Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice
Abajo

Sobre la soberbia

Miguel de Unamuno





Sólo odiamos, lo mismo que sólo amamos, lo que en algo, y de una o de otra manera, se nos parece; lo absolutamente contrario o en absoluto diferente de nosotros no nos merece ni amor ni odio, sino indiferencia. Y es que, de ordinario, lo que aborrezco en otros aborrézcolo por sentirlo en mí mismo; y si me hiere aquella púa del prójimo, es porque esa misma púa me está hiriendo en mi interior. Es mi envidia, mi soberbia, mi petulancia, mi codicia, las que me hacen aborrecer la soberbia, la envidia, la petulancia, la codicia ajenas. Y así sucede que lo mismo que une el amor al amante y al amado, une también el odio al odiador y al odiado, y no los une ni menos fuerte ni menos duraderamente que aquél.

Hay con frecuencia un sostén o un sedimento de amor en el fondo de no pocos odios; muchas personas se aborrecen, o creen más bien aborrecerse, porque se respetan, se estiman, y hasta se quieren mutuamente. Y para no quedar solo en esta que parecerá a muchos forzada paradoja, quiero aquí aducir dos sentencias del originalísimo asceta y pensador yanqui Enrique David Thoreau, quien dice en una, en prosa, que «a nadie tenemos más derecho para odiar que a nuestro amigo»; y en la otra, en verso, que «sería traición a nuestro amor y un pecado contra el Dios del cielo borrar una sola jota de un odio puro e imparcial».

A menudo ocurre que se pasa uno la vida combatiendo la intolerancia de los demás, y si lográis arrimaros a su espíritu y registrarlo con vuestra mirada, veréis que está combatiendo su propia intolerancia.

Los absolutamente humildes no se escandalizan ni apenas se conduelen de la soberbia ajena, como los verdaderamente pródigos no se indignan de la avaricia de los demás. ¿Qué espíritu ha combatido al espíritu de la soberbia siempre? El espíritu de la soberbia misma. No tenéis sino ver las prevenciones que los humildes de profesión han tomado siempre para que su humildad no se convierta en soberbia; no tenéis sino ver con cuánta frecuencia los maestros de la vida espiritual, al comentar aquello de que quien se humille será ensalzado, nos advierten que el humillarse en vista de ello, para ser ensalzado por haberse humillado, es la más refinada soberbia.

Podría acudir a muchos y doctos maestros; pero me es más cómodo y más manual tomar a uno nuestro, a uno español, que resumió a todos los que hasta su tiempo habían adoctrinado a los espirituales. Me refiero al B. V. padre Alonso Rodríguez, de la Compañía de Jesús, muerto a los noventa años de su edad y setenta de religioso, en 1616. Este docto varón nos dejó un libro, de apacible y tersísimo discurso, aunque algo prolijo, y es el Ejercicio de perfección y virtudes cristianas. Divídese en tres partes, y en la segunda de ellas dedica el tratado tercero a la virtud de la humildad.

En este tratado discurre de la falsa humildad, como es la de aquellos que fingen pobreza, a cuyo propósito hace notar que «es menester que la pobreza ande siempre muy acompañada de humildad, porque la una sin la otra es cosa peligrosa»; fácilmente se suele criar un espíritu de vanagloria y soberbia del vestido pobre y vil, y de allí suele nacer un menosprecio de los otros; y por eso San Agustín huía de muy viles vestiduras, y quería que sus religiosos trajesen vestidos honestos y decentes para huir de este inconveniente (cap. III). Y más adelante (cap. V) dice que la humildad no consiste en traer vestidos viles y despreciados o en andar en oficios bajos y humildes; «no consiste en eso, porque ahí puede haber también mucha soberbia y desear uno ser tenido y estimado por eso, y tenerse por mejor y más humilde que otros, que es la fina soberbia». Retened esto de que la fina soberbia es desear uno ser tenido y estimado por más humilde que otros, y vamos adelante con el tratado.

