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Sobre el Manicomio político-social galdosiano y el sentido de sus cuatro variantes, a partir de El espiritista


Julio Peñate Rivero



Universität Bern-Université de Neuchâtel






ArribaAbajo1. Introducción

Galdós publica El espiritista el 26 de abril de 18681 en La Nación, periódico madrileño del que es colaborador. Es la última de las cuatro jaulas de la serie «Manicomio político-social. Soliloquio de algunos dementes encerrados en él», iniciada con El Neo el 8 de marzo anterior. Las dos intermedias son El Filósofo materialista (15 de marzo) y El don Juan (29 de marzo).

El texto narra cómo un apasionado del espiritismo establece contacto con difuntos ilustres de diferentes épocas. El primero, Julio César, le revela la auténtica razón de su muerte, mucho menos gloriosa que la versión conocida: una indigestión de cangrejos de Tarento el día de su santo. El espiritista, para restablecer la verdad histórica, publica la insospechada revelación del emperador romano. Los lectores, por envidia según él, «dijeron que estaba loco el que tales cosas escribía». Idéntica reacción producen las confidencias de Luciano Fernández Comella2: llegado desde Saturno para la entrevista, afirma ser el mayor dramaturgo de todos los tiempos y estar componiendo una comedia cuyo título no se le ocurriría a ningún habitante de la tierra3. Antes de desaparecer, le informa que Calderón   -516-   está en el cielo de los malos poetas, como autor mediocre que es. Peor suerte tiene nuestro entusiasta médium con la última entrevista: recibe al inquisidor Torquemada, residente en Júpiter, donde reina sobre todo un planeta de neocatólicos, sometidos al infalible castigo del fuego. El espiritista publica un estudio en el que «probaba que el ideal de las sociedades era un país de neos, gobernados por el sistema de la hoguera». Esta vez los envidiosos lo encierran en una jaula, donde se aburre terriblemente: la mesa está clavada en el suelo y, por consiguiente, resulta insensible a los golpecitos que los espíritus utilizan como forma de expresión.




ArribaAbajo2. El Espiritista y sus referencias doctrinales

Formalmente, este relato se distingue de los anteriores de la serie por un rasgo cuya intensidad estaba casi inédita hasta ahora en la narrativa breve galdosiana: su estructura básicamente dialogal. Después de una introducción para situar al protagonista y los antecedentes de su acción, el texto se divide en tres diálogos entre el protagonista narrador y personajes históricos de épocas diferentes. Los diálogos poseen, además, una estructura semejante: en los tres casos, un médium convoca a un difunto ante su presencia, le ruega que se presente, identifica el lugar donde se encuentra, lo interroga sobre su actividad presente, le pide su opinión sobre personas y hechos pasados o actuales, y recibe del difunto una información totalmente ignorada antes, que el médium da por válida y se apresura a divulgar.

Como el título ya hacía suponer, estos diálogos corresponden bastante estrechamente a sendas sesiones de espiritismo, no sólo por la presencia de un médium, por la calidad de sus interlocutores o por el contenido del diálogo, sino por toda una serie de componentes presentes en las entrevistas, como los siguientes: los golpes dados por el espíritu de Julio César anunciando su presencia recuerdan a los oídos en las primeras y más célebres sesiones de la historia moderna del espiritismo. Recordemos que en 1847, las hermanas Margaret y Katie Fox en Hydesville (estado de Nueva York) oyeron una serie continua de golpes en las paredes, veían moverse mesas y sillas, y oían ruidos inquietantes que les impedían conciliar el sueño, hasta que llegaron a establecer un código que permitía descifrarlos y comunicar con los espíritus4. El hecho de que el médium sea alguien con unas disposiciones especiales (y pueda por ello suscitar la envidia) también arranca de esas primeras experiencias y pasa a ser un componente indispensable de la actividad espiritista; la fama de ciertos mediadores atravesó el Océano e interesó a varias cortes europeas5. La   -517-   mesa, presentada en el relato como elemento imprescindible de la entrevista, es uno de los instrumentos considerados más eficaces para comunicar con los espíritus; el entusiasmo en torno a ellas dio lugar a diversas publicaciones y descripciones de su funcionamiento6. Tampoco es gratuita la mención de sus lugares de habitación (Saturno para Comella y Júpiter para Torquemada), así como la alusión a distintos niveles de excelencia (muy alto en Comella; bajísimo en Calderón). Según la cosmogonía espiritista, entre los espíritus existen diferentes grados de perfección que les permiten habitar un planeta u otro: por ejemplo, estar en Marte indicaría un nivel de perfección inferior al de la Tierra. Así, Torquemada, gran jefe de los neos, habita en Júpiter, planeta infinitamente superior al nuestro. Los espíritus pueden volver a la Tierra para una determinada misión (como atender la llamada del médium), aunque los interpelados regresen a disgusto, lo cual se comprende muy bien en casos como el de Comella, quien anda ocupadísimo con los últimos ensayos de una comedia que ha de estrenar esa misma noche7.

