagasaki en el Japón y las demás disposiciones que adoptó en su campaña así como el auxilio que prestó a la Fragata Hamburguesa Malvina Vidal, de que hacen mérito con encomio los periódicos portugueses de la costa de China.

          Cavite, 23 de agosto de 1864

          Firma: Pavía [389]



     Señora:

     Terminada la comisión de conducir el vapor Narváez desde el puerto de Manila hasta la barra del río Pei-ho o Pei-ko? a la Legación de S.M. en China, el comandante de dicho buque teniente de navío Don Eugenio Sánchez y Zayas acompaña al parte de las operaciones de su navegación una noticia histórica, hidrográfica y estadística de los diferentes puertos de China y la Tartaria que ha visitado y mas detalladamente del de Nagasaki perteneciente al Imperio del Japón en el que se vio precisado a hacer escala para repostarse de combustible; y sin embargo de no tener España tratados ni relaciones de ninguna especie con aquella nación, el comandante de la citada goleta ha conseguido en su buen tacto y acierto tener la mejor acogida por parte de las autoridades locales que le facilitaron víveres y carbón, prodigándole además toda clase de deferencias a las cuales ha sabido corresponder debidamente este oficial; en su consecuencia el Director que suscribe es de sentir pudiera contestarse al comandante general del Apostadero de Filipinas que V.M. ha visto con particular satisfacción el celo, laboriosidad y conocimiento con que el referido comandante ha desempeñado dicha comisión, noticiándose al Director de Personal para las correspondientes anotaciones en su hoja de servicios.

     También es de parecer que se dé traslado al Sr. Ministro de Estado de la parte correspondiente al Japón que contiene esta comunicación para los fines que puedan convenir en aquel departamento.

          21 de noviembre de 1864.

          Firmado: José Martínez Viñales.

     Con la nota. Hecho en 5 de diciembre.

     Despacho 1535 dirigido al Ministro de Marina, remitido desde Cavite el 23 de agosto de 1864 por la Comandancia General de Manila del Apostadero de Filipinas. Se Traslada oficio del comandante de la Narváez relativa a las operaciones verificadas durante su campaña en China con la Legación. Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores. [390] [391]



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Evolución de la imagen de Japón en Wenceslao de Moraes

José Pazó Espinosa



1. El viajero romántico

     En la historia de la literatura y de la cultura en general, existe un tipo de viajeros que no desarrollaron sus aventuras amparados por una estructura militar, estatal o religiosa (soldados, diplomáticos o científicos, y misioneros), sino que lo hicieron impelidos por su curiosidad personal o por los avatares de unas vidas erráticas y vagabundas, pero sin otra salvaguardia que sus propios recursos. Este viajero, carente de fines colectivos precisos y con intereses normalmente estéticos, tiene como objetivo bien el descubrimiento y la divulgación de los aspectos excepcionales de una país diferente al suyo, bien la búsqueda de sí mismo en una geografía y un tiempo distintos a los propios. Aunque en el Oriente este tipo de viajeros (o algo bastante aproximado en su vertiente estética) existió desde tiempos remotos, en la cultura occidental no surge hasta el siglo diecinueve, cuando se dan las condiciones políticas, sociales y económicas suficientes, y cuando el romanticismo da los últimos toques de cincel a la idea de individuo. En resumen, el viajero per se, es un producto cultural y social muy elaborado que exige unos requisitos económicos y mentales que las sociedades occidentales no han alcanzado hasta hace relativamente poco tiempo.