El cual, en su capítulo XIII, en que se discurre del segundo grado de humildad y se declara en qué consista este grado, dice esto: «¡Ay!, dice San Gregorio, que muchas veces eso es lo que pretendemos con nuestras hipocresías y humildades fingidas, y lo que parece humildad es soberbia grande. Porque muchas veces nos humillamos por ser alabados de los hombres y por ser tenidos por buenos y humildes. Si no, pregunto yo, ¿para qué decís de vos lo que no queréis que crean los otros? Si lo decís de corazón y andáis con verdad, habéis de desear que los otros os crean y os tengan por tal; y si esto no queréis, manifiestamente mostráis que en eso no pretendéis ser humillado, sino ser tenido y estimado». Esto es lo que dice el sabio: Hay algunos que se humillan fingidamente, y allá en lo interior su corazón está lleno de soberbia y engaño. Porque ¿qué mayor engaño que buscar ser honrado y estimado de los hombres? Y ¿qué mayor soberbia que pretender ser tenido por humilde? «Pretender alabanzas de la humildad -dice San Bernardo- no es virtud de humildad, sino perversión y destrucción de ella». ¿Qué mayor perversión puede ser que ésa? ¿Qué cosa puede ser más fuera de razón que querer parecer peor, de donde parecéis mejor? Del mal que decís que vos queréis parecer bueno y ser tenido por tal, ¿qué cosa más indigna y más fuera de razón? San Ambrosio, reprendiendo esto, dice: «Muchos tienen apariencia de humildad, pero no tienen la virtud de la humildad; muchos que parece que exteriormente la buscan, interiormente la contradicen».

Ya estoy oyendo, al llegar aquí, que más de un lector tuerce el gesto y exclama: «¡Sutilezas de claustro!». Y no seré yo quien le contradiga, sino que, poniéndome de acuerdo con él, exclamaré también: «¡Sutilezas de claustro!». Sutilezas de claustro, sí, en que el recogido tiembla ante aquello mismo de que huyó y que dentro de sí mismo lo lleva. Porque siempre he creído que los que huyen del mundo se llevan al mundo dentro de sí, y que hay, por el contrario, muchos que, viviendo en el mundo, le tienen cerradas las puertas de su corazón.

Ya dijo, entre otros, Emerson, que «es fácil vivir en el mundo, según la opinión del mundo, y fácil vivir en la soledad según la nuestra; pero el hombre grande es el que en medio de la muchedumbre mantiene con perfecta mansedumbre la independencia de la soledad».

A los mundanos, a los que viven en el mundo y del mundo, encenagados en él, según esos espirituales de la huida, les sorprenden de ordinario las pinturas que de los vicios mundanales suelen hacer los que viven retirados en el claustro, pinturas en que, pretendiendo afearlos, en realidad los embellecen.

Un hombre que no había negado nunca a su carne ninguno de los apetitos de ésta, y que había gustado siempre, hasta con exceso, de las mujeres, me decía en cierta ocasión, después de haber leído la descripción que de la lujuria hacía un fraile: «Esto es pura mentira y pintar como querer; la lujuria es, sencillamente, tonta, y no hay en ella nada de estos deleites y estos ardores que el buen fraile ha soñado. La falta de sencillez lo estropea todo».

Y así es la verdad: la falta de sencillez, la falta de sinceridad, lo echa a perder todo. Y de pocas cosas hablan los claustrados con menos sinceridad que de la pasión de la soberbia. En puro temerla, van a caer en ella, y sería mucho mejor, a no dudarlo, no preocuparse de tal cosa, dejarse ser tal como se sea y decir de sí mismo lo que uno de sí mismo crea, resulte o no soberbio para los demás.

Sospecho que lo que voy a decir escandalizará a lectores timoratos, si es que los tuviere; pero hay que decirlo; y es que no pocas veces la comisión de un acto pecaminoso nos purifica del terrible deseo de él, que nos estaba carcomiendo el corazón.

La doctrina podrá ser terrible; pero no me cabe duda alguna de que más de un matador habrá empezado a sentir compasión y hasta amor a su víctima una vez que, matándola, desahogó su odio en ella.

Desde un punto de vista mezquino y estrecho podrá parecer lo más malo el haber matado a uno; pero, visto desde las honduras del espíritu, lo peor es nutrir los sentidos con odio y vivir corroídos por malos deseos. No me parece monstruoso lo de aquel padre que decía a su hijo: «Anda, ve, hijo mío; rómpele las narices de un puñetazo, y luego dale un abrazo; es mejor esto que no el que evites encontrarle y sigas odiándole».

Los malos sentimientos contenidos pueden llegar a emponzoñarnos la sangre del espíritu, y éste enferma y se hace malo, y es, a las veces, mejor mil veces, dejar que estallen los malos humores hacia fuera. Porque una cosa es hacer el bien y otra ser bueno, aunque se conozca al árbol por sus frutos, y las buenas acciones broten de las almas buenas.