En la escasa parte del texto que no es estrictamente diálogo también se aprecia la presencia de ingredientes característicos del esoterismo. Primera muestra, las referencias a los oráculos: comentando el arreglo de la mesa, afirma el protagonista que «quedó tan bien compuesta que no le excedieran en facundia y verbosidad el m ismo oráculo de Delfos ni la trípode de la pitonisa de Endor». Curiosamente, estos dos oráculos son citados como manifestaciones de la existencia del espiritismo desde los comienzos de la historia occidental, el uno presente en la Historia de Herodoto y el otro en la propia Biblia8. Una   -518-   buena indicación de su importancia es que Haynes, en su célebre libelo contra este movimiento, los utilizó para desmontar el pretendido valor de prueba de los postulados espiritistas9.

La segunda muestra, de mayor alcance, se refiere a principios básicos del espiritismo. Empezando el texto, el protagonista describe sus sensaciones al poner sus manos sobre la mesa, canal de comunicación con el más allá: «Bajo mis dedos, bajo las diez sutiles y perspicuas yemas de mis dedos, sentía correr el sublime fluido, agente supremo de toda vida, soplo fecundo de la creación y equilibrio del universo. [...] siento el pulso tranquilo, acompasado, uniforme, eterno, que desde el centro del cosmos se extiende hasta los más pequeños objetos de cada planeta». Y hacia el final, vuelve sobre «mi teoría del espíritu universal», «alma de las almas, elemento vital de todo el universo». La noción, bastante imprecisa por otra parte, del «fluido universal» es central en la cosmogonía espiritista, según la cual el universo es una trinidad, Dios creador, el espíritu y la materia. Pero hay además un cuarto elemento, el fluido, fuente de vida, intermedio entre el espíritu y la materia, de naturaleza eléctrica o magnética, que está en nosotros en forma de energía nerviosa y forma el tercero de nuestros tres componentes: el alma, el cuerpo y el periespíritu, especie de envoltorio del alma, hecho de materia infinitamente tenue y sutil. Después de la muerte, el alma, liberada del cuerpo y envuelta en el periespíritu, recibe el nombre de espíritu, es decir, el ser humano despojado de su cuerpo físico10. Vemos, pues, que el narrador-protagonista asienta sus prácticas, de manera explícita, en los principios de la cosmogonía espiritista.