     El viajero romántico (modelo por antonomasia de viajero per se) viaja, en general, de dentro a afuera: de Norte a Sur, de Occidente a Oriente, del presente al pasado. Viaja, en definitiva, desde los lugares que han alcanzado el nivel suficiente para que la figura del viajero exista, esto es el mundo industrializado y opulento, a otros mundos que le ofrecen, o así cree él, lo que ha ya desaparecido en el suyo. En este sentido, el viajero romántico no es el aventurero cervantino que se enrola en el ejército para ver mundo, sino que se trata de un místico en busca del paraíso perdido, un Ulises sin vellocino, un simple escapista. Si viaja, es porque cree que existe la posibilidad de encontrar algo mejor y más puro que lo que le rodea, es decir, viaja movido por el descontento. [392]

     El descontento del viajero romántico se contrapone a la inocencia y al sentimiento de superioridad inherentes casi siempre a los viajeros anteriores al romántico y posteriores a él. Los misioneros, los soldados, los diplomáticos, incluso algunos emigrantes forzados, viajan movidos por el fin de mejorar de alguna forma su propio grupo social. Parten, por tanto, de un punto de vista cultural fijado y aceptado, y su contacto con la otra cultura suele ser temporal y plagado de escollos que llevan a las comparaciones en niveles jerárquicos de las culturas y las formas de vida.

     De la misma forma, el último eslabón evolutivo del viajero romántico, el globe trotter o turista, carece básicamente de ese descontento, y suele exigir en sus viajes condiciones de vida muy similares, en esencia, a las de su lugar de origen.

     El viajero romántico, sin embargo, tanto en su versión geográfica como en su versión mental (la relacionada con los viajes interiores, infernales o psicotrópicos), se nutre de un descontento crítico que le lleva a abrazar culturas y formas de vida ajenas con toda la energía de la que es capaz. En muchas ocasiones, su energía tiene cimientos en la fantasía, por lo que sus experiencias son actos de un teatro caprichoso; en otras, sus experiencias vitales le llevan a un conocimiento si no más profundo, sí más fino de la naturaleza humana. A veces, incluso de forma involuntaria, el viajero se convierte en testigo y relator de momentos históricos peculiares o únicos, como es el caso de Wenceslao de Moraes.

     Esta tipología del viajero no suele presentar tipos puros. El viajero militar o el diplomático pueden mostrar rasgos románticos en su personalidad y sus acercamientos a otras culturas. Incluso se podría llegar a afirmar que todo viajero, cualquiera que sea su naturaleza, incluso cuando se trata de un emigrante forzoso o un militar destinado, es portador de algún trazo romántico, aunque éste sea tan sólo la aceptación de su destino. Sin embargo, en la historia de la cultura occidental moderna, nadie posiblemente ha llevado la figura del viajero romántico tan al extremo como un tipo de viajero que rechazó su vida pasada, su sociedad y su cultura a cambio de su inclusión en otra totalmente ajena. Se trata de un viajero que acepta morir en otra cultura que la que nació, y cuyo objetivo no es otro que dejas detrás unas páginas escritas que reflejen la experiencia personal de un viaje interior y exterior sin retorno.

     En este artículo vamos a tratar la vida y la evolución psicológica de Wenceslao de Moraes, Moraesu o Portugaru-San, modelo de viajero terminal y testigo de la era Meiji, posiblemente el caso más extremo de transformismo social y cultural en la historia de las civilizaciones conocidas. Asimismo, compararemos aspectos del ibérico Moraes con otros del anglo-heleno Lafcadio Hearn, otro viajero romántico terminal con una trayectoria vital muy similar, aunque no carente de diferencias. [393]



2. Vida de Wenceslao de Moraes

     Wenceslao de Moraes nació en Lisboa en 1854. A los diecisiete años ingresa en la marina portuguesa. En 1880 adquiere el grado de segundo teniente. En 1886, el de teniente. En 1881, es destinado a Mozambique. Allí, inicia una relación con una belleza negra local llamada Arrussi. Las autoridades militares no ven con buenos ojos la relación y lo mandan a Timor. De allí, en 1888, pasa a Macao, la colonia portuguesa en China. En Macao, conoce a Atchan, hija de inglés y china. La compra legalmente, se casa con ella, y tiene dos hijos, a los que verá por última vez en 1905, cuando ya está en Japón. La relación no es vista con buenos ojos por sus superiores quienes observan con prevención el hecho de que un occidental se asimile a la cultura indígena. Sin embargo, algunos años después, será Atchan quien lo deje para irse, con sus dos hijos, a vivir con su hermano a Hong Kong. En 1891, Moraes viaja a Portugal, adonde ya nunca volverá. Después de este año, se suceden los problemas y los desencantos con el ejército que por razones más o menos expresas lo mantiene en el ostracismo cuando llega la hora de repartir cargos y ascensos. En 1891, viaja por primera vez a Japón. Comienza a escribir sus impresiones sobre el mundo oriental. Los artículos se publican en la prensa portuguesa, y formarán el libro: Traços do extremo oriente publicado en 1895. En ellos, muestra su fascinación por Japón y lo japonés. Enseña portugués en un liceo. En 1893, tras múltiples problemas, pide su salida del ejército. No le es concedida. Pide una plaza de vicecónsul en la ciudad japonesa de Kobe que le será otorgada en 1898. Ese año viaja a la ciudad de Kobe. Atchan, ya en Hong Kong, se niega a acompañarlo.