Sí, una cosa es hacer el mal y otra muy distinta ser malo, distinción que con muy sano instinto columbra casi siempre la gente sencilla e inculta, que se enamora de sujetos tenidos por grandes pícaros, y mira con ojeriza a otros que pasan por irreprochables. Cuando oía yo decir aquello tan repetido de «en el fondo es bueno», refiriéndose a algún sujeto de fechorías y daños al prójimo, solía añadir por mi cuenta: «Tan en el fondo, que es como si no lo fuera; en el fondo todos somos buenos». Pero hoy he modificado no poco mi sentimiento a este respecto, y entiendo muy de otra manera que entendía antes eso de que en el fondo todos somos buenos.

Crece de día en día mi persuasión de que hay hombres que se mueren sin haber cometido una mala acción de bulto y de alcance, y sin haber abrigado, no obstante, un solo buen deseo, alegrándose íntimamente del mal que no eran capaces de hacer; mientras hay otros que, molestando de continuo al prójimo, y aun dañándole, se mueren sin haber abrigado rencor contra nadie, sino habiendo estado llenos siempre de buen deseo.

Es mucho más frecuente de lo que podría creerse aquello de San Pablo de que «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago», sentencia que antes expresó Ovidio con lo de video meliora proboque, deteriora sequor.

¿Quién, en las luchas de la vida, no ha sentido mil veces, al encontrarse con su corazón a solas, que se lo henchía honda querencia al adversario, querencia nacida de la lucha misma? Combatiendo se aprende a amar; de la común miseria surge la compasión mutua, y de la compasión, el amor. Siempre he creído que la guerra es la gran purificadora de los rencores, y que no hay abrazo más efusivo ni más apretado que el que se dan los combatientes al deponer las armas. Desconfío del que no lucha, y veo siempre un mayor enemigo en el que se me somete que en el que me resiste.

La diferencia que he visto siempre entre la moral y la religión es la de que aquélla nos enseña a hacer el bien, y ésta, a ser buenos; y pocos pasajes del Evangelio me levantan más el corazón que aquél de la oración en la cruz del buen bandido y la promesa que el Cristo le hizo de la vida eterna.

Creo que, por lo general, somos mejores de lo que se deduce por nuestros actos, y que de muchos puede decirse lo contrario de lo que del poeta dijo el poeta Zorrilla, y es que


hay hombre que en su misión
sobre la tierra que habita
es una planta bendita
con frutos de maldición.



El citado Thoreau decía: «Si hice alguna vez algún bien al prójimo, en su sentido, era, sin duda, algo de excepcional e insignificante, comparado con el bien o el mal que estoy haciendo constantemente con ser lo que soy».

Y ved cuán frecuente es que se distingan por su constancia en los rencores los que con más cuidado evitan las violencias externas, muchos que aspiran a la espiritualidad en religión, muchos que van de tiempo en tiempo a deponer a los pies del confesor sus malas acciones, pero no sus malos sentimientos. Se ha hecho ya proverbial el odium theologicum, y es sabido cómo las disputas religiosas se señalan por la acritud y por la virulencia. Son muchos los que creen que es buen camino para llegar al Cielo romperle a un hereje la cabeza de un cristazo, esgrimiendo a guisa de maza un crucifijo.

En la fe misma en el infierno, ¿no veis algo de demoníaco? Deséanlo muchos para el prójimo, y recuerdo aquel apóstrofe del profesor que, combatiendo a los materialistas, exclamaba encendido en demoníaco celo: «¡Almas de carbono, así arderéis mejor en los infiernos!». Y es, por otra parte, que temen que la gloria sea chica para albergarnos a todos, y que cuantos más allí entremos, a menos de ella nos ha de tocar a cada uno. Se les amargaría la dicha si la compartiera con ellos uno de esos herejazos a quienes en vida combatieron a sangre y fuego y a cristazos.

Y ese especial y característico odium theologicum es hijo de otra característica y muy especial superbia theologica, o, si se quiere mejor, de la soberbia espiritual. Malo es que un hombre se ande preocupando de si es o no es soberbio y de ahogar la soberbia en sí, y dé luego en cavilar y revolver en su cabeza si no es por soberbia por lo que trata de combatirla, y si la humildad a que aspira no es la más fina soberbia, y otras sutilezas por el estilo. Mejor es dejarlo y dejarse ser como se es, a la buena de Dios, desnudando el alma y abandonándose al primer impulso. Todos esos tiquis miquis espirituales no hacen sino enconar la herida y envenenar la sangre del alma; dejarlo estar es lo seguro.