De un modo formalmente menos directo, pero no menos auténtico, percibimos la tercera muestra, la relación entre las sesiones y la posibilidad de conocimiento: la finalidad de aquellas es obtener información; sin creer que esta es posible mediante las sesiones, tales prácticas no se realizarían o no tendrían el sentido que les da el médium, quien, en el segundo párrafo del texto, si no aclara al menos desvela su intención: se trata de «investigaciones psico-antropo-cosmológicas» (las itálicas son nuestras). Y el hecho de que,   -519-   después de cada sesión publique los «datos» allí recibidos, y lo haga con pretensión de rigor histórico (para corregir una falsedad hasta entonces tenida por verdad) muestra hasta qué punto parece estar convencido de la certeza de sus conocimientos (se puede decir que de ese convencimiento del personaje depende la existencia del relato y que esté construido como lo está). Ahora bien, la posibilidad de que los espíritus nos enseñen es uno de los postulados esenciales del espiritismo, de tal manera que sin esa posibilidad las prácticas espiritistas desaparecerían, puesto que a través de ellas lo que fundamentalmente se busca es la información11. Dado que los espíritus son los únicos en conocer por experiencia el fin del hombre, se comprende la importancia de sus enseñanzas, especialmente cuando estas proceden de los espíritus situados en un nivel de perfección alto (en nuestro relato Comella pretende que esa es su situación)12.

De lo dicho hasta ahora podemos deducir la existencia de una relación bastante estrecha entre los diálogos del relato y los de una posible sesión espiritista. En efecto, se aprecia fácilmente el parentesco formal entre unos y otros en los soportes, en el tipo de preguntas, en la temática de los diálogos o en su desarrollo13. La relación no se limita al terreno estructural o al argumental sino que lo es también de tono, de estilo, pero buscando siempre la ironía crítica a la que los relatos de la serie ya nos han acostumbrado, según se observa en la entrevista que reproducimos a continuación entre el médium y el inquisidor Torquemada:

«Las frecuentes palpitaciones de la tercera pata de mi velador anunciaban la visita de un espíritu.

-¿Quién eres?, pregunté.

Aquel espíritu era de la familia de los lacónicos, de los que no dicen más que sí y no.

Era preciso que yo le ayudara en la conversación.

-¿Eres europeo?

-Sí.

-¿Eres español?

-Sí.

-¿Hace mucho que has muerto?

-Sí.

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-Apuesto a que eres el Cid.

-No.

-¿Felipe II?

-No.

Entonces, viendo que no era posible que yo acertara, quiso satisfacer mi curiosidad y exclamó con voz tremenda:

-¡Soy Torquemada!

-¡Jesús!, exclamé horrorizado, ¡El gran quemador de herejes!

-¿Tienes ahí un fósforo?

-Sí, aquí tengo una caja llena.

-Pues enciende uno. Me gusta ver el fuego. Si no lo enciendes, me voy a Júpiter, donde tengo una hoguera perfectamente encendida.

-Dime, ¿hay neos en Júpiter?

-Pues no ha de haber, si allí todos son neos.

-¿Y los quemas?

-Los achicharro.

-El fósforo se me ha concluido y se me han quemado los dedos.

-Mejor. Encended otro si queréis que esté aquí. El espíritu es el fuego despojado de sus propiedades perceptibles, y conservando tan solo sus cualidades elementales, la esencia flogística, alma del universo.

Diciendo esto, el espíritu se alejó poco a poco».



El autor pone en boca de los personajes preguntas, respuestas y comentarios que indican el tono distanciador con el que se han de leer: las peregrinas demandas en torno a la identidad del espíritu, la reacción ante sus respuestas, las exageraciones de Torquemada en tomo al fuego y su declamatoria amalgama entre el fuego y el espíritu universal. Estamos ante lo que calificaremos de imitación caricatural del diálogo típico de las sesiones espiritistas (preferimos esta denominación a otras próximas como la de pastiche, que reservamos para la imitación de estilos o escuelas literarias, lo cual, en principio, no es el caso de los textos espiritistas, que se presentan como meras transcripciones fieles de diálogos orales).