     En 1899 llega a Japón para desempeñar el cargo de vicecónsul de Portugal en Osaka. En ese momento tiene 45 años. En 1990, Moraes se vuelve a casar, esta vez con Yone Fukumoto, una joven geisha con quien vive doce años de tranquila felicidad en Kobe. El abundante tiempo libre que le dejaba el trabajo consular lo ocupa en pasear por Kobe y sus alrededores. Lee las obras de Hearn. No tarda en convertirse, con su barba larga y poblada y tocado por una gorra blanda, en un trazo exótico de una ciudad en la que va libando el material que conforma sus escritos.

     Sin embargo, este estado feliz se rompe en el año 1912 con dos acontecimientos: el primero, la llegada de la República a Portugal, lo que hace que las probabilidades de una destitución de su cargo sean muy altas; el segundo y más dramático, la muerte de su mujer Yone Fukumoto. El mes de junio de ese mismo año, Moraes dimite como cónsul y pide su baja como miembro de la Marina portuguesa.

     En 1913, viudo y sin dinero, Moraes se va de Kobe a Tokushima, en el nordeste de Shikoku, ciudad famosa en aquel entonces por la magnificencia de su [393] O-Bon Matsuri. En Tokushima vive la hermana de su mujer muerta, y ella es quien le invita a pagar los respetos a la tumba de Yone. No se va solo. Se lleva con él a Koharu, una sobrina de Yone que había vivido en Kobe con el matrimonio. Así que, una vez más, Moraes inicia una última fuga que le llevó a una pequeña y tranquila ciudad de la que no saldría nunca.

     En Tokushima, Moraes se instala en una pequeña casa, situada junto a los templos locales y allí visita innumerables veces la tumba de su mujer muerta. Consagra su vida a ese recuerdo y al amor de Koharu. Prueba de ello es su libro O Yone e Koharu, un homenaje a sus dos amores y, a la postre, un homenaje a la mujer japonesa como llave de una caja que esconde el corazón de un mundo muy distinto.

     En 1916, Koharu muere de tuberculosis. Desde entonces, Moraes, se refugia en su soledad, en la contemplación de la vida provincial de Tokushima -lo que reflejó en su libro O Bon-Odori em Tokushima- y en un viaje interior interrumpido tan sólo por los gatos de la calle de los castaños (Iga-cho) y los cantos de las cigarras en verano. Su último libro, Relance da alma Japonesa, representa un intento por desenterrar algo de lo que había visto, y sus opiniones en cuanto al futuro de Japón se debaten entre un amargo escepticismo y cierto atisbo de esperanza. El 1 de julio de 1929 Moraes muere a consecuencia de una caída. Sus cenizas están enterradas en un pequeño jardín junto al templo Choon-ji en Tokushima.