Y aquí viene como anillo al dedo lo que el Apóstol dice de la ley y de cómo la ley hace el pecado, pues no se conoce el pecado sino por la ley, porque no se conocería la codicia si la ley no dijera: «No codiciarás», y el pecado, tomando ocasión de la ley, obra en nosotros codicia, ya que sin la ley estaba el pecado muerto; mas en cuanto viene el mandamiento, revive (Rom., VII, 7-9). Siempre, al leer las epístolas de Pablo de Tarso, me he detenido en este pasaje y en aquello de los que, sin tener ley, hacen naturalmente lo que es de la ley, y son ley para sí mismos, pues la llevan escrita en sus corazones (Rom., II, 14-15), y me he dicho: ¿Para qué acongojar el ánimo restregándole la ley escrita, que es muerte, y no dejarle que descubra su ley viva, la que en sus entresijos yace? Y esta ley viva es la ley de la sinceridad; es que correspondan a nuestras entrañas nuestras extrañas, que sea nuestro proceder hijo de nuestro sentir, y nuestras palabras, revelación de nuestros pensamientos.

Éste debe ser nuestro hito: ¡sé sincero! Y si por dentro te tienes en algo, no lo ocultes por estudiada humildad, que cuando es de estudio la humildad deja de serlo.

Humildad rebuscada no es humilde, y lo más verdaderamente humilde en quien se crea superior a otros es confesarlo, y si por ello le motejan de soberbio, sobrellevarlo tranquilamente. Dice el susodicho padre Rodríguez, en el capítulo V del tratado que cité, que, según San Bernardo, «el verdadero humilde desea ser tenido de los otros en poco, no por humilde, sino por vil, y gózase en eso». ¿Y no será fina humildad soportar, ya que no desear, ser tenido por soberbio? Aunque yo entiendo que la más fina, la más sencilla humildad es no cuidarse en ser tenido por nada, ni por humilde ni por soberbio, y seguir cada uno su camino, dejando que ladren los perros que al paso nos salgan, y mostrándose tal cual es, sin recelo de habladurías.

Dicen muy piadosos varones que las virtudes de los paganos no eran sino falsas virtudes, pues se fundaban en vanagloria. Y las de esos cristianos de cabeza que buscan ser virtuosos por estas o aquellas razones, y acaso en esperanza de la gloria, ¿son virtudes finas y espontáneas? Todo lo rebuscado es falso, y humildad que vaya a aprenderse de libros ascéticos es casi siempre falsa humildad. Y conoceréis su falsedad en una cosa, y es que los falsamente humildes se escandalizan de los soberbios.

Todo lo rebuscado es malo, y eslo, por lo tanto, la soberbia rebuscada, la falsa soberbia, que es una de las más frecuentes. El fingimiento de soberbia es de lo que más a menudo he topado en mi vida, y cuidado que ésta no es aún larga.

Hablábame en cierta ocasión un amigo de un sujeto, conocido mío, y me decía: «No lo puedo soportar: tiene una soberbia que apesta; no acierto a comprender cómo se tiene en tal alto aprecio a sí mismo». Y hube de contestarle: «Estás equivocado: ni es soberbio, ni se tiene en tal aprecio». Y le expliqué cómo era eso una astucia que usaba el hombre para defenderse de los que le tenían por majadero, fingiendo tenerse él por un genio o poco menos, pues es la cuenta que se echaría: «Tal vez, a fuerza de dar yo a entender que soy un genio, llegue alguno a creérmelo». Y es que nunca he tomado tan a pecho lo de «conócete a ti mismo», que haya llegado a creer que es lo más difícil conocerse y que haya pocos que se conozcan. Creo, por el contrario, que los más de los hombres se conocen bastante bien, y que si les hiere el que se les eche en cara sus defectos, es porque ellos mismos se los han echado antes.

Abrigo la cada vez en mí más arraigada convicción de que cuando el hombre se encuentra a solas, cara a cara consigo mismo, suele juzgarse con severidad, reconociendo sus propias faltas, aunque luego se arredre de reconocerlas ante los demás, y se ponga a disculparse y justificarse a sí mismo. Y aun hay más, y es que este abrumamiento de la conciencia sobre sí misma es la pesadumbre mayor de la vida, y del que necesitamos se nos aligere para poder marchar desembarazados y escoteros por el camino de ella. Así le ocurre al que, encarándose a solas consigo mismo, da en cavilar en su soberbia, y en si molesta o no a los otros con sus aires de superioridad e indiferencia. Dejémonos de ello y obremos, que la soberbia que obra está ya salvada y no emponzoña.