ArribaAbajo3. La estructura implosiva del texto

Podemos ir mucho más lejos y constatar otra notable peculiaridad de este relato vinculada a la antes citada: si este texto se distingue de los demás de la serie por su estructura dialogal, también se separa de ellos porque la mayor parte de las acciones aquí relatadas son sugeridas por el mismo texto como falsas. Si en los anteriores la locura llevaba a ejecutar acciones que acababan provocando el encierro, en este es la locura de pretender haber realizado unas determinadas acciones lo que motiva la reclusión. El relato nos indica a través de múltiples marcas de diverso tipo que las entrevistas no son más que un producto de la descontrolada imaginación del personaje. Ya la introducción se cierra con una perorata recargada de comparaciones, de calificativos, de términos ampulosos y casi vacíos de contenido, lo cual no impide rematarla con un orgullo que traduce la ingenuidad   -521-   y la inconsciencia de su autor14: si él cree haber dicho algo fundamental, el lector tiene más bien la impresión de lo contrario. Inmediatamente después viene la referencia paródica a la gestación de la locura de don Quijote. El personaje confiesa no haber comido ni bebido, consagrando las veinticuatro horas del día a sus «profundas especulaciones, y antes diera la vida que la mesa, antes prefiriera ser espíritu errante y sin cuerpo [...] que renunciar a mis regocijos de medium». En las respuestas de Julio César se acumulan las incongruencias, tanto de tipo histórico como de niveles de realidad: se encuentra, ahora, en la otra vicia, probando un nuevo fusil de marca Chassepot (inventado en 1866). Él, persona histórica, real, echa unas cañas con don Quijote, ente de ficción. El emperador romano no tenía inconveniente en celebrar el día de su santo antes de la era cristiana; el pretor Pomponio le regaló con este motivo el mortífero manjar. Otro de los causantes de su muerte fue el abuso del tabaco, no importa que este se introdujera en Europa diecisiete siglos después. No hubo asesinato sino una mera indigestión de cangrejos. Considera a la prensa de la época (entonces inexistente) como culpable de la versión errónea de su muerte, a pesar de que este hecho fuera uno de los mejor conocidos de aquel tiempo al ser realizado en el senado y casi «con luz y taquígrafos». Finalmente, y aunque no estemos ya en el terreno de los hechos históricos sino de las apreciaciones literarias, dar por buena la proclamación de Comella, conocido sólo por su escasa calidad literaria, como el primero de los escritores, y de Calderón como uno de los últimos, y todo ello incluso después de escuchar el título de su próximo estreno, es algo que por rayar en el delirio, debería haber sido rechazado sin vacilar por el personaje, lo mismo que la anacrónica posibilidad de instaurar un estado neocatólico basado en el sistema de la hoguera, como el que pretende estar dirigiendo Torquemada.

Así pues, esas «entrevistas» son coloquio sólo formalmente: no existe en ellas auténtico dialogismo, interacción real entre los interlocutores y entre las diferentes partes del discurso global que construirían los dos. Están presentes los materiales que permitirían expresarse a un Otro posible y obtener así una pluralidad de voces sobre la realidad, pero ese Otro no se expresa con voz propia, simplemente porque no existe: sólo en apariencia hay dos interlocutores. Sería inútil buscar aquí esa «multiplicidad de voces y de conciencias independientes y no confundidas entre sí» que, según Bakhtine, caracterizan al texto polifónico15. Llevando al marco literario el planteamiento de Bobes Naves sobre el tema16, el dialogismo considerado como un rasgo propio de la lengua en cuanto sistema (cada   -522-   emisor construye su mensaje en función de un destinatario conocido o desconocido, presente o ausente), casi diríamos que en esos «diálogos» no hay lengua en sentido estricto: no existe la menor adaptación al otro sino, más bien, la imaginación de un Otro como simple emisor empírico de nuestro mensaje (quizás ahí resida la locura bajo el punto de vista lingüístico). Si no ha habido diálogo, no ha habido comunicación de esas pretendidas informaciones. Si estas no existen, el creerlas y publicarlas justifica el encierro del personaje.