     A continuación, vamos a ver algunas concomitancias y diferencias con respecto a la vida de Hearn:

     Tanto Wenceslao de Moraes como Lafcadio Hearn llegan a Japón a una edad tardía, cuando han abandonado la juventud. Los dos muestran descontento hacia sus propias culturas. Se quejan de la industrialización, del feísmo que les invade, de la explotación, del mal gusto, del racismo, etc. Los dos tienen problemas en sus anteriores dedicaciones profesionales: Moraes como militar y Hearn como periodista. Los dos sienten una fascinación con Japón nada más conocerlo. Esta fascinación se refleja en las obras de ambos y tiene sus raíces en la afabilidad, la suavidad, el exotismo y la facilidad de ambos para aceptar puntos de vista diferentes. Tras esta visión inicial, los dos autores se van progresivamente desengañando de su visión idílica inicial y van adoptando posturas y opiniones críticas con respecto a la evolución del Japón de la era Meiji. En su vida sentimental, Moraes y Heam también muestran similitudes: Los dos tienen romances con mujeres de color, Moraes en Madagascar y Hearn en Nueva Orleans, y los dos se casan con mujeres japonesas.

     Las diferencias descansan en su trayectoria profesional: Moraes es militar, diplomático y fugaz colaborador periodístico antes de abandonarlo todo, y Hearn es vendedor y, sobre todo, periodista. Hearn es un autor muy prolífico, con un gusto acentuado por lo fantástico, en tanto que Moraes es más limitado [395] en su producción literaria, y su gusto es más realista. Por último, Hearn escribe difusión, mientras que las de Moraes, el, inglés y sus obras alcanzan una gran agazapadas tras el portugués, alcanzan una divulgación mucho más limitada.



3. La visión del viajero

     Como hemos dicho, tanto Wenceslao de Moraes como Lafcadio Hearn fueron hombres descontentos con sus propias sociedades de origen. Sin embargo, aparte del peso de sus experiencias personales, sus críticas tienen como objeto aspectos concretos de esas sociedades. A continuación, compararemos el punto de vista de los dos autores.

     A grandes rasgos, los dos se quejan de la ausencia de belleza, del abuso del funcionalismo, de la industrialización, de la rapacidad, de la hipocresía, y del racismo de las naciones occidentales. En Japón, ambos, encuentran una dimensión ética de la vida que no han visto antes. Esta visión, que ha sido criticada por romántica e inocente en exceso, sin embargo, no permanece inalterable a lo largo del tiempo, ya que en los últimos años de sus vidas los dos se quejan de los excesos que la occidentalización está creando en la sociedad japonesa. Veamos a continuación algunos rasgos de su evolución personal.

     Lafcadio Hearn, desde el comienzo, es consciente de las oscilaciones de su mente con relación al nuevo país:

              The oscillations of one's thoughts concerning Japan! It is the hardest country to learn -except China- in the world(469).           

     Estas oscilaciones tienen un doble reflejo: de un lado, su obra, en la que muestra el lado positivo de su experiencia japonesa; de otro, su correspondencia, en la que da cuenta de sus problemas y opiniones negativas.

     En su correspondencia con Brasil Chamberlain, tras algunos años, se ve cómo a la fascinación se le une el sentimiento de que nunca podrá llegar a ser parte de esa sociedad.

              Really you are happy because you have entered bodily into Fairyland, into a world that is not, and never could be, your own(470).           

     Más adelante, llega a cambiar incluso su juicio sobre la sociedad. [396]

              The opening of the country was very wrong -a crime... Fairyland is already dead; perhaps the anti-foreign feeling at present is no more than the vague national consciousness of what must come(471).           

     Este mismo sentimiento lo refueza en otra carta:

              I feel the power of the anti-foreign reaction. [...] The only hope for Japan is a return to autocracy(472)           

     Asimismo, se siente dolido por su consideración profesional:

              Again the foreign teacher is trusted only as an intellectual machine. His moral notions, his sympathies, his intuitions, his educational ideas are not trusted at all(473).           

     Aunque en último término acepte las consecuencias:

           ... I must honestly confess that I approve of the abolition of English studies. [...] We (english professors) should be dismissed after use just as the old Chinese teachers must have been in former days(474).           