Tomás Carlyle, en el capítulo XI, «Trabajo», del libro tercero de su Pasado y Presente (Past and Present), dice: «El último Evangelio en este mundo es: conoce tu obra y llévala a cabo. "¡Conócete a ti mismo!". Largo tiempo te ha atormentado ese tú mismo; jamás llegarás a conocerlo, estoy seguro. No es tu tarea la de conocerte a ti mismo; eres un individuo inconocible; conoce lo que puedes obrar, y óbralo como un Hércules». Tales son las palabras de Carlyle, de quien algunas veces he tomado sentencias, pero siempre citándole en tales casos, para que lo sepan los badulaques que hablan de él y de mí sin haberlo leído.

La mala es, en efecto, la soberbia ociosa, la que se limita a la propia contemplación y a repetir el «¡Si yo quisiera!...». Mas desde el momento en que, persuadido uno de su superioridad, se lanza a obrar y desea que esa superioridad se manifieste en obras, cuando su soberbia pasa de contemplativa a activa, entonces pierde su ponzoña, y hasta puede llegar a ser, y de hecho llega a ser muchas veces, una verdadera virtud, y virtud en el sentido más primitivo, en el etimológico de la palabra virtus, valor. Soberbia cuyos fundamentos se ponen al toque de ensayo y comprobación de los demás, deja de ser algo malo. La soberbia contemplativa es la que envenena el alma y la paraliza. La activa, no. La mala es la soberbia del que por no ver discutida, o aun negada, su superioridad, no la pone a prueba. La lucha purifica toda pasión.

Buscad la soberbia, antes que en aquellos que se echan a la calle y se muestran a las miradas de todos y al juicio de todos exponen sus palabras y sus actos, en los que no salen de casa ni rompen el coto de su vida privada, en los que dicen que los tiempos están muy malos, y no les queda a los buenos sino lamentarlo y aislarse del contagio del mal y pedir a Dios misericordia.

Estos tales son los soberbios de verdad, los que se enfurecen de que se ponga en duda su virtud, los que se amedrentan ante la censura pública. Sólo se decidirían a obrar si se les garantiese el buen éxito.

El acto de más grande humildad, de verdadera humildad, es obrar. Los místicos y ascéticos cristianos han comentado mil veces el supremo acto de humildad que significa la encarnación del Hijo de Dios y su muerte por redimir a los hombres; pero no sé de ninguno de ellos que haya visto en el acto mismo de la creación, tal cual la ortodoxia lo enseña, un acto de suprema humildad. Dicen los teólogos que Dios llenaba la eternidad contemplándose a sí mismo, y de lo que de activo hay en toda contemplación, que exige, cuando menos, contemplador y cosa contemplada, e implica en el sujeto que se contempla a sí mismo cierto desdoblamiento de la personalidad, de esa actividad contemplativa sacan el misterio de la Trinidad; pero no sé que se les haya ocurrido decir que el crear el mundo, no siendo necesario, sino voluntario en Dios, implica la más grande humildad, la soberana lección de humildad, pues hace un mundo y luego hace hombres que lo juzguen y lo censuren, y expone así su obra a los juicios de sus criaturas. Y de aquí podrían deducir que nuestra existencia misma arranca de un acto de divina humildad. Todo lo cual son reflexiones que me sugiere la doctrina tradicional ortodoxa de la creación del mundo y de la esencia de Dios, sin que me meta a juzgar ahora de esta doctrina, ni a rechazarla ni a adoptarla. Mas, una vez supuesta ella, se me ocurre ver en esa actividad ad extra la divinidad de la humildad. Obrar es ser humilde, y abstenerse de obrar suele, con harta frecuencia, ser soberbia.

Observad que las pinturas más sombrías de los males de la soberbia proceden de los abstinentes, de los que se abstienen de obrar, de los más puramente contemplativos. Es que la sienten en vivo. Las más acabadas pinturas de los estragos de la soberbia vienen de los profesionales de la humildad, de los que toman la humildad por oficio, presos de la soberbia contemplativa, como las más vivas pinturas de la lujuria vienen de los que han hecho voto de castidad. Mala cosa es siempre violentar a la Naturaleza, en vez de dejarla a que se purifique en la acción. Esa contemplación abstinente forma los espíritus rumiantes.