Según hemos visto, el protagonista actúa como narrador no una vez sino dos; primera, publicando sus «revelaciones», con el resultado ya conocido; segunda, relatando de viva voz sus experiencias a un transcriptor (el filántropo que nos fue presentado en El filósofo materialista): es un auténtico «tour de force» teniendo en cuenta que se trata de relatos sin base real. Además, sus teorías son cada vez más arriesgadas y con mayor proyección social: en el caso de Julio César, se «corregía» una versión de hechos anteriores a la era cristiana, sin mayor repercusión en el presente. En el de Comella, se revisaba la valoración actual de escritores recientes o aún vigentes por su especial relieve. En el de Torquemada, se trata de algo aún más grave: un proyecto de sociedad futura, aclimatable al país, mediante un sistema de gobierno totalmente anacrónico. La locura en este caso no estriba en la imposibilidad de establecerlo (la historia reciente del país lo había demostrado) sino, precisamente, en que fuera posible llevarlo a cabo.

Si como narrador, el personaje debería controlar los diversos puntos de su narración para establecer (y, eventualmente, evitar) conexiones entre unos aspectos y otros, aquí comete una serie de errores que muestran su escaso dominio de la materia narrada y que hacen dudar de la consistencia de dicha materia e incluso de su realidad: ya hemos destacado las incongruencias de su relación. Añadamos que, como en los anteriores relatos de la serie, el narrador prosigue hasta el final sin una mínima distancia intelectual frente a lo narrado y su significación, lo cual en una narración como esta es un importante indicio que priva de credibilidad a la relación, puesto que permite suponer manipulaciones, alteraciones de hechos e incluso su misma invención. Esto sería suficiente para hacer surgir sospechas en torno a la veracidad de las sesiones, sospechas confirmadas por las marcas textuales que antes comentamos.

De la serie de cuatro, este es el relato en el que menos sabemos del personaje, sí exceptuamos su pasión por el espiritismo, pasión que suponemos verdadera y que le ha llevado a perder el juicio por la entrega continua a sus experiencias tiptológicas. Dado que es el personaje el que debería hablar de sí (ya que estamos ante un narrador autodiegético), esa ausencia de datos sobre sí mismo y la riqueza de elementos sobre sus experiencias, sugiere hasta qué punto estas le han absorbido y desequilibrado mentalmente, pero también se comprende que apenas existan: para el personaje sólo cuenta su entrega total al espiritismo y a sus prácticas. Es, de nuevo, un indicio de su total absorción por esta doctrina y de sus graves consecuencias17. Pero sí tenemos del personaje al menos dos datos   -523-   relativamente fidedignos, más a través de sus reacciones que de la información directa: en la medida en que está totalmente entregado a sus experiencias espiritistas, se trata de alguien casi por completo aislado del exterior. Sólo se relaciona con él para publicar sus revelaciones y percibir las reacciones negativas que provocan (lo que le hace sentirse superior a quienes leen sus textos y desdeñar sus críticas sin examinarlas). Esa separación de los demás impide la modificación de su visión de la realidad, manteniendo, como en los relatos anteriores de la serie, una casi total disonancia entre su visión de sí mismo y del mundo y de la realidad de este último.

Puesto que el espiritista parece haber imaginado las informaciones que afirma haber recibido, no sabemos hasta qué punto (aunque lo sospechamos) ha realizado las acciones que nos narra ni hasta qué punto ha manipulado la narración de las que efectivamente ha podido realizar. Quizás tampoco lo sabe el mismo personaje, y ahí radica parte de su problema y de la tensión fundamental del relato (tensión entre el espiritista y su medio a partir de sus publicaciones): el personaje, dado su estado intelectual, se desconoce a sí mismo, desconoce a su medio y, sin embargo, pretende influir en él a través de afirmaciones que es incapaz de justificar, simplemente porque no corresponden a la realidad aunque él parece ignorarlo. Ahí reside al menos parte de su drama.