     A estas críticas a los funcionarios y a aspectos de la vida oficial, se unen las que tienen sus raíces en la naturaleza de la sociedad occidental. Son las que engarzan con el sentimiento de descontento que le lleva a su exilio personal:

              Our whole civilization is based upon immorality if we are to accept either the Budhist or the Christian system of ethics. [...] What you and I love -what we admire- what we aspire for- doe not belong to industrialism(475).           

     Ese mismo sentimiento le hace repeler la occidentalizacíón de Japón hasta el punto de pensar en marcharse:

              There are times I feel so hopeless about everything in Japan that I would like to leave it if I had no one else to care for. Especially when I meet insolent clerks who have learned impertinence and Christianity at the Doshisha (Universidad de Kioto)(476). [397]           

     La raíz de su sentimiento está en los cambios occidentalizadores, cambios que se reflejan, sobre todo, en la clase culta:

              The educated class repel me. It is impossible to make friends among them, and pure madness to expect sympathy(477).           

     Estos sentimientos le llevan a pensar en dejar Japón, e irse a otro lugar en el que esté libre de esos cambios:

              I would not return to a great civilized city again without money to save my tife from a tiger. Hell is realized there. No: if ever I have to leave Japan, I shall sail straight south into some old tropical port; any crumbling Spanish town, any village of half-naked savages, any imaginable land of cannibals and pagans, where the winter is not, is a million times better to live in than a world's capital without money(478).           

     Es curiosa su mención de España, que repite en otra carta, en la que habla de la capacidad de independencia de los países:

           The Japanese have not this trouble to contend with. But they have others shared perhaps with the Spanish, whom they most seem to resemble (i.e., if they can be said to resemble any Western race at all)(479).           

     Vemos, en resumen, que la visión idealizada de Japón y de la sociedad japonesa que Hearn da en sus libros, se va, en su opinión, corrompiendo por la apertura del país y su acelerada occidentalización. Su última obra, Japan: an Attempt at an Interpretation, se ve impregnada por este espíritu y en ella, aunque se alaba el fondo ideológico tradicional del país (con una encendida defensa del budismo), se vierte también el pesimismo que le daba la visión de un país abocado al militarismo y a la supervivencia frente a las potencias coloniales. De este enfrentamiento con occidente, cree Hearn aún así que Japón puede salir victorioso. En su opinión, la raza japonesa está mejor dotada evolutivamente, ya que básicamente necesita menos para existir, y tiene una mayor facilidad para asimilar lo extraño. A costa, pues, de pagar el precio de la fealdad, tiene posibilidades de alcanzar la victoria.

     En el caso de Wenceslao de Moraes, su obra y sus opiniones están teñidas de una capa de dulce tristeza lusa. En 1914, en una carta a un amigo, escribe: [398]

              Alguém me lamenta pelo meu isolamento em Tokushima! Se esta minha situaçâo nâo é brilhante, é, em todo o caso, a melhor que eu podía ter escolhido. Estou há 10 anos e meio em Tokushima, e ainda nem de leve me arrependí do passo que deí. Outros nâo poderiam levar a vida que levo; questâo de feitio; cada um tem o seu(480).           

     Moraes también critica los viajeros normales con los que se topa en Japón, los misioneros, los expatriados que trabajan en compañías comerciales, los militares... En este sentido, Moraes es muy consciente de su condición de auto-exiliado, y también sabe bien por qué lo es. En su obra O Yone e Koharu, hace una descripción del viajero romántico terminal, que no es otra cosa más que una definición de sí mismo:

              Quando falo de amorosos do exotismo, refiro-me unicamente a unt grupo reduzido de homens, áquelles que pelo exotismo tudo dâo, áquelles que se sentem fatalmente attrahidos pelo estranho e para o estranho se encaminhan; fugindo, se podem, ao seu medio, indo identificarse quanto possível com o meio novo, divorciados resolutamente das sociedades, tan differentes, onde nasceram e onde os primeiros annos de juventude lhes medraram(481).           