Llamo rumiantes a los hombres que se pasan la vida rumiando la miseria humana, preocupados de no caer en tal o cual abismo. Llega a ser enfermedad terrible, y enfermedad que produce verdaderas úlceras en el estómago espiritual. Y una úlcera en el estómago es cosa grave, porque roto el epitelio, que resiste a los jugos mismos que segrega el estómago, y con los que disolvemos los manjares; roto ese epitelio protector, empieza el estómago a digerirse a sí mismo, y se destruye y se daña. Y así, esas almas de rumiantes contemplativos suelen acabar por digerirse a sí mismas, por disolverse en el jugo de sus propios escrúpulos, recelos y cavilaciones. Es lo que les pasa a muchos que huyen del mundo para encontrarse consigo mismos, sus peores enemigos. Dicen que los enemigos del alma son tres: el mundo, el demonio y la carne; pero hay que añadir un cuarto y peor enemigo: el alma misma. A no ser que este enemigo, al que otros llaman el satánico yo, no esté incluido en el demonio.

El satánico yo es dañino mientras lo tenemos encerrado, contemplándose a sí mismo y recreándose en esa contemplación; mas así que lo echamos afuera y lo esparcimos en la acción, hasta su soberbia puede producir frutos de bendición. La inocencia de un niño, flor de la vida, suele ser la redención de los más impuros hartazgos de la carne de sus padres; por criminal que una pasión sea -hablo aquí el lenguaje corriente-, el fruto humano de ella es bendito. Un bastardo que llegue a héroe, ¿quién duda que es más para la Humanidad que un legítimo que se quede en cobarde retiro?

Recuerdo ahora un soberbio, un hombre a quien tenían muchos por la encarnación de la soberbia. Y ese hombre, hombre animoso y fuerte, henchido de vida, se lanzó a obrar y a luchar, y caminó, de fracaso en fracaso, de tropiezo en tropiezo, entre las rechiflas de las gentes, y continuó obrando, y cuanto más se burlaban de él, más intensa era su actividad; y vinieron los días de la indiferencia y del silencio en torno de él, y continuó obrando. Y decían las gentes: «¡Pobre hombre, está loco!, los fracasos le acrecientan la soberbia; cuanto en menos le tienen los demás, en más se tiene él a sí mismo». Y murió, y luego de haber muerto, venció. Y venció porque no fue nunca soberbio, realmente soberbio, con la soberbia contemplativa del retraído, del que se recoge en sí a los primeros golpes o al sentir los primeros fríos del desdén ambiente; porque fue un hombre realmente humilde, con la verdadera humildad, con la humildad del que se entrega y se reparte y no se reserva. Tenía fe en sí mismo.

Tenía fe en sí mismo, fe de que carecen los soberbios contemplativos; para creer en sí no necesitaba que los demás creyesen en él. Tenía fe en sí mismo, y esta fe brotaba de su plenitud de vida. Tenía que obrar, para él no había otro remedio sino obrar; tenía que engendrar, y gestar, y parir pensamientos vivos, porque, como Raquel, sentía que, de no tener hijos, habría de morirse. Y esos pensamientos los echaba al mundo, a morir o a vivir entre las gentes, al aire libre y a la luz de todos, llevando en su palabra la gloria o la infamia de su padre: eran sus hijos, eran sus hijos, que hoy mantienen vivo su espíritu entre nosotros.

¿Que es la soberbia colectiva uno de los pecados que a peor traer nos traen en España? Secularicémosla, porque es una soberbia claustral, contemplativa, una soberbia que no se vierte en obras por temor al fracaso. Es soberbia marroquí, fundada, más que en su propio conocimiento, en ignorancia de lo ajeno; es soberbia faquiresca o soberbia de yogui que se aduerme contemplándose el ombligo.

Desclaustrémosla, secularizándola; echémosla de la contemplación a la acción, y dejará de ser soberbia.

Muchas veces se ha fustigado, aunque nunca tanto como se merecen, a nuestras clases neutras, a los que se están en sus casas, so pretexto de que corremos malos tiempos para que los hombres honrados se den a la vida pública; pero no sé si al fustigarlos se ha visto que es soberbia lo que principalmente lo retiene en sus casas.



Diciembre de 1904.





Indice