Por otro lado, el apasionamiento del personaje es de tal intensidad que le perturba gravemente en la captación de dimensiones tan vitales como las del tiempo y el espacio. Para el espiritista, la diacronía del mundo exterior no parece tener el menor interés. El ritmo del tiempo se confunde en su caso con el de sus «profundas especulaciones» (son sus palabras), a las que consagra las veinticuatro horas del día», y afirma estar dispuesto a renunciar a todo antes que a su mesa de operaciones: «antes diera la vida que la mesa», nos dice sin la menor vacilación. Pero en el plano temporal lo más notable quizás sea la división del relato en tres entrevistas que, en definitiva, vienen a abarcar el conjunto de la realidad humana: la historia pasada, la cultura presente y la sociedad futura (proyecto de estado neo). Esa progresión temporal se relaciona con otra en el orden del contenido. Recordemos que se trata de una progresión en lo inaceptable: las causas de la muerte de Julio César poseen un interés bastante relativo para nosotros; mayor importancia revisten las valoraciones que se establecen actualmente sobre la calidad estética y la manera de concebir la producción literaria; y la trascendencia es muy superior cuando lo que se plantea tiene que ver con las bases de la convivencia futura. El relato parece sugerir, a través de la unión de las tres secuencias por el mismo personaje, la íntima articulación entre esos tres momentos y, por consiguiente, la importancia de la acción presente cara al futuro partiendo de la enseñanza del pasado. Tal vez lo que nos cuentan las tres secuencias sea anecdótico: tal vez lo que importe sea sugerir la estrecha relación estructural entre el conjunto para plantear al lector su situación en el mismo.

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En cuanto al espacio, este texto también funciona de forma algo distinta de los anteriores: aunque ha habido una transformación espacial en la situación del personaje, que ha sido encerrado después de su última publicación, para el protagonista esta modificación carece de mayor trascendencia, excepto en un importante detalle, la mesa: de tener una con las patas no clavadas al suelo, el encierro dejaría de existir para él. De nuevo queda claro que su mundo se reduce a sus experiencias, posiblemente más virtuales que reales.

En resumen, el protagonista-narrador destruye su relación a medida que la construye: saboteado desde el interior, el relato, según avanza, se vuelve cada vez menos creíble, podemos decir que implosiona, e incluso se convierte en argumento contrario al posible interés del personaje por ser considerado como alguien normal y recobrar la libertad.




ArribaAbajo4. La última «jaula» y el resto del «manicomio»

Llegados a este punto, y a fin de no consumir más espacio del previsto, formularemos algunas observaciones generales, especialmente destacables, sobre el conjunto de la serie.

4. 1. En cuanto al punto de vista narrativo, la serie revela una notable complejidad técnica: no se trata de soliloquios transmitidos directamente al destinatario sino que existe un emisor inicial (el personaje protagonista), un transcriptor (un «filántropo curioso que copió por taquigrafía») y un editor anónimo. Este último no dice nada de sí mismo, como para hacemos olvidar su intervención en el proceso y acentuar la impresión de que lo leído por nosotros corresponde a lo que pensó y dijo el personaje: podemos así suponer que no hay divergencia entre locutor y enunciador, entre responsable del acto ilocutorio y responsable del punto de vista que su discurso expresa18. Es en este nivel donde se produce la distancia irónica común a la serie (distancia que aumenta en cada relato a medida que avanza la lectura): no entre discurso y personaje sino entre éste último, demente hasta el final, y el lector, presumiblemente cuerdo y consciente de la profunda distancia entre el protagonista y su mundo.

4. 2. El rasgo que más individualiza y humaniza al protagonista es su condición final de víctima ignorante, potencialmente funesta y estremecedoramente ingenua, en lo cual radica la dramática ironía de la serie: ninguno de los protagonistas es lo que cree ser y no sospecha lo que en realidad es. Todos los de la serie se han dejado llevar sin la menor reflexión por influencias censurables, en el plano político (el Neo), en el literario (el don Juan), en el filosófico (el filósofo materialista), en el doctrinal (el espiritista): ya estén orientadas hacia el pasado como las dos primeras, o se presenten con aires de novedad y de efectividad como las dos últimas, se revelan dañinas o al menos inoperantes cara al presente y al futuro. Los resultados de su puesta en práctica (quemar seres humanos, importunar hasta la exasperación, matar para experimentar, falsificar la historia) así lo prueban.