     Sigue en la misma obra:

              Trascendentes, incomprehensíveis influencias hereditarias terâo amassado, durante milhares de séculos sem conto, o barro humano em que esses amorosos de exotismo sâo moldados; jámais se chegará a conhecer, ou mesmo a presumir, a essência subtilíssima de taes influências. O que julgo poder assegurarse desde ja, é que esses curiosos individuos nasceram morbidamente incompatíveis com a dose de felicidade que o próprio meio póde dar; ou entâo, por vicissitudes que soffreram, tornou-se-lhes a patria uma madrasta. Falta-lhes o pâo do espíritu; emigram pois, logicamente, como o lavrador pobre dos campos, a quem falta o pâo do almoço, emigra para longe, cm busca de sustento(482).           

     Al amante del exotismo lo caracteriza de la siguiente forma:

              O amoroso do exotismo, geralmente um intellectual, vindo das classes cultas, é tambem geralmente um estheta, conseguintemente um mystico, um apaixonado da forma, da côr, do perfume, do som, de tudo que é belleza e arte(483).           

     Para Moraes, Europa ya no es un medio estético. Por otro lado, Norteamérica es la antítesis del esteta. Se trata del reino del funcionalismo y del dinero. Ve [399] cómo estos mismos valores van avanzando en Japón, lo que le hace ser, de la misma forma que lo fue Hearn, pesimista:

              mas -fiquemos certos- dentro de algunas dezenas de anos, excepçâo feita dos seus enlevos naturais, o império do Sol Nascente terá caído, quanto à beleza dos aspectos, numa banalidade assombrosa, aterradora(484).           
   Uma onda fervente de inovaçâo, de destruir o velho para construir o novo, impregnada sobretudo de utilitarismo, de sordidez, alaga tudo e todos, nâo se prevendo como semelhante flagelo acabará(485).

     Aunque la asombrosa capacidad nipona de asimilar lo extraño le hace prever el futuro:

              Há ainda mais que dizer: a civilizaçâo ocidental, transformada e melborada pelo Japâo, atingirá acaso o mesmo brilho fascinante, que alcançou a civilizaçâo de China, tranformada e melhorada pelo Japáo?...           
   Paciência...(486)

     Así pues, en los dos autores aparecen rasgos similares: un disgusto por sus sociedades del origen, un gusto natural por el país y sus gentes, una fascinación por la cultura, cierto sentimiento de fastidio por partes del carácter nativo, gusto por el arte y las cosas simples, y un escepticismo poco claro en cuanto al futuro moral y artístico de Japón, al basarse la formación de las clases educadas en los principios occidentales.

     Sin embargo, tanto Hearn como Moraes, están convencidos de la superioridad moral de las clases populares japonesas, de su capacidad para el sacrificio individual en nombre de los valores colectivos, y de su adaptación física a situaciones de carencia extremas. Su experiencia como observadores de la occidentalización les lleva a prever el nacimiento de un nuevo Japón, más feo pero tenazmente convencido de su derecho a no ser inferiores, en el concierto internacional, a ningún otro país.

     En este aspecto, Moraes y Hearn anticiparon el Japón moderno, conscientes de que algo nuevo estaba naciendo, un país que repetía el proceso de siglos anteriores cuando importó de China las esencias culturales y técnicas para alimentar un nuevo desarrollo. En su posición de testigos, los dos tienen algo del biólogo que observa como el gusano se transforma en mariposa. Por su condición, lo ven con horror y asombro, dolidos por la pérdida de la tradición que tanto querían. [400]

     Como último apunte, llamaré la atención que en el Japón de todos los tiempos merece el transformismo y la mutación entre los propios japoneses, bien sea en los personajes del teatro Noh, bien sea en los modernos héroes y monstruos mecánicos del manga.