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4. 3. Cada uno de los textos posee una densa carga referencial manifiesta ya en el título y, según hemos comprobado, confirmada a lo largo del relato. Los protagonistas importan menos como individuos que como representantes de un grupo o tendencia inquietante dentro de la sociedad española. De ninguno poseemos gestos claramente individualizadores, ni siquiera el nombre: se les designa siempre con la denominación que los vincula al campo extraficcional de referencia: el partido neocatólico (de gran virulencia entonces); los últimos rescoldos del romanticismo, la penetración del positivismo que se iba a manifestar sobre todo en los años siguientes19, y el espiritismo, a propósito del cual, según ya dijimos, el autor demuestra no hablar simplemente de oídas, puesto que en muy breves páginas toca los puntos esenciales de su práctica, se sitúa críticamente frente a ellos y se permite su rechazo de forma tan irónica como explícita. Su actitud alude, más que a las bases de la doctrina, a sus consecuencias históricas, culturales y sociales: puede admitirse que el rechazo galdosiano a esa doctrina, en el contexto prerrevolucionario de 1868, está asentado en que la considera como parte de los factores más declaradamente opuestos a la modernización equilibrada de la sociedad española.

4.4. Ya el intitulado de la serie Manicomio político-social. Soliloquio de algunos dementes encerrados en él avanzaba una notable cantidad de información sobre el conjunto, confirmada con la lectura posterior: se trataría de una sucesión de tipos humanos, del estatuto de sus protagonistas (dementes), de su situación actual (encerrados), de su carácter representativo (algunos de los que merecerían el encierro), del contenido de su discurso (temática sociopolítica y cultural), de la categoría retórica del mismo (monólogo directo), de su estructura interna (coherencia limitada por la situación del emisor). Y esto no es todo, puesto que tal encabezamiento revela también una toma de posición por parte del autor frente al protagonista y una invitación a que el lector no preste demasiado crédito a los propósitos de unos personajes ya precalificados como anormales. Más aún: dado que el título y el desarrollo de cada texto se concentra en un sólo rasgo de los distintos protagonistas llevado al extremo (neísmo, espiritismo, materialismo, donjuanismo), podemos apreciar, según indicamos anteriormente, que la serie utiliza como recurso narrativo fundamental la caricatura: la representación distorsionada de un tipo o de un individuo, con finalidad burlesca, ridiculizadora. La distorsión se logra aquí como es habitual, llevando una característica, por lo general ya en sí negativa, hasta el límite máximo donde todavía se la reconoce: la imposibilidad de reconocerla le haría perder su eficacia. La intención será doble: burlesca, cómica, en un primer nivel; de denuncia y corrección, en un plano más profundo.

4. 5. La característica global censurada aquí es el fanatismo en sus múltiples aspectos, político, filosófico, literario, espiritual; fanatismo que impide percibir y, por consiguiente, corregir los propios errores. De ahí la función de la caricatura como instrumento de denuncia y corrección, empleado por Galdós como arma de combate en una de las fases   -526-   menos estudiadas y más exaltantes de su trayectoria vital: la del periodismo de opinión ante la perspectiva de una próxima transformación de la sociedad española (en parte esbozada en la revolución de septiembre de ese mismo año), experiencia que el autor ya no volvería a vivir y que recordaría, no sin nostalgia, en sus notas autobiográficas publicadas por La Esfera entre el 14 de marzo y el 16 de octubre de 191620.