4. La mujer y Wenceslao de Moraes

     Sería injusto no hablar de la importancia de las mujeres, y de la mujer japonesa en concreto, en la vida de Moraes. En este aspecto, como en muchos otros y como ya hemos apuntado, comparte con Hearn algunos aspectos: para empezar, los dos, antes de ir a Japón, tienen amores con mujeres negras. Hearn en Nueva Orleans, y Moraes en Mozambique. Los dos sufren las consecuencias de unas sociedades que no aceptan ese tipo de uniones. Los dos se casan con mujeres orientales y los dos tienen hijos de sus uniones. Su trayectoria amorosa sigue la misma trayectoria que su trayectoria vital:

Occidental ---- Africana ---- Oriental

     En el caso de Moraes, su obra está plagada de garotas y raparigas, de mujeres silenciosas que saben cómo hacer la vida más agradable con mil cosas poco importantes. Rapariguitas y musumes, mujeres pequeñitas y coloreadas como muñecas de madera colocadas caprichosamente en estantes hechos con palabras. Moraes las amó figurada y literalmente, como en el caso de Atchan o de O Yone y Koharu, y ellas fueron las únicas acompañantes de su viaje sin retorno.

     Hearn, aunque más mesurado que el viajero ibérico, se muestra menos personal que Moraes y sus comentarios son menos personales y atañen tan sólo aspectos generales de la apreciación estética de la fisionomía oriental:

              To me the Japanese eye has a beauty which I think Western eyes have not. I have read nasty things written about Japanese eyes until I am tired of reading them(487).           

     También puso de manifiesto lo absurdo de las comparaciones:

           I only mean this: Compare the most beautiful Japanese, or Chinese eye with the most beautiful European eye, and see which suffers by comparison. I believe the true artist would say neither(488). [401]           

     La relación con su esposa fue completamente japonesa, como se puede ver en la correspondencia que mantuvieron y que se conserva.

     Moraes, por el contrario, dedicó toda una obra a las mujeres japonesas que tanta influencia tuvieron en su vida, O-Yone e Ko-Haru, y en ella se muestra apasionado y dolido por sus rápidas muertes. Lo que sí queda claro es su admiración por la mujer nipona y el papel que ésta jugó en su introducción en la cultura.

     En este sentido, sería interesante estudiar el papel de la mujer, o del amor en un sentido más amplio (como alguna vez ha apuntado Antonio Cabezas), como llave de otras culturas, como factor capaz de saltar sobre barreras que de otra forma serían difícilmente salvables.



5. Conclusión

     Wenceslao de Moraes es un escritor con una trayectoria vital muy peculiar: llegó a un país lejano descontento con su propia sociedad, mostró un entusiasmo extremo por una cultura ajena, desarrolló una obra basada en lo exótico y lo fantástico, y se sintió desengañado al ver que la industrialización y la occidentalización invadían el decorado de sus sueños. En todo ello, muestra una gran similitud con Lafeadio Hearn, matizada por sus diferentes culturas de origen, sus formaciones previas y su problemática personal.

     No carente de contradicciones, su vida y su obra define por antonomasia el viajero romántico: aquél que se debate a solas con sus objetivos y sus necesidades, sin una institución que lo defienda o unas creencias parciales que imponer a los nativos. El momento histórico en el que viajó a Japón, la era Meiji, permitió que se convirtiera en testigo de una tremenda convulsión social. A la vez, aceleró el final de lo que vio y amó. Seguramente sin pretender serlo, tanto Hearn como Moraes, se convirtieron en cronistas de un cadáver gigante, a la vez que ambos avistaron y anunciaron el futuro renacimiento de otro gigante diferente y para el que no estaban preparados. [402]



BIBLIOGRAFÍA

     BARREIROS, L. D., A paixâo Chinesa de Wenceslao de Moraes. Agência Geral do Ultramar. Divisâo de Publicaçôes e Biblioteca, 1955.

     HEARN, LAFCADIO, The Writings of Lafcadio Hearn, 16 volúmenes, Houghton Mifflin Company, Boston, 1922.

     DE MORAES, WENCESLAO, O-Yone e Ko-Haru, A Reinassenca, Porto, 1923.

     DE MORAES, WENCESLAO, Relance da Alma Japonesa, Porto, 1926.

     DE MORAES, WENCESLAO, Obras Completas, 14 volúmenes, Farreria A. M. Ferreira Ldo., Lisboa, 1973.

     DE MORAES, WENCESLAO, Teihon Moraesu zenshu, 5 volúmenes, Shueisa, 1969.

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