Arriba5. Nota final sobre el movimiento espiritista

Para terminar, podríamos preguntamos si el problema concreto del espiritismo era tan urgente como el texto galdosiano podría dar a entender: a partir de 1852, con las sucesivas llegadas de mediadores norteamericanos y el impacto creciente de sus presentaciones públicas, la nueva doctrina se extiende por buena parte de los países europeos, sea haciendo adeptos, sea desencadenando la discusión y la polémica, incluso en los medios científicos: en 1869, la Sociedad Dialéctica de Londres se reúne para condenar los fenómenos espiritistas como simple obra de la imaginación y acaba dictaminando, dieciocho meses después, en favor del espiritismo y de la realidad de sus prácticas. Casi cada país cuenta con personalidades científicas adeptas al espiritismo o, al menos, interesadas por él: en Inglaterra, William Crooks, uno de los mayores científicos del momento; Russel Wallace, formulador de la teoría de la evolución al mismo tiempo que Darwin; Morgan, presidente de la Sociedad Matemática de Londres; en Alemania, el filósofo Karl du Prel, el astrónomo Zollner y otros profesores de la Universidad de Leipzig; en Italia, el criminalista Lombroso, el físico Gerosa, el fisiólogo de Amicis; en Francia, el historiador Boucher de Perthes, el médico Charles Richet, el físico Flammarion, etc.

Además, parte de la buena sociedad y de los intelectuales también se sentía atraída por las prácticas espiritistas y creía de buen tono hacerlas centro de sus discusiones. Limitándonos a Francia, citemos al conde Rochas, a la baronesa Cartier de Saint-René y a Madame de Girardin, que convirtió al espiritismo al propio Victor Hugo. En este país, Allan Kardec, quizás el mayor teórico del espiritismo, desarrolla una incansable actividad de investigación y de propaganda recorriendo el país, publicando numerosos estudios y editando la Revue Spirite. Según testimonios de la época, ya en 1863, después de haber conquistado París, el movimiento ha ganado la Francia profunda y los medios más diversos: «No hay ciudad ni villa y quizás tampoco muchos pueblos o aldeas que no hayan tenido su experimentador; la epidemia de las mesas giratorias se ha extendido por todas partes»21.

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No vamos a insistir en las polémicas y luchas desencadenadas en torno al movimiento y sentidas por Kardec: como pruebas de su vitalidad22. Sí señalaremos que desde el 1º de noviembre de 1868 se publica en Madrid El Criterio Espiritista, órgano oficial de la Sociedad Espiritista Española (lo cual indica su nivel de desarrollo) y que la condena del Santo Oficio, pronunciada el 30 de marzo de 1898, no impide la continuación del movimiento. Valga como ejemplo que, según Castellan23, en 1906 cada ciudad española de cierta importancia poseía una sociedad con un boletín de estudios. El grupo más importante era el Centro Barcelonés que contaba con la Revista de Estudios Psicológicos. La federación de los grupos catalanes estaba presidida por el vizconde de Torres-Solanot, escritor y experimentador. Precisamente en Barcelona y pocos años antes de que Galdós escribiera su relato, tuvo lugar uno de los hechos más tristemente célebres de la historia espiritista. El librero Maurice Lachâtre, establecido en esta ciudad, pide a Allan Kardec cierta cantidad de obras espiritistas para su venta. Los libros atraviesan la frontera pagando los correspondientes derechos de aduana pero no llegarán a su destino: el obispo de Barcelona, considerando que esos textos son perniciosos para la fe católica, ordena confiscarlos. Cuando Kardec reclama la devolución del material, el obispo responde que, siendo tales libros contrarios a la fe católica, no puede consentir que perviertan a otros países. Y para evitar ese riesgo, el 9 de octubre de 1861 hace quemar los trescientos libros, revistas y folletos incriminados. El auto de fe, ejecutado por el verdugo ante una gran asistencia, tuvo lugar en la misma explanada donde eran ajusticiados los condenados a muerte. Según afirma Sausse, este hecho tuvo como principal consecuencia práctica un inesperado desarrollo del espiritismo en España y el reclutamiento de una gran cantidad de adherentes24.

Apenas siete años después, publica Galdós su texto, recogiendo en él la figura de un Torquemada neocatólico dispuesto también a purificar por el fuego. Si el idealismo o incluso el fanatismo espiritista no constituían para Galdós un ingrediente compatible con la sociedad española moderna, tampoco el neocatolicismo y todo lo que este implicaba podría entrar en ese conjunto sin desvirtuarlo completamente.





 
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